El CJNG Cobró Piso A Un Pulquero Humilde—No Sabían Que Ese Rancho Era Del Mencho…

El CJNG cobró piso a un pulquero humilde. No sabían que ese rancho era del Mencho. Son las 10:20 de la mañana del domingo 14 de septiembre de 2025, cuando dos camionetas pickup blancas levantan polvo en el camino de terracería hacia el rancho Elmaguei Blanco, Tonalá, Jalisco.

 Seis sicarios del CJNG bajan armados con pistolas Glock 19 y un fusil de asalto. Su objetivo es simple, cobrar derecho de piso a un anciano pulquero que apenas sobrevive con 3000 pesos mensuales. Lo que estos hombres no saben es que el terreno bajo sus botas no pertenece a ese viejo encorbado que raspa aguamiel con manos temblorosas. Ese rancho es propiedad secreta de Nemesio Seguera Cervantes, el Mencho, líder máximo del cártel Jalisco Nueva Generación.

 Y el anciano tiene su número telefónico guardado bajo el nombre Don Neto. En 30 segundos, una sola llamada sellará el destino de seis hombres que jamás imaginaron contra quién acababan de extorsionar. El aire huele a maguei fermentado y tierra seca, pero en 24 horas el silencio de este rancho contará una historia que nadie en el CJNG se atreverá a repetir.

 Celestino Vargas tiene 72 años y cada uno de ellos se nota en su espalda encorbada, en sus manos agrietadas que tiemblan al sostener el aoccote, en su piel morena curtida por décadas bajo el sol implacable de Jalisco. Mide 1,65, pesa 58 kg, viste el mismo sombrero de paja deilachado que usa desde hace 20 años.

 Su uniforme diario es camisa de manta color crema con manchas de pulque seco, pantalón de mezclilla remendado en las rodillas, huches de cuero que rechinan con cada paso. Vive solo en un jacal de adobe con techo de lámina oxidada, sin esposa que lo acompañe ni hijos que lo visiten, rodeado únicamente por el canto de los grillos al atardecer y el susurro del viento entre los maguelles centenarios.

 Su mundo es pequeño, pero honesto. 3 hectáreas de plantación donde extrae aguamiel cada madrugada, fermenta pulque en tinas de madera, lo envasa en garrafones de 5 L que vende a restaurantes y pulquerías de Guadalajara. gana apenas 3000 pesos al mes, lo justo para comprar frijoles, tortillas, piloncillo, aceite y pagar la luz de su único foco colgante.

 No tiene televisión ni teléfono fijo, solo un celular viejo de teclas que usa una vez cada 15 días para confirmar pedidos. Celestino conoce cada uno de los 147 maguelles de su rancho como si fueran familia. sabe cuál está listo para raspar, cuál necesita descansar, cuál producirá el aguamiel más dulce.

 Sus manos se mueven con la precisión de 70 años de experiencia, raspando el corazón del maguei con cuchillo curvo, insertando el acote de calabaza seca en el hueco, succionando el líquido transparente que sabe a miel y tierra. El trabajo es duro, pero es lo único que conoce, lo único que lo mantiene de pie cada mañana cuando el dolor en sus rodillas le ruega que se quede en cama. Este domingo 14 de septiembre amanece como cualquier otro.

Cielo azul sin nubes, temperatura de 28ºC a las 9 de la mañana. Brisa tibia que arrastra aroma acopal quemado desde la ranchería vecina. Celestino termina de raspar el maguei número 32 cuando escucha el ronroneo de motores acercándose por el camino de terracería. Levanta la vista, entrecierra los ojos bajo el sol brillante.

 Distingue dos camionetas pickup blancas Toyota Hillux del año 2023 con vidrios polarizados. No espera visitas, no tiene amigos con vehículos así. Su corazón late más rápido, pero sus manos siguen trabajando, raspando el maguei con movimientos automáticos mientras las camionetas se detienen a 15 m de distancia.

 El polvo tarda varios segundos en asentarse flotando dorado bajo la luz matutina y en ese silencio tenso, Celestino siente como el sudor frío le recorre la espalda bajo la camisa de manta. Bajan seis hombres jóvenes, ninguno mayor de 35 años, todos con la misma expresión dura tallada en rostros morenos y cicatrices recientes.

 Visten playeras negras, jeans oscuros, botas militares, gorras con viseras planas que ocultan sus miradas. Tres llevan pistolas Glock 19 fajadas en la cintura. Dos cargan fusiles de asalto AR15 con cargadores de 30 balas. Uno sostiene un cuerno de chivo AK40 y siete con culata de madera desgastada.

 El que camina al frente es el más bajo, pero también el más intimidante. 1,70, complexión atlética, tatuaje de alacrán negro que trepa desde su cuello hasta detrás de la oreja derecha. Este es el grillo, 29 años, comandante de la célula local de extorsión del cártel Jalisco Nueva Generación, que opera en Tonalá y municipios aledaños.

 Sus ojos oscuros barren el rancho con desprecio calculado, el jacal humilde, los garrafones alineados bajo techo de palma, el anciano encorbado que finge no haberlos visto. “Buenos días, abuelito”, dice el grillo con voz que intenta sonar cordial, pero suena hueca, ensayada, como vendedor de seguros falsos.

 Se detiene a cinco pasos de Celestino, lo suficientemente cerca para que el anciano vea el alacrán tatuado palpitar con cada palabra. Venimos a platicar de negocios. Este rancho está en nuestra plaza, en territorio que protegemos nosotros. Celestino baja lentamente la coccote, lo coloca con cuidado sobre el suelo de tierra apisonada, se incorpora con esfuerzo mientras sus rodillas crujen audiblemente.

 No dice nada todavía, solo observa con ojos pequeños y cansados que han visto demasiadas sequías, demasiados años duros, pero jamás algo como esto. Uno de los sicarios patea un garrafón de pulque que descansa junto al maguei. El recipiente de plástico rueda 3 m. Derrama líquido blanco espeso que la tierra seca absorbe en segundos, dejando mancha oscura que parece sangre diluida. Se paga derecho de piso.

 Continúa el grillo sacando del bolsillo trasero una libreta pequeña con espiral ojeándola con displicencia estudiada. 000 pesos mensuales. Así te protegemos de rateros, de otros carteles, de problemas que no quieres tener. Celestino traga saliva. Siente como su boca se seca más que la tierra bajo sus guaraches. 2,000 pesos es casi todo lo que gana en un mes.

 Es la diferencia entre comer o pasar hambre. No tengo dinero, joven responde con voz rasposa que tiembla ligeramente, no por miedo, sino por rabia contenida que arde en su pecho arrugado. Apenas me alcanza para comer. Soy solo un viejo que hace pulque. El grillo cierra la libreta con un chasquido seco, la guarda en su bolsillo, da dos pasos hacia delante hasta quedar tan cerca que Celestino puede oler su colonia barata mezclada con sudor y pólvora.

Entonces tenemos un problema, abuelito. Dice el grillo con sonrisa que no llega a sus ojos muertos, porque esta plaza no se negocia. O pagas o te quitamos el rancho. Tienes hasta el domingo 21 de septiembre a las 12 del día para traerme los 2,000 pesos al depósito de materiales en la avenida Río Nilo, colonia Santa Paula.

 da a media vuelta, chasquea los dedos hacia sus hombres que inmediatamente comienzan a caminar de regreso a las camionetas. Antes de subir, el grillo voltea una última vez. Se baja los lentes oscuros hasta la punta de la nariz, mira directamente a Celestino. Y si piensas hablar con la policía o con alguien más, recuerda que sabemos dónde vives, abuelito.

 Y regresar para quemar un rancho nos toma solo 20 minutos. Las camionetas encienden motores, levantan nubes de polvo al girar bruscamente, desaparecen por el camino de terracería, dejando atrás solo silencio pesado y el aroma amargo del pulque derramado. Celestino permanece inmóvil durante 5 minutos completos, mirando el punto donde las camionetas se desvanecieron, sintiendo como su corazón finalmente empieza a desacelerarse.

 Sus manos ya no tiemblan de edad, sino de algo más profundo, algo que no ha sentido en décadas. Camina lentamente hasta su jacal, entra en la penumbra fresca que huele a cal y madera vieja. se sienta en su único banco de madera que cruje bajo su peso ligero. Sobre una repisa improvisada con tablas carcomidas descansa su celular Nokia negro del año 2012 con pantalla rallada y batería que dura 3 días completos.

 Celestino lo toma con manos que ahora sí tiemblan visiblemente. Desbloquea con torpeza el teclado numérico. Navega por su lista de contactos que tiene solo 14 nombres guardados. se detiene en uno que está registrado simplemente como don Neto. Mira ese nombre durante 30 segundos respirando profundo, preguntándose si realmente debe hacer esto, si realmente tiene derecho de marcar ese número que solo ha usado dos veces en 12 años.

 Una cuando murió su hermana, otra cuando el huracán destruyó la cerca del rancho. ¿Desde qué ciudad y con qué nombre nos estás acompañando en esta historia? Déjalo en los comentarios para saludarte. El número telefónico guardado bajo Don Neto no aparece en ninguna base de datos gubernamental, no está registrado a nombre de persona real. Cambia cada 6 meses con precisión militar.

