20 años desaparecida — su madre juró escucharla cantar en el desván
En la tranquila ciudad de Guanajuato, México, una joven de 19 años salió de su casa una tarde de octubre de 2003 para encontrarse con una amiga. Nunca regresó. Durante dos décadas, su familia vivió en la incertidumbre más absoluta, sin un solo rastro, sin una pista concreta, hasta que en junio de 2023 su madre, ahora una mujer de 67 años marcada por el tiempo y el dolor, juró haber escuchado algo que heló su sangre, la voz de su hija cantando la misma canción de kuna que ella le cantaba cuando era niña, proveniente del desván de su propia casa. ¿Cómo es posible que
durante 20 años la respuesta haya estado tan cerca? Lo que descubrieron después desafiaría todo lo que creían saber sobre aquella tarde de octubre. Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo.
Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo. Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Guanajuato es una ciudad que respira historia en cada una de sus calles empedradas.
Declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1988, esta ciudad del Bajío Mexicano es conocida por su arquitectura colonial, sus callejones estrechos y sinuosos y por el festival internacional servantino que atrae a artistas de todo el mundo cada octubre. Pero más allá de su belleza turística, Guanajuato es una ciudad de contrastes.
Zonas históricas perfectamente preservadas conviven con barrios obreros donde las familias trabajadoras luchan día a día por salir adelante. En el barrio de la presa, una zona de clase media baja situada en las faldas de los cerros que rodean la ciudad, vivía la familia Salazar Torres. La casa era modesta pero digna.
Una construcción de dos pisos con fachada color terracota, característica de la región, con un pequeño patio interior y un desván al que prácticamente nadie subía, porque hacía un calor insoportable en verano y servía solo para guardar trastos viejos, cajas con fotografías y los adornos navideños. Beatriz Salazar Torres, a quien todos llamaban Betty, había nacido el 8 de febrero de 1984 en el Hospital General de Guanajuato. Era la segunda de tres hermanos.
Ricardo, dos años mayor, trabajaba como mecánico en un taller cerca del Mercado Hidalgo y Sofía, 4 años menor, estudiaba la preparatoria cuando Betty desapareció. Su padre, Aurelio Salazar era albañil y trabajaba en obras de construcción por toda la ciudad. Su madre, Guadalupe Torres, conocida como Lupita, trabajaba como empleada doméstica en casas del centro histórico, donde las familias adineradas pagaban mejor.
Betty era una joven de complexión delgada, 160 de estatura, con el cabello negro y lacio que le llegaba hasta la cintura. Ojos café oscuro y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Tenía un lunar pequeño en la mejilla izquierda que se hacía más notorio cuando sonreía. Le encantaba cantar, especialmente las canciones de Juan Gabriel y Ana Gabriel, y soñaba con algún día presentarse en el teatro Juárez durante el Cervantino, aunque sabía que eso era solo un sueño imposible para alguien como ella. Había terminado la preparatoria con calificaciones apenas suficientes en
julio de 2003. No era que no fuera inteligente, sino que tuvo que trabajar desde los 15 años para ayudar con los gastos de la casa. Trabajaba medio tiempo en una tienda de abarrotes cerca de la alóndiga de Granaditas, donde ganaba 400 pesos a la semana. El dueño, don Armando, un señor de casi 60 años con bigote espeso y panza prominente, siempre la trataba con respeto y le permitía ajustar su horario cuando tenía exámenes. Betty tenía una relación complicada con su familia, como la mayoría de los jóvenes de su edad. Con
Ricardo apenas se hablaba, él pasaba la mayor parte del tiempo en el taller con sus amigos tomando cerveza los fines de semana con Sofía la relación era mejor. Aunque la diferencia de edad creaba cierta distancia, Sofía la admiraba, pero también le tenía algo de envidia, porque Betty siempre había sido la bonita de la familia, la que llamaba la atención cuando caminaban juntas por el jardín de la Unión. Con su padre la relación era tensa.
Aurelio era un hombre de la vieja escuela, autoritario, que creía que las mujeres debían estar en casa y no andar de callejeras. Más de una vez habían discutido porque Betty llegaba tarde de ver a sus amigas. Él le había dejado claro que mientras viviera bajo su techo tenía que seguir sus reglas.
Pero con Lupita, su madre, Betty tenía una conexión especial. Lupita la entendía. Recordaba cómo era ser joven y tener sueños en una familia donde el dinero apenas alcanzaba. Una de las cosas que más unía a Betty y Lupita era una canción de cuna que la madre le cantaba cuando era pequeña a la orilla de un palmar.
No era una canción famosa, sino una que la abuela de Lupita le había enseñado, transmitida de generación en generación. Lupita se la cantaba a Betty cuando tenía pesadillas o cuando estaba enferma. Incluso cuando Betty ya era adolescente, a veces le pedía a su madre que se la cantara cuando tenía un día difícil. Era su pequeño ritual privado, algo que solo ellas dos compartían.
En octubre de 2003, Guanajuato estaba en pleno festival servantino. La ciudad se llenaba de turistas, artistas callejeros, vendedores ambulantes y un ambiente festivo que contrastaba con la rutina diaria de los habitantes locales. había conseguido algunos turnos extra en la tienda de abarrotes, porque don Armando sabía que durante el festival vendían más a los turistas que se perdían por las calles buscando botanas y bebidas frías.
Betty tenía una mejor amiga desde la secundaria, Claudia Ramírez, una chica de su misma edad que vivía en el barrio de Pastita, al otro lado de la ciudad. Claudia era más extrovertida que Betty, más atrevida. Trabajaba en una cafetería cerca del teatro Juárez y siempre estaba contando historias sobre los turistas que conocía, los artistas que pasaban por ahí.
Las dos soñaban con una vida diferente, con salir de Guanajuato algún día, aunque ninguna sabía muy bien cómo lograrlo. El jueves 23 de octubre de 2003 amaneció nublado en Guanajuato con esa humedad característica que precede a las últimas lluvias de temporada. La temperatura rondaba los 18 gr por la mañana. Betty se levantó a las 7, como siempre.
Se escuchaba desde la cocina el sonido de la radio que Lupita encendía todas las mañanas sintonizada en la estación local donde pasaban noticias y música regional. Ese día, Betty tenía turno en la tienda de abarrotes desde las 9 de la mañana hasta las 4 de la tarde. Se vistió con unos jeans azules, una blusa blanca con pequeñas flores bordadas que su madre le había regalado en su último cumpleaños y sus tenis blancos que ya mostraban signos de desgaste.
Se recogió el cabello en una cola de caballo alta, se puso un poco de rímel y brillo labial. Lo único que usaba de maquillaje porque no le alcanzaba para más. Desayunó rápido, frijoles refritos, dos tortillas calientes y un vaso de café con leche. Su padre ya se había ido a trabajar a las 6:30. Ricardo dormía todavía porque su turno en el taller empezaba a las 10.
Sofía estaba arreglándose para ir a la preparatoria. ¿A qué hora llegas hoy? le preguntó Lupita mientras lavaba los platos en el fregadero de cemento. Como a las 4:30, ma. Voy a pasar a la papelería a comprar unas hojas porque tengo que entregar un trabajo mañana, respondió Betty terminando su café de un trago.
¿Y en la noche qué vas a hacer? Betty dudó un segundo antes de responder. Claudia me habló ayer. Dice que quiere que nos veamos porque tiene que contarme algo importante. Quedamos de vernos como a las 6 en el jardín de la Unión. Lupita la miró con esa mezcla de preocupación y resignación que tienen las madres. No llegues muy tarde. Ya sabes cómo se pone tu papá cuando no estás aquí para la cena. Sí, ma. A más tardar, a las 9 estoy de vuelta, lo prometo.
Betty le dio un beso rápido en la mejilla a su madre. Tomó su pequeña mochila de mezclilla donde llevaba su cartera con su credencial de la preparatoria, unos 50 pesos, un peine y su lápiz labial, y salió de la casa. Eran las 8:15 de la mañana. Caminó por las calles empedradas de la presa hasta llegar a la parada del autobús que la llevaba al centro. El recorrido duraba unos 20 minutos.
Don Armando, el dueño de la tienda, la recibió con su habitual Buenos días, mija, y le indicó que necesitaban organizar el almacén porque había llegado mercancía nueva. La jornada transcurrió con normalidad. Betty atendió clientes, acomodó productos en los anaqueles, cobró en la pequeña caja registradora.
A eso de las 2 de la tarde llegó un grupo de turistas españoles preguntando dónde podían comprar artesanías típicas y ella les indicó cómo llegar al mercado. Uno de los turistas, un hombre de unos 30 años, le preguntó si ella era de ahí y le hizo algunos comentarios sobre lo bonita que era la ciudad. Betty fue cortés, pero distante, como siempre con los turistas que intentaban entablar conversación más allá de lo necesario. A las 4 en punto, tal como había dicho, terminó su turno.
Don Armando le pagó los 200 pesos que le correspondían por los dos días trabajados. Betty los guardó cuidadosamente en su cartera y se despidió. “¿Mañana vienes?”, preguntó don Armando. No, don Armando. Mañana tengo que entregar un trabajo en la escuela, pero el sábado sí vengo como siempre. Está bien, mija, que te vaya bien.
Betty salió de la tienda a las 4:7 minutos. Esto lo sabemos con exactitud porque una clienta, la señora Elena Márquez, que tenía una pequeña fonda en la misma calle, la vio salir y consultó su reloj porque estaba esperando una entrega de verduras que ya se había La señora Márquez recordaría este detalle semanas después, cuando los investigadores comenzaran a reconstruir el último día de Betty.
caminó tres cuadras hasta una papelería que estaba cerca del jardín de la reforma. Entró y compró un paquete de hojas tamaño carta y un bolígrafo azul. La dependienta, una mujer de mediana edad, no recordaría después nada particular porque atendía a decenas de estudiantes todos los días.
La transacción quedó registrada en el ticket de compra que encontraron después en la mochila de Betty. Las 16:23 horas, desde la papelería hasta su casa había aproximadamente 25 minutos en autobús o podía caminar hasta el jardín de la Unión, donde había quedado con Claudia en unos 15 minutos. Betty decidió caminar. Según el testimonio de Claudia, habían quedado de verse a las 6. Así que Betty tenía tiempo de sobra.
Aquí es donde la cronología se vuelve crucial para entender lo que pasó después. Según varios testigos que los investigadores localizaron semanas después, Betty fue vista caminando por la calle Sopeña alrededor de las 4:30 de la tarde. Un vendedor de helados ambulante, el señor Jesús Fernández, recordó haberla visto porque ella se detuvo un momento frente a su carrito.
