“TAXISTA MATA A LA ESPOSA Y AL PASTOR EN PUEBLA” — A LOS 15 DÍAS DE CASADOS LOS ENCUENTRA JUNTOS…
15 días después de la boda, cuando todavía quedaban regalos sin abrir y el vestido de novia seguía colgado detrás de la puerta de la recámara, Juan Carlos manejaba su taxi convencido de que por fin la vida le estaba dando una oportunidad.
Esa noche de sábado, un viaje largo al aeropuerto se canceló a último momento y él decidió regresar antes a casa pensando en sorprender a su esposa con una cena sencilla, quizá unos tacos y una película en la sala.
Minutos después, un mensaje de Mariana cambió la ruta.
Ella decía que estaba en oración con las hermanas en la pequeña iglesia cristiana donde apenas dos semanas antes el pastor Rubén los había casado frente a familiares y vecinos.
Juan Carlos, con el recelo que dan los años en la calle, decidió pasar primero frente al templo.
Encontró la fachada en penumbra, candado puesto y ningún rastro de culto nocturno, lo que empezó como una simple duda se volvió un presentimiento insoportable.
Siguiendo pistas que él mismo había ignorado durante meses, terminó frente a un edificio viejo en el centro de Puebla.
Ahí, en un departamento barato con las paredes descascaradas, empujó una puerta entreabierta y encontró la escena que ningún recién casado está preparado para ver.
Su esposa en la cama, entre sábanas revueltas, al lado del mismo pastor, que les había hablado de fidelidad eterna frente al altar.
Año 2019, ciudad de Puebla.
En una zona de colonias populares al sur de la capital, donde el ruido de los camiones se mezcla con el pregón de los vendedores ambulantes y el eco de los niños jugando en la calle, vivían Juan Carlos Hernández, de 34 años y Mariana López de 27.
No eran ricos, tampoco miserables.
Ocupaban ese espacio estrecho de la clase trabajadora que vive al día, con la esperanza puesta en que el próximo año será mejor.
Juan Carlos era taxista desde joven.
Tenía un carro con placas de sitio, techo pintado con el número de la base y un radio viejo por donde recibía servicios y chismes de otros chóeres.
Pasaba jornadas de 10, 12 horas manejando, esquivando baches, aguantando a clientes borrachos de madrugada y negociando con agentes de tránsito siempre al borde de la multa.
Su mundo era la calle, avenidas principales, atajos, colonias peligrosas que aprendió a leer en el rostro de los pasajeros.
Mariana trabajaba como recepcionista en una pequeña clínica particular, 8 horas diarias atendiendo llamadas, llenando formularios, organizando citas y escuchando quejas de pacientes que reclamaban por retrasos o cobros.
No
ganaba mucho, pero tenía algo de estabilidad y prestaciones básicas.
Cada quincena separaba parte de su sueldo para ayudar a su mamá, que vivía en una colonia cercana, y para ir completando los gastos del nuevo hogar que apenas empezaban a construir.
Su casa era una vivienda de interés social, dos cuartos, sala comedor comprimida, cocina con azulejos gastados y un pequeño patio con lavadero.
No tenía lujos, pero para ellos significaba un logro enorme.
Juan Carlos llevaba años pagando esa casa a crédito con miedo permanente de atrasarse y perderlo todo.
Cuando por fin se mudaron ahí como matrimonio, sintieron que cruzaban una frontera invisible.
Ya no eran novios que se veían a escondidas, sino esposos con un recibo de luz a su nombre.
El barrio los conocía de vista.
Juan Carlos era el taxista de la esquina del Oxo, siempre con camisa tipo polo, pantalón oscuro y cara cansada.
Mariana era la muchacha de la clínica, la que salía temprano con una mochila discreta y regresaba en transporte público cuando ya empezaba a oscurecer.
No destacaban por nada en particular.
Eran una pareja más en medio de miles, con la diferencia de que en su caso el destino les tenía preparada una combinación peligrosa de silencio, celos y traición.
La boda había sido reciente.
Primero se casaron por lo civil.
en una oficina sencilla, rodeados de familia cercana.
Después vino la ceremonia religiosa que marcaría todo.
Una iglesia cristiana pequeña en la misma zona, con bancas de madera y paredes pintadas de blanco.
Ahí apareció un personaje clave, el pastor Rubén Aguilar, de 42 años, casado, padre de dos adolescentes y figura respetada en la comunidad por su discurso sobre restaurar hogares.
Rubén tenía presencia.
No era un hombre particularmente imponente, pero hablaba con seguridad.
Miraba a los ojos, citaba versículos de memoria y sabía tocar los puntos débiles de la gente.
Se presentaba como pastor de tiempo completo, aunque todos sabían que también sobrevivía con la venta de biblias, discos de música cristiana y pequeños cursos de sanidad interior para parejas en crisis.
En la colonia su palabra tenía peso, sobre todo entre quienes buscaban consuelo o dirección.
Fue en esa iglesia donde Mariana empezó a sentirse escuchada.
Invitada por una compañera de trabajo, comenzó a asistir primero a los cultos de domingo y luego a reuniones de mujeres entre semana.
Juan Carlos, porhorarios, casi nunca podía acompañarla.
Ella llegaba sola, se sentaba a media fila, cantaba con discreción y al final se acercaba a saludar al pastor.
Poco a poco esa relación de feligresa y líder espiritual fue creciendo.
Cuando Mariana le comentó que estaban planeando casarse, Rubén reaccionó con entusiasmo.
dijo que le alegraba ver jóvenes que quieren hacer las cosas bien delante de Dios y les ofreció, sin cobrar, un paquete de pláticas prematrimoniales en su oficina del fondo del templo.
Para una pareja que contaba cada peso, aquella oferta sonó como una ayuda sincera.
Para el pastor fue la puerta de entrada a la intimidad emocional de los dos.
En las semanas previas a la boda, la rutina de la pareja se llenó de citas con el pastor.
Algunas veces acudían juntos, otras solo Mariana, cuando Juan Carlos no alcanzaba a salir del sitio de taxis.
En esa oficina pequeña, con libreros llenos de textos sobre matrimonio y cuadros con frases motivacionales, Rubén empezó a escuchar historias que iban más allá de lo espiritual.
Miedos de Mariana, inseguridades de Juan Carlos, peleas por dinero, sueños a medias.
El día de la boda religiosa, la iglesia estaba llena dentro de lo que permitía su tamaño.
Flores sencillas, música grabada sonando por bocinas viejas, sillas prestadas para los invitados.
Rubén habló de fidelidad, de lealtad, de la importancia de proteger el matrimonio de cualquier tercera persona.
Cuando terminó, posó sonriente para las fotos, los recién casados en el centro, él a un lado, Biblia en mano.
Ese retrato que en ese momento parecía un recuerdo feliz, después se volvería un símbolo amargo de contradicción.
En el barrio la historia se resumía fácil.
El taxista por fin se casó con la muchacha de la clínica.
El pastor de la esquina los bendijo.
Ojalá les vaya bien.
Nadie imaginaba que detrás de esa frase simple ya se habían sembrado las primeras semillas de una traición que terminaría en un crimen brutal dentro de un departamento del centro de Puebla.
Después de la boda, la vida de Juan Carlos y Mariana pareció acomodarse en una rutina que muchos desde fuera habrían envidiado.
Tenían casa propia, aunque modesta, trabajo estable, aunque cansado, y una red de familia y vecinos que, en general les deseaban lo mejor.
Si alguien los veía caminar juntos al tianguis el domingo, pensaba que eran la imagen de una pareja joven echándole ganas.
Las mañanas empezaban temprano.
Juan Carlos se levantaba antes de que amaneciera.
Se duchaba rápido con agua, a veces medio fría, y se vestía con la ropa de trabajo.
Pantalón oscuro, camisa de cuello, chaleco ligero se hacía frío.
Mariana, medio dormida, se levantaba a preparar café soluble y unos huevos sencillos.
Desayunaban casi en silencio, más por sueño que por falta de cariño.
Y él salía rumbo al sitio de taxis con la promesa de regresar no muy tarde, promesa que rara vez podía cumplir.
Mariana, por su parte, tenía su propio ritmo.
Después de que Juan Carlos se iba, ordenaba un poco la casa, lavaba trastes, revisaba mentalmente las cuentas, renta, luz, agua, abono de la sala, pago del refrigerador a meses.
Luego se arreglaba para ir a la clínica, siempre con un maquillaje discreto y ropa cómoda.
Desde el primer día de casada, intentó mantener la casa presentable como una forma de demostrar que estaba tomando en serio su nuevo papel de esposa.
Los fines de semana, cuando el trabajo lo permitía, la pareja alternaba entre visitar a la familia de uno y del otro.
La mamá de Mariana los recibía con comida abundante y comentarios sobre cuándo llegarían los nietos.
Los padres de Juan Carlos, más reservados observaban con cierta satisfacción que su hijo al fin tenía un hogar propio y una esposa responsable.
Esa presión silenciosa sobre la maternidad y el próximo paso se colaba en pequeñas discusiones que ninguno quería profundizar.
En medio de todo, la iglesia ocupaba un lugar cada vez más importante para Mariana.
No solo asistía a los cultos de domingo, comenzó a ir a reuniones de mujeres los jueves, a ensayos de coro y a encuentros de oración.
En cada actividad, el pastor Rubén estaba presente saludando, escuchando, poniendo la mano en el hombro con gesto paternal.
Para muchos era simplemente un líder atento.
Para Mariana se fue volviendo un receptor constante de sus quejas y miedos.
