Daniela y Veronica desaparecieron en Toluca — nadie imaginó dónde terminarían

 

La mañana del 15 de octubre de 1987 amaneció fría en Toluca con esa neblina característica que envolvía las calles del centro de la ciudad como un manto gris. Daniela Morales, de 16 años, se despidió de su madre con un beso rápido en la mejilla mientras tomaba su mochila escolar. Regreso temprano, mamá.

Verónica y yo vamos a estudiar para el examen de historia después de clases”, le dijo ajustándose la bufanda azul que tanto le gustaba usar. Su madre, Elena, apenas levantó la vista del desayuno que preparaba para su esposo. “Cuídense mucho, hija, y salúdame a la señora Patricia cuando veas a Verónica.

 Antes de continuar con esta historia, me gustaría pedirte que te suscribas a nuestro canal y nos cuentes en los comentarios desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo nos ayuda a seguir trayendo estas historias que necesitan ser contadas. Verónica Castillo vivía a tres cuadras de distancia en una casa de dos pisos pintada de color verde claro que destacaba entre las construcciones más modestas del barrio.

 Las dos amigas se habían conocido en la secundaria técnica número 47 y desde entonces eran inseparables. Daniela era la más extrovertida de las dos, siempre con una sonrisa fácil y planes aventureros. Mientras que Verónica era más reflexiva la que pensaba dos veces antes de actuar, esa combinación las convertía en el dúo perfecto para cualquier travesura adolescente.

 Esa mañana, como tantas otras, Verónica esperaba a su amiga en la esquina de la calle Morelos con independencia. Llevaba puestos sus tenis blancos favoritos, los que había conseguido después de meses de ahorrar el dinero que su padre le daba para el camión. Su cabello castaño estaba recogido en una cola de caballo que se mecía mientras caminaba de un lado a otro esperando.

 Cuando vio a Daniela acercarse por la calle empedrada, le gritó, “Ja, llegaste. Pensé que tu mamá no te iba a dejar salir por lo de ayer. El día anterior, Daniela había llegado tarde a casa después de haber acompañado a Verónica al centro de Toluca para comprar material para un proyecto escolar.

 Se habían entretenido viendo los escaparates de las tiendas en el portal Madero, especialmente una boutique que vendía ropa que ellas consideraban muy sofisticada para sus 16 años. Elena Morales había regañado a su hija no tanto por la tardanza, sino por la preocupación constante que sentía cada vez que Daniela salía sola por las calles de la ciudad.

Mi mamá ya se le pasó el coraje”, respondió Daniela mientras ajustaba las correas de su mochila. Además, le dije que hoy íbamos a estar en tu casa estudiando, así que no va a preocuparse. Las dos amigas echaron a caminar hacia la escuela, conversando sobre el examen de historia mexicana que tenían programado para el viernes.

 La maestra, una mujer estricta llamada profesora Gutiérrez, era conocida por hacer preguntas muy específicas sobre fechas y nombres que pocas veces venían en el libro de texto. El día transcurrió con normalidad en la secundaria. Durante el recreo, las dos amigas se sentaron en una banca bajo los árboles del patio principal, compartiendo unos tacos de canasta que Verónica había comprado en el puesto de la esquina.

 Hablaron de sus planes para el fin de semana, de la película que querían ver en el cine Rex y de un chico de tercero de secundaria que le gustaba a Daniela, pero que apenas sabía de su existencia. ¿Ya le dijiste algo a Roberto?”, preguntó Verónica mientras mordía su taco. “Estás loca, ni siquiera sabe mi nombre”, respondió Daniela sonrojándose.

 “Pero ayer lo vi en el camión y creo que me volteó a ver.” “Ay, Daniela, tienes que hacer algo. Los de tercero se van a graduar en unos meses y después ya no lo vas a ver”, le aconsejó su amiga con la sabiduría de alguien que había leído demasiadas revistas románticas. Cuando sonó la campana que marcaba el final de las clases, las dos amigas recogieron sus cosas y se dirigieron hacia la salida.

 El plan era ir a casa de Verónica para estudiar, como le había dicho Daniela a su madre. Sin embargo, mientras caminaban por la calle Hidalgo, Verónica tuvo una idea que cambiaría sus vidas para siempre. Oye, ¿y si mejor vamos al parque Alameda? Hace muy buen día y en mi casa está mi tía Carmela visitando a mi mamá.

