El Fantasma en el Sistema: Los Catorce Años de Vigilia de una Madre

El titular se abrió paso a través del ruido mundano del ciclo de noticias de 24 horas como una navaja afilada: Niño Desaparecido a los 8 Fue Hallado a los 22—Su Huella Apareció 14 Años Después. Para cualquier lector, y en particular para el público acostumbrado a los arcos dramáticos del true crime, la historia que se desarrollaba desde los llanos áridos de España era singularmente inquietante, un testimonio de la creencia implacable, casi sobrenatural, de una madre. Esto no era un caso frío resuelto por una casualidad de ADN o una confesión de muerte. Fue una victoria forjada en el crisol de una esperanza maternal absoluta e inquebrantable.

En el verano de 2009, la ciudad castellana de Valladolid se ahogaba bajo uno de sus junios más brutales que se recordaban. El sol, un orbe vengativo en el cielo, empujaba rutinariamente las temperaturas por encima de los 35 grados Celsius cada tarde. El calor era un peso tangible y opresivo, que llevaba a las familias a buscar refugio en los parques sombreados que salpicaban la antigua ciudad. Para Laura Mendoza, una mujer cuya vida se había caracterizado previamente por el ritmo tranquilo y predecible de una madre soltera amorosa, ese verano se convertiría en la línea divisoria entre su pasado y un presente inimaginable e interminable.

Su hijo, Marcos, tenía ocho años: un torbellino de codos, rodillas y curiosidad ilimitada, con el pelo del color del trigo blanqueado por el sol y una sonrisa mellada que podía derretir el granito. El día que se desvaneció, Marcos jugaba cerca de la fuente central en el Campo Grande, el extenso y elegante parque público de Valladolid, un espacio verde histórico que había sido el telón de fondo de innumerables recuerdos de infancia. Laura se sentó en un banco, momentáneamente distraída por un mensaje de texto sobre un cambio de turno en la pequeña panadería donde trabajaba. Fue un desliz de no más de tres minutos, un diminuto e insignificante parpadeo de tiempo que el universo eligió como su momento para arrebatarle su mundo. Cuando levantó la vista, el lugar donde Marcos había estado persiguiendo palomas estaba vacío. Su pelota de color rojo brillante, un regalo de su último cumpleaños, yacía inmóvil cerca del borde del agua, un monumento silencioso y nauseabundo a su ausencia.

La búsqueda inmediata fue un borrón de pánico frenético y una creciente angustia. Policías, guardaparques y luego docenas de voluntarios locales descendieron sobre el parque, peinando los macizos de flores meticulosamente cuidados y las arboledas gruesas y sombrías de plátanos. El aire, ya pesado por el calor, se volvió denso con los sonidos de silbatos, llamadas desesperadas de “¡Marcos!”, y el silencio escalofriante de la falta de respuesta. Los días se convirtieron en semanas. El frenesí mediático inicial —los carteles omnipresentes con el rostro sonriente de Marcos de ocho años pegados en cada farola y escaparate de España— comenzó a desvanecerse, reemplazado por las sombrías estadísticas y la escalofriante probabilidad que nadie quiere reconocer. La investigación policial se estancó, clasificando el caso como un probable secuestro por un desconocido, y las pistas se secaron bajo el calor implacable español. La mayoría de la gente, especialmente las autoridades, se preparó para lo inevitable: la transición de una búsqueda activa a un archivo frío.

Pero Laura Mendoza no era como la mayoría de la gente. El dolor que la consumía no se manifestaba como una desesperación incapacitante. Se endureció hasta convertirse en un núcleo de propósito parecido al diamante. Rechazó el cierre que el mundo ofrecía, las corteses y piadosas condolencias que implicaban que su hijo se había ido para siempre. Para ella, Marcos no era una persona desaparecida; era simplemente una persona extraviada.

La idea que definiría los siguientes catorce años de su vida la golpeó una noche de insomnio, una epifanía repentina y cegadora. El protocolo estándar para las búsquedas de personas desaparecidas era lógico: revisar las inmediaciones, emitir alertas, rastrear conocidos y cotejar registros dentales, ADN y cualquier cicatriz identificable. Pero, ¿qué pasaría si Marcos, ahora un joven incapaz de hablar o alguien que sufre de amnesia, terminara en el sistema como un adulto no identificado? ¿Qué pasaría si estuviera internado, o detenido por una infracción menor en una ciudad lejana, incapaz de identificarse, un fantasma sin rastro documental?

La clave, se dio cuenta, era la huella dactilar. A toda persona procesada en el sistema policial español, independientemente del motivo (desde infracciones de tráfico menores hasta ser encontrada deambulando desorientada), se le tomaban las huellas dactilares. Estas impresiones se cargaban en la base de datos nacional, donde se cotejaban con antecedentes penales, pero no automáticamente con los registros de huellas dactilares de menores que habían desaparecido años atrás. Los registros de la persona desaparecida, incluso si tenían huellas en el archivo de identificaciones escolares o una solicitud familiar, eran un libro de contabilidad separado. Los dos sistemas, la base de datos de adultos no identificados y la base de datos de niños desaparecidos, eran líneas paralelas que rara vez, o nunca, se cruzaban a menos que se hiciera una solicitud manual específica.

Así, Laura concibió su misión imposible y quijotesca. Ella iba a ser el vínculo humano entre esos dos sistemas.

Comenzó con un agotador viaje de cuatro horas a Madrid. Entró en la bulliciosa comisaría central, una mujer pequeña y resuelta que sostenía una carpeta andrajosa. Pidió hablar con el oficial de turno. Cuando finalmente le concedió una audiencia, Laura expuso su propuesta, su voz temblando no por miedo, sino por la pura fuerza de su convicción. Presentó la tarjeta de huellas dactilares de la infancia de Marcos, tomada para una identificación de una excursión escolar, y le pidió al oficial que tomara sus propias huellas dactilares.

“Quiero que comparen mis huellas con cualquier persona no identificada en su base de datos, hoy mismo”, solicitó, su acento castellano agudo con urgencia.

El oficial, un veterano de dos décadas que había visto todas las formas de dolor parental, la miró con una mezcla de profunda lástima y ligera confusión. “Señora Mendoza, tenemos las huellas de Marcos archivadas. Revisamos el sistema cada vez que se procesa a un ‘Juan Nadie’. Esta… esta solicitud es muy irregular. No cotejamos las huellas de los padres con el archivo de una persona no identificada a menos que sospechemos una conexión familiar, una coincidencia de ADN. Su hijo es un menor que desapareció. Esto es altamente…”

Laura lo interrumpió, sus ojos encendidos con una luz feroz y protectora. “Usted no entiende. Quiero que tomen mis huellas. Ahora. Y quiero que las cotejen con las huellas de cualquier persona que esté sin identificar y haya sido fichada en esta comisaría. Mi hijo está vivo. Si está vivo, está en algún lugar. Y si está en algún lugar, la policía ha interactuado con él, tal vez como un vagabundo confundido, un amnésico o una víctima de algo que no puede articular. Cuando le tomaron las huellas, sus impresiones juveniles pueden no haber coincidido exactamente con sus huellas de adulto debido al crecimiento, o quizás su archivo fue mal escaneado, o el sistema falló. Pero si toma mis huellas, y las compara con las huellas de una persona no identificada, y mis huellas coinciden con alguien, esa persona es mi hijo.”

