10 novicios desaparecieron en el Pico de Orizaba — en 2022, uno volvió con marcas en la piel

 

En febrero de 2022, 10 novicios franciscanos desaparecieron durante un retiro espiritual en las faldas del pico de Orizaba. Las autoridades cerraron el caso por falta de evidencias, pero se meses después uno de ellos apareció en Puebla sin memoria, sin voz, con extrañas marcas quemadas en la piel. El viento sopla diferente en las alturas del Sitlal Tetl.

 Los antiguos decían que la montaña tenía memoria, que guardaba secretos en sus grietas de hielo y en sus bosques de pino, donde la niebla nunca se disipa del todo. En febrero de 2022, cuando 10 jóvenes novicios de la orden franciscana subieron hacia el refugio del convento de San Miguel Arcángel para un retiro de 40 días, nadie imaginó que la montaña reclamaría su silencio.

 El hermano superior, Fray Jerónimo Maldonado, había organizado aquel retiro como lo hacía cada año. Oración, ayuno, contemplación. Los 10 muchachos, todos entre 19 y 24 años, partieron con mochilas llenas de biblias, cuadernos y provisiones básicas. Llevaban túnicas marrones, cruces de madera al pecho y la ilusión intacta de servir a Dios. Pero algo salió mal. Ninguno regresó en la fecha prevista. Las llamadas no entraban.

 Los equipos de rescate encontraron el refugio vacío con las camas tendidas, la comida intacta y las túnicas colgadas en perfecto orden, como si los novicios hubieran planeado volver en cualquier momento. No había señales de lucha, no había sangre, no había cuerpos, solo silencio. El caso se enfrió rápido.

 Los medios hablaron de accidente en la montaña, de caída en una grieta, de hipotermia colectiva. Las familias lloraron sin tumbas. La iglesia guardó un luto discreto y cerró el convento indefinidamente hasta que una madrugada de agosto en una gasolinera de la carretera Puebla Orizaba, un joven descalso, demacrado y cubierto de mugre, fue encontrado deambulando entre los surtidores.

 tenía los ojos hundidos, la mirada perdida, y en su espalda, brazos y pecho llevaba grabadas unas marcas, símbolos geométricos perfectos como cicatrices, rituales. Era Mateo y Barra, uno de los 10 y no recordaba nada. Padre Ernesto Villarreal nunca quiso regresar a Orizaba.

 Había dejado la sotana hacía 5 años después de una crisis de fe que lo destrozó por dentro y lo alejó de todo lo que alguna vez consideró sagrado. Ahora vivía en Ciudad de México. Trabajaba como maestro de historia en una secundaria pública y evitaba cualquier conversación que tocara temas religiosos.

 Pero cuando su hermana Lucía lo llamó llorando, diciéndole que Mateo y Barra había aparecido y que lo estaban llevando al hospital general de Puebla, algo dentro de él se quebró. Mateo era su sobrino, el hijo de Lucía, el muchacho que Ernesto había visto crecer, al que le había enseñado a leer latín, con quien había compartido largas conversaciones sobre la existencia de Dios.

 Mateo había decidido entrar al seminario con apenas 19 años, lleno de fervor y pureza, y Ernesto había intentado disuadirlo. “El sacerdocio no es lo que parece”, le había dicho. Pero Mateo no escuchó. Quería entregarse por completo y ahora estaba en una cama de hospital con los ojos vacíos y el cuerpo marcado como un lienzo maldito.

 Ernesto condujo durante 4 horas sin parar, con el nudo en el estómago apretándose cada kilómetro. Cuando llegó al hospital, Lucía estaba sentada en la sala de espera, con las manos entrelazadas y la cara hinchada de tanto llorar. Al verlo, se levantó de golpe y se lanzó a sus brazos. No habla, Ernesto. No dice nada. Solo me mira como si no me conociera.

 Ernesto la abrazó con fuerza sintiendo el temblor de su cuerpo. Lucía había envejecido 10 años en 6 meses. Tenía el cabello más gris, las ojeras profundas, la piel pálida. Los médicos que dicen que está desnutrido, deshidratado, que las marcas parecen quemaduras controladas hechas con algo caliente, tal vez metal, pero no saben más.

 Y la policía, la policía dice que no hay caso, que si no habla no pueden investigar. Ernesto apretó los puños. Conocía esa indiferencia institucional. La había visto antes cuando era sacerdote en comunidades olvidadas donde la justicia nunca llegaba. Déjame verlo. La habitación olía a desinfectante y a enfermedad. Mateo estaba acostado con la mirada fija en el techo.

 Tenía el rostro demacrado, los labios agrietados, el cabello largo y sucio. Pero lo que más impactó a Ernesto fueron las marcas. Recorrían sus brazos como un código indescifrable. Círculos concéntricos, líneas rectas, triángulos perfectos. Parecían símbolos antiguos, pero también algo más contemporáneo, más deliberado. Ernesto se acercó despacio y se sentó junto a la cama. Mateo, soy yo, tu tío Ernesto.

Nada, ni un parpadeo. Mateo, necesito que me escuches. Sé que estás ahí adentro. Sé que tienes miedo, pero estoy aquí para ayudarte. Los ojos de Mateo se movieron lentamente hacia él. Por un instante, Ernesto creyó ver un destello de reconocimiento, pero luego la mirada volvió a perderse en la nada.

 Ernesto sacó su teléfono y tomó fotografías de las marcas. Necesitaba entender qué significaban. Necesitaba respuestas. Esa noche, en el pequeño hotel donde se hospedó, Ernesto no pudo dormir. Revisó las fotos una y otra vez, buscando patrones. pensó en los otros nueve novicios. ¿Dónde estaban? Estaban vivos. ¿Qué le había pasado a Mateo en esos 6 meses? Y una pregunta más oscura, más perturbadora, comenzó a formarse en su mente, porque solo él había regresado.

 A las 3 de la madrugada recibió un mensaje de un número desconocido. Si quieres saber la verdad, ve al convento de San Miguel, pero ve solo y no confíes en nadie de la iglesia. Ernesto miró la pantalla con el corazón acelerado. ¿Quién era? ¿Cómo tenían su número? Pero en el fondo sabía que no tenía opción. tenía que subir a la montaña.

 El camino hacia el pico de Orizaba siempre había tenido algo ominoso, incluso en los días más brillantes. Ernesto lo recordaba de su juventud cuando aún era seminarista y subía con otros hermanos en peregrinaciones de sacrificio y fe. La carretera serpenteaba entre bosques densos de pino y oyamel, donde la luz del sol apenas penetraba y el aire se volvía más frío con cada curva.

 Los lugareños hablaban de apariciones, de luces extrañas en la noche, de viajeros que nunca regresaban. Ernesto había dejado de creer en esas historias hacía mucho tiempo, pero ahora, mientras conducía su viejo Tsuru por esa misma carretera, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.

 El convento de San Miguel Arcángel estaba a unos 12 km del pueblo más cercano, escondido en un claro entre montañas, como si quisiera pasar desapercibido ante el mundo. Ernesto recordaba la primera vez que lo vio, un edificio de piedra gris austero, con una pequeña capilla de campanario puntiagudo y ventanas estrechas que parecían ojos vigilantes.

 Era un lugar diseñado para el silencio, para la introspección, para alejar las distracciones del mundo. También era el lugar perfecto para esconder secretos. Cuando llegó, la tarde ya comenzaba a oscurecer. El convento estaba cerrado con un candado oxidado en la puerta principal y un letrero que decía propiedad privada. Prohibido el paso. Pero Ernesto no había conducido 4 horas para quedarse afuera. rodeó el edificio hasta encontrar una ventana rota en la parte trasera.

 Se coló con dificultad, raspándose las manos con los vidrios. Adentro, el olor a humedad y abandono era abrumador. El polvo cubría cada superficie y las telarañas colgaban de los techos como velos fantasmales. Ernesto encendió la linterna de su teléfono y comenzó a explorar.

 Los pasillos estaban vacíos, pero había señales de que alguien había estado allí recientemente. Huellas depisadas en el polvo, colillas de cigarro junto a una ventana, una manta enrollada en una esquina, alguien estaba vigilando el lugar. Llegó al dormitorio donde los novicios habían pasado sus últimas noches. Las camas seguían intactas con las sábanas dobladas con precisión militar.

 En la mesita de noche de una de ellas, Ernesto encontró un cuaderno, lo abrió con manos temblorosas. Era el diario de Mateo. Las primeras páginas eran normales. Reflexiones sobre la oración, citas bíblicas, pensamientos sobre la vocación, pero conforme avanzaban los días el tono cambiaba. Día 7. Fra Jerónimo nos dijo que esta noche haremos un ejercicio especial.

 dice que debemos enfrentar nuestros miedos más profundos para purificarnos. No entiendo bien qué quiere decir, pero confío en él. Día 10. Los ejercicios son cada vez más intensos. Anoche nos hizo caminar descalzos por el bosque en silencio durante horas. Algunos hermanos están asustados. Yo también, pero no quiero demostrarlo. Día 15. Fray Jerónimo habla de cosas extrañas.

 Dice que Dios nos habla a través del dolor, que el cuerpo debe ser sometido para que el alma se eleve. Hoy nos hizo ayunar por 24 horas. Algunos hermanos están débiles. Día 20, algo no está bien. Fray Jerónimo trajo a unos hombres que no conozco. No son religiosos, hablan en voz baja. Anoche escuché gritos viniendo de la capilla. Traté de acercarme, pero las puertas estaban cerradas. Día 25. Tengo miedo.

