HOMBRE M4TA A SU PAREJA EN PUEBLA — TRAGEDIA POR UN “AMANTE” Y CELOS FUERA DE CONTROL
En Tesiutlán, Puebla, los rumores viajan más rápido que las combis. En Sholoateno, una localidad donde todos se conocen, bastó un comentario de pasillo para que el nombre de Marisol Hernández empezara a circular con ese tono que nadie dice en voz alta, pero todos repiten. Dicen que trae a alguien. Héctor Salgado, su pareja, escuchó esas palabras una y otra vez hasta que dejaron de ser chisme y se volvieron certeza en su cabeza.
El 24 de abril de 2018 caminó directo al local donde ella trabajaba con la mandíbula apretada y los puños cerrados. Minutos después, el único que vio la verdad completa fue Iván, el hijo de Marisol, un niño de 12 años que jamás olvidaría la imagen de Héctor saliendo con el arma en la mano. Marisol Hernández Cruz tenía 29 años y llevaba el peso de su vida con esa entereza callada que tienen las mujeres que aprenden a salir adelante solas.
Era dueña de un pequeño local en Sholoateno, una de esas localidades de Tesutlan, donde las calles se llenan de puestos. Las combis pasan cada 10 minutos y los vecinos se saludan por nombre. El negocio no era gran cosa, pero era suyo. Un espacio donde atendía desde temprano, donde conocía a los clientes de memoria y donde al final del día hacía cuentas en un cuaderno desgastado para saber si alcanzaba para la semana.
Tenía un hijo, Iván, de 12 años. Un chico despierto que después de la escuela la ayudaba a barrer o a acomodar mercancía mientras hacía la tarea en una mesa al fondo del local. La vida de Marisol no era fácil, pero tenía una rutina, un ritmo que le daba cierta estabilidad. Héctor Salgado Ríos, de 32 años, era su pareja desde hacía varios años.
No vivían juntos formalmente, pero él estaba presente. Pasaba por el local, la esperaba algunas tardes, la ayudaba con compras pesadas o con trámites que requerían ir a la cabecera municipal. Era un hombre trabajador, callado la mayor parte del tiempo, pero con rachas de tensión que Marisol había aprendido a detectar en su forma de mirar o en el silencio que dejaba flotar antes de hacer una pregunta.
Al principio esa presencia constante le había parecido señal de compromiso. Con el tiempo empezó a sentirse como vigilancia. Héctor no era violento de golpes, pero sí de preguntas. ¿A qué hora cierras? ¿Quién vino hoy? ¿Por qué no contestaste? Preguntas que al principio parecían interés y después se volvieron interrogatorios.
En Sholo Ateno, donde las casas están pegadas unas a otras y las ventanas dan directo a la calle, todo se sabe o se inventa. Marisol lo sabía, Héctor también. Y eso lo ponía peor, porque en un lugar así, un saludo de más, una risa mal interpretada o un ¿cómo estás? Demasiado amable pueden convertirse en chisme antes de que termine el día.
Y el chisme en una relación con grietas es dinamita. La vida de ambos era la típica de muchas parejas de barrio. Cuentas que no alcanzaban del todo, fines de semana donde había que elegir entre una salida o pagar la luz, rutinas que se repetían sin grandes emociones, pero tampoco sin grandes sobresaltos. Hasta que llegó la sospecha y con ella todo empezó a desmoronarse porque Héctor no necesitaba pruebas.
Le bastaban las miradas, las suposiciones, el comentario suelto de alguna vecina que sin querer o queriendo plantaba una semilla de duda. Y esa semilla creció rápido, alimentada por su propia inseguridad y por esa necesidad de control que muchos hombres confunden con amor. Marisol seguía con su rutina atendiendo el negocio, llevando a Iván a la escuela, tratando de que la vida siguiera su curso.
Pero algo había cambiado. Héctor ya no preguntaba por costumbre, preguntaba por desconfianza. Y en su mirada, Marisol empezó a ver algo que antes no estaba. Miedo disfrazado de rabia. Esa combinación en un hombre que siente que está perdiendo el control es una de las cosas más peligrosas del mundo. La primera grieta no fue un descubrimiento dramático, fue algo pequeño, casi insignificante, pero que en la mente de Héctor se volvió enorme.
Una tarde, mientras Marisol atendía en el local, él pasó sin avisar. Ella estaba con el celular en la mano escribiendo algo y cuando lo vio entrar cerró la aplicación de golpe. No fue un gesto consciente, simplemente la reacción automática de alguien que está concentrado en algo y de pronto es interrumpido. Pero para Héctor ese gesto fue suficiente.
¿Con quién hablas? Preguntó tratando de sonar casual, pero con un tono que ya no engañaba a nadie. Con nadie, Héctor, estoy trabajando, respondió Marisol sin levantar la vista, terminando de anotar algo en su cuaderno. Él no insistió en ese momento, pero la semilla quedó plantada. Esa noche le escribió por WhatsApp, “¿A qué hora cierras? ¿Quién fue hoy? ¿Por qué no me contestaste antes?” Mensajes que llegaban uno tras otro sin esperar respuesta, como si el solo hecho de enviarlos le diera algún tipo de control sobre la situación.Marisol respondía lo que podía entre
cliente y cliente, pero sus respuestas eran cortas, cansadas y eso para Héctor era peor que el silencio, porque interpretaba cada okay, cada luego hablamos, cada demora de 10 minutos en contestar como una confirmación de que algo estaba pasando. Días después, una vecina dejó caer un comentario en la tienda de la esquina donde Héctor había ido a comprar cigarros.
Oye, el otro día vi a Marisol platicando con un tipo en el local. Se quedaron un rato ahí, ¿no? La mujer lo dijo sin malicia, tal vez ni siquiera pensando en las consecuencias, pero Héctor la escuchó como si le hubieran confirmado sus peores temores. No preguntó más, no hacía falta.
En su cabeza ya tenía la historia completa. Marisol lo estaba engañando y todos en Sholoaté no lo sabían, menos él. Esa misma noche, cuando llegó al local antes del cierre, Marisol notó algo diferente en su forma de moverse, de mirarla. ¿Quién vino hoy?, preguntó Héctor de nuevo. Los de siempre, Héctor, ya sabes. Segura. Porque me dijeron que estuviste con alguien.
