ABUELO DE 74 M4TA A SU NOVIA DE 32 Y A SU HIJO AL CACHARLOS JUNTOS EN SU CAMA EN ECATEPEC

 

En una calle polvosa de Catepec, donde los mototaxis pasan rozando las banquetas y las casas de concreto se aprietan unas contra otras, un abuelo de 74 años caminaba tomado de la mano con su novia de 32.

Los vecinos murmuraban, pero nadie imaginaba que esa diferencia de edad sería apenas el primer detalle extraño de una historia que terminaría en sangre.

Porque cuando la confianza se rompe dentro de una familia, cuando la traición llega desde donde menos se espera y cuando un hombre mayor descubre que su propio hijo cruzó la línea más sagrada, la venganza no pregunta por edad ni por la sangre.

Lo que empezó como una relación improbable en un barrio olvidado del Estado de México, terminó con dos cuerpos cubiertos en camillas, una ambulancia con las puertas abiertas y un anciano esposado frente a todos sus vecinos.

Eccatepec de Morelos, Estado de México.

Abril de 2019.

En una colonia donde las calles angostas apenas dejan pasar un coche y un mototaxi al mismo tiempo, donde las casas de concreto pintadas de rosa pálido, amarillo deslavado y blanco sucio, se alinean apretadas como cajas de cerillos.

Vivía don Aurelio, un hombre de 74 años que había pasado toda su vida levantándose temprano, trabajando duro y viendo cómo sus hijos crecían en ese mismo barrio.

Moreno, delgado como un alambre, con bigote ralo que ya empezaba a encanecer y una gorra clara que nunca se quitaba.

Don Aurelio era de esos señores que se la pasaban en la banqueta platicando con los vecinos, tomando café instantáneo en vasos desechables y viendo pasar las horas con la tranquilidad de quien ya cumplió con la vida.

Su hijo Óscar, un hombre de 33 años, vivía en la misma casa.

Óscar era mototaxista, manejaba un mototaxi verde con calcomanías desgastadas y un asiento trasero remendado con cinta gris.

Todos los días salía desde las 6 de la mañana para hacer rutas cortas por la colonia, llevando señoras al mercado, chavos a la prepa, trabajadores a la estación del mejibús.

Era un tipo sonriente de camisa sencilla y jeans manchados de grasa, siempre con una broma en la boca y una mano en el claxon para saludar a medio barrio.

La relación entre padre e hijo era simple, sin complicaciones.

Don Aurelio ya no trabajaba.

Óscar ponía el gasto de la casa y los dos compartían el techo, las tortillas y el control de la tele en las noches.

Pero en abril de ese año algo cambió.

Una mujer empezó a aparecer por esa calle con más frecuencia de lo normal.

Se llamaba Yesenia.

Tenía 32 años.

Tes morena, cabello oscuro, siempre recogido en una cola de caballo sencilla y usaba ropa que gritaba necesidad, sudadera gris con el cierre medio roto, pantalones oscuros que ya habían visto mejores días, tenis baratos de los que venden en el tianguis.

Yesenia vendía productos por catálogo, cremas, perfumes, tupers y también ofrecía ayuda a los vecinos mayores que necesitaban hacer trámites o comprar despensa.

Así fue como llegó a tocar la puerta de don Aurelio.

Al principio las visitas eran cortas.

Yesenia le ofrecía un catálogo, le preguntaba si necesitaba algo, le ayudaba a cargar una bolsa del oso.

Don Aurelio, que llevaba años solo después de que su esposa muriera, empezó a esperarla.

Le ofrecía café, le pedía que se sentara un rato, le contaba historias de cuando Ecatepec todavía era campo y no este monstruo de concreto.

Yesenia escuchaba, sonreía.

Decía que al lado de un hombre mayor se sentía segura, que ya estaba cansada de jóvenes irresponsables que solo querían fiesta y nada serio.

Don Aurelio se sentía rejuvenecido.

A los dos meses ya no era raro verlos caminando juntos por la calle tomados de la mano.

Él con su gorra clara y su playera blanca, ella con su sudadera gris.

Los vecinos murmuraban.

Claro, 42 años de diferencia no pasaban desapercibidos, pero en Ecatepec quien tiene sus broncas y nadie se mete en lo que no le toca.

Para junio de 2019, Yesenia ya pasaba la mayor parte del día en esa casa.

Tomaban café en la cocina, se sentaban en la puerta a ver pasar el mototaxi de Óscar y algunas tardes caminaban hasta la esquina despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Don Aurelio se sentía acompañado.

Yesenia decía haber encontrado esta habilidad y Óscar desde su mototaxi lo saludaba con la mano cada vez que pasaba frente a la casa.

Todo parecía encajar, todo parecía normal, pero en esa misma casa donde tres personas compartían el espacio, las comidas y las conversaciones, algo estaba empezando a moverse en silencio, algo que ninguno de los tres iba a poder controlar.

Óscar no tenía problema con que su papá tuviera novia.

Al principio hasta le caía bien Yesenia era simpática.

ayudaba en la casa, barría el patio, lavaba los trastes que quedaban amontonados en el fregadero.

Óscar la subía al mototaxi cuando ella necesitaba ir al mercado o al centro de Catepec a dejar pedidos de sus productos.

La trataba como la novia de mi papá, con respeto, con distancia.Pero la convivencia diaria en una casa chica donde todos se cruzaban en el pasillo, donde todos compartían la misma mesa, fue generando algo que al principio ninguno de los dos quiso reconocer.

Yesenia empezó a prestarle más atención a Óscar.

Le preguntaba cómo le había ido en el día.

le guardaba comida cuando él llegaba tarde, le lavaba la ropa sin que él se lo pidiera.

Óscar al principio lo tomó como amabilidad, pero hubo un día, a mediados de julio en que Yesenia se quedó parada junto al mototaxi mientras Óscar checaba el aceite del motor.

Platicaron más de lo normal.

Ella se rió de una broma tonta que él hizo.

Él notó que ella se había pintado los labios, algo que no hacía cuando solo estaba en la casa con don Aurelio.

Fue un momento breve, sin importancia aparente, pero algo cambió en ese instante.

A partir de ahí, las miradas se hicieron más largas.

Yesenia empezó a buscar excusas para estar cerca de Óscar.

