“PANADERO EJECUTA AL PASTOR Y A LA ESPOSA INFIEL EN MICHOACÁN” — LOS ENCUENTRA ABRAZADOS EN EL…

 

La noche del culto parecía tranquila en aquella iglesia de barrio con sus sillas de plástico y sus paredes sin terminar.

Efraín llegó tarde, cansado del horno, buscando a su esposa para regresar juntos a casa, pero lo que encontró detrás de una puerta entornada lo desarmó por completo.

Verenís, su mujer, abrazada al mismo pastor que los había casado meses atrás.

No hubo explicaciones posibles, solo el peso de una traición que olía a mentira disfrazada de fe.

Esa madrugada en Uruapan, Michoacán, un panadero de 33 años tomaría una decisión que mancharía para siempre el piso de aquel templo.

Uruapan descansa en el corazón de Michoacán, entre cerros verdes y calles estrechas que serpentean por colonias populares donde todo el mundo se conoce.

En una de esas colonias, a mediados de 2020, Efraín Soto trabajaba como panadero desde los 16 años.

A sus 33 ya cargaba las marcas del oficio.

Manos callosas, olor permanente a harina, madrugadas eternas frente al horno.

Entraba a las 3 de la mañana, amasaba hasta el amanecer y salía a repartir bolsas de pan recién horneado a las tienditas del rumbo.

Dormía a ratos durante el día con las cortinas cerradas y el ventilador encendido tratando de recuperar las horas que el trabajo le robaba.

Berenice Maldonado tenía 26 años cuando la vida la cruzó con Efraín.

Trabajaba en una estética del barrio, cortando cabello, pintando uñas, escuchando las historias de las clientas que llegaban con chismes frescos y problemas viejos.

Los fines de semana ayudaba a su mamá vendiendo ropa usada en el tianguis, cargando bolsas, doblando pantalones, negociando precios bajo carpas de lona.

No era una vida fácil, pero tampoco era miserable.

Berenice tenía esa energía que la hacía destacar.

Risueña, conversadora, siempre arreglada, aunque no tuviera mucho.

Le gustaba pintarse los labios de rojo, usar aretes grandes, sentirse bonita, incluso cuando el dinero apenas alcanzaba.

Se conocieron en el mercado.

Una mañana de enero de 2020.

Efraín llegó a repartir pan a una tienda que quedaba frente al puesto de la mamá de Vereniz.

Ella estaba acomodando blusas en un perchero improvisado cuando él pasó cargando una canasta enorme.

Se miraron.

Ella sonrió.

Él se puso nervioso y casi tira el pan.

Desde ese día, Efraín empezó a pasar de casualidad, más seguido por ese pasillo del mercado.

Berenice lo notó y dejó de hacérsela distraída.

Hablaron de cosas pequeñas al principio, el calor, el trabajo, las ganas de salir adelante.

Luego vinieron las salidas, tacos en la esquina, caminatas por el parque, películas en su celular, sentados en una banca.

El noviazgo fue sencillo, sin grandes promesas ni regalos costosos.

Efraín le compraba flores cuando podía.

Verenice le guardaba tacos cuando él salía tarde del horno.

No había dinero para restaurantes ni viajes, pero había risas, planes a futuro, la ilusión de armar algo juntos.

A finales de 2020, después de meses de verse casi a diario, Efraín le propuso matrimonio.

No hubo anillo de oro ni rodilla en el suelo.

Se lo dijo una noche caminando de regreso a casa de ella con esa torpeza honesta que lo caracterizaba.

Berenice dijo que sí, sin pensarlo demasiado.

Ambos querían formalizar, tener un hogar propio, dejar de vivir prestados en cuartos ajenos.

La boda se planeó para marzo de 2021.

Nada lujoso.

Ceremonia en una iglesia cristiana del barrio.

Vestido blanco sencillo para ella, camisa planchada para él.

La familia juntó lo que pudo.

Rentaron sillas de plástico, pusieron flores en la entrada, contrataron a una tía para que hiciera el pozole de la comida.

El pastor Eliseo Campos, líder de esa congregación pequeña, pero muy unida, aceptó oficiar la ceremonia sin cobrar.

Era un hombre de 45 años, fornido, de sonrisa amplia y voz grave.

Llevaba más de 10 años al frente de aquel templo, un local adaptado con paredes de block.

techo de lámina y una cruz de madera clavada sobre la puerta.

Eliseo tenía fama de consejero, de hombre de Dios, de alguien que sabía escuchar y dar palabras de ánimo cuando las cosas se ponían difíciles.

El día de la boda, Eliseo predicó sobre la fidelidad.

habló del matrimonio como un pacto sagrado, de la importancia de protegerse mutuamente, de no dejar que el mundo contaminara lo que Dios había unido.

Berenice y Efraín escucharon atentos, tomados de la mano, rodeados de amigos y familiares que aplaudían y gritaban porras.

Hubo fotos con celulares, abrazos, lágrimas de la mamá de Verenice.

La comida fue abundante y ruidosa con música de banda sonando desde una bocina prestada.

Esa noche, mientras recogían los platos desechables y doblaban las sillas, ambos sentían que habían dado un paso enorme hacia algo mejor.

Pero la rutina llegó rápido y pesada.

Efraín seguía entrando de madrugada al horno, durmiendo de día, viviendo en un ciclo que casi no dejaba espacio para nada más.

Berenice pasaba muchas horas sola en el departamento que rentaba, unlugar pequeño en un edificio viejo con paredes delgadas y vecinos ruidos.

Ella intentaba adaptarse, pero los horarios no coincidían.

Cuando él llegaba, ella salía.

Cuando ella volvía, él ya estaba dormido.

Las conversaciones se volvieron breves, funcionales.

¿Qué falta en el refri? ¿Cuánto hay que pagar de luz si alcanza para el gas? La ilusión de los primeros meses empezó a agrietarse bajo el peso de la vida real.

Berenice buscó refugio en la iglesia.

Empezó a quedarse después de los cultos, a participar en actividades de limpieza, a ofrecer ayuda en lo que hiciera falta.

Le gustaba sentirse parte de algo, tener un lugar donde la gente la saludaba por su nombre y le preguntaba cómo estaba.

El pastor Eliseo notó su presencia constante y comenzó a acercarse.

Al principio fue algo pastoral, institucional.

Le preguntaba por Efraín, por el matrimonio, si necesitaban algún tipo de apoyo.

Berenice respondía con cortesía, agradecía la atención.

Volvía a casa sintiéndose un poco menos sola.

El pastor Eliseo Campos no era un desconocido en la colonia.

Llevaba años construyendo su figura de líder espiritual, consejero de parejas, mediador de conflictos familiares.

La gente lo respetaba, le confiaba sus problemas, acudía a él cuando las cosas se ponían difíciles.

Eliseo sabía hablar, sabía cuándo levantar la voz y cuándo bajarla, cuándo citar la Biblia y cuándo simplemente escuchar.

Estaba casado, tenía hijos, vivía en una casa modesta cerca del templo.

En apariencia era el modelo de hombre de fe, disciplinado, servicial, siempre disponible para su congregación.

Pero detrás de esa imagen había algo más.

Eliseo tenía un patrón.

Se acercaba a las mujeres jóvenes que llegaban solas, vulnerables, con problemas matrimoniales.

Les ofrecía consejerías, espacios privados donde supuestamente oraban y hablaban de sus conflictos.

Algunas lo veían como un padre espiritual.

Otras, con el tiempo empezaban a notar que los límites se desdibujaban.

Un abrazo demasiado largo, una mano en el hombro que se quedaba ahí más de lo necesario.

Mensajes por WhatsApp.

a des horas preguntando cómo estaban.

Eliseo sabía medir, sabía hasta dónde podía llegar sin levantar sospechas inmediatas.

Con Berenice, la estrategia fue la misma.

Semanas después de la boda, Eliseo comenzó a preguntarle cómo iban las cosas en casa.

Verenice, sin filtros, le contó los horarios de Efraín, la soledad, las peleas por el dinero que nunca alcanzaba, la sensación de que su matrimonio ya estaba cansado antes de cumplir un año.

Eliseo la escuchaba con atención, asentía, decía cosas como, “Es normal, el primer año siempre es difícil o Dios tiene un propósito en esto.” Luego le sugirió que se quedara después de los cultos para recibir orientación personalizada.

Berenice se aceptó pensando que era algo genuino, algo que podía ayudarla a salvar su relación.

Las sesiones empezaron en el cuarto pastoral, un espacio pequeño detrás del salón principal donde Eliseo guardaba biblias, sillas dobladas, material de la iglesia.

Tenía un escritorio viejo, una silla giratoria, un par de bancos.

Al principio las conversaciones eran sobre fe, sobre cómo fortalecer el matrimonio, sobre la importancia de la paciencia.

Pero poco a poco el tono cambió.

Eliseo empezó a hacer preguntas más personales.