Ella le contaba que se sentía sola.
muchas noches que el taxi parecía una tercera persona en su matrimonio, siempre reclamando el tiempo de Juan Carlos.
Hablaba de discusiones por dinero, de planes pospuestos, de la sensación de que su esposo llegaba tan cansado que apenas si le quedaban palabras para compartir.
Rubén, con voz suave, le respondía que era normal, que los hombres a veces se distraen con el trabajo, que Dios conocía su corazón y que ella no debía sentirse culpable por desear más atención.
Juan Carlos veía estos cambios con una mezcla de alivio yceguera.
Por un lado, le tranquilizaba saber que Mariana tenía algo que hacer mientras él trabajaba.
pensaba que así no se deprimía, que la iglesia era un buen ambiente.
Por otro lado, estaba tan absorbido por las vueltas del taxi, por la gasolina que subía y los pasajes que a veces no alcanzaban, que no se detenía a examinar qué tanto espacio estaba cediendo a un tercero en su relación.
La fachada de felicidad se mantenía gracias a pequeños gestos, fotos en redes sociales de la boda todavía recientes, mensajes de “Te amo” en fechas señaladas, chistes compartidos sobre clientes raros o pacientes complicados.
Pero debajo de esa
superficie, las grietas empezaban a hacerse visibles para quien mirara con más atención.
Silencios más largos, miradas cansadas, respuestas secas.
En la iglesia, el pastor Rubén aprovechaba cada ausencia de Juan Carlos.
Si el taxista no podía acudir a una plática o a una reunión, él se quedaba un rato más conversando con Mariana.
Empezó pidiéndole que oraran juntos por su matrimonio.
Terminó mandándole mensajes de WhatsApp fuera de horario, preguntando si había llegado bien a casa, si se sentía menos triste, si quería hablar de cosas que no alcanza el tiempo en la oficina.
El tono al principio espiritual fue cambiando de manera casi imperceptible.
Mariana encontró en esas conversaciones algo que sentía que le faltaba: atención dedicada, palabras de afirmación, alguien que supuestamente entendía el peso de ser esposa y joven en un entorno donde todos opinan.
Sin darse cuenta, comenzó a comparar.
Comparaba las frases medidas y cansadas de Juan Carlos con los mensajes largos y cuidados del pastor.
Comparaba la prisa del taxista para dormir temprano con la paciencia de Rubén para leer sus textos y responder con párrafos enteros.
Para los demás, nada parecía fuera de lugar.
El pastor seguía predicando sobre fidelidad y respeto.
Mariana seguía llegando de la mano de su esposo de vez en cuando, sentándose juntos en la segunda fila.
Pero la dinámica real del matrimonio ya había cambiado.
La figura de Rubén, que debía ser externa y limitada al templo, se había metido a través del celular y de las pláticas privadas en la intimidad emocional de la pareja.
Esa diferencia entre lo que se veía y lo que pasaba por dentro es clave para entender cómo se llegó al desenlace.
Desde la calle la historia era simple.
un taxista trabajador, una esposa creyente, un pastor que los apoyaba.
Desde adentro la situación se estaba volviendo explosiva.
Un hombre agotado, una mujer emocionalmente desatendida y un líder religioso que cruzaba líneas sin que nadie todavía se atreviera a poner un alto.
Y mientras la fachada se mantenía impecable para los vecinos, en el teléfono de Mariana, las conversaciones con el pastor empezaban a cambiar de tono, preparando el terreno para una traición que en solo unos meses terminaría con dos personas muertas en una cama y un hombre esposado dentro de su propio taxi.
Si quieres seguir
acompañando estas historias reales de traición y crimen dentro de parejas, regístrate en la comunidad del canal y activa las notificaciones para no perderte los siguientes capítulos de este caso.
La primera vez que el pastor Rubén le escribió a Mariana fuera de los horarios de iglesia fue aparentemente algo inocente.
Una noche de domingo después de un culto en el que Juan Carlos no había podido asistir por estar de turno, ella llegó a casa cansada y mientras se cambiaba la ropa sonó su celular con una notificación de WhatsApp.
Era un mensaje del pastor.
Hermana, solo quería agradecerte por tu disposición hoy.
Dios ve tu corazón.
Llegaste bien a casa.
Mariana dudó unos segundos.
No era común que un líder espiritual se preocupara así por una feligreza en particular, pero tampoco sonaba abiertamente inapropiado.
Le respondió con educación, agradeciendo la atención.
Él contestó con un audio corto donde le decía que entendía lo difícil que era sostener un matrimonio cuando el esposo trabajaba tantas horas y que si alguna vez necesitaba hablar más a fondo, su puerta estaba abierta.
A partir de ahí, los mensajes se volvieron rutina.
Primero eran solo recordatorios de reuniones, versículos de ánimo y frases sobre la paciencia.
Poco después empezaron a mezclarse comentarios sobre la vida diaria de ella, que si se veía cansada, que si estaba muy sola en la casa, que si a veces los hombres no valoran lo que tienen hasta que lo pierden.
Rubén no decía nada explícitamente romántico, pero la intención detrás de sus palabras empezaba a cruzar una línea invisible.
Mariana, que llevaba meses sintiéndose relegada a un segundo plano en la vida de Juan Carlos, encontró en esa atención constante algo que la desarmó.
El pastor le preguntaba cómo le había ido en la clínica, cómo estaba su mamá, qué pensaba sobre tener hijos algún día.
Preguntas que, según ella, a su esposo ya no le hacía por cansancio o porcostumbre.
Sin darse cuenta, comenzó a responder con mensajes cada vez más largos, abriendo su intimidad emocional ante un hombre que no era su pareja.
El siguiente paso fue la consejería privada.
Rubén le propuso agendar algunas conversaciones a solas para tratar temas específicos del matrimonio.
Al principio, Juan Carlos estaba incluido.
En la oficina del pastor, él se sentaba en una silla moviéndose incómodo mientras Rubén le explicaba que debía escuchar más a su esposa, dedicarle tiempo, aprender a ser sacerdote del hogar.
Juan Carlos asentía, pero su mente estaba ya pensando en la cuenta de gasolina del día siguiente.
Con el tiempo, los horarios de esas pláticas comenzaron a cambiar.
Rubén sugería ver primero a Mariana para entender mejor corazón y luego si se daba hablar con Juan Carlos otro día.
Muchas veces el taxista no podía acudir por trabajo y el pastor aprovechaba esos huecos.
Cerraba la puerta, ponía música suave de fondo y pedía a Mariana que le contara todo aquello que no se sentía capaz de decir en casa.
En esos encuentros, la relación dejó de ser únicamente espiritual.
Rubén empezó a utilizar un lenguaje ambiguo.
Le decía que era una mujer valiosa, que merecía ser amada como Cristo ama a la Iglesia, que no todos los hombres están a la altura de una mujer entregada como tú.
Palabras que envueltas en citas bíblicas sonaban a consejo, pero llevaban un subtexto claramente personal.
Una tarde, después de una sesión especialmente emotiva en la que Mariana lloró hablando de su soledad y del miedo a que su matrimonio fracasara, el pastor se acercó más de lo normal, le puso la mano en el hombro, la miró a los ojos y le dijo que no estaba sola, que él estaba ahí para sostenerla.
El abrazo que vino después duró unos segundos más de lo que corresponde a un gesto de consuelo.
Ella lo notó, pero no se apartó.
Fue la primera vez que la frontera se cruzó de forma evidente.
Los mensajes cambiaron de tono.
Ya no eran solo Dios está contigo, sino pienso mucho en ti.
Me preocupa lo que estás viviendo.
A veces quisiera que tuvieras a alguien que te cuidara como mereces.
El pastor empezó a usar emoticonos de corazones discretos, manos juntas, caritas tristes cuando Mariana decía que estaba sola en casa.
Ella, en lugar de incomodarse, empezó a esperar esos mensajes, revisando el teléfono con más frecuencia.
El siguiente paso fue un café fuera de la iglesia.
Rubén le propuso encontrarse en un lugar neutral para hablar sin que la gente chismeara.
Eligieron una cafetería del centro, lejos de la colonia.
Mariana llegó nerviosa, mirando a todos lados, consciente de que no era correcto, pero convencida de que no estaban haciendo nada malo, solo hablar.
Él llegó con ropa casual, sin la típica camisa formal que usaba en el templo y eso ya lo hacía ver distinto.
Más hombre, menos pastor.
En esa mesa, entre tazas de café y un pastel compartido, la conversación se deslizó hacia lo personal.
Rubén habló de su propio matrimonio, insinuando que tampoco era perfecto, que a veces se sentía incomprendido, que como pastor siempre daba, pero nadie se preocupaba por él.
Mariana se sintió identificada como si por fin alguien estuviera en la misma frecuencia emocional.
Ahí, sin decirlo abiertamente, comenzaron a verse como algo más que consejero y aconsejada.
Las salidas se repitieron siempre con pretextos a medias.
A veces eran reuniones de planificación de actividades de mujeres, otras comprar material para la iglesia.
Juan Carlos no cuestionaba demasiado.
Confiaba en que si estaba con el pastor, nada grave podía pasar.
Incluso llegó a bromear diciendo que Dios la traía bien ocupada, sin imaginar que en realidad la estaba dejando sola en otro tipo de terreno.
La noche en que se besaron por primera vez, no hubo gran drama externo, pero sí un quiebre interno definitivo.
Salían de la iglesia después de una reunión tardía.
Rubén se ofreció a llevarla a casa en su carro, como ya había hecho otras veces.
