2016, Cancun – Pareja DESAPARECIÓ en su luna de miel, años después, aparece una ALIANZA en la arena

Se casaron frente al mar, prometiendo amarse hasta el final. Dos días después desaparecieron sin dejar rastro. No hubo señales de lucha ni testigos, solo silencio. Durante 7 años, el caso permaneció sin respuestas hasta que una mañana una alianza apareció en la arena y con ella una verdad más oscura de lo que nadie imaginó.

 Era noviembre de 2016 cuando Beatriz Fuentes subió la última foto feliz de su vida. Estaba en la terraza del hotel Coral Dreams en Cancún, vestido blanco. Sonrisa perfecta. Detrás de ella, el mar turquesa parecía pintado. En la descripción escribió, “Viviendo el sueño con mi amor.” Tenía 27 años, acababa de casarse y en menos de 48 horas desaparecería para siempre.

 Pero vamos al principio, porque toda historia de desaparición comienza mucho antes del momento en que alguien deja de estar. Beatriz Fuentes era maestra de primaria en una escuela pública del sur de la Ciudad de México. Enseñaba español y literatura. Sus alumnos la adoraban. Siempre tenía una palabra amable. Siempre encontraba la forma de hacer que un niño tímido participara en clase.

 Era de esas personas que iluminan los lugares por donde pasan. Daniel Méndez era arquitecto. Trabajaba en un despacho mediano diseñando edificios que nunca llevarían su nombre. Era meticuloso, perfeccionista, de pocas palabras y gestos calculados. Pasaba horas frente a planos y maquetas. Su vida era orden.

 Líneas rectas, ángulos precisos. Beatriz era todo lo contrario, espontánea, cálida, capaz de reírse de sus propios errores. ¿Cómo se conocieron dos personas tan diferentes en una librería del centro? Un sábado de febrero de 2013, Daniel buscaba un libro de arquitectura moderna. Beatriz estaba ojeando novelas en la sección de al lado. Él no encontraba lo que buscaba.

 Ella lo notó perdido entre los estantes y aunque no trabajaba ahí, se acercó a ayudarlo. ¿Qué estás buscando? Daniel le explicó. Ella no sabía nada de arquitectura, pero conocía cada rincón de esa librería. Lo llevó hasta una sección que él no había visto. Ahí estaba el libro. Antes de irse, Beatriz le recomendó una novela.

 No es de arquitectura, pero te va a gustar. Daniel compró ambos libros, leyó la novela esa misma noche y a la semana siguiente volvió a la librería. No por otro libro, por ella. Se enamoraron despacio, sin drama, sin grandes gestos. Tr años de noviazgo tranquilo, cenas en casa, películas los viernes, fines de semana en museos o parques.

 Valeria Torres, la mejor amiga de Beatriz desde la secundaria. los veía juntos y no terminaba de entenderlos. Él era tan serio, tan callado. Y Beatriz era pura energía, pero funcionaban. No sé cómo, pero funcionaban. En septiembre de 2016, Daniel le propuso matrimonio en el parque de los venados, el mismo lugar donde habían dado su primer paseo 3 años atrás.

 No hubo mariachi, no hubo multitud, solo un anillo sencillo que él mismo había diseñado y una pregunta directa, ¿te quieres casar conmigo? Beatriz no lo pensó, dijo que sí y lloró y lo abrazó. Y en ese momento Daniel sonrió de una forma que Valeria nunca le había visto. Parecía aliviado, recordaría después, como si hubiera estado esperando ese momento durante años.

 La boda fue el 8 de noviembre, una ceremonia íntima en una capilla pequeña del sur de la ciudad. 30 invitados, familia cercana, algunos amigos. Beatriz llevaba un vestido sencillo que había comprado con su mamá en un mercado de Coyoacán. Daniel, traje oscuro, nada ostentoso. Valeria fue la madrina. El padre de Daniel, que vivía en Guadalajara, viajó especialmente para la boda.

 María Fuentes, la mamá de Beatriz, lloró durante toda la ceremonia. “Mi niña se casa”, repetía entre lágrimas. El banquete fue en un salón modesto, comida mexicana, música en vivo, nada exagerado. A las 10 de la noche, Beatriz y Daniel se despidieron. Tenían que levantarse temprano. El vuelo a Cancún salía a las 7 de la mañana. La luna de miel perfecta los esperaba. O eso creían todos.

 Si te gusta este tipo de historias, suscríbete al canal y déjame un comentario diciéndome desde dónde estás viendo esto. Me encanta saber de dónde son. Llegaron al aeropuerto internacional de Cancún el 10 de noviembre a las 11 de la mañana. Hacía calor, un calor húmedo que Beatriz no estaba acostumbrada a sentir. Daniel llevaba las maletas.

 Beatriz iba tomando fotos de todo, del aeropuerto, del letrero de bienvenida, de las palmeras, de su propia mano con el anillo de matrimonio brillando bajo el sol caribeño. Subió la primera foto a Instagram con el texto Llegamos al paraíso. El hotel Coral Dreams estaba a 40 minutos del aeropuerto. Un resort de cinco estrellas frente al mar, habitación con vista al Caribe.

 Todo incluido, todo pagado con los ahorros de Daniel y un préstamo que planeaban liquidar en dos años. Cuando llegaron, Beatriz no podía creer lo que veía. El lobby era enorme, pisos de mármol, fuentes de agua, flores tropicales por todos lados y al fondo, a través de ventanales gigantes, el mar turquesa extendiéndose hasta el infinito. “No puedo creer que estemos aquí”, le susurró a Daniel.

 Él sonríó, pero era una sonrisa leve, casi ausente. La recepcionista les dio la bienvenida y les entregó las llaves de la habitación 41. Cuarto piso, vista al mar. Subieron en el elevador. Beatriz no dejaba de hablar. Estaba emocionada. Planeaba todo lo que harían. Nadar, bucear, ir a Playa del Carmen, conocer Tulum.

 Daniel sentía, pero no decía mucho. Cuando abrieron la puerta de la habitación, Beatriz soltó un grito de alegría. Cama king size, balcón privado y esa vista, esa vista del mar que parecía sacada de una postal. Corrió hacia el balcón, abrió las puertas de cristal, el viento cálido, le movió el cabello, se asomó, respiró hondo. Esto es perfecto, Daniel. Perfecto.

 Daniel se quedó en la entrada mirándola con las manos en los bolsillos y por un segundo su expresión cambió. No era felicidad, no era emoción, era algo más parecido a la tristeza. Pero Beatriz no lo notó. Estaba demasiado ocupada viviendo el momento. Esa tarde bajaron a la playa. Beatriz se metió al mar.

 Daniel se quedó en la orilla con los pies en el agua mirando el horizonte. Un turista que pasaba por ahí, un canadiense llamado Michael Lawson, tomó una foto del paisaje. Sin querer captó a Daniel en el fondo de la imagen. Años después, cuando el caso se reabrió, esa foto se volvió viral, porque en ella Daniel no parece un hombre en luna de miel, parece un hombre que está esperando algo.

 Por la noche cenaron en el restaurante italiano del hotel. Beatriz pidió pasta con mariscos. Daniel, pescado a la parrilla. Patricia Villanueva, la mesera que los atendió, recordaría después esa cena con una claridad inquietante. Ella hablaba todo el tiempo, contaba historias, se reía, él la escuchaba, pero casi no hablaba, solo asentía, solo sonreía de vez en cuando, pero sus ojos, no sé, parecían tristes.

Terminaron de cenar cerca de las 10. Beatriz sugirió dar un paseo por la playa antes de subir. Daniel dijo que estaba cansado. Que mejor subieran. Subieron. En la habitación, Beatriz abrió una botella de champán que el hotel había dejado de cortesía. Sirvió dos copas. Salieron al balcón. El mar estaba oscuro.

