Claudia Sheinbaum despierta al Omar Harfuch a las 3 AM… y lo que pasa te dejará helado

 

Claudia Shainbound despierta al Omar Harfuch a las 3 a y lo que pasa te dejará helado. Eran exactamente las 3 de la madrugada, la ciudad dormía. Pero en la residencia oficial el silencio fue roto por un teléfono que no dejaba de sonar.

 En la pantalla del celular de Omar García Harfuch aparecía un nombre que no se atrevía a ignorar, Claudia Shinbaum. En cuanto contestó, su voz firme se encontró con un susurro entrecortado. Omar, dijo ella respirando con dificultad. Necesito que me escuches. Es urgente. El tono bastó para ponerlo en alerta. Se incorporó de inmediato dejando caer el teléfono fijo de la mesa. De noche.

 Buscó su reloj, miró la hora y entendió que no era una llamada política ni un tema de trabajo pendiente. Había algo distinto en el tono de Shainbom, algo que jamás había escuchado antes. Miedo. Presidenta. ¿Qué ocurre? Preguntó mientras se sentaba en el borde de la cama, buscando en su mente las posibles razones de aquella llamada. Ella no respondió enseguida.

 Su respiración temblaba. Al fondo se oía el ruido de pasos, un portazo y una voz femenina intentando mantener la calma. Harfuch se levantó de golpe. Su instinto policial se activó al instante. Claudia, ¿me escucha? ¿Qué está pasando? Entonces lo oyó. Un gemido ahogado, un llanto breve. Shin Baum apenas podía hablar. Omar. Algo no está bien aquí.

 Me despertaron ruidos en el pasillo. Pensé que eran los guardias, pero no contestan el radio. Escuché que alguien abrió una puerta cerca de mi despacho. Harf se puso una camisa, tomó su arma de servicio y caminó hacia la salida mientras seguía con el teléfono pegado al oído. Su voz cambió.

 Ya no era la de un amigo preocupado, sino la del jefe de seguridad que conocía cada protocolo, cada segundo que podía marcar la diferencia. No se mueva. Quédese en la habitación. Cierre la puerta y active el seguro. Voy a encargarme de esto. Manténgase en la línea conmigo. Ella obedeció sin dudar. En el fondo se escuchaba un golpe, algo metálico cayendo.

 Harfush apretó los dientes, abrió una línea paralela con su equipo de operaciones. Código nocturno. Movilicen personal al perímetro. En silencio. Su tono era seco, controlado, sin margen de error. Regresó al teléfono. Presidenta, necesito que me diga si hay alguien más con usted. No, estoy sola. Su voz se quebró al final de la frase. Omar, tengo miedo. El silencio posterior fue denso. Solo se oía la respiración de ambos.

 En segundos, Harf ya estaba saliendo de su departamento, subiendo al vehículo oficial mientras mantenía la llamada viva. Cada palabra que ella pronunciaba lo impulsaba más a acelerar. En la línea, Claudia trataba de mantener la calma, pero su tono dejaba claro que la situación era más seria de lo que imaginaban. Omar, alguien está dentro. Lo sé.

 No es mi guardia. Escuché que pronunciaron mi nombre. Harfuch no respondió, solo apretó el volante con fuerza. La llamada, que había comenzado como un aviso de emergencia estaba a punto de convertirse en una noche que ninguno olvidaría. El vehículo avanzaba con las luces apagadas.

 Harf mantenía el teléfono en altavoz, escuchando cada palabra con una concentración absoluta. El aire dentro del auto era denso, apenas interrumpido por el sonido del motor. En la otra línea, la voz de Shain Baum se quebraba con cada segundo que pasaba. Estoy en el cuarto”, dijo ella. Cerré la puerta, pero escucho pasos afuera. No sé cuántos son. No hable fuerte, ordenó él con tono bajo firme.

 “Póngase detrás de la cama. No se acerque a la puerta. Si escucha algo más, descríbamelo.” Ella obedeció sin dudar. El micrófono captó un movimiento leve, el rose de una tela contra la pared. Después nada, solo silencio. Harf revisó su reloj. Tres fue tris. calculó que en menos de 8 minutos el primer grupo táctico llegaría, pero cada segundo era una eternidad cuando se trataba de una amenaza dentro de una residencia presidencial. “Tiene el botón de emergencia cerca, preguntó él.

” “Sí, pero no quiero que suene. Si hacen ruido, pueden venir hacia mí.” “Bien, manténgalo en la mano. Nadie entra sin mi orden.” Desde el vehículo, Harfush abrió una nueva línea con su equipo en campo. Unidad uno, reporten visual del perímetro. No luces, sin contacto hasta confirmación. Pausa breve. Revisen accesos electrónicos. Quiero saber quién abrió la puerta. El operador respondió con voz tensa.

 Negativo en el frente, pero el sistema registró movimiento en el ala norte hace 12 minutos. Acceso autorizado por una credencial de nivel alto. La mandíbula de Harf se endureció. Eso no tiene sentido. Nadie debería tener acceso a esa hora. Mientras tanto, Claudia seguía sus instrucciones.

 Su voz sonaba más controlada, pero el miedo se percibía en cada respiración. Omar, escucho algo. Como si arrastraran algo por el suelo. Harfuch respiró hondo tratando de mantener la calma. No se mueva. No haga ruido. Estoy llegando. Ella no respondió. Solo se oía el leve zumbido del aire acondicionado y de fondo un sonido irregular que parecía provenir del pasillo. El reloj marcaba las 310. Cuando Harfuch detuvo el vehículo frente al portón principal.

Bajó sin esperar refuerzos. Dos agentes lo siguieron de inmediato. El guardia de turno intentó abrir la boca, pero él lo interrumpió con una sola frase. Silencio absoluto. Nadie sabe nada. Entraron. El eco de sus pasos se perdió entre los muros del edificio. La tensión era total.

 Harf mantenía el teléfono pegado al pecho, escuchando los leves sonidos que salían del auricular. En cualquier momento, una sola palabra de Shinbown podía cambiarlo todo. El interior de la residencia estaba en penumbra, solo una luz tenue provenía del pasillo principal. Harfuch avanzó en silencio con la mano derecha sobre su arma y el celular en la izquierda pegado al oído.

En la línea, la respiración de Shanba era cada vez más rápida. Omar, creo que alguien está frente a la puerta. Su voz se escuchó apenas como un susurro. Él detuvo el paso. Hizo una seña a los agentes que lo acompañaban. Uno de ellos se colocó detrás, otro cubrió el ángulo opuesto. Harf bajó el tono hasta casi un murmullo. No haga ningún ruido.

 No hable. Si escucha que tocan, no responda. Ella asintió, aunque él solo oyó su respiración entrecortada. Del otro lado, un leve golpe. Tres toques suaves, como si alguien probara la cerradura. Luego, silencio. Omar. Lo están intentando otra vez”, dijo conteniendo el llanto.

 Harfuch presionó el auricular contra la oreja y respondió con frialdad. “Manténgase donde está. Ya estoy en el pasillo”, giró hacia sus hombres. “Bloqueen los accesos laterales. Nadie entra ni sale sin mi señal. El aire se sentía pesado. El piso crujía bajo las botas. A medida que se acercaban a la zona privada, el ambiente cambiaba.

 Olor a desinfectante, luces de emergencia encendidas, puertas semiabiertas que no deberían estarlo. Harf levantó la vista y vio algo que lo hizo fruncir el ceño. Una cámara de seguridad girada hacia el techo. Alguien había intentado desactivar el monitoreo. “Esto no es un error”, susurró uno de los agentes. Harf no respondió, solo avanzó.

 Cada paso lo acercaba más a la habitación donde Shane Baum esperaba en silencio con el teléfono en la mano. En ese momento, el operador desde el centro de mando informó por radio. Confirmamos una credencial usada a la 0254. Pertenece a la agente Ramírez. Asignado al turno de noche, Harfretó los labios. Ramírez no debería estar aquí. Hoy estaba fuera del servicio. La tensión aumentó.

 Uno de los agentes hizo contacto visual con él esperando órdenes. “Vamos a encontrarlo”, dijo Harfuch en voz baja, pero sin un solo ruido. Mientras tanto, dentro de la habitación, Shin Baum se arrodilló lentamente, sosteniendo el teléfono con las dos manos. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero su voz apenas se oía.