En una esquina oscura, antes de llegar a la colonia, estacionó unos minutos para orar juntos antes de despedirse.
En lugar de una oración, hubo un silencio cargado y una cercanía que terminó en un beso rápido, torpe, pero suficiente para cambiar todo.
A partir de ese momento, la relación se volvió abiertamente clandestina.
Los mensajes hablaban de extrañarte, pensar en ti todo el día.
No sabes lo que significas para mí.
Rubén justificaba el vínculo como algo que Dios estaba usando para sanar heridas, pero en el fondo sabía que se trataba de una doble vida.
Mariana, por su parte, se debatía entre la culpa y la emoción de sentirse deseada.
Cada vez que Juan Carlos llegaba tarde y se dormía sin mirarla, ella se hundía más en la idea de que su verdadero compañero emocional era el pastor.
Lo que empezó como consejería espiritual terminó en cuestión de meses en una relación extramarital con encuentros cada vez másarriesgados.
Y mientras tanto, la figura de Juan Carlos quedaba a un lado, convertido, sin saberlo, en el tercero incómodo de una historia donde él era, irónicamente el único que seguía creyendo en las promesas hechas delante del altar.
Las señales de que algo no estaba bien comenzaron a aparecer mucho antes de la noche del crimen, pero como ocurre en muchos casos, fueron ignoradas o justificadas hasta que fue demasiado tarde.
Juan Carlos, acostumbrado a lidiar con la calle y a desconfiar de los extraños, nunca imaginó que tendría que aplicar ese mismo instinto dentro de su propia casa y menos frente a alguien que llevaba la etiqueta de hombre de Dios.
El cambio más evidente fue el celular de Mariana.
Antes lo dejaba sobre la mesa sin contraseña o con un patrón que ambos conocían.
De un momento a otro empezó a mantenerlo siempre boca abajo con el volumen en silencio y la pantalla bloqueada.
Cuando llegaba un mensaje y Juan Carlos preguntaba quién era, ella respondía con evasivas.
El grupo de las hermanas, una amiga de la clínica, la señora de la iglesia que está enferma, nunca mencionaba directamente al pastor.
Juan Carlos notó el cambio, pero al principio lo relacionó con la privacidad normal de cualquier persona.
Pensó que quizá ella estaba organizando algo sorpresa o simplemente no quería mezclar los asuntos de la iglesia con la vida diaria.
Sin embargo, hubo pequeños momentos que le dejaron una sensación amarga.
Una vez entró a la recámara y la sorprendió borrando una conversación entera antes de dejar el celular en el buró.
Otra noche, ella sonrió mirando la pantalla y al darse cuenta de que él la observaba, su expresión cambió a una seriedad forzada.
En la iglesia también empezaron a circular comentarios.
Una vecina que asistía a los mismos cultos le mencionó en tono casual que veía al pastor muy pendiente de Mariana, siempre preguntándole cómo estaba, sentándose junto a ella cuando Juan Carlos no iba.
“¿Será porque son recién casados?”, pensó él restando importancia.
Incluso llegó a sentirse agradecido de que alguien estuviera cuidando espiritualmente a su esposa mientras él trabajaba.
Pero la frecuencia de las actividades comenzó a desentonar.
Mariana, que antes iba a la iglesia, principalmente los domingos, empezó a tener reuniones casi todos los días.
Oración de mujeres, ensayo de coro, apoyo en la cocina comunitaria, visitas a enfermos.
Si Juan Carlos preguntaba por qué tantas salidas, ella respondía que quería servir, que se sentía útil ahí, que Dios la estaba llamando a hacer más.
Cada explicación venía acompañada de un leve tono defensivo, como si ya estuviera preparada para una discusión.
El desgaste se hizo evidente en las discusiones nocturnas.
Juan Carlos a veces llegaba tarde, agotado, esperando encontrar descanso en casa y se topaba con la sala vacía y la luz de la cocina encendida.
Mariana llegaba después con olor a perfume mezzlado con aire de calle, alegando que la reunión se alargó o que tuvo que ayudar a limpiar.
Cuando él le reclamaba que ya casi no compartían tiempo juntos, ella le volteaba el argumento, “Tú eres el que nunca está.
Yo por lo menos estoy haciendo algo que me llena.” Uno de los momentos clave ocurrió en una comida familiar.
Durante una visita a la casa de la mamá de Mariana, una prima hizo un comentario inocente.
Dijo que había visto a Mariana y al pastor Rubén en una cafetería del centro muy metidos en la plática.
Lo mencionó con tono de broma, sin mala intención, pero el comentario cayó pesado.
Juan Carlos volteó a ver a su esposa esperando una explicación inmediata.
Mariana reaccionó rápido.
Dijo que sí, que se habían reunido para hablar de un evento de mujeres que lo habían hecho en el centro para no ser interrumpidos por la gente de la colonia.
Añadió que no le había dicho a Juan Carlos porque sabía que se iba a molestar sin razón y no quería problemas.
La justificación sonó construida, pero no totalmente absurda.
La mamá de Mariana intervino a favor de su hija diciendo que era bendición tener un pastor tan dedicado.
La conversación cambió de tema, pero la inquietud ya se había instalado.
Otra señal vino del propio sitio de taxis.
Un compañero de Juan Carlos, que vivía cerca de la iglesia comentó en tono de chisme que veía al pastor Rubén salir seguido en su carro con distintas personas y que últimamente lo había visto más de una vez acompañado de una mujer que se parecía mucho a tu esposa.
Lo dijo riendo sin imaginar el impacto.
Juan Carlos se incomodó, pero respondió a la defensiva.
Seguro confundes.
Hay muchas que se parecen.
A pesar de sus palabras, algo se le quedó clavado.
Fue entonces cuando empezó a fijarse más en los detalles.
Notó que Mariana se arreglaba distinto para las actividades de la iglesia.
Ropa más cuidada, perfume más marcado, un toque de maquillaje extra.
Notó también que cuando recibía mensajes tarde por la noche, selevantaba de la cama con pretextos como voy al baño y respondía desde el pasillo.
Los patrones, que antes parecían coincidencias, empezaron a formar una imagen más concreta.
Aún así, Juan Carlos luchaba con la idea de aceptar lo que esa imagen sugería.
El peso de la confianza depositada en el pastor, el miedo al escándalo y la vergüenza imaginaria de convertirse en el marido engañado le hicieron preferir la duda a la certeza.
En lugar de revisar directamente el celular o confrontar a los dos al mismo tiempo, optó por acumular sospechas en silencio, envenenándose poco a poco.
El punto de quiebre se acercaba.
Días antes de la tragedia hubo una escena que, vista en retrospectiva, parece una advertencia ignorada.
Juan Carlos, al buscar un cargador tomó el celular de Mariana por error y vio en la pantalla de notificaciones un mensaje con un nombre que ya conocía demasiado bien.
Rubén.
Solo alcanzó a leer la primera línea.
Te extraño incluso cuando acabo de verte.
Ella entró a la sala justo en ese momento, le arrebató el teléfono con una sonrisa nerviosa y dijo que era un hermano de la iglesia bromeando.
Esa noche, por primera vez, Juan Carlos se fue a dormir sin besarla ni decirle buenas noches.
se quedó despierto mirando el techo con el zumbido del tráfico lejano colándose por la ventana entreabierta, preguntándose si de verdad estaba dispuesto a seguir fingiendo que no veía lo que todos los indicios señalaban.
No lo sabía entonces, pero ya estaba en una cuenta regresiva.
Bastaba una chispa, un viaje cancelado, un mensaje mal enviado, una mentira mal construida para que todo explotara.
Esa chispa llegaría pocos días después, en una noche de sábado que comenzó como cualquier otra jornada de trabajo en el taxi y terminó con dos cuerpos sin vida en una cama ajena y un hombre esposado, tratando de entender en qué momento su vida se había roto de forma irreversible.
La noche del crimen empezó para Juan Carlos, como muchas otras.
Era sábado, día bueno para los taxis por las salidas a fiestas, bares y reuniones familiares.
Había tomado turno desde temprano con la idea de aprovechar la noche y recuperar algo de lo flojo que había estado entre semana.
El plan era regresar tarde, quizá después de la 1 de la mañana, cuando el movimiento bajara y el riesgo de asaltos aumentara.
Cerca de las 9 le entró por radio un viaje largo hacia las afueras de la ciudad.
El cliente pidió tiempo para salir de su casa y mientras esperaban la confirmación, Juan Carlos pensó que con ese servicio prácticamente salvaría el día.
Sin embargo, minutos después, el operador del sitio le avisó que el viaje se había cancelado.
El pasajero ya no saldría.
De golpe, la noche se abrió frente a él como un espacio vacío.
Con la ciudad iluminada por los faroles anaranjados y el sonido constante de motores a su alrededor, Juan Carlos decidió hacer algo que casi nunca hacía.
Irse temprano a casa.
Pensó en llamar a Mariana, pedirle que no cocinara, que mejor bajaran por unos tacos y vieran algo en la televisión.
tomó el teléfono y le marcó, imaginando ya la cara de sorpresa de su esposa al verlo llegar antes de lo habitual.
El celular sonó varias veces sin respuesta.
Eso lo extrañó.
Ella casi siempre contestaba rápido, aunque fuera solo para decir que estaba ocupada.
Cortó la llamada y segundos después llegó un mensaje de Mariana.
Estoy en oración con las hermanas, no puedo hablar.
Salgo tarde, luego te llamo.
La frase en otro momento le habría parecido normal.