 Solo se escuchaba el sonido de las olas rompiendo contra la arena. Beatriz levantó su copa por nosotros por siempre. Daniel chocó su copa con la de ella, pero no tomó. Solo miró el líquido brillar bajo la luz de la luna. Beatriz publicó una última historia en Instagram esa noche, una foto de las dos copas en la varanda del balcón con el mar de fondo. El texto decía: “Perfecta noche con mi esposo”.

 Fue la última publicación de Beatriz Fuentes. Al día siguiente, 11 de noviembre, desayunaron en el buffet del hotel. Beatriz quería probar todo. Fruta fresca, chilaquiles, pan dulce, jugo de naranja recién exprimido. Daniel tomó café negro. Nada más. ¿No tienes hambre?, le preguntó Beatriz. No mucha. Ella lo miró con preocupación.

 ¿Estás bien? Sí, solo cansado del viaje. Beatriz no insistió. Nunca insistía cuando Daniel se cerraba. Después del desayuno, Beatriz propuso ir a Playa del Carmen. Había leído que era hermoso, que tenían tiendas, restaurantes, vida nocturna. Daniel dijo que mejor se quedaran en el hotel, que descansaran, que disfrutaran de lo que ya tenían ahí.

No discutieron, nunca discutían. Se quedaron. Pasaron la mañana en la alberca. Beatriz nadó. Daniel se sentó en una reposera con un libro que nunca abrió. Llevaba lentes oscuros. Nadie podía ver sus ojos. Por la tarde bajaron a la playa. Beatriz tomó fotos, selfies, fotos del mar, del cielo, de sus pies descalzos en la arena. Daniel caminaba a su lado en silencio.

Valeria, su mejor amiga, revisaría esas fotos meses después buscando pistas y notaría algo extraño. En todas las fotos donde aparecía Daniel, él estaba mirando hacia otro lado, nunca a la cámara, siempre al horizonte, como si estuviera buscando algo o esperando algo. Esa noche cenaron en el mismo restaurante.

Patricia, la mesera, volvió a atenderlos. Esta vez algo era diferente. Estaban más callados, diría después. Ella seguía sonriendo, pero era una sonrisa cansada. Él no probó casi nada de su comida, solo bebía agua. Y en un momento lo vi tomar la mano de ella. Fue un gesto extraño, como si le estuviera pidiendo perdón por algo.

 Terminaron la cena temprano, pagaron en efectivo, dejaron una propina generosa y entonces hicieron algo inesperado. En lugar de subir a su habitación, caminaron hacia la playa, descalzos, tomados de la mano, sin teléfonos, sin carteras, sin nada más que ellos mismos. Un guardia de seguridad del hotel, Héctor Maldonado, los vio alejarse hacia la orilla.

 Eran casi las 12 de la noche, recordaría. No había casi nadie en la playa. Ellos caminaban despacio. Él se detuvo un momento como dudando. Ella lo jaló del brazo. Él asintió y siguieron. Las cámaras de seguridad del lobby los captaron saliendo a las 23:45. Beatriz llevaba un vestido blanco ligero, Daniel, pantalón de lino y camisa azul caminaron hacia la oscuridad del mar y nunca regresaron.

A la mañana siguiente, la camarera del hotel tocó la puerta de la habitación 412 a las 11 en punto. Era su rutina, tocar, esperar, anunciar el servicio de limpieza. Pero nadie respondió. Tocó de nuevo. Nada. Esperó un minuto. Pensó que tal vez estaban en la playa o en el restaurante. Usó su llave maestra. La puerta se abrió. El cuarto estaba intacto.

 Las maletas abiertas sobre el sofá, la ropa perfectamente doblada, dos toallas húmedas colgadas en el baño. Las copas de champán del balcón seguían ahí a medio tomar, pero Beatriz y Daniel no estaban. La camarera no le dio importancia. supuso que habían salido temprano. Hizo la limpieza, cambió las toallas, arregló la cama y entonces vio algo extraño.

 Sobre la almohada del lado derecho donde había dormido Daniel había un anillo, una alianza de oro sencilla con una inscripción por dentro. La camarera lo tomó, lo giró bajo la luz, leyó la inscripción. Bm hasta el final. Le pareció raro que alguien dejara su anillo de matrimonio sobre la cama. Pensó que tal vez se le había caído mientras dormían.

 Lo dejó sobre el buró, terminó la limpieza y se fue. Pasó el mediodía, la tarde, la noche. Beatriz y Daniel no regresaron. A las 2 de la tarde del día siguiente, 13 de noviembre, la gerencia del hotel comenzó a preocuparse. Llamaron al celular de Daniel, no contestó. Intentaron con Beatriz, buzón de voz, revisaron el registro.

 La pareja había pagado por siete noches. Todavía faltaban 5co días. ¿Por qué se irían sin avisar, sin llevarse sus cosas? A las 4 de la tarde, el gerente del hotel decidió llamar a la policía. El capitán Javier Alarcón llegó una hora después con dos agentes. Subieron a la habitación 412. Revisaron todo. Las maletas estaban llenas.

 Ropa limpia, ropa sucia, trajes de baño sin usar, sandalias, bloqueador solar, los pasaportes de ambos dentro de la caja fuerte, dinero en efectivo, tarjetas de crédito, los celulares estaban conectados a los cargadores sobre el buró. Todo estaba ahí, excepto ellos. Al arcón tomó el anillo que la camarera había encontrado, lo examinó, leyó la inscripción, frunció el ceño.

 ¿Por qué un hombre se quitaría su alianza en plena luna de miel? Preguntó a la camarera si había visto algo más. Ella negó. Todo estaba normal, excepto el anillo. Alarcón bajó a recepción, pidió las grabaciones de las cámaras de seguridad, las revisó durante horas y ahí estaban. 11 de noviembre, 23:45 horas. Beatriz y Daniel cruzando el lobby, descalzos, tomados de la mano, sin bolsos, sin teléfonos, sin nada, caminaron hacia la playa y desaparecieron en la oscuridad.

 Al arcón rebobinó la grabación, la vio de nuevo y de nuevo. Había algo en la forma en que caminaban. No parecían asustados, no parecían perdidos. Caminaban con propósito, como si supieran exactamente a dónde iban. Pero, ¿a dónde? Alarcón llamó a la estación. Pidió refuerzos. A la mañana siguiente, 14 de noviembre, comenzó la búsqueda oficial.

 Rastrearon la playa frente al hotel. Nada, interrogaron al personal. Nadie los había visto después de las 23:45. Revisaron hospitales, clínicas, estaciones de policía cercanas, nada. Beatriz Fuentes y Daniel Méndez habían desaparecido sin dejar rastro. La noticia llegó a la ciudad de México esa misma tarde.

 María Fuentes, la madre de Beatriz, estaba preparando la cena cuando sonó su teléfono. Era un número desconocido. Cancún, contestó, “Señora Fuentes, habla el capitán Javier Alarcón de la policía de Cancún. Necesito hacerle algunas preguntas sobre su hija.” María sintió que el piso se movía bajo sus pies. ¿Qué pasó? ¿Dónde está mi hija? Alarcón le explicó la situación. María no podía creerlo.

 Beatriz la había llamado el día que llegaron a Cancún. Estaba feliz, emocionada. No había nada extraño. Mi hija jamás se iría sin avisar. Jamás. Tiene que haber una explicación. Alarcón le pidió que viajara a Cancún lo antes posible. María colgó y lloró. Valeria Torres, la mejor amiga de Beatriz, se enteró esa noche. María la llamó desesperada.