Marisol levantó la vista confundida. Con alguien. Aquí viene gente todo el día. Héctor, es un negocio. No te hagas. Ya sé que trae a alguien. La conversación no escaló ese día, pero quedó flotando en el aire como humo. Héctor empezó a revisar sus horarios, a preguntar con quién había estado, a exigir que le mandara fotos del local para ver que todo estaba bien.
Marisol al principio trataba de calmarlo, de explicarle que no había nada raro, pero con el tiempo las explicaciones dejaron de funcionar porque cuando alguien ya decidió que lo están traicionando, no importa cuántas veces le digas que no es cierto, la verdad deja de importar. Lo que importa es la versión que esa persona construyó en su cabeza.
Y Héctor ya tenía la suya. En su mente, Marisol lo estaba humillando frente a todo el barrio. Alguien más estaba ocupando su lugar, riéndose de él, probablemente burlándose con ella de lo tonto que era. Esa idea lo carcomía, lo mantenía despierto, lo hacía enviar mensajes a las 3 de la mañana preguntando si ella estaba sola.
Y Marisol, cansada de pelear, empezó a guardar el celular boca abajo, a no contestar tan rápido, a poner distancia. No porque hubiera algo que ocultar, sino porque ya no soportaba la presión. Pero esa distancia, en lugar de calmar las cosas, las empeoró. Porque para Héctor cada silencio era una confirmación, cada respuesta corta era una mentira y cada día que pasaba la rabia crecía.
Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios. ¿Desde qué ciudad estado nos estás viendo? El nombre que empezó a repetirse en las conversaciones de Héctor, en sus reclamos y en sus pensamientos obsesivos era uno. El Tabo Aguilar.
Gustavo o El Tabo, como le decían en el barrio, era un hombre de 30 años que trabajaba en la zona y que cada tanto pasaba por el local de Marisol. No era un desconocido, era un cliente frecuente, alguien que compraba cosas para su casa o para algún trabajo que estuviera haciendo. A veces se quedaba platicando un rato, como hace la gente en los negocios de barrio, donde la compra viene con 5 minutos de conversación sobre el clima, los precios o lo que sea, nada fuera de lo común.
Pero para Héctor, el Tabo no era un cliente, era el hombre que le estaba quitando a Marisol. No tenía pruebas, no había fotos comprometedoras, ni mensajes explícitos, ni testigos de nada concreto. Lo que había eran miradas interpretadas, likes en Facebook que Héctor revisaba una y otra vez y la sensación de que cuando el Tabo llegaba al local, Marisol se ponía de mejor humor. Eso era suficiente para él.
Había visto como Marisol se reía de algo que el Tabo decía, cómo le daba el cambio con una sonrisa, cómo no parecía cansada cuando hablaba con él. Y eso en la cabeza de Héctor solo podía significar una cosa. Una tarde, Héctor llegó al local justo cuando el Tabo estaba saliendo. Se cruzaron en la puerta.
El Tabo lo saludó con un ¿Qué onda? Casual, sin darle mayor importancia. Héctor apenas asintió con la mandíbula tensa y entró directo sin decir nada. Marisol estaba guardando el dinero de la venta. ¿Qué hacía ese?, preguntó Héctor tratando de sonar tranquilo, pero fallando. Vino a comprar Héctor, ¿qué más va a mam hacer? Se quedó un buen rato porque estaba eligiendo unas cosas. No inventes.
Héctor no respondió. se quedó ahí parado, mirándola como si esperara que ella confesara algo. Marisol suspiró, cerró la caja y siguió con lo suyo. Ya estaba cansada de esas escenas, pero Héctor no podía dejarlo ir. Esa noche buscó el perfil de El Tabo en Facebook. Revisó sus fotos, sus publicaciones, sus amigos.
Buscó cualquier señal de conexión con Marisol. No encontró nada obvio, pero tampoco lo necesitaba. En su mente, la traición ya estaba confirmada. Empezó a preguntar enel barrio. Le preguntó a doña Chela, la vecina que siempre estaba al tanto de todo. Oye, Chela, ¿tú has visto a Marisol con alguien? Doña Chela, una mujer de 56 años que conocía cada chisme de Sholo Ateno, lo miró con esa mezcla de lástima y curiosidad que tienen las personas cuando saben que alguien ya perdió el control.
Pues la he visto con varios. Héctor, es su negocio. Vagente todo el día. No me refiero a alguien que se quede mucho rato. Un tal Tabo. Doña Chela hizo memoria. Ah, sí, ese güey sí pasa seguido, pero no sé, yo no he visto nada raro. Para Héctor eso fue suficiente. El tabo pasaba seguido. Eso confirmaba todo.
No importaba que doña Chela hubiera dicho que no vio nada raro. Lo que importaba era que ella había confirmado que el Tabo estaba ahí en el local cerca de Marisol. A partir de ese momento, cada vez que Héctor veía a El Tabo en la calle, sentía una mezcla de humillación y rabia. Sentía que todos lo miraban, que todos sabían que su mujer lo estaba traicionando.
Y lo peor de todo era que no podía hacer nada sin pruebas. No podía enfrentarla sin que ella lo negara. no podía reclamarle a El Tabo sin quedar como un loco celoso. Así que la rabia se fue acumulando día tras día, conversación tras conversación, like tras like, y en algún punto Héctor dejó de buscar la verdad.
Lo que buscaba era una oportunidad para hacer algo con esa rabia, porque ya no importaba si Marisol realmente lo estaba traicionando o no. En su mente la traición era real y alguien tenía que pagar por eso. Las peleas dejaron de ser ocasionales y se volvieron parte de la rutina. Héctor llegaba al local sin avisar, a cualquier hora, con cualquier excusa.
“Vine a ver cómo estás”, decía. Pero lo que realmente hacía era vigilar. se quedaba ahí sentado en una silla mirando quién entraba, quién salía, cuánto tiempo se quedaba cada persona. Marisol trataba de seguir trabajando como si nada, pero la presencia de Héctor la ponía tensa. Sabía que cualquier gesto, cualquier palabra, cualquier cliente que se quedara un minuto de más podía desatar una escena y las escenas empezaron a ser cada vez más frecuentes.