 Es una línea encriptada que solo 23 personas en todo México poseen, reservada exclusivamente para emergencias familiares del hombre más buscado del país. Celestino respira hondo tres veces antes de marcar. Cuenta mentalmente hasta 10 mientras escucha el primer timbre, luego el segundo. Al tercero, una voz masculina contesta sin saludar, “¿Qué pasó, tío? Es una voz grave.

Serena que no pregunta quién llama porque el sistema ya identificó el número de Celestino. No es la voz directa de Nemesio o Ceguera Cervantes, sino de uno de sus tres asistentes personales, hombres que filtran cada llamada antes de pasarla al jefe máximo. Celestino Carraspea, siente su garganta cerrada como si tuviera arena dentro. Vinieron unos muchachos.

 Dicen que debo pagar 2000 pesos mensuales por el rancho. Traían armas, seis hombres, dos camionetas blancas. Dijeron que son de la plaza. Se hace un silencio de 5 segundos del otro lado de la línea. Silencio que para Celestino se siente como 5 horas. Escucha teclear rápido, como si alguien escribiera en computadora. Luego voces amortiguadas consultando algo fuera del micrófono.

 Le dijeron, “Nombre, tío.” ¿Cómo se identificaron? Pregunta la voz con tono más tenso. Ahora más alerta. Celestino cierra los ojos. Trata de recordar exactamente lo que escuchó. El que hablaba tiene tatuaje de alacrán en el cuello. Los demás lo llamaban grillo. Dijeron que este rancho está en su plaza, que debo pagar o me lo quitan.

Otro silencio. Este más corto. Solo 3 segundos. Quédese tranquilo, tío. No haga nada. No vaya a ningún lado. No les pague nada. Alguien lo va a contactar hoy en la tarde y no se preocupe por esos muchachos. La llamada termina abruptamente con tres pitidos cortos.

 Celestino baja el teléfono, lo mira como si fuera objeto extraño que acaba de aparecer en su mano. No siente alivio todavía, solo confusión. mezclada con cansancio ancestral, se queda sentado en su banco durante 20 minutos, mirando las grietas del piso de cemento irregular, escuchando el zumbido de moscas que entran y salen por la puerta sin mosquitero.

 A las 11:45 su estómago gruñe recordándole que no ha comido nada desde las 6 de la mañana se levanta con esfuerzo, camina hasta su estufa de dos hornillas alimentada con tanque de gas, calienta tortillas de maíz sobre el comal ennegrecido, unta frijoles refritos de la olla tapada con trapo limpio. Se prepara café instantáneo en taza de peltre abollada.

Come en silencio masticando lento porque le faltan siete dientes, saboreando sin saborear realmente, pensando en los sicarios, en sus armas, en el tatuaje de alacrán que parecía moverse con vida propia. Piensa también en ese número telefónico que marcó, en la respuesta rápida y definitiva.

 No se preocupe por esos muchachos. Celestino no siempre fue cuidador de este rancho. Nació en ranchería de 20 casas cerca de Zapopan en 1953. Hijo de campesinos que cultivaban maíz y calabaza en tierra prestada. Su prima hermana, Rosa María Vargas, se casó joven con hombre humilde que vendía frutas en Mercado de Guadalajara. Nemesio o Seguera padre.

 tuvieron un hijo en julio de 1966, niño flaco y callado que ayudaba a su padre cargando cajas de mangos y papayas desde los 5 años. Ese niño era Nemesio o Ceguera Cervantes, quien décadas después sería conocido en todo el mundo como el Mencho, el narcotraficante más peligroso de México. Según la DA estadounidense. Celestino recuerda al pequeño Nemecio en reuniones familiares navideñas comiendo tamales en el patio de su abuela, jugando con primos en tierra polvorienta, siempre serio, siempre observando más que hablando. La vida lo

separó cuando Nemesio emigró a Estados Unidos en los años 80. Trabajó en agricultura de California, fue deportado, regresó a México con ideas diferentes y conexiones peligrosas. Para el año 2008, Nemesio ya no era el niño callado, sino el líder emergente de lo que se convertiría en el cártel Jalisco Nueva Generación.

 Había acumulado riqueza imposible, poder absoluto, lealtad comprada con miedo y dinero, pero también conservaba algo inesperado, memoria emocional de su infancia, apego silencioso a los lugares donde su madre preparaba pulque artesanal en grandes ollas de barro, donde su abuela destilaba aguamiel bajo sombra de maguelles antiguos.

 Cuando la madre de Nemesio murió en 2007 de cáncer de páncreas, él compró estas 3 hectáreas en Tonalá a través de prestanombre. Registró la propiedad bajo nombre de empresa Fantasma con domicilio fiscal en Colima. Plantó 150 maguelles traídos de Hidalgo. Contrató Maestro Pulquero para enseñar técnicas ancestrales. Convirtió el lugar en santuario privado que visitaba dos veces al año en secreto absoluto, sin escolta visible, sin armas evidentes, solo como hombre que necesita recordar quién fue antes de convertirse en lo que es. En 2013, Nemesio contactó a Celestino, quien entonces vivía en

cuarto rentado de Tlaquepaque, ganando 800 pesos semanales como cargador en central de abastos. Le ofreció trabajo simple: cuidar el rancho, mantener vivos los maguelles, producir pulque artesanal como lo hacían sus abuelas, vivir tranquilo, sin preguntar, sin contar a nadie quién era el verdadero dueño.

 A cambio, Celestino recibiría casa gratis, todos los gastos pagados, 3000 pesos mensuales como salario y promesa de protección absoluta. Nadie va a molestarlo, tío.” Le dijo Nemesio esa única vez que hablaron cara a cara en la cabina trasera de camioneta blindada estacionada en Callejón Oscuro de Guadalajara.

 “Este rancho es sagrado para mí. Es lo único que me queda de mi madre. Cuídemelo como si fuera suyo. Celestino aceptó sin entender completamente la dimensión del hombre frente a él, sin imaginar que 12 años después marcaría ese número de emergencia por primera vez para reportar extorsión.

 Ahora, sentado en su jacal con café frío en la mano, Celestino finalmente comprende la ironía brutal de la situación. Seis sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación acaban de extorsionar la propiedad más sagrada del líder máximo del cártel Jalisco, Nueva Generación. Son hombres que trabajan para el hombre que posee este suelo, que jamás imaginaron la conexión invisible entre el anciano encorbado y el comandante supremo, que firma sus cheques, que ordena sus operativos, que decide quién vive y quién desaparece.

 Celestino siente algo parecido a lástima por el grillo y sus hombres, porque conoce las historias que circulan en radios de banda ciudadana, en conversaciones susurradas en pulquerías sobre lo que el mencho hace con quienes traicionan la organización o dañan lo que él considera familia. No son ejecuciones rápidas, no son desapariciones limpias, son lecciones públicas que el cartel usa para recordar a todos sus miembros que existen líneas que jamás deben cruzarse.

 A las 3:15 de la tarde, cuando el sol convierte el rancho en horno seco y los maguelles proyectan sombras cortas sobre tierra agrietada, un vehículo se acerca por el camino de terracería. No es camioneta blanca. sino Nissan Centra Gris del año 2020 con vidrios sin polarizar, conducido por mujer de 30 y tantos años que viste blusa color rosa y lentes de sol grandes.

 Desciende sola, sin armas visibles, camina hacia el jacal con bolsa de lona colgada al hombro. Celestino sale a su encuentro, entrecierra los ojos tratando de identificarla. Buenas tardes, don Celestino, dice ella con voz educada, profesional, extendiendo mano para saludar. Me manda don Neto. Vengo solo a confirmar algunos datos.

 Saca de su bolsa tablet electrónica Samsung. Abre aplicación de notas. Comienza a hacer preguntas con eficiencia clínica. Descripción exacta de los sicarios. Placas de las camionetas si las vio. Horario exacto de la visita. Palabras textuales que dijeron, “Ubicación donde debe pagar el piso.” Celestino responde cada pregunta despacio con paciencia de hombre acostumbrado a que nadie lo escuche con atención.

 La mujer del Nissan Gris anota cada detalle en su tablet con dedos veloces que bailan sobre pantalla táctil. Hace zoom en mapa digital de Tonalá. marca con punto rojo la ubicación exacta del depósito de materiales en avenida Río Nilo, donde el grillo ordenó que Celestino pagara. Toma cuatro fotografías del rancho desde diferentes ángulos.

 Los maguelles centenarios, el jacal de adobe, los garrafones bajo techo de palma, el camino de terracería. Cuando termina, guarda la tablet, saca sobre Manila del fondo de su bolsa, lo extiende hacia Celestino. Don Neto dice que no salga del rancho esta semana. Aquí hay 10,000 pesos para lo que necesite. Alguien traerá despensa mañana en la tarde. Celestino toma el sobre con manos inseguras. Siente el grosor del fajo de billetes dentro sin abrirlo.

 Asiente lentamente. La mujer regresa a su Nissán. Enciende el motor, baja la ventanilla antes de partir. Y don Celestino, por favor, no se preocupe. Para el viernes 25 de septiembre esto ya estará resuelto. Se marcha levantando menos polvo que las camionetas de los sicarios.

