Amigas desaparecieron en 2012 — el celular de una inició sesión en 2020

 

En agosto de 2012, dos amigas inseparables salieron de sus casas en Rosario, Argentina, para lo que debía ser una tarde común de compras en el centro. Nunca regresaron. Durante 8 años, sus familias vivieron con la agonía de no saber qué les había sucedido. Hasta que en mayo de 2020, en plena cuarentena por la pandemia, algo imposible ocurrió.

 El teléfono celular de una de ellas, que había permanecido apagado durante casi una década, inició sesión en WhatsApp. Pero lo más perturbador no fue eso. Fueron las tres palabras que alguien escribió desde ese número. Palabras que cambiarían todo lo que creían saber sobre aquel día de agosto.

 ¿Quién estaba usando ese teléfono? y por qué decidió encenderlo justo en ese momento. Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo.

 Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Rosario, la tercera ciudad más poblada de Argentina, se extiende a lo largo de la ribera occidental del río Paraná, en la provincia de Santa Fe. Con más de un millón de habitantes, esta ciudad portuaria ha sido durante décadas un centro comercial y cultural fundamental para la región.

 Pero en los años 2010, Rosario también comenzó a enfrentar una realidad más oscura, el aumento de la inseguridad y la violencia relacionada con el narcotráfico, que aunque no alcanzaba los niveles de otras ciudades latinoamericanas, había empezado a cambiar la percepción de seguridad de sus habitantes. En el barrio de Fisherton, una zona residencial de clase media ubicada al oeste del centro de la ciudad, vivían las familias Acosta y Ferreira.

 Este barrio, conocido por sus calles tranquilas, bordeadas de árboles, sus pequeños comercios de cercanía y sus plazas donde los vecinos se conocían entre sí, había sido el hogar de ambas familias durante más de 20 años. Luciana Acosta tenía 23 años en 2012. era la menor de tres hermanos y había heredado de su madre, Silvia, una disposición alegre que iluminaba cualquier ambiente.

Media aproximadamente 1,65, tenía el cabello castaño oscuro que solía llevar recogido en una cola alta y unos ojos marrones que parecían siempre estar sonriendo. Trabajaba como administrativa en una empresa de seguros en la calle Córdoba, en pleno centro Rosarino.

 un empleo que había conseguido hacía apenas 6 meses después de completar un curso de auxiliar contable. Luciana era meticulosa con sus rutinas. Cada mañana tomaba el colectivo de las 7:15 en la esquina de su casa. Siempre se sentaba del lado de la ventanilla si había lugar disponible y llevaba consigo un termo con mate que compartía con sus compañeras de oficina. Los viernes solía pasar por la panadería de la esquina de su trabajo para comprar facturas para llevar a casa.

 Era una joven que valoraba la estabilidad y la previsibilidad. Algo que sus amigas a veces bromeaban era poco común en alguien de su edad. Natalia Ferreira, su mejor amiga desde la infancia, era casi lo opuesto en personalidad, aunque compartían una conexión profunda. Con 24 años recién cumplidos en julio de 2012, Natalia era más alta que Luciana.

 rondaba el 70 y tenía el cabello rubio teñido que cambiaba de tono cada pocos meses, algo que su madre, Patricia había dejado de comentar así a tiempo. Era extrovertida, impulsiva y soñaba con viajar por el mundo, aunque trabajaba como vendedora en una tienda de ropa en el patio del Gaucho, un centro comercial cercano.

Natalia había estudiado turismo durante dos años en la Universidad Nacional de Rosario, pero había abandonado la carrera argumentando que prefería vivir las experiencias en lugar de estudiarlas. Esta decisión había causado tensión en su familia, especialmente con su padre Roberto, un contador público que valoraba enormemente la educación formal.

 A pesar de esto, Natalia mantenía una relación cercana con sus padres y su hermano mayor, Damián, aunque últimamente había comenzado a ser más reservada sobre ciertos aspectos de su vida. La amistad entre Luciana y Natalia había comenzado cuando tenían apenas 5 años en el jardín de infantes del barrio. Habían compartido toda su educación primaria y secundaria.

 Habían vivido juntas sus primeros amores adolescentes y habían sido testigos de las alegrías y tragedias de sus respectivas familias. Cuando el padre de Luciana falleció de un infarto en 2008, Natalia pasó casi todas las noches de ese mes en casa de los Acosta, acompañando a su amiga en silencio.

 Y cuando el hermano de Natalia tuvo un accidente de moto en 2010, fue Luciana quien organizó turnos entre amigos para acompañar a la familia en el hospital. A pesar de sus diferencias de personalidad o quizás precisamente por ellas, las dos jóvenes se complementaban perfectamente. Luciana aportaba sensatez y planificación a los impulsos de Natalia, mientras que Natalia sacaba a Luciana de su zona de confort y le recordaba que la vida también necesitaba espontaneidad.

Se veían casi diariamente y cuando no se veían se comunicaban por WhatsApp. una aplicación que ambas habían descargado apenas un año antes y que rápidamente se había convertido en su medio de comunicación favorito. En agosto de 2012, Argentina atravesaba un periodo de relativa estabilidad económica, aunque los primeros signos de la inflación que marcaría los años siguientes ya comenzaban a notarse.

 El dólar estaba controlado por el gobierno y muchos argentinos, especialmente en las ciudades grandes, habían empezado a buscar formas de ahorrar en moneda extranjera. Este contexto económico había generado cierta ansiedad en la población, aunque en Rosario la vida cotidiana continuaba con normalidad aparente.

 El sábado 11 de agosto de 2012 amaneció fresco en Rosario con una temperatura de aproximadamente 14 ºC que prometía subir hasta los 20 para el mediodía. Era uno de esos días de invierno rosarino donde el sol aparece temprano y la humedad del río Paraná crea una atmósfera particular. Esa mezcla de frío y luminosidad que los habitantes de la ciudad conocen bien.

 Luciana se despertó alrededor de las 9 de la mañana, más tarde de lo habitual para ella, que incluso los fines de semana solía madrugar. La noche anterior había estado hasta tarde mirando una película con su hermano mayor, Sebastián. y se había quedado dormida en el sofá.

 Su madre la encontró allí a las 2 de la madrugada y la despertó para que se fuera a su cama. Ese sábado Luciana tenía planes con Natalia. habían quedado en encontrarse para ir al centro a buscar un regalo de cumpleaños para la madre de Luciana, cuyo cumpleaños era el jueves siguiente. También querían aprovechar para recorrer algunas tiendas, ya que se acercaba el día de la primavera y ambas querían renovar algo de su guardarropa.

 Alrededor de las 10:30, Luciana le escribió un mensaje de WhatsApp a Natalia. Nati, me levanto ahora, me baño y desayuno tranqui. ¿A qué hora nos vemos? El mensaje fue entregado y leído casi inmediatamente. Natalia respondió, Dalelu, yo también recién me levanto. Jajaja. ¿Te parece a las 13 ares en la terminal del centro? Así vamos caminando por calle Córdoba.

Luciana respondió con un simple dale, nos vemos allá. Este intercambio de mensajes sería posteriormente analizado decenas de veces por los investigadores. La hora de envío, las doble til de azules que confirmaban que ambas habían leído los mensajes del otro, la normalidad absoluta del tono.

 No había nada en esa conversación que sugiriera que algo andaba mal o que alguna de las dos jóvenes estuviera preocupada por algo. Silvia Acosta, la madre de Luciana, recuerda ese momento con una claridad dolorosa. Estaba en la cocina preparando el almuerzo cuando Luciana entró, todavía en pijama, con el cabello revuelto y bostezando.

 ¿Querés que te prepare algo para desayunar? Le preguntó Silvia. No, ma, gracias. Me preparo yo algo rápido, respondió Luciana mientras buscaba el pan en la panera. desayunaron juntas mientras conversaban sobre qué regalo comprar para el cumpleaños de Silvia. Luciana sugirió una cartera, algo práctico pero lindo, “Algo que uses para ir a trabajar”, le dijo a su madre, quien trabajaba como enfermera en un hospital municipal.

 A las 11:45, Luciana subió a su habitación para arreglarse. Se dio una ducha rápida, se vistió con un yin azul oscuro, una remera blanca con rayas grises y su campera de jein que usaba habitualmente cuando hacía frío. Se calzó unas zapatillas deportivas blancas y negras que había comprado el mes anterior.

 se recogió el cabello en su cola de caballo característica y se aplicó un poco de rímel y brillo labial. Su maquillaje habitual cuando no iba a trabajar. Antes de salir, Luciana entró en la cocina donde su madre seguía preparando el almuerzo. Ma, me voy a encontrar con Nati al centro.

 Vamos a buscar tu regalo, así que no me preguntes qué te voy a comprar”, le dijo sonriendo. Silvia recuerda que le respondió algo como, “Bueno, pero no gastes mucho.” Y que Luciana le dio un beso en la mejilla. Vuelvo tipo seis, siete a más tardar. Si llego más tarde, te aviso”, agregó Luciana antes de salir. Eran las 12:35 minutos de la tarde cuando Luciana cerró la puerta de su casa.

 Su hermano Sebastián, que estaba en su habitación, escuchó la puerta, pero no bajó a despedirse. Ese detalle lo atormentaría durante años, el no haber bajado a decirle adiós. Mientras tanto, en la casa de los Ferreira, a solo tres cuadras de distancia, Natalia también se preparaba para salir. A diferencia de Luciana, Natalia no había desayunado con su familia.

 Su madre, Patricia había salido temprano a hacer unas compras y su padre, Roberto estaba en el living leyendo el diario La Capital, como hacía todos los sábados por la mañana. Su hermano Damián había salido la noche anterior y aún no había regresado, algo que era habitual en él los fines de semana.

 Natalia se había levantado alrededor de las 10, pero se había quedado en su habitación navegando en Facebook desde su celular. y charlando con algunas amigas. Tenía un Samsung Galaxy Mini, un modelo popular en esa época con carcasa rosada que ella misma había elegido. El teléfono estaba casi siempre en su mano o en su bolsillo y sus amigas bromeaban diciendo que era como una extensión de su cuerpo.

Alrededor de las 12, Natalia bajó a la cocina y se preparó un café con leche y unas tostadas. Su padre levantó la vista del diario y le preguntó qué iba a hacer ese día. “Voy a ir al centro con Lu a buscar un regalo para la mamá”, respondió Natalia. Roberto asintió y volvió a su lectura. No hubo más conversación entre ellos.

 Algo que Roberto recordaría con un nudo en la garganta durante los años siguientes. No había habido tensión ni pelea, simplemente esa distancia cotidiana que a veces se instala entre padres e hijos adultos. A las 12:50, Natalia subió nuevamente a su habitación. Se cambió la ropa que había usado para dormir y se puso un pantalón negro, una remera gris de mangas largas y una campera de cuero negra que le había regalado su novio meses atrás, aunque ya no estaban juntos.

 Se calzó unas botas negras de caña corta. Se retocó el maquillaje poniéndose especial atención en el delineado de ojos que siempre hacía con pulso perfecto. Tomó su cartera, una de esas carteras grandes que están de moda entre las jóvenes, de color marrón con tachas plateadas y guardó su celular, su billetera, las llaves de su casa y un paquete de cigarrillos.

Cuando bajó, encontró a su madre en la cocina guardando las compras que había traído. “Chauma, me voy al centro con Lu”, le dijo dándole un beso. Patricia le preguntó si llevaba plata suficiente y Natalia le respondió que sí. “No llegues muy tarde”, le dijo Patricia. “Dale, nos vemos”, respondió Natalia mientras se dirigía a la puerta. Eran aproximadamente las 13:05.

La terminal del centro de Rosario, donde habían quedado en encontrarse, está ubicada en una zona de alta circulación de personas, especialmente los sábados. El edificio de la terminal de ómnibus, construido en los años 70 y renovado parcialmente en los 90, siempre está lleno de gente que llega o parte hacia distintos destinos del país.

 Las veredas circundantes son anchas y están constantemente transitadas por personas que van y vienen, vendedores ambulantes y colectivos que pasan cada pocos minutos. Las cámaras de seguridad de un comercio cercano a la terminal captaron a Luciana llegando al lugar a las 13 horas y 18 minutos.

 Se la ve caminando por la vereda con su campera de jein y su cartera cruzada mirando su celular mientras camina. Se detiene cerca de uno de los kioscos que hay en la entrada de la terminal. se apoya contra la pared y sigue mirando su teléfono, presumiblemente esperando a su amiga. A las 13:22 minutos, otra cámara, esta vez de un local de comida rápida, capta a Natalia aproximándose por la calle opuesta.

 Lleva su cartera al hombro y también está mirando su celular. Cuando levanta la vista, ve a Luciana y le hace un gesto con la mano. Luciana levanta la cabeza, sonríe y guarda su teléfono en la cartera. Se abrazan brevemente, como hacen las amigas que se ven constantemente. Ese abrazo rápido que es más un saludo que una muestra de afecto especial.

 Intercambian algunas palabras que no pueden escucharse en las grabaciones sin audio y comienzan a caminar juntas en dirección a la calle Córdoba. la arteria comercial principal del centro rosarino. Esa fue la última vez que las cámaras de seguridad captaron a Luciana Acosta y Natalia Ferreira. Las dos jóvenes caminaron por la calle Córdoba, que un sábado de agosto está moderadamente llena de gente.

 En esa época del año, las tiendas ya comienzan a sacar la ropa de primavera, aunque todavía hace frío y muchas personas aprovechan los sábados para recorrer las vidrieras. Luciana y Natalia entraron a varios locales esa tarde, aunque los registros exactos son fragmentarios. Una empleada de una tienda de carteras y accesorios ubicada en la calle Córdoba al 1200 recordaría después, cuando fue entrevistada por la policía, que dos chicas que coincidían con la descripción de Luciana y Natalia habían estado en el local alrededor de las 2 de la tarde.

Estuvieron mirando carteras. probándose algunas. Una de ellas, la más alta de pelo rubio, preguntó el precio de una cartera de cuero marrón. Cuando le dije el precio, le dijo a la amiga que era mucho. Se quedaron un rato más mirando y después se fueron, declaró la empleada.

 A las 4:20 de la tarde, Natalia le envió un mensaje de WhatsApp a su madre. Ma Lu encontró algo para la mamá. Ya vamos para casa en un ratito. Patricia respondió, “Okay, hijita, te espero.” Ese fue el último mensaje que Natalia envió desde su celular. Aproximadamente a las 5 de la tarde, una testigo llamada Mónica Quinteros, que trabajaba en un puesto de venta de bijuterí en la feria que se instala los sábados en la zona de Avenida Pellegrini, declaró haber visto a dos jóvenes que coincidían con la descripción de Luciana y Natalia. Me llamaron la atención porque estaban

paradas en la esquina como esperando algo. La más alta estaba hablando por teléfono y parecía un poco alterada, no enojada, pero sí como nerviosa. La otra chica estaba a su lado mirando el celular. Estuvieron ahí como cinco, 10 minutos quizás. Después vi que se acercó un auto, un auto oscuro.

 No podría decir exactamente qué modelo porque hay tantos iguales y se subieron. Pensé que era un remis o algo así, relató Mónica. Este testimonio sería crucial para la investigación, aunque presentaba problemas significativos. Mónica no pudo precisar con exactitud el horario, admitiendo que había mucha gente ese día y yo estaba atendiendo a clientes. No estaba mirando el reloj todo el tiempo.

 Tampoco pudo dar detalles específicos sobre el vehículo más allá de que era oscuro, posiblemente negro o gris oscuro y de cuatro puertas. No vio la patente, no pudo describir al conductor y no estaba completamente segura de que las jóvenes que vio fueran efectivamente Luciana y Natalia.

 Pasaron las 6 de la tarde y Luciana no regresó a su casa. Silvia Acosta no se preocupó inmediatamente. Su hija le había dicho que volvería tipo 6 7 a más tardar, así que a las 6:30 aún no había motivo para alarmarse. Pero a las 7:30, cuando Luciana todavía no había llegado ni había llamado o enviado un mensaje, Silvia comenzó a sentir esa punzada de inquietud que toda madre conoce.

 Intentó llamar al celular de Luciana. El teléfono sonó varias veces, pero nadie atendió. Silvia dejó un mensaje en el buzón de voz. Lu, llámame cuando escuches esto. Estoy preocupada. Esperó unos minutos y volvió a llamar. Mismo resultado. A las 8 de la noche, Silvia llamó a la casa de los Ferreira. Contestó Patricia. Hola, Patti.

 ¿Está Luciana por ahí? Preguntó Silvia. No, no está acá. Natalia tampoco llegó todavía”, respondió Patricia, y en su voz Silvia detectó el mismo tono de preocupación contenida que ella misma sentía. Ambas madres acordaron esperar un poco más, confiando en que tal vez las chicas habían decidido ir a tomar algo o habían encontrado otras amigas y se habían distraído.

 Pero a las 9 de la noche, cuando ninguna de las dos jóvenes había dado señales de vida y sus celulares seguían sin ser atendidos, la preocupación se transformó en alarma. A las 9:30, Silvia Acosta tomó la decisión de ir a la comisaría. Roberto y Patricia Ferreira la acompañaron.

 Cuando llegaron y explicaron la situación al oficial de guardia, encontraron la respuesta que muchas familias en su situación habían recibido antes. Mire, señora, no han pasado ni 24 horas todavía. Seguramente las chicas están en algún boliche o con amigas y se olvidaron de avisar. Pasa todo el tiempo. Vuelva mañana si no aparecen. Frustrados y asustados regresaron a sus casas. Esa noche ninguna de las dos familias durmió.

 A las 7 de la mañana del domingo 12 de agosto volvieron a la comisaría. Esta vez, el oficial de turno era diferente y al ver la desesperación en los rostros de estos padres, tomó la denuncia inmediatamente. La investigación del caso de Luciana Acosta y Natalia Ferreira comenzó oficialmente el domingo 12 de agosto de 2012. El caso fue asignado al inspector Daniel Sarmiento, un investigador con más de 20 años de experiencia en casos similares.

 Los registros de las compañías telefónicas mostraron que el último uso de datos del teléfono de Natalia había sido alrededor de las 5:10 de la tarde del sábado, cuando su dispositivo se había conectado a una antena ubicada en la zona de avenida Pellegrini. Después de eso, el teléfono parecía haberse apagado o quedado sin batería.

 El celular de Luciana había tenido su última actividad registrada alrededor de las 4:50 de la tarde, también en la misma zona general. El lunes 13 de agosto, las imágenes comenzaron a circular en los medios locales. Los noticieros de Rosario abrieron sus emisiones con la noticia. Los diarios publicaron las fotos en primera plana.

