La iglesia, con su ambiente cálido y sereno, era su escape, el lugar donde sentía que todo podía mejorar. Allí, los domingos se mezclaban las voces, las oraciones y la esperanza de un futuro más brillante. Al principio, ella no entendía del todo el fervor de su esposo, pero conforme pasaron los años, comenzó a verlo no solo como su lugar de crecimiento espiritual, sino como el vínculo que mantenía su familia unida.

Todo parecía funcionar hasta que un día, al regreso de una de las misas, Martín se detuvo frente a un pequeño altar en una tienda de velas, mirando un detalle en una de las figuras. Carla, acostumbrada a su calma y estabilidad, no se detuvo en aquel momento, pero al mirar a su esposo, percibió algo en su rostro que no había visto antes. Una oscuridad, como si algo estuviera ocurriendo en su interior que él aún no estaba dispuesto a compartir. A pesar de todo lo que había vivido, el pastor Elías nunca les dio la oportunidad de descansar en paz. Siempre parecía que algo más estaba acechando, algo por lo que debían seguir luchando.

Un día, durante una conversación entre Martín y Elías, el hombre de fe confesó algo. La relación entre Martín y su esposa no era tan sólida como parecía. El pastor lo animó a ser más fuerte, más determinado, pero las palabras de Elías se sintieron como una condena para Martín. Su vida estaba llena de tareas inacabadas. Los recuerdos del pasado aún rondaban su mente.

Mientras tanto, Carla, observando la calma exterior de su esposo, empezó a sentir algo extraño, una desconexión interna, pero siempre se negaba a abordarlo. De alguna manera, sentía que su matrimonio y sus valores en la iglesia no eran suficientes para mantener todo unido. Algo estaba minando la base de lo que creían ser un amor sólido.

Las cosas cambiaron una tarde en la que Martín, aparentemente buscando más dirección en su vida, volvió del trabajo y se sentó junto a ella sin decir mucho. Carla había notado sus ausencias, esas largas tardes, a veces noches enteras, en las que él ya no compartía con ella como antes. De alguna manera, los recuerdos de su lucha por encontrar un propósito dentro de su fe la habían alejado de la gente en la que confiaba, más aún al descubrir que las ideas que había estado defendiendo no eran del todo las que había compartido con su esposo.

Esa misma noche, después de que ella dormía, Martín tomó una decisión. La iglesia había sido su ancla, su motor. Pero había algo que no podía callar más, algo que le dolía más que cualquier otra cosa: su silencio hacia su familia. El momento de despertar era ahora, y en el momento más duro de su vida, la tensión llegaba a su cúspide.

De repente, como si se hubiera activado una alarma, Martín vio a Carla en otro espacio, sentada frente al espejo, mirando el rostro cansado que reflejaba de vuelta una mujer que ya no se sentía tan segura de sí misma. Aquella mujer que lo había apoyado desde el principio, que le había dado todo, ahora le parecía perdida. Y Martín lo sabía. Sabía que algo tenía que cambiar.

Un día, meses después, algo sucedió. Un día mientras Carla preparaba el almuerzo, algo llamó la atención de su esposo. Un cambio sutil, pero lo suficiente para que Martín la mirara de forma diferente. Había algo en su rostro que lo detenía, algo no pronunciado, algo que le revelaba que todo lo que pensaba que estaba bajo control estaba a punto de dar un giro inesperado. Carla ya no era la misma, pero él aún no sabía lo que sucedería cuando todo comenzara a salir a la luz.

Así que esa tarde, sin más palabras que las que quedaban flotando en el aire, Martín compartió una confesión con Carla. Sus ojos vacíos le decían todo, y ella lo miró como nunca antes lo había hecho. Cada uno, en su propio dolor, había dejado de hablar de lo que importaba, y la conversación los llevaría por un camino aún más incierto.

Los días que siguieron estuvieron marcados por más luchas, más silencios y más miedos. De alguna forma, el amor que había comenzado en la iglesia se encontraba ahora sin fuerzas, quebrándose. Y aunque ambos continuaron su camino juntos, el precio de lo no dicho fue demasiado alto para cualquiera de ellos.

Entonces, al fin, todo se desmoronó. Pero no con gritos ni peleas. Fue el silencio, el mismo silencio que los unió en primer lugar, lo que finalmente los separó. Un silencio que reflejaba más de lo que decían que había en sus corazones.

Pero con el paso de los años,

esa sensación de refugio se fue

transformando en algo más pesado.

Martín, en su búsqueda de disciplina a

veces confundía la fe con el control. Le

pedía cuentas de cada salida,

cuestionaba sus amistades, revisaba

horarios como si estuviera vigilando. No

lo hacía con maldad, pero sí con una

intensidad que Carla sentía como presión

constante. Ella nunca se quejaba

abiertamente.

En casa cumplía con todo. Atender al

niño, preparar comida, mantener el

orden, trabajar turnos que la dejaban

agotada. Pero por dentro acumulaba un

cansancio que no se curaba con dormir.

Era el cansancio de sentir que nadie la

veía realmente, que su esfuerzo se daba

por sentado, que sus palabras se perdían

en medio de discusiones que nunca

llegaban a ninguna parte. Martín hablaba

mucho de fe, de esfuerzo, de sacrificio,

pero pocas veces preguntaba cómo estaba

ella. Y Carla, educada para no hacer

escándalo, guardaba silencio y seguía

adelante.

Hacia afuera, sin embargo, todo lucía

bien. En las reuniones de la iglesia,

Martín y Carla sonreían en las fotos

grupales, tomados de la mano con el niño

entre ambos. Los hermanos de la

congregación los señalaban como ejemplo

de pareja que había superado

dificultades.

Nadie sabía que en casa las

conversaciones se habían vuelto breves y

funcionales, que las noches transcurrían

en silencios incómodos, que las

discusiones pequeñas nunca se resolvían

realmente, solo se posponían.

El templo seguía siendo el centro de su

vida social. Ahí celebraban cumpleaños,

organizaban comidas comunitarias,

participaban en actividades de apoyo a

familias necesitadas.

El pastor Elías siempre estaba presente,

siempre disponible, siempre con una

palabra adecuada para cada situación. La

gente lo admiraba. Las familias lo

consultaban antes de tomar decisiones

importantes. Los jóvenes lo buscaban

para pedir consejos sobre relaciones y

futuro. Y las mujeres de la

congregación, muchas de ellas cargadas

con problemas similares a los de Carla,

encontraban en él a alguien que parecía

escuchar de verdad. Martín confiaba

plenamente en el pastor. Lo consideraba

no solo su guía espiritual, sino también

su amigo, su hermano en la fe. Nunca

imaginó que esa confianza construida a

lo largo de años pudiera romperse. Nunca

pensó que el lugar donde buscaba paz

podría convertirse en el escenario de la

mayor traición de su vida. A principios

de 2022, Carla comenzó a sentir que algo

en su interior se quebraba. No era un

evento específico, sino la suma de meses

y años de cansancio acumulado. Los

turnos en la maquiladora se volvían cada

vez más pesados. El niño demandaba

atención constante y en casa las

conversaciones con Martín se limitaban a

lo estrictamente necesario. Dinero,

pendientes, horarios.

No había peleas grandes, pero tampoco

había cercanía. Carla sentía que vivía

en piloto automático, cumpliendo roles

sin espacio para respirar. Fue en ese

contexto que el pastor Elías comenzó a

notar su estado. Durante uno de los

cultos dominicales, al finalizar el

servicio, se acercó a ella con una

expresión de preocupación genuina.

Hermana Carla, la veo cansada. ¿Está

todo bien en casa?

La pregunta, hecha con tono suave y

mirada atenta, desarmó a Carla más de lo

que esperaba. Hacía tanto tiempo que

nadie le preguntaba cómo estaba

realmente, que la simple atención la

conmovió. Respondió con vaguedades, pero

el pastor insistió, “Si alguna vez

necesita hablar, mi oficina está

abierta.” A veces es bueno desahogarse

con alguien que entiende. Días después,

Carla aceptó la invitación.

llegó al templo en un horario tranquilo

cuando la mayoría de la congregación no

estaba presente. La oficina del pastor

era un cuarto pequeño al costado del

altar con un escritorio sencillo, una

repisa con biblias y algunos libros de

consejería y dos sillas frente a frente.

La puerta quedó entreabierta, como era

costumbre en las sesiones de consejería

y de vez en cuando pasaba alguien por el

pasillo. Carla habló de su cansancio, de

la sensación de no ser vista, de las

presiones económicas, de la relación con

Martín, que parecía haberse estancado en

una rutina sin afecto. El pastor Elías

la escuchó sin interrumpir, no la juzgó,

no le dijo que debía esforzarse más o

que era su deber como esposa aguantar en

silencio. En lugar de eso, validó sus

sentimientos. Es normal sentirse así.

Usted carga con mucho, no está mal

reconocerlo.

Esas palabras, dichas por una figura de

autoridad y respeto, hicieron que Carla

sintiera un alivio que no experimentaba

desde hacía años. Por primera vez en

mucho tiempo, alguien la escuchaba sin

exigirle nada a cambio. Las sesiones se

repitieron.

Al principio eran semanales, siempre en

horarios donde el templo estaba

semivacío.

Luego se volvieron más frecuentes.

El pastor comenzó a recomendarle

lecturas bíblicas específicas,

versículos sobre la paciencia y el amor

propio, reflexiones sobre el valor de la

mujer más allá de los roles

tradicionales.

Carla encontraba en esas conversaciones

un espacio de respiro, una válvula de

escape para la presión que sentía en

casa. Y el pastor, por su parte, parecía

genuinamente interesado en su bienestar.

Pero algo comenzó a cambiar. Las

conversaciones dejaron de centrarse

únicamente en temas espirituales.

El pastor empezó a preguntar sobre su

vida personal con un nivel de detalle

que iba más allá de lo necesario para la

consejería.

¿Cómo era su relación íntima con Martín?

¿Qué cosas extrañaba de cuando eran

novios? Si se sentía valorada como

mujer? Las preguntas, aunque formuladas

con cuidado, tenían un tono distinto y

Carla, necesitada de atención, no puso

límites claros. Con el tiempo, las

sesiones comenzaron a realizarse en

momentos más discretos.

La puerta de la oficina ya no quedaba

entreabierta. Las conversaciones se

alargaban. El pastor empezó a enviarle

mensajes fuera de horario. Al principio

con reflexiones bíblicas, luego con

frases más personales.

Pensé en usted hoy. Espero que esté

mejor. Carla respondía agradeciendo la

atención.

