Los primeros en tirar la puerta no fueron policías ni soldados.
Fuimos nosotros: un puñado de choferes de tráiler con barriga, canas, botas gastadas… y más corazón del que muchos piensan.

Esperábamos encontrar vagabundos o jóvenes escondidos.
En cambio encontramos a un niño de siete años encadenado a un tubo oxidado en una casa abandonada.
Kits de escritura
La nota estaba pegada con cinta en su playera sucia:

«Por favor, cuiden de mi hijo. Lo siento. Díganle que mamá lo amó más que a todas las estrellas.»

El niño ni siquiera levantó la cabeza cuando tiramos la puerta a patadas.
Solo estaba sentado en el piso, dibujando círculos en el polvo con el dedo, como si no fuera nada raro ver a cinco hombres enormes de chaleco y botas mirándolo con la boca abierta.

La cadena alrededor de su tobillo le había pelado la piel.
A su alrededor, botellas de agua vacías y envolturas de galletas viejas.
Ahí llevaba varios días, fácil.

—Santo Dios… —murmuró a mi espalda “El Güero”, uno de los muchachos—. ¿Está…?
Cuentos macabros
—Está vivo —respondí, adelantándome sin pensarlo—. Oye, campeón. Tranquilo. Ya llegamos. Venimos a ayudarte.

El niño por fin levantó la cara.
Ojos cafés claros, hundidos, demasiado serios para alguien de esa edad.

—¿Mi mamá los mandó? —preguntó.

Se me cerró la garganta. La nota. Ese tiempo pasado. «Lo amó». No «lo ama». Lo amó.

—Sí, hijo —le mentí despacio—. Tu mamá nos mandó.

Me llamo Rogelio Medina, pero todos me dicen “Toro”.
Tengo 63 años, manejo tráiler desde los 18, y coordino una asociación de choferes y mecánicos en la zona industrial de una ciudad del centro de México.
Libros de duelo
Nos hacemos llamar “Los Hermanos de la Ruta”.
Nos organizamos para muchas cosas: llevar despensas a colonias pobres, arreglar techos que se caen, mover donativos cuando hay desastre. Cosas sencillas, pero que a alguien le cambian la vida.

Esa semana nos habían estado robando cable y herramientas del pequeño comedor comunitario que montamos cerca del libramiento.
Un vecino nos dijo que en una casa abandonada, al fondo de la colonia vieja, entraban y salían tipos en la noche. Fuimos a revisar.

La casa parecía lleva años sola. Ventanas rotas, grafitis, basura.
Pero adentro estaba ese niño.

Se llamaba Diego. Siete años, aunque por lo flaco cualquiera hubiera dicho que tenía cinco.

La cadena estaba cerrada con un candado viejo.
“El Chino”, que siempre carga herramientas en la camioneta, subió corriendo por el cortafrío.
Propiedades abandonadas
Cuando por fin rompimos el candado, Diego no salió corriendo ni lloró.
Solo se puso de pie despacio y se quedó ahí, tambaleándose.

—¿Dónde está mi mamá? —preguntó.

—La vamos a buscar —le dije—. Pero primero te vamos a poner a salvo. ¿Tienes hambre?
Kits de escritura
—Mi mamá dijo que me esperara aquí. Dijo que iba a venir alguien bueno. Que no me moviera.

—Pues ya llegamos —respondí—. Nosotros somos esos “alguien bueno”.

Miró mi chaleco con parches, el logo de nuestra asociación, las letras bordadas.

—¿Son ángeles? —preguntó.

“El Güero” soltó una risa triste.
Cuentos macabros
—Casi, chamaco. Pero nos falta el halo.

—Mi mamá dijo que iban a venir ángeles grandes, con alas que rugen.

Tardé un segundo en entender.
Las alas que rugen. Nuestros tráileres, nuestras camionetas. Los motores.

—Entonces sí, hijo —le dije, cargándolo con cuidado. No pesaba nada—. Somos tus ángeles.

Mientras lo sacábamos de la casa, “El Doc” ya estaba marcando a sus contactos en el hospital público. Había sido enfermero años atrás y todavía conocía a medio mundo.

Pero a mí me quedó una espina clavada en el pecho.
Sabía que teníamos que revisar el resto de la casa.
Propiedades abandonadas
—Güero, llévate al niño a la camioneta. Ponle una cobija y dale agua despacito. Chino, Toño, vengan conmigo.