Si él estaba viendo la tele en la sala, ella se sentaba en el sillón de al lado.

Si él salía al patio a fumar un cigarro, ella salía con el pretexto de tender ropa.

Don Aurelio, que pasaba buena parte de la tarde echando la siesta o platicando con los vecinos en la banqueta, no notaba nada.

Para él todo seguía igual.

Su novia lo acompañaba, su hijo trabajaba, la casa funcionaba.

Pero en agosto la cosa ya no era solo miradas.

Una tarde don Aurelio salió a hacer un trámite al banco.

Iba a tardarse dos o tres horas.

Óscar había regresado temprano porque el mototaxi tenía una falla en el arranque.

Yesenia estaba sola en la casa.

Óscar entró, dejó las llaves en la mesa, se sirvió agua.

Yesenia estaba en la cocina.

Se miraron.

Ninguno dijo nada, pero los dos sabían que esa tarde por primera vez algo iba a pasar y pasó.

No hubo grandes palabras, no hubo justificaciones, solo dos personas que llevaban semanas dándose cuenta de que se querían y que en ese momento decidieron cruzar la línea.

Desde ese día, la relación entre Yesenia y Óscar dejó de ser inocente.

Cuando don Aurelio salía, ellos se quedaban juntos al principio, con culpa, con nervios, con miedo de que alguien los viera o los escuchara.

Pero la costumbre fue matando el miedo.

Empezaron a mandar mensajes.

Yesenia guardaba el celular de Óscar con un nombre falso.

Óscar borraba las conversaciones cada noche.

Se volvieron expertos en coordinar horarios, en saber cuándo don Aurelio iba a estar fuera, en aprovechar cada ventana de tiempo.

La casa que antes parecía un lugar tranquilo, ahora era un campo minado de mentiras, de dobles intenciones, de una traición que crecía todos los días.

Don Aurelio seguía caminando de la mano con Yesenia por la calle.

Seguía presentándola como su novia.

Seguía sintiéndose acompañado, querido, importante.

No sabía que cada vez que él salía a la tienda, cada vez que se iba a tomar un café con los vecinos, cada vez que se echaba una siesta en su cuarto, su novia y su hijo estaban construyendo algo a sus espaldas.

Y lo peor es que nadie en esa casa parecía darse cuenta de que esa situación no podía durar para siempre, de que tarde o temprano la verdad iba a explotar.

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Septiembre de 2019.

La rutina en esa casa de Ecatepec seguía su curso como si nada estuviera mal.

Don Aurelio se levantaba temprano, preparaba café en una olla vieja sobre la estufa de gas, se sentaba en la puerta con su gorra clara y su playera blanca descolorida.

Saludaba a los vecinos que pasaban rumbo al trabajo.

Platicaba con el señor de enfrente sobre el clima, sobre los precios, sobre lo inseguro que se estaba poniendo el barrio.

Yesenia se levantaba después.

preparaba el desayuno con lo que hubiera en el refri.

Barría el patio levantando nubes de polvo.

Hacía las llamadas de sus ventas por catálogo con voz dulce y profesional.

Óscar salía con el mototaxi antes de las 7.

recorría la colonia de arriba a abajo, llevando pasaje.

Regresaba a mediodía a comer algo rápido.

Volvía a salir hasta la noche.

Todo parecía normal, pero debajo de esa normalidad, la mentira ya estaba pudriéndolo todo desde adentro.

Yesenia y Ócar ya no solo se veían cuando don Aurelio salía, ahora también se mandaban mensajes a todas horas.

Mensajes cariñosos al despertar, mensajes subidos de tono a media tarde, mensajes planeando el siguiente encuentro cuando don Aurelio fuera al mercado o a la casa de un compadre.

Yesenia guardaba el número de Óscar como Lupita en su celular para que si don Aurelio por casualidad veía la pantalla pensara que era una clienta del catálogo.

Óscar borraba todo cada noche antes de dormir por si acaso su papá le pedía prestado el teléfono para hacer una llamada.

Pero la verdad es que don Aurelio nunca revisaba nada.

Confiaba.

Confiaba en su novia, confiaba en suhijo, confiaba en que las cosas eran exactamente como parecían.

Y esa confianza ciega era lo que les permitía a Yesenia y Óscar seguir adelante sin miedo.

Los vecinos empezaron a notar detalles.

Doña Carmela, que vivía dos casas más abajo y se la pasaba barriendo su banqueta todas las mañanas, vio una tarde a Yesenia subirse al mototaxi de Óscar con una sonrisa que no era de simple cortesía.

con una mano que se apoyó en el hombro de él más tiempo del necesario.

Don Rutilio, el señor de la tienda de la esquina, comentó con su esposa que Óscar y Yesenia habían entrado juntos a comprar refrescos y papitas, un día que don Aurelio estaba en el centro de Ecatepec haciendo trámites de su pensión.

Nadie dijo nada directo, pero los rumores empezaron a circular en voz baja, como siempre pasa en los barrios donde todos se conocen y donde las paredes tienen oídos.

“Qué raro que se lleven tamban bien”, decía una vecina mientras tendía ropa.

“A lo mejor solo son amigos.

Ella es la novia del Señor”, respondía otra con tono de duda.

Pero las miradas entre Yesenia y Óscar no eran de amistad.

Don Aurelio, mientras tanto, seguía sintiéndose feliz, más feliz de lo que había estado en años.

Para él, tener a Yesenia en su vida era un regalo inesperado de la vida.

Después de tanto tiempo de soledad, de comer solo viendo el noticiero, de ver la tele solo hasta quedarse dormido en el sillón, de dormir solo en una cama fría, ahora tenía compañía.

Alguien que lo escuchaba cuando contaba historias de su juventud, que le hacía caso, que se reía de sus chistes viejos, que le preparaba el café como a él le gustaba.

No le importaba lo que dijeran los vecinos sobre la diferencia de edad.

No le importaba que algunos lo vieran raro o que hicieran comentarios a sus espaldas.

Él se sentía vivo de nuevo, útil, acompañado y eso era lo único que le importaba en ese momento.

Pero lo que don Aurelio no sabía, lo que ni siquiera sospechaba, es que esa felicidad estaba construida sobre una mentira enorme.

Una mentira que su propio hijo y su propia novia alimentaban todos los días, en cada mensaje, en cada encuentro secreto, en cada mirada cómplice.

cuando él no estaba viendo.