 Las redes sociales se llenaron de publicaciones compartiendo las imágenes y pidiendo información. Se revisaron cámaras de seguridad de decenas de comercios, se entrevistaron testigos. Se investigó si alguna de las jóvenes tenía problemas personales que pudieran explicar una decisión voluntaria de desaparecer. El cuadro que emergió era consistente. Luciana y Natalia eran jóvenes normales, con vidas normales, sin problemas graves.

 Sin embargo, algunos amigos mencionaron que Natalia en las últimas semanas había estado un poco más callada de lo habitual, como preocupada por algo. Una de sus amigas, Yamila, mencionó que Natalia había comentado algo sobre un chico que le gustaba, pero que nunca dio detalles. Pasaron las semanas y las pistas se agotaban una tras otra. El auto oscuro que Mónica Quinteros había descrito era imposible de rastrear sin más detalles.

No había evidencia de que las jóvenes hubieran sido vistas subiendo a ningún transporte público esa tarde. A medida que pasaban los meses, el caso empezó a perder prominencia en los medios. Para octubre de 2012, las noticias sobre Luciana y Natalia ya no abrían los informativos. Las familias desarrollaron rutinas de dolor.

 Silvia Acosta dejó su trabajo en el hospital porque no podía concentrarse. Patricia Ferreira intentó mantener su empleo como docente. Los hermanos de las jóvenes desaparecidas también sufrieron profundamente. El primer aniversario del desaparecimiento, el 11 de agosto de 2013, fue especialmente doloroso.

 Para 2014, 2 años después del desaparecimiento, la investigación oficial había llegado a un punto muerto. Las habitaciones de Luciana y Natalia permanecieron intactas en sus respectivas casas. Los años pasaron 2015, 2016, 2017, 2018. El caso seguía abierto técnicamente, pero ya no se le dedicaban recursos activos de investigación.

 En las redes sociales, las páginas dedicadas a buscar a las jóvenes seguían activas, pero las publicaciones recibían cada vez menos interacción. Para 2019, Silvia Acosta enfermó gravemente. Le diagnosticaron cáncer de mama. Durante su tratamiento, lo único que decía era que quería vivir lo suficiente para saber qué le había pasado a su hija. Afortunadamente, el tratamiento fue exitoso y entró en remisión.

 Llegó el año 2020 y con él la pandemia de COVID-19. En marzo, Argentina entró en una de las cuarentenas más estrictas del mundo. Las familias Acosta y Ferreira se encontraron confinadas en sus casas con tiempo de más para pensar, para recordar, para revivir el dolor. Fue durante esos meses de aislamiento cuando ocurrió algo que cambiaría todo. Era el 28 de mayo de 2020.

 Argentina llevaba más de dos meses en cuarentena estricta. Patricia Ferreira estaba en su casa esa tarde. Su esposo Roberto había salido brevemente a comprar comestibles. Patricia estaba en la cocina preparando la cena cuando escuchó el sonido de notificación de WhatsApp en su celular. Tomó el teléfono y lo desbloqueó.

 tenía varios mensajes sin leer. Comenzó a revisarlos distraídamente, pero entonces se detuvo. Su corazón literalmente se saltó un latido. Había un mensaje de un número que la aplicación identificaba como Natalia. Era el número de su hija, el número que llevaba inactivo desde agosto de 2012, casi 8 años atrás.

 El mensaje decía, “Mamá, soy yo.” Las manos de Patricia comenzaron a temblar violentamente. Con dedos temblorosos, escribió, “Natalia, ¿eres vos?” Los dos titics azules aparecieron casi inmediatamente indicando que el mensaje había sido leído, pero no llegó respuesta. Pasaron 5 minutos, 10 minutos, nada. Llamó al número.

 El teléfono sonó, pero nadie atendió. Patricia llamó a su esposo. Roberto, tenés que volver ya. Recibí un mensaje de Natalia, del celular de Natalia. Mientras esperaba, Patricia siguió mirando su teléfono, enviando mensajes cada pocos minutos. Ninguno de los mensajes fue leído después de ese primero. Roberto llegó a casa en tiempo récord. Vieron juntos el mensaje.

Después de media hora de intentos infructuosos de obtener más respuestas, decidieron llamar a la policía. Esa noche contactaron a las autoridades. El caso fue inmediatamente reabierto con prioridad alta. Un equipo de investigadores llegó la mañana siguiente, tomaron el teléfono de Patricia para analizarlo técnicamente y pusieron en marcha todos los protocolos para rastrear el número. La noticia llegó a la familia Acosta.

 Silvia recibió la llamada de Roberto alrededor de las 10 de la noche. “¿Y Luciana? ¿Dijeron algo de Lu?”, le preguntó con voz desesperada. Roberto tuvo que admitir que no. Los técnicos descubrieron que el teléfono de Natalia había sido encendido brevemente alrededor de las 18:35 horas del 28 de mayo de 2020.

 Durante aproximadamente 12 minutos, el dispositivo había estado activo, conectado a una antena celular ubicada en la zona sur de Rosario, específicamente en el barrio de Nuevo Alberdi. Después, el teléfono se había apagado nuevamente. Se organizó un operativo policial en la zona. Revisaron casas, hablaron con residentes, mostraron fotos. Nadie había visto a las jóvenes recientemente. La historia del mensaje había trascendido a los medios.

Los noticieros cubrían el caso nuevamente. Las redes sociales se llenaron de especulaciones. El inspector a cargo de la investigación en 2020 era Juan Pablo Castillone. Lo primero que hizo fue reunirse con Daniel Sarmiento, ya jubilado, para repasar todos los detalles del caso original.

 Castiglione decidió reentrevistar a las personas que habían mencionado cambios en el comportamiento de Natalia antes de su desaparición. Yamila, la amiga, ahora vivía en Buenos Aires. Confirmó que Natalia había conocido un chico, pero fue vaga con los detalles. Lo vi una vez hablando con ella en el centro a finales de julio o principios de agosto.

 Cuando me acerqué, él se fue rápido. era un hombre de unos 30 y pico, nada particular que lo hiciera memorable”, describió Castiglione revisó nuevamente el Facebook de Natalia con mejores herramientas. Encontraron algo interesante. En las semanas previas a su desaparición, Natalia había comenzado a interactuar frecuentemente con el perfil de una persona llamada Mauro Sosa. El perfil había sido eliminado en 2013.

 con órdenes judiciales obtuvieron información. El perfil había sido creado en mayo de 2012 y su último uso registrado había sido en agosto de 2012. Todo sugería que era un perfil falso. Otra amiga, Andrea, que había trabajado con Natalia en la tienda de ropa, llamó después de ver la conferencia de prensa, donde mostraron las capturas del perfil de Facebook. Nati me mostró ese perfil.

me dijo que había conocido a alguien por Facebook que era mecánico, que tenía 29 años. Creo que planeaban encontrarse en persona a principios de agosto, explicó. Los investigadores redoblaron esfuerzos para identificar quién estaba detrás del perfil, pero las pistas eran escasas. En julio de 2020, dos meses después del mensaje misterioso, la investigación parecía haber llegado a otro punto muerto.

 Pero entonces, a mediados de ese mes, ocurrió algo que cambiaría todo nuevamente. Era el 18 de julio de 2020, un sábado por la tarde. Castiglione estaba en su casa, técnicamente fuera de horario laboral, pero el caso de Natalia y Luciana no le permitía descansar realmente.

 Estaba revisando nuevamente el expediente en su computadora cuando recibió una llamada del oficial Marcelo Rivas, uno de los investigadores del equipo. “Inspector, tiene que ver esto ahora”, dijo Rivas con una urgencia en su voz que inmediatamente puso a Castiglione en alerta. “¿Qué pasó?”, preguntó mientras ya estaba buscando su chaqueta y las llaves del auto.

 Encontramos algo, mejor dicho, alguien encontró algo y nos llamó. Estoy enviándole la ubicación ahora. Es en una zona rural cerca de Funes, explicó Ribas. Funes es una localidad ubicada a unos 25 km al oeste de Rosario, en la misma provincia de Santa Fe. Es una zona que combina áreas urbanas con zonas rurales donde hay campos y quintas.

 Castigliione condujo hacia allá mientras Rivas le explicaba por teléfono lo que había ocurrido. Un hombre que tenía un campo en la zona, Federico Lamberti, había estado limpiando unaquia que atravesaba su propiedad. Con las lluvias de los últimos días, laquia se había llenado de escombros y ramas.

 Mientras trabajaba con un rastrillo para limpiarla, había encontrado algo entre el barro, una cartera de mujer. Inicialmente, Lamberti no le dio mayor importancia. Era común encontrar basura y objetos descartados en las acequias. Pero cuando limpió la cartera y la abrió, encontró documentos adentro. Documentos con el nombre de Natalia Ferreira. La cartera está en estado terrible después de años en el agua, pero algunos elementos adentro estaban en una especie de bolsa plástica y se preservaron mejor.

 Hay un DNI, algunas tarjetas y lo más importante, hay un teléfono celular. Continuó Rivas. Castiglione sintió que el corazón se le aceleraba. Un celular, funciona, no lo sabemos todavía. Está mojado y lleno de barro. Lo mandamos al laboratorio forense para que lo revisen, pero no creo que funcione después de tanto tiempo en el agua, respondió Rivas. Cuando Castiglione llegó al campo de Lamberti, el área ya estaba acordonada.

Varios oficiales estaban presentes y un equipo forense estaba revisando la asequia y los alrededores. Lamberti, un hombre de unos 60 años, estaba sentado cerca de su camioneta, todavía en shock por lo que había encontrado. “Nunca pensé que iba a encontrar algo así”, le dijo a Castiglione.

 “Yo sigo el caso de esas chicas desde que desaparecieron. Todo Rosario lo sigue. Cuando vi el nombre en el documento, no lo podía creer. Le preguntaron a Lamberti hace cuánto tenía el campo. Desde 2005, respondió. Pero esta parte del campo donde está la asequia es medio salvaje. No la uso mucho. Está cerca del límite con el campo del vecino.

 Casi nunca vengo para este lado específicamente. Los forenses estaban peinando el área. La asequia corría a lo largo de aproximadamente 2 km pasando por varios campos. Era imposible saber desde dónde había venido exactamente la cartera. Pudo haber sido arrojada allí directamente o pudo haber sido arrastrada por el agua desde kilómetros arriba durante las crecidas.

 Castiglione observaba el trabajo meticuloso de los técnicos. Cada objeto encontrado era fotografiado, documentado, colocado en bolsas de evidencia. La cartera marrón con tachas plateadas era exactamente como la habían descrito los padres de Natalia 8 años atrás. Incluso después de tanto tiempo sumergida, todavía era reconocible.

 En los días siguientes, el equipo forense trabajó meticulosamente en examinar la cartera y su contenido. El celular que estaba dentro era efectivamente un Samsung Galaxy Mini con carcasa rosada, coincidente con el que Natalia tenía. Sin embargo, después de casi 8 años sumergido en agua y barro, estaba completamente destruido. No había forma de recuperar datos de él.

 Los circuitos internos estaban corroídos, la batería hinchada y oxidada, la pantalla completamente opaca. La cartera también contenía las llaves de la casa de Natalia, algunas tarjetas de crédito y débito a su nombre y aproximadamente 300 pesos en billetes que se habían desintegrado parcialmente, pero aún eran identificables por los números de serie visibles.

 También había un paquete de cigarrillos empapado, completamente deshecho, y un encendedor de plástico que milagrosamente aún tenía algo de líquido adentro. Lo que no estaba en la cartera era la billetera con más dinero que Natalia llevaba habitualmente. Según recordaban sus padres, tampoco había ninguna pertenencia de Luciana, ni su cartera, ni su celular, ni sus llaves, nada.

 La pregunta obvia era, si esta cartera había estado en la Acequia desde 2012, ¿cómo era posible que el celular de Natalia hubiera enviado un mensaje en mayo de 2020? La respuesta era simple, pero perturbadora. La cartera contenía un celular de Natalia, pero no necesariamente el único celular de Natalia.

 Los investigadores verificaron el número email del dispositivo encontrado. El email es un número único que identifica cada teléfono móvil como una huella digital del aparato. El del celular encontrado en la cartera no coincidía con el del número telefónico desde el cual se había enviado el mensaje de WhatsApp en mayo. Esto significaba que Natalia tenía dos celulares o que alguien había puesto un celular diferente en su cartera antes de deshacerse de ella. Ambas posibilidades habrían nuevas líneas de investigación.

Patricia y Roberto Ferreira fueron consultados en una reunión formal en la comisaría. “Natalia tenía dos celulares?”, les preguntó Castillone observando cuidadosamente sus reacciones. Ambos padres se miraron confundidos. No, que nosotros supiéramos, respondió Roberto lentamente.

 Ella tenía su Samsung, el que usaba todo el tiempo. Lo compramos juntos en la tienda. Nunca vimos otro celular. ¿Para qué querría dos? Pero entonces Patricia hizo una pausa frunciendo el ceño como recordando algo distante. Esperen. Hace como un año antes de que desapareciera, tal vez en 2011, Natalia tenía un Nokia viejo. Era su primer celular de cuando era más chica, de esos que solo servían para llamadas y mensajes de texto.

 Lo había guardado en un cajón de su escritorio junto con otras cosas viejas. Pero un día, debe haber sido a principios de 2012, entré a su habitación y lo vi que lo estaba cargando. Me llamó la atención porque ese celular no se usaba. Le pregunté para qué lo quería si ya tenía el Samsung y ella me dijo algo como que lo iba a dar a una chica del trabajo que necesitaba un teléfono o que lo necesitaba para algo. No recuerdo exactamente sus palabras.

 No le di importancia en ese momento. Esta información era crucial. Castillone inmediatamente pidió a los técnicos que verificaran todos los números telefónicos que alguna vez hubieran estado registrados a nombre de Natalia Ferreira con las compañías telefónicas. El proceso tomó dos días, pero finalmente obtuvieron la información.

Además del número principal que todos conocían, había otro número registrado a su nombre, desde 2009. hasta 2012, correspondiente a un modelo Nokia antiguo. Ese número había sido dado de baja en algún momento de 2012 por falta de pago o uso y ese número, cuando fue verificado contra los registros del mensaje de WhatsApp de mayo de 2020 coincidía exactamente.

 Natalia había tenido un segundo celular, un celular viejo que mantenía activo y que nadie más sabía que usaba regularmente. Y ese era el celular desde el cual se había enviado el mensaje 8 años después de su desaparición. Pero había un problema. Si ese celular no estaba en la cartera encontrada en la Acequia, entonces, ¿dónde estaba? ¿Quién lo tenía? Y cómo había enviado un mensaje en 2020 si Natalia había desaparecido en 2012. Los investigadores ampliaron su búsqueda.

 Si la cartera de Natalia había sido encontrada en una asequia en la zona de Funes, era razonable pensar que algo más había ocurrido en esa área general. El hallazgo no podía ser coincidencia. Alguien había estado en esa zona con las pertenencias de Natalia, las había descartado allí. Castiglione organizó búsquedas más extensivas en los campos circundantes, no solo en el campo de Lamberti, sino en todas las propiedades vecinas.

 Pidió permiso a los dueños, obtuvo órdenes judiciales cuando fue necesario. Se trajeron perros de búsqueda especializados, esos entrenados para detectar restos humanos incluso después de muchos años. fue durante una de estas búsquedas el 23 de julio de 2020, un jueves por la mañana cuando uno de los perros comenzó a comportarse de manera diferente. Era un pastor alemán llamado Thor.

 Con años de experiencia en este tipo de operaciones, Thor se había separado ligeramente del grupo, olfateando intensamente el suelo en una zona boscosa, particularmente densa, a aproximadamente 1 km de donde se había encontrado la cartera. Su manejador, el oficial canino Ramiro Soto, reconoció inmediatamente la señal.

 Thor se había sentado y estaba mirando fijamente un punto específico, ladrando de una manera particular que Ramiro había aprendido a identificar después de años de trabajo conjunto. No era un ladrido de alerta general, era la señal específica de detección de restos humanos.

 “Aquí!”, gritó Ramiro, haciendo señas al resto del equipo. Thor marcó algo. El área fue inmediatamente acordonada. Castiglione, que estaba coordinando la búsqueda desde una posición central, se acercó rápidamente. Forenses especializados en antropología llegaron al lugar. No se podía simplemente empezar a acabar. Cada movimiento tenía que ser documentado, cada capa de tierra fotografiada.

 Una excavación forense es un proceso lento y meticuloso que puede tomar días. Colocaron una carpa sobre el área para protegerla de los elementos y de miradas curiosas. Instalaron iluminación artificial porque sabían que el trabajo se extendería más allá de las horas de luz natural y comenzaron a trabajar.

 Las primeras horas no revelaron nada. tierra, piedras, raíces de árboles. Pero a medida que profundizaban, aproximadamente a 60 cm bajo la superficie, uno de los forenses encontró algo, un fragmento de tela. Luego otro. Los fragmentos estaban descompuestos, pero aún eran identificables como restos de ropa.

 Continuaron con aún más cuidado y entonces, cuando habían excavado aproximadamente un metro de profundidad, encontraron el primer hueso. Era parte de un fémur humano. El trabajo se detuvo momentáneamente. Se tomaron fotografías desde todos los ángulos. Se documentó la posición exacta y luego continuaron aún más meticulosamente que antes.

 Lo que encontraron a medida que pasaban las horas y luego los días era una fosa poco profunda que contenía los restos de dos cuerpos. Estaban enterrados juntos, lado a lado, en lo que claramente había sido una tumba acabada apresuradamente. Los cuerpos estaban en avanzado estado de descomposición, prácticamente esqueletizados. lo cual era consistente con que hubieran estado allí durante aproximadamente 8 años.

 Junto a los restos encontraron varios objetos, fragmentos de ropa que, aunque deteriorados, aún mostraban colores y patrones identificables. Un par de zapatillas deportivas blancas y negras del tamaño correspondiente a una mujer joven, unas botas negras de caña corta, restos de lo que pudo haber sido una campera de jein, fragmentos de otra campera de cuero negro y crucialmente encontraron algo más, un teléfono celular.

 no estaba directamente con los cuerpos, sino ligeramente separado, envuelto en lo que alguna vez había sido una bolsa plástica transparente. La bolsa había protegido parcialmente el dispositivo de la humedad extrema del suelo, aunque no completamente. El celular fue extraído con extremo cuidado y llevado inmediatamente al laboratorio forense.

