Turista mexicana desapareció en Machu Picchu en 1998 — ¡14 años después encontraron esto….!
Era joven, soñadora y amante de la historia. Su última foto fue tomada con una sonrisa tímida frente a las ruinas de Machu Picchu en 1998. Después de eso desapareció como si la montaña se la hubiera tragado. Durante años ninguna pista, ninguna respuesta. Hasta que 14 años después, un grupo de exploradores entró en una cueva remota en Los Andes y encontró algo inesperado, una pulsera oxidada con su nombre grabado.
¿Qué hacía allí? ¿Había intentado escapar de algo o alguien la llevó hasta ese lugar? El despertador sonó a las 5 de la mañana en el pequeño departamento de la colonia Roma Norte. Pero Paloma Herrera ya llevaba una hora despierta, mirando el techo con una mezcla de emoción y nervios que le impedía conciliar el sueño. A sus 23 años había soñado con este momento desde que era una niña de 8 años y vio por primera vez una fotografía de Machu Pichu en un libro de historia que su abuela le había regalado.
“Mija, ¿ya estás despierta?”, preguntó su madre, doña María, asomando la cabeza por la puerta del cuarto. Sus ojos mostraban esa mezcla de orgullo y preocupación que solo una madre mexicana puede expresar cuando su hija está a punto de emprender una aventura tan lejos de casa. “Sí, ma, no pude dormir”, respondió Paloma incorporándose en la cama y abrazando la almohada.
Todavía no puedo creer que por fin voy a conocer Machuichu. Doña María entró completamente al cuarto y se sentó en el borde de la cama alisando el cabello castaño de su hija con esa ternura que había caracterizado cada mañana de los últimos 23 años. Tu papá ya está preparando el café. Dice que quiere llevarte al aeropuerto, aunque el vuelo sea hasta las 2 de la tarde.
Paloma sonríó. Don Carlos Herrera, su padre, era mecánico en un taller del centro de la ciudad, un hombre de manos callosas y corazón enorme, que había trabajado turnos dobles durante dos años para ayudar a su hija a cumplir este sueño. Él no entendía completamente la fascinación de Paloma por las civilizaciones antiguas, pero respetaba su pasión con la devoción silenciosa de un padre que ve brillar los ojos de su hija.
Papá no tenía que hacer eso”, murmuró Paloma sintiendo un nudo en la garganta. “Ya ha hecho suficiente, mi hija. Para tu papá no hay suficiente cuando se trata de ti. Desde que empezaste a estudiar arqueología, él lee todo lo que encuentra sobre los incas. Ayer lo encontré viendo documentales en YouTube sobre Machu Picchu. Paloma se levantó y caminó hacia la ventana de su cuarto, desde donde podía ver el bullicio matutino de la Ciudad de México.
Los vendedores ambulantes ya estaban instalando sus puestos. El ruido del tráfico comenzaba a intensificarse y el olor a tortillas recién hechas se filtraba desde la tortillería de la esquina. Todo eso le parecía tan familiar, tan seguro, que por un momento sintió una punzada de nostalgia por algo que aún no había dejado atrás. ¿Estás nerviosa?, preguntó su madre, acercándose por detrás.
Un poco, admitió Paloma. Es la primera vez que voy a estar tan lejos de ustedes y es la primera vez que viajo sola fuera del país. No vas a estar sola, mija. Dijiste que ibas con un grupo de turistas. Sí, pero no los conozco. El tour lo contraté por internet con una agencia de Cuzco que tenía muy buenas reseñas. Se llama Aventuras Andinas y el guía se llama Ricardo Mendoza.
Por las fotos parece muy profesional. Doña María asintió, aunque en el fondo de su corazón maternal había una inquietud que no sabía explicar. Tal vez era solo la natural preocupación de una madre mexicana viendo a su hija aventurarse en tierras desconocidas. En la cocina, don Carlos ya había preparado un desayuno digno de una despedida.
Huevos rancheros, frijoles refritos, tortillas calientes y café de olla con canela. El aroma llenaba toda la casa y le recordaba a Paloma todos los domingos de su infancia. “Buenos días, arqueóloga”, dijo su padre con una sonrisa que no lograba ocultar completamente su preocupación. “Lista para conquistar los Andes. Buenos días, papá.
Huele delicioso.” Don Carlos sirvió el café en la taza favorita de Paloma, una de barro que habían comprado en Oaxaca durante unas vacaciones familiares hace 5 años. Mija, quiero que sepas que tu mamá y yo estamos muy orgullosos de ti”, dijo sentándose frente a ella en la pequeña mesa de la cocina.
“No cualquiera tiene el valor de perseguir sus sueños como tú lo has hecho.” Paloma sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Sus padres habían hecho tantos sacrificios para apoyar sus estudios de arqueología. Una carrera que muchos consideraban poco práctica en un país donde las oportunidades laborales en esa área eran limitadas.
Papá, cuando regrese voy a conseguir un trabajo y les voy a devolver todo el dinero que han gastado en mí. No digas tonterías, intervino doña María sentándose junto a ellos. El dinero se recupera, pero los sueños nosiempre regresan. Tú ve y disfruta cada momento. Después del desayuno, Paloma terminó de empacar sus cosas. En su mochila llevaba lo esencial.
Ropa abrigada para las montañas. Su cámara fotográfica canon, que había sido regalo de graduación de la preparatoria, un cuaderno de notas donde planeaba escribir todas sus impresiones. Y el libro Lost City of the Incas de Hir Bingham, que había leído al menos cinco veces. También llevaba algo especial, una pequeña pulsera de plata con su nombre grabado que su abuela le había regalado cuando cumplió 15 años.
para que nunca olvides quién eres, sin importar qué tan lejos vayas”, le había dicho la abuela Elena antes de morir el año anterior. A las 11 de la mañana, la familia Herrera se dirigió al aeropuerto internacional de la Ciudad de México. Durante el trayecto en el viejo suru de don Carlos, Paloma observaba por la ventana los paisajes urbanos que había conocido toda su vida, los mercados bulliciosos, las iglesias coloniales, los edificios modernos mezclándose con arquitectura prehispánica.
“¿Sabes qué es lo que más me emociona?”, preguntó Paloma de repente. “¿Qué, mi hija?”, respondió su madre. poder tocar las mismas piedras que tocaron los incas hace 500 años, caminar por los mismos senderos, respirar el mismo aire de las montañas sagradas. Es como como si fuera a viajar en el tiempo. Don Carlos la miró por el espejo retrovisor con una sonrisa llena de ternura.