 Valeria no lo podía creer. Tiene que ser un error. Beatriz no desaparece así. Algo pasó. Alguien les hizo algo. Al día siguiente, María y Valeria tomaron un vuelo a Cancún. Llegaron al hotel Coral Dreams al atardecer. Alarcón las estaba esperando en el lobby. Las llevó a la habitación 412. María entró.

 vio las maletas de su hija, su ropa, sus zapatos y se derrumbó. Aquí está todo. ¿Por qué dejaría todo aquí? Valeria revisó el cuarto, abrió el celular de Beatriz, no tenía contraseña. Revisó los mensajes, las fotos, las redes sociales y entonces vio algo. La última historia que Beatriz había publicado en Instagram. La foto de las dos copas de champán en el balcón.

El texto Perfecta noche con mi esposo. Valeria amplió la imagen, miró cada detalle, las copas, el mar, la varanda y entonces lo notó. En el reflejo del vidrio de una de las copas apenas visible estaba Daniel de pie detrás de Beatriz mirándola, pero no sonreía.

 Su expresión era extraña, como si estuviera luchando con algo por dentro. Valeria le mostró la foto a Alarcón. Ve esto, algo no estaba bien. Algo estaba pasando con Daniel. Alarcón tomó nota, pidió que le enviaran todas las fotos y videos que Beatriz había publicado durante la luna de miel. Quería revisar cada detalle. Mientras tanto, la búsqueda continuó.

 Busos revisaron la zona marina frente al hotel. Las corrientes del Caribe podían arrastrar un cuerpo kilómetros en pocas horas, pero no encontraron nada. Helicópteros sobrevolaron la costa, perros rastreadores recorrieron la playa, voluntarios peinaron cada rincón. Nada. Era como si la tierra se los hubiera tragado. Patricia Villanueva, la mesera que los había atendido en el restaurante italiano, fue interrogada dos veces. Ella parecía feliz, dijo.

Pero él, no sé cómo explicarlo, parecía ausente, como si su mente estuviera en otro lugar. Le preguntaron sobre la última cena. Patricia recordaba cada detalle. Fue el 11 de noviembre. Llegaron cerca de las 9 de la noche. Ella pidió pasta, él pescado, pero no lo tocó, solo bebía agua. Ella hablaba, él escuchaba y en un momento él extendió la mano y tomó la de ella.

 Lo recuerdo porque fue un gesto muy intenso, como si le estuviera diciendo adiós. Al arcón frunció el ceño. Adiós. Eso sentí. No sé explicarlo, pero fue la sensación que me dio. El caso comenzó a llamar la atención de los medios. Periódicos locales publicaron la noticia. Televisoras nacionales enviaron reporteros.

 La historia de la pareja desaparecida en su luna de miel en Cancún se volvió viral y con la atención mediática llegaron las teorías. Algunos decían que los habían secuestrado, que el crimen organizado estaba involucrado, que tal vez Daniel debía dinero o que habían sido confundidos con otra pareja. Otros sugerían que se habían ahogado, que habían entrado al mar de noche, que las corrientes los arrastraron.

 Pero María Fuentes rechazaba esa teoría con vehemencia. Mi hija le tenía miedo al mar de noche. Jamás habría entrado. Jamás. Valeria también tenía dudas. Beatriz no sabía nadar bien. Siempre se quedaba en la orilla. ¿Por qué entraría al mar en la oscuridad? La investigación continuó durante semanas.

 Se interrogó a más de 50 personas, turistas, personal del hotel, taxistas, vendedores ambulantes. Nadie había visto nada. Alarcón revisó las grabaciones de seguridad una y otra vez. La última imagen de Beatriz y Daniel caminando hacia la playa, tomados de la mano, descalzos, como si fueran a un lugar del que no pensaban regresar.

 Un mes después del desaparecimiento, sin cuerpos, sin testigos, sin evidencia de crimen, la investigación oficial comenzó a enfriarse. La teoría más aceptada fue el ahogamiento accidental, pero quedaban demasiadas preguntas sin respuesta. ¿Por qué dejaron todo en la habitación? ¿Por qué Daniel se quitó su alianza? ¿Por qué no había señales de lucha? Y lo más perturbador de todo, ¿por qué esa alianza estaba colocada sobre la almohada como si alguien la hubiera dejado ahí con intención? María Fuentes se negó a aceptar que su

hija había muerto. Contrató investigadores privados, ofreció recompensas, publicó carteles por toda la Riviera Maya, pero pasaron los meses y luego los años, y Beatriz y Daniel seguían desaparecidos. El caso se enfrió, los medios dejaron de hablar de él. La habitación 412 del hotel Coral Dreams fue rentada de nuevo. La vida continuó.

 Pero en algún lugar del Caribe el mar guardaba un secreto, un secreto que tardaría 7 años en salir a la superficie, porque en 2023 un pescador de Puerto Morelos encontraría algo en sus redes, algo cubierto de algas y arena, algo que había estado esperando en el fondo del mar durante años, una alianza de oro con una inscripción que decía BM hasta el final.

 y ese descubrimiento lo cambiaría todo. Diciembre de 2016, tres semanas después del desaparecimiento, el capitán Javier Alarcón llevaba 23 años en la policía de Cancún. Había visto de todo, turistas borrachos, robos, peleas, incluso algunos homicidios, pero nunca había visto algo como esto. Un caso sin cuerpo, sin testigos, sin evidencia de violencia, sin motivo aparente. Solo dos personas que caminaron hacia el mar y nunca regresaron.

 Alarcón revisó el expediente por enésima vez. Cada detalle, cada declaración, cada grabación, nada tenía sentido. Si se habían ahogado, ¿dónde estaban los cuerpos? El Caribe mexicano no perdona, las corrientes son fuertes, sí, pero los cuerpos siempre aparecen. Tarde o temprano el mar los devuelve. Pero habían pasado tres semanas y nada.

Alarcón llamó a un experto en corrientes marítimas, un océanógrafo de la Universidad de Quintana Roo. Le explicó la situación, le mostró el punto exacto donde Beatriz y Daniel fueron vistos por última vez. El océanógrafo estudió los mapas, revisó los datos de corrientes de esa noche, hizo cálculos y su respuesta dejó a Alarcón más confundido que antes.

 Si entraron al mar en ese punto, a esa hora, con las corrientes que había esa noche, los cuerpos deberían haber aparecido en menos de 72 horas, máximo una semana. Las corrientes de noviembre van hacia el norte. Los habrían arrastrado hacia Isla Mujeres o Puerto Morelos. Ya deberían haber aparecido. Alarcón preguntó si era posible que nunca aparecieran.

 Es extremadamente raro, a menos que hayan quedado atrapados en alguna formación submarina o que los tiburones. Bueno, pero incluso así algo aparece. Siempre aparece algo. Pero no había aparecido nada, ni ropa, ni zapatos. Ni un solo rastro. Alarcón volvió a la playa frente al hotel Coral Dreams.

 Caminó por la arena, midió distancias, buscó algo que los investigadores anteriores hubieran pasado por alto. Nada. La arena había sido peinada metro por metro. Perros rastreadores habían recorrido la zona. Busos habían explorado hasta 500 met de la costa. Nada. Era como si Beatriz y Daniel hubieran desaparecido en el aire o como si nunca hubieran entrado al mar.

 Esa posibilidad comenzó a rondar la mente de Alarcón. Y si no se ahogaron. Y si caminaron por la playa y alguien los interceptó. Pero las cámaras de seguridad no mostraban a nadie más en la playa esa noche y no había huellas de otros pies en la arena, solo las de ellos dos. Héctor Maldonado, el guardia de seguridad, fue interrogado tres veces.

