“Está demasiado grande…nomás siéntate encima”dijo el apache gigante con toda la calma justo antes…

El vaquero solo le estaba curando las heridas a la mujer gigante, pero su mano se resbaló donde no debía. La noche del 17 de octubre de 1887 era tan oscura que parecía que Dios había apagado las estrellas una por una. El viento del norte bajaba de la Sierra Madre como un lamento de muertos y arrastraba arena fina que se metía en los ojos, en la boca, en el alma.
Juan Tenorio cabalgaba despacio con el caballo rengueando de la pata delantera izquierda, herido por una bala perdida en un pleito de cantina en Caborca tres días atrás. Llevaba la cara envuelta en un pañuelo rojo lleno de sangre seca y los ojos enrojecidos por el polvo y el mezcal barato. Ya no era joven, 35 años que parecían 60, la piel curtida como cuero viejo, las manos llenas de cicatrices de cuchillo y de rienda.
Había visto la luz desde lejos, apenas un puntito amarillo temblando entre los mesquites muertos. En el desierto de Sonora, una luz así podía ser salvación o podía ser la muerte disfrazada. Juan apretó el rifle Winchester que llevaba cruzado sobre la silla, escupió al suelo y murmuró una oración a la Virgen de Guadalupe que ya ni él mismo se creía.
Luego picó espuelas al caballo y avanzó. A medida que se acercaba, la silueta se hizo más clara. Era una choosa de adobe medio derruida junto al arroyo seco de los lobos, un lugar maldito donde se decía que los antiguosis habían ahorcado a soldados franceses y que los espíritus todavía rondaban buscando venganza. La luz salía por la puerta abierta y por los huecos de las paredes y allí, sentada contra la pared del fondo, estaba ella.
Juan detuvo el caballo a 20 pasos. La luna, aunque apenas era un gajo, le permitió verla entera por primera vez. Era una mujer, pero no como ninguna que hubiera visto en su vida. Medía más de 3 metada. Los hombros eran más anchos que los de cualquier hombre, los brazos como troncos de mezquite, las manos capaces de partir un cráneo como si fuera un melón.
Estaba desnuda de la cintura para arriba, los pechos enormes, pesados, caídos por su propio peso, con pezones oscuros del tamaño de monedas de apeso. La piel morena brillaba de sudor y sangre. Tenía heridas por todas partes, zarpazos profundos en el pecho, en los brazos, en el cuello.
Uno de los cortes le cruzaba el pecho izquierdo justo encima del corazón, tan profundo que se veía el blanco del hueso. Sangraba lento, pero constante, como un río que nunca se seca. La cabeza estaba inclinada hacia adelante. El cabello negro y largo le caía como una cortina sobre la cara. No se movía. Juan pensó que estaba muerta. Luego ella levantó la cabeza. Los ojos eran lo más terrible. Negros, profundos, sin blanco casi, brillaban como obsidiana mojada.
Lo miraron sin parpadear. Juan sintió que se le helaba la sangre en las venas. No me mates”, dijo ella con voz ronca, pero no de miedo, sino de cansancio. “Ya me mataron bastante hoy.” Hablaba español, pero con un acento raro, como si cada palabra le pesara en la lengua. Juan bajó el rifle lentamente. No sabía por qué. Algo en esa voz le llegó al fondo del pecho, como si lo reconociera de otra vida.
¿Quién te hizo esto?, preguntó la garganta seca. Ella soltó una risa amarga que retumbó en la choa como trueno lejano. Los mismos que me persiguen desde Chihuahua, los hermanos coronel, siete demonios con sombrero. Me quieren viva para sus juegos. Juan sintió que se le revolvía el estómago. Conocía a los coronel.
Todo mundo los conocía. Eran siete hermanos nacidos del mismo vientre del [ __ ] Secuestraban mujeres en los pueblos. Las llevaban al rancho El infiernito cerca de Janos y allí las usaban hasta que ya no servían. Luego las tiraban a los coyotes. Pero nunca habían tocado a alguien como esta mujer.
Era imposible que alguien pudiera someterla a menos que usaran cadenas, rifles y algo más oscuro que Juan no quería ni imaginar. ¿Cuántos eran?, preguntó. Siete, respondió ella, los siete. Pero yo maté a dos antes de escapar. Quedan cinco y vienen detrás de mí. Juan miró hacia la oscuridad. No se oía nada más que el viento, pero sabía que vendrían.
