Desperté del coma y escuché a mi hijo decir: “la vieja se va al asilo en cuanto él muera” — fingí…

Desperté del coma y escuché a mi hijo decir, “La vieja se va al asilo en cuanto él muera.” Fingí seguir inconsciente. Las máquinas seguían pitando a mi alrededor, pero yo ya estaba completamente despierto. Cada palabra que salió de su boca fue como un golpe directo al pecho, no al corazón, porque eso ya lo tenía roto desde hacía tiempo.

 Fue un golpe a algo más profundo, a la dignidad, a los años de sacrificio, a todo lo que creía haber construido. mi hijo, mi propio hijo, el niño al que cargué en brazos cuando apenas pesaba 3 kg. El mismo al que enseñé a andar en bicicleta en el jardín de la casa de Polanco, el que llevé a Disneylandia tres veces porque cada vez quería repetir la experiencia.

 Ese mismo hombre ahora estaba de pie junto a mi cama de hospital, planeando deshacerse de su madre como quien se deshace de un mueble viejo. Es lo mejor, Sofía le decía a su hermana. Ya sabes cómo es mamá. No va a poder vivir sola. El asilo de San Ángel es bueno, tiene jardines. Ni siquiera se va a dar cuenta. Sofía no respondió de inmediato. Hubo un silencio que me dio esperanza por un segundo.

 Tal vez ella, mi hija, la niña de mis ojos, diría algo. Tal vez defendería a su madre. Tal vez recordaría todo lo que hicimos por ellos. ¿Y si papá se recupera?”, preguntó finalmente. “Los doctores dijeron que es un milagro que siga vivo,” respondió Roberto. “Y aunque despierte, tú sabes que va a quedar mal.

No va a poder trabajar, no va a poder administrar nada. Es mejor que nosotros tomemos el control. Ahora ya hablé con el notario, ahí estaba. La verdad no les preocupaba mi recuperación, les preocupaba el dinero, las propiedades, los negocios, todo lo que me tomó 40 años construir. Me llamo Mauricio Sandoval, tengo 57 años, aunque ahora me siento como de 90.

 Hace 6 días tuve un accidente vascular cerebral mientras estaba en una junta de trabajo. Me desplomé frente a todos, según me contaron después los doctores. No recuerdo nada de esos primeros días, solo oscuridad. Y después, cuando empecé a despertar, voces, voces que no sabía que estaba escuchando, voces que me revelaron quiénes eran realmente las personas que yo más amaba en el mundo.

 Nací en Ciudad Nesaualcoyotl, en el estado de México. Mi padre era mecánico y mi madre vendía tamales en un puesto afuera de la casa. No teníamos nada. Bueno, teníamos amor, teníamos dignidad, teníamos ganas de salir adelante, pero dinero, lo que se dice dinero, no teníamos. Yo fui el primero de mi familia en terminar la preparatoria, el primero en entrar a la universidad.

Estudié ingeniería civil en la UNAM, trabajando de día y estudiando de noche. Dormía 4 horas, a veces tres, pero nunca me quejé. Sabía que la educación era la única puerta de salida. Conocía a Beatriz cuando tenía 23 años. Ella trabajaba en la biblioteca de la facultad.

 Era hermosa, pero no de esa belleza artificial que tanto se ve ahora. Era hermosa, de verdad. Tenía una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Y cuando me sonreía a mí, sentía que podía conquistar el mundo. Nos casamos se meses después de conocernos. No teníamos dinero para una boda grande. Nos casamos en el civil con mis padres y los suyos como testigos. La fiesta fue en casa de mi suegra con pozole y cerveza.

 Fue el día más feliz de mi vida. Beatriz siempre creyó en mí. Cuando todos me decían que estaba loco por querer poner mi propia constructora, ella me apoyó. Cuando pasábamos meses sin un solo contrato y teníamos que comer frijoles con tortillas todos los días. Ella nunca se quejó. Cuando tuve que empeñar su anillo de matrimonio para pagar la nómina de mis tres empleados, ella me abrazó y me dijo, “Lo recuperaremos, mi amor. Ya verás.” Y lo recuperamos.

 Recuperamos el anillo y mucho más. En 10 años, mi constructora pasó de tres empleados a 120. Construimos fraccionamientos, edificios de oficinas, plazas comerciales. Nos volvimos uno de los contratistas más confiables del centro del país. El dinero empezó a llegar primero poco a poco, después como una avalancha. Compramos nuestra primera casa en Polanco cuando tenía 35 años.

 Cinco recámaras, jardín, alberca. Beatriz lloró cuando le di las llaves. Esto es nuestro. Me preguntó. Todo nuestro, le respondí. Y esa noche hicimos el amor como si todavía fuéramos aquellos estudiantes sin dinero que soñaban con un futuro mejor. Roberto nació un año después. Sofía llegó dos años más tarde.

 Fueron los años más felices de nuestras vidas. Yo trabajaba mucho, es cierto. Muchas veces llegaba tarde a casa, muchas veces me perdía las obras de teatro del colegio o los partidos de fútbol de Roberto, pero todo lo hacía por ellos, para darles lo que yo nunca tuve, para que no tuvieran que sufrir como yo sufrí. Les di todo. Colegios privados de los más caros de la ciudad, clases de inglés, de francés, de música, viajes a Europa todos los veranos. Roberto estudió administración de empresas en el Tecnológico de Monterrey.

Sofía estudió diseño de modas en Nueva York. Le compré un departamento en Manhattan para que no tuviera que compartir con nadie. Cuando Roberto se graduó, lo integré a la empresa. Le di un puesto de dirección desde el principio. Quería que aprendiera el negocio desde adentro. quería que algún día él tomara las riendas, que continuara lo que yo había empezado, pero Roberto no tenía mi hambre, no tenía mis ganas. Para él todo había sido fácil.

 Nunca tuvo que preocuparse por el dinero. Nunca tuvo que quedarse despierto por las noches, preguntándose si iba a poder pagar las cuentas. El dinero siempre estuvo ahí y cuando uno nunca ha tenido que pelear por algo, no le da el valor que realmente tiene. Empezó a llegar tarde a las juntas, a cancelar citas importantes, a firmar contratos sin revisarlos bien.