Siempre contaba la misma historia. Los vi caminar hacia la playa. Eran las 11:45. No había nadie más. La playa estaba vacía. Ellos iban tomados de la mano despacio. Él se detuvo un momento como dudando. Ella lo jaló suavemente. Siguieron y se perdieron en la oscuridad. Le preguntaron si vio a alguien más, algún bote, alguna luz, algo, nada, solo ellos dos. La investigación comenzó a ramificarse en diferentes direcciones.

Alarcón y su equipo exploraron todas las posibilidades. Deudas. Daniel tenía un préstamo del banco para la luna de miel, pero estaba al corriente en sus pagos. No debía dinero a nadie más. enemigos. Ninguno. Daniel era callado, no tenía conflictos con nadie. Beatriz era maestra, todos la querían.

 Problemas maritales. No había evidencia. Nadie los había visto discutir. Valeria insistía que estaban enamorados. Infidelidad tampoco. Los celulares de ambos fueron revisados. mensajes, redes sociales, correos, nada sospechoso. Entonces, ¿qué? La prensa comenzó a llenar el vacío con teorías propias. Un periódico de Cancún publicó Pareja desaparecida, secuestro del crimen organizado.

 La teoría sugería que Beatriz y Daniel habían sido confundidos con otra pareja, que los habían secuestrado, que estaban en algún lugar, prisioneros, pero no había pedido de rescate, no había llamadas, no había amenazas. Otro medio propuso suicidio conjunto, la oscura verdad detrás de la luna de miel perfecta. Esa teoría ganó tracción. Algunos comentaristas en internet comenzaron a especular.

 Dijeron que tal vez Beatriz y Daniel tenían problemas que nadie conocía, que habían planeado morir juntos, que la luna de miel era una despedida. María Fuentes explotó cuando leyó eso. Mi hija no era suicida, era feliz, acababa de casarse. ¿Por qué iba a quitarse la vida? Valeria también rechazó esa teoría con fuerza. Beatriz tenía planes, quería tener hijos, quería comprar una casa.

Hablábamos de eso todo el tiempo. No tiene sentido. Pero había algo que sí tenía sentido para algunos. La alianza dejada sobre la almohada. Un psicólogo forense consultado por la policía sugirió que ese gesto podía ser simbólico.

 Dejar un anillo de matrimonio de esa forma no es accidental, es deliberado, es un mensaje. Puede significar renuncia, liberación o despedida. Alarcón no estaba convencido, pero tampoco podía descartarlo. Decidió investigar más a fondo a Daniel Méndez. habló con sus compañeros de trabajo, con su jefe, con amigos de la universidad. Todos decían lo mismo. Daniel era serio, trabajador, confiable, un poco cerrado emocionalmente, sí, pero buen tipo.

Nunca hablaba de sus problemas, dijo uno de sus colegas. Era de esas personas que guardan todo por dentro, pero parecía estable. No sé. Nunca pensé que algo así pudiera pasar. Alarcón preguntó si Daniel había mostrado algún comportamiento extraño antes del viaje. Ahora que lo mencionas, sí.

 La última semana antes de la boda estuvo raro, distante, como preocupado. Le pregunté si estaba nervioso por casarse. Se rió y dijo que no, pero no me convenció. Esa información era nueva. Alarcón tomó nota. También habló con el padre de Daniel, que vivía en Guadalajara. Era un hombre mayor. Había enviudado años atrás. Daniel era su único hijo. Mi hijo era un buen hombre, dijo con voz quebrada. Tranquilo.

 Nunca me dio problemas. Cuando me dijo que se iba a casar, me alegré. Beatriz parecía una buena mujer. Pensé que por fin iba a ser feliz. Alarcón preguntó si Daniel había tenido algún problema de salud, físico o mental. El padre negó. Estuvo sano toda su vida.

 Bueno, hace unos meses me dijo que había ido al doctor, una revisión de rutina, pero no me dio detalles. Dijo que todo estaba bien. Alarcón sintió un cosquilleo. Pidió al padre permiso para revisar los registros médicos de Daniel. El padre aceptó. Dos días después, Alarcón tenía los documentos y lo que encontró lo dejó helado.

 Daniel había visitado una clínica privada en la Ciudad de México en agosto de 2016, 3 meses antes de la boda. Se había hecho análisis de sangre completos. Los resultados estaban en el expediente y Alarcón entendió todo, o al menos comenzó a entenderlo, pero guardó esa información. No la compartió con nadie, todavía no. Necesitaba confirmar algo más.

 Mientras tanto, la búsqueda continuaba. Voluntarios recorrían playas cercanas cada fin de semana. María Fuentes se quedó en Cancún durante dos meses. Pegaba carteles, hablaba con turistas, preguntaba a todo el mundo, “¿Han visto a mi hija? ¿Han visto a este hombre?” Pero nadie los había visto. Valeria regresó a la ciudad de México después de tres semanas, pero no dejó de investigar.

 Revisó cada foto que Beatriz había publicado, cada video, cada mensaje y comenzó a anotar patrones. En las últimas semanas antes del viaje, Beatriz publicaba menos. Sus mensajes eran más cortos, menos efusivos. Valeria revisó sus conversaciones privadas de WhatsApp, las últimas que habían tenido antes del viaje. Beatriz, ya casi nos vamos. Estoy emocionada. Valeria, te lo mereces.

 Van a ser los días más felices de tu vida. Beatriz. Eso espero. Ese eso Eso espero. Se quedó grabado en la mente de Valeria. No era típico de Beatriz. Ella siempre era positiva, siempre segura. ¿Por qué había dudado? Valeria le envió esa conversación a Alarcón. Él la leyó varias veces. Cada pieza del rompecabezas comenzaba a encajar, pero todavía faltaban piezas cruciales.

 En enero de 2017, dos meses después del desaparecimiento, un turista estadounidense reportó haber encontrado un zapato de mujer en una playa de Isla Mujeres. Era una sandalia blanca. Talla 24, el mismo tipo que Beatriz usaba. La policía la analizó, pero no pudieron confirmar que fuera de ella. No había ADN útil, no había marcas distintivas, podía ser de cualquiera. Pero María Fuentes insistió que era de su hija. Es su sandalia, estoy segura.

La vi usar esas sandalias mil veces. Alarcón no estaba convencido, pero la incluyó en el expediente. La teoría del ahogamiento seguía siendo la oficial, pero Alarcón sabía que había algo más, algo que no estaban viendo. Y entonces, en febrero de 2017, recibió una llamada anónima, una voz de mujer, joven, nerviosa.

 Capitán Alarcón, tengo información sobre la pareja desaparecida Beatriz y Daniel. Alarcón grabó la llamada, preguntó quién era. No puedo decirle, pero trabajaba en el hotel. Los vi esa noche. Vi algo que nadie más vio. Alarcón se inclinó hacia delante. ¿Qué vio? Hubo un silencio largo. Los vi entrar a un bote. Alarcón sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Un bote, ¿qué tipo de bote? una lancha pequeña.

Estaba esperándolos en la playa, no muy lejos del hotel. Vi que subieron y se fueron. Alarcón preguntó por qué no había dicho nada antes. Porque no estoy segura de lo que vi. Estaba oscuro y tengo miedo. Alarcón intentó convencerla de que se presentara, de que diera una declaración formal, pero la mujer colgó y nunca volvió a llamar. Alarcón intentó rastrear el número.

