Una historia aterradora de una familia caníbal en los 1800. Un relato macabro.
Durante 30 años, ningún viajero que pasara cerca de aquella casona volvió a ser visto jamás. Antes de adentrarnos en esta escalofriante historia que ha permanecido oculta en los archivos más oscuros de España, me encantaría saber desde dónde nos estás escuchando. Tal vez desde la comodidad de tu hogar mientras la noche cae sobre tu ciudad.
Si esta historia te atrapa tanto como a mí cuando la descubrí en los archivos municipales de Ávila, no olvides suscribirte al canal, porque como esta familia que te contaré, una vez que entres en nuestro mundo de relatos macabros, ya no podrás escapar. El invierno de 1847 llegó a la provincia de Ávila con una crueldad que nadie recordaba.
La nieve sepultó los caminos durante meses y el hambre se extendió por los pueblos como una plaga silenciosa. En los mercados de piedraita, las mujeres peleaban por migajas de pan negro, mientras los hombres partían hacia ciudades lejanas en busca de trabajo que nunca encontraban. A 15 km del pueblo, perdida entre robles centenarios y senderos olvidados, se alzaba la casona de los Mendoza, una construcción de piedra gris que había conocido tiempos mejores cuando la familia poseía tierras fértiles y ganado próspero.
Pero esos días habían quedado enterrados bajo años de malas cosechas, deudas impagables y la muerte prematura del patriarca. Evaristo Mendoza, de 45 años, contemplaba desde la ventana empañada el paisaje desolado. Su rostro demacrado reflejaba la desesperación de quien ha agotado todas las opciones. A su lado, su esposa Remedios mecía a su hijo menor Joaquín, de apenas 8 años, mientras tarareaba una nana que sonaba más a lamento que a canción de cuna.
Padre, tengo hambre”, murmuró Carmen, la hija de 14 años, con los ojos hundidos y las mejillas Sus palabras flotaron en el aire helado de la estancia como una acusación. Evaristo cerró los puños. Hacía tres días que no probaban más que agua con hierbas amargas.
Los últimos granos de cebada habían desaparecido la semana anterior y la carne salada que conservaban se había terminado antes de que llegara a diciembre. Habían vendido todo lo que tenían valor, los pocos animales que les quedaban, las joyas de la abuela, incluso los candelabros de plata que habían pertenecido a la familia durante generaciones.
“Pronto encontraré algo”, mintió con la voz ronca, pero sabía que era una promesa vacía. Los pueblos cercanos también sufrían la hambruna y nadie tenía trabajo para ofrecer a un hombre desesperado. Esa noche, mientras su familia dormía inquieta sobre jergones raídos, Evaristo permaneció despierto, mirando las vigas carcomidas del techo.
El viento aullaba entre las rendijas de las contraventanas y cada ráfaga parecía susurrarle al oído pensamientos que nunca antes había osado tener. Fue entonces cuando escuchó los cascos de un caballo aproximándose por el sendero. Se incorporó lentamente con el corazón acelerado.
¿Quién podría viajar a esas horas por caminos tan peligrosos? Se acercó a la ventana y vislumbró una silueta oscura. Un hombre encapuchado montado en un caballo exhausto, probablemente un comerciante o un viajero perdido que buscaba refugio. El desconocido golpeó la puerta con insistencia. Por favor, necesito cobijo. Pago bien por una noche bajo techo.
Evaristo dudó unos instantes. La palabra pago resonó en su mente hambrienta como el repique de campanas de una iglesia. descorrió los cerrojos y abrió la puerta. El hombre que tenía delante era robusto, de mediana edad, con ropas de buena calidad, aunque empapadas por la nieve. En sus alforjas, Evaristo pudo distinguir el bulto de provisiones y, más importante aún, el tintineo de monedas. Soy Teodoro Ramírez, comerciante de paños.
Se presentó el extraño sacudiéndose la nieve del capote. Vengo de Salamanca y me dirigía a Madrid, pero el camino se ha vuelto intransitable. Le pagaré generosamente por Sus palabras se cortaron cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra del interior. La pobreza extrema de la familia Mendoza era evidente.