Uno de los hermanos Santiago intentó escapar. Lo trajeron de vuelta. Tenía marcas en los brazos. Dijo que lo habían castigado. Fray Jerónimo dijo que era una prueba de fe. Ernesto sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las palabras de Mateo temblaban en la página escritas con caligrafía cada vez más errática. Día 30.

 Nos van a llevar a un lugar. No sé dónde fray Jerónimo dice que es el último paso, que seremos purificados. Algunos hermanos están llorando. Yo también quiero llorar, pero debo ser fuerte. Dios nos protegerá. Esa era la última entrada. Ernesto cerró el cuaderno con las manos temblando.

 Fray Jerónimo Maldonado, el hermano superior, el hombre que había organizado el retiro, el hombre en quien todos confiaban, ¿qué les había hecho a esos muchachos? Un ruido seco resonó en el pasillo. Ernesto apagó la linterna de inmediato y se quedó inmóvil con el corazón golpeándole el pecho. Alguien más estaba en el convento.

 Ernesto se pegó contra la pared conteniendo la respiración. Los pasos se acercaban lentos, deliberados. Quien fuera sabía que no estaba solo. La luz de una linterna más potente comenzó a barrer el pasillo, proyectando sombras largas y distorsionadas sobre las paredes descascaradas. Sé que estás aquí”, dijo una voz masculina, ronca pero controlada. “No tengas miedo, yo también busco respuestas.” Ernesto dudó.

 Podía ser una trampa, pero también podía ser la persona que le había enviado el mensaje. Guardó el cuaderno de Mateo en su chamarra y salió lentamente de la habitación con las manos visibles. La luz de la linterna lo cegó por un momento. Luego el as bajó, revelando a un hombre de unos 50 años con barba entre cana, chaqueta de mezclilla desgastada y ojos cansados que habían visto demasiado.

 ¿Quién eres?, preguntó Ernesto con voz firme pese al miedo. Me llamo Rafael Ochoa. Era agente de la policía ministerial de Veracruz hasta que comencé a investigar este caso. Era Me suspendieron. Dijeron que estaba obsesionado, que perseguía fantasmas, pero yo sé lo que vi. Rafael bajó la linterna completamente y se apoyó contra la pared. Cuando desaparecieron esos muchachos, fui el primero en llegar.

Inspeccioné este lugar, entrevisté a los religiosos. Revisé cada centímetro y encontré cosas que no cuadraban. ¿Qué cosas? Rafael sacó una carpeta arrugada de su mochila y se la entregó. Dentro había fotografías, documentos oficiales y recortes de periódicos amarillentos. Fray Jerónimo Maldonado no es quien dice ser. Su verdadero nombre es Javier Santana.

 Hace 20 años era psicólogo en un centro de rehabilitación en Monterrey. Fue acusado de abuso psicológico y manipulación de pacientes. Usaba técnicas de tortura psicológica disfrazadas de terapia. Nunca fue a juicio porque las víctimas retiraron las denuncias. Todas. Al mismo tiempo. Ernesto sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

 ¿Cómo terminó en la iglesia? Cambió de identidad, se mudó a Puebla, entró al seminario y subió rápido en la jerarquía. Tiene conexiones poderosas, gente que lo protege. Rafael señaló otra fotografía. Fray Jerónimo con un traje elegante estrechando la mano de un político conocido. Esta foto es de 2015. Ese es el exgobnador de Veracruz.

 Y ese de atrás es Mauricio Estrada, dueño de una constructora que ha estado involucrada en múltiples escándalos de corrupción. ¿Qué tiene que ver una constructora con esto? Eso es lo que estoy tratando de averiguar, pero sé que hay dinero de por medio, mucho dinero. Y también sé que Fray Jerónimo no actuó solo, tenía cómplices, gente dentro y fuera de la iglesia.

 Ernesto ojeó las fotografías con manos temblorosas. Había imágenes de los novicios antes de desaparecer, muchachos sonrientes, llenos de vida y luego fotos del convento vacío, de las túnicas abandonadas, de las huellas extrañas en el bosque que nadie había querido investigar. ¿Por qué me buscaste a mí? Preguntó Ernesto. Porque tu sobrino es el único que regresó. Y si alguien puede hacerlo hablar eres tú.

 Rafael lo miró con intensidad. También sé que fuiste sacerdote, que conoces el sistema y que no tienes nada que perder. Ernesto tragó saliva. Tenía razón. Había perdido su fe, su vocación, su propósito. Pero tal vez esto era una oportunidad de recuperar algo, no la fe en Dios tal vez, pero sí la fe en la justicia.

 ¿Qué propones? Necesitamos pruebas, algo que obligue a las autoridades a reabrir el caso. Y necesitamos encontrar a Fray Jerónimo antes de que desaparezca. Porque cuando tu sobrino apareció, él huyó. Nadie sabe dónde está. Un trueno retumbó en la distancia. La tormenta se acercaba. Ernesto miró hacia la ventana, donde las nubes oscuras comenzaban a cubrir la montaña.

 “Hay algo más que tienes que ver”, dijo Rafael con voz sombría. “Sígueme.” Lo guió hacia la capilla. Las puertas estaban entreabiertas, chirriando con el viento. Adentro. El altar estaba cubierto de polvo, pero había algo que destacaba. Manchas oscuras en el suelo de piedra, “Sangre. Hice analizar muestras hace meses, dijo Rafael.

 Pertenecen a tres personas diferentes, ninguno de los novicios desaparecidos. Ernesto sintió un frío que le recorría la columna. ¿Qué pasó aquí, Rafael? El exagente lo miró con ojos cargados de tristeza y rabia. Un infierno. Esa noche Ernesto no durmió. Regresó al hospital antes del amanecer con las fotografías y el diario de Mateo guardados en una mochila. Necesitaba intentar de nuevo.

 Necesitaba que su sobrino hablara, aunque fuera una sola palabra. Lucía seguía en la sala de espera, dormida en una silla incómoda. Ernesto no quiso despertarla. Entró silenciosamente a la habitación de Mateo. El joven estaba despierto, sentado en la cama, mirando por la ventana hacia las montañas lejanas.

 La luz del amanecer iluminaba su rostro y por primera vez Ernesto notó cuánto había cambiado. Tenía la mandíbula más cuadrada, la mirada más dura, las marcas en la piel como un mapa de sufrimiento. Mateo dijo Ernesto en voz baja, sentándose junto a él. Sé que tienes miedo. Sé que lo que viviste fue terrible, pero necesito que me ayudes a encontrar a tus hermanos. Necesito que me cuentes qué pasó.

 Mateo no respondió, pero sus manos comenzaron a temblar. Ernesto sacó el cuaderno y lo colocó sobre la cama. Encontré tu diario en el convento. Leí lo que escribiste. Sé que Fray Jerónimo los llevó a algún lugar. Sé que hubo dolor. Sé que viste cosas. Los ojos de Mateo se llenaron de lágrimas. Su respiración se aceleró.

 Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido. “No tienes que hablar si no puedes”, dijo Ernesto con voz suave. Pero puedes escribir o asentir o señalar, lo que sea. Solo necesito saber, tus hermanos siguen vivos. Mateo cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas corrieron por sus mejillas y lentamente, muy lentamente, negó con la cabeza.

 El mundo de Ernesto se detuvo. ¿Están muertos?, preguntó. Aunque ya conocía la respuesta. Mateo asintió. Ernesto sintió que algo se rompía dentro de él. Nueve muchachos. Nueve vidas apagadas, nueve familias que nunca tendrían respuestas. ¿Cómo? Susurró Ernesto con la voz quebrada.

 ¿Qué les hizo? Mateo abrió los ojos y por primera vez habló. Su voz era apenas un susurro ronco, como si no la hubiera usado en meses. Nos llevaron a una cueva. Ernesto se inclinó hacia delante con el corazón acelerado. ¿Qué cueva? ¿Dónde? En la montaña bajo el hielo, dijeron que era un lugar sagrado, que debíamos ser purificados.

 Mateo comenzó a temblar violentamente. Nos nos marcaron con hierros calientes. Dijeron que era el sello de Dios, pero no era Dios. No era Dios. ¿Quiénes eran Mateo? ¿Quiénes estaban con Frerónimo? Hombres con trajes. Hombres importantes. Hablaban de un proyecto de experimentos, de control mental.

 de crear soldados de Dios. Mateo se llevó las manos a la cabeza jalándose el cabello. Nos daban drogas, nos hacían ver cosas, cosas horribles. Y los que no obedecían, los que intentaban escapar, ¿qué les pasó? Mateo lo miró con una expresión de terror puro. Los mataron a golpes, acuchilladas, y luego su voz se quebró. Luego nos obligaron a enterrarlos.

Ernesto sintió náuseas. Las palabras de Mateo eran como cuchillos. ¿Por qué te dejaron ir? No lo sé. Un día desperté en la carretera. No recuerdo cómo llegué. Solo recuerdo el frío y el silencio. La puerta se abrió bruscamente. Lucía entró con los ojos enrojecidos, seguida de una enfermera. “¿Qué está pasando? ¿Por qué está llorando?”, preguntó Lucía acercándose a su hijo.

