(1918, Villahermosa) El Horripilante Caso de Julieta Cruz
Bienvenido a este recorrido por uno de los casos más inquietantes registrados en la historia de Villa Tabasco. Antes de iniciar te invito a dejar en los comentarios desde dónde nos estás viendo y la hora exacta en la que escuchas esta narración.
Nos interesa saber hasta qué lugares y en qué momentos del día o de la noche llegan estos relatos documentados. El caso de Julieta Cruz comenzó un día como cualquier otro en Villa Hermosa, capital del estado de Tabasco. La ciudad, rodeada por el majestuoso río Grijalba, se encontraba en un periodo de transición. Corría el año 1918 y México entero aún sentía las réplicas de la revolución mientras intentaba adaptarse a una nueva Constitución promulgada apenas un año antes.
La Primera Guerra Mundial continuaba en Europa, pero aquí, en este rincón del sureste mexicano, la vida seguía su curso entre el calor húmedo y el aroma a tierra mojada que caracterizaba la región. La familia Cruz era respetada en la comunidad. Don Federico Cruz, comerciante de profesión, había construido un modesto imperio vendiendo productos traídos desde la capital y otras partes del país.
Su esposa, doña Carmela Jiménez, pertenecía a una de las familias más antiguas de la región. Tenían tres hijos, Rodrigo el Mayor, de 20 años, Julieta de 18 y Manuel, el pequeño de la familia, con apenas 10 años de edad. vivían en una casona colonial situada a dos cuadras del parque Juárez, en el centro de Villaosa. La residencia, construida a finales del siglo anterior, contaba con un patio interior donde crecía un frondoso flambollán y varias macetas con el hechos que doña Carmela cuidaba con esmero. Las baldosas hidráulicas, traídas especialmente desde Mérida,
decoraban los pasillos con motivos florales en tonos azules y ocres. Un lugar hermoso para cualquiera que lo viera desde fuera. Según los registros municipales conservados en el archivo histórico de Tabasco, la mañana del 13 de marzo de 1918, Julieta Cruz salió de casa para asistir a la misa de las 7 en la catedral del Señor de Tabasco.
Era miércoles y como cada semana, la joven cumplía con este ritual religioso. Marios testigos confirmaron haberla visto entrar al templo, vestida con un sencillo vestido blanco y un rebozo oscuro cubriendo sus hombros. Lo que nadie podía imaginar es que ese sería el inicio de uno de los casos más perturbadores en la historia de Villa Herermosa.
Un caso que durante décadas permaneció enterrado entre legajos polvorientos y silencios cómplices. La última persona que afirmó haber visto a Julieta con vida fue Rosario Méndez, una vendedora de flores que solía instalarse frente a la catedral. Según su testimonio, recogido por el periódico local La Voz de Tabasco, tres días después, la joven cruz compró un pequeño ramo de azucenas blancas antes de dirigirse hacia el parque Juárez.
Eran aproximadamente las 8:30 de la mañana y el cielo amenazaba lluvia. Después de eso, Julieta Cruz simplemente desapareció. La familia dio la alarma esa misma tarde cuando la joven no regresó para la comida. Don Federico acudió personalmente a la oficina del presidente municipal, quien ordenó a la policía iniciar una búsqueda inmediata.
Villa Hermosa no era una ciudad grande en aquella época. Sus aproximadamente 15,000 habitantes vivían concentrados en un área relativamente pequeña, bordeada por el río y rodeada de vegetación tropical. Durante los días siguientes, decenas de voluntarios peinaron cada rincón de la ciudad y sus alrededores. Se revisaron las orillas del Grijalba, se inspeccionaron casas abandonadas y se interrogó a todo aquel que pudiera tener información sobre el paradero de Julieta. Todo fue en vano.
El caso ocupó las primeras planas de los periódicos locales durante semanas. La voz de Tabasco tituló Continúa misterio por desaparición de joven de buena familia. El diario de Tabasco fue más allá sugiriendo huida romántica o trágico desenlace. El enigma de la señorita Cruz conmociona a la sociedad tabasqueña.
Conforme pasaban los días, los rumores comenzaron a circular. Algunos decían que Julieta había huído con un joven revolucionario que había pasado por la ciudad semanas antes. Otros sugerían que la muchacha, conocida por su carácter independiente, habría partido hacia la capital en busca de una vida menos restrictiva que la que le ofrecía la provinciana Villa Hermosa.
Doña Carmela rechazaba categóricamente estas versiones. Quienes la visitaron en aquellos días la encontraron siempre sentada junto a la ventana que daba al patio con la mirada perdida entre las ramas del flamboyán. Según cuenta Dolores Pedrero, amiga cercana de la familia, la señora repetía una y otra vez, “Mi hija no se fue por voluntad propia. Algo le succedió a mi Julieta.
El caso dio un giro inesperado cuando dos semanas después de la desaparición, un pescador encontró un rebozo oscuro flotando en las aguas del Grijalba, cerca del embarcadero de Tamulté. Doña Carmela identificó la prenda como perteneciente a su hija. La policía intensificó entonces la búsqueda en el río, pero no se encontró ningún otro rastro de Julieta.
Mientras tanto, en la casona de los Cruz, algo comenzaba a cambiar. Los vecinos notaron que las ventanas permanecían cerradas, aún en los días más calurosos. Ya no se escuchaba el piano que Julieta solía tocar por las tardes. La familia parecía haberse encerrado en un silencio espeso, casi tangible. L Federico, ante un hombre sociable y activo en los círculos comerciales de la ciudad, apenas salía para atender su negocio.
Según consta en los registros comerciales de la época, su tienda comenzó a experimentar pérdidas considerables a partir de abril de aquel año. El pequeño Manuel dejó de asistir a la escuela y Rodrigo, que estudiaba en la Ciudad de México, regresó a Villa precipitadamente, abandonando su carrera de derecho.
De acuerdo con el informe policial archivado el 30 de abril de 1918, la investigación oficial sobre la desaparición de Julieta Cruz fue suspendida por falta de indicios que permitan continuar con las pesquisas. El documento firmado por el comandante Ernesto Barrientos concluía con una frase que, vista en retrospectiva, resulta escalofriante.
