El profesor Don Ernesto Ramírez enseñaba Literatura en una secundaria pública de las afueras de Ciudad de México, cerca de Iztapalapa. Era conocido por su carácter serio, pocas palabras y una disciplina casi antigua. Nunca asistía a reuniones del profesorado ni a celebraciones escolares. Para los alumnos, Don Ernesto existía únicamente dentro del aula. Al terminar las clases, regresaba solo a su pequeño cuarto en una vieja unidad habitacional, cenaba algo sencillo y se dormía temprano. Nadie entendía por qué un hombre tan culto y bondadoso había pasado toda su vida sin formar una familia.

Todo cambió un verano, cuando Don Ernesto encontró a Miguel, un alumno de séptimo grado, encogido bajo el techo de la escuela mientras caía una lluvia torrencial. Miguel tenía la pierna izquierda amputada hasta la rodilla, envuelta en vendas sucias y empapadas. A su lado, apenas una bolsa de tela con ropa vieja.

Al preguntarle, Don Ernesto supo la verdad: tras un accidente de tránsito, los padres de Miguel habían fallecido. Ningún familiar quiso hacerse cargo. El niño había pasado días vagando entre terminales de autobuses y patios abandonados… hasta refugiarse en la escuela.

Don Ernesto no lo dudó.

Pidió permiso al director para que Miguel se quedara temporalmente en el viejo almacén del gimnasio y, en silencio, usó los ahorros que había heredado de sus padres para acondicionar su diminuta cocina y darle al niño un lugar digno donde dormir.

Pronto, toda la escuela se enteró. Algunos lo admiraban en silencio; otros murmuraban que estaba loco, que se estaba buscando problemas innecesarios. Don Ernesto solo sonreía.

Durante años, cada mañana se levantó antes del amanecer para preparar atole y pan para Miguel. Al salir de clases, lo llevaba en bicicleta al hospital público para las terapias, esperaba horas en las filas y luego regresaban juntos a casa. Pedía libros usados para que Miguel no se atrasara cuando faltaba por tratamiento.

—“Cada quien tiene sus propios hijos que mantener” —decían algunos con crueldad—.
Don Ernesto respondía con calma:
—“Este niño me necesita. Eso es suficiente.”

Cuando Miguel ingresó a la preparatoria, Don Ernesto siguió llevándolo todos los días, aunque el plantel quedaba a más de cinco kilómetros. Temía que el muchacho se sintiera observado por su prótesis, así que habló con los maestros para que lo sentaran al frente, donde pudiera concentrarse sin miradas incómodas.

Miguel nunca decepcionó. Estudió con disciplina y gratitud.

Al terminar la preparatoria, fue aceptado en la Universidad Pedagógica Nacional, en el norte de la ciudad. El día que partió, Don Ernesto lo despidió en la Terminal del Norte, repitiendo las mismas palabras una y otra vez:

—“Come bien, cuida tu salud. Si algo te falta, escríbeme. No tengo mucho, pero tú eres mi mayor orgullo.”

Mientras Miguel estudiaba, Don Ernesto siguió viviendo solo. Daba clases extra para enviarle dinero. Rechazó cualquier intento de que lo emparejaran.

—“Ya estoy acostumbrado a esta vida” —decía—. “Solo quiero verlo graduarse.”

Y entonces llegó el día.

El día de la graduación.

En el campus universitario, los estudiantes lanzaban birretes al aire. Miguel sostenía su título con manos temblorosas, buscando entre la multitud el rostro familiar de Don Ernesto.

Pero él no estaba.

Miguel llamó una y otra vez. Sin respuesta. Apenas unos días antes había recibido una carta con letra firme:

“Cuando termines, regresa y cuéntame todo.”

Un mal presentimiento lo invadió. Sin esperar, Miguel tomó el primer autobús de regreso.

Al llegar a la unidad habitacional, ya era de noche. Las sandalias gastadas de Don Ernesto seguían frente a la puerta. Dentro, la lámpara estaba encendida. Don Ernesto estaba sentado al borde de la cama, con un cuaderno de planeación entre las manos, como si se hubiera quedado dormido.

El jefe del comité vecinal habló con la voz quebrada:

—“Creemos que estaba esperándote… su corazón ya estaba débil.”

Miguel cayó de rodillas. Lloró como nunca antes. Su título cayó al suelo junto a un cuaderno viejo. Dentro, encontró páginas y páginas con cuentas de medicinas, libros, transporte… y al final, una frase escrita con tinta corrida:

“Si crece siendo una buena persona, mi vida habrá valido la pena.”

El funeral fue sencillo. Antiguos alumnos llenaron el patio de la escuela. El director dijo entre lágrimas:

—“Don Ernesto no tuvo hijos biológicos. Pero miles aprendimos a ser personas gracias a él.”

Miguel decidió no volver a la universidad. Solicitó una plaza como maestro en la misma secundaria donde Don Ernesto había enseñado. Vivió en el mismo cuarto. Cada mañana dejaba una hoja en el escritorio y escribía:

“Maestro, hoy me esforzaré un poco más.”

Años después, Miguel se convirtió en uno de los profesores más queridos… hasta que un día conoció a Luis, un niño de sexto grado que se quedaba después de clases intentando caminar con una sola pierna, avergonzado de pedir ayuda.

Miguel vio en él su propio pasado.

Y volvió a hacer lo que una vez hicieron por él.

Lo acompañó, lo apoyó, lo defendió.

Un día, unas cámaras grabaron la escena sin saberlo.

El video se volvió viral.

Millones lloraron.

Cuando le preguntaron de dónde venía tanta bondad, Miguel respondió:

—“Solo estoy continuando lo que mi maestro no alcanzó a terminar.”

Bajo un viejo árbol de jacaranda, Miguel mandó colocar una placa que decía:

“Gracias, Don Ernesto.
Nos enseñó a ser humanos antes que estudiantes.”

Y así, el círculo se cerró.

Pero la bondad…
esa nunca termina.