Carmen Ortega casi dejó caer la taza de té cuando lo vio en la pantalla, como si la porcelana se hubiera vuelto de pronto demasiado pesada para sus manos.

Fueron tres segundos, solo tres, perdidos en medio del brillo de una transmisión en vivo, entre banderas que ondeaban, focos que barrían las gradas y una música que parecía querer convencer al mundo de que todo era celebración.

Pero esos ojos verdes no pertenecían al espectáculo ni a la multitud; eran un golpe directo a la memoria, un color que Carmen había visto primero en una cuna y después en el espejo húmedo del baño cuando su hijo se lavaba la cara a toda prisa para llegar a la escuela.

“Daniel…” susurró, y el nombre se le escapó con una naturalidad tan íntima que sonó como una confesión.

Se puso de pie tan bruscamente que la taza volcó y el té se derramó en el mantel, extendiéndose en una mancha marrón que no importó en absoluto, porque en ese instante el mundo dejó de ser el comedor pequeño y silencioso de su piso y se convirtió en una pantalla donde lo imposible acababa de asomarse.

Su vecina, que había subido un momento a acompañarla —una de esas visitas de tardes largas en las que se habla para espantar el ruido de la soledad—, se inclinó alarmada, buscando la causa del sobresalto como quien busca humo antes de ver el fuego.

“Carmen, ¿qué pasa?”

Pero Carmen no podía explicarlo, no con frases completas, no con esa lógica adulta que ordena los sucesos para que no duelan tanto.

¿Cómo iba a explicar que acababa de ver a su hijo, a su único hijo, vivo, en una ceremonia olímpica en Barcelona, cuando durante doce años había vivido con el peso exacto de la ausencia, con el hábito aprendido de mirar una silla vacía sin sorprenderse?

Daniel había m*r1ó en el incendio del Raval.

Eso era lo que decía todo.

Lo decían los papeles.

Lo decían las voces de los funcionarios que hablaban con la misma seriedad con la que se cierra una puerta.

Lo decía el recuerdo del ataúd, la tierra cayendo, la gente murmurando palabras torpes que intentaban ser consuelo y que a Carmen le sonaban a distancia, como si las escuchara bajo el agua.

Ella había asistido al funeral.

Había llorado sobre su tumba durante doce años, hasta que el llanto se volvió una costumbre silenciosa que ya no necesitaba lágrimas para doler.

Y sin embargo allí estaba: un rostro que pasó detrás de otro, un joven con uniforme de voluntario, moviéndose con prisa, tal vez llevando indicaciones, tal vez ajustando una cuerda o guiando a alguien fuera de cámara.

No era una toma limpia, no era un primer plano, no era un “mira, aquí está”.

Era peor: era un destello real, casual, como la vida misma, que no prepara ni avisa.

Carmen se acercó al televisor como si la distancia fuera un error que pudiera corregirse con pasos.

Sintió el corazón golpeándole en la garganta, la sangre en los oídos, el temblor que le subía por los antebrazos.

Quiso repetir la imagen, pedirle a alguien que la detuviera, pero la transmisión seguía adelante, implacable, como siguen adelante las cosas grandes mientras una persona se desmorona en una esquina del mundo.

Su vecina siguió hablando, preguntando, poniendo una mano en su hombro, pero Carmen apenas la oía.

En su cabeza no había espacio para nada que no fuera esa pregunta, una pregunta que venía con otras pegadas como espinas: si está vivo, ¿dónde ha estado doce años?, ¿por qué nunca volvió?, ¿cómo puede ser él si lo identificaron, si lo enterraron, si todo quedó “cerrado”?

Durante un instante, Carmen se odi0 un poco por sentir esperanza.

Porque la esperanza, cuando te han enseñado a vivir sin ella, no llega como una bendición: llega como un peligro.

Y después llegó la rabia, una rabia fría, sin gritos, la rabia de quien ha sido obligada a aceptar una verdad y descubre que tal vez esa verdad era una mentira construida con sellos y firmas.

Carmen no era una mujer de fantasías.

Había pasado la vida midiendo telas, cortando patrones, cosiendo dobladillos con la paciencia exacta de quien sabe que un milímetro puede arruinar un vestido.

Su mundo siempre había sido concreto: horas de trabajo, dinero contado, comida puesta en la mesa, el cansancio en la espalda.

Por eso, lo que acababa de ocurrir le resultaba doblemente insoportable.

No era un sueño.

No era una sensación vaga.

Era una imagen en televisión, en una transmisión en vivo, delante de testigos.

“Lo vi,” pensó, como si esas dos palabras pudieran sostenerla.

“Lo vi.”

En las semanas que vendrían —aunque Carmen todavía no lo sabía— esa certeza sería lo único firme mientras todo lo demás se movía, se abría, se volvía sospechoso.

Porque lo que Carmen descubriría en los próximos meses no solo cambiaría su vida: dejaría al descubierto una grieta burocrática tan absurda que parecía inventada, un error tan limpio y tan monstruoso que nadie lo habría imaginado posible si no existieran los archivos para probarlo.

Su hijo no había m*r1ó en ese incendio.

Pero había perdido algo aún más precioso que la vida.

Había perdido su identidad.

La noche del 15 de agosto de 1980, Barcelona ardía bajo un calor sofocante, de esos que hacen que el aire no se sienta aire sino una manta húmeda pegada a la piel.

En el Raval, el verano se acumulaba entre las calles estrechas, en los patios interiores donde casi no corría el viento, en las escaleras viejas que guardaban el olor de décadas: lejía, aceite de cocina, ropa tendida, humedad atrapada en la piedra.

Los ventiladores no daban abasto y las ventanas abiertas no traían alivio, solo ruido: voces, radios, pasos, motores, una ciudad despierta incluso cuando fingía dormir.

En la calle del Carme, un edificio de apartamentos crujía con el peso de sus cien años de historia, como si cada viga recordara otra época y cada pared hubiese escuchado demasiadas discusiones, demasiadas risas, demasiados silencios.

Los peldaños estaban gastados en el centro por miles de subidas y bajadas.

La pintura del rellano se descascaraba en pequeñas escamas.

Las tuberías, caprichosas, gemían cuando alguien abría el grifo en otra planta.

Era uno de esos edificios que parecían sostenerse por costumbre, por pura terquedad, como tantas cosas en la vida de Carmen.

En el tercer piso, Carmen Ortega, de treinta y ocho años, preparaba la cena en su pequeña cocina, moviéndose con la eficiencia de quien ha cocinado sola durante años y ha aprendido a hacerlo todo con una mano mientras la otra resuelve algo más.