Una tarde, un señor mayor llegó a comprar y se puso a platicar con Marisol sobre el precio de no sé qué cosa. Héctor, desde su silla no dejaba de mirarlos. Cuando el señor se fue, explotó. ¿Qué tanto le reías? Héctor era un cliente. ¿Qué quieres que haga? ¿Que los atienda con cara de funeral? Te vi. Le estabas coqueteando.
Estás loco. Marisol ya no tenía paciencia para esas discusiones. Héctor, en cambio, cada vez estaba más seguro de que ella lo estaba engañando. Los mensajes de WhatsApp se multiplicaron. Le escribía a cada rato, “¿Dónde estás? Mándame una foto del local. ¿Con quién estás?” Si Marisol tardaba en contestar, aunque fueran 10 minutos, llegaban más mensajes.
¿Por qué no contestas? ¿Qué estás haciendo? Te estoy hablando. Marisol empezó a sentir que no tenía un segundo de paz. Si no era en persona, era por teléfono. Si no era por teléfono, eran las miradas de Héctor cuando llegaba al local. empezó a guardar el celular boca abajo para no tener que ver los mensajes todo el tiempo, pero eso solo empeoró las cosas porque Héctor lo interpretaba como una señal de que estaba ocultando algo.
En el barrio la situación no pasó desapercibida. Doña Chela, que vivía a unas casas del local, empezó a anotar los gritos. “Ayer los oí peleando otra vez”, le comentó a una vecina. Ese Héctor está cada vez más celoso. Un día va a pasar algo feo. Otra vecina que tenía un puesto cerca también lo notó. Ese hombre ya no es el mismo.
Antes era tranquilo, pero ahora anda como loco. Se la pasa vigilándola. Las señales estaban ahí, visibles para cualquiera que quisiera verlas. Pero nadie hizo nada porque en lugares como Sholo Ateno, los problemas de pareja se consideran asuntos privados. No te metas, es la regla no escrita. Ellos sabrán lo que hacen.
Así que la escalada siguió su curso. Héctor empezó a llegar borracho algunas noches tocando la puerta de Marisol a las 2 de la mañana exigiendo hablar. Ella dejó de abrirle. Entonces él se quedaba afuera gritando, “Sé que estás con alguien. Ábreme o te juro que rompo la puerta.” Los vecinos escuchaban, pero nadie salía.
Una tarde, Héctor le dijo algo a Marisol que después pesaría en la investigación. Estaban en el local solos. Él había llegado con esa mirada que Marisol ya conocía, esa mezcla de rabia contenida y tristeza disfrazada. “Si me entero de que me estás viendo la cara, te juro que no sé qué voy a hacer”, le dijo con la voz baja pero firme.
Marisol sintió un escalofrío. No era la primera vez que Héctor decía cosas así. Pero esta vez sonó diferente. Sonó como una amenaza real. Héctor, ya basta. No hay nada. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? No me mientas. Ya sé que hay alguien más. Marisol no respondió. Ya no tenía sentido seguirexplicando. Héctor no quería escuchar.
Lo que quería era confirmar su versión de los hechos y nada de lo que ella dijera iba a cambiar eso. Los días siguientes fueron peores. Héctor empezó a seguirla cuando salía del local. Marisol lo notaba, lo veía a lo lejos caminando detrás de ella. Una vez él cortó el paso en la calle. ¿A dónde vas? A la casa de mi mamá, Héctor.
Déjame en paz. No te creo. Marisol lo esquivó y siguió caminando con el corazón acelerado. Sentía que algo malo iba a pasar, pero no sabía qué. No sabía cuándo. Solo sabía que Héctor ya no era el hombre que ella conoció. Era alguien más, alguien peligroso. Y lo peor de todo era que no tenía a dónde ir, no tenía cómo escapar.
Porque en Sholoateno todos conocían a Héctor y nadie iba a meterse en un problema que no era suyo. Así que Marisol siguió con su rutina atendiendo el local, llevando a Iván a la escuela, tratando de que todo pareciera normal, pero por dentro sabía que algo estaba a punto de romperse y cuando eso pasara ya no habría vuelta atrás.
El 24 de abril de 2018 amaneció como cualquier otro día en Sholoateno. Marisol abrió el local a la hora de siempre, acomodó la mercancía, barrió la entrada. Iván había ido a la escuela como todos los días. Todo parecía normal, pero Marisol tenía esa sensación incómoda en el estómago que aparece cuando algo está mal, pero no se sabe qué.
Héctor había pasado la noche anterior mandándole mensajes, mensajes largos. confusos, donde mezclaba reclamos con declaraciones de amor, amenazas con súplicas. “Te amo, pero me estás matando”, decía uno. “Si me entero de algo, no respondo”, decía otro. Marisol los leyó sin contestar. Ya no sabía qué decirle. La tarde avanzó lenta.
Algunos clientes pasaron, compraron lo suyo, se fueron. Marisol atendía mecánicamente con la mente en otro lado. Estaba cansada, cansada de las peleas, de los reclamos, de vivir con esa presión constante. Pensaba en terminar la relación, pero no sabía cómo. Sabía que Héctor no iba a aceptarlo, que iba a hacer un escándalo, que tal vez hasta la iba a buscar más.
Así que seguía ahí, atrapada en una situación que no sabía cómo resolver. Eran alrededor de las 5 de la tarde cuando Héctor apareció. No tocó, no saludó, simplemente entró al local con esa expresión que Marisol ya conocía. Mandíbula apretada, mirada fija, manos cerradas en puños. “Necesitamos hablar”, dijo.
Marisol sintió cómo se le hacía un nudo en el estómago. Héctor, estoy trabajando. Me vale. Necesitamos hablar ahorita. Algunos clientes que estaban ahí empezaron a notar la tensión. Una señora que estaba eligiendo algo se acercó al mostrador rápido, pagó y salió sin decir nada. Otro hombre que había entrado detrás de Héctor se quedó cerca de la puerta, incómodo, sin saber si quedarse o irse.
Héctor cerró la puerta del local, no con llave, pero la cerró. Marisol sintió pánico. Héctor, abre esa puerta. Primero me dices la verdad. ¿Cuál verdad? Ya te dije 1 veces que no hay nada. Mentirosa. Ya sé todo. Me lo contaron. ¿Qué te contaron? ¿Quién te dijo qué? Héctor no respondió. Estaba temblando con los ojos vidriosos. Marisol no sabía si era por rabia o por alcohol. Probablemente ambas.