¿Cómo se sentía físicamente? Si Efraín la hacía sentir deseada, si extrañaba la atención.

Berenice respondía con incomodidad al principio, pero el pastor sabía cómo suavizar las cosas, cómo hacer que todo sonara espiritual.

como si estuviera ayudándola a sanar emocionalmente.

Los mensajes comenzaron después.

Eliseo le escribía por las mañanas, “¿Cómo amaneciste? Recuerda que Dios te ama.

Por las tardes, espero verte en el culto.

Me da gusto platicar contigo.

Por las noches, si necesitas hablar, aquí estoy.

Berenice respondía con agradecimiento, sin ver lo que estaba ocurriendo.

Para ella, el pastor era un apoyo genuino en medio de un matrimonio que se sentía cada vez más frío.

No había nadie más con quien hablar.

Su mamá estaba ocupada con sus propios problemas.

Sus amigas no entendían lo que era estar casada y Efraín estaba siempre dormido o trabajando.

El contacto físico llegó después de un mes.

Una tarde, tras un culto vespertino, Berenice se quedó ayudando a ordenar sillas.

Eliseo se acercó, le puso una mano en la espalda y le dijo que estaba orgulloso de verla tan comprometida con la iglesia.

Luego la abrazó.

Fue un abrazo largo, incómodo, pero Verenice no supo cómo reaccionar.

No quería ser grosera, no quería ofender al pastor.

Se quedó quieta, sintiendo el peso de esos brazos, el olor a loción barata, la respiración del hombre cerca de su oído.

Cuando se separaron, Eliseo sonrió como si nada hubiera pasado y le dijo que Dios tenía planes grandes para ella.

Las semanas siguientes, los encuentros se hicieron más frecuentes.

Verenis comenzó a inventar excusas para quedarse en el templo, que iba a limpiar los vidrios, que iba a organizar los himnarios, que necesitaba hablar de algo urgente.

Efraín no preguntaba demasiado.

Estaba tan agotado del trabajo que apenas tenía energía para nada más.

Si Veranis le decía que iba a estar en la iglesia, él asentía y se iba a dormir.

No había sospecha, solo cansancio.

El rumor empezó a circular en la colonia a mediados de 2021.

Una hermana de la congregación le comentó a otra que el pastor andaba muy pegado a la esposa del panadero, que los había visto platicando a solas varias veces, que siempre se quedaban hasta tarde, que algo no se veía bien.

El chisme corrió despacio en voz baja entre mujeres que se lo contaban en la fila del súper o en la salida de la escuela.

Nadie se atrevía a decírselo directamente a Efraín, pero algunos hombres del barrio empezaron a mirarlo con lástima.

Él lo notó.

Sentía las miradas, los silencios incómodos cuando llegaba a algún lado.

Preguntó una vez de pasada si sabían algo.

Le dijeron que no, que todo estaba tranquilo.

Pero Efraín no era tonto.

Algo estaba mal y ese algo tenía que ver con Berenice y con la iglesia.

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Efraín empezó a observar.

No dijo nada, pero comenzó a fijarse en detalles que antes pasaban desapercibidos.

Verenice se arreglaba más de lo normal para ir a la iglesia.

Se pintaba los labios, se ponía perfume, elegía blusas que normalmente reservaba para ocasiones especiales.

Cuando él le preguntaba por qué tanta prisa, ella respondía con evasivas, que había actividad, que iban a limpiar, que necesitaban voluntarios.

Efraín asentía, pero algo dentro de él empezaba a tensarse.

El teléfono de Verenice también cambió.

Antes lo dejaba en cualquier lado, desbloqueado, sin mayor cuidado.

Ahora lo llevaba siempre consigo.

Si sonaba una notificación, lo revisaba rápido y lo volvía a guardar.

Si Efraín se acercaba, bloqueaba la pantalla de inmediato.

Una noche, mientras ella se bañaba, él intentó verlo.

Tenía contraseña nueva.

Nunca antes había tenido contraseña.

Efraín sintió un vacío en el estómago, pero no confrontó.

Todavía no.

Necesitaba estar seguro antes de decir algo, antes de armar un escándalo que tal vez no tenía fundamento.

Las salidas nocturnas aumentaron.

Berenice empezó a decir que se quedaba hasta tarde en el templo porque había reunión de intercesión, porque estaban organizando un evento, porque el pastor necesitaba ayuda con la limpieza.

Efraín, agotado del horno, no tenía fuerzas para discutir.

Le daba permiso, se acostaba y se quedaba dormido antes de que ella regresara.

Pero cuando despertaba en la madrugada, notaba que Verenice llegaba cada vez más tarde.

Una vez fueron las 11 de la noche, otra vez pasada la medianoche.

Cuando él preguntaba, ella decía que se había quedado platicando con las hermanas, que el tiempo se le había ido.

Siempre tenía una explicación lista.

El barrio seguía murmurando.

Una tarde, un conocido de Efraín se le acercó en la panadería y le soltó algo envuelto en broma.

Oye, compa, tu vieja anda muy metida en la iglesia, ¿no? Cuídala que ahí luego pasan cosas.

Lo dijo riendo como si fuera chiste, pero la mirada decía otra cosa.

Efraín se quedó callado, amasando pan con más fuerza de la necesaria.

No respondió, no preguntó, pero el comentario se le quedó grabado rebotando en su cabeza durante todo el día.

decidió pasar una noche por el templo sin avisar.

Era jueves, día de culto vespertino.

Efraín terminó temprano en el horno, se cambió de ropa y manejó hasta la iglesia en su moto.

Llegó cuando el servicio ya estaba por terminar.

Se quedó afuera, recargado en la pared, esperando que la gente saliera.

Vio a las familias despedirse, a los niños corriendo, a las señoras abrazándose.

Verenice no salió con ellas.

Pasaron 10 minutos, 15, 20.

La mayoría ya se había ido.

Efraín entró.

El salón estaba casi vacío.

Solo quedaban un par de personas recogiendo bancas y barriendo.

Verenís no estaba a la vista.

Efraín preguntó por ella.

Una hermana le dijo que seguramente estaba en el cuarto pastoral ayudando al pastor con unos documentos.

Efraín caminó hacia el fondo.

La puerta del cuarto estaba entornada, no cerrada del todo.

Se acercó despacio.

Escuchó voces bajas, risas contenidas.

Empujó la puerta.

Ahí estaban Berenice y el pastor Eliseo, de pie, muy juntos, abrazados.

No estaban besándose, no estaban desnudos, pero la cercanía era inconfundible.

Las manos de Eliseo en la cintura de ella.

La cabeza de Berenice es recargada en el pecho de él.

Una intimidad que no se explica con ninguna excusa pastoral.

Cuando vieron a Efraín en el marco de la puerta, se separaron de golpe.

Berenice se puso pálida.

Eliseo intentó sonreírcomo si nada hubiera pasado, como si aquello fuera algo inocente.

Efraín no gritó, no avanzó, solo los miró fijamente con una expresión que ninguno de los dos supo decifrar.

Luego dio la vuelta y salió del templo sin decir una palabra.

Berenice lo siguió llamándolo, pidiéndole que esperara, que la dejara explicar.

Efraín no volteó, subió a su moto y arrancó.

Berenice se quedó parada en la entrada de la iglesia, temblando, viendo como las luces traseras desaparecían entre las calles oscuras del barrio.

Eliseo salió después, ya con la máscara puesta de nuevo.

Le dijo a Verenice que se calmara, que todo iba a estar bien, que Efraín solo estaba confundido, que no había pasado nada grave.

Berenice quiso creerle, pero sabía que algo se había roto para siempre.

Esa noche intentó llamar a Efraín, no contestó, le mandó mensajes, no respondió, se quedó despierta hasta la madrugada esperando que él regresara al departamento.

No llegó.

Efraín pasó esa noche en la panadería, sentado en el piso junto al horno apagado con la cabeza entre las manos.

No lloraba, pero tampoco dormía.

Solo pensaba.

repasaba cada señal que había ignorado, cada excusa que había creído, cada noche que se había quedado callado.

Pensaba en el pastor, en ese hombre que los había casado, que había hablado de fidelidad y de pactos sagrados mientras seducía a su esposa.

Pensaba en Berenice, en cómo le había mentido en la cara durante meses.

Pensaba en el barrio entero, que seguramente ya sabía lo que él acababa de descubrir.

Y mientras pensaba, algo se acomodó dentro de él, algo frío, pesado, definitivo.

No iba a quedarse con los brazos cruzados, no iba a dejar que se burlaran de él, no iba a perdonar ni olvidar.

Esa madrugada, Efraín Soto dejó de ser el panadero callado y cansado que todos conocían.

Se convirtió en otra cosa.

El viernes amaneció gris en Uruapan.

Efraín no fue a dormir al departamento.