Su lógica era defectuosa, legal y técnicamente, pero magnéticamente poderosa. El oficial, agotado por el calor y quizás conmovido por la pura e irrazonable tenacidad de la mujer que tenía delante, accedió. Le tomó las huellas. Las cotejó. Sin coincidencia.

Al mes siguiente, Laura estaba en Barcelona. El mes siguiente, en Sevilla. Luego Valencia. Comenzó una peregrinación sistemática, casi ritual, por todo el país. Sus ahorros, lentamente agotados por los interminables billetes de tren y las habitaciones baratas de hostal, eran un costo necesario. Cada mes, durante catorce largos años, se paraba en una comisaría diferente, a veces la misma, enfrentándose a rostros escépticos, cansados y, finalmente, que la reconocían.

¿Otra vez, Señora Mendoza?” podría preguntar un oficial comprensivo en Málaga. “Mi hijo está vivo en algún lugar”, respondía ella, el mantra se había vuelto tan esencial como respirar. Ella insistía en que tomaran sus huellas dactilares y las compararan con su base de datos regional y local de personas no identificadas procesadas dentro de ese período de 30 días. Buscaba un patrón, un rastro, una huella dactilar que había sido catalogada digitalmente pero pasada por alto manualmente.

Su misión se trataba menos de la tecnología y más del elemento humano: forzar un cotejo manual que el sistema nacional centralizado, sobrecargado y compartimentado, a menudo omitía. Se convirtió en una leyenda susurrada entre la policía española: la mujer loca y tenaz que se negaba a permitir que su hijo se convirtiera en una estadística. La complacían, principalmente por lástima, a veces por un respeto a regañadientes por su convicción inquebrantable.

En 2023, la vigilia alcanzó un hito escalofriante: 168 meses consecutivos de viajar, insistir y esperar. Estaba de regreso en Madrid, parada en la misma comisaría central donde había comenzado su odisea. La oficial de turno, una joven que solo había oído hablar de la Leyenda de Mendoza por su sargento de entrenamiento, tomó las impresiones con un silencio respetuoso. Laura regresó a su exiguo apartamento en Valladolid, el sol implacable de otro verano golpeando su espíritu.

Diez días después, sonó el teléfono. La voz al otro lado no era el tono aburrido y cortante de un funcionario administrativo. Era la cadencia solemne y mesurada de un inspector de policía de alto rango.

“Señora Mendoza”, comenzó la voz, “hemos encontrado una coincidencia”.

El mundo de Laura se detuvo. El calor, los años, el agotamiento, todo se evaporó en un solo instante cristalino de triunfo puro y cegador. Había tenido razón. Había luchado contra el sistema y había ganado.

“¿Marcos?”, susurró, el nombre atrapado en su garganta, crudo y en desuso.

“Hemos identificado a una persona, ahora de 22 años, cuyas huellas coinciden con las que usted proporcionó del archivo de infancia de su hijo. Fue procesado en una estación regional de Andalucía, hace tres meses, después de un incidente menor. Hay una anomalía digital —un error de clasificación— que corregimos manualmente después de su última presentación. Esa persona… es su hijo, Marcos.”

Laura se hundió en una silla, las lágrimas finalmente comenzaron a caer después de catorce años de estoicismo forzado. Gracias. Gracias, Dios.

Entonces el inspector continuó, su voz bajando una octava, pesada con una terrible e inesperada pena. “Pero Señora Mendoza, para lo que debe prepararse no es lo que espera escuchar.”