No se daba cuenta o no quería darse

cuenta de que la dinámica había dejado

de ser la de un consejero y una

congregante para convertirse en algo

diferente. El pastor Elías, por su

parte, justificaba internamente cada

paso. Se decía a sí mismo que solo

estaba ayudando a una mujer en crisis,

que su labor pastoral incluía dar

contención emocional, que no había nada

malo en serano y comprensivo, pero la

realidad es que estaba cruzando límites

que un líder espiritual no debería

cruzar. Estaba usando su posición de

autoridad para ganar la confianza de una

mujer vulnerable y estaba disfrazando

sus intenciones con lenguaje religioso.

Martín, mientras tanto, no sabía nada de

esas reuniones privadas. Carla le había

mencionado al principio que iba a hablar

con el pastor sobre cosas personales y

Martín lo había tomado como algo

positivo. “¡Qué bueno que el pastor te

esté ayudando”, le dijo sin sospechar

nada. Para él que su esposa recibiera

orientación espiritual era motivo de

tranquilidad, no de alarma. Confiaba

plenamente en el pastor Elías. Jamás

imaginó que esa confianza pudiera ser

traicionada.

Pero en el barrio algunos comenzaron a

notar cosas. Vecinos que pasaban cerca

del templo en horarios inusuales veían

la camioneta del pastor estacionada al

mismo tiempo que Carla entraba. Algunos

miembros de la congregación comentaban

en voz baja que el pastor estaba muy

encima de la hermana Carla, que parecía

darle más atención de la que daba a

otros. Eran rumores suaves, de esos que

se dicen con cuidado para no armar

escándalo, pero que igual circulan y van

formando una imagen. Carla comenzó a

cambiar. En casa se volvió más

irritable, más distante. Cuidaba su

celular con un celo que antes no tenía.

lo llevaba al baño, lo ponía boca abajo,

cambiaba contraseñas.

Cuando Martín preguntaba algo, ella

respondía con evasivas o con molestia.

“¿Por qué siempre me estás vigilando?”,

le reclamaba, aunque él apenas había

hecho una pregunta simple. Las salidas a

la iglesia se alargaban. Me quedé

ayudando con unas cosas, decía al llegar

tarde. Martín aceptaba las explicaciones

sin cuestionarlas demasiado. Confiaba en

ella, confiaba en la iglesia, confiaba

en el pastor, hasta que un domingo por

la tarde todo cambió. Si estás siguiendo

esta historia y quieres saber qué viene

después, suscríbete y activa la

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desde qué ciudad o estado nos estás

viendo. Ese domingo el culto terminó

cerca del mediodía. La congregación se

dispersó lentamente como siempre.

Familias que se quedaban platicando en

la entrada, niños corriendo entre las

sillas, mujeres organizando la cocina

comunitaria para la comida de la semana.

Martín salió con su hijo esperando a que

Carla terminara de ayudar en la

limpieza. Pero ella se demoró más de lo

usual. “Ve adelantándote, ahorita te

alcanzo”, le dijo con una sonrisa rápida

que no llegó a los ojos. Martín asintió

sin pensar demasiado y se fue con el

niño. Lo que Martín no sabía es que en

ese momento don Raúl, un vecino de 56

años que vivía justo frente al templo,

estaba en la ventana de su casa tomando

café. Don Raúl era de esas personas que

conocen el ritmo del barrio, que saben a

qué hora pasan los camiones, quién llega

tarde y quién sale temprano. No era

chismoso, pero sí observador. Y ese día

vio algo que lo incomodó. Vio a Carla

entrar por la puerta lateral del templo,

la que daba directamente a los pasillos

traseros, no por la entrada principal.

Segundos después, el pastor Elías entró

por el mismo lugar. Don Raúl frunció el

ceño. No era raro que el pastor

estuviera en el templo después del

culto, pero sí le pareció extraño que

ambos entraran por separado, como si no

quisieran ser vistos juntos. Siguió

observando. Minutos después notó que la

zona detrás del altar donde estaba la

oficina del pastor y algunos cuartos de

almacenamiento quedó cerrada. Las luces

estaban encendidas, pero no se veía

movimiento. El tiempo pasaba y ninguno

de los dos salía. Don Raúl se sintió

incómodo. No quería meterse en problemas

ajenos, pero algo en la escena no le

cuadraba. pensó en ignorarlo, en hacerse

de la vista gorda, pero luego recordó

que Martín era un buen tipo, alguien que

siempre lo saludaba con respeto, que una

vez le había ayudado a cargar unas cosas

pesadas sin que se lo pidiera. Dudó un

rato, pero finalmente tomó su celular y

le mandó un mensaje. “Oye, compa, no

quiero broncas, pero vi a Carla meterse

con el pastor y cerraron. Se me hizo

raro. Nada más te aviso. El mensaje

llegó al teléfono de Martín mientras

estaba en casa preparando algo de comer

para el niño. Al principio lo leyó sin

entender bien. Lo releyó. Luego sintió

algo frío recorrerle el pecho. No era

una acusación directa, pero la imagen

que el mensaje ponía en su mente era

clara. Carla, el pastor. Puerta cerrada.

Tarde solos. Martín intentó calmarse. Ha

de ser algo de la iglesia, pensó. Alguna

reunión, algún pendiente, pero mientras

más lo pensaba, menos sentido tenía.

¿Por qué no le había dicho que se iba a

quedar con el pastor? ¿Por qué entrar

por la puerta lateral? ¿Por qué cerrar?

Las preguntas comenzaron a amontonarse

en su cabeza, cada una más incómoda que

la anterior. Esperó a que Carla llegara.

Cuando por fin entró, casi una hora

después, venía con la misma expresión de

siempre, cansada, un poco distraída.

Martín la observó en silencio. Quiso

preguntarle directamente, pero algo lo

detuvo. Tenía miedo de la respuesta.

Tenía miedo de que al hacer la pregunta

algo se rompiera para siempre. Así que

no dijo nada, solo guardó el mensaje de

don Raúl en su mente como una espina que

no podía sacarse. Los días siguientes

fueron extraños. Martín comenzó a

prestar atención a detalles que antes

ignoraba. Se dio cuenta de que Carla

revisaba su celular constantemente, que

se levantaba en la madrugada para ver

mensajes, que sonreía con una expresión

que él no reconocía.

notó que cada vez que mencionaba al

pastor Elías, ella se ponía a la

defensiva. “¿Por qué siempre lo estás

nombrando?”, le reclamó una vez. “Es

nuestro pastor. ¿Qué tiene de malo?”,

respondió Martín desconcertado.

Una noche, mientras Carla dormía, Martín

tomó el celular de ella. Sabía que

estaba mal, pero la duda lo estaba

carcomiendo. Intentó desbloquearlo, pero

la contraseña había cambiado. Antes

conocía el código, ahora ya no. Eso fue

suficiente para confirmar sus sospechas.

La gente no cambia contraseñas sin

razón. Martín comenzó a seguir a Carla

con la mirada cada vez que salía de

casa. Preguntaba más, cuestionaba

horarios, pedía explicaciones.

Carla se molestaba. le reclamaba que la

estuviera vigilando, que no confiara en

ella. ¿Qué te pasa? Ahora resulta que no

puedo ni ir a la iglesia sin que me

estés interrogando. Las discusiones se

volvieron más frecuentes, más tensas,

pero Martín no podía parar. La imagen

que don Raúl le había puesto en la

cabeza no se borraba. Decidió hablar con

el vecino. Fue a su casa una tarde, tocó

la puerta con los nudillos. Don Raúl lo

recibió con una expresión de

incomodidad.

Mira, compa, yo no quiero meterme en

nada. Solo te avisé porque me pareció

raro. Martín le pidió que le contara

exactamente qué había visto. Don Raúl

repitió la escena. Carla entrando por la

puerta lateral, el pastor siguiéndola,

la zona trasera cerrada, más de una hora

sin que ninguno saliera. No vi nada

malo, eh, solo que se me hizo raro. Pero

tú sabes, uno nunca sabe qué está

pasando realmente. Martín salió de ahí

con el estómago revuelto. No tenía

pruebas concretas, pero la suma de todo,

el mensaje de don Raúl, los cambios en

Carla, las contraseñas, las salidas

largas, la actitud defensiva, pintaba

una imagen que no quería aceptar. su

esposa y su pastor en el templo a puerta

cerrada. Esa noche Martín no durmió. Se

quedó mirando el techo con la mente

dándole vueltas a lo mismo una y otra

vez.

recordó los años que llevaba asistiendo

a esa iglesia, las veces que había

abierto su corazón al pastor Elías, las

confesiones que le había hecho, los

momentos en que el pastor lo había

aconsejado como un hermano y ahora esa

misma persona podría estar

traicionándolo de la peor manera. No

quería creerlo, pero cada vez le costaba

más trabajo negarlo. En las semanas

siguientes, Martín comenzó a convertirse

en alguien que ni él mismo reconocía.

La sospecha lo consumía desde adentro,

lo hacía obsesionarse con cada detalle,

con cada movimiento de Carla. Empezó a

salir más temprano del autolavado con

excusas inventadas, solo para pasar

cerca del templo y ver si la camioneta

del pastor estaba estacionada al mismo

tiempo que Carla andaba por ahí.

Revisaba los horarios de los cultos, las

reuniones comunitarias, buscaba

inconsistencias entre lo que Carla decía

y lo que realmente ocurría. Una tarde se

quedó estacionado a media cuadra del

templo, escondido detrás de un camión de

carga, observando. Vio a Carla llegar

sola, entrar por la puerta lateral, la

misma que don Raúl había mencionado, y

minutos después vio al pastor Elías

entrar también. Martín apretó el volante

con tanta fuerza que los nudillos se le

pusieron blancos. Estuvo tentado a bajar

del carro y entrar, a confrontarlos ahí

mismo, pero algo lo detuvo. Miedo,

orgullo o tal vez la esperanza de estar

equivocado.

Se quedó esperando casi dos horas.

Cuando por fin vio a Carla salir, venía

arreglándose el cabello con una

expresión que Martín interpretó como

culpa. El pastor salió minutos después

serio, revisando su celular. Martín

sintió que algo se partía dentro de él.

Ya no era solo sospecha, era certeza.

Aunque no tuviera fotos, aunque no

tuviera grabaciones, aunque no hubiera

visto nada explícito, su instinto le

gritaba que lo que temía era real. Esa

noche en casa, Martín intentó sacar el

tema de manera indirecta. ¿Cómo estuvo

tu día? respondió sin mirarlo. “Normal.

