Caso frío Málaga 2009 resuelto – arresto conmocionó a la sociedad

El 14 de agosto de 2009, un niño de 7 años desapareció mientras jugaba en la playa de la Malabeta en Málaga. Su familia pensó que se había ahogado. La policía creyó durante 15 años que las corrientes marinas se habían llevado el cuerpo. Pero en 2024, después de una tormenta en la misma playa, algo en la arena lo cambió todo.

 Lo que se encontró en esa arena no solo reveló un cuerpo, sino también 15 años de mentiras. Antes de continuar con esta inquietante historia, si valoras casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Dinos en los comentarios de qué país y ciudad nos estás viendo.

 Tenemos curiosidad por saber dónde está distribuida nuestra comunidad por el mundo. Málaga, verano de 2009. La costa del sol brillaba bajo un sol implacable que convertía el Mediterráneo en un espejo de luz fegadora. La playa de la Malaveta, ubicada en pleno corazón de la ciudad, se extendía como una franja dorada entre el paseo marítimo y las aguas turquesas. Era el lugar favorito de las familias malaveñas y de los turistas que buscaban un pedazo de paraíso urbano.

 La malagueta no era una playa virgen ni remota, era completamente urbanizada. rodeada de restaurantes, chiringuitos, hoteles y miles de personas cada día. Desde la arena se podía ver el puerto de Málaga a un lado y la imponente presencia del castillo de Gibralfaro en la colina. Los socorristas vigilaban desde sus torres elevadas.

 Las sombrillas formaban un mosaico perfecto y el sonido de las olas se mezclaba con la música de los chiringuitos y las risas de los niños. Carmen Vega tenía 34 años ese verano. Era profesora de educación primaria en el colegio público Miguel de Fervantes, ubicado en el barrio del Palo. Alta, de complexión delgada, con el cabello negro recogido siempre en una coleta práctica.

 Carmen tenía ese aire de autoridad natural que desarrollan los maestros después de años frente a un aula llena de niños inquietos. Había nacido y crecido en Málaga, en el barrio de la Trinidad, y conocía la ciudad como la palma de su mano. Se había casado joven a los 25 años con Alberto Vega, un ingeniero industrial que trabajaba para una empresa de energías renovables. Su matrimonio era sólido, construido sobre una amistad de la infancia que había florecido en amor durante la adolescencia. Mateo Vega Morales era su único hijo. Había nacido el 3 de marzo de 2002.

 Un bebé grande y saludable que desde el primer momento llenó sus vidas de alegría. A los 7 años, Mateo era un niño delgado, pero fuerte, de piel bronceada por el sol mediterráneo, con el cabello castaño claro que se aclaraba casi rubio en verano, y unos ojos marrones enormes y expresivos que había heredado de su madre. Mateo era tímido, pero curioso.

No era el típico niño bullicioso que gritaba y corría sin control. Era más bien observador el tipo de niña que se quedaba mirando las olas durante largo rato, que recogía conchas con cuidado y que hacía preguntas constantes sobre cómo funcionaban las cosas. Le encantaban los animales, especialmente los perros, y soñaba con ser veterinario cuando fuera mayor.

 En el colegio era un estudiante promedio. Sus profesores lo describían como un niño tranquilo y aplicado que se llevaba bien con todos, pero que no tenía un grupo grande de amigos. Su mejor amigo era Lucas Ramirev, un niño de su clase con quien compartía la pasión por los dinosaurios y las construcciones de Levo.

 El verano de 2009 había comenzado de manera perfecta para la familia Vega. Alberto había conseguido tres semanas de vacaciones en agosto, un lujo en su profesión, y habían decidido quedarse en Málaga en lugar de viajar. Para que ir a otros sitios si vivimos en el paraíso, decía Alberto frecuentemente.

 Tenían un plan simple, disfrutar de las playas, visitar a los abuelos, llevar a Mateo a algunos lugares turísticos que nunca habían visitado a pesar de ser locales. El viernes 14 de agosto de 2009 amaneció despejado y caluroso. La previsión meteorológica anunciaba temperaturas de 34 ºC, sin viento y con un mar en calma perfecta. Era el tipo de día que los malaveños llaman de playa obligatoria.

Carmen preparó el bolso de playa como hacía siempre. Dos toallas grandes, protector solar, factor 50 para Mateo, factor 30 para ellos, una nevera pequeña con bocadillos de jamón serrano, frutas cortadas, botellas de agua y latas de refresco. Alberto metió en otra bolsa los juguetes de playa de Mateo, un cubo azul, una pala roja, varios moldes para hacer castillos de arena y una pelota pequeña inflable.

 También llevó un libro que había estado queriendo leer, La sombra del viento de Carlos Ruiz Fafón, que todos sus amigos le habían recomendado. Salieron de su apartamento en el barrio de Pedregalejo alrededor de las 10 de la mañana. Vivían en un edificio modesto de cuatro plantas, a solo 10 minutos caminando de la playa. decidieron ir a la malagueta en lugar de a la playa de su barrio, porque Carmen quería encontrarse con su hermana menor, Lufía, que vivía cerca del centro y que había prometido llevar a sus dos hijas.

Llegaron a la malagueta alrededor de las 10:45 de la mañana. El aparcamiento cerca del paseo marítimo ya estaba casi lleno, pero Alberto condió un espacio en la calle Cervantes a unos 5 minutos caminando de la playa. Pagaron el parquímetro hasta las 8 de la tarde, planeando quedarse todo el día.