La cocina era estrecha; el suelo siempre parecía un poco pegajoso no importaba cuánto lo fregara; la ventana daba a un patio interior donde se colgaban sábanas como banderas de una paz doméstica.

El olor de sofrito se mezclaba con el calor, y el sudor le resbalaba por la nuca, pero ella seguía, porque la cena era una de esas certezas que se repiten para que el día no se rompa del todo.

En la habitación, Daniel, de catorce años, estudiaba, o al menos estaba sentado con los libros abiertos, esa edad en la que la concentración es un combate y la adolescencia empieza a asomar como una sombra impaciente.

Carmen, menuda, con el pelo negro recogido en un moño bajo, tenía la cara marcada por años de trabajo duro como costurera: la mirada cansada pero alerta, las manos con pequeñas cicatrices de agujas y tijeras, la postura de quien siempre ha cargado bolsas, telas, responsabilidades.

Su esposo había m*r1ó cinco años atrás en un accidente laboral, dejándola sola para criar a Daniel.

En el tercer piso, Carmen Ortega, de 38 años, preparaba la cena en su pequeña cocina mientras su hijo Daniel, de 14 años estudiaba en su habitación. Carmen era una mujer menuda con el pelo negro recogido en un moño bajo, la cara marcada por años de trabajo duro como costurera. Su esposo había muerto 5 años atrás en un accidente laboral, dejándola sola para criar a Daniel.
El chico era su mundo entero. Un adolescente delgado, con el pelo castaño oscuro rizado, ojos verdes brillantes y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. “Daniel, la cena está casi lista”, llamó Carmen removiendo el guiso de lentejas en la olla. Un momento, mamá, tengo que terminar este problema de matemáticas”, respondió Daniel desde su cuarto, su voz comenzando a cambiar con la pubertad.
Eran las 11 de la noche cuando Carmen escuchó los primeros gritos. Al principio pensó que eran los vecinos del segundo piso discutiendo otra vez, pero entonces olió el humo. “Daniel”, llamó dejando la cuchara de madera y caminando hacia el pasillo. El humo ya se filtraba bajo la puerta principal.
“Daniel, hay fuego.” El chico salió corriendo de su habitación. Sus ojos agrandándose con miedo cuando vio el humo espeso llenando el pasillo. Carmen intentó abrir la puerta principal, pero el pomo de metal estaba ardiendo. La retiró con un grito de dolor, la palma de su mano ya enrojecida. La escalera de incendios.
Daniel corrió hacia la ventana de su habitación. Podemos bajar por ahí. Pero cuando abrió la ventana, las llamas ya lamían la escalera metálica desde el piso inferior. El edificio entero estaba envuelto en fuego. El humo se hacía más denso cada segundo, quemando sus gargantas y ojos. Al baño, Carmen toció, arrastrando a Daniel.
“Mojemos toallas!” Empaparon todas las toallas que tenían y las pusieron bajo las puertas, pero el humo seguía entrando. A través de la ventana del baño podían ver a los bomberos llegando abajo, sus luces rojas y azules parpadeando en el caos de la noche. La gente gritaba desde las ventanas. Algunas personas ya habían saltado a las redes de seguridad que los bomberos extendían. “Mamá, tengo miedo.
” Daniel se aferró a ella, su cuerpo temblando. “Todo va a estar bien, cariño. Los bomberos nos sacarán.” Carmen lo abrazó fuertemente, aunque su propio corazón latía con terror, pero el fuego se movía más rápido de lo que los bomberos podían controlarlo. El edificio era viejo con vigas de madera seca que se convertían en yesca.
Las llamas rugían como un animal vivo, consumiendo todo a su paso. “Señora, joven”, una voz gritó desde abajo. Un bombero había logrado subir una escalera hasta su ventana. “Tienen que saltar ahora.” Carmen miró la distancia. Tres pisos. La red de seguridad parecía tan pequeña desde arriba. Tú primero, Daniel, dijo firmemente.
No, mamá, juntos. No hay tiempo. El bombero gritaba las llamas ya consumiendo la pared exterior. El chico primero. Rápido. Daniel miró a su madre lágrimas mezclándose con el ollín en su cara. Te quiero, mamá. Yo también te quiero. Ahora salta. Estaré justo detrás de ti. Daniel trepó al alfizar de la ventana. Carmen lo sostuvo por los brazos, preparándose para dejarlo caer hacia la red, pero justo en ese momento, una explosión masiva sacudió el edificio.
Una tubería de gas había estallado en el primer piso. La onda expansiva lanzó a Daniel hacia afuera, pero no hacia la red de seguridad. Carmen gritó viendo a su hijo desaparecer en el humo y el caos. intentó saltar tras él, pero otra explosión la tiró hacia atrás, dentro del apartamento en llamas.
Lo último querecordó antes de perder la conciencia fue el rostro de Daniel desapareciendo en la noche. Carmen despertó tres días después en el hospital del mar. Su cuerpo estaba cubierto de quemaduras, su mano derecha vendada donde había agarrado el pomoente. Una enfermera estaba a su lado ajustando su. Mi hijo. Fueron las primeras palabras de Carmen. Su voz ronca por el humo.
¿Dónde está Daniel? La enfermera vaciló. Luego llamó a un doctor. El hombre mayor entró su expresión grave. Señora Ortega, lamento mucho informarle que su hijo Daniel no sobrevivió al incendio. Su cuerpo fue encontrado en el callejón junto al edificio. La explosión lo lanzó. Carmen no escuchó el resto. Un grito desgarrador salió de su garganta.
Un sonido de dolor tan profundo que hizo que las enfermeras en el pasillo se detuvieran. Había perdido a su hijo, su único hijo, su Daniel. El funeral fue cinco días después. Carmen, todavía con vendas en las manos y el rostro parcialmente quemado, se sentó frente al pequeño ataúdrado. Los bomberos habían explicado que el cuerpo estaba demasiado dañado para un funeral abierto.
La explosión, dijeron. El fuego. Lo sentían mucho. Solo quedaba su Daniel, su niño de 14 años, con sueños de ser arquitecto reducido a cenizas en una caja de madera. Mientras bajaban el ataúd a la tierra en el cementerio de Monik, Carmen hizo una promesa silenciosa. Viviría, continuaría, porque eso es lo que Daniel hubiera querido.
Pero una parte de ella, la parte que reía y soñaba y sentía alegría, fue enterrada ese día junto con su hijo. Lo que Carmen no sabía, lo que nadie sabía, era que el cuerpo en ese ataú no era Daniel Ortega. Y en algún lugar de Barcelona, su hijo estaba muy vivo, pero perdido de una manera que nadie podría haber imaginado. Los años pasaron lentamente para Carmen Ortega.