Eres igualita a tu abuela Elena. Ella también veía magia en las cosas antiguas. En el aeropuerto la despedida fue emotiva breve. Paloma no quería que sus padres la vieran llorar y ellos tampoco querían que ella se fuera con el corazón pesado. “Cuídate mucho, mija,”, le susurró doña María al oído mientras la abrazaba. “Y llámanos en cuanto llegues a Lima, prometido ma.
” “Y no te alejes del grupo”, añadió don Carlos dándole el abrazo más fuerte de su vida. “Los guías conocen esas montañas mejor que nadie. No se preocupen, voy a estar bien. El vuelo de Aeroméxico salió puntualmente a las 2 de la tarde. Paloma había conseguido un asiento junto a la ventana y durante todo el trayecto estuvo pegada al cristal, observando como el paisaje mexicano daba paso al azul infinito del Pacífico, luego a las costas de Centroamérica y, finalmente, a las imponentes montañas de Sudamérica.
Llevaba consigo una carpeta con toda la información que había recopilado sobre su viaje. El itinerario era perfecto. Dos días en Lima para aclimatarse, luego un vuelo a Cuzco, una noche en la ciudad imperial para adaptarse a la altura y, finalmente, la excursión de dos días a Machuicu con el grupo de aventuras andinas.
Durante el vuelo, revisó una vez más el perfil del guía Ricardo Mendoza en el sitio web de la agencia. Las reseñas eran excelentes. Ricardo es un guía excepcional. Conoce cada piedra de Machuicu, experiencia inolvidable con Ricardo, muy profesional y conocedor. Recomiendo totalmente los tours con Ricardo Mendoza. En las fotos, Ricardo aparecía como un hombre de unos 40 años, de complexión robusta, con el rostro curtido por el sol andino y una sonrisa que transmitía confianza.
Su biografía mencionaba que tenía más de 15 años de experiencia como guía en la región de Cuzco y que hablaba español, inglés y quechua. Perfecto, pensó Paloma. Alguien que realmente conoce la historia y la cultura del lugar. El avión aterrizó en el aeropuerto internacional Jorge Chávez de Lima, a las 11 de la noche, hora local.
Paloma se sintió inmediatamente abrumada por la humedad limeña y el bullicio del aeropuerto peruano. Todo era diferente, los acentos, los olores, incluso la forma en que la gente se movía. Su hotel en Miraflores era modesto pero limpio. Desde la ventana de su habitación podía ver el océano Pacífico extendiéndose hasta el horizonte, iluminado por las luces de la ciudad.
Era hermoso, pero también le recordaba lo lejos que estaba de casa. Llamó a sus padres desde el teléfono del hotel. Paloma, mi hija, ¿cómo estás? La voz de su madre sonaba llena de alivio. Estoy bien, ma. Lima es increíble. Mañana voy a visitar algunos museos antes de volar a Cuzco. ¿Ya conociste a tu guía? No, lo voy a conocer mañana en Cuzco, pero he estado leyendo más sobre él y parece muy profesional.
Cuídate mucho, mi hija, y no olvides llamarnos. Los amo mucho. Dale un beso a papá. Al día siguiente, Paloma exploró Lima con la curiosidad de una arqueóloga y la emoción de una turista. visitó el museo Larco, donde se maravilló con las cerámicas precolombinas y caminó por el centro histórico admirando la arquitectura colonial española construida sobre cimientos incas.
Pero su mente estaba en Cuzco, en las montañas, en Machuicchu. Cada hora que pasaba la acercaba más a su sueño. El vuelo a Cusco al día siguiente fue una experiencia en sí misma. Al sobrevolar los Andes, Paloma sintió que su corazón se aceleraba.
Las montañas se extendíaninfinitamente, cubiertas de nieve en las cimas y verdes en los valles, como una alfombra gigantesca tejida por los dioses. Cuzco la recibió con aire frío y delgado, que le recordó inmediatamente que estaba a más de 3,000 m sobre el nivel del mar. El aeropuerto era pequeño pero acogedor y desde el momento en que pisó tierra cuzqueña, sintió algo especial en el ambiente, como si la historia misma estuviera suspendida en el aire.
En el aeropuerto, un hombre con un cartel que decía Paloma Herrera aventuras andinas la esperaba con una sonrisa amplia. Señorita Herrera, preguntó el hombre acercándose. Soy Ricardo Mendoza, su guía para Machu Picchu. Paloma se sintió inmediatamente tranquila. Ricardo tenía exactamente la apariencia de las fotos, un rostro honesto, ojos que transmitían experiencia y esa calidez característica de la gente andina.
Mucho gusto, señor Mendoza. Estoy muy emocionada por este viaje. El placer es mío, señorita. Y por favor, dígame, Ricardo, vamos a pasar dos días juntos explorando el lugar más mágico del mundo. Durante el trayecto al hotel en el centro de Cuzco, Ricardo le explicó el itinerario. Esa noche descansaría para aclimatarse a la altura.
Al día siguiente tomarían el tren a aguas calientes temprano en la mañana y luego subirían a Machuicu para pasar todo el día explorando las ruinas. ¿Hay otros turistas en el grupo?”, preguntó Paloma. “Sí, una pareja de argentinos y un joven mochilero de Brasil, todos muy agradables. Los conocerá mañana en el tren.” Esa noche, en su habitación del hotel en la plaza de armas de Cuzco, Paloma escribió en su diario: “Día 1 en Cuzco.
No puedo creer que esté aquí. La ciudad es mágica con esas calles empedradas y esas paredes incas que han resistido 500 años. Ricardo parece muy profesional y conocedor. Mañana por fin conoceré Machu Picchu. Siento que toda mi vida me ha llevado a este momento. Espero estar a la altura de este sueño. Se durmió mirando por la ventana las luces de Cuzco, sin saber que esa sería la última noche tranquila de su vida y que al día siguiente comenzaría una cadena de eventos que cambiaría para siempre el destino de su familia. En algún lugar de
la ciudad, Ricardo Mendoza también se preparaba para dormir, pero sus pensamientos eran muy diferentes a los de la joven mexicana. En su mente, Paloma ya no era solo una turista entusiasta, sino algo mucho más valioso en un negocio que ella jamás podría imaginar. La madrugada cuzqueña era fría y silenciosa, y las estrellas brillaban con una intensidad que solo se puede ver en las montañas.
Machuicu esperaba, majestuoso e imponente, guardando secretos que pronto se entrelazarían con el destino de una joven arqueóloga mexicana que solo quería cumplir el sueño de su vida. El tren de Perrail partió de la estación San Pedro en Cuzco a las 6 de la mañana, cuando la ciudad imperial aún dormía bajo un manto de neblina fría.