 La playa ya estaba bastante concurrida cuando llegaron, pero aún pudieron encontrar un buen espacio cerca del puesto de socorristas número tres, aproximadamente a mitad de camino entre el puerto y el final de la playa hacia Pedregalejo. Carmen extendió las toallas calculando estratégicamente la distancia, lo suficientemente cerca del agua para vigilar a Mateo, pero no tan cerca que las olas pudieran mojar sus cosas.

 Lufía llegó 15 minutos después con sus hijas, Paula de 9 años y Carla de Cco. Las tres niñas se conocían bien y aunque Paula era mayor que Mateo, jugaban juntos frecuentemente en reuniones familiares. Lufía, de 30 años, era más extrovertida que Carmen. Trabajaba como dependienta en una tienda de ropa del centro comercial Larios y tenía esa energía contagiosa que hacía que cualquier reunión familiar fuera más animada.

 Los primeros momentos en la playa transcurrieron de manera completamente normal. Mateo, Paula y Carla corrieron inmediatamente hacia la orilla, gritando de emoción cuando las pequeñas olas les mojaban los pies. Carmen y Lufía se sentaron en las toallas, aplicaron protector solar a los niños cuando estos regresaron y comenzaron a charlar sobre sus vidas, sus trabajos, los planes para el resto del verano.

 Alberto se colocó una borra, abrió su libro y se tumbó en su toalla, feliz de tener finalmente tiempo para leer. De vez en cuando levantaba la vista para comprobar que Mateo estuviera bien y cada vez que lo hacía, veía a su hijo jugando en la orilla, construyendo algo en la arena o corriendo detrás de Paula y Carla. Alrededor de las 12 del mediodía, Carmen sacó los bocadillos y las frutas.

 Los niños comieron rápidamente, ansiosos por volver al agua. Esperad media hora antes de meteros”, les advirtió Carmen, repitiendo la regla que su propia madre le había inculcado décadas atrás. Los niños se quedaron cerca de las toallas durante esos 30 minutos jugando con la arena.

 Mateo construyó un castillo elaborado usando los moldes para hacer torres y excavando un foso alrededor. A las 12:45, Carmen dio permiso a los niños para volver al agua, pero solo hasta las rodillas ordenó: “Y no os alejéis, quiero veros todo el tiempo.” Los tres niños asintieron y corrieron hacia la orilla. El mar estaba en calma perfecta ese día.

 Sin apenas olas, el agua cristalina permitía ver el fondo arenoso hasta varios metros de profundidad. Carmen y Lucía continuaron su conversación. Hablaban sobre su madre, que recientemente había comenzado a tener problemas de salud. Carmen levantaba la vista cada pocos minutos para verificar que los niños estuvieran bien. Veía a Paula y Carla saltando sobre las pequeñas olas.

 veía a Mateo más cerca de la orilla, agachado, aparentemente observando algo en el agua. Todo parecía completamente normal. A la 1:15 de la tarde, Lufía se levantó para ir al chiringuito a comprar helados para los niños. ¿Quieres algo?, le preguntó a Carmen. Un agua con gas, respondió Carmen. Alberto, que había estado somnoliento bajo su borra, murmuró algo sobre una cerveza bien fría.

 Lufía caminó hacia el chiringuito más cercano, el chiringuito Torremolinos, ubicado unos 50 metros hacia el puerto. Había bastante cola. Era la hora punta del almuerfo. Mientras Lucía estaba en la cola del chiringuito, Carmen se veía en la toalla, concentrada en aplicarse más protector solar en los brazos.

 Alberto había vuelto a su libro completamente absorto en la historia. A la 1:30, Paula salió corriendo del agua hacia las toallas. “Tía Carmen”, dijo jadeando, “¿Dónde está Mateo?” Carmen levantó la vista sonriendo. “Está contigo en el agua, cariño.” Paula negó con la cabeza, su expresión cambiando de la simple curiosidad a algo parecido a la preocupación.

No, tía, hace rato que no lo veo. Pensé que había venido aquí contigo. Carmen se puso de pie inmediatamente, su corazón comenzando a latir más rápido. Miró hacia el agua, vio a Carla, la pequeña de 5 años, jugando sola cerca de la orilla. No vio a Mateo. Alberto, dijo con voz firme, pero aún controlada.

 No veo a Mateo. Alberto dejó caer el libro y se puso de pie de un salto. Ambos caminaron rápidamente hacia la orilla, escaneando el agua, buscando la cabeza de su hijo entre los otros niños que jugaban en el mar. Carmen llamó su nombre Mateo. No hubo respuesta. Llamó más fuerte, Mateo.

 Mateo, cariño, ¿dónde estás? Su voz comenzaba a tener ese tono agudo del pánico. Alberto ya estaba en el agua hasta las rodillas, girando en todas direcciones, buscando desesperadamente Mateo, hijo. Las personas cercanas comenzaron a notar la conmoción. Un hombre mayor que estaba cerca preguntó, “¿Qué pasa? ¿Han perdido a alguien?” Carmen, con la voz ya quebrada, respondió mi hijo. Un niño de 7 años. bañador full. No lo veo.

 El hombre inmediatamente comenzó a ayudar a buscar. Otras personas en la playa se unieron. En cuestión de 2 minutos había 15 o 20 personas caminando por la orilla, mirando en el agua, gritando el nombre de Mateo. Alberto corrió hacia la torre de socorristas, subiendo las escaleras de dos en dos. Mi hijo, no encuentro a mi hijo.