Fui a la iglesia un rato. ¿Con quién

estuviste?” “Con nadie, solo ayudando al

pastor con unas cosas de la oficina.” La

respuesta sonó ensayada, demasiado

tranquila. Martín sintió que la rabia le

subía por la garganta, pero se contuvo.

No quería explotar sin tener algo más

concreto. Comenzó a revisar redes

sociales, a buscar pistas en las cuentas

de Carla y del pastor. No encontró nada

obvio. No había fotos juntos fuera de

contextos religiosos. No había

comentarios sospechosos,

pero sí notó que ambos tenían

interacciones frecuentes, likes en

publicaciones, respuestas rápidas,

emojis que parecían demasiado cómplices,

pequeñas cosas que sumadas reforzaban lo

que ya sospechaba.

En la congregación los rumores seguían

circulando. Martín empezó a escuchar

comentarios sueltos, frases que se

cortaban cuando él se acercaba. Una vez

en la salida del culto, una hermana

mayor le dijo con tono de advertencia,

“Cuida a tu familia, Martín. A veces el

enemigo entra por donde menos lo

esperas.” Él entendió perfectamente a

qué se refería. No era la única. Otros

miembros también empezaron a tratarlo

con una mezcla de lástima e incomodidad,

como si supieran algo que él todavía no

había confirmado públicamente.

Carla, por su parte, se volvió cada vez

más distante. Las conversaciones en casa

se redujeron a lo mínimo. ¿Qué hay de

cenar? ¿Pagaste la luz? El niño necesita

zapatos nuevos. Nada más. Dormían en la

misma cama, pero dándose la espalda.

Cuando Martín intentaba acercarse, ella

ponía excusas, cansancio, dolor de

cabeza, sueño. La intimidad había

desaparecido por completo. Una noche,

Martín le preguntó directamente, “¿Estás

viendo a alguien más?” Carla lo miró con

una mezcla de sorpresa y enojo. “¿Qué te

pasa? ¿De dónde sacas eso?” Martín

insistió. “Te veo rara. Cambias

contraseñas, escondes el celular, llegas

tarde. ¿Qué está pasando? Carla explotó.

Estoy cansada, Martín. ¿No te das

cuenta? Trabajo, cuido al niño, atiendo

la casa y tú solo me vigilas como si

fuera una criminal. Estoy harta. Dio

media vuelta y se encerró en el baño.

Martín se quedó solo en la sala con la

sensación de que la respuesta no había

resuelto nada. solo había confirmado que

algo estaba mal. Los domingos se

volvieron insoportables.

Martín seguía asistiendo al templo, pero

ya no podía concentrarse en el sermón.

Veía al pastor Elías hablando desde el

altar, gesticulando con autoridad,

citando versículos sobre el amor y la

fidelidad, y todo le parecía una burla.

¿Cómo podía ese hombre predicar sobre

valores mientras destruía una familia?

¿Cómo podía pararse ahí con esa cara de

santidad, sabiendo lo que estaba

haciendo? Martín también observaba a

Carla durante los cultos. Notó que ella

evitaba cruzar miradas con el pastor

cuando había mucha gente, pero que en

los momentos de transición, cuando todos

se levantaban para cantar, cuando se

movían para saludar, intercambiaban

miradas rápidas, gestos sutiles que solo

alguien atento podría captar. Martín lo

captaba todo. Cada gesto era una

puñalada. Una tarde, Martín decidió

confrontar al pastor directamente. Fue

al templo en un horario en que sabía que

estaría solo. Tocó la puerta de la

oficina. El pastor Elías abrió con una

sonrisa profesional. Hermano Martín,

¿qué lo trae por acá? Martín entró sin

esperar invitación y cerró la puerta

detrás de él. Quiero que sea honesto

conmigo, pastor. ¿Qué hay entre usted y

mi esposa? El pastor mantuvo la calma

como si la pregunta no lo sorprendiera.

Hermano, no sé de qué habla. Carla ha

venido algunas veces para consejería

como muchas otras hermanas de la

congregación.

Es parte de mi labor pastoral. Martín no

se dejó convencer.

La vi entrar con usted. Los vi cerrar la

puerta. Me han dicho que pasan mucho

tiempo juntos. El pastor suspiró

adoptando un tono de paciencia

condescendiente.

Martín, entiendo que esté pasando por un

momento difícil. A veces el pone

pensamientos en nuestra cabeza para

destruir lo que Dios ha construido. Ore,

hermano. Confíe en su esposa y confíe en

Dios. Martín salió de ahí sin haber

obtenido nada. solo palabras vacías

envueltas en lenguaje religioso.

Pero la forma en que el pastor había

respondido, esa calma calculada, esa

manera de voltearle la situación como si

el problema fuera de Martín y no de él,

solo aumentó la certeza de que algo

estaba pasando. Esa noche, Martín se

quedó despierto hasta tarde, sentado en

la oscuridad de la sala. Su mente daba

vueltas sin parar. recordó años de

esfuerzo, de intentar ser mejor persona,

de buscar en la iglesia un camino para

reconstruir su vida y ahora sentía que

todo eso había sido una mentira. No solo

su esposa lo había traicionado,

también el hombre en quien más confiaba,

el que se suponía era su guía

espiritual, su hermano en la fe. La

traición dolía más porque venía de dos

frentes. Y Martín, en esa oscuridad

comenzó a considerar opciones que antes

jamás habría imaginado.

El punto de quiebre llegó un domingo por

la tarde, apenas unas semanas después de

la confrontación fallida con el pastor.

El culto había terminado. La gente se

dispersaba como siempre y Martín, como

de costumbre observaba cada movimiento

de Carla. Ella le dijo que se quedaría

ayudando a organizar unos materiales

para la escuela dominical. Martín

asintió, pero esta vez decidió no irse.

Se quedó afuera, sentado en una banca de

la plaza que estaba frente al templo,

fingiendo revisar su celular. Desde ahí

tenía vista parcial de la entrada

lateral.

vio a Carla entrar por esa puerta, la

misma de siempre. Minutos después, el

pastor Elías llegó en su camioneta, se

bajó con tranquilidad, saludó a un par

de personas que todavía andaban por ahí

y entró también por la misma puerta.

Martín sintió que el pecho se le

apretaba. Esperó 5 minutos, 10, 20.

Nadie salía. Entonces vio a don Raúl

asomarse por la ventana de su casa. como

solía hacer. El vecino lo reconoció

desde la distancia y bajó la mirada

incómodo. Martín supo que don Raúl

también estaba viendo lo mismo que él.

Eso lo confirmó todo. No estaba

imaginando cosas, no estaba exagerando.

Otros también lo veían. Martín se

levantó de la banca, pero no se acercó

al templo. En lugar de eso, caminó sin

rumbo por el barrio, con la cabeza llena

de imágenes que no podía controlar. Veía

a Carla y al pastor juntos a puerta

cerrada en el lugar que se suponía era

sagrado. Veía las sonrisas falsas de

ambos, las mentiras envueltas en

lenguaje de fe, la hipocresía que lo

rodeaba. Sentía que todo en lo que había

creído era una farsa. Caminó durante

horas. Cuando regresó, ya había

oscurecido. Carla estaba en casa como si

nada hubiera pasado. ¿Dónde andabas?, le

preguntó con tono de reproche. Martín no

respondió, solo la miró fijamente con

una intensidad que ella no había visto

antes. ¿Qué? Dijo Carla incómoda.

“Nada”, respondió Martín y se fue a la

recámara. Esa noche, acostado en la

oscuridad, Martín tomó una decisión. No

iba a seguir viviendo así. No iba a

permitir que lo siguieran humillando. No

iba a quedarse de brazos cruzados

mientras su esposa y el pastor se

burlaban de él. En su mente empezó a

armar un plan. No era un plan detallado,

no era algo que hubiera pensado durante

semanas.

Era más bien una idea fija que se

instaló en su cabeza y no lo dejó

descansar.

tenía que confrontarlos, tenía que

ponerle fin a esto y tenía que hacerlo

de una manera que no dejara lugar a más

mentiras. Los días siguientes, Martín

actuó con una calma que incluso a él

mismo le resultaba extraña. No discutió

con Carla, no hizo más preguntas,

no volvió a mencionar al pastor. En el

trabajo cumplía con su rutina como

siempre. En casa hacía lo mismo, pero

por dentro algo había cambiado. Ya no

sentía tristeza ni confusión. sentía

algo más frío, más definitivo. Comenzó a

prestar atención a los horarios del

templo, a las rutinas del pastor. Sabía

que los domingos después del culto casi

siempre quedaba gente ayudando hasta

entrada la tarde, pero también sabía que

en las noches de entre semana el templo

quedaba casi vacío. Solo el pastor solía

estar ahí preparando sermones,

organizando cosas, o al menos eso decía.

Martín sospechaba que muchas de esas

noches Carla también estaba ahí. Decidió

confirmar sus sospechas. Un miércoles

por la noche, después de salir del

trabajo, no fue directo a casa. Se dio

una vuelta por el templo. La camioneta

del pastor estaba estacionada afuera.

Las luces interiores estaban encendidas,

pero las cortinas cerradas.

Martín esperó en su carro oculto en una

calle lateral.

Media hora después vio a Carla llegar.

Ella miró a los lados antes de entrar,

como asegurándose de que nadie la viera.

Esa precaución fue lo que terminó de

convencer a Martín de que sus sospechas

eran ciertas. No entró esa noche, solo

observó, tomó nota mental de todo, la

hora, el lugar, la forma en que ambos

actuaban. Y mientras observaba, en su

mente comenzó a tomar forma algo que

antes solo había sido un pensamiento

vago. Ahora era una idea concreta, una

idea que lo asustaba y lo atraía al

mismo tiempo. Martín no era una persona

violenta. Nunca había golpeado a nadie,

nunca había estado en peleas serias,

pero algo en su interior había cambiado.

La traición no solo lo había lastimado,

lo había transformado.

sentía que le habían quitado todo, su

dignidad, su confianza, su fe, su

familia. Y en su mente distorsionada por

el dolor, comenzó a creer que la única

forma de recuperar algo de lo que había

perdido era haciendo que los

responsables pagaran. No pensaba en

consecuencias, no pensaba en su hijo, no

pensaba en lo que vendría después. Solo

pensaba en el momento en que los

confrontaría, en el momento en que los

obligaría a admitir lo que habían hecho,

en el momento en que les haría sentir

aunque fuera una fracción del dolor que

él estaba sintiendo. Durante esos días,

Martín también comenzó a recordar su

vida antes de la iglesia. Recordó

contactos que tenía, personas con las

que ya no trataba, pero que sabía dónde

encontrar. Personas que podían conseguir

cosas. No llegó a buscarlos

directamente, pero la idea estuvo ahí

rondando en su cabeza. Al final decidió

que no necesitaba ayuda externa. Esto

era algo que tenía que hacer él mismo.