 Mientras tanto, el trabajo de exumación continuó. Cada hueso fue documentado en su posición original antes de ser removido. Los antropólogos forenses tomaban notas meticulosas, fotografiaban cada paso, dibujaban diagramas detallados. Cuando finalmente todos los restos fueron exhumados y trasladados al laboratorio, comenzó el proceso de identificación formal.

 Se necesitaban semanas para completar todos los análisis necesarios. Análisis de ADN, estudios antropológicos para determinar sexo, edad aproximada, altura, cualquier característica distintiva, análisis odontológicos comparando con registros dentales. Cada prueba tomaba tiempo y las familias esperaban en agonía.

 Durante esas semanas de espera, los técnicos también trabajaron en el teléfono celular encontrado en la bolsa plástica. Era efectivamente un Nokia viejo, un modelo de principios de los 2000s. La bolsa plástica había ayudado, pero el dispositivo aún había sufrido daños considerables por la humedad y el tiempo.

 Los técnicos lo abrieron cuidadosamente en un ambiente controlado. Extrajeron la tarjeta SIM, que milagrosamente aún estaba presente, y comenzaron el delicado proceso de intentar recuperar cualquier información del dispositivo. Usaron técnicas especializadas: limpieza ultrasónica de los componentes, reemplazo de la batería con una nueva compatible, secado en cámaras especiales.

 Después de días de trabajo meticuloso, lograron que el dispositivo respondiera. La pantalla se iluminó débilmente. El Nokia estaba funcional, al menos parcialmente. Cuando accedieron al contenido del teléfono, encontraron algo que eló la sangre a los investigadores. La memoria del dispositivo contenía mensajes de texto guardados, conversaciones entre Natalia y un número que no estaba registrado en el teléfono con ningún nombre, solo aparecía como dígitos.

 Los mensajes databan de julio y principios de agosto de 2012. Castiglione los leyó con creciente tensión. Eran conversaciones donde Natalia discutía planes para encontrarse con alguien. “¿Cuándo podemos vernos?”, decía un mensaje de Natalia del 28 de julio. Cuando quieras, tengo ganas de conocerte en persona, respondía el otro número.

 Me da un poco de miedo, jaja, escribía Natalia. No tengas miedo. Soy lo que ves en las fotos. Una persona normal que quiere conocerte, respondía. Okay. El próximo fin de semana, preguntaba Natalia. Perfecto. El sábado te viene bien, respondía el otro. Sí, Lu va a venir conmigo. No se lo dije a nadie más, escribía Natalia el 10 de agosto. Está bien que traigas a tu amiga, así te sentís más segura.

 Pero no le digas a nadie más, por favor. Me da vergüenza que alguien más sepa todavía, respondía el otro número. Dale, tranqui, nos vemos mañana, entonces. ¿A qué hora?, escribía Natalia. ¿Te parece a las 17 cerca de Pellegrini? Respondía. Dale, te escribo cuando estemos por ahí.

 Era el último mensaje de Natalia enviado el 11 de agosto de 2012 a las 16:42. Castiglione releyó los mensajes varias veces. Aquí estaba la evidencia que faltaba. Natalia había acordado encontrarse con alguien sábado 11 de agosto de 2012 y había llevado a Luciana con ella. La persona con quien se iban a encontrar había insistido en que no le dijeran a nadie.

 Un detalle que ahora sonaba siniestro. Y Natalia, probablemente sintiendo algo de inquietud sobre encontrarse con alguien que solo conocía por internet, había decidido llevar a su mejor amiga como medida de seguridad, una decisión que tristemente no había sido suficiente para protegerlas. Los investigadores rastrearon inmediatamente el número de teléfono con el que Natalia había estado intercambiando estos mensajes.

 Era un número prepago registrado con documentación que posteriormente se descubrió era falsa. El número había sido comprado en mayo de 2012 en un kiosco de la zona oeste de Rosario. El vendedor del kiosco, cuando fue entrevistado, no recordaba específicamente quién había comprado esa tarjeta sin particular. “Vendo cientos por mes”, explicó.

 A menos que la persona sea muy particular o cause problemas, no recuerdo caras específicas. El número había sido desactivado poco después de agosto de 2012 por falta de recarga. Pero los registros históricos de la compañía telefónica, aunque limitados después de tanto tiempo, mostraban información valiosa.

 Ese número había estado activo en la zona de Funes el 11 de agosto de 2012 con su última conexión registrada alrededor de las 6 de la tarde, conectándose a una antena que daba cobertura precisamente al área rural donde ahora habían encontrado los cuerpos. Mientras todo esto se desarrollaba, llegaron finalmente los resultados de los análisis de ADN. El 15 de agosto de 2020, casi exactamente 8 años después del desaparecimiento, Castillone recibió el informe formal del laboratorio forense.

 Los restos del primer cuerpo correspondían a una mujer de aproximadamente 23 a 25 años de edad al momento de la muerte, altura aproximada de 1,65. El ADN extraído de los restos coincidía con un 99.9% de probabilidad con las muestras de referencia de la familia Acosta. Era Luciana. Los restos del segundo cuerpo correspondían a una mujer de aproximadamente 24 a 26 años de edad al momento de la muerte, altura aproximada de 1,70.

 El ADN coincidía con un 9999% de probabilidad. con las muestras de referencia de la familia Ferreira. Era Natalia. Castiglione tuvo que hacer las llamadas más difíciles de su carrera. Primero llamó a Silvia Acosta. Señora Acosta, necesito que venga a la comisaría. Es importante. ¿Puede traer a alguien con usted? Su voz era cuidadosamente neutral, pero Silvia, después de 8 años de espera, entendió inmediatamente. La encontraron. dijo. No era una pregunta. Sí, señora, la encontramos.

Por favor, venga. Silvia comenzó a llorar al teléfono. Luego llamó a Roberto Ferreira. La conversación fue similar. Roberto también supo inmediatamente. ¿Está viva?, preguntó, aunque ya sabía la respuesta. No, señor. Lo lamento mucho. Por favor, venga a la comisaría. Las familias fueron notificadas formalmente esa misma tarde, antes de que la información se filtrara a los medios.

 En una sala privada de la comisaría con psicólogos presentes para brindar apoyo, Castiglione les explicó lo que habían encontrado. Les mostró las evidencias que permitían la identificación positiva. Les explicó que sus hijas habían sido encontradas juntas, que no habían sido separadas en la muerte. no les dio todavía todos los detalles sobre cómo habían muerto.

 Eso vendría después, cuando los informes forenses completos estuvieran listos. Por ahora solo necesitaban procesar el hecho fundamental. Después de 8 años de no saber, finalmente sabían. Luciana y Natalia habían muerto probablemente poco después de desaparecer en 2012 y habían sido enterradas en un campo en Funes.

 Silvia Acosta soyozaba inconsolablemente, abrazada por su hijo Sebastián. Patricia Ferreira estaba en estado de shock mirando al vacío mientras Roberto tenía una mano en su hombro y lágrimas silenciosas corrían por su rostro. Damián, el hermano de Natalia, golpeó la pared con su puño, dejando una marca mientras gritaba de frustración y dolor.

 Al día siguiente, la noticia se hizo pública. Los medios de comunicación explotaron con la historia. Encontraron los cuerpos de las jóvenes desaparecidas hace 8 años. Era el titular en todos los diarios y noticieros. Las redes sociales se llenaron de mensajes de condolencia para las familias.

 Pero también de preguntas, ¿quién las había matado? ¿Por qué habría justicia? Los informes forenses completos tardaron otra semana, pero cuando llegaron proporcionaron respuestas cruciales. El esqueleto de Luciana Acosta mostraba evidencia clara de trauma balístico. Específicamente había un agujero de entrada en el esternón consistente con el impacto de un proyectil de arma de fuego.

 El trayecto del proyectil había atravesado el corazón. La muerte habría sido casi instantánea. El proyectil no fue encontrado. Probablemente había salido del cuerpo y se había perdido en la tierra circundante durante los años. El esqueleto de Natalia Ferreira mostraba evidencia diferente.

 Había una fractura en el cráneo, específicamente en el hueso temporal del lado derecho. El patrón de fractura era consistente con un traumatismo contundente, como un golpe fuerte o un impacto contra una superficie dura. Los expertos determinaron que este tipo de lesión podría haber sido causado por una caída sobre una superficie irregular, como rocas o piedras, o por un golpe intencional con un objeto contundente.

La lesión habría causado hemorragia intracraneal severa y muerte en minutos si no recibía atención médica inmediata. Basándose en la evidencia de los mensajes de texto, la ubicación de los cuerpos, el hallazgo de la cartera y ahora la evidencia forense sobre cómo murieron las jóvenes, Castiglione y su equipo pudieron reconstruir un escenario probable.

 Natalia había conocido a alguien en línea, probablemente a través de Facebook, usando el perfil falso de Mauro Sosa. Esta persona había creado una identidad falsa para acercarse a Natalia. Habían acordado encontrarse el 11 de agosto. Natalia, siendo precavida, había llevado a su amiga Luciana.

 Se encontraron cerca de Pellegrini alrededor de las 5 de la tarde. Algo había salido terriblemente mal en ese encuentro. Luciana había sido baleada. Natalia había sufrido un traumatismo craneal fatal. Ambas habían sido enterradas en un campo en Funes. Pero todavía quedaban preguntas enormes.

 ¿Quién era la persona detrás del perfil de Mauro Sosa? ¿Cuál había sido realmente su intención al crear ese perfil y contactar a Natalia? ¿Había planeado hacerles daño desde el principio o algo había salido mal durante el encuentro? ¿Y quién había enviado el mensaje de WhatsApp en mayo de 2020? ¿Y por qué? La respuesta a estas preguntas llegó de una fuente completamente inesperada.

 Era el 25 de agosto de 2020. Una semana después de que se hiciera pública la identificación de los cuerpos, los medios todavía cubrían intensamente la historia. Los programas de televisión debatían sobre seguridad en línea, sobre los peligros de conocer extraños por internet. Las familias habían dado algunas entrevistas contando su dolor, pero también su alivio de finalmente tener respuestas.

Esa tarde, alrededor de las 4, un hombre se presentó en la entrada de la comisaría central de Rosario. Era de estatura media, complexión normal, cabello corto oscuro. Vestía un jein y una remera azul simple. Tenía aproximadamente 40 años. era exactamente el tipo de persona que pasaría completamente desapercibida en cualquier multitud.

 alguien que se ve y se olvida inmediatamente. Se acercó al oficial de guardia en la entrada y dijo con voz calmada, pero claramente nerviosa, “Necesito hablar con el inspector Castiglione sobre el caso de las chicas que encontraron en Funes. Tengo información importante.” El oficial lo miró con el tipo de escepticismo que desarrolla cualquier policía después de años en el trabajo.

 Desde que el caso se había vuelto tan mediático, habían tenido docenas de personas presentándose con información importante que resultaba ser especulación, rumores o en algunos casos intentos de obtener atención. ¿Qué tipo de información?, preguntó. Prefiero hablar directamente con el inspector. Por favor, dígale que Claudio Santana está acá y que necesito hablar con él.

 Él va a querer escuchar lo que tengo que decir. Había algo en el tono del hombre en la forma en que lo dijo, que hizo que el oficial tomara el asunto seriamente. “Espere acá”, dijo y fue a buscar a alguien de mayor rango. 20 minutos después, Claudio Santana estaba sentado en una sala de interrogatorios, no como sospechoso bajo arresto, sino como testigo voluntario.

 había llegado acompañado de un abogado, un detalle que inmediatamente elevó el nivel de seriedad de la situación. Castiglione entró en la sala acompañado por dos investigadores más. Todo estaba siendo grabado en video y audio. Castiglione se sentó frente a Santana y lo estudió por un momento. El hombre parecía exhausto, con ojeras profundas, las manos temblando ligeramente sobre la mesa.

 No parecía peligroso, pero Castiglione había aprendido hacía tiempo que las apariencias significan poco. Señor Santana, gracias por venir. Entiendo que tiene información sobre el caso Acosta Ferreira. comenzó Castiglione en tono profesional. Santana asintió, miró a su abogado, quien le hizo un gesto de que procediera.

 Santana tomó un profundo respiro y entonces dijo las palabras que cambiarían todo. Yo soy responsable de lo que les pasó a esas chicas, por eso estoy acá. Hubo un silencio absoluto en la sala. Castiglione sintió que el tiempo se detenía. Después de 8 años, después de toda la investigación, la respuesta estaba sentada frente a él, confesando.

Señor Santana, dijo Castiglione cuidadosamente, antes de que continúe, necesito que entienda que está siendo grabado y que todo lo que diga puede ser usado en su contra. Tiene derecho a permanecer en silencio. Su abogado está presente, pero quiero asegurarme de que entiende lo que está a punto de hacer.

Lo entiendo, respondió Santana con voz firme. He pensado en esto durante 8 años. Necesito decir la verdad. Necesito que las familias sepan qué pasó y necesito enfrentar las consecuencias de lo que hice. Muy bien, dijo Castillone. Cuénteme qué pasó.

 Santana se pasó las manos por la cara, se acomodó en la silla y comenzó a hablar. Su relato saldría entrecortado al principio, pero a medida que continuaba, las palabras fluían más fácilmente, como si hubiera estado guardando esta historia dentro suyo durante demasiado tiempo, y finalmente pudiera liberarla. En 2012 yo tenía 31 años. Estaba casado con una mujer llamada Andrea.

 Llevábamos juntos 6 años, pero el matrimonio estaba muy mal. Hacía meses que prácticamente no nos hablábamos. Vivíamos como extraños en la misma casa. Ella tenía su vida, yo tenía la mía. No sé exactamente cuándo se rompió todo, pero simplemente ya no funcionaba.

 Yo me sentía tremendamente solo, invisible, como si nadie me viera realmente. Hizo una pausa mirando sus manos sobre la mesa. Trabajaba como mecánico en un taller en zona sur. Era un trabajo que me gustaba, era bueno en lo que hacía, pero mi vida personal era un desastre. Una noche, debe haber sido en abril o mayo de 2012, estaba en mi casa. Mi esposa había salido con sus amigas, yo estaba solo.

 Me puse a navegar en Facebook sin ningún propósito particular y se me ocurrió una idea. No sé de dónde salió, pero una vez que la tuve en la cabeza, no pude sacarla. Pensé, “¿Qué pasaría si creo un perfil falso? Alguien que no sea yo, alguien más interesante, más joven, más atractivo, solo para ver qué se siente tener conversaciones con alguien que realmente se interese en mí.

” Castiglione escuchaba sin interrumpir, tomando notas mentales de cada detalle. Así que lo hice. Creé un perfil con el nombre Mauro Sosa. Busqué fotos en internet, fotos de un tipo normal, no alguien famoso que pudiera ser reconocido, sino fotos genéricas que encontré en blogs y sitios de fotos. Me inventé una edad, 29 años.

 Me inventé una historia. mecánico, soltero, le gusta el rock, el fútbol, cosas normales. No era para hacer daño, o eso me decía a mí mismo. Solo quería sentir que alguien se interesaba por mí. ¿Cómo conoció a Natalia Ferreira?, preguntó Castiglione a través de amigos en común en Facebook. Bueno, no amigos reales, sino personas que habían aceptado mi solicitud de amistad en el perfil falso.

 Natalia apareció como persona que quizás conozcas. Vi su perfil. Parecía una chica simpática, alegre. Le envié una solicitud de amistad. Ella la aceptó. Empecé a darle me gusta a sus publicaciones, a comentar cosas. Nada invasivo al principio, solo interacciones normales de redes sociales. Después de unas semanas, le envié un mensaje privado.

 Fue algo simple. Comentando sobre una foto que había publicado de un concierto. Ella respondió, “Empezamos a chatear.” Al principio eran conversaciones cortas, triviales, pero gradualmente se volvieron más largas, más personales. Ella me contaba de su trabajo, de sus amigas, de sus sueños de viajar. Yo le contaba de mi vida inventada. Todo era mentira.

 Mi edad, mi situación, mis intereses, todo, excepto mi trabajo de mecánico. Eso al menos era verdad. Santana se detuvo, pidió agua, le trajeron un vaso, bebió lentamente antes de continuar. Las conversaciones por Facebook se hicieron diarias. Hablábamos cada noche. Yo llegaba a casa del trabajo, cenaba cualquier cosa, me encerraba en mi habitación mientras mi esposa estaba en el living viendo televisión y chateaba con Natalia durante horas. Me sentía vivo cuando hablaba con ella.

 Sentía que alguien realmente me escuchaba. Se interesaba en lo que yo decía. Sé que es patético. Sé que era todo basado en mentiras, pero en ese momento era lo único bueno en mi vida. En algún momento, en julio, creo, Natalia me dio un número de celular alternativo.

 Me dijo que era un número que solo usaba para ciertas cosas más privado. Me escribió desde ese número y empezamos a mandar mensajes de texto también, además de Facebook. Más tarde entendí por qué usaba un celular separado. No quería que sus padres vieran las conversaciones si revisaban su teléfono principal. Era una forma de mantener privacidad. Las conversaciones se volvieron más íntimas, no sexuales, no era eso.

 Pero ella empezó a contarme cosas personales, preocupaciones, miedos y yo hacía lo mismo o inventaba cosas que sonaran reales. Empezó a decir que le gustaría conocerme en persona. Yo entraba en pánico cada vez que lo mencionaba porque sabía que cuando me viera sabría que todo era mentira.

 Pero al mismo tiempo una parte de mí realmente quería conocerla. Finalmente, a finales de julio, le dije que sí, que podíamos conocernos. Pensé que tal vez podría explicarle, que tal vez entendería que aunque había mentido sobre las fotos y algunos detalles, yo era real. Mis sentimientos eran reales. Sé que suena ridículo ahora, pero eso es lo que pensaba. Castiglione interrumpió.

¿Cuál era su plan exactamente cuando se encontraran? Santana levantó las manos en un gesto de frustración. No tenía un plan. Esa es la verdad. Honestamente pensaba que nos encontraríamos. Hablaríamos. Tal vez ella se enojaría por las mentiras, pero eventualmente lo entendería.

 Y podríamos tener algún tipo de amistad o relación. Suena completamente delusional ahora, pero yo estaba tan desesperado por conexión humana que me había convencido de que era posible. Quedamos para el sábado 11 de agosto. Esa misma mañana ella me escribió al celular diciendo que iba a traer a una amiga que esperaba que no me molestara. Me sorprendió, pero le dije que no había problema.

 Entendí que era una medida de seguridad de su parte. llevar a alguien más cuando iba a conocer a un extraño de internet era sensato. Me pasé toda esa mañana nervioso, pensando en qué iba a decir, cómo iba a explicar las mentiras. Casi no comí nada. Mi esposa estaba en casa, pero ni me habló. Ni siquiera notó que yo estaba alterado.