Óscar, por su parte, empezaba a sentir el peso de lo que estaba haciendo.

A veces cuando regresaba en la noche y veía a su papá sentado en la puerta con Yesenia, tomados de la mano, sonriendo como si fueran la pareja más feliz del mundo.

Sentía una punzada de culpa que le apretaba el estómago.

Pero después llegaba la noche, llegaba un mensaje de Yesenia diciéndole que lo extrañaba y la culpa se esfumaba como humo.

La atracción era más fuerte que la moral, el deseo era más fuerte que el respeto.

La adrenalina de lo prohibido, de lo secreto, de lo peligroso era más fuerte que cualquier otra cosa.

Y así entre la culpa y el deseo, entre el miedo y la emoción, Óscar siguió adelante, diciéndose a sí mismo que no estaba haciendo nada tan grave, que su papá ni siquiera se iba a enterar nunca, que todo iba a estar bien mientras fueran cuidadosos.

Pero en el fondo, en esa parte de su mente que prefería ignorar, sabía que estaba jugando con fuego.

Y el fuego, tarde o temprano, siempre termina quemando todo.

Octubre de 2019.

Las cosas se estaban saliendo de control, aunque ninguno de los dos quería admitirlo.

Yesenia y Óscar ya no se conformaban con mensajes y encuentros rápidos cuando don Aurelio salía un rato.

Ahora buscaban cualquier excusa para estar juntos.

Yesenia inventaba que tenía que ir a dejar pedidos en colonias lejanas y le pedía a Óscar que la llevara en el mototaxi.

Óscar decía que tenía que hacer rutas largas y se tardaba horas más de lo normal.

Los dos se citaban en lugares apartados, en calles donde nadie los conocía, en fondas baratas donde podían comer algo y platicar sin que nadie los viera.

La relación ya no era solo física.

estaban empezando a sentir cosas más profundas, cosas peligrosas, cosas que no deberían estar sintiendo.

Yesenia le decía a Óscar que con don Aurelio se sentía segura, pero que con él se sentía viva, que su papá era bueno, tranquilo, pero que a veces sentía que estaba con un abuelo, no con una pareja de verdad.

Óscar le decía que nunca había planeado que pasara esto, que al principio solo la veía como la novia de su papá, pero que algo cambió y ya no podía dejar de pensar en ella.

Se decían cosas bonitas, se hacían promesas que no tenían forma de cumplir, se imaginaban un futuro que no existía.

Porque, ¿qué futuro podían tener? Si don Aurelio se enteraba, todo se iba a derrumbar, la familia se iba a romper, el barrio entero se iba a enterar y ninguno de los dos estaba listo para enfrentar esas consecuencias.

Pero mientras tanto seguían jugando con fuego.

Un viernes de octubre, don Aurelio le dijo a Yesenia que iba a ir a visitar a un primo que vivía en Coacalco, que se iba a tardar todo el día.

Yesenia esperó a que don Aurelio sesubiera al microbús, esperó a que se perdiera entre el tráfico de la avenida y entonces le mandó un mensaje a Óscar.

Está libre todo el día.

Óscar dejó el mototaxi estacionado, inventó que tenía que hacerle una reparación y regresó a la casa.

Pasaron la tarde juntos sin prisa, sin miedo, como si fueran una pareja normal.

Vieron la tele acostados en el sillón, comieron sobras del refri, se rieron de chistes tontos.

Por un momento, los dos olvidaron que lo que estaban haciendo estaba mal.

Por un momento, se permitieron sentir que estaban juntos de verdad.

Pero cuando don Aurelio regresó en la noche, cansado del viaje con una bolsa de pan dulce que le había comprado a Yesenia, la realidad volvió a golpearlos.

Yesenia lo recibió con un beso en la mejilla.

Le preguntó cómo le había ido.

Le sirvió café.

Óscar llegó poco después, saludó a su papá con la mano, se metió a bañar.

Todo volvió a la normalidad, a la mentira, al teatro.

Pero algo había cambiado.

Ese día, por primera vez, Yesenia y Ócar se habían sentido como una pareja de verdad.

Y eso era peligroso porque cuando empiezas a sentir que lo prohibido es lo correcto, cuando empiezas a justificar lo injustificable, cuando empiezas a creer que mereces algo que no te corresponde, ahí es cuando todo se empieza a desmoronar.

Don Aurelio esa noche se durmió tranquilo abrazando a Yesenia, pensando que la vida le había dado una segunda oportunidad de ser feliz.

No sabía que en el cuarto de al lado su hijo estaba despierto viendo el techo, pensando en la misma mujer que su papá tenía abrazada.

No sabía que Yesenia antes de quedarse dormida, había borrado los mensajes del día.

No sabía que la casa donde él se sentía seguro ya estaba llena de grietas invisibles.

Grietas que crecían todos los días, grietas que tarde o temprano iban a hacer que todo se viniera abajo.

Noviembre de 2019.

Don Aurelio empezó a notar cosas que antes no veía o que tal vez no quería ver.

Pequeños detalles que no encajaban.

Yesenia, que se reía mucho cuando Óscar contaba algo en la mesa.

Óscar, que llegaba justo cuando don Aurelio salía como si supiera exactamente a qué hora no iba a estar.

El celular de Yesenia, que antes dejaba tirado en cualquier lado y ahora siempre lo traía en la mano con la pantalla boca abajo.

Las salidas cada vez más frecuentes de ambos, siempre con excusas que sonaban razonables, pero que sumadas empezaban a formar un patrón extraño.

Una tarde, don Aurelio estaba sentado en la sala cuando escuchó risas que venían del patio.

se asomó por la ventana y vio a Yesenia y Óscar platicando junto al mototaxi.

No era nada raro, pero algo en la forma en que ella se inclinaba hacia él, en la forma en que él le sonreía, le incomodó.

No dijo nada.

Se quedó viendo un momento y luego se regresó al sillón, pero la imagen se le quedó grabada.

Esa noche, cuando Yesenia se acostó a su lado, don Aurelio la abrazó un poco más fuerte de lo normal, como si quisiera asegurarse de que ella todavía era suya.

Los días siguientes, don Aurelio empezó a poner más atención.

Notó que cuando él llegaba a la casa, Yesenia y Óscar a veces estaban en la sala muy juntos y se separaban rápido.