Se quedó en la panadería hasta el mediodía, moviendo sacos de harina de un lado a otro sin ningún propósito real, solo necesitando mantener las manos ocupadas.

Su socio, un hombre mayor que trabajaba con él desde hacía años, notó que algo andaba mal, pero no preguntó.

En ese oficio se aprende a respetar el silencio ajeno.

Efraín agradeció que nadie lo molestara con preguntas que no quería responder.

Berenice, por su parte, había pasado la noche en vela.

Le había escrito a Efraín más de 20 mensajes.

Todos quedaron en doble palomita gris, leídos, pero sin respuesta.

Llamó varias veces, buzón de voz.

A media mañana fue al horno buscándolo.

El socio le dijo que Efraín no quería hablar con nadie.

Berenice insistió, pero el hombre fue claro.

Mejor regresa otro día, muchacha.

Ahorita no es momento.

Ella se fue llorando, arrastrando los pies por las calles polvorientas de la colonia, sintiendo las miradas de las vecinas que seguramente ya habían escuchado algo.

El pastor Eliseo, mientras tanto, seguía con su rutina como si nada hubiera ocurrido.

Esa mañana atendió a dos familias que llegaron al templo pidiendo consejo.

Habló con voz pausada, citó versículos, oró con ellos.

Nadie habría imaginado lo que había pasado la noche anterior en ese mismo cuarto pastoral.

Eliseo era experto en mantener la máscara.

Sabía que si actuaba normal la gente dudaría de cualquier acusación.

Era su palabra, su reputación construida durante años contra la de un panadero desvelado y una mujer joven.

Si alguien preguntaba diría que todo fue un malentendido, que Efraín interpretó mal una oración, que el enemigo estaba atacando a la congregación con chismes.

Pero Efraín no pensaba en acusaciones ni en chismes.

Pensaba en otra cosa.

Durante toda la mañana, mientras acomodaba charolas y encendía el horno, una idea fue tomando forma en su cabeza.

No era una idea clara al principio, solo un impulso, una necesidad de hacer algo que doliera tanto como le dolía a él.

recordó una conversación que había tenido meses atrás con un conocido, un tipo que trabajaba en seguridad privada y que una vez le había ofrecido conseguirle una pistola por si las dudas, para la casa nunca sabes cuándo la vas a necesitar.

Efraín había rechazado la oferta en ese momento.

No era de esos.

No le gustaban las armas.

Pero ahora con la imagen de Berenice y el pastor, abrazados repitiéndose en su mente como una película en loop, empezó a pensar diferente.

Salió del horno cerca de las 3 de la tarde, buscó el número del conocido en su teléfono y marcó.

La conversación fue breve.

“Todavía tienes aquello de lo que hablamos.” El tipo entendió de inmediato.

“Sí, compa.

¿La necesitas?” Efraín respondió que sí.

Quedaron de verse esa misma tarde en un taller mecánico de la periferia, un lugar donde no había cámaras ni mucha gente preguntando.

Efraín llegó en su moto con una mochila vacía.

El tipo le mostró la pistola, una escuadra calibre 380, negra, usada, sin papeles.

Le explicócómo cargarla, cómo quitarle el seguro, cómo sostenerla.

Efraín escuchó con atención, como si estuviera aprendiendo a operar una máquina de pan.

Pagó en efectivo, guardó la pistola en la mochila y se fue sin despedirse.

Esa noche, Efraín se quedó en casa de un primo, un departamento pequeño al otro lado de la colonia.

No quería ver a Verenice todavía.

No quería escuchar sus explicaciones ni sus llantos.

El primo le preguntó qué había pasado.

Efraín solo dijo que había tenido problemas con su mujer y que necesitaba espacio.

El primo no insistió.

Le ofreció el sillón de la sala y una cobija.

Efraín se acostó ahí con la mochila bajo la cabeza, sintiendo el peso de la pistola dentro.

No durmió bien.

Cada vez que cerraba los ojos veía el cuarto pastoral, los brazos de Eliseo alrededor de Berenice, la sonrisa falsa del pastor cuando lo descubrieron.

El sábado transcurrió lento.

Efraín evitó el horno, evitó el departamento, evitó a todos.

Pasó la mayor parte del día sentado en una banca del parque viendo jugar a los niños, fumando cigarros que normalmente no fumaba.

No comió casi nada, solo tomaba agua de una botella que había comprado en un oxo.

La gente pasaba frente a él sin mirarlo demasiado.

Solo era otro tipo cansado en un parque de colonia popular, uno más entre tantos.

Berenice intentó buscarlo de nuevo.

Fue al horno, fue con el primo.

Preguntó en los lugares donde sabía que Efraín solía estar.

Nadie le dijo nada.

O no sabían o no querían decirle.

Llamó al pastor Eliseo desesperada pidiendo consejo.

Eliseo le dijo que se mantuviera tranquila, que dejara pasar unos días, que Efraín solo necesitaba tiempo para procesar.

Dios va a arreglar esto.

Le aseguró con esa voz grave que antes la tranquilizaba y que ahora solo le generaba más ansiedad.

Berenice se colgó sin sentirse mejor.

El domingo llegó con cielo despejado y calor húmedo.

Había culto por la mañana y otro por la noche.

Berenice se decidió ir al de la noche pensando que tal vez ahí encontraría algo de paz, alguna señal de que todo iba a resolverse.

Se arregló con un vestido sencillo, se recogió el cabello, salió caminando hacia el templo.

Llegó temprano.

El pastor Eliseo ya estaba ahí preparando el servicio, acomodando micrófonos, saludando a la gente que empezaba a llegar.

Cuando vio a Verenice, le sonrió y le hizo una seña para que se acercara.

Ella obedeció como siempre.

Efraín, mientras tanto, también se estaba preparando.

Se bañó en casa de su primo, se puso ropa limpia, metió la pistola en la cintura del pantalón y se cubrió con una chamarra ligera.

El primo le preguntó a dónde iba.

Efraín respondió que tenía que resolver algo pendiente.

Salió sin dar más explicaciones, subió a su moto y arrancó rumbo al templo.

Ya había oscurecido.

Las calles estaban tranquilas.

La iglesia quedaba a 10 minutos de ahí.

El culto de esa noche no fue distinto a tantos otros.

Unas 50 personas llenaban el salón.

Familias con niños inquietos, jóvenes con biblias subrayadas, señoras que cantaban con los ojos cerrados.

El pastor Eliseo dirigió el servicio como siempre, con esa mezcla de carisma y autoridad que lo había mantenido al frente de la congregación durante años.

Predicó sobre el perdón, sobre cómo Dios restaura lo que el enemigo destruye, sobre la importancia de no dejarse vencer por la amargura.

Berenice estaba sentada en la tercera fila escuchando cada palabra como si fueran instrucciones directas para su vida.

Quería creer que todo tenía solución, que Efraín iba a regresar y que podrían empezar de nuevo.

El servicio terminó cerca de las 9:30 de la noche.

La gente empezó a despedirse, a cargar a los niños dormidos, a apagar luces.

Berenice se quedó, como era su costumbre reciente, ofreciendo ayuda para ordenar.

El pastor aceptó con una sonrisa.

En 15 minutos el salón quedó casi vacío.

Solo quedaban tres personas además de ellos.

Un matrimonio mayor que siempre era de los últimos en irse y un joven que estaba guardando cables del equipo de sonido.

Berenice recogía himnarios.

Eliseo acomodaba sillas.

Todo parecía rutinario, controlado, seguro.

Efraín llegó al templo exactamente a las 10:10.

Apagó el motor de la moto una cuadra antes y caminó el resto del trayecto.

La pistola pesaba en su cintura, fría contra la piel.

No tenía un plan elaborado, solo sabía que iba a confrontarlos, que iba a decir lo que no había podido decir dos noches atrás, que iba a hacer que sintieran, aunque fuera una fracción de lo que él había sentido al descubrirlos.

Llegó a la puerta del templo y se asomó.

La mayoría de las luces estaban apagadas.

Vio movimiento adentro, sombras que se desplazaban entre las bancas.

entró despacio.

El matrimonio mayor se estaba yendo justo en ese momento, saludándolo con cortesía al pasar.

Efraín respondió con un gesto de cabeza sin detenerse.

El joven del sonido también salió poco después cargando una mochila.

Ahora solo quedaban tres personas en el templo.

Efraín, Berenice y el pastor Eliseo.

Berenice lo vio primero.

Se quedó paralizada con un himnario en las manos.

Eliseo volteó al escuchar los pasos y forzó una sonrisa.

Efraín, hermano, qué bueno verte.

¿Vienes a buscar a Verenice? Efraín no respondió de inmediato, solo caminó hacia ellos mirándolos fijamente.

Berenice intentó acercarse.

Efraín, por favor, necesitamos hablar.

Déjame explicarte.

Él levantó una mano deteniéndola sin tocarla.

No quiero explicaciones.