Los muebles rotos, las paredes desconchadas, el olor a humedad y desesperación que impregnaba cada rincón. Pero fue la expresión en los ojos de Evaristo lo que debería haberle hecho montar de nuevo en su caballo y huir a galope tendido. Una mirada vacía, primitiva, que no pertenecía a un hombre civilizado, sino a una bestia acorralada.
“Pase, pase”, murmuró Evaristo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “Mi familia y yo estaremos encantados de ofrecerle hospitalidad.” El comerciante entró agradecido, sin saber que acababa de cruzar el umbral hacia su propia perdición. Teodoro Ramírez se sentó junto al hogar apagado, frotándose las manos para entrar en calor.
Sus ojos recorrieron la estancia con una mezcla de lástima y desconfianza. La familia Mendoza lo observaba en silencio, el padre con esa sonrisa forzada, la madre abrazando al niño pequeño y la hija adolescente que no apartaba la vista del bulto de las alforjas. “Lamento la modestia de nuestro hogar”, murmuró Remedios con la voz áspera por la vergüenza.
Los tiempos han sido difíciles. No se preocupen, respondió Teodoro, sacando de sus alforjas una hogaza de pan y un trozo de jamón. Tengo suficiente comida para compartir. Es lo menos que puedo hacer por su hospitalidad. Los ojos de los niños se iluminaron al ver la comida y Carmen dio un paso involuntario hacia delante antes de que su padre la detuviera con una mirada severa.
Es usted muy generoso dijo Evaristo con una voz extrañamente controlada. Remedios. Prepara algo de caldo con las hierbas que tenemos. Mientras su esposa se afanaba en la cocina, Evaristo no apartaba la vista del comerciante. Observaba cada movimiento, cada gesto, como un depredador estudia a su presa.
Teodoro había dejado las alforjas cerca de la puerta y el tintineo de las monedas al moverse resonaba en los oídos de Evaristo como una melodía hipnótica. Durante la cena improvisada, el comerciante habló de sus viajes, de las ciudades que había conocido, de los negocios prósperos que florecían en lugares donde el hambre era solo una palabra.
Sus relatos de abundancia sonaban obsenos en aquella casa marcada por la miseria. En Madrid, decía Teodoro, partiendo el pan generosamente, los mercados rebosan de todo tipo de carnes, ternera, cordero, cerdo. Hay tanta abundancia que hasta se desperdicia comida. Cada palabra era una daga en el corazón hambriento de la familia. Carmen y Joaquín comían con desesperación, como si temieran que la comida fuera a desaparecer en cualquier momento.
Remedios masticaba lentamente, saboreando cada bocado como si fuera el último de su vida. ¿Y usted cómo ha logrado mantenerse durante estos años de hambruna? Preguntó Teodoro con genuina curiosidad. Evaristo se tensó con sacrificios, muchos sacrificios. La conversación se volvió incómoda. Teodoro captó algo siniestro en el ambiente, una tensión que no podía explicar.
Los ojos de la familia lo observaban de una manera que le erizaba la piel, como si fuera el plato principal de un banquete. “Creo que debería descansar”, murmuró levantándose. “Mañana partiré temprano antes del alba.” Nonsense, intervino Evaristo rápidamente. Con esta tormenta será imposible viajar. Debe quedarse al menos hasta que escampe. Teodoro miró hacia la ventana.
La nieve seguía cayendo intensamente y el viento rugía como un animal herido. No tenía otra opción que aceptar la hospitalidad, aunque algo en su instinto le gritaba que huyera. “Le prepararemos un lecho en la habitación de arriba”, ofreció remedios. Pero su voz sonaba extraña, como si las palabras le costaran un esfuerzo sobrehumano.
Esa noche Teodoro no pudo conciliar el sueño. Escuchaba murmullos desde la planta baja, voces que discutían en susurros urgentes. No podía distinguir las palabras, pero el tono era conspiratorio. En un momento dado, creyó oír soyosos entrecortados, como si alguien llorara de desesperación. Hacia las 3 de la madrugada, los murmullos cesaron.
