TRAILERO EJ3CUTA AL PASTOR, “AMANTE” DE SU NOVIA, EN BAJA CALIFORNIA — 7 DÍAS ANTES DE LA BODA
Faltaban 7 días, solo 7 días para que Eusebio, Chevo, Rentería y Marisol Gutiérrez firmaran un nuevo comienzo frente a familias, amigos y toda la colonia que los había visto crecer juntos en este amor tardío. Pero esa noche de agosto de 2024, en una calle empinada de Tijuana, entre portones de hierro y cables que cruzan el cielo, todo se derrumbó.
Una ambulancia subiendo a toda prisa, vecinos en pijama asomados a las ventanas y él el tráilero de manos curtidas y mirada perdida, siendo llevado esposado mientras la mujer que iba a ser su esposa gritaba desde la acera. ¿Qué pasó en esos minutos que convirtieron una boda esperada en tragedia? ¿Y por qué el hombre de la Biblia, el que todos respetaban, terminó en el centro del escándalo más oscuro que esa colonia había visto? Tijuana conoce bien las historias que empiezan con calma y terminan con sirenas.
Esta es una de esas. En una colonia popular del este de la ciudad, donde las casas se aprietan unas contra otras y los vecinos saben más de tu vida que tú mismo, vivían Eusebio Rentería y Marisol Gutiérrez. Él tenía 58 años, barba canosa, manos ásperas de trailero, que había recorrido la frontera 1000 veces. Ella, 46, sonrisa tranquila.
Vendía productos de catálogo y atendía encargos en el mismo barrio donde había crecido. No eran una pareja joven. Ambos arrastraban historias previas, relaciones que no funcionaron, años de soledad. Por eso, cuando se encontraron en 2022, fue como un respiro, un recomenzar sin prisa. Chevo pasaba semanas enteras en carretera.
Salía de madrugada con su tráiler cargado, cruzaba casetas de peaje, paraba en oxo de carretera, dormía en cabinas mientras el motor enfriaba. Marisol lo esperaba. Preparaba comida, arreglaba la casa, contestaba sus llamadas cortas desde algún retén o gasolinera Pemex. La dinámica funcionaba. Él traía dinero constante.
Ella mantenía el hogar y las relaciones con la familia. En mayo de 2024 decidieron formalizar una boda sencilla pero con todo. Salón rentado, vestido comprado en el centro, invitaciones repartidas casa por casa. La fecha quedó fijada para finales de agosto. 7 meses de preparativos, 7 meses en los que todo parecía encaminado. Pero en esa misma colonia también vivía Samuel Ledesma, 52 años, camisa siempre planchada. Biblia bajo el brazo.
No era pastor ordenado, pero en el barrio todos le decían así. Dirigía estudios bíblicos en una iglesia pequeña de block pintado de blanco. Daba consejos, oraba por los enfermos, visitaba familias. Era de esos hombres que entran y salen de las casas sin que nadie sospeche nada. Chevo y Marisol empezaron a asistir a los cultos en marzo de 2024.
Él porque Marisol insistía, ella porque buscaba algo más que la rutina. Samuel los recibió con los brazos abiertos, les ofreció consejería prematrimonial, les habló de perdón, paciencia, comunicación. Todo sonaba bien. Las visitas se hicieron frecuentes. Primero iban los dos, luego Chevo viajaba y Marisol iba sola. Samuel pasaba por la casa a dejar material de estudio.
Se quedaban hablando en la sala. A veces hasta tarde. Marisol empezó a mencionar su nombre con naturalidad. Samuel dice, “¿Qué? Samuel me recomendó. Samuel va a orar por nosotros.” Chevo no le dio importancia al principio. Era el pastor, ¿no? Un hombre de Dios confiable. Pero algo empezó a cambiar. Marisol dejaba el celular boca abajo, borraba conversaciones, salía con excusas vagas.
Voy a la tienda, salgo de la iglesia, regreso rápido. Y regresaba dos horas después. Un día de julio, Chevo llegó antes de lo esperado. Marisol no estaba. El celular de ella sonó sobre la mesa. Una notificación de WhatsApp. Un mensaje de Samuel. Chevo no lo abrió, pero alcanzó a leer la previsualización. No le digas todavía.
Todavía qué decirle a quién. Esa frase le quedó grabada como una astilla. Cuando Marisol llegó, él preguntó. Ella dijo que era sobre una sorpresa para la boda. Él quiso creer, pero la astilla seguía ahí y empezó a crecer. Los vecinos también empezaron a hablar. Reina Alvarado, la señora del portón verde, que nunca se pierde nada, mencionó en el mercado que había visto a Marisol subiendo al carro de Samuel más de una vez.
Otra vecina comentó que los vio platicando afuera de la iglesia hasta tarde. Chevo escuchaba y callaba, pero por dentro algo se desmoronaba. Las sospechas no son como las certezas. Las sospechas son lentas, pegajosas, te comen desde adentro. Chevo empezó a revisar detalles, horarios, recibos, kilometraje del carro cuando Marisol decía que solo había ido a la tienda.
No encontraba pruebas contundentes, pero tampoco encontraba tranquilidad. En una ocasión pidió ver el celular de ella. Marisol se puso nerviosa. Ahora vas a ser de esos, le reclamó. Yo nunca te reviso nada. Chevo dejó pasar el tema, pero el nudo en el estómago se apretó más. Una noche, a mediados de agosto, discutieron fuerte. Él le dijoque sentía que había alguien más.
Ella negó todo, lloró, le echó en cara su ausencia, sus viajes, su falta de atención. ¿Y qué esperas? Te vas semanas enteras. Me dejas aquí sola. Samuel al menos me escucha. Esa frase fue como un balazo sin pistola. Samuel, ¿te escucha? Chevo repitió el nombre de espacio saboreando el veneno. Marisol intentó arreglar.