 Van a estar platicando toda la tarde y no vamos a poder estudiar con tanto ruido”, sugirió Verónica señalando hacia el cielo despejado que contrastaba con la neblina matutina. Daniela dudó por un momento. Sabía que sus padres esperaban que estuviera en casa de su amiga estudiando responsablemente, pero la idea de pasar la tarde en el parque disfrutando del sol de octubre le pareció mucho más atractiva que memorizar fechas de batallas que habían ocurrido décadas antes de que ellas nacieran.

 Bueno, pero solo un rato, accedió finalmente y nos llevamos los libros por si acaso. El parque Alameda central de Toluca era el lugar favorito de los jóvenes de la ciudad durante las tardes. Ubicado en el corazón del centro histórico, sus árboles frondosos y sus bancas de hierro forjado ofrecían el refugio perfecto para las parejas de novios, los estudiantes que hacían tarea y las familias que llevaban a sus hijos pequeños a jugar.

 Ese día había un ambiente especialmente animado. Un grupo de músicos tocaba canciones de José José cerca de la fuente central y varios vendedores ambulantes ofrecían desde algodones de azúcar hasta juguetes de plástico. Las dos amigas encontraron una banca disponible cerca del kiosco y extendieron sus libros sobre sus piernas, aunque sus ojos se distraían constantemente con todo lo que ocurría a su alrededor.

 Un grupo de muchachos de su edad jugaba fútbol en una zona de pasto desgastado y Daniela los observaba con interés, esperando secretamente que Roberto apareciera entre ellos. Mira, ahí viene el señor de los elotes, señaló Verónica hacia un hombre mayor que empujaba un carrito de metal humeante. ¿Traes dinero? Se me antoja uno con mayonesa y chile.

 Daniela revisó los bolsillos de su falda escolar y encontró algunas monedas. Tengo para dos, pero sin queso porque está muy caro. Se levantaron de la banca dejando sus libros marcados con pequeñas piedras. para que no se los llevara el viento y se acercaron al vendedor. “Dos elotes con mayonesa y chile, por favor”, pidió Daniela entregándole las monedas al Señor.

 Un hombre de unos 60 años con el rostro curtido por años de trabajo bajo el sol. “¿No van a la escuela, señoritas?”, les preguntó mientras preparaba los elotes con movimientos expertos. Está muy temprano para andar paseando. Ya salimos de clases, señor. Estamos estudiando aquí en el parque, respondió Verónica, señalando hacia la banca donde habían dejado sus cosas.

 El vendedor les entregó los elotes envueltos en servilletas de papel. Cuídense mucho, niñas. Últimamente han pasado cosas raras por aquí. Ayer unos muchachos me contaron que vieron a unos hombres en un carro sospechoso dando vueltas por el parque. Las dos amigas intercambiaron una mirada, pero no le dieron demasiada importancia al comentario.

 En sus mentes adolescentes, las advertencias de los adultos siempre parecían exageradas. Regresaron a su banca y se sentaron a comer sus elotes mientras observaban a las familias que paseaban y a los novios que se tomaban fotografías junto a la fuente.

 Alrededor de las 4 de la tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el poniente y la temperatura empezaba a descender, Daniela sugirió que era hora de regresar a casa. Mi mamá va a preguntar cómo me fue estudiando y si no me sé nada del examen, se va a dar cuenta de que no estuve en tu casa. Dijo mientras guardaba su libro de historia en la mochila.

 Verónica asintió, pero antes de levantarse señaló hacia el otro extremo del parque. Espérate, mira quién está allá. A lo lejos, cerca de la zona donde terminaba el parque y comenzaba la calle Villada, había un grupo de chicos que reconocían de la escuela. Entre ellos estaba Roberto, el muchacho que le gustaba a Daniela.

 “No puedo creer que esté aquí”, susurró Daniela, sintiéndose repentinamente nerviosa. “¿Cómo me veo? Tengo chile en los dientes.” “¿Te ves bien?”, la tranquilizó Verónica. “Vamos para allá.” Daniela dudó. Una parte de ella quería acercarse y tal vez, si tenía suerte, entablar una conversación con Roberto. Otra parte le decía que era mejor regresar a casa como habían planeado.