Notó que Yesenia siempre tenía una excusa para ir a donde Óscar estuviera.

Notó que su hijo ya no lo volteaba a ver a los ojos cuando hablaban.

Y lo peor, notó que Yesenia ya no era tan cariñosa con él como antes.

Seguía cumpliendo con las formas, seguía preparándole café, seguía durmiendo a su lado, pero algo había cambiado.

El calor se había enfriado, la atención se había ido a otro lado.

Una noche de mediados de noviembre, don Aurelio no pudo dormir.

se quedó despierto viendo el techo, escuchando la respiración de Yesenia a su lado pensando, pensando en todas las veces que ella había salido con Óscar, pensando en todas las miradas que había ignorado, pensando en todas las excusas que había aceptado sin cuestionar.

Y por primera vez se permitió pensar lo impensable.

¿Y si Yesenia y Óscar tenían algo? La idea le cayó como un balde de agua fría.

Se levantó de la cama, salió al patio, se fumó un cigarro que le quedaba de hace meses, sintiendo como el humo le raspaba la garganta.

No quería creerlo.

No podía creerlo.

Su hijo no le haría eso.

Su novia no le haría eso.

Pero la duda ya estaba ahí sembrada, creciendo como mala hierba.

Al día siguiente, don Aurelio intentó actuar normal, pero por dentro estaba alerta.

empezó a observar todo con más cuidado.

Empezó a escuchar conversaciones que antes ignoraba.

Empezó a notar silencios incómodos cuando él entraba a una habitación y mientras más veía, más se convencía de que algo estaba pasando.

No tenía pruebas, no había cachado nada concreto.

Pero la intuición, esa voz interna que todos llevamos y que casi nunca falla, le gritaba que algo andaba muy mal.

Don Aurelio no era tonto.

Había vivido 74 años.

Había visto de todo.

Sabía cómofuncionaba el mundo y sabía en el fondo que cuando las cosas huelen mal es porque están podridas.

Lo que todavía no sabía es qué tan podridas estaban ni hasta dónde había llegado la traición.

Finales de noviembre de 2019.

Don Aurelio ya no dormía bien.

Se la pasaba dando vueltas en la cama, despertándose a medianoche, mirando a Yesenia dormida a su lado y preguntándose si todo lo que estaba pensando era real o solo paranoia de viejo.

Quería estar equivocado.

Quería que todo fuera producto de su imaginación, pero cada día había más señales, más detalles que no encajaban, más momentos en los que Yesenia y Óscar se comportaban de una forma que no era normal entre la novia del papá y el hijo.

Un sábado por la mañana, don Aurelio les dijo que iba a ir al centro de Ecatepec a cobrar su pensión y a hacer unos trámites.

Salió de la casa temprano, caminó hasta la avenida, se subió al microbús, pero en lugar de irse al centro, se bajó tres paradas después y regresó caminando por otra calle.

Quería ver qué pasaba cuando él no estaba.

quería confirmar o descartar sus sospechas.

Se acercó a la casa por la parte de atrás, por un callejón que daba al patio trasero.

Se asomó por una rendija de la cerca de lámina y lo que vio le confirmó todo.

Yesenia y Óscar estaban en el patio solos, hablando muy cerca uno del otro.

Y entonces Óscar le puso la mano en la cintura a Yesenia y ella no se alejó, al contrario se acercó más.

Don Aurelio sintió como el aire se le atascaba en los pulmones.

No los vio besarse, no los vio hacer nada más, pero no hacía falta.

Esa cercanía, esa confianza, esa forma de tocarse lo decía todo.

Don Aurelio se quedó ahí congelado, viendo como su novia y su hijo compartían un momento que no le correspondía a ninguno de los dos.

Sintió rabia, sintió dolor, sintió humillación, pero sobre todo sintió una claridad fría y brutal.

Lo estaban traicionando los dos juntos.

se alejó del callejón sin hacer ruido, caminó hasta la esquina, se sentó en la banqueta de una casa abandonada y se quedó ahí temblando, tratando de procesar lo que acababa de ver.

En su cabeza se repetían las imágenes una y otra vez, la mano de Óscar en la cintura de Yesenia, la forma en que ella se había acercado, la sonrisa cómplice entre los dos.

Don Aurelio no era un hombre violento, nunca había levantado la mano contra nadie, pero en ese momento sintió algo oscuro crecer dentro de él, algo que nunca había sentido antes, una mezcla de traición, de vergüenza, de furia contenida.

No regresó a la casa de inmediato.

Se quedó dando vueltas por el barrio sin rumbo, pensando, pensando en qué hacer, pensando en cómo confrontarlos.

pensando en si valía la pena seguir adelante con una relación que ya estaba rota.

Pero mientras más pensaba, más se daba cuenta de que no podía simplemente dejarlo pasar.

No podía actuar como si no hubiera visto nada.

No podía seguir viviendo en esa casa con esos dos sabiendo lo que sabía.

Algo tenía que cambiar, algo tenía que pasar.

Y don Aurelio, sin saberlo todavía, ya estaba tomando la decisión que iba a cambiar todo para siempre.

Cuando finalmente regresó a la casa, ya era tarde.

Yesenia le preguntó por qué se había tardado tanto.

Él le dijo que había habido mucha fila en el banco.

Ella le creyó o fingió creerle.

Óscar llegó poco después, sucio de grasa del mototaxi, saludó con la mano y se metió a bañar.

Todo seguía igual.

Pero don Aurelio ya no era el mismo.

Algo se había roto dentro de él y lo que vino después fue consecuencia directa de ese momento, de esa mañana en que se asomó por la cerca y vio lo que nunca debió haber visto.

Principios de diciembre de 2019, don Aurelio no dijo nada durante días.

Siguió con la rutina como si nada hubiera pasado.

Se levantaba, tomaba café, saludaba a los vecinos, platicaba con Yesenia, veía a Óscar irse en el mototaxi, pero por dentro estaba planeando, estaba pensando, estaba decidiendo qué hacer con lo que había descubierto.

No quería confrontarlos todavía.

Quería estar completamente seguro.

Quería tener pruebas que no pudieran negar.

quería cacharlos en algo concreto, definitivo, irrefutable.