No es lo que piensas. Es solo un amigo, un hermano en Cristo. Pero ya era tarde. La palabra Samuel había dejado de ser neutra. Ahora era una mancha, un rival con rostro, un hombre que según Marisol escuchaba. Chebo dejó de dormir bien. Empezó a imaginarse escenas. Samuel y Marisol riendo, Samuel poniendo la mano en su hombro.
Samuel diciéndole cosas que él, Chevo, nunca le había dicho. Cosas espirituales, profundas, románticas, disfrazadas de fe. La familia de Marisol empezó a presionar. La boda estaba apagada, las invitaciones repartidas, el salón reservado. “No inventes problemas ahora”, le decían. “Ya estás grande para andar con celos.” Pero no eran celos.
O tal vez sí, tal vez eran celos mezclados con humillación, con miedo, con la sensación de que todo el barrio lo sabía y él era el último en aceptarlo. El 20 de agosto, faltando exactamente 7 días para la boda, Chevo regresó de Mexicali. Traía cansancio en los huesos y una decisión en la cabeza.
iba a confrontar a Samuel, no a Marisol, a él de hombre a hombre, sin gritos. Solo quería escucharlo decir la verdad. Llegó a casa pasadas las 8 de la noche. Marisol estaba arreglándose. ¿A dónde vas?, preguntó Chevo. A resolver un pendiente de la iglesia, respondió ella sin mirarlo. Ahorita. Sí, ahorita. No tardo. Chevo dejó que se fuera.
Esperó 10 minutos, luego agarró las llaves y salió detrás de ella. No iba a confrontarla. No todavía. Solo quería ver. Solo necesitaba saber. Marisol caminó rápido, cruzó dos calles, bajó por la pendiente que lleva a la iglesia. Chévo la siguió a distancia con el corazón latiéndole en las cienes. Ella no entró a la iglesia.
Siguió caminando hasta una esquina con portón de lámina. Una de esas entradas laterales quedan a un terreno vacío. Y ahí estaba Samuel esperándola con la Biblia bajo el brazo como siempre, como si fuera lo más normal del mundo. Chevo sintió que algo dentro de él se rompía. No hubo beso, no hubo abrazo largo, solo conversación.
Pero la forma en que Samuel se inclinaba hacia ella, la forma en que Marisol sonreía, la forma en que todo parecía íntimo, privado, oculto, eso fue suficiente. Chevo cruzó la calle. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo.
Chevo llegó caminando despacio, con las manos en los bolsillos, sin correr, sin gritar. Marisol lo vio primero. Se quedó helada. Samuel volteó y su expresión cambió. Ya no era el hombre sereno de los cultos, era alguien que acababa de ser descubierto. ¿Qué haces aquí?, preguntó Marisol con voz temblorosa. Chevo no contestó de inmediato, solo los miró a los dos, primero a ella, luego a él.
Vine a ver con mis propios ojos dijo. Finalmente Samuel intentó mediar. Hermano Eusebio, esto no es lo que parece. Solo estábamos orando por Chevo. Lo interrumpió. No me llames, hermano. La voz no era alta, pero tenía filo. Y no me hables de oración. Ya sé lo que está pasando. Marisol empezó a llorar. No está pasando nada. Te lo juro por Dios. Es solo un malentendido.
Pero Chevo ya no la escuchaba. estaba mirando a Samuel, ese hombre que entraba a su casa, que comía en su mesa, que oraba por su matrimonio, que le daba consejos sobre cómo tratar a Marisol. Y todo ese tiempo, todo ese maldito tiempo, estaba construyendo algo con ella, algo que no tenía nombre, pero que dolía más que cualquier golpe.
¿Desde cuándo?, preguntó Chevo. Samuel levantó las manos. Hermano, cálmate. Podemos hablar de esto con cabeza fría. ¿Desde cuándo? Repitió Chevo, esta vez más fuerte. Marisol se metió entre los dos. Chevo, por favor, no hagas esto. Vamos a casa, hablamos tú y yo. Pero Chevo ya no quería hablar, quería respuestas.
Quería que Samuel dejara de fingir santidad. quería romper esa máscara de Biblia y oraciones. “Tú te metiste en mi vida”, le dijo a Samuel señalándolo con el dedo. “Tú te metiste en mi casa, en mi relación, y ahora te escondes con ella como rata.” Samuel retrocedió un paso. Yo no me escondo de nadie.
Si hay algo que aclarar, lo aclaramos, pero no así. No en la calle. Chevo soltó una risa amarga. No en la calle. ¿Y dónde entonces en la iglesia frente a todos los que te creen santo? La tensión era tan espesa que hasta el aire parecía pesado. Los vecinos empezaron a abrir ventanas. Reina Alvarado salió a su portón con los brazos cruzados.
Otros se asomaron desde las rejas. Nadie intervenía, pero todos miraban. Samuel intentó irse. No voy a seguir con esto.Si quieres hablar mañana, con calma, yo estoy dispuesto. Dio media vuelta. Chevo lo agarró del brazo. No te vas a ningún lado. Samuel se soltó de un jalón. Suéltame. Marisol gritó. Chevo, ya basta. Pero Chevo no bastaba.
No podía bastar. 7 días. Faltaban 7 días para casarse, 7 días para pararse frente a Dios, la familia, el barrio entero y jurar amor eterno. Y ahí estaba ella, escondiéndose en esquinas con el hombre que se suponía los iba a bendecir. La rabia no era fuego, era hielo, un hielo que quemaba por dentro. Chevo metió la mano al bolsillo de su chamarra.
Samuel vio el movimiento y retrocedió. Marisol entendió antes que nadie. No, Chevo, no lo hagas. Pero ya era tarde. Los siguientes segundos fueron caos, gritos, movimientos bruscos. Samuel intentando correr, Marisol intentando detener a Chevo. Vecinos gritando desde las ventanas, reina marcando al noos 11 y luego el sonido, ese sonido seco que rebota en las paredes de Block y queda flotando en el aire. Samuel cayó. No de golpe.