 “Oar, escucho que respiran del otro lado.” El jefe de seguridad detuvo el paso. Todo su cuerpo se tensó. “Voy en camino. No se mueva. No abra la puerta. No diga nada más.” La llamada siguió abierta y durante unos segundos solo se escuchó el sonido del corazón de ella golpeando en el silencio. El pasillo era largo con puertas a ambos lados.

 Harfush avanzaba despacio apoyando el arma contra el pecho, atento a cualquier sombra. La respiración de sus hombres se mezclaba con el zumbido eléctrico del sistema de ventilación. Todo estaba demasiado quieto. En su oído, la voz de Shane Baum rompió el silencio. Omar, la puerta acaba de moverse.

 Él se detuvo en seco. La tocaron. Sí. La manija se movió lentamente, como si alguien quisiera entrar sin hacer ruido. Harf bajó el tono de voz y apretó el auricular. “No respire fuerte, quédese agachada, no haga ningún sonido.” Ella obedeció. En el otro extremo, el micrófono captó un suspiro ahogado, seguido de un leve golpe. Era el sonido de sus rodillas contra el suelo.

 Harf se giró hacia el agente que cubría la esquina. Visual del ala norte. Negativo, todo despejado. Entonces el intruso está dentro. La frase fue suficiente para que todos se prepararan. Uno de los hombres levantó su arma. Otro apuntó hacia la escalera. Harfuch señaló con la cabeza hacia la puerta de la habitación presidencial.

 El grupo se dividió. Dos agentes se quedaron atrás vigilando mientras él avanzaba con uno solo, el más experimentado. Cuando llegó frente a la puerta, la escuchó. Era una respiración contenida justo del otro lado. Podía ser Shin o alguien más. Colocó el teléfono sobre el pecho sin cortar la llamada y susurró, “Claudia, ¿está escuchándome? Si puede oírme. De un golpe suave con la mano. Uno solo.” Esperó nada.

 Segundos después, un golpe sordo. Breve. Exacto. Ella estaba viva. Bien, no se mueva. Señaló a su compañero que cubriera el lado derecho. Su mirada era fija, fría, calculadora. Voy a abrir en 3 segundos. Colocó la mano sobre el pomo, pero en ese instante un ruido metálico retumbó desde la escalera del fondo.

 Algo se había caído. Ambos giraron al mismo tiempo. Una sombra se movió detrás del marco de una puerta lateral. Ahí, susurró el agente. Harfuch levantó el arma y avanzó sin dudar. Su voz fue un disparo seco en el aire. Policía alto. La sombra se detuvo solo un segundo antes de huir. El sonido de los pasos resonó por el corredor. El jefe de seguridad corrió tras él, dejando la puerta cerrada bajo custodia.

 Mientras tanto, dentro del cuarto, Shin Baum se cubría la boca con una mano, temblando con los ojos fijos en la cerradura que seguía moviéndose lentamente. El pasillo se llenó de ecos. Las botas golpeaban el piso con ritmo firme mientras Harf y su agente perseguían la sombra que se movía con precisión, como si conociera cada rincón del lugar.

 La respiración del intruso se escuchaba entrecortada, mezclándose con el chirrido de una puerta al fondo. Harf bajó la voz sin detenerse. Bloquéenle la salida trasera. Repito, cierren el acceso norte. Tenemos contacto visual. El radio crepitó con una respuesta inmediata. Entendido. Acceso bloqueado.

 Giró por un pasillo estrecho y vio una silueta girar en la esquina. Era un hombre vestida de negro y llevaba algo colgado del cinturón. Harfush levantó el arma. Alto policía. Identifíquese. El sujeto no se detuvo. Corrió hacia una puerta lateral e intentó abrirla, pero estaba cerrada con código. Golpeó desesperado. Harfuch aprovechó el momento. Al suelo.

 Ahora disparó un tiro al aire. El sonido retumbó en todo el ala. El hombre se detuvo, alzó las manos lentamente, pero no dijo una palabra. El agente que lo acompañaba se acercó con cautela. Está armado. Lo redujeron en segundos. Harfush lo empujó contra la pared, le quitó el arma y la identificó de inmediato.

 Era un modelo reglamentario de uso oficial. ¿Quién te autorizó a entrar aquí?, preguntó con tono helado. El hombre de rostro cubierto por una gorra evitó responder. Solo murmuró algo ininteligible. Harfuch le quitó la gorra y lo miró directamente. Lo reconoció Ramírez. El silencio fue absoluto. El mismo agente que según los registros no debía estar en servicio esa noche. Harf no bajó el arma.

 ¿Qué haces aquí? ¿Quién te dio acceso? Ramírez mantuvo la mirada baja. Su respiración era irregular. No puedo hablar, susurró. Vas a hacerlo”, respondió Harfuch acercándose. “Porque la presidenta está dentro y tú abriste una puerta con tu tarjeta.” El detenido giró la cabeza lentamente. No ibas a hacerle daño, solo debía comprobar algo.

“¿Comprobar qué?”, insistió, pero antes de que pudiera responder, un ruido proveniente del pasillo posterior los interrumpió. Otro movimiento. No estaba solo. Harf levantó la vista, apuntó hacia la oscuridad y ordenó, “Luces de emergencia activas.

 Ya las lámparas del techo se encendieron de golpe, revelando la figura de una segunda persona al fondo del pasillo, apenas visible. Un segundo intruso. La luz roja de emergencia bañó el pasillo. El resplandor era débil, suficiente para mostrar una silueta inmóvil al final del corredor. Harfush apuntó sin pestañar la mano firme sobre el gatillo. A su lado, el agente que acompañaba a Ramírez lo sujetaba con fuerza del brazo, manteniéndolo contra la pared.

“Identifíquese.”, ordenó Harfou con voz seca. La figura no respondió. Dio un paso hacia atrás apenas perceptible. Luego otro. La tensión se podía sentir en el aire como una cuerda a punto de romperse. Ramírez intentó hablar, pero Harfuch lo silenció con una mirada. ¿Quién es?, preguntó el agente que lo asistía.

 No lo sé, respondió Harf sin bajar el arma. Pero no se mueve como personal nuestro. De repente, un sonido metálico cortó el silencio. La figura se giró y echó a correr. “Atrás!”, gritó Harfent se lanzaba al suelo, al mismo tiempo que una explosión de ruido rompió la calma.

 Un objeto de humo rodó por el piso soltando una nube gris que se extendió con rapidez. Granada de gas”, advirtió el agente. El pasillo se llenó de humo. La visibilidad cayó a cero. Harfush tosió cubriéndose la boca con el antebrazo mientras mantenía el arma apuntando hacia delante. Los sensores del pasillo comenzaron a emitir una alarma tenue.

 “¡Ramírez, al suelo”, ordenó con voz ronca. El agente detrás de él trató de seguirlo, pero perdió de vista al sospechoso que había huído. Harfush activó su radio de inmediato. Unidad de apoyo, pasillo central bloqueado. Uno de los intrusos escapó. Reforzar vigilancia en los accesos internos, prioridad máxima. El operador respondió con rapidez. Entendido.

 Equipos Alfa y Bravo movilizados. El humo seguía esparciéndose, dificultando cada respiración. Entre la niebla, Harfuch apenas distinguía sombras y luces parpadeantes. De pronto, la voz de Shinbaum volvió a escucharse en el auricular. “Omar, ¿qué está pasando? Oigo alarmas. No salga del cuarto”, respondió jadeando.

 “Estamos controlando la situación.” “Controlando.” Su tono mostraba pánico. Escuché disparos. “¡No dispare nadie más!”, escritó Harf al resto. Apaguen las alarmas y despejen el área. El agente que sujetaba a Ramírez avisó. Tenemos uno asegurado. Llévenlo a la sala de control. Quiero todo su acceso revisado.

 El humo comenzaba a disiparse, dejando el olor agrio del gas. Harfush avanzó lentamente entre los restos de la nube mirando el suelo. Un detalle lo detuvo. Un guante negro tirado junto a la pared, idéntico a los usados por el personal de seguridad interna, lo levantó, lo observó un instante y dijo con voz firme, “Esto no fue un intento de robo.

 Alguien quiso enviar un mensaje. El hall principal de la residencia estaba cubierto por una tensión que se podía sentir en la piel. El humo todavía flotaba en el aire y el olor metálico de la pólvora se mezclaba con el desinfectante del piso. Harfuch avanzó con paso firme, revisando cada rincón con la linterna del arma. Su mirada era fría, calculadora.