Pareció considerar comprar un helado, pero finalmente siguió caminando. El Sr. Fernández tenía buena memoria para las caras porque pasaba todo el día observando a la gente tratando de captar clientes. A las 510 Betty fue vista entrando a una farmacia cerca del callejón del Beso. La empleada, una joven de nombre Patricia Guzmán, recordó que Betty preguntó por el precio de un medicamento para el dolor de cabeza.
Cuando la empleada le dijo que costaba 35 pesos, Betty dijo que lo pensaría y salió sin comprar nada. Este detalle sugiere que Betty tenía dolor de cabeza ese día, algo que su familia confirmaría después. Betty sufría de migrañas ocasionales, especialmente cuando estaba estresada o cuando el clima estaba por cambiar.
Después de la farmacia, Betty aparentemente continuó su camino hacia el jardín de la Unión. La distancia desde esa farmacia hasta el jardín era de apenas 10 minutos caminando. Llegó al jardín aproximadamente a las 5 de la tarde, una hora antes de lo acordado con Claudia. El jardín de la Unión es el corazón social de Guanajuato, un espacio triangular rodeado de árboles de laurel cuidadosamente podados con bancas de hierro forjado pintadas de verde.
Un kiosco central donde frecuentemente tocan estudiantinas y rodeado de restaurantes y cafeterías. Durante el festival servantino el lugar estaba abarrotado de gente, turistas tomando fotografías, artistas callejeros. vendedores de artesanías, estudiantes locales. Varios testigos confirmaron haber visto a Betty sentada en una de las bancas del lado oeste del jardín, cerca del Teatro Juárez.
Estaba sola con su mochila en el regazo, aparentemente esperando a alguien. Una pareja de turistas canadienses, los esposos Thompson, que estaban de luna de miel, tomaron varias fotografías del jardín ese día y en una de ellas, al fondo, aparece Betty sentada en la banca. La hora del archivo digital de la fotografía. 17:14.
A las 5:30 aproximadamente, Betty seguía en la misma banca. Un estudiante de la Universidad de Guanajuato, Carlos Mendoza, que frecuentaba el jardín, la vio y la reconoció porque había ido algunas veces a comprar a la tienda de abarrotes donde ella trabajaba. Él iba acompañado de dos amigos y consideró acercarse a saludarla, pero finalmente no lo hizo porque se veía como concentrada en algo, como preocupada, según sus propias palabras. A las 6:10, Claudia llegó al jardín.
Buscó a Betty con la mirada en el lugar donde habitualmente se encontraban, la banca cerca de la fuente, pero no la vio. Dio una vuelta completa al jardín. Nada. sacó su celular Nokia, de esos que apenas comenzaban a popularizarse en 2003, y llamó al número de casa de Betty. Lupita contestó, “Buenas tardes, señora Lupita.
¿Está Betty? Habíamos quedado de vernos y no la veo. Betty salió de trabajar a las 4. Mi hija me dijo que iba a verte al jardín. No ha llegado. No, señora, no la he visto. A lo mejor se retrasó. Si llega a su casa, ¿me puede decir que me hable? Sí, mi hija, en cuanto llegue le digo. Claudia esperó en el jardín hasta las 6:30.
Volvió a llamar a la casa de Betty. Esta vez contestó Sofía, quien le dijo que su hermana no había llegado. A las 7, preocupada, pero todavía no alarmada, Claudia decidió irse a su casa. Pensó que tal vez Betty había tenido algún inconveniente que la llamaría después para explicarle, pero esa llamada nunca llegó. A las 7:30 de la noche, Lupita comenzó a preocuparse de verdad.
Betty le había prometido estar de vuelta a las 9 como máximo, pero generalmente llamaba si iba a retrasarse. Lupita llamó a la casa de Claudia. La madre de Claudia le pasó el teléfono a su hija. Claudia, Betty está contigo. No, señora. Yo la esperé en el jardín, pero nunca llegó. Pensé que tal vez había cambiado de planes.
Un escalofrío recorrió la espalda de Lupita. Nunca la viste. Ni siquiera llegó al jardín. No, señora, la estuve esperando hasta las 6:30. Lupita colgó el teléfono con manos temblorosas. Aurelio había llegado a casa a las 7, cansado y hambriento como siempre. Cuando Lupita le contó que Betty no había llegado y que Claudia no la había visto, él al principio se enojó.
Esa muchacha ya está grande para andar preocupando a su madre. Seguro se fue con algún amigo y ahora inventa que se le hizo tarde. Pero cuando dieron las 9 de la noche y Betty no aparecía, incluso Aurelio comenzó a preocuparse. A las 10, después de llamar a todos los conocidos de Betty sin obtener ninguna información, Aurelio y Ricardo salieron a buscarla.
Ah, recorrieron el jardín de la Unión. Preguntaron en las cafeterías cercanas, caminaron por las calles del centro. Nada. A las 11:30 de la noche, Aurelio tomó la decisión de ir a reportar la desaparición a la Fiscalía General del Estado de Guanajuato, ubicada en la carretera a marfil. El oficial de guardia, un hombre de mediana edad con aspecto aburrido, tomó los datos con desgano.
Mire, señor, las personas adultas tienen derecho a irse cuando quieran. Su hija tiene 19 años, no es menor de edad, probablemente se fue con el novio o con unas amigas y está por ahí divirtiéndose. Mi hija no tiene novio y no es de las que desaparecen así. Algo le pasó, insistió Aurelio.
Le voy a tomar los datos, pero la verdad es que tenemos que esperar al menos 24 horas para iniciar una búsqueda formal. La mayoría de estos casos se resuelven solos cuando la persona regresa. Esa noche nadie en la casa Salazar Torres durmió. Lupita se sentó en la sala con las luces encendidas, esperando escuchar el sonido de la puerta, los pasos de su hija. Ricardo salió tres veces más durante la madrugada a recorrer las calles.
Sofía lloró en su habitación abrazando una fotografía de su hermana. El viernes 24 de octubre amaneció gris y frío. Betty no había regresado. Cuando pasaron las 24 horas reglamentarias, la Fiscalía de Guanajuato abrió oficialmente el caso de persona desaparecida. El expediente 2003 42Q2003 quedó a cargo del detective Rogelio Campos, un hombre de 42 años con 15 años de experiencia en la policía estatal.
Campos era conocido por ser meticuloso, aunque también por su tendencia a asumir que las mujeres jóvenes desaparecidas generalmente habían huído voluntariamente. La primera acción de campos fue interrogar a la familia. Habló con cada miembro por separado en las oficinas de la fiscalía. Un edificio gris de tres pisos que olía a humedad y papel viejo.
“Betty tenía novio?”, le preguntó a Lupita. No que yo supiera, ella me contaba todo. Ningún pretendiente, ningún hombre que la molestara. Lupita pensó cuidadosamente. En la tienda donde trabajaba a veces llegaban clientes que le decían cosas, ya sabe cómo son los hombres, pero nada serio. Don Armando siempre la cuidaba. y problemas en la familia. Discusiones.
Lupita titubeó, pues normales. Su papá es estricto. A veces discutían porque él pensaba que ella salía mucho, pero nada fuera de lo normal. Cuando Campos interrogó a Aurelio, el padre estaba tenso a la defensiva. ¿Cuándo fue la última vez que discutió con su hija? No sé.
Hace unos días le dije que no me gustaba que anduviera de callejera. ¿Cómo reaccionó ella? ¿Cómo reaccionan todas las muchachas de esa edad? Se enojó, se fue a su cuarto dando un portazo. ¿Cree que pudo haberse ido de casa voluntariamente? Aurelio apretó los puños. Mi hija no se fue. A ella le pasó algo.
¿Por qué no están buscándola en lugar de estar aquí haciéndome estas preguntas estúpidas? Campos también entrevistó a Claudia, quien proporcionó detalles sobre los últimos días de Betty. Parecía normal. Me dijo que quería verme porque tenía algo importante que contarme, pero no me dijo que era. Pensé que era algo sobre un chico o algo así.
¿Qué tipo de cosas le contaba normalmente? De todo, de su familia, de su trabajo, de lo mucho que quería salir de Guanajuato algún día. Esta última información hizo que Campos inclinara su investigación hacia la teoría de la huida voluntaria. En su experiencia, las jóvenes que hablaban de querer irse eventualmente lo hacían. Sin embargo, la investigación siguió su curso.
Se emitió una alerta estatal con la descripción física de Betty. Se distribuyeron volantes con su fotografía en todo Guanajuato y las ciudades cercanas. La familia pegó carteles en postes, paredes, cualquier superficie disponible. Has visto a Beatriz Salazar Torres, desaparecida desde el 23 de octubre de 2003.
Don Armando, el dueño de la tienda de abarrotes, fue interrogado extensamente. Los investigadores revisaron cada transacción del día, cada persona que había entrado. Don Armando cooperó completamente, incluso proporcionó las grabaciones de la única cámara de seguridad que tenía, aunque la calidad era tan mala que apenas se distinguían las caras.
Se entrevistó a la señora Elena Márquez, quien confirmó haber visto a Betty salir de la tienda a las 4:7. Se localizó al vendedor de helados, al empleado de la papelería, a la trabajadora de la farmacia. Se consiguieron las fotografías de los turistas canadienses donde aparecía Betty en el jardín. Pero después de las 5:30 de la tarde del 23 de octubre, Betty simplemente se desvaneció como si la tierra se la hubiera tragado.
Campos tenía varias teorías. La primera, Betty había conocido a alguien en el jardín y se había ido voluntariamente con esa persona. La segunda había sido víctima de un secuestro exprés comunes en esa época en México. La tercera había sufrido algún accidente y estaba en algún hospital sin identificar.
Se revisaron todos los hospitales de Guanajuato y ciudades cercanas. Nada. Se verificaron las estaciones de autobuses, los registros de pasajeros. Nada. Se interrogó a conocidos, compañeros de la preparatoria, vecinos. Nadie sabía nada. ¿Y qué hay del estudiante Carlos que vio a Betty en la banca preocupada a las 5:30? Los investigadores lo interrogaron varias veces, pero su cuartada era sólida.