La discusión empezó a subir de tono. Héctor gritaba. Marisol trataba de calmarlo. El cliente que se había quedado cerca de la puerta salió corriendo buscando ayuda. Afuera, algunos vecinos empezaron a asomarse, pero nadie se acercaba. Nadie quería meterse en medio de una pelea de pareja.
Lo que pasó en los siguientes minutos es algo que solo dos personas vieron con claridad, Héctor y Marisol. Y de esos dos, solo uno quedó vivo para contarlo. En algún momento, Héctor sacó un arma. No se sabe si la traía desde el principio o si la tenía escondida en algún lugar del local. Lo que se sabe es que la sacó y que Marisol, al verla intentó retroceder.
Gritó, tal vez pidió ayuda. Tal vez trató de razonar con él. No sirvió de nada. Los disparos se escucharon en toda la cuadra. Dos, tal vez tres. El sonido hizo que los vecinos se tiraran al suelo, que los que estaban en la calle corrieran a esconderse. Doña Chela, que estaba en su casa, salió corriendo hacia el local, pero se detuvo a medio camino cuando vio a Héctor salir.
Iba caminando rápido, con la cabeza agachada, con algo en la mano. Doña Chela no se acercó, se quedó ahí, paralizada, viendo como Héctor desaparecía por una calle lateral. Adentro del local, Marisol estaba en el suelo. No se movía. Había manchas rojizas en el piso, en las paredes, en algunos productos. Todo había pasado en menos de 5 minutos.
Iván, que había salido de la escuela y estaba llegando al local, escuchó los disparos desde la esquina. Corrió. Cuando llegó a la puerta, vio a su mamá en el suelo. Gritó su nombre. Entró corriendo tratando de ayudarla, pero no sabía qué hacer. Estaba en shock, llorando, gritando.
Unvecino lo agarró del brazo y lo sacó del local. No veas, mijo, no veas. Pero Iván ya había visto y esa imagen no se la iba a quitar nadie. El caos que siguió a los disparos fue como un hormiguero al que le acaban de tirar una piedra. La gente salió de sus casas, corrió hacia el local, se asomó desde las ventanas, algunos con celulares grabando, otros simplemente paralizados, sin saber qué hacer.
Doña Chela fue una de las primeras en hablar con la policía cuando llegaron. Minutos después. Yo lo vi salir, dijo todavía temblando. Iba rápido, como descompuesto. Traía algo en la mano. Creo que era el arma. Le preguntaron cómo iba vestido. Pues traía una playera oscura, creo, o tal vez era sudadera, no me acuerdo bien.
Todo pasó muy rápido. Esa confusión era típica. Los testigos presenciales rara vez tienen la memoria fotográfica que se ve en las películas. Ven lo que pueden. Recuerdan lo que el miedo y la adrenalina les permiten. Pero aunque los detalles fueran borrosos, una cosa estaba clara. Héctor había estado ahí y había salido del local con el arma.
Otro vecino, un señor que tenía un puesto de frituras a unos metros, también dio su versión. Ese Héctor ya venía mal desde hace días. Lo escuché decir varias veces que si la agarraba con alguien no iba a responder. Yo pensé que eran puras habladurías. Ya sabes cómo es la gente cuando está celosa.
Pero parece que sí lo decía en serio. Una mujer que vivía justo arriba del local contó lo que escuchó. Primero fueron gritos. Él gritaba algo. Ella trataba de calmarlo. Luego todo se puso en silencio un segundo y después, pum, pum. Yo me tiré al suelo. Mi esposo me jaló para que no me asomara. Cuando ya no se oía nada, bajé corriendo y vi al niño llorando afuera.
Eso fue lo más feo, ver al niño así. Iván estaba en shock. Lo habían sentado en la banqueta, envuelto en una cobija que alguien le dio, aunque no hacía frío. Temblaba, no hablaba, solo miraba la puerta del local con los ojos vacíos. Un familiar de Marisol había llegado antes que la policía y fue quien llamó al número de emergencias. La llamada quedó grabada.
Mi sobrina, creo que la mataron. Vengan rápido, por favor. Hay un niño aquí. Está llorando. No sé qué hacer. La operadora le pidió que se tranquilizara, que le diera la dirección exacta, que no tocara nada dentro del local. El agresor sigue ahí. No, se fue. Se fue caminando. Alguien lo vio.
¿Saben quién es? Sí, es la pareja de ella. Héctor se llama Héctor. Cuando llegaron las primeras patrullas, acordonaron la zona. Los vecinos seguían ahí amontonados tratando de ver qué pasaba. Algunos lloraban, otros simplemente miraban en silencio. Doña Chela estaba sentada en una silla que alguien le trajo secándose las lágrimas con un pañuelo.
Yo la conocía desde que era chiquilla, decía entre soyosos. Era buena muchacha, trabajadora y ese desgraciado la mató por puras ideas que se metió en la cabeza. Un joven que estaba cerca del local cuando pasó todo también habló con la policía. Yo vi cuando él entró, venía con una cara. No sé cómo explicarlo. Como si ya tuviera todo decidido.
No saludó a nadie, no volteó a ver a nadie, solo entró directo. Le preguntaron si había visto el arma antes de que entrara. No, no vi nada, pero traía las manos en los bolsillos. Tal vez la traía ahí. Todos los testimonios se iban sumando, armando un rompecabezas confuso, pero que empezaba a tener forma. Héctor había llegado al local alrededor de las 5 de la tarde.
Había entrado con actitud agresiva, había cerrado la puerta, había discutido con Marisol, había disparado, había salido caminando rápido y nadie lo había detenido. Esa última parte era la que más pesaba porque varios vecinos lo vieron salir y nadie hizo nada. No por maldad, sino por miedo. Porque cuando ves a un hombre saliendo de un lugar con un arma en la mano, el instinto te dice que te quedes quieto, que no te metas, que sobrevivas.
Así que Héctor caminó por las calles de Sholoateno sin que nadie lo tocara, sin que nadie lo siguiera, sin que nadie intentara detenerlo. Y para cuando la policía llegó, ya no había rastro de él. Los primeros en llegar fueron los paramédicos. Entraron al local con el equipo de emergencia, pero en cuanto vieron la escena supieron que ya no había nada que hacer.