 Finalmente, la curiosidad adolescente ganó. Vamos, pero solo a saludar, decidió. se dirigieron hacia el grupo de muchachos caminando con esa mezcla de nerviosismo y emoción que caracteriza a las adolescentes cuando están cerca de alguien que les gusta. Roberto las vio acercarse y les sonríó, lo que hizo que Daniela sintiera mariposas en el estómago.

“Hola, ¿cómo están?”, les dijo Roberto con una sonrisa que dejó a Daniela sin palabras. Hola, logró responder Verónica, ya que su amiga parecía haberse quedado muda. Estábamos estudiando aquí en el parque. Estudiando en el parque. Qué buena idea! bromeó uno de los amigos de Roberto. Nosotros veníamos llegando del entrenamiento de fútbol.

 ¿Quieren acompañarnos a caminar un rato? Era exactamente la oportunidad que Daniela había estado esperando durante meses. Miró a Verónica, quien le devolvió una sonrisa cómplice. “Bueno, pero solo un ratito,” respondió finalmente Daniela encontrando su voz.

 El grupo comenzó a caminar por los senderos del parque, conversando sobre cosas intrascendentes, la escuela, los maestros, los exámenes que se acercaban. Roberto caminaba junto a Daniela haciendo bromas que la hacían reír más de lo necesario. Verónica conversaba con los otros muchachos, observando ocasionalmente a su amiga con una sonrisa divertida. Sin darse cuenta habían llegado hasta el extremo del parque, donde la calle Villada se extendía hacia los barrios más alejados del centro.

 El sol había descendido considerablemente y algunas farolas comenzaban a encenderse automáticamente. Era entonces cuando Daniela se dio cuenta de que habían pasado más tiempo del planeado. Verónica, ya es tarde, le dijo a su amiga señalando discretamente su reloj de pulsera. Tenemos que irnos. Ay, no se vayan todavía, protestó Roberto.

 Apenas estábamos comenzando a platicar bien. Es que nuestras mamás nos están esperando explicó Verónica, aunque también se notaba que no tenía muchas ganas de terminar esa tarde perfecta. “Y si las acompañamos a sus casas”, propuso uno de los muchachos. “Total, vivimos por el mismo rumbo.” Daniela y Verónica intercambiaron otra mirada.

 La propuesta era atentadora, pero también sabían que si llegaban acompañadas de muchachos, eso significaría problemas con sus padres y muchas preguntas incómodas. “No, mejor nos vamos solas”, decidió Daniela finalmente, “Pero nos vemos mañana en la escuela.” Está bien”, accedió Roberto, aunque se notaba decepcionado.

 “Cuídense mucho al caminar, ya está oscureciendo.” Las dos amigas se despidieron del grupo y comenzaron a caminar de regreso por la calle Villada hacia el centro de la ciudad. Daniela no podía ocultar su emoción. Roberto no solo había conversado con ella durante toda la tarde, sino que también había mostrado preocupación por su seguridad.

 Eso tenía que significar algo. ¿Viste cómo me miraba?, le preguntó a Verónica mientras caminaban bajo las farolas que comenzaban a iluminar las calles. Creo que realmente le gusto. Claro que le gustas, confirmó Verónica. Se notaba desde lejos. y mañana ya vas a tener pretexto para hablar con él. Estaban tan absortas en su conversación sobre Roberto y las posibilidades románticas que se abrían ante ellas, que no se dieron cuenta de que un automóvil se había detenido a unos metros detrás de ellas. Era un sedán de color azul

marino, modelo reciente, con los vidrios polarizados que impedían ver quién iba adentro. El conductor bajó el vidrio de la ventanilla del piloto y les gritó, “Oigan, señoritas.” Las dos se voltearon curiosas. El hombre que manejaba parecía tener unos 40 años, vestía camisa blanca y tenía un bigote bien cuidado.

 Su apariencia era la de cualquier hombre respetable de clase media de Toluca. “¿Van hacia el centro?”, les preguntó con una sonrisa amable. Está comenzando a llover y las puedo llevar. Es peligroso que caminen solas a estas horas.

 Efectivamente, habían comenzado a caer las primeras gotas de lo que prometía ser una lluvia típica de octubre en Toluca. Las dos amigas se miraron dudando. Sus madres siempre les habían dicho que nunca aceptaran aventones de desconocidos. Pero el hombre parecía inofensivo y el cielo amenazaba con descargar una tormenta que las empañaría completamente. No, gracias, respondió Verónica, recordando las advertencias familiares.

