CRIMEN EN MÉXICO: escapada romántica en noche de lluvia y un SECRETO que la policía no pudo EXPLICAR

 

Guadalajara. 3 meses antes del desaparecimiento, Ana Paula y Miguel llevaban 6 años juntos. 6 años que alguna vez fueron perfectos. Pero algo había cambiado. Las discusiones se hicieron frecuentes. Las noches tranquilas se convirtieron en silencios incómodos. Ya no se miraban como antes, ya no se tocaban como antes y ambos lo sabían.

 Miguel trabajaba en una empresa de logística. Ana Paula era diseñadora gráfica freelance. Vivían en un departamento pequeño cerca de la Minerva. Un lugar que antes parecía suficiente, ahora se sentía estrecho, asfixiante, cuando comenzó a romperse todo. Ninguno de los dos podía señalar un momento exacto.

 Tal vez fueron los meses de estrés, tal vez fue la rutina, o quizás fue algo más profundo, algo que ninguno de los dos quería admitir. Una noche de octubre, después de otra pelea sin sentido, Miguel propuso una idea. “Necesitamos salir de aquí”, dijo. “Necesitamos tiempo juntos, lejos de todo esto.” Ana Paula lo vi, “Pero había algo en su voz, algo desesperado, algo real.

 Podría un fin de semana salvarlos.” Decidieron ir a Tapalpa, un pueblo mágico en la sierra, tranquilo, alejado, perfecto para desconectar. Miguel encontró una cabaña en las montañas, pequeña, rústica, aislada. Es justo lo que necesitamos, insistió Ana Paula. aceptó, aunque una parte de ella dudaba que un viaje pudiera arreglar lo que llevaban meses rompiendo, reservaron tres noches. Saldrían el viernes por la tarde, llegarían antes del anochecer.

Pasarían el fin de semana solos, sin distracciones, sin peleas, solo ellos dos. Pero antes de partir, algo extraño sucedió. El jueves por la noche, Miguel recibió un mensaje. Ana Paula no lo vio. Él revisó su celular en el baño. Su rostro palideció por un segundo.

 Cuando salió, actuó como si nada hubiera pasado. Pero Ana lo conocía bien. Algo lo había inquietado. ¿Todo bien? Preguntó ella. Sí, todo perfecto, respondió Miguel guardando el teléfono. ¿Qué contenía ese mensaje? El viernes llegó, cargaron el coche con lo esencial, ropa, comida, vino. Miguel parecía nervioso. Revisaba el espejo retrovisor con frecuencia.

 Ana Paula lo notó, pero no dijo nada. Tal vez solo era ansiedad por el viaje, tal vez era el tráfico o tal vez había algo más. Salieron de Guadalajara alrededor de las 5 de la tarde. El camino hacia Atapalpa era serpenteante. Montañas verdes, niebla ligera. silencio entre ellos, pero no del tipo incómodo. Era un silencio diferente, expectante. Ana Paula puso música.

 Miguel conducía concentrado. De vez en cuando ella lo miraba de reojo. Quería que esto funcionara. Necesitaba que funcionara. Llegaron a Tapalpa cerca de las 7. El pueblo estaba tranquilo. Pocas personas en las calles. El aire frío les recordó que estaban en la sierra. La cabaña estaba a unos 20 minutos más adelante en un camino de terracería.

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 Ana Paula miró por la ventana. El bosque parecía infinito, denso, misterioso, porque este lugar se sentía tan vacío. Finalmente, después de 20 minutos que se sintieron como una eternidad, llegaron. La cabaña era exactamente como en las fotos, madera oscura, techo inclinado, ventanas pequeñas, un porche con dos sillas viejas rodeada completamente por árboles. No había vecinos.

 No había señal de celular fuerte, solo ellos y el silencio del bosque. Es perfecta, dijo Ana Paula intentando sonar entusiasmada. Miguel asintió, pero su mirada seguía desvisó su teléfono otra vez. Nada, sin señal. Descargaron las maletas rápidamente.

 El interior de la cabaña era acogedor, una chimenea de piedra, un sofá gastado, una mesa de madera maciza, dos habitaciones pequeñas. La cocina era básica, pero funcional. Todo olía a pino y humedad. “Voy a prender la chimenea,”, dijo Miguel. Ana Paula comenzó a organizar las cosas, guardó la comida en la pequeña nevera, abrió las ventanas para ventilar. Afuera el cielo se oscurecía.

 Rápidamente las nubes se veían pesadas. ¿Por qué el clima se sentía tan amenazante? Esa noche cenaron en silencio, pasta simple, vino tinto. Miguel parecía tenso. Cada ruido del exterior lo hacía voltear. Ana Paula intentó iniciar conversación, pero él respondía con monosílabos. ¿Estás bien?, preguntó ella finalmente. Sí, solo cansado del camino. Pero Ana Paula sabía que no era eso.

Había algo más, algo que él no quería decir. Después de cenar, se sentaron en el sofá frente a la chimenea. El fuego crepitaba. La temperatura había bajado considerablemente. Afuera comenzó a llover. Primero fueron gotas suaves, luego se intensificó. En minutos la lluvia golpeaba el techo con fuerza.

 El viento ahullaba entre los árboles. La cabaña crujía ligeramente. “Menos mal que llegamos antes de esto”, dijo Ana Paula. Miguel no respondió. Miraba las llamas de la chimenea, perdido en sus pensamientos. ¿Qué ocultaba Miguel? La lluvia no cesaba, era una tormenta intensa. El tipo de tormenta que te hace sentir pequeño, vulnerable.

 Ana Paula se acurrucó en el sofá. Intentó disfrutar del momento, pero algo no se sentía bien. La atmósfera era pesada, cargada. Cerca de las 11 de la noche, Ana Paula escuchó algo, un ruido extraño, diferente al de la lluvia o el viento, algo metálico, como pasos en el lodo. ¿Escuchaste eso?, preguntó Miguel. Se puso alerta. ¿Qué cosa? ese ruido, como si alguien estuviera afuera.

 Miguel se levantó, caminó hacia la ventana, miró a través del cristal empañado, no vio nada, solo oscuridad y lluvia. “No hay nada”, dijo. “Probablemente un animal.” Pero Ana Paula no estaba convencida. El ruido se repitió, esta vez más cerca, como si alguien caminara alrededor de la cabaña. “¡Miguel, hay algo ahí afuera.

” Él suspiró irritado. Ana, es solo la tormenta. Los animales buscan refugio cuando llueve así. Realmente era solo un animal. Ana Paula se quedó en silencio. Miguel regresó al sofá, pero entonces escucharon algo más. Esta vez fue claro, inconfundible. Pasos pesados en el lodo, justo afuera de la puerta principal.