Un silencio sepulcral se apoderó de la casa, roto solo por el viento que sacudía las contraventanas. Teodoro se incorporó en el jergón con todos los sentidos alerta. Entonces escuchó los pasos en la escalera. Eran lentos, cautelosos, como los de alguien que no quiere ser descubierto. Se acercaban a su puerta con una intención que helaba la sangre.
Teodoro buscó a Tienta su daga de viaje, pero sus dedos temblorosos no lograban encontrarla en la oscuridad. La puerta se abrió con un crujido siniestro. En el umbral se recortaba la silueta de Evaristo con algo pesado en las manos. La luz pálida de la luna que se filtraba por la ventana reveló el hacha de leñador que sostenía y sus ojos que brillaban con una locura que ya no tenía vuelta atrás.
“Lo siento”, susurró Evaristo con la voz quebrada. Pero mi familia debe sobrevivir. Teodoro abrió la boca para gritar, pero el hacha cayó sobre él antes de que pudiera emitir sonido alguno. El golpe fue certero, brutal, silenciando para siempre al comerciante que había tenido la desgracia de llamar a la puerta equivocada. En la planta baja, remedios abrazaba a sus hijos que temblaban de horror y hambre a partes iguales.
El sonido sordo del golpe resonó por toda la casa como una campana que anunciaba el final de su humanidad. La familia Mendoza había cruzado una línea de la que ya nunca podrían regresar. Los días que siguieron al asesinato de Teodoro Ramírez transcurrieron envueltos en una atmósfera de pesadilla. La casa, antes marcada solo por la pobreza, ahora resumaba una maldad tangible que parecía filtrarse por las rendijas de las paredes.
Evaristo había arrastrado el cuerpo hasta el sótano, ese espacio húmedo y oscuro donde antiguamente almacenaban las cosechas. Allí, a la luz mortescina de una vela, había cometido un acto que manchaba para siempre su alma. Descuartizar el cadáver como si fuera ganado destinado al consumo. Remedios permanecía en la cocina con el rostro desencajado y las manos temblorosas, mientras removía un guiso que despedía un aroma extraño, casi dulzón, que impregnaba toda la estancia.
Carmen y Joaquín se habían refugiado en un rincón, aferrados el uno al otro, incapaces de procesar la magnitud del horror que se desarrollaba ante sus ojos. “Tenéis que comer”, murmuró Evaristo entrando en la cocina con las ropas manchadas de sangre. Su voz había cambiado. Ya no era la del padre desesperado que había sido días atrás, sino algo más primitivo, más bestial.
Es carne fresca. Llevamos meses sin probar algo así. Carmen se echó a llorar. Padre, no puedo. Es una persona. Era una persona. Era un extraño. Rugió Evaristo con los ojos inyectados en sangre. Un hombre que tenía comida mientras nosotros nos moríamos de hambre. Se aprovechó de nuestra hospitalidad exhibiendo su riqueza ante nosotros.
Las mentiras brotaban de sus labios como pus de una herida infectada. Teodoro había sido generoso, había compartido su comida, había pagado por el refugio, pero Evaristo necesitaba justificar lo injustificable, convertir a la víctima en villano para poder mirarse al espejo sin volverse completamente loco.
Remedios sirvió los platos con manos que no dejaban de temblar. El guiso humeaba desprendiendo ese olor que jamás olvidarían. Cuando lo probaron, el sabor era diferente, más intenso que cualquier carne que hubieran comido antes, con un regusto metálico que se adhería al paladar. Carmen vomitó tras el primer bocado, pero el hambre pudo más que la repulsión.
Entre arcadas y lágrimas, siguió comiendo, odiándose a sí misma con cada masticada. Joaquín, demasiado pequeño para comprender completamente la situación, solo sabía que por primera vez en meses tenía el estómago lleno. Durante tres días se alimentaron del cuerpo de Teodoro Ramírez.
Tres días en los que cada miembro de la familia perdió un pedazo de su humanidad. Al principio las lágrimas acompañaban cada comida, pero gradualmente fueron dando paso a una aceptación terrible, como si sus almas se hubieran endurecido para soportar lo insoportable. Evaristo había encontrado en las alforjas del comerciante suficientes monedas para comprar provisiones durante semanas, pero algo había cambiado en él.