Ya vi todo lo que tenía que ver.

N.

Su voz salió más tranquila de lo que él mismo esperaba, pero debajo había algo oscuro, algo que los otros dos percibieron de inmediato.

El pastor intentó tomar control de la situación.

Hermano, creo que hay un malentendido muy grande.

Lo que viste el otro día no fue lo que pensaste.

Estábamos orando nada más.

Berenice estaba pasando por un momento difícil y yo solo.

Efraín lo interrumpió.

orando, abrazados así, a solas con la puerta cerrada.

Eso es orar, pastor.

Eliseo tragó saliva, pero mantuvo la compostura.

Efraín, el enemigo quiere destruir esta congregación, quiere dividirnos.

No caigas en sus trampas.

Efraín soltó una risa seca, sin humor.

El enemigo siempre es el enemigo, ¿verdad? Nunca son ustedes.

Dio un paso más hacia el pastor.

Berenice empezó a llorar.

Efraín, por favor, no hagas esto.

Podemos arreglar las cosas.

Podemos ir a terapia, podemos hablar con alguien, pero no aquí, no así.

Efraín la miró como si fuera una extraña.

Terapia.

Después de lo que hiciste, después de que me mentiste en la cara durante meses.

Eliseo intentó cambiar de estrategia.

Alzó las manos en gesto conciliador.

Efraín, entiendo que estés enojado.

Tienes derecho, pero esto no se soluciona con violencia.

Seamos racionales.

Hablemos como hombres de bien.

Efraín metió la mano bajo la chamarra.

Berenice vio el movimiento y gritó, “¡No Efraín, no!” El pastor dio un paso atrás chocando contra el escritorio del cuarto pastoral.

Su rostro perdió el color.

“Hermano, piénsalo bien.

No hagas algo de lo que te vas a arrepentir toda tu vida.” Pero Efraín ya no estaba escuchando.

Sacó la pistola.

El metal brilló bajo la luz amarillenta del foco que colgaba del techo.

Perenice se dejó caer de rodillas suplicando.

Eliseo levantó las manos más alto con los ojos abiertos como platos.

Efraín, por favor, piensa en tu familia.

Piensa en lo que esto va a causar.

Las palabras del pastor se cortaron.

Efraín apuntó.

No tembló.

No dudó.

Los disparos sonaron secos, violentos, rompiendo el silencio del templo.

El primer disparo alcanzó al pastor en el pecho.

Eliseo cayó hacia atrás golpeando el escritorio, llevándose consigo una pila de biblias que se desparramaron por el piso.

Berenice gritó, intentó levantarse, intentó correr.

Efraín giró hacia ella.

El segundo disparo la alcanzó en el costado.

Ella se desplomó sobre las baldosas frías con una mancha rojiza extendiéndose bajo su cuerpo.

Efraín se quedó de pie con la pistola aún en la mano, mirando lo que acababa de hacer.

El cuarto pastoral olía a pólvora y a algo metálico que no supo identificar.

Afuera, una mujer que vivía en la casa de al lado escuchó los disparos.

Salió corriendo a la calle gritando que llamaran a la policía.

Un vecino marcó al 9211.

Otro se asomó desde su ventana, pero no se atrevió a salir.

Efraín salió del templo caminando despacio, sin correr, sin esconderse.

Subió a su modo, guardó la pistola en la mochila y arrancó.

Las calles estaban oscuras.

Nadie lo detuvo.

La llamada al 911 llegó a las 103 de la noche.

Una mujer histérica reportaba disparos dentro del templo cristiano de la colonia.

La operadora intentó calmarla, pedirle detalles, confirmar la dirección.

La mujer apenas podía hablar entre soyosos.

Escuché balazos adentro de la iglesia.

Vengan rápido.

Dos patrullas fueron despachadas de inmediato.

Una ambulancia también.

El trayecto tomó 6 minutos, una eternidad para los que esperaban afuera sin atreverse a entrar.

Los primeros en llegar fueron dos agentes municipales.

Bajaron de la patrulla con las manos en las fundas de sus armas, acercándose al templo con precaución.

La puerta estaba abierta.

Las luces interiores seguían encendidas.

Uno de los agentes gritó, “Policía, ¿hay alguien adentro?” No hubo respuesta.

Entraron despacio barriendo el salón con las linternas.

Vieron las bancas ordenadas, los himnarios apilados, la cruz de madera en la pared del fondo.

Todo parecía normal hasta que llegaron al cuarto pastoral.

Ahí estaba el pastor Eliseo Campos, tendido boca arriba junto al escritorio volcado.

Tenía los ojos abiertos, la boca entreabierta, una mancha oscura empapando su camisa blanca.

A 2 metros de distancia estaba Berenice de costado, con el vestido manchado y una expresión congelada de sorpresa.

Los agentes llamaron de inmediato a los paramédicos.

Tenemos dos personas caídas, heridas dearma de fuego.

Necesitamos ambulancia ya.

Uno de ellos revisó los pulsos.

Débiles, apenas perceptibles, pero ahí todavía respiraban.

Los paramédicos entraron corriendo con camillas y maletines.

Evaluaron rápido.

Ambos tenían heridas graves, pérdida de sangre considerable, presión arterial bajísima.

Berenice tenía un orificio de entrada en el costado izquierdo, cerca de las costillas.

Eliseo tenía el impacto en el pecho, probablemente cerca del corazón o el pulmón.

Los estabilizaron como pudieron, conectaron suero, aplicaron presión en las heridas, lo subieron a las camillas y lo sacaron corriendo hacia la ambulancia.

Las sirenas volvieron a encenderse, iluminando la fachada del templo con destellos rojos y azules.

Mientras tanto, más patrullas llegaban al lugar.

Acordonaron el perímetro con cinta amarilla.

Los peritos de la Fiscalía General del Estado arribaron media hora después.

Comenzaron a documentar la escena.

Fotografiaron los casquillos percutidos que habían quedado en el suelo.

Midieron las trayectorias.

Levantaron evidencia.

Encontraron dos casquillos calibre, 380, ambos cerca del escritorio.

Revisaron el cuarto pastoral completo.

Había manchas rojizas en el piso, en el escritorio, en una de las paredes.

Tomaron muestras, etiquetaron todo.

Los vecinos empezaron a juntarse afuera del cordón policial.

Murmuraban, especulaban, sacaban sus celulares para grabar.

Algunos reconocieron a las víctimas cuando las subieron a la ambulancia.

Era el pastor Eliseo y la esposa del panadero.

El chisme corrió rápido.

En menos de una hora, media colonia ya sabía lo que había pasado.

Los mensajes volaban por WhatsApp.

Mataron al pastor.

Dicen que fue el marido de Berenice.

Algo tenían.

Por eso pasó esto.

En el hospital general de Uruapan, Berenice y Eliseo fueron llevados directamente a urgencias.

Los médicos trabajaron en ambos simultáneamente.

Berenice se tenía el proyectil alojado cerca del hígado.

La cirugía era urgente.

Eliseo había perdido demasiada sangre.

El proyectil había perforado el pulmón izquierdo y rozado la arteria pulmonar.

Hicieron lo que pudieron, pero el cuerpo de Eliseo no respondió.

A las 11:47 de la noche, los médicos declararon su muerte.

Berenice sobrevivió a la cirugía, pero quedó en estado crítico, conectada a monitores con pronóstico reservado.

La familia del pastor fue notificada cerca de la medianoche.

Su esposa llegó al hospital gritando, exigiendo explicaciones, negándose a creer lo que le decían.

Sus hijos, dos adolescentes y una niña de 11 años la acompañaban en shock.

Cuando finalmente confirmaron la muerte de Eliseo, la esposa colapsó.

Tuvieron que atenderla ahí mismo, en el pasillo del hospital, mientras sus hijos lloraban sin entender completamente lo que acababa de destrozar su vida.

La familia de Verenice también fue avisada.

Su madre llegó corriendo descalza, con el rostro descompuesto.

Preguntó por su hija.

Le dijeron que estaba en recuperación, que había salido de cirugía, pero que las próximas horas eran críticas.

La señora se dejó caer en una silla de la sala de espera, rezando en voz baja, aferrándose a un rosario que llevaba en el bolsillo.

No entendía qué había pasado, por qué su hija estaba en esa situación, quién había hecho esto.

Efraín, mientras tanto, había llegado a la casa de su primo.

Entró sin decir palabra, dejó la mochila en el suelo y se sentó en el sillón con la mirada perdida.

El primo salió de su cuarto medio dormido preguntando qué pasaba.

Efraín no respondió, solo se quedó ahí con las manos temblorosas procesando lo que acababa de hacer.

Escuchó las sirenas a lo lejos, vio luces de patrullas pasando por la calle.

supo que no tenía mucho tiempo.

La policía comenzó a buscar al sospechoso de inmediato.

Los testigos habían visto a un hombre salir del templo en moto después de los disparos.