Una tarde, mientras Yesenia estaba en la cocina lavando trastes, don Aurelio vio su celular tirado en el sillón.

Era la oportunidad que había estado esperando.

Se acercó despacio, lo agarró con mano temblorosa, intentó desbloquearlo.

Tenía contraseña de cuatro dígitos.

Probó con la fecha de cumpleaños de Yesenia.

No funcionó.

probó con el año en que se conocieron.

Tampoco estaba a punto de dejarlo cuando recordó que Yesenia una vez le había dicho que su número de la suerte era el cuatro.

Probó con cuatro cuat 4444.

El celular se desbloqueó.

Don Aurelio sintió el corazón latiéndole tan rápido que le dolía el pecho.

Entró a los mensajes, buscó contactos recientes y ahí estaba Lupita.

Abrió la conversación y lo que leyó leconfirmó todo y más.

No eran mensajes de una clienta de productos, eran mensajes de amor, de deseo, de una relación que llevaba meses.

Mensajes en los que Yesenia le decía a Óscar que lo extrañaba, que quería verlo, que ojalá pudieran estar juntos sin esconderse.

Mensajes en los que Óscar le respondía que también la extrañaba, que esto no podía seguir así para siempre, que algún día iban a tener que decirle la verdad a su papá.

Don Aurelio leyó todo, cada palabra, cada frase, cada promesa que los dos se hacían a sus espaldas.

Sintió como la rabia le subía por el pecho, le apretaba la garganta, le nublaba la vista con una neblina roja.

escuchó pasos acercándose.

Yesenia venía de regreso.

Cerró el chat de golpe, bloqueó el celular, lo dejó exactamente donde estaba, se levantó y salió al patio como si nada hubiera pasado.

Esa noche, don Aurelio no durmió ni un minuto.

Se quedó despierto toda la madrugada acostado al lado de Yesenia, sintiendo como la rabia y el dolor se peleaban dentro de su pecho.

pensó en levantarse y correrla de la casa en ese mismo momento a gritos, sin explicaciones.

Pensó en despertar a Óscar y exigirle que se fuera, que nunca más volviera.

Pero no hizo nada.

Todavía no, porque don Aurelio ya no quería solo confrontarlos con mensajes, quería cacharlos en el acto.

Quería verlos juntos con sus propios ojos, sin lugar a dudas, sin que pudieran inventar excusas ni negar nada.

y sabía que ese momento iba a llegar.

Solo era cuestión de esperar el día correcto.

El martes de la semana siguiente, don Aurelio les dijo que tenía que ir a Nesa a visitar a un conocido que estaba enfermo en el hospital, que iba a tardarse todo el día.

Salió de la casa como siempre.

Caminó hasta la avenida con su gorra clara y su paso lento, pero en lugar de subirse al microbús, se metió a un oxo de la esquina, compró un refresco y se quedó ahí parado junto a la ventana, esperando, viendo pasar los minutos en el reloj de la pared.

Esperó hora completa.

Después regresó caminando despacio hacia la casa por el callejón de atrás, por la misma cerca de lámina oxidada donde ya había espiado una vez.

se asomó por la rendija y esta vez lo que vio fue peor que cualquier mensaje de texto.

Yesenia y Óscar estaban en la sala abrazados, besándose.

Don Aurelio los vio a través de la ventana entreabierta, recargados en el sillón donde él se sentaba todas las noches a ver la tele.

En el mismo lugar donde él y Yesenia se sentaban juntos.

Los vio tocarse, reírse bajito, actuar como si fueran la pareja más normal del mundo, como si él no existiera.

Y algo dentro de don Aurelio se rompió de forma definitiva.

Ya no era solo traición, era humillación, era burla, era todo lo que había construido durante meses desmoronándose frente a sus ojos.

Y en ese momento, don Aurelio tomó una decisión, una decisión de la que ya no iba a poder regresar.

Dos días después, jueves 12 de diciembre de 2019, don Aurelio se despertó temprano, más temprano que de costumbre.

No había dormido bien, pero tampoco le importaba.

Tenía la mente clara.

Sabía exactamente lo que iba a hacer.

Se levantó sin hacer ruido, salió al patio, encendió un cigarro que le había pedido prestado a un vecino.

El humo le quemaba los pulmones, pero le ayudaba a pensar.

Había tomado una decisión y ahora solo faltaba ejecutarla.

Durante años, don Aurelio había tenido un arma guardada en la casa, una pistola vieja calibre 22, que había comprado hace décadas cuando la zona todavía era peligrosa y necesitaba proteger a su familia.

La tenía envuelta en un trapo dentro de una caja de herramientas oxidadas, en el fondo de un closet que nadie abría.

Ni Yesenia ni Ócar sabían que existía.

Don Aurelio entró al cuarto, abrió el closet despacio, sacó la caja, desenvolvió el arma.

Estaba vieja, pesada, fría al tacto.

La revisó.

Todavía tenía balas.

Seis balas suficientes.

La envolvió de nuevo, la guardó en la cintura de su pantalón, se puso una camisa larga por encima para cubrirla.

Nadie notó nada.

Ese día, don Aurelio actuó completamente normal.

Desayunó con Yesenia.

Platicaron sobre nada importante.

Óscar se fue temprano con el mototaxi.

Como siempre, Yesenia hizo sus llamadas de ventas.

Don Aurelio se sentó en la puerta, saludó a los vecinos, tomó café, pero por dentro estaba esperando el momento correcto y ese momento llegó en la tarde cuando Óscar regresó temprano porque el mototaxi había tenido una falla mecánica.

Don Aurelio les dijo que iba a salir a comprar tortillas y a platicar con un compadre.

Salió de la casa, caminó hasta la esquina, dio la vuelta, pero no se fue.

Se quedó escondido detrás de un puesto de elotes abandonado esperando.

Esperó 20 minutos, media hora.

Después, con pasos lentos y decididos, regresó a la casa.

Abrió la puerta con su llave sin hacer ruido.

Entró despacio.

La sala estaba vacía.

Escuchó voces que venían de su cuarto,voces bajas, risas.

Caminó por el pasillo sintiendo el peso del arma en la cintura.

Llegó a la puerta del cuarto, estaba entreabierta.

Se asomó y ahí estaban Yesenia y Óscar en su cama juntos.

Don Aurelio empujó la puerta.