Primero se tambaleó, luego se llevó la mano al costado, luego las rodillas le fallaron. Marisol soltó un alarido que despertó a media colonia. Chebo soltó el arma y retrocedó mirándose las manos como si no fueran suyas. Samuel estaba en el suelo respirando rápido, con los ojos abiertos, todavía consciente, todavía vivo, pero sangrando, sangrando mucho.
Marisol se arrodilló junto a Samuel, presionando la herida con sus manos temblorosas. “Alguien llame a una ambulancia”, gritaba sin parar. Varios vecinos ya lo habían hecho. Reina Alvarado fue la primera en marcar. Luego otro desde la casa de enfrente. En menos de 3 minutos, cinco llamadas habían llegado al mismo centro de emergencias.
Samuel intentaba hablar, pero solo salían sonidos entrecortados. Tenía la camisa empapada. Marisol le repetía, “Aguanta, ya vienen, aguanta.” Sus manos estaban rojas, su blusa también. Chevo seguía parado a unos metros, inmóvil, con la mirada fija en la escena como si estuviera viendo una película.
No corría, no se acercaba, no decía nada, solo miraba. Los primeros en llegar fueron dos policías municipales en patrulla. Bajaron rápido, manos en las fundas, evaluando la situación. Uno de ellos, el agente Iván Villaseñor, se acercó a Samuel. ¿Dónde está el arma?, preguntó en voz alta. Nadie respondió. Villaseñor la vio tirada cerca del portón, la aseguró con cuidado y la marcó como evidencia.
El otro oficial fue directo hacia Chevo. ¿Es usted el que disparó? Chebo asintió sin palabras. Ponga las manos donde las pueda ver. Chevo obedeció. Fue esposado sin resistencia. No intentó huir. No puso excusas. Solo dijo con voz plana. Él se metió con mi mujer. Villaseñor lo anotó mentalmente, pero no respondió.
Primero había que estabilizar a la víctima. La ambulancia llegó 6 minutos después. Los paramédicos bajaron con camilla, equipo médico, movimientos rápidos y coordinados. Evaluaron a Samuel en el piso. Presión baja, pulso débil, pérdida de sangre considerable. Lo subieron a la camilla y lo metieron a la unidad mientras Marisol intentaba subirse también.
“Señora, no puede acompañarlo”, le dijo uno de los paramédicos. “Es mi culpa”, gritó ella. “Todo es mi culpa.” El paramédico la ignoró y cerró las puertas. La ambulancia arrancó con sirena encendida, subiéndola pendiente empinada hacia la avenida principal. Marisol se quedó en la calle de rodillas llorando sin control.
Reina se acercó y le puso una mano en el hombro. Ven, mi hija, vamos adentro. Pero Marisol no se movió. Villaseñor empezó a tomar declaraciones. Primero a los vecinos. Reina fue la más precisa. Yo vi todo desde mi ventana. El señor llegó caminando. Discutieron. Luego el otro quiso irse y el Señor lo agarró. Después, pues ya sabes.
Otro vecino, un hombre mayor con playera blanca, agregó, yo oí cuando gritaron. La señora dijo algo como, “No me exhibas.” Y luego el otro, el que está esposado, dijo, “Se acaba hoy.” Villaseñor anotó todo, cada detalle, cada frase, cada posición. Cuando llegó el turno de Marisol, ella apenas podía hablar.
Yo no quería esto, yo solo, solo estábamos hablando nada más. ¿De qué hablaban? Preguntó Villaseñor. Marisol no contestó. Chevo fue llevado a la patrulla. Antes de subirlo, Villaseñor le preguntó, “¿Tiene algo que declarar?” Chevo miró hacia el piso donde Samuel había caído. “Todavía había manchas oscuras. Él me quitó lo único que tenía”, dijo Chevo, y yo lo único que hice fue defenderlo. Villaseñor frunció el ceño.
Defender qué, “Mi dignidad.” Fue la última palabra que dijo antes de que cerraran la puerta de la patrulla. La colonia se quedó despierta toda la noche. Las luces de las casas encendidas, la gente en las banquetas comentando, algunos defendiendo a Chevo. Ese pastor se lo buscó, otros defendiendo a Samuel.
Era un hombre de Dios y otros simplemente moviendo la cabeza. Siempre pasa lo mismo cuando hay terceros.Al día siguiente, la noticia ya había recorrido toda la colonia y más allá. En el mercado, en las tiendas, en los puestos de tacos, todos hablaban de lo mismo. ¿Ya supiste lo del trailero? Dicen que el pastor andaba con la novia.
Pobre hombre, lo traicionaron feo. Las versiones cambiaban según quién contara. Algunos decían que Chebo había planeado todo. Otros juraban que fue un arranque. Había quien defendía a Marisol. Ella solo buscaba consuelo y había quien la crucificaba. Consuelo. Eso se llama traición.
La familia de Marisol entró en crisis. Su mamá llegó llorando a la casa. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerle esto a Eusebio y con el pastor? Marisol no salía de su cuarto, no comía, no hablaba, solo repetía una y otra vez. Yo no quería que pasara esto. Samuel fue operado de emergencia en el hospital general.
La bala había entrado por el costado derecho, rozando órganos, pero sin perforar nada vital. Los médicos dijeron que tuvo suerte, unos centímetros más y la historia habría sido otra. Quedó internado en terapia intermedia. Bajo vigilancia, la iglesia emitió un comunicado breve y frío. Estamos orando por la pronta recuperación del hermano Samuel y pedimos respeto para su familia en estos momentos difíciles.