Se considera probable que la señorita Cruz haya perecido ahogada en el río Grijalba, siendo arrastrada por la corriente hacia el Golfo de México. Para la mayoría de los habitantes de Villa Hermosa, el caso quedó cerrado. La vida continuó. El tiempo, como siempre, fue cubriendo con su manto los recuerdos dolorosos.
Pero para algunos el misterio de Julieta Cruz seguía presente como una presencia invisible que flotaba sobre la ciudad. Fue entonces cuando comenzaron los rumores sobre la casona de los Cruz. La servidumbre empezó a renunciar una tras otra, sin dar explicaciones claras. Algunas, cuando se sentían en confianza, hablaban en susurros sobre ruidos extraños durante las noches, sobre puertas que se cerraban solas y objetos que cambiaban de lugar, sobre el llanto que a veces parecía surgir de las paredes mismas.
Particularmente inquietante era lo que ocurría en la habitación de Julieta. Según Teresa Hernández, quien trabajó como cocinera en la casa hasta junio de 1918, doña Carmela mantenía el cuarto exactamente como estaba el día que su hija desapareció. Nadie podía entrar allí, excepto la señora”, declaró Teresa años después. Ella pasaba horas encerrada en esa habitación hablando sola.
La vida de la familia Cruz se fue apagando lentamente como una vela consumiéndose. El negocio de don Federico quebró definitivamente en octubre de aquel año. Los pocos que lo vieron en esa época describen a un hombre envejecido prematuramente con la mirada ausente y el paso inseguro. Rodrigo, el hijo mayor comenzó a frecuentar las cantinas del puerto gastando en alcohol el poco dinero que quedaba. se volvió iracible y retraído.
Según consta en los registros policiales, fue detenido en varias ocasiones por participar en riñas callejeras. En una de esas ocasiones, estando bajo los efectos del alcohol, gritó algo que llamó la atención del oficial que redactó el informe. Yo sé lo que pasó. Todos en esta casa lo sabemos. El pequeño Manuel, por su parte, dejó de hablar casi por completo.
Doña Inés Ramírez, maestra de la escuela primaria a la que asistía antes de la desaparición de su hermana, comentó en una entrevista realizada en 1952. Era un niño brillante y alegre. Después del incidente se volvió como una sombra. Cuando finalmente regresó a clases, meses después, apenas hablaba, sus dibujos se volvieron perturbadores, oscuros. Siempre dibujaba una casa con figuras negras en las ventanas.
Pero quizás el cambio más notable se dio en doña Carmela. La mujer, que siempre había sido el pilar de la familia, pareció desconectarse de la realidad. comenzó a salir sola por las noches, algo impensable para una señora de su posición en aquella época. Vagaba por las calles cercanas al río, llamando a su hija en voz baja. Los vecinos, por respeto o por miedo, fingían no verla.
El médico de la familia, Dr. Guillermo Serrano, anotó en su diario personal, encontrado décadas después. Visité hoy a la señora Cruz. Su estado mental me preocupa gravemente. Insiste en que escucha a su hija caminar por la casa durante las noches. Le he prescrito láudano para ayudarla a descansar, pero temo que su condición empeora.
Hay algo en esa casa, en esa familia que no logro comprender, un peso invisible que parece aplastarlos a todos. A finales de 1918, la tragedia se cernió nuevamente sobre los cruz. El 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, don Federico fue encontrado muerto en su despacho. Según el acta de defunción conservada en el Registro Civil de Villa Herermosa, la causa oficial fue paro cardíaco.
Sin embargo, los rumores que corrieron por la ciudad hablaban de suicidio. El hombre había ingerido una cantidad letal de arsénico, un veneno comúnmente utilizado en la época para eliminar roedores. Lo más perturbador del caso fue la nota encontrada junto al cuerpo, escrita con una caligrafía temblorosa, decía simplemente, “Perdóname, Julieta, no pude protegerte.
La muerte de don Federico precipitó aún más la caída de la familia sin recursos económicos. y con doña Carmela, cada vez más desconectada de la realidad, tuvieron que vender casi todas sus posesiones. La casona, sin embargo, no encontró comprador. Nadie en Villa Hermosa quería vivir en un lugar que para entonces todos consideraban maldito.
Rodrigo, incapaz de soportar la situación, abandonó la ciudad en los primeros meses de 1919. Según los registros de la estación de ferrocarril, compró un boleto a Ciudad de México el 3 de febrero. Nunca más se supo de él en VillaHermosa. Manuel y doña Carmela permanecieron en la casa ocupando apenas un par de habitaciones.
Los vecinos raramente los veían. Ocasionalmente el niño salía para comprar lo básico en la tienda de la esquina. Quienes lo atendían describían a un muchacho silencioso con ojos de anciano en un rostro infantil. Fue en septiembre de 1919, 18 meses después de la desaparición de Julieta, cuando ocurrió el incidente que volvería a poner el caso en boca de todos.
La madrugada del 22 de septiembre un incendio se declaró en la casona de los Cruz. Cuando los bomberos llegaron, gran parte de la estructura ya había sido consumida por las llamas. Entre los escombros encontraron dos cuerpos, doña Carmela y Manuel. Ambos murieron por asfixia, según determinó el médico forense.
Lo extraño del caso, según consta en el informe de los bomberos, es que los cuerpos no estaban en sus habitaciones, sino en el sótano de la casa, un espacio que aparentemente la familia no utilizaba. El sótano en sí mismo fue un descubrimiento sorprendente. Ninguno de los vecinos o conocidos de la familia recordaba su existencia.
Era un espacio reducido, sin ventanas, al que se accedía por una trampilla oculta bajo una alfombra en el despacho de don Federico. Lo que encontraron allí, además de los cuerpos, dejó perplejos a los investigadores. Las paredes estaban cubiertas de escritura, aparentemente hecha con carbón. eran fragmentos inconexos, nombres, fechas. El nombre Julieta aparecía una y otra vez.
En el centro de la habitación había una silla y frente a ella en la pared un espejo roto. El comisario Ramón Mendoza, encargado de la investigación, escribió en su informe, “La escena sugiere algún tipo de ritual obsesivo relacionado con la joven desaparecida.