Paloma había despertado a las 4:30 con esa mezcla de emoción y nervios. que solo se siente cuando se está a punto de cumplir el sueño de toda una vida. Buenos días, señorita Paloma, la saludó Ricardo Mendoza en el lobby del hotel, cargando una mochila profesional y vistiendo ropa técnica de montaña que le daba un aspecto de guía experimentado.
Lista para conocer la ciudadela perdida de los incas. Más que lista”, respondió Paloma, ajustándose su propia mochila y verificando por tercera vez que su cámara estuviera bien guardada. Anoche casi no pude dormir de la emoción. Es normal, Machu Picchu tiene ese efecto en las personas, especialmente en alguien que estudia arqueología como usted.
Durante el trayecto hacia la estación, Ricardo le presentó al resto del grupo, Marcos y Lucía, una pareja de argentinos de Buenos Aires que celebraba su décimo aniversario de bodas, y Bruno, un joven brasileño de Sao Paulo que viajaba solo con una mochila enorme y una guitarra. Qué emoción conocer a una arqueóloga mexicana.
exclamó Lucía con el acento porteño que caracterizaba cada palabra. Seguramente vas a ver cosas que nosotros ni siquiera notaremos. Espero poder compartir lo que sé, respondió Paloma tímidamente. Aunque estar aquí es más un sueño personal que algo profesional. Bruno, que no podía tener más de 20 años, se acercó con esa energía característica de los mochileros sudamericanos.
Cara, yo llevo tres meses recorriendo Sudamérica, pero Machu Picchu es lo que más he esperado. Dicen que es una experiencia que te cambia la vida. El tren serpenteaba por el valle sagrado de los Incas y con cada kilómetro que avanzaba el paisaje se volvía más espectacular. Montañas verdes se alzaban a ambos lados de la vía. El río Urubamba corría paralelo al tren con un murmullo constante y pequeños pueblos andinos aparecían y desaparecían como postales vivientes.
Paloma tenía la cámara constantemente en las manos, capturando cada momento, cada paisaje, cada expresión de asombro de suscompañeros de viaje. Ricardo observaba todo con una atención que parecía profesional, pero había algo en su mirada que no terminaba de encajar con la imagen del guía turístico experimentado.
“Ricardo”, preguntó Paloma durante el viaje. “¿Cuántas veces has subido a Machuicu?” “Perdí la cuenta después de las 200”, respondió él con una sonrisa que no llegaba completamente a sus ojos, pero cada vez sigue siendo especial. La montaña tiene una energía única. Energía, preguntó Marcos, el argentino, con cierto escepticismo.
Los incas consideraban sagrado este lugar. Machuicchu significa montaña vieja en quechua y para ellos era un punto de conexión entre el mundo terrenal y el espiritual. Paloma escuchaba fascinada tomando notas mentales de cada detalle que Ricardo compartía. Su conocimiento parecía auténtico, pero había momentos en que su atención se desviaba como si estuviera esperando algo o a alguien.
El tren llegó a Aguas Calientes, el pueblo base para visitar Machuicchu a las 9 de la mañana. El lugar era un hervidero de turistas de todas las nacionalidades, vendedores ambulantes y el constante ruido de los autobuses que subían y bajaban por la serpente carretera hacia las ruinas.
“Muy bien, grupo”, anunció Ricardo mientras bajaban del tren. “Ahora tomaremos el autobús que nos llevará hasta la entrada de Machuicu. El viaje dura unos 30 minutos por una carretera de montaña bastante empinada. El autobús estaba lleno de turistas emocionados hablando en múltiples idiomas. Paloma se sentó junto a la ventana y observó como el paisaje se volvía cada vez más dramático a medida que subían.
La carretera Hiram Bingam zigzagueaba por la montaña, ofreciendo vistas espectaculares del valle y de los picos andinos que se perdían en las nubes. “Mira eso”, le susurró Bruno a Paloma, señalando hacia una cascada que caía desde una altura imposible. Es como estar en otro planeta. Cuando finalmente llegaron a la entrada de Machuicchu, Paloma sintió que el corazón se le aceleraba.
Después de pasar por los controles de entrada y caminar por un sendero rodeado de vegetación tropical, Ricardo los detuvo en un punto específico. “Cierren los ojos,” les dijo con una sonrisa genuina. “Cuando los abran, van a ver Machu Picchu por primera vez. Es un momento que recordarán toda la vida.” Paloma cerró los ojos, sintiendo la brisa fresca de la montaña en su rostro y escuchando el sonido distante del viento entre las ruinas.
Cuando Ricardo les dio la señal, abrió los ojos y se quedó sin aliento. Ahí estaba. Machupichu se extendía ante ellos como una ciudad de piedra suspendida entre las nubes. Las terrazas verdes descendían por las laderas de la montaña. Las construcciones de piedra se alzaban con una precisión arquitectónica que desafiaba la comprensión y todo el conjunto parecía emerger naturalmente de la montaña misma.
“Dios mío”, murmuró Paloma y sin darse cuenta comenzó a llorar. Es es perfecto. Lucía también estaba emocionada abrazando a su esposo Marcos, quien trataba de capturar el momento con su cámara. Bruno había sacado su guitarra y tocaba suavemente una melodía que parecía flotar en el aire andino. “Bienvenidos a Machu Picchu”, dijo Ricardo.
Y por primera vez desde que lo conocieron, su sonrisa parecía completamente auténtica. Durante las siguientes tres horas, Ricardo los guió por las diferentes secciones de la ciudadela. Les explicó la función de cada edificio, les mostró los templos principales, les habló sobre las técnicas de construcción inca y les narró las teorías sobre el propósito real de Machuicu.
Paloma estaba en su elemento haciendo preguntas técnicas, tomando fotografías desde todos los ángulos posibles y llenando páginas de su cuaderno con observaciones y sketches. Su conocimiento académico se combinaba con la emoción pura de estar finalmente en el lugar que había estudiado durante años. Ricardo preguntó mientras examinaba una pared de piedra perfectamente ensamblada.
Es cierto que los incasaban mortero en sus construcciones. Exacto. Cada piedra está cortada con tal precisión que encaja perfectamente con las demás. Es una técnica que incluso hoy en día es difícil de replicar. Es increíble, murmuró Paloma pasando sus manos por las piedras milenarias. Puedo sentir la historia en cada centímetro.
A la 1 de la tarde, Ricardo anunció que era hora del almuerzo y que se reunirían en dos horas para continuar la exploración. Pueden quedarse en el área principal o explorar por su cuenta, pero por favor no se alejen demasiado y manténganse en los senderos marcados”, les advirtió. Los argentinos decidieron almorzar en el restaurante del sitio y Bruno se fue a tocar su guitarra en una de las terrazas.