El acto de matar, de alimentarse de carne humana, había despertado un apetito que el pan y los vegetales ya no podían satisfacer. “El dinero se acabará”, murmuró una noche, contemplando las monedas que reducían día a día. “Y volveremos a pasar hambre. ¿Podríamos marcharnos?”, sugirió Remedios con un hilo de esperanza en la voz. ir a Madrid, empezar de nuevo. Pero Evaristo negó con la cabeza.
Madrid significaba preguntas, investigaciones sobre la desaparición de Teodoro. Aquí, en este rincón olvidado del mundo, nadie los molestaría. Nadie sabría jamás lo que habían hecho. Este es nuestro hogar, declaró con una firmeza que elaba la sangre. Y aquí nos quedaremos. Una semana después, otro viajero perdido llamó a su puerta.
Esta vez se trataba de un joven clérigo que se dirigía a un pueblo cercano para oficiar un funeral. Era delgado, pálido, con ojos bondadosos que brillaban con la fe sincera de quien aún no había conocido la verdadera maldad del mundo. “Buenas noches”, saludó el padre Vicente, sacudiéndose la nieve del hábito. Lamento molestarlos a estas horas, pero mi caballo ha perdido una herradura y necesito refugio hasta el amanecer.
Evaristo lo recibió con la misma sonrisa falsa que había ofrecido a Teodoro. Por supuesto, padre, nuestra casa es su casa, pero esta vez fue diferente. Cuando el clérigo se santiguó antes de cenar, cuando bendijo los alimentos con genuina gratitud, algo se removió en la conciencia de Carmen.
Las palabras sagradas resonaron en la casa como campanas que despertaban culpas sepultadas. ¿Cuánto tiempo llevan ustedes aquí? Preguntó el padre Vicente partiendo el pan que había traído consigo. Toda la vida respondió Remedios evitando su mirada. Debe ser duro el aislamiento. ¿Cuándo fue la última vez que asistieron a misa? La pregunta cayó como una losa sobre la familia.
Hacía meses que no pisaban una iglesia, pero ahora la sola idea de cruzar el umbral de un templo les parecía imposible. ¿Cómo podrían arrodillarse ante el altar sabiendo lo que habían hecho? ¿Cómo podrían recitar oraciones con bocas que habían saboreado carne humana? La nieve hace imposible el viaje al pueblo mintió Evaristo. El padre Vicente asintió comprensivo.
Cuando es campearía que me acompañaran. La comunión con Dios es especialmente importante en tiempos difíciles. Esa noche, mientras el clérigo dormía en la habitación de arriba, la familia Mendoza mantuvo una terrible vigilia. Evaristo afilaba su hacha con movimientos mecánicos, pero sus ojos reflejaban una lucha interior.
Carmen sollozaba en silencio, aferrada a su hermano pequeño. Remedios rezaba entre dientes, pero las palabras se le atragtaban como si fueran piedras. No podemos hacerlo”, murmuró Carmen finalmente. Es un sacerdote, “Es un hombre de Dios, es un hombre”, replicó Evaristo, pero su voz carecía de la convicción anterior, “Y nosotros necesitamos sobrevivir.
” Cuando subió las escaleras con el hacha en la mano, cada peldaño le parecía más pesado que el anterior. En el umbral de la habitación se detuvo contemplando la figura dormida del clérigo. A la luz de la luna, el rostro del padre Vicente tenía una serenidad que contrastaba brutalmente con la maldad que se cernía sobre él.
Evaristo alzó el hacha, pero sus brazos temblaron. Por un momento, la humanidad que aún quedaba en él se rebeló contra el monstruo en que se había convertido. El arma se le escurrió de las manos y cayó al suelo con un ruido sordo que despertó al clérigo. “¡Qué?”, murmuró el padre Vicente incorporándose confuso.
Sus ojos se encontraron con los de Evaristo y en ellos leyó toda la verdad, el horror, la culpa, la locura que consumía a aquel hombre. Sin una palabra, el clérigo comprendió que estaba ante algo que escapaba a toda redención humana. Evaristo recogió el hacha del suelo. Esta vez no dudó. El segundo asesinato fue más fácil que el primero y con cada vida que segaban, el abismo que los separaba de la humanidad se hacía más profundo e irreversible.
