El millonario besa a su empleada doméstica para evitar un matrimonio arreglado y se enamora de ella. Antes de seguir, déjanos en los comentarios tu país o ciudad. Ahora sí, disfruta la historia. Todo estaba listo para la cena del viernes. El compromiso se anunciaría oficialmente. Amelia ya tenía su vestido.

 Esas fueron las primeras palabras de Isabel Le Febre al entrar en la mansión de su hijo sin tocar la puerta, como de costumbre. Julián Lefebre, sentado en el sofá revisando contratos con su traje azul marino y corbata roja perfectamente ajustada, levantó la mirada lentamente, como si acabara de escuchar una amenaza disfrazada de cortesía.

 “¿Qué compromiso?”, preguntó frunciendo el seño. “El tuyo, por supuesto, con Amelí. Ya es hora de que crezcas y dejes de rechazar todo lo que tenga que ver con la palabra matrimonio. Julián soltó un suspiro cansado. Nunca acepté eso, mamá. Ya te lo dije mil veces.

 Isabel se cruzó de brazos con la elegancia de quien siempre obtiene lo que quiere. Tienes 30 años y un imperio que proteger. Casarte con Amo Gerard es la mejor decisión para unir a nuestras familias. Además, se ven bien juntos. Será presentable, pero no la amo y ya tengo novia. El rostro de Isabel cambió de inmediato, como si su hijo hubiera dicho que iba a renunciar a todo para ser monje.

 ¿Qué dijiste? Que ya estoy en una relación seria, además. ¿Con quién? Preguntó Isabel arqueando una ceja. Julián miró hacia el pasillo buscando una salida rápida. Entonces la vio Elena Duarte, la nueva empleada de limpieza, estaba parada sobre una pequeña escalera limpiando el candelabro principal con su uniforme amarillo brillante, guantes puestos y una banda sujeta en el cabello castaño.

 Tenía los auriculares colgando del cuello y tarareaba una canción en voz baja, sin imaginar que estaba a punto de convertirse en el centro de un drama familiar. Con ella dijo Julián señalándola con serenidad. Isabel abrió los ojos con horror. Ni se te ocurra, Julián. Pero ya era demasiado tarde. Julián se levantó del sofá, caminó hacia el vestíbulo y se detuvo frente a Elena.

Ella apenas alcanzó a girarse cuando él la tomó de sorpresa y la besó en la boca. Elena se quedó inmóvil. Un segundo, dos, tres, estaba soñando. En el cuarto segundo, su cerebro regresó a la realidad y en el quinto lo empujó con tanta fuerza que casi lo hace perder el equilibrio. “¿Estás loco?”, gritó quitándose los guantes y arrojándolos al suelo.

 “Ni siquiera terminé de limpiar el candelabro. ¿Puedo explicarlo?”, balbuceó Julián. “No, no puedes. Acabas de besarme frente a tu madre. Isabel observaba todo con el rostro rígido, como una reina ofendida ante un escándalo público. “Esto, esto es una broma de mal gusto”, dijo al fin Julián Lefebre. Has perdido completamente la cabeza.

 Una empleada, “Una mujer increíble en realidad”, replicó él intentando mantener la compostura con un trapo en la cabeza. Se llama realidad, mamá. Quizá deberías conocerla algún día. Isabel agarró su bolso con la dignidad de una emperatriz y salió del lugar con pasos firmes, cada tacón golpeando el mármol como un martillazo de juicio.

 Cuando la puerta se cerró, Elena cruzó los brazos y lo miró con incredulidad. Ahora me vas a explicar o empiezo a adivinar. Necesitaba una salida. Mi madre quiere obligarme a casarme con Amelí y me desesperé. Te vi ahí y lo dije sin pensar. Ah, claro, como si yo fuera parte del mobiliario, lista para actuar cuando te dé la gana. Fue un impulso, lo juro.

 Un impulso. Eso no es impulso, eso es invadirle la vida a alguien. Julián alzó las manos en señal de rendición. Lo siento. Te pagaré un bono por el malentendido. Elena tomó el trapo del balde y se lo lanzó a la cara. Métete tu bono donde no da el sol, señor traje azul y corbata roja.

 Dicho eso, se giró y se marchó al ala del personal furiosa. Julián se quedó quieto en el pasillo con el trapo resbalando lentamente de su hombro y una sonrisa nerviosa. No era por el beso ni por el enojo de su madre, era otra cosa, algo que no entendía. En la lavandería, Dona, su compañera de trabajo, la vio entrar agitada. ¿Qué pasó? Tienes la cara como si hubieras visto un fantasma. Pure. El jefe me besó. ¿Qué? Sí.

 En medio del vestíbulo con su madre mirando. Dijo que era su novia para librarse de un matrimonio arreglado. Dona dejó caer la sábana que doblaba. ¿Y cómo te sientes? Enojada. confundida, humillada. Y el beso. Elena hizo una pausa a menta cara y perfume caro y un poco a arrogancia.

 ¿Te gustó? Me dieron ganas de darle una bofetada, pero tal vez mi corazón se saltó un latido. Pero eso es un reflejo, como estornudar. Las dos soltaron una carcajada. Sin saberlo, Julián observaba la escena por la cámara del pasillo, sonriendo apenas. Por primera vez en mucho tiempo, algo en su vida dejaba de ser predecible.

 Al día siguiente, Elena llegó al trabajo antes de tiempo, decidida a no cruzarse con él. Pero su plan duró 35 segundos. Al entrar en la cocina, Julián estaba apoyado en el marco de la puerta con una taza de café y una sonrisa burlona. Buenos días, novia temporal. ¿Dormiste bien? Soñé que te arrojaba un plumero a la cara. ¿Quieres que te lo dibuje? Vamos, Elena, no seas así. No soy tu novia.

 Lo de ayer fue tu colapso nervioso, no un contrato. Julián dejó la taza sobre la mesa y se acercó. Necesito tu ayuda. Mi madre realmente creyó que somos pareja. Si finges ser mi novia por una semana, te pagaré. Me vas a pagar por fingir que te amo. ¿Qué soy actriz de telenovela? No, una mujer inteligente que sabe reconocer una oportunidad. Elena lo miró con ironía.

 Claro, porque pretender estar enamorada de un jefe mandón y egocéntrico es el sueño de toda mujer. “Podrías usar el dinero”, replicó él con calma. Ella se cruzó de brazos. podría usar vacaciones en la playa y no ando fingiendo romances por eso. Él suspiró. Si cambias de opinión, házmelo saber. Cuando Julián se fue, Elena se quedó mirando su taza de café y murmuró, “Ni aunque me ofreciera el cielo.

” Pero unas horas más tarde, una llamada de su madre cambió todo. Lucas, su hermano menor, había vuelto al hospital. La cirugía era urgente y costosa. Esa noche, mientras trapeaba el pasillo principal, vio a Julián sentado junto a la chimenea revisando su teléfono. “La oferta sigue en pie”, preguntó con voz baja. Julián levantó la mirada. “Hasta el domingo. 5,000 € por la semana.

 10,000, respondió ella sin titubear y con contrato. Nada de sorpresas ni beso sin permiso. Julián sonrió intrigado. Y tus condiciones primera, no me mandes como si fuera tu secretaria. Segunda, no comentes mi aspecto ni intentes cambiar mi ropa. Y tercera, si me faltas al respeto, se acaba el trato. Él extendió la mano. Trato hecho. Trato hecho. Y ahora muévete, que el piso no se limpia solo.

 A la mañana siguiente, el acuerdo estaba firmado. cinco páginas que detallan horarios, reglas y una cláusula que decía claramente, “Prohibido cualquier tipo de contacto físico sin consentimiento previo.” Julián la había redactado con precisión de abogado, pero Elena le agregó notas a mano con letra firme y tampoco miradas raras ni apodos cursis.

“¿Contenta?”, preguntó él firmando al final más que nunca y extendió su mano para sellar el trato. Ahora sí, jefe, ya tienes novia de alquiler. Desde ese día empezaron los ensayos. Julián, puntual como un reloj, la citaba todas las tardes en el jardín para practicar cómo actuar frente a los demás.

 Empieza diciéndome algo cariñoso”, le indicó un martes con las manos en los bolsillos. Cariñoso. Elena lo observó con una sonrisa burlona. ¿Te refieres a algo tipo querido o pobre hombre con traje caro? ¿Algo más romántico? Está bien, dijo con tono teatral. Mi amor, ¿has visto mi trapeador? Lo dejé justo donde se cayó tu dignidad. Julián soltó una risa inesperada. Tienes talento para los diálogos.

No te emociones, es sarcasmo puro. Los días pasaron entre bromas, discusiones y miradas que ninguno reconocía como coqueteo, aunque lo parecían. Elena, con su carácter libre y su risa fácil rompía la rigidez del millonario. Y Julián, sin darse cuenta, empezaba a esperar esas tardes con ansiedad.

 Tres días después, él llegó al jardín con expresión tensa. “El sábado tenemos una cena con mi familia”, anunció ajustándose la corbata roja. “Tenemos”, repitió ella cruzándose de brazos. “¿Acaso tengo voz en esto?” Mi madre insiste en conocer a mi novia. “No tengo opción.” “Perfecto, dijo Elena. Entonces iré vestida como siempre con mi uniforme amarillo. Así sabrán que su hijo tiene pésimo gusto.

 No, Elena, tienes que parecer. Buscó las palabras. Bueno, más formal, más formal. Pues qué pena. No tengo vestidos de gala escondidos entre los trapeadores. Julián bajó la mirada incómodo. Yo puedo encargarme de eso. Ni lo pienses. Si acepté este circo, fue por mi hermano, no para que me disfraces como muñeca. Yo resolveré mi ropa.

 El sábado a las 6, Elena bajó las escaleras principales de la mansión con un atuendo sencillo, jeans oscuros, blusa blanca con un estampado discreto, una chaqueta base y botas limpias. Su cabello castaño estaba recogido en una coleta alta y se había puesto un poco de lápiz labial rojo.

 Julián la esperaba en el vestíbulo con un traje azul oscuro impecable. Cuando la vio, su respiración se detuvo un instante. ¿Te ves? Buscó las palabras. Muy bien, gracias por el entusiasmo, respondió ella bajando los últimos escalones. Espero que tu familia no espere un desfile de modas. Te van a adorar, mintió él con una sonrisa. Claro, igual que un gato, adora el agua fría.