El domingo siguiente fue el último en

que Martín asistió al culto como si todo

estuviera normal.

Se sentó en su lugar de siempre con

Carla a su lado y el niño entre ambos.

Escuchó el sermón del pastor Elías, que

ese día habló sobre el perdón y la

misericordia. Martín lo escuchó sin

expresión, sin emoción. Cuando el culto

terminó, se despidió de algunos

hermanos, sonrió cuando fue necesario y

se fue a casa con su familia. Pero esa

noche, cuando todos dormían, Martín

salió de la cama con cuidado de no

despertar a nadie. Fue a la sala, se

sentó en la oscuridad y finalmente

aceptó lo que había estado evitando

aceptar durante semanas. Iba a hacer

algo que no tenía vuelta atrás. Iba a ir

al templo en un momento en que supiera

que Carla y el pastor estaban juntos y

cuando los encontrara iba a

confrontarlos.

¿De qué forma? Todavía no lo sabía con

exactitud, pero sabía que no iba a ser

con palabras. Martín cerró los ojos y

respiró hondo. Una parte de él todavía

esperaba despertar y descubrir que todo

había sido un malentendido. Pero la otra

parte, la parte que ya había tomado la

decisión sabía que eso no iba a pasar.

Los días siguientes transcurrieron en

una calma tensa que solo Martín podía

sentir. Hacia afuera todo parecía

normal. Cumplía con su trabajo en el

autolavado. Regresaba a casa, cenaba con

su familia, veía televisión con el niño

antes de dormir. Pero por dentro, su

mente no dejaba de dar vueltas al mismo

punto, el momento de la confrontación.

Martín sabía que necesitaba algo más que

palabras.

Ya había intentado hablar con el pastor,

ya había intentado sacar respuestas de

Carla y ambos habían respondido con

evasivas y mentiras.

Las palabras no iban a resolver nada.

Necesitaba algo que los obligara a

escuchar, que los pusiera en una

posición donde no pudieran huir ni

fingir, algo que dejara claro que no iba

a permitir que lo siguieran humillando.

En su mente distorsionada por el dolor y

la rabia, Martín comenzó a justificar lo

que estaba planeando. se decía a sí

mismo que no estaba actuando por

violencia, sino por justicia, que no era

venganza, sino defensa de su honor, que

ellos habían roto las reglas primero,

que habían traicionado no solo su

confianza, sino también los valores que

el pastor predicaba desde el altar. En

su cabeza, él no era el villano de esta

historia. Él era la víctima que

finalmente iba a tú hacer algo al

respecto. Recordó una época de su vida

en la que había tenido acceso a cosas

que ahora ya no manejaba. Años atrás,

antes de entrar a la iglesia, se había

movido en círculos donde conseguir

ciertos objetos no era complicado.

Aunque hacía tiempo que había dejado

esos contactos atrás, todavía sabía

dónde buscar. Una tarde, después del

trabajo, hizo algunas llamadas

discretas.

No dio muchas explicaciones, solo dijo

que necesitaba protección por problemas

en el barrio. Nadie hizo preguntas

incómodas. En ese mundo, las preguntas

incómodas no se hacían. Días después,

Martín tenía en su poder lo que buscaba.

No lo guardó en casa. lo escondió en el

carro envuelto en una toalla vieja

debajo del asiento. Cada vez que subía

al vehículo sabía que estaba ahí y cada

vez que lo sabía sentía una mezcla

extraña de miedo y determinación. Pero

Martín no actuó de inmediato. Necesitaba

el momento correcto. Necesitaba estar

seguro de que los encontraría juntos en

un lugar donde no hubiera testigos,

donde pudiera confrontarlos sin

interrupciones.

Observó sus rutinas durante días.

Confirmó que los miércoles y jueves por

la noche el templo quedaba casi vacío.

Confirmó que Carla salía de casa con

excusas cada vez más débiles. Voy a

ayudar con unas cosas de la iglesia.

Tengo una reunión de mujeres. El pastor

necesita ayuda con unos documentos.

Martín dejó de cuestionar esas salidas.

Solo asentía y la dejaba ir. Carla, al

ver que ya no le hacía preguntas, se

relajó un poco. Interpretó el silencio

de Martín como resignación, como si

finalmente hubiera aceptado su versión

de los hechos. No se dio cuenta de que

el silencio de Martín no era aceptación,

sino preparación.

Un jueves por la noche, Martín tomó la

decisión de que esa sería la noche.

Carla le dijo que saldría a una reunión

en la iglesia. Martin la vio arreglarse

con más cuidado del que ponía para

reuniones normales, maquillaje, perfume,

ropa que no usaba para actividades

comunitarias.

Cuando salió, Martín esperó unos minutos

y luego también salió de casa. le dijo

al niño que iba por algo de cenar y que

volvía pronto. El niño, acostumbrado a

las salidas de sus padres, solo asintió

sin prestarle mucha atención. Martín

subió a su carro, revisó que el objeto

que había escondido seguía ahí, lo

destapó, lo miró unos segundos y luego

lo volvió a guardar. Respiró hondo,

arrancó el motor y se dirigió al templo.

El trayecto fue corto, apenas unos

minutos. Martín manejó con la mente en

blanco, sin pensar realmente en lo que

estaba a punto de hacer. Llegó al templo

y estacionó a una cuadra de distancia en

una zona sin mucha luz. Desde ahí podía

ver la entrada lateral. La camioneta del

pastor estaba estacionada afuera. Unos

metros más adelante reconoció el carro

de Carla. Ambos estaban ahí. Martín

apagó el motor y se quedó sentado en la

oscuridad. Miró el reloj. Las 9:30 de la

noche, las calles estaban tranquilas.

Solo se escuchaban perros ladrando a lo

lejos y el ruido de algún televisor en

una casa cercana. El templo tenía una

luz tenue encendida en el interior, pero

las cortinas estaban cerradas. Nadie más

parecía estar ahí.

Martín bajó del carro, tomó el objeto

envuelto en la toalla, lo escondió bajo

su chamarra y caminó hacia el templo. Su

corazón latía rápido, pero sus pasos

eran firmes. No dudó, no se detuvo a

pensar en las consecuencias, solo

caminó. Llegó a la puerta lateral, la

misma que don Raúl había mencionado.

Empujó suavemente.

Estaba sin seguro. Entró en silencio. El

interior estaba en penumbra, solo

iluminado por la luz que venía de la

zona trasera detrás del altar. Martín

avanzó con cuidado, sin hacer ruido.

Escuchó voces, murmullos, risas bajas.

El sonido de su propia respiración se

volvió lo único que podía oír

claramente. Se acercó al pasillo que

llevaba a la oficina del pastor y a los

cuartos traseros.

La puerta de uno de esos cuartos estaba

entreabierta. Desde ahí salía la luz.

Martín se detuvo frente a la puerta. Por

un segundo, solo un segundo, dudó. Pensó

en su hijo. Pensó en lo que estaba a

punto de hacer. Pensó en si todavía

había manera de dar marcha atrás.

Pero entonces escuchó la voz de Carla.

Una risa, una risa que no había

escuchado en meses, tal vez años. Una

risa que ella le daba a otro, no a él. Y

algo dentro de Martín se quebró

definitivamente.

Empujó la puerta con fuerza. La escena

que vio adentro confirmó todo lo que

había sospechado.

Carla y el pastor Elías estaban ahí en

una posición que no dejaba lugar a

dudas.

Ambos se voltearon al mismo tiempo con

expresiones de sorpresa y miedo. El

pastor intentó decir algo, pero Martín

ya no escuchaba palabras, solo veía

imágenes, solo sentía rabia. Sacó el

objeto de debajo de su chamarra. En ese

momento, todo se aceleró. Se oyeron

gritos, se oyeron súplicas, se oyeron

detonaciones que hicieron eco en las

paredes del templo y que se escucharon

hasta la calle. Y después solo silencio.

El silencio que siguió fue pesado, como

si el aire mismo se hubiera detenido.

Martín se quedó de pie en medio del

cuarto trasero del templo con la

respiración agitada y las manos

temblando. Frente a él, en el piso,

yacían dos cuerpos inmóviles. Manchas

rojizas comenzaban a extenderse sobre el

suelo de concreto. El olor a pólvora se

mezclaba con el olor a humedad del

lugar.

Las luces fluorescentes del techo

parpadeaban levemente, proyectando

sombras irregulares en las paredes.

Martín soltó el arma, cayó al suelo con

un ruido metálico que resonó en el

espacio vacío. Se quedó mirando la

escena sin procesarla realmente. Su

mente estaba en blanco, como si hubiera

dejado de funcionar.

No sentía alivio, no sentía triunfo,

solo sentía un vacío enorme, como si

algo esencial hubiera desconectado en su

interior. Pasaron segundos, tal vez

minutos. Martín no supo cuánto tiempo

estuvo ahí parado, inmóvil. Entonces, de

repente, la realidad comenzó a filtrarse

de vuelta. escuchó un celular vibrando

en alguna parte del cuarto. Miró hacia

los cuerpos y notó el teléfono de Carla

iluminándose con una llamada entrante.

La pantalla mostraba un nombre. Mamá.

Martín sintió una punzada en el pecho.

La madre de Carla llamando sin saber que

su hija ya no iba a contestar nunca más.

Martín dio un paso atrás, luego otro. De

repente el instinto de huir se activó.

Salió del cuarto, caminó por el pasillo,

atravesó el área del altar. Todo estaba

igual que antes. Las sillas ordenadas,

el crucifijo en la pared, la tela verde

sobre el altar. Pero ahora ese lugar ya

no representaba fe ni paz, representaba

muerte. Salió por la puerta lateral, la

misma por la que había entrado. La calle

seguía tranquila. Nadie parecía haber

escuchado nada. o si lo habían

escuchado, todavía no habían salido a

investigar.

Martín caminó rápido hacia su carro,

subió, arrancó el motor y se fue. No

tenía un plan, solo manejaba. Condujo

sin rumbo durante varios minutos, dando

vueltas por calles que conocía, pero que

ahora le parecían extrañas. En su mente,

las imágenes de lo que acababa de hacer

se repetían una y otra vez.

veía las caras de Carla y el pastor en

el momento en que abrió la puerta. Veía

sus expresiones de sorpresa, escuchaba

los gritos, escuchaba las detonaciones.

Y en medio de todo eso se preguntaba qué

había hecho, qué había hecho realmente.