 Tuve que intervenir varias veces para arreglar sus errores, pero nunca lo regañé fuerte. Era mi hijo. Pensé que con el tiempo maduraría, que encontraría su camino. Sofía se casó con un arquitecto español que conoció en Nueva York, Alejandro. Un tipo elegante, bien hablado, con buenos modales. Me cayó bien al principio. Parecía un hombre serio, responsable, pero después me di cuenta de que solo estaba interesado en el dinero de mi hija.

 Bueno, en mi dinero, para ser honestos. Cuando se casaron, les compré una casa en bosques de las lomas, tres pisos, seis recámaras, gimnasio, caba de vinos. También le di a Sofía una participación del 20% en una de mis empresas para que tuviera ingresos propios.

 quería que fuera independiente, que nunca tuviera que depender de nadie, pero el dinero fácil corrompe y yo les di demasiado dinero, demasiado rápido. Roberto se compró un Porsche, después un Bentley, empezó a frecuentar clubes nocturnos exclusivos, a viajar a Las Vegas cada mes, a gastar en cosas innecesarias. Yo le llamaba la atención, pero él me respondía, “Estoy disfrutando la vida, papá. Para eso trabajamos.” No, no.

 Yo no trabajé para eso. Yo trabajé para construir algo sólido, para dejar un legado, para asegurarme de que mis hijos y nietos nunca pasaran necesidades. Pero ellos no lo veían así. Para ellos el dinero era infinito, como un grifo que nunca se cierra. Beatriz se daba cuenta. Me lo decía en las noches cuando estábamos solos en la recámara. Mauricio, los estás malcriando.

 No valoran nada de lo que tienen. Y yo le respondía, les estoy dando lo que yo nunca tuve. ¿Qué tiene de malo eso? Lo malo es que no están aprendiendo lo que realmente importa en la vida”, me decía ella. Y como siempre, mi Beatriz tenía razón. Hace dos años empecé a notar cambios en la actitud de mis hijos.

Pequeños detalles al principio. Roberto dejó de visitarnos los domingos. Antes venía religiosamente a comer con nosotros. Era una tradición familiar, pero de repente empezó a cancelar. Tengo un compromiso, papá. Me surgió algo de último momento. La próxima semana seguro. Sofía también se distanció. Ya no me llamaba como antes.

 Antes me llamaba tres o cuatro veces por semana, solo para platicar, para contarme de su día, para pedirme consejos. Pero esas llamadas se volvieron cada vez más espaciadas y cuando hablábamos siempre había prisa en su voz como si estuviera cumpliendo con una obligación. “Están ocupados”, me decía Beatriz para consolarme. “Ya tienen sus propias familias, sus propias vidas, es normal.

” Pero yo sabía que no era normal. Un hijo ocupado es una cosa, un hijo que te evita es otra muy diferente. Entonces empezaron las peticiones de dinero. Roberto quería que le prestara 2 millones de pesos para una inversión segura que nunca se concretó. Sofía necesitaba medio millón para remodelar la casa cuando la casa estaba perfecta.

Les di el dinero las primeras veces sin hacer preguntas. Eran mis hijos. ¿Qué padre le niega ayuda a sus hijos? Pero las peticiones no paraban y nunca, nunca me devolvieron un solo peso. Hace 6 meses descubrí que Roberto había usado mi nombre para conseguir un préstamo de 5 millones de pesos. Falsificó mi firma en los documentos.

 Cuando lo confronté, no mostró ningún remordimiento. Iba a decírtelo, papá, pero sabía que ibas a hacer un drama. Necesitaba el dinero urgentemente. ¿Para qué lo necesitabas? Para pagar unas deudas. ¿Qué deudas, Roberto? No me respondió, solo me miró con esos ojos fríos que ya no reconocía. ¿Cuándo se había convertido mi hijo en este extraño? Beatriz estaba devastada.

Lloraba en las noches. ¿Qué hicimos mal, Mauricio? ¿En qué momento perdimos a nuestros hijos? No tenía respuesta para ella. Solo podía abrazarla y sentir ese mismo dolor que ella sentía. El dolor de un padre que da todo y recibe indiferencia a cambio. Entonces vino el episodio, el evento vascular cerebral, como lo llaman los doctores.

 Yo estaba en una junta con inversionistas japoneses. Estábamos cerrando un contrato importante. De repente sentí un dolor agudo en la cabeza, como si alguien me hubiera clavado un cuchillo. Las palabras se me trababan. El brazo izquierdo dejó de responderme. Señor Sandoval, escuché que alguien preguntaba.

 ¿Se encuentra bien? No pude responder. Caí al suelo y después, oscuridad. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Los doctores dicen que fueron seis días. Seis días en coma, seis días en los que mi cerebro luchaba por sobrevivir, seis días en los que mi familia luchaba por algo muy diferente. Empecé a despertar poco a poco.

 Primero fueron sensaciones, el sonido de las máquinas, el olor a hospital, la incomodidad de la cama. Después vinieron las voces, voces lejanas al principio, después más claras. Y entonces los escuché a Roberto y a Sofía, mis hijos, mis dos únicos hijos, planeando mi futuro y el de su madre como si fuéramos objetos, como si fuéramos un problema que resolver.

 Ya hablé con un notario, decía Roberto, podemos hacer un poder notarial mientras papá esté incapacitado. Así podemos tomar decisiones sobre las empresas y las propiedades. ¿Y si despierta y se opone? Preguntaba Sofía. Los doctores dijeron que aunque despierte va a quedar con secuelas. Probablemente no pueda hablar bien ni moverse. Va a necesitar cuidados las 24 horas.

 Entonces sí vamos a tener que contratar enfermeras, claro, pero para papá, no para mamá. Ella se va al asilo. Esas palabras me atravesaron como una bala. Ella se va al asilo. Beatriz, mi esposa, la mujer que había estado a mi lado durante 34 años. La mujer que me apoyó cuando no teníamos nada.

 La mujer que sacrificó sus propios sueños para que yo pudiera perseguir los míos. La mujer que crió a esos dos desagradecidos que ahora planeaban encerrarla en un asilo. Quise gritar, quise abrir los ojos y confrontarlos ahí mismo, pero algo me detuvo. Una voz dentro de mí me dijo, “Espera, escucha. Necesitas saber toda la verdad. y seguí escuchando. El asilo de San Ángel cuesta 50,000 pesos al mes, continuó Roberto.