Marisol estaba en el suelo sin signos vitales. Uno de los paramédicos salió a hablar con el familiar que había hecho la llamada. No dijo mucho, solo negó con la cabeza. El familiar se desplomó gritando. Ese grito se escuchó en toda la cuadra. Minutos después llegó la policía municipal y con ellos oficiales de la policía estatal.
Acordonaron el perímetro con cinta amarilla. Empezaron a alejar a los curiosos. Alguien trajo a Iván a un lado, lejos de la escena, pero el niño seguía mirando hacia el local. No lloraba ya, solo miraba con esa expresión vacía que tienen las personascuando el cerebro se desconecta para protegerse del dolor.
Un oficial se acercó a doña Chela, que seguía ahí sentada. “Señora, ¿usted vio algo?” “Sí, yo lo vi salir. Era Héctor, el novio de Marisol. Salió corriendo o caminando rápido, no sé. Traía algo en la mano. ¿Puede describirlo? Pues tiene como 30 y tantos, moreno, pelo corto, barba. Traía una playera oscura, creo, pero ya le digo, todo pasó muy rápido.
El oficial anotó todo en una libreta. Otros oficiales estaban entrevistando a más vecinos, tomando fotos con sus celulares, esperando a que llegaran los peritos, porque esto ya no era un simple pleito de pareja, era una escena de homicidio. El Ministerio Público fue notificado de inmediato. En menos de una hora llegó un equipo de la fiscalía con peritos criminalísticos.
Entraron al local con trajes especiales, guantes, cámaras. Empezaron a documentar todo, la posición del cuerpo, las manchas en el piso, los proyectiles, los casquillos si es que había alguno. Todo se fotografió, se midió, se registró. Afuera la gente seguía ahí. Algunos ya se habían ido, pero otros se quedaron esperando saber más.
Un periodista local llegó con una cámara y empezó a grabar. Los policías lo alejaron, pero él siguió grabando desde la otra calle. Al día siguiente, la noticia saldría en los medios locales. Feminicidio en Sholoateno, Tesiutlán, mujer asesinada por su pareja en su propio negocio. El agresor se encuentra prófugo. Mientras tanto, Héctor seguía sin aparecer.
Los policías empezaron a buscar en casas de familiares, de amigos, en cantinas, en hoteles baratos. pusieron su descripción en todas las patrullas de la zona, pero en esas primeras horas no hubo rastro de él y eso complicaba todo, porque sin el agresor, sin el arma, la investigación se tenía que sostener en testimonios, en evidencia indirecta, en reconstrucciones.
Los peritos encontraron proyectiles incrustados en la pared. Eso confirmaba que hubo disparos. Obviamente encontraron rastros de pólvora en algunas superficies. Hicieron un croquis de la escena marcando dónde estaba el cuerpo, desde dónde se habían hecho los disparos, la trayectoria probable. Todo eso se documentó en un informe que después se usaría en el juicio.
También revisaron el celular de Marisol, estaba ahí en el mostrador con la pantalla rota. Los peritos lo guardaron en una bolsa de evidencia. Más tarde, los técnicos de la fiscalía lo analizarían y encontrarían los mensajes de Héctor. Mensajes que mostraban un patrón claro de acoso, de control, de amenazas. Mensajes que pintaban un retrato de un hombre que había perdido la razón.
Mientras todo esto pasaba, Iván fue llevado a la casa de un familiar. No podía quedarse ahí viendo cómo sacaban a su mamá del local. en una bolsa negra. Un psicólogo de la fiscalía lo acompañó siguiendo el protocolo para menores víctimas o testigos de delitos violentos. Le hicieron preguntas suaves, sin presionarlo, tratando de que contara lo que había visto sin traumatizarlo más de lo que ya estaba. Iván habló poco.
Dijo que había visto a Héctor salir del local con algo en la mano. Dijo que su mamá estaba en el suelo. Dijo que había gritado, pero que nadie lo escuchó. Eso fue suficiente porque Iván no solo era un testigo, era la prueba viviente de que Héctor había estado ahí en ese momento con el arma y eso en un caso donde el agresor había huído era fundamental.
Héctor apareció dos días después. No lo encontraron. Él se entregó. Llegó caminando a una comandancia de policía estatal en Tutlán, sin abogado, sin nada. entró con la cabeza agachada y dijo, “Vengo a entregarme.” Yo fui. Los oficiales lo esposaron de inmediato y lo llevaron a un cuarto de interrogatorios. Antes de hacerle cualquier pregunta, le leyeron sus derechos.
Tenía derecho a guardar silencio, a tener un abogado, a que todo lo que dijera podía ser usado en su contra. Héctor asintió, pero empezó a hablar de todas formas. Su versión fue confusa desde el principio. Primero dijo que sí había ido al local, pero que solo quería hablar, que no tenía planeado hacerle daño a nadie, que llevaba el arma para protegerse porque últimamente se sentía amenazado.
Amenazado por quién, preguntó el agente del Ministerio Público. Por ella, por Marisol y por el otro, el que la andaba viendo. El otro tiene nombre, el Tabo. Gustavo, ese cabrón. El agente anotó todo. Le preguntó qué había pasado exactamente en el local. Héctor empezó a dar detalles, pero los detalles no cuadraban.
Dijo que había llegado alrededor de las 6 de la tarde, pero los testigos lo habían visto llegar a las 5. Dijo que Marisol lo había atacado primero, que había tratado de quitarle el arma, pero la posición del cuerpo y las heridas no coincidían con esa versión. dijo que solo había disparado una vez en defensa propia, pero los peritos habían encontrado evidencia de al menos dos disparos.
Cada vez que lopresionaban, Héctor cambiaba algo de su historia. Primero decía una cosa, luego otra. Se contradecía, se enredaba, se ponía nervioso y mientras más hablaba, peor se veía. El arma nunca apareció. Héctor dijo que la había tirado en un terreno valdío de camino a su casa, pero cuando los policías fueron a buscarla no encontraron nada.