 No había espacio para el error. Por el auricular, la voz de Shan Bound volvió a sonar, más controlada, pero cargada de miedo. Ya está todo bajo control. Aún no, respondió él sin detenerse. Había más de una persona. Quiero que no se mueva de donde está hasta que yo le diga. Ella respiró hondo intentando mantener la compostura.

 Estoy haciendo lo que me dijiste. La puerta sigue cerrada, pero escuché algo en el techo. Harf se detuvo, levantó la vista. Sobre su cabeza, una rejilla de ventilación vibraba ligeramente. Unidad dos. Verifiquen ductos de aire y accesos de mantenimiento. Posible movimiento interno. Uno de los agentes respondió desde el otro extremo. Recibido.

 Nos movemos hacia el nivel superior. Mientras tanto, Ramírez, el guardia capturado, seguía en silencio, observando cada paso con una mezcla de nerviosismo y resignación. Harfuch lo miró de reojo. ¿Quién más entró contigo? Ramírez bajó la cabeza. No puedo decirlo. Harfuch se acercó un paso con el arma aún en la mano.

 Si no hablas ahora, cuando esto termine, no habrá salida para ti. El hombre tragó saliva. Sus labios temblaron. Solo me dijeron que debía abrir la puerta del despacho presidencial y salir. No pregunté nada más. ¿Quién te lo pidió? Una voz por radio. No sé quién era. El jefe de seguridad lo observó unos segundos. Sabía que mentía.

 El sonido de la radio interrumpió el silencio. Comandante, encontramos huellas recientes en el conducto superior. Alguien pasó por allí hace minutos. Harf giró hacia las escaleras. Se llena el techo. Nadie entra ni sale. Quiero que los accesos a la azotea estén bajo control total. La tensión volvió a subir. El reloj marcaba las 3:27 de la madrugada.

 Todo seguía ocurriendo en tiempo real. El sonido de un golpe metálico resonó desde el ducto sobre sus cabezas. Harfush levantó el arma y apuntó. Ahí está. El metal volvió a moverse. Luego silencio. Muévanse despacio dijo él apenas por encima de un susurro. Quiero verlo. Los tres apuntaron hacia arriba. Un par de segundos después, una mano asomó entre las rejillas.

 Era una mano enguantada, firme, que sostenía algo pequeño y brillante, una memoria USB. El aire se volvió pesado. Los agentes se miraron entre sí comprender. Harf mantuvo la linterna fija sobre la rejilla mientras la mano enguantada sostenía aquella memoria USB. Nadie habló durante varios segundos. El silencio era absoluto. Finalmente él alzó la voz. Bajé lentamente. Manos visibles no hubo respuesta.

 La mano desapareció en un instante como si nunca hubiera estado allí. Luego el sonido metálico del ducto resonó con rapidez. Alguien se desplazaba por los conductos. “Está escapando”, gritó uno de los agentes. Harf reaccionó de inmediato. “Unidad tres, cierre salidas de ventilación en todos los niveles. Que no salga del sistema.

” Mientras corrían por el pasillo, Harfuch mantenía el teléfono en la mano, aún conectado con Shain Baum. “Sigue dentro, presidenta. No abra la puerta bajo ninguna circunstancia.” “Omar, ¿qué pasa ahora? ¿Qué era ese ruido?”, preguntó ella con la voz al borde del llanto. Inntento de fuga por los conductos. Estamos encima de él.

 Los pasos resonaban con fuerza mientras los agentes abrían escotillas y revisaban las conexiones del techo. El polvo caía en pequeñas nubes. Desde una rejilla abierta, un agente apuntó la linterna. Vio algo moverse entre las sombras. “¡Lo tengo!”, gritó. Pero en el mismo instante, un destello metálico salió disparado desde dentro del ducto.

 Un cuchillo cayó al suelo rebotando junto al pie de la gente. Harf reaccionó de inmediato. Atrás, no disparen dentro. El sonido de los golpes contra el metal se intensificó. El sospechoso avanzaba rápido por el sistema de ventilación, directo hacia la salida trasera del nivel superior. Harfuch apretó los dientes.

 “Ese tipo sabe exactamente dónde está”, murmuró. abrió el mapa digital del edificio en su tableta táctica. Cada conducto, cada intersección estaba marcada. Si sigue esa ruta, saldrá justo sobre la oficina de control, ordenó sin dudar. Unidad alfa, suban al nivel 3. Si lo ven, no esperen mi orden. Neutralícenlo. En ese momento, el teléfono vibró de nuevo. Era Shanbow, Omar. El sistema de luces se apagó otra vez. Todo está oscuro.

 Él giró hacia uno de los técnicos. ¿Por qué se fue la energía? Alguien cortó el circuito desde el panel principal, respondió el hombre revisando el monitor. Desde adentro, la voz de Harf se volvió más dura. Entonces, el objetivo no era entrar, era manipular la red. El sonido de la radio lo interrumpió.

 Comandante, hallamos una segunda memoria igual en el pasillo norte, sin marcas, sin identificación. Harf miró el dispositivo que aún sostenía en la mano y su expresión cambió. Esto no es espionaje, es un aviso. Alguien quiso que lo encontráramos. El reloj marcaba las 3:39. Todo seguía ocurriendo a una velocidad imposible.

 En la sala de control, las pantallas mostraban un caos de señales, cámaras desactivadas, alarmas intermitentes y rutas internas marcadas en rojo. Harf observaba cada detalle intentando reconstruir los movimientos del intruso. Ramírez, aún esposado, miraba el monitor en silencio. Sus ojos delataban algo más que miedo. Había reconocimiento.

 Sabía quién era el que se movía entre los conductos. Harfuch se dio cuenta. ¿Lo conoces? Preguntó sin apartar la vista de la pantalla. Ramírez titubeó, bajó la cabeza. No directamente, pero sé quién lo envió. El jefe de seguridad lo tomó del hombro, obligándolo a mirarlo. Dilo. Es alguien del círculo de confianza, alguien con acceso total a las credenciales de seguridad.

 Tragó saliva antes de terminar. No trabaja de noche, pero puede entrar sin que el sistema lo detecte. Harf lo soltó de golpe. Eso no debería ser posible. Todos los accesos están rastreados. No, si el código lo creó uno de los técnicos del sistema, respondió Ramírez. El silencio se hizo más pesado.

 Afuera, los agentes seguían buscando por los pasillos. El ruido metálico del conducto se había detenido. Un oficial informó desde el radio. No hay movimiento. Parece que se detuvo en el tramo central. Harfunció el ce seño. Ese tramo da directo a la sala de archivos. Corrió hacia el corredor, seguido por dos hombres. El aire era más frío allí, el silencio más denso.

 Empujó la puerta metálica del archivo principal y la luz del pasillo se filtró apenas. Dentro, solo una lámpara parpade iluminaba las filas de estanterías. El sonido de algo cayendo al piso hizo que todos se detuvieran. Harf levantó el arma y apuntó hacia la oscuridad. Salga con las manos arriba. Está rodeado. Nada.

 Solo silencio. Avanzó despacio entre las estanterías. Papeles en el suelo, carpetas abiertas, cajones forzados. Todo indicaba que alguien había estado buscando algo específico. De pronto, una voz rompió el silencio. No dispare. Era un susurro desde la penumbra. Harf giró hacia la izquierda. Allí estaba el intruso.

 Encapuchado, las manos alzadas, pero con una expresión extrañamente tranquila. Baje el arma, dijo el hombre. No estoy aquí para hacer daño. Entonces explique qué hacen la residencia presidencial a las 3 de la mañana, respondió Harf con tono cortante. El intruso dio un paso al frente. Vine a entregar algo y tenía que hacer los sin testigos.

 Los agentes se miraron entre sí. Harf no bajó el arma. ¿Qué quería entregar? El hombre señaló el bolsillo interno de su chaqueta. Una copia de lo que todos ustedes ignoran. Los archivos están comprometidos. Harf no movió un músculo. El cañón del arma apuntaba directo al pecho del desconocido.