Paloma, sin embargo, tenía otros planes. “Ricardo, ¿hay algún área menos visitada que pueda fotografiar? Me gustaría capturar algunas imágenes sin tantos turistas. Ricardo dudó por un momento, como siestuviera evaluando algo en su mente. Hay una sección hacia el este, cerca del templo del cóndor, que suele estar más tranquila a esta hora, pero no se aleje mucho y regrese aquí en una hora y media. Perfecto, muchas gracias.
Paloma se dirigió hacia el área que Ricardo le había indicado, caminando por senderos de piedra que habían sido transitados por los incas 500 años atrás. El lugar era efectivamente más tranquilo, con solo algunos turistas dispersos que exploraban las estructuras menores. Encontró un punto elevado desde donde podía capturar una vista panorámica de toda la ciudadela sin la multitud de visitantes.
Se sentó en una piedra antigua y comenzó a tomar fotografías, ajustando cuidadosamente cada encuadre. Esto es perfecto, murmuró para sí misma, viendo a través del visor de su cámara como la luz del sol creaba sombras dramáticas entre las ruinas. Fue entonces cuando notó algo extraño. Ricardo había aparecido en el área, pero no estaba solo.
Había dos hombres con él, vestidos como trabajadores del sitio arqueológico, pero algo en su comportamiento le pareció fuera de lugar. Paloma bajó la cámara y observó discretamente. Los tres hombres estaban teniendo una conversación intensa y Ricardo parecía agitado. Uno de los hombres le entregó algo que parecía un sobre y Ricardo lo guardó rápidamente en su mochila.
La curiosidad arqueológica de paloma se activó. Algo no estaba bien. Levantó su cámara y usando el zoom logró capturar algunas fotografías de la extraña reunión. En una de las imágenes pudo ver claramente que uno de los hombres llevaba algo que parecía un pequeño artefacto de piedra, posiblemente una pieza arqueológica, tráfico de antigüedades.
Pensó Paloma recordando las clases sobre saqueo arqueológico que había tomado en la universidad. decidió acercarse más, manteniéndose oculta detrás de las estructuras de piedra. Logró escuchar fragmentos de la conversación en español, pero con un acento que no reconocía completamente. La pieza está lista para el envío.
El contacto en Lima confirmó, la turista no debe sospechar nada. El corazón de Paloma comenzó a latir más rápido. Se referían a ella. ¿Era parte de algún esquema de contrabando de artefactos arqueológicos? Sin pensarlo dos veces, levantó su cámara y tomó varias fotografías más de la reunión. El sonido del obturador, aunque silencioso, fue suficiente para que uno de los hombres volteara en su dirección.
“¿Hay alguien ahí?”, gritó el hombre en español. Paloma se agachó inmediatamente detrás de una pared de piedra, su corazón latiendo tan fuerte que temía que pudieran escucharlo. Escuchó pasos acercándose rápidamente. ¿Quién anda ahí? Gritó Ricardo y su voz ya no tenía nada de la calidez del guía turístico. Paloma sabía que tenía que salir de ahí.
Se levantó y comenzó a correr hacia el área principal de Machuicu, donde había más turistas y se sentiría más segura. Pero el terreno era irregular y no conocía bien los senderos. “Espera”, gritó Ricardo detrás de ella. Paloma corrió más rápido, saltando sobre piedras antiguas y esquivando estructuras.
Su mochila rebotaba en su espalda y su cámara golpeaba contra su pecho con cada paso. Llegó a un área que no reconocía, más alejada de las ruinas principales. Se detuvo para orientarse, respirando agitadamente y tratando de encontrar el camino de regreso. Fue entonces cuando sintió una mano en su hombro.
Señorita Paloma, dijo Ricardo, pero su voz era completamente diferente. Ahora creo que vio algo que no debía ver. Paloma se volteó lentamente y vio que los otros dos hombres también la habían alcanzado. Ya no parecían trabajadores del sitio arqueológico. Sus rostros eran duros y había algo amenazante en sus posturas. Yo yo solo estaba tomando fotografías, tartamudeó Paloma. tratando de mantener la calma.
“Sí, lo sabemos”, respondió Ricardo. “Y esas fotografías van a causarnos problemas. No sé de qué hablan, solo vine a conocer Machu Picchu.” Uno de los hombres se acercó más. “Señorita, va a venir con nosotros. Tenemos que hablar sobre lo que vio. No, dijo Paloma retrocediendo. Tengo que regresar con el grupo. Me van a estar buscando.
El grupo cree que usted decidió explorar por su cuenta. Dijo Ricardo con una sonrisa fría. Les dije que era muy independiente y que probablemente se había ido a caminar sola. Paloma se dio cuenta de que estaba en una situación muy peligrosa. Estos hombres claramente estaban involucrados en algo ilegal y ella había sido testigo de ello.
“Por favor”, dijo tratando de sonar calmada. “No voy a decir nada, solo déjenme regresar. Me temo que eso ya no es posible”, respondió Ricardo. Paloma hizo lo único que se le ocurrió. corrió de nuevo, esta vez hacia una zona aún más alejada de las ruinas principales. Escuchó gritos detrás de ella, pero siguió corriendo, esperando encontrar algún lugar donde esconderse o algúnturista que pudiera ayudarla.
El sendero la llevó hacia una zona boscosa en las laderas de la montaña. Se adentró entre los árboles con la esperanza de perder a sus perseguidores. Su respiración era agitada y podía escuchar su propio corazón latiendo en sus oídos. Se detuvo detrás de un árbol grande y trató de escuchar si la seguían.
El silencio de la montaña era inquietante, interrumpido solo por el sonido distante del viento y algunos pájaros. Sacó su cámara y verificó las fotografías que había tomado. Efectivamente, había capturado imágenes claras de Ricardo y los otros hombres intercambiando lo que parecían ser artefactos arqueológicos. Estas fotografías eran evidencia de un crimen.
“Tengo que salir de aquí”, pensó. tengo que llegar a las autoridades. Pero cuando trató de orientarse para regresar a las ruinas principales, se dio cuenta de que estaba completamente perdida. Los senderos de la montaña se veían todos iguales y la vegetación era cada vez más densa.