Dijo que tal vez alguien la había agarrado o que tal vez se había equivocado de lugar o que no se acordaba bien. Nada de eso ayudaba a su caso. Mientras Héctor era interrogado, los investigadores seguían juntando piezas. Revisaron su celular, encontraron los mensajes que le había mandado a Marisol en las semanas previas, mensajes que mostraban un patrón claro, celos, control, amenazas.
Si me entero de algo, no respondo. Te juro que un día me vas a sacar de mis casillas. Ya sé que me estás viendo la cara. No te hagas. Los mensajes eran muchos, algunos enviados a las 3 de la mañana, otros a mitad del día, todos con el mismo tono obsesivo, posesivo. También revisaron su historial de llamadas.
Héctor había llamado a Marisol más de 20 veces el día del crimen. Ella solo había contestado tres. Eso cuadraba con lo que los vecinos habían dicho, que Marisol ya estaba harta, que ya no quería lidiar con él. Los registros de las antenas de celular mostraban que Héctor había estado en Sholoateno justo a la hora del crimen.
Su celular había hecho ping en una antena cercana al local de Marisol alrededor de las 5 de la tarde. Después había hecho ping en otra antena más lejos en dirección hacia donde él vivía. Eso confirmaba que había estado ahí y que había huido después. Héctor trató de decir que eso no probaba nada, que él pasaba por ahí seguido, pero los investigadores ya tenían suficiente.
Tenían testigos que lo habían visto entrar al local. Tenían a Iván, que lo había visto salir con el arma. Tenían los mensajes, las llamadas, la ubicación del celular. Tenían las contradicciones en su propia versión y tenían el cuerpo de Marisol con heridas que no coincidían con lo que Héctor decía. El Ministerio Público armó la carpeta de investigación con todo eso.
La acusación fue clara. feminicidio, no homicidio simple, no homicidio en riña, no homicidio pasional, feminicidio, porque Héctor no había matado a Marisol en un arrebato sin motivo. La había matado porque sentía que tenía derecho sobre ella, porque no aceptaba que ella pudiera tener vida propia, porque los celos y el control lo habían consumido hasta el punto de quitarle la vida.
Y la ley mexicana, que en los últimos años había endurecido las penas para este tipo de crímenes, no iba a ser indulgente. La pieza clave que terminó de cerrar el caso no fue un descubrimiento dramático de última hora, fue algo mucho más simple, el testimonio de Iván, el niño de 12 años que había visto a su mamá en el suelo, que había visto a Héctor salir con el arma, que había gritado sin que nadie lo escuchara.
Ese niño era la prueba más sólida que tenía la fiscalía, pero tomar su declaración no fue fácil. Iván estaba traumatizado. Los primeros días después del crimen no hablaba. Se quedaba sentado en la casa de su abuela, mirando la pared, sin comer, sin dormir bien. Los psicólogos de la Procuraduría trabajaron con él durante semanas siguiendo protocolos especiales para menores víctimas de violencia.
No podían presionarlo, no podían hacerle preguntas directas que lo revictimizaran. Tenían que dejar que él hablara a su ritmo con sus propias palabras. Y poco a poco, Iván empezó a contar lo que había visto. dijo que ese día había salido de la escuela como siempre, que iba caminando hacia el local de su mamá, que escuchó ruidos fuertes como cohetes, pero que después se dio cuenta de que no eran cohetes, que cuando llegó al local vio a Héctor saliendo, que Héctor traía algo en la mano, algo negro, que Héctor lo vio y por un segundo Iván pensó que
también le iba a disparar, pero Héctor solo lo miró con los ojos rojos. y siguió caminando. Iván entró al local y vio a su mamá en el suelo. Gritó su nombre. Trató de levantarla, pero no se movía. Alguien lo sacó de ahí. Eso fue lo último que recordaba con claridad. Ese testimonio fue grabado en video con la presencia de un representante legal del menor y un psicólogo.
Después fue transcrito y agregado a la carpeta de investigación y cuando el abogado defensor de Héctor intentó desacreditarlo argumentando que era solo un niño traumatizado cuya memoria no era confiable, la jueza rechazó el argumento porque Iván no estaba inventando nada. Su relato coincidía con los testimonios de los vecinos, con la evidencia forense, con los registros de las cámaras, porque sí había cámaras, no dentro del local de Marisol, pero sí en un negocio cercano, una tienda que tenía una cámara de seguridad apuntando hacia la calle. La
calidad de la imagen no era buena, erade esas cámaras baratas que graban en resolución baja y en blanco y negro. Pero alcanzaba a verse algo. Se veía a un hombre entrando al local de Marisol alrededor de las 5 de la tarde. Se veía minutos después al mismo hombre saliendo rápido con algo en la mano.
La imagen no era suficiente para identificarlo con certeza absoluta, pero cuando la mostraron junto con las otras pruebas, todo encajaba. Los peritos también encontraron residuos de pólvora en la ropa de Héctor. Cuando lo detuvieron, estaba usando la misma playera que traía el día del crimen. La había lavado, pero no lo suficiente.
Los rastros seguían ahí, microscópicos, pero detectables. Eso probaba que él había disparado un arma recientemente. Héctor trató de explicarlo diciendo que había ido a un campo de tiro días antes, que por eso tenía pólvora en la ropa, pero no pudo presentar ningún recibo, ningún testigo, ninguna prueba de que eso fuera cierto.
Y aunque lo fuera, no cambiaba el hecho de que todos los demás elementos lo señalaban como el responsable. La fiscalía también llamó a declarar a El Tabo, el supuesto amante. Gustavo Aguilar llegó nervioso a la audiencia, sin saber bien qué estaba pasando. Le preguntaron si tenía una relación sentimental con Marisol. Dijo que no, que solo era cliente del local, que a veces platicaban, pero nada más.
Le preguntaron si Héctor lo había amenazado alguna vez. Dijo que no directamente, pero que una vez lo había visto y le había hecho una seña rara. como de advertencia. ¿Qué tipo de seña? Pues así dijo el Tabo pasándose el dedo por el cuello como diciendo, “Te voy a matar o algo así.” Ese detalle se agregó al expediente.
No probaba nada por sí solo, pero sumado a todo lo demás pintaba un cuadro claro. Héctor estaba obsesionado, había perdido el control y había actuado con premeditación porque no fue un impulso del momento. Héctor había llevado el arma al local, había cerrado la puerta, había disparado y había huído. Todo eso requería un mínimo de planeación, por más rudimentaria que fuera, y la ley mexicana no perdona eso.