Ya casi llegamos. Como quieran dijo el hombre encogiéndose de hombros. Pero si cambian de opinión, ahí voy manejando despacio. El automóvil se alejó lentamente y las dos amigas continuaron caminando. La lluvia comenzó a intensificarse y pronto se dieron cuenta de que sus uniformes escolares se estaban empapando.

Los libros en sus mochilas también corrían peligro de dañarse con la humedad. Deberíamos habernos subido”, comentó Daniela mientras se cubría la cabeza con su suéter. Se veía como una persona normal. “Mi papá dice que los secuestradores siempre se ven como personas normales”, respondió Verónica, aunque ella también comenzaba a lamentar su decisión conforme la lluvia arreciaba.

 Llevaban caminando unos 10 minutos más cuando el mismo automóvil azul apareció de nuevo. Esta vez viniendo en dirección contraria. Se detuvo junto a ellas y el conductor bajó completamente el vidrio. “Miren cómo están de mojadas”, les dijo con tono paternal. “De verdad las puedo llevar.

 Mi hija tiene la misma edad que ustedes y no me gustaría que anduviera caminando bajo la lluvia. Esta vez la tentación fue demasiado fuerte. Estaban empapadas, tenían frío y aún les faltaba caminar al menos 15 minutos para llegar a sus casas. El hombre realmente parecía un padre de familia preocupado y su automóvil se veía limpio y bien cuidado.

¿A dónde van?, les preguntó. Al barrio de San Sebastián, respondió Daniela, refiriéndose al área donde ambas vivían. Perfecto. Yo voy exactamente para allá. Suban. Las dejo en sus casas. Verónica todavía dudaba, pero cuando vio que Daniela ya se acercaba a la puerta trasera del automóvil, decidió seguirla.

“Bueno, pero solo hasta el centro”, dijo mientras abría la puerta. Se subieron al asiento trasero del vehículo, sintiendo inmediatamente el alivio del aire caliente que salía de la calefacción. El interior del automóvil olía apino como si acabara de ser lavado. Y en el tablero había una pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe junto a lo que parecía ser una fotografía de una familia.

 ¿Estudian en la técnica 47? Les preguntó el conductor mientras arrancaba lentamente. Sí, ¿cómo lo sabe? Respondió Verónica, sorprendida. Por el uniforme. Mi hija estudió ahí hace algunos años. Excelente escuela. El hombre conducía con tranquilidad, respetando los señalamientos de tráfico y manteniendo una conversación casual. ¿Y qué tal sus calificaciones? Imagino que son estudiantes aplicadas.

Daniela y Verónica se relajaron completamente. El hombre parecía genuinamente interesado en su educación, como cualquier padre preocupado por el futuro de los jóvenes. Hablaron sobre sus materias favoritas, sobre los maestros más estrictos y sobre sus planes después de terminar la secundaria.

 Fue cuando llevaban unos 5 minutos de trayecto que Daniela se dio cuenta de que no estaban tomando la ruta correcta hacia el centro de Toluca. En lugar de continuar por la calle villada hacia el corazón de la ciudad, el conductor había tomado una desviación hacia una zona que ella no reconocía. “Oiga, señor”, le dijo con cierta preocupación en la voz.

 Creo que se equivocó de camino. Para ir al centro tiene que seguir derecho. No se preocupen respondió el hombre con la misma sonrisa amable de siempre. Conozco un atajo que las va a llevar más rápido. Hay mucho tráfico en las calles principales a estas horas. Verónica también había notado que el paisaje urbano comenzaba a cambiar.

 Los edificios del centro histórico habían dado paso a construcciones más dispersas y calles menos iluminadas. Una sensación de inquietud comenzó a formarse en su estómago. “Señor, en serio, preferimos que nos deje aquí”, insistió Verónica con un tono más firme. “Ya no está lloviendo tanto y podemos caminar.” “Claro que no, respondió el hombre y por primera vez su tono había perdido completamente la calidez paternal.

 Falta muy poco para llegar. Las dos amigas intercambiaron una mirada de terror. Se dieron cuenta simultáneamente de que habían cometido un error terrible. Daniela intentó abrir la puerta de su lado, pero descubrió que estaba trabada desde el tablero del conductor. Verónica hizo lo mismo con su puerta con el mismo resultado.