 Los dos agentes que lo acompañaban levantaron las linternas y apuntaron hacia el rostro del intruso. Era un hombre de unos 40 años, barba corta, mirada tensa, la piel cubierta de sudor. No parecía un delincuente común. Despacito ordenó Harfuch. Saque lo que lleva en el bolsillo con una sola mano. El hombre obedeció. Sacó un pequeño sobre negro sellado con cinta de seguridad.

 lo sostuvo con cuidado como si temiera dañarlo. “Aquí está, pero no lo abra aquí”, dijo con voz firme. “Si lo hace, se apaga todo.” Harf observó sin parpadear. ¿Qué significa eso? Que el sistema de comunicaciones fue intervenido desde adentro. Si abren este sobre en una terminal conectada, se activará un código que borra toda evidencia. Uno de los agentes intentó tomarlo, pero Harfuch levantó la mano.

No lo toquen. Su tono era seco. ¿Quién lo envió? El hombre respiró profundo. Una fuente interna, no puedo decir el nombre. Solo me dijeron que debía poner esto en tus manos y que nadie más debía saberlo. ¿Y por qué de noche? Replicó Harfuch. ¿Por qué entrar de esta manera? Porque no podía confiar en nadie más. El silencio se extendió unos segundos.

 En el auricular, la voz de Shane Baum irrumpió de nuevo. Omar, ¿qué está pasando? Escucho voces. Él apretó el botón de su auricular. Estamos con el intruso. Está bajo control. Manténgase segura. Lo atraparon. Sí, pero necesito que nadie más intervenga, ni los jefes de seguridad alternos ni el personal de apoyo. ¿Por qué?, preguntó ella inquieta. ¿Por qué hay algo que no encaja? Respondió Harfuch sin apartar la vista del sobre negro.

 El hombre frente a él levantó un poco la voz. Si no me creen, verifiquen el acceso de red. Revisen los terminales del piso 3. ¿Hay alguien más conectado en este momento? Harf frunció el ceño y miró al técnico que monitoreaba las cámaras. ¿Confirmas eso? El técnico revisó la tableta y asintió. Sí, hay una conexión remota activa.

 Usuario interno, pero no autorizado. La tensión aumentó. Harf bajó el arma solo un poco. ¿Dónde está esa terminal? En la oficina de sistemas, respondió el técnico. Exactamente bajo la sala donde está la presidenta. El intruso asintió. Por eso estoy aquí. No vinieron por mí, vinieron por ella. Harfuch sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

 No por miedo, sino por la precisión con que todo encajaba, miró al técnico, luego al intruso y, finalmente, al teléfono donde Shane Baum seguía en línea, esperando una explicación que él aún no podía darle. Unidad de sistemas. Respondan, ordenó por radio. El canal quedó mudo. Ni una respuesta. Repito, ¿quién está en la oficina de sistemas? El silencio fue absoluto. El técnico que lo acompañaba revisó la señal.

 Las cámaras del nivel dos fueron desconectadas hace 5 minutos. La última grabación muestra movimiento en el pasillo, pero no se distingue quién es. Harf apretó el puño. Nos están ganando terreno desde adentro. El intruso habló otra vez. Les dije que no podían confiar en sus propios registros. El sistema está manipulado. Si no cortan la red, los datos se replicarán fuera del país. Harf se acercó un paso más.

 ¿Cómo sabes eso? Porque fui parte del equipo que lo instaló hace 2 años. La mirada de Harfuch se endureció. Entonces, ¿trabajaste aquí? Sí, fui técnico contratado, pero cuando descubrí lo que estaban haciendo con las copias de seguridad, me sacaron del proyecto. Creyeron que no volvería.

 ¿Y qué estaban haciendo?, preguntó él sin bajar el arma. El hombre bajó la voz, filtrando información presidencial a través de los sistemas de respaldo. Documentos internos, planes de seguridad, todo. Y ahora alguien está intentando borrar las huellas antes de que ustedes lo descubran. El técnico nervioso revisó la tableta.

 Comandante, hay un proceso de eliminación masiva activo. Si no lo detenemos, se pierde todo. Harf respiró hondo. Corten el servidor principal. Ahora el técnico tecleó con rapidez, pero algo falló. No responde. Alguien bloqueó el acceso físico al panel. Harf giró hacia los agentes. Vamos al nivel dos. Nadie se queda atrás. El intruso lo detuvo con una frase.

 Si bajan por las escaleras, los van a estar esperando. Ya sabían que ibas a venir. Harfuch lo miró fijamente, sin una palabra, luego revisó su arma, activó la linterna y respondió con tono firme. Entonces iremos igual. Harf avanzó hacia las escaleras con paso decidido, seguido de dos agentes armados y el técnico que cargaba el equipo de bloqueo remoto. En la línea de comunicación, Shane Baum seguía en silencio, escuchando todo sin interrumpir.

 Sabía que cada ruido podía revelar su posición. El jefe de seguridad levantó el puño señal para detenerse. Frente a ellos, la puerta metálica del nivel dos estaba entreabierta. Una franja de luz blanca escapaba por el borde inferior. “¡Hay movimiento adentro”, susurró uno de los agentes. Harfuch asintió. “Cubrimos izquierda y derecha.

 No disparamos a menos que haya fuego confirmado. Apoyó la mano sobre el pomo, empujó con cuidado y entró primero. El olor a plástico quemado y metal caliente los golpeó de inmediato. Dentro de la oficina de sistemas, las pantallas mostraban líneas de código en ejecución y una alerta parpadeante.

 Proceso de eliminación en curso, 78% completado. Un hombre estaba frente al monitor central escribiendo con rapidez. No llevaba uniforme. Harfush levantó el arma. Alto ahí, manos arriba. El sujeto ni siquiera giró. Llegaron tarde, dijo con calma. No un segundo más, replicó Harfuch acercándose. Apártese del panel. El técnico que acompañaba al equipo trató de detener el proceso desde su tableta, pero el sistema pedía una clave maestra. “Comandante, necesito la autorización presidencial para anular esto”, dijo con urgencia.

 Harf presionó el auricular. “Presidenta, necesito su confirmación. Envíé el código de emergencia nivel 1. Del otro lado, Shanbaum respondió casi sin voz. Código alfa 693 punto. El técnico lo ingresó, pero la pantalla mostró un mensaje en rojo. Código inválido. Clave alterada. El hombre frente al computador sonrió sin girarse. Les dije, “Ya no tienen el control.

” Harf dio un paso al frente, apuntándole directamente a la cabeza. Te ordeno que te apartes. Si me disparas, nadie sabrá lo que borré”, respondió el intruso. Todo se va con mi señal. El tiempo corría. El monitor mostraba el avance. 84%. Harfush gritó, “¡Desconecten el servidor ahora!” Los agentes rompieron los paneles laterales buscando los cables principales.

 Uno de ellos logró cortar el suministro de energía. Las luces parpadearon y el sistema se detuvo en 87%. El intruso giró al fin con una mirada que combinaba derrota y desafío. No pueden detener lo que ya empezó. Hay una copia fuera del país. Harfush lo sujetó por el cuello del uniforme y lo empujó contra la pared. ¿Dónde está esa copia? El hombre sonrió apenas.

 En un lugar donde ni tú ni ella pueden llegar. Harf lo mantenía inmovilizado contra la pared, los nudillos blancos de tanta presión. El intruso no mostraba resistencia. Parecía esperar ese momento. Su mirada permanecía fija en el rostro del jefe de seguridad como si disfrutara tenerlo sin respuestas. “Habla”, exigió Harfuch.

 “¿Quién te envió?” El hombre sonrió apenas. “Si digo el nombre, no salgo vivo de aquí.” “Ya no estás negociando”, respondió acercando el rostro. “Aquí nadie va a tocarte.” “Pero si sigues callado, eso cambia.” El intruso lo miró sin miedo. No fue mi elección. Me contactaron con una sola instrucción, activar el borrado si detectaba una revisión de archivos.

 Y hoy alguien dentro del equipo lo hizo. El técnico que observaba el monitor interrumpió con voz temblorosa. Comandante, ¿hay algo más? El sistema dejó una ruta activa de transmisión. No terminó el envío. Se quedó congelado en un punto. Un punto? Preguntó Harfuch. Sí. Coordenadas de un servidor oculto, pero está dentro del país.

 Si lo seguimos, podríamos interceptar la copia antes de que se complete. El intruso soltó una risa breve, casi burlona. Van a intentarlo, pero cuando lleguen ya no habrá nada. Harf lo empujó hacia el suelo y ordenó, “Encárguense de este tipo. Quiero vigilancia total y revisión de sus comunicaciones. Si respira, me avisan.” Mientras los agentes lo esposaban, Harf tomó el teléfono que aún estaba en comunicación con Shane Baum.