 Ernesto se levantó con la mente acelerada. Tenía la verdad, o al menos una parte de ella. Pero ahora necesitaba pruebas, necesitaba encontrar esa cueva, necesitaba encontrar los cuerpos y necesitaba encontrar a Fray Jerónimo antes de que desapareciera para siempre. Salió de la habitación y marcó el número de Rafael.

 “Necesitamos subir a la montaña”, dijo cuando el exagente contestó. “Ahora Mateo habló. Sé dónde están los cuerpos.” Hubo un silencio al otro lado de la línea. Nos va a costar la vida, Ernesto. Lo sé. Pero no puedo vivir sabiendo que no intenté hacer justicia. De acuerdo, nos vemos en dos horas en el pueblo. Trae ropa abrigadora y reza, aunque no creas, porque vamos a necesitar toda la ayuda posible.

 Ernesto colgó y miró hacia las montañas. La tormenta apenas comenzaba. El pueblo de San Andrés Chalchicomula, se extendía como una mancha gris al pie del pico de Orizaba. Era un lugar de calles empedradas, casas de adobe y gente que sabía cuándo hacer preguntas y cuándo guardar silencio.

 Rafael había elegido reunirse en una fonda alejada del centro, donde las mesas estaban vacías y la dueña no preguntaba nombres. Ernesto llegó con una mochila cargada de provisiones, linternas, cuerdas, agua, barras energéticas. También llevaba algo más. El archivo completo que Rafael le había entregado junto con las fotografías de las marcas de Mateo y copias del diario. Rafael ya estaba sentado en una mesa del fondo con una taza de café humeante y un mapa topográfico desplegado frente a él.

 “Hay 14 cuevas registradas en un radio de 20 km”, dijo sin levantar la vista. “Pero solo tres son lo suficientemente profundas y aisladas para esconder algo.” Esta señaló un punto en el mapa. Está justo bajo el glaciar norte. Es la más difícil de alcanzar y la más peligrosa. ¿Crees que sea esa? Si yo quisiera esconder cadáveres donde nadie los encuentre, elegiría esa.

 Está en terreno federal, zona prohibida para civiles y el acceso es casi imposible sin equipo especializado. Ernesto estudió el mapa. La cueva estaba a más de 4,000 m de altura en una zona de grietas glaciales y rocas inestables. ¿Cuánto tardaremos en llegar? 6 horas subiendo, tres bajando si tenemos suerte. Rafael lo miró con seriedad.

Pero hay algo que debes saber. No estamos solos en esto. Esta mañana me llamó un contacto en la Procuraduría. Dice que hay presión desde arriba para cerrar el caso definitivamente. Alguien importante quiere que esto se entierre. ¿Quién? No lo sabe, pero me dijo que tenga cuidado, que gente como nosotros termina muerta o desaparecida. Ernesto apretó los puños.

 Ya llegamos demasiado lejos para detenernos. Lo sé, por eso traje esto. Rafael sacó una pistola calibre pun 38 y la colocó sobre la mesa. No soy un asesino, pero tampoco soy un mártir. Ernesto miró el arma con incomodidad. Hacía años que no veía una de cerca.

 En su vida anterior como sacerdote había predicado contra la violencia. Ahora la violencia parecía inevitable. Espero que no tengamos que usarla. Yo también. Salieron del pueblo al mediodía en la camioneta destartalada de Rafael. La carretera ascendía en espiral, rodeada de bosques cada vez más ralos conforme subían. El aire se volvía más frío, más delgado.

 Ernesto sentía el peso de la altura en los pulmones. Dejaron la camioneta en un claro y continuaron a pie. El terreno era rocoso, cubierto de nieve sucia y hielo resbaladizo. Rafael llevaba el equipo de escalada. Ernesto, la mochila con provisiones. Caminaron en silencio durante horas, concentrados en no resbalar, en no perder el rumbo.

 El viento ahullaba entre las rocas y las nubes bajas ocultaban la cima del volcán. ¿Por qué lo haces?, preguntó Ernesto de pronto. ¿Por qué arriesgas todo por esto? Rafael se detuvo y miró hacia el horizonte. Porque tengo una hija, tiene 20 años, estudia psicología, es buena, pura, inocente, como esos muchachos. Su voz se quebró. Y si algo le pasara, si alguien le hiciera daño, yo querría que alguien buscara justicia, aunque fuera un desconocido, aunque le costara todo. Ernesto asintió lentamente.

 Entendía esa motivación porque él sentía lo mismo por Mateo. Después de 5 horas de caminata agotadora, Rafael se detuvo frente a una formación rocosa cubierta de hielo. Es aquí. Ernesto miró hacia la entrada de la cueva. Una grieta oscura en la roca. apenas lo suficientemente ancha para que pasara una persona.

 Un viento helado salía de su interior como si la montaña estuviera respirando. Rafael encendió su linterna y miró a Ernesto. Última oportunidad para arrepentirse. Ernesto sacó su propia linterna y la encendió. Vamos. Entraron en la oscuridad y la montaña los tragó. El interior de la cueva era un mundo de silencio y frío absoluto.

 Las paredes brillaban con escarcha y el suelo estaba cubierto de hielo irregular que crujía bajo sus botas. El techo era bajo, obligándolos a caminar encorbados, y el aire tenía un olor extraño, a tierra húmeda, mezclada con algo químico, artificial. “Cuidado con el hielo”, advirtió Rafael alumbrando el camino. “Aquí abajo una caída puede ser mortal.

 Avanzaron lentamente, descendiendo por un túnel que se estrechaba y luego se abría en cámaras más amplias. Las formaciones rocosas creaban sombras grotescas y el eco de sus pasos resonaba como susurros distorsionados. Después de 20 minutos llegaron a una cámara más grande con el techo más alto. Rafael iluminó las paredes y se detuvo en seco. Dios mío.

Las paredes estaban cubiertas de pinturas. No eran antiguas ni indígenas. Eran recientes símbolos geométricos idénticos a los que Mateo llevaba grabados en la piel, círculos, triángulos, líneas entrecruzadas, pero también había palabras escritas con pintura roja que parecía sangre, purificación, obediencia, sacrificio, renacimiento. Ernesto sintió que el estómago se le revolvía.

 No eran solo palabras, eran mandamientos. Doctrina retorcida disfrazada de espiritualidad. “Esto es un lugar de adoctrinamiento”, murmuró Rafael pasando la mano sobre las pinturas. Los trajeron aquí para romperlos psicológicamente. En el centro de la cámara había restos de lo que parecía haber sido un campamento, mantas sucias, latas de comida oxidadas, botellas de agua vacías y algo más perturbador, cadenas atornilladas a la roca con grilletes abiertos.

 Ernesto se arrodilló junto a uno de los grilletes. Tenía manchas oscuras, sangre seca. Los encadenaban aquí. dijo con voz temblorosa. Como animales, Rafael iluminó el fondo de la cámara, donde había otra abertura más estrecha. El túnel continúa. Tenemos que seguir. Pero Ernesto no podía moverse.

 Estaba mirando algo en el suelo medio oculto bajo una piedra, un pedazo de tela marrón. Lo levantó con cuidado. Era un fragmento de túnica franciscana con el nombre bordado en el interior. Santiago Herrera. Uno de los novicios. susurró Ernesto. Mateo lo mencionó en su diario. Fue el primero que intentó escapar.

 Rafael se acercó y tocó la tela con respeto. Entonces, estamos en el lugar correcto. Vamos. El siguiente túnel era más angosto y descendía en una pendiente pronunciada. Tuvieron que avanzar de lado en algunos tramos, raspándose contra la roca. El frío era brutal y la humedad se condensaba en sus rostros como lágrimas heladas.

 Después de lo que pareció una eternidad, el túnel se abrió en una cámara enorme, una catedral natural de piedra y hielo. El techo se perdía en la oscuridad y el suelo estaba cubierto de charcos congelados. Pero lo que los detuvo en seco fue lo que había en el centro, una cruz de madera de 3 m de altura clavada en el suelo y alrededor de ella, esparcidos como ofrendas macabras, había objetos personales, rosarios, biblias, fotografías familiares, cartas, los pertenencias de los novicios. Ernesto se acercó lentamente con el corazón

latiéndole en los oídos. reconoció algunos rostros en las fotografías, muchachos sonrientes junto a sus familias en bautizos, primeras comuniones, graduaciones, vidas completas, borradas. Aquí los reunían dijo Rafael con voz sombría. Aquí hacían los rituales.

 Ernesto alzó la linterna hacia la cruz y entonces lo vio grabado en la madera con letras toscas pero legibles. Un mensaje. Los débiles perecen, los fuertes renacen. Gloria a Dios y a sus instrumentos. Instrumentos repitió Ernesto sintiendo náuseas. Se veían a sí mismos como instrumentos de Dios. No de Dios corrigió Rafael señalando hacia la base de la cruz. De ellos mismos. Ernesto bajó la mirada.

 Al pie de la cruz había una placa de metal, como las que se usan en construcciones, en ella, grabado con precisión industrial estaba el logotipo de una empresa Estrada Constructora SA DCB, el mismo nombre que Rafael había mencionado antes, la constructora del político corrupto.

 La conexión que faltaba no era solo Fray Jerónimo, dijo Ernesto con la voz cargada de rabia. Era una red. Gente con poder, con dinero usaron a estos muchachos como como conejillos de indias. Experimentos de control mental, confirmó Rafael. Técnicas de tortura psicológica combinadas con adoctrinamiento religioso.