El restaurante elegido por Isabel Lefebre era un sitio elegante en el centro de París. Música de piano, copas finas y un ambiente donde hasta el silencio parecía caro. Elena miró alrededor y murmuró, “Aquí hasta el aire debe costar por litro.” Julián disimuló una sonrisa. Poco después, Isabel y Henry Lefebre llegaron acompañados de Amelí Girar, quien lucía un vestido rojo brillante y una sonrisa de portada de revista. Julián saludó su madre con un beso frío.

Y tú debes ser Elena, ¿verdad? Sí, señora Lefebre, dijo Elena extendiendo la mano. Un placer. Isabel la observó como quien examina una mancha en la alfombra, pero aceptó el saludo. Este es tu padre, Henry, dijo Isabel y nuestra amiga Amelie Girar. Henry sonrió con calidez. Encantado, Elena. Mi hijo nos habló de ti. Bueno, no exactamente de cómo se conocieron.

Ah, eso fue muy romántico, dijo Elena con naturalidad. Le derramé un balde de agua el primer día. Amor al primer chapuzón. Henry soltó una carcajada y hasta Julián sonrió, pero Isabel apretó la mandíbula con fuerza. Ameli, por su parte, la observó de arriba a abajo con un gesto que decía, “No perteneces aquí.

 Qué atuendo tan original”, comentó Amelí con voz dulce. “¿Es vintage?” “De hecho, sí”, respondió Elena con una sonrisa. “Lo compré en una tienda que se llama rebajas de fin de temporada.” “¡Qué curioso”, replicó Amelie sin saber cómo reaccionar. “Y tu vestido es precioso,”, añadió Elena. Debe haber costado más que se meses de mi salario. La sonrisa de Amelí se congeló.

 Durante la cena, Isabel interrogó a Elena con sutileza disfrazada de cortesía. Entonces, ¿trabajas en la casa, verdad? ¿Cuál es exactamente tu función? Limpio y organizo respondió Elena. Básicamente hago que todo brille, incluso las conversaciones incómodas. Henry rió bajo. Tiene sentido del humor. Eso me gusta. Gracias, señor Lefebre.

 A veces es lo único que me salva de perder la paciencia. Amelie intervino con voz dulce pero venenosa. Debe ser difícil adaptarse a este tipo de lugares, ¿no? Un poco, contestó Elena, pero nada que un poco de paciencia y educación no solucionen. El resto de la cena transcurrió entre comentarios tensos, risas disimuladas y la sensación constante de que Isabel y Ameli la estaban evaluando con Lupa.

 Elena, sin embargo, se mantuvo tranquila lanzando una broma aquí y otra allá, ganándose la simpatía de Henry, que no dejaba de sonreír. Al final, cuando salieron al estacionamiento, Isabel tomó a su hijo del brazo y lo apartó. Esa mujer no durará aquí, Julián. Está muy por debajo de ti, mamá. Basta. No, hijo, esta farsa tiene que terminar.

 Si quieres arruinar tu reputación, hazlo solo, pero no arrastres a la familia contigo. Cerca de ahí, Amelicia acercó a Elena con esa sonrisa falsa que ya se había vuelto su sello. “Hiciste un buen papel”, dijo con tono amable. “Pero no te ilusiones. Esto no es más que un juego para él.” “Gracias por el aviso,” respondió Elena. “Pero tranquila, no corro tras príncipes de corbata roja.

 Te aseguro que cuando él se canse volverá conmigo”, dijo Amelí dando media vuelta. “Qué alivio”, murmuró Elena. “Así te quedas con todo su aburrimiento. De camino a casa, el silencio entre Julián y Elena era extraño. No era incómodo, sino lleno de pensamientos. “Estuviste increíble”, dijo al fin Julián.

 “Solo fui yo misma”, respondió ella. Si eso te parece increíble, tus estándares están por el suelo. No, replicó él con una sonrisa. Me refiero a que no dejaste que te humillaran. Elena giró hacia él. Esperabas que bajara la cabeza. No lo sé, dijo él. Pero me sorprendiste. Fuiste valiente. Ella sonrió con ironía. Ten cuidado, jefe. Si sigues hablando así, vas a terminar cayendo de verdad.

Él rió en silencio, mirando por la ventana del coche. Y aunque ninguno lo dijo, ambos sabían que algo entre ellos había empezado a cambiar. La mañana después de la cena con los Lefebre comenzó con un silencio extraño en la mansión. Elena llegó temprano con el cabello recogido y una determinación nueva.

Fingir ser la novia del jefe había sido más complicado de lo que imaginaba y lo peor era que no podía quitarse de la cabeza la mirada de Julián cuando la defendió frente a su madre. Se obligó a pensar en otra cosa, así que se dirigió a la cocina para empezar con su rutina.

 Mientras organizaba los utensilios, notó que la tostadora vieja emitía un chasquido raro cada vez que alguien la usaba. Perfecto. Otro aparato al borde del colapso”, murmuró. Con un suspiro, desconectó el cable y lo revisó. Desde niña había aprendido que si algo se rompía no había dinero para repararlo, así que había que arreglarlo por cuenta propia. sacó un destornillador del gabinete y empezó a desmontar el panel trasero.

Solo un segundo se dijo girando el tornillo. Un cable suelto y listo. No notó que el enchufe estaba defectuoso. Aunque el aparato estaba desconectado, un pequeño flujo de corriente seguía circulando. Cuando tocó los cables con el destornillador húmedo, una descarga eléctrica le recorrió el brazo y soltó un grito ahogado antes de caer al suelo, tirando una sartén de metal.

 En el piso superior, Julián escuchó el golpe y el grito. Soltó los papeles que revisaba y corrió hacia la cocina. Encontró a Elena sentada en el suelo temblando, con la mano izquierda enrojecida y los ojos llenos de lágrimas contenidas. Elena, ¿qué pasó? preguntó arrodillándose junto a ella. Nada, la tostadora solo jadeó. Me dio un toque.

 Eso no fue un toque, fue una descarga. ¿Puedes moverte? Sí, sí, estoy bien. Intentó ponerse de pie, pero las piernas no le respondieron del todo. Sin pensarlo, Julián la cargó en brazos. “Oye, bájame”, protestó ella. Puedo caminar. No voy a discutir. Te llevo al hospital. No hace falta dramatizar. Solo fue un chispazo. Tu mano está quemada y te tiembla el pulso. Vamos.

 En el camino, Julián manejó con tención, mirando de reojo a Elena cada vez que podía. Ella, incómoda, lo miró de lado. No me mires como si estuviera moribunda. He tenido peores sustos arreglando la ducha de mi madre. Eso no me tranquiliza. Pues deberías relajarte, jefe. Él soltó una risa nerviosa. Eres la única persona que me dice, relájate después de electrocutarse.

Y tú eres el único jefe que secuestra a su empleada para llevarla al hospital. Estamos a mano. En la sala de urgencias, el médico revisó la quemadura. Tuvo suerte, dijo el doctor. La corriente no fue fuerte, solo una quemadura leve y algo de tensión muscular. Estará bien en unos días, ¿ves?, dijo Elena levantando su mano vendada.

 Te dije que no era nada, nada que pudo dejarte inconsciente, replicó Julián. De regreso a la mansión, el ambiente era distinto. Ya no había sarcasmos ni burlas, solo un silencio lleno de cosas no dichas. Elena, mirando por la ventana rompió el hielo. ¿Por qué te importa tanto? ¿Qué cosa? Mi mano, mi salud, todo esto. No tienes obligación de preocuparte. Julián tardó en responder.

No lo sé. Tal vez porque me recuerdas que todavía hay personas que hacen las cosas por amor, no por interés. Ella se quedó callada, sorprendida por la sinceridad. Esa es la frase más honesta que te he escuchado. No te acostumbres, contestó él con una leve sonrisa. No soy muy bueno en eso.

 Cuando llegaron a la mansión, Julián la ayudó a bajar del auto, pero ella se apartó con suavidad. Gracias, pero puedo caminar sola. Hoy no trabajarás”, ordenó él. Disculpa, es una orden. Quiero que descanses. Hablaré con Dona para que te cubra. Julián solo fue una quemadura y yo soy tu jefe, así que obedece por una vez. Elena lo miró con media sonrisa. Y ahora si usas el título de jefe, solo cuando se trata de tu bienestar.

caminaron hasta la puerta del área de empleados. Ella se detuvo y lo miró a los ojos. “Gracias por todo. No tienes que agradecerme.” “Sí, tengo”, replicó ella con voz baja. No estoy acostumbrada a que alguien se preocupe así. ¿Qué quieres decir? Que normalmente soy yo quien cuida de los demás.

 Por un momento, ninguno habló, solo el sonido del viento que entraba por las ventanas abiertas llenó el pasillo. En ese silencio, Julián la miró distinto, como si acabara de verla por primera vez. Esa noche, mientras trabajaba en su despacho, no pudo concentrarse. Las palabras de Elena le daban vueltas en la cabeza. Ella arreglaba cosas porque creía que todo tenía solución. Era práctica, directa y sincera.

 Justo lo contrario de las personas que lo rodeaban en los negocios. Por primera vez pensó que tal vez necesitaba a alguien así en su vida. Y aunque intentó convencerse de que todo era parte del trato, su corazón no opinaba lo mismo. A la mañana siguiente, Elena apareció con su mano vendada y la misma determinación de siempre.

 “No te dije que descansaras”, reclamó Julián. “Ya descansé. Además, no puedo quedarme quieta. Me vuelvo loca sin hacer nada. Él sonrió rindiéndose. De acuerdo, pero nada de reparaciones eléctricas. Prometido, respondió ella con sarcasmo. Solo limpiaré los cuchillos, lo cual es mucho más seguro.

 Pasaron unos minutos en silencio hasta que Julián, sin levantar la vista de la computadora, dijo, “Cuéntame algo de ti.” ¿Por qué? Curiosidad, siempre hablas de trabajar, pero nunca de tu vida. Elena se apoyó en la mesa y pensó un segundo. Mi papá se fue cuando yo tenía 8 años. Solo dejó de aparecer. Mi mamá tuvo que trabajar en dos empleos para mantenernos.

 Aprendí a cocinar, a cuidar a mi hermano y a reparar cosas porque no había otra opción. ¿Nunca te enojaste por eso? Sí, mucho, pero el enojo no paga las facturas. Julián la miró con atención. ¿Y cómo haces para seguir sonriendo después de todo eso? Mi mamá dice que la risa es gratis, que aunque seamos pobres, no tenemos que ser amargados. Él sonrió genuinamente. Tu mamá es sabia. Lo es.

 Siempre me dice que los hombres ricos son como el helado de chocolate belga. Se ven irresistibles, pero al final te caen mal. Julián soltó una carcajada. ¿Y yo qué tipo de helado soy según tú? Tú lo pensó unos segundos. Eres de esos con cobertura dorada, muy bonitos, pero difíciles de digerir.