Los dos voltearon al mismo tiempo con los ojos muy abiertos, con la sorpresa y el miedo pintados en la cara.

Yesenia intentó cubrirse con la sábana.

Óscar se levantó de un salto, empezó a balbucear algo, una explicación, una disculpa.

Pero don Aurelio ya no escuchaba.

Sacó el arma de la cintura, la levantó con mano firme.

Yesenia gritó.

Óscar levantó las manos.

Papá, espera, podemos hablar, no es lo que piensas.

Pero don Aurelio sabía exactamente lo que era y disparó.

El primer disparo fue hacia Yesenia.

Ella cayó hacia atrás sobre la cama.

El segundo fue hacia Óscar, que intentó correr hacia la puerta.

Le dio en el costado.

Óscar cayó al piso.

Don Aurelio se acercó.

Disparó de nuevo y otra vez.

y otra hasta que el arma hizo clic en vacío.

El cuarto quedó en silencio.

Solo se escuchaban los tumbidos en los oídos de don Aurelio por los disparos.

Vio los cuerpos de Yesenia y Óscar tirados, inmóviles, manchas rojizas extendiéndose por las sábanas y el piso.

No sintió arrepentimiento, no sintió nada, solo un vacío profundo.

Los disparos resonaron en toda la calle.

En colonias como esa de Catepec, los vecinos están acostumbrados a escuchar de todo, pero seis disparos seguidos tan cerca no eran algo que se pudiera ignorar.

Doña Carmela, que estaba barriendo su banqueta, dejó caer la escoba y corrió a meterse a su casa.

Don Rutilio, desde su tiendita de la esquina escuchó los estallidos y supo de inmediato que venían de la casa de don Aurelio.

Varios vecinos se asomaron por las ventanas, pero nadie salió.

Nadie quería meterse en problemas.

Alguien desde una casa cercana marcó al nueve y nos 11.

Don Aurelio salió del cuarto caminando despacio con el arma todavía en la mano.

Se sentó en el sillón de la sala, el mismo sillón donde había visto a Yesenia y Óscar abrazados días atrás.

Se quedó ahí quieto, mirando la pared esperando.

Sabía que la policía iba a llegar.

Sabía que su vida, tal como la conocía, había terminado.

Pero no se movió.

No intentó huir.

No intentó esconder el arma.

simplemente esperó.

10 minutos después se escucharon las sirenas.

Dos patrullas llegaron a toda velocidad.

Frenaron frente a la casa levantando polvo de la calle.

Cuatro policías bajaron con las armas desenfundadas gritando órdenes.

Salga con las manos arriba, tire el arma.

Don Aurelio escuchó los gritos, pero no se movió de inmediato.

Uno de los policías entró por la puerta principal.

Lo vio sentado en el sillón con el arma a un lado.

Tire el arma ahora.

Don Aurelio levantó las manos despacio, dejó el arma en el sillón.

Los policías entraron rápido, lo esposaron, lo levantaron con fuerza.

Uno de ellos entró al cuarto, vio la escena, salió con la cara pálida.

Llamen a la ambulancia ya.

Minutos después llegó la ambulancia.

Una unidad blanca con las luces rojas girando, seguida de más patrullas y de una camioneta de peritos.

Los paramédicos entraron corriendo con sus mochilas y camillas.

Revisaron a Yesenia.

No había signos vitales.

Revisaron a Óscar.

Tampoco los dos habían muerto en la escena.

Los paramédicos salieron moviendo la cabeza y pidieron que trajeran las camillas de todos modos para trasladar los cuerpos.

Sacaron a Yesenia primero completamente cubierta con una sábana blanca.

Después sacaron a Óscar, también cubierto.

Las camillas fueron colocadas en la parte trasera de la ambulancia con las puertas abiertas mientras los vecinos se juntaban en la calle, algunos con las manos en la boca, otros simplemente mirando en silencio.

Don Aurelio fue sacado de la casa esposado, con la cabeza agachada, caminando despacio entre dos policías que lo sujetaban de los brazos.

Llevaba puesta la misma ropa de siempre, gorra clara, playera blanca, jeans viejos.

Caminó por el medio de la calle pasando junto a la ambulancia con las camillas adentro, pasando frente a los vecinos que lo conocían de toda la vida, que lo habían visto crecer a sus hijos, que lo habían visto caminar de la mano con Yesenia apenas unas semanas atrás.

Nadie dijo nada, solo lo vieron pasar esposado, rumbo a la patrulla.

Los peritos entraron a la casa y empezaron a trabajar.

Tomaron fotos de todo, de la cama desarrumada, de las manchas rojizas en el piso y en las sábanas, de los casquillos tirados junto a la puerta, de la pistola que había quedado en el sillón de la sala.

Marcaron las posiciones de los cuerpos con cinta, levantaron evidencia, entrevistaron a los vecinos.

Don Rutilio les contó que don Aurelio vivía ahí con su hijo y con su novia joven.

Doña Carmela les dijo que había escuchado seis disparos seguidos, pero que no había visto nada más.

Poco a poco, los peritos fueron armando la escena.

Un crimen pasional,un hombre mayor que había matado a su pareja y a su propio hijo.

Pero todavía faltaba saber por qué.

Don Aurelio fue llevado a la comandancia de Ecatepec.

Lo metieron a un cuarto de interrogatorios pequeño con paredes de concreto pintadas de verde pálido, una mesa de metal y dos sillas.

Lo sentaron, le quitaron las esposas de las manos, pero le pusieron unas sujeciones en los pies conectadas al piso.

Un agente del Ministerio Público entró con una grabadora y una carpeta, se sentó frente a él, prendió la grabadora, dijo la fecha, la hora, el nombre del detenido.

Después lo miró directo a los ojos y le preguntó, “¿Por qué lo hizo?” Don Aurelio no contestó de inmediato.

Se quedó viendo la mesa con las manos juntas, respirando despacio.

El agente esperó.

Después de un silencio largo, don Aurelio levantó la vista y habló.

Los caché juntos.

El agente levantó la ceja.

Juntos como don Aurelio tragó saliva.

Mi novia y mi hijo en mi cama haciendo lo que no debían.

El agente anotó algo en la carpeta.

y entonces decidió matarlos.

Don Aurelio asintió despacio.

No fue la primera vez que los vi.

Ya sabía que algo pasaba, pero hoy los caché y ya no aguanté más.