Cada día era una lucha por encontrar razones para levantarse de la cama, para respirar, para existir en un mundo sin su hijo. El apartamento en el Rabal había sido destruido completamente, así que se mudó a un pequeño estudio en Gracia, un barrio más tranquilo donde nadie la conocía, donde nadie le hacía preguntas sobre su pasado.
A sus años, en 1992, Carmen era una sombra de la mujer que había sido. Su pelo, ahora completamente gris, lo llevaba corto y sin estilo. Las cicatrices del incendio marcaban su mano derecha y parte de su cuello, recordatorios constantes de aquella noche terrible. Trabajaba desde casa haciendo arreglos de ropa para una tintorería local, sus dedos hábiles con aguja e hilo, incluso después de todos estos años.
La habitación donde trabajaba estaba llena de recuerdos de Daniel. Fotografías cubrían una pared entera. Daniel como bebé. Daniel en su primera comunión con su traje blanco. Daniel en la playa de Barceloneta sonriendo con los pies en el agua. Su favorita era una tomada seis meses antes del incendio, donde Daniel sostenía un libro de arquitectura, sus ojos verdes brillando con determinación.
Te habrías convertido en un arquitecto maravilloso”, susurraba Carmen a la foto cada noche antes de dormir. “Habrías diseñado edificios hermosos, habrías cambiado el mundo.” Sus únicas amigas eran las mujeres de su grupo de apoyo para padres en duelo, que se reunía cada jueves en el sótano de una iglesia en el Eample.
Allí, entre otras madres y padres que habían perdido hijos, Carmen podía hablar de Daniel sin ver compasión o incomodidad en los ojos de la gente. Esta semana habría sido su cumpleaños. Carmen compartió en una reunión en julio de 1992, 26 años. Se habría graduado de la universidad, tal vez tendría novia, tal vez me habría dado nietos.
Las otras madres asintieron comprendiendo. Todas compartían el mismo dolor de vidas interrumpidas, futuros robados. Una noche de agosto, exactamente 12 años después del incendio, Carmen estaba en su pequeño apartamento como siempre. No tenía televisor, nunca le había gustado el ruido, pero esa noche su vecina Rosa había tocado a la puerta.
Carmen, tienes que ver esto. Rosa era una mujer mayor, viuda también, que había sido amable con Carmen desde que se mudó. Están transmitiendo en directo desde las olimpiadas. Es histórico. Barcelona en el centro del mundo. No me interesan los deportes, Rosa. No es solo deportes, es nuestra ciudad. Carmen, después de todo lo que hemos pasado, Barcelona está brillando. Ven, solo por un rato.
Más para complacer a su amable vecina que por interés real, Carmen cruzó el pasillo hacia el apartamento de Rosa. La televisión estaba encendida, mostrando la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. El Estadio Olímpico de Monik estaba lleno de luz y color, miles de personas celebrando. ¿Ves? Rosa sonrió.
Hermoso, ¿verdad? Carmen se sentó mecánicamente, sus ojos en la pantalla sin realmente ver, pero entonces la cámara se movió a una sección de voluntarios que ayudaban a coordinar el evento. La cámara pasólentamente por sus rostros mientras el comentarista hablaba sobre los miles de barcelones que habían hecho posible el evento y entonces Carmen lo vio entre la multitud de rostros.
Durante apenas 3 segundos, la cámara capturó a un joven. Tenía aproximadamente 26 años. pelo castaño oscuro rizado. Y cuando se giró ligeramente hacia la cámara, Carmen vio sus ojos verdes, brillantes, inconfundibles. El mundo se detuvo. Daniel susurró poniéndose de pie tan bruscamente que volcó su taza de té. Daniel, ¿qué? Rosa se giró alarmada.
Carmen, ¿qué pasa? Mi hijo estaba en la pantalla. Es Daniel. Carmen, cariño, creo que estás confundida. El programa ya cambió. están mostrando. Pero Carmen no estaba escuchando. Agarró los hombros de Rosa. ¿Tienes BHS? ¿Grabaste el programa? No, yo tengo que encontrarlo. Tengo que encontrar esa grabación. Carmen ya estaba en la puerta.
¿Qué canal era? TV1. Pero Carmen. Carmen corrió a su apartamento, su corazón latiendo más rápido de lo que había latido en 12 años. Sus manos temblaban mientras buscaba en la guía telefónica el número de televisión española. Marcó con dedos torpes. Televisión española, ¿en qué puedo ayudarle? La ceremonia de clausura de las olimpiadas la que acaba de transmitir.
Necesito una copia de la grabación o necesito saber quién es uno de los voluntarios. Un joven con pelo rizado y ojos verdes estaba en el grupo de coordinadores. Señora, hay miles de voluntarios. No puedo simplemente, por favor. La voz de Carmen se quebró. Mi hijo murió hace 12 años en un incendio. Acabo de verlo en su transmisión.
Sé que suena loco, pero lo vi. Necesito esa grabación. Hubo una pausa. Un momento, señora. Carmen fue transferida de persona en persona, cada una más escéptica que la anterior. Finalmente, alguien le dio un número para la oficina de voluntarios olímpicos, pero estaba cerrado hasta el lunes. Esa noche Carmen no durmió.
se sentó en su silla mirando la fotografía de Daniel, comparándola mentalmente con el rostro que había visto en la pantalla. Los mismos ojos, la misma forma de la mandíbula, el mismo remolino en el pelo. “¿Estás vivo!”, susurró. No sé cómo, pero estás vivo. Pero una vocecita en su cabeza, la voz de la razón de la cordura, le decía que estaba viendo lo que quería ver, que el dolor y el aniversario la habían hecho imaginar cosas, que su hijo estaba muerto, enterrado en Monick desde hacía 12 años.
Pero, ¿y si no lo estaba? El lunes por la mañana, Carmen estaba en la puerta de la oficina del Comité Olímpico Español antes de que abrieran. Una joven recepcionista la recibió con una sonrisa profesional que se desvaneció cuando vio la intensidad en los ojos de Carmen. Necesito información sobre uno de sus voluntarios.
Carmen colocó la foto de Daniel de 1980 en el mostrador. Este es mi hijo. Murió en el incendio del Raval en 1980, pero lo vi en la transmisión de la ceremonia de clausura. Necesito saber si trabaja con ustedes. La recepcionista miró la foto, luego a Carmen con obvia compasión. Señora, tenemos más de 30,000 voluntarios sin un nombre.