El invierno de 1848 trajo consigo algo más terrible que la nieve y el hambre. Trajo la fama siniestra de la cazona Mendoza. Los rumores comenzaron como susurros en las tabernas de piedra Ita cuando los comerciantes dejaron de llegar a los mercados y los viajeros desaparecían sin dejar rastro en los caminos que llevaban a la montaña.
“Tres hombres en el último mes”, murmuró el alcalde Patricio Velasco, removiendo nerviosamente su taza de vino caliente. Todos tomaron la misma ruta, todos desaparecieron en la misma zona. El tabernero, un hombre gordo y sudoroso llamado Anselmo, se acercó para escuchar mejor. Mi cuñado venía de Salamanca hace dos semanas. Debería haber llegado ya.
Su esposa está desesperada. Los parroquianos intercambiaron miradas preocupadas. Algunos mencionaron bandoleros, otros hablaron de lobos hambrientos que bajaban de la sierra. Pero una anciana que había vivido toda su vida en la región, la tía Marcela, sacudió la cabeza con sabiduría sombría. No son lobos sentenció con su voz áspera como papel viejo.
Los lobos dejan huesos y bandoleros. Los bandoleros roban, pero dejan cuerpos. Lo que está pasando en esas montañas es otra cosa, algo que da miedo hasta de nombrar. Mientras en el pueblo crecían las sospechas, en la cazona los Mendoza habían establecido una rutina macabra. Evaristo había perfeccionado su técnica.
Esperaba a que llegaran viajeros solitarios, los recibía con falsa hospitalidad, los asesinaba mientras dormían y descuartizaba sus cuerpos en el sótano que ya apestaba a muerte y putrefacción. Carmen, que ahora tenía 15 años, había desarrollado una habilidad terrible para identificar a las víctimas potenciales. Podía distinguir por el sonido de los cascos si se acercaba un jinete solitario o una caravana, si llevaba provisiones abundantes o viajaba ligero de equipaje.
Su inocencia había sido reemplazada por una astucia depredadora que helaba la sangre. Viene alguien, anunció una tarde de marzo asomándose por la ventana. Un hombre solo, bien vestido, lleva alforjas pesadas, remedios que conservaba algo de cordura, se estremeció. Carmen, escúchate hablar, que nos hemos convertido. Pero la pregunta quedó sin respuesta.
La familia había desarrollado una especie de amnesia moral, una capacidad de desconectar su humanidad para funcionar como depredadores eficientes. Durante las comidas hablaban del tiempo, de las reparaciones que necesitaba la casa, de los planes para la próxima cosecha, como si fueran una familia normal y no monstruos que se alimentaban de carne humana.
Joaquín, ahora de 9 años, había crecido considerando normal lo que sucedía en su hogar. Para él, los invitados que llegaban por la noche eran simplemente comida que caminaba hasta su puerta. No entendía por qué su madre lloraba a veces o por qué su hermana despertaba gritando de pesadillas. El hombre que llegó esa tarde era un tratante de caballos llamado Sebastián Herrera.
tenía aspecto próspero y modales educados, pero algo en la manera en que miraba a Carmen hizo que Evaristo sintiera una furia diferente, más personal que el hambre o la desesperación. “Hermosa hija tiene usted”, comentó Sebastián durante la cena, guiñándole un ojo a la adolescente. Con esa cara podría conseguir un buen matrimonio en la ciudad. Carmen bajó la vista incómoda.
Había perdido la capacidad de interactuar normalmente con extraños, especialmente con hombres, que no sabían que estaban cenando su última comida. “Mi hija no está en edad de casarse”, respondió Evaristo secamente, pero sus nudillos se habían puesto blancos de apretar los puños. “Nonsense”, replicó Sebastián con la confianza del hombre acostumbrado a conseguir lo que quería.
En Madrid conocía un comerciante rico que busca esposa joven. Podría darle una vida de lujo, sacarla de esto. Su gesto abarcó la pobreza evidente de la estancia. La sugerencia de que su hija fuera una mercancía a vender despertó en Evaristo una rabia que trascendía el hambre.
