14 Niños Coristas Desaparecieron en Basílica de Guadalupe en 1980—38 Años Después Hallan Casete
La madrugada del viernes 12 de diciembre de 1980 se deslizó sobre la Ciudad de México con un frío cortante, como si el cielo se resistiera a dejar pasar otra misa de las rosas sin estremecerse. Eran cerca de las 2:15 minutos cuando el coro infantil de la Basílica de Guadalupe desapareció sin dejar más rastro que una resonancia lejana de voces agudas extintas en el eco de la nave mayor.
14 niños, todos entre los 10 y 12 años, habían cantado apenas una hora antes ante más de 20,000 peregrinos, cerrando la festividad guadalupana con el himno final bajo la cúpula iluminada. Su actuación fue impecable. Algunos sacerdotes aplaudieron discretamente desde los pasillos laterales. Nadie, absolutamente nadie, imaginaba que ese sería el último momento en que se les vería con vida.
El grupo había sido escoltado por dos sacristanes y una monja de la congregación responsable del coro en dirección a la sacristía menor del ala norte. Tenían que cambiarse de ropa, guardar las partituras y regresar al internado al amanecer. Pero en el corredor que conecta la sacristía con los camerinos subterráneos se desdibujaron como un suspiro contenido.
Una empleada de limpieza que ordenaba bancos cerca del baptisterio comentó después que escuchó un ruido metálico como el chirrido profundo de una maquinaria oxidada. Nadie le dio importancia. A las 3:45, una de las religiosas encargadas de los menores notó la ausencia. recorrió apresuradamente los camerinos, el comedor de voluntarios, los baños públicos y luego la nave central.
Al no encontrar a ninguno de los niños, dio aviso al padre rector, quien ordenó cerrar las puertas sin alarmar a los fieles que aún dormían o rezaban en los pasillos. A las 4:20, la policía capitalina inició un barrido silencioso por los túneles inferiores de la basílica, incluyendo depósitos, montacargas y zonas técnicas.
[Música] Sin embargo, la estructura del templo, con su entramado de pasillos internos y niveles clausurados tras sismos previos, dificultó la inspección. Para las 6 de la mañana, los medios empezaron a filtrar rumores de una posible emergencia. A las 7 en punto, cuando se celebraba la primera misa del día, un grupo de madres llegó al atrio exigiendo noticias.
La autoridad eclesiástica, paralizada pidió discreción. La noticia no se hizo pública, sino hasta dos días después, cuando un comunicado conjunto entre la Procuraduría General de Justicia y la Arquidiócesis anunció una desaparición múltiple en circunstancias confusas, sin ofrecer nombres ni detalles. Lo que ocurrió en las siguientes semanas fue una sucesión de vigilias, súplicas y caos mediático.
Pero esa madrugada, en esa franja entre la liturgia y el silencio, entre la fe y el vacío, 14 voces infantiles se extinguieron en la penumbra sin dejar huella. Nadie escuchó sus gritos, nadie supo su destino. Solo una frase anotada en una servilleta hallada bajo un banco vacío pareció decirlo todo. Con una caligrafía temblorosa de tinta azul.
El silencio también grita cuando nadie lo escucha. Durante las primeras semanas, la ciudad se aferró a la esperanza con una intensidad que pronto degeneró en rumor, desesperación y sospecha. La búsqueda oficial de los 14 niños coristas se convirtió en un laberinto sin salida, en parte por la complejidad del lugar donde desaparecieron, en parte por la reticencia de las autoridades religiosas a permitir una investigación abierta dentro de la basílica.
La versión más repetida sugería que los menores habrían escapado del recinto y sido víctimas de una red externa, pero esa teoría nunca encontró sustento firme. Las cámaras internas no funcionaban esa noche. Las grabaciones de audio del sistema de megafonía desaparecieron misteriosamente. Los registros de entrada y salida del personal fueron alterados.