Los escritos en las paredes parecen ser obra de la señora Cruz, a juzgar por la caligrafía, el niño Manuel probablemente fue llevado allí por su madre la noche del incendio. La causa del fuego no ha podido determinarse con exactitud, aunque se sospecha de una vela volcada. El caso podría haber terminado ahí, archivado como una trágica historia familiar marcada por la desaparición de una hija y el deterioro mental subsecuente de la madre.
Sin embargo, algo encontrado entre los escombros añadió un nuevo y perturbador capítulo a la historia. Durante las tareas de limpieza, uno de los trabajadores descubrió una caja metálica protegida del fuego por haber estado enterrada bajo el piso del sótano. Dentro había un diario presuntamente escrito por Julieta Cruz en los meses previos a su desaparición.
El diario fue entregado a las autoridades y posteriormente archivado junto con el resto de la documentación del caso. Su contenido no se hizo público en aquel momento. De hecho, su existencia apenas se menciona en los registros oficiales, como si hubiera un interés en mantenerlo en secreto. Fue hasta 1964, casi medio siglo después, cuando el historiador local Eduardo Zapata, encontró referencias al diario mientras investigaba para su libro Crónicas de Tabasco, misterios y leyendas.
Intrigado, solicitó acceso al archivo policial, pero se le informó que el documento se había extraviado durante una reorganización del archivo en los años 40. Zapata, sin embargo, era un investigador tenaz. A través de contactos personales, logró entrevistar a Joaquín Hernández, hijo de Teresa, la antigua cocinera de los Cruz. Joaquín, ya un hombre mayor, recordaba que su madre guardaba una copia de algunas páginas del diario.
Teresa, según explicó, había encontrado el diario semanas antes del incendio, mientras limpiaba la habitación de Julieta, y había copiado fragmentos por considerar su contenido preocupante. Las copias escritas en un cuaderno escolar con la caligrafía temblorosa de Teresa ofrecen una inquietante mirada a los últimos meses de vida de Julieta Cruz.
Los fragmentos están fechados entre diciembre de 1917 y marzo de 1918, justo antes de su desaparición. El primer fragmento fechado el 20 de diciembre dice, “Padre ha estado actuando extraño desde que regresó de su viaje a Veracruz. Pasa horas encerrado en su despacho. Cuando le pregunto qué le preocupa, me mira como si no me reconociera.
Anoche lo escuché hablar con madre. Mencionaron algo sobre la sociedad y la necesidad de proteger nuestro lugar. No entiendo a qué se refieren. Días después, el 26 de diciembre, Julieta escribió, Rodrigo ha vuelto de la capital inesperadamente. Dice que sus estudios no van bien, pero sospecho que hay algo más. Él y padre discutieron a puerta cerrada.
Después Rodrigo pasó toda la noche bebiendo en su habitación. Cuando fui a verlo, me dijo que me mantuviera alejada de padre. No confíes en él. me dijo, “No después de lo que ha hecho.” El 7 de enero, la joven anotó, “Algo está ocurriendo en esta casa. Nadie habla de ello, pero puedo sentirlo. Madre apenas come. Manuel tiene pesadillas todas las noches. Rodrigo se pasa los días fuera y regresa borracho.
Y padre, padre me mira de una forma que me hace sentir incómoda, como si estuviera calculando algo. El fragmento más inquietante está fechado el 28 de febrero, apenas dos semanas antes de la desaparición. Hoy encontré la llave del despacho de padre. No debería haber entrado, pero necesitaba saber qué esconde.
Encontré un libro de contabilidad diferente al que usa para la tienda. Hay nombres, fechas y cantidades. Reconocí algunos de los nombres. Son familias importantes de Villa Hermosa. Junto al libro había cartas con un símbolo extraño en el sello, un ojo dentro de un triángulo. Una de las cartas mencionaba una iniciación y un sacrificio necesario. Estoy asustada.
¿En qué está involucrado, padre? La última entrada del 10 de marzo, 3es días antes de la desaparición es particularmente estremecedora. Anoche escuché ruidos en el sótano. No sabía que teníamos un sótano, pero seguí el sonido hasta el despacho de padre. Bajo la alfombra encontré una trampilla. No me atreví a bajar, pero pude escuchar voces.
Padre estaba allí con otras personas. Hablaban de mí. La chica es perfecta”, dijo una voz que no reconocí, pura e inocente. Padre respondió algo que no pude entender. Luego hubo un silencio y después risas. “Mañana iré a hablar con el padre Montero después de misa. Él sabrá qué hacer.
Si algo me sucede, quiero que sepan que fue mi padre Federico Cruz. Él y ese grupo al que pertenece los Guardianes del Ojo. El diario termina abruptamente ahí. Teresa nunca copió más páginas, si es que existían. La cocinera, según su hijo, abandonó la casa de los Cruz al día siguiente de encontrar y copiar el diario. Aterrorizada por su contenido, no volvió a poner un pie en la casona, ni siquiera para recoger sus pertenencias.
El historiador Zapata, fascinado y perturbado por estos fragmentos, intentó investigar más sobre los guardianes del Ojo, la misteriosa sociedad mencionada por Julieta. Sus indagaciones lo llevaron a descubrir que efectivamente entre 1915 y 1920 existió en VillaHermosa un grupo secreto formado por hombres de negocios y políticos locales.
se reunían bajo la apariencia de un club social, pero los rumores de la época sugerían actividades más oscuras. En los archivos eclesiásticos de la catedral del Señor de Tabasco, Zapata encontró referencias a un informe presentado por el padre Anselmo Montero al obispo en abril de 1918.
En él el sacerdote expresaba su preocupación por prácticas paganas y rituales blasfemos que, según sus fuentes, tenían lugar en la ciudad. El informe menciona específicamente a Federico Cruz como posible miembro de este grupo. También hace referencia a una joven que habría acudido al padre Montero buscando ayuda, aunque no la identifica por nombre.