No mencionaron a Chevo, no mencionaron a Marisol. Fue un mensaje calculado para desligarse del escándalo. Varios miembros de la congregación dejaron de asistir. Otros exigían explicaciones. ¿Qué hacía Samuel a esas horas con la novia de otro? ¿Por qué nadie vio las señales? ¿Qué tipo de consejería era esa? Mientras tanto, Chevo estaba en un separos de la comandancia municipal.
No había hablado mucho, solo pidió un vaso de agua y permiso para llamar a su hermana. Ella llegó al día siguiente desconcertada, con los ojos hinchados. ¿Por qué, Chevo? ¿Por qué no me dijiste nada? Él solo movió la cabeza. No había nada que decir, ya estaba hecho. La investigación avanzaba rápido. Villaseñor y su equipo recopilaron videos de cámaras de seguridad de las casas cercanas.
Uno de los videos grabado desde un portón con cámara de circuito cerrado mostraba el momento exacto. Ángulo cenital, vista de pájaro. Se veía a Chebo acercándose, la discusión, el forcejeo, el disparo. Todo estaba ahí. Claro, sin lugar a dudas. Revisaron también el celular de Marisol. Ella lo entregó voluntariamente, todavía en shock.
Los mensajes con Samuel eran abundantes, conversaciones diarias, desde abril hasta agosto. No había contenido explícitamente sexual, pero sí emocional. Frases como, “Me haces sentir comprendida, ojalá pudiera hablar contigo todo el día. Gracias por existir.” Samuel respondía con versículos bíblicos, pero también con mensajes cargados.
Eres una mujer especial. Dios tiene planes contigo. Me alegra ser parte de tu vida. Los investigadores marcaron varias conversaciones como evidencia. No probaban infidelidad física, pero sí una relación inapropiada, una relación que cruzaba límites, una relación que cualquier pareja en su sano juicio vería como traición emocional.
El detalle más relevante apareció en los registros de ubicación. Marisol había desactivado el GPS de su celular varias veces en julio y agosto, siempre en horarios nocturnos, siempre los días que Chebo estaba de viaje. Los técnicos forenses revisaron las antenas de telefonía. Los pings del celular de Marisol y del de Samuel coincidían en ubicación varias veces, misma zona, mismo horario, a veces durante horas.
Villaseñor cruzó esa información con los recibos que encontraron en el carro de Chevo. Una compra en un Oxo cerca de la iglesia. Fecha 20 de agosto. Hora 21:42. Apenas 13 minutos antes del altercado. El recibo confirmaba que Chevo había estado en la zona, que no mentía cuando dijo que lo siguió. La defensa de Chebo intentó construir un argumento de crimen pasional atenuado.
Su abogado, un licenciado de Apellido Rojas, que trabajaba en un despacho del centro, argumentó que su cliente había actuado bajo extrema provocación emocional. Estamos hablando de un hombre que descubrió a su futura esposa en una situación comprometedora con un líder religioso en quien confiaba plenamente, dijo Rojas en una entrevista breve fuera de los juzgados.
No estamos justificando la violencia, pero sí contextualizando el estado mental de mi cliente. La fiscalía no estaba de acuerdo. Para ellos había premeditación. Chevo llevaba el arma encima. Siguió a Marisol deliberadamente. No fue un arranque, fue una decisión. El Ministerio Público presentó los videos, los mensajes, los registros de ubicación y el recibo del Oxo como prueba de que Chevo sabía exactamente lo que estaba haciendo.
El acusado tuvo tiempo para reflexionar, dijo la agente del MP en la audiencia inicial. Desde que vio la notificación en el celular de la señora Gutiérrez hasta el momento del disparo, pasaron semanas, semanas en las que pudo haber tomado otra decisión.Semanas en las que pudo haberse alejado, haber cancelado la boda, haber confrontado de manera civilizada, pero eligió la violencia.
El juez escuchó ambas partes y determinó que había elementos suficientes para vincular a proceso a Eusebio Rentería por tentativa de homicidio calificado. La prisión preventiva fue confirmada. Chevo sería trasladado al Centro de Reinserción Social de Tijuana mientras avanzaba el proceso. Samuel, por su parte, sobrevivió a la cirugía, pero quedó marcado física y socialmente.
La bala no lo mató, pero su reputación sí murió esa noche. Los rumores crecieron que si tenía más relaciones con mujeres de la iglesia, que si usaba su posición para manipular emocionalmente, que si ya había pasado antes y nadie había dicho nada. Nada de eso se comprobó, pero el daño estaba hecho.
Samuel fue dado de alta dos semanas después. Salió del hospital con ayuda de un familiar, evitando cámaras y preguntas. No dio declaraciones. No regresó a la iglesia. simplemente desapareció del mapa social de la colonia. Algunos dijeron que se mudó a Rosarito, otros que regresó a Sinaloa de donde era originario. La iglesia nombró a otro líder y el tema quedó enterrado bajo silencio incómodo.
Marisol enfrentó un infierno diferente. No fue a prisión, no fue acusada de nada, pero su vida se desmoronó igual. La boda obviamente fue cancelada. El salón devolvió solo una parte del dinero. El vestido quedó colgado en el closet. Las invitaciones se convirtieron en chisme de barrio. Su familia la culpaba. Por tu culpa, Chevo está preso.
Por tu culpa, ese hombre casi muere. Por tu culpa, somos el asme reír de toda la colonia. Marisol intentó explicar. intentó decir que Samuel solo era un amigo, que nunca pasó nada físico, que todo fue malinterpretado, pero nadie le creía. Y en el fondo ella tampoco se creía del todo porque sabía que había cruzado una línea, tal vez no con el cuerpo, pero sí con el corazón.