El parque del Campo Grande, conocido como el pulmón verde de Valladolid, era el destino favorito. Con sus más de 11 hectáreas, senderos arbolados, estanques con pavos reales y fonas de juego infantil, el parque ofrecía un oasis de frescor en medio del calor sofocante. El viernes 12 de junio de 2009, alrededor de las 6 de la tarde, Laura Mendofa llevó a su hijo Mateo al parque, como hacían casi todos los viernes después de recogerlo del colegio.
Era su ritual semanal, su momento especial juntos. Laura tenía 32 años y trabajaba como administrativa en la Junta de Castilla y León. Era una mujer de estatura media, cabello castaño recogido siempre en una coleta práctica y ojos oscuros que reflejaban tanto ternura como determinación. Había criado a Mateo sola desde que su esposo, Roberto, los abandonó cuando el niño tenía apenas dos años.
Roberto se había ido a trabajar a Alemania y nunca más volvió. dejó de enviar dinero, dejó de llamar, simplemente desapareció de sus vidas como si nunca hubiera existido. Para Laura, Mateo era todo, su único hijo, su razón de existir, su proyecto de vida. había rechazado ofertas de trabajo mejor pagadas en otras ciudades para no sacarlo de su colegio y de su entorno.
Vivían en un pequeño apartamento de dos habitaciones en el barrio de la Rondilla, una zona de clase trabajadora donde los vecinos se conocían entre sí y los niños jugaban juntos en las calles. Mateo Mendofa Ortiz había cumplido 8 años apenas dos semanas antes, el 29 de mayo. Era un niño delgado, pero enérgico, de cabello negro liso, que su madre cortaba ella misma cada mes para ahorrar dinero.
Tenía ojos marrones expresivos, una sonrisa fácil que mostraba un diente de leche que acababa de caerse y un lunar distintivo en forma de media luna en su cuello, justo debajo de la oreja derecha. Ese día llevaba puesta una camiseta a full claro con el lobo del Real Valladolid, el equipo de fútbol local, pantalones cortos deportivos grises y unas zapatillas deportivas blancas con rayas rojas que Laura le había comprado en las rebajas de enero.
Mateo era un niño tranquilo pero curioso. Le encantaba explorar, hacer preguntas sobre todo lo que veía, especialmente sobre animales. Soñaba con ser veterinario cuando fuera mayor. En el parque, su atracción principal siempre eran los pavos reales que caminaban libremente entre los senderos. Podía pasar horas observándolos, intentando acercarse sin asustarlos, estudiando sus movimientos.
Ese viernes, cuando llegaron al parque a las 6 de la tarde y 15, el lugar estaba moderadamente lleno. Había familias en los bancos bajo los árboles, niños jugando en los columpios y el tobogán, parejas de ancianos paseando lentamente por los senderos. Laura y Mateo caminaron hasta su fona favorita, cerca del estanque de las aves, donde había varios bancos con sombra y una vista directa a la fona de juegos infantiles.
Laura se sentó en su banco habitual mientras Mateo corrió hacia los columpios. Desde su posición podía verlo perfectamente. Lo observó columpiarse durante unos minutos, luego bajar y dirigirse al tobogán. Había otros cuatro niños jugando en esa zona. Todos aproximadamente de la misma edad que Mateo.
Laura reconoció a una de las madres, Mercedes, una mujer con la que había intercambiado saludos corteses en ocasiones anteriores. A las 6:35, Mercedes se acercó al banco de Laura. “¿Te importa si me siento un momento?”, preguntó. Estos zapatos nuevos me están matando los pies. Laura sonrió y le hizo espacio. Las dos mujeres comenzaron a charlar.
Mercedes trabajaba en una tienda de ropa del centro y se quejaba de los horarios largos del verano cuando las tiendas permanecían abiertas hasta las 9 de la noche. Laura compartía sus propias frustraciones sobre su trabajo en lajunta, el papeleo interminable, los jefes exigentes. La conversación era trivial, del tipo que dos madres tienen mientras sus hijos juegan.
Hablaron sobre los prefios de la vuelta al colegio, sobre si matricular a los niños en actividades extraescolares, sobre una nueva pescadería que había abierto en el barrio. Durante toda la conversación, Laura levantaba la vista cada minuto o dos para verificar que Mateo estaba bien. Lo veía jugando con los otros niños, corriendo entre el tobogán y los columpios.
A las 7:05, Mercedes miró su reloj. Tengo que irme”, dijo. “Mi marido llega a las 7:30 y aún no he empezado a preparar la cena.” Se despidieron y Mercedes llamó a su hijo. Laura permaneció sentada unos minutos más, disfrutando de la brisa que comenzaba a soplar con la caída de la tarde. A las 7:15, Laura decidió que era hora de irse.
Tenía que pasar por el supermercado antes de Ferrar para comprar algo para la cena. se puso de pie y caminó hacia la fona de juegos. Mateo llamó. Es hora de irnos, cariño. No hubo respuesta. Laura miró alrededor de los columpios. Mateo no estaba. Caminó hacia el tobán. Tampoco sintió el primer destello de preocupación, pero se dijo a sí misma que probablemente había ido a ver los pavos reales sin avisarle.
caminó rápidamente hacia el estanque. Los pavos reales estaban allí, pero Mateo no. Mateo llamó más fuerte esta vez. Varios padres la miraron. Laura comenzó a caminar más rápido, su corazón empezando a latir más fuerte. Revisó detrás de los árboles grandes, cerca de la fuente ornamental, junto a los baños públicos del parque. “Nada.
Ha visto a un niño de 8 años, preguntó a una pareja de anfianos. Lleva una camiseta a full del Valladolid. Ellos negaron con la cabeza. Laura comenzó a correr ahora, gritando el nombre de su hijo. Otros padres en el parque se dieron cuenta de su pánico y comenzaron a ayudar. ¿Cómo es tu hijo?, preguntó un hombre.
Laura describió a Mateo con voz temblorosa. Pronto había 10, luego 20 personas buscando por todo el parque. A las 7:35, exactamente 20 minutos después de que Laura se diera cuenta de que Mateo no estaba, alguien sugirió llamar a la policía. Laura sacó su teléfono móvil con manos temblorosas y marcó el 112, el número de emergencias.
Mi hijo ha desaparecido”, dijo su voz quebrándose. Está en el parque del Campo Grande. Tiene 8 años. No lo encuentro. La policía nacional llevó en menos de 10 minutos. Dos agentes uniformados, el oficial Javier Santos y la oficial Carmen Ruiz, tomaron la información básica de Laura. Descripción de Mateo, que llevaba puesto cuando lo vio por última vez, cualquier problema familiar que pudiera explicar una huida.
Laura respondió a todas las preguntas entre soyofos. No, Mateo nunca había intentado huir. No, no había conflictos en casa. Sí, su padre biológico los había abandonado años atrás, pero Mateo apenas lo recordaba. No había razón para que Mateo se fuera voluntariamente. A las 8 horas, el inspector Migel Sandoval, del grupo de menores de la Policía Nacional en Valladolid, llegó al parque y asumió el control de la situación.
Sandoval tenía 48 años y más de 20 años de experiencia en casos de menores. Era un hombre de estatura media, complexión robusta, con el cabello completamente gris y una expresión perpetuamente seria. Había trabajado en docenas de casos de niños desaparecidos y sabía que las primeras horas eran absolutamente críticas. Lo primero que hizo Sandoval fue activar el protocolo de alerta temprana para menores desaparecidos.
En España, cuando un niño menor de edad desaparece, especialmente uno tan pequeño como Mateo, se activa un protocolo específico que moviliza todos los recursos disponibles. A las 8:30 había más de 40 agentes de la Policía Nacional peinando el parque y las áreas circundantes. Se establecieron puntos de control en todas las salidas principales de Valladolid.