 Querían crear fanáticos obedientes, soldados perfectos. Y los novicios eran el sujeto perfecto, jóvenes devotos, dispuestos a obedecer sin cuestionar. Ernesto se sentó en el suelo, abrumado por la magnitud de la maldad. Y Mateo, ¿por qué lo dejaron ir? Tal vez fue el único que sobrevivió al proceso. O tal vez Rafael hizo una pausa.

 Tal vez lo soltaron para enviar un mensaje, para sembrar miedo, para advertirle a quien investigara que ellos siguen ahí afuera. Un ruido súbito lo sobresaltó, el crujido de roca moviéndose. Ambos se pusieron de pie de inmediato, apuntando las linternas hacia el túnel por donde habían entrado. Nada. Pero el sonido continuó más fuerte. Venía de otra dirección, de un túnel lateral que no habían visto.

 Rafael sacó la pistola. Alguien más está aquí. Ernesto sintió el miedo recorrerle la columna. Los habían seguido, o había alguien que nunca se había ido. Las luces de sus linternas temblaban en sus manos. Y entonces, desde la oscuridad del túnel lateral, emergió una figura.

 Era un hombre demacrado, sucio, con ropa arapienta y barba descuidada, pero lo más aterrador eran sus ojos, vacíos, perdidos, como los de Mateo. Rafael apuntó la pistola. No te muevas. El hombre levantó las manos lentamente y cuando habló, su voz era apenas un susurro ronco. Por favor, sáquenme de aquí.

 Ernesto dio un paso adelante alumbrándole el rostro y reconoció ese rostro. Era Gabriel Ruiz, otro de los novicios desaparecidos. Estaba vivo. Gabriel cayó de rodillas temblando incontrolablemente. Ernesto corrió hacia él y lo sostuvo antes de que se desplomara por completo. El muchacho pesaba casi nada. Era piel y huesos cubiertos por arapos sucios y desgarrados.

 “Está bien, estás a salvo”, le dijo Ernesto quitándose su chamarra para cubrirlo. “¿Puedes caminar?” Gabriel lo miraba sin comprender, como si las palabras fueran un idioma extranjero. Tenía los labios agrietados y sangrantes, las manos llenas de heridas infectadas y en sus brazos las mismas marcas geométricas que Mateo. Rafael se arrodilló junto a ellos y le ofreció agua de su cantimplora.

 Gabriel bebió con desesperación, tosiendo y escupiendo. Tranquilo, despacio dijo Rafael. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Gabriel tardó en responder como si tuviera que recordar cómo usar la voz. No sé, meses, tal vez años. Perdí la cuenta. ¿Dónde están los demás?, preguntó Ernesto con urgencia. ¿Dónde están tus hermanos? Los ojos de Gabriel se llenaron de lágrimas. Muertos. Todos muertos. Yo, yo soy el único que quedó.

Me escondí. Cuando ellos se fueron, me escondí en los túneles. Comí lo que pude, raíces, insectos, agua de las filtraciones. Su voz se quebró. Quería escapar, pero estoy perdido. No encuentro la salida. Llevo semanas buscándola. Ernesto sintió que algo se rompía dentro de él. Este muchacho había sobrevivido en condiciones infrahumanas, aferrándose a la vida con una voluntad que desafiaba toda lógica.

 Te vamos a sacar de aquí”, prometió Ernesto. “Pero necesitamos que nos digas dónde están los cuerpos.” Gabriel cerró los ojos temblando. En la cámara del fondo donde donde hacían los castigos finales. Rafael y Ernesto intercambiaron miradas. “¿Puedes llevarnos?” Gabriel asintió débilmente. “Pero es peligroso. Los túneles están inestables.

 Hay grietas profundas.” Y se detuvo con miedo en los ojos. A veces siento que alguien más sigue aquí como si me vigilaran. ¿Quién? Fray Jerónimo. No sé, solo sombras, voces. Tal vez estoy loco. Tal vez ya no puedo distinguir lo real de lo que invento. Ernesto lo abrazó con fuerza. No estás loco y no estás solo. Vamos, llévanos.

 Gabriel los guió por el túnel lateral, avanzando despacio, deteniéndose cada pocos pasos para recuperar el aliento. El túnel descendía aún más, adentrándose en las entrañas de la montaña. El aire se volvía más denso, más difícil de respirar. Pasaron junto a más cámaras llenas de evidencias del horror, más cadenas, más símbolos pintados, más objetos personales.

 En una de las paredes, Ernesto encontró algo que lo heló. Un horario de actividades escrito con marcador negro sobre la roca. 0500 despertar 0530. Oración de purificación 06.0 ejercicio de resistencia física 08.0 ayuno y meditación 12. Sesión de reestructuración mental 15 tercelos. Prueba de obediencia 18 teroceros. Confesión forzada 20.

 Castigo correctivo, 22 terceos. Sueño controlado. Era un régimen de tortura sistemática disfrazado de disciplina espiritual. Nos tenían en un horario estricto, dijo Gabriel con voz muerta. Si alguien desobedecía, lo castigaban. Primero con hambre, luego con dolor físico. Y al final su voz se apagó. ¿Qué pasaba al final?, preguntó Rafael.

 Los llevaban a la cámara del fondo y nunca regresaban. Después de 30 minutos más de descenso agonizante, llegaron a una puerta de metal oxidado instalada de manera incongruente en la roca natural. Tenía un candado industrial, pero estaba abierto, como si alguien se hubiera marchado con prisa. Rafael empujó la puerta. Chirriaba con un sonido que hizo eco por todo el túnel.

 Y entonces entraron en el infierno. La cámara era enorme, con techo bajo y paredes lisas, claramente modificadas por mano humana. Había generadores eléctricos apagados, cables colgando del techo, mesas metálicas con correas de cuero y en el centro una estructura que parecía una silla dental modificada con electrodos y agujas.

 “Aquí nos hacían las sesiones”, susurró Gabriel. Retrocediendo, nos sentaban ahí, nos conectaban máquinas, nos inyectaban cosas y nos hacían ver cosas horribles. Mientras nos gritaban que éramos pecadores, que necesitábamos ser purificados. Ernesto caminó hacia la silla con manos temblorosas.

 En el respaldo había manchas de sangre y en el suelo, esparcidas como desperdicios, había jeringas vacías, frascos de medicamentos con etiquetas borradas y documentos médicos. Rafael recogió uno de los documentos y lo leyó con expresión de horror creciente. Esto es un protocolo experimental. Están usando drogas psicotrópicas combinadas con privación sensorial y shock eléctrico. Es tortura científica.

 ¿Quién financió esto?, preguntó Ernesto, aunque ya sabía la respuesta. Rafael encontró otro documento, este con membrete oficial, Estrada Constructora en asociación con hizo una pausa con una fundación llamada Nueva Era espiritual y mira quién firma como director, Mauricio Estrada y el obispo Julián Montesinos.

 El nombre del obispo cayó como una bomba. El obispo Montesinos, repitió Ernesto incrédulo. El mismo que preside la diócesis de Puebla. El mismo Ernesto sintió que el mundo se desmoronaba. La corrupción no era solo de un sacerdote renegado. Llegaba hasta las altas esferas de la iglesia. Gabriel señaló hacia el fondo de la cámara, donde había otra puerta, esta de madera.

 Ahí están, dijo con voz quebrada los cuerpos. Ninguno de los tres quería abrir esa puerta, pero sabían que tenían que hacerlo. Era la única manera de hacer justicia, la única manera de que las familias tuvieran respuestas. Rafael fue el primero en acercarse, colocó la mano en el picaporte y miró a Ernesto. Una vez que abramos esto, no hay vuelta atrás. Lo sé. Rafael empujó la puerta.

 El olor que salió de la habitación era insoportable. A muerte, a descomposición, a tierra húmeda mezclada con químicos. Los tres se cubrieron la nariz y la boca, pero no era suficiente. El edor era penetrante, invasivo, la habitación era pequeña, con paredes de roca natural y en el suelo, cubiertos parcialmente con lonas de plástico, estaban los cuerpos. Ocho bultos envueltos en plástico transparente, alineados como paquetes.

Ernesto sintió que las piernas se le doblaban. Rafael lo sostuvo del brazo. Respira. No mires si no puedes. Pero Ernesto tenía que mirar, tenía que ver. Por Mateo, por Lucía, por las familias que merecían saber. Se acercó al primer cuerpo y con manos temblorosas apartó parte del plástico.

 Era un muchacho joven con el rostro desfigurado por el tiempo y la descomposición, pero aún reconocible. Tenía las mismas marcas en la piel, las mismas quemaduras rituales y alrededor del cuello un rosario roto. Santiago Herrera murmuró Gabriel desde atrás. Fue el primero. Ernesto cerró los ojos y rezó en silencio. No sabía si Dios lo escuchaba, pero necesitaba decir algo, aunque fuera en su mente. Perdóname por no haber estado ahí.

Perdóname por no haber protegido a estos muchachos. Rafael sacó su teléfono y comenzó a tomar fotografías. Cada cuerpo, cada detalle, cada evidencia, tenían que documentar todo. ¿Qué les hicieron exactamente?, preguntó Rafael mirando a Gabriel. El joven sobreviviente se apoyó contra la pared con lágrimas corriendo por su rostro.