Y eso, en una relación a punto de formalizarse. Era traición igual. Los meses pasaron lentos. Chevo seguía en prisión. esperando juicio. Había cambiado. Ya no era el hombre sereno que manejaba tráileres y saludaba a los vecinos. Ahora era alguien apagado, alguien que había perdido todo por un momento de rabia.
Su hermana lo visitaba cada 15 días. Le llevaba comida, ropa limpia, noticias del exterior. En una de esas visitas, Chevo le preguntó por Marisol. ¿Cómo está? La hermana dudó. No lo sé. Ya no vive en la casa. Se fue a vivir con una prima a playas de Tijuana. Chevo asintió. Mejor así, dijo. Mejor que no la vea nunca más. Pero su voz no sonaba a alivio.
Sonaba a dolor que no termina de sanar, a herida que sigue abierta aunque el cuerpo esté quieto. El juicio finalmente llegó en abril de 2024. Casi 8 meses después de los hechos, la sala estaba llena. Familiares de ambos lados, curiosos periodistas locales. She entró esposado con uniforme beige de reo, la barba ahora completamente blanca. Marisol no asistió.
Su abogado dijo que estaba bajo tratamiento psicológico y que su presencia podría afectar su estabilidad emocional. Samuel tampoco fue. Envió su declaración por escrito, certificada por un notario. En ella describía los hechos desde su perspectiva, que había ofrecido consejería al matrimonio por petición de Marisol, que nunca hubo intención de dañar la relación, que todo fue malinpretado y que lamentaba profundamente lo ocurrido.
No mencionó los mensajes, no mencionó los encuentros nocturnos. Su versión era as céptica, neutral, conveniente. La fiscalía presentó su caso con contundencia, mostró el video de la Cámara de Seguridad, mostró los mensajes entre Marisol y Samuel. Mostró el recibo de Oxon. mostró los registros de antenas celulares.
Mostró declaraciones de vecinos que confirmaban que Chebo había seguido a Marisol deliberadamente. El acusado no actuó en un arrebato ciego, argumentó la fiscal. Actuó con intención clara. Llevaba un arma, siguió a la víctima, confrontó, disparó. Eso no es pasión, eso es decisión. La defensa, por su parte, apeló a la empatía.
Mi cliente es un hombre trabajador que fue traicionado en el momento más vulnerable de su vida. Una semana antes de casarse, descubre que su futura esposa tiene una relación emocional con el hombre que se suponía los iba a guiar espiritualmente. ¿Cuántos de ustedes actuarían con frialdad en esa situación? El jurado escuchó testimonios durante 3 días.
Reina Alvarado subió al estrado, describió lo que vio desde su ventana, la discusión, el forcejeo, el momento en que Chevo sacó el arma. “Yo vi que el señor Samuel intentó irse”, dijo Reina. Pero el señor Eusebio no lo dejó, lo agarró del brazo. Y cuando Samuel se soltó, ahí fue cuando pasó todo. Otro vecino, el del portón de enfrente, confirmó que escuchó gritos.
El señor Eusebio dijo algo como, “Se acaba hoy!” Y la señora Marisol gritó,”¡No me exhibas! Yo creo que ella sabía que algo malo iba a pasar.” Los peritos balísticos explicaron la trayectoria del proyectil, la distancia del disparo, la posición de los cuerpos. Todo apuntaba a que Chevo había disparado de frente a corta distancia con Samuel intentando retroceder.
El momento más tenso del juicio fue cuando Chevo subió a declarar. Habló con voz calmada, casi resignada. Explicó cómo conoció a Marisol, cómo construyeron una relación después de años de soledad, cómo confiaron en Samuel. Ese hombre entró a mi casa, dijo Chevo. Comió en mi mesa, oró por nosotros y todo ese tiempo estaba destruyendo lo único que me importaba.
La fiscal lo interrumpió y eso justifica intentar matarlo. Chevo la miró directo a los ojos. No lo justifico, pero tampoco me arrepiento. La sala quedó en silencio. Incluso el juez tardó unos segundos en reaccionar. Señor Rentería, ¿está usted diciendo que volvería a hacerlo? Chevo negó con la cabeza. No estoy diciendo que entiendo por qué lo hice y que si volviera atrás no sé si podría evitarlo.
El veredicto llegó dos días después, culpable de tentativa de homicidio calificado. La calificativa venía por premeditación y ventaja. Chevo llevaba el arma. Samuel no estaba armado. La pena. 14 años de prisión. Con posibilidad de reducción por buena conducta después de cumplir la mitad. Chevo recibió la sentencia sin expresión.
No lloró, no gritó, solo asintió. Su hermana, en cambio, sí lloró. Lloró porque sabía que su hermano ya no volvería a ser el mismo, que incluso si salía en 7 años saldría viejo, cansado, roto. La familia de Samuel tampoco celebró. Para ellos el daño ya estaba hecho. Samuel estaba vivo, sí, pero su vida también había quedado destrozada.
Nadie ganó. Todos perdieron. Después del juicio, la colonia intentó volver a la normalidad. Pero esas cosas no se olvidan fácil. Cada vez que alguien pasaba por la esquina donde ocurrió todo, volteaba, algunos por morbo, otros por respeto silencioso. La iglesia donde Samuel daba estudio bíblico cerró por tr meses.
Cuando reabrió ya era otra cosa. Nuevo líder, nueva congregación. Los que se quedaron evitaban hablar del tema. Era como un fantasma que todos sabían que estaba ahí, pero nadie quería invocar. Marisol nunca regresó a esa colonia. Vendió algunos muebles, empacó lo poco que tenía y se mudó definitivamente a playas de Tijuana con su prima.
Consiguió trabajo en una tienda de abarrotes. Pasaba desapercibida. Ya no vendía productos de catálogo, ya no organizaba nada, solo trabajaba, regresaba a casa y se encerraba. Su mamá intentó reconciliarse con ella a finales de 2024. Fueron a un café cerca de la playa. Hablaron poco. La mamá le preguntó si estaba bien. Marisol dijo que sí, aunque era obvio que no.