Algunos lo identificaron como Efraín Soto, el esposo de Berenice, el panadero de la colonia.

Su descripción fue circulada.

33 años, complexión media, pantalón de mezclilla, chamarra gris, moto tipo italica roja.

Las patrullas empezaron a rastrear las calles.

Visitaron el horno, visitaron el departamento donde vivía con Berenice.

No lo encontraron.

A las 2 de la mañana, Efraín tomó una decisión.

No iba a huir.

No tenía a dónde ir, ni dinero para esconderse, ni ganas de estar corriendo el resto de su vida.

Agarró su celular y marcó al número de emergencias.

Soy Efraín Soto.

Yo disparé en la iglesia esta noche.

Estoy en Les dio la dirección.

Colgó.

Se sentó a esperar.

15 minutos después, las patrullas rodearon la casa.

Los agentes entraron con las armas desenfundadas.

Efraín levantó las manos, no opuso resistencia.

Lo esposaron, lo sacaron, lo metieron en la patrulla.

Los vecinos salieron a mirar.

Las cámaras de los celulares volvieron a encenderse.

Efraín fue trasladado a las instalaciones de la Fiscalía General del Estado en Uruapan.

Lo ingresaron a unasala de interrogatorios, cuatro paredes de cemento, una mesa metálica atornillada al suelo, dos sillas, una cámara en la esquina superior grabando todo.

Le quitaron las esposas de las muñecas, pero le pusieron grilletes en los tobillos.

Dos agentes del Ministerio Público entraron después con carpetas bajo el brazo y expresiones cansadas.

Era casi las 4 de la mañana.

Nadie había dormido.

El interrogatorio comenzó con lo básico.

Nombre completo, edad, ocupación, domicilio.

Efraín respondió todo con voz plana, sin emoción.

Luego vinieron las preguntas importantes.

¿Confirmas que tú disparaste contra Eliseo Campos y Berenice Maldonado esta noche? Efraín asintió.

Sí, fui yo.

Uno de los agentes escribía rápido en una laptop.

El otro lo observaba buscando señales de arrepentimiento, de nerviosismo, de algo.

No encontró nada.

Efraín estaba entumecido como si estuviera viendo la escena desde afuera de su propio cuerpo.

Le preguntaron por el arma.

Efraín les dijo dónde estaba.

En la mochila que había dejado en casa de su primo.

Les dio permiso para ir a buscarla.

También les dijo de quién la había conseguido.

No protegió a nadie.

Ya no tenía sentido.

Los agentes anotaron todo.

Luego quisieron saber el motivo.

¿Por qué lo hiciste? Efraín se quedó callado unos segundos mirando sus manos.

Luego habló.

Los encontré juntos.

El pastor y mi esposa, abrazados en el cuarto de la iglesia después del culto.

Llevaban meses viéndose a mis espaldas.

Uno de los agentes levantó la vista.

¿Y eso justifica lo que hiciste? Efraín negó con la cabeza.

No lo justifico, pero no iba a quedarme callado.

No iba a dejar que se burlaran de mí.

Le preguntaron si había planeado matarlos.

Efraín dudó.

No sé.

Solo quería que dejaran de hacerlo.

Quería que sintieran lo que yo sentí.

No pensé en matarlos, pero tampoco pensé en no hacerlo.

Simplemente pasó.

La declaración continuó durante 2 horas más.

Repasaron cada detalle.

¿Cuándo compró la pistola? ¿Cómo llegó al templo? ¿Qué dijeron antes de los disparos? ¿Cuántos tiros hizo? ¿Qué hizo después? Efraín contestó todo sin titubear.

No intentó minimizar nada.

No se inventó una versión heroica ni víctima.

Solo contó lo que pasó.

Al final le leyeron sus derechos, le explicaron los cargos que enfrentaba.

doble homicidio calificado, portación ilegal de arma de fuego, posiblemente premeditación si encontraban suficiente evidencia.

Efraín escuchó sin reaccionar, firmó la declaración, lo regresaron a una celda.

Mientras tanto, en el hospital, Berenice seguía luchando.

Los médicos la mantuvieron cedada las primeras 48 horas.

El proyectil había causado daños internos considerables.

Hubo una segunda cirugía para reparar tejidos y detener sangrados que no habían identificado en la primera intervención.

Su madre no se movió de la sala de espera.

Dormía en las sillas, comía lo que las enfermeras le traían, rezaba sin parar.

El tercer día, Berenice abrió los ojos.

Estaba desorientada, con tubos en la garganta, sin poder hablar.

Una enfermera le explicó dónde estaba y qué había pasado.

Le dijo que había sobrevivido.

Berenice cerró los ojos de nuevo y empezó a llorar.

La noticia del pastor muerto y la esposa del panadero herida explotó en los medios locales.

Periódicos digitales publicaron notas con títulos amarillistas.

Panadero ejecuta a pastor y esposa infiel tras descubrirlos en templo.

Las redes sociales se dividieron.

Unos defendían a Efraín.

Hizo lo que cualquiera haría.

El pastor se lo buscó.

Traicionar así merece lo que pasó.

Otros lo condenaban.

Nada justifica matar.

Es un asesino.

La violencia nunca es la respuesta.

La congregación se fracturó.

Algunos miembros dejaron de asistir avergonzados o traumatizados.

Otros se quedaron intentando mantener viva la comunidad bajo un nuevo liderazgo interino.

Los peritos terminaron de procesar la escena del crimen.

Confirmaron las trayectorias de los disparos, analizaron las manchas de sangre.

Verificaron que los casquillos coincidían con la pistola que habían recuperado en casa del primo de Efraín.

Todo encajaba, no había dudas sobre la autoría.

La defensa de Efraín, asignada de oficio, intentó construir un argumento de emoción violenta.

Alegaron que Efraín había actuado bajo un estado emocional alterado, que el descubrimiento de la infidelidad lo había llevado a perder el control temporalmente.

La fiscalía respondió con firmeza.

Efraín había conseguido el arma horas antes.

Había regresado al templo con ella.

había esperado el momento adecuado.

Eso no era pérdida de control, eso era premeditación.

Berenice fue dada de alta tres semanas después.

Salió del hospital con su madre caminando despacio con una cicatriz visible bajo la blusa.

Los reporteros intentaron acercarse.

Ella no habló.

Su madre los apartó con gestos bruscos.

Subieron a un taxi y desaparecieron entre el tráfico.

Berenice se fue avivir con su madre a un cuarto pequeño en otra colonia.

No volvió a la estética, no volvió al templo, no volvió al departamento que había compartido con Efraín.

Se encerró, evitó las miradas, dejó de salir.

El proceso legal avanzó lento pero constante.

Efraín permaneció en prisión preventiva durante todo el juicio.

Su abogado intentó negociar una reducción de cargos, pero la fiscalía no se dio.

Tenían todo.

La confesión, el arma, los testigos, la evidencia forense.

El caso era sólido.

La familia del pastor exigía justicia completa.

La familia de Vereniz no sabía qué exigir.

Estaban rotos, avergonzados, sin saber si su hija era víctima o cómplice.

El juicio comenzó 8 meses después de los hechos, en abril de 2022.

La sala estaba llena.

Periodistas, familiares de las víctimas, curiosos que habían seguido el caso desde el principio.

Efraín entró con uniforme Beage de interno, escoltado por dos custodios.

se sentó en el banquillo de los acusados sin mirar a nadie.

Su rostro había cambiado, más delgado, con ojeras profundas, barba descuidada.

Ya no parecía el panadero trabajador de antes, parecía alguien que había atravesado algo de lo que no hay regreso.

La fiscalía presentó su caso primero.

Mostraron las fotografías de la escena del crimen, el cuarto pastoral, las manchas rojizas, los casquillos en el suelo.

Proyectaron imágenes del pastor Eliseo muerto y de Berenice en la camilla.

Algunos asistentes desviaron la mirada, otros tomaron fotos con sus celulares.

Ignorando las advertencias del juez, presentaron también los mensajes entre Berenice y el pastor, conversaciones que empezaban con temas espirituales y terminaban con palabras ambiguas, citas a solas, frases que cualquiera podía interpretar como algo más que pastoral.

La defensa intentó construir un perfil de Efraín como hombre trabajador, sin antecedentes que había actuado bajo un desequilibrio emocional provocado por la traición.

trajeron testigos que hablaron de su carácter tranquilo, de su dedicación al trabajo, de cómo nunca había mostrado señales de violencia.

Argumentaron que el descubrimiento de la infidelidad había desencadenado una reacción impulsiva no premeditada.

Citaron el concepto de emoción violenta previsto en el Código Penal, una alteración temporal de la conciencia causada por un estímulo externo grave.

Pero la fiscalía desmontó ese argumento punto por punto.