Daniel Ortega. Tenía 14 años cuando murió. Ahora tendría 26. Con un suspiro, la recepcionista revisó sus archivos de computadora. Lo siento, no hay ningún Daniel Ortega en nuestros registros de voluntarios. Puede buscar por la foto, por descripción física, pelo castaño rizado, ojos verdes, complexión delgada. Señora, eso describe a cientos de nuestros voluntarios.
Carmen sintió que las lágrimas comenzaban a caer. Por favor, es mi hijo. Lo vi. Sé que lo vi. Durante las siguientes semanas, Carmen se convirtió en una mujer poseída. Había visto a su hijo, estaba segura de ello y no pararía hasta encontrarlo. Gastó sus ahorros comprando un televisor y un VHS de segunda mano.
Luego fue a todas las tiendas de electrónica de Barcelona buscando grabaciones de la ceremonia de clausura. Finalmente encontró una en una tienda en el Eample. El dueño había grabado toda la ceremonia y por un precio elevado que Carmen no podía permitirse, pero pagó de todos modos, le vendió una copia. En su apartamento, Carmen reprodujo la cinta una y otra vez, rebobinando hasta el momento exacto.
Ahí estaba durante 3 segundos preciosos. Su hijo, mayor. Sí, hombre en lugar de niño, pero definitivamente él. congeló la imagen, tomó una captura borrosa con una cámara Polaroid prestada. La calidad era terrible, pero era algo. Hizo copias fotostáticas en la biblioteca local y comenzó a pegar carteles por toda Barcelona. “¿Has visto a este hombre? Se llama Daniel Ortega.
Si lo conoces, por favor, contacta a Carmen Ortega.” Incluía su número de teléfono y dirección. Los carteles aparecieron en farolas, tablones de anuncios, estaciones de metro, cafeterías. Carmen caminaba kilómetros cada día pegando carteles, mostrando la foto borrosa de extraños, preguntando si alguien reconocía a su hijo. La mayoría de lagente la ignoraba.
Algunos la miraban con compasión. Uno le dijo que necesitaba ayuda psicológica. “Mi hijo no está muerto”, Carmen, les decía a todos. Lo vi en la televisión. Está aquí en Barcelona. Rosa y las otras mujeres del grupo de apoyo estaban preocupadas. Carmen, cariño. Rosa le dijo una tarde, “Has considerado que tal vez fue solo alguien que se parecía a Daniel.
Barcelona tiene millones de personas. Eran sus ojos rosa. Una madre conoce los ojos de su hijo, pero enterraste su cuerpo. Hubo funeral. El ataú estaba cerrado. Dijeron que el cuerpo estaba demasiado dañado. ¿Y si se equivocaron? ¿Y si identificaron mal el cuerpo, Carmen? ¿Y si hay alguna explicación? ¿Amnesia? Secuestro. No lo sé, pero tengo que intentarlo.
Tengo que encontrarlo. Después de un mes de búsqueda sin resultados, Carmen se volvió más desesperada. Contactó periódicos locales, pero ninguno quería cubrir su historia. Una madre afligida que ve a su hijo muerto en la televisión no era el tipo de noticia que quisieran publicar. Contrató a un detective privado, un hombre mayor llamado señor Vidal, que operaba desde una oficina mugrienta cerca del puerto.
Le mostró la foto congelada de la televisión y la foto antigua de Daniel. Vidal estudió ambas imágenes cuidadosamente. Hay cierta similitud, admitió. Pero, señora Ortega, después de 12 años la memoria puede jugarnos malas pasadas y esta captura de TV es muy borrosa. Puede encontrarlo o no. Puedo intentarlo, pero necesito que entienda las probabilidades.
Si su hijo realmente murió en ese incendio, entonces encontraré paz. Carmen lo interrumpió. Pero necesito saber con certeza. Vidal aceptó el caso. Durante las siguientes semanas revisó archivos del Comité Olímpico, entrevistó a coordinadores de voluntarios, siguió cada pista que Carmen le daba, pero cada camino terminaba en un callejón sin salida.
Señora Ortega, Vidal finalmente le dijo después de gastar todo el dinero que ella le había dado, “He hecho todo lo que puedo. Sin un nombre, sin información de contacto es imposible. Hay 30,000 voluntarios olímpicos. La mayoría ni siquiera están registrados oficialmente. Carmen no se rindió. Si Vidal no podía encontrar a Daniel, ella lo haría sola.
Comenzó a frecuentar todos los lugares donde los exvoluntarios olímpicos podrían reunirse. Asistió a eventos de clausura, fiestas de agradecimiento, cualquier reunión relacionada con las olimpiadas. Llevaba siempre las dos fotos mostrándolas a cada persona que encontraba. ¿Lo has visto? ¿Lo conoces? La mayoría negaba con la cabeza.
Algunos se alejaban incómodos de la mujer mayor desesperada con sus fotos arrugadas y su mirada febril. Pero un día, en octubre de 1992, en una cafetería cerca del Paseo de Gracia, una joven se detuvo a mirar las fotos. “Espere”, dijo la chica, una mujer de unos 20 años con el pelo teñido de rojo.
“Creo que he visto a este chico. Trabajaba en logística.” El corazón de Carmen casi se detuvo. ¿Dónde? ¿Cuándo? Durante las olimpiadas estábamos en el mismo equipo de voluntarios, pero no sé cómo se llamaba, éramos como 200 en nuestro grupo. ¿Puedes recordar algo? Cualquier cosa. La chica frunció el ceño pensando. Era callado.
No hablaba mucho con nadie. Siempre parecía, no sé, perdido, como si estuviera ahí, pero con la mente en otro lugar. Pero era buen trabajador. ¿Sabes dónde podría encontrarlo ahora? Lo siento, ¿no? Después de las olimpiadas todos nos dispersamos, pero la chica vaciló. Había otro chico en nuestro grupo, Mark, que parecía conocerlo mejor.
Si quiere, puedo darle su número, por favor. Carmen agarró las manos de la chica. Por favor. Mark resultó ser un estudiante universitario que había sido voluntario durante el verano. Cuando Carmen lo contactó, él recordó al joven de la foto. Sí, lo recuerdo, pero no sé su nombre verdadero. Todos lo llamábamos silencio porque casi nunca hablaba.
Era raro, como si tuviera miedo de algo o de alguien. ¿Dónde puedo encontrarlo? No lo sé. Después de las olimpiadas desapareció, pero Mark pensó por un momento. Creo que lo vi una vez en el barrio gótico. Estaba comprando en un mercado. Parecía vivir por esa zona. Era la primera pista real que Carmen había tenido en meses. El barrio gótico.
Comenzó a pasar todos sus días allí caminando las calles medievales estrechas, escaneando cada cara joven que pasaba. Y entonces, un día de noviembre, mientras caminaba por la plaza del Pí, lo vio. Estaba de espaldas a ella comprando verduras en un puesto del mercado, pero Carmen reconoció inmediatamente la forma de sus hombros, el remolino en su pelo castaño.