 Reron los dos y por un instante la tensión entre ellos desapareció. Por primera vez se sentían cómodos juntos. Esa noche, mientras Elena se despedía para ir a su habitación, Julián la detuvo en el pasillo. Elena, sí, no vuelvas a arriesgarte así. Si algo te pasa, hizo una pausa. No sé qué haría. Ella lo miró sorprendida, sin saber si reír o sonrojarse. Tranquilo, jefe. Aún no pienso morirme.

Lo digo en serio. Yo también. y con una sonrisa leve agregó, “Pero si algún día me electrocuto otra vez, te aviso antes para que no te asustes tanto.” Cuando ella se fue, Julián se quedó solo en el pasillo con una mezcla de alivio y miedo. Por primera vez temía perder algo más que una inversión o un negocio.

 Y lo peor era que aún no sabía cómo detener lo que empezaba a sentir. Hagamos un juego para quienes leen los comentarios. Escribe la palabra baguette en la sección de comentarios. Solo los que llegaron hasta aquí lo entenderán. Continuemos con la historia. Una semana después del accidente, la mansión volvió a su ritmo habitual, aunque algo había cambiado.

 Elena evitaba admitirlo, pero cada vez que escuchaba los pasos de Julián acercarse, el corazón le latía más rápido y Julián ya no podía mirarla como antes. Esa tarde él apareció en la cocina con su habitual traje azul marino, el nudo rojo perfectamente alineado y una mirada un poco nerviosa. Necesito pedirte algo”, dijo apoyándose en el marco de la puerta.

 “Otra locura como fingir que soy tu novia, porque no hago segundas partes de tragedias”, contestó ella sin levantar la vista del trapeador. No es eso. Bueno, en parte sí, dijo él dudando un segundo. “Mañana hay una gala importante de Lefebre Innovaciones. Asistirá la prensa, mi familia y Amelí.” Elena levantó una ceja. Ah, la novia oficial. Qué romántico. No es mi novia, aclaró él rápido.

 Pero todos creen que tú lo eres, así que necesito que me acompañes. Elena soltó una risa sarcástica. Y se supone que tengo que desfilar entre vestidos de diseñador con mi uniforme amarillo. No, claro que no. ¿Tienes algo más formal? Sí, varios vestidos de gala colgados junto al cubo de trapeadores, replicó ella.

 Julián se pasó la mano por el cabello frustrado. Está bien, lo resolveré. Ni se te ocurra comprarme nada, lo interrumpió. Ya me las arreglaré. Esa misma noche, Elena llamó a su cuñada y le pidió prestado un vestido. A la mañana siguiente, apareció en la mansión con una bolsa colgando del brazo y un brillo nervioso en los ojos.

 A las 7 en punto bajó las escaleras con el vestido puesto, uno negro sencillo, sin adornos, que se ajustaba perfectamente a su silueta. El cabello lo llevaba en un moño elegante y solo un toque de brillo en los labios. Cuando Julián la vio, se quedó sin palabras. ¿Qué pasa?, preguntó ella incomoda. Nada, solo sonrió. Te ves increíble. Gracias, señor crítico de modas. Espero que tu familia no espere lentejuelas.

No lo harán. Le ofreció el brazo con una sonrisa. Lista. Lo dudo, pero vamos. El salón del hotel de Krillon brillaba con luces doradas, copas de champaña y conversaciones fingidas. Elena se sintió fuera de lugar desde el primer segundo. Esto parece un zoológico de trajes caros susurró. Y yo soy el pingüino equivocado.

Relájate, dijo Julián. Estás perfecta. No tardaron en aparecer Isabel Febre y Amelí Girar. La madre impecable con un vestido azul marino y sonrisa diplomática. La segunda con un vestido rojo intenso y una mirada que podría cortar el aire. “Julián, querido”, dijo Isabel besando a su hijo en la mejilla.

 “Qué sorpresa verte aquí con con su novia”, interrumpió él mirando a Elena con ternura fingida. Isabel apretó los labios y forzó una sonrisa. “Por supuesto, encantada, Elena.” Amely se acercó sosteniendo una copa. No te había visto en eventos así, comentó con falsa curiosidad. ¿Vienes a menudo a este tipo de reuniones? Oh, todo el tiempo, respondió Elena con serenidad.

 Solo que normalmente estoy detrás del mostrador limpiando las copas. Julián casi escupe el vino de la risa contenida. Amelí sonrió tensamente. Qué sentido del humor tan original. Gracias”, replicó Elena. “Es mi mejor accesorio.” Durante la cena, los murmullos no tardaron en comenzar. Algunos invitados miraban con discreción a la pareja, otros no se molestaban en disimular, pero Elena, lejos de encogerse, mantenía la cabeza erguida y una sonrisa que desarmaba incluso a los más críticos.

Julián, en cambio, la observaba con una mezzla de orgullo y nerviosismo. No podía negar que aquella mujer que todos subestimaban tenía una fuerza que no había visto en nadie más. En un momento de la noche, mientras la orquesta tocaba una melodía suave, Amelí se acercó otra vez, esta vez con un tono más venenoso. Debo admitir que luz es mejor de lo que esperaba.

Gracias, supongo. Aunque claro, hay cosas que ni el mejor vestido puede ocultar. Elena la miró directamente a los ojos. Tienes razón, dijo con calma. Por ejemplo, la mala educación. La tensión se volvió palpable. Varias personas voltearon a mirar. Julián intervino poniéndose de pie. Amelie, creo que ya dijiste suficiente. Ella lo observó con falsa inocencia.

Solo charlábamos. No sabía que necesitaba permiso para eso. Elena le dio la espalda y tomó su copa. No vale la pena murmuró. Pero Julián la tomó suavemente del brazo. Si vale, dijo con firmeza. Nadie tiene derecho a tratarte así. La mirada de él hizo que Amelí retrocediera con el orgullo herido.

 “Como quieras, Julián, solo recuerda quién eres y de dónde vienes”, dijo antes de alejarse. Elena soltó el aire lentamente. “¿Estás loco? Acabas de enfrentarla delante de todos.” “Y lo haría mil veces”, contestó él sin dudar. “Nadie te humilla mientras yo esté presente.” Ella lo miró sorprendida. por primera vez vio sinceridad sin arrogancia.

“Gracias”, murmuró. “No me agradezcas.” No lo hice por compromiso. Unos segundos de silencio, solo la música flotando entre ellos. Elena bajó la mirada y luego la levantó, encontrando los ojos miel de Julián. Había algo distinto en ellos, calidez, admiración, algo que no podía definir.

 Julián empezó a decir, pero la voz se le quebró. Él dio un paso hacia ella, tan cerca que pudo sentir su respiración. “Sí, nada”, susurró apartando la mirada. “Solo gracias otra vez.” La música cambió a un ritmo lento. Julián extendió su mano. “Bailas. No soy buena en esto. Yo tampoco, mintió. Ella dudó, pero aceptó. Mientras bailaban, las miradas se cruzaban y las palabras desaparecían.

 Elena intentaba mantener distancia, pero el pulso le temblaba. Por su parte, Julián no podía apartar la vista de ella. ¿Por qué me miras así?, preguntó con voz baja. Porque no puedo evitarlo, respondió él. Elena giró la cabeza evitando su mirada, aunque una sonrisa se escapó de sus labios. Eres peligroso, Lefebre, solo si me deja hacerlo.

 Siguieron bailando unos minutos más hasta que ella se separó suavemente. Será mejor que me aleje antes de electrocutarme de nuevo, pero esta vez con tu mirada. Julián rió mirándola retirarse entre los invitados. La observó hablar con un mesero, reír con naturalidad, moverse con una gracia que no tenía nada que ver con la alta sociedad y en ese instante lo supo.

 Ya no estaba fingiendo. Más tarde, en la terraza del hotel, mientras el viento nocturno soplaba, Elena se recargó en la varanda y suspiró. Julián apareció a su lado con dos copas, escapando de todos, de todos y de ti, respondió sonriendo sin mirarlo. Eso suena a reto. No es reto, es advertencia. Él rio suavemente.

Eres increíble. Lo sabías. Sí, pero igual dilo otra vez. Suena bonito. Ambos se rieron, pero luego la conversación se apagó. El silencio, esta vez no era incómodo, era íntimo. “¿Sabes qué es lo peor de todo esto?”, dijo ella al fin. “¿Qué a veces olvido que esto es solo un trato, ¿y si no lo fuera, ¿qué pasaría?”, preguntó él con voz baja.

 Elena lo miró sorprendida. “¿Pasaría que terminarías arrepintiéndote y yo con el corazón roto, “Tal vez no, respondió él. estaban a centímetros de distancia. Elena sintió el impulso de apartarse, pero sus pies no respondieron. Julián se inclinó apenas y por un segundo que pareció eterno, el mundo desapareció hasta que una voz interrumpió el momento.

 “Julián, la prensa quiere una foto contigo”, anunció Isabel desde la puerta. Él se apartó de inmediato, suspirando. “Deberíamos volver.” Sí, antes de que empiecen los rumores”, dijo ella, intentando sonar tranquila, aunque el corazón le golpeaba el pecho. Cuando regresaron al salón, fingieron normalidad, pero nada era igual.

 Ambos sabían que algo había empezado a arder entre ellos y ni todos los contratos del mundo podían apagarlo. El lunes siguiente, el ambiente en la empresa era tenso. Después de la gala, Julián no podía dejar de pensar en Elena, en su risa, en su mirada azul bajo las luces del salón, en como había temblado su voz cuando casi se besaban. Era ridículo. Se repetía.

 Aquello era un contrato, una farsa, nada más. Pero su corazón no estaba de acuerdo. Mientras tanto, Amelí Girar, desde su oficina en el centro de París, elaboraba su propio plan. No estaba dispuesta a perder a Julián Lefebre y mucho menos frente a una empleada. Durante años había esperado el momento de unir las dos familias y ahora una chica con uniforme amarillo estaba arruinándolo todo.

 Si quiere jugar a ser su novia, dijo frente al espejo retocándose el labial. Entonces jugaremos, pero a mi manera. Marcó un número en su teléfono. Pier, necesito un favor. Uno bien pagado. ¿Qué clase de favor? Preguntó la voz del otro lado. Uno que arruinará la reputación de una mujer y devolverá a Julián a donde pertenece. Dos días después, Elena recibió una llamada inesperada.