¿Has sabido algo de él?, preguntó la mamá. Marisol negó con la cabeza. No quiero saber. Ya hice suficiente daño. La mamá suspiró. Todos cometemos errores, mija, pero lo que pasó, eso ya no tiene regreso. Marisol apretó los labios. Lo sé. No dijeron mucho más. Se despidieron con un abrazo incómodo y cada una siguió su camino.
La relación nunca volvió a ser la misma. Había demasiado dolor, demasiada vergüenza, demasiadas palabras que quedaron sin decir. Chevo, por su parte, se adaptó a la rutina de prisión. Trabajaba en el taller de carpintería del penal. Hacía muebles pequeños, reparaba sillas, lijaba madera. Era bueno con las manos. Siempre lo había sido.
En las noches, cuando las celdas se cerraban, se quedaba mirando el techo. Pensaba en todo lo que pudo haber sido, en la boda que nunca ocurrió, en los hijos que tal vez hubieran tenido, en los años que le quedaban por cumplir. A veces se preguntaba si Marisol pensaba en él, si sentía culpa, si lloraba en las noches como él a veces lo hacía, pero nunca lo sabría porque entre ellos ya no había nada, solo silencio y distancia.
Samuel también desapareció del mapa. Según rumores, se fue a vivir a Enenada. Otros decían que estaba en Mexicali. Nadie lo confirmó. No tenía redes sociales, no daba entrevistas. No apareció en ningún otro escándalo, simplemente dejó de existir para la comunidad que alguna vez lo vio como líder. Su familia tampoco habló.
Cerraron filas y protegieron su privacidad. La herida física sanó. La bala no dejó secuelas permanentes en órganos, pero sí en movimiento. Samuel cojeaba un poco. Tenía que usar bastón en días de frío y cada vez que se movía recordaba, recordaba esa noche, recordaba el sonido, recordaba la cara de Chevo antes de disparar, recordaba todo y eso de alguna manera era su propia condena.
La iglesia intentó limpiar su imagen. Publicaron comunicados sobre ética pastoral. Implementaron protocolos de consejería con testigos presentes. Hablaron de límites, de profesionalismo, de no cruzar líneas, todo lo que debieron haber hecho antes. Pero ya era tarde. Varias familias se fueron a otrascongregaciones. Otras dejaron de congregarse por completo.
El escándalo había dejado una grieta en la confianza. Y esas grietas no se arreglan con palabras bonitas ni con protocolos nuevos. Se arreglan con tiempo y mucho tiempo. La colonia, mientras tanto, siguió su vida. Nacieron niños, se casaron parejas, se murieron ancianos, todo siguió. Pero en las conversaciones de las señoras en el mercado, en las pláticas de los hombres en las esquinas, la historia de Chevo, Marisol y Samuel quedó como advertencia.
Como ejemplo de lo que pasa cuando la confianza se rompe y las emociones explotan. En el interior del penal, Chevo empezó a recibir visitas regulares de su hermana y de un primo que vivía en Tecate. Le llevaban comida casada, ropa, noticias del exterior. En una de esas visitas, su hermana le contó que había visto a uno de los testigos del caso en el mercado. “Reina me saludó”, dijo.
“Me preguntó por ti.” Chevo frunció el seño. “¿Y qué le dijiste? ¿Que estabas bien? ¿Que te portabas bien? Chevo asintió. Esa señora siempre fue chismosa, pero al menos dijo la verdad en el juicio. Su hermana bajó la mirada. ¿Todavía piensas en ella? No hizo falta aclarar de quién hablaba. Chevo tardó en responder todos los días, admitió, pero ya no con coraje, ahora solo con tristeza.
Esa tristeza era algo que Chevo cargaba como piedra. No era rabia, no era odio, era desilusión pura. Desilusión de haber creído en algo que resultó ser mentira, de haber abierto su vida a alguien que la destruyó desde adentro, de haber confiado en un hombre de Dios que usó esa confianza para acercarse a lo que no le correspondía.
Chevon no se arrepentía de haber disparado, se arrepentía de haber llegado a ese punto, de no haberse dado cuenta antes, de no haber cerrado la puerta a tiempo. Pero esas reflexiones llegaban tarde. El daño estaba hecho, la sentencia cumplida. Lo único que quedaba era esperar. Esperar a que pasaran los años, esperar a que la memoria se desvaneciera un poco, esperar a que el dolor fuera soportable.
Marisol, por otro lado, intentaba reconstruir su vida pedazo por pedazo. Trabajaba en la tienda de abarrotes de lunes a sábado. Los domingos se quedaba en casa. No iba a la iglesia, no salía con amigas, no tenía redes sociales, vivía en un limbo social donde nadie la conocía, pero tampoco nadie se acercaba demasiado.
Su prima, con quien vivía, era la única que sabía toda la historia y nunca la juzgó en voz alta. Solo le dijo una vez, “Lo que pasó pasó, pero tienes que perdonarte, si no te vas a pudrir por dentro.” Marisol intentaba, pero perdonarse a sí misma era más difícil que pedir perdón a otros, porque los otros podían decir que no.
Ella no tenía esa opción. Tenía que vivir consigo misma todos los días. Una tarde de octubre de 2024, Marisol estaba ordenando productos en los estantes cuando entró una clienta mayor. Conversaron un poco. La señora le preguntó si era de Tijuana. Marisol dijo que sí. ¿De qué colonia? Marisol dudó. Del este, respondió sin dar detalles.
La señora sonríó. Yo también soy de por allá, de la colonia obrera. Marisol sintió un escalofrío. Esa colonia estaba a solo 10 minutos de donde vivía antes. La señora siguió hablando. ¿Supiste lo del trailero que le disparó al pastor? Marisol apretó los dientes. Sí, algo escuché. La señora negó con la cabeza. Qué tristeza.