Los coronel nunca dejaban cabos sueltos. “Te voy a curar”, dijo sin pensar. “Pero tienes que dejarme acercar.” Ella volvió a reír más bajo esta vez. Acércate, vaquero. Ya no tengo fuerzas ni para matarte. Juan desmontó, ató el caballo a un mezquite muerto y se acercó con el morral en la mano. Sacó el frasco de aguardiente de caña, las vendas que siempre llevaba, la botella de yodo que le había cambiado un médico gringo en Nogales por un caballo cojo. Se arrodilló frente a ella.
De cerca era aún más impresionante. Olía a sangre, sudor y algo más, algo dulce y salvaje que le revolvió las entrañas. La piel estaba caliente a pesar del frío de la noche. Juan mojó un trapo en el aguardiente y empezó a limpiar la herida del pecho. Ella ni se inmutó, solo lo observaba con esos ojos negros que parecían tragarse la luz de la vela.
Sus manos eran enormes, una de ellas podría aplastarle el cráneo como si fuera un huevo, pero no se movía. Dejó que él trabajara. El primer rose fue accidental. El trapo resbaló por la sangre y la mano de Juan rozó el pezón izquierdo, grande, oscuro, endurecido por el frío. Fue solo un segundo, un contacto apenas, pero el cuerpo de la mujer se tensó como alambre de púas. Juan retiró la mano como si se hubiera quemado con brazas.
“Perdón”, murmuró la voz temblorosa. Ella no dijo nada, solo respiró profundo. El pecho se le levantó y bajó con una lentitud que hipnotizaba. Y entonces, con una calma que eló la sangre de Juan, la giganta levantó su mano monstruosa y la puso encima de la de él y la guió de vuelta al pecho. “No te detengas, vaquero”, susurró.
Hace mucho que nadie me toca sin querer hacerme daño. Juan sintió que el mundo se le venía encima. El corazón le golpeaba las costillas como un caballo desbocado. Aquella mujer era una montaña de carne y fuerza, pero en sus ojos había algo roto, algo que pedía sin palabras. Y él, que había jurado no volver a tocar a una mujer después de lo de María Inés en Acosari, cuando la encontró muerta en la cama con la garganta cortada por su propio padre, sintió que todo su cuerpo se incendiaba.
Sus dedos temblaron cuando volvieron a rozar esa piel morena, caliente a pesar del frío. Ya no era limpieza, era caricia. Era algo que ninguno de los dos había pedido y que los dos necesitaban como el agua en el desierto. La giganta cerró los ojos. Un gemido bajo, casi animal, salió de su garganta. Juan siguió tocando.
Sus manos subieron y bajaron por el pecho herido, limpiando la sangre, pero también explorando. Los pezones se endurecieron más bajo sus palmas. Ella se inclinó hacia adelante buscando más contacto. Más abajo susurró Juan obedeció. Sus manos bajaron por el vientre duro, lleno de cicatrices antiguas. Llegó al borde de la falda de manta rota que apenas le cubría las caderas. Ella misma se la quitó con un movimiento brusco.
Quedó completamente desnuda. Juan se quedó sin aliento. Era magnífica, terrible. hermosa. Las piernas eran columnas de carne morena, los muslos tan gruesos que podrían aplastar a un toro. Entre ellos, el sexo oscuro cubierto de bello negro brillaba de humedad. Olía fuerte a mujer, a sangre, a deseo.
“Tócame”, ordenó ella. Juan lo hizo. Sus dedos se hundieron en esa carne caliente y húmeda. Ella gimió fuerte, un sonido que retumbó en la choa y que hizo temblar la vela. Sus caderas se movieron hacia él buscando más. Juan sintió que perdía la razón. De pronto, ella lo tomó por los hombros y lo levantó como si no pesara nada. Lo puso de pie frente a ella.
Sus manos gigantes le arrancaron la camisa. Los botones saltaron por los aires, luego le bajaron los pantalones con una sola mano. Juan quedó desnudo, temblando, su miembro duro como hierro apuntando al cielo. Ella lo miró. Sonrió por primera vez. Una sonrisa feroz, hermosa, aterradora. Eres pequeño dijo. Pero vas a servirme.