Este hombre no solo era comida, era una amenaza directa a su familia, alguien que quería llevarse a Carmen para usarla como un objeto. Esa noche, cuando subió al cuarto de huéspedes, Evaristo no sintió la vacilación de ocasiones anteriores. El hacha cayó con saña renovada una y otra vez hasta que Sebastián Herrera dejó de ser reconocible como ser humano.
Pero el tratante de caballos había hecho algo que ninguna víctima anterior había logrado. Había dejado pistas. Su ruta era conocida. Sus contactos esperaban noticias suyas y su desaparición no pasaría desapercibida. En Piedraita, el alcalde Patricio Velasco recibió una carta inquietante de un empresario de Madrid preguntando por el paradero de Sebastián Herrera.
La descripción del itinerario coincidía exactamente con la zona donde habían desaparecido los otros viajeros. “Tenemos que investigar”, declaró Patricio, convocando a los hombres más valientes del pueblo. “Puede que haya bandoleros organizados en esas montañas. La expedición se organizó para la semana siguiente.
12 hombres armados dirigidos por el alguacil municipal se disponían a registrar toda la zona hasta encontrar respuestas. En la casona, Evaristo observaba desde su ventana las primeras flores de la primavera, ajeno al peligro que se acercaba. La familia había sobrevivido al invierno más crudo de sus vidas, pero había pagado un precio que ni siquiera ellos comprendían completamente.
Carmen encontró ese día un espejo roto en uno de los cuartos abandonados y al mirarse en él no reconoció a la persona que le devolvía la mirada. Sus ojos habían perdido toda inocencia, reemplazada por una frialdad que parecía heredada de lobos hambrientos. ¿Qué hemos hecho?”, murmuró tocando su reflejo fragmentado.
Pero ya era demasiado tarde para arrepentimientos. Los Mendoza habían sembrado una cosecha de horror y pronto llegaría el momento de la siega. La mañana del 15 de abril de 1848 amaneció clara y fría. Una luz pálida se filtraba entre las nubes, iluminando el sendero que serpenteaba hacia la casona de los Mendoza.
En esa misma luz, 12 hombres armados con escopetas y machetes avanzaban en formación cerrada dirigidos por el alguacil Tomás Aguirre. El grupo había partido de piedraita al alba, siguiendo las indicaciones de la tía Marcela, que conocía cada recoveco de la montaña. Los hombres intercambiaban pocas palabras, pero todos sentían la misma presión en el pecho, como si el aire mismo se hubiera espesado con una malevolencia tangible.
Ahí está”, murmuró el alcalde Patricio Velasco, señalando la estructura gris que se alzaba entre los robles, la casona de los Mendoza. Desde la distancia, el edificio parecía abandonado. Las contraventanas estaban cerradas, no salía humo de la chimenea y un silencio antinatural envolvía toda la propiedad.
Pero lo que más inquietaba a los hombres era el olor, un edor dulzón y nauseabundo que se intensificaba a medida que se acercaban. En el interior de la casa, Evaristo había despertado con una sensación extraña. Sus instintos depredadores, afilados por meses de acecho, detectaban el peligro que se aproximaba.
se acercó a la ventana y entrevió las siluetas que se movían entre los árboles. Remedios! Susurró sacudiendo a su esposa. Despierta, tenemos visita.” La mujer abrió los ojos y en ellos Evaristo leyó el mismo terror que sentía él. Ambos sabían que este momento llegaría eventualmente, pero habían preferido vivir en la negación, como si su casa fuera una isla aislada del mundo y sus leyes.
¿Qué hacemos?, murmuró Remedios con los labios temblorosos. Evaristo miró hacia el sótano, donde los restos de sus últimas víctimas seguían apilados como leña macabra. No había manera de ocultar las evidencias, no había explicación que pudiera justificar lo que encontrarían. Carmen Joaquín llamó con voz ronca, “Venid aquí.” Sus hijos aparecieron en el pasillo, aún medio dormidos, pero alertas por la atención en la voz de su padre. Carmen tenía 15 años, pero aparentaba más edad.