 Un hombre educado con acento francés marcado, se presentó como Pier Morel. empresario y conocido de la familia Lefebre. “He oído que es usted muy organizada”, dijo con amabilidad. “Necesito alguien de confianza para ayudarme a ordenar unos documentos en mi oficina del hotel Lumie. Sería algo rápido, un par de horas y pagaría muy bien.” Elena dudó. “No suelo aceptar trabajos fuera de la mansión.

” Lo entiendo”, dijo Pierre, pero me recomendaron directamente de la empresa de su jefe. Eso fue lo que la convenció y además pensó en Lucas, su hermano. La cirugía seguía pendiente y cada euro contaba. “¿Está bien?” “¿A qué hora?” “A las 3 de la tarde. Pregunté por la habitación 214.” colgó el teléfono sin imaginar que acababa de caer en una trampa.

 A las 3 en punto, Elena llegó al elegante hotel Lumie. Vestía un conjunto sencillo, luz blanca, pantalón oscuro y el cabello recogido. Preguntó por la habitación 214 y subió. Cuando Pier abrió la puerta, llevaba una bata blanca de hotel fingiendo sorpresa. Oh, disculpe, acabo de salir de la ducha. Pase, por favor.

Los documentos están sobre la mesa. Elena se detuvo en el umbral incómoda. No se preocupe, puedo esperar afuera. No, no, pase. Solo necesito que organice esas carpetas. No tardará nada. Ella dio un paso dentro sin notar al fotógrafo escondido en el pasillo que tomó varias fotos en ráfaga justo cuando Pier se acercó demasiado.

En una de ellas parecía que se inclinaban uno hacia el otro. Elena, sintiéndose cada vez más incómoda, dio un paso atrás. Creo que será mejor que venga más tarde. Como prefiera, respondió Pierre sonriendo con cinismo. Salió del hotel sin saber que su reputación acababa de ser arruinada.

 A las 5 de la tarde, un sobre anónimo llegó a la oficina de Julián Lefebre. Dentro había tres fotografías impresas. Elena entrando al hotel. Elena con Pier Morel en bata frente a ella y una más en la que él parecía inclinarse para besarla. Encima de las fotos, una nota escrita a máquina. Pensé que debería saber con quién compartes tus secretos. Un amigo preocupado. Julián se quedó inmóvil.

 Primero, incredulidad, luego rabia. Finalmente algo peor. Decepción. Cuando Elena regresó a la mansión, lo encontró esperándola en el vestíbulo. Su expresión era dura, el sobre en la mano. ¿Dónde estabas? Preguntó con voz fría. Trabajando. ¿Por qué? En el hotel Lumie. Arrojó las fotos sobre la mesa. Elena las miró y su rostro perdió el color.

 ¿Puedo explicarlo? Perfecto, interrumpió él. Explícame por qué estabas en una habitación con Pier Morel y el medio desnudo. Me llamó para un trabajo de organización. No sabía qué. En bata. De verdad, ¿esperas que crea eso? Es la verdad. No hice nada malo, Julián. No me trates como un idiota, Elena. Creí que eras diferente. La frase fue como un golpe.

 ¿De verdad piensas eso de mí? Preguntó con la voz quebrada. Las fotos hablan por sí solas. ¿Y tú crees en unas fotos antes que en mí? Replicó ella con lágrimas contenidas. Ni siquiera preguntas, solo juzgas. Él desvió la mirada, respirando con rabia contenida. No quiero más mentiras. Se acabó este juego. Elena respiró hondo, intentando no llorar. Entonces, no hay nada más que decir.

Sacó las llaves del bolsillo y las dejó sobre la mesa. Renuncio. Y puedes quedarte tranquilo. No volverás a verme fingir nada. Elena, espera. Intentó decir, pero ella ya caminaba hacia la puerta. Antes de salir se detuvo un instante. Solo recuerda esto, Julián. Cuando descubras la verdad, también recordarás que fuiste tú quien no confió en mí.

La puerta se cerró con un golpe seco, dejando a Julián solo, con las fotos esparcidas sobre la mesa y el corazón latiendo con culpa. Esa noche no pudo dormir. Caminaba de un lado a otro en su estudio, revisando las imágenes una y otra vez. Algo no encajaba. Elena jamás había mostrado interés por su dinero ni por su posición.

 Y Pier Morel, ¿qué tenía que ver él con esto? Al día siguiente, su asistente personal, Luis entró con expresión preocupada. “Señor Lefebre, me llegó un mensaje de Morel. ¿Quieres saber si todo salió bien con las fotos?” Y menciona a la señorita Girar. Julián lo miró helado. ¿Qué dijiste? Exactamente eso, señor. Dijo que Amelí le pidió que lo confirmara. Julián sintió que el estómago se le encogía.

Amelí, murmuró. Sin perder tiempo, tomó las llaves del auto y condujo directo al apartamento de Pier Morel. Golpeó la puerta con fuerza. Pierre abrió sorprendido, intentando mantener la calma. Julián, ¿qué haces aquí? Dime la verdad. Ahora, bajo la mirada fría de Julián, Pierre confesó todo.

 Amelie le había pagado para montar la escena, contratar a un fotógrafo y enviar las fotos de manera anónima. Solo eran negocios. Intentó justificarse. Ella dijo que quería protegerte. Te juro dijo Julián con voz baja, pero furiosa. Si vuelves a acercarte a ella, te destruyo. Salió del lugar con el corazón hecho trisas. Había cometido el peor error.

 Había dudado de la única persona sincera en su vida. Marcó su número una y otra vez. Nada. Elena no contestaba. Finalmente dejó un mensaje de voz. Elena, soy yo. Sé la verdad. Fui un idiota y no espero que me perdones, pero necesito hablar contigo. Por favor, escúchame. Pasaron las horas y el teléfono seguía en silencio. Julián se dejó caer en el sofá, hundiendo el rostro entre las manos.

 Por primera vez en mucho tiempo no se sentía el hombre más poderoso de París. Solo alguien que había perdido lo único que no podía comprar. Mientras tanto, en su pequeño departamento de Montrewil, Elena miraba por la ventana, el teléfono sobre la mesa. Había escuchado el mensaje, pero no sabía si debía responder.

 Su madre, Rosa, entró al cuarto con una taza de té. ¿Fue él? Sí. Dice que sabe la verdad. ¿Y vas a escucharlo? Elena suspiró. No lo sé, mamá. Me dolió más su desconfianza que las mentiras de esa gente. Rosa le puso una mano en el hombro. A veces los que más duelen son los que nunca supieron cómo querernos. Elena asintió en silencio con los ojos nublados.

 Sabía que todavía lo amaba, pero también sabía que esta vez no bastaban las disculpas. Dos días después de la ruptura, Julián Lefebre seguía sin dormir. El escritorio de su oficina estaba lleno de papeles sin leer, reuniones canceladas y un café frío que nadie se había atrevido a reemplazar. Ningún negocio, inversión o cifra en la cuenta bancaria podía llenar el vacío que sentía.

 Había revisado una y otra vez el mensaje de voz que le dejó Elena, pero no había respuesta. Sabía que si quería arreglarlo debía hacerlo en persona. A media mañana tomó las llaves del auto y salió de la ciudad. No estaba acostumbrado a conducir sin destino, pero esta vez solo seguía una dirección Montreuil, en las afueras de París, el barrio donde Elena había crecido.

 Nunca había estado en una zona así. Las calles eran estrechas, las casas pequeñas y con fachadas gastadas, pero había algo cálido en el ambiente, niños jugando, ropa colgando en los balcones, olor a pan recién hecho. Nada que ver con los salones lujosos o las oficinas de cristal a las que estaba acostumbrado. Se detuvo frente a una casa pintada de azul claro con macetas en el porche y una vieja mecedora.

Se bajó del coche, ajustó su chaqueta y respiró hondo antes de tocar el timbre. Sí, preguntó una voz femenina desde adentro. La puerta se abrió y apareció Rosa Duarte, una mujer de cabello castaño con canas y mirada firme pero amable. ¿Puedo ayudarlo? Buenas tardes, soy Julián Lefebre. Trabajo con su hija.

 El rostro de Rosa cambió de inmediato. Ah, ya veo. El famoso jefe. Él tragó saliva. Está Elena. está, pero no sé si quiera verlo”, respondió cruzándose de brazos. La lastimó mucho, señor Lefebre. Lo sé y vine a disculparme. Solo necesito hablar con ella unos minutos. Rosa lo observó de pies a cabeza, notando el traje caro, los zapatos perfectamente lustrados, la mirada cansada.

Después suspiró y asintió. Espere aquí. entró a la casa y segundos después Elena apareció en el marco de la puerta. Llevaba jeans, una camiseta sencilla y el cabello suelto. Al verlo, se detuvo. ¿Qué haces aquí? Tenía que verte. No contestabas mis llamadas porque no tenía nada que decirte. Entonces, déjame hablar a mí.

 Elena lo miró unos segundos indecisa, pero finalmente abrió un poco la puerta. 5 minutos. Entraron. El interior era modesto pero acogedor. Paredes cubiertas de fotos familiares, una mesa con mantel floreado, aroma a sopa recién hecha. En el sofá, Lucas, su hermano menor, los observaba con curiosidad.

 ¿Este es el famoso jefe del que tanto hablaste?, preguntó con una sonrisa traviesa. Lucas, lo regañó ella. No empieces. Encantado, dijo Julián tendiéndole la mano. Me alegra conocerte. ¿A ti también te hace limpiar candelabros? Bromeó el chico. Julián soltó una risa suave. No, todavía no. Pero si lo hiciera, no lo haría tan bien como tu hermana. Rosa apareció desde la cocina con una bandeja.

Ya que estás aquí, toma un café en esta casa. No se discute con el estómago vacío. Gracias, señora Duarte. El silencio se hizo mientras servía las tazas. Finalmente, Elena habló. ¿Qué quieres, Julián? Pedirte perdón por no creer en ti, por dejarme llevar por mentiras, por herirte. Tarde, ¿no crees? Sí, pero prefiero llegar tarde que seguir viviendo con esto sin arreglarlo.

¿Y cómo supiste la verdad? Mi asistente me contó que Pier Morel llamó para confirmar el plan con Amelí. Fui a enfrentarlo. Lo confesó todo. Elena bajó la mirada apretando las manos sobre la taza. Entonces, ya lo sabes. Sí, y me odio por haber dudado de ti. Ella respiró profundo, intentando mantener la calma.

No esperaba que confiaras ciegamente, pero al menos podrías haber preguntado. Lo sé. La voz de Julián se quebró apenas y créeme, si pudiera retroceder el tiempo, lo haría. Rosa intervino desde la cocina con tono tranquilo pero firme. Las palabras sirven poco si no vienen con hechos, señor Lefebre.