Después de ver a Betty, él y sus dos amigos fueron a una cantina cerca de la universidad, donde varios testigos los vieron hasta pasadas las 10 de la noche. Las semanas se convirtieron en meses. El caso de Betty se enfrió rápidamente. Campos fue asignado a otros casos más urgentes. Los carteles con la foto de Betty se fueron decolorando con el sol y la lluvia hasta que solo quedaron pedazos de papel rasgado pegados a los postes.
Los primeros se meses después de la desaparición de Betty fueron los más duros para la familia Salazar Torres. Lupita dejó de trabajar temporalmente porque no podía concentrarse en nada. Pasaba los días sentada junto a la ventana esperando ver a su hija caminar por la calle. dejó de cocinar, de limpiar, de hacer cualquier cosa que no fuera a esperar. Aurelio reaccionó de la forma opuesta.
Trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer, aceptando cualquier trabajo de construcción que le ofrecieran, como si el cansancio físico pudiera anestesiar el dolor emocional. En las noches se encerraba en su habitación o salía a caminar solo por horas. Nunca hablaba de Betty. Cuando alguien mencionaba su nombre, salía de la habitación.
Ricardo se sumergió en el alcohol. Llegaba borracho a casa varias noches a la semana. Había perdido su trabajo en el taller y había encontrado otro peor pagado en las afueras de la ciudad. Se culpaba por no haber sido un mejor hermano, por no haberla buscado más rápido aquella noche. Sofía, que apenas tenía 15 años cuando Betty desapareció, maduró de golpe.
Tuvo que asumir las responsabilidades de la casa. cocinar, limpiar, cuidar de su madre, que se había vuelto una sombra de lo que era. Terminó la preparatoria, pero renunció a su sueño de estudiar enfermería, porque la familia necesitaba que trabajara. Consiguió empleo en una fábrica de calzado en las afueras de Guanajuato. La casa misma cambió.
Antes era modesta, pero alegre, con el sonido constante de la radio, el olor de comida cocinándose, risas ocasionales. Ahora era un mausoleo. Los retratos de Betty colgados en las paredes se convirtieron en altares improvisados. Lupita no permitía que nadie tocara la habitación de Betty.
Su ropa seguía en el armario, sus zapatos ordenados junto a la cama, sus revistas de música apiladas en el escritorio, como si en cualquier momento ella fuera a regresar y retomar su vida. Claudia visitaba a la familia cada mes durante el primer año, pero después las visitas se espaciaron. Era demasiado doloroso. Cada vez que veía a Lupita, veía la pregunta silenciosa en sus ojos.
¿Por qué tú estás aquí y mi hija no? Claudia eventualmente se mudó a Guadalajara en 2006, buscando distanciarse de los recuerdos. Don Armando cerró la tienda de abarrotes en 2005. Algunos vecinos murmuraban que nunca se recuperó de los interrogatorios, de las miradas suspicaces, aunque nunca se encontró nada que lo vinculara con la desaparición. Se mudó a León y nadie volvió a saber de él.
En 2007, 4 años después de la desaparición, sucedió algo que renovó brevemente las esperanzas de la familia. Una mujer llamó a la fiscalía diciendo que había visto a alguien que se parecía mucho a Betty trabajando en un restaurante en Querétaro. Los investigadores siguieron la pista. La familia hizo el viaje de 3 horas con el corazón en la garganta.
Resultó ser una joven que se parecía físicamente a Betty, pero que claramente no era ella. La decepción fue devastadora. Hubo otras falsas alarmas a lo largo de los años. En 2009, alguien reportó haber visto a Betty en la Ciudad de México. En 2012, un hombre aseguró que una mujer que había conocido en Tijuana le había dicho que su nombre real era Beatriz y que había huído de Guanajuato años atrás.
Todas resultaron ser casos de identidad equivocada o historias fabricadas. Para 2013, 10 años después de la desaparición, el caso estaba completamente frío. El expediente 2003423 se había archivado junto con cientos de otros casos sin resolver. El detective Campo se había jubilado en 2010. Guanajuato había cambiado. Nuevas construcciones, nuevas generaciones que no recordaban a la joven de cabello negro que había desaparecido una tarde de octubre. Lupita, ahora con 57 años, había envejecido dos décadas en una.
Su cabello, antes negro ache, era completamente gris. Profundas arrugas surcaban su rostro. Había desarrollado diabetes e hipertensión, probablemente aceleradas por el estrés crónico, pero nunca, ni un solo día dejó de esperar. seguía encendiendo una veladora cada noche frente a la fotografía de Betty en la sala.
Seguía preguntándole a cualquier persona nueva que conocía. ¿Usted no habrá visto a mi hija? Aurelio había muerto en 2015 a los 63 años de un infarto masivo mientras trabajaba en una obra. Los médicos dijeron que su corazón estaba extremadamente débil, dañado por años de hipertensión no controlada y estrés. Pero Lupita sabía la verdad.
Su corazón se había roto el 23 de octubre de 2003 y simplemente había tardado 12 años en dejar de latir por completo. Antes de morir en el hospital, con Lupita tomándole la mano, Aurelio había susurrado, “Cuida a nuestra niña cuando la encuentres.” Ni siquiera en su lecho de muerte pudo decir su nombre.
Ricardo había logrado rehabilitarse del alcoholismo en 2011 gracias a un programa de alcohólicos anónimos. Se había casado en 2014 con una mujer llamada Mónica, que trabajaba como maestra de primaria. Tenían dos hijos pequeños. Ricardo había aprendido a vivir con el dolor, a funcionar a pesar de él, aunque confesó una vez a su esposa que no pasaba un solo día sin pensar en su hermana.
Sofía se había casado en 2010 con su novio de la preparatoria, Daniel Cortés, un empleado de banco. Vivían en una casa pequeña en el barrio de Marfil, no muy lejos de donde había crecido. Sofía visitaba a su madre dos veces por semana, le llevaba comida, se aseguraba de que tomara sus medicamentos. Había desarrollado ansiedad crónica y ataques de pánico, especialmente cuando sus propios hijos, una niña de 8 años y un niño de cinco, salían a jugar fuera de su vista.
La casa de la presa donde todo había comenzado seguía siendo el hogar de Lupita. Después de la muerte de Aurelio, ella se negó rotundamente a mudarse, a pesar de las súplicas de Ricardo y Sofía. ¿Cómo va a encontrarnos Betty si nos mudamos?, decía, “La lógica no importaba. El corazón de una madre que espera no entiende de lógica.
Para 2020, 17 años después de la desaparición, la vida en Guanajuato continuaba su curso normal. El festival cervantino seguía llenando las calles cada octubre. Los turistas seguían tomando fotos en el jardín de la Unión. Nuevas generaciones de estudiantes llenaban la universidad y en algún archivo polvoriento de la fiscalía, el expediente dos días 4 y2 2003 descansaba entre miles de otros casos olvidados.
Pero había algo que nadie sabía, algo que había estado ahí todo el tiempo esperando ser descubierto. En junio de 2023, Lupita tenía 67 años. Caminaba con dificultad debido a la artritis en sus rodillas. Su vista había empeorado considerablemente y usaba lentes gruesos que constantemente se le resbalaban por el puente de la nariz.
vivía de una pequeña pensión que el gobierno le daba como viuda y de la ayuda económica que Ricardo y Sofía le proporcionaban mensualmente. La casa estaba cayéndose a pedazos, las paredes mostraban grietas, la tubería goteaba constantemente, el techo de algunas habitaciones tenía manchas de humedad.
Ricardo y Daniel habían intentado convencerla de que al menos hicieran algunas reparaciones, pero Lupita se negaba a gastar dinero en eso. Es mi casa decía simplemente. La habitación de Betty seguía intacta, como un museo. Lupita entraba cada día a limpiar el polvo de los muebles, a ordenar cosas que ya estaban ordenadas.
A veces se sentaba en la cama de su hija y cerraba los ojos tratando de recordar su olor, el sonido de su risa, la sensación de su abrazo. Los recuerdos se habían vuelto borrosos con el tiempo, como fotografías que se desvanecen con la luz del sol, y eso la aterraba más que cualquier otra cosa. Sofía había comenzado a preocuparse seriamente por la salud mental de su madre.
Lupita había empezado a tener episodios extraños. Decía escuchar pasos en la casa cuando no había nadie más. Afirmaba que alguien movía sus cosas de lugar. Aseguraba que a veces olía el perfume barato que Betty usaba. El médico había sugerido que podrían ser signos tempranos de demencia, pero las pruebas cognitivas salían normales.
Son los recuerdos, Sofía, le decía Lupita. Mi Betty sigue aquí conmigo. Puedo sentirla. Sofía intercambiaba miradas preocupadas con Daniel. ¿Cuánto tiempo más podría su madre vivir sola? ¿Cuándo sería necesario tomar decisiones difíciles sobre su cuidado? El 18 de junio de 2023 fue un día particularmente caluroso en Guanajuato.
La temperatura alcanzó los 32ºC. Lupita había pasado la mayor parte del día en la sala con el ventilador encendido, viendo la televisión sin realmente prestar atención. Sus pensamientos, como siempre, estaban en Betty. En tres meses se cumpliría el vigésimo aniversario de su desaparición.
20 años, dos décadas, la mitad de su vida esperando. A las 8 de la noche, cuando el calor finalmente comenzó a ceder un poco, Lupita decidió prepararse para dormir. Subió las escaleras lentamente, deteniéndose en cada escalón para recuperar el aliento. Su habitación estaba en el segundo piso, al final del pasillo.
Para llegar tenía que pasar frente a la puerta del desván. El desván era un espacio al que nadie subía desde hacía años, quizás tres o cu años, la última vez que Ricardo había subido a buscar las decoraciones navideñas. Era un lugar incómodo, techo bajo, calor insoportable en verano, frío penetrante en invierno, lleno de polvo y telarañas.
Estaba repleto de cajas con cosas viejas que nadie quería tirar, pero que tampoco se usaban. ropa de bebé de cuando los niños eran pequeños, documentos antiguos, fotografías, juguetes rotos, una máquina de coser descompuesta que había pertenecido a la abuela de Lupita.
Lupita pasó frente a la puerta del desbán como lo hacía todas las noches sin prestarle atención. Pero entonces se detuvo. Había un sonido. Al principio pensó que era su imaginación o el viento o tal vez las ratas que ocasionalmente se metían al techo. Pero no, era diferente, era música. Lupita se quedó completamente inmóvil en el pasillo, conteniendo la respiración, agusando el oído.