Se alertó a hospitales, estaciones de tren y autobuses. Sandoval entrevistó personalmente a Laura en el parque. Necesitaba establecer una línea de tiempo exacta. Laura explicó que había estado sentada en el banco charlando con Mercedes y que había mirado hacia la zona de juegos regularmente. La última vez que definitivamente vio a Mateo fue alrededor de las 7 horas.
Cuando fue a buscarlo 15 minutos después, había desaparecido. “Vio a alguien sospechoso en el parque”, preguntó Sandoval. Alguien que le prestara atención especial a su hijo. Laura negó con la cabeza. No vi nada extraño. Había muchas familias. Todo parecía normal. Sandoval también entrevistó a los otros niños que habían estado jugando con Mateo.
Los testimonios fueron confusos y contradictorios, como suele ser con testigos tan jóvenes. Una niña de 7 años llamada Sofía mencionó que había visto a Mateo hablando con alguien. ¿Con quién?, preguntó Sandoval con interés renovado. Sofía se encogió de hombros. No sé, unapersona. Estaban hablando cerca de los árboles. ¿Puedes describir a esa persona? ¿Era un hombre o una mujer? Sofía frunció el ceño concentrándose.
Creo que era una señora. tenía pelo. Era frustrante, pero típico. Los niños pequeños rara vez son buenos testigos porque no prestan atención a los detalles que los adultos consideran importantes. Sin embargo, este testimonio cambió la naturaleza de la investigación. Si Mateo había sido abordado por alguien y había salido del parque con esa persona, esto no era un caso de niño perdido, era un secuestro.
A las 9 horas, el caso de Mateo Mendozafa fue clasificado oficialmente como secuestro de menor. Se emitió una alerta nacional. La fotografía de Mateo, tomada apenas tres semanas antes durante su fiesta de cumpleaños, fue distribuida a todos los medios de comunicación del país.
En la fotografía, Mateo sonreía a la cámara con su diente delantero faltante visible. Llevaba puesto un gorro de fiesta de papel y sostenía un trofo de tarta de chocolate. Era el tipo de imagen que rompería el corazón de cualquier padre. Para las 10 horas, la cara de Mateo estaba en todos los noticieros de televisión de España. Los periódicos preparaban ediciones especiales para la mañana siguiente.
Las redes sociales, que en 2009 todavía estaban en sus primeras etapas en España, comenzaron a llenarse de mensajes sobre el niño desaparecido. Mientras tanto, en el parque, equipos especializados comenzaron una búsqueda exhaustiva. utilizaron perros rastreadores que si vieron el olor de Mateo desde la zona de juegos hasta una salida lateral del parque que daba a la calle Padre Francisco Suárez, una calle residencial tranquila.
Allí el rastro se perdía abruptamente, sugiriendo que Mateo había sido metido en un vehículo. La salida no estaba cubierta por cámaras de seguridad. En 2009, las cámaras de vigilancia no eran tan omnipresentes como lo serían una década después. El inspector Sandoval ordenó entrevistas puerta a puerta en todos los edificios que daban a esa calle.
¿Alguien había visto un vehículo sospechoso alrededor de las 7 horas? ¿Alguien había visto a una mujer con un niño? De las 37 viviendas entrevistadas, solo dos personas proporcionaron información potencialmente útil. Un hombre de mediana edad, Antonio Jiménez, mencionó haber visto una furgoneta blanca estacionada brevemente frente al parque alrededor de las 7 horas.
No le presté mucha atención, admitió Antonio. Solo la recuerdo porque bloqueó brevemente mi vista cuando estaba regando las plantas de mi balcón. Vio la matrícula, preguntó el agente que lo entrevistaba. No, lo siento, no estaba prestando atención a eso. Vio si alguien subió o bajó de la furboneta. Antonio pensó durante un momento.
Creo que vi a alguien subir rápidamente, pero no estoy seguro. Fue muy rápido. Era frustrante, pero al menos era algo. El inspector Sandoval emitió una alerta para una furgoneta blanca posiblemente involucrada en el secuestro. Sabía que era una descripción extremadamente vaga. Había miles de furgonetas blancas en España.
Esa noche, Laura Mendozafa no durmió nada. se quedó despierta en la comisaría de policía, rodeada de agentes que la consolaban y le aseguraban que harían todo lo posible para encontrar a Mateo. Su madre, Rosa, una mujer de 60 años que había enviudado joven y criado a Laura y a sus dos hermanos sola, llegó desde Palencia en cuanto se enteró.
Rosa abrafó a su hija mientras ambas lloraban. “¿Lo encontrarán?”, repetía Rosa una y otra vez. “La policía lo encontrará. Mateo volverá a casa. Pero conforme pasaban las horas, la esperanza comenzaba a erosionarse. Cualquiera que supiera algo sobre casos de niños secuestrados conocía las estadísticas. Las primeras 24 horas son críticas.
Si no se encuentra al niño en ese periodo, las probabilidades de un desenlafe positivo disminuyen dramáticamente. El sábado 13 de junio amaneció nublado y fresco en Valladolid. La búsqueda de Mateo se intensificó. Más de 300 voluntarios, coordinados por la organización SOS desaparecidos, se unieron a la policía para peinar cada rincón de la ciudad.
Revisaron parques, edificios abandonados, sótanos, garajes, contenedores de basura. Bufos especializados inspeccionaron el río Pisuerga que atraviesa la FIV. helicópteros sobrevolaron las áreas rurales circundantes. No encontraron nada. El inspector Sandoval también inició una investigación exhaustiva del círculo familiar y social de Laura.
En casos de secuestro de menores, desafortunadamente, la mayoría de las veces el perpetrador es alguien conocido por la familia. Laura fue entrevistada exhaustivamente por separado para verificar su versión y buscar inconsistencias. Su historia coincidía perfectamente en cada detalle. Proporcionó muestras de ADN voluntariamente, procedimiento estándar.
En estos casos su teléfono móvil fue examinado. Sus cuentas bancarias fueron revisadas en busca detransacciones sospechosas. No había nada. Laura era exactamente lo que parecía ser una madre trabajadora normal cuyo hijo había sido arrancado de su vida. La familia extendida también fue investigada. Rosa, la abuela, vivía en Palencia y había estado allí todo el día del secuestro, confirmado por múltiples testigos.
Los dos hermanos de Laura, uno vivía en Barcelona y el otro en Bilbao, también tenían coartadas sólidas. Roberto, el padre biológico de Mateo, que los había abandonado 7 años atrás, fue localizado en Munich, Alemania. Había rehecho su vida completamente. Tenía una nueva familia. Según las autoridades alemanas, no había salido del país en más de 2 años.
Fue descartado como sospechoso. Los compañeros de trabajo de Laura en la Junta de Castilla y León fueron entrevistados. Alguien había mostrado interés inusual en Mateo. Alguien había hecho preguntas extrañas sobre el niño. Nadie recordaba nada así. Laura era conocida como una empleada competente, reservada, que hablaba de su hijo con orgullo, pero sin revelar detalles excesivos de su vida privada.
No había enemigos conocidos, no había deudas significativas, no había conflictos personales graves. La segunda semana después de la desaparición fue aún más angustiosa que la primera. Laura apareció en todos los programas de televisión que la quisieron recibir, suplicando por información, rogando al secuestrador que devolviera a su hijo sano y salvo.
Sus apariciones en televisión eran desgarradoras. Una madre completamente destrozada, apenas capaz de articular palabras entre sollozos, rogando por la vida de su hijo. “Por favor”, decía Laura directamente a la cámara con los ojos enrojecidos e hinchados. Si alguien tiene a mi niño, por favor devuélvanlo. No haré preguntas, no llamaré a la policía.