Miguel se levantó de inmediato, su rostro cambió. Ya no había irritación, ahora había algo más. Miedo, preocupación. Quédate aquí, ordenó. ¿Qué vas a hacer? Voy a revisar, Miguel. No. Pero él ya había abierto la puerta. La lluvia entró violentamente. El viento apagó algunas velas. Ana Paula se quedó paralizada observando como Miguel salía al porche.

 “¡Hola!”, gritó Miguel hacia la oscuridad. “¿Hay alguien ahí? Silencio, solo lluvia.” Miguel bajó los escalones del porche. Caminó unos metros. Ana Paula lo veía desde la puerta, su silueta iluminada apenas por la luz de la cabaña. “¡Miguel, regresa!”, gritó ella, pero él continuó caminando. Desapareció entre la oscuridad.

 ¿Por qué Miguel no regresaba? Ana Paula esperó un minuto, 2 minutos, tres. La lluvia seguía cayendo, el viento seguía aullando, pero Miguel no volvía. Miguel, gritó desde la puerta. Nada, Miguel. Silencio absoluto. El pánico comenzó a apoderarse de ella. Agarró una linterna del estante, salió al porche.

 La lluvia la empapó instantáneamente, iluminó con la linterna hacia donde había visto a Miguel por última vez. Miguel, por favor, responde. Nada. Bajó los escalones. Sus pies se hundieron en el lodo. Caminó unos metros. La linterna apenas iluminaba unos pasos adelante. Todo era oscuridad y lluvia. Entonces vio algo. Huellas, huellas de botas.

 Las de Miguel seguían un camino recto hacia el bosque. Ana Paula la siguió. Cada paso la alejaba más de la cabaña. Cada paso la adentraba más en la oscuridad. Las huellas continuaban claras, profundas, pero entonces algo imposible. Las huellas terminaban. ¿Cómo podían simplemente desaparecer? Ana Paula iluminó el área completa, buscó en todas direcciones. Nada.

 Las huellas de Miguel terminaban abruptamente en medio de un claro pequeño, como si él hubiera desaparecido en el aire. “No, no, no!”, susurró Ana Paula sintiendo como el miedo se convertía en terror. Gritó su nombre una y otra vez. Su voz se perdía en la tormenta. Corrió en círculos, revisó detrás de los árboles.

 Buscó cualquier señal, cualquier pista, pero Miguel no estaba. Había desaparecido. Ana Paula regresó corriendo a la cabaña. Temblaba de frío y miedo. Buscó su celular desesperadamente, sin señal. Intentó llamar de todas formas. Nada. probó con el teléfono fijo de la cabaña. No había tono. Estaba sola, completamente sola, en medio de la sierra, en medio de una tormenta, y su novio había desaparecido sin dejar rastro.

 ¿Qué había pasado realmente ahí afuera? Ana Paula se derrumbó en el piso llorando, temblando. No entendía nada. ¿Cómo era posible? Miguel había salido hace solo minutos. había gritado su nombre y ahora simplemente no estaba. Intentó calmarse, pensar, razonar. Tal vez él había corrido tras algo o alguien. Tal vez se había resbalado y estaba herido en algún momento.

 Pero las huellas terminaban, simplemente terminaban. se obligó a levantarse. Revisó todas las habitaciones de la cabaña. Tal vez Miguel había regresado por otro lado. Tal vez estaba haciendo una broma cruel, pero no. La cabaña estaba vacía. Afuera la tormenta rugía con más fuerza. Ana Paula se sentó junto a la puerta abrazando sus rodillas, esperando, rogando que Miguel regresara, que esto fuera una pesadilla, que todo tuviera una explicación lógica. Pero las horas pasaban y Miguel no volvía.

 ¿Dónde estaba Miguel? A las 3 de la mañana, la tormenta comenzó a calmarse. Ana Paula seguía despierta, alerta, asustada. Cada ruido la hacía saltar. Cada crujido la ponía en tensión. Tenía que hacer algo. Tenía que pedir ayuda. Pero, ¿cómo? No había señal, no había vecinos. La cabaña estaba en medio de la nada.

 Decidió esperar hasta el amanecer. Entonces caminaría hasta Tapalpa, buscaría ayuda. La policía, alguien. Pero entonces escuchó algo que heló su sangre. Un golpe en la puerta suave, deliberado. Ana Paula se congeló. Su corazón latía violentamente. Miguel, susurró. Otro golpe más fuerte se levantó lentamente. Caminó hacia la puerta. Miguel, ¿eres tú? Silencio.

Abrió la puerta lentamente. Afuera no había nadie. Solo oscuridad, lluvia ligera, niebla densa. Pero en el suelo, justo frente a la puerta, había algo. El celular de Miguel. empapado, con la pantalla rota. ¿Cómo había llegado ahí? Ana Paula lo recogió con manos temblorosas. Nada. Estaba completamente muerto. Miró hacia el bosque. La niebla era tan densa que apenas podía ver unos metros adelante.

 “Miguel”, llamó en voz baja y entonces, desde la profundidad del bosque, escuchó algo que nunca olvidaría. Un susurro casi imperceptible, una sola palabra. Corre. Ana Paula retrocedió hacia la cabaña, cerró la puerta de un golpe, empujó una silla pesada contra ella. Sus manos temblaban incontrolablemente. El celular de Miguel seguía en su mano. Empapado, inservible.

 ¿Quién había susurrado esa palabra? Miguel. Alguien más se quedó de pie, paralizada escuchando. Afuera solo había silencio. La lluvia había cesado casi por completo. La niebla cubría todo como un manto espeso. Tenía que salir de ahí. Tenía que llegar a Tapalpa, buscar ayuda. Agarró las llaves del coche, su mochila, su propio celular.

 Revisó la señal una vez más, una barra débil, pero algo marcó. 911. Por favor, por favor, por favor”, susurró mientras esperaba. La llamada entró. Un timbre. Dos, tres. Emergencias. ¿Cuál es su situación? Ana Paula casi soyó de alivio. Mi novio desapareció. Estamos Estábamos en una cabaña cerca de Tapalpa. Salió y no regresó. Hace horas. No sé qué pasó.

Necesito ayuda. Por favor. llegaría la ayuda a tiempo. El operador intentó calmarla, le pidió la ubicación exacta. Ana Paula dio todos los detalles que pudo recordar. El nombre de la cabaña, el camino de terracería, las referencias que Miguel había usado para llegar.

 Señorita, vamos a enviar una unidad, pero con el clima y la ubicación puede tomar un tiempo. Está en peligro inmediato. No sé, no lo sé. Él salió y desapareció. Sus huellas terminaban en medio del bosque, como si hay alguien más con usted, ¿no? Estoy sola. De acuerdo. Manténgase dentro de la cabaña con las puertas cerradas. La ayuda va en camino. La llamada se cortó.