 Su vehículo desaparece en la curva del camino como si nunca hubiera estado allí. Esa noche, Celestino duerme mal por primera vez en 5 años. Da vueltas en su petate extendido sobre catre metálico. Escucha cada ruido nocturno con sobresalto, el aullido de coyotes en cerros distantes, el crujido de ramas secas bajo patas de tlacuaches, el silvido del viento que filtra entre grietas del jacal, cada sonido se transforma en su imaginación ansiosa, en camionetas acercándose, botas golpeando tierra, voces gritando órdenes. Se levanta cuatro veces durante la madrugada. Camina hasta la puerta,

mira hacia el camino desierto iluminado apenas por luna menguante que cuelga baja sobre perfil de montañas negras. Regresa a su catre, cierra ojos, intenta rezar oraciones que su madre le enseñó 70 años atrás, pero las palabras se enredan en su mente cansada. Finalmente se queda dormido cerca de las 5:30 de la mañana cuando el cielo empieza a teñirse de gris pálido anunciando nuevo día. El lunes 15 de septiembre amanece nublado.

Cielo color plomo que amenaza lluvia pero no la cumple. Celestino realiza sus tareas diarias con movimientos automáticos. Raspa 11 maguelles en secuencia establecida. Extrae 30 L de aguamiel que vierte tinas de fermentación. Lava garrafones vacíos con agua de pozo y estropajo de fibra natural.

 Pero su mente no está en el trabajo, sino en el calendario, contando días hasta el domingo 21, cuando se supone debe aparecer en el depósito de materiales con 2,000 pes que no tiene y no planea pagar. Se pregunta qué estará sucediendo en las oficinas secretas del CJNG. Si alguien ya informó a comandantes superiores sobre el error catastrófico del grillo, si el tatuaje de alacrán en su cuello todavía late o ya está frío y gris en alguna fosa clandestina.

 A las 4 de la tarde, una camioneta Ford F150 color azul llega con dos hombres jóvenes que bajan despensa completa. Costales de 20 kg de frijol y arroz, cajas de pasta, latas de atún, paquetes de tortillas, garrafones de agua purificada, jabones, papel higiénico. Los hombres no hablan más que para saludar con respeto exagerado. descargan todo en menos de 10 minutos. Se marchan sin esperar propina ni agradecimiento.

Celestino observa la montaña de provisiones apiladas en su jacal, más comida de la que ha visto junta en 5 años, y siente nudos en estómago que no logra identificar como miedo o gratitud o culpa. Los días siguientes transcurren en lentitud pegajosa que convierte horas en siglos. El martes 16 llueve finalmente durante 3 horas.

 Lluvia tibia que golpea lámina del techo con ritmo hipnótico, que transforma tierra en barro rojizo, que hace brillar hojas de maguelles como jade pulido. Celestino se sienta en el quicio de su puerta. Observa cortinas de agua cayendo sobre su rancho. Recuerda lluvias de su infancia cuando jugaba descalzo en charcos fangos.

 sin preocupaciones más grandes que encontrar ranas para asustar a sus primas. El miércoles 17 sale el sol con violencia vengativa, evapora charcos en cuestión de horas, convierte barro en costra agrietada. Celestino suda bajo su sombrero desilachado. Raspa maguelles con movimientos más lentos que de costumbre.

 El jueves 18, mientras filtra pulque fermentado a través de manta de cielo limpia, escucha motores acercándose por el camino. Su corazón se detiene durante medio segundo. Sus manos congelan movimiento sobre embudo improvisado con botella de refresco cortada, pero no son las camionetas blancas del grillo, sino pickup Chevrolet Silverado negra del año 2024.

 Vidrios polarizados tan oscuros que parecen espejos. Se estaciona a 20 m del Jacal. Motor sigue encendido durante 30 segundos completos antes de apagarse. Bajan dos hombres de traje oscuro que contrastan absurdamente con el entorno rural. Camisas blancas, corbatas negras, zapatos de piel brillante que se ensucian inmediatamente con polvo rojizo.

 No traen armas visibles, pero caminan con postura militar, hombros cuadrados, miradas que escanean perímetro completo antes de acercarse. El más alto de 40 y tantos años con canas en cienes se detiene a distancia respetuosa. Don Celestino, buenas tardes. Solo venimos a verificar que todo esté en orden, que nadie lo haya molestado otra vez. Celestino niega con cabeza.

 Sigue filtrando pulque porque no sabe qué más hacer con sus manos nerviosas. Nadie ha venido, joven. Todo tranquilo. El hombre de traje asiente intercambia mirada con su compañero que permanece cinco pasos atrás vigilando camino de entrada. Perfecto. El domingo 21 no vaya a ese depósito de materiales que le indicaron.

 Quédese aquí en su rancho. Haga su vida normal. Y si por casualidad aparecen antes, solo márquenos a este número. Le extiende tarjeta de presentación blanca sin nombre ni logo. Solo 10 dígitos impresos en tinta negra. Celestino la toma, la guarda en bolsillo de camisa sobre su corazón arrítmico. Los hombres regresan a la asilverado.

 Se marchan tan rápido como llegaron, dejando atrás solo huellas de neumáticos en tierra húmeda y sensación fantasmal de que tal vez nunca estuvieron realmente ahí. Esa noche, Celestino finalmente duerme 6 horas seguidas, agotamiento físico venciendo a ansiedad mental. El viernes 19 y el sábado 20 pasan sin incidentes, días idénticos llenos de trabajo rutinario que Celestino agradece como bendición.

Raspar, fermentar, envasar, limpiar, descansar, comer poco, dormir inquieto. No vuelve a marcar el número de Don Neto ni el número de la tarjeta de presentación. Simplemente espera, porque esperar es lo único que puede hacer, porque 72 años le han enseñado que campesinos como él no controlan su destino, sino que lo observan desarrollarse como quien mira nubes moverse lentamente sobre montañas lejanas.

 El domingo 21 de septiembre amanece despejado. Cielo azul profundo sin una sola nube. Temperatura que trepa hasta 32 gr antes del mediodía. Celestino raspa tres maguelles en la mañana, come quesadillas de hitla coche que preparó en su comal. Se sienta bajo sombra de encino solitario que crece en esquina del rancho a beber agua fresca.

Son las 12:07 minutos. La hora en que debería estar llegando al depósito de materiales con dinero que no pagará. Se pregunta si el grillo estará ahí esperándolo, revisando reloj en muñeca tatuada, maldiciendo al viejo necio que no obedeció.

 Se pregunta si el grillo sigue vivo o si su cuerpo ya descansa en alguna barranca profunda donde nadie, excepto sopilotes, lo encontrará jamás. Celestino no siente satisfacción ante esa posibilidad, solo cansancio existencial de hombre que ha visto demasiadas violencias en su largo camino, que sabe que muerte genera muerte en ciclo interminable, que devora hijos de Jalisco desde hace décadas.

Cierra ojos bajo sombra fresca del ensino. Escucha el canto de cigarra escondida en rama alta. siente brisa tibia acariciar su rostro arrugado. Y por primera vez en 10 días Celestino se permite pensar que tal vez, solo tal vez todo terminará sin más sangre derramada en la tierra que tanto ama.

 ¿Qué opinas de esta situación? ¿Crees que Celestino hizo lo correcto al llamar a don Neto? Déjanos tu opinión en los comentarios. Lo que Celestino no sabe, no puede saber, es que en este preciso momento, a 38 km de distancia en bodega industrial de Tlaquepaque, célula de inteligencia del CJNG, trabaja con eficiencia corporativa, diseccionando cada detalle de lo que internamente ya denominan el incidente del pulquero.

 Seis analistas jóvenes con licenciaturas en sistemas computacionales y finanzas revisan en pantallas de 24 pulgadas los movimientos bancarios de El Grillo y sus seis sicarios durante dos semanas. Rastrean llamadas telefónicas interceptadas mediante clonación de tarjetas SIM. estudian videos de cámaras de vigilancia municipales que capturaron las camionetas blancas en cuatro intersecciones diferentes el domingo 14.

 Uno de los analistas, mujer de 27 años con maestría en análisis forense digital, encuentra patrón preocupante. El grillo realizó 18 cobros de piso no autorizados durante agosto y septiembre, acumulando 234,000 pesos que nunca reportó a comandancia regional. No es extorsión territorial legítima, sino robo sistemático disfrazado de operación oficial.

 El reporte completo sube a través de cadena de mando en menos de 6 horas del jefe de análisis al comandante de célula, del comandante al coordinador regional de Jalisco, del coordinador al círculo íntimo de consejeros que rodean a Nemesio o Ceguera. El lunes 15 a las 11 de la noche, el reporte llega físicamente impreso en carpeta azul marino hasta una residencia fortificada en ubicación que ningún analista conoce, donde Nemesio lee cada página con atención microscópica bajo luz de lámpara de escritorio. No grita, no rompe objetos, no hace escenas dramáticas que Hollywood asocia con

capos del narcotráfico. Simplemente cierra la carpeta, mira por ventana hacia jardín oscuro donde guardaespaldas patrullan con perros entrenados y dice cuatro palabras a su asistente personal. Quiero verlos el miércoles. No necesita especificar a quiénes. Todos en la habitación entienden perfectamente.

 El martes 16, mientras lluvia tibia cae sobre el rancho de Celestino, equipo de rastreo satelital del CJNG localiza, mediante triangulación de señales telefónicas la ubicación exacta donde el grillo y sus seis sicarios pasan la mayor parte de su tiempo. Casa de seguridad en colonia Lomas de Polanco, Guadalajara, propiedad de dos pisos con reja de hierro y cámaras de vigilancia baratas compradas en Mercadoolbre.