Es caro, pero tiene buenas instalaciones y lo más importante, está lejos. No va a estar molestando ni preguntando por las empresas ni por el dinero. ¿Crees que mamá acepte?, preguntó Sofía. Roberto soltó una risa amarga. Mamá no tiene que aceptar nada. Cuando papá ya no esté, nosotros somos los que tomamos las decisiones. Ella no tiene nada a su nombre. Todo está a nombre de papá.

 Era cierto por un error que ahora entendía claramente. Todas las propiedades, todas las empresas, todas las cuentas bancarias estaban a mi nombre. Pensé que estaba protegiendo a Beatriz, que si algo me pasaba a mí, los hijos se encargarían de ella. Nunca imaginé que serían ellos mismos los que la traicionarían. ¿Y qué hacemos con las propiedades?, preguntó Sofía.

 La casa de Polanco la vendemos, vale por lo menos 50 millones. Los departamentos de renta los dejamos como inversión y las acciones de la constructora las dividimos entre los dos. Alejandro dice que deberíamos vender la constructora completa, intervino Sofía, que podríamos sacar unos 300 millones si la vendemos a una empresa española que está interesada.

 Alejandro, por supuesto, el arquitecto español, el que parecía tan educado y respetuoso. Resulta que era el cerebro detrás de todo esto. No es mala idea, respondió Roberto. Con ese dinero podríamos invertir en algo más rentable. La construcción ya no es lo que era. Hablaban de destruir lo que me tomó 40 años construir, de vender mi empresa como si fuera chatarra, de repartirse el dinero y desaparecer. Y lo peor de todo, hablaban de abandonar a su madre.

 Seguí con los ojos cerrados. El monitor cardíaco mostraba que mi corazón latía normalmente. La más fina de presión arterial marcaba números estables. Para todos yo seguía en coma, pero por dentro estaba completamente despierto, completamente consciente y completamente destrozado. Se quedaron hablando unos minutos más.

 Detalles sobre notarios, abogados, cuentas bancarias. Todo lo tenían planeado, todo lo habían coordinado, solo estaban esperando una cosa, que yo me desapareciera. ¿Y dónde está mamá ahora?, preguntó de repente Sofía. Fue a cambiarse de ropa a la casa. Le dije que se tomara su tiempo, que yo me quedaba cuidando a papá. Otro puñal. Roberto no estaba ahí cuidándome, estaba ahí vigilándome, esperando.

 Como un buitre espera a que termine de agonizar su presa. Bueno, yo me voy dijo Sofía. Tengo que recoger a los niños de la escuela. ¿Me avisas si hay algún cambio? Claro, pero no creo que pase nada. Los doctores dijeron que puede seguir así semanas o meses. Escuché los pasos de Sofía alejándose.

 La puerta se abrió y se cerró. Roberto se quedó solo conmigo. Sentí su presencia cerca. Se acercó a la cama. Por un momento pensé que iba a hacer algo. No sé qué, pero sentí miedo. Miedo real. Ojalá te hubieras ido rápido, viejo. Lo escuché murmurar. Esto se está poniendo complicado y caro. Cada día en este hospital cuesta una fortuna. Después se alejó. Escuché que se sentaba en la silla junto a la ventana.

 el sonido de su teléfono. Estaba enviando mensajes, probablemente planeando más cosas, más traiciones. Permanecía ahí inmóvil durante horas. Roberto se quedó dormido en algún momento, lo escuchaba roncar yo, con los ojos cerrados pensaba, planeaba. Por primera vez en seis días mi mente estaba completamente clara.

 No iba a dejar que me hicieran esto. No iba a permitir que le hicieran esto a Beatriz. Habíamos trabajado demasiado duro. Habíamos sacrificado demasiado y no íbamos a terminar nuestros días separados. Ella en un asilo y yo en una cama de hospital, mientras nuestros hijos dilapidaban todo lo que construimos. Pero necesitaba un plan y necesitaba que Beatriz lo supiera.

 La noche cayó sobre el hospital. Roberto seguía ahí dormitando en el sillón, despertando cada tanto para revisar su teléfono. Yo seguía inmóvil, con los ojos cerrados, pero mi mente trabajaba a toda velocidad. Necesitaba comunicarme con Beatriz.

 Era urgente, pero ¿cómo? No podía moverme sin que Roberto se diera cuenta. No podía hablar. Las enfermeras entraban cada dos horas a revisar los signos vitales, pero siempre con Roberto presente. No había manera de pasarle un mensaje. Entonces, alrededor de las 11 de la noche, escuché pasos diferentes, más ligeros, conocidos. “Buenas noches”, dijo una voz suave.

 Era la enfermera Lupita la que había estado cuidándome los primeros días. Una mujer mayor de unos 60 años con manos cálidas y voz maternal. Me había gustado desde el principio, aunque yo no estaba consciente entonces para decírselo. Buenas noches respondió Roberto con voz somnolienta. ¿Cómo sigue mi padre? Estable, respondió ella.

 Voy a revisarlo. ¿Por qué no va por un café? Tiene que estar agotado de estar aquí todo el día. Estoy bien”, respondió Roberto. “Insisto”, dijo Lupita con firmeza. “Necesita despejar la mente. La cafetería está en el segundo piso. Aproveche que está abierta toda la noche. Tómese unos 15 minutos. Yo me quedo con su papá.” Hubo una pausa. Roberto dudaba.

 “Está bien”, dijo finalmente. 15 minutos. Escuché sus pasos alejándose. La puerta se cerró y entonces sentí la mano de Lupita sobre mi frente. Ya se fue, susurró. Puede abrir los ojos, don Mauricio Mi corazón dio un vuelco. ¿Cómo sabía ella? Abrí los ojos lentamente. Lupita me miraba con una sonrisa triste.

 Lo supe desde ayer en la tarde, dijo en voz baja. Llevo 30 años trabajando en cuidados intensivos. Sé reconocer cuando un paciente está despertando y cuando está despierto fingiendo. Sus movimientos oculares bajo los párpados lo delataron. Intenté hablar, pero mi voz salió rasposa, débil. Mi esposa, lo sé, dijo Lupita. Escuché a sus hijos esta tarde, por eso envié a ese muchacho por café.