El juicio de Héctor Salgado Ríos comenzó varios meses después del crimen. Para entonces, él ya llevaba tiempo en prisión preventiva, esperando que la justicia siguiera su curso. Su abogado defensor intentó varias estrategias. Primero trató de argumentar que había sido un homicidio pasional, que Héctor había actuado en un estado de emoción violenta causado por los celos.
En México ese argumento a veces funcionaba para reducir penas, pero ya no tanto como antes, especialmente después de que se tipificara el feminicidio como un delito agravado. La fiscalía argumentó que no se trataba de un simple crimen pasional, que Héctor había ejercido violencia sistemática contra Marisol durante semanas, que los mensajes, las llamadas, las amenazas, todo mostraba un patrón de control y acoso, que el crimen no fue un arrebato, sino la culminación de ese patrón y que Marisol había sido asesinada
precisamente porque era mujer, porque Héctor sentía que tenía derecho sobre ella, derecho a controlarla, derecho a matarla si ella no se sometía. La jueza escuchó todos los testimonios. Escuchó a los vecinos, a doña Chela, a El Tabo, a los peritos, a los policías. vio el video con la declaración de Iván, que para ese momento ya tenía 13 años, pero que seguía marcado por lo que había vivido.
La jueza también escuchó a Héctor. Él subió al estrado con el uniforme de la prisión, esposado con la mirada baja. Su abogado le hizo preguntas tratando de humanizarlo, demostrar que era una persona que había cometido un error terrible, pero que no era un monstruo. Héctor lloró. dijo que se arrepentía, que nunca quiso que las cosas llegaran tan lejos, que amaba a Marisol, que todo había sido culpa de los celos, que si pudiera regresar el tiempo lo haría diferente.
El Ministerio Público lo confrontó en el contrainterrogatorio. Le preguntó por qué, si la amaba tanto le había quitado la vida. Le preguntó por qué había llevado un arma al local. le preguntó por qué después de dispararle había huído en lugar de pedir ayuda. Le preguntó por qué había lavado la ropa, por qué había tirado el arma, por qué había mentido en sus primeras declaraciones.
Héctor no supo que responder. Se quedó callado con la cabeza entre las manos. Cuando llegó el momento del veredicto, la sala estaba llena. Familiares de Marisol en un lado, algunos conocidos de Héctor en el otro. Iván no estaba ahí. Su familia decidió que no era sano para él estar presente.
La jueza leyó la sentencia con voz firme. Encontró a Héctor Salgado Ríos, culpable de feminicidio agravado. La pena fue de 45 años de prisión. Además, se le impuso una multa equivalente a varios días de salario mínimo. Aunque el monto exacto no importaba mucho, Héctor no tenía dinero. También se le ordenó pagar reparación del daño a los familiares deMarisol, específicamente a Iván, que había quedado huérfano.
Esa reparación incluía gastos funerarios, terapia psicológica y una compensación económica que probablemente nunca se pagaría en su totalidad, pero que al menos quedaba asentada legalmente. Cuando la jueza terminó de leer, hubo silencio. Después, algunos familiares de Marisol empezaron a llorar. No de alivio, porque ninguna sentencia devuelve a los muertos, sino de agotamiento.
De saber que al menos esa parte había terminado. Héctor fue llevado de vuelta a prisión. Su abogado intentó apelar, pero la apelación fue rechazada. La sentencia quedó firme. 45 años en una prisión estatal. Si cumplía la totalidad de la pena, saldría cuando tuviera 77 años. Pero lo más probable era que muriera adentro, porque las condiciones en las cárceles mexicanas no son fáciles y 45 años es casi una sentencia perpetua.
Los medios locales cubrieron el juicio. Las notas hablaban de justicia para Marisol, de un feminicida menos en las calles. Pero para quienes realmente vivieron el caso, la justicia se sentía incompleta porque Marisol seguía muerta. Iván seguía sin mamá y Héctor en su celda seguía sin entender realmente lo que había hecho, porque para él todo seguía siendo culpa de los celos, de el tabo, de las circunstancias.
Nunca aceptó que el problema real había sido él, su incapacidad de dejar ir, su necesidad de control, su violencia. Los años que siguieron al juicio no fueron fáciles para nadie. Héctor Salgado cumplía su condena en una prisión estatal de Puebla en condiciones que no vale la pena detallar porque no son el punto de esta historia.
Lo importante es que estaba ahí, lejos de Sholoateno, lejos de los lugares donde alguna vez creyó que tenía control sobre algo. Adentro, según algunos reportes, no le iba bien. Los otros internos sabían por qué estaba ahí. Y en las cárceles hay una jerarquía invisible donde los feminicidas no están en el escalón más alto. Héctor aprendió eso rápido.
Para 2024 llevaba 6 años encerrado. Le faltaban 39 más. Iván, por su parte, creció de golpe. A los 12 años perdió a su mamá. A los 13 tuvo que declarar en un juicio. A los 14 empezó a vivir con su abuela tratando de reconstruir una vida que se había roto en pedazos. La terapia ayudó, pero solo hasta cierto punto.
Hay cosas que no se superan, solo se aprende a vivir con ellas. Iván, ahora con 18 años terminó la preparatoria. Algunos días eran mejores que otros. Algunos días se despertaba y podía pensar en otras cosas. Otros días lo único que veía al cerrar los ojos era la imagen de su mamá en el suelo del local. La familia de Marisol nunca volvió a abrir el negocio.
El local quedó cerrado con las ventanas tapadas con madera. Los vecinos pasaban por ahí y lo veían como un recordatorio de lo que había pasado. Nadie quería rentar ese espacio. Nadie quería poner ahí su propio negocio. Estaba marcado. Doña Chela seguía viviendo en la misma casa. A veces, cuando alguien nuevo llegaba al barrio y preguntaba qué había pasado en ese local cerrado, ella contaba la historia, no con morvo, sino con tristeza.
Ahí mataron a una muchacha hace unos años. Su pareja la mató por celos. Puras ideas que se metió en la cabeza. El niño lo vio todo. La gente escuchaba, asentía y seguía su camino. Porque en Sholoateno, como en tantos otros lugares, la vida sigue. Los puestos siguen abriendo, las combis siguen pasando, la gente sigue con sus rutinas, pero hay cicatrices que no se borran.