 Dos operadores de drones comerciales modificados sobrevuelan la zona durante 4 horas tomando fotografías térmicas que revelan patrones de movimiento. Tres hombres durmiendo en segundo piso, dos jugando videojuegos en sala principal, uno en cocina preparando comida, el grillo entrando y saliendo en su camioneta blanca cinco veces durante la tarde.

 No están escondidos porque no saben que deben esconderse. No están alertas porque creen que siguen siendo cazadores cuando en realidad se convirtieron en presas. A las 8:15 de la noche, comandante de operaciones especiales del CETA NG recibe mensaje encriptado con coordenadas GPS exactas de la casa. Instrucciones precisas de captura viva y fecha límite. Miércoles 17 antes del mediodía.

 El miércoles 17 amanece con sol violento que evapora charcos de lluvia nocturna. A las 6:22 de la mañana, tres camionetas suburban blindadas color negro con placas sobrepuestas se estacionan simultáneamente bloqueando tres accesos diferentes de la colonia Lomas de Polanco.

 Bajan 18 hombres vestidos con uniformes tácticos negros sin insignias. chalecos antibalas nivel 4, cascos balísticos, radios de comunicación sincronizadas. No son policías ni militares, sino unidad de élite del cartel especializada en operaciones de recuperación y disciplina interna. El comandante, hombre de 50 años con rostro marcado por cicatrices de viruela, coordina mediante señas silenciosas: Equipo alfa a puerta principal, equipo beta a patio trasero, equipo gama en perímetro exterior.

 A las 6:26 derriban puerta de entrada con ariete manual. Neutralizan dos cámaras de vigilancia con disparos de rifle de paintballs rellenos con pintura negra que ciega lentes. El operativo dura 9 minutos exactos. El grillo y sus seis sicarios son sacados de la casa esposados con bridas plásticas industriales, capuchas negras de tela cubriendo sus cabezas sin oportunidad de resistir o alcanzar las armas que mantenían debajo de colchones y dentro de closets. No se dispara un solo tiro real, no hay gritos ni peleas,

solo eficiencia brutal perfeccionada en 200 operaciones similares. Suben a la Suburban, dos sicarios por vehículo, el grillo en camioneta separada. Arrancan motores, salen de la colonia a velocidad legal para no llamar atención. Toman periférico dirección sur.

 Se pierden en tráfico matutino de Guadalajara como gotas de tinta en océano. Vecinos que observan desde ventanas cerradas no llaman a la policía porque reconocen el estilo del operativo. Porque saben que involucrarse es firmar sentencia de muerte propia. A las 8:15, comandante de operaciones llama al asistente personal de Nemesio para confirmar.

 Paquete recogido, siete unidades sin contratiempos. La respuesta es simple. Llévenlos al lugar acordado. Don Neto llega a las 2 de la tarde. El lugar acordado es Rancho Ganadero, abandonado a 42 km al este de Guadalajara, propiedad que el cartel usa para reuniones clandestinas y ajustes de cuentas internos.

 2áreas rodeadas de cercas caídas, corral vacío donde antes había ganado, bodega de lámina oxidada con techo que gotea cuando llueve sin vecinos en radio de 3 km. La Suburban llegan a las 10:46. Descargan a los siete prisioneros que ahora tienen manos atadas a espalda con cadenas, tobillos unidos con grilletes que permiten caminar solo con pasos cortos.

 Los obligan a sentarse en piso de tierra del corral, espalda contra pared de concreto manchada con mugre décadas. Les quitan las capuchas. La luz del sol golpea sus ojos acostumbrados a oscuridad forzada. Tardan varios segundos en enfocar visión. El grillo parpadea, mira alrededor tratando de orientarse. Ve a sus hombres sentados en fila junto a él con expresiones que mezclan confusión y terror emergente.

“¿Qué pedo?”, grita el grillo con voz que intenta sonar desafiante, pero sale quebrada. ¿Quiénes son ustedes? ¿Saben con quién se metieron? Ninguno de los 18 hombres vestidos de negro responde. Simplemente forman perímetro. alrededor del corral.

 Rifles de asalto colgados de arneses tácticos, esperando con paciencia de soldados profesionales. Pasan 2 horas en silencio tenso bajo sol que sube hasta 34 grtiendo corral en horno que cocina lentamente sudor frío de siete hombres que empiezan a comprender que esto no es secuestro de cartel rival, sino algo mucho peor, castigo interno. A la 1:58 de la tarde, pickup Chevrolet Yen, blindada color gris, entra por portón oxidado del rancho, ruedas enormes aplastando tierra seca.

 Se detiene a 15 m del corral, el motor se apaga. Pasan 30 segundos de silencio absoluto donde ni siquiera pájaros cantan. Luego la puerta trasera se abre. Baja un hombre de 68 años, 1,73 de altura. Complexión robusta de quien fue atleta en juventud, cabello negro con canas en 100es, bigote espeso bien recortado.

 Piel morena clara, ojos oscuros que han ordenado cientos de muertes sin perder una noche de sueño. Viste camisa polo color azul marino, jeans levis, botas vaqueras de piel de avestruz color café, cinturón con evilla de plata sin adornos llamativos. No trae armas visibles ni necesita traerlas.

 Este es Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, el hombre cuya cabeza tiene precio de 10 millones de dólares, puesto por gobierno estadounidense. El hombre que transformó al COTANG en el cartel más poderoso y violento de México. El hombre, cuyo rancho de maguelles y recuerdos familiares siete imbéciles intentaron extorsionar sin saber que firmaban su sentencia de muerte.

 Camina con pasos medidos hacia el corral, botas crujiendo sobre tierra seca, manos metidas en bolsillos delanteros de jeans. Se detiene a 5 metros de los prisioneros. El grillo lo mira y en ese instante su rostro pierde todo color. Sus ojos se abren tan grandes que parece que van a salirse de órbitas. Su boca se abre, pero no sale sonido alguno.

 Buenas tardes, muchachos, dice Nemesio con voz tranquila que suena más aterradora que cualquier grito. No es voz de película, no es gruñido teatral de villano exagerado, sino tono conversacional de maestro decepcionado dirigiéndose a alumnos que reprobaron examen importante. ¿Alguien puede explicarme qué estaban haciendo el domingo 14 de septiembre en Rancho El Maguei Blanco? El silencio que sigue es tan denso que parece sólido.

 Uno de los sicarios más jóvenes, no mayor de 23 años, con acné en mejillas y tatuaje mal hecho de Virgen de Guadalupe en antebrazo, empieza a llorar silenciosamente, lágrimas rodando por cara sucia mientras tiembla como hoja en vendaval. El grillo traga saliva, intenta hablar, pero su garganta está tan seca que sale solo sus zurro ronco.

 Patrón, nosotros nosotros solo estábamos cobrando plaza. No sabíamos no sabían qué, interrumpe Nemesio dando dos pasos hacia adelante. No sabían que ese rancho es mío. ¿No sabían que ese anciano está bajo mi protección personal? ¿O no sabían que cada centímetro de Jalisco tiene dueño registrado en nuestros archivos y que antes de tocar cualquier propiedad deben consultar con inteligencia? Su voz sube apenas medio tono, pero el efecto es como si gritara. El grillo baja la mirada al piso.

 Veo hormiga negra caminando entre sus botas embarradas. Patrón, fue error. Jamás lo hubiéramos tocado si supiéramos. Le juro por mi madre que fue error. Nemesio saca mano derecha de bolsillo, se frota la barbilla pensativamente, mira hacia el cielo azul, donde sopilote solitario planea en círculos perezosos. Error.

 Repite como probando el sabor de palabra en boca. ¿Sabes cuántos errores perdono al año? Ninguno. ¿Sabes por qué? Porque errores en esta organización cuestan vidas, cuestan territorios, cuestan respeto. Se vuelve hacia su asistente personal, que permanece junto a la cheyen gris, hombre delgado de 38 años con tablet en manos. Léeles el reporte.

 El asistente se aclara garganta, desliza dedo por pantalla táctil, comienza a leer con voz monótona de burócrata. Carlos Javier Gutiérrez Mora. alias el grillo 18 cobros de piso no autorizados durante agosto y septiembre de 2025. Total acumulado 234,000. Cero reportes a comandancia regional. Cero depósitos en cuentas oficiales de célula.

 Conclusión: robo sistemático a la organización disfrazado de operaciones territoriales. El grillo levanta cabeza bruscamente, abre boca para protestar, pero Nemesio levanta mano en gesto que congela cualquier palabra. Pensaste que éramos [ __ ] ¿Pensaste que podías robarme en mis narices y nadie se daría cuenta? El grillo niega con cabeza frenéticamente, palabras atropellándose en su boca desesperada. No, patrón.

 Era para gastos operativos, para mantener a mi gente, para para mantener a tu [ __ ] de Zapopan, que vive en departamento de 25,000 pesos mensuales de renta. Interrumpe Nemesio leyendo ahora de su propia memoria fotográfica. Para tus apuestas en Gallos, en Palenque de Tlajomulco, donde perdiste 80.

000 pesos en mayo para tu camioneta nueva que compraste en julio, sin poder explicar de dónde salió el enganche. Cada frase cae como martillazo sobre cráneo del grillo, cuya expresión pasa de miedo a desesperación absoluta. Sus seis sicarios permanecen petrificados, algunos con ojos cerrados, como si no ver pudiera hacerlos invisibles. Nemesio camina lentamente frente a la fila de prisioneros, observándolos uno por uno con atención científica, estudiando sus rostros como entomólogo, examina insectos clavados en corcho. Se detiene frente al joven de 23 años que

sigue llorando. ¿Cómo te llamas?, pregunta con voz que recupera tono conversacional. Brandon patrón, Brandon Sánchez, responde el joven entre soyosos, entrecortados. Nemesio asiente, saca del bolsillo trasero de sus jeans, carpeta manila doblada, la despliega, revisa documentos impresos.