 Tiene razón, dijo él, y estoy dispuesto a demostrar que aprendí la lección. Elena lo miró con los ojos azules llenos de una mezcla de tristeza y nostalgia. ¿Y cómo piensas hacerlo? Otra oferta de dinero. No, esta vez no se trata de dinero, se trata de ti. Lucas soltó una risita. Creo que mi hermana va ganando la partida. Lucas, cállate, dijo ella sonrojada.

El ambiente se suavizó un poco. Rosa se sentó con ellos y comenzó a contar anécdotas de infancia, intentando romper la tensión. ¿Sabía usted que Elena quiso arreglar la plancha cuando tenía 8 años? Casi incendia la casa. Mamá, protestó ella riendo.

 No te avergüences, fue tu primer intento de salvar el mundo con un destornillador. Incluso Julián rió. Eso explica mucho. ¿El qué? Preguntó Elena. Tu obsesión por reparar lo que otros rompen. Respondió con suavidad, incluyéndome a mí. El comentario la desarmó. Guardaron silencio unos segundos hasta que Rosa se levantó. Voy a preparar más café. Los dejo un momento.

 Lucas se levantó también. Yo ayudo. Así dejo que los adultos hablen de cosas cursis. Cuando quedaron solos, Julián la miró. No espero que me perdones hoy ni mañana, pero quiero que sepas que te creo. ¿Y qué cambia eso? Todo. Ella lo observó en silencio.

 Había sinceridad en su voz, en su mirada, en la forma en que sujetaba la taza como si le temiera. No sé si puedo volver a confiar, Julián. Me dolió más tu duda que las mentiras de Amelí. Lo sé, pero si me das una oportunidad, te demostraré que no volveré a fallarte. Elena lo miró largo rato sin responder. Luego se levantó. No prometo nada, pero gracias por venir. Él también se puso de pie.

 ¿Puedo pasar a verte de nuevo? Veremos, dijo con una media sonrisa. Depende de si no me vuelves a acusar de tener aventuras con hombres en bata. Ambos rieron por primera vez desde aquel desastre. Julián se despidió de Rosa y Lucas, quienes lo invitaron a cenar cuando quiera, según palabras de la madre. Mientras salía, Lucas lo alcanzó en la puerta. Oiga, señor Lefebre, dime, Julián. Julián.

El chico sonrió. Si haces llorar a mi hermana otra vez, te cobro intereses. Julián soltó una carcajada. Trato hecho. Subió al coche, pero antes de encender el motor miró por el retrovisor. Elena estaba en la ventana observándolo. Por un instante, sus miradas se cruzaron. No hacía falta decir nada.

 Ambos sabían que aunque el daño estaba hecho, algo en ellos seguía intacto. Esa noche, Julián regresó a su departamento y releyó la carta que Elena le había dejado antes de irse. A veces las decisiones difíciles son las únicas que nos devuelven la paz. Cerró los ojos y supo que no descansaría hasta recuperar su confianza.

 Era la primera vez que deseaba algo que no podía comprar, solo ganarse con paciencia. Los días siguientes, Julián comenzó a enviar pequeños gestos, un ramo de flores con una nota que decía, no para disculparme, sino para agradecerte. una caja de herramientas nuevas con una tarjeta por si se vuelve a romper la tostadora y un mensaje sencillo cada noche. Espero que Lucas esté bien.

 Elena no respondía, pero guardaba cada cosa. No lo admitía, pero una parte de ella empezaba a creer que tal vez él estaba cambiando. Una tarde, mientras fregaba la cocina, Rosa comentó con una sonrisa disimulada. No sé tú, hija, pero ese muchacho tiene cara de no rendirse fácil.

 Veremos cuánto le dura, dijo Elena intentando sonar indiferente. Pero en el fondo su corazón ya había comenzado a rendirse. Hagamos otra broma para quienes solo revisan la caja de comentarios. Escriban la palabra croassan. Los que llegaron hasta aquí entenderán el chiste. Continuemos con la historia. Una semana después de su visita a Monteil, Julián Lefebre se despertó más decidido que nunca.

No sabía si Elena lo había perdonado, pero sentía que era el momento de dar el siguiente paso. Había aprendido que si quería recuperarla, debía mostrarse tal cual era sin el traje de empresario perfecto que solía usar como escudo. Esa mañana se presentó en la mansión sin corbata, con una camisa azul remangada y un gesto menos calculado.

El personal lo miró sorprendido. No era común verlo sin su aire rígido. subió directo a su oficina y revisó su reloj una y otra vez. A las 10 en punto, la puerta se abrió. Elena estaba allí con una carpeta en la mano y el cabello recogido en una trenza. “Me mandó llamar, señor Lefebre”, preguntó con formalidad. Solo Julián, por favor, dijo él sonriendo.

Como digas, respondió sin devolverle la sonrisa del todo. ¿Qué necesitas? Quería agradecerte por volver. No volví por ti, volví por el trabajo. Mi mamá dice que el orgullo no paga las facturas. Julián soltó una breve risa. Tu mamá tiene razón, pero aún así me alegra que estés aquí. No te emociones, dijo ella dejando la carpeta sobre el escritorio. Solo vine a cumplir con mis horarios.

Perfecto, pero cuando termines quiero mostrarte algo,”, anunció él. Otra locura. Porque las últimas casi me cuestan una descarga eléctrica. Nada peligroso esta vez. Prometido. Elena arqueó una ceja dudando, pero aceptó. Horas después, cuando el sol empezaba a caer, Julián la condujo hacia una puerta oculta detrás de una estantería de libros en el ala oeste de la mansión.

Al abrirla, una escalera descendía hacia una sala iluminada con luces cálidas y olor a metal recién pulido. ¿Qué es esto?, preguntó ella asombrada. Mi taller respondió él encendiendo un panel. En las mesas había herramientas, planos, piezas electrónicas y maquetas. No sabía que tenías esto aquí abajo.

 Nadie lo sabe, excepto Duas, mi asistente. Es mi lugar de escape. Elena se acercó a una mesa donde había un pequeño aparato con cables y sensores. Y esto, un prototipo. Permite controlar dispositivos con el movimiento de los ojos. Lo diseñé para personas con discapacidad motora. Elena lo miró sorprendida. ¿Tú haces esto? Sí, sonrió con timidez.

Supongo que no lo imaginabas del tipo que usa trajes caros. Definitivamente no, respondió con una sonrisa sincera. Pensé que tu único talento era dar órdenes y lucir relojes caros. Tengo mis secretos, dijo él. También diseñé un bastón inteligente para personas con discapacidad visual. Eso es increíble, Julián.

 ¿Por qué nunca hablas de esto? Porque en mi mundo la gente solo se interesa por los resultados, no por las intenciones. Elena se cruzó de brazos pensativa. Eres un tipo raro. Raro. ¿Por qué? Porque debajo de todo ese ego de empresario hay alguien que si quiere cambiar las cosas. Él la miró sonriendo apenas. Tal vez tú fuiste quien me hizo recordarlo.

 Elena fingió no escuchar, aunque el rubor le subió a las mejillas. ¿Y qué más escondes aquí? Un robot que sirve café. No, pero tengo un dron que dobla la ropa. En serio. No, pero sería genial tenerlo. Promeó él y los dos rieron. Pasaron más de una hora hablando de los inventos, riendo, compartiendo historias.

 Por primera vez, el silencio entre ellos no era una barrera, sino una compañía. “Nunca te había visto así”, dijo ella finalmente. “Aí como relajado, humano, sin el seño fruncido ni las órdenes. Es que tú no dejas espacio para los disfraces, Elena, contigo tengo que ser real.” Elena bajó la mirada sin saber qué decir. “No digas cosas así.

 ¿Por qué no? Porque confundes las cosas y no quiero volver a salir herida. Julián se acercó un paso con voz suave. No intento confundirte. Solo quiero ser honesto. Ella levantó la vista y sus ojos azules se encontraron con los de él. Por un segundo se olvidaron de todo, del contrato, del pasado, del miedo.

 Elena dio un paso atrás y rompió el momento con una risa nerviosa. Será mejor que me vaya antes de que empieces a hablar de amor eterno. Todavía no llego a tanto, respondió él sonriendo. Pero si quieres puedo practicar el discurso. No, gracias, replicó caminando hacia la escalera.

 Ya me basta con un jefe arrepentido y con herramientas. Cuando subí a los últimos escalones, Julián le dijo con tono sereno, “Gracias por venir y por escucharme.” De nada, respondió sin volverse. “Pero no te acostumbres.” Esa noche Julián volvió al taller. Se quedó mirando el banco de trabajo, recordando la sonrisa de Elena cuando tocó uno de sus inventos.

Por primera vez en años sintió que alguien lo había visto más allá del apellido Lefebre. Y eso pensó valía más que cualquier contrato o reconocimiento. Los días siguientes, las cosas empezaron a fluir con naturalidad. Elena volvió a ser parte de la rutina de la mansión, pero el ambiente entre ellos era distinto. Había complicidad, bromas, miradas que duraban más de lo prudente.

Un martes por la tarde, mientras limpiaba el despacho, Julián apareció con una caja en las manos. ¿Qué es eso?, preguntó ella. Un regalo. Ahora das regalos a todas tus empleadas, solo a las que casi me electrocutan. Elena abrió la caja. Dentro había un nuevo secador de cabello con su nombre grabado en letras pequeñas. No puedo aceptarlo.

Claro que puedes. Es una versión modificada, más segura. Así no hay accidentes eléctricos. ¿Lo hiciste tú? Sí. Y prometo que no explota. Elena no pudo evitar reír. Gracias. De nada. Aunque si quieres agradecerme de verdad, acepta venir a cenar conmigo esta noche. Cenar contigo.

 Eso suena a cita a una cena amistosa, nada más. Y si no quiero ser tu amiga, entonces puedes venir solo por la comida. Elena dudó unos segundos, luego suspiró. Está bien, pero si haces un comentario cursy, me voy. Prometido. Julián sonrió. Te paso a buscar a las 8. Esa noche Elena llegó al restaurante vestida con sencillez, pero el ambiente era tan elegante que sintió que todos la miraban.

 Julián, sin embargo, la recibió con una sonrisa cálida. Tranquila, no hay prensa, ni familia, ni promesas falsas. Solo tú y yo. La cena transcurrió entre risas y recuerdos. Hablaron de sus madres, de sus peores trabajos, de las cosas que los habían hecho, quienes eran. Elena descubrió que Julián, a pesar de su fortuna, había tenido una infancia difícil.