La encontramos en la parte de atrás, en un cuarto casi sin luz.

La madre de Diego llevaba varios días muerta.

No había sangre, ni violencia. Solo un frasco de pastillas vacío a un lado.
Se había acostado con cuidado sobre un colchón viejo, usando su vestido más decente.

En los brazos apretaba un álbum de fotos: ella y Diego en tiempos mejores. Antes de los moretones que se veían en las últimas páginas. Antes de la mirada asustada en sus ojos.
Libros de duelo
Sobre una caja, al alcance de la mano, había un sobre doblado con letras grandes:

«Para quien encuentre a mi niño».

Lo abrí mientras Toño llamaba a la policía.

La carta decía:

«Me llamo Lucía Hernández. Mi hijo se llama Diego Hernández López, nació el 12 de abril de 2018.
Su papá está en la cárcel por lo que nos hizo.
Yo tengo cáncer, muy avanzado. Sin seguro, sin dinero y sin familia cercana que pueda ayudarnos.

Sé que lo que hago está mal. Lo sé. Pero si muero en un hospital, Diego se va a un hogar temporal y, tarde o temprano, terminará con la familia de su papá.
Gente violenta. Gente que solo sabe pegar y humillar.
Juegos familiares
Yo ya no tengo fuerzas para pelear.
Así que estoy haciendo algo egoísta: estoy eligiendo quién va a salvar a mi hijo.

Desde la ventana he visto a los camioneros. A ustedes.
Los que reparten comida los domingos, los que arreglaron sin cobrar el techo de doña Elena, la viejita de la esquina, los que corrieron a los muchachos que querían rayar la capilla.

Hombres rudos con buen corazón. Eso es mejor que gente que finge ser buena y por dentro es cruel. De esos ya he tenido demasiados en mi vida.

La cadena es para que Diego no salga a la calle y no se pierda o lo atropellen. Le dejé agua y comida para una semana. Algún vecino o alguien va a escuchar sus gritos. O ustedes pasarán por aquí, como siempre.

Les ruego algo: no dejen que se lo lleven con la familia de su padre. No permitan que termine como yo, rota por manos que se suponía que debían cuidarnos.

Díganle que mamá se fue a preparar un lugar para él en el cielo. Díganle que lo amé más que a todas las estrellas. Díganle que es especial, inteligente y valiente. Repítanselo todos los días hasta que lo crea.
Cuentos macabros
Lo siento. Que Dios me perdone.
Pero morir sabiendo que estará con gente buena es mejor que seguir viva viendo cómo lo devuelven al mismo infierno.

Salven a mi niño, por favor.
Lucía.»

Las letras se me empezaron a mover de tanto que me temblaban las manos.
Libros de duelo
—¿Y ahora qué hacemos, Toro? —preguntó Toño en voz baja.

—Lo que dice la carta —contesté—. Salvamos a su hijo.


El hospital fue un caos desde el principio.

Llegó la ambulancia, llegaron policías, llegó personal de trabajo social. Y después llegaron las noticias, porque alguien filtró la historia.

Diego no me soltó la mano ni un segundo desde que lo sacamos de la casa.
Cuando quisieron separarnos para la revisión médica, la cosa se salió de control.
Propiedades abandonadas
—¡No! ¡No, por favor! —gritó, aferrándose a mi brazo—. ¡Yo me porto bien, no me deje! ¡Mi mamá dijo que ustedes eran ángeles! ¡Los ángeles no abandonan!

Una trabajadora social, una mujer de unos cincuenta años con cara de cansancio eterno, me llevó a un pasillo.

—Señor Medina —me dijo—, entiendo que usted lo encontró y está preocupado, pero…

—Lea la carta de la mamá —le contesté, dándole el sobre.

—La he leído. Pero hay protocolos. El niño tiene familia paterna. Legalmente…
Cuentos macabros
—Familia que permitió que su padre le hiciera daño —la interrumpí—. La mamá lo escribió muy claro: no quiere que se lo lleven con ellos.

—Sin documentos formales, es complicado. Además, usted… bueno… es chofer de tráiler, ¿verdad? —me miró el chaleco, los tatuajes en los brazos.

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—Chofer y veterano. Y tengo más cartas de recomendación que muchos señores de corbata.