Señalaron que Efraín había conseguido la pistola más de 24 horas antes del crimen, que había tenido tiempo para pensarlo, para detenerse, para elegir otro camino, que había regresado al templo sabiendo lo que iba a hacer, que los disparos no fueron un accidente ni un arrebato, fueron ejecuciones a corta distancia contra dos

personas desarmadas.

En un lugar de culto, la fiscalía pidió la pena máxima, 60 años de prisión por doble homicidio calificado con agravantes por premeditación, alevocosía y ventaja.

Berenice fue citada como testigo.

Llegó acompañada de su madre, vestida de negro con lentes oscuros que no se quitó ni dentro de la sala.

Cuando el juez le pidió que subiera al estrado, ella tembló visiblemente.

Su voz salía quebrada.

apenas audible.

Le preguntaron qué tipo de relación tenía con el pastor Eliseo.

Berenice se bajó la cabeza.

Éramos cercanos.

Él me daba consejos, me ayudaba con mis problemas.

Le preguntaron si habían tenido una relación sentimental o física.

Very se guardó silencio durante varios segundos.

Luego asintió casi imperceptiblemente.

Sí, nos acercamos demasiado.

Fue un error.

La confesión cayó como piedra en agua quieta.

Algunos en la sala murmuraron.

La esposa del pastor sentada en la primera fila, se cubrió la cara con las manos.

El abogado de Efraín intentó capitalizar esa declaración.

Preguntó a Verenice si Efraín sabía de la relación.

Ella dijo que no, que siempre lo había ocultado.

Preguntó cómo reaccionó Efraín cuando los descubrió.

Berenice empezó a llorar.

Se quedó callado.

Solo nos miró, luego se fue.

Yo intenté hablar con él, pero no me contestó.

No pensé que fuera No pensé que fuera capaz de hacer eso.

Le preguntaron qué recordaba de la noche del crimen.

Berenice respiró hondo, llegó al templo, nos confrontó, discutimos.

Él sacó una pistola.

Yo le supliqué que no lo hiciera.

Le dije que podíamos arreglarlo, pero él ya había decidido.

Disparó al pastor primero, luego a mí.

No recuerdo nada más hasta que desperté en el hospital.

Su testimonio fue devastador para ambas partes.

Confirmaba la culpabilidad de Efraín, pero también exponía la traición que lo había llevado hasta ahí.

El juicio duró tres semanas.

Declararon médicos forenses, peritos balísticos, vecinos que habían escuchado los disparos.

Todos los testimonios apuntaban a la misma conclusión.

Efraín Soto había matado al pastor Eliseo Campos y había intentado matar a Berenice Maldonado en un acto de venganza por infidelidad.

La defensa hizo su último intento en los alegatos finales, apelando a la comprensión humana del jurado.

¿Quién de nosotros no ha sentido dolor por una traición? ¿Quién puede juzgar a un hombre que fue humillado por las dos personas en las que más confiaba? Pero la fiscalía fue contundente.

El dolor no justifica el asesinato.

La traición no es licencia para matar.

Efraín Soto tuvo opciones.

Pudo divorciarse, pudo denunciar, pudo alejarse.

Eligió la violencia, eligió quitarle la vida a un hombre y casi hace lo mismo con su esposa.

Eso no es justicia, es venganza.

Y la venganza es un crimen.

El jurado deliberó durante dos días.

Cuando regresaron a la sala, el veredicto fue unánime.

Culpable de homicidio calificado contra Eliseo Campos, culpable de tentativa de homicidio calificado contra Berenice Maldonado, culpable de portación ilegal de arma de fuego.

El juez dictó sentencia una semana después, 45 años de prisión, sin posibilidad de reducción por buena conducta durante los primeros 15 años.

Efraín escuchó la sentencia sin moverse.

No lloró, no protestó, solo asintió levemente como si ya lo supiera, como si lo hubiera aceptado desde la noche en que apretó el gatillo.

Después del juicio, cada quien siguió su camino marcado por la tragedia.

Efraín fue trasladado al centro de readaptación social de Uruap, un penal de mediana seguridad donde cumpliría su condena.

Lo asignaron a un dormitorio compartido con otros internos, todos condenados por delitos graves.

La rutina carcelaria se impuso rápido, despertarse a las 6 de la mañana, formarse para el pase de lista, trabajar en el taller de carpintería que el penal ofrecía como parte del programa de reinserción.

Efraín no causaba problemas, no buscaba pleitos, simplemente existía dentro de esos muros, cumpliendo los días uno por uno.

En las primeras semanas, algunos internos intentaron acercarse, preguntarle por su caso.

La historia del panadero que mató al pastor había llegado hasta ahí.

Algunos lo veían con respeto extraño, como si hubiera hecho lo correcto.

Otros lo miraban con desprecio, considerándolo un cobarde que había atacado gente desarmada.

Efraín no respondía a ninguno.

Se mantenía apartado, hablaba lo mínimo, comía solo.

De noche, acostado en su litera, miraba el techo de concreto agrietado y repasaba todo lo que había perdido.

Su trabajo, su libertad, su vida entera cambiada por una decisión de segundos.

Berenice, por su parte, nunca volvió a ser la misma.

Las heridas físicas sanaron con el tiempo, pero dejaron una cicatriz visible que cruzaba su abdomen como recordatorio permanente.

Las heridas emocionales fueron peores.

No podía dormir sin sobresaltarse.

Cualquier ruido fuerte la hacía temblar.

Dejó de salir de la casa de su madre, salvo para citas médicas obligatorias.

La gente del barrio la señalaba cuando la veían en la calle.

Algunos con lástima, otros con juicio.

Esa es la que andaba con el pastor.

Por ella mataron al pastor Eliseo.

Mira cómo terminó.

Su madre intentó protegerla como pudo, pero la carga era demasiado pesada.

Berenice se cayó en una depresión profunda.

Pasaba días enteros en cama sin ganas de comer, sin ganas de hablar.

Intentaron terapia psicológica dos veces.

Ella abandonó ambas.

No quería revivir lo que había pasado.

No quería que le dijeran que tenía que perdonarse, que tenía que seguir adelante.

¿Cómo seguir adelante cuando un hombre había muerto y otro estaba en prisión por su culpa? ¿Cómo vivir sabiendo que su error de juicio había destruido tres familias? La familia del pastor Eliseo nunca se recuperó del golpe.

Su viuda intentó mantener la casa y a los hijos, pero el dinero se acabó rápido.

Eliseo no tenía seguro de vida.

La iglesia hizo una colecta que apenas cubrió el funeral y algunos meses de renta.

Los hijos mayores tuvieron que dejar la escuela para trabajar.

La niña de 11 años fue enviada a vivir con una tía en otro estado.

La familia se fragmentó dispersándose por necesidad más que por elección.

La viuda de Eliseo culpaba a Berenice más que a Efraín.

Ella lo sedujo.

Ella destruyó mi familia.

Mi esposo era un hombre de Dios hasta que ella llegó.

La congregación nunca volvió a hacer lo que era.

Después del crimen, la asistencia cayó en picada.

Muchos miembros se fueron a otras iglesias avergonzados o desilusionados.

Los que se quedaron intentaron seguir adelante bajo un nuevo pastor, un hombre joven de otra ciudad que aceptó el cargo con reservas.

Pero el templo estaba marcado.

La gente pasaba frente a él y recordaba lo que había ocurrido ahí.

El cuarto pastoral fue cerrado permanentemente.

Nadie quería entrar.

Hubo intentos de limpiar la imagen de Eliseo.

Algunos hermanos de la congregación insistían en que él había sido víctima de una tentación, que el enemigo lo había atacado, que no debía ser juzgado tan duramente.

Pero otros, especialmente mujeres que habían pasado tiempo a solascon él en consejerías, empezaron a hablar.

Salieron historias de comentarios inapropiados, de toques que se sentían mal, de situaciones incómodas que nunca se habían denunciado por miedo o vergüenza.

El patrón que Eliseo había seguido con Berenice no era nuevo.

Ella solo había sido la que terminó en el lugar equivocado.

En el momento equivocado, la prensa local perdió interés después de unos meses.

El caso dejó de ser noticia.

Otros crímenes ocuparon los titulares, pero en la colonia la memoria permanecía fresca.

Las madres usaban la historia como advertencia para sus hijas.

Mira lo que pasa cuando te metes con hombres casados.

Los padres la usaban para sus hijos.

Controla tu coraje o terminas como el panadero.

El crimen se convirtió en leyenda urbana local contada en distintas versiones dependiendo de quién la narraba.

Efraín recibió pocas visitas en prisión.

Su primo fue un par de veces durante el primer año llevándole cigarros y noticias del barrio.

Luego dejó de ir.

Su madre, una señora mayor que vivía en un pueblo cercano, intentó visitarlo, pero la distancia y su salud no le permitieron mantener la regularidad.

Efraín escribió cartas que nunca envió.

intentó explicarse, justificarse, entenderse a sí mismo.

Ninguna carta llegó a tener sentido.