 Presidenta, lo tenemos controlado, pero necesitamos acceso total a las líneas seguras. Hay una filtración activa. Ella habló con voz firme, recuperando su tono de autoridad. Haz lo que tengas que hacer, Omar. Si hay alguien de adentro involucrado, quiero saber quién es. Voy a averiguarlo, respondió. colgó la llamada y giró hacia el técnico.

 Dame las coordenadas del servidor. El hombre le entregó la tableta. La pantalla mostraba una dirección parcial, un punto en el centro de la ciudad sin identificación exacta. “La señal viene de un nodo móvil”, explicó el técnico. Cambia de ubicación cada pocos minutos. Harf analizó los datos. Entonces lo están controlando en tiempo real.

Quieren ganar tiempo. Uno de los agentes, aún vigilando al prisionero, preguntó, “¿Qué hacemos con el sobre que trajo el otro sujeto?” Harf lo miró un instante, recordando al primer intruso, el que había entregado el sobre negro. “Tráelo, quiero ver qué contiene.” El agente salió corriendo hacia el nivel superior.

 El ambiente seguía cargado, tenso. El reloj marcaba las 3:58. Harf se quedó mirando las pantallas apagadas, consciente de que lo más peligroso no eran los que estaban dentro, sino los que seguían observando desde fuera. El agente regresó con el sobre negro en la mano intacto.

 Harf lo tomó con cuidado, lo colocó sobre la mesa central y lo observó unos segundos. No tenía marcas, ni sellos, ni remitente, solo una cinta metálica que sellaba los bordes. El técnico se acercó. Si quiere puedo intentar abrirlo en un sistema aislado. Harf negó con la cabeza. No, si lo que dijo el intruso es cierto, podría activar otro protocolo. Necesitamos hacerlo manualmente.

 Tomó un cúter de seguridad y cortó la cinta con precisión. Dentro del sobre había una pequeña tarjeta de memoria y una nota escrita a mano. La letra era firme, sin temblores. Decía, “No confíes en el anillo interno, te están grabando.” El silencio fue inmediato. Todos se miraron sin hablar. Harf leyó la frase dos veces. La tinta estaba fresca.

 No era un mensaje antiguo. Esto lo escribió alguien con acceso directo”, dijo en voz baja. El técnico encendió una laptop sin conexión a internet y colocó la tarjeta en el puerto. En la pantalla apareció un solo archivo de video sin títulos, sin metadatos. Harf se inclinó hacia delante y presionó play. La imagen mostraba una sala de juntas.

 Alrededor de la mesa había cinco personas, entre ellas tres rostros conocidos, altos mandos de seguridad nacional. En el centro de la mesa, una carpeta con el sello de confidencialidad presidencial. El video mostraba una conversación sin audio, pero con subtítulos automáticos integrados.

 La primera línea decía, si él no coopera, activamos el protocolo interno. Nadie debe enterarse. Harf endureció la expresión. Eso es reciente. Esa sala es del complejo de reuniones de mando. El técnico retrocedió el video deteniéndose en un detalle. Una pantalla de fondo mostraba la fecha exacta del día anterior. Esto fue grabado hace menos de 24 horas, confirmó.

 Los agentes se quedaron en silencio. Era la prueba de que algo más grande se estaba moviendo. Uno de ellos preguntó con voz tensa, “¿Cree que la presidenta sabe esto?” Harf no respondió de inmediato. Caminó unos pasos, se cruzó de brazos y miró la imagen detenida en la pantalla.

 Si lo supiera, no me habría llamado a las 3 de la mañana. Guardó la tarjeta en un sobre de seguridad. y la selló. A partir de ahora, esto no sale de aquí. Nadie, ni una palabra por radio. El técnico asintió, pero agregó, “Comandante, ¿hay algo más en el archivo? Hay un segundo fragmento oculto encriptado. No puedo abrirlo sin la clave.” Harf lo miró fijo.

 ¿Dónde está la clave? El hombre dudó un instante antes de responder. Podría estar en el mismo sistema que intentaban borrar. La sala quedó en penumbra, iluminada solo por la pantalla del monitor y las luces de emergencia que seguían parpadeando. Harf permanecía inmóvil con la mirada fija en la tarjeta sellada.

 Sabía que ese fragmento encriptado podía contener la pieza que explicara todo. ¿Quién había traicionado a quién? ¿Y por qué la presidenta lo había llamado en mitad de la madrugada? ¿Puedes acceder al sistema parcialmente aunque esté bloqueado?, preguntó sin apartar la vista del técnico. “Sí, pero necesito el código maestro.

 Sin él, la base no me dejará entrar”, respondió el hombre mientras tecleaba con rapidez. Harfush activó el auricular. “Presidenta, necesito autorización directa para reabrir el sistema central. Puede haber una clave oculta en los registros.” La voz de Shinbaum sonó agotada, pero firme. “Hazlo, usa el código Delta 87. Que nadie más lo sepa.

” El técnico ingresó la clave. La pantalla parpadeó dos veces antes de mostrar una carpeta con nombre cifrado. Dentro una serie de archivos sin etiquetas y uno marcado con la palabra anillo. Aquí está, dijo el técnico. Este archivo está vinculado a la grabación. Si lo abrimos, podría desencriptar la segunda parte. Hazlo, ordenó Harf.

 El cursor giró durante varios segundos, la pantalla quedó en negro y luego apareció una línea de texto blanco. Confirmar acceso. Autenticación biométrica requerida. El técnico lo miró confundido. Comandante, esto pide una huella registrada. Harfuch entendió enseguida. ¿De quién? Del usuario principal del sistema, la presidenta. Un silencio helado llenó la sala.

 Los agentes se miraron entre sí, comprendiendo la magnitud del problema. ¿Está diciendo que nadie más puede abrirlo?, preguntó uno de ellos. Exacto, respondió el técnico. Solo ella. Y si alguien más lo intenta, el archivo se destruye automáticamente. Harfush. respiró hondo pensativo, tomó de nuevo el teléfono y marcó, “Presidenta, el sistema pide su autenticación.

 Sin su huella no podremos acceder al contenido.” Del otro lado, Shane Baum dudó unos segundos antes de responder. “Entonces lo haremos en persona. No quiero que nadie más lo toque.” “¿Estás segura?”, preguntó él completamente. “Envien una escolta y traigan el equipo aquí. Quiero verlo con mis propios ojos.” Harfuch asintió, aunque ella no podía verlo.

 “Entendido! En 10 minutos estaremos allí. Cortó la comunicación, giró hacia los agentes y habló con voz firme. Empaquen todo, servidores, tarjetas, copias de respaldo. Nadie sale de este edificio hasta nuevo aviso. Mientras el equipo se movía, Harf se quedó observando la pantalla aún encendida.

 En una esquina inferior apareció un mensaje fugaz antes de que el sistema se apagara. Autenticación remota detectada. El técnico lo notó. Eso no lo hicimos nosotros. Harf levantó la vista lentamente. Entonces, alguien más acaba de acceder al archivo. Desde otro lugar, el corazón de Harfuch se aceleró.

 La frase autenticación remota detectada seguía parpadeando en el monitor hasta que el sistema se apagó por completo. No era un fallo. Alguien, en ese preciso momento, estaba dentro del mismo archivo que ellos intentaban proteger. El técnico tecleó desesperado, intentando reconectar, pero el acceso ya estaba bloqueado. No hay manera de volver a entrar. Se activó el modo de blindaje.

 Solo alguien con acceso igual o superior al de la presidenta puede hacer eso. Harfuch miró la pantalla en silencio. Su rostro no mostraba miedo, pero sí una concentración absoluta. Igual o superior, repitió con calma. Sí, tal vez un administrador raíz del sistema o alguien que haya clonado la autorización presidencial.

 El jefe de seguridad dio un paso atrás con la mente procesando cada detalle de la noche. Alguien había usado la credencial de Ramírez. había manipulado los registros y ahora entraba en el archivo justo antes de que Shane Baum lo hiciera. No era una coincidencia, era un plan meticuloso. Corten toda conexión externa, ordenó. Desactiven antenas, líneas, Wi-Fi, todo este edificio queda aislado.