Esa noche, en cambio, se sintió fría, distante, casi como un mensaje copiado y pegado.
Juan Carlos se quedó mirando la pantalla unos segundos con una sensación rara en el estómago.
Recordó de golpe el comentario del compañero del sitio que decía haber visto al pastor con una mujer parecida a tu esposa y el mensaje que había alcanzado a leer días antes.
Te extraño incluso cuando acabo de verte.
Sin pensarlo demasiado, giró el volante y tomó rumbo hacia la iglesia.
Se dijo a sí mismo que solo quería ver las luces encendidas, escuchar cantos a lo lejos, confirmar que efectivamente había reunión de mujeres.
El trayecto no era largo.
Mientras conducía, sentía cómo se aceleraba su respiración, como si su cuerpo supiera algo que su mente se negaba a aceptar por completo.
Cuando llegó a la calle del templo, la escena fue otra.
La fachada estaba apagada, sin música, sin gente en la entrada.
La reja tenía puesto un candado y el interior se veía completamente oscuro.
Juan Carlos se quedó dentro del taxi con el motor encendido, mirando fijamente la puerta cerrada.
El mensaje de En oración seguía fresco en la pantalla de su teléfono.
Bajó del carro y se acercó a la banqueta.
En eso, un vecino que vivía frente a la iglesia salió a tirar la basura.
Juan Carlos, tratando de sonar casual, le preguntó si no había reuniones anoche.
El hombre, sorprendido, le dijo que no, que esesábado el pastor había avisado que no habría actividad, que iba a salir con la familia.
Esa frase cayó sobre Juan Carlos como un balde de agua helada.
Volvió al taxi sin poder ordenar las ideas.
miró otra vez el mensaje de Mariana.
La mentira era evidente.
No estaba en la iglesia, no estaba con las hermanas.
Entonces, ¿dónde? ¿Con quién? Empezó a repasar mentalmente conversaciones recientes.
Recordó que Mariana había mencionado semanas antes que el pastor estaba quedándose unos días en un departamento por el centro porque tenía unos cursos intensivos.
En ese momento, ese dato cobró un significado distinto.
La rabia se mezcló con una sensación de humillación profunda.
Juan Carlos sintió que todos los pequeños detalles que había ignorado, el celular boca abajo, las salidas constantes, los cambios de humor, se alineaban como piezas de un rompecabezas que ya no podía desarmar.
La duda dejó de ser duda.
Se convirtió en certeza viscosa, pegajosa, que le subía por la garganta.
Impulsivamente volvió a marcar a Mariana.
Esta vez ella no contestó ni mandó mensaje.
Abrió la aplicación de mensajería y vio que su última conexión era reciente.
Eso significaba que tenía el teléfono en la mano, que había leído su llamada y había decidido no responder.
El coraje se transformó en algo más oscuro.
La sensación de estar siendo deliberadamente burlado.
En un arranque escribió, “Voy a pasar por ti a la iglesia.
Espérame afuera.
El mensaje se quedó con una sola palomita un tiempo que pareció eterno y luego marcó como entregado, pero no hubo respuesta.
Juan Carlos sintió cómo se le empezaban a entumir las manos sobre el volante.
Era la mezcla de celos, orgullo herido y esa cosa punzante que nace cuando uno se siente el último en enterarse de algo que todos probablemente ya sospechan.
Mientras seguía estacionado, con las luces del tablero iluminando su rostro, tomó una decisión, dejar de buscar excusas piadosas y aceptar lo que en el fondo ya sabía.
Esa noche, en esa esquina frente a la iglesia cerrada, Juan Carlos no vio a su esposa con otro hombre, pero fue el momento en que descubrió de forma incontestable que Mariana ya no le pertenecía por completo ni en cuerpo ni en lealtad.
Lo que vino después no fue un arrebato ciego e inmediato, fue una serie de pasos rápidos, pero conscientes, en los que cada acción estuvo marcada por esa mezcla peligrosa de dolor y deseo de confrontar la mentira cara a cara.
Y sin saberlo, cada decisión lo acercaba más a la puerta de un departamento en el centro y al disparo de una pistola que cambiaría para siempre la vida de tres familias.
Sentado al volante, con el motor encendido y el ruido del ventilador marcando un ritmo nervioso, Juan Carlos no se movió de inmediato.
Había descubierto la mentira, pero todavía no sabía qué hacer con ella.
Una parte de él quería regresar a casa, esperar a que Mariana volviera y enfrentarla ahí mismo.
Otra parte, más impulsiva pedía respuestas en ese instante, sin importar el lugar ni las consecuencias.
Mientras dudaba, recordó de nuevo aquel comentario aparentemente inocente de su esposa semanas atrás, cuando le contó que el pastor se estaba quedando unos días por el centro en un departamentito que le prestaron para unos cursos.
En su momento ella lo dijo sin muchos detalles, casi al pasar, pero ahora la frase se le quedó fija en la mente.
Centro, departamento, pastor sin familia, noche de sábado.
Esas cuatro ideas juntas formaron una posibilidad que no quiso nombrar, pero que se impuso sola.
Encendió un cigarro, aunque no era de fumar seguido.
El humo le irritó los ojos ya cargados de cansancio.
Tomó el teléfono y abrió la conversación con Mariana.
Buscó hacia arriba entre mensajes borrados y respuestas frías.
Encontró uno donde ella mencionaba que iban a ver lo del curso del pastor por el centro en la zona de los departamentos viejos.
No había dirección exacta, pero sí una referencia.
había mandado una foto borrosa de una calle con edificios antiguos comentando que parece de película.
Juan Carlos amplió la imagen intentando reconocer algún letrero, una tienda, algo.
Alcanzó a distinguir el nombre de una papelería en la esquina y un anuncio de renta pegado en una ventana.
No era suficiente para ir directo, pero sí para reducir la búsqueda.
El centro de Puebla no era un territorio desconocido para él.
Lo había recorrido miles de veces en el taxi.
Sabía cuáles eran las calles de edificios viejos adaptados como departamentos.
Fue en ese instante cuando miró hacia la guantera.
Sabía perfectamente lo que había ahí dentro.
Meses atrás, un compañero del sitio, preocupado por los asaltos nocturnos, le había ofrecido conseguirle una pistola para defensa.
Después de pensarlo mucho, Juan Carlos había aceptado más por miedo que por otra cosa.
Desde entonces, el arma viajaba con él, escondida, cargada, como un seguro al que esperaba no tener queacudir nunca.
Hasta esa noche abrió la guantera con manos temblorosas, tomó la pistola y la sostuvo un momento sintiendo el peso frío del metal.
No fue un gesto cinematográfico, fue torpe, casi inseguro.
Dudó, se preguntó quizá por última vez si de verdad estaba dispuesto a cruzar esa línea.
En su cabeza sonaban frases que había escuchado mil veces en la calle.
El que saca un arma es para usarla, mejor preso que humillado.
Ninguna de esas frases venía de la iglesia.
Venían del mundo en el que había crecido.
Guardó el arma en la cintura debajo de la camisa y cerró la guantera de golpe.
El sonido seco resonó dentro del taxi como si marcara el inicio de otra etapa.
Ya no era solo un hombre dolido buscando explicaciones.
Era alguien armado, decidido a confrontar a dos personas que, según él, lo habían traicionado de la peor forma posible.
En ese equilibrio frágil entre el orgullo y la desesperación, cualquier palabra podía convertirse en chispa.
Salió de la colonia y tomó rumbo al centro.
Mientras manejaba, miraba una y otra vez la foto guardada en el teléfono tratando de hacer coincidir los edificios, las esquinas, los anuncios.
Dio varias vueltas hasta encontrar una calle que se parecía demasiado a la imagen.
Fachadas descascaradas, ventanas con cortinas viejas, un letrero de papelería casi idéntico al de la foto.
Sintió como el corazón se le disparaba.
Estacionó el taxi a mitad de la cuadra tratando de no llamar la atención.
Bajó y caminó unos metros fingiendo buscar una dirección cualquiera.
Vio un edificio con portón metálico entreabierto y buzones oxidados en la entrada.
Un vigilante improvisado, sentado en una silla de plástico, lo miró con curiosidad.
Juan Carlos se acercó y con la voz lo más tranquila que pudo preguntó si ahí vivía un pastor, un tal Rubén.
que rentaba un departamento para unos cursos.
El hombre lo miró de arriba a abajo y después de unos segundos asintió.
Dijo que sí, que el padrecito cristiano estaba en el tercer piso, que lo había visto entrar esa tarde con una muchacha joven, pero que no se metía en la vida de los inquilinos.
Esa confirmación fue como un golpe directo al pecho.
Ya no había margen para la duda.
Lo que hasta hacía horas eran solo sospechas.
Ahora tomaba la forma concreta de una imagen que no tardaría en ver con sus propios ojos.
Subió las escaleras con pasos pesados, sintiendo como cada peldaño aumentaba la presión en su pecho.
El aire del pasillo olía a humedad y comida recalentada.
podía escuchar televisores de otros departamentos, risas lejanas, una canción vieja sonando en una radio.
Todo sonaba normal, cotidiano, pero para él ese edificio se había convertido en el escenario de la peor escena imaginable.
Mientras ascendía, pensó en su boda de 15 días antes, en la foto con el pastor, en las noches que había pasado manejando para pagar la casa, donde según él iniciarían una vida juntos.
Pensó también en todas las veces que ignoró las señales por no querer ser el celoso.
Cada recuerdo alimentaba el fuego que llevaba dentro.