Las familias mayoritariamente de origen humilde y devotas fueron tratadas con cortesía distante, pero con el paso de los meses notaron como el caso se iba difuminando en la prensa, relegado a notas breves hasta extinguirse por completo. Algunas madres se organizaron y colocaron veladoras cada 12 de mes frente al portón de acceso lateral, donde aún hoy se observan marcas de cera negra endurecida por el tiempo.
Hubo quienes aseguraron haber visto a uno de los niños en una calle del Estado de México. Otros afirmaron haber escuchado sus voces en una grabación de radio pirata. La policía investigó cada pista sin éxito. En 1981, un conato de incendio en el nivel -2 obligó a clausurar varias secciones subterráneas. Un cortoocircuito iniciado en la zona de archivos técnicos carbonizó estanterías enteras.
Nadie, sin embargo, mencionó la posibilidad de que los niños hubieran estado ahí abajo. El incidente fue archivado como una contingencia menor. Durante las siguientes décadas, el caso de los coristas se convirtió en una herida soterrada en la historia reciente del país. Cada aniversario guadalupano despertaba comentarios, pero ningún funcionario osaba reabrir el expediente.
En 1997, una reportera del semanario Ecos del Valle publicó una investigación no autorizada que vinculaba al entonces técnico de audio Víctor Salgado, con otros casos de desapariciones en festividades religiosas. Fue amenazada y la nota retirada. Ella desapareció en Veracruz dos años después. Su caso tampoco se resolvió.
Mientras tanto, la bóveda que albergaba los archivos de sonido de la basílica permaneció sellada bajo llave, olvidada incluso por el personal más antiguo. Nadie la mencionaba. En 2005, un joven seminarista sugirió revisar esos registros como parte de un proyecto conmemorativo, pero fue transferido de inmediato a otra diócesis.
Aquella propuesta fue borrada de los informes. Para las nuevas generaciones, los 14 niños eran una leyenda de pasillo, un eco inverificable. Algunos los llamaban los ángeles del montacargas, otros simplemente evitaban hablar del tema. La basílica siguió recibiendo millones de peregrinos cada diciembre.
El suelo donde se cantó aquel último himno fue pulido y repulido cientos de veces. Ninguna de esas limpiezas borró lo esencial. la ausencia. Pero todo cambió en junio de 2018, cuando una inspección estructural ordenada por el Instituto Nacional de Bellas Artes para evaluar posibles filtraciones bajo el altar mayor obligó a reabrir el nivel menos2.
Nadie imaginaba que tras esas puertas selladas durante 37 años aguardaba un testigo silencioso. Aquel viernes 6 de julio de 2018, la Ciudad de México parecía ajena al eco de su propio pasado. En la Basílica de Guadalupe, mientras los visitantes hacían fila para ingresar al recinto, un equipo técnico convocado por el Instituto Nacional de Bellas Artes descendía hacia un nivel donde el tiempo se había detenido.
La inspección tenía un fin aparentemente simple. Revisar las condiciones estructurales del nivel menos2 cerrado desde un conato de incendio en 1981. Pero apenas cruzaron la compuerta oxidada que conducía al subsuelo, comprendieron que habían entrado en un lugar donde nada debía ser removido sin despertar algo más profundo que polvo.
El acceso estaba cubierto por una lámina de acero vencida por el óxido. Los técnicos forzaron el paso entre vigas inclinadas, estanterías derrumbadas y cajas calcinadas por el fuego de décadas atrás. El aire estaba viciado, espeso, como si fuera líquido estancado. Las linternas rebotaban contra paredes desconchadas, revelando nombres ilegibles y etiquetas corroídas.
La bóveda que albergaba los archivos de sonido de la basílica yacía intacta, envuelta en telarañas, con el silencio petrificado en cada rincón. Fue allí donde uno de los técnicos, al remover restos de madera y metal fundido, halló una masa ennegrecida, deformada y parcialmente derretida. Era una grabadora Panasonic portátil, modelo de finales de los años 70.