Daniel, llamó, su voz temblorosa. El joven se congeló, durante un momento interminable, no se movió. Luego lentamente comenzó a girarse y cuando sus ojos verdes encontraron los de ella, Carmen supo, sin lugar a dudas, era su hijo. Daniel, o el joven que se parecía tanto a él, miró a Carmen con unaexpresión que ella no podía decifrar.
No era reconocimiento, pero tampoco era la mirada en blanco de un extraño. Era algo intermedio, confusión mezclada con algo que podría haber sido un recuerdo distante. “Nos conocemos”, preguntó el joven, su voz más profunda de lo que Carmen recordaba, pero con el mismo tono suave. “Soy tu madre.
” Carmen dio un paso hacia él, lágrimas ya corriendo por sus mejillas. “Tu nombre es Daniel Ortega. Desapareciste hace 12 años en un incendio. Pensé que habías muerto. El joven retrocedió ligeramente su mano apretándose alrededor de la bolsa de verduras. Lo siento, señora. Creo que me confunde con alguien más. No, no te confundo.
Carmen sacó la foto de Daniel a los 14 años de su bolso. Mira, este eres tú. Eres mi hijo. El joven tomó la foto con mano temblorosa. La estudió durante un largo momento, su rostro palideciendo. Yo, esto se parece a mí, pero no puedo ser yo. ¿Por qué no? Porque vaciló mirando alrededor nerviosamente como si buscara una salida.
Porque mi nombre es Marcos. Marcos Rivas y no tengo madre. No tienes madre. ¿Qué significa eso? significa bajo la voz que crecí en hogares de acogida, en orfanatos, desde que tengo memoria no tengo padres. Carmen sintió que su corazón se partía. ¿Qué recuerdas? ¿Cuál es tu primer recuerdo? Marcos frunció el ceño, su confusión evidentemente genuina.
Despertar en un hospital. Tenía, pensó, 14 o 15 años, creo. Me dijeron que había estado en un accidente, que había perdido la memoria, que nadie había venido a reclamarme. Un hospital. ¿Cuál hospital? ¿Cuándo? No sé exactamente. Agosto, septiembre de 1980, me dijeron. El hospital del Valle de Hebrón tenía quemaduras, lesiones por explosión. Estuve en coma durante días.
Las fechas coincidían. El incendio había sido el 15 de agosto de 1980. Quemaduras, ¿de dónde? Me dijeron que de un incendio en algún lugar, pero no recuerdo nada antes de despertar en esa cama de hospital. Nada. Es como si hubiera comenzado ese día. Carmen agarró sus manos sintiendo las cicatrices que nunca había visto en su hijo.
Daniel, la explosión en el incendio te lanzó del edificio. Te declararon muerto, pero no estabas muerto, estabas inconsciente. Debieron llevarte al hospital equivocado o hubo confusión en el caos. Y cuando despertaste sin memoria, nadie sabía quién eras. Marcos sacudió la cabeza, pero Carmen podía ver la duda en sus ojos.
¿Por qué no me buscarías en los hospitales? Lo hicimos. Revisamos el hospital del mar donde yo estaba. Revisamos todos los hospitales cercanos al rabal, pero nunca buscamos tan lejos como Valle de Hebrón. Y nos dijeron que habían identificado tu cuerpo. Hubo funeral. Te enterramos. Entonces enterraron a alguien más. Marco se hundió en un banco cercano como si sus piernas no pudieran sostenerlo más.
Dios mío, ¿quién enterraron? No lo sé, pero tenemos que averiguarlo. Carmen se sentó junto a él. ¿Puedo ver tus manos? Confundido, Marcos extendió sus manos. Carmen las tomó suavemente examinándolas. Ahí, en su muñeca derecha, había una pequeña cicatriz con forma de media luna. “Te caíste de tu bicicleta cuando tenías 8 años”, susurró Carmen tocando la cicatriz.
“Te rompiste la muñeca. Tuvieron que operarte. Te quedó esta cicatriz. Marcos miró la cicatriz como si la viera por primera vez. Yo siempre pensé que era del accidente, del incendio. No, esta cicatriz es de 4 años antes. Carmen sacó otra foto de su bolso, esta de Daniel como niño pequeño con una escayola en su brazo.
Mira, aquí estás después de la operación. Marcos estudió la foto, su respiración volviéndose irregular. Esto no tiene sentido. ¿Por qué no me buscarían mejor? ¿Por qué aceptaron tan fácilmente que yo estaba muerto? Porque nos mostraron un cuerpo. Estaba quemado más allá del reconocimiento, pero coincidía con tu descripción aproximada. Y en el caos del incendio, con docenas de personas muertas, errores como este pueden pasar. Docenas.
¿Cuántas personas murieron en ese incendio? 27. Carmen cerró los ojos recordando los titulares. Fue uno de los peores incendios residenciales en la historia de Barcelona. El edificio entero se derrumbó. Los cuerpos fueron difíciles de identificar. En el caos, tú fuiste llevado a un hospital. Otro niño muerto fue identificado como tú y nadie conectó las piezas.
Marcos se puso de pie bruscamente. Necesito pruebas. Necesito estar seguro. Haremos una prueba de ADN. Carmen dijo inmediatamente. Pruebas médicas, lo que sea necesario. Y si es verdad, Marcos se giró para mirarla. Sus ojos verdes, los ojos de Daniel. llenos de lágrimas no derramadas. Si realmente eres mi madre, ¿por qué no te recuerdo? Nada.
Ni tu cara, ni tu voz, ni nada de mi vida antes de ese hospital. El trauma puede hacer que el cerebro bloquee recuerdos, explicó Carmen suavemente, especialmente en casos de violencia extrema o eventos catastróficos. Has estado viviendo como Marcos Rivasdurante 12 años. Tu cerebro construyó una nueva identidad porque no podía acceder a la antigua.
¿Y si no recupero esos recuerdos nunca? Carmen tomó su cara entre sus manos, mirando directamente a sus ojos. Entonces haremos nuevos recuerdos. Pero eres mi hijo, Daniel. Lo sé en mi alma y voy a demostrártelo. Durante la siguiente semana, Carmen y Marcos, como aún se llamaba a sí mismo, se reunieron varias veces.
Carmen trajo álbum de fotos, contó historias de su infancia, compartió detalles que solo una madre conocería, la marca de nacimiento en su hombro izquierdo con forma de estrella. su alergia a los mariscos, la forma en que solía morderse el labio inferior cuando estaba concentrado. “Todavía lo haces”, señaló Carmen cuando lo vio hacerlo mientras examinaba las fotos.