Curiosamente, el padre Montero fue trasladado a una parroquia rural en Chiapas apenas una semana después de presentar este informe. Según los registros eclesiásticos, la razón oficial fue Salud Delicada. nunca regresó a Villa Hermosa. La investigación de Zapatas se vio obstaculizada por la misteriosa desaparición de documentos clave. Archivos policiales extraviados, registros eclesiásticos dañados por la humedad, periódicos de la época con páginas arrancadas precisamente donde se mencionaba el caso Cruz, como si alguien hubiera hecho un esfuerzo sistemático
por borrar ciertas partes de la historia. En 1967, mientras trabajaba en la segunda edición de su libro, Zapata recibió una carta anónima. El sobre con matas de Ciudad de México contenía una fotografía en blanco y negro y una breve nota. La fotografía mostraba a un grupo de hombres posando frente a lo que parecía ser un edificio gubernamental en Villa Hermosa.
Todos vestían formalmente con trajes oscuros y llevaban un pequeño pin en la solapa, un triángulo con un ojo en el centro. Entre los hombres claramente identificable estaba Federico Cruz. La nota que acompañaba la fotografía decía simplemente algunos secretos deben permanecer enterrados.
Le aconsejo que abandone su investigación por su propio bien y el de su familia. Zapata, alarmado, decidió seguir el consejo. La segunda edición de Crónicas de Tabasco se publicó sin ninguna mención al caso Cruz ni a los guardianes del Ojo. Poco después, el historiador aceptó un puesto en la Universidad Nacional Autónoma de México y abandonó Tabasco para siempre.
La casona de los Cruz o lo que quedaba de ella tras el incendio permaneció en ruinas. Durante décadas nadie quiso comprar el terreno ni construir allí. En los años 50, el gobierno municipal expropió la propiedad con la intención de construir una pequeña plaza pública, pero el proyecto nunca se concretó.
El lugar se convirtió en un valdío donde crecían la maleza y los rumores. Los niños de Villa Hermosa se contaban historias sobre la casa y se retan sus ruinas carbonizadas. Quienes se atrevían regresaban con relatos de llantos distantes y una presencia fría que te observa en la oscuridad. Los adultos desestimaban estas historias como fantasías infantiles, pero pocos se atrevían a pasar cerca del lugar después del anochecer.
En 1962, durante unas fuertes lluvias que provocaron el desbordamiento del Grijalba, las aguas arrastraron parte de los escombros, dejando al descubierto los cimientos de la casa y, para sorpresa de todos, la estructura casi intacta del sótano. Las autoridades, preocupadas por posibles accidentes, decidieron finalmente demoler lo que quedaba y rellenar el terreno.
Durante los trabajos de demolición, los obreros encontraron algo macabro empotrado. En una de las paredes del sótano había un esqueleto. Los restos, según determinó posteriormente el análisis forense, correspondían a una mujer joven de entre 17 y 20 años.
La muerte se habría producido por asfixia y el cuerpo habría sido colocado en la pared cuando el cemento aún estaba fresco. Junto a los restos se encontró un medallón de plata con la imagen de Santa Cecilia, patrona de los músicos. Según los vecinos más antiguos, Julieta Cruz siempre llevaba un medallón similar, regalo de su madre por su quinceavo cumpleaños.
El caso volvió brevemente a las primeras planas de los periódicos locales. Macabro hallazgo confirma trágico final de Julieta Cruz, tituló El Heraldo de Tabasco. Sin embargo, apenas una semana después, la noticia desapareció de los medios. Según rumores, hubo presiones de altas esferas para silenciar el caso.
El esqueleto fue entregado a la única familiar viva que pudo localizarse, una prima lejana de doña Carmela que vivía en Mérida. Los restos fueron sepultados en una ceremonia privada a la que asistieron apenas un puñado de personas, la mayoría ancianos que habían conocido a la familia Cruz en sus buenos tiempos.
El terreno donde una vez se alzó la casona fue finalmente convertido en un pequeño estacionamiento. Nada indica hoy que allí ocurrió una de las historias más oscuras de Villa Hermosa. Nada, excepto quizás esa sensación incómoda que algunos conductores reportan sentir cuando aparcan allí después del anochecer.
Esa impresión de no estar solos, de ser observados por ojos invisibles. El caso de Julieta Cruz podría haber quedado definitivamente olvidado de no ser por un descubrimiento realizado en 1968. Durante la renovación del antiguo edificio que albergaba el Ayuntamiento de Villa Hermosa, los trabajadores encontraron una caja fuerte oculta tras un falso muro en lo que había sido la oficina del presidente municipal.
Dentro había documentos diversos, entre ellos un informe policial completo sobre la desaparición de Julieta Cruz, firmado por el comisario Ramón Mendoza. El informe fechado en abril de 1918 nunca fue archivado oficialmente. De hecho, contradice en varios puntos la versión oficial que se dio del caso. El documento incluye testimonios que no aparecen en los registros públicos, así como una cronología detallada de los hechos que arrojan nueva luz sobre lo sucedido.
Según este informe, la desaparición de Julieta Cruz no fue reportada por su padre inmediatamente. Don Federico esperó hasta la tarde, cerca de las 5, para acudir a las autoridades. Para entonces ya habían pasado casi 9 horas desde que la joven fue vista por última vez. Más revelador aún es el testimonio del padre Anselmo Montero, recogido el 15 de marzo, dos días después de la desaparición.
El sacerdote declaró que Julieta había acudido a él la semana anterior, expresando temor por actividades en las que su padre estaba involucrado. La joven le habló de reuniones secretas en el sótano de su casa, de rituales extraños y de un grupo llamado Los Guardianes del Ojo. También mencionó haber encontrado documentos que sugerían que su padre y otros hombres importantes de la ciudad participaban en prácticas que ella describió como paganas y perversas.
El padre Montero, alarmado, aconsejó a Julieta que volviera con pruebas concretas para poder presentar el caso ante el obispo. La joven prometió regresar el 13 de marzo después de misa. Nunca lo hizo. El comisario Mendoza, según revela su informe, intentó investigar estas acusaciones. Visitó la Casa de los Cruz el 16 de marzo, solicitando revisar el despacho de don Federico y otros espacios de la casa.