Los horrores que había presenciado habían envejecido prematuramente su rostro. Joaquín, de 9 años, conservaba algo de la inocencia infantil, aunque distorsionada por meses de convivencia con la muerte. “Escuchadme bien”, dijo Evaristo, arrodillándose para estar a la altura de sus hijos. Vienen hombres del pueblo. Van a hacer preguntas, preguntas sobre los viajeros que han venido aquí.
¿Qué les diremos, padre?, preguntó Carmen, aunque en sus ojos ya se adivinaba la respuesta. Evaristo no respondió inmediatamente. Miró a su familia, a estos seres que había condenado a compartir su locura y por primera vez en meses sintió algo parecido al remordimiento, no por las víctimas que había masacrado, sino por haber arrastrado a sus propios hijos al abismo.
Los golpes en la puerta resonaron como truenos. “¡Abrid en nombre de la ley!”, gritó el alguacilí la guirre. “Tenemos preguntas que haceros. Evaristo se incorporó lentamente, cogió el hacha que siempre mantenía cerca y se dirigió hacia la puerta. Sus pasos resonaron en el suelo de madera como el eco de una sentencia de muerte.
“Ya voy!”, gritó tratando de que su voz sonara normal, pero las palabras salieron ásperas, cargadas de culpa. Descorrió los cerrojos con manos temblorosas. Al abrir la puerta se encontró cara a cara con 12 hombres armados cuyas expresiones reflejaban una determinación que helaba la sangre.
El alguacil Aguirre, un hombre corpulento de barba gris, lo examinó con ojos que habían visto demasiadas maldades como para dejarse engañar. Buenos días, Evaristo. Saludó Aguirre, aunque su tono no tenía nada de cordial. Espero que no te importe que hayamos venido sin avisar. Por supuesto que no, mintió Evaristo forzando una sonrisa. ¿En qué puedo ayudaros? Han desaparecido varios viajeros en esta zona, explicó el alcalde Patricio, avanzando un paso. Hombres que tomaron el camino que pasa cerca de tu casa.
¿Has visto algo extraño? ¿Algún forastero ha pedido refugio aquí? La pregunta flotó en el aire como una acusación. Evaristo sintió que todos los ojos estaban clavados en él, esperando una respuesta que podría condenar o salvar a su familia. Detrás de él, Remedios se había acercado con los niños y pudo sentir su respiración agitada, el terror que emanaba de sus cuerpos. “Algunos viajeros han parado aquí.
” Sí, admitió finalmente, “En invierno es común que busquen refugio. Les ofrecimos lo poco que teníamos y siguieron su camino por la mañana.” ¿Cuántos?, preguntó Aguirre, sacando una libreta mugriente. ¿Puedes describir a alguno? Evaristo se las arregló para describir vagamente a dos o tres hombres, inventando detalles sobre supuestas conversaciones matutinas y despedidas cordiales, pero había algo en su manera de hablar, en cómo evitaba el contacto visual directo que despertó las sospechas de los investigadores. Fue entonces cuando el viento cambió de
dirección. El olor que emanaba del interior de la casa golpeó a los hombres como una bofetada física. Era un edor inconfundible, carne putrefacta, sangre coagulada, muerte en su forma más primitiva. Varios de los hombres se cubrieron la nariz con pañuelos y el alcalde dio un paso atrás con una expresión de asco.
¿Qué es ese olor?, preguntó Aguirre, empuñando ya su escopeta. Hemos tenido que sacrificar algunas cabras”, improvisó Evaristo desesperadamente. “Las guardamos en el sótano. Con este calor, ya sabéis.” Pero la excusa sonó falsa incluso para él. Aguirre hizo una seña a sus hombres que inmediatamente rodearon la casa. No había escape posible.
“Vamos a echar un vistazo”, declaró el alguacil, apartando a Evaristo de la entrada. Si no hay nada que ocultar, no tendrás inconveniente. Los hombres entraron en tropel con las armas preparadas. Lo que encontraron en la planta principal ya era suficientemente perturbador. Los restos de comidas extrañas, manchas oscuras en el suelo que parecían sangre seca y ese olor omnipresente que impregnaba cada rincón.