 7 años, bañadora full. Los socorristas activaron el protocolo de emergencia inmediatamente. Sonó un silvato largo y agudo tres veces, la señal de alarma. Uno de los socorristas, un joven de unos 25 años llamado Miguel Ángel Torres, cogió un megáfono y comenzó a anunciar: “¡Atención, atención, se busca un niño de 7 años, bañador a full.

 Si alguien lo ha visto, por favorquese a la torre de socorristas.” Otro socorrista, David Romero, de 32 años y con 10 años de experiencia, ya estaba corriendo hacia el agua con los prismáticos, escaneando sistemáticamente la superficie del mar. El agua estaba completamente en calma. La visibilidad era perfecta. Si un niño estuviera flotando o en dificultades, lo vería.

 Lufía regresó del chiringuito con los helados en la mano, completamente ajena a lo que estaba pasando. Cuando vio la conmoción, dejó caer los helados y corrió hacia su hermana. Carmen, ¿qué pasa? Carmen estaba llorando ahora, sus manos temblando. No encuentro a Mateo. No sé dónde está. Estaba en el agua y ahora no está. Para las 1:45 de la tarde, solo 15 minutos después de que Paula hubiera notado la ausencia de Mateo, la playa entera estaba involucrada en la búsqueda. Los bañistas habían salido del agua voluntariamente.

Grupos de personas caminaban sistemáticamente por la playa, mirando debajo de las sombrillas, detrás de las tumbonas, en los baños públicos cercanos, en los chiringuitos. Los socorristas habían desplegado una embarcación de rescate y estaban patrullando la zona cercana a donde Mateo había sido visto por última vez.

 Llevaban equipos de bufeo básico y comenzaron a sumergirse en las áreas donde el agua era más profunda. Aunque en la malagueta la profundidad aumenta muy gradualmente y a 50 m de la orilla apenas hay 2 m de fondo. A las 2 de la tarde, apenas media hora después de la desaparición, la policía local de Málaga recibió la llamada de emergencia.

 Una patrulla llevó a la playa en menos de 5 minutos. Los agentes Rafael Molina y Cristina Sánchez comenzaron a tomar la declaración de Carmen y Alberto mientras otros agentes coordinaban la búsqueda en tierra. Carmen intentaba hablar entre sollozos. Estaba jugando en el agua con sus primas. Lo vi hace, no sé, 20 minutos tal vez. Estaba bien, estaba jugando. No entiendo qué ha pasado.

Alberto, pálido y con los ojos rojos, añadió, el mar está en calma. No hay olas. No puede haberse ahogado, ¿verdad? Por favor, díganme que no puede haberse ahogado. El agente Molina, un hombre de 45 años con experiencia en casos de niños perdidos en playas, intentaba mantener un tono calmado, pero profesional.

 Señora Bega, vamos a encontrarlo. Es muy posible que simplemente se haya alejado caminando por la playa. Los niños se distraen. Vamos a revisar toda la zona. Necesito que me diga exactamente qué llevaba puesto. Carmen describió a Mateo, 7 años, aproximadamente 1,2 m de altura, delgado, cabello castaño claro, ojos marrones, bañador azul oscuro de la marca Decathlon con un dibujo de tiburones sin camiseta descalzo.

 No llevaba ninguna joya ni reloj. Tenía un pequeño lunar en el hombro izquierdo en forma de media luna. A las 2:30 de la tarde, la búsqueda se había expandido significativamente. La Policía Nacional había sido notificada y había enviado unidades adicionales.

 El grupo especial de actividades subacuáticas de la Guardia Civil fue alertado y estaba preparándose para desplegar bufos profesionales. Se revisaron todas las cámaras de seguridad del paseo marítimo y de los establecimientos cercanos. A las 3 de la tarde, dos helicópteros sobrevolaban la costa de Málaga. Uno pertenecía a la Guardia Civil y otro al servicio de emergencias 112. Desde el aire, con la visibilidad perfecta de ese día, los pilotos podían ver claramente el fondo marino cercano a la costa.

 Buscaban cualquier sombra, cualquier forma que pudiera ser un cuerpo pequeño. En tierra, más de 100 personas participaban en la búsqueda. Voluntarios de Cruz Roja habían llegado para ayudar. Bomberos de Málaga revisaban las zonas rocosas en los extremos de la playa. Policías con perros rastreadores recorrían el paseo marítimo y las calles adyacentes.

 Le dieron a los perros una camiseta de Mateo para que captaran su olor. La noticia de la desaparición comenzó a circular por Málaga. Las radios locales interrumpieron su programación para dar la alerta. Se busca a Mateo Vega Morales, 7 años, desaparecido en la playa de la Malaveta.

 Si alguien tiene información, por favor contacte con el 112 o la policía local. Carmen estaba sentada en una ambulancia siendo atendida por paramédicos. Había sufrido un ataque de pánico cuando pasaron las primeras dos horas sin noticias. Le habían dado un sedante suave para calmarla. Lufía estaba con ella sosteniendo su mano sin saber qué decir.

 Alberto caminaba arriba y abajo por la playa, incapaz de quedarse quieto. Repetía como un mantre: “Tiene que estar aquí. Tiene que estar aquí en algún lugar. No puede simplemente desaparecer.” Cada vez que veía a un policía o un socorrista regresar de una búsqueda, corría hacia ellos esperanzado, solo para ver sus caras negativas, sus festos de disculpa.