No encontró ninguna evidencia de un sótano ni de las actividades descritas por Julieta. Don Federico se mostró cooperativo, pero visiblemente nervioso durante la inspección. Mendoza también intentó investigar a los guardianes del Ojo. Sus pesquisas lo llevaron a descubrir que varios hombres prominentes de Villa Hermosa se reunían regularmente en la trastienda de un negocio propiedad de Ernesto Valladares, cuñado del presidente municipal.
Estas reuniones se realizaban bajo la apariencia de partidas de cartas, pero duraban hasta altas horas de la madrugada y estaban rodeadas de un gran secretismo. El 25 de marzo, Mendoza recibió la visita del presidente municipal en su oficina. Según anota en su informe, fue instado a dejar de hurgar en asuntos que no conciernen a la policía y a concentrarse en encontrar a la chica, no en difamar a ciudadanos respetables.
Dos días después, Mendoza fue relevado temporalmente de sus funciones, supuestamente por problemas de salud. El caso pasó entonces a manos del comandante Ernesto Barrientos, quien rápidamente concluyó que Julieta Cruz probablemente había muerto ahogada en el río. La investigación oficial se cerró a finales de abril, como ya se ha mencionado. Mendoza, sin embargo, continuó investigando por su cuenta.
En su informe, fechado el 30 de abril, detalla sus hallazgos. Tengo razones para creer que la señorita Cruz fue víctima de un crimen premeditado, posiblemente relacionado con las actividades secretas de su padre y otros miembros prominentes de la sociedad local. Las evidencias sugieren que la joven descubrió algo que no debía saber y representaba una amenaza para este grupo.
Su eliminación fue decidida para proteger los secretos de los guardianes del Ojo. El informe concluye con una nota manuscrita de Mendoza. Presento estas conclusiones sabiendo que probablemente nunca se hará justicia. Las personas involucradas tienen demasiado poder en esta ciudad. Por mi seguridad y la de mi familia, he decidido aceptar un puesto en Mérida.
Dejo este informe oculto con la esperanza de que algún día la verdad salga a la luz, que Dios se apiade del alma de Julieta Cruz. Ramón Mendoza se trasladó a Mérida con su familia en mayo de 1918. Según los registros municipales de aquella ciudad, trabajó como inspector de policía hasta su jubilación en 1945. Nunca regresó a Villa Hermosa ni habló públicamente sobre el caso Cruz.
Murió en 1952, llevándose a la tumba muchos de los secretos que había descubierto. El informe de Mendoza, encontrado 50 años después de ser escrito, planteó más preguntas que respuestas. ¿Quiénes eran realmente los guardianes del ojo? ¿Qué actividades realizaban que requerían tanto secretismo? Y lo más perturbador, ¿qué papel jugó Federico Cruz en la desaparición y probable muerte de su propia hija? Algunos de estos interrogantes comenzaron a esclarecerse gracias a un descubrimiento realizado en 1969 por Gabriel Martínez, un joven investigador de la Universidad Juárez
Autónoma de Tabasco. Mientras catalogaba documentos para el Archivo Histórico del Estado, Martínez encontró una caja con materiales diversos relacionados con sociedades secretas que operaron en Tabasco entre 1900 y 1930. Entre estos documentos había un libro de actas perteneciente a una organización que se hacía llamar La hermandad del ojo que todo lo ve.
Las actas escritas en un lenguaje deliberadamente críptico registraban reuniones realizadas entre 1910 y 1919. Varios nombres aparecían codificados, pero algunos eran reconocibles, incluyendo el de Federico Cruz, quien figuraba como hermano vigilante. Según se desprende de estos documentos, la hermandad no era simplemente un club social o una logia masónica tradicional, como muchas que existían en aquella época.
Sus actividades iban mucho más allá. Bajo la apariencia de un grupo dedicado al progreso espiritual y material de sus miembros, la organización parecía estar involucrada en prácticas oscuras que mezclaban elementos de ocultismo, control social y enriquecimiento personal. Particularmente reveladora, es un acta fechada el 8 de marzo de 1918, 5 días antes de la desaparición de Julieta.
En ella se hace referencia a una amenaza interna que debía ser neutralizada antes del próximo ritual de renovación previsto para el equinoccio de primavera. El documento menciona que el hermano vigilante se había ofrecido a proporcionar el vehículo necesario para la purificación.
Una frase cuyo significado real solo podemos imaginar con horror. Martínez, alarmado por sus descubrimientos, intentó publicar un artículo académico sobre la hermandad y su posible conexión con el caso Cruz. Sin embargo, el artículo fue rechazado por todas las revistas a las que lo envió. Poco después, el joven investigador fue despedido de su puesto en el archivo histórico, supuestamente por irregularidades en el manejo de documentos.
La caja con los documentos sobre sociedades secretas desapareció durante una reorganización del archivo poco después. Martínez abandonó su investigación y siguiendo un patrón que ya no resulta familiar, se trasladó a la Ciudad de México, donde continuó su carrera académica en campos menos controvertidos.
Pero no todos los cabos quedaron sueltos. En 1971, cuando se derribó el antiguo edificio que había albergado la tienda de Federico Cruz para construir un moderno centro comercial, los trabajadores encontraron algo inquietante en los cimientos. Una pequeña cámara sellada de aproximadamente 2 m² escondida bajo el suelo de la trastienda.
Dentro de la cámara había diversos objetos, libros de ocultismo en varios idiomas, un altar improvisado con símbolos extraños tallados en la madera y, lo más perturbador, frascos con lo que parecían ser restos humanos conservados en Formol. También se encontró un diario presuntamente escrito por el propio Federico Cruz, que arrojaba nueva luz sobre el caso.
El diario, aunque parcialmente dañado por la humedad, contenía entradas que abarcaban desde 1910 hasta poco antes de la muerte de Federico en 1918. Las primeras páginas describían su iniciación en la hermandad, presentada como una oportunidad para ascender socialmente y asegurar el éxito de sus negocios. Con el tiempo, sin embargo, el tono cambia.