Lo tomó por las caderas y lo levantó en el aire. Juan se encontró flotando, las piernas colgando, la cara a la altura del pecho de ella. Ella lo acercó a uno de sus pechos. Juan abrió la boca y tomó el pezón. Chupó fuerte, desesperado. Ella rugió de placer.
Luego lo bajó lentamente, hasta que sintió que la punta de su miembro tocaba la entrada de ella. Estaba arrodillada ahora, pero aún así, Juan tenía que estirarse para llegar. Ella lo guió con una mano, lo bajó despacio. Cuando entró fue como caer en un pozo de fuego. Era enorme, apretada, caliente. Las paredes internas lo succionaron con una fuerza que nunca había sentido. Juan gritó.
Ella también lo movió arriba y abajo como si fuera un juguete lento al principio, luego más rápido. Sus pechos rebotaban con cada movimiento, golpeando la cara de Juan. Él se aferró a ellos como pudo, mordiendo, lamiendo, perdido en un mar de carne y placer. Ella lo usaba, lo montaba en el aire sin tocar el suelo con él. Sus músculos lo apretaban y soltaban, lo ordeñaban. Juan sentía que iba a explotar. Quería durar más, pero no podía.
Ella lo sintió. Ahora ordenó. Y Juan se derramó dentro de ella con un grito que salió de lo más hondo de su alma. Ella siguió moviéndolo, exprimiéndolo hasta la última gota. Luego lo dejó caer al suelo, jadeando, temblando. Ella misma alcanzó el clímax. Segundos después. Todo su cuerpo se tensó. Los músculos se hicieron acero bajo la piel.
Gritó algo en una lengua antigua, algo que hizo que la vela se apagara de golpe y que el viento haara afuera más fuerte. Un chorro caliente salió de ella y mojó el pecho y la cara de Juan. Después hubo silencio, solo sus respiraciones, el olor a sexo y sangre llenaba la choa. Juan yacía en el suelo mirando el techo roto por donde se veían las estrellas.
Ella estaba sentada otra vez, las piernas abiertas, el pecho subiendo y bajando. Lo miraba. ¿Cómo te llamas?, preguntó el alfín. Stabai respondió. Pero me llaman la giganta del norte. Juan se incorporó. Le dolía todo el cuerpo, pero nunca se había sentido tan vivo. ¿Qué eres? Ella se quedó callada un rato.
Soy lo que queda de algo que ya no existe, dijo al fin. Y tú, tú eres el primer hombre que me tocó sin miedo. Juan se acercó, le tomó la mano. Era enorme, pero la apretó con fuerza. No tengo miedo mintió. Ella sonrió otra vez. Mientes mal, vaquero. Pero me gusta. De pronto, un disparo retumbó en la noche. Juan se puso de pie de un salto, buscando su rifle.
Afuera, en la oscuridad, se oían cascos de caballos, muchos y voces. Voces conocidas. “La tenemos rodeada, [ __ ] giganta!”, gritó uno. “Sal con las manos en alto o quemamos la choa Staby se levantó. era aún más impresionante de pie. Su cabeza rozaba el techo. Cogió una barra de hierro que había en el suelo como si fuera un palillo. “Quédate atrás vaquero”, dijo sin mirarlo.
“Esto es cosa mía.” No respondió Juan cargando el rifle. “Ahora es cosa de los dos.” Ella lo miró. Por primera vez brillaron sus ojos con algo que parecía ternura. Entonces pelea conmigo, Juan Tenorio, y si sobrevivimos a esta noche, te voy a enseñar lo que una mujer como yo puede hacer realmente con un hombre como tú. Otro disparo.
La puerta de la choa saltó en pedazos y la giganta salió a la noche como una diosa de venganza con Juan Tenorio a su lado, dispuesto a morir o a pecar como nunca antes lo había hecho. Y así empezó todo. Los cinco hermanos coronel que quedaban llegaron al galope bajo la luna menguante, cinco sombras negras recortadas contra el polvo plateado del desierto.
Traían rifles, escopetas recortadas, machetes y una cuerda de cáñamo grueso que habían usado demasiadas veces. El mayor Anselmo Coronel, el que llevaba la cara llena de cicatrices de viruela y un ojo de vidrio, gritó con voz de borracho, “¡Suelta a la bestia, [ __ ] vaquero o te abrimos como chancho en matadero.” Juan Tenorio salió de la chosa con el Winchester al hombro y el corazón latiéndole tan fuerte que parecía querer saltar del pecho.