 Su padre casi había perdido la empresa cuando él tenía 15 años. Y fue su madre quien lo presionó para convertirlo en el heredero perfecto. Por eso a veces soy tan insoportable, admitió él sonriendo. Crecí creyendo que si no era perfecto, todo se derrumbaría. “Pues te tengo noticias, lo imperfecto también puede ser hermoso”, dijo ella. Él la miró con ternura. “Eres increíble, Elena.

” Ya lo sé”, respondió, aunque no pudo evitar sonrojarse. Cuando salieron del restaurante, caminaban despacio por las calles iluminadas de París. El aire frío los hizo acercarse sin querer. “Gracias por venir”, dijo Julián. “Gracias por no arruinar la noche”, bromeó ella. Ambos rieron y en medio de esa risa sus manos se rozaron. Elena no las apartó.

Julián tampoco. Siguieron caminando así, en silencio, tomados de la mano, sin necesidad de decir nada. Por primera vez ya no había trato, ni reglas, ni miedo, solo ellos. Y aunque ninguno lo admitió, los dos sabían que aquello ya no era parte de ningún contrato. Era real.

 Las semanas siguientes pasaron en un equilibrio extraño entre ternura y miedo. Elena y Julián ya no fingían. No lo habían dicho en voz alta, pero los gestos hablaban por ellos, las miradas que se buscaban, las sonrisas que se escapaban en medio del trabajo, los silencios que ya no eran incómodos. Por primera vez en mucho tiempo, la mansión Lefebre se sentía viva, pero la calma nunca dura demasiado.

 Una mañana de viernes, mientras Julián desayunaba en el comedor principal, Isabel Lefebre irrumpió con su elegancia habitual y un rostro de hielo. A su lado caminaba Amo Gerard con un vestido base y una sonrisa envenenada. “Buenos días, hijo”, dijo Isabel dejando su bolso sobre la mesa como quien deja una sentencia. Tenemos que hablar. ¿De qué se trata ahora? Preguntó Julián sin levantar la vista del periódico.

De tu futuro, respondió Amelí acomodándose el cabello dorado. Y del empresa. Julián cerró el periódico con un suspiro. Si se trata de otra propuesta de boda, ya sabes mi respuesta. Escúchame antes de negarte”, dijo Isabel tomando asiento. “La familia Girar ha ofrecido una inversión de 50 millones de euros en lefebre innovaciones.

¿A cambio de qué?”, preguntó Julián, aunque ya conocía la respuesta. “De tu matrimonio con Amelí”, respondió su madre sin rodeos. El silencio que siguió fue pesado. Julián apoyó los codos sobre la mesa sin mirarlas. Ya te dije que no voy a casarme con alguien que no amo.

 Esto no se trata de amor, sino de estabilidad, dijo Isabel con tono cortante. La compañía necesita expandirse y esta unión asegurará su futuro. El futuro de la empresa, quizás no el mío. No seas infantil, replicó su madre. El amor es un lujo, no una necesidad. Para ti, tal vez. Yo no pienso vivir una vida que no elegí. Amelí fingió una sonrisa triste. Julián, entiendo que estés confundido.

 Esa chica te hizo perder la cabeza, pero no pertenece a nuestro mundo. Esa chica, dijo él levantándose, tiene más valores que cualquiera de los socios que conoces. No puedes poner en riesgo lo que tu padre construyó, intervino Isabel. Si no aceptas, venderé mis acciones y retiraré todo apoyo financiero. Me estás amenazando. Te estoy abriendo los ojos.

 Piensa bien antes de destruir tu legado por un capricho. La conversación fue interrumpida por un ruido en la puerta del pasillo. Elena, que había ido a dejar una bandeja de café, había escuchado todo sin querer. Su respiración se detuvo. Cerró la puerta con cuidado y retrocedió unos pasos, el corazón latiéndole con fuerza. Sabía que aquella conversación no era solo una discusión familiar, era una advertencia directa de lo que venía.

Esa noche Elena estaba en la cocina sentada con una taza de té cuando Julián entró. Llevaba la chaqueta desabrochada y una expresión cansada. ¿Estuviste escuchando? Preguntó con voz suave. No fue mi intención, pero sí escuché todo. Julián se apoyó en el marco de la puerta, suspirando. No quería que te enteraras así. Da igual como me entere.

 Lo importante es que es verdad. Te están presionando para casarte con ella y no lo haré, aunque eso signifique perder tu empresa, preguntó Elena mirándolo a los ojos. Sí, prefiero perderlo todo antes que vivir una mentira. Elena se quedó en silencio unos segundos, luego desvió la mirada. No puedes hablar así.

 No solo es tu vida la que cambiaría, sino la de todos los empleados que dependen de ti. Ahora me das clases de responsabilidad. No, de realismo, dijo ella, dolida. Si haces esto por mí, te vas a arrepentir y cuando eso pase, me odiarás. Julián dio un paso hacia ella. No digas eso. Lo digo porque es cierto. Mira a tu madre, mira a Amelí. Ellos no se van a detener.

 Y si no te destruyen a ti, lo harán conmigo. Él negó con la cabeza. No dejaré que te lastimen. No puedes protegerme de todo, Julián. No, en su mundo hubo un silencio largo. Elena bebió el último sorbo de té y dejó la taza sobre la mesa. Tal vez lo mejor sea que me vaya. ¿Qué? No, esto nunca debió pasar. Fue bonito mientras duró, pero el cuento se acabó. Elena, no interrumpió ella. No digas nada.

No quiero promesas que no puedas cumplir. Él intentó tomar su mano, pero ella se apartó suavemente. Te amo, Julián, dijo en voz baja. Y precisamente por eso tengo que dejarte libre. Sus palabras lo dejaron sin aire. Libre. Sí. Para que decidas con la cabeza, no con el corazón. Sin añadir más, Elena salió de la cocina.

 Julián se quedó solo con la taza a un humeante y el eco de sus pasos alejándose. Durante los siguientes días, la mansión volvió a sentirse vacía. Elena seguía trabajando, pero evitaba a Julián. Él, por su parte, intentaba concentrarse en los negocios, pero todo le parecía sin sentido. Las reuniones, los contratos, las cenas, nada tenía color sin ella.

 Una tarde, mientras revisaba papeles en su oficina, su padre Henry entró sin avisar. “Tienes un problema serio, hijo”, dijo cerrando la puerta. “Lo sé”, respondió Julián. “Mamá va a vender sus acciones y no hago lo que quiere.” No me refería solo a eso, me refería a ti. ¿Estás dejando que el miedo te controle? Miedo, sí, al amor, a fallar, a decepcionarla, pero el miedo nunca construyó nada. Julián lo miró con cansancio.

 ¿Y qué se supone que haga? Elegir. No por la empresa, no por tu madre, por ti. Henry sonrió con tristeza. Tu madre cree que el amor es debilidad, pero yo sé que es lo único que nos hace fuertes. Salió del despacho sin decir más. Julián se quedó pensativo mirando por la ventana. Por primera vez sintió que su padre lo entendía. Al caer la noche subió a la azotea de la mansión.

Desde allí podía verse París iluminado, respirando como un corazón gigante. Recordó las palabras de Elena, su voz temblando cuando dijo, “Te amo.” Recordó su risa, su terquedad, su manera de ver la vida sin complicaciones. Y entendió algo, no podía perder la otra vez.

 A la mañana siguiente convocó a una reunión de emergencia en la empresa. Isabel, Amelí y varios directivos estaban presentes. El ambiente era tenso, las miradas afiladas. ¿De qué se trata esto, Julián? Preguntó Isabel cruzando los brazos. Del futuro de Lefebre Innovaciones, respondió él con firmeza. Entonces, espero que hayas tomado la decisión correcta, dijo Amelí con una sonrisa triunfal. Julián la miró con calma. Sí, la tomé.

 Y no es la que esperas. Isabel arqueó una ceja. ¿Qué significa eso? Que no voy a casarme con nadie por obligación. ¿Vas a arruinarlo todo por esa mujer? Preguntó su madre alzando la voz. No lo entiendes, mamá. No se trata de ella, se trata de mí, de ser libre por primera vez. El silencio llenó la sala.

 Amelí apretó los puños intentando mantener la compostura. Estás cometiendo un error, Julián. Tal vez, pero será mi error, no el tuyo. Se levantó y se dirigió a la puerta. Antes de salir, volteó hacia su madre. Viviré con las consecuencias, sean las que sean, pero al menos serán mías.

 Y con eso dejó la sala entre miradas atónitas. Mientras tanto, en su pequeño cuarto del ala del personal, Elena empacaba sus cosas. Sabía que su decisión dolía, pero también sabía que lo hacía por él. Lo amaba demasiado como para ser la razón de su ruina. Guardó su uniforme amarillo y se detuvo un instante a mirar por la ventana. París brillaba en la distancia.

Adiós, Julián, susurró. No sabía que en ese mismo momento él bajaba las escaleras decidido a buscarla. Estaba a punto de hacer algo que cambiaría su vida para siempre. El amanecer llegó con un aire distinto. El cielo sobre París tenía un tono dorado y por primera vez en mucho tiempo, Julián Lefebre sabía exactamente lo que tenía que hacer.

 No se trataba de estrategias, ni de acciones, ni de herencias. Era más simple y más difícil que todo eso. Tenía que elegir su libertad. A las 8 en punto bajó al vestíbulo de la mansión. Allí estaba Elena con una pequeña maleta en la mano y su uniforme amarillo doblado sobre el brazo. Su rostro estaba tranquilo, pero sus ojos azules decían otra cosa: cansancio, tristeza y algo de resignación.

¿Te vas?, preguntó él deteniéndose frente a ella. “Sí. Es lo mejor, respondió sin mirarlo. ¿Por quién? ¿Por ti o por mí? Por los dos. Contestó con voz baja. No quiero ser la razón por la que pierdas todo. Julián dio un paso más cerca. No voy a perder nada que valga más que tú. No digas eso, Julián, pidió ella, casi suplicando. No hagas más difícil la despedida.

 Él la miró en silencio unos segundos. Después respiró hondo y dijo, “No pienso despedirme porque no te dejaré ir. ¿Qué? Necesito que vengas conmigo. Solo una hora, te lo prometo.” No, Julián, esto ya, por favor, interrumpió él. Confía en mí una última vez. Elena lo observó con cautela, pero había algo en su tono que no sonaba como antes.

 Ya no era una orden, era una súplica. Suspiró y asintió. Una hora nada más. Media hora después, un coche los dejaba frente al edificio central de Lefebre Innovaciones en el corazón de París. Elena lo siguió sin entender qué hacía allí. ¿Por qué me trajiste? Porque quiero que veas cómo termina esto. Subieron en ascensor hasta el piso 20.

