HOMBRE RICO ABANDONA A SUS 4 HIJOS ENFERMOS EN EL DESIERTO, pero el CABALLO lo vio todo y…

En un desierto implacable, el hombre más rico de la región comete un acto inhumano. Abandona a cuatro niños enfermos bajo el sol despiadado y se va de allí con una frialdad desconcertante. Los niños, enfermos y ahora desamparados, no tienen ninguna oportunidad de sobrevivir solos hasta que un caballo blanco que observa silenciosamente toda la escena hace algo impensable.

 Antes que nada, si tú, como nosotros amas a los animales, suscríbete ahora al canal para no perderte ninguna historia emocionante. Gracias. Volvamos a nuestra historia. El sol aún no despuntaba del todo cuando los cascos de un caballo resonaron en el patio de la hacienda más imponente de todo el territorio. Una figura encorbada desmontó con dificultad, sus movimientos delatando la edad avanzada y el peso de un dolor insoportable.

 La anciana se sostuvo en el portón de hierro forjado, sus manos temblorosas dejando marcas de sudor frío en el metal helado de la madrugada. Al otro lado del desierto, lejos de aquella escena de desesperación, un caballo blanco alzó la cabeza súbitamente. Sus ollares se dilataron, captando algo en el aire que no debería estar allí.

 No era el olor familiar del viento seco ni de la vegetación del matorral. Era algo distinto, algo que hacía que su corazón se acelerara con una inquietud inexplicable. El animal sacudió la cren, sus ojos inteligentes fijos en dirección al pueblo distante, como si pudiera ver a través de los kilómetros de arena y piedra.

 Mientras tanto, en la hacienda, la campanilla sonó tres veces antes de que unos pasos pesados se acercaran a la puerta principal. El hombre que abrió era alto, elegante, vistiendo un traje impecable. Incluso a esa hora de la mañana, su cabello cano estaba perfectamente peinado y sus ojos fríos evaluaron a la visitante con una mezcla de irritación y curiosidad.

 Don Armando Villarreal, como le gustaba que lo llamaran, no estaba acostumbrado a ser molestado por gente común y menos en su propia casa. La mujer frente a él era el opuesto absoluto de todo lo que él representaba. Su cabello blanco estaba revuelto. Su ropa sencilla mostraba señales de un viaje largo y desesperado.

 Pero fueron sus ojos los que llamaron su atención. En ellos había un dolor tan profundo que hasta su corazón endurecido vaciló por un instante. Por favor, don Armando. La voz de ella salió como un susurro quebrado. Le ruego que me escuche. Sé que es temprano. Sé que no tengo derecho a estar aquí, pero ya no tengo a nadie más a quien recurrir.