No estaba actuando en frío, pero tampoco estaba fuera de sí, al punto de no saber qué hacía.
Al llegar al tercer piso, se detuvo frente al pasillo.
A lo lejos vio una puerta con una rendija de luz filtrándose por debajo.
El murmullo de voces llegaba amortiguado.
Reconoció incluso antes de escuchar palabras claras el tono de Mariana cuando reía, un sonido que conocía demasiado bien.
Cada fibra de su cuerpo se tensó.
En ese punto todavía tenía opciones: darse la vuelta, tocar con calma, llamar a la policía, buscar otro tipo de confrontación, pero la combinación de dolor, orgullo herido y el peso del arma en su cintura inclinó la balanza hacia el camino más oscuro.
dio unos pasos más por el pasillo, acercándose a la puerta que lo separaba de la escena que confirmaría de la forma más brutal, lo que esa noche había descubierto frente a la iglesia cerrada.
El siguiente movimiento que haría ya no tendría marcha atrás y aunque él lo sintiera como una respuesta natural al engaño.
La realidad es que con cada paso que daba sobre ese piso de cemento se estaba acercando no solo a la cama donde encontraría a su esposa con otro hombre, sino también a la celda donde años más tarde recordaría una y otra vez esa noche y se preguntaría en qué momento pudo haber elegido distinto.
Frente a la puerta del tercer piso, Juan Carlos se quedó inmóvil unos segundos con la mano suspendida en el aire.
Desde adentro se filtraban sonidos que no dejaban lugar a interpretaciones, risas ahogadas, murmullos.
El rechinido leve de una cama vieja contra la pared no distinguía palabras completas, pero reconocía, como un golpe directo al pecho, el timbre de la voz de Mariana, mezclado con otra voz masculina que conocía demasiado bien.
El pasillo estaba casi a oscuras, iluminado apenas por un foco amarillento al fondo.
El aire era pesado, cargado de humedad yolor a comida recalentada que salía de otros departamentos.
Juan Carlos sintió como el corazón le latía tan fuerte que le parecía escuchar su propio pulso en los oídos.
Su mano bajó a la cintura, donde el metal frío de la pistola le recordaba la decisión que ya había tomado al sacarla de la guantera.
Durante un instante pensó en tocar, en golpear la puerta y obligarlos a vestirse, a darle una explicación.
Pero el orgullo herido y la imagen mental de su esposa en una cama que no era la suya.
Con el hombre que los había casado 15 días antes, lo empujaron en otra dirección.
Empujó la puerta con fuerza, sin previo aviso.
La chapa se dio con un chirrido seco, como si tampoco estuviera acostumbrada a resistir mucho.
Lo que vio al entrar confirmó todas sus sospechas en un solo cuadro.
Una cama matrimonial desordenada, sábanas a medio cuerpo, ropa tirada en el piso y en medio.
Mariana y el pastor Rubén, sorprendidos, con los ojos abiertos como si hubieran visto un fantasma.
Ella intentó cubrirse instintivamente con la sábana.
Él se incorporó a medias con un gesto reflejo de llevarse la mano al pecho.
Durante un segundo, nadie dijo nada.
Fue un silencio espeso, casi irreal, en el que los tres se miraron como si el tiempo se hubiera detenido.
Juan Carlos no necesitaba preguntas.
La escena hablaba sola, el vestido de Mariana colgado en su casa, la foto de la boda frente a la iglesia, los mensajes de En oración con las hermanas.
Todo se mezcló en su mente con el sudor en la frente de Rubén y el cabello despeinado de su esposa.
El pastor fue el primero en reaccionar.
Levantó las manos tratando de sonar calmado y dijo que podían hablar, que se trataba de un error, que las cosas no eran como parecían.
Las palabras sonaron huecas, ridículas, en contraste con la cama revuelta detrás de él.
Mariana intentó pronunciar el nombre de Juan Carlos, pero la voz le salió entrecortada, casi un susurro.
El taxista sintió que algo se rompía definitivamente dentro de él.
No era solo la infidelidad, era la traición doble de la mujer con la que había prometido construir una vida y del hombre que con una Biblia en la mano les había hablado de fidelidad hasta que la muerte lo separe.
El contraste entre aquel sermón y la escena actual le pareció una burla desgarradora.
sacó la pistola de la cintura con un movimiento brusco.
Sus manos temblaban, pero el arma quedó apuntando directamente hacia la cama.
Rubén dio un paso hacia él con las manos alzadas, repitiendo que se calmara, que pensara en Dios, en su futuro, en que todo podía arreglarse.
Cada palabra, lejos de apaciguarlo, sonaba a manipulación de alguien que ya había cruzado demasiadas líneas.
Mariana, envuelta en la sábana, se incorporó y trató de acercarse también llorando, diciendo que podían hablar, que no quería perderlo.
Pero para Juan Carlos, esas lágrimas llegaban tarde.
En su mente, la película de los últimos meses se proyectaba a toda velocidad.
El celular boca abajo, las salidas nocturnas, las risas entre ellos en la iglesia, la foto de los tres al final de la boda.
Los vecinos del piso de abajo, sin saberlo, se quejarían después del ruido de pasos y de una voz masculina gritando algo ininteligible antes de los disparos.
Nadie podría repetir con exactitud qué dijo Juan Carlos en ese instante.
Algunos dirían que insultó al pastor, otros que reclamó a Mariana por haber elegido precisamente a ese hombre.
Lo cierto es que en medio de ese torbellino apretó el gatillo.
El primer disparo rompió el silencio del departamento y del edificio entero.
Luego vinieron otros en rápida sucesión.
Los impactos alcanzaron a Rubén y a Mariana a muy corta distancia, sin que tuvieran tiempo real de reaccionar o huir.
La cama, que minutos antes había sido escenario de caricias clandestinas, se convirtió de golpe en el lugar donde ambos quedaron inmóviles con el cuerpo vencido sobre las sábanas desordenadas y rastros de líquido rojo empezando a extenderse sin control.
El eco de los disparos retumbó en el pasillo y en las escaleras.
Desde otros departamentos se escucharon gritos, portazos, pasos apresurados.
Juan Carlos jadeando con el arma todavía caliente en la mano.
Miró la escena apenas unos segundos.
No se acercó a revisar si respiraban.
En el fondo sabía que lo que había hecho difícilmente podía tener vuelta atrás.
guardó la pistola de nuevo, casi por inercia, y salió del departamento tambaleándose.
Cerró la puerta a medias detrás de él, como si eso pudiera borrar lo que había ocurrido adentro.
Mientras bajaba las escaleras, escuchó las primeras voces alarmadas preguntando qué había pasado.
No respondió.
Sus pasos resonaban fuertes sobre el concreto, mezclándose con el sonido distante de un televisor que seguía encendido en algún lugar del edificio ajeno a la tragedia.
Al llegar a la calle, el aire frío de la noche lo golpeó de lleno.
Por un instante, pensó en rendirse ahí mismo, levantar lasmanos, esperar a que alguien llamara a la policía, pero el instinto de huir fue más fuerte.
subió al taxi, encendió el motor con manos sudorosas y se lanzó a la avenida sin un destino claro, solo con la necesidad de alejarse del lugar donde acababa de destruir en cuestión de segundos lo que quedaba de su vida y de la de dos personas más.
En cuanto los disparos retumbaron en el edificio, el ambiente cambió de golpe.
Lo que hasta hacía unos minutos era una noche cualquiera en el centro de Puebla.
se convirtió en un escenario de confusión y miedo.
Desde varios departamentos se asomaron rostros por las puertas entreabiertas.
Otros miraron por las ventanas tratando de ubicar de dónde había salido el estruendo.
En el segundo piso, una señora que veía televisión con el volumen alto fue la primera en reaccionar de manera clara.
apagó el aparato, abrió la ventana y al no ver nada en la calle salió al pasillo.
Alcanzó a ver por las escaleras la figura de un hombre bajando a toda prisa con la camisa fuera del pantalón y el rostro desencajado.
Lo reconoció vagamente como alguien que había visto entrar minutos antes.
En la planta baja, el vigilante improvisado que había informado a Juan Carlos sobre el pastor también escuchó los disparos.
se levantó de la silla de plástico, nervioso, sin saber si subir a revisar o quedarse abajo.
Fue entonces cuando vio al taxista salir por el portón, caminar unos pasos acelerados y subir a un vehículo con placas de sitio estacionado a mitad de la cuadra.
El hombre alcanzó a memorizar el número económico y parte de las placas, más por costumbre que por intención.
Mientras tanto, en el tercer piso, una vecina que vivía al lado del departamento de Rubén decidió asomarse al escuchar el alboroto.
Empujó la puerta del pasillo y notó que la del departamento estaba entreabierta.
Dio unos pasos, llamó tímidamente y al no obtener respuesta empujó un poco más.
Lo que vio la dejó paralizada.
La cama desordenada, dos cuerpos inmóviles sobre las sábanas, manchas rojizas extendiéndose alrededor y un silencio pesado, absoluto.
Tardó unos segundos en reaccionar, luego retrocedió de golpe con la mano en la boca y empezó a gritar pidiendo ayuda.
Otros inquilinos salieron al pasillo.
Algunos se asomaron desde las escaleras sin atreverse a acercarse más.
Uno de ellos, con el celular en la mano, marcó al 911.
La llamada registrada aquella noche reportaba con voz entrecortada.
Disparos.
Dos personas heridas parece que no se mueven en un departamento del tercer piso.
Las sirenas no tardaron en romper el ruido habitual del centro.