 Cuando las puertas se abrieron, Elena se encontró frente a una gran sala de conferencias repleta de personas, miembros del Consejo Directivo, empleados, periodistas y en el centro Isabel Lefebre y Amelí Girar, ambas impecables y visiblemente irritadas. El murmullo llenaba la sala. Nadie entendía por qué Julián había convocado a todos con tan poca anticipación.

Él se adelantó, tomó el micrófono y con la mirada firme dijo, “Gracias por venir. Sé que esta reunión no estaba en la agenda, pero necesitaba hablarles del futuro de la empresa.” “Julián, ¿qué es todo esto?”, preguntó Isabel desde la primera fila. “Una decisión, madre, la más importante de mi vida. Amelie cruzó los brazos confiada.

 “¿Por fin aceptaste el compromiso?”, preguntó con una sonrisa tensa. Él la miró directamente. “No, lo que acepté fue dejar de vivir bajo condiciones que no elegí.” Un murmullo recorrió la sala. Julián continuó. Su voz sonaba clara, decidida. “Durante años he permitido que otros decidieran por mí. Mi familia, mis socios, incluso mis miedos. Pero eso se acabó.

 Julián, esto no es un teatro, interrumpió Isabel. No, mamá, es mi vida. Se giró hacia la audiencia. La empresa se fundó sobre un principio, la innovación. Y no hay nada más innovador que tener el valor de cambiar, incluso cuando el mundo te dice que no puedes. ¿Y qué tiene que ver eso con tu vida personal? preguntó a Mel impaciente.

 Todo porque la forma en que dirigimos una empresa refleja la forma en que dirigimos nuestras propias decisiones. Hizo una pausa, luego buscó con la mirada a Elena, que estaba parada cerca de la puerta, confundida. Hace meses conocí a alguien que me hizo recordar por qué empecé todo esto. Alguien que no tiene títulos, ni apellido famoso, ni ambiciones egoístas.

¿Vas a hablar de esa mujer aquí delante de todos?”, dijo Isabel horrorizada. “Sí”, afirmó Julián, “porque ella cambió mi vida más que cualquier inversión.” Elena dio un paso atrás, visiblemente incómoda, pero él continuó. “Se llama Elena Duarte. es la persona más honesta, valiente y auténtica que he conocido.

 Y hoy quiero decirle frente a todos que la amo. La sala estalló en murmullos. Los directivos se miraban entre sí, algunos sorprendidos, otros escandalizados. Isabel se levantó de golpe. Julián, esto es una locura. Tal vez, pero por fin es mi locura. Mamá. Amelí se puso de pie también, furiosa. No puedes destruir tu reputación por una empleada. Ya lo hice una vez al desconfiar de ella.

 No volveré a hacerlo. Se giró hacia Elena y caminó hasta donde estaba. La miró a los ojos frente a todos y dijo con voz firme, pero llena de emoción, “Elena, no sé qué vendrá después. Tal vez perdamos inversionistas, contratos o hasta el apellido, pero si tú estás conmigo, todo eso vale la pena. Ella lo miró sin saber si reír o llorar.

¿Estás loco? Susurró. Sí, respondió él. Loco por ti. La sala enmudeció. Isabel se llevó la mano a la frente, negando con la cabeza. Amelie, con los ojos fríos, tomó su bolso y salió sin decir palabra. Un silencio pesado quedó atrás. Elena respiró hondo. Julián, no sé si esto fue valentía o suicidio empresarial.

 Quizá ambas cosas, contestó con una sonrisa nerviosa. Pero lo volvería a hacer. Ella bajó la mirada, todavía abrumada. ¿Por qué yo? Preguntó con voz suave. porque eres la única persona que no quiso cambiarme. Hubo un largo silencio. Elena lo observó intentando convencerse de que no soñaba. Finalmente dio un paso hacia él. ¿Estás seguro, verdad? Si haces esto, no hay vuelta atrás.

 Lo sé y no quiero volver atrás. Elena respiró hondo y con una sonrisa leve extendió la mano. Entonces espero que sepas en lo que te metes, Lefebre. Demasiado tarde para arrepentirme. La sala, que había permanecido muda, estalló en aplausos. No todos, claro. Algunos por compromiso, otros por genuina emoción, pero el sonido llenó el aire como una liberación.

 Julián la tomó de la mano y la levantó sobre la tarima. Este es el futuro de Lefebre Innovaciones, anunció. Un futuro en el que la humanidad vale más que las apariencias. Elena lo miró entre incrédula y conmovida. Te acabas de ganar una guerra con tu madre. No sería la primera, respondió él. Pero contigo cualquier batalla vale la pena. Esa noche París parecía distinto.

 Las luces brillaban más o tal vez era solo como ellos lo veían. Caminaron juntos por el puente Alexandre 3 en silencio. Elena llevaba el abrigo de lana que él le había prestado y el viento movía su cabello. ¿Y ahora qué? Preguntó ella. Ahora empezamos de nuevo. De cero. No, de verdad. Ella rió. mirándolo de reojo.

 Nunca imaginé que un millonario me haría sentir tan nerviosa. Y yo nunca imaginé que una mujer con un trapeador me enseñaría lo que es el amor. Elena se detuvo, giró hacia él y lo miró fijamente. Lo dijiste otra vez. ¿Qué? La palabra amor, porque ya no tengo miedo de decirla. Por un momento, el mundo se detuvo.

 El ruido de los autos, las luces, el río, todo desapareció. Julián la tomó suavemente del rostro y la besó por fin, sin público, sin cámaras, sin contratos. Elena le correspondió con la misma fuerza que había contenido durante meses. Cuando se separaron, ambos sonrieron temblando por dentro. Por si no te lo había dicho, susurró ella, yo también te amo.

 Julián apoyó su frente en la de ella y cerró los ojos. Entonces, ya no hay nada más que temer. Y por primera vez lo dijo sin dudar, porque sabía que pase lo que pase, ya no era el hombre que tenía elegir. Tres días después del anuncio público de Julián, los titulares no hablaban de otra cosa.

 El heredero Lefebre renuncia a su compromiso y elige el amor por encima de los negocios. Escándalo en Lefebre, innovaciones, romance o imprudencia. Los medios devoraban la historia. Algunos lo llamaban valiente, otros un loco enamorado, pero a Julián no le importaba. Por primera vez no actuaba para complacer a nadie. Elena, en cambio, sentía una mezcla de orgullo y miedo. Sabía que Amelí no se quedaría quieta y tenía razón.

 En suegante oficina en el centro de París, Amelí Girar observaba las noticias en silencio. La rabia le hervía bajo la piel. Había dedicado años a acercarse a los Lefebre, a ganarse el favor de Isabel, a convertirse en la futura señora de la empresa. Y ahora todo se desmoronaba por culpa de una simple empleada. Marcó un número y esperó.

 Pier Morel, respondió una voz ronca al otro lado. Necesito tu ayuda de nuevo dijo ella sin rodeos. Pero esta vez no se trata de fotos. Pier suspiró. Pensé que ya habíamos terminado con eso, no hasta que ese par caiga. Tengo información que podría hundirlo todo. ¿Qué tipo de información? Prototipos, contratos, estrategias, todo lo que logré obtener mientras fingía ser su aliada. Pier sonrió con sí mismo.

 Eso podría valer millones o arruinarlo para siempre, dijo ella. Y ese es el objetivo. Dos días después, a media mañana, Luis, el asistente de Julián, irrumpió en su oficina pálido. Señor Lefebre, tenemos un problema grave. ¿Qué pasa? Han publicado un artículo en Lemon de Eco. Aseguran que Lefebre Innovaciones filtró información clasificada y manipuló contratos con proveedores.

 ¿Qué? Eso es absurdo, respondió Julián tomando el periódico. El titular ocupaba media página. Filraciones y corrupción en Lefebre Innovaciones, El precio del amor. Su rostro se endureció. ¿Quién publicó los datos? Una fuente anónima, pero los archivos coinciden con documentos internos.

 Elena, que estaba en la sala contigua, escuchó la conversación y entró alarmada. ¿Qué pasa? Una filtración”, dijo Julián respirando con dificultad. Alguien robó información de los servidores. Les bajó la voz. “Ya rastreamos el origen.” Los correos salieron desde una cuenta vinculada a Amelí girar. El silencio cayó sobre la habitación. Elena apretó los puños. “Lo sabía.

” “¿Qué vas a hacer?”, preguntó ella. lo que debía ser hace mucho tiempo, enfrentarla. Esa misma tarde, Julián se presentó en la oficina de Amelí. Ella lo recibió con una sonrisa helada. Qué sorpresa verte, querido. Pensé que estarías ocupado apagando incendios. ¿Sabes por qué estoy aquí? Dijo él cerrando la puerta.

 Supongo que vienes a agradecerme por recordarte que los sentimientos no salvan empresas. Jugaste sucio, Amelí. Filtraste información falsa, inventaste contratos inexistentes. ¿Qué ganas con esto? Justicia, respondió ella. La justicia de ver cómo pierdes todo por una decisión estúpida. Tanto te dolió que no te eligiera. No es orgullo, Julián. Es lógica.

 Tú y yo habríamos sido poderosos. Pero elegiste a una mujer que ni siquiera sabe qué tenedor usar en una cena formal. Él dio un paso hacia ella con una calma peligrosa. Y aún así, esa mujer tiene más clase que tú. El rostro de Amelí se tensó. Deberías cuidar lo que dices. Yo todavía tengo amigos en el consejo.

Entonces, diles que se preparen. Voy a limpiar el nombre de mi empresa y el mío, aunque tenga que empezar desde cero. Julián salió del despacho sin mirar atrás. Por primera vez, Amelí no supo que responder. Esa noche la mansión estaba en caos. Las llamadas no paraban. Los empleados no sabían qué hacer. Las acciones de la empresa cayeron un 25% en un solo día.

Elena llegó a la oficina con una bandeja de café y lo encontró frente a la computadora con los ojos rojos de cansancio. “Tienes que dormir”, dijo ella. No puedo. Si no solucionamos esto, perderemos todo. Ella se acercó y puso una mano sobre su hombro. No estás solo, Julián. No puedo pedirte que cargues con esto. No lo estás pidiendo.

 Lo estoy haciendo porque quiero. Esa simple frase lo desarmó. Gracias, susurró él. Pasaron las horas revisando documentos, buscando pruebas de manipulación y entonces Elena tuvo una idea. ¿Tienes acceso al sistema antiguo de archivos? Sí, pero está desconectado desde hace meses. Quizá ahí haya registros de cuando fueron modificados los documentos.