 Era de un teléfono público en Playa del Carmen, imposible de rastrear. Pero esa llamada cambió todo. Si Beatriz y Daniel subieron a un bote, entonces no se ahogaron accidentalmente, entonces alguien los estaba esperando. Entonces había un plan. Pero, ¿qué tipo de plan? Fuga, secuestro, ¿algo peor? Alarcón ordenó revisar todas las embarcaciones que habían salido de la zona esa noche, pero había docenas, lanchas turísticas, botes de pesca, jaats privados y la mayoría no tenía registro oficial. Era imposible rastrearlos todos. El caso se complicó

aún más. Y mientras Alarcón intentaba encontrar respuestas en algún lugar del Caribe, la verdad esperaba. Esperaba en el fondo del mar. en una alianza cubierta de algas en un secreto que tardaría 7 años en salir a la luz. Porque lo que había pasado esa noche no fue un accidente, no fue un secuestro, no fue una fuga, fue algo mucho más oscuro, algo que nadie, ni siquiera al Arcón podía imaginar.

Abril de 2023. 7 años después. Rodrigo Cárdenas llevaba 30 años pescando en las aguas de Puerto Morelos. Conocía cada corriente, cada arrecife, cada rincón del mar que le daba de comer. Esa mañana salió temprano como siempre. El sol apenas asomaba en el horizonte. El mar estaba tranquilo, perfecto para lanzar las redes.

 Navegó hasta su zona favorita, a unos 3 km de la costa. Lanzó las redes, esperó, fumó un cigarro mientras el bote se mecía suavemente. Una hora después comenzó a recoger. Las redes venían pesadas. Buen signo. Tal vez había atrapado un buen lote de pargo o huachinango, pero cuando la subió se dio cuenta de que algo no estaba bien.

 Las redes estaban llenas de algas, arena, ramas, basura del fondo marino. Y entre todo eso algo brilló bajo la luz del sol. Rodrigo metió la mano entre las algas, sintió algo metálico, lo jaló. Era un anillo, una alianza de oro. pequeña, cubierta de verdín y sal, pero claramente era oro. Rodrigo la limpió con su camisa, la giró entre los dedos y entonces vio la inscripción por dentro.

Letras grabadas, desgastadas, pero legibles. Bm, hasta el final. Rodrigo frunció el ceño. No era la primera vez que encontraba cosas raras en sus redes. Una vez había sacado un reloj, otra vez una cartera. El mar esconde muchas historias, pero algo en esa alianza lo inquietó.

 la guardó en su bolsillo, terminó de recoger las redes, regresó a Puerto. Esa tarde en su casa, le mostró el anillo a su esposa. Dolores, “Mira lo que encontré hoy.” Dolores tomó la alianza, la examinó, leyó la inscripción. “Se ve antigua, debe tener años en el mar.” Rodrigo asintió. “¿Crees que valga algo?” Dolores se encogió de hombros.

 Tal vez deberías llevarla a una joyería o no sé, tal vez pertenece a alguien. Rodrigo no le dio más importancia, dejó el anillo sobre la mesa y se olvidó de él durante dos días, pero Dolores no lo olvidó. Algo en esa inscripción le llamaba la atención. B hasta el final. Era romántico, pero también triste, como una despedida. El tercer día, Dolores decidió buscar en internet.

 Escribió en Google Anillo Perdido. Quintana Ru BM. No encontró nada específico. Intentó de nuevo pareja desaparecida Cancún 2016 y entonces lo vio. Un artículo viejo de 2016 con fotos de una pareja joven, Beatriz Fuentes y Daniel Méndez, desaparecidos en su luna de miel. Dolores leyó el artículo completo, luego otro y otro y su corazón comenzó a latir más rápido.

 El caso hablaba de una alianza encontrada en la habitación del hotel, la alianza de Daniel, con la inscripción BM. Las iniciales coincidían Beatriz Méndez. Ella había tomado el apellido de él. Dolores corrió a buscar a su esposo. Rodrigo, tienes que ver esto. Le mostró los artículos. Rodrigo los leyó en silencio. Luego tomó el anillo de la mesa, lo miró de nuevo.

 ¿Crees que sea la misma? Tiene que serlo. Las iniciales, la inscripción, todo coincide. Rodrigo no lo podía creer. Había encontrado la alianza de un hombre desaparecido hace 7 años. Al día siguiente fueron a la estación de policía de Puerto Morelos. Le contaron todo al comandante de turno. Le mostraron el anillo.

 El comandante tomó nota, les dijo que iba a investigar, que si era importante los contactarían. Rodrigo y Dolores se fueron. Pensaron que ahí terminaba todo, pero no terminaba, apenas comenzaba. Dos días después, el teléfono de Rodrigo sonó. era la policía de Cancún. El capitán Javier Alarcón quería hablar con él urgente. Rodrigo viajó a Cancún esa misma tarde.

 Alarcón lo estaba esperando en su oficina. Había envejecido. Más canas, más arrugas, pero sus ojos seguían siendo igual de intensos. Señor Cárdenas, gracias por venir. Necesito que me cuente exactamente dónde encontró este anillo. Rodrigo le explicó las coordenadas exactas, la profundidad, la zona.

 Alarcón tomó nota de todo, luego sacó una carpeta vieja de su escritorio, el expediente del caso Fuentes Méndez. lo abrió, buscó una página específica y se la mostró a Rodrigo. Era una foto de la alianza encontrada en la habitación del hotel en 2016. Esta es la alianza de Daniel que encontramos en su habitación, la que dejó sobre la almohada.

 Luego puso la alianza que Rodrigo había encontrado al lado. Eran diferentes. La de la habitación tenía grabado BM hasta el final. La del mar tenía grabado BM hasta el final. Rodrigo frunció el ceño. Pero son iguales. Alarcón negó con la cabeza. No, mire con atención. Rodrigo se acercó y entonces lo vio.

 Las letras eran ligeramente diferentes. El grosor del anillo era distinto. Son dos alianzas diferentes dijo Alarcón. La que encontramos en el hotel era la de Daniel. Esta que usted encontró hizo una pausa. Es la de Beatriz. Rodrigo sintió un escalofrío. No entendía por qué tendrían dos alianzas con la misma inscripción. Alarcón se recargó en su silla. Respiró hondo.

 Esa es la pregunta que me he hecho durante 7 años. Esa tarde Alarcón llamó a María Fuentes. Le explicó el hallazgo. Le pidió que viniera a Cancún para identificar la alianza. María llegó al día siguiente apenas dormía. Apenas comía. Durante 7 años había vivido con la esperanza de que su hija apareciera, con la esperanza de que todo hubiera sido un error.

 Pero cuando vio la alianza, supo que no había error. Es de ella, estoy segura. Yo estuve ahí cuando las mandaron a hacer. Eran iguales, una para cada uno. Alarcón preguntó si sabía por qué tenían la misma inscripción. María asintió con lágrimas en los ojos. Daniel las diseñó.

 Dijo que quería que fueran idénticas, que los dos llevaran el mismo mensaje. Bm por Beatriz Méndez, el apellido que ella tomó, y hasta el final, porque se prometieron estar juntos siempre. Alarcón sintió un nudo en la garganta. Había visto muchos casos en su carrera, pero este lo afectaba de forma diferente. Vamos a reabrir el caso, señora Fuentes, oficialmente. María lo miró con ojos llenos de esperanza y dolor.

 ¿Creen que que todavía puedan estar vivos? Alarcón no quiso mentirle. No lo sé, pero vamos a averiguarlo. La noticia del hallazgo llegó a los medios dos días después. Un periódico local público aparece alianza de pareja desaparecida hace 7 años en Cancún. La historia se volvió viral en horas. Programas de televisión la retomaron.

Podcasts de crímenes reales hicieron episodios especiales. Las redes sociales explotaron con teorías. Valeria Torres, la mejor amiga de Beatriz, se enteró por un mensaje de WhatsApp. Alguien le envió el link de la noticia. No podía creer lo que leía. Después de 7 años, después de perder toda esperanza, algo había aparecido.