—Yo no decido sola —suspiró—. Hay un sistema.

La palabra me quemó la lengua.

—¿El mismo sistema que no le dio tratamiento a tiempo a Lucía porque no tenía dinero suficiente? —dije, bajando la voz, pero firme—. ¿El sistema que no la protegió de un hombre violento hasta que casi la mata?

—Yo solo hago mi trabajo, señor Medina.

Fue justo entonces cuando llegó una reportera con su camarógrafo.
Alguien les había avisado y ya estaban listos para sacar la nota: “Niño encadenado en casa abandonada”.

Me pidieron declaraciones. Dudé un segundo. Pensé en Lucía muriendo sola, confiando en que nosotros, puros desconocidos, íbamos a cumplir su último deseo.

Miré a la cámara.

—Este niño no apareció aquí por casualidad —dije—. Su mamá, Lucía Hernández, sabía que se iba a morir. Sabía que si lo dejaba ir al sistema, terminaría con la misma familia que permitió que el hombre que la golpeaba siguiera cerca.
Por eso lo dejó donde sabía que gente buena lo encontraría.
Nosotros somos esa gente. Y no vamos a permitir que lo regresen al mismo ambiente que lo dañó.
Juegos familiares

—¿Está diciendo que no cooperará con las autoridades de protección de menores? —preguntó la reportera.

—Estoy diciendo —respondí despacio— que el último deseo de Lucía fue que Los Hermanos de la Ruta cuidáramos a su hijo. Y para nosotros, la palabra de una madre moribunda pesa más que cualquier discurso bonito.


La historia estalló en las redes sociales.

En cuestión de horas, medio país estaba hablando del “niño encadenado” y de la carta de Lucía.
Alguien filtró el texto completo. Las fotos del cuarto, de la cadena, del colchón donde ella se acostó con su álbum apretado contra el pecho. La gente leyó cada línea. Se enojó, lloró, compartió.

El papá de Diego seguía en la cárcel.
Pero la familia paterna empezó a aparecer en programas de radio y televisión, hablando de “sus derechos” y de “la importancia de la sangre”.

Lo trataban de abuelito dolido.
Nadie mencionaba los antecedentes de violencia en ese hogar.
Nadie mencionaba que su hijo estaba preso por golpear casi hasta la muerte a Lucía.

Pero internet encontró todo. Internet no perdona.

En tres días ya había miles de mensajes con un mismo hashtag: #SalvemosADiego.
Gente ofreciendo ayuda, terapia, donativos. Y, sobre todo, abogadas y abogados dispuestos a representar la voluntad de Lucía sin cobrar.

Una de ellas se llamaba Laura Martínez.

—Ustedes no se acuerdan de mí —dijo cuando llegó al patio de la bodega donde guardamos los camiones—, pero hace diez años, en la carretera, se detuvieron cuando vieron mi carro volcado. Mi ex marido me había perseguido y yo choqué tratando de huir. Ustedes me sacaron del coche cuando ya se quemaba.
Ahora me toca a mí sacarlos a ustedes de un incendio.

—¿Qué tipo de incendio? —pregunté.

—Uno legal —sonrió—. Vamos a pelear por la custodia de Diego.


La audiencia se programó para dos semanas después.

En ese tiempo, y gracias a las maniobras legales de Laura, lograron que Diego fuera asignado temporalmente a una casa de acogida… conmigo.
Al menos mientras se resolvía todo.

Mi historial limpio ayudó.
Mis años de servicio en el ejército también.
Y las docenas de cartas que llegaron de colonias, comedores, parroquias y pequeñas asociaciones contando lo que Los Hermanos de la Ruta habíamos hecho por ellos terminaron de convencer a las autoridades.

Pero Diego no estaba bien.

Se despertaba gritando por su mamá.
Preguntaba a qué hora iba a regresar.
Y más de una vez lo encontré intentando atarse el tobillo con mi cinturón.

—Mi mamá dijo que no me moviera —explicaba, serio—. Que si me quedo donde ella dijo, viene gente buena.

—Ya estás donde ella quiso que estuvieras, hijo —le decía—. Con nosotros. No necesitas cadenas.

Una noche, acurrucado a mi lado en el sillón, me miró con los ojos rojos de tanto llorar.