Solo quiero a mi bebé de vuelta. Mateo, si me estás viendo, mami te ama. Voy a encontrarte. No te rindas, cariño. Estas apariciones generaron miles de llamadas a la línea directa de información que la policía había establecido. Cada llamada tenía que ser investigada. La mayoría eran de personas bien intencionadas que creían haber visto a un niño que se parecía a Mateo.
Algunas eran devidentes o psíquicos que afirmaban saber dónde estaba el niño. Unas pocas eran de personas perturbadas que confesaban falsamente el secuestro. Cada pista tenía que ser seguida sin importar cuán improbable fuera. Un mes después de la desaparición, el caso se vía sin resolverse. La cobertura mediática comenzó a disminuir.
Otros acontecimientos noticiosos ocuparon los titulares. El público, que había estado tan involucrado emocionalmente en las primeras semanas, comenzó a seguir adelante con sus vidas. Pero para Laura, el tiempo se había detenido el 12 de junio de 2009. Su apartamento se convirtió en un santuario para Mateo. Su habitación se mantuvo exactamente como estaba el día que desapareció.
Sus juguetes permanecían en el mismo lugar. Su ropa se veía en el armario. Su cama estaba hecha esperando su regreso. En la pared de su habitación, Laura había pegado un calendario gigante. Cada día que pasaba sin Mateo marcaba una X roja. Era su forma de mantener viva la cuenta, de no olvidar ni un solo día que su hijo estuvo ausente.
Laura intentó volver al trabajo después de seis semanas, pero no podía concentrarse. Cometía errores en los documentos, olvidaba reuniones, se quedaba mirando al bacío durante horas. Su jefe, comprensivo al principio, finalmente tuvo que sugerirle que tomara una excedencia. Laura aceptó. De todos modos, no tenía energía para nada, excepto buscar a Mateo.
Fue durante este tiempo que Laura tuvo una idea que cambiaría su vida durante los próximos 14 años. Leyó en internet sobre la importancia de las huellas dactilares en la identificación de personas. Las huellas dactilares son únicas para cada individuo y no cambian a lo largo de la vida. Cuando la policía había tomado las huellas de Mateo de sus juguetes y de su habitación, Laura preguntó si podían ser usadas para encontrarlo en el futuro.
El inspector Sandoval le explicó que las huellas estaban en el sistema en la base de datos nacional de personas desaparecidas. Si Mateo era encontrado en cualquier lugar de España o incluso en Europa a través de Interpol y se le tomaban las huellas por cualquier razón, el sistema haría una coincidencia automática.
Pero había un problema, solo se toman huellas dactilares a personas que tienen algún tipo de contacto con el sistema legal o administrativo. Un niño viviendo oculto nunca entraría en ese sistema. Laura tuvo entonces una idea que muchos consideraron obsesiva. Decidió que cada mes sin falta iría a una comisaría de policía diferente en España y pediría que le tomaran sus propias huellas dactilares y las compararan con cualquier niño no identificado, cualquier persona amnésica, cualquier caso donde hubiera dudas de identidad. Los policías leexplicaron pacientemente que eso no
funcionaría, que las huellas de la madre no coincidirían con las del hijo, que no era así como funcionaba el sistema. Pero Laura no estaba tratando de encontrar una coincidencia directa. Su lógica era diferente. Al presentarse personalmente en comisarías de toda España, mantenía el caso de Mateo activo en la mente de los policías.
Cada vez que llegaba a una nueva comisaría, contaba la historia de su hijo desaparecido, mostraba su fotografía, pedía que los agentes de esa jurisdicción prestaran atención especial a cualquier niña que vieran en situaciones sospechosas. En julio de 2009, un mes después de la desaparición, Laura hizo su primer viaje.
Fue a Segovia, a 115 km de Valladolig. Entró en la comisaría de la Policía Nacional. pidió hablar con el jefe y le contó su historia. El comisario, un hombre mayor cercano a la jubilación, escuchó con compasión. Tomó nota del caso, prometió que sus agentes estarían atentos y aunque le explicó que tomar sus huellas no ayudaría a encontrar a Mateo, accedió a hacerlo de todos modos, más como un gesto de solidaridad que por utilidad práctica.
Laura agradeció, dejó copias de la fotografía de Mateo y se fue. Al mes siguiente, en agosto, fue a Salamanca, luego a León, luego a Burgos. Cada mes sin falta Laura viajaba a una ciudad diferente de España. Usaba sus ahorros. Luego empezó a pedir pequeños préstamos a su madre y hermanos. No importaba el costo, era lo único que la mantenía cuerda.
La sensación de estar haciendo algo activo para encontrar a su hijo. Los agentes de policía de España comenzaron a conocer a Laura Mendoza. La madre de Valladolig la llamaban. Algunos la admiraban por su persistencia, otros la veían con lástima, una mujer atrapada en una negación patológica. Pero todos, sin excepción, recordaban el caso de Mateo después de conocer a Laura.
Y esa era exactamente la intención. Para 2010, Laura había visitado 12 ciudades. Para 2011, 24. organizaba su calendario meticulosamente. Grandes ciudades un mes, pueblos más pequeños al siguiente, ciudades costeras en verano, ciudades del interior en invierno, siempre con la misma rutina. entrar en la comisaría, contar su historia, mostrar la foto de Mateo, pedir que le tomaran las huellas, aunque no sirviera de nada, dejar material informativo.
El inspector Sandoval, que había sido reasignado a otros casos, pero mantenía un interés personal en el de Mateo, veía los esfuerzos de Laura con una mezcla de admiración y preocupación. Le preocupaba que Laura nunca pudiera profesar el duelo apropiadamente si continuaba aferrándose a la esperanza con tanta intensidad. Le sugirió terapia psicológica.
Laura fue a tres sesiones antes de decidir que no era para ella. El terapeuta quería que hablara sobre aceptación, sobre cerrar ciclos, pero Laura no podía. No quería aceptar que Mateo pudiera estar muerto. Una madre sabe, le dijo a su propia madre un día, si Mateo estuviera muerto, lo sabría.
Lo sentiría aquí se tocó el pecho. Él está vivo en algún lugar. Puedo sentirlo. Los años pasaron. 2012, 2013, 2014. Mateo habría tenido 11, 12, 13 años. Laura calculaba obsesivamente qué edad tendría su hijo, como se vería. Contrató a artistas forenses especializados en progresión de edad para crear imágenes de cómo podría verse Mateo a diferentes edades.
Mateo a los 10 años, Mateo a los 12 años, Mateo a los 15 años. Cada nueva imagen fue distribuida en los medios de comunicación y en las redes sociales, manteniendo vivo el caso en la conciencia pública. Laura también mantenía un blog titulado Buscando a Mateo, donde documentaba cada paso de su búsqueda. Escribía sobre cada ciudad que visitaba, cada comisaría donde dejaba información sobre Mateo.
El blog atraía a miles de lectores que seían la historia y ofrecían su apoyo. Algunos enviaban pistas que siempre resultaban no llevar a ninguna parte. Otros simplemente escribían mensajes de aliento. El blog se convirtió en una comunidad virtual de personas que como Laura, se negaban a olvidar a Mateo. En 2015, 6 años después de la desaparición, hubo un momento de esperanza renovada.
Una trabajadora social en Barcelona contactó a Laura diciendo que había un niño en un centro de acogida que coincidía vagamente con la descripción de Mateo. El niño de unos 14 años había sido encontrado viviendo en las calles. No hablaba y parecía haber sufrido algún tipo de trauma severo. Laura viajó inmediatamente a Barcelona con el corazón latiéndole con fuerza.
Pero cuando vio al niño, supo de inmediato que no era Mateo. No había lunar en forma de media luna en su cuello. La forma de su rostro era diferente. Era otra decepción devastadora. Estas falsas alarmas se volvieron un patrón doloroso en la vida de Laura. Cada pocas meses, alguien reportaba haber visto a un niño o adolescente que se parecía a Mateo.