Si encontramos las fechas, podremos demostrar que las filtraciones no salieron de aquí. Julián la miró sorprendido. Eres brillante. Lo sé. Ahora muévete antes de que se borre algo. Entre ambos revisaron cientos de registros. Cerca de la medianoche encontraron lo que buscaban. Los archivos habían sido copiados desde una red externa conectada a una IP registrada a nombre de Jor Holdings.

 Julián sonrió por primera vez en todo el día. Tenemos la prueba, entonces hay que hacerlo público, dijo Elena. Pero con cuidado, no te preocupes, respondió él. Esta vez jugaremos limpio. Al día siguiente, Julián convocó a una conferencia de prensa en el auditorio principal de la empresa. La sala estaba repleta de periodistas. Elena lo observaba desde un costado, nerviosa pero orgullosa.

Hace tres días se publicaron acusaciones graves contra nuestra compañía, empezó Julián. Hoy quiero aclarar la verdad. Mostró en la pantalla los registros del sistema. Los datos fueron manipulados y filtrados por una fuente externa. Aquí tienen las pruebas. Los responsables serán llevados ante la justicia.

 Los flashes de las cámaras iluminaban la sala. Y para quienes preguntan si me arrepiento de haber elegido el amor sobre los negocios, añadió, “la respuesta es no.” ¿Por qué? Gritó un reportero desde el fondo. “Porque el amor no me hizo perder la empresa. Me salvó de convertirme en alguien sin alma.” El aplauso fue inmediato. Elena desde un costado sintió un nudo en la garganta.

 Nunca lo había visto tan decidido, tan humano. Cuando la conferencia terminó, Julián se acercó a ella. Lo logramos. Lo lograste tú, corrigió Elena. No, lo hicimos juntos. Siempre ha sido así. Ella lo miró con ternura. ¿Sabes qué es lo peor? ¿Qué? que empiezo a creer que realmente eres un hombre bueno y yo empiezo a creer que merezco que me quieras. Elena sonrió. Te ganaste otra oportunidad.

Solo una por ahora. Ya veremos si no arruinas la siguiente. Ambos rieron. Era el sonido de dos personas que habían sobrevivido a todo. Esa noche, Amelí recibió una citación judicial por difamación y sabotaje empresarial. La noticia recorrió París como fuego y mientras el mundo comentaba el escándalo, en la mansión Lefebre, la paz volvía poco a poco.

 Elena y Julián cenaron juntos en la terraza con velas y un vino sencillo. ¿Y ahora qué harás con la empresa? Preguntó ella. reconstruirla, pero diferente. Quiero que le febre innovaciones sea un lugar donde la gente valga por lo que aporta, no por su apellido. Eso suena bien. De hecho, pensaba ofrecerte un cargo.

 ¿Qué tipo de cargo? Directora de sentido común. Alguien tiene que mantenerme en mi lugar. Elena rió. Trato hecho, pero sin uniforme amarillo. Nunca más, respondió él alzando su copa. Brindaron. Elena lo miró con una mezcla de ternura y asombro. ¿Quién diría que el hombre que me besó por impulso aquel día acabaría aquí? Yo tampoco lo imaginé, pero no cambiaría ni un solo momento.

 Y al mirarse bajo las luces de París, supieron que aunque aún quedaban desafíos, ya habían ganado la batalla más importante, Aprender a confiar. 6 meses después del escándalo, París había olvidado el drama mediático y le febre innovaciones volvía a florecer. La empresa se había transformado. Julián había implementado políticas justas, promovido al personal con mérito y abierto programas para jóvenes sin recursos.

 Elena, por su parte, trabajaba como coordinadora de bienestar interno, supervisando las condiciones laborales y asegurándose de que cada empleado fuera tratado con respeto. Lo que empezó como un juego terminó convirtiéndose en una historia real. Y ahora, frente al lago más hermoso de Francia, Julián Lefebre y Elena Duarte estaban a punto de casarse. El lago de Annesi brillaba con un azul cristalino bajo el sol de la tarde.

 Unas sillas blancas decoradas con flores silvestres formaban un pasillo que conducía hasta un pequeño altar de madera adornado con guirnaldas de lavanda. El sonido del agua, las risas de los invitados y el murmullo del viento creaban un ambiente de calma perfecta. Julián, impecable en un traje gris claro, ajustaba su corbata una y otra vez.

 A su lado, Luis, su fiel asistente, suspiró divertido. Si sigues tocando ese nudo, va a desaparecer. Estoy nervioso, admitió Julián. Eso es bueno. Los hombres que no se ponen nerviosos antes de casarse se casan por las razones equivocadas. Julián sonrió mirando hacia el lago. Solo quiero que todo salga bien. Va a salir perfecto, aseguró Dúas. Ella no necesita nada más que verte sonreír.

 En una pequeña cabaña junto al agua, Elena se miraba al espejo con una mezcla de asombro y emoción. Su vestido era sencillo, de algodón blanco con detalles bordados en los hombros. Llevaba el cabello suelto con una corona de flores y un velo ligero que apenas se movía con la brisa. Su madre, Rosa, le ajustaba el lazo de la cintura mientras sonreía. Nunca pensé que vería este día.

 Yo tampoco, respondió Elena con una risa nerviosa. A veces siento que todavía estoy limpiando candelabros. Pues mírate ahora, dijo su madre con lágrimas en los ojos. Pareces una reina. Lucas, su hermano, entró vestido con un traje azul oscuro que le quedaba un poco grande. Lista, hermana, ¿tú qué crees?, preguntó ella riendo. Que el novio está a punto de desmayarse de los nervios.

Elena respiró profundo. Entonces es el momento perfecto. El violín comenzó a sonar. Los invitados se pusieron de pie. Elena apareció al final del pasillo del jardín caminando del brazo de su hermano. Cada paso la acercaba a Julián, que la observaba con los ojos brillantes, como si todo el mundo se hubiera detenido.

 Cuando llegó al altar, Lucas la besó en la mejilla. “Prométeme que serás feliz”, le dijo. “Lo prometo”, respondió ella, conteniendo las lágrimas. Julián le tendió la mano temblando un poco. No puedo creer que estés aquí, susurró. Y yo no puedo creer que no hayas huído bromeó ella. Los invitados rieron suavemente rompiendo la tensión.

 El ministro, un hombre joven con voz cálida, los miró con amabilidad. Estamos aquí para celebrar la unión de dos personas que demostraron que el amor puede vencer incluso las diferencias más grandes. Isabel Lefebre, sentada en primera fila junto a Henry y Rosa, observaba en silencio. Había pasado meses distanciada, pero algo en el cambio de su hijo la había hecho reflexionar.

 Verlo allí, genuinamente feliz, le hizo comprender que tal vez se había equivocado al medir la vida con apariencias. Cuando el ministro les dio la palabra, Julián respiró hondo y miró a Elena a los ojos. Hace un año mi vida era un rompecabezas perfecto, pero sin alma. Tú llegaste para romperlo todo y mostrarme que la perfección no sirve de nada si uno no es libre.

 Me enseñaste que la risa puede ser más poderosa que el dinero, que el amor no se compra y que los errores pueden convertirse en oportunidades para renacer. Prometo que mientras viva haré que cada día a tu lado valga la pena. Elena no pudo evitar reír entre lágrimas. Y yo, dijo, prometo recordarte cada día que no eres tan perfecto como crees.

 Prometo reír cuando las cosas salgan mal y no soltar tu mano cuando el miedo vuelva a aparecer. Y también prometo no volver a arreglar tostadoras sin desconectarlas. Todos los presentes rieron. El ministro sonrió. Julián, ¿aceptas a Elena como tu esposa? Sí, con todo mi corazón. Elena, ¿aceptas a Julián como tu esposo? Sí, aunque sea un poco testarudo.

Entonces, por el poder que me ha sido otorgado, los declaro marido y mujer. Julián, ¿puedes besar a la novia? Él la tomó del rostro y la besó bajo los aplausos, las risas y el sonido del violín. Fue un beso largo, lleno de promesas cumplidas y nuevos comienzos. La celebración fue sencilla, pero llena de alegría. Entre los invitados había de todo.

 Ejecutivos, empleados, jardineros, cocineras, amigos, vecinos. Por primera vez no había jerarquías, solo personas compartiendo felicidad. Henry bailó con Rosa riendo como un niño. Isabel, tras mucha duda, se acercó a la pareja mientras bailaban. Elena dijo con una leve sonrisa, no te di la bienvenida antes. No hacía falta, señora Lefebre. Llámame Isabel, respondió con suavidad.

Y gracias por devolverle a mi hijo algo que yo había olvidado, la alegría. Elena la abrazó con sorpresa y gratitud. Gracias a usted por permitirnos empezar de nuevo. Al atardecer, Julián tomó el micrófono para brindar. No sé si alguna vez fui un buen jefe, un buen hijo o un buen hombre”, dijo. “Pero sé que gracias a ti, Elena, aprendí a ser yo mismo.

” Los invitados aplaudieron. Él levantó su copa. “Brindo por los segundos comienzos, por los errores que nos enseñan y por el amor que se construye con verdad.” Elena levantó la suya también. “Y por los jefes que aprenden a atrapear cuando hace falta.” Las risas llenaron el jardín mientras el sol se escondía tras las montañas.

Cuando cayó la noche, Julián y Elena se alejaron un momento del festejo y caminaron hasta el muelle del lago. El reflejo de las luces en el agua parecía un cuadro. “¿Lo ves?”, dijo él. “Todo valió la pena.” “Sí”, respondió ella. Pero prométeme algo, lo que quieras, que nunca olvides de dónde vienes ni quién eres. Que siga siendo el hombre que luchó por amor, no por orgullo.

 Julián la abrazó por detrás, apoyando su mentón en su hombro. Solo si tú prometes recordarme que debo reír incluso cuando el mundo se caiga. Trato hecho susurró ella. El silencio se llenó con el sonido del agua y el viento. Elena miró hacia el horizonte y sonrió.

 ¿Sabes qué es lo más curioso? ¿Qué? Que todo empezó con un beso absurdo frente a tu madre y terminó con otro frente a todo el mundo”, respondió él sonriendo. “Supongo que los mejores errores son los que nos cambian la vida.” Se miraron y se besaron una vez más con la luna como único testigo.

 El viento sopló con suavidad, levantando el velo de Elena como si el cielo los bendijera. Y así, entre risas, amor y segundas oportunidades, Julián Lefebre y Elena Duarte escribieron su propio final feliz, uno sin contratos, sin apariencias y sin miedo a elegir lo que realmente importaba.