El corazón comenzó a latirle más rápido. Sí, definitivamente era música o más bien una voz. Alguien estaba cantando. A la orilla de un palmar yo vi una joven bella. La sangre se heló en las venas de Lupita. Era imposible, absolutamente imposible. Pero esa voz, esa canción, su boquita de coral, sus ojitos de estrella, las piernas de Lupita comenzaron a temblar. Se aferró a la pared para no caerse.
Era la canción de Kuna, la canción que solo ella y Betty conocían. La canción que nadie más en el mundo sabía porque la abuela de Lupita había muerto hacía décadas y nunca se la había enseñado a nadie más. Y la voz, Dios santo. La voz sonaba exactamente como Betty a la orilla de un palmar. Yo vi una joven bella.
La canción se repetía suave, casi como un susurro, pero claramente audible en el silencio de la noche. Venía del desván, no había duda. Lupita sintió que iba a desmayarse. Su mente racional le decía que esto no podía estar pasando, que era imposible, que tenía que ser su imaginación, los efectos de la demencia que los doctores habían mencionado, un producto de su dolor y su desesperación.
Pero la voz seguía ahí, real, tangible. Con manos temblorosas, Lupita se acercó a la puerta del desbán. Era una puerta pequeña de madera vieja con una manija oxidada. Puso la mano en la manija. Estaba fría a pesar del calor del día. La canción continuaba suave e inquietante. Lupita abrió la puerta.
El desván estaba oscuro, iluminado apenas por la luz del pasillo que entraba por la puerta abierta. El olor a polvo y madera vieja le golpeó la nariz. La canción se había detenido abruptamente en el momento en que abrió la puerta. “Betty”, susurró Lupita en la oscuridad. “Hija, ¿eres tú?” “Silencio.
” Lupita tanteó la pared buscando el interruptor de luz. Lo encontró y lo accionó. Una bombilla desnuda de 40 W se encendió débilmente, proyectando sombras largas y amenazadoras. El desván estaba exactamente como siempre. Cajas apiladas contra las paredes, la vieja máquina de coser en un rincón, bolsas de ropa, adornos navideños, pero no había nadie, ninguna persona, ningún animal, nada que pudiera explicar la voz.
Lupita se quedó en la entrada, demasiado asustada para avanzar, demasiado impulsada por la esperanza para retroceder. Sus ojos recorrieron cada rincón del desván. Nada, estaba completamente vacío de vida. “Me estoy volviendo loca”, susurró para sí misma. “Finalmente me estoy volviendo loca.” Pero incluso mientras pensaba esto, una parte de ella, esa parte irracional que es el corazón de una madre, insistía.
La escuchaste, sabes que la escuchaste. Lupita cerró la puerta del desván lentamente y se fue a su habitación. Esa noche no durmió, se quedó acostada en la oscuridad, con los ojos abiertos, reproduciendo una y otra vez en su mente lo que había escuchado. Había sido real o su mente finalmente se había quebrado después de 20 años de dolor.
A la mañana siguiente, cuando Sofía llegó a visitarla como hacía cada lunes, encontró a su madre sentada en la sala con una taza de café frío en las manos, mirando la nada con ojos enrojecidos. “Mamá, ¿dormiste algo?” Lupita la miró como si estuviera a punto de decir algo, pero luego negó con la cabeza. “No mucho.” Sofía se sentó a su lado y le tomó la mano. “¿Qué pasa? Te ves peor que de costumbre. Lupita dudó.
Si le contaba lo que había escuchado, Sofía pensaría que estaba perdiendo la razón. Tal vez llamaría a Ricardo. Tal vez entre los dos decidirían que ya no podía vivir sola, que necesitaba estar en algún lugar donde la cuidaran. Y Lupita no podía dejar esta casa. No, mientras Betty pudiera regresar.
Nada, hija, solo una mala noche. Ya sabes cómo soy. Pero Sofía la conocía demasiado bien. Mamá, ¿qué pasó? Y entonces, porque guardar el secreto era más doloroso que compartirlo, Lupita le contó. Le contó sobre la voz en el desván, sobre la canción de Kuna, sobre cómo sonaba exactamente como Betty. Sofía escuchó en silencio su rostro mostrando una mezcla de preocupación y tristeza.
Cuando Lupita terminó, Sofía le apretó la mano con fuerza. Mamá, creo que deberíamos ir al doctor. Estos estos episodios que estás teniendo no fue un episodio, interrumpió Lupita con más firmeza de la que había mostrado en años. Sé lo que escuché. Era la voz de mi hija. Mamá, por favor. Betty desapareció hace 20 años.
No puede estar en el desván. Lo sé. No soy estúpida, Sofía. Sé que suena imposible, pero la escuché tan claramente como te estoy escuchando a ti ahora. Sofía suspiró. ¿Quieres que subamos a revisar el desbán? ¿Te haría sentir mejor? Lupita asintió. Las dos mujeres subieron las escaleras. Sofía abrió la puerta del desván, encendió la luz.
Revisaron cada caja, movieron cada objeto, no encontraron nada fuera de lo normal, ninguna explicación para la voz que Lupita había escuchado. ¿Ves, mamá? No hay nada aquí. Pero mientras bajaban las escaleras, Lupita no pudo evitar voltear a mirar la puerta del desván una vez más y en lo profundo de su ser, supo con absoluta certeza que lo que había escuchado era real.
Dos noches después, el 20 de junio, Lupita estaba nuevamente preparándose para dormir. Eran casi las 9 de la noche. Había estado tensa todo el día, anticipando, esperando. Parte de ella quería escuchar la voz otra vez como confirmación de que no se estaba volviendo loca. Otra parte la aterraba la posibilidad. Subió las escaleras más lentamente que de costumbre.
Cuando llegó al segundo piso, se detuvo frente a la puerta del desbán. Puso su oído contra la madera. Silencio. Esperó un minuto completo. Nada. Está bien, se dijo a sí misma. Fue mi imaginación después de todo. Se dio vuelta para ir a su habitación y entonces la escuchó. A la orilla de un palmar. Lupita se giró tan rápido que casi pierde el equilibrio.
Esta vez no había duda, no había manera de racionalizar. La voz estaba ahí, clara como el cristal, cantando la canción de Kuna. Con el corazón latiendo tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho, Lupita abrió la puerta del desván y encendió la luz de un solo movimiento. La canción se detuvo inmediatamente.
El desván estaba igual que antes, vacío, polvoriento, lleno de objetos olvidados. Pero ahora Lupita notó algo que no había visto la primera vez. En el rincón más alejado, detrás de varias cajas apiladas, había una pared que nunca antes había notado que estuviera ahí, o más bien siempre había estado ahí, pero nunca le había prestado atención.
Era una pared falsa. Guanajuato es famoso por sus túneles, por sus pasajes secretos, por las minas que recorren todo el subsuelo de la ciudad. Muchas casas antiguas tienen espacios ocultos, restos de antiguas modificaciones arquitectónicas, pero Lupita nunca había pensado que su casa tuviera algo así.
Mirando más de cerca, podía ver que parte de la pared tenía un color ligeramente diferente al resto, como si hubiera sido construida más recientemente. Y había una grieta apenas visible que recorría verticalmente uno de los lados. Con manos temblorosas, Lupita comenzó a mover las cajas que bloqueaban el acceso. Eran pesadas y tuvo que detenerse varias veces para recuperar el aliento, pero la adrenalina le daba una fuerza que no había sentido en años.
Detrás de las cajas, la pared falsa se hizo más evidente. Era un panel de madera pintado del mismo color que las paredes circundantes para disimularlo. Lupita pasó los dedos por la grieta. podía sentir aire frío viniendo del otro lado. Había un espacio detrás de esa pared. Lupita empujó el panel, no se movió, lo empujó más fuerte. Nada.
Buscó algún tipo de mecanismo, una manija, algo. Sus dedos encontraron un pequeño pestillo en la parte inferior, casi invisible por el polvo acumulado. Lo giró. El panel se abrió hacia dentro con un crujido espeluznante. Detrás había una oscuridad absoluta. Lupita sacó su celular con manos temblorosas y encendió la linterna.
El as de luz reveló una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad. “Dios mío”, susurró Lupita. Había un espacio secreto en su casa, un espacio del que nunca había sabido y la voz había venido de ahí. Lupita sabía que debería llamar a Ricardo, a Sofía, a la policía.
Sabía que no debería bajar sola, pero la posibilidad, por más imposible que fuera, de que su hija estuviera ahí abajo, comenzó a bajar las escaleras. Los escalones eran de piedra, húmedos y resbaladizos. Las paredes eran de roca, el techo tan bajo que Lupita tenía que agacharse. El aire olía a Mo y a algo más, algo que no podía identificar. Bajó seis escalones, 8, 10.
La luz de su celular apenas iluminaba un metro adelante. El corazón le latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. Entonces, al final de las escaleras, el espacio se abría en lo que parecía ser una habitación pequeña. Lupita dirigió la luz hacia adelante. Lo que vio la hizo gritar.
En el piso de la habitación, hecho un ovillo con ropa andrajosa y cabello largo y sucio que cubría su rostro, había un cuerpo. El cuerpo se movió. Lupita sintió que sus piernas cedían. se aferró a la pared para no caerse mientras la luz del celular temblaba en su mano. La figura en el piso levantó la cabeza lentamente. Y aunque el rostro estaba demacrado, aunque los ojos estaban hundidos, aunque 20 años habían dejado su marca brutal, Lupita reconoció esos ojos. Eran los ojos de su hija.
“Mamá”, dijo una voz ronca, como si no hubiera hablado en mucho tiempo. “¿Eres tú?” El celular se le cayó de las manos a Lupita. En la oscuridad que siguió, solo se escuchó su llanto, un llanto que contenía 20 años de dolor, terror, esperanza y amor. Betty logró decir, mi niña, mi Betty. Lo que sucedió en los siguientes minutos fue caótico.
Lupita, temblando incontrolablemente, logró encontrar su celular en la oscuridad. con dedos que apenas respondían, marcó el número de Ricardo. “Mamá, ¿qué pasa? Son casi las 10 de la noche. Ricardo la voz de Lupita era casi irreconocible entre soyosos e hiperventilación. Ricardo, ven ahora, ahora mismo. Trae a Sofía. Llama a la policía, llama a una ambulancia. ¿Qué? Mamá, cálmate.
¿Qué pasó? ¿Te caíste? La encontré. Ricardo, encontré a tu hermana. Betty está aquí. Hubo un silencio del otro lado de la línea que pareció durar una eternidad. ¿Que dijiste? Tu hermana está viva. Está aquí en la casa, en un espacio secreto en el desván. Ricardo, por favor, ven ahora. Ricardo no hizo más preguntas.