 Los que no pasaban las pruebas, los que se revelaban o perdían la cordura, los traían aquí. Fray Jerónimo decía que era un sacrificio necesario, que su debilidad no podía contaminar al resto. Y entonces su voz se quebró. Los mataban a veces con veneno, a veces con golpes, y luego nos obligaban a nosotros, a los que quedábamos, a cargar los cuerpos hasta aquí para que aprendiéramos qué pasaba con los desobedientes.

 Ernesto sintió una rabia que no había sentido en años, una rabia pura, ardiente, que le quemaba el pecho. Y nadie dijo nada. Nadie de la iglesia de las autoridades sospechó algo. Estaban todos comprados, dijo Rafael guardando su teléfono. Mira esto.

 Le mostró otro documento que había encontrado en un archivero metálico junto a la pared, una serie de transferencias bancarias de cuentas de estrada constructora hacia cuentas personales de funcionarios públicos, policías y clérigos. millones de pesos, sangre convertida en dinero. El obispo Montesinos recibió 3 millones en los últimos 2 años, dijo Rafael a cambio de asesoría espiritual en el proyecto Nueva Era espiritual.

 ¿Y qué era exactamente este proyecto?, preguntó Ernesto. Según estos documentos, era un programa piloto para crear líderes espirituales de nueva generación. Querían formar soldados fanáticos dispuestos a morir por la causa, inmunes al dolor psicológico, completamente obedientes. Rafael levantó la vista. Básicamente estaban creando una secta paramilitar disfrazada de orden religiosa.

 ¿Para qué? Eso no lo dice aquí, pero puedo imaginar control social, represión de disidentes, operaciones encubiertas. Con la bendición de la iglesia y el apoyo del gobierno podrían hacer lo que quisieran. Gabriel se dejó caer al suelo soyloosando. Nos usaron, nos mintieron. Creímos que estábamos sirviendo a Dios y solo éramos experimentos.

 Ernesto se arrodilló junto a él y lo abrazó. Tú sobreviviste y ahora vas a ayudarnos a destruirlos. Rafael revisó los demás archiveros y encontró más documentos, reportes médicos, grabaciones de video en memorias USB, listas de nombres de otros posibles candidatos para futuros retiros. Esto es suficiente, dijo Rafael.

 Tenemos todo lo que necesitamos para llevarlos a juicio, pero primero tenemos que salir de aquí y tenemos que mover rápido porque cuando se enteren de que estuvimos aquí, un sonido repentino los interrumpió. El eco lejano de motores, vehículos acercándose. Los tres se quedaron inmóviles. “Escucharon eso?”, susurró Ernesto. Rafael corrió hacia la salida y miró por el túnel. “Mierda, nos encontraron.

 ¿Quiénes? No lo sé, pero vienen en camionetas y traen linternas. Muchas linternas.” Gabriel se puso de pie preso del pánico. “Nos van a matar. Van a matarnos como a los demás.” Ernesto buscó desesperadamente otra salida, pero solo había un camino. El túnel por donde habían entrado. Rafael cargó la pistola. Tenemos que pelear.

 Somos tres contra quién sabe cuántos dijo Ernesto. No podemos. Entonces tenemos que escondernos y esperar a que se vayan. Pero Gabriel negó con la cabeza. Conocen estos túneles, los recorren seguido. No hay donde esconderse. Las voces se acercaban, hombres gritando órdenes, pasos pesados resonando en la roca. Ernesto miró a Rafael y luego a Gabriel. Hay otra opción.

 ¿Cuál? Derrumbamos el túnel, nos encerramos aquí y buscamos otra salida. ¿Estás loco?, exclamó Rafael. Podríamos quedar atrapados para siempre o podemos morir ahora mismo. Tú eliges. Rafael maldijo en voz baja. Luego miró los generadores eléctricos. Si conectamos los cables directamente a la estructura metálica y causamos un corto circuito cerca de la entrada, podríamos provocar una explosión pequeña.

 No será suficiente para sellar completamente, pero sí para retrasarlos. Hazlo! ordenó Ernesto. Rafael corrió hacia los generadores y comenzó a trabajar rápidamente, conectando cables, manipulando interruptores. Ernesto y Gabriel reunieron todo lo que pudieron cargar, los documentos, las memorias USB, las fotografías, las voces estaban cada vez más cerca.

 Vamos, Rafael, ya casi. Un último click y Rafael corrió hacia ellos. Agách, la explosión fue ensordecedora. El túnel se llenó de humo y polvo. Rocas y escombros cayeron desde el techo, bloqueando parcialmente la entrada de la cámara. Los gritos de los hombres que venían tras ellos se mezclaron con el estruendo y luego, silencio.

 Ernesto tosió violentamente con los oídos zumbando. A su lado, Rafael y Gabriel se incorporaban lentamente cubiertos de polvo gris. ¿Funcionó?, preguntó Ernesto. Rafael se arrastró hacia la entrada bloqueada y miró a través de los huecos entre las rocas. Las linternas de los perseguidores seguían visibles al otro lado, pero el derrumbe había creado una barrera. Los retrasó, dijo Rafael.

 Pero no por mucho. Van a despejar esto en menos de una hora. ¿Y ahora qué? Preguntó Gabriel con voz temblorosa. Ernesto miró alrededor de la cámara. Tenía que haber otra salida. Las cuevas naturales siempre tenían conexiones, grietas, pasajes secundarios. Alumbró con su linterna cada rincón, cada sombra y entonces lo vio en la esquina más alejada, medio oculto detrás de uno de los generadores, había una fisura en la roca.

 Era estrecha, apenas lo suficiente para que pasara una persona de lado, pero era algo aquí. dijo Ernesto. Hay un pasaje. Rafael se acercó y examinó la fisura con escepticismo. No sabemos a dónde lleva. Podría ser un callejón sin salida. Podríamos quedar atrapados. ¿Tienes una mejor idea? Rafael no respondió. Sabía que no tenían opciones. Gabriel va primero. Decidió Ernesto.

 Es el más delgado. Rafael, tú en medio. Yo al final. Si algo pasa, yo los cubro. No seas héroe murmuró Rafael. No lo soy, solo estoy cansado de huir. Gabriel entró primero en la fisura, deslizándose de lado con dificultad. Rafael lo siguió y, finalmente, Ernesto, la roca los apretaba por todos lados, raspándoles la piel, arrancándoles la ropa. El espacio era claustrofóbico, sofocante.

 Ernesto sintió que el pánico comenzaba a trepar por su garganta, pero lo reprimió. No había tiempo para el miedo. Avanzaron lentamente, metro a metro, respirando con dificultad. El pasaje descendía en una pendiente irregular, obligándolos a arrastrarse en algunos tramos. Detrás de ellos escucharon el sonido de rocas siendo movidas. Los perseguidores estaban despejando el derrumbe.

 “Más rápido”, urgió Rafael. Pero Gabriel se había detenido. No puedo. Está demasiado estrecho. No paso. Si pasas, dijo Ernesto desde atrás. Exhala todo el aire. Hazte lo más pequeño posible y empuja. Gabriel obedeció. Con un gemido de esfuerzo, logró pasar el punto estrecho. Rafael hizo lo mismo. Ernesto, siendo más corpulento, tuvo que forzarse, sintiendo la roca rasparle las costillas y la espalda, pero finalmente pasó.

 El pasaje se ensanchó ligeramente, permitiéndoles caminar agachados, y entonces, después de lo que pareció una eternidad, desembocó en otra cámara. Esta más pequeña, pero con corrientes de aire fresco. “Hay ventilación”, dijo Rafael aliviado. “Eso significa que hay una salida.” Siguieron la corriente de aire trepando por rocas resbaladizas y esquivando grietas profundas.

 El sonido de agua goteando llenaba el espacio y la temperatura bajaba gradualmente. Y entonces delante de ellos vieron luz, no luz artificial, sino luz natural, luz del día. Ahí gritó Gabriel señalando hacia adelante. Era una apertura en la roca a unos 20 m de altura. La luz del atardecer entraba como un rayo dorado. “Tenemos que escalar”, dijo Rafael evaluando la pared.

 No es vertical, pero es empinado y no tenemos equipo. “Podemos hacerlo,”, dijo Ernesto. “Tenemos que hacerlo.” Comenzaron a trepar usando las grietas y salientes como apoyo. Gabriel iba adelante, seguido de Rafael. Ernesto cerraba la marcha con la mochila llena de evidencias colgando de su espalda. A mitad de camino, Gabriel resbaló. Su pie se salió de un saliente y quedó colgando, sostenido solo por sus manos.

No me sueltes! Gritó aterrado. Rafael se estiró y lo agarró del brazo. Te tengo, no te suelto. Busca apoyo con el pie. Despacio. Gabriel encontró otro saliente y se estabilizó. Siguieron subiendo con cada movimiento medido, con cada respiración controlada.

 Finalmente, uno por uno, alcanzaron la apertura y salieron al exterior. El aire fresco de la montaña golpeó sus rostros como una bendición. Estaban en una ladera rocosa a unos 3 km del punto donde habían dejado la camioneta. El sol estaba bajando, tiñiendo el cielo de naranja y púrpura. Habían escapado. Rafael sacó su teléfono y marcó un número.