Dentro a un alojado en su cavidad central, un cassete TDKSA90 con etiqueta manuscrita, coro infantil 1280. El objeto fue extraído con sumo cuidado. Aunque carbonizado en su exterior, el cassete parecía razonablemente conservado en su cinta interna. El supervisor de la inspección ordenó la inmediata catalogación y entrega a la fonoteca nacional.
Durante el trayecto nadie habló, nadie especuló, solo intercambiaron miradas que no querían pronunciar lo que todos intuían. El proceso de restauración fue lento. La cinta magnética estaba deformada por el calor y la humedad y requería tratamiento químico y digitalización especializada. El 17 de julio, tras días de trabajo meticuloso, los ingenieros lograron extraer 19 segundos de audio.
Al reproducir el contenido, el primer sonido fue el de un canto coral infantil, limpio, angelical, con reverberación natural, que denotaba un recinto amplio, cerrado, sin absorción acústica. Durante 14 segundos, las voces elevaron un himno a capela. Luego pasos rápidos, entrecortados. golpes metálicos y finalmente la voz de un hombre al montacargas rápido.
Tras esa orden, una pausa larga y después un zumbido grave como el arranque de una maquinaria. El archivo digital fue enviado a peritos acústicos. El eco, las frecuencias bajas, los patrones de reverberación coincidían con la estructura de un montacargas industrial, en concreto con el montacargas de servicio de la basílica.
Clausurado desde principios de 1982. Su cámara, un habitáculo de acero sin ventilación adecuada, se encontraba justo debajo del ala norte, conectando el nivel menos2 con un corredor que conducía al estacionamiento. El día 22 de julio, un equipo forense fue autorizado a abrir esa cavidad. retiraron los sellos oxidados, desatornillaron paneles corroídos y levantaron una compuerta con la ayuda de un gato hidráulico.
Dentro, el olor a muerte, atrapado durante casi 40 años, los obligó a retroceder. Con mascarillas y lámparas de mano, accedieron al cubículo central. Allí, entre placas metálicas colapsadas, encontraron los restos. Eran huesos infantiles, claramente humanos, dispersos, entrelazados, muchos aún envueltos en girones de sotanas litúrgicas de niño.
Algunos cráneos conservaban piezas dentales en desarrollo. Los peritos forenses estimaron edades entre 10 y 12 años. En varias falanges aún se adherían restos de cinta de nylon fundida por el calor, utilizada como ligadura. En la parte baja del hueco se hallaron restos de zapatos escolares, peinetas, una flauta rota y una medalla de la Virgen con nombre grabado Luis G.
El equipo detuvo la inspección y selló la zona. Lo siguiente fue una operación de recuperación meticulosa que duró más de 3 semanas. Cada hueso fue catalogado, fotografiado y analizado. Con autorización judicial se cruzaron datos genéticos con las muestras entregadas por las familias de los desaparecidos en 1980. De los 14 perfiles, 13 coincidieron plenamente con el material óseo.
El último estaba demasiado degradado para ser identificado, pero la distribución de los restos correspondía con el número esperado. La noticia no fue divulgada de inmediato. El Ministerio Público pidió tiempo. El hallazgo era sensible con profundas implicaciones políticas y religiosas. Mientras tanto, los peritos de voz forense trabajaban en la otra mitad del rompecabezas.
Identificar al hombre que ordenaba al montacargas. Se recurrió a inteligencia artificial, análisis espectrográfico y comparación con voces archivadas en celebraciones litúrgicas de la época. Tras semanas de revisión, la coincidencia fue clara. El patrón vocal, la frecuencia y la cadencia correspondían a Víctor Manuel Salgado Lozano, técnico externo de sonido contratado solo para la celebración Guadalupana del 12 de diciembre de 1980.
Salgado tenía entonces 25 años. No era empleado de planta, sino subcontratado por una empresa de producción efímera, audio eventos estrella. Esa empresa desapareció tras el sismo de 1985. Salgado tampoco volvió a trabajar en ningún templo ni figuraba en registros oficiales después de 1981. Durante más de tres décadas su rastro se disolvió en la burocracia.