 Brandon Sánchez Moreno, 23 años, 3 meses trabajando con el grillo. Familia vive en Tónala, madre viuda. Dos hermanas menores estudiando preparatoria. ¿Sabías que tu jefe te estaba usando para robar a la organización? Brandon niega con cabeza violentamente mocos mezclándose con lágrimas. No, patrón, yo solo obedecía órdenes. Me dijo que era trabajo normal, que todos los ranchos pagaban plaza.

 Nemesio dobla nuevamente los papeles, los guarda. Párate, ordena. Brandon intenta levantarse, pero sus piernas temblorosas apenas pueden sostenerlo. Finalmente logra incorporarse apoyándose en pared. Nemesio saca de bolsillo delantero llave pequeña, se acerca, abre grilletes de sus tobillos, luego cadenas de sus manos. Vete, dice simplemente.

 Brandon parpadea confundido. No comprende si es trampa o salvación real. Qué patrón. Nemesio señala con pulgar hacia portón del rancho. Vete. Regresas con tu madre. Te buscas trabajo legal. Te olvidas de que esto existió. Si te vuelvo a ver en cualquier operación del cartel, ni tu madre va a encontrar tus restos.

 ¿Entendido? Brandon as siente tan rápido que parece que su cabeza va a desprenderse de cuello. Balbucea agradecimientos incomprensibles. Camina hacia atrás sin dar espalda a Nemesio, como si estuviera frente a tigre que puede atacar en cualquier momento. Cuando llega al portón, corre. corre con velocidad de atleta olímpico por camino de terracería, levantando polvo, desapareciendo en distancia, mientras sol de mediodía convierte su silueta en espejismo tembloroso.

 Nemesio observa hasta que desaparece completamente. Luego regresa su atención a los seis restantes. ¿Alguien más tiene familia que depende únicamente de él? Pregunta. Silencio absoluto. Los seis sicarios restantes tienen historias diferentes. Algunos con padres vivos, pero distanciados. Otros con hijos, pero también con esposas que trabajan.

 Ninguno con carga moral suficiente para ganarse misericordia. Perfecto. Dice Nemesio asintiendo como si confirmara cuenta matemática. Se vuelve hacia comandante de operaciones especiales Ramírez. Explícales el trato. El comandante Ramírez, hombre de cicatrices de viruela, se adelanta con carpeta similar. Van a regresar todos los 234,000 pesos que robaron.

 Van a entregar propiedades, cuentas bancarias, vehículos. Van a firmar confesiones completas de cada operación no autorizada y luego van a desaparecer de Jalisco por mínimo 5 años. Si cumplen, viven. Si regresan antes o si hablan con autoridades o si intentan trabajar con cartel rival, ustedes y sus familias completas pagan.

 Lee de documentos, nombres, direcciones, escuelas de hijos, lugares de trabajo de hermanos, como recordatorio visceral de que no existe refugio contra el alcance del CJNG. El grillo aprieta mandíbula. músculos de cuello tensándose hasta parecer cuerdas de acero. Y si no aceptamos, pregunta con última chispa de desafío.

 Nemesio se ríe, risa corta y seca que no tiene humor alguno. Entonces les doy 15 minutos para hacer últimas llamadas a quien quieran y Ramírez se encarga del resto. Tú eliges, grillo. El peso de esa elección cuelga en aire caliente como plomo derretido. El grillo mira a sus cinco compañeros. Ve en sus ojos el mismo miedo primitivo, la misma comprensión de que Nemesio no está blufeando.

Aceptamos, dice finalmente con voz derrotada, toda arrogancia evaporada como charco bajo sol. Nemesio asiente, da media vuelta, camina de regreso a su cheyén gris, antes de subir se detiene, voltea una última vez y que este mensaje llegue claro a cada célula en Jalisco, dice, elevando voz, para que todos los hombres armados escuchen.

 Nadie, absolutamente nadie, toca lo que es mío, ni por error, ni por ignorancia, ni por ambición. Lo que es del mencho permanece del mencho. ¿Entendido? Un coro de sí, patrón, surge de 18 gargantas simultáneamente. El momento más intenso está a punto de llegar. ¿Qué crees que pasará con el grillo y sus hombres? Quédate hasta el final, porque lo que viene te dejará sin palabras.

 Durante los siguientes tres días, Ramírez coordina con eficiencia administrativa asombrosa el desmantelamiento completo de la vida del grillo y sus cinco sicarios restantes. Contadores del cartel auditan cada cuenta bancaria, rastrean transferencias sospechosas, recuperan 187000 pesos de los 234 robados, el resto perdido en gastos ya consumidos que se convierten en deuda eterna.

 Notarios corruptos firman traspasos de propiedad de dos departamentos, una casa, tres vehículos, todo confiscado como pago parcial. Abogados del cartel redactan confesiones firmadas que incluyen fechas, lugares, nombres de cada víctima extorsionada, documentos que se archivarán en búnker subterráneo junto con miles de expedientes similares que el COTANG mantiene como seguro contra traiciones futuras.

 El viernes 19 de septiembre a las 3 de la tarde, los seis hombres son transportados en dos camionetas hacia diferentes puntos de salida. Dos hacia frontera con Michoacán, dos hacia Colima, dos hacia Nayarit. Cada uno recibe 500 pesos en efectivo. Documento de identidad falso. Y última advertencia que Ramírez repite como mantra. 5 años mínimo. Jalisco no existe para ustedes.

El grillo desciende de camioneta en gasolinera de carretera en límites de Michoacán. Mira alrededor desorientado, bajo luz dorada de atardecer. Lleva mochila pequeña con dos mudas de ropa y celular básico sin contactos guardados. Su tatuaje de alacrán en cuello ahora parece burla cruel del destino, símbolo de peligrosidad que resulta ser veneno que casi lo mata.

 Camina hacia parada de autobuses, compra boleto hacia Morelia con dinero que le dieron. se sienta en banca de metal bajo techo de lámina a esperar transporte que lo llevará hacia vida de anonimato forzado. No siente gratitud por estar vivo, sino humillación ardiente de hombre que construyó reputación de terror durante 3 años solo para ser desnudado en 9 minutos por operativo que no tuvo misericordia.

 Piensa en Celestino, el anciano encorbado que desencandenó esta catástrofe sin saberlo y siente rabia impotente mezclada con respeto forzado, porque ahora comprende la lección. En Jalisco existen intocables, invisibles, personas que parecen insignificantes, pero cargan protección de dioses oscuros. Ese mismo viernes 19, mientras el grillo espera autobús que lo borrará del mapa, Celestino raspa Maguelles bajo sol de mediodía, sin saber nada del destino de sus extorsionadores.

No ha recibido llamadas, no han llegado más visitantes con tablets o trajes negros. Solo silencio que se extiende como manta protectora sobre su rancho. Trabaja, come, duerme, repite rutina con gratitud silenciosa de sobreviviente que no hace preguntas porque las respuestas podrían ser más pesadas que la ignorancia.

 El sábado 20 prepara 20 garrafones de pulque para entrega semanal a pulquería La Antigua, en centro de Guadalajara, restaurante familiar que lleva comprándole desde hace 8 años. Camioneta repartidora del restaurante llega a las 10 de la mañana. Conductor baja, ayuda a cargar garrafones. Cuenta billetes arrugados en mano de Celestino.

Por la entrega. Don Cele, su pulque está más rico cada semana”, dice el conductor con sonrisa genuina. No sé qué secreto le pone, pero los clientes lo piden específicamente. Celestino sonríe tímidamente, encoge hombros huesudos. No hay secreto, joven, solo paciencia y maguelles buenos.

 La camioneta parte levantando poco polvo, dejando atrás 100 pesos que Celestino guarda en lata de galletas oxidada que esconde bajo tabla suelta de piso en su jacal. Ese dinero se suma a los 10,000 que la mujer del Nissan Gris le trajo, fortuna mayor de la que ha tenido junta en 20 años.

 podría comprar estufa nueva, colchón que no tenga resortes clavándose en espalda, botas sin agujeros. Pero Celestino ahorra con disciplina de campesino que vivió hambrunas, que sabe que abundancia de hoy puede ser escasez de mañana. Se sienta en su banco de madera, bebe agua fresca de cántaro de barro, observa sus maguelles centenarios balanceándose levemente con brisa de mediodía.

 Por primera vez en 11 días siente algo parecido a paz. El domingo 21 de septiembre, fecha límite que el grillo estableció para el pago de extorsión, amanece con cielo despejado y silencio absoluto. Celestino despierta temprano 5:15 de la mañana. Sale de su jacal con guaraches en mano para no hacer ruido. Camina descalzo sobre tierra fría de madrugada hasta el maguei más antiguo del rancho.

 Planta que tiene 120 años según documentos que Nemesio le mostró cuando le entregó el trabajo. Es mague enorme con pencas gruesas como brazos de gigante, corazón profundo, del cual extrae aguamiel tan dulce que parece miel líquida. Celestino coloca mano arrugada sobre penca áspera. Siente textura de superficie que recuerda cuero viejo, temperatura que conserva frescura de noche. Gracias, susurra Almagey como si fuera ser viviente que puede escuchar.