Finalmente se detuvo en una calle

oscura, lejos del templo. Apagó el motor

y se quedó sentado en el silencio del

carro. Miró sus manos, todavía

temblaban. miró el reloj. Habían pasado

menos de 20 minutos desde que había

salido de casa. 20 minutos. En 20

minutos había destruido su vida y la de

su hijo. Pensó en regresar a casa,

actuar como si nada hubiera pasado,

esperar a que alguien más descubriera

los cuerpos, pero sabía que eso no iba a

funcionar. Habían cámaras en el barrio,

había testigos potenciales, había

rastros y aunque intentara borrarlos, la

verdad iba a salir eventualmente

siempre salía. Martín tomó su celular y

lo miró durante largo rato. Pensó en

llamar a la policía, en entregarse de

inmediato, en confesar lo que había

hecho, pero no lo hizo. En lugar de eso,

guardó el teléfono y volvió a arrancar

el carro. decidió regresar a casa, no

porque tuviera un plan, sino porque no

sabía qué más hacer. Cuando llegó, el

niño estaba dormido. La casa estaba en

silencio. Martín se sentó en la sala, en

la oscuridad y esperó. No sabía qué

estaba esperando exactamente, pero

sentía que algo tenía que pasar, que

alguien iba a tocar la puerta, que las

sirenas iban a sonar, que todo iba a

explotar. Pero esa noche no pasó nada.

La casa se mantuvo en silencio. El niño

siguió durmiendo y Martín, sentado en el

sillón con la mirada fija en la pared,

comenzó a darse cuenta de que lo que

había hecho no tenía marcha atrás.

Mientras tanto, en el templo el tiempo

seguía su curso. Las manchas rojizas en

el suelo se secaban lentamente.

El celular de Carla dejó de vibrar. La

luz fluorescente seguía parpadeando y en

la calle de afuera, el barrio continuaba

con su rutina nocturna, ajeno a lo que

había ocurrido en ese lugar, que hasta

hace unas horas era considerado sagrado.

No fue sino hasta casi medianoche que

alguien finalmente descubrió la escena.

era el encargado de limpieza del templo,

un hombre mayor llamado don Eugenio, que

había olvidado recoger algunas sillas y

decidió pasar rápido antes de irse a

dormir. Al llegar notó que la puerta

lateral estaba entreabierta.

Eso le pareció raro, porque el pastor

siempre cerraba bien antes de irse. Don

Eugenio empujó la puerta y entró

llamando. Pastor, ¿hay alguien? No hubo

respuesta. Avanzó hacia el interior,

notó un olor extraño como a metal y

pólvora. Siguió caminando y entonces vio

la luz encendida en el pasillo trasero.

Se acercó con cautela y cuando llegó al

cuarto de donde salía la luz, vio lo que

nadie debería ver. Don Eugenio

retrocedió con el corazón latiéndole tan

fuerte que creyó que iba a desmayarse.

Salió corriendo del templo, tropezó en

la entrada. Casi cae, pero logró

mantenerse en pie. Sacó su celular con

manos temblorosas y marcó al 9 Ns 11.

Hay muertos en la iglesia. Hay muertos.

Vengan rápido. En menos de 10 minutos,

la calle frente al templo se llenó de

patrullas. Las luces rojas y azules

iluminaban las fachadas de las casas.

Los vecinos comenzaron a salir, algunos

en pijama, otros asomándose desde las

ventanas.

Cinta amarilla de resguardo se extendió

rápido. Policías con linternas revisaban

el perímetro. Peritos con maletines

entraban al templo con expresiones

serias. Adentro la escena hablaba por sí

sola. Dos cuerpos, casquillos en el

suelo, manchas de sangre, señales claras

de violencia. Los investigadores

comenzaron a tomar fotos, a levantar

evidencia, a buscar pistas.

Alguien encontró el celular de Carla y

lo marcó como evidencia. Alguien más

identificó la camioneta del pastor

estacionada afuera y alguien comenzó a

hacer las preguntas que eventualmente

llevarían a Martín. ¿Quién tenía

motivos? ¿Quién había estado en

conflicto con las víctimas? ¿Quién había

actuado raro en los últimos días?

Martín, desde su casa, escuchó las

sirenas a lo lejos. supo de inmediato

que habían encontrado los cuerpos. cerró

los ojos y respiró hondo. Sabía que era

cuestión de tiempo antes de que llegaran

por él y en cierta forma una parte de él

se sintió aliviada porque ahora ya no

tenía que seguir fingiendo, ya no tenía

que seguir cargando solo con el peso de

lo que había hecho. La noticia del

hallazgo se extendió por el barrio con

una velocidad impresionante.

Antes del amanecer, ya todos en la zona

sabían que algo terrible había ocurrido

en el templo. Los grupos de WhatsApp se

llenaron de mensajes especulando sobre

lo que había pasado. Algunos decían que

había sido un robo, otros mencionaban

problemas internos de la iglesia y unos

pocos, los que habían visto o escuchado

rumores en las últimas semanas,

comenzaron a atar cabos y a mencionar

nombres en voz baja. Para cuando el sol

salió, la investigación ya estaba en

marcha. Los peritos habían levantado

casquillos de bala, habían fotografiado

la escena desde todos los ángulos

posibles, habían tomado muestras de las

manchas en el piso. La evidencia física

era clara. Dos víctimas, múltiples

impactos de bala, muerte casi

instantánea. El lugar del crimen era el

cuarto trasero del templo, un espacio

que no se usaba para actividades

públicas, lo que indicaba que las

víctimas estaban ahí de manera privada.

Los investigadores comenzaron a revisar

los celulares de ambas víctimas.

En el teléfono de Carla encontraron

mensajes frecuentes con el pastor Elías,

intercambios que iban más allá de lo que

sería normal entre un pastor y una

congregante. Había conversaciones que

empezaban con temas espirituales, pero

que derivaban en comentarios más

personales, más íntimos. Encontraron

también registros de llamadas a horas

inusuales, llamadas nocturnas que

duraban más de una hora, videollamadas

tarde en la noche. Todo apuntaba a una

relación que había cruzado los límites

de lo pastoral. Mientras los peritos

trabajaban en la escena, otros

investigadores comenzaron a entrevistar

a vecinos y miembros de la congregación.

Fue don Raúl, el vecino que vivía frente

al templo, uno de los primeros en serado.

Los detectives llegaron a su casa

temprano en la mañana. Don Raúl estaba

nervioso, incómodo, sabiendo que lo que

iba a decir podría cambiar el rumbo de

la investigación.

“Miren, yo no quiero meterme en

problemas”, comenzó diciendo. Pero los

investigadores lo presionaron.

Necesitaban saber todo lo que había

visto. Don Raúl suspiró y contó la

historia completa. El domingo en que vio

a Carla y al pastor entrar juntos por la

puerta lateral, el mensaje que le había

enviado a Martín para alertarlo, las

veces que había notado que ambos

coincidían en el templo en horarios

extraños.

“Yo no vi nada malo directamente”,

aclaró. Pero se veía raro y la gente

comentaba. Los investigadores tomaron

nota de todo. El nombre de Martín

comenzó a circular entre el equipo. Si

el esposo había sido alertado de una

posible infidelidad, si había habido

rumores en la comunidad, si había

tensión en el matrimonio, entonces

Martín tenía motivo y en casos de

homicidios pasionales, el motivo era el

primer hilo que se seguía. Otros

miembros de la congregación también

fueron entrevistados.

Una hermana de la iglesia, doña

Patricia, mencionó que en las últimas

semanas había notado a Martín diferente,

más callado, más distante, con una

mirada que ella describió como ausente,

como si estuviera en otro lado. Otro

hermano recordó que Martín había

confrontado al pastor en privado hacía

unos días, aunque no sabía exactamente

qué se habían dicho. La investigación

también revisó cámaras de seguridad de

negocios cercanos al templo. Encontraron

grabaciones de la noche del crimen. En

una de ellas, tomada por la cámara de

una tienda de abarrotes que estaba a

media cuadra, se veía un carro que se

estacionaba en la zona y luego se iba

minutos después de las detonaciones.

La placa no se distinguía con claridad,

pero el modelo del vehículo coincidía

con el que Martín manejaba. Con esa

información, los investigadores

decidieron que era momento de hablar con

Martín. Dos detectives se dirigieron a

su casa al día siguiente del crimen,

cerca del mediodía. Tocaron la puerta.

Martín abrió. Tenía ojeras profundas,

ropa arrugada, expresión cansada. Los

detectives se presentaron y le pidieron

que los acompañara a responder algunas

preguntas.

Martín no se resistió, solo pidió unos

minutos para hablar con su hijo y

dejarlo con una vecina. En la

comandancia, Martín fue llevado a una

sala de interrogatorios.

Era un cuarto pequeño con paredes

grises, una mesa metálica, tres sillas y

una cámara en la esquina superior. Los

detectives comenzaron con preguntas

generales. ¿Dónde había estado la noche

anterior? si sabía algo sobre lo

ocurrido en el templo, cuál era su

relación con las víctimas. Martín

respondió con una versión preparada,

aunque no muy bien construida. Dijo que

había estado en casa toda la noche, que

no sabía nada del crimen hasta que

escuchó las sirenas. Dijo que su

relación con Carla era normal, que no

había problemas serios. Dijo que

respetaba mucho al pastor Elías, que era

su guía espiritual, pero su voz sonaba

monótona. Sus respuestas eran demasiado

breves y evitaba el contacto visual. Los

detectives no le creyeron. Tenían

experiencia suficiente para saber cuándo

alguien estaba mintiendo. Comenzaron a

presionar. Le mostraron los mensajes

entre Carla y el pastor. Le preguntaron

si sabía de esa relación. Martín negó al

principio, pero su lenguaje corporal lo

contradecía. apretaba los puños, miraba

al suelo, respiraba más rápido.

Entonces, los detectives jugaron su

carta más fuerte. Mencionaron el video

de la cámara de seguridad que mostraba

un carro similar al suyo cerca del

templo en el horario del crimen. Martín

se quedó en silencio durante varios

segundos. Luego intentó otra versión.

dijo que sí había ido al templo, pero

solo para buscar a Carla, porque no

contestaba el teléfono. Dijo que cuando

llegó todo estaba cerrado y oscuro, así

que se fue. Pero esa versión tampoco

cuadraba con los tiempos ni con la

evidencia. Los investigadores sabían que

necesitaban más presión. Le hablaron del

hijo que había quedado huérfano, de las

familias destruidas, de la gravedad de

lo ocurrido. Martín comenzó a quebrarse.