 Los técnicos obedecieron de inmediato. El sonido de los relés apagándose resonó por todo el lugar. La residencia presidencial quedaba desconectada del mundo. Uno de los agentes se acercó con expresión grave. Comandante, la presidenta pregunta si debe venir igual. Harfush dudó un segundo, luego negó con la cabeza. No.

 Si la red fue intervenida, su traslado podría estar vigilado. Nadie se mueve hasta que limpiemos la señal. El técnico levantó la mirada del teclado. Comandante, el servidor emitió una señal de salida justo antes del bloqueo. No se envió todo, pero parte del archivo fue extraído.

 ¿A dónde fue? A un nodo externo dentro del país, pero la ubicación cambia cada 30 segundos. Es un servidor espejo móvil. Harf se acercó al monitor. ¿Puedes rastrear la ruta anterior antes de que cambie? Sí, pero solo por segundos. Hazlo. El técnico ejecutó la orden y una serie de coordenadas comenzaron a desplazarse rápidamente por la pantalla. Una de ellas se detuvo brevemente sobre un punto. Colonia Roma Norte, Ciudad de México.

 “Aquí”, dijo el técnico señalando la dirección. Harf no lo dudó. Preparen un operativo discreto, sin luces, sin uniformes. Quiero dos vehículos listos en 3 minutos. El agente a su lado asintió y salió corriendo. Antes de moverse, Harfuch miró por última vez el monitor apagado. Ellos sabían que vendríamos. Esto no fue un ataque improvisado, fue una advertencia. El técnico lo miró confundido.

 ¿Advertencia de quién? ¿De alguien que todavía está dentro? respondió Harf con tono seco mientras se colocaba el auricular táctico y salía hacia el pasillo. El reloj marcaba las 4:12 de la madrugada. El cielo aún estaba oscuro cuando dos vehículos sin insignias salieron del complejo presidencial. En el primero, Harfuch viajaba en silencio con la mirada fija en la ventana.

 La ciudad seguía dormida, pero él sabía que esa calma era engañosa. El auricular emitió un leve pitido. Era el técnico desde la base. Comandante, el nodo sigue activo. Se mueve entre tres puntos del centro de la ciudad. Está rebotando la señal para evitar rastreo. Mantenlo fijado, respondió Harf. En cuanto se estabilice, quiero coordenadas exactas.

¿Entendido? A su lado, uno de los agentes revisaba un mapa digital. Si la señal se mantiene en Roma Norte, hay solo dos lugares con acceso a ese tipo de infraestructura. Una oficina abandonada del antiguo ministerio o un estacionamiento subterráneo en Álvaro Obregón. Harfuch no respondió, solo asintió pensando.

Luego habló con voz firme. Vamos por el estacionamiento. Si es móvil, necesitan potencia eléctrica constante. Los autos avanzaron sin sirenas, mezclándose entre el tráfico de madrugada. Al llegar, el primer equipo descendió. El aire olía humedad y aceite.

 Las luces del subterráneo estaban encendidas, aunque el lugar debía estar cerrado desde hacía semanas. Harf levantó la mano sin ruido. Entramos por el acceso lateral. Los agentes se desplegaron rápido. El sonido de las botas sobre el cemento era seco, calculado. Desde el auricular el técnico habló otra vez. Atención, la señal se estabilizó. Está justo debajo de ustedes. Piso dos. Harfuch asintió.

Vamos. Bajaron por una escalera metálica. En el segundo nivel, un zumbido eléctrico los recibió. Detrás de una pared de metal, un destello azul parpadeaba a intervalos. El agente que iba adelante se detuvo. Fuente de energía confirmada. Hay algo conectado aquí. Harf se acercó y empujó la puerta metálica. Lo que vio lo dejó en silencio.

 En el centro del pequeño cuarto había un equipo portátil de alta gama conectado a varias baterías. En la pantalla un mensaje se repetía una y otra vez. Transmisión parcial completada en espera de autenticación final. El técnico por radio lo confirmó. Ese es el servidor espejo. Si logran acceder antes de que cambie el código, pueden detener la copia restante.

 Harfuch se arrodilló frente al monitor y examinó los cables. Esto no fue improvisado, dijo. El sistema está diseñado para activarse en remoto. Uno de los agentes revisó el área. Comandante, esto parece haber sido armado hace días. No hay polvo, no hay huellas.

 Harf miró el temporizador en pantalla 2 minutos y 47 segundos antes de la siguiente transmisión. Conecten el bloqueador de señal. No permitiremos que el envío se complete. Un agente activó el dispositivo y el zumbido de interferencia llenó el cuarto. La pantalla parpadeó. El temporizador se detuvo en 036. Listo, anunció el técnico. La transmisión quedó congelada, pero justo cuando Harf se levantó, una línea nueva apareció en el monitor.

Autenticación en curso. Usuario Shane Baum C. Todos se miraron confundidos. Eso no es posible, dijo Harfush en voz baja. Ella no está conectada. El técnico respondió desde la base alarmado. Comandante, alguien está usando su identidad desde una ubicación desconocida. El ambiente se volvió irrespirable. La palabra Shane Baumse parpadeaba en el monitor como una sombra imposible.

 Harf se inclinó hacia la pantalla observando cada detalle del registro. Era la misma clave biométrica que solo la presidenta podía usar y, sin embargo, estaba activa desde otra dirección IP. Rastrea esa conexión, ordenó con voz tensa. El técnico respondió desde la base intentando, pero se enmascaran cada 3 segundos. Están usando un enrutador militar. Harf golpeó el borde del escritorio con el puño.

 No puede ser un simple hacker. Esto viene de adentro. Uno de los agentes revisaba las cajas de energía del servidor. Comandante, mire esto. Le mostró una de las etiquetas pegadas en los cables. Estos equipos fueron registrados como parte del inventario presidencial hace un mes. Harf apretó la mandíbula. Entonces, el material salió directamente del palacio. Nadie podría conseguirlo sin autorización interna.

 El técnico volvió a hablar. Ahora con tono urgente, comandante, la conexión remota acaba de transferir una firma digital. Están intentando validar la transmisión desde un segundo dispositivo y esa validación viene desde el despacho de la presidenta. El silencio cayó como un golpe. ¿Qué estás diciendo?, preguntó Harfush.

 Digo que según el sistema, la señal principal proviene del mismo punto donde está la presidenta ahora. Harf respiró hondo intentando mantener la calma. Eso es imposible. La tengo en línea privada desde hace 20 minutos. Nadie ha accedido a su terminal. El técnico insistió. Los registros no mienten. Alguien de su oficina está utilizando su acceso en este momento. El jefe de seguridad pensó rápido.

 Si la señal era auténtica, entonces Shainbow estaba en peligro. Si era una falsificación, alguien había logrado clonar su identidad digital. En cualquiera de los casos, el enemigo estaba demasiado cerca. Desconecten todo, ordenó. No quiero ni un byte más transmitido. El agente a su lado presionó el interruptor principal.

 La pantalla se apagó de golpe, dejando el cuarto en completa oscuridad, salvo por el sonido intermitente del bloqueador. De inmediato, Harfuch marcó a Shinbaum. Ella contestó al segundo timbre con la voz agitada. Omar, las luces se apagaron otra vez. Mi teléfono acaba de bloquearse solo. No toque nada, le advirtió.

 Están intentando usar su identidad digital para completar una transmisión. ¿Está con alguien más en el despacho? Hubo un silencio de 2 segundos que pareció eterno. “Sí”, dijo. Finalmente hay una persona del área técnica conmigo. Entró hace unos minutos para revisar la red. Harfich sintió el golpe de adrenalina. Salga de ahí ahora, presidenta.

 No hable más, solo salga y cierre la puerta. Se escuchó un ruido seco al otro lado de la línea, como si el teléfono hubiera caído. Luego nada. El auricular quedó en silencio absoluto. El silencio en la línea era insoportable. Harfush mantuvo el teléfono pegado al oído, escuchando solo un zumbido leve. El sonido del vacío. No cortó la llamada. Sabía que cada segundo podía marcar la diferencia entre salvar o perderlo todo.

 “Presidenta, ¿me escucha?”, dijo en voz baja, casi conteniendo la respiración. Nada, ni un suspiro, ni un movimiento, solo un ecoestático. El técnico desde la base habló con urgencia. La señal de su línea privada acaba de cortarse, pero la transmisión remota sigue activa desde el mismo punto. Harf entendió de inmediato.