El Tabo también siguió con su vida. Nunca tuvo nada que ver realmente con Marisol, pero el hecho de que su nombre apareciera en el caso lo marcó. Algunos lo miraban diferente, como si de alguna forma él tuviera parte de la culpa, como si haber sido el objeto de los celos de Héctor lo hiciera cómplice. Eso es injusto, pero así funciona el chisme.
Así funciona la memoria colectiva de un barrio. En algún punto, la reparación del daño que se le había ordenado a Héctor pagar a Iván empezó a llegar, aunque en montos mínimos. No era mucho, pero era algo. Se usó para pagar parte de la terapia de Iván, para comprar útiles escolares, para cubrir gastos básicos. La abuela de Iván administraba ese dinero con cuidado, sabiendo que era lo mínimo que Héctor podía dar después de todo lo que había quitado.
El caso de Marisol Hernández no fue único. En esos mismos años, en Puebla, en todo México, cientos de mujeres más fueron asesinadas por sus parejas o exparejas. Algunas historias llegaron a los medios, otras no. Algunas terminaron en sentencias largas, otras en penas ridículamente bajas. Algunas fueron investigadas a fondo, otras quedaron archivadas por falta de pruebas o por negligencia.
El feminicidio en México es una epidemia que no para y el caso de Marisol es solo una gota en ese océano de violencia. Pero para Iván, para su familia, para los vecinos de Exolo Ateno no era unaestadística, era Marisol, era una mujer real. con una vida real, con sueños que nunca cumplió y con un hijo que quedó huérfano.
Y aunque Héctor estuviera encerrado, aunque la justicia hubiera hecho su parte, nada de eso devolvía lo que se había perdido. Porque las sentencias pueden cerrar casos, pero no cierran heridas. Hoy en 2024, Iván tiene 18 años y está tratando de construir una vida que nunca debió empezar así. está en la universidad estudiando algo que le gusta, aunque hay días en que la concentración se le va y termina mirando por la ventana sin ver nada, la terapia sigue siendo parte de su rutina.
No es algo de lo que hable mucho, pero va, porque sabe que si no procesa lo que vivió, tarde o temprano lo van a alcanzar de otra forma. Su abuela lo cuida como puede, pero ella también carga con su propio dolor. Perdió a su hija de la peor manera posible. Y aunque trata de mantenerse fuerte por Iván, hay noches en las que llora sola, preguntándose qué hubiera pasado si alguien hubiera intervenido a tiempo, si los vecinos hubieran hecho algo, si Marisol hubiera podido alejarse antes de que fuera demasiado tarde. Pero esas
preguntas no tienen respuesta. O peor, tienen demasiadas respuestas y ninguna sirve de consuelo. Héctor sigue en prisión. En 2024 lleva 6 años cumplidos de su sentencia de 45. Le quedan 39 más. No ha tenido visitas en mucho tiempo. Su familia dejó de ir hace años. No por falta de amor, sino porque el peso de la vergüenza y el dolor era demasiado.
Héctor escribe cartas que nadie lee, cartas donde dice que se arrepiente, que si pudiera cambiar lo que hizo, lo haría. Pero esas palabras suenan vacías, incluso para él, porque el arrepentimiento no devuelve la vida, no cierra heridas, no le devuelve a Iván su mamá. En Sholoateno, el local de Marisol sigue cerrado.
La madera que cubre las ventanas está carcomida con grafiti encima. Algunos vecinos nuevos ni siquiera saben qué pasó ahí. Para ellos es solo un local abandonado más. Pero los que llevan años viviendo en el barrio sí saben. Y cuando pasan por ahí bajan la mirada, no por superstición, sino por respeto, por memoria. Doña Chela sigue contando la historia cuando alguien pregunta, pero últimamente lo hace menos, no porque se haya olvidado, sino porque ya está cansada de ver cómo nada cambia.
Porque después de Marisol hubo otras, otras mujeres en TIlán, en Puebla, en todo el país, que fueron asesinadas por hombres que no aceptaban un no, que no soportaban perder el control, que confundían el amor con la posesión. Y doña Chela, que ya tiene 62 años, está cansada de ver lo mismo y otra vez. El Tabo se fue de Sholoateno hace un par de años.
Nunca hizo nada malo, pero el peso de estar asociado al caso lo terminó empujando a buscar otro lugar. Ahora vive en otra ciudad con otro trabajo tratando de empezar de cero. A veces piensa en Marisol, en lo injusto que fue todo, pero tampoco puede hacer nada al respecto. Así que sigue adelante. Como todos, la historia de Marisol y Héctor no tiene un final bonito.
No hay justicia poética, no hay lección redentora, no hay momento en el que todo cobra sentido. Lo que hay es una mujer muerta a los 29 años, un niño que creció sin mamá, un hombre encerrado que probablemente nunca entienda realmente lo que hizo y un barrio que sigue su vida con una herida más en su memoria colectiva. Porque los celos no son amor, los celos son una forma de control.
Y cuando ese control se sale de las manos, cuando nadie lo frena a tiempo, cobra lo que no tiene derecho a cobrar. Cobra vidas, cobra futuros, cobra la paz de familias enteras. Marisol no era una santa ni una heroína, era una mujer común, trabajadora, con un negocio pequeño y un hijo al que amaba. No merecía ser un ejemplo. Merecía vivir, merecía envejecer, ver a su hijo graduarse, tal vez conocer nietos algún día.
Merecía cometer errores, aprender de ellos, tener una vida llena de momentos. comunes y extraordinarios. Pero Héctor le quitó todo eso y ninguna sentencia, por larga que sea, puede devolver lo que se perdió ese 24 de abril de 2018 en un local de Choloeno. Esa es la verdad incómoda, la que no cabe en los titulares, la que no se resuelve con un veredicto.
La violencia deja cicatrices que no se borran. Y mientras sigamos normalizando los celos, el control y la posesión como parte del amor, vamos a seguir contando historias como esta. Si este recorrido te resonó, suscríbete y activa las notificaciones para no perder el siguiente capítulo. Antes de irte, deja en los comentarios desde qué ciudad estado nos ves.
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