La señal se perdió otra vez. Anna Paula se quedó sentada en el suelo, abrazando sus rodillas, mirando la puerta, esperando. Cada segundo se sentía como una eternidad. Las horas pasaron lentamente. La madrugada se convertía en amanecer. Una luz gris y débil comenzó a filtrarse por las ventanas.

 La niebla seguía densa. Eran casi las 7 de la mañana cuando finalmente escuchó motores, voces, pasos. Policía, ¿hay alguien aquí? Paula corrió hacia la puerta, la abrió de golpe. Dos oficiales estaban en el porche. Un hombre mayor con bigote canoso. Una mujer joven de rostro serio. Soy yo. Yo llamé mi novio. Miguel. Desapareció anoche.

 ¿Por qué habían tardado tanto? Los oficiales entraron, le hicieron preguntas. Ana Paula les contó todo. La tormenta, los ruidos. Miguel saliendo, las huellas que terminaban en la nada, el celular apareciendo misteriosamente. El oficial mayor, que se presentó como comandante Morales, la escuchó con atención. Tomó notas.

 Su expresión era neutral, profesional. Señorita, necesito que nos muestre exactamente dónde vio las huellas por última vez. Ana Paula los guió afuera. El lodo estaba más seco ahora. Caminaron hacia el lugar donde las huellas de Miguel habían terminado la noche anterior, pero cuando llegaron no había nada.

 El suelo estaba irregular, húmedo, pero no había huellas claras, solo marcas difusas, indefinidas. Estaban aquí”, insistió Ana Paula. “las vi, eran claras, profundas y terminaban justo aquí.” Morales y su compañera, la oficial Ramírez, intercambiaron una mirada. “La lluvia pudo haberlas borrado,” dijo Ramírez. “No, no entienden. Esto fue hace horas, antes de que dejara de llover fuerte.

” Morales caminó alrededor del área, inspeccionó los árboles, el suelo, las ramas y dice que solo encontró el celular de él. Sí, estaba en la puerta cuando volví. ¿Alguien más sabe que estaban aquí? Ana Paula pensó, “No, solo nosotros.” Bueno, el dueño de la cabaña, supongo. ¿Por qué esa pregunta parecía tan cargada? Regresaron a la cabaña.

 Morales hizo más preguntas. Habían discutido. Miguel había mencionado irse, tenía problemas, deudas, enemigos. Ana Paula respondió todo con honestidad. Sí, habían tenido problemas, pero no no creía que Miguel se hubiera ido voluntariamente.

 ¿Y usted no salió de la cabaña después de que él desapareció?, preguntó Ramírez solo para buscarlo. Cuando vi las huellas y no vio a nadie más, no, solo escuché algo. Un susurro. Los oficiales se miraron otra vez. Señorita Ortega, dijo Morales en tono calmado pero firme. Vamos a hacer una búsqueda completa del área. También necesitamos revisar algunas cosas aquí en la cabaña.

 ¿Nos da su permiso? Sí, claro, lo que necesiten, solo encuentren a Miguel. Durante las siguientes horas, más unidades llegaron. Perros de búsqueda, equipos de rescate, peinaron el bosque, rastrearon kilómetros. Los perros siguieron olores que los llevaban en círculos. Nada concreto. Ana Paula esperaba en la cabaña bebiendo café que Ramírez le había preparado, temblando, agotada, pero incapaz de cerrar los ojos.

 “¿Cuánto tiempo llevan juntos?”, preguntó Ramírez, sentándose frente a ella. 6 años. Y este viaje fue idea de ¿quién? De Miguel. Quería quería que pasáramos tiempo juntos arreglar las cosas. ¿Por qué cada pregunta se sentía como una acusación? Ramírez anotó algo. Él estuvo nervioso en el viaje. Actuó extraño. Ana Paula asintió. Sí, sí, estuvo extraño. Revisaba su celular todo el tiempo como si como si esperara algo.

 Le mencionó qué no me dijo nada. Morales entró en ese momento. Sostenía algo en su mano, una bolsa de evidencia. Encontramos esto en el bosque, a unos 50 met de aquí. Era una chamarra, la chamarra de Miguel. Ana Paula sintió que el mundo se detenía. Esa es esa es de él. Estaba usándola cuando salió. Sí, sí estaba. Estaba colgada en una rama limpia. años.

 Las horas pasaron, la búsqueda continuó, pero no encontraron más rastros de Miguel. Era como si se hubiera evaporado. Por la tarde, Morales le pidió a Ana Paula que los acompañara a la estación en Tapalpa solo para tomar su declaración oficial, explicó. Pero su tono había cambiado. Era menos amable, más formal. En la estación la interrogaron durante horas, las mismas preguntas una y otra vez, pero con más insistencia, más detalles, más presión.

 ¿Segura que no pelearon antes de que saliera? No, ya les dije. ¿Y no lo siguió usted afuera? Solo después, cuando no regresó. ¿Por qué esperó tanto para llamar? No había señal. ¿Cuántas veces tengo que explicarlo? Morales se inclinó hacia delante. Señorita Ortega, entiendo que esto es difícil, pero necesito que sea completamente honesta conmigo.

 ¿Hay algo que no nos esté diciendo? Les he dicho todo. ¿Por qué la trataban como sospechos? Ramírez entró con una laptop, la colocó en la mesa frente a Ana Paula. Revisamos el celular de Miguel, estaba dañado, pero pudimos recuperar algunos datos. Ana Paula sintió un escalofrío y recibió varios mensajes anónimos en los días previos al viaje. ¿Sabía de esto? Mensajes.

 ¿Qué mensajes? Ramírez giró la pantalla hacia ella. Había capturas de pantalla, mensajes de un número desconocido. Sé lo que hiciste. No puedes esconderte. Guadalajara ya no es seguro para ti. Van a encontrarte. Ana Paula leyó con incredulidad. No, no sabía nada de esto. Miguel nunca me lo mencionó. ¿Estás segura? Sí.

 ¿Por qué me lo ocultaría? Morales tomó la palabra. Esa es una muy buena pregunta. ¿Por qué alguien ocultaría amenazas a su pareja a menos que tuviera algo que esconder? Ya había ocultado Miguel. Ana Paula sintió náuseas. No lo sé. No entiendo nada de esto. El último mensaje, continuó Ramírez, fue enviado el jueves por la noche, un día antes de que vinieran aquí. Decía, “Tapalpa no te salvará.