 Alrededor de las 4 de la tarde salí. Le dije a mi esposa que iba al taller a revisar algo, pero fui a Rosario. Manejaba mi pellot gris, un auto viejo, pero que andaba bien. Llegué a la zona de Pellegrini alrededor de las 5:15. Estacioné en una calle lateral y esperé. Natalia me escribió a las 5 diciendo que ya estaban llegando al lugar. Mi corazón latía como loco.

Santana cerró los ojos reviviendo ese momento. Las vi caminando hacia donde yo estaba estacionado. Natalia era tal como sus fotos, pero más bonita en persona. Su amiga Luciana era más bajita, con el pelo más oscuro. Parecían nerviosas mirando alrededor. Me bajé del auto. Cuando Natalia me vio, vi inmediatamente la confusión en su cara.

Yo no era el tipo de las fotos de Facebook, era más viejo, diferente. Vi que le dijo algo a su amiga. Me acerqué y dije, “Hola, Nati, soy Mauro.” Aunque obviamente ese no era mi nombre real. Ella me miró y dijo, “Vos sos Mauro. ¿No te pareces a las fotos?” Traté de sonreír y le dije que las fotos eran viejas, que había cambiado.

 Ella no parecía convencida. Su amiga Luciana me miraba con desconfianza clara. Le pedí que subieran al auto para que pudiéramos hablar más tranquilos. Había mucha gente caminando por ahí y yo no quería tener esa conversación en público. Natalia dudó, pero finalmente accedió. Luciana le dijo algo al oído, algo que no escuché, pero también subió al auto.

 Natalia en el asiento del acompañante, Luciana atrás. En cuanto cerraron las puertas, Natalia empezó a hacerme preguntas. ¿Por qué usaste fotos que no son tuyas? ¿Quién eres realmente? ¿Cuántos años tenés? Yo intentaba responder, intentaba explicar, pero ella estaba cada vez más enojada. Luciana desde atrás decía, “Nati, bajémonos.

Esto no está bien.” Yo les dije que solo quería explicarles que por favor me dieran unos minutos para hablar, pero no podía hablar allí con toda la gente alrededor. Empecé a manejar. Pensé que iría a algún lugar más tranquilo, un parque o algo así donde pudiéramos hablar sin que nadie nos escuchara.

 Natalia me gritaba que parara el auto. Luciana también, pero yo seguí manejando. No sé qué estaba pensando. Creo que estaba en pánico. Salí del centro, tomé hacia la ruta que va para Funes. Pensé que encontraría algún lugar tranquilo allí. Las chicas estaban realmente asustadas. Ahora Natalia estaba llorando, diciendo que la llevara de vuelta.

 Luciana tenía su celular en la mano y dijo, “Voy a llamar a la policía ahora mismo.” Eso me aterrorizó. Me imaginé la policía llegando, todo saliendo a la luz, mi esposa enterándose, perder todo. La voz de Santana comenzó a quebrarse. Estábamos ya en la zona rural de Funes, en un camino de tierra entre campos. Había algunas casas a lo lejos. Pero no había nadie cerca de nosotros.

 Frené el auto bruscamente. Me giré hacia ellas y les dije que solo necesitaba 5 minutos para explicar, que después las llevaría de vuelta, que no iba a hacerles daño. Luciana dijo, “Ya nos hiciste suficiente daño, mentiroso de mierda.” Y marcó en su celular. Yo me estiré para intentar quitarle el teléfono. No quería lastimar a nadie, solo quería detener esa llamada.

Hubo forcejeo. Natalia trató de salir del auto, pero las puertas estaban con seguro para niños, algo que yo había activado sin pensarlo cuando subieron. Santana respiraba con dificultad. Ahora, en la guantera del auto yo tenía una pistola.

 Era un arma que había comprado en 2011, ilegalmente sin papeles, después de que me asaltaran una noche saliendo del taller. Nunca la había usado, ni siquiera sabía si funcionaba bien, pero la tenía ahí por si acaso. En el forcejeo con Luciana por el celular, mi mano golpeó la guantera y se abrió. La pistola cayó al piso del auto. Natalia la vio. Se agachó para agarrarla. Yo también. Los dos estábamos tratando de alcanzarla.

 Nuestras manos se tocaron en el mango de la pistola. No sé quién la agarró realmente primero. Todo pasó en segundos y entonces se escuchó el disparo. Hubo silencio en la sala. Santana tenía lágrimas corriendo por su rostro. Ahora Luciana gritó y se agarró el pecho. Había sangre, mucha sangre.

 Cayó hacia atrás en el asiento trasero. Natalia gritó como nunca había escuchado a nadie gritar. Yo estaba en shock. mirando la pistola que estaba ahora en mi mano, mirando a Luciana. Natalia abrió la puerta del auto. No sé cómo. Tal vez en el forcejeo el seguro se desactivó y salió corriendo. Yo salí del auto también. No estaba pensando claramente.

 Todo lo que sabía era que Luciana estaba muerta o muriendo, que Natalia había visto todo, que mi vida estaba terminada. Corrí detrás de Natalia. Ella corría hacia el campo gritando, pidiendo ayuda, aunque no había nadie cerca. Era más rápida que yo, pero yo estaba desesperado. La alcancé, la agarré del brazo. Ella se giró e intentó golpearme.

Forcéjeamos. Yo solo quería que se callara, que parara de gritar. No quería matarla. Tienen que creerme. Pero ella seguía gritando y peleando. Y entonces ella tropezó con una piedra o una raíz. No estoy seguro. Cayó hacia atrás. Su cabeza golpeó contra una piedra grande que estaba en el suelo. El sonido fue horrible, un golpe seco.

 Se quedó quieta, completamente quieta. Tenía los ojos abiertos, pero no se movía. Le hablé, la sacudí, pero no respondía. Había sangre en la piedra, había sangre en su cabeza y supe que también estaba muerta. Santana sozaba abiertamente. Ahora su abogado le puso una mano en el hombro, pero no dijo nada.

 Me senté en el suelo al lado de su cuerpo, mirando lo que había hecho. Dos chicas muertas. Por mi culpa, porque yo había sido un egoísta mentiroso que no podía aceptar mi vida miserable. Me quedé allí no sé cuánto tiempo, una hora, tal vez más. El sol estaba empezando a bajar. Sabía que tenía que tomar una decisión.

 Podía ir a la policía, confesar todo, enfrentar las consecuencias o podía intentar ocultar lo que había pasado. Tomé la decisión equivocada, la decisión cobarde. Decidí ocultarlo. Volví al auto. Luciana seguía allí, muerta en el asiento trasero. Busqué algo para acabar. Tenía herramientas en el baúl.

 Agarré una pala vieja que usaba a veces para el barro cuando el auto se atascaba y empecé a cabar en el bosque cercano. Cabé durante horas. La tierra era más dura de lo que pensaba, pero finalmente hice una fosa, no muy profunda, pero suficiente. Cuando terminé, ya era de noche. Llevé los cuerpos uno por uno hasta la fosa. Fue lo más difícil que he hecho en mi vida. Las puse lado a lado.

 No quería separarlas. Eran amigas. Habían venido juntas, tenían que estar juntas. Tomé las cosas de Luciana, su cartera, su celular, las llaves, las de Natalia también. Pero antes de llenar la fosa con tierra, saqué el Nokia viejo de Natalia, el que había usado para hablar conmigo.

 Lo puse en una bolsa plástica transparente que tenía en el auto, de esas que uso para guardar repuestos, y lo puse en la fosa cerca de los cuerpos. No sé por qué lo hice. Tal vez era mi forma retorcida de dejarles algo personal. O tal vez era evidencia que sabía que algún día podría querer que se encontrara. Llené la fosa con tierra. Cubrí todo con hojas y ramas para que pareciera parte natural del bosque.

Después volví al auto. Estaba lleno de sangre de Luciana. Pasé horas limpiándolo con trapos y agua de una botella que tenía. Junté todas las pertenencias de las chicas, las carteras, los celulares, todo. Manejé por la zona pensando dónde dejar las cosas. La cartera de Natalia con su Samsung adentro la tiré en una asequia que vi cuando pasé por un campo.

 Pensé que la corriente se la llevaría lejos. Las cosas de Luciana las fui tirando en diferentes contenedores de basura camino de vuelta a Rosario. La pistola la desarmé y tiré las partes en diferentes lugares del río Paraná. Durante las siguientes semanas, el Nokia prepago que yo había usado lo destruí completamente y lo tiré.

 Llegué a mi casa alrededor de las 2 de la madrugada. Mi esposa estaba dormida. Ni siquiera se había dado cuenta que había estado fuera tanto tiempo. Me duché, quemé la ropa que había usado y me acosté sin poder dormir. Los siguientes días fueron una pesadilla. Vi las noticias, vi las familias buscándolas, vi las marchas.

 Cada día pensaba en ir a confesar, pero cada día encontraba una excusa para no hacerlo. Mañana me decía, mañana voy a la policía. Pero el mañana nunca llegaba. Los meses pasaron. Mi esposa y yo finalmente nos divorciamos, no por el crimen, sino porque el matrimonio ya estaba muerto antes. Me mudé solo a un departamento pequeño en Nuevo Alberdi. Conseguí trabajo en un taller de la zona.

 Traté de vivir una vida normal, pero no había normalidad. Cada noche soñaba con ellas. Cada vez que veía una chica joven de pelo rubio o de pelo castaño, pensaba en Natalia y Luciana. Los años pasaron. 2013, 2014, 2015. El caso seguía apareciendo en las noticias ocasionalmente, especialmente en los aniversarios.

 Yo seguía todas las noticias obsesivamente, veía las fotos de las familias en las marchas y sentía que me estaba muriendo por dentro. Para 2019, la culpa me estaba matando, literalmente. Desarrollé problemas de salud, presión alta, problemas para dormir, ataques de pánico. Un médico me recetó antidepresivos. Nada ayudaba realmente. La única cura sería confesar, pero todavía no tenía el coraje.

 Llegó 2020 y la pandemia, la cuarentena obligatoria. De repente estaba encerrado en mi departamento pequeño, sin poder ir a trabajar, sin distracciones, solo yo y mis pensamientos. Y mis pensamientos eran solo que había hecho. No podía escapar de ellos. Fue en ese encierro en mayo, cuando tomé una decisión.

 Iba a dar a las familias una forma de encontrar los cuerpos, pero sin entregarme directamente. Era cobarde, lo sé. Pero pensé que al menos así ellas tendrían un cierre. Podrían enterrar a sus hijas, podrían empezar a sanar, aunque yo no podía. Recordaba que el Nokia viejo de Natalia estaba con los cuerpos. Si ese teléfono pudiera volver a la vida, la policía investigaría.

 Tal vez encontraría la conexión con la zona de Funes. Tal vez buscaría allí. Tengo un conocido que trabaja en una compañía de telefonía celular. Le pedí un favor. Le dije que necesitaba reactivar un número viejo para un trámite. No fue difícil. Me consiguió una nueva tarjeta SIM con el número del Nokia de Natalia.

 Compré un teléfono barato, puse la SIM, instalé WhatsApp, escribí ese mensaje a la madre de Natalia. Mamá, soy yo. No sabía qué más decir. Quería darles esperanza y pista al mismo tiempo. Envié el mensaje desde nuevo al Verdi, donde vivía, sabiendo que la policía rastrearía la señal. Leí la respuesta de su madre llena de desesperación y esperanza y apagué el teléfono.

 Lo destruí y lo tiré. Funcionó mejor de lo que esperaba. Vi en las noticias que habían reabierto el caso, que estaban investigando en la zona sur de Rosario. Esperé pensando que eventualmente buscarían en las afueras en zonas rurales cercanas. Y finalmente lo hicieron. Encontraron los cuerpos.

 Cuando vi la noticia de que habían encontrado los restos, sentía alivio y terror al mismo tiempo. Alivio porque las familias finalmente sabían. Terror porque sabía que eventualmente la investigación llegaría a mí y entonces me di cuenta de algo. Ya no quería escapar. Había vivido 8 años como un muerto viviente. Ya no quería seguir así. Por eso estoy acá para confesar, para decir la verdad, para que las familias sepan exactamente qué pasó y para enfrentar finalmente las consecuencias de lo que hice. Merezco ir a la cárcel. Merezco mucho más que eso.

Nada de lo que me pase será suficiente castigo por lo que les hice a esas chicas y a sus familias. Santana terminó de hablar y se quedó sentado agotado, con la cabeza entre las manos. Castiglione había estado escuchando todo sin interrumpir, tomando notas. Ahora habló. Señor Santana, ¿está dispuesto a mostrarnos exactamente dónde ocurrió todo esto? ¿Nos puede llevar al lugar exacto donde estacionó el auto, donde Natalia cayó? Sí, respondió Santana.

Puedo mostrarles todo. Los siguientes días fueron de verificación meticulosa de cada detalle de la confesión de Santana. Lo llevaron a la zona de Funes y él les mostró el camino de tierra donde había estacionado su auto. Les mostró la piedra contra la cual Natalia había golpeado su cabeza. Aún allí, después de 8 años.

 Les describió exactamente cómo había acabado la fosa, desde qué dirección había venido, todos los detalles. Los forenses revisaron la piedra que Santana había indicado. Encontraron trazas microscópicas de sangre en grietas de la piedra, sangre que había sobrevivido 8 años de exposición a los elementos porque estaba protegida en las grietas profundas. El análisis de ADN confirmó que era sangre de Natalia Ferreira.

 Investigaron el pasado de Santana. Confirmaron que había estado casado en 2012 y se había divorciado poco después. encontraron registros de que había comprado un peot gris en 2010 y lo había vendido en 2013, consistente con su relato. Hablaron con su exesosa, quien confirmó que en 2012 su matrimonio estaba completamente roto y que Santana pasaba mucho tiempo en la computadora chateando con no sé quién.

El amigo que trabajaba en la compañía telefónica fue interrogado. Inicialmente negó haber ayudado a Santana, pero finalmente admitió que sí le había conseguido una SIM con un número reactivado en mayo de 2020, pensando que era para algo inocente.

 Cada elemento de la confesión de Santana fue verificado y confirmado. No había inconsistencias. Todo encajaba perfectamente con la evidencia física, con los registros telefónicos, con las declaraciones de testigos de años atrás. Claudio Santana fue formalmente arrestado y acusado de doble homicidio, homicidio culposo en el caso de Luciana Acosta, ya que el disparo no había sido intencional según su testimonio y homicidio simple en el caso de Natalia Ferreira.

 También fue acusado de ocultamiento de cadáveres, uso de identidad falsa y otros cargos relacionados. Para las familias Acosta y Ferreira, la confesión trajo un tipo diferente de dolor. Ahora sabían exactamente qué había pasado. No había sido un plan premeditado para asesinarlas.

 Había sido una serie de decisiones terribles hechas por un hombre desesperado y egoísta que había mentido y engañado, y luego había entrado en pánico cuando sus mentiras fueron descubiertas. Mi hija murió porque un hombre no podía enfrentar su vida miserable”, dijo Silvia Acosta en una entrevista después de conocer los detalles. Luciana fue a esa reunión para proteger a su amiga y murió por eso. No hay justicia suficiente para esto.

Patricia Ferreira fue igualmente contundente. Ese hombre nos robó 8 años de saber, de poder llorar apropiadamente, de poder despedirnos y todo por cobardía. Nati murió tratando de escapar de un mentiroso. Eso es lo que me va a atormentar por el resto de mi vida. El 10 de septiembre de 2020, los restos de Luciana Acosta y Natalia Ferreira fueron finalmente entregados a sus familias para su sepultura apropiada.

 Dos funerales separados se llevaron a cabo ese fin de semana. Cientos de personas asistieron a ambos cerrando un capítulo que había quedado abierto durante 8 años. En abril de 2021, Claudio Santana fue juzgado. El juicio duró tres semanas. La defensa argumentó que había sido un accidente, que Santana no había tenido intención de matar a nadie, que había vivido con remordimiento durante años y finalmente había confesado voluntariamente.

La fiscalía argumentó que aunque el disparo pudo haber sido accidental, la secuencia de eventos que llevó a él fue el resultado de decisiones deliberadas de Santana. Crear un perfil falso, engañar a Natalia. llevarlas a un lugar aislado contra su voluntad y luego ocultar los crímenes durante 8 años. El jurado deliberó durante dos días.

 El veredicto fue culpable en ambos casos de homicidio, aunque con atenuantes reconocidos por la confesión voluntaria. Claudio Santana fue sentenciado a 25 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional antes de cumplir al menos 18 años. Al momento de la sentencia expresó remordimiento nuevamente. No hay palabras suficientes para expresar lo que siento por lo que hice.

 He destruido vidas, no solo las de Luciana y Natalia, sino las de sus familias enteras. Si pudiera cambiar el pasado, daría mi vida por hacerlo. Pero no puedo. Solo puedo aceptar el castigo que merezco y esperar que eventualmente de alguna forma estas familias puedan encontrar algo de paz.

 Las familias no encontraron consuelo en sus palabras. Para ellas, ninguna sentencia sería suficiente. El barrio de Fisherton nunca olvidará a Luciana y Natalia. En 2021, una plaza local fue renombrada Plaza Luciana y Natalia, con placas que recuerdan sus vidas, no sus muertes.

 Las placas muestran fotos de ellas sonriendo y contienen un mensaje en memoria de dos amigas que soñaban con el futuro. Que su recuerdo nos enseñe a valorar cada día y a cuidarnos unos a otros. Las familias continúan viviendo en el mismo barrio, a pocas cuadras una de otra. Unidos por una tragedia compartida, se ven regularmente, se apoyan mutuamente, visitan juntos las tumbas de sus hijas.

 El dolor nunca desaparece completamente, pero han aprendido a vivir con él. Y en cuanto a ese mensaje de WhatsApp de mayo de 2020, ese mamá soy yo, que reinició toda la investigación permanece como un recordatorio complejo. fue el acto de un hombre tratando de aliviar su culpa sin tener el coraje de confesar directamente, pero también fue lo que finalmente trajo respuestas a las familias, lo que les permitió enterrar a sus hijas apropiadamente, lo que cerró 8 años de terrible incertidumbre.

 A veces pienso en ese mensaje”, dijo Patricia Ferreira meses después del juicio. “Me pregunto qué habría pasado si nunca lo hubiera enviado. Tal vez nunca habríamos encontrado a Nati. Tal vez todavía estaríamos buscando.” No sé si perdonarlo por eso. Fue un acto egoísta que, sin embargo, nos dio lo que necesitábamos. La vida es complicada así. M.