Cruz describe rituales cada vez más oscuros, reuniones donde se mezclaban el poder, la avaricia y prácticas que él mismo califica como blasfemas, pero necesarias para mantener su posición. Una entrada de septiembre de 1917 resulta particularmente reveladora. R ha descubierto parte de la verdad. Amenaza con exponernos si no abandono la hermandad.
no entiende que es demasiado tarde, que no hay salida, el ojo siempre vigila. Le he pedido que regrese a sus estudios en la capital, pero se niega. Temo que su obstinación nos ponga a todos en peligro. Esta entrada parece confirmar que Rodrigo, el hijo mayor de los Cruz, había descubierto las actividades secretas de su padre y se oponía a ellas.
Su regreso precipitado de la Ciudad de México no fue por problemas académicos, como se dijo oficialmente, sino para enfrentar a su padre y proteger a su familia. Las entradas de febrero y marzo de 1918 son especialmente estremecedoras. Federico escribe sobre la necesidad de un sacrificio significativo para el ritual del equinoccio.
La hermandad, según explica, atravesaba un momento crítico. Algunos miembros habían sido expuestos en otras ciudades y se temía que el grupo en VillaHermosa corriera la misma suerte. El vigilante mayor ha dejado claro que necesitamos un sacrificio poderoso”, escribió Cruz el 20 de febrero. Algo que demuestre nuestra total lealtad a la hermandad.
Solo así podremos asegurar nuestra protección y prosperidad. He meditado mucho sobre esto. El sacrificio debe ser algo verdaderamente valioso para mí. Solo así tendrá el poder necesario. La entrada del 10 de marzo, tres días antes de la desaparición de Julieta, es la más inquietante. J. Ha estadomeando.
Hoy la encontré en mi despacho revisando mis documentos. Temo que haya descubierto la entrada al sótano. Cuando la confronté, negó todo, pero vi el miedo en sus ojos. Más tarde la escuché hablar con Carmela, mencionando al padre Montero. Esto complica las cosas. Pero quizás también ofrece una solución. El vigilante mayor ha aprobado mi propuesta. El sacrificio será aceptado.
Que el ojo me perdone. La última entrada fechada el 12 de marzo es breve y perturbadora. Todo está preparado para mañana. J asistirá a misa como siempre. R. Ha sido enviado a frontera por negocios y Carmela llevará a M, al médico en San Juan Bautista. La casa estará vacía. El hermano ejecutor se encargará de interceptarla a su regreso de la catedral.
El ritual tendrá lugar al mediodía, cuando el sol esté en su sénit. Que su sacrificio nos fortalezca a todos. No hay más entradas después de esta. Presumiblemente los eventos del 13 de marzo se desarrollaron según lo planeado. Julieta Cruz fue interceptada después de misa, llevada al sótano de su propia casa y sacrificada en un ritual cuya naturaleza exacta solo podemos imaginar con horror.
El diario de Federico termina abruptamente, pero las últimas páginas contienen fragmentos inconexos que sugieren un rápido deterioro mental tras la muerte de su hija. La escucho caminar por la casa durante las noches. Escribe en lo que parece ser una entrada de abril. Sus pasos sobre el suelo de madera. A veces se detiene frente a mi puerta.
Sé que está esperando. Y más adelante, Carmela sabe la verdad. Lo veo en sus ojos. No me acusa, no me grita, pero su silencio es peor que cualquier reproche. R también sospecha. Me mira con odio. Solo M parece ajeno. Pero incluso él ha comenzado a dibujar cosas, cosas que no debería conocer. La última página legible contiene solo una frase escrita con una caligrafía temblorosa.
El ojo me observa desde las sombras. Ya no me protege. Ahora me juzga. El hallazgo de este diario y la cámara oculta generó un breve revuelo en Villa Hermosa. Sin embargo, como había ocurrido tantas veces antes, el caso fue rápidamente silenciado. Los objetos encontrados fueron confiscados por las autoridades y, según los registros oficiales, enviados a la Ciudad de México para su análisis. Nunca más se supo de ellos.
El periodista local Carlos Domínguez del diario La Verdad de Tabasco intentó publicar una serie de artículos sobre el caso en 1972, conectando los nuevos hallazgos con la desaparición de Julieta y las actividades de la hermandad. Solo apareció el primer artículo de la serie.
El periódico recibió presiones para detener la publicación y Domínguez fue recomendado a un puesto en un diario de Tuxla Gutiérrez, lejos de Villa Hermosa y sus secretos. Con los años, el caso Cruz fue gradualmente olvidado por la mayoría de los habitantes de Villa Herermosa. Las nuevas generaciones crecieron sin conocer esta oscura historia.
El terreno donde una vez se alzó la casona de los Cruz se convirtió en un estacionamiento y posteriormente en un pequeño centro comercial. Nada indica hoy que allí ocurrieron los terribles eventos que hemos relatado. Sin embargo, para algunos el recuerdo permanece. Entre los ancianos que aún viven en el centro histórico de Villahermosa circulan historias sobre la chica del vestido blanco, que a veces se ve caminando cerca del río en las madrugadas de marzo, especialmente alrededor del día 13.
Dicen que lleva un pequeño ramo de asucenas y que su rostro muestra una tristeza infinita. También hay quienes aseguran que en el lugar donde estuvo la casona, ahora ocupado por tiendas y oficinas, ocurren cosas extrañas. Empleados que trabajan hasta tarde reportan ruidos inexplicables como pasos sobre un suelo de madera que ya no existe.
Algunos mencionan una sensación de frío repentino, especialmente en la zona que correspondería al antiguo despacho de Federico Cruz, bajo el cual estuvo oculto el sótano, donde probablemente murió Julieta. Pero quizás lo más inquietante son los rumores sobre la hermandad.
Algunos creen que nunca desapareció realmente, que simplemente se volvió más discreta, adaptándose a los nuevos tiempos, que sus miembros siguen reuniéndose en secreto, manteniendo vivas tradiciones oscuras que se remontan a principios del siglo XX. En 1988, una serie de desapariciones de jóvenes en VillaHermosa revivió brevemente los recuerdos del caso Cruz.
Tres muchachas, todas de entre 17 y 20 años, desaparecieron en circunstancias similares. Salieron de sus casas para realizar actividades cotidianas y nunca regresaron. Los cuerpos de dos de ellas fueron encontrados semanas después en las riberas del Grisalba, con signos de haber sido sometidas a algún tipo de ritual. La tercera nunca apareció.