 Quien estuviera en esa oficina no solo había suplantado la identidad digital de Shinbaum, sino que ahora tenía acceso directo a su entorno físico. Prepárenme la línea de emergencia dos, gritó mientras se ponía el auricular táctico secundario. Los agentes en el estacionamiento lo rodearon atentos a cada palabra. Comandante, ordenamos extracción inmediata. preguntó uno.

 No todavía, respondió. Si el intruso tiene acceso al despacho, podría estar armado o manipulando los sistemas desde adentro. Si entramos sin coordenadas precisas, la ponemos en peligro. El técnico interrumpió. Comandante, detecto dos señales en la misma habitación, una estática y otra móvil.

 La móvil se acerca al punto donde estaba el teléfono presidencial. Eso confirma que no está sola. Dijo Harfuch. Apretó los dientes y habló al radio. Unidad Delta. Acérquense al despacho de la presidenta sin luces, sin armas a la vista. Entren solo cuando escuchen mi orden. Subió al vehículo con paso firme mientras el auricular emitía interferencia.

 ¿Alguna novedad de la señal móvil? Preguntó el técnico. Respondió rápido. Se detuvo. Y ahora hay lectura térmica fija. Podría significar que uno de los dos dejó de moverse. El rostro de Harfuch se endureció. ¿Qué temperatura? 34 grados estables, bajando lentamente. Esa cifra bastó para entenderlo todo. No es un dispositivo dijo en voz baja. Es una persona. El silencio volvió a llenar el canal.

 En el fondo, uno de los agentes lo observaba esperando instrucciones. Comandante, procedemos con intervención total. Harf asintió sin dudar. Sí, pero nadie dispara a menos que la presidenta esté en riesgo directo. Quiero comunicación abierta en todo momento.

 Mientras el convoy giraba hacia la avenida principal, una nueva alerta apareció en el tablero táctico del vehículo. Era un mensaje encriptado, sin remitente, con una sola línea. Demasiado tarde. La autenticación ya fue completada. El técnico lo confirmó. Pálido. Comandante, la transmisión parcial del servidor acaba de terminar. El archivo fue liberado. Harfush cerró el puño con fuerza. Liberado. ¿A dónde? El técnico tecleó desesperado.

 No lo sé, pero el receptor está en una red internacional. No tenemos jurisdicción. El jefe de seguridad apoyó los codos sobre las rodillas, respirando con control, aunque por dentro todo ardía. Entonces, la jugada final no era el robo, era el mensaje. Uno de los agentes lo miró confundido.

 ¿Qué mensaje? Harfush levantó la vista, que ya estaban adentro desde antes de que sonara el teléfono a las 3 de la mañana. El silencio se hizo total. Nadie habló más. El vehículo aceleró hacia la residencia, mientras en el horizonte la primera luz del amanecer apenas asomaba entre los edificios, fría y silenciosa. El convoy avanzó a máxima velocidad hacia la residencia presidencial.

 Harf iba en el asiento delantero revisando las transmisiones tácticas que parpadeaban en su tableta. Todo el sistema de comunicación interna estaba comprometido. Interferencias, desconexiones aleatorias, mensajes duplicados. Era evidente que el enemigo no solo conocía la infraestructura, la estaba controlando. Unidad Delta Reporta en posición, ordenó.

 Una voz respondió entrecortada por la estática. En el perímetro norte no hay movimiento visible, pero los sensores térmicos marcan dos cuerpos dentro del despacho. Uno inmóvil. Harf apretó la mandíbula. Repita eso. Confirmado. Uno está inmóvil. El otro camina de un lado a otro cerca de la ventana. El técnico desde la base habló enseguida. Comandante, la transmisión remota se detuvo por completo.

 No hay más salida de datos, pero el canal sigue abierto como si esperaran una respuesta. Una respuesta. Repitió Harf. Sí. El servidor está activo esperando una señal de confirmación. El jefe de seguridad entendió lo que eso significaba. El atacante no buscaba robar información, sino provocar una reacción, un movimiento específico que completara la operación. Si respondemos, ejecutan el cierre.

 Su voz fue baja, controlada, pero cargada de tensión. El vehículo frenó frente a la entrada lateral de la residencia. Harf bajó primero, revisó su arma y ajustó el auricular. Entramos. Código silencio. El equipo se deslizó por el pasillo hasta el ala presidencial. El eco de sus pasos era apenas un susurro.

 A lo lejos se escuchaba el zumbido irregular del sistema eléctrico intentando reiniciarse. Al llegar a la puerta del despacho, Harf levantó la mano sin disparar hasta que confirme visual. El primer agente colocó una microcámara bajo la rendija. La imagen apareció en el monitor portátil. La presidenta Shainba recostada en el suelo con un corte leve en la frente.

 Frente a ella, un hombre de traje oscuro hablaba por un teléfono satelital ajeno a la presencia del equipo. Objetivo visualizado susurró el agente. Está viva. Harfuch observó detenidamente la escena. El hombre tenía una placa en el cinturón y aunque la imagen era borrosa, se alcanzaban a leer las letras sec nal seguridad nacional.

“¿Reconocen al sujeto?”, preguntó uno de los agentes de confianza, se acercó y frunció el ceño. Sí, es el subsecretario técnico de inteligencia, Luis Nera. El nombre cayó como una piedra. Harfush lo conocía bien. Había trabajado con él en operaciones conjuntas meses atrás. Era parte del círculo más cercano a la presidenta.

 Él fue quien aprobó el último protocolo de acceso biométrico dijo el técnico por radio confirmando lo que todos temían. Tiene copia autorizada del código de autenticación presidencial. Harf bajó la cabeza unos segundos. No necesitaba más pruebas. Entonces fue él, murmuró. Orden de intervención, preguntó el agente junto a la puerta. Harf levantó la vista.

Negativo. Si disparamos puede activar el cierre remoto. Necesitamos tomarlo con vida hizo una seña. Dos agentes se colocaron a los lados de la entrada. Otro cubrió la salida secundaria. A mi señal, entramos, apretó el auricular. Unidad alfa, tenemos visual del traidor. Mantengan silencio. Esto termina ahora.

Harf levantó tres dedos. Los agentes lo observaron tensos con el arma lista. Dos. Uno. Empujó la puerta con fuerza. La madera chocó contra la pared y el ruido retumbó en toda la habitación. Policía. Manos arriba ahora, gritó. El hombre del traje oscuro giró de inmediato sorprendido.

 El teléfono satelital cayó al suelo y rodó hasta quedar cerca del cuerpo de la presidenta. Harfush lo reconoció al instante. Era, sin duda, Luis Nera. Su expresión no era de miedo, era de control absoluto. Baje el arma, Nera, dijo Harfuch avanzando con paso firme. Terminó tu juego. Nera sonrió levemente sin levantar las manos. Llegas tarde, Omar. Ya todo está hecho.

 Nadie más va a salir de aquí”, replicó. “Entregue el dispositivo y colóquese de rodillas”. El subsecretario dio un paso atrás lento, casi calculado. “¿No entiendes? Esto no es un ataque, es una limpieza.” “Limpieza.” Harf lo apuntó directo al pecho.

 “¿Estás usando la red presidencial? Robando información clasificada y poniendo en riesgo la seguridad nacional.” “Esa reda,”, respondió Njera sin titubiar. Yo solo cerré el círculo. Detrás de Harfuch, uno de los agentes se acercó a la presidenta que comenzaba a recobrar la conciencia. “Está respirando”, susurró Harf. No apartó la mirada del traidor. “¿Qué hiciste, Nájera?” El hombre alzó las manos despacio, pero su tono seguía siendo sereno, casi provocador.

 “¿Lo que tú nunca te atreviste a hacer?” Exponer la verdad. “¿Qué verdad?”, preguntó Harf endureciendo la voz. que el sistema no es seguro, que los mismos que juran protegerlo lo usan para espiarse entre ellos, que los protocolos que tú ejecutas fueron creados para mantener a la presidenta vigilada desde el primer día. El silencio se hizo pesado, incluso los agentes se miraron entre sí confundidos.

 Nera continuó, “Ustedes creen que respondieron a un intento de intrusión, pero el verdadero intruso fue ella hace meses cuando autorizó el acceso total, solo que no lo sabía.” Harfuch apretó el gatillo apenas lo suficiente para que el sonido metálico llenara el aire. “Si estás mintiendo, te juro que no sales de aquí.