Dicen que la novia andaba en malos pasos. Marisol no respondió, solo siguió acomodando latas en silencio. La señora pagó y se fue. Marisol cerró la tienda temprano ese día y se fue a casa a llorar. Samuel, mientras tanto, vivía en Ensenada. Rentaba un cuarto pequeño cerca del malecón. trabajaba de manera informal, ayudando en una ferretería, cargando cajas, haciendo mandados.
Nadie sabía quién era, nadie preguntaba y así le gustaba. En las noches, cuando el puerto se quedaba en silencio, Samuel caminaba por la orilla del mar. pensaba en todo lo que había perdido, no solo la reputación, también la paz, la capacidad de estar en un lugar sin mirar sobre su hombro, la confianza en sí mismo, porque por más que intentara justificarse, sabía que había cruzado una línea, que había usado su posición para algo que no debía, que había jugado con fuego y que el fuego lo había quemado a él, a Marisol, a Chevo, a todos.
Los años pasaron. Chevo cumplió 3 años de su sentencia. Para 2024 ya llevaba casi cuatro. Se había vuelto un reo modelo, sin problemas de conducta, sin peleas, sin intentos de fuga. Solo cumplía. Los custodios lo respetaban porque no daba lata. Los otros internos lo dejaban en paz. Chevo no buscaba liderazgos ni alianzas, solo quería pasar el tiempo lo más rápido posible.
En las sesiones con el psicólogo del penal hablaba poco. Cuando le preguntaban si sentía remordimiento, Chevo respondía siempre lo mismo. Siento remordimiento por cómo terminó todo, no por lo que hice. Esa respuesta quedabaanotada en su expediente como falta de rehabilitación emocional, pero Chevo no le importaba.
No estaba ahí para rehabilitarse. Estaba ahí porque las leyes lo obligaban. Marisol, en cambio, empezó a abrir un poco su círculo. Conoció a una compañera de trabajo con la que se llevaba bien. Se llamaba Leticia. Tenía su edad. También tenía historias de relaciones rotas y malas decisiones. No eran amigas íntimas, pero sí compañeras de vida.
Salían a tomar café de vez en cuando, platicaban de cosas simples, el clima, las noticias, los problemas del trabajo, nunca del pasado. Eso era territorio prohibido. Leticia intuía que Marisol cargaba algo pesado, pero nunca preguntó. Y Marisol agradecía ese silencio porque no tenía fuerzas para explicar, no tenía palabras para describir el peso de haber sido el centro de una tragedia.
sin haber apretado el gatillo. Un día, Marisol recibió una carta. Venía de la prisión. No tenía remitente claro, pero ella supo de inmediato de quién era. La abrió con manos temblorosas. La letra era torpe de alguien que no escribía seguido. Decía, “Marisol, no sé si vas a leer esto. No sé si deberías, pero necesito decírtelo. No te odio.
Tampoco te perdono. Solo quiero que sepas que ya no me importa, que lo que pasó ya no me quita el sueño como antes. No te escribo para que me respondas. Te escribo para cerrar, para que sepas que de mi parte ya no hay nada. Cuídate, Chevo. Marisol leyó la carta tres veces. Lloró, luego la guardó en un cajón y no volvió a sacarla.
No respondió porque no sabía qué decir, porque tal vez no había nada que decir. Samuel, por su parte, intentó retomar algo parecido a una vida espiritual. Empezó a asistir a una iglesia pequeña enada, no como líder, como asistente. Se sentaba en la última fila. No cantaba, no levantaba las manos, solo escuchaba.
El pastor de esa iglesia no sabía quién era, nadie sabía. Y Samuel prefería así. Un domingo después del servicio, el pastor lo saludó. ¿Eres nuevo por aquí? Samuel asintió. Sí, vengo de Tijuana. El pastor sonrió. Bienvenido. ¿Tienes familia acá? Samuel negó. No, estoy solo. El pastor le puso una mano en el hombro. Aquí nadie está solo. Esta es tu casa.
Samuel agradeció con un gesto y se fue. No volvió a esa iglesia porque no quería una casa, no quería pertenecer. Solo quería existir sin que nadie le preguntara de dónde venía. La vida siguió. Pero las heridas no cerraban del todo. Chevo seguía en prisión. Marisol seguía en playas. Samuel seguía en ensenada, los tres en puntos distintos del mapa, pero unidos por una misma historia.
Una historia que ninguno de ellos podía borrar, una historia que los perseguiría el resto de sus días, porque las tragedias no se olvidan. Se aprende a vivir con ellas, a cargarlas como cicatrices invisibles, a seguir adelante, aunque el pasado nunca suelte del todo. Y eso era exactamente lo que los tres hacían. seguir no por elección, sino porque no había otra opción.
Para finales de 2024, la historia ya era solo un recuerdo lejano en la colonia donde todo ocurrió. Las nuevas generaciones no sabían nada. Los niños que ahora jugaban en esa esquina no tenían idea de lo que había pasado ahí. La vida había seguido. Como siempre, Reina Alvarado, la vecina que lo vio todo, ya no hablaba del tema.
Se cansó de repetir la misma historia. Además, ya no había morvo. La gente se había movido a otros escándalos, otras tragedias, otros chismes. Así funciona la memoria colectiva. Se llena rápido y se vacía igual. Solo los que vivieron la tragedia directamente la cargan para siempre. Chebo había cumplido ya la mitad de su condena.
Eso significaba que en teoría podía solicitar beneficios de preliberación. Su abogado le explicó el proceso. Tendría que demostrar buena conducta, participar en programas de reinserción, mostrar arrepentimiento real. Chevo lo escuchó sin mucho interés. ¿Y si no muestro arrepentimiento? El abogado suspiró. Entonces te quedas los 14 años completos. Chevo se encogió de hombros.