 “Déjenos bajar”, gritó Daniela, comenzando a golpear la ventana con los puños. “Auxilio, ¡Auxilio! ¡Cálmense! les dijo el hombre ahora con una voz completamente diferente, fría y amenazante. Si se portan bien, no les va a pasar nada malo, pero si siguen gritando, las cosas se van a poner muy difíciles para ustedes. El automóvil había llegado a una zona completamente desconocida para las dos muchachas.

 A través de las ventanas veían terrenos valdíos, construcciones a medio hacer y muy pocas casas habitadas. La lluvia había parado, pero el cielo seguía nublado y la visibilidad era limitada por la falta de alumbrado público. Verónica comenzó a llorar en silencio, mientras que Daniela continuaba intentando abrir las puertas o bajar las ventanillas.

 Ningún mecanismo respondía a sus intentos desesperados. se dio cuenta de que el automóvil había sido modificado específicamente para mantener a los pasajeros del asiento trasero como prisioneros. ¿Qué quiere de nosotras?, preguntó Daniela, tratando de mantener la voz firme a pesar del terror que sentía.

 “Ya lo van a saber”, respondió el hombre mientras continuaba manejando por calles cada vez más desiertas. Por ahora, solo quédense calladas y quietas. El trayecto continuó por lo que les pareció una eternidad, aunque probablemente fueron solo 20 o 30 minutos. Finalmente, el automóvil se detuvo frente a una casa de una sola planta, pintada de blanco, pero con la pintura descascarada y manchada por la humedad.

tenía una reja de metal en la entrada y todas las ventanas estaban cubiertas con cortinas gruesas que impedían ver el interior. El secuestrador apagó el motor y se volteó hacia las dos muchachas. Vamos a bajar muy despacio y sin hacer ruido les instruyó. Si intentan correr o gritar, las van a agarrar antes de que lleguen a la esquina y entonces las cosas van a ser mucho peores para ustedes.

 Abrió su puerta y caminó hacia la parte trasera del vehículo. Desde afuera activó algún mecanismo que permitió que las puertas traseras se abrieran finalmente. Daniela consideró por un momento hacer exactamente lo contrario de lo que les había dicho. salir corriendo y gritando con toda la fuerza de sus pulmones. Pero cuando miró a su alrededor se dio cuenta de que estaban en una zona completamente aislada.

Las casas más cercanas estaban a varios cientos de metros de distancia y no se veía una sola persona en las calles. “¡Bajen”, les ordenó el hombre. Con las piernas temblorosas, las dos amigas salieron del automóvil. Verónica seguía llorando, pero ahora lo hacía en silencio, limpiándose las lágrimas con la manga de su suéter escolar.

 Daniela mantenía una expresión desafiante, pero por dentro se sentía más asustada de lo que había estado jamás en su vida. El secuestrador las guió hacia la entrada de la casa, sacó un manojo de llaves de su bolsillo y abrió tanto la reja como la puerta principal. El interior estaba débilmente iluminado por una sola bombilla que colgaba del techo, de lo que parecía ser una sala muy básica, con muebles viejos y un olor a humedad que se metía en la nariz.

 “Siéntense ahí”, les dijo señalando un sofá desgastado de color café. y no se muevan hasta que yo regrese. Salió de la casa por unos minutos, durante los cuales las dos amigas permanecieron abrazadas en el sofá, susurrándose palabras de tranquilidad que ninguna de las dos sentía realmente. Daniela trataba de memorizar todos los detalles que podía.

 el color de las paredes, la disposición de los muebles, cualquier cosa que pudiera servirles más tarde para escapar o para ayudar a la policía a encontrarlas. Cuando el hombre regresó, traía consigo una bolsa de plástico con lo que parecían ser sándwiches y refrescos. “Coman algo”, les dijo dejando la bolsa sobre una mesa pequeña. “Van a necesitar mantener las fuerzas.

” “¿Para qué nos necesita?”, preguntó Daniela encontrando valor en la desesperación. Si quiere dinero, nuestras familias no tienen mucho, pero seguramente pueden conseguir algo. El hombre se sentó en una silla frente a ellas y las estudió con una expresión que era imposible de interpretar. Esto no es sobre dinero, dijo. Finalmente, ustedes van a ayudarme con un trabajo muy importante.