A su lado, Stababá, ya no cabía en la puerta, tuvo que agacharse y luego enderezarse afuera. La luz de la luna la bañaba entera. desnuda, sangrante, magnífica. Las heridas que Juan le había vendado ya se abrían otra vez, pero la sangre parecía excitarla más que debilitarla. Los cinco coronel frenaron los caballos en semicírculo.
Las bestias relinchaban, olfateando la muerte que flotaba en el aire. Anselmo escupió al suelo. Te dimos chance de vivir, gigantona. Te queríamos viva, pero ahora, ahora vas a sufrir antes de que te arrastremos. Stabay soltó una carcajada que hizo temblar la tierra. Ustedes son los que van a sufrir, hijo de perra, dijo con esa voz que retumbaba como tambor de guerra. I van a rogar que los mate rápido.
El primero en disparar fue el menor de los coronel, un chamaco de 19 años llamado Chucho, que todavía tenía leche en los labios. La escopeta tronó y los perdigones alcanzaron hasta valle en el vientre y en el muslo izquierdo. Cualquier mujer normal habría caído destrozada. Ella solo rugió, dio un paso adelante y arrancó de raíz el mesquite seco que tenía al lado.
Lo levantó como si fuera una ramita y lo lanzó con toda su fuerza. El tronco voló 30 varas y le pegó al caballo de Chucho en pleno pecho. Caballo y jinete rodaron por el polvo hechos un revoltijo de huesos rotos. Chucho quedó debajo gritando con las piernas aplastadas. Los otros cuatro dispararon al mismo tiempo. Juan se tiró al suelo y rodó detrás de un montón de adobe caído.
Las balas silvaron por encima de su cabeza, levantando astillas y polvo. Cuando levantó la vista, vio hasta Bay corriendo hacia ellos. Corría como un terremoto con piernas. Cada zancada hacía temblar la tierra. Una bala le abrió el hombro derecho, otra le desgarró la oreja izquierda, pero ella no se detuvo. Anselmo intentó girar el caballo.
Demasiado tarde. Stabay lo agarró por el cuello de la camisa y lo levantó del caballo como si fuera un muñeco de trapo. El hombre pataleó en el aire, el ojo de vidrio se le salió y cayó al suelo. Ella lo miró a la cara. ¿Te acuerdas de la muchacha de Babispe?, preguntó. la que tenía 14 años, la que lloraba cuando tú y tus hermanos.
No terminó la frase, apretó el puño. El cuello de Anselmo crujió como rama seca, lo soltó y el cuerpo cayó blandamente al polvo. Los otros tres intentaron huir. No llegaron lejos. Juan se levantó y disparó dos veces. Una bala le voló la cabeza al que iba más adelante, un gordo llamado Pancho Coronel, que siempre llevaba un crucifijo de oro colgando.
La segunda bala le dio en la espalda al que iba al lado, un flaco con bigote de rata. cayó del caballo gritando. Quedaba uno, el más cruel de todos después de Anselmo, refugio coronel, el que decían que le gustaba cortar pedacitos mientras las mujeres aún respiraban, intentó esconderse detrás de su caballo, pero Stabay lo alcanzó en tres ancadas. agarró al animal por la cola y lo lanzó a un lado como si fuera un perro callejero.
El caballo relinchó y salió corriendo. Refugio se quedó solo de rodillas con el machete en la mano temblorosa. Por favor, yoriqueó. Tengo madre. Staba lo levantó con una mano por el cabello. Tu madre va a llorar sangre cuando encuentre lo que quede de ti, dijo. Y lo partió en dos. Lo tomó por la cabeza y por las piernas y lo abrió como si fuera un libro.
Las tripas humeantes cayeron al suelo con un sonido húmedo. El grito de refugio duró solo un segundo. Luego silencio. El desierto volvió a quedarse callado. Solo se oía el jadeo de Staabay y el viento que arrastraba la arena sobre los cadáveres. Juan se acercó despacio. El rifle le temblaba en las manos. Ella estaba de espaldas, los hombros subiendo y bajando, la sangre corriéndole por la piel como ríos rojos.