 

 

En agosto de 2012, dos amigas inseparables salieron de sus casas en Rosario, Argentina, para lo que debía ser una tarde común de compras en el centro. Nunca regresaron. Durante 8 años, sus familias vivieron con la agonía de no saber qué les había sucedido. Hasta que en mayo de 2020, en plena cuarentena por la pandemia, algo imposible ocurrió.

 El teléfono celular de una de ellas, que había permanecido apagado durante casi una década, inició sesión en WhatsApp. Pero lo más perturbador no fue eso. Fueron las tres palabras que alguien escribió desde ese número. Palabras que cambiarían todo lo que creían saber sobre aquel día de agosto.

 ¿Quién estaba usando ese teléfono? y por qué decidió encenderlo justo en ese momento. Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo.

 Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Rosario, la tercera ciudad más poblada de Argentina, se extiende a lo largo de la ribera occidental del río Paraná, en la provincia de Santa Fe. Con más de un millón de habitantes, esta ciudad portuaria ha sido durante décadas un centro comercial y cultural fundamental para la región.

 Pero en los años 2010, Rosario también comenzó a enfrentar una realidad más oscura, el aumento de la inseguridad y la violencia relacionada con el narcotráfico, que aunque no alcanzaba los niveles de otras ciudades latinoamericanas, había empezado a cambiar la percepción de seguridad de sus habitantes. En el barrio de Fisherton, una zona residencial de clase media ubicada al oeste del centro de la ciudad, vivían las familias Acosta y Ferreira.

 Este barrio, conocido por sus calles tranquilas, bordeadas de árboles, sus pequeños comercios de cercanía y sus plazas donde los vecinos se conocían entre sí, había sido el hogar de ambas familias durante más de 20 años. Luciana Acosta tenía 23 años en 2012. era la menor de tres hermanos y había heredado de su madre, Silvia, una disposición alegre que iluminaba cualquier ambiente.

Media aproximadamente 1,65, tenía el cabello castaño oscuro que solía llevar recogido en una cola alta y unos ojos marrones que parecían siempre estar sonriendo. Trabajaba como administrativa en una empresa de seguros en la calle Córdoba, en pleno centro Rosarino.

 un empleo que había conseguido hacía apenas 6 meses después de completar un curso de auxiliar contable. Luciana era meticulosa con sus rutinas. Cada mañana tomaba el colectivo de las 7:15 en la esquina de su casa. Siempre se sentaba del lado de la ventanilla si había lugar disponible y llevaba consigo un termo con mate que compartía con sus compañeras de oficina. Los viernes solía pasar por la panadería de la esquina de su trabajo para comprar facturas para llevar a casa.

 Era una joven que valoraba la estabilidad y la previsibilidad. Algo que sus amigas a veces bromeaban era poco común en alguien de su edad. Natalia Ferreira, su mejor amiga desde la infancia, era casi lo opuesto en personalidad, aunque compartían una conexión profunda. Con 24 años recién cumplidos en julio de 2012, Natalia era más alta que Luciana.

 rondaba el 70 y tenía el cabello rubio teñido que cambiaba de tono cada pocos meses, algo que su madre, Patricia había dejado de comentar así a tiempo. Era extrovertida, impulsiva y soñaba con viajar por el mundo, aunque trabajaba como vendedora en una tienda de ropa en el patio del Gaucho, un centro comercial cercano.

Natalia había estudiado turismo durante dos años en la Universidad Nacional de Rosario, pero había abandonado la carrera argumentando que prefería vivir las experiencias en lugar de estudiarlas. Esta decisión había causado tensión en su familia, especialmente con su padre Roberto, un contador público que valoraba enormemente la educación formal.

 A pesar de esto, Natalia mantenía una relación cercana con sus padres y su hermano mayor, Damián, aunque últimamente había comenzado a ser más reservada sobre ciertos aspectos de su vida. La amistad entre Luciana y Natalia había comenzado cuando tenían apenas 5 años en el jardín de infantes del barrio. Habían compartido toda su educación primaria y secundaria.

 Habían vivido juntas sus primeros amores adolescentes y habían sido testigos de las alegrías y tragedias de sus respectivas familias. Cuando el padre de Luciana falleció de un infarto en 2008, Natalia pasó casi todas las noches de ese mes en casa de los Acosta, acompañando a su amiga en silencio.

 Y cuando el hermano de Natalia tuvo un accidente de moto en 2010, fue Luciana quien organizó turnos entre amigos para acompañar a la familia en el hospital. A pesar de sus diferencias de personalidad o quizás precisamente por ellas, las dos jóvenes se complementaban perfectamente. Luciana aportaba sensatez y planificación a los impulsos de Natalia, mientras que Natalia sacaba a Luciana de su zona de confort y le recordaba que la vida también necesitaba espontaneidad.

Se veían casi diariamente y cuando no se veían se comunicaban por WhatsApp. una aplicación que ambas habían descargado apenas un año antes y que rápidamente se había convertido en su medio de comunicación favorito. En agosto de 2012, Argentina atravesaba un periodo de relativa estabilidad económica, aunque los primeros signos de la inflación que marcaría los años siguientes ya comenzaban a notarse.

 El dólar estaba controlado por el gobierno y muchos argentinos, especialmente en las ciudades grandes, habían empezado a buscar formas de ahorrar en moneda extranjera. Este contexto económico había generado cierta ansiedad en la población, aunque en Rosario la vida cotidiana continuaba con normalidad aparente.

 El sábado 11 de agosto de 2012 amaneció fresco en Rosario con una temperatura de aproximadamente 14 ºC que prometía subir hasta los 20 para el mediodía. Era uno de esos días de invierno rosarino donde el sol aparece temprano y la humedad del río Paraná crea una atmósfera particular. Esa mezcla de frío y luminosidad que los habitantes de la ciudad conocen bien.

 Luciana se despertó alrededor de las 9 de la mañana, más tarde de lo habitual para ella, que incluso los fines de semana solía madrugar. La noche anterior había estado hasta tarde mirando una película con su hermano mayor, Sebastián. y se había quedado dormida en el sofá.

 Su madre la encontró allí a las 2 de la madrugada y la despertó para que se fuera a su cama. Ese sábado Luciana tenía planes con Natalia. habían quedado en encontrarse para ir al centro a buscar un regalo de cumpleaños para la madre de Luciana, cuyo cumpleaños era el jueves siguiente. También querían aprovechar para recorrer algunas tiendas, ya que se acercaba el día de la primavera y ambas querían renovar algo de su guardarropa.

 Alrededor de las 10:30, Luciana le escribió un mensaje de WhatsApp a Natalia. Nati, me levanto ahora, me baño y desayuno tranqui. ¿A qué hora nos vemos? El mensaje fue entregado y leído casi inmediatamente. Natalia respondió, Dalelu, yo también recién me levanto. Jajaja. ¿Te parece a las 13 ares en la terminal del centro? Así vamos caminando por calle Córdoba.

Luciana respondió con un simple dale, nos vemos allá. Este intercambio de mensajes sería posteriormente analizado decenas de veces por los investigadores. La hora de envío, las doble til de azules que confirmaban que ambas habían leído los mensajes del otro, la normalidad absoluta del tono.

 No había nada en esa conversación que sugiriera que algo andaba mal o que alguna de las dos jóvenes estuviera preocupada por algo. Silvia Acosta, la madre de Luciana, recuerda ese momento con una claridad dolorosa. Estaba en la cocina preparando el almuerzo cuando Luciana entró, todavía en pijama, con el cabello revuelto y bostezando.

 ¿Querés que te prepare algo para desayunar? Le preguntó Silvia. No, ma, gracias. Me preparo yo algo rápido, respondió Luciana mientras buscaba el pan en la panera. desayunaron juntas mientras conversaban sobre qué regalo comprar para el cumpleaños de Silvia. Luciana sugirió una cartera, algo práctico pero lindo, “Algo que uses para ir a trabajar”, le dijo a su madre, quien trabajaba como enfermera en un hospital municipal.

 A las 11:45, Luciana subió a su habitación para arreglarse. Se dio una ducha rápida, se vistió con un yin azul oscuro, una remera blanca con rayas grises y su campera de jein que usaba habitualmente cuando hacía frío. Se calzó unas zapatillas deportivas blancas y negras que había comprado el mes anterior.

 se recogió el cabello en su cola de caballo característica y se aplicó un poco de rímel y brillo labial. Su maquillaje habitual cuando no iba a trabajar. Antes de salir, Luciana entró en la cocina donde su madre seguía preparando el almuerzo. Ma, me voy a encontrar con Nati al centro.

 Vamos a buscar tu regalo, así que no me preguntes qué te voy a comprar”, le dijo sonriendo. Silvia recuerda que le respondió algo como, “Bueno, pero no gastes mucho.” Y que Luciana le dio un beso en la mejilla. Vuelvo tipo seis, siete a más tardar. Si llego más tarde, te aviso”, agregó Luciana antes de salir. Eran las 12:35 minutos de la tarde cuando Luciana cerró la puerta de su casa.

 Su hermano Sebastián, que estaba en su habitación, escuchó la puerta, pero no bajó a despedirse. Ese detalle lo atormentaría durante años, el no haber bajado a decirle adiós. Mientras tanto, en la casa de los Ferreira, a solo tres cuadras de distancia, Natalia también se preparaba para salir. A diferencia de Luciana, Natalia no había desayunado con su familia.

 Su madre, Patricia había salido temprano a hacer unas compras y su padre, Roberto estaba en el living leyendo el diario La Capital, como hacía todos los sábados por la mañana. Su hermano Damián había salido la noche anterior y aún no había regresado, algo que era habitual en él los fines de semana.

 Natalia se había levantado alrededor de las 10, pero se había quedado en su habitación navegando en Facebook desde su celular. y charlando con algunas amigas. Tenía un Samsung Galaxy Mini, un modelo popular en esa época con carcasa rosada que ella misma había elegido. El teléfono estaba casi siempre en su mano o en su bolsillo y sus amigas bromeaban diciendo que era como una extensión de su cuerpo.

Alrededor de las 12, Natalia bajó a la cocina y se preparó un café con leche y unas tostadas. Su padre levantó la vista del diario y le preguntó qué iba a hacer ese día. “Voy a ir al centro con Lu a buscar un regalo para la mamá”, respondió Natalia. Roberto asintió y volvió a su lectura. No hubo más conversación entre ellos.

 Algo que Roberto recordaría con un nudo en la garganta durante los años siguientes. No había habido tensión ni pelea, simplemente esa distancia cotidiana que a veces se instala entre padres e hijos adultos. A las 12:50, Natalia subió nuevamente a su habitación. Se cambió la ropa que había usado para dormir y se puso un pantalón negro, una remera gris de mangas largas y una campera de cuero negra que le había regalado su novio meses atrás, aunque ya no estaban juntos.

 Se calzó unas botas negras de caña corta. Se retocó el maquillaje poniéndose especial atención en el delineado de ojos que siempre hacía con pulso perfecto. Tomó su cartera, una de esas carteras grandes que están de moda entre las jóvenes, de color marrón con tachas plateadas y guardó su celular, su billetera, las llaves de su casa y un paquete de cigarrillos.

Cuando bajó, encontró a su madre en la cocina guardando las compras que había traído. “Chauma, me voy al centro con Lu”, le dijo dándole un beso. Patricia le preguntó si llevaba plata suficiente y Natalia le respondió que sí. “No llegues muy tarde”, le dijo Patricia. “Dale, nos vemos”, respondió Natalia mientras se dirigía a la puerta. Eran aproximadamente las 13:05.

La terminal del centro de Rosario, donde habían quedado en encontrarse, está ubicada en una zona de alta circulación de personas, especialmente los sábados. El edificio de la terminal de ómnibus, construido en los años 70 y renovado parcialmente en los 90, siempre está lleno de gente que llega o parte hacia distintos destinos del país.

 Las veredas circundantes son anchas y están constantemente transitadas por personas que van y vienen, vendedores ambulantes y colectivos que pasan cada pocos minutos. Las cámaras de seguridad de un comercio cercano a la terminal captaron a Luciana llegando al lugar a las 13 horas y 18 minutos.

 Se la ve caminando por la vereda con su campera de jein y su cartera cruzada mirando su celular mientras camina. Se detiene cerca de uno de los kioscos que hay en la entrada de la terminal. se apoya contra la pared y sigue mirando su teléfono, presumiblemente esperando a su amiga. A las 13:22 minutos, otra cámara, esta vez de un local de comida rápida, capta a Natalia aproximándose por la calle opuesta.

 Lleva su cartera al hombro y también está mirando su celular. Cuando levanta la vista, ve a Luciana y le hace un gesto con la mano. Luciana levanta la cabeza, sonríe y guarda su teléfono en la cartera. Se abrazan brevemente, como hacen las amigas que se ven constantemente. Ese abrazo rápido que es más un saludo que una muestra de afecto especial.

 Intercambian algunas palabras que no pueden escucharse en las grabaciones sin audio y comienzan a caminar juntas en dirección a la calle Córdoba. la arteria comercial principal del centro rosarino. Esa fue la última vez que las cámaras de seguridad captaron a Luciana Acosta y Natalia Ferreira. Las dos jóvenes caminaron por la calle Córdoba, que un sábado de agosto está moderadamente llena de gente.

 En esa época del año, las tiendas ya comienzan a sacar la ropa de primavera, aunque todavía hace frío y muchas personas aprovechan los sábados para recorrer las vidrieras. Luciana y Natalia entraron a varios locales esa tarde, aunque los registros exactos son fragmentarios. Una empleada de una tienda de carteras y accesorios ubicada en la calle Córdoba al 1200 recordaría después, cuando fue entrevistada por la policía, que dos chicas que coincidían con la descripción de Luciana y Natalia habían estado en el local alrededor de las 2 de la tarde.

Estuvieron mirando carteras. probándose algunas. Una de ellas, la más alta de pelo rubio, preguntó el precio de una cartera de cuero marrón. Cuando le dije el precio, le dijo a la amiga que era mucho. Se quedaron un rato más mirando y después se fueron, declaró la empleada.

 A las 4:20 de la tarde, Natalia le envió un mensaje de WhatsApp a su madre. Ma Lu encontró algo para la mamá. Ya vamos para casa en un ratito. Patricia respondió, “Okay, hijita, te espero.” Ese fue el último mensaje que Natalia envió desde su celular. Aproximadamente a las 5 de la tarde, una testigo llamada Mónica Quinteros, que trabajaba en un puesto de venta de bijuterí en la feria que se instala los sábados en la zona de Avenida Pellegrini, declaró haber visto a dos jóvenes que coincidían con la descripción de Luciana y Natalia. Me llamaron la atención porque estaban

paradas en la esquina como esperando algo. La más alta estaba hablando por teléfono y parecía un poco alterada, no enojada, pero sí como nerviosa. La otra chica estaba a su lado mirando el celular. Estuvieron ahí como cinco, 10 minutos quizás. Después vi que se acercó un auto, un auto oscuro.

 No podría decir exactamente qué modelo porque hay tantos iguales y se subieron. Pensé que era un remis o algo así, relató Mónica. Este testimonio sería crucial para la investigación, aunque presentaba problemas significativos. Mónica no pudo precisar con exactitud el horario, admitiendo que había mucha gente ese día y yo estaba atendiendo a clientes. No estaba mirando el reloj todo el tiempo.

 Tampoco pudo dar detalles específicos sobre el vehículo más allá de que era oscuro, posiblemente negro o gris oscuro y de cuatro puertas. No vio la patente, no pudo describir al conductor y no estaba completamente segura de que las jóvenes que vio fueran efectivamente Luciana y Natalia.

 Pasaron las 6 de la tarde y Luciana no regresó a su casa. Silvia Acosta no se preocupó inmediatamente. Su hija le había dicho que volvería tipo 6 7 a más tardar, así que a las 6:30 aún no había motivo para alarmarse. Pero a las 7:30, cuando Luciana todavía no había llegado ni había llamado o enviado un mensaje, Silvia comenzó a sentir esa punzada de inquietud que toda madre conoce.

 Intentó llamar al celular de Luciana. El teléfono sonó varias veces, pero nadie atendió. Silvia dejó un mensaje en el buzón de voz. Lu, llámame cuando escuches esto. Estoy preocupada. Esperó unos minutos y volvió a llamar. Mismo resultado. A las 8 de la noche, Silvia llamó a la casa de los Ferreira. Contestó Patricia. Hola, Patti.

 ¿Está Luciana por ahí? Preguntó Silvia. No, no está acá. Natalia tampoco llegó todavía”, respondió Patricia, y en su voz Silvia detectó el mismo tono de preocupación contenida que ella misma sentía. Ambas madres acordaron esperar un poco más, confiando en que tal vez las chicas habían decidido ir a tomar algo o habían encontrado otras amigas y se habían distraído.

 Pero a las 9 de la noche, cuando ninguna de las dos jóvenes había dado señales de vida y sus celulares seguían sin ser atendidos, la preocupación se transformó en alarma. A las 9:30, Silvia Acosta tomó la decisión de ir a la comisaría. Roberto y Patricia Ferreira la acompañaron.

 Cuando llegaron y explicaron la situación al oficial de guardia, encontraron la respuesta que muchas familias en su situación habían recibido antes. Mire, señora, no han pasado ni 24 horas todavía. Seguramente las chicas están en algún boliche o con amigas y se olvidaron de avisar. Pasa todo el tiempo. Vuelva mañana si no aparecen. Frustrados y asustados regresaron a sus casas. Esa noche ninguna de las dos familias durmió.

 A las 7 de la mañana del domingo 12 de agosto volvieron a la comisaría. Esta vez, el oficial de turno era diferente y al ver la desesperación en los rostros de estos padres, tomó la denuncia inmediatamente. La investigación del caso de Luciana Acosta y Natalia Ferreira comenzó oficialmente el domingo 12 de agosto de 2012. El caso fue asignado al inspector Daniel Sarmiento, un investigador con más de 20 años de experiencia en casos similares.

 Los registros de las compañías telefónicas mostraron que el último uso de datos del teléfono de Natalia había sido alrededor de las 5:10 de la tarde del sábado, cuando su dispositivo se había conectado a una antena ubicada en la zona de avenida Pellegrini. Después de eso, el teléfono parecía haberse apagado o quedado sin batería.

 El celular de Luciana había tenido su última actividad registrada alrededor de las 4:50 de la tarde, también en la misma zona general. El lunes 13 de agosto, las imágenes comenzaron a circular en los medios locales. Los noticieros de Rosario abrieron sus emisiones con la noticia. Los diarios publicaron las fotos en primera plana.