Llamó inmediatamente a Alarcón. Capitán, soy Valeria Torres, la amiga de Beatriz. Vi la noticia. Es real. Encontraron su alianza. Alarcón confirmó. Necesito verlo dijo Valeria. Necesito ayudar. Sé que pasaron 7 años, pero no puedo quedarme sin hacer nada. Alarcón aceptó. Siempre había respetado la persistencia de Valeria. Valeria viajó a Cancún esa misma semana.

 Se reunió con Alarcón en su oficina. Él le mostró todo. La alianza, los mapas de corrientes, las coordenadas donde fue encontrada. Aquí, dijo señalando un punto en el mapa, a 3 km de Puerto Morelos. Prof. de unos 15 met. Valeria estudió el mapa. ¿Qué significa? ¿Qué hacía su alianza ahí? Alarcón negó con la cabeza. Esa es la pregunta.

 Las corrientes pudieron haberla arrastrado desde cualquier parte, pero según los expertos, si la alianza entró al mar la noche que desaparecieron, debería haber aparecido hace años. No ahora. Valeria frunció el ceño. Entonces, entonces tal vez no entró al mar esa noche. Tal vez entró después. Valeria sintió un escalofrío. Está diciendo que Alarcón la interrumpió.

 No estoy diciendo nada todavía, solo estoy considerando todas las posibilidades. Ordenó un nuevo rastreo de la zona donde fue encontrada la alianza. Buzos profesionales exploraron el área durante una semana. No encontraron nada más. Ni ropa, ni huesos, ni señales de Beatriz o Daniel, solo la alianza. Pero ese pequeño objeto de oro cambió todo.

Reabrió heridas, reabrió preguntas y reabrió el caso. Alarcón volvió a revisar todos los expedientes, todas las declaraciones, todas las teorías. Y entonces recordó algo, la llamada anónima de 2017. La mujer que dijo haber visto a Beatriz y Daniel subir a un bote. Nunca había podido confirmar esa información.

 Pero ahora, con el hallazgo de la alianza en una zona específica del mar, tal vez tenía sentido. Ordenó investigar todas las islas pequeñas cerca de Puerto Morelos. Había varias, algunas deshabitadas, otras con construcciones abandonadas y en una de ellas, en Isla Blanca, había un pequeño chal que llevaba años sin ser visitado. Alarcón decidió investigarlo.

 sabía que iba a encontrar, pero algo le decía que ahí había respuestas, porque después de 7 años el mar había devuelto un secreto y tal vez, solo tal vez estaba a punto de revelar otro. Alarcón necesitaba revisar todo desde el principio. 7 años habían pasado. La memoria de los testigos ya no era confiable. Las grabaciones de seguridad del hotel habían sido borradas hacía años, pero quedaba algo.

 Los celulares de Beatriz y Daniel seguían guardados en la bodega de evidencia. Sellados, intactos, Alarcón los mandó reactivar. Llamó a un técnico forense especializado en recuperación de datos. Quería revisar cada foto, cada video, cada mensaje. El técnico trabajó durante 3 días. logró recuperar casi todo, fotos, videos, conversaciones de WhatsApp, todo estaba ahí congelado en el tiempo. Alarcón comenzó a revisar el celular de Beatriz.

 Había cientos de fotos, la mayoría de la luna de miel, selfies en el hotel, fotos del mar, de la comida, del atardecer. Y entonces encontró algo que no había visto antes, un video corto grabado la tarde del 11 de noviembre, horas antes de que desaparecieran. Alarcón lo reprodujo.

 La cámara mostraba a Beatriz y Daniel en un bote, una lancha pequeña. Ella sonreía, él también. Estaban en el mar. El agua era turquesa brillante, el cielo azul perfecto. Beatriz hablaba a la cámara. Miren qué hermoso. Nos llevaron a dar un paseo. Esto es increíble. La cámara giraba, mostraba el horizonte. Luego volvía a enfocar a Daniel. Él levantaba la mano en un saludo tímido. No decía nada, solo sonreía.

 Y entonces, justo antes de que el video terminara, la cámara captó algo más. Al fondo, casi fuera de cuadro, un hombre de pie manejando la lancha. Al arcón pausó el video, amplió la imagen. El hombre estaba de espaldas, usaba una gorra, camisa de manga corta y algo en su cuello brillaba bajo el sol. Un collar. Al arcón amplió más.

 La calidad de la imagen se pixeló, pero alcanzaba a ver que era un collar grueso con algo colgando. Tal vez un dije, tal vez una medalla. Alarcón sintió que algo hacía clic en su mente. Mandó la imagen al laboratorio forense. Pidieron que mejoraran la calidad, que ampliaran el collar, que trataran de identificar cualquier detalle.

 Mientras esperaba los resultados, revisó los expedientes viejos, las declaraciones de 2016 y encontró algo que había pasado por alto. Uno de los empleados del hotel, un vendedor de tours en la playa, había mencionado en su declaración que la tarde del 11 de noviembre varias lanchas turísticas habían salido con pasajeros. Alarcón buscó el nombre del empleado, Gerardo Salinas, todavía trabajaba en el hotel, lo mandó llamar.

 Gerardo llegó a la estación dos días después. Era un hombre de unos 40 años, moreno, delgado, con acento yucateco. Señor Salinas, necesito que recuerde noviembre de 2016. La pareja que desapareció. ¿Los vio ese día? Gerardo asintió. Sí. Los vi en la playa. Por la tarde estaban caminando. Hablé con ellos. Les ofrecí un tour de Snorkel, pero no les interesó.

 Alarcón le mostró el video del celular de Beatriz. Reconoce esta lancha. Gerardo entrecerró los ojos. Miró con atención. Puede ser. Ese día había varias lanchas, pero esa se parece a una que usaba un tipo que venía seguido por esa zona. Al arcón se inclinó hacia adelante. ¿Qué tipo? No sé su nombre.

 Nunca trabajó oficial en el hotel, pero ofrecía paseos privados a los turistas, más baratos que los oficiales. El hotel no lo permitía, pero él igual lo hacía. Se paraba en la playa, hablaba con la gente y se los llevaba. Alarcón sintió que el caso daba un giro. ¿Cómo era ese hombre? Gerardo pensó.

 alto, delgado, siempre usaba gorra y tenía un collar, un collar raro con una especie de, no sé, como un amuleto. Al arcón le mostró la imagen ampliada del video, el collar. Gerardo lo miró fijamente. Sí, ese, ese era su collar, estoy seguro. Alarcón sintió adrenalina recorrer su cuerpo. ¿Sabe dónde puedo encontrarlo? Gerardo negó. Dejó de venir hace años. Después de que la pareja desapareció, ya no lo volví a ver.

 Pensé que tal vez se había ido a otra playa o que le habían prohibido trabajar aquí. Alarcón preguntó si alguien más lo conocía, si alguien sabía su nombre. Gerardo pensó, “Tal vez los otros lancheros, ellos hablaban con él a veces, pero eran solo conversaciones rápidas. Nadie lo conocía bien. Al arcón le agradeció. Le pidió que si recordaba algo más lo llamara de inmediato.

Gerardo se fue y al Arcón comenzó una búsqueda exhaustiva. Habló con todos los lancheros registrados de la zona. Les mostró el video, la imagen del collar. Preguntó si reconocían al hombre. Algunos dijeron que tal vez, otros que no estaban seguros. Nadie pudo dar un nombre. Era como si el hombre nunca hubiera existido.