Se giró lentamente. Tenía la cara salpicada de sangre ajena, los ojos brillando con una luz que no era de este mundo. Juan tragó saliva. “Dios mío”, murmuró. Ella dio un paso hacia él y otro y otro hasta que estuvo frente a él, tan alta que tenía que bajar la cabeza para mirarlo. Le puso una mano ensangrentada en la mejilla. “No invoques a Dios ahora, vaquero”, susurró.
“Esta noche hicimos tratos con otro señor y lo besó. Fue un beso brutal con sabor a sangre, pólvora y muerte. Sus dientes le cortaron el labio a Juan, pero él no se apartó. La abrazó por la cintura o lo que pudo abarcar y respondió con la misma hambre. Ella lo levantó del suelo sin esfuerzo. Sus pies quedaron colgando a media vara del polvo.
Lo apretó contra su pecho desnudo y sangrante. Cuando se separaron, los dos jadeaban. Adentro, ordenó ella. Ahora Juan no discutió. Entraron a la chosa destrozada. La vela se había apagado, pero la luna entraba por el techo roto y bañaba todo de plata. Stabay lo empujó contra la pared de adobe. Juan sintió el impacto en la espalda, pero no le importó.
Ella se arrodilló frente a él, aún así, su cabeza le llegaba al pecho y le arrancó lo poco que le quedaba de ropa. El miembro de Juan ya estaba duro otra vez, palpitando, cubierto de polvo y sangre seca. Ella lo miró con hambre. Esto es por salvarme la vida dijo. Y se lo metió entero a la boca. Juan gritó. Era demasiado grande, demasiado caliente, demasiado todo. La lengua de ella lo envolvía como una serpiente.
Los labios lo succionaban con una fuerza que casi dolía. Sus manos gigantes le apretaban los muslos, dejando moretones. Juan se aferró a su cabello negro y empujó, perdido en una locura de placer. Ella lo llevó al borde en segundos, pero se detuvo. Lo miró con ojos brillantes. Aún no, dijo.
Primero vas a darme lo que necesito. Se levantó y lo empujó al suelo. Juan cayó de espalda sobre una manta vieja llena de pulgas. Ella se puso encima de él, ahorcajadas. Sus muslos lo aplastaron contra el piso. El peso era abrumador, pero delicioso. Bajó despacio, guiándose con una mano. Cuando lo tuvo dentro, soltó un rugido que hizo temblar las paredes. Empezó a moverse. No era hacer el amor, era guerra.
Sus caderas subían y bajaban con violencia. Cada embestida hacía crujir los huesos de Juan. Los pechos gigantes le golpeaban la cara. Los pezones duros como piedras le raspaban la piel. Él se aferró a ellos, los apretó, los mordió hasta sacarle sangre. Ella gritaba de placer y de dolor, palabras en una lengua que Juan no entendía, maldiciones antiguas que olían a tierra y fuego.
Juan sentía que se moría y resucitaba a cada segundo. El placer era tan intenso que dolía como si le arrancaran el alma a pedazos. Ella lo montaba sin piedad. Sus músculos internos lo apretaban y soltaban, lo ordeñaban. El sudor les corría por la piel mezclándose con la sangre. El olor era animal, salvaje, irresistible.
“Más fuerte”, gruñó ella. “Quiero sentirte romperte dentro de mí.” Juan obedeció. Levantó las caderas con toda su fuerza, encontrándose con ella en cada embestida. El sonido de carne contra carne llenaba la chosa, húmedo, obseno, hermoso. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, el cabello negro azotando el aire como una bandera de guerra.
Cuando llegó el clímax, fue como si el mundo se acabara. Stabai se tensó entera. Los músculos se le marcaron bajo la piel como cables de acero. Gritó tan fuerte que Juan creyó que se quedaba sordo. Un río caliente salió de ella empapándolo, quemándolo. Él se derramó dentro con un grito que salió de lo más hondo de sus entrañas, chorro tras chorro, hasta que no quedó nada.
Ella cayó encima de él aplastándolo, pero Juan no quería que se moviera nunca. La abrazó con lo poco que le quedaba de fuerza. Los dos temblaban. El corazón de ella latía contra el suyo como un tambor de guerra que se calma. Después hubo silencio largo. Juan sentía su aliento caliente en el cuello.