Laura dejaba todo y viajaba al lugarsolo para enfrentarse a la cruel realidad de que no era su hijo. Cada falsa alarma generaba esperanza que era brutalmente aplastada. Pero Laura nunca dejó de responder a estas llamadas. ¿Y si esta vez sí es él? Se preguntaba. Para 2018, 9 años después de la desaparición, Laura había visitado más de 100 comisarías de policía en toda España. Había gastado todos sus ahorros.
Vivía de una pequeña pensión por discapciedad que había conseguido debido a su depresión y ansiedad crónicas. Su madre Rosa la ayudaba económicamente cuando podía. Laura había envejecido dramáticamente. A los 41 años parecía tener 60. Su cabello, antes era ahora completamente gris. Su rostro estaba surcado de arrugas profundas.
Había desarrollado problemas de salud relacionados con el estrés, presión arterial alta, insomnio crónico, trastorno de ansiedad generalizada. Su vida social había desaparecido completamente. Sus amigos, al principio comprensivos y solidarios, habían dejado de llamar. Era difícil estar cerca de Laura. Cada conversación eventualmente giraba hacia Mateo.
Cada evento social que rechazaba era porque tenía que viajar a otra ciudad para su búsqueda mensual. Poco a poco, Laura se había aislado completamente, viviendo solo para la misión de encontrar a su hijo. El 12 de junio de 2019, el décimo aniversario de la desaparición de Mateo, Laura organizó una vigilia en el parque del Campo Grande, exactamente en el lugar donde Mateo había jugado por última vez.
Asistieron unas 50 personas, mucho menos que en años anteriores. La atención pública había disminuido significativamente, pero Laura no se desanimó. Encendieron velas. Laura habló sobre Mateo, sobre su búsqueda incansable, sobre su fe inquebrantable de que su hijo estaba vivo. 10 años, dijo Laura con voz temblorosa pero firme.
Han pasado 3,652 días desde que vi a mi hijo. Cada uno de esos días me he despertado pensando en él. Cada noche me duermo orando por él y seguiré haciéndolo hasta el día que lo encuentre. Porque una madre nunca se rinde. Nunca. El inspector Sandoval, que ahora tenía 58 años y estaba a 2 años de su jubilación, asistió a la vigilia.
Se acercó a Laura después. Laura dijo suavemente, admiro tu fuerza, admiro tu dedicación, pero también me preocupo por ti. ¿Has pensado en que quizás necesitas encontrar una manera de vivir tu propia vida mientras continúas la búsqueda? Laura lo miró con ojos cansados. Esta es mi vida, inspector.
Buscar a Mateo es mi vida. El día que deje de buscarlo, ese día habré muerto yo también. Sandoval no supo que responder. Había visto el caso consumir a Laura completamente durante 10 años. Parte de él admiraba su fe inquebrantable. Otra parte de él temía que Laura nunca podría sanar, nunca podría encontrar PAF.
Mientras tanto, a más de 600 km de Valladolid, en la ciudad de Barcelona, una historia completamente diferente se estaba desarrollando. En un apartamento de tres habitaciones en el barrio del Example vivía una familia que en apariencia era completamente normal. Jordi Camps, de 54 años, era ingeniero de telecomunicaciones. Su esposa Monserrat Ferrer, de 52 años, era profesora de biología en un instituto.
Habían estado casados durante 25 años. Durante años habían intentado tener hijos sin éxito. Múltiples tratamientos de fertilidad, todos fallidos. En 2009, cuando ya habían perdido la esperanza, un colega de trabajo de Jordi les habló de una posibilidad. Había un abogado, les dijo, que podía ayudar con adopciones privadas, casos complicados de madres que no podían cuidar a sus hijos, situaciones difíciles donde un niño necesitaba urgentemente una familia.
El proceso sería rápido, discreto. Jordi y Monserrat, desesperados por ser padres, contactaron al abogado. El abogado se llamaba Enrique Salafar. Tenía su oficina en el centro de Barcelona y se especializaba, según de Fía, en soluciones familiares complejas. les explicó que tenía contactos con una red de trabajadores sociales que identificaban casos donde los niños necesitaban nuevos hogares.
A veces eran madres adictas que sabían que no podían cuidar a sus hijos. A veces eran situaciones de pobreza extrema. Siempre, según Salafar, era mejor para el niño encontrar una familia estable que entrar en el sistema de acogida. Jordi y Monserrat querían creer que era legítimo. Salafar les mostró documentos que parecían oficiales.
Había sellos, firmas, referencias a códigos legales. Cuando les dijo que el proceso costaría 80,000 € justificó el precio como honorarios legales, pagos a intermediarios, gastos administrativos. Era mucho dinero, casi todos sus ahorros, pero Jordi y Monserrat estaban dispuestos a pagar cualquier precio por tener un hijo.
En julio de 2009, apenas un mes después de que Mateo desapareciera en Valladolig, Salafar llamó a Jordi. “Tenemos un niño disponible”, dijo un niño de 8 años. Su madre falleció recientemente y no hayfamilia que pueda cuidarlo. Necesita una familia urgentemente. Están interesados. Jordi y Monserrat dijeron que si inmediatamente.
Dos semanas después, Salafar los llevó a una casa en las afueras de Barcelona. Había una mujer mayor allí que Salafar presentó solo como Carmen. Ella tenía a un niña con ella. El niño era pequeño para su edad, delgado, con cabello negro. Estaba extraordinariamente callado, casi catatónico. Carmen explicó que el niño había sufrido un trauma severo con la muerte de su madre y que probablemente no hablaría mucho al principio.
“Necesita tiempo, amor y paciencia”, dijo Carmen. Con una buena familia se recuperará. El niño, les dijeron, se llamaba Marcos. Jordi y Monserrat se llevaron a Marcos a casa ese mismo día. Durante las primeras semanas, el niño no habló en absoluto. Se sentaba en su nueva habitación mirando por la ventana sin expresión en su rostro.
Monserrat intentaba acercarse, le llevaba comida, juguetes, libros. Marcos afceptaba todo pasivamente, pero sin mostrar emoción alguna. Cuando finalmente comenzó a hablar unas tres semanas después, era en frases cortas y simples. No recordaba nada de su vida anterior, o al menos eso decía. Cuando le preguntaban sobre su madre fallecida, se ferraba completamente.
Los psicólogos infantiles que Monserrat consultó en privado dijeron que era probable que Marcos hubiera bloqueado esos recuerdos debido al trauma. Con tiempo y terapia, quizás recordaría o quizás no. El cerebro humano, especialmente el de un niño, tiene mecanismos de defensa complejos. Jordi y Monserrat decidieron no presionar.
Con el tiempo, Marcos se adaptó. Comenzó a hablar más, a comer mejor, a mostrar interés en las cosas. Jordi le enseñó a jugar al ajedrev. Monserrat lo ayudaba con las tareas escolares. Para cuando Marcos cumplió 10 años, en 2011, parecía un niño relativamente normal, aunque más callado e introvertido que la mayoría.
Había momentos extraños. A veces Marcos mencionaba cosas que no encajaban con su supuesta historia. Una vez, cuando tenía 12 años, mencionó que recordaba haber visto pavos reales. ¿Dónde?, preguntó Monserrat. Marcos frunció el ceño. No sé, en un parque, creo, pero no recuerdo qué parque.
Monserrat no le dio mucha importancia. Los niños tienen memorias fragmentadas de cosas que vieron en películas o libros. A medida que Marcos crecífía desarrollaba sus propios intereses. Le gustaba la biología, influenciado por Monserrat. Pasaba horas observando insectos en el parque, estudiando plantas. Soñaba con ser veterinario cuando fuera mayor.