Fue gracias a un cruce entre registros fiscales y bancarios que se detectaron movimientos sospechosos, depósitos en efectivo desde Michoacán, envíos de remesas hacia España y Panamá. y el alquiler de una propiedad en Tijuana a nombre de Mario Elías Vargas. Con esta identidad falsa, Salgado había establecido un pequeño taller de reparación de audio en la colonia El Florido.
Vivía solo, cobraba en efectivo y daba clases informales de grabación a jóvenes. El primero de agosto, agentes encubiertos vigilaron el domicilio. En la basura hallaron sobres quemados con sellos de instituciones religiosas. En la bodega trasera descubrieron un catálogo tipográfico con fechas mecanografiadas.
Una hoja destacaba por encima de las demás. 1280. Grupo completo, uso único. Entrega directa. El 6 de agosto a las 6:40 de la mañana, un retén de la Guardia Nacional lo detuvo cerca de Tecate. Salgado conducía un sedán gris con documentación falsa, una maleta con ropa, dos cassettes vírgenes y una medalla guadalupana. Al ser confrontado con el audio restaurado, palideció.
Su respuesta fue una frase seca, irrepetible, pero el gesto con el que bajó la cabeza fue la confesión más clara. Mientras era trasladado a la capital, en la Basílica de Guadalupe, una madre prendía una veladora en silencio, justo frente al altar del niño perdido. El cacete, oxidado, abandonado durante décadas, había hablado. Había contado todo lo que el mundo no quiso escuchar.
El 8 de agosto de 2018 a las 11:20 minutos de la mañana, Víctor Manuel Salgado Lozano ingresó esposado y en silencio al área de ingresos del penal federal del altiplano. Su rostro, envejecido y curtido por el sol, no mostraba expresión. Tenía 63 años. Vestía una camisa beige arrugada, unos pantalones oscuros con dobladillo torcido y en la muñeca derecha una mancha de tinta que parecía reciente.
Lo habían detenido dos días antes en un retén carretero cercano a Tecate. Usaba una identidad falsa. Mario Elías Vargas. En la guantera de su sedán gris, junto a un rosario de plástico, llevaban el cassete restaurado. No opuso resistencia, solo preguntó una vez con voz grave, ¿alguien más lo sabe? Esa misma tarde, la Fiscalía General de la República activó un protocolo reservado para casos de interés nacional.
El fiscal encargado Darío Landeros convocó una rueda de prensa breve sin posibilidad de preguntas. confirmó el hallazgo de restos óceos infantiles en la Basílica de Guadalupe. Reveló que se trataban de los 14 niños coristas desaparecidos en 1980 y anunció que había un detenido identificado plenamente mediante pruebas forenses de voz, ADN y documentos incautados.
El país entero quedó en vilo. Las redes sociales se llenaron de imágenes antiguas. El hashtag los 14 del coro apareció en menos de una hora. Algunos recordaban vagamente la historia, otros simplemente no sabían que había existido, pero las madres sí sabían. Nunca dejaron de saberlo. Ellas, las únicas que durante 38 años encendieron veladoras sin cámaras, que colocaban retratos descoloridos en los bancos traseros, que escribían cartas sin destinatario y las guardaban bajo los colchones.
Esa noche muchas no durmieron. Volvieron a mirar las últimas fotos, los uniformes doblados, las partituras y lloraron porque el silencio por fin estaba roto. El juicio fue programado para octubre. La defensa intentó en un inicio alegar deterioro cognitivo por edad. Un neuropsiquiatra fue asignado de oficio.
Después de tres sesiones de evaluación, el dictamen fue rotundo, lúcido, orientado, plenamente capaz de comprender y responder. La defensa cambió entonces de estrategia. Buscaría desacreditar las pruebas técnicas y las metodologías empleadas en los análisis acústicos. El juicio oral comenzó el 15 de octubre de 2018 en la sala cuarta del reclusorio norte, acondicionada con medidas extraordinarias de seguridad.