“Es un hábito que nunca perdiste.” Marcos tocó su labio dándose cuenta. “Nunca noté que lo hacía.” Fueron juntos al hospital del Valle de Hebrón para solicitar sus registros médicos de 1980. Después de mucho papeleo y explicaciones, finalmente recibieron los archivos. El paciente había llegado el 16 de agosto de 1980 inconsciente con quemaduras de segundo grado, lesión cerebral traumática leve y múltiples contusiones. No llevaba identificación.
Sus huellas dactilares habían sido enviadas a la policía, pero en el caos del incendio masivo del Raval, nunca fueron procesadas adecuadamente. Nadie vino a reclamarlo. Después de tres meses en el hospital y sin recuperar su memoria, fue transferido al sistema de servicios sociales como menor no identificado.
Le dieron el nombre Marcos por un trabajador social que lo atendió. Y Rivas era el apellido por defecto que usaban para casos sin identificar. Han pasado 12 años de mi vida”, dijo Marcos, su voz temblorosa mientras leía los documentos. “Y ni siquiera mi nombre era real.” Carmen apretó su mano. “Pero ahora sabemos la verdad.
Ahora podemos arreglar esto.” Hicieron las pruebas de ADN en una clínica privada. La tecnología era relativamente nueva en España en 1992, pero estaba disponible. Carmen dio su muestra de sangre, Marcos también. Ahora solo quedaba esperar. Dos semanas, dos semanas que se sintieron como una eternidad.
Durante ese tiempo, Carmen le contó todo sobre su vida antes del incendio. Sobre su padre Jorge, que había muerto cuando Daniel tenía 9 años. Sobre sus abuelos. Sobre la vida en el rabal, los vecinos, su escuela. “Ibas a la escuela industrial”, le dijo. “Quería ser arquitecto. Estabas obsesionado con los edificios de Gaudí.
Tu favorito era la Sagrada Familia.” “Todavía lo es”, Marcos, murmuró. Voy allí todo el tiempo. Siempre pensé que era solo porque es hermosa, pero se detuvo, sus ojos agrandándose. Siempre me he sentido atraído a ese lugar como si tuviera algún significado para mí, porque lo tiene. Carmen sonrió a través de sus lágrimas.
Te llevaba allí cuando eras niño. Nos sentábamos afuera y tú dibujabas los detalles de las fachadas en tu cuaderno. Por primera vez desde que se conocieron de nuevo, algo cruzó el rostro de Marcos. No era exactamente un recuerdo, pero era algo, un sentimiento, una conexión. Hay algo más, Carmen vaciló. Tu habitación la guardé. Bueno, no tu habitación del apartamento que se quemó, eso se destruyó.
Pero cuando me mudé después del incendio, recreé tu habitación lo mejor que pude con tus cosas que había guardado en casa de tu abuela. Si quieres verla. Marcos asintió lentamente. Sí, creo que me gustaría eso. Los meses siguientes fueron un proceso lento y a veces doloroso de reconstrucción. Daniel, como empezó a llamarse a sí mismo, aunque todavía se sentía extraño, tuvo que navegar por un sistema burocrático complicado para restaurar legalmente su identidad.
El certificado de defunción tuvo que ser anulado. Sus documentos de identificación, que habían sido destruidos o perdidos en 1980, tuvieron que ser recreados. Su estatus legal como Marcos Rivas tuvo que ser disuelto. Era un laberinto de papeles, oficinas gubernamentales y pruebas. Pero con cada documento procesado, cada formulario firmado, Daniel sentía que una parte de su verdadero yo regresaba.
Ya no era un fantasma sin pasado, era real, era alguien. La exumación del cuerpo enterrado en la tumba de Daniel Ortega fue quizás el momento más difícil. Carmen había insistido en que necesitaban saber quién estaba realmente enterrado allí. Las autoridades estuvieron de acuerdo, especialmente dado el escándalo potencial de un cuerpo mal identificado durante 12 años.
El análisis forense finalmente reveló la verdad. El cuerpo pertenecía a un joven sin identificar, probablemente otro víctima del incendio del rabal, cuya familia nunca fue localizada o que nunca tuvo familia. En el caos del desastre, con tantos cuerpos quemados más allá del reconocimiento, se habían cometido errores.
El cuerpo de este joven sin nombre había sido identificado erróneamente como Daniel, mientras queDaniel mismo había sido llevado a un hospital diferente y olvidado por un sistema abrumado. “Al menos ahora puede tener su propio nombre”, dijo Carmen durante el segundo funeral, “Esta vez para el joven desconocido. Aunque nunca sepamos quién fue, merece ser reconocido.
” Daniel colocó flores en la tumba del extraño que había ocupado su lugar durante 12 años. “Gracias”, susurró. “No sé quién eras, pero gracias por llevar mi nombre cuando yo no podía. Descansa en paz.” Lentamente, Carmen comenzó a reintroducir a Daniel a su vida anterior. Contactó a Javi Moreno, el mejor amigo de infancia de Daniel. Javi, ahora un hombre de 26 años que trabajaba como ingeniero, al principio fue escéptico, pero cuando vio a Daniel, cuando escuchó toda la historia y vio las pruebas de ADN, se derrumbó en lágrimas. Pensé que te había perdido.
Javi abrazó a Daniel fuertemente. Fuiste a tu funeral. Lloré durante meses. Lo siento, Daniel no sabía qué más decir. No recuerdo nada de entonces. No recuerdo nuestra amistad. Entonces, la reconstruiremos. Javi se limpió los ojos. Te contaré todas las historias, te mostraré todas las cosas que solíamos hacer y tal vez algún día algo resonará.
Y gradualmente algo sí resonó, no en forma de memorias completas y claras, sino en sentimientos, en comodidad, en conocimiento instintivo. Cuando Javi lo llevó a la playa de Barceloneta, Daniel sintió una oleada de familiaridad. Cuando visitaron su antigua escuela, algo en el patio de recreo le pareció reconocible. Los recuerdos no funcionan como un interruptor de luz”, explicó la psicóloga que Carmen había contratado para ayudar a Daniel, especialmente después de un trauma tan severo y tanto tiempo.
Pero su cerebro almacenó esas experiencias en alguna parte. pueden regresar como sensaciones, emociones, conocimiento inconsciente o pueden no regresar nunca completamente, pero eso no significa que no fueran reales. Y si nunca recuerdo, Daniel preguntó durante una de sus sesiones. Entonces construyes nuevos recuerdos.
Tu madre te ha dado el regalo de saber de dónde vienes, quién eres. Ese conocimiento es valioso, incluso sin los recuerdos adjuntos. Daniel decidió volver a la universidad. Había completado su educación secundaria en el sistema de acogida, pero nunca había podido permitirse la universidad. Ahora, con Carmen ayudándolo y algún apoyo del gobierno, dado su caso extraordinario, se inscribió en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona.