Pero fue al bajar al sótano cuando se enfrentaron al verdadero horror. La luz de las antorchas reveló una carnicería que superaba las peores pesadillas. Huesos humanos apilados como leña, carne en diferentes estados de descomposición y herramientas improvisadas para el descuartizamiento. En una esquina, parcialmente cubiertos con trapos sucios, se distinguían los restos de lo que una vez habían sido seres humanos.
Uno de los hombres más jóvenes vomitó violentamente. Otro se santiguó repetidamente, murmurando oraciones. El propio Aguirre, que había visto muchas atrocidades en su carrera, sintió que las piernas le flaqueaban. “Dios mío”, susurró el alcalde Patricio con la cara blanca como la cera. “¿Qué clase de monstruos! En la planta superior, los gritos de horror de los investigadores llegaron hasta donde estaba la familia Mendoza.
Remedios se desplomó sollozando de manera incontrolable. Carmen abrazó a su hermano pequeño que no entendía por qué todo el mundo gritaba. Evaristo sabía que había llegado el final. No había vuelta atrás. No había escapatoria posible. Los hombres que subían las escaleras en tropelanadores, eran jueces, jurado y verdugos al mismo tiempo.
Monstruos! Rugió Aguirre, apuntando su escopeta directamente al pecho de Evaristo. Sois unos monstruos. Esperad, murmuró Evaristo alzando las manos. mis hijos. Ellos no, yo les obligué, pero ya era demasiado tarde para distinciones. Los hombres habían visto el sótano del horror, habían respirado el edor de la muerte, habían contemplado evidencias de una barbarie que trascendía toda comprensión humana.
La primera descarga de escopeta alcanzó a Evaristo en el pecho, lanzándolo contra la pared. La segunda se llevó por delante a Remedios, que gritaba pidiendo perdón para sus hijos. Carmen corrió hacia la puerta con Joaquín de la mano, pero no llegaron ni a cruzar el umbral.
Los disparos resonaron en la cazona como el rugido de bestias hambrientas. Cuando el humo se desvaneció, la familia Mendoza yacía esparcida por el suelo de madera, sus cuerpos destrozados mezclándose con las manchas de sangre que ya decoraban las tablas. El silencio que siguió fue más ensordecedor que los propios disparos.
Los hombres contemplaron la escena con una mezcla de satisfacción y horror. Habían hecho justicia, pero la justicia tenía un sabor amargo cuando se servía en un escenario tan macabro. “Quemadlo todo”, ordenó Aguirre con la voz ronca, “que no quede piedra sobre piedra de esta casa maldita.
” Mientras las llamas consumían la casona de los Mendoza, los habitantes de Piedraí pudieron ver desde el pueblo una columna de humo negro que se alzaba hacia el cielo. Era el final de una pesadilla, pero también el nacimiento de una leyenda que se transmitiría de generación en generación. En los archivos del pueblo, el expediente oficial menciona vagamente bandoleros eliminados y justicia impartida.
Pero los ancianos del lugar aún susurran la verdad en las noches de tormenta. La historia de una familia que, devorada por el hambre y la desesperación se convirtió en algo peor que las bestias salvajes. La casona fue completamente destruida, pero dicen que en las noches sin luna aún se puede percibir ese olor dulzón y nauseabundo flotando entre los robles.
y que los viajeros solitarios que pasan por esa zona sienten a veces una presencia hambrienta observándolos desde las sombras, como si el mal que habitó allí hubiera echado raíces tan profundas que ni siquiera el fuego pudo arrancarlo completamente. Los Mendoza murieron, pero su legado de horror pervivió en la memoria colectiva como un recordatorio escalofriante de las profundidades a las que puede descender el alma humana cuando se abandona toda esperanza y toda moral.
En los registros parroquiales sus nombres fueron borrados. En la memoria popular se convirtieron en la advertencia perfecta de lo que sucede cuando el hambre del cuerpo devora también el hambre del alma, dejando solo un vacío que solo la carne humana podía llenar. Una historia que España prefirió olvidar, pero que sigue viva en los susurros de quienes conocen la verdad, que a veces los monstruos más terribles no son criaturas de leyenda, sino seres humanos. que han perdido todo rastro de humanidad.
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