La audiencia fue pública por decisión de las familias. Querían que cada palabra fuera escuchada, que no quedara nada entre líneas. El rostro de Salgado fue proyectado en las pantallas internas del juzgado. Era la primera vez que muchas de las madres lo veían en persona. Algunas se persignaron, otras no podían levantar la mirada.
El Ministerio Público comenzó por el principio, el cassete. Se proyectó el espectrograma en pantalla, se reprodujo el audio. 14 segundos de canto, pasos, la orden. Se expuso como la reverberación coincidía con la acústica del montacargas clausurado. Después, un aperito en fonética forense explicó el análisis espectrográfico.
mostró las coincidencias en acento, pausas respiratorias, ritmo silábico. Comparó la frase Al montacargas pronunciada por Salgado en el 2018 con la grabación de 1980, coincidencia superior al 98%. La defensa objetó, dijo que las voces podían ser similares, que no se podía probar que fuese él, que quizás se trataba de un montaje, pero no tenía otra voz que proponer.
Y además no podía explicar por qué en la casa de Salgado en Tijuana se hallaron 14 medallas religiosas iguales a las entregadas al coro ese año. por qué estaban enumeradas del 1 al 14, ni por qué una de ellas tenía las iniciales LG, que coincidían con uno de los niños desaparecidos, Luis Gómez. Una exmonja, declaró bajo resguardo de identidad.
Había servido en la basílica en 1980. Dijo haber visto a Salgado moverse libremente por los túneles subterráneos esa madrugada. dijo que le parecía extraño porque los técnicos externos debían estar acompañados, pero nadie más estaba con él. También confesó haber oído gritos apagados, como desde el fondo de una cisterna.
Cuando lo comentó a su superiora, esta le respondió, “El silencio es más sagrado que el escándalo.” Un ex sacristán, hoy ciego, relató que uno de los niños le había pedido ayuda, que quería cambiar de grupo porque Salgado le daba miedo, que lo miraba fijo, que lo había seguido al baño una vez. Nadie le creyó. Las pruebas se acumularon como piedras sobre la espalda, transferencias bancarias a cuentas offshore, registros falsos de entrada al país, fotografías de menores sin identificar encontradas en una caja bajo su cama. Y lo más inquietante, un
cuaderno con listados de fechas, con anotaciones crípticas. Octavo intento. Grupo completo. Entrega directa. Aún así, Salgado nunca habló. Escuchaba sin pestañar, a veces tomaba notas, a veces miraba el techo. Nunca pidió disculpas, nunca negó nada. Su silencio fue su estrategia, pero ese mismo silencio, tan perfectamente cultivado, fue el que lo hundió.
En noviembre, las familias fueron llamadas a declarar. Lo hicieron una por una. Contaron cómo fue vivir con la ausencia. Una madre ya con el cabello blanco dijo, “Cuando me dijeron que lo habían encontrado, no supe si alegrarme o morir. Ya no sé si quiero justicia o solo dormir sin oírlo cantar en mis sueños.
” El 12 de febrero de 2020, después de 112 días de juicio, se dictó sentencia. El juez leyó durante casi 3 horas, describió los agravantes premeditación, ventaja, abuso de confianza, víctimas menores, encubrimiento sostenido. Dictó una condena de 128 años de prisión sin posibilidad de reducción. Además, ordenó una indemnización estatal a cada una de las familias y una disculpa pública por parte del Estado mexicano.
Al finalizar la lectura, solo una madre se puso de pie, abrió su bolso, sacó una flauta infantil rota y la dejó sobre la varanda de los testigos. Luego se marchó. La sentencia removió al país. En marzo de ese mismo año, el Senado aprobó por unanimidad una reforma integral a los protocolos de contratación externa para eventos religiosos, escolares y públicos con menores.
Se creó el Registro Nacional de Supervisores en entornos infantiles. La Secretaría de Gobernación inició una auditoría histórica de todos los eventos masivos registrados entre 1975 y 1995. La Basílica de Guadalupe emitió un comunicado formal el 13 de marzo. En él reconoció graves omisiones estructurales y administrativas y anunció la creación de una comisión permanente para la protección de menores.