Tenemos poco tiempo. Necesito hablar con Beatriz, logré decir. Lupita sacó su teléfono celular del bolsillo. ¿Cuál es su número? Se lo dije. Me costaba trabajo pronunciar los números, pero lo logré. Ella marcó y puso el teléfono en altavoz bajo. Tres timbrazos. Cuatro, cinco. Bueno, contestó la voz de Beatriz. Sonaba cansada, rota.

 Señora Sandoval, preguntó Lupita. Soy Lupita Hernández, enfermera de su esposo. Necesito que venga al hospital inmediatamente y que venga sola. Es urgente, muy urgente. ¿Qué pasó, Mauricio? ¿Está bien? Su esposo está perfectamente, dijo Lupita mirándome. Mejor de lo que imagina, pero necesito que venga ya.

 Y por favor, no le diga a nadie, a nadie, ¿me entiende? Hubo un silencio del otro lado. Entiendo, respondió Beatriz. Su voz había cambiado. Había captado algo en el tono de Lupita. Voy para allá 20 minutos. Lupita colgó. Su hijo va a volver en cualquier momento. Tiene que seguir fingiendo. Puede hacerlo. Asentí con la cabeza. Bien. Cuando llegue su esposa, yo la voy a hacer pasar.

 Su hijo probablemente esté aquí, pero voy a inventar algo para sacarlo de la habitación por unos minutos. Aprovechen ese tiempo. Gracias, logré susurrar. Ella me apretó la mano. He visto muchas cosas feas en este hospital, don Mauricio. Familias que se pelean por herencias mientras el enfermo todavía respira. Hijos que abandonan a sus padres.

 Pero lo que escuché hoy, eso fue particularmente cruel. Usted y su esposa no merecen eso. Cerré los ojos justo cuando la puerta se abrió. Roberto había regresado. ¿Cómo está?, preguntó. Igual, respondió Lupita con profesionalismo, sin cambios, pero los signos son buenos. Su cuerpo está respondiendo bien al tratamiento. ¿Cuánto tiempo más cree que siga así? Es imposible saberlo.

 Podría despertar mañana o podría tardar semanas. El cerebro es impredecible. Roberto suspiró. Un suspiro de frustración, no de preocupación. Eso me quedó clarísimo. Lupita terminó de revisarme y salió de la habitación. Los siguientes 20 minutos fueron los más largos de mi vida. Escuchaba a Roberto teclear en su teléfono.

 De vez en cuando murmuraba algo, probablemente conversaciones con Alejandro o con Sofía. Entonces escuché voces afuera. Una de ellas era Beatriz. Buenas noches. Vengo a ver a mi esposo. La puerta se abrió. Beatriz entró. Pude sentir su perfume. Ese mismo perfume que usaba desde que la conocí. La banda y vainilla. El olor de mi hogar.

 Mamá, dijo Roberto, “¿Qué haces aquí tan tarde?” “No podía dormir”, respondió ella. Necesitaba verlo. Se acercó a mi cama. Sentí su mano tomar la mía. Estaba temblando. “¿Ha habido algún cambio?”, preguntó. No, respondió Roberto. Sigue igual. En ese momento entró Lupita nuevamente. Disculpen dijo.

 Señor Roberto, ¿podría acompañarme un momento? Necesito que firme unos documentos en la estación de enfermeras. Es sobre el seguro y los costos del tratamiento. ¿No puede esperar hasta mañana? Me temo que no. Son procedimientos administrativos que deben resolverse hoy. No tomará más de 5 minutos. Roberto se levantó de mala gana. Está bien. Vuelvo enseguida a mamá.

Salió con Lupita. La puerta se cerró. Abrí los ojos inmediatamente. Mauricio jadeó Beatriz. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Dios mío, ¿estás despierto? Completé la frase. Escucha, mi amor. Tenemos muy poco tiempo. Necesito que me escuches con atención. Me miró asustada, confundida, pero asintió.

 Los escuché, dije a Roberto y a Sofía. Lo escuché todo. Sé lo que planean hacer contigo. Lo de la asilo, lo de vender todo, todo. Beatriz se llevó una mano a la boca. Yo yo sabía que algo andaba mal, pero pensé, “No hay tiempo para eso ahora.” La interrumpí. “Necesito que hagas exactamente lo que te voy a decir.” ¿Me oyes? Exactamente.

Ella asintió secándose las lágrimas. Primero, no le digas a nadie que estoy despierto. A nadie, ni a los doctores, ni a las enfermeras, excepto a Lupita. Ella está de nuestro lado. ¿Por qué? Porque necesito tiempo. Tiempo para planear. Si saben que estoy consciente, van a acelerar sus planes, van a hacerme firmar papeles.

 Van a buscar doctores que digan que no estoy en mis facultades mentales. Conozco cómo funciona esto, Beatriz. He visto casos similares en otros empresarios. Ella asintió, aunque seguía temblando. Segundo, mañana en la mañana ve al banco, al BBVA de Reforma. Pregunta por el licenciado Villarreal. Es el gerente. Dile que voy de mi parte, que necesitas acceso a la caja de seguridad.

 ¿Qué hay en la caja de seguridad? documentos importantes, contratos, escrituras y efectivo, mucho efectivo. Hay aproximadamente 5 millones de dólares en billetes. Los ojos de Beatriz se abrieron enormemente. Es dinero de emergencia, expliqué. Siempre he sido precavido. Saca todo, mételo en dos maletas, llévalo a casa y escóndelo bien en el sótano, detrás de las cajas de Navidad. Nadie busca ahí.

Mauricio, me estás asustando. Bien, debes estar asustada porque lo que viene no va a ser fácil. Tomé su mano con más fuerza. Tercero, contacta al licenciado Mendoza, mi abogado personal, el de la firma en Santa Fe. Dile que necesitas verlo urgentemente, que es asunto de vida o muerte. Él va a entender.

 ¿Y qué le digo? Le dices que necesitas hacer un poder notarial, un poder amplio, irrevocable, que te dé control total sobre todas mis propiedades y empresas mientras yo esté incapacitado. Pero Roberto dijo que él ya estaba tramitando algo así. Roberto va a intentar hacerlo, pero Mendoza es mi abogado desde hace 20 años. No va a hacer nada sin hablar conmigo o sin mi autorización explícita.