Ella le acariciaba el cabello con dedos que podían matar, pero que ahora eran suaves. “Nunca nadie me había hecho sentir así”, susurró ella. Juan no pudo contestar, solo la apretó más fuerte. Durmieron así, abrazados en el suelo frío, cubiertos de sangre, sudor y semen. Afuera, los coyotes aullaban alrededor de los cadáveres de los coronel, pero ninguno se atrevió a acercarse a la chosa.
Al amanecer, Juan despertó con el sol pegándole en la cara a través del techo roto. Stabai ya estaba de pie, lavándose la sangre en una tinaja rota con agua del arroyo. Su cuerpo brillaba bajo la luz dorada. Las heridas ya empezaban a cerrarse solas, como si la muerte no pudiera aferrarse a ella. Juan se levantó dolorido. Cada músculo le gritaba.
Tenía mordidas y moretones por todas partes, pero se sentía más vivo que nunca. Ella lo miró y sonrió. Una sonrisa cansada, pero real. Te marqué, vaquero, dijo. Ahora eres mío. Juan se acercó y la besó suave en los labios. Y tú eres mía, giganta. Ella soltó una carcajada que retumbó en el desierto. Entonces, que tiemble el infierno dijo, porque nadie nos va a separar.
Pero los dos sabían que eso no era verdad, porque en el desierto nada dura para siempre. Y lo que venía era peor que los coronel, mucho peor. El desierto no olvida y el desierto no perdona. Durante las semanas que siguieron a la matanza de los hermanos coronel, la chosa de los lobos se convirtió en un lugar sagrado y maldito al mismo tiempo. Los coyotes no se acercaban.
Los cuervos volaban alto sin posarse. Hasta los lagartos parecían huir de la sombra alargada que proyectaba la giganta cuando salía al sol. Juan estaba y vivían como si cada día fuera el último. Y tal vez lo era. Se despertaban antes del alba cuando el frío todavía cortaba como cuchillo.
Ella salía desnuda al arroyo seco, se arrodillaba y metía la cabeza entera en el pozo que habían cabado juntos con las manos. bebía como camello. Luego se quedaba allí quieta, dejando que el agua le corriera por el cuello y los pechos, limpiando la sangre seca de la noche anterior.
Juan la miraba desde la puerta con el café hirviendo en una lata oxidada, sin poder apartar los ojos de esa espalda enorme llena de cicatrices que parecían mapas de guerras antiguas. Después desayunaban carne de venado que él cazaba y ella asaba en las brasas con una sola mano. Hablaban poco, no hacía falta. Sus cuerpos ya se habían dicho todo lo que las palabras no alcanzan. Pero había noches en que las palabras sí salían, crudas, dolorosas, necesarias.
Una de esas noches, la luna estaba tan llena y tan roja que parecía sangrar sobre las sierras. Estaban tendidos en el suelo sobre una montaña de mantas y pieles de coyote. Stabai tenía la cabeza de Juan apoyada en su vientre duro como piedra y le pasaba los dedos por el cabello despacio como quien acaricia a un niño que sabe que va a perder.
¿De dónde vienes realmente? Preguntó Juan por enésima vez. Ella tardó tanto en contestar que él creyó que no lo haría nunca. de antes, dijo al fin, de cuando los hombres todavía no habían aprendido a tener miedo de lo que no entendían, Juan se incorporó un poco, apoyándose en un codo.
La luz de la fogata danzaba sobre el rostro de ella, haciendo que las cicatrices parecieran ríos de oro líquido. “Habla claro, mujer.” Stabay suspiró. El aire salió de sus pulmones como viento de tormenta. Mi pueblo vivía en las cuevas altas de la sierra Taraumara antes de que llegaran los taraumaras, antes de los tepeones, antes incluso de los acaces. Éramos pocos, muy altos, muy fuertes. Los españoles nos llamaron los gigantes de la barranca del cobre. Nos casaron como animales, quemaron nuestras cuevas.
A los que no mataron los llevaron encadenados a las minas de Chihuahua. Yo era niña. Me escondí en una grieta tan estrecha que ni los perros pudieron olerme. Cuando salí, ya no quedaba nadie, solo yo. Y la rabia. Juan sintió que se le helaba la sangre. ¿Cuántos años tienes? Ella sonrió sin alegría. Lo suficientes para haber visto morir tres siglos, vaquero.