 A las 5 de la tarde, 4 horas después de la desaparición, el inspector jefe de la Policía Nacional en Málaga, Francisco Javier Ruiz, de 52 años, llegó personalmente a la playa. Ruif era un veterano con 30 años de experiencia. había manejado casos de secuestros, homicidios y desapariciones. Su presencia indicaba que el caso se estaba tomando con la máxima seriedad.

 Ruiz habló personalmente con Carmen y Alberto. Su tono era directo, pero no insensible. Señores, beba. Vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano para encontrar a Mateo. Pero necesito que entiendan la situación. Han pasado 4 horas. Hemos peinado cada centímetro de esta playa y las áreas circundantes. Los bufos han revisado el fondo marino en un radio de 500 m.

 Los helicópteros han sobrevolado toda la costa. No hemos encontrado ningún rastro de su hijo. ¿Qué significa eso?, preguntó Alberto. Su voz apenas un susurro. Ru respiró profundamente. Significa que tenemos que considerar todas las posibilidades. Es posible que Mateo se haya alejado más de lo que pensamos y esté perdido en algún lugar de la ciudad.

 Es posible que alguien lo haya llevado y también es posible. Se detuvo. No necesitaba terminar la frase. Esa noche la búsqueda continuó con focos y linternas. Voluntarios recorrían las calles del centro de Málaga. mostrando fotografías de Mateo a cualquiera que quisiera mirar. Los chiringuitos de todas las playas cercanas fueron informados.

 Las estaciones de tren y autobuses fueron alertadas. El puerto de Málaga fue notificado. Carmen no podía moverse de la playa. Se negaba a irse. Y si vuelve y no estoy aquí, repetía. Finalmente, su madre Rosa, llegó desde su casa y convenció a Carmen de ir al menos al puesto de Cruz Roja cercano, donde podría sentarse, pero seguir estando cerca de la playa. A las 11 de la noche, la temperatura había bajado.

 La mayoría de los bañistas se habían ido hacía horas. La playa estaba casi vacía, excepto por los equipos de búsqueda. Las luces de los focos creaban sombras extrañas en la arena. El sonido de las olas. que durante el día había sido alegre y relajante, ahora sonaba inquietante en la oscuridad. Los bufos del Geas habían trabajado en turnos durante toda la tarde y noche.

 Habían explorado meticulosamente el fondo marino cercano a la costa. No habían encontrado nada. El coordinador del equipo, el sargento Miguel Ángel Fernández, informó al inspector Ruif: “Señor, hemos revisado todo el área posible donde un cuerpo podría haber quedado. No hay nada.” A la medianoche, 12 horas después de la desaparición, se tomó la difícil decisión de suspender la búsqueda activa hasta el amanecer.

 Los equipos estaban exhaustos y la búsqueda nocturna en el agua era peligrosa y poco productiva. La familia fue trasladada a sus casas con la promesa de que la búsqueda se reanudaría al amanecer. Carmen no durmió esa noche ni un minuto. Se quedó sentada en el sofá de su apartamento mirando fotografías de Mateo en su teléfono móvil, esperando que sonara, esperando noticias.

 Alberto caminaba de un lado a otro, incapaz de quedarse quieto. Cada pocos minutos llamaba al número de emergencia, preguntando si había alguna noticia. Nunca la había. Durante los días siguientes, la búsqueda se expandió a toda la ciudad de Málaga. Se estableció una teoría principal, que Mateo había sido víctima de un secuestro oportunista. Alguien en la playa había visto a un niño solo y lo había tomado.

Era una hipótesis aterradora, pero en cierto modo ofrecía esperanza porque si había sido secuestrado, podría estar vivo. Se entrevistó a todos los que habían estado en la playa ese día. Los investigadores se concentraron en aquellos que habían estado cerca de donde la familia Bevba había colocado sus toallas.

 Se tomaron declaraciones, se verificaron identidades, se buscaron antecedentes. El caso de Mateo Beva fue clasificado oficialmente como desaparición sin determinar causa. No había suficiente evidencia para declararlo un ahogamiento, aunque esa era la teoría más probable. No había evidencia de secuestro, aunque tampoco se podía descartar completamente.

 Era un caso abierto que con el tiempo se enfriaría inevitablemente. Durante las semanas siguientes, Carmen y Alberto hicieron todo lo humanamente posible para mantener el caso vivo. Contrataron un detective privado, imprimieron miles de carteles con la foto de Mateo y los pegaron por toda Málaga y ciudades cercanas.

 aparecieron en programas de televisión. La asociación Sos Desaparecidos se involucró en el caso. Joaquín Mils, presidente de la organización, trabajó personalmente con la familia Vega. No vamos a dejar de buscar, prometió y cumplió su palabra. Durante años, Sos Desaparecidos mantuvo el caso de Mateo en su base de datos, compartiendo su información regularmente.

 Pero a medida que pasaban los meses, la atención pública disminuyó inevitablemente. Para septiembre de 2009, Mateo Vega era una nota breve en las páginas interiores de los periódicos locales. Carmen tuvo que volver al trabajo en octubre cuando comenzó el nuevo año escolar. No quería, pero necesitaban el dinero.

 El primer día de vuelta en el colegio fue devastador. Ver a niños de 7 y 8 años correr por el patio, reír, jugar, le recordaba constantemente a Mateo. Alberto no pudo volver al trabajo hasta diciembre. Cuando lo hizo, encontró que era casi imposible concentrarse. El primer aniversario de la desaparición, el 14 de agosto de 2010 fue especialmente doloroso.