Primero llegaron patrullas de la policía municipal que aseguraron la zona y pidieron a curiosos y vecinos mantenerse detrás de una línea improvisada.
Después, una ambulancia estacionó frente al edificio.
Los paramédicos subieron con prisa cargando maletas y camilla.
Entraron al departamento guiados por la vecina que había descubierto la escena.
Al ver a Mariana y al pastor Rubén sobre la cama, con el cuerpo inmóvil y las sábanas manchadas por líquido rojo ya seco en algunas partes, los paramédicos hicieron una evaluación rápida.
Revisaron pulso, respiración, pupilas.
No había nada que hacer.
Declararon el fallecimiento en el mismo lugar.
Uno de ellos salió al pasillo y negó con la cabeza, gesto que los vecinos entendieron sin necesidad de palabras.
Mientras todo esto ocurría arriba en la calle, la policía comenzó a preguntar a los presentes si alguien había visto algo.
El vigilante señaló el taxi que había visto salir, describió al hombre que bajó apurado por las escaleras, dio el número de sitio y las placas aproximadas.
Otros vecinos añadieron que habían escuchado pasos en el pasillo y luego disparos.
Uno aseguró haber visto a un hombre con ropa de trabajo de taxista entrar al edificio antes de que todo empezara.
Con esa información, el reporte se difundió rápidamente por radio entre las patrullas y poco después al sistema de vigilancia municipal.
Un taxi con esas características, conducido por un hombre de mediana edad, podría ser ubicado si se movía por las principales avenidas.
Los operadores de la base de taxis también fueron contactados.
Al revisar se dieron cuenta de que el número proporcionado coincidía con el vehículo de Juan Carlos Hernández.
En paralelo, los agentes ministeriales comenzaron a asegurar la escena del crimen.
Colocaron cinta para delimitar el área, tomaron fotografías del cuarto, documentaron la posición de los cuerpos, recolectaron casquillos percutidos en el piso cerca de la cama.
En una silla cercana encontraron la ropa de Mariana doblada a medias y en el buró el celular del pastor aún encendido con la pantalla mostrando el inicio de una conversación con el nombre de ella.
Las horas siguientes fueron decisivas para la localización de Juan Carlos.
No había huido muy lejos.
conducía sin rumbo fijo, dando vueltas por avenidas queconocía de memoria, con la mente saturada de imágenes del departamento.
En un semáforo, a pocas cuadras del lugar de los hechos, una patrulla lo identificó gracias al número económico del taxi.
Activaron las luces, le marcaron el alto por altavoz.
Juan Carlos, al ver las torretas reflejadas en el retrovisor dudó una fracción de segundo.
Luego pisó el acelerador intentando escapar por una calle lateral.
La persecución duró solo unos minutos.
Conocía bien la zona, pero el cansancio, el estado emocional y el tráfico de esa hora jugaron en su contra.
Otra patrulla le cerró el paso en una esquina estrecha, obligándolo a frenar en seco.
Los policías descendieron con armas desenfundadas y le ordenaron salir del vehículo con las manos en alto.
Juan Carlos obedeció aturdido.
Lo sometieron contra el cofre del taxi, le colocaron esposas y al revisar el interior encontraron la pistola en la guantera, aún con el cargador parcialmente vacío.
Ese hallazgo conectó en cuestión de minutos.
el vehículo del taxista con los casquillos encontrados en el departamento.
Esa noche, mientras el centro de Puebla intentaba volver a su rutina, entre sirenas apagándose y curiosos dispersándose, Juan Carlos fue trasladado a los separos, convertido oficialmente en el principal sospechoso de un doble homicidio.
Arriba en el tercer piso del edificio viejo, el cuarto donde Mariana y el pastor se habían encontrado en secreto, fue sellado como escena del crimen, congelando en el tiempo la prueba más contundente de una traición que había terminado de la peor manera posible.
La madrugada siguiente, al doble homicidio, el departamento del tercer piso ya no era solo un cuarto de paso para encuentros clandestinos.
se había convertido en el centro de un operativo completo.
Peritos criminalistas, policías ministeriales y agentes del Ministerio Público entraban y salían documentando cada detalle como si fueran piezas de un rompecabezas que necesitaban armar sin margen de error.
Lo primero fue asegurar la escena.
Colocaron cinta amarilla desde el pasillo hasta la entrada del departamento.
Dentro, los peritos comenzaron a tomar fotografías.
La cama matrimonial con las sábanas revueltas, los cuerpos inmóviles de Mariana y del pastor Rubén, las prendas de ropa esparcidas por el suelo, los casquillos percutidos cerca del borde del colchón.
En la pared había pequeños puntos y rastros rojizos que indicaban la trayectoria de algunos disparos.
Pero el enfoque del equipo no estaba en el impacto, sino en la evidencia que esos detalles aportaban.
En el buró, junto a la cama, encontraron dos celulares.
Uno pertenecía a Mariana, el otro al pastor.
Ambos fueron resguardados en bolsas especiales, etiquetados y registrados en la cadena de custodia.
Para los investigadores, esos teléfonos eran probablemente tan importantes como el arma asegurada en la guantera del taxi de Juan Carlos.
En tiempos de mensajes y llamadas constantes, pocas cosas hablan tanto de una relación como el historial de Chats.
El levantamiento de los cuerpos se hizo siguiendo protocolo.
Los peritos de campo marcaron la posición exacta en que fueron encontrados, midieron distancias, anotaron ángulos.
Después, personal del servicio médico forense los trasladó al anfiteatro, donde más tarde se determinaría de manera preliminar que ambos presentaban múltiples heridas por proyectil de arma de fuego, a corta distancia, sin indicios de que hubieran tenido
oportunidad de defenderse.
No fue una riña, fue un ataque directo.
Paralelamente, los agentes empezaron a recorrer el edificio en busca de testigos.
Tocaron puertas, entrevistaron vecinos, recogieron relatos mientras la memoria aún estaba fresca.
Varias personas coincidieron en haber escuchado una discusión breve, pasos apresurados y luego los disparos.
El vigilante confirmó que un hombre con apariencia de chóer de taxi había preguntado por el pastor cristiano y que momentos después lo vio salir corriendo para subir a un vehículo de sitio del que dio número y color.
Uno de los testimonios más relevantes fue el de la vecina que encontró el departamento entreabierto.
Ella relató como al empujar la puerta vio la escena en la cama, las manchas rojizas en sábanas y almohadas y el silencio absoluto en la habitación.
señaló que reconocía a la mujer porque la había visto entrar en otras ocasiones, siempre en compañía del mismo hombre al que todos en el edificio empezaban a identificar como el pastor.
Para los investigadores, aquello apuntaba a que no era la primera vez que se reunían ahí.
En las horas siguientes, la noticia llegó a la colonia donde vivían Juan Carlos y Mariana.
Cuando los agentes tocaron la puerta de la casa, la familia de ella estaba inquieta por su ausencia.
Nadie se imaginaba el desenlace.
Al informarles del fallecimiento, vinieron las preguntas inevitables.
¿Dónde? ¿Cómo, con quién? Mencionar el nombre del pastor Rubén frente a ellosfue como encender otra bomba, esta vez emocional.
Algunos familiares lo conocían de la iglesia, lo veían como guía espiritual.
De golpe su figura se derrumbaba.
En el sitio de taxis, los compañeros de Juan Carlos también fueron entrevistados.
Confirmaron que él había salido a trabajar esa tarde, que tenía programado un viaje largo que se canceló y que después lo notaron nervioso por radio, más callado de lo normal.
Uno recordó haberlo escuchado decir que iba a resolver algo personal antes de desconectarse del sistema.
Ninguno imaginó significaba eso.
La pieza clave, sin embargo, vino del análisis técnico.
Los casquillos levantados en el departamento fueron enviados al laboratorio balístico.
Días más tarde, el dictamen confirmaría que coincidían con el arma asegurada en el taxi de Juan Carlos al momento de su detención.
El rayado interno del cañón, como una huella digital, era idéntico.
No había otra pistola involucrada.
Los celulares aportaron el resto de la historia.
Peritos en informática extrajeron los historiales de mensajes entre Mariana y el pastor Rubén.
Salieron a la luz conversaciones de meses atrás donde no solo hablaban de temas espirituales, sino de encuentros, frases afectivas y citas coordinadas en el mismo departamento del centro.
También aparecieron mensajes de esa noche.
Mariana diciendo que estaría en oración con las hermanas mientras coordinaba la hora exacta para llegar al departamento del pastor.
Toda esa información se integró a la carpeta de investigación.
El retrato que se formaba era claro.
Una relación extramarital sostenida en secreto entre Mariana y Rubén, un marido que descubre la mentira en tiempo real.
Acude armado al lugar donde se encontraban.
y descarga la pistola contra ambos a corta distancia.
La fiscalía ya no veía solo un ataque por impulso, veía un recorrido de decisiones que empezaba desde el momento en que Juan Carlos sacó el arma de la guantera y condujo hasta el centro con la evidencia en mano, arma, casquillos, mensajes, testimonios y la propia captura de Juan Carlos intentando huir.
El siguiente paso fue sentarlo en una sala de interrogatorio, encender la grabadora y escuchar de su propia boca qué versión estaba dispuesto a sostener frente a todo lo recopilado en su contra.
La primera vez que Juan Carlos se sentó frente a los agentes del Ministerio Público, lo hizo con la mirada perdida y las manos aún marcadas por el rose de las esposas.
Llevaba puesta la misma ropa de trabajo con la que había manejado su taxi horas antes.