 ¿A quién llamas?, preguntó Ernesto a alguien en quien confío, un periodista de investigación. Vamos a hacerle llegar toda esta evidencia esta misma noche antes de que nos maten. Pero cuando Rafael intentó hacer la llamada, no había señal. “Mierda, aquí arriba no hay cobertura. Tenemos que bajar”, dijo Ernesto rápido, antes de que oscurezca, comenzaron a descender por la ladera utilizando árboles y rocas como apoyo.

Gabriel iba tambaleándose al límite de sus fuerzas. Ernesto lo sostenía prácticamente cargándolo. Cuando finalmente llegaron al claro donde estaba la camioneta, el sol ya se había ocultado. Las primeras estrellas comenzaban a aparecer. Rafael abrió la camioneta y encendió el motor. “Súbanse. ¡Nos! Pero antes de que pudieran moverse, las luces de varios vehículos los rodearon.

 Camionetas negras sin placas, con hombres armados descendiendo de ellas. No eran policías, eran sicarios. Y en el centro de todos, bajando lentamente de una camioneta, estaba él, Fray Jerónimo Maldonado, o como fuera que realmente se llamara. Su rostro estaba tranquilo, casi sereno. Vestía ropa civil, pantalones de mezclilla y camisa de vestir.

 Ya no había nada de sacerdote en él. “Señor Villarreal”, dijo con voz pausada. “cí habíamos dejado claro que algunas puertas no deben abrirse.” Ernesto sintió la rabia hervir en su pecho. “¿Mataste a esos muchachos? ¿Los torturaste? ¿Los usaste?” Freay Jerónimo sonrió con tristeza.

 Los purificamos, les dimos un propósito, pero algunos no fueron lo suficientemente fuertes. Eres un monstruo, soy un visionario. Y ustedes miró a Rafael y a Gabriel. Ustedes son un problema, hizo una seña. Los sicarios alzaron sus armas. Esperen gritó Rafael levantando las manos. Todo está documentado. Tenemos fotografías, videos, documentos.

 Si nos matan, todo se hace público. Fray Jerónimo lo miró con interés. Así. ¿Y dónde está esa evidencia? Rafael señaló la mochila en la espalda de Ernesto. Ahí y también en la nube. Configuré una carga automática. Si no cancelamos el envío en las próximas dos horas, todo se sube a múltiples servidores y se envía a 20 medios de comunicación diferentes.

 Era mentira, pero era una mentira convincente. Fray Jerónimo evaluó la situación. Luego sonríó. Muy inteligente, agente Ochoa, o debería decir exagente. Se acercó lentamente. Pero tiene un problema. Yo también soy inteligente y sé que está mintiendo. Rafael tragó saliva. Pruébalo. No tengo que probarlo. Porque incluso si fuera verdad, ¿crees que importa? Fray Jerónimo extendió los brazos.

 Tengo jueces en mi nómina. Tengo gobernadores, obispos, generales. Esta evidencia será desacreditada en 24 horas. Dirán que es falsa, que está manipulada, que ustedes son conspiracionistas enloquecidos. Y en una semana nadie recordará sus nombres. Las familias recordarán, dijo Ernesto con voz firme.

 Las madres de esos muchachos recordarán y seguirán buscando justicia, aunque les tome años. Fray Jerónimo lo miró con algo parecido a la piedad. Padre Villarreal, o debería decir, expadre, usted mejor que nadie debería saber que la justicia es una ilusión, un cuento de hadas que le contamos a los débiles para que se conformen. La verdad es que el poder lo es todo y yo tengo el poder.

 No, dijo una voz desde la oscuridad. Ya no lo tienes. Todos se giraron. De entre los árboles emergió una figura. Una mujer de unos 40 años con cabello corto, chaqueta de cuero y una cámara profesional colgando del cuello. Detrás de ella venían más personas, camarógrafos, reporteros y varios policías estatales con chalecos antibalas.

 Fray Jerónimo palideció. ¿Quién demonios eres? Soy Mariana Solís, periodista de investigación de Proceso y llevo 6 meses siguiendo este caso. Levantó su cámara. He grabado todo lo que acabas de decir y esto señaló a los policías es la unidad anticorrupción del estado. Tienen una orden de apreensón contra ti, contra el obispo Montesinos y contra Mauricio Estrada. Rafael soltó una risa de alivio mezclada con incredulidad.

 ¿Cómo? Recibí tu mensaje hace 3 horas, dijo Mariana. Me enviaste las coordenadas y una solicitud de backup. ¿No lo recuerdas? Rafael revisó su teléfono confundido y entonces vio el mensaje que había enviado automáticamente cuando configuró su GPS de emergencia. Lo había olvidado por completo.

 Los sicarios de Fray Jerónimo comenzaron a retroceder bajando las armas. Los policías avanzaron con autoridad, rodeándolos. “Alto!”, gritó el comandante. “Tiren las armas al suelo, están bajo arresto.” Fray Jerónimo miró a su alrededor buscando una salida, pero estaba rodeado. Su imperio de mentiras se desmoronaba en segundos. “Esto no termina aquí”, dijo con voz venenosa. “Tengo recursos. Tengo abogados. Saldré libre.

 Tal vez”, dijo Ernesto acercándose a él. Pero todos sabrán quién eres. Todos sabrán lo que hiciste y tendrás que vivir con eso cada día que te quede de vida. Fray Jerónimo lo miró con odio puro. Tú no entiendes nada. Nosotros estábamos creando algo mejor. Un nuevo orden. Hombres perfectos, libres de duda, libres de debilidad. Imagina lo que podríamos haber logrado.

 Imagina cuántas vidas destruiste, respondió Ernesto. Imagina cuántas madres lloraron a sus hijos. Imagina el infierno que creaste. Los policías esposaron a Fray Jerónimo y lo condujeron hacia una patrulla. Antes de subir se giró una última vez. Esto es más grande que yo, Villarreal. mucho más grande. Y cuando descubras hasta dónde llega, desearás haberte quedado callado.

La puerta de la patrulla se cerró y las luces rojas y azules iluminaron la montaña mientras los vehículos se alejaban. Mariana se acercó a Ernesto, Rafael y Gabriel. ¿Están bien? Vivos, respondió Rafael. Eso es más de lo que esperaba. Necesito que me cuenten todo con detalles. Tengo que publicar esto antes de que intenten enterrarlo.

 Ernesto le entregó la mochila con toda la evidencia. Aquí está todo. Documentos, fotografías, testimonios y ocho cuerpos en una cueva bajo la montaña. Necesitan recuperarlos. Necesitan darles un entierro digno. Mariana asintió con solemnidad. Lo haré. Te lo prometo. Gabriel, que había permanecido en silencio, finalmente habló.

 Y Mateo, el otro que sobrevivió, está bien, está en el hospital, dijo Ernesto con su madre. Y ahora que sabe que no está solo, que hay justicia, creo que comenzará a sanar. Gabriel asintió con lágrimas corriendo por su rostro. Yo también quiero ver a mi familia. Hace tanto que no los veo. Ernesto lo abrazó. Te llevaremos con ellos.

 Esta misma noche, tres horas después, Ernesto estaba sentado en la sala de espera del hospital de Puebla con una taza de café frío en las manos. Rafael estaba a su lado con vendajes en los brazos y la cara marcada por el agotamiento. ¿Crees que realmente vaya a pasar algo?, preguntó Rafael. ¿Crees que esta vez habrá justicia? Ernesto pensó en Fray Jerónimo, en el obispo Montesinos, en todos los hombres poderosos que habían participado en aquella atrocidad. No lo sé, pero al menos ahora el mundo sabe.

Ya no pueden esconderse en la oscuridad. La puerta de la habitación de Mateo se abrió. Lucía salió con los ojos rojos, pero con una pequeña sonrisa. ¿Quiere verte, Ernesto? Ernesto entró despacio. Mateo estaba sentado en la cama con mejor color en el rostro.

 Cuando vio a su tío, sus ojos se llenaron de lágrimas. “¿Encontraste a Gabriel?”, dijo con voz quebrada, “Lo salvaste. Tú nos salvaste a nosotros”, respondió Ernesto, sentándose junto a él. “Tu diario, tus palabras.” Sin eso nunca habríamos sabido dónde buscar. Mateo bajó la mirada hacia sus manos marcadas. “¿Los encontraron a los demás?” “Sí.” “¿Van a traerlos de vuelta?” “Sí.

” Les darán el entierro que merecen y sus familias podrán despedirse. Mateo cerró los ojos y dejó que las lágrimas fluyeran libremente. Yo yo pensé que nadie nos buscaría, que nos habían olvidado. Nunca, dijo Ernesto apretando su mano. Nunca te olvidamos. Se quedaron en silencio durante un largo momento, compartiendo un dolor que no necesitaba palabras.

 Finalmente, Mateo habló de nuevo. Tío Ernesto, ¿todavía crees en Dios? La pregunta lo tomó por sorpresa. Ernesto había pasado años huyendo de esa pregunta, enterrándola bajo capas de cinismo y desilusión. Pero ahora, después de todo lo que había visto, después de haber descendido literalmente al infierno y haber regresado, la respuesta era diferente. “No sé si creo en el Dios que me enseñaron”, dijo honestamente. “Pero creo en algo.

 Creo que hay una fuerza que nos impulsa a buscar la verdad, a proteger a los débiles, a hacer lo correcto, incluso cuando es imposible.” Y eso para mí es suficiente. Mateo asintió lentamente. Yo tampoco sé en qué creo ahora, pero sé que quiero vivir, quiero sanar y quiero ayudar a otros como yo. Lo harás, prometió Ernesto. Te ayudaré. Todos te ayudaremos.