 Las redes sociales se llenaron de publicaciones compartiendo las imágenes y pidiendo información. Se revisaron cámaras de seguridad de decenas de comercios, se entrevistaron testigos. Se investigó si alguna de las jóvenes tenía problemas personales que pudieran explicar una decisión voluntaria de desaparecer. El cuadro que emergió era consistente. Luciana y Natalia eran jóvenes normales, con vidas normales, sin problemas graves.

 Sin embargo, algunos amigos mencionaron que Natalia en las últimas semanas había estado un poco más callada de lo habitual, como preocupada por algo. Una de sus amigas, Yamila, mencionó que Natalia había comentado algo sobre un chico que le gustaba, pero que nunca dio detalles. Pasaron las semanas y las pistas se agotaban una tras otra. El auto oscuro que Mónica Quinteros había descrito era imposible de rastrear sin más detalles.

No había evidencia de que las jóvenes hubieran sido vistas subiendo a ningún transporte público esa tarde. A medida que pasaban los meses, el caso empezó a perder prominencia en los medios. Para octubre de 2012, las noticias sobre Luciana y Natalia ya no abrían los informativos. Las familias desarrollaron rutinas de dolor.

 Silvia Acosta dejó su trabajo en el hospital porque no podía concentrarse. Patricia Ferreira intentó mantener su empleo como docente. Los hermanos de las jóvenes desaparecidas también sufrieron profundamente. El primer aniversario del desaparecimiento, el 11 de agosto de 2013, fue especialmente doloroso.

 Para 2014, 2 años después del desaparecimiento, la investigación oficial había llegado a un punto muerto. Las habitaciones de Luciana y Natalia permanecieron intactas en sus respectivas casas. Los años pasaron 2015, 2016, 2017, 2018. El caso seguía abierto técnicamente, pero ya no se le dedicaban recursos activos de investigación.

 En las redes sociales, las páginas dedicadas a buscar a las jóvenes seguían activas, pero las publicaciones recibían cada vez menos interacción. Para 2019, Silvia Acosta enfermó gravemente. Le diagnosticaron cáncer de mama. Durante su tratamiento, lo único que decía era que quería vivir lo suficiente para saber qué le había pasado a su hija. Afortunadamente, el tratamiento fue exitoso y entró en remisión.

 Llegó el año 2020 y con él la pandemia de COVID-19. En marzo, Argentina entró en una de las cuarentenas más estrictas del mundo. Las familias Acosta y Ferreira se encontraron confinadas en sus casas con tiempo de más para pensar, para recordar, para revivir el dolor. Fue durante esos meses de aislamiento cuando ocurrió algo que cambiaría todo. Era el 28 de mayo de 2020.

 Argentina llevaba más de dos meses en cuarentena estricta. Patricia Ferreira estaba en su casa esa tarde. Su esposo Roberto había salido brevemente a comprar comestibles. Patricia estaba en la cocina preparando la cena cuando escuchó el sonido de notificación de WhatsApp en su celular. Tomó el teléfono y lo desbloqueó.

 tenía varios mensajes sin leer. Comenzó a revisarlos distraídamente, pero entonces se detuvo. Su corazón literalmente se saltó un latido. Había un mensaje de un número que la aplicación identificaba como Natalia. Era el número de su hija, el número que llevaba inactivo desde agosto de 2012, casi 8 años atrás.

 El mensaje decía, “Mamá, soy yo.” Las manos de Patricia comenzaron a temblar violentamente. Con dedos temblorosos, escribió, “Natalia, ¿eres vos?” Los dos titics azules aparecieron casi inmediatamente indicando que el mensaje había sido leído, pero no llegó respuesta. Pasaron 5 minutos, 10 minutos, nada. Llamó al número.

 El teléfono sonó, pero nadie atendió. Patricia llamó a su esposo. Roberto, tenés que volver ya. Recibí un mensaje de Natalia, del celular de Natalia. Mientras esperaba, Patricia siguió mirando su teléfono, enviando mensajes cada pocos minutos. Ninguno de los mensajes fue leído después de ese primero. Roberto llegó a casa en tiempo récord. Vieron juntos el mensaje.

Después de media hora de intentos infructuosos de obtener más respuestas, decidieron llamar a la policía. Esa noche contactaron a las autoridades. El caso fue inmediatamente reabierto con prioridad alta. Un equipo de investigadores llegó la mañana siguiente, tomaron el teléfono de Patricia para analizarlo técnicamente y pusieron en marcha todos los protocolos para rastrear el número. La noticia llegó a la familia Acosta.

 Silvia recibió la llamada de Roberto alrededor de las 10 de la noche. “¿Y Luciana? ¿Dijeron algo de Lu?”, le preguntó con voz desesperada. Roberto tuvo que admitir que no. Los técnicos descubrieron que el teléfono de Natalia había sido encendido brevemente alrededor de las 18:35 horas del 28 de mayo de 2020.

 Durante aproximadamente 12 minutos, el dispositivo había estado activo, conectado a una antena celular ubicada en la zona sur de Rosario, específicamente en el barrio de Nuevo Alberdi. Después, el teléfono se había apagado nuevamente. Se organizó un operativo policial en la zona. Revisaron casas, hablaron con residentes, mostraron fotos. Nadie había visto a las jóvenes recientemente. La historia del mensaje había trascendido a los medios.

Los noticieros cubrían el caso nuevamente. Las redes sociales se llenaron de especulaciones. El inspector a cargo de la investigación en 2020 era Juan Pablo Castillone. Lo primero que hizo fue reunirse con Daniel Sarmiento, ya jubilado, para repasar todos los detalles del caso original.

 Castiglione decidió reentrevistar a las personas que habían mencionado cambios en el comportamiento de Natalia antes de su desaparición. Yamila, la amiga, ahora vivía en Buenos Aires. Confirmó que Natalia había conocido un chico, pero fue vaga con los detalles. Lo vi una vez hablando con ella en el centro a finales de julio o principios de agosto.

 Cuando me acerqué, él se fue rápido. era un hombre de unos 30 y pico, nada particular que lo hiciera memorable”, describió Castiglione revisó nuevamente el Facebook de Natalia con mejores herramientas. Encontraron algo interesante. En las semanas previas a su desaparición, Natalia había comenzado a interactuar frecuentemente con el perfil de una persona llamada Mauro Sosa. El perfil había sido eliminado en 2013.

 con órdenes judiciales obtuvieron información. El perfil había sido creado en mayo de 2012 y su último uso registrado había sido en agosto de 2012. Todo sugería que era un perfil falso. Otra amiga, Andrea, que había trabajado con Natalia en la tienda de ropa, llamó después de ver la conferencia de prensa, donde mostraron las capturas del perfil de Facebook. Nati me mostró ese perfil.

me dijo que había conocido a alguien por Facebook que era mecánico, que tenía 29 años. Creo que planeaban encontrarse en persona a principios de agosto, explicó. Los investigadores redoblaron esfuerzos para identificar quién estaba detrás del perfil, pero las pistas eran escasas. En julio de 2020, dos meses después del mensaje misterioso, la investigación parecía haber llegado a otro punto muerto.

 Pero entonces, a mediados de ese mes, ocurrió algo que cambiaría todo nuevamente. Era el 18 de julio de 2020, un sábado por la tarde. Castiglione estaba en su casa, técnicamente fuera de horario laboral, pero el caso de Natalia y Luciana no le permitía descansar realmente.

 Estaba revisando nuevamente el expediente en su computadora cuando recibió una llamada del oficial Marcelo Rivas, uno de los investigadores del equipo. “Inspector, tiene que ver esto ahora”, dijo Rivas con una urgencia en su voz que inmediatamente puso a Castiglione en alerta. “¿Qué pasó?”, preguntó mientras ya estaba buscando su chaqueta y las llaves del auto.

 Encontramos algo, mejor dicho, alguien encontró algo y nos llamó. Estoy enviándole la ubicación ahora. Es en una zona rural cerca de Funes, explicó Ribas. Funes es una localidad ubicada a unos 25 km al oeste de Rosario, en la misma provincia de Santa Fe. Es una zona que combina áreas urbanas con zonas rurales donde hay campos y quintas.

 Castigliione condujo hacia allá mientras Rivas le explicaba por teléfono lo que había ocurrido. Un hombre que tenía un campo en la zona, Federico Lamberti, había estado limpiando unaquia que atravesaba su propiedad. Con las lluvias de los últimos días, laquia se había llenado de escombros y ramas.

 Mientras trabajaba con un rastrillo para limpiarla, había encontrado algo entre el barro, una cartera de mujer. Inicialmente, Lamberti no le dio mayor importancia. Era común encontrar basura y objetos descartados en las acequias. Pero cuando limpió la cartera y la abrió, encontró documentos adentro. Documentos con el nombre de Natalia Ferreira. La cartera está en estado terrible después de años en el agua, pero algunos elementos adentro estaban en una especie de bolsa plástica y se preservaron mejor.

 Hay un DNI, algunas tarjetas y lo más importante, hay un teléfono celular. Continuó Rivas. Castiglione sintió que el corazón se le aceleraba. Un celular, funciona, no lo sabemos todavía. Está mojado y lleno de barro. Lo mandamos al laboratorio forense para que lo revisen, pero no creo que funcione después de tanto tiempo en el agua, respondió Rivas. Cuando Castiglione llegó al campo de Lamberti, el área ya estaba acordonada.

Varios oficiales estaban presentes y un equipo forense estaba revisando la asequia y los alrededores. Lamberti, un hombre de unos 60 años, estaba sentado cerca de su camioneta, todavía en shock por lo que había encontrado. “Nunca pensé que iba a encontrar algo así”, le dijo a Castiglione.

 “Yo sigo el caso de esas chicas desde que desaparecieron. Todo Rosario lo sigue. Cuando vi el nombre en el documento, no lo podía creer. Le preguntaron a Lamberti hace cuánto tenía el campo. Desde 2005, respondió. Pero esta parte del campo donde está la asequia es medio salvaje. No la uso mucho. Está cerca del límite con el campo del vecino.

 Casi nunca vengo para este lado específicamente. Los forenses estaban peinando el área. La asequia corría a lo largo de aproximadamente 2 km pasando por varios campos. Era imposible saber desde dónde había venido exactamente la cartera. Pudo haber sido arrojada allí directamente o pudo haber sido arrastrada por el agua desde kilómetros arriba durante las crecidas.

 Castiglione observaba el trabajo meticuloso de los técnicos. Cada objeto encontrado era fotografiado, documentado, colocado en bolsas de evidencia. La cartera marrón con tachas plateadas era exactamente como la habían descrito los padres de Natalia 8 años atrás. Incluso después de tanto tiempo sumergida, todavía era reconocible.

 En los días siguientes, el equipo forense trabajó meticulosamente en examinar la cartera y su contenido. El celular que estaba dentro era efectivamente un Samsung Galaxy Mini con carcasa rosada, coincidente con el que Natalia tenía. Sin embargo, después de casi 8 años sumergido en agua y barro, estaba completamente destruido. No había forma de recuperar datos de él.

 Los circuitos internos estaban corroídos, la batería hinchada y oxidada, la pantalla completamente opaca. La cartera también contenía las llaves de la casa de Natalia, algunas tarjetas de crédito y débito a su nombre y aproximadamente 300 pesos en billetes que se habían desintegrado parcialmente, pero aún eran identificables por los números de serie visibles.

 También había un paquete de cigarrillos empapado, completamente deshecho, y un encendedor de plástico que milagrosamente aún tenía algo de líquido adentro. Lo que no estaba en la cartera era la billetera con más dinero que Natalia llevaba habitualmente. Según recordaban sus padres, tampoco había ninguna pertenencia de Luciana, ni su cartera, ni su celular, ni sus llaves, nada.

 La pregunta obvia era, si esta cartera había estado en la Acequia desde 2012, ¿cómo era posible que el celular de Natalia hubiera enviado un mensaje en mayo de 2020? La respuesta era simple, pero perturbadora. La cartera contenía un celular de Natalia, pero no necesariamente el único celular de Natalia.

 Los investigadores verificaron el número email del dispositivo encontrado. El email es un número único que identifica cada teléfono móvil como una huella digital del aparato. El del celular encontrado en la cartera no coincidía con el del número telefónico desde el cual se había enviado el mensaje de WhatsApp en mayo. Esto significaba que Natalia tenía dos celulares o que alguien había puesto un celular diferente en su cartera antes de deshacerse de ella. Ambas posibilidades habrían nuevas líneas de investigación.

Patricia y Roberto Ferreira fueron consultados en una reunión formal en la comisaría. “Natalia tenía dos celulares?”, les preguntó Castillone observando cuidadosamente sus reacciones. Ambos padres se miraron confundidos. No, que nosotros supiéramos, respondió Roberto lentamente.

 Ella tenía su Samsung, el que usaba todo el tiempo. Lo compramos juntos en la tienda. Nunca vimos otro celular. ¿Para qué querría dos? Pero entonces Patricia hizo una pausa frunciendo el ceño como recordando algo distante. Esperen. Hace como un año antes de que desapareciera, tal vez en 2011, Natalia tenía un Nokia viejo. Era su primer celular de cuando era más chica, de esos que solo servían para llamadas y mensajes de texto.

 Lo había guardado en un cajón de su escritorio junto con otras cosas viejas. Pero un día, debe haber sido a principios de 2012, entré a su habitación y lo vi que lo estaba cargando. Me llamó la atención porque ese celular no se usaba. Le pregunté para qué lo quería si ya tenía el Samsung y ella me dijo algo como que lo iba a dar a una chica del trabajo que necesitaba un teléfono o que lo necesitaba para algo. No recuerdo exactamente sus palabras.

 No le di importancia en ese momento. Esta información era crucial. Castillone inmediatamente pidió a los técnicos que verificaran todos los números telefónicos que alguna vez hubieran estado registrados a nombre de Natalia Ferreira con las compañías telefónicas. El proceso tomó dos días, pero finalmente obtuvieron la información.

Además del número principal que todos conocían, había otro número registrado a su nombre, desde 2009. hasta 2012, correspondiente a un modelo Nokia antiguo. Ese número había sido dado de baja en algún momento de 2012 por falta de pago o uso y ese número, cuando fue verificado contra los registros del mensaje de WhatsApp de mayo de 2020 coincidía exactamente.

 Natalia había tenido un segundo celular, un celular viejo que mantenía activo y que nadie más sabía que usaba regularmente. Y ese era el celular desde el cual se había enviado el mensaje 8 años después de su desaparición. Pero había un problema. Si ese celular no estaba en la cartera encontrada en la Acequia, entonces, ¿dónde estaba? ¿Quién lo tenía? Y cómo había enviado un mensaje en 2020 si Natalia había desaparecido en 2012. Los investigadores ampliaron su búsqueda.

 Si la cartera de Natalia había sido encontrada en una asequia en la zona de Funes, era razonable pensar que algo más había ocurrido en esa área general. El hallazgo no podía ser coincidencia. Alguien había estado en esa zona con las pertenencias de Natalia, las había descartado allí. Castiglione organizó búsquedas más extensivas en los campos circundantes, no solo en el campo de Lamberti, sino en todas las propiedades vecinas.

 Pidió permiso a los dueños, obtuvo órdenes judiciales cuando fue necesario. Se trajeron perros de búsqueda especializados, esos entrenados para detectar restos humanos incluso después de muchos años. fue durante una de estas búsquedas el 23 de julio de 2020, un jueves por la mañana cuando uno de los perros comenzó a comportarse de manera diferente. Era un pastor alemán llamado Thor.

 Con años de experiencia en este tipo de operaciones, Thor se había separado ligeramente del grupo, olfateando intensamente el suelo en una zona boscosa, particularmente densa, a aproximadamente 1 km de donde se había encontrado la cartera. Su manejador, el oficial canino Ramiro Soto, reconoció inmediatamente la señal.

 Thor se había sentado y estaba mirando fijamente un punto específico, ladrando de una manera particular que Ramiro había aprendido a identificar después de años de trabajo conjunto. No era un ladrido de alerta general, era la señal específica de detección de restos humanos.

 “Aquí!”, gritó Ramiro, haciendo señas al resto del equipo. Thor marcó algo. El área fue inmediatamente acordonada. Castiglione, que estaba coordinando la búsqueda desde una posición central, se acercó rápidamente. Forenses especializados en antropología llegaron al lugar. No se podía simplemente empezar a acabar. Cada movimiento tenía que ser documentado, cada capa de tierra fotografiada.

 Una excavación forense es un proceso lento y meticuloso que puede tomar días. Colocaron una carpa sobre el área para protegerla de los elementos y de miradas curiosas. Instalaron iluminación artificial porque sabían que el trabajo se extendería más allá de las horas de luz natural y comenzaron a trabajar.

 Las primeras horas no revelaron nada. tierra, piedras, raíces de árboles. Pero a medida que profundizaban, aproximadamente a 60 cm bajo la superficie, uno de los forenses encontró algo, un fragmento de tela. Luego otro. Los fragmentos estaban descompuestos, pero aún eran identificables como restos de ropa.

 Continuaron con aún más cuidado y entonces, cuando habían excavado aproximadamente un metro de profundidad, encontraron el primer hueso. Era parte de un fémur humano. El trabajo se detuvo momentáneamente. Se tomaron fotografías desde todos los ángulos. Se documentó la posición exacta y luego continuaron aún más meticulosamente que antes.

 Lo que encontraron a medida que pasaban las horas y luego los días era una fosa poco profunda que contenía los restos de dos cuerpos. Estaban enterrados juntos, lado a lado, en lo que claramente había sido una tumba acabada apresuradamente. Los cuerpos estaban en avanzado estado de descomposición, prácticamente esqueletizados. lo cual era consistente con que hubieran estado allí durante aproximadamente 8 años.

 Junto a los restos encontraron varios objetos, fragmentos de ropa que, aunque deteriorados, aún mostraban colores y patrones identificables. Un par de zapatillas deportivas blancas y negras del tamaño correspondiente a una mujer joven, unas botas negras de caña corta, restos de lo que pudo haber sido una campera de jein, fragmentos de otra campera de cuero negro y crucialmente encontraron algo más, un teléfono celular.

 no estaba directamente con los cuerpos, sino ligeramente separado, envuelto en lo que alguna vez había sido una bolsa plástica transparente. La bolsa había protegido parcialmente el dispositivo de la humedad extrema del suelo, aunque no completamente. El celular fue extraído con extremo cuidado y llevado inmediatamente al laboratorio forense.