Tampoco es que tenga mucho afuera. El abogado insistió. piénsalo, todavía eres joven, tienes familia, puedes rehacer tu vida. Chevo lo miró fijo. Rehacer. No se rehace lo que ya está roto. Solo se aprende a vivir con los pedazos. El abogado no supo qué responder. Marisol, por su parte, había empezado a ir a terapia, no por iniciativa propia.
Leticia, su compañera de trabajo, la convenció. No puede seguir así, Marisol. Te vas a enfermar. Al principio, Marisol fue solo para callarse las insistencias, pero con el tiempo empezó a encontrar algo de alivio. La terapeuta no la juzgaba, no le decía que fue su culpa o que no lo fue, solo la escuchaba.
Y eso después de tanto silencio forzado, era lo que Marisol necesitaba. En una sesión, la terapeuta le preguntó, “¿Qué es lo que más te duele?” Marisol tardó en responder que todo pudo evitarse. Si yo hubiera sido honestadesde el principio, si hubiera puesto límites, si hubiera dicho que no cuando Samuel empezó a acercarse demasiado, todo pudo evitarse.
La terapeuta asintió, pero no lo hiciste y ahora estás viviendo con esa decisión. Marisol asintió también. Sí, y es lo más difícil porque no puedo cambiar el pasado, solo puedo cargar con él. La terapeuta le dijo algo que se le quedó grabado. Cargar no significa quedarse paralizada. Cargar significa seguir caminando aunque pese.
Y tú estás caminando, eso ya es mucho. Marisol salió de esa sesión con algo parecido a Esperanza. No era felicidad, no era paz, pero era algo y algo era mejor que nada. Samuel seguía en ensenada. Su vida era simple, casi monótona. Trabajaba, comía, dormía. No tenía amigos, no tenía pareja, no tenía proyectos, solo existía.
A veces se preguntaba si eso era suficiente, si una vida sin propósito valía la pena. Pero luego recordaba que él mismo se había quitado el propósito, que había destruido su propio camino y que ahora lo único que podía hacer era sobrevivir. Una tarde, mientras caminaba por el malecón, vio a una pareja joven. Estaban abrazados, mirando el mar, sonriendo.
Samuel sintió una punzada, no de envidia, de nostalgia, de lo que pudo haber sido su vida si hubiera tomado otras decisiones, pero no lo hizo. Y ahora esa pareja feliz era solo un recordatorio de lo que perdió. Han pasado 4 años desde aquella noche de agosto de 2024, 4 años desde que una boda esperada se convirtió en tragedia, 4 años desde que tres vidas quedaron marcadas para siempre.
Chevo sigue en prisión. Ha solicitado preliberación, pero el proceso es lento. Tal vez salga en 2026, tal vez no. Eso ya no le importa tanto. Ha aprendido a vivir en tiempo suspendido, sin planes, sin expectativas, solo día a día. Su hermana sigue visitándolo, ya no llora, ya no pregunta por Marisol, solo hablan de cosas simples, del clima, de la familia, de nada importante, porque lo importante ya pasó y no hay forma de repararlo.
Marisol sigue en playas de Tijuana, sigue trabajando en la tienda de abarrotes, sigue yendo a terapia, ha aprendido a vivir con la culpa, no la ha superado, pero ya no la paraliza. sale de vez en cuando, camina por la playa, ve el mar, respira hondo y sigue, porque eso es lo único que puede hacer, seguir. Leticia, su compañera, le presentó a un grupo de mujeres que se reúnen los sábados para hacer manualidades.
Marisol fue una vez, luego otra. Ahora va seguido, no habla mucho, pero estar ahí rodeada de gente que no sabe nada de su pasado, le da un respiro. Le recuerda que todavía puede existir sin el peso constante de la tragedia. Samuel ya no está en ensenada. se mudó de nuevo. Esta vez a Mexicali trabaja en un taller mecánico.
Hace trabajos simples, cambios de aceite, rotación de llantas, reparaciones menores. No usa su nombre completo, solo le dicen Sam. Nadie pregunta, nadie investiga y él agradece esa invisibilidad. A veces piensa en escribir una carta a Marisol, a Chevo, a alguien, pero nunca lo hace porque no sabe qué decir, porque las disculpas suenan vacías después de tanto daño, porque tal vez lo mejor es simplemente desaparecer.
Y eso es lo que ha hecho, desaparecer en la rutina, en el anonimato, en una vida que ya no es la que imaginó, pero que al menos le permite respirar. La colonia donde todo ocurrió ya no habla de ellos. La gente nueva no sabe nada. Los viejos vecinos prefieren olvidar. Reina Alvarado sigue viviendo ahí, pero ya no cuenta la historia. Se cansó.
Además, ¿para qué? Nadie aprende de las tragedias ajenas. Todos creen que a ellos no les va a pasar hasta que pasa. Y entonces es demasiado tarde. La iglesia sigue abierta con otro pastor, otra congregación, otras historias. El escándalo quedó enterrado bajo años de silencio y nuevas rutinas. Nadie quiere recordar, nadie quiere revivir, solo quieren seguir.
Y así es como termina esta historia, sin redención épica, sin finales felices, sin justicia poética, solo con tres personas tratando de sobrevivir al peso de sus propias decisiones. Chevo, que disparó porque no supo manejar el dolor. Marisol, que traicionó porque buscó en otro lo que no encontraba en su pareja.
Samuel, que cruzó una línea que nunca debió cruzar. Los tres perdieron, todos perdieron. Y la única lección que queda es esta: la traición duele, pero la tragedia nace de lo que se hace con ese dolor. Y una vez que la tragedia explota, ya no hay marcha atrás, solo quedan pedazos y la tarea imposible de intentar vivir con ellos.
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