La investigación policial dirigida por el comisario Héctor Mendoza, nieto de aquel Ramón Mendoza, que investigó la desaparición de Julieta Cruz, encontró inquietantes similitudes entre ambos casos. En su informe final, Mendoza menciona la posibilidad de que las desapariciones estuvieran relacionadas con actividades de grupos ocultistas que podrían tener conexión con sociedades secretas históricas de la región.
Sin embargo, antes de que pudiera profundizar en esta línea de investigación, el caso fue transferido a la jurisdicción federal y Mendoza fue reasignado a tareas administrativas. Las desapariciones fueron oficialmente atribuidas a un asesino serial no identificado y el caso se cerró sin resolverse cuando las desapariciones cesaron tan abruptamente como habían comenzado.
Héctor Mendoza, siguiendo la tradición familiar continuó investigando por su cuenta. En entrevistas concedidas después, ya jubilado y viviendo en Cancún, mencionó haber encontrado evidencias de que las jóvenes desaparecidas en 1988 habían estado investigando el caso de Julieta Cruz para un proyecto universitario. despertaron algo que debería haber permanecido dormido”, declaró en una entrevista para una revista de sucesos paranormales en 1997.
Hay secretos en Villa Hermosa que están protegidos por personas muy poderosas. Algunos de esos secretos tienen que ver con la hermandad y lo que le hicieron a Julieta Cruz. Mendoza falleció en 2003 y con él se perdió gran parte del conocimiento acumulado sobre el caso.
Sin embargo, su archivo personal, que incluía copias de documentos originales y notas de su investigación, fue donado por su familia a la biblioteca José Martí de VillaHermosa, donde puede ser consultado previa autorización. En 2006, la escritora Elena Fuentes publicó la novela El ojo que todo lo ve, basada libremente en el caso Cruz, aunque presentada como ficción.
La obra incluía detalles tan precisos sobre eventos y personas reales que muchos se preguntaron cuánto de verdad contenía. Fuentes nunca reveló sus fuentes, pero en el epílogo del libro menciona haber tenido acceso a documentos inéditos y testimonios de personas directamente relacionadas con los hechos. La novela generó un renovado interés por el caso, especialmente entre los jóvenes de Villaa.
Grupos de estudiantes comenzaron a investigar la historia visitando archivos, entrevistando a ancianos que pudieran recordar algo y explorando los lugares relacionados con el caso. fue uno de estos grupos quien en 2008 realizó un descubrimiento sorprendente mientras investigaban los registros de propiedad de la antigua Casona de los Cruz, encontraron que el terreno había pasado por numerosos propietarios desde 1919, pero ninguno había mantenido la propiedad por más de 5 años.
Todos los dueños anteriores al actual habían vendido precipitadamente, a menudo a precios muy por debajo del valor de mercado. Intrigados, los estudiantes contactaron a varios de estos antiguos propietarios. Los testimonios que recogieron eran inquietantemente similares.
Todos hablaban de sensaciones desagradables en el edificio, de presencias invisibles y de sonidos inexplicables durante las noches. Una antigua propietaria que había intentado abrir una tienda de ropa en el local a principios de los años 90, describió haber encontrado a su mercancía inexplicablemente manchada de un líquido oscuro en varias ocasiones, a pesar de que el local estaba bien sellado y no presentaba filtraciones.
Pero el testimonio más perturbador fue el de José Ramírez, quien había sido guardia de seguridad nocturno en el centro comercial construido sobre el terreno de los cruz entre 2002 y 2005. Ramírez describió numerosos incidentes extraños durante sus turnos. Luces que se encendían solas, objetos que cambiaban de lugar y lo más inquietante, llantos de mujer que parecían venir de las paredes mismas.
La peor noche fue el 13 de marzo de 2003″, relató Ramírez a los estudiantes. Estaba haciendo mi ronda habitual cuando escuché un ruido en la zona de almacenes. Cuando fui a investigar, vi a una joven de vestido blanco parada en el pasillo. Pensé que era una intrusa, así que le grité que se detuviera.
Ella me miró por un momento con el rostro más triste que he visto en mi vida y luego simplemente desapareció. No salió corriendo, no se escondió, simplemente ya no estaba allí. Renuncié a la semana siguiente. Los estudiantes recopilaron estos y otros testimonios en un documental titulado El secreto de Julieta, que presentaron como proyecto final en la escuela de comunicación de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco en 2009.
El documental, aunque Amateur, tuvo cierto impacto local y fue proyectado en pequeños cines independientes de Villa Hermosa. Tras la proyección, más personas se animaron a compartir sus experiencias relacionadas con la antigua propiedad de los Cruz y con la hermandad.
Un anciano que pidió mantenerse en el anonimato, afirmó que su abuelo había sido miembro de los guardianes del ojo en los años 20, después de los eventos que hemos relatado. Según este testimonio, la sociedad continuó activa hasta al menos los años 50, aunque cada vez más fragmentada y reducida. Mi abuelo nunca habló mucho del tema”, explicó el anciano, pero en sus últimos días, cuando ya estaba muy enfermo, me confesó algunas cosas.
Dijo que se habían hecho cosas terribles en nombre de Eljo y que él había participado en rituales que lo atormentarían hasta la muerte. mencionó específicamente a una joven llamada Julieta, diciendo que su espíritu nunca encontró descanso porque su cuerpo había sido profanado en un ritual blasfemo. Antes de morir, mi abuelo me hizo prometer que nunca me acercaría a ese lugar y que rezaría por el alma de la chica del vestido blanco.
A pesar del renovado interés en el caso, muchas preguntas siguen sin respuesta. ¿Qué era exactamente la hermandad del ojo que todo lo ve? ¿Qué tipo de rituales practicaban? ¿Qué ocurrió realmente con Rodrigo Cruz, el hermano mayor de Julieta, que desapareció de Villa Hermosa en 1919? Algunos de estos interrogantes podrían haberse aclarado en 2012, cuando durante unas obras de ampliación del sistema de drenaje cerca del antiguo terreno de los Cruz, los trabajadores encontraron una caja metálica herméticamente sellada.