 Esa noche, mientras Ernesto conducía de regreso a Ciudad de México, recibió una llamada de Mariana Solís. “La historia se publica mañana en portada”, dijo ella, “y cadenas internacionales interesadas. Esto va a ser grande, Ernesto. Bien, que sea imposible de ignorar. Hay algo más. Estuve investigando la Fundación Nueva Era Espiritual.

 Tiene conexiones en toda Latinoamérica, México, Colombia, Argentina. Esto no era solo un experimento, era el inicio de algo mucho más grande. Ernesto sintió un escalofrío. ¿Qué tan grande? No lo sé todavía, pero voy a averiguarlo y cuando lo haga te llamaré porque esto no termina aquí. Ernesto miró hacia las montañas en el retrovisor, donde el pico de Orizaba se alzaba como un gigante silencioso bajo la luz de la luna.

 Lo sé, dijo en voz baja. Solo estamos empezando. Los siguientes días fueron un torbellino. La historia explotó en todos los medios nacionales e internacionales. Las portadas de los periódicos mostraban las fotografías de los novicios desaparecidos, las imágenes de la cueva, los documentos que revelaban la red de corrupción, horror enorizaba, novicios torturados en experimento de secta, obispo y empresario implicados en desapariciones.

 Iglesia católica enfrenta su peor crisis en décadas. La presión pública fue inmediata y devastadora. Miles de personas salieron a las calles exigiendo justicia. Las familias de los novicios que habían guardado silencio durante meses, finalmente tuvieron voz y las autoridades que antes habían mirado hacia otro lado no tuvieron más opción que actuar.

 El obispo Julián Montesinos fue arrestado mientras intentaba abordar un vuelo privado hacia Roma. Mauricio Estrada fue capturado en su mansión de Cuernavaca, rodeado de abogados que prometieron pelear cada cargo. Pero la estrella del espectáculo mediático era Fray Jerónimo Maldonado, cuyo verdadero nombre resultó ser Javier Santana Guzmán.

 Su pasado salió a la luz, no solo lo de Monterrey, sino conexiones con grupos paramilitares en Colombia, con clínicas de conversión en Guatemala, con organizaciones fundamentalistas en Brasil. era un arquitecto del dolor, un manipulador experto que había perfeccionado su arte durante décadas y ahora, finalmente el mundo lo veía por lo que era.

 Ernesto pasaba sus días entre el hospital visitando a Mateo y Gabriel y la oficina del fiscal especial asignado al caso. Le pidieron que testificara, que compartiera todo lo que había descubierto y él lo hizo sin omitir ningún detalle, sin importar cuán doloroso fuera. Rafael hacía lo mismo, proporcionando su experiencia como investigador y sus contactos dentro del sistema. A pesar de haber sido suspendido, su trabajo fue reivindicado. Le ofrecieron reincorporarse con honores, pero él rechazó la oferta.

 Ya no quiero ser parte de eso”, le dijo a Ernesto una tarde mientras tomaban café en una fonda cerca del juzgado. Vi demasiada corrupción, demasiada complicidad. Voy a trabajar independiente. Casos como este, gente que necesita ayuda y no la encuentra en el sistema. ¿Y cómo vas a vivir? Rafael sonrió con ironía. Mal, pero feliz.

Ernesto entendía ese sentimiento. Él también había dejado atrás un mundo de estructuras y jerarquías. Y aunque la vida fuera más difícil, era más honesta. Una semana después del arresto, los equipos forenses subieron a la montaña para recuperar los cuerpos.

 Fue una operación compleja y dolorosa que tomó tres días. Cuando finalmente trajeron los restos de los ocho novicios, las familias esperaban afuera del Instituto de Ciencias Forenses. Ernesto estuvo ahí acompañando a Lucía y a Mateo. Vio a madres que se derrumbaban al reconocer las pertenencias de sus hijos.

 Vio a padres que se abrazaban en silencio con rostros destruidos por el dolor. Vio a hermanos menores que no entendían por qué el mundo era tan cruel y sintió una impotencia que lo ahogaba. Esa noche, solo en su departamento, Ernesto lloró por primera vez en años. Lloró por los muchachos que nunca volverían a casa. Lloró por las familias destrozadas.

Lloró por la inocencia perdida, por la fe traicionada, por el mundo que permitía que monstruos como Fra Jerónimo existieran. Pero también lloró por sí mismo por los años que había pasado huyendo, negando, escondiéndose detrás del cinismo. Ya no podía hacer eso. Mateo comenzó terapia intensiva. Su recuperación era lenta, marcada por pesadillas recurrentes y ataques de pánico, pero había algo en él que se negaba a rendirse, una chispa de resiliencia que lo mantenía luchando día tras día. Gabriel estaba en un proceso

similar. Su familia lo recibió con lágrimas de alegría, rodeándolo de amor y cuidado, pero él también llevaba cicatrices profundas, tanto físicas como emocionales. Ernesto visitaba a ambos regularmente, trayéndoles libros, compartiendo comidas, simplemente estando presente.

 No tenía respuestas fáciles, no podía borrar lo que habían vivido, pero podía caminar junto a ellos en el proceso de sanación. Y eso descubrió era lo único que realmente importaba. Un mes después del inicio del caso, Mariana Solís publicó una segunda investigación. Esta vez exponía las conexiones internacionales de la Fundación Nueva Era Espiritual.

 Reveló que había proyectos similares en cinco países diferentes, todos financiados por las mismas redes de poder. “Esto es solo la punta del iceberg”, le dijo a Ernesto durante una entrevista en video. Hay personas muy poderosas involucradas. Gente que no se va a rendir fácilmente. Temes por tu vida todos los días. Pero si me callo ahora, ¿qué mensaje enviamos? Que el miedo gana.

 No, no puedo aceptar eso. Ernesto admiraba su valentía. Era el tipo de coraje que él había perdido años atrás y que ahora intentaba recuperar. El juicio comenzó tres meses después de los arrestos. Fray Jerónimo, el obispo Montesinos y Mauricio Estrada enfrentaban cargos de homicidio, tortura, secuestro, asociación delictuosa y corrupción. Era un caso mediático que paralizó al país.

Cada día del juicio era transmitido en vivo con analistas debatiendo cada declaración, cada prueba. Ernesto fue llamado a declarar en la tercera semana. Subió al estrado con las manos temblorosas, pero la voz firme. Contó todo. El diario de Mateo, la cueva, los cuerpos, las marcas, los documentos. Y cuando el abogado defensor intentó desacreditarlo preguntándole sobre su pasado como sacerdote caído, Ernesto respondió con calma, “Es cierto que dejé el sacerdocio.

 Es cierto que perdí mi fe, pero nunca perdí mi capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Y lo que hicieron estos hombres fue mal, puro mal. La sala quedó en silencio. Mateo también declaró. Subió al estrado con Gabriel a su lado, sosteniéndole la mano. Con voz temblorosa, pero decidida, describió lo que había vivido. No omitió nada.

 Cada golpe, cada humillación, cada horror. Cuando terminó, había lágrimas en los ojos de los jurados. Fray Jerónimo lo miraba desde su lugar con frialdad, sin mostrar emoción alguna. Pero cuando Mateo bajó del estrado, se detuvo frente a él y dijo, “Ya no tengo miedo de ti. Ya no tienes poder sobre mí.” Y siguió caminando.

 El veredicto llegó seis semanas después, culpables en todos los cargos. Fray Jerónimo fue sentenciado a 60 años de prisión, el obispo Montesinos a 40, Mauricio Estrada a 50. No era suficiente. Ninguna sentencia podría serlo, pero era algo. Era justicia imperfecta y tardía, pero justicia al fin.

 La noche del veredicto, Ernesto, Rafael, Mateo, Gabriel, Lucía y varias de las familias de los novicios se reunieron en la iglesia de San Andrés Chalchicomula, no para una misa tradicional, sino para una vigilia de memoria. Encendieron velas por cada uno de los ocho muchachos que habían perdido la vida.

 dijeron sus nombres en voz alta, uno por uno, recordando quiénes habían sido antes de que la oscuridad los alcanzara. Santiago Herrera, Andrés Campos, Luis Mendoza, Carlos Espinoza, Fernando Rivas, Javier Torres, Diego Montoya, Roberto Silva. No eran solo víctimas, habían sido hijos, hermanos, amigos, soñadores y ahora finalmente podían descansar.

 Pero la historia no terminó con el veredicto. Dos semanas después, Ernesto recibió una llamada a medianoche. Era Mariana Solís con voz urgente. Ernesto, necesito que vengas a mi oficina ahora. Encontré algo. ¿Qué cosa? No puedo decirlo por teléfono. Solo ven y trae a Rafael. Ernesto y Rafael llegaron a la oficina de Mariana en menos de una hora.

 Ella los esperaba con expresión seria, rodeada de documentos y computadoras. ¿Qué pasa?, preguntó Rafael. Mariana giró la pantalla de su laptop hacia ellos. Hace dos días recibí un archivo anónimo. Está encriptado, pero logré abrirlo. Es un video. Presionó Play. La imagen era borrosa al principio, pero luego se enfocó. Era el interior de una sala de juntas lujosa.