Comenzó a caminar en lo que creía era la dirección correcta. Pero después de una hora de caminata, se encontró en una zona que definitivamente no era parte del circuito turístico de Machuicu. El sol comenzaba a descender y Paloma se dio cuenta de que pronto oscurecería. Estaba sola, perdida en las montañas de los Andes peruanos, con evidencia de un crimen en su cámara y siendo perseguida por hombres peligrosos.
se sentó en una roca y trató de pensar con claridad. tenía que encontrar una manera de regresar a la civilización y reportar lo que había visto, pero primero tenía que sobrevivir a la noche en la montaña. Sin saberlo, Paloma Herrera había tomado la última fotografía de su vida momentos antes, una imagen donde sonreía tímidamente junto a una pared incauosa Machu Picchu extendiéndose detrás de ella.
En esa imagen, capturada por un turista argentino que se había ofrecido a tomarle una foto, sus ojos brillaban con la emoción de estar cumpliendo el sueño de su vida. Esa fotografía se convertiría en la última evidencia de que Paloma Herrera había estado viva y feliz en Machuicu antes de que la montaña sagrada de los incasara para siempre.
La llamada telefónica llegó a las 11 de la noche del 15 de abril de 1998 a la casa de los Herrera en la colonia Roma Norte. Don Carlos acababa de quedarse dormido frente al televisor esperando noticias de su hija cuando el timbre del teléfono lo despertó sobresaltado. “Bueno”, contestó con voz ronca mientras doña María se incorporaba en la cama con el corazón acelerado.
“Señor Carlos Herrera”, preguntó una voz con acento peruano al otro lado de la línea. “Sí, soy yo. ¿Quién habla? Soy el capitán Raúl Mendoza de la Policía Nacional del Perú en Cuzco. Llamó por su hija Paloma. Don Carlos sintió que el mundo se detenía. Doña María había llegado corriendo desde el dormitorio y se aferró al brazo de su esposo.
¿Qué pasó con mi hija? Preguntó don Carlos tratando de mantener la voz firme. Señor Herrera, su hija ha sido reportada como desaparecida. no regresó con su grupo turístico desde ayer. ¿Cómo que desaparecida? Gritó doña María, arrebatándole el teléfono a su esposo. Mi hija no puede haber desaparecido, señora.
Entiendo su angustia. Estamos haciendo todo lo posible para encontrarla. El guía turístico reportó que ella decidió explorar por su cuenta y no regresó al punto de encuentro. Paloma jamás haría algo así”, exclamó doña María. Ella es muy responsable. Algo le pasó. Esa noche los Herrera no durmieron. Don Carlos inmediatamente comenzó a hacer llamadas al consulado mexicano en Lima, a la embajada, a la aerolínea para conseguir el primer vuelo disponible a Perú.
Doña María no paraba de llorar y repetir. Algo malo le pasó a mi niña, Carlos. Yo lo siento. Al día siguiente, mientras don Carlos y su hermano mayor Rodolfo volaban hacia Lima, en Cuzco se iniciaba oficialmente la búsqueda de Paloma Herrera. El capitán Raúl Mendoza había asignado al caso a su mejor equipo de rescate en montaña.
¿Cuál fue la última ubicación conocida de la señorita?, preguntó el sargento Torres al guía Ricardo Mendoza, quien había llegado a la comisaría con aspecto preocupado y nervioso. Ella quería tomar fotografías en un área menos concurrida cerca del templo del cóndor”, respondió Ricardo evitando el contacto visual directo. Le dije que no se alejara mucho, pero cuando regresé al punto de encuentro ya no estaba.
¿Cuánto tiempo estuvo sola? Aproximadamente 2 horas. Pensé que tal vez había decidido regresar por su cuenta a Aguas Calientes, pero cuando llegamos allí tampoco estaba. El sargento Torres tomaba notas, pero algo en la historia de Ricardo no le convencía completamente. Había pequeñas inconsistencias en su relato y su nerviosismo parecía excesivo para un guía experimentado.
La señorita Herrera mencionó algún plan específico, algún lugar que quisiera visitar enparticular. No, solo quería fotografías cinturistas. era muy independiente. Mientras tanto, en México la noticia del desaparecimiento de Paloma se había extendido rápidamente. Los medios locales comenzaron a cubrir la historia. Joven arqueóloga mexicana desaparece en Machuicchu.
La Universidad Nacional Autónoma de México, donde Paloma estudiaba, organizó vigilias y campañas de apoyo para la familia. Don Carlos llegó a Lima el 17 de abril, acompañado por su hermano Rodolfo y un abogado que habían contratado. Su primer encuentro con las autoridades peruanas fue frustrante. “Señor Herrera”, le explicó el cónsul mexicano en Lima.
“Las autoridades peruanas están haciendo todo lo posible, pero debe entender que Machuicchu está rodeado de montañas muy peligrosas. Cada año hay turistas que se pierden. Mi hija no es una turista común”, respondió don Carlos con firmeza. Ella estudia arqueología, conoce los riesgos y jamás se alejaría irresponsablemente de su grupo.
Entiendo su preocupación, pero debemos confiar en las autoridades locales. Don Carlos no estaba dispuesto a confiar en nadie. Esa misma tarde viajó a Cuzco, donde se reunió con el capitán Mendoza, exigió participar personalmente en las búsquedas. Señor Herrera, aprecio su determinación, pero las montañas son peligrosas incluso para nuestros equipos especializados. Capitán, esa es mi hija.
No voy a quedarme sentado en un hotel mientras ustedes la buscan. Durante los siguientes 15 días, don Carlos participó en cada operación de búsqueda. Caminó por senderos traicioneros, gritó el nombre de Paloma hasta quedarse sin voz y exploró cada cueva y barranco que los equipos de rescate consideraron posible.
Doña María había volado también a Perú, a pesar de su terror a las alturas y su delicado estado emocional. Cada noche, en el pequeño hotel de Cuzco, donde se hospedaban, la pareja se abrazaba y lloraba, aferrándose a la esperanza de que su hija apareciera. Carlos le decía María todas las noches, y si está herida en algún lugar y no puede pedir ayuda, la vamos a encontrar, María, te lo prometo.
Pero después de tres semanas de búsqueda intensiva, sin encontrar ni una sola pista sólida, las autoridades peruanas comenzaron a reducir los esfuerzos. Señor Herrera, le dijo el capitán Mendoza en una reunión formal, hemos cubierto un área de más de 50 km cuadrados. Hemos usado perros de búsqueda, helicópteros, equipos especializados en montaña.
No hemos encontrado ningún rastro de su hija. ¿Qué está diciendo?, preguntó don Carlos, aunque ya sabía la respuesta. que debemos considerar la posibilidad de que su hija haya sufrido un accidente fatal en las montañas. Es posible que su cuerpo nunca sea encontrado. No! Gritó doña María. Mi hija está viva. Yo lo siento aquí.