El agente siguió preguntando, ¿desde cuándo sospechaba? ¿Había planeado matarlos? ¿Dónde consiguió el arma? Don Aurelio respondió todo con voz calmada, sin alterarse, como si estuviera contando algo que le había pasado a otra persona.

Dijo que había visto mensajes en el celular de Yesenia días atrás, que los había visto abrazados por la ventana, que había esperado el momento para cacharlos juntos en su propia cama para estar completamente seguro y que cuando los vio ahí supo que no había vuelta atrás.

Me traicionaron los dos.

mi propia sangre y la mujer que yo quería.

¿Qué esperaban que hiciera? Mientras tanto, en la casa, los peritos seguían trabajando.

Encontraron los celulares de Yesenia y Óscar, los revisaron.

En el teléfono de Yesenia encontraron el contacto guardado como Lupita, que en realidad era Óscar.

Leyeron las conversaciones, mensajes de meses atrás, fotos, planes de verse cuando don Aurelio no estuviera.

Confirmaban que la relación entre Yesenia y Óscar no era reciente, que llevaba tiempo, que había sido sostenida y deliberada.

En el teléfono de Óscar encontraron lo mismo, mensajes, fotos, evidencia de una traición que se había mantenido oculta durante meses.

Los peritos también analizaron la escena del crimen.

Determinaron que los disparos habían sido a quemarropa, que don Aurelio había disparado desde muy cerca.

Encontraron seis casquillos calibre.

22.

Determinaron que Yesenia había recibido dos impactos, uno en el pecho y otro en el abdomen.

Óscar había recibido cuatro, dos en el costado, uno en el pecho y uno en la espalda, probablemente cuando intentaba huir.

Los dos habían muerto en cuestión de minutos.

No hubo oportunidad de que llegara ayuda a tiempo.

La noticia corrió rápido por la colonia.

Para la noche, todos en el barrio ya sabían lo que había pasado, que don Aurelio había matado a su novia y a su hijo porque los había cachado juntos.

Algunos vecinos dijeron que ya se veía venir, que la forma en que Yesenia y Óscar se llevaban no era normal.

Otros dijeron que nunca imaginaron que el viejito tranquilo de la gorra clara fuera capaz de algo así.

Pero todos coincidían en una cosa, que la traición dentro de una familia siempre termina mal.

y esta vez había terminado en tragedia.

El caso de don Aurelio pasó rápido por el sistema judicial.

En enero de 2020, apenas un mes después de los hechos del 12 de diciembre, el Ministerio Público del Estado de México ya había integrado la carpeta de investigación completa.

Tenían la confesión de don Aurelio grabada en video y firmada de su puño y letra.

tenían los peritajes balísticos que confirmaban que los seis disparos habían salido del arma calibre.

22 encontrada en la escena, la misma que don Aurelio había guardado durante años en el closet de su cuarto.

Tenían los celulares de Yesenia y Ócar con todos los mensajes entre ellos, las conversaciones íntimas, las fotos, los planes para verse a escondidas.

Tenían los testimonios de los vecinos que habían escuchado los disparos y que habían visto salir al anciano esposado.

Tenían las autopsias que confirmaban las causas de muerte.

tenían todo.

El caso era sólido, sin puntos débiles, sin espacios para la duda.

Don Aurelio fue formalmente acusado de doble homicidio calificado por premeditación, alevosía y ventaja.

El defensor de oficio que le asignaron, un abogado joven con poca experiencia en casos de homicidio, intentó construir una defensa basada en la figura del crimen pasional.

argumentó ante el juez que don Aurelio había actuado bajo una emoción violenta provocada directamente por la traición de su pareja y su hijo, que había descubierto la infidelidad en el momento mismo del crimen, que no había tenidotiempo de procesar la información, que había reaccionado de forma instintiva ante el dolor y la humillación.

presentó estudios psicológicos elaborados por un perito de la defensa que mostraban que don Aurelio había sufrido un shock emocional profundo al descubrir la infidelidad, que su capacidad de razonamiento se había visto afectada por el trauma, que no había actuado con plena conciencia de sus actos.

Argumentó que un hombre de 74 años, traicionado por su propia sangre y por la mujer que amaba, no podía ser tratado con la misma dureza que un criminal común.

Pero el Ministerio Público desmontó esa defensa con facilidad, pieza por pieza.

Durante las audiencias preliminares, los fiscales del Estado de México presentaron evidencia contundente de que don Aurelio había revisado el celular de Yesenia días antes del crimen, que había descubierto los mensajes con Óscar guardados bajo un nombre falso, que había espiado a la pareja en más de una

ocasión asomándose por la ventana y por la cerca del patio, que había planeado su salida falsa de la casa el día del crimen, específicamente para regresar y cacharlos juntos.

Presentaron el testimonio del propio don Aurelio en el interrogatorio en el que admitía claramente haber esperado el momento correcto, haber planeado todo, haber sacado el arma de su escondite esa misma mañana.

argumentaron que una persona que planea, que espera pacientemente, que se arma con anticipación y que ejecuta seis disparos a quemarropa contra dos personas desarmadas, no está actuando bajo un arrebato incontrolable de emoción violenta, sino bajo una decisión fría, calculada y deliberada de matar.

Esto no fue un crimen pasional improvisado, dijo el fiscal durante su alegato de apertura.

fue una ejecución premeditada disfrazada de venganza personal.

El juicio oral se llevó a cabo en el juzgado de control y juicio oral de Ecatepec en marzo de 2020, justo antes de que la pandemia de COVID-19 paralizara el funcionamiento de los tribunales en todo el país.

Fue un proceso relativamente rápido, concentrado en apenas tres audiencias a lo largo de dos semanas.

Don Aurelio se presentó a todas las sesiones con la misma ropa sencilla de siempre, esposado de manos y pies, con un chaleco antibalas por protocolo de seguridad, con la mirada perdida fija en el piso.

No mostró arrepentimiento visible en ningún momento.

No lloró cuando se proyectaron las fotos de la escena del crimen.

No reaccionó cuando el fiscal leyó en voz alta los mensajes entre Yesenia y Óscar.

no pidió perdón a las familias de las víctimas cuando tuvo oportunidad.