Lo suficiente es para saber que el mundo siempre termina encontrando la forma de destruir lo que no comprende. Se quedaron callados. El fuego crepitaba. Afuera, un coyoteó largo y triste. ¿Y tú, por qué me elegiste a mí?, preguntó Juan con voz ronca. Podrías haber aplastado a los coronel sin mi ayuda. Podrías tener a cualquier hombre de rodillas con solo mirarlo.
Stabay lo miró fijamente. Sus ojos negros reflejaban las llamas como dos pozos de petróleo ardiendo. “Porque tú me miraste como mujer antes de mirarme como monstruo”, dijo. “Y porque cuando tu mano se resbaló no la retiraste con asco, la retiraste con miedo a hacerme daño.” Nadie había hecho eso nunca. Juan sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
Se inclinó y la besó despacio con una ternura que él mismo no sabía que tenía. Ella lo abrazó con cuidado, como quien sostiene algo frágil que no quiere romper. Esa noche hicieron el amor sin prisa, casi con miedo. Él la recorrió entera con la boca, desde la cicatriz que le cruzaba el cuello hasta la que le bajaba por la espalda como un río seco.
Ella temblaba bajo sus labios, algo que nunca había hecho antes. Cuando él entró en ella, lo hizo mirando sus ojos sin apartar la vista ni un segundo. Se movieron despacio, como si cada embestida pudiera ser la última. Cuando llegaron juntos al final, ella lloró. Lágrimas grandes, calientes, que cayeron sobre el pecho de Juan como lluvia de verano.
Después se quedaron abrazados hasta el amanecer, pero el amanecer trajo jinetes. 20 rurales con uniformes raídos y rifles Mauser llegaron levantando una nube de polvo que oscureció el sol. El capitán, un hombre gordo llamado Nepomeno Salazar, con bigote engomado y la cara llena de viruela, bajó del caballo con dificultad y se plantó frente a la chosa.
Juan salió primero con el Winchester en la mano, pero sin apuntar. Stabay salió detrás, desnuda como siempre, tan alta que su sombra cubrió al capitán entero. Salazar abrió la boca para hablar, pero no le salió la voz. Solo miró hacia arriba, hacia arriba, hasta que le dolió el cuello. Sé, señores, balbuceó al fin.
Venimos por los hermanos coronel. Se dice que que hubo una masacre. Juan señaló con la barbilla los huesos blanqueados que todavía colgaban de los mezquites. Ahí tiene lo que queda de ellos. Los coyotes hicieron su trabajo. El capitán tragó saliva. Miró los huesos. Miró hasta Bay. Miró otra vez los huesos. Y esta señora, esta señora dijo Stabay con voz que hizo temblar la tierra es la que los mató. Y este hombre señaló a Juan, “Es quien me ayudó.
Ahora dígame, capitán, ¿viene a arrestarnos o a darnos las gracias?” Salazar se quitó el sombrero. El sudor le corría por la cara, aunque hacía frío. Ni lo uno ni lo otro, señora. Solo, solo queremos hacer el reporte y y advertirles que hay rumores. Rumores malos. ¿Qué clase de rumores? preguntó Juan.
El capitán miró a sus hombres. Ninguno se atrevía a hablar. Dicen que la giganta no es humana, que es un espíritu antiguo, que los brujos de la sierra la reclaman, que si no vuelve por su propia voluntad, vendrán a buscarla. Y esta vez no serán siete bandidos, serán más y traerán cosas que las balas no detienen. Stabay soltó una risa seca. que vengan, dijo, “ya los estoy esperando.
” Los rurales se fueron esa misma tarde sin escribir ni una línea. Nunca se supo si el reporte llegó a Chihuahua o si se perdió en algún cajón polvoriento, pero la advertencia quedó flotando en el aire como olor a tormenta. Y la tormenta llegó tres semanas después, en la noche más oscura del año.
Eran tres vestidos de negro con la cara pintada de blanco como calaveras. Los ojos hundidos y brillantes como carbones. Llegaron caminando descalzos, sin hacer ruido, dejando huellas que humeaban en la arena fría. En la mano llevaban bastones de madera de guayacán tallados con serpientes y jaguares. Juan los vio primero desde la puerta. Sintió que se le helaba la sangre. Axebe susurró. Ella salió.