—¿Por qué se fue? —susurró—. ¿Por qué me dejó?

—No quería irse —respondí—. Estaba muy enferma.

—¿Y por qué los doctores no la curaron?

¿Cómo le explicas a un niño de siete años que su madre murió porque la vida es injusta, porque no hay suficientes recursos, porque nadie la sostuvo cuando más lo necesitaba?

Solo pude decir:

—A veces, aunque los doctores hagan todo lo posible, el cuerpo ya no aguanta.

—¿Y tú sí me vas a arreglar? —preguntó—. Por dentro.

Me tragué las lágrimas.

—Entre todos —respondí—. Pero sí, Diego. Vamos a intentarlo.


La familia paterna no se quedó quieta.
Juegos familiares

Contrataron a un abogado que decía que nosotros éramos “un grupo de hombres peligrosos”, que habíamos “secuestrado” a Diego, que Lucía estaba “desequilibrada” y que su carta no tenía validez.

No contaban con lo que vino después.

El oncólogo de Lucía, el médico que la había atendido en una clínica pequeña casi sin recursos, salió a declarar.

—Lucía era una de las personas más lúcidas que he conocido —dijo ante la jueza—. Llegó tarde al diagnóstico, sí, pero nunca perdió la cabeza. Solo tenía miedo. Todo lo que hacía giraba alrededor de su hijo.
Habló muchas veces de esos choferes que veía desde la ventana.
Se pasó meses observándolos. No fue una decisión impulsiva. Eligió con la mente clara y el corazón desesperado.

Luego llegó doña Elena, la señora de más de ochenta años a la que le habíamos arreglado el techo.

—Ellos —dijo, señalándonos con la mano temblorosa— llegaron cuando mi casa se estaba llenando de goteras. No tenía para pagar. Ni preguntaron. Nomás subieron, cambiaron las láminas y se fueron.
Si esa muchacha confió en ellos para su niño, por algo fue.

En total, cuarenta y tantas personas pasaron a testificar.

Un ex adicto que ahora tenía un pequeño taller gracias a que uno de nosotros le dio trabajo.
Una madre que contó cómo habíamos acompañado a su hijo a todas las citas cuando tuvo una operación delicada.
Un chavo que estaba a punto de meterse a una pandilla y que nosotros desviamos hacia la escuela de mecánica.

Cada historia era un ladrillo más en el muro que se estaba levantando alrededor de Diego.

Pero lo que cambió todo fue un video.

La fiscalía presentó las imágenes de una cámara de seguridad de la tiendita frente a la casa abandonada.

Se veía el portón de la casa de Lucía.
Y, a través de la ventana rota, se alcanzaba a ver su silueta.

Durante tres horas, según el reloj del vídeo, Lucía estuvo pegada al cristal, mirando hacia la calle.
Se veían nuestras camionetas estacionadas allá enfrente, nosotros repartiendo comida a gente sin hogar, subiendo bolsas a una vecina, bajando una cuna vieja que alguien había donado.

En un momento, Lucía se lleva la mano a la boca, como si estuviera llorando.
Se ve cómo mira a su hijo dormir en un rincón y luego vuelve a mirar hacia nosotros. Una y otra vez.

Planeando. Eligiendo. Asegurándose.

La jueza, una mujer de cara seria llamada Teresa Aguilar, se quedó callada un buen rato después de ver el video.

—He visto muchos casos de custodia complicada —dijo al fin—, pero nunca uno donde una madre, sabiendo que va a morir, “entrevista” durante meses, sin que ellos lo sepan, a quienes quiere como familia para su hijo.

 

El abuelo paterno de Diego se levantó de golpe.

—Señoría, la sangre es la sangre… —empezó a decir.

—Siéntese, señor —respondió ella, firme—. La sangre de su hijo ya corrió demasiado, en forma de golpes y miedo. Habla de sangre como si fuera garantía de amor, pero todos sabemos que no siempre es así. La sangre sin carácter no es más que un dato biológico.
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Luego me miró a mí.

—Señor Medina —dijo—. Usted tiene 63 años, vive solo gran parte del tiempo y trabaja en carretera. No es el perfil típico que uno se imagina cuando piensa en un padre sustituto.

—No, señora jueza —contesté—. Típico no soy.