“Siempre supe que quería ser arquitecto”, le dijo a Carmen en su primer día de clases. “pero no sabía por qué. Ahora sé que era porque era mi sueño antes del incendio. Ese sueño sobrevivió incluso cuando todo lo demás se perdió”. La historia de Daniel eventualmente llegó a los medios. El milagro de Barcelona, hijo regresa de entre los muertos 12 años después, proclamaban los titulares.
Periodistas de toda España querían entrevistarlos. Carmen declinó la mayoría queriendo proteger la privacidad de su hijo mientras se adaptaba, pero aceptó una entrevista con TVE1, la misma estación donde Carmen lo había visto por primera vez en la transmisión olímpica. era apropiado. Pensó cerrar el círculo. Durante la entrevista, el periodista preguntó a Daniel, “¿Cómo se siente recuperar una vida que no recuerda?” Daniel pensó cuidadosamente antes de responder.
“Es como, imagina que te dan un libro con la mitad de las páginas en blanco. Las páginas que están escritas te cuentan una historia increíble sobre quién eres, de dónde vienes, quién te amó. Pero las páginas en blanco, esas son mis propios recuerdos perdidos. No puedo leerlos, pero sé que estuvieron ahí alguna vez y tal vez con el tiempo algunas de esas páginas en blanco comenzarán a llenarse nuevamente.
Y su madre, el periodista, se giró hacia Carmen. ¿Cómo se siente recuperar a su hijo después de 12 años de creer que había muerto? Carmen tomó la mano de Daniel como un milagro. Cada día es un regalo. Sí, duele que no me recuerde, que no recuerde su infancia, su padre, su vida antes, pero está vivo, está aquí.
Y eso es más de lo que me atreví a esperar durante 12 años. Después de que la entrevista se emitiera, docenas de personas contactaron a Carmen. Algunas eran otras madres que habían perdido hijos buscando la misma esperanza. Otras eran personas que habían estado en el sistema de acogida, preguntando si Daniel recordaba haber conocido a alguien que pudiera ser su propio familiar perdido.
Una llamada en particular destacó. Era de una mujer mayor llamada señora Herrera. Vi su historia en la televisión, dijo la mujer. Y creo que conozco parte de lo que sucedió esa noche. Trabajaba como enfermera en el valle de Hebrón en 1980. Recuerdo cuando trajeron al chico sin identificar del incendio. Carmen invitó a la señora Herrera a su apartamento.
La mujer mayor, ahora retirada, trajo consigo registros que había guardado desus años como enfermera. “Esa noche hubo tanto caos”, explicó. Docenas de víctimas de quemaduras llegaban de diferentes hospitales que estaban abrumados. Su hijo miró a Daniel. Llegó en ambulancia desde el Hospital del Mar, pero hubo confusión.
Los paramédicos pensaron que ya había sido identificado. Cuando despertó sin memoria, nadie conectó que era uno de los desaparecidos del incendio. ¿Por qué no?, preguntó Carmen. Porque oficialmente todos los desaparecidos del incendio del rabal estaban contabilizados. Todos los cuerpos habían sido identificados. Nadie estaba buscando un niño sin identificar en Valle de Hebrón, porque pensaban que todos los niños del incendio estaban muertos o recuperados.
Su hijo cayó entre las grietas del sistema. Y el cuerpo en mi tumba. Daniel preguntó, “¿Sabe quién podría haber sido?” La señora Herrera negó con la cabeza. Probablemente otro niño del incendio cuya familia nunca fue encontrada o cuya familia también murió en el incendio. En un desastre de esa magnitud, con tantos cuerpos quemados, los errores de identificación no eran raros, solo que usualmente se descubrían más rápidamente.
Saber la verdad completa ayudó. No cambió el pasado, pero proporcionó cierre. Daniel no había sido abandonado o olvidado por su madre. Había sido víctima de circunstancias trágicas y errores burocráticos. Un año después de su reencuentro, en agosto de 1993, Carmen y Daniel regresaron al sitio del incendio del Raval.
El edificio había sido demolido hacía tiempo, reemplazado por un parque conmemorativo con 27 placas, una por cada vida perdida. Esa noche encontraron la placa de Daniel. Daniel Ortega, 14 años, 1966-1980. Las fechas son incorrectas ahora, observó Daniel. Pero el recuerdo es real. Carmen tocó la placa fría. Podrías haber muerto esa noche.
Muchos lo hicieron, pero sobreviviste y después de 12 años perdido, encontraste el camino de regreso a casa. Daniel colocó flores en el monumento, no solo por sí mismo, sino por todos los que realmente habían perecido esa noche. “Fui uno de los afortunados”, dijo en voz baja. Mientras caminaban de regreso a través del parque, Daniel de repente se detuvo.
Estaban pasando por un área de juegos donde niños pequeños jugaban. Un niño de unos 5 años se rió cuando su madre lo empujó en el columpio. “Lo recuerdo,”, Daniel, susurró, sus ojos agrandándose. “¿Qué recuerdas?” Tú empujándome en un columpio. Yo era pequeño, tal vez cuatro o cinco años y estabas cantando una canción sobre sobre un pajarito.
Carmen se llevó una mano a la boca, lágrimas brotando inmediatamente. La canción del pajarito solía cantártela todo el tiempo cuando eras pequeño. Puedo escucharla. Puedo escuchar tu voz. Daniel se giró hacia ella, su propio rostro mojado con lágrimas. Es el primer recuerdo real, el primero. Carmen lo abrazó allí mismo en el parque, ambos llorando.
No era mucho, un fragmento de un momento de hace más de 20 años, pero era un comienzo, una puerta que se abría. Tal vez nunca recuperaría todos sus recuerdos. Tal vez siempre habría páginas en blanco en el libro de su vida, pero tenía esto. Tenía a su madre, tenía su nombre verdadero, tenía una historia, un lugar de donde venía, una razón para su amor por la arquitectura, para sus sueños y sobre todo tenía un futuro.
No como Marcos Rivas, el huérfano sin pasado, sino como Daniel Ortega, el hijo que regresó de las cenizas, el hijo que su madre nunca dejó de amar, incluso cuando todos los demás habían renunciado a la esperanza. “Vamos a casa, mamá”, dijo Daniel usando la palabra mamá por primera vez desde su reencuentro.