Sus respuestas se volvieron más

erráticas, más confusas. Empezó a

justificarse sin que le preguntaran.

Ellos me traicionaron. Ellos me

humillaron. Yo confié en ellos. Uno de

los detectives se inclinó hacia delante

y le preguntó directamente, “¿Fuiste tú

quien los mató?”

Martín se quedó mirando la mesa durante

un largo rato. Finalmente, con voz

apenas audible, respondió, “Yo solo

quería que dejaran de mentir.” Esa frase

fue suficiente. No era una confesión

completa, pero era una admisión de

culpabilidad.

Los detectives continuaron el

interrogatorio durante horas, obteniendo

más detalles, construyendo la secuencia

completa de los hechos. Martín, ya sin

fuerzas para seguir mintiendo, terminó

contando todo. ¿Cómo había sospechado de

la infidelidad? ¿Cómo había confirmado

sus sospechas? ¿Cómo había planeado la

confrontación? ¿Cómo había conseguido el

arma? ¿Cómo había entrado al templo esa

noche? Al final del interrogatorio,

Martín fue formalmente arrestado. Le

leyeron sus derechos, lo ficharon, le

tomaron huellas y fotografías.

fue trasladado a una celda de detención

preventiva mientras se preparaban los

cargos formales.

En ese momento, Martín finalmente

entendió la magnitud de lo que había

hecho. No solo había matado a dos

personas, había destruido su propia vida

y la de su hijo, y todo por un acto de

violencia que no le había devuelto nada.

La noticia del arresto de Martín terminó

de sacudir a la comunidad. Lo que antes

eran rumores ahora se confirmaba como

una tragedia real. Un esposo que había

asesinado a su esposa y al pastor de su

iglesia tras descubrir una infidelidad.

Las redes sociales locales explotaron

con reacciones divididas. Algunos

condenaban a Martín sin matices,

llamándolo asesino y exigiendo la pena

máxima. Otros, aunque no justificaban el

crimen, expresaban comprensión hacia el

dolor que debió haber sentido al ser

traicionado por las dos personas en

quienes más confiaba. La iglesia entró

en una crisis profunda. Varios miembros

dejaron de asistir a los cultos

incómodos con lo que había pasado en ese

lugar.

Otros se dividieron entre los que

defendían la memoria del pastor Elías,

argumentando que había sido una buena

persona que cometió un error y los que

lo señalaban como responsable de haber

destruido una familia al abusar de su

posición de autoridad. Hubo reuniones

internas, discusiones acaloradas y

finalmente la decisión de cerrar el

templo temporalmente mientras la

congregación decidía qué hacer con ese

espacio que ahora cargaba con el peso de

un crimen. Mientras tanto, la fiscalía

avanzaba con la construcción del caso.

Los fiscales asignados revisaron toda la

evidencia recopilada, los mensajes entre

Carla y el pastor, los testimonios de

vecinos y congregantes, las grabaciones

de cámaras de seguridad, los casquillos

y restos balísticos, el rastro del arma

que Martín había usado. También

analizaron el perfil psicológico de

Martín, su historia previa, su

transformación en los años recientes y

el deterioro emocional que había sufrido

en las semanas previas al crimen. El

arma utilizada fue rastreada.

Aunque Martín había intentado deshacerse

de ella tirándola en un canal de aguas

cerca de su casa, busos de la policía

lograron recuperarla. El análisis

balístico confirmó que los casquillos

encontrados en la escena correspondían a

esa arma. También se descubrió que

Martín la había conseguido a través de

un contacto de su pasado, alguien que lo

conocía de sus años antes de entrar a la

iglesia. Ese contacto fue interrogado y

confirmó la venta, aunque argumentó que

no sabía para qué la necesitaba Martín.

El caso comenzó a tomar forma jurídica.

Los fiscales decidieron acusar a Martín

de dos cargos de homicidio calificado

con agravantes por premeditación, por el

uso de un arma de fuego y por haber

cometido el crimen en un lugar de culto

religioso.

La defensa pública asignada a Martín, un

abogado joven con poca experiencia en

casos de alto perfil, intentó construir

una estrategia basada en el argumento de

crimen pasional, que Martín había

actuado en un estado emocional alterado,

que la traición lo había llevado a

perder el control, que no había planeado

realmente matar a nadie. Pero la

evidencia decía lo contrario. Martín

había conseguido el arma días antes.

Había observado las rutinas del pastor y

de Carla. había esperado el momento

adecuado. Todo eso hablaba de

premeditación,

no de un acto impulsivo. Los fiscales

dejaron claro que no iban a permitir que

el argumento del crimen pasional

sirviera como atenuante.

Este no era un caso de alguien que

perdió el control en un momento de

confrontación. Era un caso de alguien

que planificó y ejecutó un doble

homicidio. Los meses previos al juicio

fueron difíciles para todos los

involucrados.

La familia de Carla quedó destrozada.

Su madre, que había llamado al celular

de su hija sin obtener respuesta esa

noche, ahora cargaba con la culpa de no

haber insistido más, de no haber ido a

buscarla. Sus hermanos pedían justicia,

aparecían en medios locales exigiendo

que Martín pagara por lo que había

hecho. Carla era una buena persona que

cometió un error. Decían, eso no

justifica que le quitaran la vida.

La familia del pastor Elías también

sufría, pero de manera más complicada.

Por un lado, lamentaban la pérdida de un

ser querido. Por otro, tenían que lidiar

con el estigma de lo que había hecho.

Una infidelidad con una congregante

casada, un abuso de autoridad religiosa.

Algunos familiares defendían su memoria

públicamente, argumentando que había

sido un hombre dedicado a su comunidad.

Otros preferían mantenerse en silencio,

conscientes de que cualquier defensa

sería vista con escepticismo.

El hijo de Martín y Carla quedó bajo el

cuidado de la familia de Carla. Era un

niño pequeño que no entendía

completamente lo que había pasado. Solo

sabía que su mamá ya no estaba y que su

papá estaba en un lugar donde no podía

visitarlo fácilmente. Las visitas al

centro de detención eran vigiladas,

breves, incómodas.

Martín intentaba explicarle cosas que el

niño no tenía edad para procesar. Papá

cometió un error muy grande, le decía,

“Pero, ¿cómo explicarle a un niño que su

padre había matado a su madre?” Mientras

el juicio se preparaba, Martín pasaba

sus días en una celda compartida con

otros detenidos. Algunos de ellos

también enfrentaban cargos por

homicidio, otros por delitos menores. Al

principio, Martín se mantenía aislado,

sin hablar con nadie, pero con el tiempo

comenzó a reflexionar sobre lo que había

hecho. No de manera inmediata ni

dramática, sino de forma lenta y

dolorosa. Empezó a darse cuenta de que

la violencia no le había devuelto nada.

Carla seguía muerta, el pastor seguía

muerto y él había perdido a su hijo, su

libertad y cualquier posibilidad de

futuro. En una de las sesiones con su

abogado, Martín preguntó cuántos años

enfrentaba. El abogado fue honesto. Si

te declaran culpable de ambos cargos con

agravantes, estamos hablando de varias

décadas, posiblemente entre 30 y 50

años.

Y con tu confesión es casi seguro que te

van a encontrar culpable. Martín asintió

sin expresión. Ya lo sabía. En el fondo

lo había sabido desde el momento en que

jaló el gatillo. Los fiscales también

preparaban a los testigos que

presentarían en el juicio. Don Raúl, el

vecino, aceptó declarar, aunque con

nerviosismo.

Doña Patricia y otros miembros de la

congregación también fueron citados.

La fiscalía quería construir un retrato

completo de los eventos. La infidelidad,

las sospechas de Martín, la

confrontación frustrada con el pastor,

el deterioro emocional, el plan, la

ejecución. Querían que el jurado viera

que esto no había sido un acto de locura

temporal, sino una decisión consciente

motivada por venganza. La fecha del

juicio finalmente fue fijada para varios

meses después del arresto. Sería un

juicio oral con jurado popular en el

Tribunal de Tijuana.

Los medios locales ya habían comenzado a

cubrir el caso y se esperaba que el

juicio atrajera atención tanto por el

aspecto religioso como por la naturaleza

del crimen. Un pastor, una congregante

casada, un esposo traicionado,

todos los elementos de una tragedia que

la gente seguiría con interés morboso.

Martín sabía que sus posibilidades de

ser absuelto eran nulas. La evidencia

era abrumadora. Su propia confesión lo

condenaba. Lo único que podía esperar

era que el jurado considerara algún

atenuante, alguna circunstancia que

redujera la sentencia. Pero incluso eso

parecía poco probable. Había matado a

dos personas, había dejado huérfano a su

hijo. No había marcha atrás. El juicio

comenzó en una mañana nublada de finales

de 2023. La sala del tribunal estaba

llena. familiares de las víctimas,

miembros de la prensa, curiosos del

barrio, representantes de la iglesia.

Martín entró escoltado por dos oficiales

con ropa civil, pero esposado. Se veía

más delgado que antes, con la barba

crecida y una expresión de agotamiento

permanente en el rostro. Se sentó junto

a su abogado defensor sin mirar a nadie.

El jurado, compuesto por 12 personas

seleccionadas de diferentes sectores de

Tijuana, fue informado de los cargos.

Dos homicidios calificados con

agravantes de premeditación, uso de arma

de fuego y comisión del delito en un

lugar de culto religioso.

El fiscal presentó su caso de apertura

con claridad.

Este es un caso sobre venganza. Martín

R. descubrió que su esposa Carla lo

engañaba con el pastor de su iglesia. En

lugar de buscar ayuda, en lugar de

alejarse, decidió tomar la justicia en

sus propias manos. Consiguió un arma,

esperó el momento adecuado, entró al

templo y ejecutó a dos personas. Esto no

fue un acto impulsivo, fue un plan

calculado y llevado a cabo con frialdad.

La defensa respondió con un argumento

más emocional. Mi cliente es un hombre

que fue traicionado de la peor manera

posible. No solo su esposa le fue

infiel, sino que lo hizo con la persona

en quien él más confiaba después de

Dios, su pastor. Martín llegó al límite

emocional. Lo que hizo fue terrible,

pero no fue el acto de un asesino frío.

Fue el acto de un hombre destrozado que

no encontró otra salida. Pero incluso

mientras el abogado hablaba, se notaba

que su argumento era débil. La

premeditación era evidente y ningún

dolor justificaba un doble homicidio.

Los primeros testimonios fueron los de

los peritos forenses.