Voy para allá. No cuelgues. Lupita volvió a dirigir la luz del celular hacia su hija. Betty estaba sentada ahora. Con la espalda contra la pared, los brazos envueltos alrededor de sus rodillas. Era una imagen que rompía el corazón. Una mujer de casi 40 años que parecía un espectro con el cabello enmarañado que le llegaba casi a la cintura, la piel pálida como el papel, tan delgada que se le marcaban todos los huesos.
Betty, mi amor, soy yo, tu mamá, ¿me recuerdas? Betty asintió lentamente. Mamá. repitió y luego comenzó a llorar. Lupita quiso abrazarla, pero algo en la fragilidad extrema de su hija le hizo temerle daño. En lugar de eso, se arrodilló junto a ella, ignorando el dolor en sus rodillas, y le tomó la mano. Estaba helada.
Ya pasó, mi amor, ya pasó. Vamos a sacarte de aquí. Ya todo va a estar bien. Pero incluso mientras decía esas palabras, Lupita miraba a su alrededor tratando de entender. El espacio era pequeño, tal vez 3 m por 3 m. Las paredes eran de piedra, húmedas. Había un colchón viejo y sucio en un rincón, algunas botellas de agua vacías, platos de plástico con restos de comida seca, una cubeta en otro rincón que claramente había servido como baño improvisado.
El olor era náuseabundo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo había sobrevivido su hija aquí durante 20 años? ¿Y quién la había puesto ahí? Las preguntas se agolpaban en su mente, pero no tenían importancia. Ahora lo único que importaba era que su hija estaba viva. Ricardo llegó en menos de 15 minutos. Un récord considerando que vivía al otro lado de la ciudad.
Había conducido como un demente saltándose semáforos en rojo. Sofía venía con él, despertada abruptamente por una llamada frenética de su hermano. Mónica, la esposa de Ricardo, se había quedado con los niños. Cuando entraron a la casa, encontraron la puerta principal abierta de par en par.
Subieron las escaleras corriendo, siguiendo la luz que venía del desbán. “Mamá, ¿dónde estás?” “Aquí.” La voz de Lupita venía del fondo del desbán aquí abajo. Ricardo y Sofía encontraron el panel abierto, las escaleras descendiendo. Ricardo bajó primero con Sofía pisándole los talones. Lo que vieron los dejó paralizados.
Su madre, arrodillada en el piso de una habitación oculta que no sabían que existía. Y junto a ella una figura demacrada que les costó varios segundos reconocer como su hermana. Dios santo, susurró Sofía llevándose las manos a la boca. Ricardo se quedó inmóvil, como si ver a su hermana viva después de 20 años hubiera cortoocircuitado su cerebro.
Entonces reaccionó, sacó su celular y llamó al 911. Necesito una ambulancia urgente en calle Panorámica 47, colonia La presa y policía. Es una emergencia. La operadora le hizo preguntas que Ricardo apenas podía responder coherentemente. Mi hermana desapareció hace 20 años. La encontramos. Está viva, pero está muy mal. Sofía se había acercado a Betty.
Había puesto una mano temblorosa en su hombro. Betty, soy yo. Soy Sofía, ¿me recuerdas? Betty levantó la vista hacia ella. Había confusión en sus ojos, como si estuviera tratando de ubicar el rostro. Sofía tenía 15 años la última vez que Betty la vio. Ahora tenía 35. Era una mujer adulta con su propia familia. Sofía. La voz de Betty era apenas audible.
Mi hermanita, sí, soy yo. Estoy aquí. Todos estamos aquí. Los paramédicos llegaron en 20 minutos que parecieron una eternidad. Dos hombres jóvenes con uniformes verdes bajaron las estrechas escaleras con dificultad, cargando su equipo médico. Lo que vieron los impactó profundamente.
Uno de ellos, un paramédico llamado Gabriel Ortiz, que tenía 5 años de experiencia, confesaría después que en toda su carrera nunca había visto algo así. Tomaron los signos vitales de Betty. Su presión arterial era peligrosamente baja, su pulso débil e irregular. Estaba severamente desnutrida y deshidratada. Su temperatura corporal estaba por debajo de lo normal.
Tenía llagas en la piel, probablemente por estar acostada durante largos periodos. Sus músculos estaban atrofiados por falta de uso. “Tenemos que llevarla al hospital inmediatamente”, dijo Gabriel. “Está en shock. Probablemente tiene deficiencias nutricionales severas. Necesita atención médica urgente.
Subir a Betty por las escaleras fue un desafío. Ella apenas podía caminar. Sus piernas no respondían correctamente después de tanto tiempo sin usarlas adecuadamente. Los paramédicos terminaron cargándola en una camilla plegable, maniobrada con extrema dificultad por las escaleras estrechas. Mientras tanto, habían llegado tres patrullas de la policía municipal.
Los oficiales acordonaron la casa, comenzaron a tomar fotografías del espacio oculto, a preservar la escena. Uno de los oficiales, el sargento Mario Gutiérrez, un veterano de más de 20 años en el cuerpo, reconoció el nombre de la familia Salazar Torres. “Espere un momento”, dijo consultando algo en su tablet.
Beatriz Salazar Torres, reportada desaparecida en octubre de 2003. Sí, confirmó Ricardo que estaba dando su declaración inicial mientras Lupita y Sofía acompañaban a Betty a la ambulancia y la encontraron aquí, en su propia casa, en un espacio secreto que ni siquiera sabíamos que existía. El sargento Gutiérrez intercambió miradas con sus compañeros. Todos estaban pensando lo mismo.
¿Cómo es posible que una joven desaparecida estuviera escondida en su propia casa durante 20 años sin que nadie lo supiera? Betty fue ingresada de emergencia en el Hospital General de Guanajuato, el mismo donde había nacido 39 años atrás. El personal médico se movilizó inmediatamente.
La llevaron a la unidad de cuidados intensivos, donde un equipo de médicos comenzó a evaluar el alcance del daño. Los resultados eran alarmantes. Betty pesaba apenas 38 kg, casi la mitad de lo que debería pesar una mujer de su estatura. Sufría desnutrición severa, anemia profunda, deficiencia de múltiples vitaminas.
Sus huesos mostraban signos de osteoporosis avanzada, inusual para alguien de su edad, pero explicable por la falta de luz solar y nutrición adecuada durante dos décadas. Tenía infecciones en la piel, problemas dentales severos, daño en sus ojos por la falta de luz adecuada. Pero físicamente, contra todo pronóstico, Betty sobreviviría. El daño psicológico era otra historia.
La doctora Patricia Zamora, psiquiatra del hospital, fue asignada al caso. Cuando intentó hablar con Betty la mañana siguiente al ingreso, encontró a una mujer que oscilaba entre periodos de lucidez y episodios de confusión total. “¿Puede decirme su nombre?”, preguntó la doctora Zamora suavemente. Beatriz, Betty, Beatriz Salazar Torres, ¿sabe qué año es? Betty miró por la ventana donde el sol brillaba. Pareció confundida. 2003. Es 2023, Betty.
Han pasado 20 años. Betty no respondió, solo miraba fijamente la ventana, como hipnotizada por la luz del sol. ¿Puede contarme qué recuerda del día que desapareció? Betty cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había lágrimas rodando por sus mejillas. Tenía miedo, susurró. Tanto miedo.
Miedo de qué, Betty? Pero Betty se había cerrado nuevamente, mirando la pared con ojos vacíos. La doctora Zamora sabía que presionarla no serviría de nada. Betty había experimentado un trauma masivo, dos décadas de cautiverio. Iba a necesitar años de terapia, si es que alguna vez lograba procesar completamente lo que le había sucedido.
En la sala de espera del hospital, Lupita, Ricardo y Sofía esperaban noticias. Daniel, el esposo de Sofía, había llegado poco después del amanecer. Mónica, la esposa de Ricardo, también estaba ahí. habían llamado a otros familiares, amigos cercanos. La noticia se había extendido como reguero de pólvora por Guanajuato.
La joven, que desapareció hace 20 años había sido encontrada viva. Los periodistas no tardaron en llegar. Para el mediodía había tres camionetas de diferentes estaciones de televisión estacionadas frente al hospital. Los reporteros trataban de entrevistar a cualquiera que saliera o entrara. La policía tuvo que establecer un perímetro. Dentro del hospital, los médicos explicaban a la familia el estado de Betty.
Físicamente, con tratamiento y tiempo, debería recuperarse, explicó el doctor Ernesto Ruiz, el médico a cargo. Pero psicológicamente, bueno, es difícil predecir. Ha estado aislada durante 20 años. Su desarrollo psicológico se detuvo a los 19. En muchos sentidos sigue siendo la adolescente que desapareció, pero en un cuerpo de casi 40 años que ha pasado por un trauma indescriptible. ¿Podrá volver a tener una vida normal? Preguntó Sofía con voz temblorosa.
El doctor dudó. Normal es un término relativo. Con terapia intensiva, con apoyo, con tiempo. Podrá tener calidad de vida, pero lo que vivió la va a marcar para siempre. El caso que había permanecido archivado durante dos décadas fue reabierto con urgencia. El expediente 23423 fue desempolvado y asignado a la detective Laura Méndez, una investigadora de 43 años con una reputación impecable en casos complejos.
Laura había escuchado sobre el caso cuando era joven en la academia de policía. Era uno de esos casos legendarios que se usaban como ejemplo de investigaciones que se habían enfriado. Nunca imaginó que algún día estaría a cargo de resolverlo. La primera acción de Laura fue inspeccionar personalmente el espacio donde Betty había sido encontrada.
Bajo las escaleras estrechas con una linterna potente y un equipo forense completo. El lugar era más pequeño de lo que había imaginado. Claustrofóbico, las paredes húmedas, el techo bajo. ¿Cómo había sobrevivido a alguien aquí durante 20 años? El equipo forense recogió cada objeto, cada rastro. Las botellas de agua revelaron que alguien había estado trayendo suministros regularmente.
Los platos mostraban residuos de comida, frijoles, arroz, tortillas. Nada elaborado, pero suficiente para mantener viva a una persona. La cubeta en el rincón. Laura prefirió no pensar demasiado en eso, pero lo más revelador estaba en las paredes. Betty había usado algo, tal vez un clavo o una piedra afilada para hacer marcas. Líneas verticales agrupadas de cinco en cinco. Laura las contó. Había más de 7,000 marcas.