Carmen sonrió a través de sus lágrimas. “Sí, mi amor. Vamos a casa.” Y juntos, madre e hijo, separados por la tragedia, pero reunidos por el destino y la determinación inquebrantable de una madre, caminaron hacia su futuro, dejando atrás 12 años de dolor, pero llevando consigo la promesa de todos los años que aún les quedaban por vivir juntos.
El apartamento de Carmen en Gracia era pequeño pero acogedor. Cuando Marcos entró, sus ojos inmediatamente fueron atraídos a la pared de fotografías. Docenas de imágenes de un niño que se parecía exactamente a él creciendo. “Este eres tú a los 5 años”, Carmen señaló una foto. Acabábamos de mudarnos al Raval.
Estabas emocionado porque tu nueva habitación tenía una ventana que daba a la calle. Marcos se acercó a las fotos estudiándolas intensamente, su cara en diferentes edades, sonriendo, serio, jugando, una vida completa que no recordaba haber vivido. Y esta Carmen tocó una foto de Daniel a los 11 años sosteniendo un trofeo. Fue cuando ganaste el concurso de dibujo de tu escuela. Dibujaste un puente.
Era hermoso. ¿Todavía lo tienes? El dibujo sí está en tu habitación. Carmen lo guió por el pequeño pasillo hasta una puerta cerrada. No he cambiado nada en 12 años”, explicó. Pensé que si alguna vez,si algún milagro sucedía y volvías, querría que tuvieras algo familiar. Abrió la puerta. La habitación era como una cápsula del tiempo de 1980.
Pósters de bandas de rock español de finales de los 70. una estantería llena de libros sobre arquitectura, un escritorio con lápices y papel de dibujo, todavía dispuestos como si Daniel fuera a volver en cualquier momento para trabajar en su próximo proyecto. Marcos entró lentamente, sus ojos recorriendo cada detalle, se acercó al escritorio y levantó uno de los lápices.
Su mano se movió automáticamente, sosteniéndolo de la manera exacta en que un artista sostendría un lápiz de dibujo. “Sé cómo hacer esto”, murmuró. No sé por qué, pero sé exactamente cómo sostener esto. Porque dibujabas constantemente. Carmen estaba en el umbral viéndolo redescubrir pedazos de sí mismo. Desde que tenías 6 años, tu padre te regaló tu primer juego de lápices profesionales.
Marcos abrió un cajón del escritorio. Dentro había cuadernos de bocetos. Los sacó con manos temblorosas abriendo las páginas amarillentas. Estaban llenos de dibujos de edificios. puentes, estructuras imposibles diseñadas por la mente imaginativa de un niño. Los hice yo. No era una pregunta. Reconozco, reconozco este estilo.
Yo todavía dibujo así. Carmen se acercó mirando por encima de su hombro. ¿Todavía dibujas? Sí. En los orfanatos, en las casas de acogida, siempre dibujaba. Era lo único que parecía natural. Los trabajadores sociales pensaron que podría ser arquitecto algún día. se rió amargamente. Supongo que tenían razón, pero no de la manera que pensaban. Pasó la página y se detuvo.
El dibujo era de una mujer, obviamente hecho por manos jóvenes, pero con cuidado evidente. Debajo, en letra infantil, estaba escrito, “Mi mamá, la más hermosa del mundo.” Marcos miró el dibujo, luego a Carmen. Los rasgos coincidían, aunque Carmen había envejecido y cambiado. “Te dibujé”, susurró. Tenías 10 años.
Carmen tocó el dibujo suavemente. Fue para el día de la madre. Me lo diste en el desayuno. Lloré de alegría. Por primera vez lágrimas genuinas corrieron por las mejillas de Marcos. Quiero recordar, quiero recordar cómo era amarte, cómo era ser amado. Carmen lo abrazó y él se aferró a ella como un niño perdido, lo cual en muchos sentidos era exactamente lo que había sido durante 12 años.
¿Cómo fue?, preguntó Marcos después de que ambos se calmaron en los hogares de acogida. Algunos fueron buenos, algunos no. Nunca me quedé en ningún lugar lo suficiente para sentirme en casa. Siempre sentía que estaba esperando algo, buscando algo, pero no sabía qué. Se limpió los ojos. Ahora sé que te estaba buscando.
Estaba tratando de encontrar el camino de regreso a una vida que no recordaba. Y los nombres, ¿por qué Marcos Rivas? El trabajador social que me atendió en el hospital se llamaba Marcos. Fue amable conmigo cuando desperté sin saber quién era. Creo que por eso ese nombre se quedó. Y Ribas era solo el apellido genérico que usaban.
Pero tu verdadero nombre es Daniel. Daniel Ortega. Marcos. Daniel repitió el nombre para sí mismo. Daniel. Suena extraño. He sido Marcos durante tanto tiempo. Puedes tomarte tu tiempo, Carmen le aseguró. No tienes que cambiar nada hasta que estés listo. Pasaron el resto de la tarde en esa habitación Carmen contando historias, Marcos, Daniel mirando objetos que deberían haberle resultado familiares, pero que no lo eran.
Un balón de fútbol firmado por su equipo favorito, un modelo a escala de la Sagrada Familia que había construido con su padre, una carta que había empezado a escribir a un amigo el día antes del incendio. “¿Qué pasó con mis amigos?”, preguntó Daniel. “De la escuela del barrio.
” Algunos se mudaron, otros fue difícil para ellos también. El incendio traumatizó a toda la comunidad. Muchas familias se fueron después de eso. Carmen vaciló. Pero hay uno, Javi Moreno, era tu mejor amigo. Todavía vive en Barcelona. Podría contactarlo si quieres. Y si no me cree, ¿y si piensa que soy un impostor? No lo pensará. No cuando vea las pruebas.
Los resultados del ADN llegaron dos días después. Carmen y Daniel fueron juntos a la clínica para escuchar los resultados. El doctor, un hombre mayor con gafas, le sonrió mientras abría el sobre. Bueno, dijo, esto es bastante extraordinario. La probabilidad de maternidad es del 99.99%. Señora Ortega, este joven es definitivamente su hijo biológico.
Carmen dejó escapar un soyoso de alivio. Durante 12 años había llevado el peso de la culpa y el dolor de perder a su hijo. Y ahora, contra todas las probabilidades, lo había encontrado. Daniel simplemente se sentó en silencio mirando el papel con los resultados. Era verdad. Todo era verdad. Tenía una madre.
Había tenido una vida antes del hospital. No era Marcos Rivas, huérfano sin pasado. Era Daniel Ortega. Y alguien lo había amado, lo había criado, lo había lloradodurante 12 años. ¿Qué hacemos ahora?, preguntó finalmente. Ahora dijo Carmen tomando su mano. Recuperamos tu vida. Empezamos de nuevo.