—Pero fue el hombre que Lucía eligió —continuó—. Pasó sus últimos días asegurándose de que su hijo cayera en manos de alguien digno. Lo observó. Lo evaluó. Y decidió confiarle lo más valioso que tenía.
¿Quién soy yo para ir en contra del último acto de amor de una madre?
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El abogado de la familia paterna intentó protestar.

—Señoría, la ley…

—La ley también habla del interés superior del menor —lo interrumpió ella—. Y yo, después de escuchar todo esto, tengo claro dónde está el interés de Diego.
Otorgo la custodia a favor del señor Rogelio Medina, con el acompañamiento formal de la asociación que encabeza.
Este niño ya ha pasado por demasiado. Se merece vivir con la gente en la que su madre confió.
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De eso ya pasó un año.

Diego todavía tiene pesadillas, pero cada vez menos.
Todavía pregunta por su mamá, pero ahora sonríe cuando habla de ella.

Todos los domingos vamos al panteón.
Llevamos flores sencillas, limpiamos la lápida y él se sienta en el piso a contarle su semana.

—Mamá, hoy me enseñaron a andar en bicicleta sin llantitas —le dice.
—Mamá, saqué diez en matemáticas.
—Mamá, los ángeles de los camiones me cuidan muy bien, como tú dijiste.

Juegos familiares

Los Hermanos de la Ruta se han convertido en su familia extensa.
Treinta y tantos choferes y mecánicos tatuados, morenos, gordos, flacos, calvos y greñudos… todos dispuestos a dar la vida por él.

Diego tiene ya su propio chaleco, chiquito, con un parche que dice “Aprendiz”. Se muere de risa cada vez que lo ve en el espejo.

Hace poco, en la escuela, tuvieron que dibujar “Mi familia” en clase de arte.
Él dibujó muchos camiones estacionados alrededor de una casa, un montón de hombres con panza y barba, él en medio… y arriba, una mujer con un vestido sencillo y alas enormes.

La maestra nos llamó, un poco preocupada.

—Señor Medina —me dijo—, Diego dibujó algo que parece una… ¿banda? ¿Un grupo extraño? Me gustaría entender.

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Le llevé impreso uno de los artículos de periódico, donde contaban la historia, sin nombres exactos.
Se quedó callada un buen rato.

—No sabía… —susurró—. Lo siento.

—Ahora ya sabe —le dije—. Y ahora entiende por qué para él, estos hombres son familia.

Diego va creciendo.
Tiene terapia dos veces a la semana.
Lee por encima de su grado.
Todavía está flaco, pero ya no parece un pajarito a punto de romperse. Come como si el mundo se fuera a acabar, sobre todo los días de espagueti en la bodega.

Le encantan los motores.
Se pasa horas junto a “El Chino”, preguntando para qué sirve cada pieza.
Con “El Güero” practica chistes y palabras en inglés que escucha en la radio del tráiler.
Conmigo, ve partidos, hace la tarea y se queda dormido a media película.
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Pero el momento que me desarmó fue seis meses después de la audiencia.

Estábamos desayunando. Pan dulce, leche y huevos con frijoles.
De pronto, sin verme, dijo:

—Papá.

Yo congelado, el tenedor a medio camino.
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—¿Sí, hijo? —alcancé a decir.

—¿Está bien que te diga papá? —preguntó, todavía mirando su plato—. ¿Mi mamá no se va a enojar?

Sentí que el corazón se me hacía chiquito.

—¿Tú cómo te sientes diciéndome así? —le pregunté.
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—Contento —contestó—. Me gusta.

—Entonces tu mamá estará contenta también —respondí—. Ella quería que tuvieras a alguien que te cuidara y te quisiera. Yo la quiero honrar.

Le tembló un poco la voz cuando hizo la siguiente pregunta.

—¿Tú me quieres?

—Más que a todas las estrellas —respondí, repitiendo las palabras de Lucía.

Sonrió.
Era como ver un pedacito de ella en su cara.

—Entonces es mucho —dijo.

—Es muchísimo —confirmé.


Tiempo después logramos encontrar a la hermana de Lucía.

Se llamaba Adriana y vivía en el norte del país.
No sabía nada de su hermana desde hacía años. Lucía se había ido alejando de todos cuando empezó la relación con el padre de Diego. Lo típico en casos de violencia: aislar a la víctima.

Cuando Adriana vio a Diego por primera vez, se puso a llorar.