7312 para ser exactos. 20 años son aproximadamente 7300 días. Betty había estado contando los días. También había palabras grabadas en la pared, difíciles de leer, pero visibles cuando se enfocaba la luz correctamente. Ayuda, mamá, por favor. Y una frase repetida varias veces, voy a salir de aquí. Laura sintió un nudo en la garganta.
Se consideraba una profesional endurecida. Había visto de todo en sus años en el cuerpo policial. Pero esto, esto era diferente. La pregunta que todos se hacían era obvia. ¿Quién había hecho esto? ¿Y cómo habían logrado mantener a Betty cautiva durante 20 años sin que nadie lo supiera? Laura comenzó revisando el expediente original.
Leyó cada testimonio, cada pista que se había seguido. Estudió el último día de Betty, el trabajo en la tienda, la compra en la papelería, su presencia en el jardín de la Unión. Esperó. El jardín de la Unión. Betty había sido vista en el jardín a las 5 de la tarde. Claudia había llegado a las 6:10 y no la había encontrado.
Eso significaba que Betty había desaparecido en ese intervalo de poco más de una hora. Y si nunca había llegado a encontrarse con Claudia y si algo había pasado antes. Laura decidió que necesitaba hablar con Betty directamente, aunque los médicos habían advertido que estaba en un estado mental muy frágil.
Tres días después del rescate, cuando Betty había recuperado algo de fuerza física, Laura fue autorizada para una entrevista preliminar. Entró a la habitación de hospital con cuidado, moviéndose despacio, tratando de no parecer amenazante. Betty estaba sentada en la cama mirando por la ventana.
Le habían cortado el cabello enmarañado, la habían bañado, le habían puesto ropa limpia. Se veía más humana, pero sus ojos, sus ojos tenían una vacuidad que helaba la sangre. Hola, Betty. Mi nombre es Laura Méndez. Soy detective. Está bien si hablamos un poco. Betty la miró sin expresión alguna, luego asintió casi imperceptiblemente. Betty, necesito que me cuentes qué pasó el 23 de octubre de 2003.
¿Puedes recordar ese día? Por un largo momento, Betty no respondió. Entonces, con una voz que sonaba oxidada por el desuso, comenzó a hablar. Iba a ver a Claudia, pero antes, antes decidí ir a casa. Laura sintió que su corazón se aceleraba. Este era un detalle nuevo. Ningún testigo había visto a Betty regresar a su casa.
¿Por qué fuiste a casa, Betty? Tenía dolor de cabeza, muy fuerte. Pensé que podía tomar una pastilla, descansar un poco antes de encontrarme con Claudia. Pensé que tenía tiempo. ¿Y qué pasó cuando llegaste a casa? Betty cerró los ojos. Su respiración se volvió más agitada. No debía haber vuelto. No debí. Está bien, Betty. Tómate tu tiempo.
Después de varios minutos de silencio, Betty continuó. Entré por la puerta trasera. Siempre la dejábamos abierta. La casa estaba silenciosa. Pensé que no había nadie. Mamá estaba trabajando, papá también. Ricardo en el taller. Sofía debería estar en la escuela, pero sí había alguien. Betty asintió y una lágrima rodó por su mejilla. Él estaba ahí. Laura se inclinó hacia adelante. ¿Quién? Betty quién estaba ahí.
Betty abrió los ojos y miró directamente a Laura. En esa mirada había un dolor tan profundo que Laura tuvo que hacer un esfuerzo para no apartar la vista. Mi padre, susurró Betty. Aurelio estaba ahí. El mundo de Laura se detuvo por un momento. Aurelio Salazar, el padre que había reportado la desaparición, el padre que había llorado su pérdida, el padre que había muerto 8 años atrás sin que nadie supiera que él era responsable. Betty.
Laura mantuvo su voz calmada, aunque su mente estaba corriendo a mil por hora. ¿Puedes contarme qué pasó cuando viste a tu padre? Betty comenzó a mecerse ligeramente, un comportamiento que la doctora Zamora había identificado como un mecanismo de defensa cuando recordaba eventos traumáticos. Se sorprendió al verme. Me preguntó qué hacía ahí. Le dije que tenía dolor de cabeza.
Él él había estado bebiendo, podía olerlo. Nunca bebía durante el día, pero ese día sí. Estaba raro, nervioso. ¿Qué pasó después? Fui a mi habitación a buscar las pastillas. Cuando volví a bajar, él estaba parado al pie de las escaleras. Me miraba de una forma, de una forma que nunca me había mirado.
Me dijo que teníamos que hablar, que había algo que tenía que decirme. Betty hizo una pausa larga. Laura esperó pacientemente. Me dijo que me amaba, pero no como un padre ama a una hija. Dijo que había tratado de contenerse durante años, que yo me había convertido en una mujer hermosa, que no podía quitarme de su cabeza.
Yo no entendía de qué hablaba, entonces intentó tocarme. Laura sintió náuseas, pero mantuvo su expresión neutral. ¿Qué hiciste? Lo empujé. Grité. Le dije que estaba loco, que era mi padre. Corrí hacia la puerta, pero él fue más rápido. Me agarró del brazo. Forcejeamos. Yo seguía gritando. Entonces él me golpeó. Fue tan fuerte que caí al suelo.
Todo se volvió oscuro. Y cuando despertaste, estaba en ese lugar, ese espacio oscuro. No sabía dónde estaba. Estaba tan oscuro. Grité hasta quedarme sin voz. Nadie vino. Nadie me escuchó. Las lágrimas ahora caían libremente por el rostro de Betty. La doctora Zamora, que estaba presente durante la entrevista, le puso una mano en el hombro. “Creo que es suficiente por hoy,”, dijo la doctora.
Pero Betty continuó como si una represa se hubiera roto y necesitara sacar todo. Al día siguiente, él vino, abrió esa puerta secreta y bajó con agua y comida. me dijo que lo sentía, que no había querido lastimarme, que solo había querido hablar conmigo. Le supliqué que me dejara salir.
Le prometí que no diría nada, pero él dijo que no podía, que si me dejaba ir todos lo sabrían, que la familia se destruiría, que era mejor así. Mejor. Laura no pudo evitar que su voz sonara incrédula. Eso dijo que en ese lugar yo estaría segura, que nadie me haría daño, que él me cuidaría. Dijo que me amaba demasiado para dejarme ir. El silencio que siguió fue pesado, oprimente. Durante 20 años, continuó Betty con voz monótona.
Venía dos o tres veces por semana, siempre de noche cuando todos dormían. Traía comida, agua, a veces ropa limpia. Al principio yo gritaba cada vez que venía. Trataba de escapar cuando abría la puerta, pero él era más fuerte y el espacio era tan pequeño que no había a dónde correr. Te Laura no pudo terminar la pregunta. Betty negó con la cabeza.
No de esa manera. Nunca de esa manera. Creo que en su mente distorsionada mantenerme ahí era protegerme, cuidarme. Hablaba conmigo, me contaba cosas de la familia, como mamá te extrañaba, como Ricardo se había vuelto alcohólico, como Sofía había tenido que crecer demasiado rápido y siempre decía lo mismo.
Si te dejo salir, todo se arruinará. Así es mejor para todos. Nadie más sabía. tu madre, tus hermanos. No, él era muy cuidadoso. Solo venía cuando sabía que todos dormían profundamente. La casa es vieja, las paredes gruesas. Mis gritos nunca salieron de ese espacio y con el tiempo dejé de gritar.
¿Para qué? Nadie me escuchaba. Laura procesaba esta información reconstruyendo mentalmente la cronología. Betty, tu padre murió en 2015. ¿Qué pasó entonces? Un destello de pánico cruzó el rostro de Betty. Dejó de venir. De pronto, un día simplemente dejó de venir.
Al principio pensé que tal vez estaba enfermo o que finalmente me dejaría salir, pero pasaron días, semanas, la comida se acabó, el agua se acabó. Pensé que iba a morir ahí. Pero sobreviviste. Betty asintió. encontré que las tuberías de la casa pasaban cerca del espacio. Pude acceder a agua, aunque sabía asquerosa y estaba fría.
Y él, antes de dejar de venir, había dejado una cantidad grande de comida enlatada. Frijoles, atún, verduras enlatadas. Alcanzó para meses y comía muy poco cada día. Después de eso encontré que a veces pequeños insectos o ratones entraban al espacio. Tuve que Su voz se quebró. Laura entendió. Betty había sobrevivido comiendo lo que podía encontrar, racionando agua de las tuberías en completa oscuridad la mayor parte del tiempo.
¿Y cómo lograste que tu madre te escuchara? Por primera vez, algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Betty. El espacio está justo debajo del desván. Con el tiempo descubrí que si presionaba mi oído contra el techo podía escuchar sonidos de la casa muy tenues.
Pero ahí escuché a mamá caminar sobre mi cabeza tantas veces. Después encontré que una de las piedras del techo estaba suelta. La moví y había un pequeño espacio del grosor de un lápiz que llegaba hasta el desván. No podía ver nada a través de él, pero podía escuchar mejor. Y pensé, tal vez si cantaba, tal vez si cantaba nuestra canción, mamá me escucharía.
Y funcionó. Tardé semanas en reunir el valor. Tenía miedo de que fuera ella, pero que no me creyera o que fuera alguien más. Pero finalmente una noche la escuché pasar y canté. Canté nuestra canción de cuna. La primera vez no pasó nada. La segunda vez escuché que se detuvo y supe que me había escuchado. Supe que vendría.
Laura terminó la entrevista poco después. Tenía suficiente información por ahora. Betty estaba agotada física y emocionalmente mientras salía de la habitación. Laura se detuvo en el pasillo apoyándose contra la pared. Había manejado casos de secuestro antes, casos de abuso, pero esto era diferente.
La idea de un padre manteniendo a su propia hija prisionera durante 20 años, convenciéndose a sí mismo de que era por su bien. Necesitaba aire fresco. La tarea más difícil de Laura era decirle a Lupita, Ricardo y Sofía la verdad. ¿Cómo le dices a una madre que su esposo, el hombre con quien compartió su vida durante décadas, era responsable del sufrimiento de su hija? Laura lo citó en una sala privada del hospital al día siguiente.
Los tres entraron con rostros marcados por la falta de sueño y el estrés. Todavía estaban procesando el milagro de tener a Betty de vuelta. Ni siquiera habían comenzado a preguntarse seriamente sobre los detalles de su cautiverio. Laura respiró profundo. No había manera fácil de hacer esto. He hablado con Betty sobre lo que pasó, comenzó.