” El mundo de Ana Paula se desmoronó. Miguel sabía. Sabía que estaba en peligro y aún así la había traído aquí. ¿Por qué? Investigaron el número, preguntó ella. Es un teléfono desechable, sin registrar, imposible de rastrear. La investigación tomó otro rumbo. Ya no buscaban a un hombre perdido en el bosque.

 Ahora buscaban motivos, conexiones, enemigos. ¿Quién amenazaba a Miguel? ¿Por qué? ¿Qué había hecho? Ana Paula no tenía respuestas, solo más preguntas. Y cada hora que pasaba la miraban con más sospecha. Esa noche la dejaron ir, pero con la advertencia de no salir de Tapalpa. “La necesitamos disponible para más preguntas”, dijo Morales.

 Ana Paula rentó un cuarto en un hotel pequeño del pueblo. Se sentó en la cama agotada, confundida, asustada. Miguel había desaparecido y ahora descubría que él tenía secretos, amenazas, una vida paralela que ella desconocía. ¿Quién era realmente Miguel? Al día siguiente, Morales la llamó a la estación otra vez. Tenían más información y no era buena.

 Revisamos las cámaras de tráfico en la carretera hacia Tapalpa”, explicó. Hay una cámara en el último punto antes del desvío a la cabaña. Ana Paula esperó. El video muestra su coche llegando el viernes a las 7:15 pm. Sí, eso es correcto. Pero hay algo extraño. Morales reprodujo el video en su computadora.

 El coche de Miguel aparecía en pantalla. Pasaba lentamente por la cámara. ¿Ven algo inusual?, preguntó Ramírez. Ana Paula miró con atención. No, no veo nada. Exacto. No se ve nada porque solo aparece una persona en el coche. Ana Paula frunció el seño. No entiendo. Usted, señorita Ortega, solo aparece usted. Miguel no está en el video.

 ¿Cómo era eso posible? Eso es eso es imposible. Él manejaba, yo iba de copiloto, pues la cámara muestra algo diferente. Solo la vemos a usted manejando sola. Ana Paula sintió pánico. No hay un error. La cámara está mal. Revisaron mal el video. Lo revisamos varias veces, incluso aumentamos la imagen. Solo hay una persona en ese coche. Pero él estaba ahí. Yo no manejé. Miguel manejó todo el camino.

 Morales cerró la laptop. Señorita Ortega, ¿comprende lo grave que es esto? ¿O las cámaras están mintiendo, lo cual es técnicamente imposible, o usted no está diciéndonos la verdad? Yo no miento. No sé qué pasó con esa cámara, pero Miguel estaba conmigo. Ramírez intervino. También tenemos las imágenes de la cámara exterior de la cabaña. El dueño la instaló hace un año por seguridad.

Ana Paula no sabía que había cámaras y muestran su llegada a las 7:45 pm aproximadamente y otra vez solo la vemos a usted bajando del coche, sacando maletas, entrando a la cabaña. Miguel no aparece en ningún momento. ¿Dónde estaba Miguel en esas imágenes? Eso es imposible, completamente imposible. Él bajó las maletas conmigo, prendió la chimenea, cenamos juntos.

¿Hay alguien que pueda corroborar eso?, preguntó Morales. Estábamos solos, por eso vinimos aquí. El silencio llenó la habitación. Ana Paula sentía que estaba perdiendo la razón. ¿Cómo podía explicar algo que no tenía explicación? ¿Hay más?”, dijo Morales con voz grave.

 Recibimos reportes de personas que aseguran haber visto a Miguel. Ana Paula sintió esperanza. ¿Dónde? ¿Cuándo? El viernes por la noche, en Ciudad Guzmán, a casi una hora de donde ustedes estaban. Eso es imposible. Dos testigos independientes lo identificaron en una gasolinera alrededor de las 9 pm.

 ¿Y están seguros que era él? Les mostramos su foto. Ambos lo reconocieron. ¿Cómo podía Miguel estar en dos lugares al mismo tiempo? Ana Paula negó con la cabeza. No, no tiene sentido. Nada de esto tiene sentido. También, continuó Ramírez. Otra persona reportó haberlo visto subiendo a un coche negro desconocido en las afueras de Tapalpa. Cerca de la medianoche.

Coche negro. ¿Qué modelo? Placas. El testigo no pudo dar detalles. Estaba oscuro, lloviendo. Cada nueva información era más confusa que la anterior. Las versiones se contradecían, los videos no cuadraban, los testimonios se anulaban. Era como si Miguel hubiera sido borrado de la realidad, pero dejando rastros contradictorios a propósito. Morales se levantó.

 Vamos a continuar la investigación, pero señorita Ortega no puede salir del estado y necesito su cooperación total. Ana Paula salió de la estación sintiéndose más perdida que nunca. La trataban como sospechosa, los videos la incriminaban, los testigos no ayudaban y Miguel seguía desaparecido. ¿Qué estaba pasando realmente? regresó al hotel, se encerró en su habitación, intentó recordar cada detalle de esa noche, cada conversación, cada gesto.

Miguel había estado ahí, lo había visto, tocado, hablado con él o no. Su mente comenzó a dudar. El agotamiento, el estrés, era posible que no podía pensar así. Él había estado ahí. Pero entonces, ¿por qué las cámaras decían lo contrario? Al tercer día de la desaparición, Morales la llamó otra vez. Necesitaban que regresara a la cabaña. Habían encontrado algo.

 Ana Paula llegó con el estómago revuelto. Equipos forenses rodeaban la propiedad. Morales la esperaba en la entrada. Encontramos esto en el piso, debajo del sofá. Era un papel doblado, una nota escrita a mano. La letra era de Miguel. Ana Paula la reconoció al instante. Morales desdobló el papel.

 Las palabras estaban escritas con prisa, casi ilegibles. Si algo me pasa, no fue un accidente. Ana Paula sintió que sus piernas cedían. Ramírez la sostuvo. ¿Cuándo? ¿Cuándo escribió esto? Susurró. No lo sabemos. Pero basándonos en la posición y el polvo alrededor, probablemente horas antes de desaparecer. ¿Qué sabía Miguel que ella no sabía? La nota cambiaba todo.

 Si algo me pasa, no fue un accidente. Palabras escritas con prisa, con miedo, con certeza de que algo malo iba a suceder. Morales guardó la nota en una bolsa de evidencia. Esto confirma que Miguel sabía que estaba en peligro. ¿Pero de quién? Preguntó Ana Paula. Su voz apenas un susurro.

 ¿De qué tenía miedo? Eso es lo que necesitamos averiguar. Los forenses continuaron revisando cada centímetro de la cabaña. Tomaron huellas, muestras, fotografías. Ana Paula observaba desde afuera sintiendo como su vida se desmoronaba. Ramírez se acercó. Necesito hacerle más preguntas sobre la relación de ustedes. Ya les he dicho todo.