 Carmen organizó una vigilia en la playa de la Malaveta. Más de 200 personas asistieron sosteniendo velas. Carmen habló ante la multitud. Hace un año que mi hijo desapareció en esta playa. Un año sin respuestas. Mateo, donde quiera que estés, mamá sigue buscándote. Durante los años siguientes, Carmen desarrolló una rutina que se convirtió en parte de su vida.

 Cada sábado por la mañana, sin importar el clima, caminaba por la playa de la Malaveta. Recorría el mismo tramo de arena donde Mateo había jugado por última vez. Los lugareños comenzaron a conocerla. “Es la madre del niña que desapareció”, susurraban. Alberto manejaba el duelo de manera diferente.

 Se sumergió en el trabajo, aceptando todos los proyectos que le ofrecían, viajando frecuentemente. El matrimonio comenzó a fracturarse bajo el peso del dolor. En 2012, Alberto le pidió a Carmen que consideraran tener otro hijo. Carmen rechazó la idea con furia. Mi hijo está ahí fuera y hasta que sepa que le pasó, no voy a seguir adelante.

 En 2013, 4 años después de la desaparición, Alberto se mudó. No presentaron los papeles de divorcio oficialmente, pero dejaron de vivir juntos. El caso de Mateo Vega fue oficialmente clasificado como caso frío en 2014, 5 años después de la desaparición. Carmen se unió a sos desaparecidos como voluntaria.

 ayudaba a otras familias que pasaban por situaciones similares. Los años pasaron lentamente. 2015, 2016, 2017. Mateo habría tenido 13, 14, 15 años. Carmen imaginaba cómo se vería. En 2018, 9 años después de la desaparición, Carmen contrató a un artista forense para crear una imagen de progresión de edad, mostrando cómo podría verse Mateo a los 16 años. Carmen compartió esta imagen en redes sociales.

 Hubo algunos informes de avistamientos, pero todos resultaron ser falsas alarmas. En 2019, 10 años después, se organizó otra vigilia en la Malaveta. Esta vez asistieron menos personas, quizás 50. 10 años era mucho tiempo. Carmen habló. 10 años sin mi hijo. Pero no voy a rendirme. Mateo. Mamá nunca va a dejar de buscarte.

 En 2020, 11 años después, el mundo cambió con la pandemia de COVID-19. Las playas fueron cerradas. Carmen no pudo hacer su caminata semanal por la malaveta durante meses. Los años 2021, 2022 y 2023 pasaron sin novedades significativas. Carmen continuó su rutina. El invierno de 2023 a 2024 fue particularmente tormentoso en la Costa del Sol.

 El cambio climático estaba produciendo patrones meteorológicos cada vez más extremos. En enero de 2024, una serie de borrascas atlánticas golpearon la costa mediterránea con una fuerza inusual. La tormenta más fuerte llevó en la noche del 15 de enero de 2024. El viento alcanzó velocidades de 100 km porh. Las olas crecieron hasta 3 m de altura. La lluvia caía horizontalmente. La playa de la malagueta fue severamente afectada.

 El oleaje erosionó grandes cantidades de arena. Fue necesario cerrar la playa completamente durante varios días. Cuando la tormenta pasó, comenzaron los trabajos de limpieza. El Ayuntamiento de Málagava envió equipos de trabajadores para limpiar los escombros y evaluar cuánta arena se había perdido. El 20 de enero de 2024, 5 días después de la gran tormenta, un equipo de trabajadores del servicio de limpieza de playas estaba realizando un rastreo sistemático de la malaveta.

 Usaban rastrillos mecánicos para limpiar la arena. Uno de los trabajadores, un hombre de 35 años llamado José Antonio Márquez, operaba una máquina limpiadora en la zona donde 15 años antes Carmen Bega había colocado sus toallas. José Antonio no conocía esta historia. Para él era solo otro día de trabajo.

 Alrededor de las 11:30 de la mañana, la máquina golpeó algo duro en la arena. José Antonio se bajó para ver que había golpeado. Al principio no pudo ver nada específico. Se arrodilló y comenzó a apartar la arena con sus manos. Sus dedos tocaron algo que definitivamente no era piedra. Era suave, poroso, con textura inquietante.

 Apartó más arena y su corazón se detuvo. Lo que había aparecido era parte de un cráneo humano, pequeño, demasiado pequeño, para ser de un adulto. José Antonio se alejó rápidamente con manos temblorosas, sacó su teléfono móvil y llamó a su supervisor. “Jefe, necesita venir aquí ahora. He encontrado, creo que he encontrado un cuerpo. Es pequeño, creo que es un niño.

 La respuesta fue inmediata. El supervisor llamó al 112. La policía nacional fue notificada. Una unidad llevó a la playa en menos de 15 minutos. Los agentes acordonaron inmediatamente el área con finta amarilla. El inspector de la Policía Nacional que respondió fue Miguel Ángel Santos, de 42 años.

 Cuando llegó y vio lo que José Antonio había encontrado, supo que esto no era un caso ordinario. Santos llamó directamente al servicio de criminalística de la Guardia Civil. Durante las siguientes horas, la playa de la Malaveta se convirtió en una escena de intensa actividad policial. Técnicos en trajes blancos trabajaban meticulosamente, removiendo arena grano a grano, documentando cada paso con fotografías.

 Lo que encontraron, enterrado a aproximadamente 1,5 m bajo la superficie, era un esqueleto casi completo de un niño pequeño. La preservación era sorprendentemente buena. El esqueleto estaba en posición fetal. Los restos estaban envueltos en los restos deteriorados de lo que parecía ser una lona de plástico azul. Había también fragmentos de tela adheridos a algunos huesos y algo más, un pequeño trofo de tela a full oscura con un dibujo descolorido. El Dr.