Se golpeó el pecho con fuerza. Don Carlos abrazó a su esposa, pero por primera vez desde que había comenzado esta pesadilla, sintió que la esperanza se desvanecía. Los Herrera regresaron a México con el corazón destrozado y sin respuestas. La casa en la Roma Norte se convirtió en un mausoleo silencioso. Doña María no podía entrar al cuarto de Paloma sin desplomarse y don Carlos dejó de hablar durante semanas.
Papá, le dijo su hijo menor Javier que tenía 17 años. Tienes que comer algo. Don Carlos había perdido 15 kg en dos meses. Sus ojos, antes llenos de vida, ahora parecían vacíos. No puedo, mij hijo. No puedo hacer nada mientras tu hermana esté perdida en esas montañas. Los meses se convirtieron en años y los años en una década de dolor constante.
Don Carlos gastó todos sus ahorros contratando investigadores privados, organizando expediciones independientes y presionando a ambos gobiernos para que mantuvieran el caso abierto. En 2003, 5 años después del desaparecimiento, don Carlos había hipotecado la casa familiar para financiar una nueva búsqueda. Había contratado a un equipo de montañistas profesionales peruanos que prometían explorar áreas que las autoridades nunca habían revisado.
Carlos le suplicó su hermano Rodolfo, “ya gastaste todo. La familia está preocupada por ti. No me importa el dinero, Rodolfo. Mientras haya una posibilidad de encontrar a Paloma, voy a seguir buscando. Pero mira a María, mira lo que esto le está haciendo a tu familia.” Doña María había desarrollado una depresión severa que requería medicación constante.
Había dejado de trabajar, apenas salía de casa y pasaba hora sentada en el cuarto de Paloma hablando con las fotografías de su hija. Palomita le decía a las fotos, ¿por qué no regresas a casa? Tu mamá te está esperando. Javier, el hijo menor, había crecido en una casa llena de dolor.
A los 25 años, en 2006, decidió confrontar a sus padres. “Papá, mamá”, les dijo durante una cena silenciosa, “neitamos hablar sobre Paloma.” “¿Qué hay que hablar?”, respondió don Carlos defensivamente, que han pasado 8 años,que ustedes se están matando lentamente, que yo perdí a mi hermana, pero también estoy perdiendo a mis padres.
Tu hermana está viva”, murmuró doña María sin levantar la vista del plato. “Mamá, por favor, necesitamos aceptar que tal vez no!”, gritó don Carlos golpeando la mesa. “Nunca voy a aceptar que mi hija esté muerta, nunca.” En Perú, Ricardo Mendoza había continuado trabajando como guía turístico, pero algo había cambiado en él después del caso de Paloma Herrera.
Sus colegas notaron que ya no era el mismo hombre jovial y confiado de antes. Ricardo le comentó su amigo y colega guía Miguel Quispe, últimamente estás muy callado. Todo bien. Sí, Miguel, solo cosas de la vida. Pero Ricardo no podía sacarse de la mente la imagen de la joven mexicana. Cada vez que pasaba por el área donde había desaparecido Paloma, sentía un peso en el pecho que lo asfixiaba.
Había comenzado a beber más de lo normal y sus noches estaban llenas de pesadillas. En 2008, 10 años después del desaparecimiento, los medios peruanos hicieron un reportaje especial sobre el caso. Entrevistaron a Ricardo, quien repitió la misma historia que había contado durante una década. Ella era una joven muy independiente, dijo frente a las cámaras.
Le advertí sobre los peligros de alejarse del grupo, pero insistió en explorar por su cuenta. Pero esa noche, después de la entrevista, Ricardo se emborrachó más que nunca. En su pequeño departamento en Cuzco, rodeado de fotografías de todos los grupos turísticos que había guiado a lo largo de los años, se quebró. “Perdóname, Paloma”, murmuró al aire con lágrimas corriendo por sus mejillas. Perdóname.
En México los Herrera habían creado la Fundación Paloma Herrera para ayudar a familias de personas desaparecidas. Don Carlos había canalizado su dolor en ayudar a otros que pasaban por la misma pesadilla. “Señor Herrera”, le dijo una madre que había perdido a su hijo en Tijuana, “¿Cómo hace para seguir adelante?” “No sigo adelante”, respondió don Carlos con honestidad brutal.
Solo existo. Cada día que pasa sin saber qué le pasó a mi hija. Es un día que muero un poco más. Para 2010, 12 años después del desaparecimiento, la salud de ambos padres se había deteriorado significativamente. Don Carlos había sufrido dos infartos menores y doña María había sido hospitalizada varias veces por crisis nerviosas.
Papá”, le dijo Javier, ahora casado y con un hijo pequeño. “Tu nieto quiere conocerte, pero no puedes seguir viviendo solo para el dolor. Tu hermana, mi hermana habría querido que fueras feliz, que vivieras.” Don Carlos miró a su nieto de 3 años que jugaba en el piso de la sala y por primera vez en más de una década sintió algo parecido a la alegría, pero inmediatamente se sintió culpable.
¿Cómo puedo ser feliz cuando no sé si Paloma está sufriendo en algún lugar? En Cuzco, Ricardo Mendoza había comenzado a visitar regularmente a un psicólogo. El peso de su secreto lo estaba matando lentamente, pero el miedo a las consecuencias lo mantenía callado. “Doctor”, le dijo al psicólogo durante una sesión en 2011, “¿Qué pasa cuando has hecho algo tan terrible que no puedes vivir contigo mismo, pero tampoco puedes confesarlo?” Ricardo, sea lo que sea, guardarlo solo va a empeorar tu sufrimiento.
Pero hay otras personas involucradas, gente peligrosa. ¿De qué estás hablando? Ricardo se quedó callado. Aún no estaba listo para confesar la verdad. En 2012, 14 años después del desaparecimiento de Paloma, algo iba a cambiar para siempre. Un grupo de espele peruanos se preparaba para explorar una serie de cuevas remotas en las montañas cerca de Machuicu, cuevas que nunca habían sido completamente exploradas.
Lo que encontrarían allí, reabrirían un caso que había permanecido dormido durante más de una década y finalmente darían a la familia Herrera las respuestas que habían estado buscando durante 14 años de infierno. En México, don Carlos se despertó esa mañana de marzo de 2012 con una extraña sensación en el pecho, como si algo importante estuviera a punto de suceder.