 Miguel alguna vez mencionó problemas en el trabajo, dinero, algo ilegal. Ana Paula negó. No, él trabajaba en logística nada más. Era aburrido, rutinario. Y amigos, ¿alguien con quien tuviera conflictos? No, que yo supiera. Miguel era reservado, pero no tenía enemigos. O sí los tenía. Ramírez anotó algo.

 El dueño de la cabaña llegará en una hora. Quiere hablar con nosotros. Cuando el dueño apareció era un hombre de unos 60 años, rostro curtido, manos grandes. Se presentó como don Fermín. Llevo rentando esta cabaña 15 años, explicó. Nunca había pasado algo así. Nunca, preguntó Morales con tono inquisitivo. Don Fermín dudó. Bueno, hubo un par de incidentes, pero nada grave.

 ¿Qué tipo de incidentes? Gente que se quejaba de ruidos, de sombras, cosas que asustaban, pero supersticiones. ¿Sabe? La gente de ciudad se asusta fácil en el bosque. Alguien más desapareció aquí. Don Fermín se puso pálido. No, no de esta cabaña. Exactamente. ¿Qué estaba ocultando? Morales presionó. Don Fermín, necesito que sea específico. El hombre suspiró.

 Hace como 10 años, una pareja desapareció, pero no en mi propiedad. Fue en el lado norte del bosque, a kilómetros de aquí. ¿Qué pasó? Nunca los encontraron. La policía dijo que probablemente se perdieron. Murieron de hipotermia. El bosque es peligroso de noche. ¿Hubo otros casos? Don Fermín asintió lentamente. Sí.

 otros tres en diferentes años, siempre en noches de tormenta, siempre cerca de esta zona. Pero como le digo, el bosque es traicionero. Ana Paula sintió un escalofrío, cuatro desapariciones en 10 años, todas en la misma área, todas en tormentas. Era coincidencia. Morales ordenó a su equipo investigar los casos anteriores. Mientras tanto, la búsqueda de Miguel continuaba, pero cada hora que pasaba, las esperanzas disminuían.

 El cuarto día llegó un especialista de la Ciudad de México, un criminólogo llamado Drctor Vargas. Tenía experiencia en casos complejos, desapariciones extrañas. revisó toda la evidencia, los videos, los testimonios, la nota, el celular. “Hay patrones que no cuadran”, dijo después de horas de análisis.

 “Los videos muestran una cosa, los testigos dicen otra y la evidencia física es contradictoria.” “¿Qué sugiere?”, preguntó Morales. O estamos ante un crimen muy bien planeado o hay factores que no estamos considerando. ¿Qué factores? Doctor Vargas entrevistó a Ana Paula. Sus preguntas eran diferentes, más profundas, más psicológicas. ¿Cómo describiría su estado mental esa noche? Estaba nerviosa, preocupada.

Queríamos arreglar nuestra relación. Consumió alcohol, medicamentos, solo vino en la cena, no mucho. Y Miguel, él también, tal vez un poco más. Doctor Vargas tomó notas. Durmió bien las noches previas al viaje. No mucho estaba estresada. Miguel mencionó sentirse seguido, vigilado.

 Ana Paula pensó, “No explícitamente, pero en el camino revisaba mucho el espejo, como si como si esperara ver algo o a alguien.” “Sí, tal vez.” El doctor Vargas revisó el celular roto de Miguel otra vez. Los técnicos habían logrado recuperar más datos, llamadas, mensajes, ubicaciones. “Hay algo interesante aquí”, dijo Miguel. Hizo varias búsquedas en internet días antes del viaje sobre qué? Desapariciones en Tapalpa, casos sin resolver, leyendas urbanas de la región.

 ¿Por qué Miguel investigaba eso? Ana Paula sintió confusión. ¿Por qué haría eso? Eso me pregunto yo también, ¿sabía él algo sobre esta zona? No, que me dijera. El doctor Vargas continuó. También buscó información sobre testigos protegidos, programas de identidad nueva, formas de desaparecer sin dejar rastro.

 El corazón de Ana Paula se detuvo. ¿Qué? Según el historial, lo buscó el martes, tres días antes de venir aquí. No, no entiendo. Miguel quería desaparecer. Es una posibilidad que debemos considerar. Pero Ana Paula no podía creerlo. Si Miguel quería irse, ¿por qué escribir una nota advirtiendo de peligro? ¿Por qué traerla a ella? Nada tenía sentido.

 Esa tarde, mientras Ana Paula caminaba por el pueblo intentando aclarar su mente, alguien la detuvo. Una mujer rostro arrugado. Ojos penetrantes. Tú eres la muchacha de la cabaña dijo. Sí, deberías irte de aquí. Este lugar no es seguro. ¿Qué sabía esta mujer? ¿Por qué dice eso? La mujer miró alrededor como asegurándose de que nadie escuchara. Han pasado cosas, cosas que la policía no entiende. Gente que viene y no regresa.

 ¿Sabe algo sobre mi novio? No, pero sé que este bosque tiene secretos y no son naturales. Ana Paula sintió frustración. Secretos. ¿Qué significa eso? Significa que no siempre hay explicaciones lógicas. A veces las personas simplemente desaparecen. Antes de que Ana Paula pudiera preguntar más, la mujer se alejó rápidamente, desapareciendo entre las calles del pueblo.

 Al quinto día, Morales convocó una reunión. tenían nuevos hallazgos sobre los casos anteriores. “Revisamos los cuatro desaparecidos de los últimos 10 años”, explicó. Todos comparten características similares. ¿Cuáles? Parejas jóvenes entre 25 y 35 años. Todos desaparecieron en noches de tormenta y todos estaban hospedados en propiedades cercanas a esta cabaña.

Ramírez continuó. Pero hay algo más. En todos los casos, la última persona en verlos con vida reportó lo mismo. Salieron a revisar ruidos extraños y nunca regresaron. Paula sintió náuseas. Era exactamente lo que había pasado con Miguel. Y los cuerpos nunca encontraron ninguno, ni rastros, ni evidencia de lo que pasó.

 ¿Cómo era posible? El doctor Vargas intervino. Hay dos teorías. Primera, alguien o algo está operando en esta zona, aprovechando las tormentas para cometer crímenes. Y la segunda, que hay factores ambientales o geográficos que causan desorientación extrema, haciendo que las personas se pierdan fatalmente en el bosque, pero sin dejar rastro alguno. Es extremadamente raro, pero no imposible.

Morales agregó más información. También investigamos el pasado de Miguel, su trabajo, sus finanzas, buscando conexiones y encontramos algo. Miguel manejaba rutas de transporte para su empresa, incluyendo rutas a la frontera. Ana Paula frunció el seño. Sí, lo sé. Movía productos electrónicos.