 Mientras tanto, el trabajo de exumación continuó. Cada hueso fue documentado en su posición original antes de ser removido. Los antropólogos forenses tomaban notas meticulosas, fotografiaban cada paso, dibujaban diagramas detallados. Cuando finalmente todos los restos fueron exhumados y trasladados al laboratorio, comenzó el proceso de identificación formal.

 Se necesitaban semanas para completar todos los análisis necesarios. Análisis de ADN, estudios antropológicos para determinar sexo, edad aproximada, altura, cualquier característica distintiva, análisis odontológicos comparando con registros dentales. Cada prueba tomaba tiempo y las familias esperaban en agonía.

 Durante esas semanas de espera, los técnicos también trabajaron en el teléfono celular encontrado en la bolsa plástica. Era efectivamente un Nokia viejo, un modelo de principios de los 2000s. La bolsa plástica había ayudado, pero el dispositivo aún había sufrido daños considerables por la humedad y el tiempo.

 Los técnicos lo abrieron cuidadosamente en un ambiente controlado. Extrajeron la tarjeta SIM, que milagrosamente aún estaba presente, y comenzaron el delicado proceso de intentar recuperar cualquier información del dispositivo. Usaron técnicas especializadas: limpieza ultrasónica de los componentes, reemplazo de la batería con una nueva compatible, secado en cámaras especiales.

 Después de días de trabajo meticuloso, lograron que el dispositivo respondiera. La pantalla se iluminó débilmente. El Nokia estaba funcional, al menos parcialmente. Cuando accedieron al contenido del teléfono, encontraron algo que eló la sangre a los investigadores. La memoria del dispositivo contenía mensajes de texto guardados, conversaciones entre Natalia y un número que no estaba registrado en el teléfono con ningún nombre, solo aparecía como dígitos.

 Los mensajes databan de julio y principios de agosto de 2012. Castiglione los leyó con creciente tensión. Eran conversaciones donde Natalia discutía planes para encontrarse con alguien. “¿Cuándo podemos vernos?”, decía un mensaje de Natalia del 28 de julio. Cuando quieras, tengo ganas de conocerte en persona, respondía el otro número.

 Me da un poco de miedo, jaja, escribía Natalia. No tengas miedo. Soy lo que ves en las fotos. Una persona normal que quiere conocerte, respondía. Okay. El próximo fin de semana, preguntaba Natalia. Perfecto. El sábado te viene bien, respondía el otro. Sí, Lu va a venir conmigo. No se lo dije a nadie más, escribía Natalia el 10 de agosto. Está bien que traigas a tu amiga, así te sentís más segura.

 Pero no le digas a nadie más, por favor. Me da vergüenza que alguien más sepa todavía, respondía el otro número. Dale, tranqui, nos vemos mañana, entonces. ¿A qué hora?, escribía Natalia. ¿Te parece a las 17 cerca de Pellegrini? Respondía. Dale, te escribo cuando estemos por ahí.

 Era el último mensaje de Natalia enviado el 11 de agosto de 2012 a las 16:42. Castiglione releyó los mensajes varias veces. Aquí estaba la evidencia que faltaba. Natalia había acordado encontrarse con alguien sábado 11 de agosto de 2012 y había llevado a Luciana con ella. La persona con quien se iban a encontrar había insistido en que no le dijeran a nadie.

 Un detalle que ahora sonaba siniestro. Y Natalia, probablemente sintiendo algo de inquietud sobre encontrarse con alguien que solo conocía por internet, había decidido llevar a su mejor amiga como medida de seguridad, una decisión que tristemente no había sido suficiente para protegerlas. Los investigadores rastrearon inmediatamente el número de teléfono con el que Natalia había estado intercambiando estos mensajes.

 Era un número prepago registrado con documentación que posteriormente se descubrió era falsa. El número había sido comprado en mayo de 2012 en un kiosco de la zona oeste de Rosario. El vendedor del kiosco, cuando fue entrevistado, no recordaba específicamente quién había comprado esa tarjeta sin particular. “Vendo cientos por mes”, explicó.

 A menos que la persona sea muy particular o cause problemas, no recuerdo caras específicas. El número había sido desactivado poco después de agosto de 2012 por falta de recarga. Pero los registros históricos de la compañía telefónica, aunque limitados después de tanto tiempo, mostraban información valiosa.

 Ese número había estado activo en la zona de Funes el 11 de agosto de 2012 con su última conexión registrada alrededor de las 6 de la tarde, conectándose a una antena que daba cobertura precisamente al área rural donde ahora habían encontrado los cuerpos. Mientras todo esto se desarrollaba, llegaron finalmente los resultados de los análisis de ADN. El 15 de agosto de 2020, casi exactamente 8 años después del desaparecimiento, Castillone recibió el informe formal del laboratorio forense.

 Los restos del primer cuerpo correspondían a una mujer de aproximadamente 23 a 25 años de edad al momento de la muerte, altura aproximada de 1,65. El ADN extraído de los restos coincidía con un 99.9% de probabilidad con las muestras de referencia de la familia Acosta. Era Luciana. Los restos del segundo cuerpo correspondían a una mujer de aproximadamente 24 a 26 años de edad al momento de la muerte, altura aproximada de 1,70.

 El ADN coincidía con un 9999% de probabilidad. con las muestras de referencia de la familia Ferreira. Era Natalia. Castiglione tuvo que hacer las llamadas más difíciles de su carrera. Primero llamó a Silvia Acosta. Señora Acosta, necesito que venga a la comisaría. Es importante. ¿Puede traer a alguien con usted? Su voz era cuidadosamente neutral, pero Silvia, después de 8 años de espera, entendió inmediatamente. La encontraron. dijo. No era una pregunta. Sí, señora, la encontramos.

Por favor, venga. Silvia comenzó a llorar al teléfono. Luego llamó a Roberto Ferreira. La conversación fue similar. Roberto también supo inmediatamente. ¿Está viva?, preguntó, aunque ya sabía la respuesta. No, señor. Lo lamento mucho. Por favor, venga a la comisaría. Las familias fueron notificadas formalmente esa misma tarde, antes de que la información se filtrara a los medios.

 En una sala privada de la comisaría con psicólogos presentes para brindar apoyo, Castiglione les explicó lo que habían encontrado. Les mostró las evidencias que permitían la identificación positiva. Les explicó que sus hijas habían sido encontradas juntas, que no habían sido separadas en la muerte. no les dio todavía todos los detalles sobre cómo habían muerto.

 Eso vendría después, cuando los informes forenses completos estuvieran listos. Por ahora solo necesitaban procesar el hecho fundamental. Después de 8 años de no saber, finalmente sabían. Luciana y Natalia habían muerto probablemente poco después de desaparecer en 2012 y habían sido enterradas en un campo en Funes.

 Silvia Acosta soyozaba inconsolablemente, abrazada por su hijo Sebastián. Patricia Ferreira estaba en estado de shock mirando al vacío mientras Roberto tenía una mano en su hombro y lágrimas silenciosas corrían por su rostro. Damián, el hermano de Natalia, golpeó la pared con su puño, dejando una marca mientras gritaba de frustración y dolor.

 Al día siguiente, la noticia se hizo pública. Los medios de comunicación explotaron con la historia. Encontraron los cuerpos de las jóvenes desaparecidas hace 8 años. Era el titular en todos los diarios y noticieros. Las redes sociales se llenaron de mensajes de condolencia para las familias.

 Pero también de preguntas, ¿quién las había matado? ¿Por qué habría justicia? Los informes forenses completos tardaron otra semana, pero cuando llegaron proporcionaron respuestas cruciales. El esqueleto de Luciana Acosta mostraba evidencia clara de trauma balístico. Específicamente había un agujero de entrada en el esternón consistente con el impacto de un proyectil de arma de fuego.

 El trayecto del proyectil había atravesado el corazón. La muerte habría sido casi instantánea. El proyectil no fue encontrado. Probablemente había salido del cuerpo y se había perdido en la tierra circundante durante los años. El esqueleto de Natalia Ferreira mostraba evidencia diferente.

 Había una fractura en el cráneo, específicamente en el hueso temporal del lado derecho. El patrón de fractura era consistente con un traumatismo contundente, como un golpe fuerte o un impacto contra una superficie dura. Los expertos determinaron que este tipo de lesión podría haber sido causado por una caída sobre una superficie irregular, como rocas o piedras, o por un golpe intencional con un objeto contundente.

La lesión habría causado hemorragia intracraneal severa y muerte en minutos si no recibía atención médica inmediata. Basándose en la evidencia de los mensajes de texto, la ubicación de los cuerpos, el hallazgo de la cartera y ahora la evidencia forense sobre cómo murieron las jóvenes, Castiglione y su equipo pudieron reconstruir un escenario probable.

 Natalia había conocido a alguien en línea, probablemente a través de Facebook, usando el perfil falso de Mauro Sosa. Esta persona había creado una identidad falsa para acercarse a Natalia. Habían acordado encontrarse el 11 de agosto. Natalia, siendo precavida, había llevado a su amiga Luciana.

 Se encontraron cerca de Pellegrini alrededor de las 5 de la tarde. Algo había salido terriblemente mal en ese encuentro. Luciana había sido baleada. Natalia había sufrido un traumatismo craneal fatal. Ambas habían sido enterradas en un campo en Funes. Pero todavía quedaban preguntas enormes.

 ¿Quién era la persona detrás del perfil de Mauro Sosa? ¿Cuál había sido realmente su intención al crear ese perfil y contactar a Natalia? ¿Había planeado hacerles daño desde el principio o algo había salido mal durante el encuentro? ¿Y quién había enviado el mensaje de WhatsApp en mayo de 2020? ¿Y por qué? La respuesta a estas preguntas llegó de una fuente completamente inesperada.

 Era el 25 de agosto de 2020. Una semana después de que se hiciera pública la identificación de los cuerpos, los medios todavía cubrían intensamente la historia. Los programas de televisión debatían sobre seguridad en línea, sobre los peligros de conocer extraños por internet. Las familias habían dado algunas entrevistas contando su dolor, pero también su alivio de finalmente tener respuestas.

Esa tarde, alrededor de las 4, un hombre se presentó en la entrada de la comisaría central de Rosario. Era de estatura media, complexión normal, cabello corto oscuro. Vestía un jein y una remera azul simple. Tenía aproximadamente 40 años. era exactamente el tipo de persona que pasaría completamente desapercibida en cualquier multitud.

 alguien que se ve y se olvida inmediatamente. Se acercó al oficial de guardia en la entrada y dijo con voz calmada, pero claramente nerviosa, “Necesito hablar con el inspector Castiglione sobre el caso de las chicas que encontraron en Funes. Tengo información importante.” El oficial lo miró con el tipo de escepticismo que desarrolla cualquier policía después de años en el trabajo.

 Desde que el caso se había vuelto tan mediático, habían tenido docenas de personas presentándose con información importante que resultaba ser especulación, rumores o en algunos casos intentos de obtener atención. ¿Qué tipo de información?, preguntó. Prefiero hablar directamente con el inspector. Por favor, dígale que Claudio Santana está acá y que necesito hablar con él.

 Él va a querer escuchar lo que tengo que decir. Había algo en el tono del hombre en la forma en que lo dijo, que hizo que el oficial tomara el asunto seriamente. “Espere acá”, dijo y fue a buscar a alguien de mayor rango. 20 minutos después, Claudio Santana estaba sentado en una sala de interrogatorios, no como sospechoso bajo arresto, sino como testigo voluntario.

 había llegado acompañado de un abogado, un detalle que inmediatamente elevó el nivel de seriedad de la situación. Castiglione entró en la sala acompañado por dos investigadores más. Todo estaba siendo grabado en video y audio. Castiglione se sentó frente a Santana y lo estudió por un momento. El hombre parecía exhausto, con ojeras profundas, las manos temblando ligeramente sobre la mesa.

 No parecía peligroso, pero Castiglione había aprendido hacía tiempo que las apariencias significan poco. Señor Santana, gracias por venir. Entiendo que tiene información sobre el caso Acosta Ferreira. comenzó Castiglione en tono profesional. Santana asintió, miró a su abogado, quien le hizo un gesto de que procediera.

 Santana tomó un profundo respiro y entonces dijo las palabras que cambiarían todo. Yo soy responsable de lo que les pasó a esas chicas, por eso estoy acá. Hubo un silencio absoluto en la sala. Castiglione sintió que el tiempo se detenía. Después de 8 años, después de toda la investigación, la respuesta estaba sentada frente a él, confesando.

Señor Santana, dijo Castiglione cuidadosamente, antes de que continúe, necesito que entienda que está siendo grabado y que todo lo que diga puede ser usado en su contra. Tiene derecho a permanecer en silencio. Su abogado está presente, pero quiero asegurarme de que entiende lo que está a punto de hacer.

Lo entiendo, respondió Santana con voz firme. He pensado en esto durante 8 años. Necesito decir la verdad. Necesito que las familias sepan qué pasó y necesito enfrentar las consecuencias de lo que hice. Muy bien, dijo Castillone. Cuénteme qué pasó.

 Santana se pasó las manos por la cara, se acomodó en la silla y comenzó a hablar. Su relato saldría entrecortado al principio, pero a medida que continuaba, las palabras fluían más fácilmente, como si hubiera estado guardando esta historia dentro suyo durante demasiado tiempo, y finalmente pudiera liberarla. En 2012 yo tenía 31 años. Estaba casado con una mujer llamada Andrea.

 Llevábamos juntos 6 años, pero el matrimonio estaba muy mal. Hacía meses que prácticamente no nos hablábamos. Vivíamos como extraños en la misma casa. Ella tenía su vida, yo tenía la mía. No sé exactamente cuándo se rompió todo, pero simplemente ya no funcionaba.

 Yo me sentía tremendamente solo, invisible, como si nadie me viera realmente. Hizo una pausa mirando sus manos sobre la mesa. Trabajaba como mecánico en un taller en zona sur. Era un trabajo que me gustaba, era bueno en lo que hacía, pero mi vida personal era un desastre. Una noche, debe haber sido en abril o mayo de 2012, estaba en mi casa. Mi esposa había salido con sus amigas, yo estaba solo.

 Me puse a navegar en Facebook sin ningún propósito particular y se me ocurrió una idea. No sé de dónde salió, pero una vez que la tuve en la cabeza, no pude sacarla. Pensé, “¿Qué pasaría si creo un perfil falso? Alguien que no sea yo, alguien más interesante, más joven, más atractivo, solo para ver qué se siente tener conversaciones con alguien que realmente se interese en mí.

” Castiglione escuchaba sin interrumpir, tomando notas mentales de cada detalle. Así que lo hice. Creé un perfil con el nombre Mauro Sosa. Busqué fotos en internet, fotos de un tipo normal, no alguien famoso que pudiera ser reconocido, sino fotos genéricas que encontré en blogs y sitios de fotos. Me inventé una edad, 29 años.

 Me inventé una historia. mecánico, soltero, le gusta el rock, el fútbol, cosas normales. No era para hacer daño, o eso me decía a mí mismo. Solo quería sentir que alguien se interesaba por mí. ¿Cómo conoció a Natalia Ferreira?, preguntó Castiglione a través de amigos en común en Facebook. Bueno, no amigos reales, sino personas que habían aceptado mi solicitud de amistad en el perfil falso.

 Natalia apareció como persona que quizás conozcas. Vi su perfil. Parecía una chica simpática, alegre. Le envié una solicitud de amistad. Ella la aceptó. Empecé a darle me gusta a sus publicaciones, a comentar cosas. Nada invasivo al principio, solo interacciones normales de redes sociales. Después de unas semanas, le envié un mensaje privado.

 Fue algo simple. Comentando sobre una foto que había publicado de un concierto. Ella respondió, “Empezamos a chatear.” Al principio eran conversaciones cortas, triviales, pero gradualmente se volvieron más largas, más personales. Ella me contaba de su trabajo, de sus amigas, de sus sueños de viajar. Yo le contaba de mi vida inventada. Todo era mentira.

 Mi edad, mi situación, mis intereses, todo, excepto mi trabajo de mecánico. Eso al menos era verdad. Santana se detuvo, pidió agua, le trajeron un vaso, bebió lentamente antes de continuar. Las conversaciones por Facebook se hicieron diarias. Hablábamos cada noche. Yo llegaba a casa del trabajo, cenaba cualquier cosa, me encerraba en mi habitación mientras mi esposa estaba en el living viendo televisión y chateaba con Natalia durante horas. Me sentía vivo cuando hablaba con ella.

 Sentía que alguien realmente me escuchaba. Se interesaba en lo que yo decía. Sé que es patético. Sé que era todo basado en mentiras, pero en ese momento era lo único bueno en mi vida. En algún momento, en julio, creo, Natalia me dio un número de celular alternativo.

 Me dijo que era un número que solo usaba para ciertas cosas más privado. Me escribió desde ese número y empezamos a mandar mensajes de texto también, además de Facebook. Más tarde entendí por qué usaba un celular separado. No quería que sus padres vieran las conversaciones si revisaban su teléfono principal. Era una forma de mantener privacidad. Las conversaciones se volvieron más íntimas, no sexuales, no era eso.

 Pero ella empezó a contarme cosas personales, preocupaciones, miedos y yo hacía lo mismo o inventaba cosas que sonaran reales. Empezó a decir que le gustaría conocerme en persona. Yo entraba en pánico cada vez que lo mencionaba porque sabía que cuando me viera sabría que todo era mentira.

 Pero al mismo tiempo una parte de mí realmente quería conocerla. Finalmente, a finales de julio, le dije que sí, que podíamos conocernos. Pensé que tal vez podría explicarle, que tal vez entendería que aunque había mentido sobre las fotos y algunos detalles, yo era real. Mis sentimientos eran reales. Sé que suena ridículo ahora, pero eso es lo que pensaba. Castiglione interrumpió.

¿Cuál era su plan exactamente cuando se encontraran? Santana levantó las manos en un gesto de frustración. No tenía un plan. Esa es la verdad. Honestamente pensaba que nos encontraríamos. Hablaríamos. Tal vez ella se enojaría por las mentiras, pero eventualmente lo entendería.

 Y podríamos tener algún tipo de amistad o relación. Suena completamente delusional ahora, pero yo estaba tan desesperado por conexión humana que me había convencido de que era posible. Quedamos para el sábado 11 de agosto. Esa misma mañana ella me escribió al celular diciendo que iba a traer a una amiga que esperaba que no me molestara. Me sorprendió, pero le dije que no había problema.

 Entendí que era una medida de seguridad de su parte. llevar a alguien más cuando iba a conocer a un extraño de internet era sensato. Me pasé toda esa mañana nervioso, pensando en qué iba a decir, cómo iba a explicar las mentiras. Casi no comí nada. Mi esposa estaba en casa, pero ni me habló. Ni siquiera notó que yo estaba alterado.