Y cuando tú llegues con él, él va a saber qué hacer. Es un hombre inteligente, leal, de los pocos que quedan. Beatriz respiraba agitadamente. ¿Qué más? Cuarto, empieza a sacar dinero de las cuentas, no todo de golpe, porque eso va a levantar sospechas, pero ve sacando 50,000 pesos aquí, 100,000 allá.

 usa diferentes cajeros, diferentes sucursales. Mauricio, esto suena a que estamos planeando huir. La miré directo a los ojos, porque eso es exactamente lo que vamos a hacer. Ella se quedó paralizada. Escúchame bien, mi amor. Nuestros hijos nos traicionaron. La familia que construimos, la familia por la que sacrificamos todo, nos traicionó.

Y no voy a quedarme aquí esperando a que me encierren en este hospital mientras te meten a ti en un asilo y se roban todo lo que construimos. Pero, ¿Huir a dónde? Lejos, muy lejos, a un lugar donde no puedan encontrarnos, donde podamos empezar de nuevo. Mauricio, tenemos casi 60 años. Empezar de nuevo.

 Lo hicimos una vez cuando no teníamos nada. Le recordé. Podemos hacerlo otra vez. Pero esta vez tenemos experiencia, tenemos recursos y lo más importante, nos tenemos el uno al otro. Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas, pero ahora había algo más en sus ojos, algo que no veía desde hacía mucho tiempo. Fuego, determinación. ¿Cuándo?, preguntó simplemente. Pronto, muy pronto.

 Pero primero necesito recuperarme un poco más. Necesito poder caminar. Necesito poder valerme por mí mismo. Dame una semana, tal vez dos. Y si los doctores te dan de alta antes, no lo harán. Voy a asegurarme de que piensen que sigo grave, que necesito más tiempo de observación. De hecho, hice una pausa. Dile a los doctores que quieres una segunda opinión.

 ¿Que quieres traer a un neurólogo especializado de Houston? Eso va a ganar tiempo. Roberto va a oponerse. Que se oponga. Tú eres mi esposa legalmente, mientras yo esté incapacitado, tú tienes la última palabra en decisiones médicas. No, él Beatriz asintió. Podía ver como su mente trabajaba procesando todo. Una cosa más, agregué, empieza a empacar.

 No mucho, solo lo esencial. ropa, documentos personales, fotografías que sean importantes para ti, pero hazlo discretamente. Si Roberto o Sofía preguntan, diles que estás donando cosas, que estás haciendo limpieza para mantener la mente ocupada y a dónde vamos a ir exactamente, todavía no lo sé, pero he te estado pensando, tal vez España o Portugal, un lugar donde podamos tener buena calidad de vida, donde el dinero rinda y donde tengamos privacidad, donde nadie nos conozca, donde podamos ser simplemente Mauricio y

Beatriz otra vez. Ella sonrió a través de las lágrimas. Hace mucho que no éramos simplemente Mauricio y Beatriz. Lo sé. Y eso fue parte del problema. Nos convertimos en los padres de Roberto y Sofía, en los proveedores, en los bancos personales, pero olvidamos ser nosotros. Escuchamos pasos afuera.

 Roberto estaba regresando. “Cierra los ojos”, susurró Beatriz. “Los cerré justo cuando la puerta se abrió.” “¿Todo bien, mamá?”, preguntó Roberto. “Sí”, respondió ella. Su voz sonaba firme, ahora controlada. Solo le estaba hablando. Dicen que los pacientes en coma pueden escuchar. Que les ayuda.

 “¡Qué bonito”, dijo Roberto, pero su tono era completamente vacío. No había cariño, ahí no había nada. “Me voy a ir, dijo Beatriz. Necesito descansar.” Claro, mamá, maneja con cuidado. Sentí los labios de Beatriz en mi frente, un beso y después su voz, apenas un susurro junto a mi oído. Te amo. Vamos a salir de esta. Sus pasos se alejaron.

 La puerta se cerró y yo seguía ahí inmóvil, con los ojos cerrados. Pero por primera vez en días sentía esperanza. Beatriz estaba conmigo y juntos, como siempre, íbamos a encontrar la manera. Los siguientes días fueron los más difíciles de mi vida. Tenía que permanecer completamente inmóvil durante horas, fingir inconsciencia cuando los doctores venían a revisarme, escuchar conversaciones de Roberto y Sofía planeando mi futuro como si yo ya no existiera.

 Pero también fueron días de despertar, de redescubrirme, de recordar quién era yo antes de convertirme en el proveedor, el empresario exitoso, el padre complaciente. Beatriz venía dos veces al día, por la mañana y por la noche. Siempre se aseguraba de que Roberto o Sofía no estuvieran presentes. Lupita la ayudaba inventando excusas para sacar a mis hijos de la habitación por unos minutos. En esos breves momentos, Beatriz me actualizaba.

 Había ido al banco, había sacado el dinero de la caja de seguridad, había hablado con el licenciado Mendoza. Todo estaba en marcha. Roberto fue a ver a Mendoza ayer. Me susurró una tarde. Le pidió que hiciera el poder notarial a su favor. Mendoza le dijo que necesitaba hablar contigo primero, que era procedimiento estándar. Roberto se puso furioso.

 ¿Qué hizo Mendoza? Le dijo que sin tu consentimiento explícito él no podía hacer nada, que era su deber como abogado. Roberto lo amenazó con denunciarlo al colegio de abogados. Mendoza es más inteligente que eso. Dije, “Sa sabe cómo manejar estas situaciones. ¿Hay algo más?”, agregó Beatriz. Roberto contrató a un investigador privado. Mi corazón se aceleró.

 ¿Para qué? Para revisar todas nuestras cuentas bancarias. ¿Quieres saber exactamente cuánto tenemos y dónde está todo? ¿Ya sacaste el dinero de las cuentas? Como te dije, sí, poco a poco. Ya llevo casi 2 millones de pesos en efectivo escondidos en casa. Pero tengo miedo, Mauricio. Y si descubren algo? No van a descubrir nada, le aseguré. El dinero de la caja de seguridad no aparece en ningún registro bancario.

 Es completamente invisible y el efectivo que estás sacando son cantidades pequeñas que pueden justificarse fácilmente como gastos del hogar. Los doctores venían todos los días a evaluarme. Yo había aprendido a controlar mi respiración, a mantener mis músculos completamente relajados, a no reaccionar cuando me pinchaban o me movían.