Jordi y Monserrat se miraban cuando Marcos decía esto, recordando que Carmen les había mencionado brevemente que al niño le gustaban los animales. Para 2019, cuando Marcos tenía 18 años, estaba estudiando para su examen de acceso a la universidad. Quería estudiar veterinaria en la Universidad Autónoma de Barcelona.
Era un estudiante dedicado, aunque sus notas no eran excepcionales. Tenía pocos amigos cercanos, pero los que tenía eran leales. Jordi y Monserrat lo amaban profundamente. Era su hijo en todos los sentidos, excepto el biológico. Pero Jordi, en particular había comenzado a tener dudas a lo largo de los años.
Había algo en toda la adopción que nunca se había sentido completamente correcto, la falta de documentación apropiada, el hecho de que Salafar desapareciera completamente después de la adopción, sin dejar forma de contactarlo. Las inconsistencias en la historia de Marcos. Jordi había intentado investigar por su cuenta, pero no sabía por dónde empezar.
En 2020, durante el confinamiento por COVID-19, Jordi pasó mucho tiempo en internet. Comenzó a leer sobre redes de adopción ilegal en España. Descubrió que durante las décadas de 1980 1992,000 había existido una red masiva de tráfico de bebés. Médicos, enfermeras, abogados corruptos trabajaban juntos para robar bebés de madres vulnerables y venderlos a familias que querían adoptar.
Cuanto más leía, más se preguntaba Jordi si Marcos había sido víctima de algo así. El precio que habían pagado 80,000 € era sospechosamente alto. La rapidez del proceso, la falta de documentación oficial, todo apuntaba a una adopción ilegal. Pero Jordi no se atrevía a hacer nada. ¿Qué pasaría si investigaba y descubría la verdad? ¿Perderían a Marcos? El niño, bueno, ya no era un niño, era un joven de 19 años, era su hijo.
No podía imaginar perderlo. Jordi vivió con esta culpa y esta duda durante años, sin compartirla con nadie, ni siquiera con Monserrat. Pero en 2023 las cosas empezaron a cambiar. En marzo de 2023, la Policía Nacional Española, en coordinación con la Guardia Civil y Europol, llevó a cabo una operación masiva contra una red internacional de adopciones ilegales.
La operación denominada operación cuna había estado en preparación durante 2 años. La investigación había comenzado cuando varias personas adultas, que sospechabanhaber sido adoptadas ilegalmente cuando eran bebés, se hicieron pruebas de ADN y descubrieron que no tenían ningún parentesco genético con sus supuestos padres.
La operación cuna resultó en más de 60 arrestos en toda España. Entre los arrestados estaba Enrique Salafar, el abogado que había facilitado la adopción de Marcos. Durante el registro de la oficina y la casa de Salafar, los investigadores encontraron cajas llenas de documentos relacionados con adopciones ilegales. Había registros de más de 200 niños que habían pasado por su red durante casi dos décadas.
Pero lo más sorprendente fue lo que encontraron en el sótano de su casa, un viejo archivador ferrado con llave que contenía muestras biológicas. Salafar, paranoico sobre posibles futuras investigaciones, había guardado pequeñas muestras de ADN de muchos de los niños que había traficado, aparentemente como una forma de seguro o chantaje futuro.
Los investigadores confiscaron todas las muestras y las enviaron al laboratorio forense de la Guardia Civil para su análisis. Las muestras fueron comparadas con la base de datos nacional de ADN de personas desaparecidas. El 20 de marzo de 2023, a las 11 horas, la inspectora Carmen Vidal de la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta, UDEC, de la Policía Nacional, recibió una alerta del sistema.
Una de las muestras confiscadas de la Casa de Salafar coincidía con un perfil en la base de datos de personas desaparecidas. La inspectora Vidal abrió el expediente correspondiente. El perfil coincidente era de Mateo Mendof a Ortiz. El niño que había desaparecido en Valladolid en 2009. Vidal conocía el caso.
Todo el mundo en el cuerpo de policía conocía el caso de Mateo Mendoza y de su madre Laura, que había pasado 14 años visitando comisarías de toda España. Pero había algo desconcertante. La muestra de ADN de Salafar estaba etiquetada con un nombre y una fecha. Marcos, julio de 2009. Según los documentos encontrados junto con las muestras, este Marcos había sido entregado a una familia de Barcelona en julio de 2009, apenas un mes después de la desaparición de Mateo.
Vidal inmediatamente contactó al comisario jefe de la operación. Señor”, dijo con urgencia controlada, “tenemos una coincidencia de ADN que va a cambiar este caso completamente.” Durante las siguientes horas, un equipo especializado revisó toda la información. Los registros de Salafar indicaban que Marcos había sido entregado a Jordi Camps y Monserrat Ferrer residentes en Barcelona.
Los investigadores accedieron a los registros oficiales. Efectivamente, Jordi y Monserrat habían registrado una adopción de un niño llamado Marcos Camps Ferrer en 2010. Los documentos de adopción parecían legales en la superficie, pero cuando se profundizó había irregularidades evidentes. La inspectora Vidal tomó una decisión.
Necesitaban verificar la identidad de Marcos inmediatamente, pero tenían que hacerlo con extremo cuidado. Si Marcos realmente era Mateo Mendofa, él no tenía idea de su verdadera identidad. Revelar esta información de manera incorrecta podría causar un trauma psicológico devastador.
Vidal también se enfrentaba a otra decisión difícil cuando informar a Laura Mendoza. No podía decirle nada hasta estar absolutamente segura. Crear falsas esperanzas después de 14 años sería cruel, pero cada hora que pasaba sin informarle también parecía una traición a esa madre que había luchado tanto. El 22 de marzo de 2023, la inspectora Vidal y un equipo de psicólogos especializados en casos de identidad robada se presentaron en el domicilio de la familia Camps Ferrer en Barcelona. Jordi abrió la puerta.
Cuando vio las placas policiales, su rostro palideció. Instantáneamente. En algún nivel había estado esperando este momento durante años. Señor Jordi Camps preguntó Vidal. Sí, soy yo, respondió Jordi con voz débil. ¿Qué sucede? Necesitamos hablar con usted y su esposa sobre un asunto urgente relacionado con la adopción de su hijo Marcos.
Jordi cerró los ojos brevemente. Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas. Sabía que algún día esto pasaría”, murmuró. “Sabía que algo no estaba bien.” Monserrat apareció detrás de su esposo. Cuando escuchó la conversación, su rostro se llenó de terror. “¿Qué quieren con Marcos? ¿Qué está pasando?” Durante las siguientes dos horas en el salón de su casa, Jordi y Monserrat confesaron todo.
La adopción a través de Salafar, los 80,000 € las dudas que habían tenido, pero que habían suprimido. Cuando Vidal les informó que Marcos era en realidad Mateo Mendofa, un niño secuestrado en Valladolid en 2009, Monserrat se derrumbó completamente. Oh, Dios. Soyfaba. Oh, Dios. ¿Qué hemos hecho? Lo amamos. Es nuestro hijo. No sabíamos.
Tienes que creerme. No sabíamos. Vidal creía que probablemente era verdad. Jordi y Monserrat habían sido víctimas también en cierto sentido, víctimas de su propia desesperación portener un hijo y de la manipulación de criminales como Salafar, pero también habían participado en un crimen, aunque inconscientemente.
¿Dónde está Marcos ahora?, preguntó Vidal. en la universidad, respondió Jordi. Tiene clases hasta las 3 de la tarde. Se decidió que sería mejor hablar con Marcos en la comisaría, en un ambiente controlado y con profesionales presentes. Jordi y Monserrat llamaron a Marcos y le pidieron que fuera directamente a la comisaría de Policía Nacional en Barcelona después de clase.