 Alrededor de una mesa estaban sentados varios hombres en trajes caros. Y entre ellos estaba Frey Jerónimo, pero el video era de hace dos años. Antes de todo, “Observen”, dijo Mariana. En el video Freay Jerónimo hablaba con confianza. El proyecto está en marcha. Tenemos 10 sujetos de prueba. Si funciona, podremos escalar a cientos, miles.

 Imaginen un ejército de creyentes perfectos, dispuestos a morir por la causa, inmunes a la duda, inmunes al miedo. Uno de los hombres en la mesa habló. Y el gobierno está de acuerdo. Tenemos apoyo en los niveles más altos, incluyendo al La imagen se cortó. Ernesto sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Quién envió esto? No lo sé, pero hay más. Mariana abrió otro archivo. Este es un listado de transferencias bancarias.

 Millones de dólares fluyendo hacia cuentas offshore. Y miren de dónde vienen. Rafael leyó la pantalla y maldijo en voz baja. La Secretaría de Defensa, el Ministerio del Interior. ¿Estás diciendo que el gobierno federal financió esto? No el gobierno entero, pero sí elementos dentro de él, gente con poder que creyó que podían crear ser soldados usando adoctrinamiento religioso. Ernesto se dejó caer en una silla.

 Entonces, nunca fue solo Fra Jerónimo, nunca fue solo una secta, era un experimento militar disfrazado de retiro espiritual. Exacto. Y cuando falló, cuando los muchachos empezaron a morir, simplemente lo enterraron. Cerraron el proyecto y dejaron que los cuerpos se pudrieran en la montaña. Rafael se puso de pie furioso.

 Tenemos que publicar esto ahora. No podemos, dijo Mariana. No tenemos pruebas suficientes. Solo un video anónimo que podría ser desacreditado como falso. Necesitamos más. Necesitamos testimonios, documentos oficiales, algo que no puedan refutar. ¿Y cómo conseguimos eso? Mariana los miró con gravedad. infiltrándonos. Hay una conferencia militar en dos semanas en Guadalajara.

 Algunos de los nombres que aparecen en las transferencias estarán ahí. Si logramos grabaciones, conversaciones, pruebas físicas, nos matarán. Interrumpió Ernesto. Si se dan cuenta de lo que estamos haciendo, nos matarán. Lo sé, por eso no voy a obligarlos. Ustedes ya hicieron más que suficiente. Pueden alejarse ahora, vivir sus vidas, sabiendo que hicieron justicia. Ernesto miró a Rafael.

 Ambos sabían la respuesta. No, dijo Ernesto. No podemos detenernos ahora. Esos muchachos merecen que se sepa toda la verdad, no solo una parte. Rafael asintió. Cuenta conmigo. Mariana sonríó. Aunque había tristeza en sus ojos. Entonces, prepárense porque lo que viene será mucho más peligroso que la montaña. Pero antes de emprender esa nueva misión, Ernesto supo que tenía que hacer algo, algo que había pospuesto durante demasiado tiempo. Regresó al hospital donde Mateo seguía en recuperación. lo encontró leyendo en la sala común con

Gabriel sentado a su lado. “Necesito decirles algo”, comenzó Ernesto, “la verdad completa, y les contó todo el video, las transferencias, la posibilidad de que esto fuera un experimento militar.” Mateo escuchó en silencio, con los puños apretados. Entonces, ni siquiera éramos novicios para ellos, solo éramos experimentos.

Sí. Gabriel se cubrió el rostro con las manos. Todo fue mentira desde el principio. No todo, dijo Ernesto arrodillándose frente a ellos. Su fe era real, su deseo de servir era real, su humanidad era real. Ellos intentaron quitárselas, pero no lo lograron.

 Siguen aquí, siguen de pie, y eso es más poderoso que cualquier experimento. Mateo lo miró con lágrimas en los ojos. ¿Qué va a pasar ahora? Vamos a terminar esto. Vamos a exponer a todos los responsables hasta el último. Quiero ayudar, dijo Mateo de pronto. Mateo, no quiero ayudar, repitió con firmeza. Quiero que mi historia sirva para algo, que el dolor sirva para algo.

Gabriel asintió. Yo también. Ernesto los miró viendo en ellos una fuerza que él había olvidado que existía, la fuerza de los que han tocado fondo, y deciden levantarse. ¿De acuerdo? Dijo finalmente, “Entonces hagámoslo juntos. Hasta el final, los tres se abrazaron unidos por un propósito que iba más allá de la venganza o la justicia.

 Era sobre redención, sobre recuperar lo que les habían robado, sobre transformar el horror en esperanza. 6 meses después, una nueva investigación de Mariana Solís sacudió al país. Esta vez los nombres eran aún más grandes. Generales retirados, exsecretarios de Estado, empresarios multimillonarios. La red era más profunda y oscura de lo que nadie había imaginado. Hubo arrestos, renuncias, escándalos.

 El gobierno prometió una investigación exhaustiva. Los medios internacionales cubrieron la historia como uno de los mayores casos de abuso de poder en la historia reciente de México. Pero para Ernesto lo más importante no fueron los titulares ni los juicios. Fue ver a Mateo graduarse de su primer año de universidad estudiando psicología.

Decidido a ayudar a otros sobrevivientes de traumas. fue ver a Gabriel abrir un centro de apoyo para víctimas de sectas y manipulación religiosa, financiado con donaciones de todo el país. Fue ver a las familias de los ocho novicios reunirse cada año en San Andrés, Chalchicomula, no para llorar, sino para celebrar la vida de sus hijos, para recordar su risa, sus sueños, su luz.

Una tarde de primavera, Ernesto regresó al pico de Orizaba, no a la cueva, sino al mirador, donde los novicios habían tomado su última fotografía juntos antes del retiro. Rafael lo acompañó junto con Mateo y Gabriel.

 Los cuatro se pararon en silencio, mirando hacia la montaña que se alzaba majestuosa bajo el cielo azul. ¿Creen que alguna vez podamos perdonar?, preguntó Gabriel de pronto. Ernesto pensó en la pregunta. El perdón. una palabra que antes tenía significado teológico para él, ahora era algo mucho más complejo. “No sé perdonar”, dijo honestamente. “No sé si debo, pero sí puedo elegir no dejar que el odio me consuma.

 Puedo elegir vivir, no solo sobrevivir.” Mateo asintió. “Yo tampoco sé si perdono, pero sé que no quiero que ellos definan el resto de mi vida. Quiero ser más que lo que me hicieron. Eso ya lo eres,”, dijo Rafael. “Ambos lo son. Gabriel sacó algo de su mochila, una cruz de madera que él mismo había tallado.

 En ella había grabado los nombres de sus ocho hermanos caídos. Quiero dejar esto aquí, dijo como memoria para que nunca los olvidemos. La clavaron en la tierra mirando hacia la montaña. Y cada uno a su manera dijo una oración, no las oraciones formales que habían aprendido en el seminario, sino palabras del corazón, simples y honestas. Ernesto habló último.

 No sé si hay un Dios que escucha. No sé si hay justicia perfecta en algún lugar más allá de este mundo, pero sé que estos muchachos no murieron en vano. Sé que su memoria nos impulsa a ser mejores, a luchar contra la oscuridad, a proteger a los indefensos, y eso para mí es sagrado. El viento sopló suavemente, moviendo las ramas de los pinos y por un momento, Ernesto sintió algo que no había sentido en años. paz.

 No una paz completa, no la ausencia de dolor, sino la paz de saber que había hecho lo correcto, que había peleado cuando otros se rindieron, que había buscado la verdad cuando era más fácil mirar hacia otro lado. Mientras bajaban de la montaña, Mateo caminó junto a Ernesto. Tío, hay algo que nunca te pregunté.

 ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué arriesgaste todo por nosotros? Ernesto se detuvo y lo miró. Porque cuando perdí mi fe, pensé que lo había perdido todo. Pensé que sin Dios no había propósito, no había sentido, pero estaba equivocado. Puso su mano en el hombro de Mateo. Encontré un nuevo propósito, no en dogmas o rituales, sino en personas como tú, en proteger, en sanar, en buscar justicia. Eso es lo sagrado, el amor que nos impulsa a actuar.

 Mateo sonrió con lágrimas en los ojos. Gracias por no rendirte conmigo, por no rendirte con ninguno de nosotros. Gracias a ti, respondió Ernesto, por enseñarme que la fe verdadera no es creer en lo invisible, es levantarse después de la caída, es seguir luchando cuando todo parece perdido. Esa fe nadie puede quitárnosla.

 Esa noche, de regreso en Ciudad de México, Ernesto abrió su laptop y comenzó a escribir, no un informe, no una denuncia, sino una historia. La historia de 10 jóvenes que subieron a una montaña buscando a Dios y encontraron el infierno. La historia de dos que sobrevivieron y se negaron a ser definidos por su trauma.

 La historia de familias destrozadas que encontraron fuerza en la comunidad. La historia de personas comunes que decidieron no quedarse calladas. escribió durante horas con las palabras fluyendo como un río que había estado contenido durante demasiado tiempo. Y cuando terminó, supo que no era el final, era el principio.

 Porque mientras hubiera injusticia, mientras hubiera abuso de poder, mientras hubiera gente sufriendo en silencio, habría trabajo por hacer. Y él estaría ahí, no como sacerdote, no como salvador, sino como un hombre que había aprendido que la luz más brillante surge de la oscuridad más profunda y que la redención no es un regalo del cielo. Es una elección que hacemos cada día. M.