 Si cooperan y hacen exactamente lo que les digo, en unos días van a poder regresar con sus familias como si nada hubiera pasado. ¿Qué tipo de trabajo? Insistió Verónica hablando por primera vez desde que habían salido del automóvil. Ya lo sabrán mañana. Por ahora descansen. Hay un cuarto al final del pasillo donde pueden dormir.

 Tiene seguro por fuera, así que no pierdan el tiempo tratando de salir. Las condujo por un pasillo estrecho hasta una habitación pequeña que contenía dos catres con colchones delgados y una sola ventana muy pequeña, demasiado alta para alcanzarla y con barras de metal por fuera. En una esquina había un balde que evidentemente debían usar como baño. “Mañana temprano comenzamos”, les dijo antes de cerrar la puerta.

 El sonido del seguro girando desde el exterior confirmó que estaban completamente atrapadas. Mientras tanto, en Toluca, las familias de Daniela y Verónica comenzaban a preocuparse seriamente. Elena Morales había esperado a su hija hasta las 7 de la tarde, hora en que normalmente regresaba de casa de Verónica.

 Cuando pasaron las 8 sin noticias, decidió caminar hasta la casa de los Castillo para preguntar qué había pasado. Patricia Castillo recibió a Elena con sorpresa. Daniela, pensé que Verónica estaba en su casa estudiando con ella. Salió esta mañana diciendo que iban a pasar la tarde juntas, preparándose para un examen. Las dos madres se miraron con una mezcla de confusión y creciente alarma.

Si las niñas no estaban en casa de ninguna de las dos, ¿dónde habían pasado la tarde? Vamos a revisar en la escuela sugirió Elena. Tal vez se quedaron estudiando ahí más tiempo del normal. un caminaron rápidamente hasta la secundaria técnica 47, pero las instalaciones estaban completamente cerradas y no había rastro de las muchachas.

 Preguntaron a algunos vecinos del área si habían visto a las dos amigas, pero nadie recordaba haberlas visto después del horario normal de clases. regresaron a sus casas con la esperanza de que las muchachas hubieran aparecido en su ausencia, pero ambas viviendas estaban vacías. Los esposos que habían llegado de sus trabajos se unieron inmediatamente a la búsqueda.

Para las 10 de la noche, las dos familias habían recorrido todos los lugares habituales donde las muchachas solían pasar el tiempo. El parque Alameda, el centro comercial pequeño cerca de la escuela, la casa de otras amigas. Roberto Morales, el padre de Daniela, tomó la decisión de acudir a la policía. Ya pasaron demasiadas horas”, le dijo a su esposa.

 “Las niñas nunca han hecho algo así. Algo les pasó.” La comandancia de policía de Toluca recibió la denuncia de desaparición a las 11:30 de la noche. El oficial de guardia, un hombre mayor con años de experiencia en casos similares, tomó los datos con la seriedad que merecía la situación. En los últimos meses habían recibido reportes de varios intentos de secuestro en la zona central de la ciudad, aunque ninguno había sido confirmado.

 “Vamos a comenzar la búsqueda inmediatamente”, les aseguró a las familias. “Necesito que me den una descripción detallada de lo que llevaban puesto las muchachas, a qué lugares suelen ir, quiénes son sus amigos más cercanos.” El comandante Herrera, un hombre de unos 50 años que llevaba más de 20 trabajando en la policía de Toluca, se hizo cargo personalmente del caso.

 Había visto demasiadas situaciones similares como para subestimar la gravedad de la desaparición. Dos adolescentes responsables que desaparecían sin dejar rastro raramente estaban simplemente haciendo travesuras. Durante esa primera noche, patrullas de la policía municipal recorrieron toda la zona centro de Toluca, preguntando a taxistas, vendedores ambulantes y cualquier persona que pudiera haber visto a las muchachas durante la tarde.

 El vendedor de elotes del parque Alameda recordó haberlas visto alrededor de las 3 de la tarde comprando eles y conversando animadamente. Se veían bien normales”, le dijo a los policías. Hasta les dije que se cuidaran porque había escuchado de unos tipos sospechosos dando vueltas por aquí. Pero no creo que me hayan hecho caso. Los jóvenes nunca creen que les pueda pasar algo malo.

 Esa información confirmó las sospechas del comandante Herrera. Las muchachas habían estado en el parque durante la tarde, probablemente hasta el atardecer, y después habían desaparecido sin dejar rastro. Alguien las había interceptado en su camino de regreso a casa. La búsqueda se intensificó durante la madrugada.