 Francisco Jiménez, antropólogo forense del Instituto de Medicina Legal de Málaga, fue llamado al lugar. Después de un examen preliminar, proporcionó las primeras observaciones. Varón, aproximadamente 6 a 8 años de edad. Los restos han estado aquí varios años. probablemente más de 10. No puedo determinar la causa de muerte en este momento. La noticia se filtró rápidamente a los medios.

 Para la tarde del 20 de enero, todos los noticieros locales cubrían la historia. Restos de un niño encontrados en la malaveta después de tormenta. El inspector Santos consultó inmediatamente la base de datos de personas desaparecidas. Había varios casos, pero uno destacaba. Mateo Vega Morales, 7 años, desaparecido en la playa de la Malagueta el 14 de agosto de 2009.

 La ubicación coinfidía, la edad coinfidía, el tiempo transcurrido coincidía. Antes de contactar con la familia, necesitaban estar seguros. Santos ordenó que se extrajera ADN de los restos inmediatamente y que se comparara con las muestras que la familia Beva había proporcionado en 2009. El profeso tomó toda la noche del 20 de enero.

 El 21 de enero por la mañana llegaron los resultados. La coincidencia era del 99.97%. Los restos encontrados pertenecían definitivamente a Mateo Vega Morales. Santos llamó personalmente a Carmen Vega. Era sábado por la mañana. Carmen estaba preparándose para su ritual semanal de caminar por la playa. Su teléfono sonó con un número desconocido. “Señora Carmen Vega”, preguntó Santos. “Sí, soy yo.

 Soy el inspector Miguel Ángel Santos de la Policía Nacional de Málaga”. “Señora Vega, necesito que se siente. Tengo noticias sobre su hijo Mateo.” Carmen dejó caer lo que estaba sosteniendo. “Durante 15 años había esperado esta llamada. “Lo han encontrado”, susurró. “Sí. Señora, lo hemos encontrado. Lamento mucho decirle esto, pero Mateo ha fallecido.

 Encontramos sus restos ayer en la playa de la Malaveta. Carmen no pudo hablar. El teléfono cayó de su mano. Un sonido salió de su garganta que no era exactamente un grito ni un soyozo, sino algo más primitivo. Cuando finalmente pudo recoger el teléfono, solo pudo preguntar cómo Santos respondió con cuidado. Todavía estamos investigando, señora.

 Pero los restos estaban enterrados en la arena. Necesitamos hablar con usted en persona. Carmen llamó a Lufía, quien llegó en 20 minutos. Luego llamó a Alberto. A pesar de que llevaban años separados, él merecía saber. Alberto recibió la noticia con un silencio largo. Voy para allá, fue todo lo que dijo. El 22 de enero, Carmen, Alberto y Lufía fueron al Instituto de Medicina Legal para una reunión con el doctor Jiménez y el inspector Santos.

 El doctor Jiménez explicó con delicadeza, “Señores beba, hemos confirmado mediante ADN que los restos pertenecen a Mateo. Basándome en el examen, no hay signos evidentes de trauma físico severo en los huesos. Sin embargo, esto no descarta otras causas de muerte que no dejan marcas.” Cuando murió, preguntó Alberto.

 Los restos han estado enterrados aproximadamente 15 años, consistente con su desaparición en 2009. ¿Dónde estaba exactamente?, preguntó Carmen. Santos respondió, “Los restos fueron encontrados aproximadamente a 50 m de donde ustedes habían colocado sus toallas ese día, enterrados a 1,5 m de profundidad.” Carmen profesó esta información. 50 m.

Estuvo allí todo este tiempo. Durante todas nuestras búsquedas estuvo a 50 metros de donde desapareció. Santos asintió gravemente. Sí, señora. Lamentamos profundamente que no lo encontráramos. Entonces, la pregunta obvia era, ¿cómo había llegado Mateo allí? Un niño de 7 años no se entierra a sí mismo. Alguien lo había puesto allí.

Esto no era un accidente, esto era un homicidio. El caso se convirtió instantáneamente en una investigación activa de asesinato. Se formó un equipo especializado. Se revisaron todos los expedientes antiguos. Se volvieron a entrevistar a testigos.

 La primera pregunta era, ¿cuándo fue enterrado Mateo? Excavar un hoyo de 1,5 m de profundidad en arena no es rápido. Se necesita tiempo, herramientas y privacidad. Esto sugería que el entierro había ocurrido de noche. La segunda pregunta era, ¿cómo murió Mateo? El doctor Jiménez examinó el esqueleto milímetro a milímetro. No encontró fracturas de cráneo. No encontró costillas rotas.

 La causa de muerte más probable, concluyó, esa asfixia por sofocación, ninguna de las cuales dejaría marcas evidentes en el esqueleto. El hallazgo del trofo de tela a full fue crufial. Carmen lo identificó inmediatamente. Es su bañador, el bañador de tiburones que llevaba ese día. Esto confirmaba que Mateo fue enterrado con su bañador puesto, exactamente lo que llevaba cuando desapareció. La lona de plástico azul fue analizada.

 Era un material común usado en construcción. Era imposible rastrear su origen. La investigación se centró en reconstruir los movimientos de todas las personas que habían estado en la playa ese día. Un detalle cobró nuevo significado. Varios testigos habían mencionado ver a un hombre con un cubo y una pala grande en la playa esa tarde.