 El doctor Salazar, el neurólogo a cargo, estaba desconcertado. Es extraño le decía a Roberto. Sus signos vitales son buenos. El escáner cerebral muestra que la inflamación ha disminuido considerablemente. ¿Debería estar despertando. ¿Qué significa que no despierte? Preguntaba Roberto. Y yo podía detectar la ansiedad en su voz.

 Necesitaba que yo despertara para poder ejecutar sus planes. Pero también necesitaba que estuviera lo suficientemente débil como para no oponerme. Podría ser una variedad de factores, respondía el doctor. A veces el cerebro necesita más tiempo para sanar. Vamos a seguir monitoreando. Una tarde Sofía vino sola, se sentó junto a mi cama y se quedó ahí en silencio durante casi una hora.

 Yo me preguntaba qué estaría pensando. ¿Tendría algún remordimiento? ¿Alguna duda sobre lo que estaban planeando? Entonces habló en voz baja, casi como si estuviera hablando consigo misma. No sé si puedes escucharme, papá. Dicen que las personas en coma pueden oír. No sé si es cierto. Hizo una pausa. Roberto dice que deberíamos vender todo, que es la mejor opción. Alejandro está de acuerdo.

 Dicen que así podremos asegurar nuestro futuro, el futuro de tus nietos. Mis nietos. Ahora pensaban en mis nietos. Los mismos nietos que rara vez me dejaban ver porque siempre estaban muy ocupados. Yo no estoy tan segura. Continuó. Es tu empresa, tu vida de trabajo. Se siente mal vender todo así, pero Roberto dice que tú lo entenderías, que siempre quisiste que nosotros estuviéramos bien.

 Hizo otra pausa larga y sobre mamá. Su voz se quebró un poco. Yo no quiero que vaya a un asilo, de verdad que no. Pero Roberto dice que es lo mejor, que nosotros no podemos cuidarla, que ella va a estar mejor ahí con gente profesional atendiéndola. Así que Sofía tenía dudas. Pero no las suficientes como para hacer algo al respecto. No las suficientes como para defenderme o defender a su madre.

 Te extraño, papá, dijo finalmente. Ojalá pudieras despertar y decirme qué hacer. Siempre supiste qué hacer. Se levantó y salió de la habitación. Y yo me quedé ahí con el corazón destrozado, porque me di cuenta de algo. Sofía no era mala, era débil. Había dejado que Roberto y Alejandro tomaran el control.

 había cedido su voluntad a cambio de no tener que tomar decisiones difíciles, pero debilidad o maldad, el resultado era el mismo. Estaba dispuesta a abandonar a su madre. Estaba dispuesta a vender todo lo que yo había construido y eso, a final de cuentas era lo único que importaba. Esa noche, cuando Beatriz vino, le conté sobre la visita de Sofía.

 Tal vez podríamos hablar con ella, sugirió Beatriz. Tal vez si sabe que estás despierto, si ve que puedes recuperarte. No, la interrumpí. Es demasiado riesgo. No sabemos de qué lado está realmente. Hey, si le dice algo a Roberto. Pero es nuestra hija, Mauricio. Era nuestra hija. Corregí con amargura. Ahora no sé qué es. Beatriz se quedó en silencio.

 Sabía que tenía razón, aunque le doliera admitirlo. “¿Ya conseguiste los pasaportes?”, pregunté cambiando de tema. Sí, están escondidos con el dinero y los boletos todavía no. Dijiste que esperara hasta que supiéramos la fecha exacta. Bien, creo que ya casi estoy listo. Puedo mover los dedos de los pies sin problema, las piernas responden.

 Mañana voy a intentar mover los brazos cuando nadie esté mirando. Si todo va bien, podremos irnos en una semana. ¿A dónde exactamente? He estado pensando, Portugal, la ciudad de Oporto, tiene buena comunidad expatriada, costo de vida razonable, excelente sistema de salud y lo más importante, allá nadie nos conoce, podemos empezar completamente de cero.

 Y el dinero, no podemos llevarnos 5 millones de dólares en efectivo en un avión. No vamos a llevarlo todo, vamos a llevar lo suficiente para los primeros meses. El resto lo vamos a transferir poco a poco a través de diferentes bancos a cuentas que voy a abrir en Portugal. Va a tomar tiempo, pero lo vamos a hacer bien sin levantar sospechas. Beatriz asintió. Mendoza me dio unos documentos ayer.

Dijo que eran importantes que los leyeras cuando pudieras. ¿Qué tipo de documentos? No lo sé. Están sellados. Los tengo en la bolsa. Tráelos mañana. Necesito verlos. Al día siguiente, cuando Lupita logró sacar a Roberto del cuarto con la excusa de que había un problema con la cuenta del hospital, Beatriz me dio el sobre. Lo abrí con cuidado.

 Eran documentos legales, contratos y una carta de Mendoza escrita a mano. Don Mauricio decía la carta. Si está leyendo esto, significa que la señora Beatriz confió en mí lo suficiente como para traerle este sobre. Quiero que sepa que estoy de su lado. He sido testigo de muchas traiciones familiares en mi carrera, pero lo que sus hijos están intentando hacer es particularmente Bill.

 Los documentos adjuntos son copias certificadas de todas las escrituras de sus propiedades y contratos de sus empresas. También incluí un poder notarial que le da a la señora Beatriz control total sobre todos sus bienes. Está fechado 3 meses atrás antes de su accidente. Es completamente legal y válido.

 Si Roberto intenta hacer algo, este documento lo detiene en seco. También tomé la libertad de congelar temporalmente varias cuentas corporativas citando irregularidades contables que necesitan investigarse. Esto le da tiempo. Use ese tiempo sabiamente y si necesita desaparecer, como sospecho que está planeando, sepa que tiene mi completo apoyo y discreción.

 Le adjunto también información de contactos confiables en Europa que pueden ayudarle a establecerse. Cuídese mucho, don Mauricio, y cuide a la señora Beatriz. Ustedes merecen paz después de tantos años de trabajo. Con respeto y lealtad, licenciado Rafael Mendoza. Miré a Beatriz. Ella tenía lágrimas en los ojos. “Todavía hay gente buena en el mundo”, susurró.

 “Sí”, respondí, “y vamos a necesitar toda la ayuda posible. Pasaron cinco días más. Cinco días en los que seguí perfeccionando mi actuación. Cinco días en los que Beatriz siguió preparando nuestra escapada y cinco días en los que Roberto y Sofía se volvieron cada vez más impacientes. No entiendo por qué no despierta. Escuché que Roberto le decía al Dr.