 Alrededor de las 4 de la tarde salí. Le dije a mi esposa que iba al taller a revisar algo, pero fui a Rosario. Manejaba mi pellot gris, un auto viejo, pero que andaba bien. Llegué a la zona de Pellegrini alrededor de las 5:15. Estacioné en una calle lateral y esperé. Natalia me escribió a las 5 diciendo que ya estaban llegando al lugar. Mi corazón latía como loco.

Santana cerró los ojos reviviendo ese momento. Las vi caminando hacia donde yo estaba estacionado. Natalia era tal como sus fotos, pero más bonita en persona. Su amiga Luciana era más bajita, con el pelo más oscuro. Parecían nerviosas mirando alrededor. Me bajé del auto. Cuando Natalia me vio, vi inmediatamente la confusión en su cara.

Yo no era el tipo de las fotos de Facebook, era más viejo, diferente. Vi que le dijo algo a su amiga. Me acerqué y dije, “Hola, Nati, soy Mauro.” Aunque obviamente ese no era mi nombre real. Ella me miró y dijo, “Vos sos Mauro. ¿No te pareces a las fotos?” Traté de sonreír y le dije que las fotos eran viejas, que había cambiado.

 Ella no parecía convencida. Su amiga Luciana me miraba con desconfianza clara. Le pedí que subieran al auto para que pudiéramos hablar más tranquilos. Había mucha gente caminando por ahí y yo no quería tener esa conversación en público. Natalia dudó, pero finalmente accedió. Luciana le dijo algo al oído, algo que no escuché, pero también subió al auto.

 Natalia en el asiento del acompañante, Luciana atrás. En cuanto cerraron las puertas, Natalia empezó a hacerme preguntas. ¿Por qué usaste fotos que no son tuyas? ¿Quién eres realmente? ¿Cuántos años tenés? Yo intentaba responder, intentaba explicar, pero ella estaba cada vez más enojada. Luciana desde atrás decía, “Nati, bajémonos.

Esto no está bien.” Yo les dije que solo quería explicarles que por favor me dieran unos minutos para hablar, pero no podía hablar allí con toda la gente alrededor. Empecé a manejar. Pensé que iría a algún lugar más tranquilo, un parque o algo así donde pudiéramos hablar sin que nadie nos escuchara.

 Natalia me gritaba que parara el auto. Luciana también, pero yo seguí manejando. No sé qué estaba pensando. Creo que estaba en pánico. Salí del centro, tomé hacia la ruta que va para Funes. Pensé que encontraría algún lugar tranquilo allí. Las chicas estaban realmente asustadas. Ahora Natalia estaba llorando, diciendo que la llevara de vuelta.

 Luciana tenía su celular en la mano y dijo, “Voy a llamar a la policía ahora mismo.” Eso me aterrorizó. Me imaginé la policía llegando, todo saliendo a la luz, mi esposa enterándose, perder todo. La voz de Santana comenzó a quebrarse. Estábamos ya en la zona rural de Funes, en un camino de tierra entre campos. Había algunas casas a lo lejos. Pero no había nadie cerca de nosotros.

 Frené el auto bruscamente. Me giré hacia ellas y les dije que solo necesitaba 5 minutos para explicar, que después las llevaría de vuelta, que no iba a hacerles daño. Luciana dijo, “Ya nos hiciste suficiente daño, mentiroso de mierda.” Y marcó en su celular. Yo me estiré para intentar quitarle el teléfono. No quería lastimar a nadie, solo quería detener esa llamada.

Hubo forcejeo. Natalia trató de salir del auto, pero las puertas estaban con seguro para niños, algo que yo había activado sin pensarlo cuando subieron. Santana respiraba con dificultad. Ahora, en la guantera del auto yo tenía una pistola.

 Era un arma que había comprado en 2011, ilegalmente sin papeles, después de que me asaltaran una noche saliendo del taller. Nunca la había usado, ni siquiera sabía si funcionaba bien, pero la tenía ahí por si acaso. En el forcejeo con Luciana por el celular, mi mano golpeó la guantera y se abrió. La pistola cayó al piso del auto. Natalia la vio. Se agachó para agarrarla. Yo también. Los dos estábamos tratando de alcanzarla.

 Nuestras manos se tocaron en el mango de la pistola. No sé quién la agarró realmente primero. Todo pasó en segundos y entonces se escuchó el disparo. Hubo silencio en la sala. Santana tenía lágrimas corriendo por su rostro. Ahora Luciana gritó y se agarró el pecho. Había sangre, mucha sangre.

 Cayó hacia atrás en el asiento trasero. Natalia gritó como nunca había escuchado a nadie gritar. Yo estaba en shock. mirando la pistola que estaba ahora en mi mano, mirando a Luciana. Natalia abrió la puerta del auto. No sé cómo. Tal vez en el forcejeo el seguro se desactivó y salió corriendo. Yo salí del auto también. No estaba pensando claramente.

 Todo lo que sabía era que Luciana estaba muerta o muriendo, que Natalia había visto todo, que mi vida estaba terminada. Corrí detrás de Natalia. Ella corría hacia el campo gritando, pidiendo ayuda, aunque no había nadie cerca. Era más rápida que yo, pero yo estaba desesperado. La alcancé, la agarré del brazo. Ella se giró e intentó golpearme.

Forcéjeamos. Yo solo quería que se callara, que parara de gritar. No quería matarla. Tienen que creerme. Pero ella seguía gritando y peleando. Y entonces ella tropezó con una piedra o una raíz. No estoy seguro. Cayó hacia atrás. Su cabeza golpeó contra una piedra grande que estaba en el suelo. El sonido fue horrible, un golpe seco.

 Se quedó quieta, completamente quieta. Tenía los ojos abiertos, pero no se movía. Le hablé, la sacudí, pero no respondía. Había sangre en la piedra, había sangre en su cabeza y supe que también estaba muerta. Santana sozaba abiertamente. Ahora su abogado le puso una mano en el hombro, pero no dijo nada.

 Me senté en el suelo al lado de su cuerpo, mirando lo que había hecho. Dos chicas muertas. Por mi culpa, porque yo había sido un egoísta mentiroso que no podía aceptar mi vida miserable. Me quedé allí no sé cuánto tiempo, una hora, tal vez más. El sol estaba empezando a bajar. Sabía que tenía que tomar una decisión.

 Podía ir a la policía, confesar todo, enfrentar las consecuencias o podía intentar ocultar lo que había pasado. Tomé la decisión equivocada, la decisión cobarde. Decidí ocultarlo. Volví al auto. Luciana seguía allí, muerta en el asiento trasero. Busqué algo para acabar. Tenía herramientas en el baúl.

 Agarré una pala vieja que usaba a veces para el barro cuando el auto se atascaba y empecé a cabar en el bosque cercano. Cabé durante horas. La tierra era más dura de lo que pensaba, pero finalmente hice una fosa, no muy profunda, pero suficiente. Cuando terminé, ya era de noche. Llevé los cuerpos uno por uno hasta la fosa. Fue lo más difícil que he hecho en mi vida. Las puse lado a lado.

 No quería separarlas. Eran amigas. Habían venido juntas, tenían que estar juntas. Tomé las cosas de Luciana, su cartera, su celular, las llaves, las de Natalia también. Pero antes de llenar la fosa con tierra, saqué el Nokia viejo de Natalia, el que había usado para hablar conmigo.

 Lo puse en una bolsa plástica transparente que tenía en el auto, de esas que uso para guardar repuestos, y lo puse en la fosa cerca de los cuerpos. No sé por qué lo hice. Tal vez era mi forma retorcida de dejarles algo personal. O tal vez era evidencia que sabía que algún día podría querer que se encontrara. Llené la fosa con tierra. Cubrí todo con hojas y ramas para que pareciera parte natural del bosque.

Después volví al auto. Estaba lleno de sangre de Luciana. Pasé horas limpiándolo con trapos y agua de una botella que tenía. Junté todas las pertenencias de las chicas, las carteras, los celulares, todo. Manejé por la zona pensando dónde dejar las cosas. La cartera de Natalia con su Samsung adentro la tiré en una asequia que vi cuando pasé por un campo.

 Pensé que la corriente se la llevaría lejos. Las cosas de Luciana las fui tirando en diferentes contenedores de basura camino de vuelta a Rosario. La pistola la desarmé y tiré las partes en diferentes lugares del río Paraná. Durante las siguientes semanas, el Nokia prepago que yo había usado lo destruí completamente y lo tiré.

 Llegué a mi casa alrededor de las 2 de la madrugada. Mi esposa estaba dormida. Ni siquiera se había dado cuenta que había estado fuera tanto tiempo. Me duché, quemé la ropa que había usado y me acosté sin poder dormir. Los siguientes días fueron una pesadilla. Vi las noticias, vi las familias buscándolas, vi las marchas.

 Cada día pensaba en ir a confesar, pero cada día encontraba una excusa para no hacerlo. Mañana me decía, mañana voy a la policía. Pero el mañana nunca llegaba. Los meses pasaron. Mi esposa y yo finalmente nos divorciamos, no por el crimen, sino porque el matrimonio ya estaba muerto antes. Me mudé solo a un departamento pequeño en Nuevo Alberdi. Conseguí trabajo en un taller de la zona.

 Traté de vivir una vida normal, pero no había normalidad. Cada noche soñaba con ellas. Cada vez que veía una chica joven de pelo rubio o de pelo castaño, pensaba en Natalia y Luciana. Los años pasaron. 2013, 2014, 2015. El caso seguía apareciendo en las noticias ocasionalmente, especialmente en los aniversarios.

 Yo seguía todas las noticias obsesivamente, veía las fotos de las familias en las marchas y sentía que me estaba muriendo por dentro. Para 2019, la culpa me estaba matando, literalmente. Desarrollé problemas de salud, presión alta, problemas para dormir, ataques de pánico. Un médico me recetó antidepresivos. Nada ayudaba realmente. La única cura sería confesar, pero todavía no tenía el coraje.

 Llegó 2020 y la pandemia, la cuarentena obligatoria. De repente estaba encerrado en mi departamento pequeño, sin poder ir a trabajar, sin distracciones, solo yo y mis pensamientos. Y mis pensamientos eran solo que había hecho. No podía escapar de ellos. Fue en ese encierro en mayo, cuando tomé una decisión.

 Iba a dar a las familias una forma de encontrar los cuerpos, pero sin entregarme directamente. Era cobarde, lo sé. Pero pensé que al menos así ellas tendrían un cierre. Podrían enterrar a sus hijas, podrían empezar a sanar, aunque yo no podía. Recordaba que el Nokia viejo de Natalia estaba con los cuerpos. Si ese teléfono pudiera volver a la vida, la policía investigaría.

 Tal vez encontraría la conexión con la zona de Funes. Tal vez buscaría allí. Tengo un conocido que trabaja en una compañía de telefonía celular. Le pedí un favor. Le dije que necesitaba reactivar un número viejo para un trámite. No fue difícil. Me consiguió una nueva tarjeta SIM con el número del Nokia de Natalia.

 Compré un teléfono barato, puse la SIM, instalé WhatsApp, escribí ese mensaje a la madre de Natalia. Mamá, soy yo. No sabía qué más decir. Quería darles esperanza y pista al mismo tiempo. Envié el mensaje desde nuevo al Verdi, donde vivía, sabiendo que la policía rastrearía la señal. Leí la respuesta de su madre llena de desesperación y esperanza y apagué el teléfono.

 Lo destruí y lo tiré. Funcionó mejor de lo que esperaba. Vi en las noticias que habían reabierto el caso, que estaban investigando en la zona sur de Rosario. Esperé pensando que eventualmente buscarían en las afueras en zonas rurales cercanas. Y finalmente lo hicieron. Encontraron los cuerpos.

 Cuando vi la noticia de que habían encontrado los restos, sentía alivio y terror al mismo tiempo. Alivio porque las familias finalmente sabían. Terror porque sabía que eventualmente la investigación llegaría a mí y entonces me di cuenta de algo. Ya no quería escapar. Había vivido 8 años como un muerto viviente. Ya no quería seguir así. Por eso estoy acá para confesar, para decir la verdad, para que las familias sepan exactamente qué pasó y para enfrentar finalmente las consecuencias de lo que hice. Merezco ir a la cárcel. Merezco mucho más que eso.

Nada de lo que me pase será suficiente castigo por lo que les hice a esas chicas y a sus familias. Santana terminó de hablar y se quedó sentado agotado, con la cabeza entre las manos. Castiglione había estado escuchando todo sin interrumpir, tomando notas. Ahora habló. Señor Santana, ¿está dispuesto a mostrarnos exactamente dónde ocurrió todo esto? ¿Nos puede llevar al lugar exacto donde estacionó el auto, donde Natalia cayó? Sí, respondió Santana.

Puedo mostrarles todo. Los siguientes días fueron de verificación meticulosa de cada detalle de la confesión de Santana. Lo llevaron a la zona de Funes y él les mostró el camino de tierra donde había estacionado su auto. Les mostró la piedra contra la cual Natalia había golpeado su cabeza. Aún allí, después de 8 años.

 Les describió exactamente cómo había acabado la fosa, desde qué dirección había venido, todos los detalles. Los forenses revisaron la piedra que Santana había indicado. Encontraron trazas microscópicas de sangre en grietas de la piedra, sangre que había sobrevivido 8 años de exposición a los elementos porque estaba protegida en las grietas profundas. El análisis de ADN confirmó que era sangre de Natalia Ferreira.

 Investigaron el pasado de Santana. Confirmaron que había estado casado en 2012 y se había divorciado poco después. encontraron registros de que había comprado un peot gris en 2010 y lo había vendido en 2013, consistente con su relato. Hablaron con su exesosa, quien confirmó que en 2012 su matrimonio estaba completamente roto y que Santana pasaba mucho tiempo en la computadora chateando con no sé quién.

El amigo que trabajaba en la compañía telefónica fue interrogado. Inicialmente negó haber ayudado a Santana, pero finalmente admitió que sí le había conseguido una SIM con un número reactivado en mayo de 2020, pensando que era para algo inocente.

 Cada elemento de la confesión de Santana fue verificado y confirmado. No había inconsistencias. Todo encajaba perfectamente con la evidencia física, con los registros telefónicos, con las declaraciones de testigos de años atrás. Claudio Santana fue formalmente arrestado y acusado de doble homicidio, homicidio culposo en el caso de Luciana Acosta, ya que el disparo no había sido intencional según su testimonio y homicidio simple en el caso de Natalia Ferreira.

 También fue acusado de ocultamiento de cadáveres, uso de identidad falsa y otros cargos relacionados. Para las familias Acosta y Ferreira, la confesión trajo un tipo diferente de dolor. Ahora sabían exactamente qué había pasado. No había sido un plan premeditado para asesinarlas.

 Había sido una serie de decisiones terribles hechas por un hombre desesperado y egoísta que había mentido y engañado, y luego había entrado en pánico cuando sus mentiras fueron descubiertas. Mi hija murió porque un hombre no podía enfrentar su vida miserable”, dijo Silvia Acosta en una entrevista después de conocer los detalles. Luciana fue a esa reunión para proteger a su amiga y murió por eso. No hay justicia suficiente para esto.

Patricia Ferreira fue igualmente contundente. Ese hombre nos robó 8 años de saber, de poder llorar apropiadamente, de poder despedirnos y todo por cobardía. Nati murió tratando de escapar de un mentiroso. Eso es lo que me va a atormentar por el resto de mi vida. El 10 de septiembre de 2020, los restos de Luciana Acosta y Natalia Ferreira fueron finalmente entregados a sus familias para su sepultura apropiada.

 Dos funerales separados se llevaron a cabo ese fin de semana. Cientos de personas asistieron a ambos cerrando un capítulo que había quedado abierto durante 8 años. En abril de 2021, Claudio Santana fue juzgado. El juicio duró tres semanas. La defensa argumentó que había sido un accidente, que Santana no había tenido intención de matar a nadie, que había vivido con remordimiento durante años y finalmente había confesado voluntariamente.

La fiscalía argumentó que aunque el disparo pudo haber sido accidental, la secuencia de eventos que llevó a él fue el resultado de decisiones deliberadas de Santana. Crear un perfil falso, engañar a Natalia. llevarlas a un lugar aislado contra su voluntad y luego ocultar los crímenes durante 8 años. El jurado deliberó durante dos días.

 El veredicto fue culpable en ambos casos de homicidio, aunque con atenuantes reconocidos por la confesión voluntaria. Claudio Santana fue sentenciado a 25 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional antes de cumplir al menos 18 años. Al momento de la sentencia expresó remordimiento nuevamente. No hay palabras suficientes para expresar lo que siento por lo que hice.

 He destruido vidas, no solo las de Luciana y Natalia, sino las de sus familias enteras. Si pudiera cambiar el pasado, daría mi vida por hacerlo. Pero no puedo. Solo puedo aceptar el castigo que merezco y esperar que eventualmente de alguna forma estas familias puedan encontrar algo de paz.

 Las familias no encontraron consuelo en sus palabras. Para ellas, ninguna sentencia sería suficiente. El barrio de Fisherton nunca olvidará a Luciana y Natalia. En 2021, una plaza local fue renombrada Plaza Luciana y Natalia, con placas que recuerdan sus vidas, no sus muertes.

 Las placas muestran fotos de ellas sonriendo y contienen un mensaje en memoria de dos amigas que soñaban con el futuro. Que su recuerdo nos enseñe a valorar cada día y a cuidarnos unos a otros. Las familias continúan viviendo en el mismo barrio, a pocas cuadras una de otra. Unidos por una tragedia compartida, se ven regularmente, se apoyan mutuamente, visitan juntos las tumbas de sus hijas.

 El dolor nunca desaparece completamente, pero han aprendido a vivir con él. Y en cuanto a ese mensaje de WhatsApp de mayo de 2020, ese mamá soy yo, que reinició toda la investigación permanece como un recordatorio complejo. fue el acto de un hombre tratando de aliviar su culpa sin tener el coraje de confesar directamente, pero también fue lo que finalmente trajo respuestas a las familias, lo que les permitió enterrar a sus hijas apropiadamente, lo que cerró 8 años de terrible incertidumbre.

 A veces pienso en ese mensaje”, dijo Patricia Ferreira meses después del juicio. “Me pregunto qué habría pasado si nunca lo hubiera enviado. Tal vez nunca habríamos encontrado a Nati. Tal vez todavía estaríamos buscando.” No sé si perdonarlo por eso. Fue un acto egoísta que, sin embargo, nos dio lo que necesitábamos. La vida es complicada así. M.