” “No necesito mentir”, dijo Náera levantando lentamente el teléfono del suelo. “Todo está aquí. La llamada de las 3 de la mañana fue el detonante. Ella marcó sin saber que al hacerlo activaba el protocolo final. ¿Qué protocolo? Nera sonrió apenas. El que cierra la cadena, el que borra todo y a todos. Harfuch avanzó un paso decidido a quitarle el teléfono, pero en ese instante la pantalla del dispositivo se encendió sola. Mostraba una cuenta regresiva.

 Ces 155. ¿Se activa algo? Gritó uno de los agentes. Nera miró el contador sin moverse. No puedes detenerlo, Omar. Lo intenté. Harfush se lanzó hacia delante, lo empujó al suelo y tomó el teléfono. Corte la energía del despacho ahora, ordenó al auricular. El técnico respondió desde la base alarmado. No podemos.

 El sistema de emergencia se reactivó solo. Está bloqueado desde dentro. El contador bajó a 00707. Nera lo miró desde el suelo jadeando. Ojalá lo entiendas algún día se cato tercar 3. Harf arrojó el teléfono contra el suelo con fuerza. El dispositivo se partió, pero la pantalla siguió parpadeando. Cero oro. CEO.02.

 El jefe de seguridad se cubrió sobre la presidenta y gritó. Todos al suelo. El último número desapareció. Un destello blanco iluminó el despacho, un sonido seco sordo retumbó en el aire. Luego, silencio. Solo el zumbido eléctrico volvió a escucharse. Segundos después, las luces titilaron. Harfush abrió los ojos lentamente.

 No había fuego, no había humo, solo el teléfono destrozado en el piso y un mensaje en letras rojas que ahora cubría la pantalla rota. Protocolo completado. Sistema gestorado. Archivo eliminado. El despacho estaba en ruinas. El silencio era tan profundo que se podía escuchar el chasquido del vidrio roto sobre el suelo.

 Las luces parpadeaban, el aire olía ozono y metal quemado. Harf se incorporó lentamente aturdido. Frente a él, la presidenta Shane Baum abría los ojos con dificultad. ¿Qué y pasó?, preguntó con voz débil. Harf la ayudó a sentarse, revisando que no tuviera heridas graves. Está a salvo, presidenta. El sistema ejecutó un protocolo. Borraron todo.

Ella miró alrededor, todavía confundida. Borraron. ¿Qué cosa? Él respiró hondo intentando ordenar las ideas. Toda la red interna, servidores, registros, transmisiones. Es como si nada de esta noche hubiera existido. El técnico desde el auricular confirmó la gravedad. Comandante, lo verificamos. No hay rastro de los archivos, ni siquiera en los servidores espejo. Todo fue eliminado de raíz.

 ¿Y el atacante? Preguntó Harfuch volviendo la mirada hacia donde estaba Náera. El hombre yacía inconsciente junto a la pared, rodeado por dos agentes. Tenía un golpe en la cabeza, pero seguía respirando. Harfuch se acercó, lo observó unos segundos y dijo en voz baja, “Quiero que lo lleven a un sitio seguro. Nadie lo toca hasta que yo lo interrogue.

” Los agentes asintieron. Shain Baum lo miró con el rostro pálido. Porque alguien de mi equipo haría algo así. Harfush la observó en silencio. Sabía que decir la verdad sería tan duro como enfrentarla. Porque esto no era solo una filtración. Era una purga interna. Nera lo dijo.

 Alguien quería borrar toda evidencia y usaron su propia llamada para activar el protocolo final. La presidenta se cubrió el rostro con las manos. Entonces, ¿todo esto empezó conmigo? No respondió él con voz firme. Empezó mucho antes. Usted solo lo descubrió. Ella lo miró con la voz temblorosa.

 ¿Y qué queda ahora? Harfuch miró el teléfono destruido en el suelo. Nada, solo nosotros y lo que recordamos. El técnico volvió a intervenir. Comandante, ¿hay algo más? Tras el apagado del sistema, una transmisión externa intentó reconectarse, pero no logró entrar, solo dejó un fragmento de texto. ¿Qué decía?, preguntó Harf. Ustedes no entienden. Esto apenas comienza. La presidenta lo escuchó petrificada.

 Eso vino del mismo servidor. Sí, respondió el técnico. Misma ruta, misma firma digital, pero ya no hay forma de rastrearla. Harfuch se levantó, se acercó a la ventana rota y miró hacia el horizonte. El amanecer asomaba sobre la ciudad, bañando de luz los edificios aún silenciosos. “Desconéctenlo todo”, dijo finalmente. “Quiero esta red fuera de línea hasta nuevo aviso. Nadie entra ni sale.” Se giró hacia Shanbau.

 Alguien quiso demostrar que tiene el poder de borrar la historia, pero no contaba con algo que seguimos vivos para contarlo. Ella asintió lentamente, comprendiendo el peso de sus palabras. El sonido distante de las sirenas comenzó a llegar desde las calles. El día empezaba, pero nada volvería a ser igual. El sol. Los rayos entraban por las ventanas rotas del despacho, iluminando el polvo suspendido en el aire.

 Todo parecía detenido en ese instante, como si el amanecer observara en silencio las consecuencias de una noche que nadie olvidaría. Harf permanecía de pie junto a la ventana con el auricular aún en el oído, aunque ya no había nadie al otro lado de la línea.

 A su espalda, los agentes trabajaban en silencio, retirando cables, apagando los últimos equipos que seguían parpadeando. En el suelo, el teléfono destruido de Nágera seguía mostrando el mismo mensaje en la pantalla fragmentada. Protocolo completado. La presidenta Shinbaum se acercó lentamente. Tenía la mirada firme, pero cansada. ¿Se puede recuperar algo?, preguntó sabiendo la respuesta.

No, respondió Harf sin girarse. Todo fue eliminado, incluso los respaldos ocultos. Solo quedaron las copias físicas y probablemente ya las estén buscando también. Ella guardó silencio por unos segundos. Entonces no fue solo un ataque digital, fue una advertencia. Harf asintió.

 Sí, querían demostrar que pueden entrar, borrar y desaparecer sin dejar rastro y que ni siquiera la presidencia puede protegerse de ellos. Ellos? Preguntó ella, ¿quiénes son exactamente? Harf la miró con seriedad. Los mismos que estaban dentro desde el principio, los que creamos para protegernos. El silencio volvió a llenar la sala.

 La presidenta respiró hondo y caminó hacia el escritorio, donde todo había comenzado con una llamada a las 3 de la mañana. posó la mano sobre la superficie fría y dijo con voz casi susurrada, “Si fue una advertencia, la escuché, pero no voy a detenerme.” Harfush se acercó con el rostro firme. “Entonces debemos reconstruir todo desde cero, sin los viejos nombres, sin los viejos sistemas, solo con gente en la que pueda confiar.” Ella lo miró directamente. “Empieza hoy.” El jefe de seguridad asintió. Así será.

 Por un momento, ambos quedaron en silencio mirando el horizonte. La ciudad despertaba ajena a todo lo que había ocurrido durante esas horas. Nadie sabría lo que realmente pasó ni quién estuvo detrás. Pero para ellos, la madrugada había dejado una marca imposible de borrar, la certeza de que el enemigo no siempre llega desde fuera, sino que muchas veces viste el mismo uniforme y habla en el mismo tono de lealtad.

Harfuch guardó su arma, se giró hacia la puerta y dijo con voz firme, sin mirar atrás, que nadie hable de esto. Lo que pasó esta noche nunca existió. Salió del despacho. La presidenta se quedó sola unos segundos observando el teléfono roto sobre el piso. Luego lo cubrió con una carpeta y susurró, “Pero yo sí lo recordaré.

” El reloj marcaba las 6:17 de la mañana. El caso había terminado, pero la guerra apenas comenzaba. Esa madrugada no fue un episodio aislado, fue una demostración de poder, silenciosa y precisa que dejó al descubierto una verdad incómoda. Incluso en los niveles más altos del gobierno, la vulnerabilidad puede ser total.

 Lo que parecía una simple llamada de emergencia se convirtió en un mensaje directo, imposible de ignorar. El sistema se restauró, sí, pero la confianza quedó destruida y a partir de esa noche ni Shain Baum ni Harf volverían a dormir igual. Queridos oyentes, si esta historia te atrapó, te invito a suscribirte al canal para no perderte los próximos videos.

 Hasta la próxima.