En la mesa metálica, delante de él había una carpeta cerrada, una grabadora encendida y a un lado un vaso con agua que apenas tocó.
Al inicio, su reacción fue negar.
Dijo que sí, que conocía al pastor Rubén porque había oficiado su boda y que, por supuesto, conocía a Mariana, pero que él no había estado en el departamento ese día.
afirmó que había pasado por el centro como parte de sus rutas habituales y que al escuchar sirenas y ver patrullas se puso nervioso porque no quería problemas.
Por eso había acelerado cuando la policía le marcó el alto.
La versión sonaba débil desde el primer minuto.
Los agentes dejaron que hablaran.
Después, sobre la mesa, colocaron las primeras cartas.
Mostrar el arma asegurada en la guantera junto con el informe preliminar de balística que la vinculaba a los casquillos del departamento fue suficiente para romper la seguridad de ese relato inicial.
Juan Carlos guardó silencio, apretó la mandíbula y bajó la mirada.
Él, “No fui yo, dejó de tener sustento.” Ante el silencio, el Ministerio Público cambió de estrategia.
Le mostraron fotografías de la escena del crimen, la cama, los cuerpos, la posición de los casquillos.
No se trataba de tortura emocional gratuita, sino de confrontarlo con la realidad de lo sucedido.
Juan Carlos miró las imágenes solo unos segundos y apartó la vista.
En ese punto ya no intentó sostener que no había estado ahí.
Cambió de versión.
Ahora decía que sí, que había ido al departamento, pero que no sabía que encontraría a Mariana y al pastor juntos.
afirmó que había acudido solo para hablar con Rubén de problemas matrimoniales, que la situación se salió de control y que el arma se disparó en medio de un forcejeo.
Según esa segunda narrativa, él no recordaba cuántos tiros realizó ni en qué orden.
Aseguraba tener lagunas como si todo hubiera sido una nube borrosa.
Los investigadores con paciencia empezaron a señalar las inconsistencias.
Le preguntaron cómo había llegado a esa dirección.
Sí, supuestamente solo quería hablar con el pastor.
Él mencionó que lo supo por comentarios previos de Mariana.
Entonces, ¿por qué llevaba el arma? contestó que la traía siempre por seguridad, por los riesgos del trabajo, pero en la carpeta ya constaban testimonios de compañeros que aseguraban que nunca lo habían visto portar la pistola y que incluso se sorprendieronal enterarse de que tenía una.
También estaba el tema del intento de huida.
Si todo había sido un accidente, ¿por qué no llamó a una ambulancia? ¿Por qué no se quedó en el lugar para explicar lo ocurrido? ¿Por qué intentó escapar en cuanto vio las patrullas? Juan Carlos respondió que se asustó, que no pensó, que sintió que nadie le creería.
Cada respuesta habría más preguntas sobre su capacidad para medir las consecuencias de sus actos en el momento.
Días después, con un defensor de oficio ya asignado, la versión volvió a ajustarse.
Ahora hablaba de emoción violenta, de un momento en que al ver a su esposa en la cama con el pastor, se le nubló la mente.
Admitía haber disparado, sí, pero insistía en que no tuvo intención de planear el ataque.
decía que solo quería que dejaran de reírse de él, que dejó de escuchar, que actuó como si fuera otra persona.
La fiscalía, sin embargo, tenía un relato armado con base en hechos verificables.
Recordó al propio Juan Carlos que antes de llegar al departamento había pasado por la iglesia y comprobado que estaba cerrada, que después buscó deliberadamente el edificio del centro que preguntó por el pastor al vigilante que subió las escaleras armado.
No se trataba de algo que hubiera ocurrido en cuestión de segundos.
Había una serie de decisiones encadenadas.
Los mensajes en el celular de Mariana también entraron en juego durante los interrogatorios.
Le leyeron fragmentos donde ella coordinaba con el pastor la hora de llegada al departamento, donde hablaban de aprovechar que él está de turno, donde se despedían con frases afectivas que dejaban clara la naturaleza de la relación.
Juan Carlos escuchó todo eso en voz alta oficialmente por primera vez.
Cada palabra era una confirmación dolorosa de lo que había imaginado, pero también reforzaba el móvil del crimen.
En una de las sesiones rompió en llanto.
Dijo que se sentía traicionado, que había trabajado años para comprar una casa, que había confiado ciegamente en el pastor porque venía en nombre de Dios.
explicó que no soportó la humillación de encontrarlos juntos, que sintió que se estaban burlando de él, que en ese momento su orgullo valió más que cualquier otra cosa.
Sin justificarlo, sus palabras pintaban el cuadro claro de un crimen motivado por celos y posesión, no por legítima defensa ni accidente.
A partir de ahí, la defensa apostó por presentar la historia como un crimen pasional, bajo estado emocional alterado, buscando reducir la responsabilidad penal.
La fiscalía, por su parte, se preparó para argumentar lo contrario, que la presencia del arma, la búsqueda deliberada del departamento y la forma de ejecución mostraban un doble homicidio calificado, con ventaja y razones suficientes para desechar la idea de un simple arrebato.
Cuando terminó la etapa de interrogatorios, lo que quedaba ya no era un misterio, sino la disputa por el cómo llamarlo ante la ley.
Lo que para Juan Carlos seguía siendo un momento en que todo se le vino encima.
Para el expediente se había convertido en una serie de decisiones encadenadas que terminaron con la muerte de dos personas en una cama ajena.
El siguiente escenario ya no sería la sala de interrogatorios, sino el juzgado donde un tribunal tendría que ponerle nombre jurídico a esa noche de agosto en el centro de Puebla.
El juicio de Juan Carlos no llegó de inmediato.
Pasaron meses entre dictámenes periciales, audiencias iniciales y la integración formal de la carpeta de investigación.
Cuando por fin se abrió la etapa de juicio oral, el caso ya era conocido en Puebla como el taxista que mató a la esposa y al pastor.
No era solo un expediente, era una historia que corría de boca en boca, condimentada por rumores sobre infidelidad, religión y venganza.
En la sala, Juan Carlos se sentó junto a su defensor de oficio con el uniforme Beige del reclusorio y un aspecto que combinaba cansancio y resignación.
Del otro lado, la fiscalía desplegó su equipo, agentes del Ministerio Público, asesores jurídicos de víctimas y peritos listos para declarar.
En la primera fila, familiares de Mariana y de Rubén ocupaban asientos separados sin cruzar miradas, cada quien con su propia versión del dolor.
La acusación fue clara desde el inicio.
Doble homicidio calificado.
La fiscalía sostuvo que Juan Carlos actuó con ventaja y con pleno conocimiento de lo que hacía.
Explicaron que no se trató de un arrebato espontáneo dentro de su propia casa, sino de una serie de actos encadenados.
Descubrir la mentira, buscar el edificio, ir armado, subir hasta el departamento y disparar a corta distancia contra dos personas sin capacidad real defensa.
Uno a uno, los peritos fueron pasando a declarar.
El especialista en balística confirmó que los casquillos encontrados en el departamento coincidían con el arma asegurada en el taxi.
Sin margen de duda, el perito en criminalísticaexplicó la posición de los cuerpos en la cama.
la trayectoria de los disparos y la ausencia de señales de forcejeo prolongado.
Todo apuntaba a que Mariana y el pastor fueron sorprendidos y atacados de manera directa.
Luego vino el turno de los peritos en informática.
Ellos presentaron, proyectadas en una pantalla partes de las conversaciones entre Mariana y Rubén, mensajes afectivos, citas coordinadas, planes para verse en el departamento del centro.
También mostraron el intercambio de esa noche.
Mariana anunciando que estaría en oración con las hermanas mientras acordaba la hora en que llegaría al lugar donde terminaría muriendo.
Esos mensajes, más que exhibir la vida privada de los involucrados, ayudaban a explicar el contexto y el móvil del crimen.
La defensa de Juan Carlos centró su estrategia en la idea de emoción violenta.
argumentaron que él al descubrir la infidelidad precisamente con el pastor que los casó, se vio sometido a una presión emocional extrema que le nubló la razón.
Trataron de presentar el caso como un crimen pasional típico, un hombre que cegado por los celos pierde el control al enfrentar una traición inesperada.
Incluso llamaron a declarar a un psicólogo que habló sobre los efectos del engaño y la humillación en personas con alta carga de estrés económico y emocional.
Describió a Juan Carlos como alguien con pocos recursos para manejar conflictos, acostumbrado a guardarse las cosas hasta explotar.
La defensa buscaba con ello obtener una pena menor, alegando que aunque el hecho era grave, no había una planificación fría en el sentido clásico.
La fiscalía, sin embargo, fue tajante al rebatir la idea del crimen de honor.
Recordó que en México los celos y la supuesta defensa de la honra no son justificantes para matar.
Señaló que Juan Carlos tuvo oportunidades de detenerse cuando descubrió que la iglesia estaba cerrada, cuando recordó el dato del departamento, cuando tomó el arma de la guantera, cuando subió cada tramo de las
escaleras.
Ninguna de esas acciones fue automática.
Todas implicaron decisiones.
Los familiares de Mariana dieron testimonios dolorosos.
Su madre habló de la hija que perdió, de los planes truncados, de la vergüenza de enterarse de la infidelidad al mismo tiempo que de su muerte.
No la idealizó, pero insistió en que nada justificaba que la mataran.
Así del lado del pastor, su esposa declaró con voz quebrada.
admitió que el matrimonio ya no era perfecto, que habían tenido problemas, pero nunca imaginó que él llevaría una doble vida de esa manera, ni que terminaría asesinado en un departamento rentado.