Al final las rompía y las tiraba.

Dentro del penal, Efraín aprendió carpintería.

Se volvió bueno haciendo muebles sencillos, sillas, mesas pequeñas, repisas.

El trabajo le daba algo en qué enfocar la mente, una forma de medir el tiempo que no fuera solo contar los años que le faltaban.

Los otros internos empezaron a respetarlo por su habilidad.

Le pedían que les hiciera cosas.

Él aceptaba sin cobrar, solo por tener algo que hacer.

En 2023, Berenice intentó suicidarse.

Su madre la encontró a tiempo.

Llamó a emergencias.

La llevaron al hospital, le hicieron lavado gástrico, la estabilizaron, la internaron en psiquiatría durante dos semanas.

Cuando salió, seguía sin querer vivir, pero ya no tenía la energía para intentarlo de nuevo.

Solo existía, como Efraín en su celda, cumpliendo días sin propósito claro.

Para 2024, 3 años después de los hechos, las heridas seguían abiertas, pero la vida había seguido su curso inevitable.

Efraín continuaba en el penal de Uruapan, ya más adaptado a la rutina carcelaria.

Había ganado algunos privilegios por buena conducta.

Acceso a la biblioteca, una celda individual, permiso para tomar clases de lectura que ofrecía una organización externa.

Leía mucho ahora, cosas que nunca había leído antes, novelas, libros de historia, hasta poesía.

No es que le gustara especialmente, pero era una forma de salir de ahí sin moverse.

Ocasionalmente participaba en los talleres de reflexión que organizaban los trabajadores sociales del penal.

Ahí, junto a otros internos, se suponía que debían hablar de sus delitos, de lo que los había llevado hasta ese lugar, de cómo planeaban reintegrarse a la sociedad algún día.

Efraín escuchaba a los demás, pero rara vez hablaba.

Cuando le tocaba su turno, decía cosas genéricas, que se arrepentía, que había actuado mal, que ojalá pudiera regresar el tiempo, pero en el fondo no estaba seguro de qué tanto se arrepentía realmente.

Parte de él todavía sentía que había hecho lo único que podía hacer en ese momento.

Un día, durante una de esas sesiones, un interno más joven le preguntó directamente, “¿Volverías a hacerlo?” Efraín se quedó callado largo rato.

Todos esperaban su respuesta.

Finalmente dijo, “No sé.

En ese momento no vi otra salida, pero tampoco vi esta salida.” Señaló las paredes del penal con un gesto vago.

Aquí voy a estar hasta que sea viejo.

Tal vez hasta que me muera.

Eso no lo pensé esa noche, solo pensé en que ellos me habían quitado todo.

Quise quitarles algo a cambio.

Supongo que lo logré, pero también me lo quité a mí mismo.

Berenice, mientras tanto, había encontrado una forma de sobrevivir, aunque no de vivir.

Seguía en casa de su madre, pero había empezado a salir un poco más.

trabajaba de manera informal vendiendo productos de belleza por catálogo, visitando casas de conocidas que no le hacían preguntas incómodas.

El dinero apenas alcanzaba, pero le daba una excusa para levantarse por las mañanas.

Seguía sin ir a ninguna iglesia.

La fe que había tenido se había desmoronado completamente aquella noche en el templo.

Intentó reconstruir algún tipo de vida social, pero era difícil.

La gente la trataba diferente, algunos con lástima exagerada, otros con curiosidad morbosa.

Una vez, en una reunión familiar, una prima le preguntó sin filtros, “¿De verdad te gustaba el pastor o solo querías vengarte de Efraín?” Berenice se levantó y se fue sin responder.

No volvió a esa casa.

Las preguntas sin respuesta la perseguían.

¿Había sido manipulada por Eliseo o había sido cómplice consciente? había buscado el afecto del pastor porque su matrimonio estaba roto o sumatrimonio se rompió porque buscó ese afecto.

No tenía claridad, solo culpa.

La viuda de Eliseo también seguía adelante a duras penas.

Había conseguido trabajo en una tienda departamental atendiendo cajas durante turnos largos que la dejaban exhausta.

Sus hijos mayores trabajaban en lo que podían, uno en una gasolinera, otro en un taller mecánico.

La niña seguía con la tía en otro estado, visitándolo solo en vacaciones.

La familia casi no hablaba del pastor.

Era un tema prohibido, demasiado doloroso, demasiado complicado.

La viuda nunca volvió a casarse ni a buscar compañía.

Se había cerrado emocionalmente, enfocándose solo en sobrevivir día a día.

En la colonia la historia del crimen ya no se comentaba tanto, pero tampoco se había olvidado.

El templo seguía funcionando, aunque con menos gente.

El nuevo pastor había hecho cambios.

Ahora las consejerías se hacían en grupos, nunca a solas y siempre con la puerta abierta.

Había una desconfianza nueva en el ambiente, una vigilancia mutua que antes no existía.

La inocencia de esa comunidad se había perdido para siempre.

Hubo un momento, a finales de 2024 en que Berenice consideró escribirle a Efraín, no para pedirle perdón ni para culparlo, solo para cerrar algo que seguía abierto.

Compró y sobres, se sentó en su cuarto, intentó escribir, las palabras no salían.

¿Qué podía decirle? ¿Que también ella estaba pagando su parte? ¿Que los dos habían perdido todo, que ojalá nada de eso hubiera pasado? Todo sonaba vacío, insuficiente.

Al final rompió las hojas y nunca envió nada.

Efraín tampoco intentó contactarla.

Durante el juicio había dicho todo lo que tenía que decir.

Ahora solo quedaba cumplir la condena.

Su abogado le había explicado que con buena conducta y si participaba en todos los programas de reinserción podría acceder a beneficios de preliberación después de cumplir dos tercios de la pena.

Eso significaba 30 años.

Para entonces tendría 63.

Toda su vida productiva pasada entre rejas.

La panadería había quedado en el pasado.

El oficio que tanto le había costado aprender ya no le serviría de nada cuando saliera, si es que salía.

La familia de Efraín también había quedado marcada.

Su madre murió en 2023 sin haber podido visitarlo más de tres veces.

Él no pudo ir al funeral.

Le negaron el permiso.

Solo supo por una llamada de su primo.

Lloró esa noche en su celda, en silencio, sin que nadie lo viera.

Era una pérdida más en una lista que ya era demasiado larga.

El tiempo dentro del penal transcurría de forma extraña.

Los días eran largos, pero los años pasaban rápido.

Efraín se había acostumbrado a no pensar demasiado en el futuro, solo en el presente inmediato.

La siguiente comida, el siguiente turno en el taller, el siguiente libro que leer.

Vivir más allá de eso era demasiado pesado.

Algunos internos hablaban de sus planes para cuando salieran.

Efraín nunca participaba en esas conversaciones, no tenía planes, no tenía nada esperándolo afuera.

A mediados de 2024 hubo un pequeño cambio en la situación de Efraín.

El sistema penitenciario estatal implementó un nuevo programa de justicia restaurativa.

La idea era juntar a víctimas y victimarios en sesiones mediadas por psicólogos buscando algún tipo de cierre o al menos de comprensión mutua.

No todos los casos eran elegibles, pero el de Efraín sí.

Berenice, como víctima sobreviviente fue contactada para ver si estaba interesada en participar.

Ella se negó rotundamente al principio.

La sola idea de ver a Efraín de nuevo le provocaba pánico.

Pero su terapeuta nueva, una mujer mayor que había empezado a atenderla meses atrás, le sugirió que lo considerara.

No tienes que perdonarlo, ni siquiera tienes que hablarle si no quieres.

Pero tal vez escucharlo, verlo como está ahora, te ayude a cerrar algo que llevas cargando.

Berenice lo pensó durante semanas.

Finalmente, más por desesperación que por convicción, aceptó.

Firmó los papeles.

Le asignaron una fecha, octubre de 2024, en una sala especial dentro del penal.

El día llegó con cielo nublado y viento frío.

Berenice fue acompañada por su terapeuta y un trabajador social del programa.

La llevaron a través de varias puertas de seguridad, pasillos interminables hasta una sala pequeña con paredes pintadas de beige y dos sillas enfrentadas.

Efraín ya estaba ahí sentado con las manos sobre la mesa.

No tenía esposas ni grilletes.

El ambiente era supervisado, pero no amenazante.

Cuando Berenice entró, Efraín levantó la vista.

Sus miradas se cruzaron por primera vez en 3 años.

El mediador, un psicólogo con experiencia en casos difíciles, explicó las reglas.

Ambos podían hablar libremente, pero con respeto.

Podían retirarse en cualquier momento si se sentían incómodos.

El objetivo no era culpar, sino entender.

Berenice se sentó con las manos temblando.

Efraín permanecía quieto con expresión neutra.

El mediador le dio lapalabra a ella primero.

Berenice habló con voz temblorosa.