Ha surgido algo relacionado con tu documentación”, le dijo Jordi tratando de mantener la voz neutral. Nada grave, solo algunos papeles que necesitan actualizar. A las 3:30, Marcos Camps llevó a la comisaría. Era un joven alto, delgado, con cabello negro algo largo. Llevaba una mochila con libros de biología y veterinaria.
Cuando entró en la sala donde esperaban sus padres, dos policías y dos psicólogos, supo inmediatamente que algo grave estaba pasando. “Mamá, papá, ¿qué ocurre?”, preguntó mirando los rostros serios. Durante las siguientes tres horas, en una de las conversaciones más difíciles imaginables, la inspectora Vidal y los psicólogos le explicaron a Marcos Camps que él no era quien pensaba que era.
Le contaron sobre Mateo Mendofa, sobre el parque en Valladolid, sobre una madre que había pasado 14 años buscándolo. Le mostraron las fotografías de Laura. Le mostraron fotografías del pequeño Mateo. A los 8 años le mostraron los resultados del análisis de ADN que confirmaban con 99,9% de certeza que él era Mateo Mendoza.
Marcos pasó por todas las etapas del SOC. Primero, negación. Eso es imposible. Ustedes están equivocados. Soy Marcos Camps. Estos son mis padres. señaló a Jordi y Monserrat que lloraban silenciosamente. Luego confusión. No entiendo cómo puede ser esto posible. Tengo recuerdos. Tengo una vida. Después fragmentos de memorias empezaron a surgir. El psicólogo, el Dr.
Alberto Ruiz, guió cuidadosamente a Marcos a través de ejercicios de memoria. Cierra los ojos, le dijo. Piensa en tu recuerdo más antiguo. ¿Qué ves? Marcos cerró los ojos. Después de un largo silencio, habló con voz temblorosa. Veo pájaros grandes con colores aful y verde, pavos reales, creo.
Están en un parque, un parque grande con árboles. ¿Recuerdas más sobre ese parque? Hay hay columpios y un tobobán. Hace calor, mucho calor. Marcos abrió los ojos que ahora estaban llenos de lágrimas. No quiero recordar más. Me duele. El doctor Ruiz le aseguró que no tenía que recordar todo ahora. Esto era un proceso que tomaría tiempo.
Marcos tenía derecho a profesar esto a su propio ritmo. Finalmente vino la pregunta inevitable. Tengo que conocer a esa mujer, a Laura Mendoza. Tengo que dejar a mis padres. Miró a Jordi y Monserrat con desesperación. La inspectora Vidal respondió con cuidado. Nadie te va a obligar a hacer nada que no quieras hacer, Marcos.
Mateo, eres legalmente adulto. Tienes 22 años. Puedes tomar tus propias decisiones, pero si creemos que eventualmente sería beneficioso para todos, incluyéndote a ti, que conocieras a tu familia biológica. ¿Y mis padres? Preguntó Marcos, su voz quebrándose. ¿Qué les va a pasar? Eso se determinará en el proceso legal, dijo Vidal.
Pero independientemente de lo que pase, nadie te está pidiendo que dejes de amar a las personas que te criaron. Esa noche, Marcos se quedó con Jordi y Monserrat bajo supervisión de servicios sociales. Los tres hablaron durante horas. Jordi y Monserrat le contaron todo, incluyendo sus dudas a lo largo de los años.
Le dijeron cuánto lo amaban, cuánto lo seguirían amando, sin importar que pasara. Marcos también les confesó algo. Durante años había tenido sueños extraños, fragmentos de memorias que no encajaban. Una mujer con coleta castaña, una voz suave diciéndole “Te amo, cariño.” El olor específico de las lentejas. Pequeños detalles que nunca había entendido.
Mientras tanto, a 650 km de distancia en Valladolig, Laura Mendofa estaba a punto de recibir la llamada que había esperado durante 5,11 fer días. Era la noche del 23 de marzo de 2023. Laura estaba en su apartamento preparando la fena para ella y su madre Rosa, que ahora tenía 74 años y vivía con Laura desde una caída que había sufrido el año anterior.
El teléfono sonó a las 8:30. Era un número desconocido de Madrid. Laura dudó. Recibía muchas llamadas de spam, pero algo le hizo responder. Señora Laura Mendoza, preguntó una voz femenina profesional. Sí, soy yo. Soy la inspectora Carmen Vidal de la Policía Nacional. Señora Mendoza, necesito que se siente.
Tengo noticias sobre su hijo Mateo. El mundo del aura se detuvo. Durante 14 años había temido esta llamada imaginando que le dirían que habían encontrado el cuerpo de su hijo. Pero la inspectora no había dicho lamentamos informarle o encontramos restos. había dicho, “Tengo noticias.” ¿Qué noticias? Susurró Laura, su corazónlatiendo tan fuerte que pensó que podría desmayarse.
“Señora Mendoza, hemos encontrado a Mateo. Está vivo.” Laura dejó caer el teléfono. Rosa, que había estado poniendo la mesa, corrió hacia su hija. “Elena, ¿qué pasa?” Laura recogió el teléfono con manos temblorosas. ¿Qué? ¿Qué ha dicho? La inspectora Vidal repitió pacientemente, “Hemos encontrado a su hijo. Mateo está vivo.
Está bien físicamente, pero la situación es compleja y necesito explicarle todo. Voy a viajar a Valladolid mañana para hablar con usted en persona.” Laura no pudo formar palabras, solo lloraba. Un llanto tan profundo que venía de 14 años de dolor acumulado finalmente liberándose. Rosa tomó el teléfono de las manos de su hija y habló con la inspectora, obteniendo detalles básicos.
Cuando colvó, abrafó a Laura. Lo encontraron, hija. Encontraron a Mateo. Está vivo. Esa noche Laura no durmió. Caminaba de un lado a otro de su apartamento, mirando las fotografías de Mateo, las proyecciones de edad que había encargado, imaginando cómo se vería ahora su hijo. Tenía 22 años. Un hombre adulto.
Había perdido toda su infancia, toda su adolescencia. Al día siguiente, la inspectora Vidal llegó a Valladolid a las 10 horas. Durante las siguientes 4 horas en el apartamento de Laura con Rosa presente, le explicó toda la situación. Le contó sobre la operación Kuna, sobre la red de adopciones ilegales, sobre Salafar, sobre la familia Camps, sobre Marcos.
Cuando Laura vio las fotografías recientes de Marcos, sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente. Es él, susurró. Es mi Mateo. Puedo verlo en sus ojos. Y mira, Rosa señaló una fotografía donde Marcos estaba de perfil. El lunar, el lunar en forma de media luna en su cuello. Está ahí. Vidal también le explicó lo delicado de la situación.
Mateo no tiene recuerdos claros de usted. Para él, Monserrat Camps es su madre. Esto no significa que usted no sea su madre, pero significa que la reunificación será un proceso complejo y potencialmente doloroso. No me importa, dijo Laura con fiereza. Han pasado 14 años. He esperado 5,11 días.
Puedo esperar más tiempo si es necesario. Solo quiero que sepa que lo he estado buscando, que nunca me rendí, que siempre supe que estaba vivo. Se organizó un encuentro para una semana después, dando tiempo a Marcos para profesar algo de la información y prepararse psicológicamente. Se realizaría en un ambiente neutral una oficina de servicios sociales en Madrid con psicólogos presentes.
El 30 de marzo de 2023, Laura viajó a Madrid con su madre Rosa. Los días de espera habían sido una abonía. Laura había pasado horas decidiendo qué ponerse, que decir, cómo actuar. Al final eligió ropa simple, un vestido azul claro y un cardigan blanco. Decidió que simplemente sería honesta con sus emociones. Cuando entraron en la sala de reuniones, Marcos ya estaba allí.
Estaba sentado en un sofá con las manos entrelazadas en su regafo, visiblemente tenso. Levantó la vista cuando Laura entró. Durante un largo momento, madre e hijo simplemente se miraron. Laura vio en el rostro de Marcos al niño pequeño que recordaba. Los mismos ojos, la misma forma de la cara. Pero también vio a un extraño, un joven hombre que había vivido una vida que ella no conocía.
Hola”, dijo Laura con voz temblorosa, lágrimas ya corriendo por sus mejillas. “Soy Laura. Tú, tu madre.