 Salazar una mañana, “Ya pasaron casi dos semanas, ¿no es demasiado tiempo.” “Cada paciente es diferente, señor Sandoval”, respondió el doctor con paciencia profesional. He visto casos de personas que despiertan después de meses. ¿Mes? La voz de Roberto sonó alarmada. Está diciendo que mi padre podría estar así durante meses. Es una posibilidad. O podría despertar mañana. Como le dije, es impredecible.

Después de que el doctor se fue, Roberto hizo una llamada telefónica. Lo escuché claramente. Alejandro, tenemos un problema. El viejo no despierta y el doctor dice que podría tardar meses. No, no podemos esperar tanto. Los gastos del hospital están aumentando y Mendoza no suelta el control de las cuentas corporativas.

 Sí, ya sé que dijiste que congelar las cuentas era temporal, pero necesitamos acceso. Ya necesitamos otro plan. Hubo una pausa mientras escuchaba lo que Alejandro le decía del otro lado. ¿Estás seguro de que eso es legal?, preguntó Roberto. Otra pausa. Está bien, hazlo, pero hazlo rápido. Colgó y yo supe que el tiempo se nos estaba acabando. Fuera lo que fuera que Alejandro estuviera planeando, teníamos que movernos pronto.

Esa noche, cuando Beatriz llegó, le conté sobre la llamada. Tienen que estar planeando algo legal para quitarme el control. dije, “Probablemente van a intentar declararme incapacitado mentalmente. Con eso podrían anular el poder notarial que Mendoza te dio. ¿Pueden hacer eso? Si consiguen doctores que testifiquen que no estoy en mis facultades mentales, sí, y con suficiente dinero pueden conseguir los doctores que necesiten.” Beatriz se veía asustada.

 “¿Qué hacemos? Nos vamos ya esta misma semana. Pero dijiste que necesitabas más tiempo para recuperarte. Ya estoy lo suficientemente recuperado. He estado practicando cuando nadie me ve. Puedo caminar. Tal vez un poco tambaleante, pero puedo hacerlo. Es ahora o nunca. Beatriz. Ella tomó mi mano. ¿Cuándo? Pasado mañana. Viernes. Es el día perfecto.

 Roberto siempre tiene junta de socios. Los viernes por la tarde. Sofía lleva a los niños a sus clases de natación. estarán ocupados. ¿Y cómo salimos del hospital? Déjamelo a mí. Tengo un plan. Al día siguiente, jueves, le pedí a Lupita que me ayudara con algo muy específico. Necesito que consigas un uniforme de enfermero de hombre.

 Talla grande B, le susurré cuando logró quedarse a solas conmigo por unos minutos. ¿Para qué? Para mañana. Mañana me voy de aquí y necesito salir sin que nadie me reconozca. Lupita me miró con preocupación. ¿Estás seguro de que está listo? Físicamente quiero decir, estoy listo y si espero más, va a ser demasiado tarde. Ella asintió lentamente. Está bien.

 Conseguiré el uniforme. ¿Algo más? Sí. Necesito que mañana alrededor de las 3 de la tarde haya una emergencia en este piso. Algo que haga que todas las enfermeras y doctores corran hacia otro lado. No tiene que ser real. Solo tiene que parecer real. Una falsa alarma. Exactamente. ¿Puedes hacerlo? Lupita pensó por un momento.

 ¿Puedo activar accidentalmente la alarma de incendio en el otro extremo del pasillo? Eso hará que todos corran hacia allá. Tendrás tal vez 5 minutos antes de que se den cuenta de que es falsa alarma. 5 minutos es todo lo que necesito. Esa noche Beatriz llegó con una maleta pequeña. Dentro había ropa para mí, ropa casual, jeans, camisa, zapatos deportivos, nada que llamara la atención. “Los boletos están comprados”, susurró.

 “Salimos mañana a las 8 de la noche desde el aeropuerto. Vuelo directo a Madrid y de ahí conexión a Oporto. ¿Usaste tu tarjeta de crédito? No, compré los boletos en efectivo en una agencia de viajes, tal como dijiste. Bien. ¿Y el dinero? Tengo dos maletas listas en el carro con ropa y el efectivo. Todo lo que necesitamos para los primeros meses.

 ¿Qué les dijiste a Roberto y Sofía? ¿Que iba a pasar el día con mi hermana en Cuernavaca? Que necesitaba despejar la mente, Roberto ni siquiera preguntó detalles. Sofía me dijo que me divirtiera. La voz de Beatriz se quebró un poco en esa última parte. La abracé lo mejor que pude desde la cama del hospital. Lo sé, mi amor.

 Sé que es difícil, pero esto es lo que tenemos que hacer. Sigo sin poder creer que estemos huyendo de nuestros propios hijos. No estamos huyendo de ellos, estamos salvándonos de ellos. Hay una diferencia. Beatriz se secó las lágrimas. ¿Estás seguro de que puedes caminar hasta el estacionamiento? Caminaré hasta donde sea necesario. He estado practicando.

 Anoche, cuando Roberto se quedó dormido, me levanté de la cama y caminé por toda la habitación. Me duelen las piernas, pero funcionan. Y si algo sale mal, nada va a salir mal. Confía en mí, Beatriz, una última vez. Confía en mí. Ella me besó. Un beso largo, profundo. Un beso que sabía a despedida.

 despedida de esta vida que habíamos construido, de esta ciudad que conocíamos, de esta familia que se había roto. “Te amo”, susurró. “Siempre te he amado desde el primer día que te vi en esa biblioteca. Y yo a ti eres lo único real en mi vida, lo único que vale la pena salvar.” Viernes, el día había llegado.

 Roberto llegó temprano como siempre. Se sentó en su silla junto a la ventana. revisando su teléfono. A las 11 de la mañana, Sofía entró. ¿Algún cambio?, preguntó. Ninguno, respondió Roberto con frustración. Sigue igual, como una piedra. Los doctores dijeron que necesitamos tener paciencia. Ya tuve suficiente paciencia, Sofía.

 Alejandro habló con un abogado ayer. Podemos iniciar un proceso de interdicción, declararlo legalmente incapacitado. ¿Y mamá está de acuerdo con eso? A mamá no le vamos a preguntar. Ella está muy emocional ahorita. No puede tomar decisiones objetivas. Sofía guardó silencio. Mira, continuó Roberto. Sé que esto es difícil, pero tenemos que pensar en el futuro, en nuestras familias, en los niños.