No especifica porque agradece. No tiene palabras para explicar la mezcla compleja de emociones. Alivio de seguir vivo, culpa de haber desencadenado violencia que tal vez terminó en muerte, gratitud hacia protección invisible que no merece. A las 8:37 de la mañana, celular de Celestino, suena con timbre agudo que rompe silencio de desayuno solitario. Número desconocido. Contesta con cautela.

Bueno, voz masculina desconocida, responde, don Celestino, habla Ramírez. Solo llamo para informarle que el asunto de la semana pasada está completamente resuelto. Esas personas no volverán a molestarlo, no volverán a Jalisco. Puede vivir tranquilo. Celestino aprieta teléfono contra oreja, traga saliva seca.

 ¿Están están bien? Pregunta sin saber exactamente por qué le importa. Pausa de 3 segundos. Están vivos, si eso es lo que pregunta, pero ya no son su problema ni el problema de nadie más en este estado. Que tenga buen día, don Celestino. Llamada termina abruptamente. Celestino baja teléfono, lo observa como si fuera artefacto extraterrestre.

Vivos. La palabra resuena en su mente con alivio que no esperaba sentir. Esa tarde, mientras Celestino filtra pulque a través de manta limpia, escucha de nuevo motor acercándose. Su cuerpo se tensa automáticamente, memoria muscular de 11 días de hipervigilancia, pero se relaja cuando reconoce el Nissan centra gris.

 La mujer de la tablet baja, camina hacia él con bolsa pequeña en mano. Buenas tardes, don Celestino. Don Neto me pidió que le trajera esto. Extiende sobre de Manila nuevamente. Este más grueso que el anterior. Celestino lo toma, siente peso considerable. No es necesario, joven. Ya me ayudaron suficiente. La mujer sonríe con calidez genuina que contrasta con eficiencia profesional de su visita anterior.

 No es ayuda, don Celestino, es disculpa. Esos hombres trabajaban para la organización, aunque no tenían autorización para hacer lo que hicieron. Don Neto se siente responsable de que lo hayan asustado. Celestino abre sobre, ve fajos de billetes organizados con ligas, 50,000 pesos. Su boca se abre, cierra, abre nuevamente sin encontrar palabras.

No puedo aceptar esto. Finalmente articula con voz temblorosa. Es demasiado. La mujer niega con cabeza, da paso atrás hacia su vehículo. Ya está decidido, don Celestino. Además, don Neto vendrá a visitarlo en noviembre como cada año. Dice que quiere probar el pulque nuevo de la temporada. Sube a su Nissan, enciende motor, baja ventanilla.

Y don Celestino, entre nosotros. Usted hizo bien en llamar, para eso está el número. Nunca dude en usarlo si algo pasa. Se marcha dejando Estela de polvo y anciano parado bajo sol sobreo de billetes que representan 17 meses de su salario normal. Celestino camina despacio de regreso a su Jacal, se sienta en su banco, coloca sobre sobre sus piernas huesudas.

 No siente alegría ni tristeza, solo peso existencial de hombre que acaba de ser recordado violentamente de su lugar en ecosistema invisible que gobierna Jalisco. Pieza protegida en tablero de ajedrez sangriento, que no comprende completamente, pero que no puede abandonar.

 Esa noche Celestino prepara cena simple: frijoles refritos, tortillas calientes, queso fresco que compró en tienda de ranchería vecina. Come despacio bajo luz de foco colgante que atrae polillas camicace. Mastica cada bocado con concentración de monje budista. Cuando termina, lava plato y vaso en cubeta de agua fría, los coloca en repisa improvisada a secar.

 Sale de Jacal, camina hasta centro de su rancho, se para bajo cielo nocturno constelado de estrellas tan brillantes que parecen agujeros en tela negra que dejan filtrar luz de otro universo. Aire nocturno huele a tierra, a maguei, a leña quemándose en casa distante.

 Celestino mira hacia constelaciones que su padre le enseñó a identificar 70 años atrás. Orión con su cinturón de tres estrellas, osa mayor apuntando hacia estrella polar, cruz del sur apenas visible en horizonte sur. Se pregunta si el grillo está mirando estas mismas estrellas desde algún lugar desconocido, si está vivo o si respuesta de Ramírez fue mentira piadosa. Nunca sabrá la respuesta.

 Y tal vez eso sea misericordia. Los meses siguientes transcurren con lentitud sanadora que convierte acontecimientos de septiembre en memoria borrosa, como pesadilla que pierde nitidez bajo luz racional del día. Octubre trae lluvias tardías que reviven maguelles sedientos.

 Noviembre llega con frío seco que hace las noches insoportables hasta que Celestino finalmente usa parte del dinero del sobre para comprar cobijas gruesas y calentador eléctrico pequeño. La vida recupera su ritmo ancestral. Raspar al amanecer cuando temperatura es ideal y aguamiel fluye generoso. Fermentar durante tres días exactos vigilando burbujas que indican proceso activo.

Envasar el domingo para entregas de lunes. Sus clientes no notan ningún cambio porque para ellos Celestino sigue siendo el mismo anciano encorbado que produce el mejor pulque artesanal de la región. ignorantes del drama que casi termina con su vida y su rancho.

 Solo Celestino carga el peso de ese conocimiento, peso que hace más lentos sus pasos, pero también más agradecidos cada amanecer, que abre ojos y sigue respirando. El miércoles 12 de noviembre de 2025 a las 4:17 de la tarde, Cheyen Greece, blindada entra por portón del rancho El Maguei Blanco, precedida por Picap Negra con cuatro guardaespaldas que descienden primero. Revisan perímetro con profesionalismo militar.

 Confirman por radio que área está segura. Celestino está raspando Mageay número 82. Cuando ve los vehículos, su corazón acelera instintivamente, pero esta vez reconoce el patrón. Esta es visita anunciada, no amenaza encubierta. Baja su herramienta, se limpia manos en pantalón.

 Espera, Nemesio o Ceguera desciende de Cheyén vistiendo ropa casi idéntica a septiembre. camisa casual, jeans, botas vaqueras, ningún adorno ostentoso que delate su posición como amo de imperio criminal, que genera 50,000 millones de pesos anuales según estimaciones de DEA. Camina hacia Celestino con pasos relajados, manos en bolsillos, expresión serena de hombre que viene a visitar familia, no a impartir justicia.

 Buenas tardes, tío Cele. Saluda con voz afectuosa que Celestino casi no reconoce, tan diferente del tono frío que debió usar en Rancho Ganadero hace 8 semanas se abrazan brevemente, abrazo torpe de hombres que comparten sangre diluida, pero no intimidad construida. Nemesio huele a colonia cara y tabaco de puro, combinación incongruente con entorno rústico de tierra y maguei.

¿Cómo ha estado? Todo tranquilo. Celestino asiente, señala hacia Jacal. Todo bien, mi hijo. ¿Gustas pasar? Tengo pulque fresco del lunes de los mejores magueelles. Caminan juntos hacia techo de palma, donde Celestino guarda garrafones en sombra fresca.

 Guardaespaldas mantienen distancia respetuosa de 30 m, formando perímetro invisible pero infranqueable. Celestino sirve dos vasos de barro con pulque espeso, espumoso, de color blanco, perla con aroma dulce y ligeramente ácido. Brindan en silencio, beben. Nemesio cierra ojos, saborea, asiente con aprobación genuina. Así lo hacía mi madre. Exactamente así. Se sientan en bancos improvisados con troncos cortados bajo sombra de techo de palma que filtra luz dorada de atardecer. Durante 15 minutos hablan de trivialidades.

 Clima de este año más seco que anterior, precio del maíz subiendo por sequías en Sinaloa. Muerte de vecino de ranchería que cayó de caballo hace dos semanas. Son conversación que cualquier par de campesinos tendría. intercambio que ignora deliberadamente la realidad de quién es Nemesio fuera de estas 3 hectáreas.

 Finalmente, después del segundo vaso de pulque, Nemesio coloca su vaso sobre piso de tierra. Mira directamente a Celestino con ojos que recuperan seriedad. Siento mucho lo que pasó en septiembre, tío. Esos muchachos no tenían autorización, no sabían. Ya están fuera de Jalisco permanentemente. Celestino mueve mano en gesto que resta importancia, aunque ambos saben que no fue trivial. Ya pasó, mi hijo.

 Lo importante es que se resolvió. ¿Le dieron miedo?, pregunta Nemesio con curiosidad genuina, mezclada con preocupación. Celestino considera mentir, considerar minimizar, pero decide por honestidad. Sí, me asustaron. Son hombres jóvenes con armas y ojos duros. Yo soy solo viejo, cansado. Nemesio asiente lentamente, toma ramita seca del suelo, la quiebra entre dedos con chasquidos suaves.

 Este rancho es lo único que me conecta con quien fui antes de convertirme en lo que soy. Cuando vengo aquí durante dos horas, puedo fingir que sigo siendo hijo de vendedor de frutas, que mi único problema es si lloverá suficiente para buena cosecha. levanta vista hacia magueelles centenarios, balanceándose con brisa. Mi madre amaba este lugar antes de que existiera.