 En 2009, esto no había levantado sospechas. Pero ahora, sabiendo que Mateo había sido enterrado en la arena, un hombre con herramientas de excavación se volvía sospechoso. Las descripciones eran vagas. hombre, 35 a 45 años, complexión media, posiblemente gafas de sol y borra.

 Una testigo, Mercedes Ortega, ahora de 71 años, recordaba algo más específico cuando fue reentrevistada. Recuerdo a ese hombre porque me pareció extraño. Tenía un cubo muy grande, no era un cubo de juguete y estaba cabando un hoyo muy profundo. Pensé que era raro porque estaba solo, sin niños. ¿A qué hora vio esto?, preguntó el investigador.

 Fue tarde, después de las 5 o 6. ¿Dónde exactamente? No estoy completamente segura, pero creo que estaba más cerca del paseo, no cerca del agua. Esto era consistente con donde se habían encontrado los restos. Esta descripción daba a los investigadores algo con que trabajar. Circularon una nueva alerta.

 Buscaban información sobre un hombre de 35 a 45 años que estuvo en la malagueta la tarde del 14 de agosto de 2009, que llevaba un cubo grande y que fue visto cabando un hoyo profundo. La noticia generó cobertura mediática masiva. Carmen dio entrevistas. Su mensaje era claro.

 Finalmente sé que le pasó a mi hijo, pero ahora necesito saber quién le hizo esto. Esa persona necesita pagar. La respuesta pública fue abrumadora. La línea telefónica recibió cientos de llamadas. Una llamada captó la atención. Era de Andrés Bafkev. Creo que conozco al hombre con el cubo. En 2009 yo trabajaba como socorrista. Conocía a un tipo, trabajaba en construcción, que siempre iba a las playas con herramientas.

 Decía que le gustaba construir castillos de arena elaborados. Era raro. Se llamaba Julio. Julio Ramírez Muñoz. Los investigadores localizaron a Julio Ramírez. Tenía ahora 59 años. El 28 de enero de 2024, dos inspectores llamaron a su puerta. Julio era de apariencia ordinaria. Cuando le explicaron por qué estaban allí, su reacción fue de sorpresa.

 Julio fue llevado a comisaría. Se le pidió ADN voluntariamente. Por supuesto, dijo. No tengo nada que ocultar. El ADN de julio no coincidió con ninguna muestra de la escena. Esto no era necesariamente esculpatorio, pero sin evidencia física directa no había base para una acusación.

 Los investigadores exploraron otras líneas, revisaron la lista de personas en la playa ese día. Había un nombre interesante, Rafael Domínguez Soto. En 2009 tenía 38 años. Trabajaba como profesor de educación física. había sido entrevistado brevemente. Cuando verificaron su nombre en bases de datos actualizadas, descubrieron algo inquietante.

 Rafael había sido arrestado en 2016 por posesión de material de abuso infantil. Había cumplido 2 años de prisión. El 3 de febrero de 2024, Rafael Domínguez fue detenido para interrogatorio. Cuando los inspectores llegaron, Rafael supo por qué estaban allí. Es por el niño de la playa, dijo. En interrogatorio, Rafael admitió haber estado en la playa, pero nevó cualquier implicación. Su ADN tampoco coincidió.

decidieron volver al análisis forense. El doctor Jiménez realizó un examen más exhaustivo. Encontró algo, una pequeña anomalía en una de las costillas superiores. No era una fractura clara, sino una pequeña muesca. Bajo microscopio electrónico, la marca era consistente con un objeto afilado. Es posible, escribió el doctor Jiménez, que esta marca haya sido causada por un instrumento cortante, posiblemente un cuchillo.

 La muerte habría sido relativamente rápida. Este descubrimiento cambió la naturaleza del caso. Estaban buscando a alguien que había apuñalado a Mateo. El uso de un cuchillo sugería premeditación. Los investigadores revisaron, había alguien cuyo trabajo involucrara cuchillos. Esta línea llevó a una tercera persona, Carlos Mendofa Suárez, quien en 2009 tenía 42 años y trabajaba como ayudante en el Chiringuito Torremolinos.

 Carlos había trabajado solo tres meses ese verano, luego había dejado el trabajo abruptamente en septiembre. Contactaron con el propietario del Chiringuito, Francisco Navarro. Carlos Mendoza, si me acuerdo, buen trabajador inicialmente, pero después de que ese niño desapareciera, se volvió raro, nervioso. Luego un día simplemente no vino más. Recuerda si Carlos estaba trabajando el día que Mateo desapareció.

 Francisco verificó sus registros. Sí, estaba en el turno. Trabajaba en la parrilla. Habría tenido acceso a cuchillos. Sí, claro. Los empleados de cocina siempre tienen sus cuchillos. Encontrar a Carlos fue difícil. Había desaparecido del sistema después de 2009. Finalmente lo localizaron en marfo de 2024. Estaba viviendo en una pequeña casa cerca de Ronda.

 El 15 de marzo, la guardia civil llegó a su puerta. Carlos tenía ahora 57 años. Cuando vio los uniformes, sus hombros se hundieron. “Sabía que algún día vendrían”, dijo en interrogatorio. Carlos guardó silencio. Finalmente habló. He vivido con esto durante 15 años. Cada día. No puedo más.

 Pero necesitan entender que yo no lo maté. Entonces, ¿qué pasó?, preguntó Santo suavemente. Carlos respiró profundamente. Yo estaba trabajando ese día. Alrededor de las 5 salí a fumar. Fui hacia la parte trasera donde guardábamos suministros y allí vi algo. Vi a un hombre arrastrando algo envuelto en una lona full. Era pesado y el tamaño era el de un niño pequeño. Reconociste a este hombre. Carlos asintió lentamente.