 ¿Alguna vez mencionó irregularidades, productos no declarados? No. ¿Por qué? Morales dudó antes de responder, porque su empresa está siendo investigada por la fiscalía, sospechas de contrabando, uso de rutas legales para mover mercancía ilegal. Miguel estaba involucrado. Eso es eso es imposible. Miguel era honesto. No haría algo así. Tal vez no lo hizo voluntariamente. Tal vez descubrió algo y por eso lo amenazaron.

 Las piezas comenzaban a encajar, las amenazas, el nerviosismo, la búsqueda sobre desaparecer. Miguel había descubierto algo y alguien quería silenciarlo. “Pero, ¿por qué traerme aquí?”, preguntó Ana Paula. “¿Por qué arriesgar mi vida también? Tal vez no lo planeó. Tal vez pensó que estando lejos de Guadalajara estarían seguros.

” “O tal vez”, dijo doctor. Vargas necesitaba testigos. alguien que pudiera contar lo que pasó. Esa noche Ana Paula no pudo dormir. Su mente reproducía cada momento, cada conversación, cada detalle. Miguel sabía que estaba en peligro. Había investigado desapariciones, había recibido amenazas y aún así había decidido venir a un lugar donde otras personas habían desaparecido misteriosamente.

¿Por qué? Al sexto día, Ana Paula tomó una decisión. No podía confiar solo en la policía. Necesitaba respuestas. Necesitaba saber qué había pasado realmente. Decidió regresar a la cabaña sola. ¿Era eso una buena idea? Llegó al mediodía. El lugar estaba acordonado con cinta amarilla, pero no había oficiales.

Se deslizó por debajo de la cinta, entró a la cabaña. Todo estaba como lo habían dejado. Polvo forense en las superficies, muebles movidos, la chimenea apagada y fría. Ana Paula buscó, no sabía qué exactamente, pero algo, cualquier cosa que la policía hubiera pasado por alto. Revisó cajones, armarios, debajo de las camas, en el baño, en la cocina. Nada.

 Estaba por rendirse cuando notó algo. El sofá donde habían encontrado la nota de Miguel tenía un espacio pequeño en la parte de atrás, entre el respaldo y la pared. Se agachó, metió la mano y sintió algo, un objeto duro, pequeño, lo sacó. Era otro celular. ¿De quién era ese celular? No era el de Miguel.

 No era el de ella, era un teléfono viejo, un modelo básico. Lo encendió. tenía batería, la pantalla se iluminó, no tenía contraseña. Abrió la galería, había fotos, fotos de la cabaña del bosque y fotos de ella y Miguel llegando el viernes. Alguien los había estado vigilando.

 El pánico la invadió, revisó los mensajes, solo había uno, sin remitente, sin número. Ya están aquí. enviado el viernes a las 7:50 pm, justo después de que llegaran, Ana Paula sintió terror puro. Alguien sabía que estaban ahí, los estaba observando y había dejado este celular como, ¿qué? Evidencia, advertencia. Continuó revisando. Había grabaciones de audio, tres archivos. reprodujo el primero.

 Era ruido blanco, estática, luego voces distantes, ininteligibles. El segundo archivo era más claro. Una conversación, dos hombres, ¿cuándo? Esta noche, cuando oscurezca. Y la mujer no es parte del plan, solo él. ¿Quiénes eran esas voces? Ana Paula temblaba. reprodujo el tercer archivo. Este era diferente.

 Era la voz de Miguel susurrando, “Si alguien encuentra esto, necesitan saber la verdad. Me están siguiendo desde Guadalajara. Descubrí algo en el trabajo, algo que no debía ver. Pensé que viniendo aquí estaría seguro, pero me equivoqué. Si no regreso, busquen en mi locker del gimnasio. Código 2s 47. Ahí está toda la evidencia. La grabación continuaba. Ana no sabe nada.

 La traje porque pensé que estando conmigo estaría segura, pero ahora no estoy seguro. Si algo me pasa, por favor protéjanla. Ella es inocente en todo esto. Hubo una pausa. Luego Miguel continuó su voz quebrada. Los escucho afuera. Están aquí. Voy a voy a intentar salir, confrontarlos. No puedo esconderme para siempre. Más silencio, luego pasos, la puerta abriéndose, lluvia y entonces algo que heló la sangre de Ana Paula, una voz baja, distorsionada, como si viniera de todas partes y de ninguna. Tú no deberías estar aquí. Miguel respondió, “¿Qué

quieren? Puedo dar el dinero. Puedo borrar todo. Ya es muy tarde. Sonidos confusos. forcejeo. Un grito ahogado y luego nada. La grabación terminaba. ¿Qué había pasado después? Ana Paula estaba paralizada. El celular temblaba en sus manos. Miguel había grabado todo, su última conversación, su último momento.

 Pero, ¿quiénes eran esos hombres y por qué la voz sonaba tan extraña? Necesitaba llevar esto a la policía. Inmediatamente salió corriendo de la cabaña, subió a su coche, arrancó a toda velocidad hacia Tapalpa, pero en su prisa no notó algo. En el espejo retrovisor, un coche negro siguiéndola desde la cabaña, manteniendo distancia, pero siempre ahí quien la seguía.

 Ana Paula conducía rápido. El camino de terracería era peligroso, pero no le importaba. Necesitaba llegar al pueblo, a la policía a seguridad. El coche negro aceleró, se acercaba. Ana Paula presionó más el acelerador. Su corazón latía violentamente. Las curvas eran cerradas, peligrosas.

 El coche negro se acercaba más. Intentó ver las placas. estaban cubiertas intencionalmente quién era el coche se puso a su lado. Ana Paula no podía ver al conductor. Vidrios polarizados, completamente oscuros. Entonces el coche negro la envistió levemente, pero suficiente para hacerla perder control. El volante giró violentamente.

 Ana Paula intentó corregir, pero el camino era estrecho, el borde era pronunciado. El coche se salió del camino, rodó por una pequeña pendiente, se detuvo abruptamente contra un árbol. El airbag explotó. Todo se volvió negro. Ana Paula despertó. No sabía cuánto tiempo había pasado, segundos, minutos. Su cabeza pulsaba. El airbag estaba desinflado, el parabrisas sagrietado.

 Se tocó la cara, sangre, no mucha, un corte en la ceja. Intentó moverse, dolor en las costillas, pero nada roto, nada grave. Miró alrededor. El coche estaba inclinado contra un árbol. El motor seguía encendido. Humo salía del capó y entonces lo recordó. El coche negro. La habían sacado del camino. Intencionalmente seguían ahí.