 Papá construyó todo esto para nosotros, ¿no? Pues ahora nos toca a nosotros administrarlo. Supongo que tienes razón, dijo Sofía, aunque su voz sonaba insegura. A la 1 de la tarde, Roberto se fue. Tenía que prepararse para su junta de socios. Sofía se quedó un rato más, pero a las 2 también se fue. Tenía que recoger a sus hijos. Regreso más tarde, papá, dijo antes de irse. Te quiero.

 Me quería de verdad, porque el amor no se trata solo de palabras, se trata de acciones. Y sus acciones decían algo muy diferente. A las 3:5, Lupita entró a la habitación. Traía una bolsa de plástico. Aquí está el uniforme, susurró. Y tome esto también. Me dio una gorra de béisbol y unos lentes oscuros. Ja. Para que no lo reconozcan en las cámaras de seguridad.

Eres un ángel, Lupita. Solo espero que sepa lo que está haciendo don Mauricio. Esto es muy arriesgado. Lo sé, pero a veces hay que arriesgarlo todo para salvar lo que importa. Ella asintió. A las 3 en punto activo la alarma. Cuando escuche la sirena tiene que moverse rápido. Baje por las escaleras de emergencia. No use el elevador. Las escaleras lo van a llevar directo al estacionamiento del sótano.

 Su esposa me dijo que va a estar esperándolo en un Honda CRB gris cerca de la salida. Gracias Lupita, por todo. Cuídese mucho. Los dos. Me apretó la mano una última vez y salió. Me quedé solo en la habitación. Mi corazón latía con fuerza. Las máquinas a mi alrededor pitaban normalmente. Afuera, en el pasillo, se escuchaba el trajín habitual del hospital. Enfermeras caminando, doctores hablando, carritos de comida rodando.

Todo normal, todo tranquilo. Miré el reloj en la pared. 257 3 minutos. Me quité las sdas del brazo con cuidado. La máquina que monitoreaba mi corazón empezó a pitar erráticamente, pero la apagué rápidamente. Me senté en la cama, las piernas me temblaban, pero respondían 25:58. Me puse de pie. El piso se movió un poco bajo mis pies, pero me sostuve del borde de la cama. Respiré profundo.

 Podía hacer esto. Tenía que hacerlo. 259. Abrí la bolsa de plástico, saqué el uniforme de enfermero, me quité la bata del hospital y me puse la ropa. Los pantalones me quedaban un poco flojos, pero funcionaban. La camisa era de mi talla. Me puse la gorra y los lentes oscuros. 30. La alarma de incendio explotó en el pasillo.

 Una sirena ensordecedora. Gritos, pasos corriendo. Era ahora. Abrí la puerta de mi habitación. El pasillo estaba en caos total. Enfermeras corriendo hacia el otro extremo. Doctores gritando instrucciones, pacientes asomándose por sus puertas confundidos. Nadie me prestó atención.

 Era solo otro enfermero más en medio del caos. Caminé hacia las escaleras de emergencia. Cada paso era un esfuerzo. Mis piernas estaban débiles después de dos semanas en cama, pero seguía adelante. Un paso, otro paso, otro más. Llegué a la puerta de las escaleras, la abrí. El sonido de la alarma se amortiguó un poco. Empecé a bajar piso por piso. Mis piernas gritaban de dolor, pero no me detuve.

 Quinto piso, cuarto piso, tercero. En el segundo piso escuché voces arriba. Falsa alarma. Es una falsa alarma. Regresen a sus puestos. Aceleré el paso. Tenía que salir antes de que se dieran cuenta de que yo no estaba en mi habitación. Primer piso, planta baja, sótano. La puerta del estacionamiento. La abrí.

 El aire fresco me golpeó la cara, el olor a gasolina y concreto, el sonido de los coches. Miré alrededor dónde estaba Beatriz. Entonces lo vi. El Honda CRV gris estacionado cerca de la salida. Las luces se encendieron dos veces. Era ella. Caminé hacia el carro lo más rápido que pude. Cada paso era una agonía, pero no me importó. Estaba tan cerca, tan cerca de la libertad.

 La puerta del copiloto se abrió. Beatriz estaba ahí con lágrimas rodando por sus mejillas. Mauricio Jadeo. Dios mío, lo lograste. Me subí al carro, cerré la puerta. Beatriz arrancó inmediatamente. ¿Nos vio alguien?, preguntó mientras salíamos del estacionamiento. No lo sé. No creo. Pasamos por la caseta de salida.

 El guardia de seguridad ni siquiera nos miró. Estaba distraído, probablemente por la alarma de incendio. Y entonces estábamos afuera en la calle libres. Beatriz condujo en silencio durante varios minutos. Sus manos temblaban en el volante. Yo miraba por el espejo retrovisor esperando ver luces de policía persiguiéndonos.

 Pero no había nada, solo tráfico normal de Ciudad de México un viernes por la tarde. “Lo hicimos”, susurré finalmente. Realmente lo hicimos. Beatriz soltó una risa nerviosa. “Todavía no podemos cantar victoria. Falta llegar al aeropuerto, pasar migración, subir al avión. Lo vamos a lograr. Ya pasamos lo más difícil. Condujo hacia el sur evitando las rutas principales. Había planeado el camino cuidadosamente.

 Calles secundarias, menos tráfico, menos cámaras. ¿Cuánto tiempo crees que tarden en darse cuenta de que no estás en el hospital? Preguntó. Depende si todo sale bien, tal vez una hora, tal vez dos. Para cuando Roberto regrese de su junta, yo ya debería estar reportado como desaparecido. Y si rastrean el carro, este carro no está a tu nombre ni al mío, le recordé.

 Lo registraste con tu nombre de soltera, usando una dirección vieja. Sería muy difícil rastrearlo. Beatriz había pensado en todo. Mi esposa inteligente, cuidadosa, que siempre había sido la estratega silenciosa detrás de mis éxitos. Llegamos a nuestra casa en Polanco. 40 minutos después. Beatriz se estacionó en el garaje y cerró la puerta automática rápidamente.

Tenemos que ser rápidos, dijo. Toma solo lo absolutamente esencial. Entramos a la casa, nuestra casa. Yeah.