Y necesito compartir con ustedes lo que me contó. Lupita se inclinó hacia adelante. ¿Quién la secuestró? ¿Quién le hizo esto a mi niña? Laura miró a cada uno de ellos a los ojos. Betty me dijo que regresó a casa aquella tarde porque tenía dolor de cabeza. Cuando llegó, había alguien ahí, alguien que no esperaba encontrar. ¿Quién? La voz de Ricardo sonaba tensa.
Su padre. Aurelio estaba en la casa. Hubo un momento de confusión en los rostros de los tres. Sofía fue la primera en hablar. Mi papá, ¿qué tiene que ver mi papá con? Y entonces entendió. El color drenó de su rostro. No, no, no. Lupita negaba con la cabeza. No entiendo. ¿Qué estás diciendo? Laura se obligó a continuar. Cada palabra era como un cuchillo.
Betty me dijo que su padre, que Aurelio la atacó ese día, que después de eso la encerró en ese espacio secreto y que durante 20 años la mantuvo ahí. El silencio que siguió fue absoluto. Entonces Lupita comenzó a reír. Una risa histérica desquiciada. Eso es ridículo. Mi esposo Aurelio lloró la desaparición de Betty. La buscó, reportó su desaparición.
¿Por qué haría eso si él para no levantar sospechas? Explicó Laura gentilmente. Era la tapadera perfecta. Un padre destrozado por la pérdida de su hija. Nadie sospecharía de él. Ricardo se puso de pie tan bruscamente que su silla cayó hacia atrás. Eso es mentira. Mi padre no era perfecto, pero nunca hubiera No pudo terminar la frase. Sus propias palabras sonaban huecas incluso para él.
Sofía lloraba en silencio, abrazándose a sí misma. Todo este tiempo, susurró Betty. Estuvo ahí todo el tiempo arriba de nosotros y papá, papá lo sabía. Lupita se había quedado completamente inmóvil mirando un punto fijo en la pared. Laura reconoció esa mirada. Shock profundo, el cerebro protegiéndose ante una verdad demasiado horrible para procesarla. Señora Salazar”, dijo Laura suavemente.
“Sé que esto es imposible de aceptar, pero Betty fue muy clara en su testimonio. Los detalles que proporcionó solo alguien que vivió esa experiencia podría saber. Entonces, mi matrimonio fue una mentira.” La voz de Lupita era plana, sin emoción. Compartí mi cama durante años con el hombre que torturó a mi hija.
Lloré en sus brazos por la pérdida de Betty cuando él sabía exactamente dónde estaba. Cuando murió, lloré su muerte y todo el tiempo no pudo continuar. Las lágrimas finalmente llegaron. Un torrente imparable de 20 años de dolor que ahora se multiplicaba por la traición. Ricardo salió de la habitación dando un portazo. Sofía lo siguió. Laura escuchó el sonido de algo rompiéndose en el pasillo.
Probablemente Ricardo golpeando algo. Laura se quedó con Lupita, quien ahora soyaba incontrolablemente. No había palabras de consuelo que pudieran ayudar en esta situación. Lo único que Laura podía hacer era estar ahí, una presencia silenciosa mientras el mundo de Lupita se desmoronaba por segunda vez.
En los días siguientes, la investigación de Laura se enfocó en entender exactamente cómo Aurelio había logrado mantener a Betty cautiva durante tanto tiempo. El equipo forense hizo un análisis completo de la casa en la presa. descubrieron que el espacio secreto había sido construido décadas atrás, probablemente en los años 60, cuando Guanajuato todavía tenía una fuerte actividad minera y muchas casas se construían aprovechando espacios naturales en la roca. El abuelo de Aurelio había sido minero y aparentemente conocía estos espacios.
La casa había sido heredada de generación en generación. Lo que Aurelio había hecho era simple, pero efectivo. Había modificado el acceso al espacio desde el desbán, creando el panel falso y asegurándose de que quedara completamente oculto detrás de cajas y objetos que nadie movería.
Las tuberías de agua de la casa pasaban cerca del espacio, lo que explicaba como Betty había podido acceder a agua después de que Aurelio muriera. Había pequeñas grietas en la roca que permitían algo de ventilación, apenas suficiente para no morir por falta de oxígeno, pero insuficiente para que alguien escuchara gritos desde afuera. Laura también investigó el pasado de Aurelio, habló con personas que lo habían conocido, revisó registros.
Lo que emergió fue el retrato de un hombre que externamente parecía un trabajador honesto, pero que tenía problemas de control y posesividad. Varios vecinos recordaron que Aurelio era extremadamente estricto con sus hijas, especialmente con Betty. Una vecina, la señora Martínez, recordaba una conversación que había tenido con Lupita años atrás.
Lupita me dijo una vez que Aurelio no quería que Betty saliera con muchachos, que decía que ningún hombre era suficientemente bueno para ella. En ese momento pensé que era solo un padre sobreprotector. Ahora, ahora entiendo que era algo más oscuro. Un compañero de trabajo de Aurelio en la construcción mencionó que Aurelio había faltado al trabajo el 23 de octubre de 2003, algo inusual para él que era extremadamente puntual.
Dijo que tenía que resolver un problema familiar urgente, recordó el hombre. Todo encajaba. Laura también descubrió algo más en sus investigaciones. Aurelio había consultado con un médico en 2002, un año antes del secuestro, quejándose de pensamientos inapropiados que no podía controlar.
El médico le había recetado antidepresivos y le había recomendado terapia psicológica. Pero Aurelio nunca había ido a las sesiones de terapia. solo había tomado la medicación por unos meses antes de abandonar el tratamiento. Había sabido Aurelio que algo en él no estaba bien. ¿Había tratado de buscar ayuda antes de que fuera demasiado tarde? ¿O simplemente estaba buscando validación médica para sus impulsos? Nunca lo sabrían.
Aurelio se había llevado sus verdaderas motivaciones a la tumba. Para finales de junio de 2023, la historia de Betti Salazar Torres era noticia nacional. Los medios de comunicación de todo México cubrían el caso. “Jovenada viva después de 20 años cautiva en su propia casa”, decían los titulares. “Padre mantuvo a hija secuestrada durante dos décadas”, reportaban otros.
La familia tuvo que contratar seguridad privada porque periodistas acampaban frente a su casa y al hospital. Todos querían hablar con Betty, fotografiar a Betty, conocer cada detalle morboso de su historia. Claudia, la mejor amiga de Betty, voló desde Guadalajara en cuanto se enteró de la noticia.
Cuando vio a Betty en el hospital, ambas lloraron durante lo que pareció horas. Lo siento,” decía Claudia una y otra vez. “Debí haberte buscado más. Debí insistir más en que te buscaran.” “No es tu culpa”, respondía Betty con esa voz que todavía sonaba ronca. Nadie pudo haberlo sabido.
Don Armando, el antiguo dueño de la tienda de abarrotes, también apareció. Ahora era un hombre de casi 80 años, encorbado por el tiempo. Visitó a Bety en el hospital y le pidió perdón por no haber podido protegerla. Tú me cuidaste”, le dijo Betty. “Siempre fuiste bueno conmigo.” La comunidad de Guanajuato respondió con una mezcla de horror y solidaridad.
Se organizaron colectas para ayudar con los gastos médicos de Betty. Un abogado local ofreció representarla probono en cualquier procedimiento legal. Una organización de apoyo a víctimas de secuestro la contactó para ofrecer terapia especializada. Pero también hubo quienes cuestionaban la historia.
¿Cómo es posible que nadie se diera cuenta durante 20 años? Preguntaban algunos. La madre realmente no sabía nada, insinuaban otros. Laura Méndez tuvo que dar una conferencia de prensa para aclarar los hechos. Aurelio Salazar fue extremadamente cuidadoso, explicó. El espacio donde mantuvo a su hija era completamente oculto. Nadie en la familia tenía razón para sospechar que existía.
Y él manipuló la situación de tal manera que parecía un padre destrozado buscando a su hija desaparecida. Fue un engaño que duró dos décadas. ¿Se presentarán cargos contra alguien más de la familia?, preguntó un periodista. No, la investigación ha determinado que solo Aurelio Salazar era responsable. Su esposa e hijos no tenían conocimiento de los hechos.
Los meses que siguieron fueron un proceso lento y doloroso para todos. Betty pasó tres meses en el hospital antes de ser dada de alta. Físicamente había mejorado considerablemente. Había ganado peso. Su piel había recuperado algo de color. Sus infecciones habían sanado. Psicológicamente el camino sería mucho más largo. La doctora Zamora trabajó con Betty tres veces por semana.
diagnosticó trastorno de estrés postraumático severo, además de lo que llamó síndrome del cautiverio prolongado, una condición rara que se da en personas que han estado prisioneras durante periodos extremadamente largos. Betty tenía pesadillas constantes, no podía estar en espacios cerrados sin entrar en pánico. Los ruidos fuertes la hacían sobresaltarse violentamente.
Había perdido 20 años de desarrollo social y emocional, lo que significaba que en muchos aspectos funcionaba como una joven de 19 años atrapada en el cuerpo de una mujer de casi 40. La tecnología la confundía, los smartphones, las redes sociales, todo era completamente ajeno para ella. El mundo había cambiado tanto desde 2003 que era como despertar en un planeta diferente.
Lupita se mudó temporalmente a un apartamento porque no podía soportar estar en la casa donde su hija había sufrido tanto. La casa eventualmente se vendería y el nuevo dueño demolería el espacio secreto sellándolo para siempre. Ricardo luchaba con sentimientos contradictorios hacia su padre muerto. Amaba al hombre que lo había criado, pero odiaba al monstruo que había torturado a su hermana.
Eventualmente buscó terapia para procesar estos sentimientos. Sofía se culpaba por no haber notado nada. Dormía en la misma casa. Le decía a su terapeuta, “¿Cómo pude no saber que mi hermana estaba sufriendo a metros de distancia? Pero a pesar de todo el dolor, también había momentos de luz. La primera vez que Betty salió del hospital, Lupita la llevó a un parque.