Al verlos, su rostro cambió. Por primera vez Juan vio miedo de verdad en sus ojos. No dijo, no ellos. Los brujos se detuvieron a 20 pasos. El del centro, el más viejo, con el cabello blanco largo hasta la cintura, levantó su bastón y habló en una lengua que sonaba a piedras chocando. Stabay respondió en la misma lengua. Su voz tembló.
Juan no entendía las palabras, pero entendía el significado. Súplica, amenaza, dolor. El brujo viejo negó con la cabeza, golpeó el bastón contra el suelo. La tierra tembló. Juan sintió que algo le apretaba el pecho, como si unas manos invisibles le estrujaran el corazón. cayó de rodillas jadeando.
Stabay rugió y dio un paso adelante, pero los otros dos brujos levantaron sus bastones al mismo tiempo. Una luz verde y enferma salió de las puntas y la envolvió. Stabai gritó. Empezó a crecer. Creció más y más, rompiendo la choa como si fuera de papel. 10 m. 15 20 Su cabeza se perdió entre las nubes negras. Sus pies hundieron la tierra hasta las rodillas.
El rugido que salió de su garganta fue tan fuerte que los vidrios rotos de la chosa vibraron y se hicieron polvo. Los brujos no se movieron. Ella intentó avanzar, pero las luces verdes la mantenían clavada como cadenas. Sangraba por la nariz, por los oídos, por los ojos.
Cada gota que caía al suelo habría un cráter humeante. Juan, arrastrándose por el polvo, llegó hasta su tobillo gigantesco. Lo abrazó con los dos brazos. Stabai, gritó. Mírame. Ella bajó la cabeza. Sus ojos eran dos lunas llenas de lágrimas. No puedo, dijo con voz que retumbó como trueno. Me están llamando a casa y no quieren que lleve nada humano conmigo.
Juan sintió que el mundo se le derrumbaba. No te voy a soltar, gritó. ¿Me oyes? Nunca. Ella lloró. Lágrimas del tamaño de baldes cayeron sobre él empapándono. “Suéltame, Juan”, suplicó. Si no me sueltas, te van a matar. Juan apretó más fuerte. Pues que me maten. Los brujos cantaron más fuerte. El viento se volvió un huracán. La arena azotaba como metralla.
Stabai cerró los ojos y tomó una decisión. Con un grito que partió el cielo en dos, arrancó sus propios pies de la tierra. La sangre brotó como fuentes. Cayó de rodillas haciendo temblar la tierra en leguas a la redonda. Luego se encogió rápido, dolorosamente, hasta volver a su tamaño normal. Las luces verdes se rompieron como cristal. Los brujos vacilaron.
Ella se levantó tambaleante, sangrando por todas partes. “Él viene conmigo”, dijo con voz rota, pero firme. “O no va nadie. El brujo viejo negó con la cabeza. Los antiguos no permiten impuros dijo en español. Ahora tiene que morir. Stabay miró a Juan. Él asintió. Entonces moriremos juntos dijo ella y cargó.
corrió hacia los brujos con una velocidad imposible para alguien tan herido. El primero intentó levantar el bastón, pero ella lo agarró por el cuello y lo aplastó contra su pecho hasta que los huesos crujieron como leña seca. El segundo lanzó un rayo verde que le abrió un tajo en el costado, pero ella lo ignoró, lo tomó por las piernas y lo partió en dos, como había hecho con refugio coronel. Quedó el viejo. Él no intentó huir, solo sonrió.
Sabía que elegirías mal”, dijo. Y clavó su bastón en la tierra. Un círculo de fuego negro se abrió alrededor de Stab y Juan. Las llamas eran frías, quemaban el alma más que la carne. Stabai cayó de rodillas gritando. Juan corrió hacia ella, pero el fuego lo rechazó. Sintió que algo le arrancaba los recuerdos uno a uno. El rostro de su madre, el olor del mezcal, el primer beso de María Inés, todo se iba.
Stabay lo miró una última vez. Te amo, vaquero dijo con voz que apenas se oía entre las llamas. En esta vida y en todas las que vengan. Y con la poca fuerza que le quedaba, se arrastró hasta Juan, lo abrazó con sus brazos gigantes y lo cubrió con su cuerpo entero. El fuego negro los envolvió. M.