Explicaron con detalle técnico cómo

habían sido las muertes. Trayectorias de

bala, distancias de disparo, tiempo

estimado de muerte. Mostraron

fotografías de la escena del crimen,

imágenes que hicieron que varios

miembros del jurado apartaran la mirada.

Luego vinieron los testimonios de los

investigadores que presentaron la

evidencia digital, los mensajes entre

Carla y el pastor, las llamadas

nocturnas, las videollamadas,

todo confirmaba la relación

extramarital.

Don Raúl fue llamado a declarar. Subió

al estrado con nerviosismo visible.

Contó la historia del domingo en que vio

a Carla y al pastor entrar juntos al

templo y cerrar la puerta. y cómo había

decidido alertar a Martín. “Yo no pensé

que fuera a pasar algo así”, dijo con

voz temblorosa. “Solo quería que él

supiera. No imaginé que iba a terminar

en esto.” El fiscal le preguntó si había

notado cambios en Martín después de ese

mensaje. Don Raúl asintió. “Sí, lo vi

más serio, más callado, como si algo lo

estuviera carcomiendo por dentro. Otros

miembros de la congregación también

testificaron. Doña Patricia habló de las

veces que había visto a Carla y al

pastor juntos en momentos que le

parecieron inapropiados.

Otro hermano de la iglesia recordó la

confrontación que Martín había tenido

con el pastor semanas antes del crimen.

Le preguntó directamente si había algo

entre él y Carla. El pastor lo negó,

pero Martín no se veía convencido. Todos

esos testimonios construían la imagen de

un hombre que había estado acumulando

evidencia y dolor hasta llegar al punto

de quiebre. El momento más tenso del

juicio llegó cuando la fiscalía presentó

la grabación del interrogatorio de

Martín. En la sala se proyectó el video

completo, casi 3 horas de interrogatorio

en las que Martín pasaba a negar todo, a

intentar excusas débiles, a finalmente

admitir lo que había hecho. El jurado

escuchó su voz cuando dijo, “Yo solo

quería que dejaran de mentir.” Escuchó

cómo describió el momento en que entró

al cuarto trasero del templo y vio a

Carla y al pastor juntos.

Escuchó como Martín, con voz quebrada

admitió haber jalado el gatillo. La

defensa intentó mitigar el daño

argumentando que Martín había actuado

bajo emoción violenta, un estado

psicológico en el que una persona pierde

temporalmente el control debido a una

provocación extrema. Llamaron a un

psicólogo forense que analizó el perfil

de Martín y habló de cómo la traición

puede desencadenar reacciones extremas

en personas con ciertos rasgos de

personalidad.

Martín no es un criminal nato”,

argumentó el psicólogo.

Es un hombre que llegó a un punto de

ruptura emocional, pero la fiscalía

contraatacó con su propio experto, quien

argumentó que la premeditación eliminaba

cualquier posibilidad de emoción

violenta. Si Martín hubiera llegado al

templo, visto la escena y disparado en

ese momento, podríamos hablar de un acto

impulsivo.

Pero él consiguió el arma antes,

planificó el momento, esperó la

oportunidad.

Eso no es pérdida de control, eso es

venganza calculada. El turno de Martín

de subir al estrado llegó en la tercera

semana del juicio. Su abogado le había

aconsejado que no declarara, pero Martín

insistió. Quería hablar. Cuando lo

llamaron, caminó lentamente hacia el

estrado, juró decir la verdad y se sentó

frente al jurado y el público. El fiscal

comenzó el interrogatorio directo. Usted

mató a Carla R y a Elías M. Martín

asintió. Sí, lo planeó. Martín dudó. Yo

no sé si se puede llamar plan. Solo

sabía que tenía que confrontarlos. Para

confrontarlos necesitaba un arma.

Silencio. Responde la pregunta, señor R.

Martín bajó la mirada. Tenía miedo de

que me mintieran otra vez. ¿Y el arma

era, ¿para qué entonces? Martín no

respondió. El fiscal continuó

presionando. Le preguntó por los días

previos al crimen, por las veces que

había vigilado el templo, por el momento

en que consiguió el arma. Martín

respondía con frases cortas, a veces

contradictorias, intentando justificar

lo que había hecho, pero sin encontrar

las palabras adecuadas.

En un momento, el fiscal le preguntó,

“¿Pensó en su hijo cuando jaló el

gatillo?” Martín se quebró. Todos los

días pienso en él. Todos los días

quisiera regresar el tiempo, pero no

puedo. La defensa intentó suavizar el

impacto en su turno de preguntas.

Le preguntó a Martín cómo se había

sentido al descubrir la infidelidad,

cómo había sido su relación con Carla

antes de eso, qué significaba para él la

figura del pastor. Martín habló con voz

quebrada de cómo había confiado en

ambos, de cómo se había sentido

traicionado no solo como esposo, sino

como creyente. Yo le entregué mi vida a

esa iglesia. Les confié mi familia y

ellos. Ellos me quitaron todo, pero ni

siquiera esas palabras lograron generar

mucha simpatía en la sala. La madre de

Carla, sentada en la primera fila,

lloraba en silencio. Los familiares del

pastor miraban a Martín con una mezcla

de dolor y rabia. Para ellos, no

importaba cuánto hubiera sufrido Martín.

Nada justificaba lo que había hecho. Al

final de su declaración, el juez le

preguntó si tenía algo más que decir.

Martín se giró hacia donde estaban los

familiares de las víctimas y dijo, “Sé

que no hay nada que pueda decir que

arregle esto. Sé que lo que hice estuvo

mal, pero quiero que sepan que también

perdí todo y voy a cargar con eso el

resto de mi vida.”

No hubo respuesta, solo silencio.

Después de semanas de testimonios,

evidencias y argumentos, el caso fue

entregado al jurado para deliberación.

Tardaron menos de un día en llegar a un

veredicto. Cuando regresaron a la sala,

el portavoz del jurado se puso de pie y

leyó la decisión. En el caso del Estado

contra Martín R. En el cargo de

homicidio calificado de Carla R.

Encontramos al acusado culpable. En el

cargo de homicidio calificado de Elías

M. Encontramos al acusado culpable.

Martin no reaccionó, solo cerró los ojos

y respiró hondo. Su abogado puso una

mano en su hombro. En la sala, algunos

familiares de las víctimas lloraron de

alivio. Otros asintieron en silencio. La

justicia había hablado. La audiencia de

sentencia se llevó a cabo dos semanas

después del veredicto.

Martín fue llevado nuevamente a la sala

del tribunal, esta vez ya sin la

incertidumbre del juicio, pero con la

certeza de que su vida, tal como la

conocía, había terminado.

El juez, un hombre de edad avanzada con

décadas de experiencia en el sistema

judicial, presidía la audiencia con

expresión seria. Antes de dictar la

sentencia, permitió que los familiares

de las víctimas hicieran declaraciones

de impacto. La madre de Carla fue la

primera en hablar. Subió al estrado con

dificultad, apoyándose en el brazo de

uno de sus hijos. Tenía los ojos rojos

de tanto llorar. Mi hija no era

perfecta”, comenzó diciendo con voz

quebrada. Cometió un error, pero ese

error no merecía la muerte. Carla era

una buena madre, una trabajadora, una

persona que luchaba todos los días por

salir adelante. Y ahora mi nieto creció

sin madre por culpa de este hombre.

Señaló a Martín sin mirarlo

directamente.

Él dice que perdió todo, pero ¿qué hay

de nosotros? ¿Qué hay de ese niño que

quedó huérfano? No hay justicia que

devuelva a mi hija, pero al menos quiero

que este hombre pague por lo que hizo.

Uno de los hermanos del pastor Elías

también hizo una declaración. habló de

cómo su hermano había dedicado su vida a

ayudar a otros, de los años que había

servido a la comunidad, de las familias

que había apoyado en momentos difíciles.

“No voy a negar que mi hermano cometió

un error grave”, dijo con tono

controlado. “Lo que hizo con esa familia

estuvo mal, pero eso no le daba derecho

a nadie de quitarle la vida. Mi hermano

merecía enfrentar las consecuencias de

sus actos, pero no de esta manera, no

con violencia.

No con muerte. Después de las

declaraciones, el fiscal presentó su

recomendación de sentencia. Argumentó

que los agravantes eran múltiples:

premeditación clara, uso de arma de

fuego, comisión del delito en un lugar

de culto religioso y el impacto

devastador en las familias y la

comunidad. Este no fue un crimen

pasional en el sentido legal del

término, insistió el fiscal. Fue un acto

de venganza planificado y ejecutado con

frialdad. El acusado tuvo múltiples

oportunidades de detenerse, de buscar

ayuda, de alejarse. No lo hizo. Eligió

la violencia. Por eso solicitamos la

pena máxima permitida por la ley. La

defensa, por su parte, intentó un último

esfuerzo para reducir la sentencia.

El abogado habló de la historia de

Martín, de su transformación antes de

estos hechos, de cómo había sido un buen

padre y trabajador. “Mi cliente no es un

monstruo,”, argumentó. “Es un ser humano

que llegó a un punto de quiebre. No

estoy justificando lo que hizo, pero sí

pido que se considere el contexto.”

Martín fue traicionado de la manera más

dolorosa posible y esa traición lo llevó

a tomar una decisión terrible. merece

castigo, sí, pero también merece que se

reconozca que no actuó por maldad pura,

sino por dolor. El juez escuchó ambas

partes sin interrumpir, luego tomó la

palabra. Este tribunal ha revisado toda

la evidencia presentada durante el

juicio. Ha escuchado los testimonios, ha

analizado las circunstancias y ha

considerado tanto los agravantes como

los posibles atenuantes. Hizo una pausa.

La infidelidad es una traición dolorosa.

Descubrir que tu pareja te engaña y peor

aún con alguien en quien confiabas es

una experiencia devastadora.

Este tribunal entiende el dolor que el

señor R. debió haber sentido. Otra

pausa. Sin embargo, ese dolor no

justifica la violencia. Existen vías

legales para terminar un matrimonio,

para buscar apoyo psicológico, para

alejarse de una situación tóxica. El

señor R. Eligió no tomar ninguna de esas

vías. Eligió la venganza y esa elección

tuvo consecuencias irreversibles.

El juez continuó.

El argumento de la defensa sobre emoción

violenta no se sostiene ante la

evidencia. El señor R planeó este

crimen, consiguió un arma con

anticipación, vigiló a las víctimas,

esperó el momento adecuado. Todo eso

habla de premeditación,

no de un acto impulsivo. Además, el

lugar donde se cometió el crimen, un

templo religioso, agrava la situación.

Ese era un espacio que debía ser

sagrado, un lugar de paz. Y el señor R

lo convirtió en escenario de muerte.