Era mi jefe, Francisco Navarro, el dueño del chiringuito. El silencio fue absoluto. ¿Estás diciendo que Francisco Navarro estaba cargando el cuerpo de Mateo Vega? No sé si era ese niño específicamente. No vi el cuerpo, solo vi algo envuelto que tenía el tamaño de un niño. Cuando me enteré esa noche de que un niño había desaparecido, supe que estaba relacionado.

 ¿Por qué no fuiste a la policía? Carlos bajó la mirada. Tenía miedo. Francisco era influyente. Yo tenía antecedentes. Sabía que nadie me creería. Carlos explicó por qué había vivido escondido desde entonces. He vivido en el infierno durante 15 años. Esta acusación era explosiva. Francisco Navarro era un empresario respetado.

 Los investigadores necesitaban proceder con cuidado. Verificaron los antecedentes de Carlos. Revisaron la historia de Francisco. Por fuera, Francisco era un ciudadano modelo. El 20 de marzo de 2024 decidieron confrontar a Francisco Navarro. Una unidad llevó al chiringuito temprano. Francisco abrió la puerta con sorpresa. ¿Qué sucede, “Señor Navarro? Necesitamos que venga con nosotros.

” En interrogatorio, Francisco se sentó con confianza. Santos hizo preguntas rutinarias, luego cambió el tono. Tenemos un testigo que afirma haberlo visto cargando algo envuelto en una lona a full el día que Mateo desapareció. Algo del tamaño de un niño pequeño. La expresión de Francisco cambió. Un testigo. ¿Quién? Carlos. Fue Carlos quien dijo eso.

 El hecho de que Francisco inmediatamente identificara a Carlos fue significativo. Francisco negó todo. Pueden tomar mi ADN. No tuve nada que ver. El ADN de Francisco no coincidió. Esto dejaba a los investigadores en una posición difícil. Tenían el testimonio de Carlos, pero no había evidencia física.

 El fiscal concluyó, “No tenemos suficiente para presentar cargos”. El testimonio de Carlos no es suficiente por sí solo. La investigación llegó a un punto muerto. Los medios criticaron a la policía. Carmen dio una conferencia emocional. Mi hijo fue asesinado. Su cuerpo estuvo enterrado 15 años. ¿Cómo es posible que no puedan encontrar quién lo hizo? En abril de 2024, un programa británico contactó al equipo español.

 Esta exposición internacional generó nueva atención. Una mujer británica, Sara Thompson, contactó a los investigadores. Creo que tengo fotografías de ese día. Estuve en la Malaveta el 14 de agosto. Sara envió más de 100 fotografías. Una, tomada a las 5:23 de la tarde capturó algo interesante. En el fondo se podía ver parte del área detrás del chiringuito y allí estaba un hombre cargando algo envuelto en tela full.

 Los técnicos trabajaron para mejorar la imagen. Había suficientes características faciales para hacer una comparación. Los analistas compararon con fotografías de Francisco de 2009. Existe una similitud significativa. Estimamos 75 a 80% de probabilidad de que sea la misma persona.

 El 10 de mayo de 2024, Francisco Navarro fue arrestado formalmente y acusado del asesinato de Mateo Vega Morales. Su familia protestó su inocencia. Sus abogados argumentaron que la evidencia era circunstancial. El caso fue al juicio en septiembre de 2024. Durante tres semanas, el tribunal escuchó testimonios. Carlos testificó. Las fotografías fueron presentadas.

 El doctor Jiménez explicó la causa de muerte. El 25 de septiembre, el jurado regresó, culpable de homicidio con circunstancias agravantes. Francisco Navarro fue sentenciado a 22 años de prisión. Carmen lloró cuando escuchó el veredicto. No eran lágrimas de alivio completo, pero eran de cierto fierre. En una declaración, Carmen dijo, “Durante 15 años he vivido sin saber.

 Ahora finalmente sé la verdad. Mateo puede finalmente descansar en PAF. El funeral se realizó el 5 de octubre de 2024. Cientos de personas asistieron. Carmen puso en el ataúd el reloj de juguete que Mateo había amado y una carta. Mi querido Mateo, finalmente puedo despedirme de ti. Lo siento por tardar tanto. Te amo. Descansa ahora.

 Mateo fue enterrado en el cementerio de San Miguel con vista al Mediterráneo. En su lápida Mateo Vega Morales 2002 a 2009. Amado hijo, las mareas finalmente te trajeron a casa. El caso se convirtió en un estudio sobre investigación criminal. Demostró como los crímenes pueden permanecer sin resolver durante décadas.

Mostró como la tecnología puede proporcionar evidencia crucial años después y recordó que la determinación de una familia puede finalmente llevar a la verdad. Carmen, ahora de 49 años continuó su trabajo con sos desaparecidos. se convirtió en defensora de mejores protocolos de búsqueda.

 La playa de la Malagueta tiene ahora una placa memorial en memoria de Mateo Vega Morales y todos los niños perdidos. Que nunca olvidemos vigilar y proteger a nuestros pequeños. Esta historia nos recuerda varias verdades. Que los crímenes pueden ser revelados, que la naturaleza puede traer secretos a la luz, que la justicia puede prevalecer y que el amor de una madre puede perdurar décadas hasta que se conoce la verdad. M.