Cuando le tocó hablar, Juan Carlos mantuvo la línea que ya había adoptado en los interrogatorios finales.
Aceptó haber disparado, dijo que se sintió burlado, que perdió el control al ver a su esposa y al pastor en la cama.
lloró al mencionar la foto de la boda.
Recordó como Rubén les había hablado de fidelidad.
Dijo que en su mente sonaban las risas que escuchó al otro lado de la puerta.
No negó la gravedad de lo que hizo, pero insistió en que no pensó que algo se le apagó en la cabeza.
El tribunal escuchó todo, revisó las pruebas, evaluó informes.
Al dictar sentencia dejó claras varias cosas.
Reconocieron que Juan Carlos actuó bajo una fuerte carga emocional, pero determinaron que eso no eliminaba su capacidad de decidir.
Consideraron la presencia del arma, la búsqueda deliberada del departamento, el ataque directo y la intención evidente de hacer daño.
El resultado fue una condena severa.
Más de 40 años de prisión por doble homicidio calificado.
El tribunal rechazó cualquier atenuante basada en honor o celos, subrayando que nadie tiene derecho a matar por sentirse traicionado.
Para la ley, no fue un accidente ni un error de momento.
Fue un crimen en el que un hombre eligió responder a la infidelidad con violencia extrema.
Cuando escuchó la sentencia, Juan Carlos se quedó inmóvil.
No hubo gritos ni escenas dramáticas, solo bajó ligeramente la cabeza.
como si por primera vez la idea de pasar el resto de su vida tras las rejas empezara a tener peso real.
En las bancas, las familias de Mariana y del pastor no aplaudieron ni celebraron.
Sabían que aunque el fallo les daba una forma de justicia, nada traería de vuelta a sus muertos, ni borraría la forma en que murieron.
Al salir de esa sala, el caso dejó de ser solo un expediente y se convirtió en un punto final jurídico.
Afuera, sin embargo, seguían las consecuencias invisibles.
Una casa vacía en una colonia popular, una iglesia fracturada por el escándalo y un sitio de taxis donde cada tanto alguien recordaba al compañero que una noche manejó hacia el centro y ya no regresó como antes.
Con la sentencia firme, la vida de Juan Carlos se redujo a los muros de un penal en Puebla.
Sus días empezaron a medirse en listas de pase de lista, horarios de comida, talleres obligatorios y visitas esporádicas.El hombre que antes recorría la ciudad completa en su taxi, ahora daba vueltas en un patio cercado, caminando en círculos junto a otros internos que también cargaban historias que terminaron mal.
Al principio se mostraba uraño, poco dispuesto a hablar.
Sentía que todos lo miraban con una mezcla de curiosidad y juicio, como el que mató a la esposa y al pastor.
Con el tiempo se integró a algunas actividades, trabajos de carpintería, limpieza de áreas comunes, incluso asistencia a servicios religiosos dentro del penal, conducidos por otros internos y capellanes.
La ironía no pasaba desapercibida.
Escuchar sermones sobre perdón y fidelidad en ese contexto le removía cosas que no siempre sabía nombrar.
En entrevistas con psicólogos del sistema penitenciario, Juan Carlos repetía que se arrepentía, pero su arrepentimiento estaba enredado con el resentimiento.
Decía que ojalá las cosas se hubieran descubierto antes, que si el pastor no se hubiera metido en su matrimonio, nada habría pasado, que si él mismo hubiera hablado de sus celos.
Tal vez todo habría sido distinto.
A veces reconocía que pudo haberse ido simplemente al ver la escena en el departamento.
Otras veces seguía justificándose con la frase “Me cegó el coraje”.
En la colonia donde habían vivido él y Mariana, su casa terminó siendo ocupada por familiares y más tarde, según contaban los vecinos, por otra familia que rentó el lugar.
El espacio físico se llenó de nuevas voces, nuevos muebles, nuevas rutinas, pero la gente del barrio siguió refiriéndose a esa vivienda como la casa del taxista.
Cada vez que pasaban frente a ella, algunos recordaban la boda sencilla, el vestido blanco, los invitados saliendo hacia la pequeña recepción, sin imaginar el final que tendría esa historia.
La familia de Mariana nunca volvió a ser la misma.
Su madre cargaba con dos dolores que se mezclaban, la pérdida de la hija y la vergüenza pública de la infidelidad hecha noticia.
Evitaba hablar del tema con desconocidos, pero en confianza reconocía que le costaba reconciliar la imagen de la hija cariñosa con la mujer que se involucró con el pastor.
No la justificaba ni la condenaba completamente.
La recordaba como un ser humano con errores atrapado en una dinámica que se le fue de las manos.
Del lado del pastor Rubén, su esposa decidió mudarse de colonia.
La iglesia que él encabezaba se fragmentó.
Algunos fieles se alejaron por completo, decepcionados al descubrir que el hombre que les hablaba de fidelidad mantenía una relación clandestina con una mujer casada.
Otros buscaron refugio en congregaciones distintas.
Un pequeño grupo intentó mantener viva la comunidad, insistiendo en que la fe no debía morir por los errores del líder.
Aún así, el nombre de Rubén quedó asociado al escándalo, no al mensaje que había predicado durante años.
Con el paso del tiempo, el caso dejó de aparecer en notas recientes, pero siguió vivo en las conversaciones de café, en los chismes de mercado, en las pláticas de taxistas que se cuentan historias de madrugada.
Era el ejemplo que muchos usaban para ilustrar hasta dónde puede llegar alguien cuando mezcla celos, engaño y un arma al alcance de la mano.
No se convirtió en leyenda, sino en advertencia seca.
No juegues con eso.
Mira lo que pasó con el taxista de Puebla.
En el penal, los años empezaron a acumularse.
Juan Carlos envejecía a otro ritmo, con menos sol, más rejas y más tiempo para pensar.
Había días en los que se aferraba a la rutina para no hundirse, levantarse, trabajar, escuchar la radio en las pocas horas permitidas, hacer fila para la comida.
En otros se quedaba mirando el techo de su celda, repasando una y otra vez la noche en que empujó una puerta de departamento en el centro y descargó la pistola.
Sabía que ese instante, que duró apenas unos segundos, había definido todo lo que vino después.
ni la condena larga lo convirtió en ejemplo de nada.
No hubo campañas, ni homenajes, ni placas que recordaran a nadie.
Solo quedaron los expedientes en un archivo, las actas de defunción, las fotos de la boda guardadas en alguna caja y los recuerdos incómodos que las familias cargaban en silencio.
La realidad, lejos de las series y los finales arreglados fue simple.
Tres vidas quedaron rotas en un cuarto barato de renta y alrededor de ellas varias más tuvieron que rehacerse como pudieron.
En la ciudad, cada cierto tiempo un taxi pasa por el edificio viejo del centro donde ocurrió todo.
Ningún letrero indica lo que pasó ahí.
Los inquilinos nuevos quizá ni siquiera conocen la historia completa.
Solo algunos vecinos más antiguos voltean a ver esa ventana con un gesto breve.
como quien recuerda algo que preferiría olvidar.
No hay lecciones grandiosas ni frases de cierre perfectas.
Solo la constatación de que una cadena de silencios, mentiras y decisiones violentas terminó en la única consecuencia posible cuando se elige matar.
Todos pierden, incluso el queaprieta el gatillo.
Si quieres seguir acompañando casos reales de traición dentro de parejas que terminaron en crimen, regístrate en la comunidad del canal y activa las notificaciones para no perder ninguno de los próximos relatos.
News
ha-Turista Desapareció en Campamento — 5 años después REGRESÓ y reveló DETALLES ATERRADORES…
Turista Desapareció en Campamento — 5 años después REGRESÓ y reveló DETALLES ATERRADORES… El 23 de julio de 2007,…
HA-Lo que se descubrió en los bosques de las Grandes Montañas Humeantes 2 años después La desaparición no fue sólo restos. Fue una acción deliberada, aterradora y creación metódica, el propósito de que permanece más allá de la comprensión para este día. El viernes 16 de octubre de 1988, el día comenzó con claro y fresco clima.
Lo que se descubrió en los bosques de las Grandes Montañas Humeantes 2 años después La desaparición no fue…
HA-Una Turista Desapareció En Yosemite; Cuatro Años Después La Encontraron Con Una Nota Extraña
Una Turista Desapareció En Yosemite; Cuatro Años Después La Encontraron Con Una Nota Extraña En junio de 2019, la…
HA-Joven De 19 Años Desapareció En Glacier; 8 Meses Después La Hallaron En Lago, Atada A Rocas
Joven De 19 Años Desapareció En Glacier; 8 Meses Después La Hallaron En Lago, Atada A Rocas El 23…
HA-Desapareció En El Sendero De Los Apalaches — Un Mes Después Lo Hallaron En Una Guarida De Coyotes
Desapareció En El Sendero De Los Apalaches — Un Mes Después Lo Hallaron En Una Guarida De Coyotes En…
HA-En julio de 2014, Selena Harroway, de 26 años y Siran Hales, de 28, emprendieron el poco conocido sendero de Wolf Creek en el Gran Cañón. Un guía experimentado y un fotógrafo novato planearon pasar tres días captando vistas únicas inaccesibles para los turistas ordinarios. Encontraron su coche en el aparcamiento, pero la mayor parte de su equipo seguía intacto.
Pareja Desapareció En El Gran Cañón — 3 Años Después Uno Volvió Con Un Oscuro Secreto En julio de…
End of content
No more pages to load