Martín escuchaba con la cabeza baja, las

manos entrelazadas sobre la mesa. Sabía

lo que venía. El juez levantó el

documento con la sentencia. En el cargo

de homicidio calificado de Carla R. Este

tribunal sentencia al acusado Martín R.

A 30 años de prisión. En el cargo de

homicidio calificado de Elías M. Este

tribunal sentencia al acusado a otros 30

años de prisión. Las sentencias se

cumplirán de manera consecutiva, sumando

un total de 60 años. Golpeó el mazo.

Esta audiencia ha concluido.

60 años. Martín tenía 34 años al momento

de la sentencia. Si cumplía la pena

completa, tendría 94 años al salir,

prácticamente una cadena perpetua. En la

sala hubo reacciones mixtas. Los

familiares de las víctimas sintieron que

finalmente se había hecho justicia,

aunque ninguna sentencia podría

devolverles a sus seres queridos. Martín

fue escoltado fuera de la sala sin decir

palabra. En los días siguientes, Martín

fue trasladado a un penal de mediana

seguridad en las afueras de Tijuana.

Ahí compartiría Zelda con otros

condenados por delitos graves. La rutina

carcelaria era monótona. Despertar

temprano, desayunar comida

institucional, pasar la mayor parte del

día en el patio o en la celda,

participar en algún taller si había

cupo, cenar, dormir. Los años se

medirían en esa repetición sin fin.

Martín sabía que nunca vería a su hijo

crecer. sabía que perdería todas las

etapas importantes, la escuela, la

adolescencia, la adultez.

Las visitas serían cada vez menos

frecuentes a medida que el niño creciera

y formara su propia vida. Con el tiempo,

Martín se convertiría en un extraño para

su propio hijo, alguien a quien se

visitaba por obligación o por lástima,

pero no por afecto genuino. En el penal,

Martín no hablaba mucho con otros

internos. mantenía la cabeza baja,

cumplía con las reglas, evitaba

conflictos.

Cuando otros presos le preguntaban por

qué estaba ahí, respondía con

vaguedades.

No quería contar la historia completa.

No quería revivir esos momentos una y

otra vez. Pero en las noches, cuando las

luces se apagaban y el ruido del penal

se reducía a ronquidos y murmullos

distantes, Martín no podía evitar pensar

en todo lo que había perdido. Pensaba en

Carla, no en la Carla de los últimos

meses, sino en la Carla de años atrás,

cuando todavía se reían juntos, cuando

todavía había esperanza. pensaba en el

pastor Elías, en las veces que le había

dado consejos sinceros, en los momentos

en que realmente lo había ayudado y se

preguntaba si en algún punto las cosas

pudieron haber sido diferentes. También

pensaba en su hijo. Esa era la parte más

dolorosa. Imaginaba al niño creciendo

sin padre ni madre, cargando con el

estigma de ser hijo de un asesino y de

una víctima. Imaginaba las preguntas que

le harían en la escuela, las burlas, la

vergüenza.

y sabía que todo eso era su culpa.

Martín había creído que al matar a los

responsables de su dolor recuperaría

algo de dignidad, algo de control sobre

su vida. Pero la realidad era lo

opuesto. No había recuperado nada. Solo

había añadido más pérdida, más dolor,

más vacío. Y ahora, encerrado en una

celda con décadas de condena por

delante, entendía que la venganza no

cura, solo destruye. El tiempo en

prisión tiene una forma extraña de

pasar, demasiado lento, día a día, pero

demasiado rápido cuando se mira hacia

atrás.

Martín llevaba ya dos años cumpliendo su

condena cuando finalmente comenzó a

procesar realmente lo que había hecho.

Al principio, los primeros meses, había

estado en una especie de shock

permanente, moviéndose por la rutina

carcelaria sin pensar demasiado. Pero

con el tiempo, la realidad se fue

asentando de manera definitiva. Las

visitas de su hijo se habían vuelto

esporádicas. El niño, ahora más grande,

venía acompañado de sus abuelos maternos

cada dos o tres meses. Las

conversaciones eran incómodas, llenas de

silencios largos.

El niño ya no lo llamaba papá, con la

misma naturalidad de antes. Había

distancia en su mirada, una distancia

que Martín sabía que nunca podría cerrar

completamente. En una de las últimas

visitas, el niño le preguntó

directamente, “¿Por qué lo hiciste?

Martín no supo que responder. Cualquier

explicación sonaba a excusa. Al final

solo dijo, “Porque perdí el control de

mí mismo y ahora vivo con eso todos los

días.”

La iglesia donde todo había ocurrido

había cerrado definitivamente.

La congregación se había dispersado.

Algunos miembros se unieron a otros

templos de la zona, pero muchos

simplemente dejaron de asistir a

cualquier servicio religioso.

La confianza se había roto de manera

irreparable.

El edificio del templo quedó abandonado

durante meses hasta que finalmente fue

vendido y convertido en una bodega

comercial.

Nadie quería un espacio marcado por esa

historia. La familia de Carla seguía

viviendo con el peso del estigma. Su

madre había envejecido años en meses,

cargando con el dolor de haber perdido a

su hija y con la responsabilidad de

criar a su nieto. Los hermanos de Carla

evitaban hablar del tema en público,

pero en privado lidiaban con

sentimientos complicados.

rabia hacia Martín, pero también hacia

el pastor y hacia su propia hermana por

haber tomado decisiones que llevaron a

esa tragedia. La familia del pastor

Elías también enfrentaba su propia

versión del duelo. Algunos miembros

defendían su memoria en privado,

recordando las cosas buenas que había

hecho a lo largo de los años. Otros no

podían perdonar la traición que

continuar 0014 había cometido, no solo

contra Martín, sino contra todos los

valores que había predicado. Hubo

divisiones familiares, discusiones que

dejaron heridas permanentes.

Al final, cada quien cargó con su

versión de la historia, sin llegar nunca

a un consenso sobre cómo recordar a

Elías. En el barrio, la historia se

convirtió en una de esas anécdotas que

se cuentan en voz baja como advertencia.

¿Te acuerdas del lavacarros que mató a

su esposa y al pastor? Algunos la usaban

para justificar su desconfianza hacia

las iglesias. Otros la usaban para

hablar sobre los peligros de la

infidelidad. Y unos pocos la usaban para

reflexionar sobre cómo la violencia

nunca resuelve nada, solo multiplica el

dolor. Don Raúl, el vecino que había

alertado a Martín, vivía con una culpa

que nadie más podía ver. Se preguntaba

constantemente si no hubiera sido mejor

quedarse callado si su mensaje no había

sido el detonante final que empujó a

Martín a actuar. Aunque racionalmente

sabía que la decisión de Martín había

sido solo suya, emocionalmente cargaba

con el peso de haber sido parte de la

cadena de eventos. Dejó de asomarse por

la ventana como antes. Dejó de observar

el barrio con la misma curiosidad.

Ahora prefería mantenerse al margen.

Martín, dentro del penal, había

comenzado a asistir a sesiones de

terapia grupal para internos condenados

por crímenes violentos. En esas sesiones

facilitadas por un psicólogo externo se

hablaba de responsabilidad, de

consecuencias, de formas de vivir con el

peso de lo que habían hecho. Martín

participaba poco, pero escuchaba.

Escuchaba las historias de otros hombres

que también habían destruido vidas,

incluyéndolas propias.

Y en esas historias encontraba ecos de

su propia experiencia, el dolor, la

rabia, la decisión fatal y el

arrepentimiento tardío. En una de esas

sesiones, otro interno le preguntó, “Si

pudieras regresar el tiempo, ¿qué harías

diferente?” Martín pensó durante largo

rato antes de responder. “Todo dijo

finalmente. Habría buscado ayuda, habría

terminado la relación, me habría alejado

de la iglesia.

Me habría ido del barrio, cualquier cosa

menos lo que hice. Pero todos en esa

sala sabían que esas respuestas no

cambiaban nada. El tiempo no regresaba.

Las víctimas no revivían y ellos seguían

ahí encerrados, viviendo con decisiones

que no podían deshacer. Con el paso de

los años, Martín se volvió uno más entre

los cientos de internos que poblaban el

penal. Ya no llamaba la atención, ya no

era noticia. Su caso había quedado

archivado en los registros judiciales de

Tijuana como otro ejemplo más de

violencia pasional consecuencias

fatales. De vez en cuando, estudiantes

de criminología o periodistas pedían

entrevistarlo para proyectos sobre

crímenes pasionales, pero Martín siempre

rechazaba. No quería ser parte de ningún

análisis. No quería que su historia se

convirtiera en material de estudio, solo

quería cumplir su condena en silencio.

Su hijo, ahora en la adolescencia, había

dejado de visitarlo casi por completo.

Las últimas veces que vino lo hizo por

insistencia de sus abuelos, pero se

notaba que no quería estar ahí. Martín

entendía cómo podía pedirle a ese

muchacho que mantuviera una relación con

el hombre que había matado a su madre.

No podía. y no lo hacía, simplemente

aceptaba la distancia como parte del

castigo que merecía. En el año 2024,

Martín cumplió 6 años de condena. Le

quedaban 54 más, si es que llegaba a

cumplirlos todos. Sabía que

probablemente moriría en prisión. Sabía

que nunca recuperaría su libertad. Nunca

recuperaría atrás a su familia. nunca

recuperaría la vida que había tenido

antes de ese jueves por la noche en el

templo. Todo eso se había perdido en el

momento en que decidió que la venganza

era la respuesta.

A veces en las noches Martín se

preguntaba qué habría pasado si

simplemente se hubiera alejado, si

hubiera dejado a Carla, si hubiera

dejado la iglesia, si hubiera empezado

de nuevo en otro lugar, tal vez habría

sido doloroso, tal vez habría sido

humillante, pero estaría libre, estaría

con su hijo, estaría vivo de verdad, no

solo existiendo en una celda. Pero esas

preguntas ya no tenían respuesta, solo

tenían eco en el vacío de una vida que

se había detenido aquella noche. Martín

había creído que castigar a los que lo

traicionaron le devolvería algo de

dignidad, pero lo único que logró fue

convertirse en aquello que más

despreciaba, alguien que destruye vidas.

Y ahora, con décadas de encierro por

delante, vivía con esa verdad todos los

días, sin escapatoria, sin redención

fácil, solo con el peso de dos muertes

que nunca podría reparar y un hijo que

creció sin madre por decisión de su

padre. Esa es la historia de Martín R.

Carla y el pastor Elías M. Una historia

sin ganadores, solo ausencias.

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