 Soñaba con tener rancho así, con producir pulque como su abuela le enseñó. Cuando murió, compré esto para ella estúpidamente, como si tierra pudiera sustituir persona. Su voz se quiebra casi imperceptiblemente en última frase: “Celestino no sabe qué decir ante confesión tan íntima de hombre que ordena descuartizamientos y dirige ejército de 10,000 sicarios.

opta por silencio respetuoso por otro trago de pulque que suaviza asperezas de conversación incómoda. Por eso me enfurecí tanto cuando me dijeron que intentaron extorsionarlo. Continúa Nemesio con voz que recupera dureza de acero. No fue solo porque es mi propiedad, fue porque este rancho es sagrado, es lo único puro que me queda.

Y esos [ __ ] trataron de contaminar eso con su ambición barata. aprieta mandíbula, músculos de cuello tensándose visiblemente. Quise matarlos. Mi primer instinto fue ordenar que los desaparecieran esa misma noche. Pero luego pensé en mi madre, en lo que ella me habría dicho.

 Ella creía en segundas oportunidades, en misericordia cuando era posible. Suelta aire despacio, tensión abandonando sus hombros. Así que les di opción, exilio o muerte. Eligieron sabiamente. Hiciste bien, mi hijo dice Celestino con voz suave pero firme. Muerte no resuelve nada, solo genera más muerte. Nemesio lo mira con expresión indescifrable, mezcla de sorpresa y algo parecido a gratitud.

 No mucha gente me dice que hice bien cuando no mato a alguien. Usualmente es al revés. Se ríen ambos. Risa breve y amarga que reconoce absurdo de vida donde no matar cuenta como virtud. Terminan su pulque en silencio companero mientras sol desciende hacia horizonte pintando cielo de naranjas y rosas imposibles.

 A las 5:43, Nemesio se pone de pie, sacude polvo de sus jeins. Debo irme antes de que oscurezca. Caminos nocturnos son peligrosos. Ironía de narco más poderoso de México, preocupándose por seguridad en carretera no pasa desapercibida. Se abrazan nuevamente. Este abrazo ligeramente menos torpe. Gracias por cuidar esto, tío. Nos vemos en abril. Nemesio regresa a su cheyen.

 Sube seguido por guardaespaldas que abordan pickup negra. Motores rugen simultáneamente. Vehículos se alejan levantando polvo rojizo que sol moribundo convierte en niebla dorada. Celestino permanece de pie bajo techo de palma hasta que vehículos desaparecen completamente, hasta que polvo se asienta, hasta que solo queda silencio de rancho y canto de grillos emergiendo con crepúsculo.

Recoge vasos de barro, los lava en cubeta, entra a su jacal mientras oscuridad envuelve gradualmente el mundo. Esa noche duerme profundamente sin pesadillas, sin sobresaltos, solo sueños tranquilos de Maguelles creciendo lentamente bajo lluvia interminable. Diciembre trae frío intenso que convierte madrugadas en prueba de resistencia, aire tan helado que duele respirar profundo.

 Celestino envuelve su cuello con bufanda tejida que compró en Mercado de Tonalá. usa dos camisas superpuestas bajo su eterno sombrero desilachado. Maguelles resisten temperatura con estoicismo evolutivo de plantas que sobrevivieron siglos en altiplano mexicano. Sus pencas acumulan escarcha durante más frías que se derrite lentamente cuando sol matutino finalmente toca sus superficies.

 Producción de aguamiel disminuye naturalmente durante invierno. Proceso biológico que Celestino respeta sin intentar forzar. Raspa menos maguelles, cada uno con mayor cuidado. Extrae líquido más concentrado, que fermenta más lento, pero produce pulque de sabor más complejo. Sus clientes notan la diferencia. Comentan que pulque de invierno de donc cele sabe a caramelo y tierra húmeda, combinación imposible de replicar con técnicas industriales.

 La historia de lo que pasó en Rancho El Magaguei Blanco en septiembre circula de manera subterránea por células del CJNG en Jalisco, contada en voz baja durante guardias nocturnas, compartida en mensajes encriptados entre operadores, convertida en leyenda de advertencia sobre peligros de operar sin autorización adecuada. La versión que circula es embellecida con detalles inventados, que Celestino enfrentó a los sicarios con escopeta, que el Mencho personalmente ejecutó a el grillo con tiro en cabeza, que el rancho está embrujado con protección sobrenatural.

Ninguna versión es completamente cierta, pero todas contienen núcleo de verdad. Existen lugares y personas intocables, invisibles, excepto para quienes tienen acceso a archivos internos del cartel y violarlos trae consecuencias devastadoras. El mensaje es recibido claramente.

 Jalisco tiene capas de territorialidad que la mayoría de operadores nunca verá completas. Zonas grises que parecen públicas pero son privadas. propiedades que parecen insignificantes pero son sagradas. Para enero de 2026, tasa de extorsiones no autorizadas en región metropolitana de Guadalajara disminuye 37% según reportes de inteligencia interna del cartel.

 No porque sicarios desarrollaron ética súbita, sino porque miedo a repetir destino de el grillo ahora equilibra su ambición. Comandantes regionales implementan protocolo nuevo. Cualquier propiedad antes de tocar debe verificarse contra base de datos actualizada de propiedades protegidas. lista que incluye no solo negocios de familiares de líderes del cartel, sino también iglesias específicas, escuelas primarias, clínicas médicas, lugares que CJNG declaró neutrales por razones estratégicas.

 El rancho Elmaguei Blanco aparece en esa lista con clasificación máxima propiedad directa, NMO, contacto prohibido bajo pena de ejecución inmediata. NMO son iniciales que todos reconocen, Nemesio o ceguera. No se necesita más explicación. Celestino permanece ajeno a su nuevo estatus de leyenda menor en mitología del narco jaliciense. Para él, enero es mes de reparaciones.

 Arregla grieta en pared de adobe, mezclando tierra con agua y paja. Reemplaza cinco láminas de techo oxidadas con hojas nuevas que compra con dinero del sobre de septiembre. Construye repisa adicional en Jacal para acomodar provisiones que ahora almacena con mayor previsión. No es que haya cambiado fundamentalmente, sino que experiencia de septiembre sembró semilla de cautela que antes no existía.

 Comprensión visceral de que su tranquilidad no es garantía natural, sino privilegio mantenido por poder que no controla. Trabaja más despacio ahora, no por cansancio mayor, sino por apreciación profunda de cada día sin amenazas, cada amanecer donde único peligro es resbalarse en tierra húmeda o cortarse con cuchillo de raspar. En febrero, Pulquería La Antigua en centro de Guadalajara celebra 50 años de operación continua con evento especial que incluye música de mariachi, comida tradicional y degustación de diferentes estilos de pulque.

 Dueño del lugar, hombre de 60 años llamado Arnulfo, con bigote espeso y risa contagiosa, invita a Celestino como invitado de honor por ser su proveedor más antiguo y confiable. Celestino acepta tímidamente. Se baña con jabón de barra en cubeta de agua caliente. Se pone su única camisa limpia sin manchas.

 Pe cabello gris con agua y fijador improvisado de gel de sábila. Toma autobús desde Tonalá hasta Guadalajara, trayecto de hora y media que lo hace sudar nerviosamente porque lleva 8 años sin salir de radio de 5 km alrededor de su rancho. Ciudad lo abruma, tráfico rugiendo, claxonazos constantes, multitudes apuradas, edificios altos que bloquean cielo. Se siente como pez sacado de agua clara y tirado en charco turbio.

 Pulquería está decorada con papel picado de colores, fotografías antiguas de Guadalajara colgadas en paredes de ladrillo expuesto, barrica enorme de madera en esquina con grifo dorado. 30 personas llenan espacio pequeño, clientes regulares, familia de Arnulfo, periodista de suplemento cultural de periódico local.

 Cuando Celestino entra a las 7:1 de la noche, Arnulfo lo recibe con abrazo que levanta sus pies del suelo. Lo presenta a todos como artista del pulque, mago del maguei, tesoro viviente de Jalisco. Celestino ríe nerviosamente, sacude manos que se ofrecen, acepta vaso tras vaso de su propio pulque, que sabe extrañamente diferente cuando lo bebe lejos de su rancho.

 periodista lo entrevista durante 20 minutos. Hace preguntas sobre proceso de elaboración, historia de su familia pulquera, secretos de fermentación. Celestino responde con honestidad simple, que aparentemente fascina al periodista, quien anota cada palabra en libreta pequeña. ¿Alguna vez ha tenido problemas? ¿Alguien ha intentado apropiarse de su trabajo? Pregunta periodista con inocencia genuina.

Celestino congela por medio segundo imagen de el grillo con tatuaje de alacrán relampagueando en su memoria. No, joven, mi trabajo es humilde. Nadie se interesa en él, excepto quienes aman el pulque de verdad. Mentira técnica que protege verdades peligrosas. Periodista asciente anota respuestas sin detectar omisión.

 Entrevista se publica 4 días después en suplemento dominical con fotografía de Celestino sosteniendo a Cocote, titular que lee Celestino Vargas, el último guardián del pulque artesanal. Artículo es respetuoso, bien escrito, menciona Rancho El maguei blanco, solo como propiedad rústica en Tonalá. No menciona propietario real porque Celestino nunca lo mencionó, porque esa información no aparece en registros públicos, porque periodista no tiene razón para investigar más profundo.

 3000 personas leen artículo durante desayuno dominical, lo olvidan antes del mediodía. Solo una persona lo recorta y guarda. Nemescio o ceguera, quien sonríe con orgullo extraño al ver fotografía de primo de su abuela preservando tradición que su madre tanto amaba. ¿Cuál ha sido tu parte favorita de esta historia hasta ahora? Cuéntanos en los comentarios antes de que termine, porque el final te dejará pensando. Marzo de 2026.