No sabía que ese día marcaría el comienzo del fin de su pesadilla de 14 años. El 23 de marzo de 2012, el equipo de espele nacional de San Antonio, Abad del Cuzco, se preparaba para una expedición que había estado planeando durante meses. El Dr. Eduardo Vargas, geólogo de 45 años, lideraba un grupo de cinco especialistas que tenían como objetivo mapear un sistema de cuevas inexplorado en las montañas cercanas a Machu Picchu.
Compañeros, dijo el doctor Vargas mientras revisaban el equipo en el campamento base. Estas cuevas han permanecido selladas durante siglos. Podríamos encontrar formaciones geológicas únicas o incluso evidencia arqueológica. Un entre el equipo estaba Ana Quispe, una joven antropóloga de 28 años que había insistido en unirse a la expedición por las posibles implicaciones arqueológicas deldescubrimiento.
“Drctor Vargas”, preguntó Ana mientras ajustaba su casco con lámpara. “¿Hay algún registro histórico de estas cuevas? Los lugareños hablan de ellas en leyendas, pero nunca han sido exploradas científicamente. Están ubicadas en una zona muy remota. A casi 4 horas de caminata desde el sendero más cercano, la expedición comenzó al amanecer.
El grupo caminó por senderos empinados y traicioneros, cargando equipo especializado de espeleología. La vegetación se volvía más densa a medida que se alejaban de las rutas turísticas y el aire se hacía más frío con la altitud. Después de 5co horas de caminata extenuante, llegaron a la entrada de la cueva principal. Era una abertura natural en la roca, parcialmente oculta por vegetación y rocas sueltas.
“¡Increíble!”, murmuró el doctor Vargas iluminando la entrada con su lámpara. “La abertura es más grande de lo que esperábamos.” Ana se acercó a examinar las rocas alrededor de la entrada. Doctor, mire esto,” dijo señalando algunas marcas en la piedra. “Estas no parecen formaciones naturales.” El doctor Vargas se acercó y examinó las marcas con una lupa.
Tienes razón. Parecen grabados, muy antiguos. El equipo estableció un protocolo de seguridad antes de entrar. Dos miembros permanecerían en la entrada mientras los otros tres exploraban el interior, manteniendo comunicación constante por radio. Equipo base, aquí exploración, dijo el doctor Vargas por radio mientras se adentraba en la cueva.
Estamos a aproximadamente 50 m de la entrada. La caverna es más extensa de lo esperado. La cueva se ramificaba en varios túneles. Las formaciones rocosas eran espectaculares. Estalactitas y estalagmitas creaban un paisaje subterráneo de belleza sobrenatural. Pero fue Ana quien hizo el primer descubrimiento inquietante.
“Doctor Vargas”, gritó desde un túnel lateral. “¡Venga rápido!” El doctor Vargas corrió hacia donde estaba Ana, quien iluminaba algo en el suelo de la cueva con su lámpara. ¿Qué encontraste? Ana señaló hacia el suelo rocoso. Allí, parcialmente enterrado bajo sedimentos y rocas pequeñas, había algo que claramente no pertenecía al entorno natural de la cueva.
Es es una mochila, dijo Ana con voz temblorosa. El doctor Vargas se acercó y examinó el objeto. Era efectivamente una mochila, pero estaba en condiciones terribles. La tela estaba descolorida y parcialmente descompuesta, pero aún se podía distinguir que había sido de color azul. ¿Cuánto tiempo crees que lleva aquí?, preguntó Ana.
Por el estado de descomposición, años, muchos años. Con extremo cuidado, el doctor Vargas comenzó a examinar la mochila. En uno de los bolsillos exteriores encontró algo que hizo que su corazón se acelerara, una identificación de estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ana, dijo con voz grave, mira esto.
La identificación estaba dañada por la humedad, pero aún se podía leer el nombre. Paloma Herrera Sánchez, Facultad de Filosofía y Letras, Arqueología. Dios mío, murmuró Ana, ¿no es ese el nombre de la turista mexicana que desapareció hace años? Creo que sí. Tenemos que reportar esto inmediatamente. Pero antes de salir de la cueva, decidieron explorar más a fondo el área donde habían encontrado la mochila.
Fue entonces cuando Ana hizo un descubrimiento aún más perturbador. “Doctor”, dijo con voz quebrada, “achí hay más cosas.” Dispersos por el suelo de la cueva, parcialmente ocultos por rocas y sedimentos, encontraron otros objetos personales, una cámara fotográfica canon, varios rollos de película, un cuaderno de notas con páginas húmedas, pero aún legibles, y, finalmente, lo que confirmaría definitivamente la identidad de la víctima, una pulsera de plata con el nombre Paloma, grabado en letras elegantes.
dijo el doctor Vargas con solemnidad. Esto ya no es una expedición geológica, esto es una escena del crimen. El equipo salió inmediatamente de la cueva y contactó a las autoridades por radio satelital. En menos de 6 horas, un equipo de la Policía Nacional del Perú, incluyendo especialistas forenses, estaba en camino hacia la ubicación.
El capitán Raúl Mendoza, quien ahora tenía 58 años y había sido ascendido a comandante, recibió la llamada en su oficina en Cuzco. Al escuchar el nombre Paloma Herrera, sintió que el tiempo se detenía. ¿Están seguros de que es ella?, preguntó por radio. Comandante, encontramos su identificación universitaria y una pulsera con su nombre.
No hay duda, esa noche el comandante Mendoza no pudo dormir. El caso de Paloma Herrera había sido uno de los más frustrantes de su carrera. Durante 14 años había permanecido como un expediente abierto que lo atormentaba. Al día siguiente, el equipo forense llegó a la cueva. Lo que encontraron allí cambiaría todo. Además de los objetos personales de Paloma, descubrieron evidencia de que la cueva había sido utilizada para otros propósitos.
“Comandante”, reportó elespecialista forense, “Encontramos restos de fogatas, evidencia de ocupación humana reciente y algo más inquietante. ¿Qué? Hay túneles artificiales que conectan con otras cuevas. Esto parece haber sido usado como una especie de escondite. Escondite para qué. Aún estamos investigando, pero encontramos restos de empaques, posiblemente para contrabando.
Mientras los forenses trabajaban en la cueva, el comandante Mendoza decidió reabrir completamente el caso de Paloma Herrera. Su primera acción fue volver a interrogar a Ricardo Mendoza, el guía turístico que había estado con Paloma el día de su desaparición. Ricardo, ahora de 54 años, había envejecido considerablemente.
Su cabello estaba completamente gris. Tenía profundas ojeras y su peso había disminuido notablemente. Cuando recibió la citación para presentarse en la comisaría, supo que su mundo estaba a punto de colapsar. “Señor Mendoza”, le dijo el comandante cuando se encontraron en la sala de interrogatorios.