 Ana Paula giró la cabeza rápidamente. No vio nada, solo árboles. Silencio. Intentó abrir la puerta. Estaba atascada. Empujó con fuerza. Finalmente se dio. Salió tambaleándose. Sus piernas apenas la sostenían. Se aferró al coche para mantener el equilibrio. El celular que había encontrado.

 ¿Dónde estaba? Lo buscó desesperadamente en el asiento, en el piso, bajo el airbag. Ahí estaba la pantalla rota, pero seguía encendido. Lo guardó en su bolsillo. Necesitaba llevarlo a la policía. Era evidencia. Prueba de que Miguel había sido atacado. Comenzó a subir la pendiente de regreso al camino. Cada paso era difícil, doloroso, pero continuó.

 Llegó al camino, miró en ambas direcciones, no había nadie. El coche negro había desaparecido. Comenzó a caminar hacia Tapalpa, cojeando con la mano presionando sus costillas. Después de 20 minutos, una camioneta se detuvo. Un hombre mayor bajó. Señorita, ¿está bien? ¿Qué pasó? Un accidente. Necesito llegar al pueblo. Súbase. La llevo. El hombre la ayudó a subir.

 Mientras conducía no dejaba de mirarla preocupado. Necesita un médico? No, policía. Necesito ir a la estación. ¿Podía confiar en este hombre? Llegaron al pueblo en minutos. El hombre la dejó frente a la estación. Ana Paula entró tambaleándose. Morales estaba ahí. Al verla. Su expresión cambió.

 Dios santo, ¿qué le pasó? Me sacaron del camino. Un coche negro me siguió desde la cabaña. ¿Qué hacía en la cabaña? Fui a buscar. Encontré algo. Sacó el celular del bolsillo. Esto estaba escondido. Tiene grabaciones, voces. Miguel grabó todo antes de desaparecer. Morales tomó el celular cuidadosamente. Ramírez apareció con un kit de primeros auxilios.

 comenzó a limpiar la herida de Ana Paula. Necesito que me cuente exactamente qué encontró”, dijo Morales. Ana Paula les contó todo, las fotos, los mensajes, las grabaciones, la voz distorsionada, la mención del locker del gimnasio. Morales escuchó en silencio. Luego reprodujo las grabaciones.

 La sala se llenó de tensión mientras escuchaban la última conversación de Miguel. Tú no deberías estar aquí. Cuando terminó, Morales y Ramírez intercambiaron miradas graves. Esto cambia todo, dijo Morales. Ya no es una desaparición, es un secuestro, posiblemente un asesinato. Asesinato. Ana Paula sintió náuseas.

 Había estado negándolo, aferrándose a la esperanza, pero la evidencia era clara. Miguel estaba muerto. Morales hizo llamadas, ordenó refuerzos. Unidades especiales. El caso ahora era prioridad máxima. Necesitamos ir a ese gimnasio, revisar el locker. Dijo, está en Guadalajara, gimnasio Fénix. Miguel iba tres veces por semana. Enviaré un equipo inmediatamente. Mientras esperaban, el doctor Vargas llegó.

 Revisó las grabaciones con atención profesional. La voz distorsionada podría ser un modulador, tecnología común usada para ocultar identidad. ¿Pero por qué? Preguntó Ana Paula. Porque quien hizo esto no quiere ser identificado, ni ahora ni nunca. Dos horas después recibieron noticias del equipo en Guadalajara. Habían encontrado el locker. Código 2847.

Dentro había documentos, fotos, USB, evidencia de una operación de contrabando masiva. La empresa de logística donde trabajaba Miguel era una fachada. Movían drogas, armas, personas. Miguel había descubierto todo. Había recopilado evidencia durante meses. Estaba preparándose para denunciarlos, pero ellos se enteraron y decidieron eliminarlo.

 ¿Quiénes eran ellos? El Dr. Vargas revisó los documentos digitalmente enviados. Esto involucra a gente poderosa, nombres conocidos, empresarios, políticos. No es solo una red criminal, es una estructura completa. ¿Y Miguel iba a exponerlo? Preguntó Ramírez. Sí, por eso lo amenazaron, por eso lo siguieron, por eso planearon esto. Ana Paula sintió rabia.

 Miguel había sido valiente, había intentado hacer lo correcto y lo habían matado por eso. Pero, ¿por qué aquí? Preguntó. ¿Por qué en Tapalpa Morales tenía una teoría? Porque este lugar tiene historial. Cuatro desapariciones previas, todas sin resolver. Era el lugar perfecto para hacer desaparecer a alguien más y culpar al bosque, a la tormenta, a lo sobrenatural.

 Entonces, las otras desapariciones, probablemente víctimas de la misma organización, personas que sabían demasiado, testigos, competidores, todo comenzaba a tener sentido. El patrón, las tormentas, el aislamiento, no era misterio, era método. Pero, ¿dónde estaba Miguel? Esa era la pregunta que nadie podía responder.

 Si lo habían matado, ¿dónde estaba el cuerpo? El bosque había sido peinado. Nada. Tal vez lo sacaron de la zona, sugirió Ramírez. El coche negro pudieron haberlo llevado lejos, enterrarlo en otro lugar. Oh, dijo doctor Vargas con tono sombrío, hay lugares en ese bosque que no hemos explorado. Cuevas, barrancos, áreas inaccesibles. La búsqueda se intensificó.

 Trajeron equipos especializados, georradar, perros entrenados para cadáveres, buzos para revisar cuerpos de agua cercanos. Nada. Miguel había desaparecido completamente, como si nunca hubiera existido. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses. Ana Paula tuvo que regresar a Guadalajara. La investigación continuaba, pero sin ella. Era testigo protegida. Ahora la organización sabía que ella tenía información. Le asignaron guardias.

cambió de domicilio. Vivía con miedo constante. Alguna vez volvería a sentirse segura. La fiscalía utilizó la evidencia de Miguel para desmantelar parte de la red, arrestos, cateos, pero los peces grandes escaparon. Abogados caros, influencias políticas. El caso mediático fue intenso. El desaparecido de Tapalpa.

Los noticieros no paraban de hablar. Teorías, especulaciones, programas de misterio explotando la historia. Ana Paula rechazó todas las entrevistas. No quería ser un espectáculo, solo quería respuestas, pero no la sabía. 6 meses después del desaparecimiento, Morales la llamó. Su voz sonaba cansada. Ana Paula, tengo que decirle algo. El caso lo van a archivar.

¿Qué? No tenemos más pistas, no tenemos cuerpo, no podemos procesar a nadie sin evidencia concreta de homicidio. Los fiscales dicen que que sin Miguel no hay caso. Iban a rendirse. No pueden hacer eso. Miguel está muerto. Ustedes saben que está muerto. Lo sé. Pero legalmente, sin cuerpo, sin testigos directos, sin confesión, no hay forma de proceder.