Betty se quedó parada bajo el sol, con los ojos cerrados, sintiendo el calor en su piel. Lloró de felicidad pura. La primera vez que comió helado después de 20 años de ese vendedor ambulante que la había visto el último día de su libertad, quien ahora era un hombre de casi 70 años, sonríó de verdad por primera vez. La primera vez que escuchó música en un celular quedó maravillada.
es tan clara, dijo, “puedo escuchar cada instrumento. Pequeños milagros en medio de un trauma indescriptible.” Para octubre de 2023, exactamente 20 años después de su desaparición, Betty había progresado significativamente. Vivía con Lupita y Sofía en un apartamento nuevo. Todavía asistía a terapia tres veces por semana.
había comenzado a tomar clases de computación para ponerse al día con la tecnología moderna. El día del aniversario, la familia decidió hacer algo diferente. En lugar de lamentarse por los años perdidos, decidieron celebrar que Betty estaba viva. Se reunieron en un restaurante pequeño, nada demasiado lleno o ruidoso, porque Betty todavía no podía manejar multitudes.
Ricardo estaba ahí con Mónica y sus hijos. Sofía con Daniel y sus niños. Claudia había volado desde Guadalajara. Algunos primos y tíos cercanos también asistieron. Betty, que ahora llevaba el cabello corto, su elección, un nuevo comienzo, miró alrededor de la mesa a todas las personas que amaba. Quiero decir algo,” anunció tímidamente.
Todos se quedaron en silencio. Durante 20 años, lo único que me mantuvo cuerda fue saber que ustedes estaban ahí fuera, que mamá me estaba esperando, que no me habían olvidado. Hubo días en que quise rendirme, en que el dolor era tan grande que solo quería que todo terminara. Pero entonces pensaba en ustedes y encontraba la fuerza para sobrevivir un día más.
Las lágrimas rodaban por las mejillas de Lupita. Sofía apretaba la mano de su hermana. “Perdí 20 años”, continuó Betty. 20 años que nunca recuperaré. Vi a mi hermanita crecer solo en mi imaginación. No conocí a mis sobrinos cuando nacieron. No pude despedirme de papá a pesar de a pesar de todo. Pero estoy aquí. sobreviví y ahora tengo una segunda oportunidad de vivir.
” Levantó su vaso de agua. Todavía no se sentía cómoda con el alcohol. Por la supervivencia, por la familia, por los nuevos comienzos. Todos levantaron sus vasos. “Por Betty”, dijeron al unísono. Después de la cena, mientras caminaban de regreso al auto, Betty se detuvo. Miró hacia el cielo nocturno de Guanajuato, las estrellas brillando sobre las montañas que rodeaban la ciudad. ¿Sabes qué es lo más extraño?”, le dijo a su madre.
Durante todos esos años imaginaba cómo sería estar libre. Imaginaba que todo sería perfecto, que sería feliz instantáneamente, pero la realidad es más complicada. A veces me siento abrumada. A veces extraño la simplicidad de no lo extraño. Nunca extrañaré ese lugar, pero ajustarme a este mundo es más difícil de lo que pensaba. Lupita la abrazó.
Nadie espera que sea fácil, mi amor. Tienes todo el tiempo del mundo. Ya no tienes que apresurarte. Todo el tiempo del mundo, repitió Betty. Suena tan extraño después de contar los días durante 20 años. En junio de 2026, Betty Salazar Torres cumplió 42 años. Era una fecha que ella misma había pedido celebrar de manera tranquila, solo con familia cercana.
en el pequeño apartamento que ahora compartía con su madre. Mucho había cambiado en esos tres años desde su rescate. Betty había completado su educación secundaria a través de un programa especial para adultos. Había comenzado a trabajar medio tiempo en una organización no gubernamental que ayudaba a víctimas de secuestro y cautiverio, usando su experiencia para ayudar a otros a sanar.
Al principio pensé que hablar de lo que viví solo abriría las heridas, le dijo a un periodista en una de las pocas entrevistas que había concedido. Pero descubrí que compartir mi historia, ayudar a otros que han pasado por traumas similares, me ha ayudado a sanar, le da propósito a mi sufrimiento. Todavía iba a terapia, aunque ahora solo una vez por semana.
Las pesadillas eran menos frecuentes. Había aprendido a manejar sus ataques de pánico. Podía estar en espacios cerrados por periodos cortos, sin sentir que se asfixiaba. Había aprendido a usar tecnología moderna, aunque admitía que las redes sociales la abrumaban y prefería mantenerse alejada de ellas.
“Ya perdí suficiente privacidad”, decía con una sonrisa irónica. Su relación con su familia había evolucionado. Con Lupita, quien ahora tenía 70 años, había desarrollado una cercanía aún más profunda. Lupita había dejado de trabajar y las dos pasaban mucho tiempo juntas, recuperando dos décadas perdidas. Con Ricardo la relación había sido más complicada.
Él luchaba con la culpa de no haber protegido a su hermana y con sentimientos complejos hacia su padre muerto, pero a través de terapia familiar habían logrado reconstruir su vínculo. Con Sofía, Betty había desarrollado una amistad genuina. Sofía, que ahora tenía 40 años, había sido una roca de apoyo durante todo el proceso de recuperación de Betty.
Claudia visitaba desde Guadalajara cada dos meses. Su amistad había sobrevivido dos décadas. y un trauma indescriptible. En cuanto a Aurelio, ese era un tema del que la familia rara vez hablaba. No podían olvidar lo que había hecho, pero tampoco podían borrar los años anteriores cuando había sido simplemente un padre, aunque imperfecto.
Era una contradicción que habían aprendido a vivir con ella. La casa en la presa había sido vendida y demolida. En su lugar, la ciudad de Guanajuato, construyó un pequeño parque comunitario. Nadie sabía que en ese lugar había ocurrido una de las historias más perturbadoras de cautiverio de la historia moderna de México. Y tal vez era mejor así.
Betty había comenzado a escribir un libro sobre su experiencia trabajando con un ghost writer, no por dinero o fama, sino porque creía que su historia podía ayudar a otros. Si mi historia puede hacer que una persona que está sufriendo se dé cuenta de que la supervivencia es posible, entonces valió la pena decía. También había comenzado a cantar de nuevo.
Nada profesional, solo en la privacidad de su hogar. o en la iglesia local a la que asistía ocasionalmente. La música había sido su salvación en la oscuridad y seguía siendo su sanación en la luz. En su cumpleaños número 42, mientras soplaba las velas de un pastel modesto que Sofía había horneado, Betty hizo un deseo.
No lo dijo en voz alta, nunca lo hacía, pero en su corazón agradeció por cada día de libertad, por cada rayo de sol, por cada abrazo, por cada momento ordinario que antes había dado por sentado. que Betty Salazar Torres había aprendido algo que la mayoría de las personas nunca aprenden, que la vida, incluso con todo su dolor y trauma, es un regalo precioso, que la supervivencia es solo el primer paso.
Pero vivir, realmente vivir es una elección que hay que hacer cada día. y ella elegía vivir. Pero había algo que Betty nunca pudo explicar completamente, algo que la detective Laura Méndez había notado en sus entrevistas, pero que había decidido no presionar.
¿Cómo había sobrevivido Betty realmente esos últimos 8 años después de la muerte de Aurelio, los cálculos que habían hecho los forenses mostraban que la cantidad de comida enlatada que Aurelio había dejado antes de morir no era suficiente para 8 años, incluso con un racionamiento extremo. El acceso al agua de las tuberías explicaba parte de la supervivencia, pero no todo.
Cuando Laura presionó suavemente sobre este tema, Betty se había puesto visiblemente incómoda. “Encontré formas”, había dicho simplemente. “Cuando estás desesperada, encuentras formas.” Laura no insistió. Había aspectos de esos 8 años que probablemente Betty nunca compartiría, cosas que había tenido que hacer para sobrevivir que eran demasiado difíciles de verbalizar. Y tal vez eso estaba bien.
Algunos horrores no necesitan ser dichos en voz alta para ser reales. Lo que importaba era que Betty había sobrevivido. Contra todas las probabilidades, contra toda lógica, había encontrado la fuerza para mantenerse viva día tras día, año tras año, aferrándose a la esperanza de que algún día sería libre. Y al final esa esperanza no había sido en vano.
El caso de Betty Salazar Torres se convirtió en un estudio de caso en academias de policía de todo México. Se usó para entrenar a investigadores en la importancia de buscar en los lugares más obvios, de no descartar ninguna posibilidad, por muy improbable que parezca.
También se convirtió en un recordatorio doloroso de que los monstruos no siempre son extraños acechando en las sombras. A veces son las personas más cercanas a nosotros escondiendo oscuridades inimaginables detrás de rostros familiares. La organización no gubernamental donde Betty trabajaba implementó un programa de concientización sobre señales de abuso y control en familias.
Si mi historia puede ayudar a que una sola persona reconozca señales de peligro y busque ayuda antes de que sea demasiado tarde, entonces algo bueno habrá salido de todo esto.” Decía Betty en sus charlas. Lupita, en una entrevista que dio años después, reflexionó sobre lo que había aprendido. Durante 20 años canté esa canción de cuna en mi mente recordando a mi niña.
Nunca imaginé que ella también la estaba cantando, tratando de llegar a mí. A veces el amor encuentra formas de comunicarse incluso a través de las paredes más gruesas, incluso a través del tiempo más oscuro. Y en las noches tranquilas en Guanajuato, cuando el viento sopla por los callejones empedrados y las luces de la ciudad brillan como estrellas terrestres, si escuchas con atención, casi puedes imaginar el eco de una canción de cuna flotando en el aire.
Una canción sobre palmares y juventud, sobre esperanza y supervivencia, sobre una madre y una hija que nunca se rindieron una a la otra. A la orilla de un palmar, yo vi una joven bella, su boquita de coral, sus ojitos de estrella, una canción que atravesó 20 años de oscuridad para finalmente ser escuchada. Una canción que salvó una vida.
Este caso nos muestra cómo el amor de una madre puede superar incluso las barreras más imposibles y cómo la esperanza puede mantenernos vivos incluso en las circunstancias más desesperadas. También nos recuerda que la verdad a veces está más cerca de lo que imaginamos oculta en los lugares donde nunca pensaríamos buscar. ¿Qué opinan de esta historia? pudieron percibir las señales a lo largo de la narrativa.
La capacidad de Betty para sobrevivir durante dos décadas en condiciones inimaginables es un testimonio del poder del espíritu humano. Compartan sus reflexiones en los comentarios. ¿Creen que podrían haber notado algo extraño si fueran parte de esta familia? ¿Qué señales pasamos por alto en nuestras propias vidas? Si esta historia los impactó tanto como a nosotros, no olviden suscribirse al canal y activar las notificaciones para más casos que exploran los límites de la resistencia humana y los misterios que se esconden en lo cotidiano. Dejen su like si esta
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