 Alarcón ordenó revisar registros de embarcaciones de 2016, pero había cientos y muchas no tenían registro oficial. Eran lanchas particulares, sin permisos, sin papeles, imposible rastrearlas todas. Valeria llegó a Cancún de nuevo. Alarcón le mostró el video. Ella no podía creerlo. Nunca había visto este video. Beatriz no me lo envió. ¿Por qué? Alarcón no tenía respuesta.

 Valeria miró el video una y otra vez. Estudió cada detalle. La sonrisa de Beatriz, la expresión de Daniel. El hombre del fondo. ¿Crees que él tiene algo que ver? Alarcón respiró hondo. Es la única pista nueva que tenemos en 7 años. Tengo que seguirla. Valeria asintió. Y si ese hombre los llevó a algún lugar.

 ¿Y si no se ahogaron? ¿Y si están o estuvieron en alguna isla? Esa idea ya había cruzado la mente de Alarcón, pero necesitaba evidencia. No podía actuar solo con teorías. Ordenó un rastreo de todas las islas pequeñas cerca de Puerto Morelos y Cancún. Había varias, algunas habitadas, otras no.

 Isla Mujeres, Isla Blanca, Isla Contoy, Isla Pérez y varios islotes sin nombre, pequeños, rocosos, algunos con construcciones abandonadas. Alarcón organizó un equipo. Buzos, oficiales, voluntarios. iban a revisar cada isla, cada construcción, cada rincón. La búsqueda comenzó en mayo de 2023. Isla Mujeres fue la primera. Revisaron playas, casas abandonadas, bodegas viejas, nada relacionado con Beatriz y Daniel. Isla con Toy, lo mismo, nada.

 Isla Blanca fue la tercera, apenas habitada, con algunas construcciones dispersas, la mayoría casas de pescadores, algunas abandonadas desde hacía años. El equipo llegó en dos lanchas. Comenzaron a revisar la zona norte, nada. La zona sur, nada. Y entonces en la parte este, escondido entre palmeras y maleza, encontraron algo.

 Un chalé pequeño de madera, viejo, con las ventanas rotas, la puerta medio caída, parecía abandonado desde hacía años. Alarcón se acercó con cuidado. La puerta estaba entreabierta, la empujó, crujió. El interior estaba oscuro, polvo por todas partes, telarañas, olor a humedad y abandono. Al arcón entró, encendió su linterna. La sala era pequeña, un sofá viejo, una mesa, sillas rotas.

 Siguió avanzando, llegó a lo que parecía ser un cuarto y entonces vio algo que le heló la sangre. En la pared, clavadas con tachuelas, había fotografías. Alarcón se acercó, iluminó con la linterna. Eran fotos polaroid, viejas, desgastadas por el tiempo y la humedad. En la primera foto aparecían Beatriz y Daniel, sentados en el sofá de esa misma casa, sonriendo, tomados de la mano.

 Alarcón sintió que el corazón le latía en la garganta. En la segunda foto estaban en la playa, descalzos. Ella con un vestido blanco, él con pantalón de lino, la misma ropa que llevaban la noche que desaparecieron. En la tercera foto estaban en el cuarto, acostados en la cama, mirando a la cámara con expresiones tranquilas, casi serenas.

 Al Darcón tomó una de las fotos, le dio la vuelta, en el reverso, con letra temblorosa estaba escrito, “Prometimos no separarnos nunca. Si uno se va, el otro lo sigue. Y una fecha, 15 de noviembre de 2016, 4 días después de su desaparición, Alarcón llamó al resto del equipo, les mostró las fotos, todos quedaron en shock. Comenzaron a revisar el resto de la casa.

 Encontraron más cosas. Una bolsa con ropa de mujer y de hombre sucia, rasgada. Botellas de agua vacías. Latas de comida abiertas, medicinas, antibióticos, analgésicos. Y en un cajón del cuarto encontraron algo más, una cámara polaroid, vieja, sin batería y más fotos. En estas fotos, Beatriz y Daniel ya no sonreían.

 Se veían demacrados, pálidos, enfermos. En una de las últimas fotos, Beatriz estaba acostada en la cama. Daniel estaba a su lado. Ambos miraban a la cámara con ojos hundidos, cansados. En el reverso de esa foto decía, “Ya no queda tiempo, pero estamos juntos.” Eso es lo único que importa.

 y una fecha, 3 de enero de 2017, casi dos meses después de su desaparición, Alarcón sintió un nudo en el estómago. No sabía qué había pasado exactamente, pero empezaba a entenderlo. Beatriz y Daniel no habían sido secuestrados, no se habían ahogado accidentalmente, habían venido a esta isla por voluntad propia. ¿Pero por qué? Alarcón continuó revisando. En una esquina del cuarto encontró una caja de metal. La abrió.

Dentro había papeles, documentos médicos. Los revisó. Eran resultados de análisis de sangre de Beatriz y Daniel, fechados en agosto de 2016, tres meses antes de la boda. Alarcón leyó los resultados y todo cobró sentido. Los dos habían dado positivo para B y H. Alarcón cerró los ojos, respiró hondo.

 Ahora entendía todo. El silencio de Daniel, la tristeza en sus ojos, la despedida. Habían descubierto que estaban enfermos antes de casarse y habían decidido seguir adelante de todos modos. Pero después de la boda algo cambió. Tal vez el miedo, tal vez la desesperación, tal vez la decisión de no enfrentar esa realidad.

 Y habían hecho un pacto, un pacto para desaparecer juntos, para morir juntos, lejos de todos, en una isla donde nadie los encontrara. Al arcón salió del chalé. El sol brillaba intenso, el mar era de un azul perfecto, pero él solo sentía tristeza. llamó a su equipo, les dio instrucciones, iban a procesar la escena, a documentar todo, a buscar más evidencia, porque aunque ahora entendía que había pasado, todavía faltaba una pieza.

¿Dónde estaban los cuerpos de Beatriz y Daniel? Alarcón pasó tres días en Isla Blanca. El chalet abandonado se convirtió en una escena del crimen. Aunque no había crimen, solo una tragedia. El equipo forense documentó todo, cada foto, cada objeto, cada rastro de vida que Beatriz y Daniel habían dejado en ese lugar.

 Las fotografías Polaroid contaban una historia devastadora. La primera serie mostraba a la pareja feliz. Recién llegados a la isla, sonriendo, abrazados, como si estuvieran viviendo una aventura. Pero las fotos posteriores mostraban el deterioro. En una foto fechada el 20 de noviembre de 2016, Beatriz aparecía sentada en el sofá. Su sonrisa era forzada, ojeras marcadas.

 Daniel estaba de pie detrás de ella, su mano sobre su hombro. Su expresión era de resignación. En otra del 28 de noviembre, ambos estaban en la cama. Ya no sonreían, solo miraban a la cámara. como si estuvieran documentando su propio final. La última foto era del 3 de enero de 2017. Beatriz estaba recostada, pálida, demacrada. Daniel a su lado tomándole la mano.

 En el reverso decía, “Ya no queda tiempo, pero estamos juntos. Eso es lo único que importa.” Alarcón ordenó buscar en toda la isla. Necesitaban encontrar los cuerpos o alguna pista de qué había pasado después de esa última foto. El equipo dividió la isla en cuadrantes.

 Revisaron cada metro: la playa, la selva, las rocas, las cuevas pequeñas que se formaban cerca de la costa. Y en el tercer día, en una cueva escondida entre rocas en el lado oeste de la isla, encontraron algo. Dos bolsas de plástico selladas, enterradas bajo arena y piedras. Al arcón las abrió con cuidado. Dentro había ropa, el vestido blanco de Beatriz, el pantalón de lino de Daniel, sus zapatos y algo más.