No sé qué estoy haciendo aquí.

No sé qué quiero escuchar ni qué quiero decir.

Solo sé que llevo 3 años intentando entender cómo llegamos a esto.

Hizo una pausa.

Sé que lo que hice estuvo mal.

Sé que te traicioné.

Sé que el pastor abusó de su posición y yo lo permití.

No espero que me perdones.

Ni siquiera sé si yo me perdono, pero necesitaba decírtelo en persona.

Nunca quise que nadie muriera.

Nunca quise que terminaras aquí.

Efraín la escuchó sin interrumpir.

Cuando ella terminó, el mediador le dio la palabra a Sao Efraín respiró hondo.

Yo tampoco sé qué estoy haciendo aquí.

Durante mucho tiempo te culpé por todo.

Pensaba que si tú no hubieras hecho lo que hiciste, nada de esto habría pasado.

Pero con el tiempo empecé a ver que yo también tomé decisiones.

Pude haberme ido.

Pude haberte enfrentado con palabras.

Pude haber hecho mil cosas diferentes.

Elegí lo peor y ahora estoy pagando por eso.

Berenice empezó a llorar.

Efraín continuó.

No voy a decirte que te perdono porque no sé si puedo, pero tampoco voy a seguir cargando con todo ese odio.

Me está matando por dentro.

El pastor ya no está.

Tú estás afuera intentando seguir.

Yo estoy aquí cumpliendo mi condena.

Todos perdimos.

Nadie ganó nada.

Hubo un silencio largo, pesado.

El mediador no intervino, solo dejó que el momento existiera.

Berenice finalmente preguntó algo que llevaba años guardándose.

¿Alguna vez me quisiste de verdad? Efraín la miró directo a los ojos.

Sí, te quise.

Por eso dolió tanto.

Si no te hubiera querido, solo me habría ido y ya.

Pero sí te quise.

Y eso hizo que todo fuera peor.

Berenice asintió secándose las lágrimas con una servilleta que el trabajador social le pasó.

La sesión duró una hora.

No hubo reconciliación, no hubo perdón explícito, pero hubo algo parecido a una aceptación mutua de la realidad.

Ambos habían destruido sus vidas en una espiral de decisiones equivocadas.

Ambos estaban pagando consecuencias que nunca imaginaron.

Cuando terminó la sesión, Berenice se levantó primero.

Efraín se quedó sentado.

Ella se detuvo en la puerta, volteó y dijo, “Ojalá hubiéramos podido hablar así antes.” Efraín no respondió, solo asintió levemente.

Berenice se salió.

No volvieron a verse.

Después de ese encuentro, algo cambió en ambos.

Berenice empezó a participar más en su terapia, a hablar de lo que sentía, a intentar reconstruir algo parecido a una vida.

No fue rápido ni fácil, pero fue un inicio.

Efraín, por su parte, empezó a participar más en los talleres del penal.

Dejó de ser solo un cuerpo cumpliendo condena.

Empezó a intentar entenderse, a procesar lo que había hecho, a aceptar que iba a estar ahí por décadas y que dependía de él cómo vivirlas.

A finales de 2024, la historia de Efraín, Berenice y el pastor Eliseo ya había dejado de ser noticia.

En la colonia de Uruapán, donde ocurrió todo, la vida seguía su curso habitual.

Niños jugando en las calles, señoras colgando ropa, comerciantes ofreciendo sus productos.

El templo donde ocurrió el crimen aún funcionaba, aunque con menos personas y con nuevas reglas estrictas que intentaban evitar que algo así volviera a pasar.

El cuarto pastoral permanecía cerrado, convertido en bodega de cosas olvidadas.

Efraín cumplía su cuarto año en prisión.

Ya no era el hombre destrozado de los primeros meses.

Había encontrado una rutina que lo mantenía ocupado.

Trabajaba en el taller de carpintería.

Enseñaba a leer a otros internos que no sabían.

Participaba en grupos de reflexión.

No había vuelto a tener contacto con Berenice después del encuentro mediado, tampoco con nadie de su antigua vida.

Su mundo ahora eran esos muros, esos pasillos, esas caras que cambiaban cada tanto cuando alguien salía o cuando llegaba alguien nuevo.

Tenía 41 años por fuera de esos muros.

Aún le quedaban por cumplir dentro.

Berenice había logrado algo parecido a esta habilidad.

Seguía viviendo con su madre, pero ahora trabajaba en una tienda de ropa en otra colonia, lejos de donde todo había pasado.

Había cambiado de nombre en redes sociales, cortado contacto con casi todos los que la conocían de antes.

Intentaba construir una vida donde nadie supiera quién era ni qué había pasado.

Las pesadillas seguían, pero con menos frecuencia.

La cicatriz en su abdomen le recordaba cada día lo que había perdido, pero también lo que había sobrevivido.

A sus 30 años sentía que había vivido tres vidas completas y ninguna había terminado bien.

La familia del pastor Eliseo seguía dispersa.

Su viuda continuaba trabajando en la tienda, manteniendo a duras penas a los hijos que quedaban con ella.

El apellido Campos ya no era respetado en la colonia.

se había convertido en sinónimo de escándalo, de secretos sucios, de doble moral.

Algunos exmiembros de la congregación todavía defendían al pastor, insistiendo en quehabía sido víctima de una tentación que cualquiera podría haber enfrentado.

Otros lo recordaban con resentimiento, sintiendo que los había engañado a todos durante años.

La verdad probablemente estaba en algún punto intermedio, pero ya no importaba.

Eliseo estaba muerto y los muertos no pueden defenderse ni pedir perdón.

La justicia había seguido su curso.

El sistema había funcionado según sus propias reglas.

Hubo investigación, juicio, sentencia.

Efraín había sido declarado culpable y estaba pagando su condena.

No hubo corrupción visible ni irregularidades evidentes.

Fue un caso más en los registros del sistema penitenciario michoacano, uno entre miles.

Para los abogados y jueces que participaron solo fue otro archivo cerrado.

Para las familias involucradas fue el evento que partió sus vidas en dos antes y después de aquella noche de octubre de 2021.

En el penal, Efraín había desarrollado una especie de filosofía personal para sobrevivir los años que le quedaban.

No se veía a sí mismo como víctima ni como héroe.

Se veía como alguien que había tomado la peor decisión posible en el peor momento posible y que ahora cargaba con las consecuencias.

Había aprendido que el arrepentimiento no borra nada, que el tiempo no cura realmente, solo enseña a vivir con el dolor.

Sabía que cuando saliera, si es que salía, ya no tendría nada esperándolo.

No habría panadería, no habría familia, no habría vida que retomar, solo habría la responsabilidad de existir sin causar más daño.

Veris, por su parte, había aceptado que nunca volvería a ser quien era antes.

La chica risueña, que trabajaba en la estética y soñaba con una vida mejor, se había quedado enterrada bajo toneladas de culpa y trauma.

La mujer que quedó en su lugar era más callada, más cautelosa, más consciente de que cada decisión puede tener consecuencias irreversibles.

Había dejado de buscar culpables.

Ya no le importaba si el pastor la había manipulado o si ella había sido cómplice consciente.

Lo hecho estaba hecho.

Lo único que podía controlar ahora era cómo vivir con eso.

Las lecciones de esta historia no son simples ni reconfortantes.

No hay moraleja clara sobre el bien y el mal, sobre culpables e inocentes.

Solo hay personas que tomaron decisiones, algunas movidas por deseo, otras por dolor, otras por desesperación.

Y esas decisiones crearon una cadena de eventos que terminó con un muerto, una herida, un encarcelado y varias familias destruidas.

La vida en esa colonia de Uruapan siguió adelante porque así hacen las colonias populares.

Absorben el dolor, lo procesan, lo convierten en historia que se cuenta en voz baja y luego siguen adelante porque no hay otra opción.

El templo aún abre sus puertas los domingos.

Las panaderías del barrio siguen vendiendo pan recién horneado.

Las estéticas siguen cortando cabello y pintando uñas.

Todo parece normal en la superficie, pero los que estuvieron cerca, los que vieron lo que pasó, cargan con el conocimiento de que bajo esa normalidad hay grietas profundas.

Grietas que se formaron aquella noche cuando un panadero decidió que la traición merecía muerte y cuando apretó el gatillo dentro de un lugar que se suponía sagrado.

Efraín Soto cumple su condena en el centro de readaptación social de Uruapan.

Le quedan décadas por delante.

Perenice Maldonado intenta reconstruir su vida lejos de los lugares que la vieron caer.

La viuda y los hijos de Eliseo Campos sobreviven como pueden, cargando un apellido que ya no significa lo que significaba.

Y en algún lugar de esa colonia, el templo sigue en pie con su fachada rosada y su cruz de madera, recordándole a quien quiera verlo, que ni siquiera los lugares de fe están a salvo de las decisiones humanas y sus consecuencias.

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