Dentro había diversos documentos, incluyendo lo que parecía ser el diario completo de Julieta Cruz, no solo los fragmentos copiados por Teresa, la antigua cocinera. Sin embargo, antes de que pudiera ser examinado por expertos, el diario fue confiscado por autoridades federales no identificadas. El hallazgo ni siquiera fue reportado por los medios locales.
Solo se supo de él porque uno de los trabajadores que lo encontró lo comentó a un estudiante que investigaba el caso para su tesis de historia. Este patrón de ocultamiento y silenciamiento ha sido una constante en la historia del caso Cruz, como si incluso después de más de 100 años hubiera fuerzas interesadas en mantener oculta la verdad.
sobre lo que ocurrió en aquella casona de Villa en marzo de 1918. En 2018, coincidiendo con el centenario de la desaparición de Julieta, un grupo de historiadores y periodistas independientes intentó organizar un simposio para discutir el caso y presentar nuevas investigaciones. El evento programado para realizarse en la biblioteca José Martí fue cancelado apenas una semana antes por razones administrativas.
Uno de los organizadores, el periodista independiente Miguel Ángel Soler, expresó públicamente su frustración. Después de 100 años, el caso de Julieta Cruz sigue siendo un tema tabú en Villa Hermosa. Cada vez que intentamos arrojar luz sobre lo que realmente ocurrió, nos encontramos con puertas cerradas y silencios cómplices.
Es como si el ojo siguiera vigilando, asegurándose de que ciertos secretos permanezcan enterrados. Soler tenía razón en más de un sentido. Apenas un mes después de estas declaraciones, su apartamento fue misteriosamente asaltado. Aunque no se llevaron objetos de valor, todos sus archivos relacionados con el caso Cruz desaparecieron, incluyendo copias digitales guardadas en su computadora.
El mensaje era claro, incluso un siglo después, hay secretos en VillaHermosa que alguien quiere mantener ocultos y así llegamos al presente. El caso de Julieta Cruz sigue siendo un misterio no resuelto, una herida abierta en la historia de Villa Hermosa. Los hechos que hemos relatado están basados en documentos históricos, testimonios y evidencias recogidas a lo largo de décadas.
Sin embargo, muchas piezas del rompecabezas siguen faltando, ocultas por el tiempo y por aquellos que tienen interés en que la verdad completa nunca salga a la luz. Lo que sabemos con certeza es que una joven de 18 años desapareció un día de marzo de 1918 y que su desaparición estuvo rodeada de circunstancias inquietantes. Sabemos que su padre estaba involucrado en una sociedad secreta llamada La Hermandad del Ojo, que todo lo ve, y que esta organización practicaba rituales oscuros que podrían haber incluido sacrificios humanos. Sabemos que Julieta
descubrió algo sobre las actividades de su padre, algo tan perturbador que decidió buscar ayuda. Y sabemos que antes de que pudiera recibir esa ayuda desapareció. Los restos encontrados décadas después en el sótano de la casa sugieren que murió allí, posiblemente como parte de un ritual macabro. Lo que no sabemos es quiénes más estaban involucrados, qué alcance real tenía la hermandad y si, como sugieren algunos testimonios, esta organización o alguna versión moderna de ella sigue activa en la actualidad. Para los habitantes de
Villa Herermosa, el caso Cruz es parte del folklore local, una historia de terror que los padres cuentan a sus hijos para mantenerlos alejados de lugares peligrosos. Para los historiadores y periodistas que han intentado investigarlo, es un enigma frustrante, lleno de documentos desaparecidos y testigos silenciados.
Y para Julieta Cruz, si los testimonios sobre apariciones son ciertos, es una tragedia sin fin, un alma atrapada entre dos mundos, condenada a vagar eternamente por los lugares que una vez llamó hogar. El escritor William Folkner dijo una vez, “El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado.” En el caso de Julieta Cruz, estas palabras adquieren un significado perturbadoramente literal.
Su historia ocurrida hace más de un siglo sigue viva en la memoria colectiva de VillaHermosa, un eco del pasado que se niega a desvanecerse. Y mientras el río Grijalba sigue su curso imperturbable y los edificios modernos reemplazan a las antiguas casonas coloniales, hay quienes juran que en ciertas noches, especialmente alrededor del 13 de marzo, se puede ver a una joven de vestido blanco caminando lentamente por las calles del centro histórico, con un pequeño ramo de asucenas en las manos y una expresión de infinita tristeza en el rostro. No todos los muertos descansan en paz”,
me dijo una anciana de Villa Herermosa cuando le pregunté sobre la leyenda. “Algunos tienen asuntos pendientes, cuentas que saldar, verdades que revelar. Y mientras esas verdades sigan ocultas, ellos seguirán entre nosotros, recordándonos que el pasado nunca muere realmente.
Si alguna vez visitas Villa Hermosa y te encuentras paseando por su centro histórico al anochecer, presta atención a tu entorno. Mira hacia las ventanas de los antiguos edificios. Escucha los sonidos que trae la brisa desde el río. Y si por casualidad ves a una joven de vestido blanco con un ramo de azucenas, no la sigas. No intentes hablarle.
Simplemente inclina la cabeza en señal de respeto y sigue tu camino. Porque hay secretos que es mejor no conocer. Hay historias que es mejor no investigar demasiado y hay ojos que aún después de un siglo siguen vigilando desde las sombras, asegurándose de que ciertos horrores permanezcan enterrados en el pasado.
O al menos eso es lo que quieren que creamos. Esta ha sido la historia del horripilante caso de Julieta Cruz ocurrido en Villaosa, Tabasco, en marzo de 1918. una historia de terror psicológico basada en hechos que, aunque presentados como reales, son producto de la investigación y reconstrucción histórica.
Una historia que nos recuerda que los verdaderos horrores no son los monstruos sobrenaturales, sino lo que los seres humanos son capaces de hacer en nombre del poder, la ambición y el fanatismo. Una historia que, como tantas otras, seguirá susurrándose en las noches de Villa Hermosa, manteniendo viva la memoria de aquella joven que hace más de un siglo descubrió algo que no debía y pagó el precio más alto por su valentía.
Descansa en paz, Julieta Cruz, si es que el descanso es posible para alguien como tú. M.
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