También informó que el montacargas clausurado sería demolido y que en su lugar se construiría una capilla conmemorativa. El 24 de diciembre de 2020, a las 9 de la noche, la basílica celebró una misa especial sin cámaras ni transmisión, solo fueron invitadas las familias. En la entrada lateral, donde antes se alzaba una compuerta de acero, hoy hay una placa de mármol blanco.
Dice, “Aquí quedaron atrapadas 14 voces. El cielo las oyó, nosotros no.” Una semana después, el archivo del caso fue digitalizado y liberado públicamente. En el portal oficial, el expediente se llama Causa 118, coro de la Virgen, México, 1980. Salgado permanece en el altiplano. No recibe visitas, no contesta cartas. Su celda tiene una cruz sin nombre grabada en la pared y sobre la repisa una Biblia cerrada.
Los custodios dicen que nunca la abre, solo la toca a veces, pero no habla, no dice, no explica. Tal vez como en aquella noche, su silencio vuelve a ser su única respuesta. La ciudad no volvió a ser la misma, no por un cambio visible, ni por un luto oficial, ni por una estatua de bronce en alguna plaza pública.
Lo que cambió fue más sutil, más profundo, como una grieta en el subsuelo que, aunque sellada, sigue crujiendo cuando nadie escucha. A partir del juicio, cada 12 de diciembre se volvió una fecha doble, celebración para millones de fieles. Sí, pero también recuerdo en las noches posteriores a la fiesta, cuando las luces del templo se apagan y los puestos recogen su mercancía, un grupo de mujeres mayores se sienta en silencio junto al altar lateral de San José.
No hablan, no rezan, solo están. Una de ellas suele dejar una rosa blanca, otra una vela con la palabra presente escrita a mano. La capilla construida en el lugar del antiguo montacargas fue inaugurada en septiembre de 2021. No tiene bancas ni imágenes, solo un muro de piedra con 14 nichos vacíos y una inscripción en latín que reza silencium no oblivio.
El silencio no es olvido. Allí los peregrinos encienden veladoras sin preguntar por qué. Algunos lloran sin conocer la historia completa. Otros simplemente bajan la cabeza como si comprendieran algo que las palabras ya no alcanzan. [Música] A nivel institucional, las repercusiones continuaron. En los años siguientes se detectaron otras irregularidades en eventos antiguos.
Ninguna tan masiva, ninguna tan devastadora. Pero el caso de los coristas obligó a mirar hacia atrás, a revisar, a cuestionar, a dejar de asumir que todo lo sagrado era intocable. El archivo digital del expediente fue consultado más de 200,000 veces en su primer año en línea. Universidades comenzaron a estudiarlo como parte de cursos de derechos humanos. Cineastas intentaron adaptarlo.
Las familias siempre dijeron no. No quieren ficción, quieren memoria. De Víctor Manuel Salgado no se supo más. no ha pronunciado una palabra desde su ingreso. En 2023, un informe médico reveló que había perdido parcialmente el habla por un trastorno psicógeno. Algunos lo tomaron como castigo divino, otros como evasión final.
Un custodio declaró de forma anónima que lo ha visto escribir frases con tisa en la pared de su celda. Solo una se repite siempre. El silencio no me salvó. Y quizás eso sea lo único que permanece, porque el dolor no se disuelve con los años, solo se transforma de rabia a duelo, de duelo a dignidad y finalmente al legado.
Las 14 familias con el tiempo fundaron una asociación que lleva el nombre de los niños. No lo gritan, no lo promueven, solo se reúnen, ayudan a otras madres, buscan a otros hijos. En otros casos, como si aquella herida que no cierra pudiera al menos evitar que otras se abran. En el silencio de esa bóveda subterránea, oxidada y olvidada durante décadas, se guardó más que un cacete, se guardó el eco de una verdad que el país no quiso oír hasta que un día resonó por sí sola.
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