 Trae primavera explosiva que transforma rancho en jardín. Maguelles brotan quiotes altos como postes que florecen amarillos atrayendo enjambres de abejas. Pasto silvestre cubre tierra antes desnuda, con alfombra verde salpicada de flores moradas minúsculas. Pájaros que Celestino no había visto en años. regresan a anidar en encino solitario.

 Producción de aguamiel aumenta dramáticamente con temperatura ideal y humedad balanceada. Celestino trabaja desde 5 de la mañana hasta 7 de la noche extrayendo, fermentando, envasando volumen récord de pulque. Sus clientes aumentan demandas. Pulquería, la antigua, ordena el doble después de publicidad gratuita del artículo. Dos restaurantes nuevos en Zapopan llaman pidiendo muestras.

 Por primera vez en 12 años, Celestino considera contratar ayudante, joven de ranchería vecina, que conoce proceso básico de raspado, pero finalmente decide contraidea. Este trabajo es suyo, su propósito, su conexión con tierra y tradición. Hacerlo solo es duro, pero también es meditación, ritual que estructura sus días y le da identidad.

 El viernes 28 de marzo a las 3 de la tarde, Celestino está envasando pulque cuando celular suena. Número de Don Neto. Su corazón salta, pero esta vez no es miedo, sino curiosidad mezclada con afecto complicado que ha desarrollado por voz en teléfono, que representa poder absoluto, pero también protección incondicional. Bueno, mijo. Tío Cele, buenas tardes.

Llamaba para avisarle que no voy a poder visitarlo en abril como platicamos. Tengo asuntos que requieren atención fuera de estado. Nemesio suena cansado. Voz más grave que en noviembre, como si hubiera envejecido años en 4 meses. Celestino no pregunta qué asuntos porque aprendió que ignorancia es su mejor protección. No te preocupes, mijo.

Cuando puedas vienes. El rancho y el pulque estarán aquí esperándote. Pausa del otro lado. Respiración profunda, audible. Gracias, tío. Cuídese mucho. Cualquier cosa, cualquier [ __ ] que se acerque con intenciones raras, usted ya sabe qué hacer. Sí, mijo, ya sé. Llamada termina dejando sensación de melancolía que Celestino no logra explicar.

 Regresa a su trabajo terminando de llenar garrafón. número 18, sellándolo con tapa rosca apretada. Esa noche, después decena de sopa de lentejas con tortillas, Celestino sale a su ritual nocturno pararse en centro del rancho bajo cielo estrellado, respirar aire nocturno que huele a tierra fértil y flores silvestres. Escuchar sinfonía de grillos y ranas en charco cercano.

 Piensa en Nemesio, el niño callado de reuniones familiares que se transformó en hombre que hace temblar gobiernos en trayectoria imposible de predecir qué vida tomó. Piensa en el grillo preguntándose dónde estará ahora, si logró construir vida nueva o si peso de su pasado lo arrastra hacia fondo inevitable. Piensa en Brandon. joven de 23 años que recibió misericordia inmerecida esperando que haya aprovechado segunda oportunidad que 99% de personas en su situación no reciben.

Pero principalmente Celestino piensa en sí mismo, en increíble casualidad de ser primo segundo de abuela de narco, más poderoso de México, en suerte ciega que lo colocó como cuidador de propiedad, que se convirtió en su salvación cuando sicarios intentaron extorsionarlo.

 Si ese rancho perteneciera a cualquier otra persona, si Celestino trabajara para propietario normal, septiembre habría terminado diferente, pagando tributo que no podía pagar, perdiendo rancho que se convirtió en su hogar, tal vez perdiendo vida si resistía. La protección que disfruta no es resultado de virtud propia, sino de conexión genética fortuita con hombre que convirtió violencia en imperio.

 Esa verdad lo incomoda porque implica que justicia no es ciega, sino profundamente selectiva, que mismo cartel que aterroriza a miles protege a uno, que él sobrevive mientras otros mueren por accidentes de parentesco y geografía. Durante meses siguientes, vida de Celestino continúa con normalidad, que ahora reconoce como privilegio frágil. Cosechas abundantes en abril y mayo, disminución natural en junio con inicio de calor extremo, repunte en julio con llegadas de lluvias temporales.

 Gana suficiente para vivir cómodamente dentro de parámetros de sus necesidades mínimas. Ahorra resto en lata de galletas. que ahora contiene 187,000 pesos. Fortuna que planea dejar a sobrina en tónala cuando inevitable llegue. No tiene planes elaborados de futuro porque a 73 años futuro es concepto abstracto.

 Solo continuación de presente satisfactorio hasta que cuerpo finalmente se rinda. En septiembre de 2026, exactamente un año después del incidente con el grillo, Celestino despierta pensando en aniversario que nadie más conoce o recuerda. Se para frente a su espejo roto colgado en pared de adobe. Observa rostro que parece 10 años más viejo que hace 12 meses. Arrugas más profundas, ojos más cansados, pero también expresión más sabia, mirada que vio abismo y regresó.

 Ese día raspa Maguelles con gratitud deliberada, tocando cada planta con respeto renovado, agradeciendo silenciosamente a fuerzas invisibles que conspiraron para mantenerlo vivo, a sangre compartida con Nemesio, a eficiencia brutal del ZNG, a teléfono que se atrevió a marcar, a misericordia que Nemesio eligió ejercer, recordando creencias de su madre.

 Por la tarde prepara pulque especialmente cuidadoso, filtrado tres veces hasta quedar transparente como agua, fermentado exactamente 72 horas hasta alcanzar punto perfecto entre dulce y ácido. Llena vaso de barro, lo levanta hacia cielo azul de septiembre, idéntico al de hace un año. Por los que ya no están, por los que pudieron irse, por los que seguimos aquí sin entender por qué, susurra antes de beber, pul que sabe a miel, tierra y segundas oportunidades.

 Sabe a vida que pudo terminar, pero no terminó. Sabe a historia que nadie creerá completamente, pero que él cargará hasta su último día. La historia del Sejco ANG cobrando piso al pulquero humilde que resultó ser cuidador del rancho sagrado de El Mencho, jamás aparecerá en periódicos nacionales ni en reportes oficiales sobre crimen organizado.

 Es demasiado pequeña para merecer atención de autoridades, demasiado peligrosa para que víctimas hablen públicamente, demasiado específica para convertirse en estadística útil. Pero dentro de Jalisco, dentro de estructuras invisibles del cartel, historia vive como parábola moderna sobre peligros de ambición ciega y poder de conexiones inesperadas.

 Cada nuevo recluta eventualmente escucha versión de ella durante entrenamiento informal. Nunca asumas que conoces toda la historia de alguien. El anciano más pobre puede ser primo del jefe. La casa más humilde puede ser santuario protegido. Opera con inteligencia, no con arrogancia.

 Lección se graba en mentes jóvenes con claridad que ningún manual oficial lograría. Para Celestino Vargas, 73 años, campesino de toda vida, guardián involuntario de recuerdos familiares de hombre más buscado de México, la historia es simplemente parte de su existencia. Capítulo extraordinario en libro mayormente ordinario. Continúa raspando maguelles cada mañana, fermentando pulque cada tres días, vendiendo garrafones cada semana.

 Continúa viviendo solo en jacal de adobe, comiendo frijoles y tortillas, durmiendo en catre de metal que cruje con cada movimiento. Pero ahora cuando camina entre sus maguelles centenarios, cuando hunde a cocote en corazón dulce de planta noble, cuando observa líquido blanco perla fluyendo lento como promesa líquida, Celestino sabe algo que no sabía antes de septiembre de 2025, que está vivo no solo por habilidad o trabajo duro, sino por gracia complicada y manchada de sangre, por protección que viene con precio pagado por por lugar en ecosistema de violencia, donde él ocupa posición privilegiada de

no combatiente intocable. Es conocimiento que pesa más que garrafón lleno de pulque, que no comparte con nadie, porque palabras no pueden contener complejidad de gratitud, mezclada con culpa, mezclada con alivio, mezclado con tristeza, por quienes no tienen primo poderoso que conteste teléfono cuando desesperación llama.

 El sol se pone sobre rancho el maguei blanco, como lo ha hecho durante siglos, indiferente a dramas humanos que se desarrollan bajo su luz. Maguelles centenarios balancean sus pencas con brisa vespertina, guardando secretos en sus corazones fibrosos. Tierra rojiza absorbe últimos rayos dorados, preparándose para frío de noche que vendrá.

 y Celestino Vargas, último guardián del pulque artesanal, según artículo de periódico olvidado, cuidador de propiedad sagrada según archivos secretos de cartel, simplemente un anciano según su propia percepción, cierra puerta de su jacal, se prepara para otra noche de sueño interrumpido por dolor en rodillas y gratitud silenciosa por privilegio incomprensible de seguir existiendo mundo donde existir.

 Para muchos es lujo que termina abruptamente en cuneta oscura o fosa sin marcador. Su historia no cambiará Jalisco ni detendrá violencia que devora Estado, pero permanecerá como testimonio pequeño de cómo poder funciona realmente. con lógica de justicia, sino con capricho de conexiones, no con equidad, sino con excepciones arbitrarias que salvan a uno mientras condenan a miles.