Ana Paula sintió que todo su mundo colapsaba. Miguel nunca tendría justicia. Sus asesinos seguirían libres. “Lo siento”, dijo Morales sinceramente. “Sé que esto no es lo que quería escuchar.” La llamada terminó. Ana Paula se quedó sentada en su nuevo departamento. Pequeño, seguro, vacío. Miguel nunca volvería. Eso lo había aceptado.

 Pero que no hubiera justicia, eso decidió dejar Guadalajara. No podía seguir ahí. Cada calle recordaba a Miguel. Cada lugar tenía memorias. Se mudó a Monterrey. Comenzó de nuevo. Nuevo trabajo, nueva vida, nuevo nombre. Pero las pesadillas nunca cesaron. Cada noche revivía esa última noche, los ruidos.

 Miguel saliendo, su voz gritando su nombre en la oscuridad y la pregunta que nunca tendría respuesta. ¿Qué pasó realmente ahí afuera? Un año después, Ana Paula recibió una llamada extraña, número desconocido. Normalmente no contestaba, pero algo la hizo responder. Hola. Silencio. ¿Quién es más silencio? Pero no silencio completo. Había algo, un sonido de fondo, lluvia. Ana Paula sintió terror instantáneo.

 ¿Quién es esto? La llamada se cortó. Su mano temblaba. Revisó el número. Era de Jalisco, de la zona de Tapalpa. Llamó a Morales inmediatamente. Le contó sobre la llamada. Morales investigó. rastreó el número y lo que encontró fue imposible. Ana Paula su voz sonaba perturbada. Ese número es de un teléfono público en Tapalpa, cerca de la cabaña.

 Y el teléfono fue destruido hace 6 meses en un accidente. Ya no existe. No debería poder hacer llamadas. ¿Cómo era posible? Debe ser un error. Dijo Ana Paula. Un glitch del sistema. Tal vez, pero hay algo más. Revisé los registros telefónicos de Miguel, su celular, el que encontramos. ¿Qué hay con él? Morales hizo una pausa larga. Cuando habló, su voz era apenas un susurro.

Dos semanas después de su desaparición, su celular hizo una llamada. Ana Paula sintió que el mundo se detenía. Eso es imposible. Su celular está en evidencia en la policía. Lo sé, pero los registros de la compañía telefónica muestran claramente una llamada saliente. Duración 15 segundos. Sin voz, sin ruidos. ¿A qué número llamó? Al teléfono fijo de la cabaña.

 El silencio llenó la línea. Ana Paula no podía respirar. Morales, ¿qué significa eso? Técnicamente es imposible, pero está en los registros. Una llamada desde el celular de Miguel, semanas después de desaparecer al lugar donde todo comenzó. ¿Quién hizo esa llamada? ¿Revisaron la cabaña? Sí, inmediatamente no había nada. El teléfono fijo estaba desconectado desde su desaparición.

No podría haber recibido llamadas. Entonces, ¿cómo no hay explicación lógica, Ana Paula? Es como si como si alguien o algo estuviera jugando con nosotros. Después de esa conversación, Ana Paula no durmió en días. No podía sacarse esa información de la cabeza.

 Una llamada desde un celular confiscado a un teléfono desconectado, desde un hombre desaparecido. ¿Era posible? decidió hacer algo que probablemente era una locura. Regresó a Tapalpa sola. A pesar de las advertencias. Necesitaba ver la cabaña una última vez. Necesitaba cerrar este capítulo. Llegó de noche. La cabaña seguía acordonada, abandonada. Nadie la rentaba ya. Don Fermín había cerrado el negocio.

 Ana Paula entró. La puerta estaba sin seguro. El interior estaba exactamente como lo recordaba, polvo, oscuridad, silencio. Se sentó en el sofá donde había estado esa última noche con Miguel. Cerró los ojos, intentó sentir algo, cualquier cosa, y entonces lo escuchó. El teléfono fijo sonando. ¿Cómo podía estar sonando? Ana Paula abrió los ojos bruscamente.

 El teléfono seguía en la pared, desconectado, sin cable, pero sonaba. Un timbre antiguo, metálico, imposible. Se levantó lentamente, caminó hacia el teléfono, su mano temblaba, levantó el auricular. Hola. Su voz era apenas audible. Silencio. Miguel, ¿eres tú? más silencio, pero había algo, un sonido de fondo, familiar, terrorífico, lluvia, no lluvia normal. Era la lluvia de aquella noche, la tormenta, el viento aullando.

Miguel, por favor, di algo. El sonido cambió. Ya no solo lluvia, había pasos pesados en lodo, exactamente como esa noche. Y entonces una voz distorsionada, casi inhumana, pero reconocible. Miguel, susurrando una sola palabra. Corre. La línea se cortó.

 Ana Paula dejó caer el teléfono, corrió hacia la puerta, salió de la cabaña, subió a su coche, arrancó a toda velocidad, no miró atrás, no se detuvo hasta llegar a Guadalajara. Esa fue la última vez que Ana Paula estuvo en Tapalpa. Nunca regresó, nunca habló públicamente del caso. Se cambió el nombre legalmente, se mudó al norte. comenzó una vida completamente nueva.

Pero cada noche de tormenta, cuando la lluvia golpea su ventana, ella escucha y a veces, solo a veces, su teléfono suena. Un número desconocido, sin voz, sin ruidos, solo lluvia. Y ella sabe, Miguel sigue ahí, en algún lugar entre la niebla y los árboles, entre lo real y lo imposible, esperando, llamando, sin poder regresar, sin poder irse, atrapado en esa última noche para siempre.

 El caso oficial permanece archivado. Miguel Sandoval, desaparecido, presunto, fallecido, sin cuerpo, sin justicia, sin respuestas, solo un misterio. Que el bosque guarda y la tormenta oculta. Cada vez que alguien pregunta por el caso, los oficiales locales niegan con la cabeza.

 Cosas del bosque dicen, “Nunca sabremos qué pasó realmente.” Pero hay quienes conocen la verdad o al menos parte de ella. Saben que Miguel descubrió algo. Saben que lo mataron por ello. Saben que su cuerpo nunca aparecerá. Porque hay lugares en esa sierra, lugares que nunca devuelven lo que toman. Esa tormenta fue perfecta para hacer desaparecer a alguien sin dejar rastro, sin dejar pruebas, solo preguntas y una última llamada desde un celular confiscado a una cabaña abandonada con un mensaje imposible, una llamada sin voz, sin ruidos, solo lluvia.