 Una nota escrita a mano en papel mojado y desgastado, pero aún legible. Alarcón la leyó en voz alta para su equipo. A quien encuentre esto, no nos busquen. Tomamos nuestra decisión. Descubrimos que ambos estábamos enfermos tres meses antes de casarnos. Queríamos vivir una vida juntos, pero no así. No con miedo, no con dolor.

 Decidimos que cuando llegara el momento nos iríamos juntos. Nadie tiene la culpa. Fue nuestra elección. Perdón por el dolor que causamos a nuestras familias. Los amamos, pero esto era lo único que tenía sentido para nosotros. Beatriz y Daniel. La fecha en la nota era del 5 de enero de 2017. Alarcón sintió un peso enorme en el pecho.

 Durante 7 años había buscado respuestas y ahora las tenía, pero no eran las respuestas que esperaba. No había villano, no había asesino, solo dos personas que decidieron enfrentar su destino de la única forma que creían posible. Pero todavía faltaba algo. Los cuerpos. ordenó continuar la búsqueda, pero no encontraron nada más, ni en las cuevas, ni en la selva, ni enterrados en la placa. El arcón recordó algo.

 La alianza de Beatriz, encontrada en el mar, a 3 km de distancia llamó al experto en corrientes marítimas de nuevo. Le mostró la ubicación exacta de Isla Blanca. le preguntó si una persona que entrara al mar desde esa isla podría ser arrastrada hasta Puerto Morelos. El experto hizo cálculos. Revisó mapas de corrientes de enero de 2017. Sí, es posible.

 Las corrientes de esa zona en enero van hacia el norte y luego se curvan hacia el este. Un cuerpo podría ser arrastrado hasta esa zona, especialmente si entra en un punto específico de la isla. Alarcón preguntó qué pasaría con los cuerpos después de tanto tiempo. El experto fue honesto. Después de 7 años en el mar, sin protección, expuestos a la fauna marina, es casi imposible que quede algo.

 Los huesos se dispersan, se hunden, se entierran en la arena del fondo. Es muy difícil encontrarlos. Alarcón asintió. Sabía que la búsqueda de los cuerpos sería casi inútil. Pero tenía que intentarlo. Ordenó un rastreo submarino en la zona donde fue encontrada la alianza. Busos profesionales exploraron durante una semana con equipo especializado, georradar submarino, detectores de metales.

 No encontraron nada más que la alianza. El mar se había llevado a Beatriz y Daniel para siempre. Alarcón regresó a Cancún con toda la evidencia, las fotos, los documentos médicos, la nota, la ropa. Tenía que informar a las familias y esa era la parte más difícil.

 Llamó primero a María Fuentes, le pidió que viniera a la estación, que trajera a alguien para apoyo. María llegó con Valeria. Ambas sabían que las noticias no serían buenas. Alarcón las sentó en su oficina. Les mostró las fotos, los documentos, la nota. María se derrumbó. Lloró como nunca había llorado. 7 años de incertidumbre, 7 años de esperanza. Y ahora esto. Mi niña, mi niña estaba enferma y no me dijo nada.

 ¿Por qué no me dijo? Valeria la abrazó. También lloraba, pero había entendido algo que María todavía no procesaba. porque no quería preocuparte, porque sabía que ibas a sufrir. Y ella ella decidió no vivir con ese sufrimiento. María negó con la cabeza, pero yo habría estado con ella, la habría cuidado. No tenía que hacer esto. Alarcón habló con voz suave.

 Señora Fuentes, entiendo su dolor. Pero Beatriz y Daniel tomaron una decisión. No fue fácil. No fue rápida, pero fue suya. Y se fueron juntos como prometieron. María miró las fotos de nuevo. La última. Beatriz acostada, pálida, Daniel a su lado tomándole la mano. Y aunque su corazón estaba roto, entendió algo.

 Su hija no había muerto sola, no había sufrido sola, había estado con la persona que amaba hasta el final. Valeria preguntó sobre la alianza. ¿Por qué apareció después de 7 años? Alarcón explicó su teoría. Creemos que después de escribir la nota, Beatriz y Daniel caminaron hacia el mar. Beatriz llevaba su alianza puesta. Antes de entrar al agua, se la quitó.

Tal vez la lanzó como un último símbolo, un último adiós. Las corrientes la arrastraron. quedó atrapada en alguna formación rocosa o en algas y estuvo ahí durante años hasta que las redes del pescador la liberaron. Valeria cerró los ojos, imaginó esa escena, Beatriz quitándose su alianza, mirándola por última vez, lanzándola al mar y luego entrando al agua con Daniel, tomados de la mano. Como siempre, la noticia se hizo pública una semana después.

Los medios cubrieron la historia con respeto. No fue sensacionalista, no fue morbosa. Fue tratada como lo que era, una tragedia de amor. Pareja desaparecida en 2016 había hecho un pacto. Descubren que ambos padecían BH y decidieron morir juntos. La reacción pública fue mixta. Algunos criticaron la decisión de Beatriz y Daniel.

 Dijeron que era cobardía, que podían haber vivido, que había tratamientos. Otros defendieron su derecho a decidir sobre sus propias vidas. Dijeron que nadie podía juzgar el dolor y el miedo que sintieron, pero la mayoría solo sintió tristeza por dos personas jóvenes que se amaban, que se enfrentaron a un diagnóstico devastador y que eligieron el único camino que tenía sentido para ellos. El padre de Daniel viajó a Cancún.

 Al arcón le mostró todo. El hombre lloró en silencio. Luego pidió ver las fotos de nuevo. “Mi hijo se veía en paz”, dijo en las últimas fotos, triste, enfermo, pero en paz, porque estaba con ella. Alarcón asintió. Creo que eso es lo más importante. No murieron con miedo. No murieron solos. Murieron juntos, como habían prometido las familias. organizaron un memorial.

 No hubo cuerpos que enterrar, pero hubo ceremonia, flores, fotos, recuerdos. María Fuentes habló frente a todos. Mi hija era fuerte, valiente y tomó una decisión que yo no entiendo, que tal vez nunca entienda, pero era su decisión y la respeto porque ella vivió como quiso y murió como quiso con la persona que amaba. Y eso eso es algo que no todos tienen.

Valeria también habló. Beatriz era mi mejor amiga. La conocía mejor que nadie y sé que esta decisión no fue fácil. Sé que luchó con ella, sé que Daniel también, pero al final eligieron estar juntos. Y creo, creo que eso es amor, amor real, amor hasta el final.

 El caso fue oficialmente cerrado en junio de 2023, 7 años y 7 meses después del desaparecimiento. La conclusión oficial, suicidio conjunto por acuerdo mutuo. No hubo cargos, no hubo culpables, solo dos personas que tomaron la decisión más difícil de sus vidas y un símbolo que sobrevivió en el fondo del mar durante 7 años.

 una alianza de oro con una inscripción que lo decía todo. BM hasta el final. Alarcón guardó el expediente en su archivo, cerró la carpeta y suspiró. había resuelto el caso, pero no se sentía victorioso, solo cansado y triste, porque a veces las respuestas no traen paz, solo más preguntas, más dolor, más vacío. Esa noche, Alarcón regresó a su casa.

 Se sirvió un vaso de whisky, se sentó en su terraza mirando el mar y pensó en Beatriz y Daniel en su última caminata hacia las olas, tomados de la mano, descalzos en la oscuridad, eligiendo estar juntos hasta el final, porque para ellos eso era todo lo que importaba. No importaba el dolor que dejaban atrás, no importaba el sufrimiento de sus familias, no importaba que el mundo no entendiera, solo importaba que no estarían separados nunca.

 Y en algún lugar del Caribe, bajo las olas que mecen suavemente la costa, dos almas descansaban juntas, tal como habían prometido hasta el final.