—Se parece tanto a ella de chiquita —decía—. Yo hubiera venido por él. Hubiera hecho algo.

—Ella ya no confiaba en nadie —le expliqué—. Ni en ella misma.

Ahora Adriana viene cada mes.
Diego ya tiene una tía, primos, una “familia normal” que se suma a su familia de carretera.

El abuelo paterno intentó una última jugada.
Un día se presentó en la bodega con dos de sus hijos.

—Vengo por mi nieto —dijo—. La sangre llama.

Todos los Hermanos que estaban ahí se pusieron de pie al mismo tiempo.
No dijimos una sola grosería.
Solo nos paramos, hombro con hombro.

—Diego está con la familia que su mamá escogió —le contesté—. Y la justicia ya habló. Este tema está cerrado.
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—Ese niño necesita a los suyos —insistió.

—Los tiene —respondí—. Tiene a la gente que no le recuerda al hombre que lastimó a su mamá. Tiene a la gente que no lo encadenaría, ni lo dejaría solo en una casa llena de gritos. Tiene a la gente que lo cuida.

Se fueron.
No han vuelto.


Hoy.

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—¡Papá! —grita Diego corriendo hacia mí a la salida de la escuela, la mochila rebotando en su espalda.

Tiene ocho años ahora.
Más cachetoncito, más fuerte. La mirada sigue siendo seria a ratos, pero ahora también brilla de vez en cuando.

—¿Qué tal el día, campeón? —pregunto.

—¡El mejor! —responde—. Hablamos de héroes en clase, y yo hablé de ti y de los Hermanos de la Ruta.

—¿Ah, sí? ¿Y qué dijiste?

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—Que los héroes no siempre usan capa —explica muy serio—. A veces usan chaleco con manchas de grasa, manejan camiones grandotes y rescatan niños cuando las mamás se tienen que ir al cielo.

Caminamos hacia la camioneta. Hoy no traje el tráiler, pero a él le encanta cuando lo hago rugir en el estacionamiento de tierra.

—Papá —dice de repente.

—¿Qué pasó?

—¿Crees que mi mamá sabe que escogió bien? O sea, contigo. Con ustedes.

Pienso en Lucía sola en aquella casa, escribiendo su carta con mano temblorosa.
Pienso en el video donde se le veía asomada a la ventana, mirando nuestras camionetas como si fueran la única luz en su noche.
Pienso en la cadena, en el candado, en el miedo, pero también en la esperanza que puso en nosotros.

—Sí, hijo —respondo al fin—. Estoy seguro de que lo sabe.

—¿Cómo sabes?

—Porque te ve feliz —digo—. Y eso era todo lo que quería.

Asiente, satisfecho.

—¿Podemos comprar helado? —pregunta.

—Después de la comida —respondo.

—¿Y si me como todas las verduras?

—Entonces no solo helado —digo riendo—. Hasta dos bolas.

En el camino a casa, me habla de sus amigos, de un libro que está leyendo, de un perrito callejero que quiere adoptar.
Cosas normales. De niño.
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Y pienso que si alguien lo viera hoy por primera vez, tal vez no imaginaría todo lo que ha pasado.
Solo notaría, de vez en cuando, cómo se asegura de que yo siga ahí, cómo se tensa cuando oye un ruido metálico parecido a una cadena.

Está sanando.
Y nosotros, como familia, lo vamos armando de nuevo, pieza por pieza.

Lucía hizo una elección imposible.
Decidió morir para que su hijo no viviera con miedo.
Confió en un puñado de desconocidos que veía desde la ventana.

Nos eligió.

Y cada día, con cada tarea que reviso, cada pesadilla que calmo, cada vez que lo escucho decir “Papá” sin dudar, siento que tenemos la obligación de demostrar que no se equivocó.
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—Te quiero más que a todas las estrellas —me dice Diego al bajar de la camioneta.

—Y yo a ti, hijo —respondo—. Más que a todas las estrellas, más que a todos los caminos.

Lucía Hernández, tu niño está a salvo.
Tu niño es amado.
Tu niño me llama papá y yo lo llamo hijo.

Elegiste bien.

Y vamos a seguir demostrándolo cada día que respiremos.
Porque eso es lo que hace la familia.

Y nosotros somos su familia ahora.

Para siempre.