Cuando el juez le dio la palabra final antes de deliberar, don Aurelio se levantó despacio, miró al tribunal y dijo con voz firme, “Hice lo que tenía que hacer.

Ellos me traicionaron de la peor forma.

No me arrepiento de nada.” El juez lo miró fijamente durante un largo silencio y negó con la cabeza antes de retirarse a deliberar.

El 18 de marzo de 2020, en una sala llena de periodistas locales y vecinos curiosos de la colonia, el juez regresó y dictó sentencia.

Declaró a Aurelio García Morales, culpable de doble homicidio, calificado con las agravantes de premeditación, alevosía, ventaja y vinculación familiar.

La pena impuesta.

45 años de prisión efectiva, sin posibilidad de reducción por buena conducta.

dada la extrema gravedad de los hechos y la relación de parentesco directo con una de las víctimas, don Aurelio, que tenía 74 años al momento de cometer los crímenes y 75 al momento de la sentencia, escuchó el fallo sin reaccionar, sin cambiar la expresión de su rostro.

Sabía perfectamente que nunca iba a salir libre de la cárcel.

Sabía que iba a morir ahí dentro, en una celda del penal de Ecatepec, pero en su mente retorcida por la traición, por el dolor y por la humillación, seguía creyendo firmemente que había hecho lo correcto, que había defendido su honor pisoteado, que había castigado justamente a quienes lo traicionaron de la peor manera posible.

no entendía o simplemente no quería entender que lo único que realmente había logrado era destruir todo lo que alguna vez tuvo.

Su familia, su libertad, su dignidad, su vida entera.

Diciembre de 2024.

Han pasado 5 años desde aquella tarde de diciembre en que don Aurelio mató a Yesenia y a Óscar en esa casa de Ecatepec.

5 años en los que esa vivienda de concreto ha permanecido cerrada, con las ventanas tapadas, con tablones de madera clavados desde adentro, con las paredes exteriores llenas de graffiti que los chavos del barrio han ido pintando poco a poco y con un letrero oxidado que dice se vende, clavado en la puerta, pero que nadie se anima a comprar porque todos saben lo que pasó ahí.

Los vecinos siguen recordando perfectamente aquella tarde.

Todavía señalan esa casa cuando alguien nuevo llega al barrio y pregunta por qué está abandonada.

Ahí fue donde el viejito mató a su novia y a su hijo, dicen bajando la voz.

DonAurelio sigue preso en el centro de reinserción social de Ecatepec, el mismo penal donde llegó esposado en diciembre de 2019.

Tiene ahora 79 años cumplidos.

Pasa sus días encerrado en una celda compartida con otros tres internos, durmiendo en una litera de metal oxidado con un colchón delgado, comiendo lo que le dan tres veces al día en bandejas de plástico, caminando en círculos por el patio de concreto durante las 2 horas de sol que les permiten salir.

Su salud se ha deteriorado bastante en estos 5 años.

Tiene diabetes que controla con pastillas cuando las hay disponibles en la enfermería.

Presión alta que le provoca mareos constantes y problemas severos en las rodillas que le dificultan caminar distancias largas.

Pero sigue vivo, sigue cumpliendo la condena de 45 años que le impusieron.

Y según los custodios que lo conocen y que han platicado con él durante estos años, don Aurelio nunca ha mostrado un solo signo de arrepentimiento genuino.

Cuando otros internos le preguntan por qué está ahí, por qué un señor de su edad terminó en prisión, él cuenta su historia sin bajar la cabeza, sinvergüenza visible.

Me traicionaron”, dice con voz firme, “mi novia y mi propio hijo y pagaron por eso.” La familia de Óscar quedó completamente destrozada.

Óscar tenía dos hermanas mayores que vivían en Querétaro y en Guadalajara, trabajando con sus propias familias.

Cuando se enteraron por teléfono de lo que había pasado, de que su padre había matado a su hermano menor, viajaron inmediatamente a Ecatepec para identificar el cuerpo y organizar el funeral.

Enterraron a Óscar en el panteón municipal de Ecatepec, en una tumba sencilla, sin lápida elaborada, solo con una cruz de cemento y su nombre pintado a mano.

Desde ese día, las dos hermanas tomaron una decisión firme.

No quisieron volver a hablar con su padre.

No lo visitaron ni una sola vez en la cárcel durante estos 5 años no respondieron las tres cartas que don Aurelio intentó mandarles en el primer año de encierro.

Cartas que fueron devueltas sin abrir.

Para ellas, don Aurelio dejó de ser su padre el día que levantó el arma y disparó seis veces contra su hermano.

Yesenia tampoco tuvo un funeral grande ni emotivo.

Su familia, que vivía en un pueblo pequeño de Veracruz, viajó a Ecatepec apenas se enteró de la noticia.

Recogieron el cuerpo en la morgue del servicio médico forense y se lo llevaron de regreso a Veracruz para enterrarla en el panteón del pueblo, cerca de donde había nacido.

Su mamá, una señora mayor de campo que nunca había estado de acuerdo con que Yesenia se juntara con un hombre 42 años mayor que ella, lloró durante días enteros.

Pero también sintió rabia.

Rabia porque su hija había tomado decisiones que la pusieron en una situación de peligro.

Porque había traicionado la confianza de alguien de esa manera, porque había metido las manos donde no debía.

No justificaba el crimen, jamás lo justificaría, pero entendía, aunque no quisiera admitirlo en voz alta, el dolor que lo había provocado en esa colonia de Ecatepec.

Mientras tanto, la vida siguió su curso normal.

El mototaxi verde que Óscar manejaba todos los días fue vendido por las hermanas como chatarra a un comprador de refacciones usadas.

La tienda de don Rutilio sigue abierta en la esquina y él sigue contando la historia a quien quiera escucharla, especialmente a clientes nuevos que no conocen el barrio.

Doña Carmela terminó mudándose a vivir con su hija a otra colonia porque ya no soportaba pasar todos los días frente a esa casa cerrada llena de recuerdos de gritos y ambulancias.

Nuevas familias llegaron a ocupar otras casas de la calle.

Nuevos dramas personales se fueron desarrollando.

Porque en lugares como ese donde la pobreza aprieta y las emociones hierven sin control, las tragedias nunca terminan del todo.

Solo se acumulan una sobre otra como capas de pintura vieja hasta que alguien más toma una decisión de la que no podrá regresar jamás.

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