“Han surgido nuevas evidencias.” En el caso de Paloma Herrera, Ricardo sintió que las manos le comenzaron a temblar. ¿Qué? ¿Qué tipo de evidencias encontramos sus pertenencias en una cueva remota en las montañas? Eso, eso es bueno, ¿no? Por fin hay respuestas para la familia. El comandante Mendoza observó cuidadosamente las reacciones de Ricardo.
Después de décadas en el trabajo policial, había aprendido a leer el lenguaje corporal. Ricardo, quiero que me cuentes exactamente qué pasó ese día, pero esta vez quiero la verdad completa. Ya le dije todo lo que sé, comandante. ¿Estás seguro? Porque la cueva donde encontramos las pertenencias de Paloma muestra evidencia de actividad de contrabando.
Y tú eras el único que sabía exactamente dónde estaba ella ese día. Ricardo se quedó callado durante varios minutos. El peso de 14 años de mentiras y culpa finalmente se volvió insoportable. Comandante, dijo con voz quebrada, hay algo que nunca le dije. Te escucho. Paloma. Paloma vio algo que no debía ver. ¿Qué vio? Ricardo comenzó a llorar.
Yo no era solo un guía turístico. Trabajaba para un grupo que que contrabandea artefactos arqueológicos. El comandante Mendoza sintió que finalmente las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar. Continúa. Ese día Paloma me vio reuniéndome con mis contactos. Estábamos intercambiando piezas arqueológicas robadas de sitios cerca de Machu Picchu.
Ella tomó fotografías y ¿qué pasó después? Mis contactos dijeron que teníamos que que teníamos que silenciarla. Yo no quería, pero ellos dijeron que si no lo hacíamos todos íbamos a la cárcel. ¿Quiénes eran tus contactos? El líder era el Dr. Augusto Vargas, un médico de Lima, pero él no estaba ahí ese día.
Los que estaban eran sus hombres, Miguel Torres y Carlos Hamán. ¿Qué le hicieron a Paloma? Ricardo se quebró completamente. La llevamos a la cueva. Pensábamos pensábamos mantenerla ahí hasta que pudiéramos decidir qué hacer, pero ella trató de escapar. Y la cueva tiene túneles muy profundos. Ella corrió hacia uno de ellos y se perdió.
Cuando la encontramos, ya era demasiado tarde. Había caído en una grieta profunda. Está muerta. Sí, murmuró Ricardo. Murió tratando de escapar de nosotros. El comandante Mendoza sintió una mezcla de alivio por finalmente tener respuestas y rabia por los años de sufrimiento que había causado esta mentira. ¿Dónde está el Dr. Augusto Vargas ahora? En Lima.
Tiene una clínica privada muy exitosa. Nadie sospecha de él. Esa misma tarde, un equipo especial de la policía viajó a Lima para arrestar al Dr. Augusto Vargas. Lo encontraron en su lujosa clínica en el distrito de San Isidro, atendiendo pacientes como si fuera un respetable médico. Dr. Augusto Vargas, preguntó el detective al entrar a su consultorio. Sí, soy yo.
¿En qué puedo ayudarle? Está arrestado por el asesinato de Paloma Herrera Sánchez y por dirigir una red de contrabando de artefactos arqueológicos. El Dr. Vargas, un hombre de 65 años con cabello plateado y apariencia distinguida, palideció inmediatamente. No sé de qué está hablando. Su socio Ricardo Mendoza ya confesó todo.
En México, don Carlos Herrera recibió la llamada que había estado esperando durante 14 años. El comandante Mendoza le explicó personalmente lo que habían descubierto. “Señor Herrera”, dijo el comandante, “finalmente tenemos respuestas sobre lo que le pasó a su hija. Don Carlos, ahora de 68 años y en silla de ruedas debido a sus problemas cardíacos, escuchó en silencio mientras el comandante le explicaba toda la verdad.
¿Está está muerta?”, preguntó con voz quebrada. Sí, señor, pero quiero que sepa que su hija murió siendo valiente. Ella descubrió un crimen y trató de hacer lo correcto. Los criminales la llevaron a esa cueva, pero ella nunca dejó de luchar por escapar. Don Carlos lloró como no había llorado en años. Era un llanto de dolor, perotambién de alivio.
Después de 14 años, finalmente sabía qué le había pasado a su paloma. ¿Van a traerla a casa?, preguntó. Sí, señor. Vamos a repatriar sus restos para que pueda darle el entierro que se merece. Doña María, ahora de 71 años y con demencia temprana, no comprendió completamente las noticias, pero cuando vio llorar a su esposo, supo que algo importante había pasado.
Carlos, preguntó confundida. Paloma ya viene a casa. Sí, María, respondió don Carlos abrazándola. Nuestra niña por fin viene a casa. El juicio de Ricardo Mendoza y el Dr. Augusto Vargas se convirtió en uno de los casos más seguidos en la historia judicial peruana. Ricardo fue sentenciado a 25 años de prisión por complicidad en homicidio y contrabando.
El Dr. Vargas recibió cadena perpetua por dirigir la organización criminal y ordenar el secuestro que resultó en la muerte de Paloma. En agosto de 2012, los restos de Paloma Herrera fueron repatriados a México. En el aeropuerto de la Ciudad de México, cientos de personas se reunieron para recibir a la joven arqueóloga que finalmente regresaba a casa después de 14 años.
Don Carlos, desde su silla de ruedas tocó el ataúduró, “Ya estás en casa, mi hija. Papá nunca dejó de buscarte.” El funeral de Paloma se realizó en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Miles de personas asistieron, incluyendo compañeros de la universidad, funcionarios del gobierno y familias de otras personas desaparecidas que habían encontrado esperanza en la historia de los Herrera.
Durante el servicio se leyó una carta que Paloma había escrito a sus padres antes de viajar a Perú y que habían encontrado entre sus pertenencias en la cueva. Queridos papá y mamá, si están leyendo esto, significa que algo me pasó durante mi viaje. Quiero que sepan que este viaje representa todo lo que he soñado en mi vida.
No se sientan culpables por haberme dejado ir. Ustedes me enseñaron a perseguir mis sueños. Y eso es exactamente lo que estoy haciendo. Los amo más de lo que las palabras pueden expresar. Su hija que los adora, Paloma. ¿Crees que la justicia llegó demasiado tarde para Paloma y su familia? ¿Qué habrías hecho tú en el lugar de don Carlos durante esos 14 años de incertidumbre? Déjanos tu opinión en los comentarios y comparte esta historia para que más personas conozcan la importancia de nunca rendirse en la búsqueda de la verdad.
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