 Voluntarios de ambas familias, vecinos y compañeros de clase se unieron a los esfuerzos oficiales. Registraron callejones, terrenos valdíos, construcciones abandonadas y cualquier lugar donde dos adolescentes pudieran estar escondidas o detenidas contra su voluntad. En la casa donde las tenían secuestradas, Daniela y Verónica pasaron la noche despierta, abrazadas en uno de los catres, tratando de consolarse mutuamente y planear alguna forma de escape.

 La ventana de su prisión improvisada daba hacia un terreno valdío y a través de ella podían escuchar ocasionalmente el sonido distante de vehículos pasando por una carretera. Tenemos que encontrar la manera de salir de aquí”, susurró Daniela en la oscuridad. “Mañana, cuando venga ese hombre vamos a estar preparadas.” “¿Pero cómo?”, respondió Verónica.

 “La puerta tiene seguro por fuera y la ventana tiene barrotes. Además, no sabemos dónde estamos ni qué tan lejos quedamos de Toluca. Tiene que haber una manera,” insistió Daniela. Y si no podemos escapar, al menos vamos a tratar de dejar pistas para que alguien nos encuentre.

 Pasaron las horas oscuras de la madrugada haciendo planes desesperados y tratando de mantenerse despiertas. Cada ruido que escuchaban las hacía sobresaltarse, esperando que fuera su secuestrador regresando o tal vez, en el mejor de los casos, que fuera la policía que finalmente las había encontrado. Pero cuando amaneció el 16 de octubre, seguían completamente solas en esa habitación fría y húmeda, con solo sus uniformes escolares del día anterior y el terror creciente de no saber qué les esperaba.

 El sol de esa mañana se filtró débilmente a través de la pequeña ventana con barrotes creando rayos de luz que cortaban la penumbra de la habitación donde Daniela y Verónica habían pasado la noche más larga de sus vidas. Ninguna de las dos había logrado dormir realmente. Habían permanecido despiertas, abrazadas, escuchando cada sonido que venía del exterior y preparándose mentalmente para lo que pudiera venir.

 Alrededor de las 7 de la mañana escucharon pasos acercándose por el pasillo. El sonido del seguro girando las hizo tensarse, pero trataron de aparentar calma cuando la puerta se abrió. El hombre que las había secuestrado apareció en el marco llevando una bandeja con lo que parecían ser bolillos y café.

 “Buenos días”, les dijo con una cordialidad falsa que resultaba más perturbadora que si hubiera sido abiertamente amenazante. “Espero que hayan descansado. Hoy va a ser un día muy importante para ustedes.” Dejó la bandeja en el suelo y se quedó parado junto a la puerta, observándolas. Coman algo. Van a necesitar energía para lo que viene. Daniela encontró valor para hablar. Nuestras familias ya deben estar buscándonos.

 La policía va a encontrar esta casa y usted va a tener muchos problemas. El hombre sonrió, pero no era una sonrisa agradable. Sus familias pueden buscar todo lo que quieran. Esta casa está registrada a nombre de alguien que murió hace 5co años y estamos lo suficientemente lejos de Toluca como para que tarden mucho tiempo en llegar hasta aquí.

 Se acercó más a ellas y tanto Daniela como Verónica se encogieron instintivamente. Pero si cooperan conmigo, en una semana van a estar de regreso en sus casas, contándoles a sus familias sobre las vacaciones inesperadas que se tomaron. ¿Qué quiere que hagamos?”, preguntó Verónica con voz temblorosa. Muy sencillo.

 Ustedes van a ayudarme a traer más niñas aquí. Van a ir a lugares donde hay muchachas de su edad. Van a hacerse sus amigas y van a convencerlas de que vengan conmigo. El horror de la propuesta las dejó momentáneamente sin palabras. No solo estaban secuestradas, sino que ahora las querían convertir en cómplices para secuestrar a otras niñas como ellas.

 “Jamás haremos eso”, exclamó Daniela, poniéndose de pie con los puños cerrados. “No vamos a ayudarle a lastimar a más personas.” La expresión del hombre cambió instantáneamente. Con un movimiento rápido, le dio una bofetada a Daniela, que la hizo caer de nuevo en el catre.

 No están en posición de negarse a nada, les dijo con voz fría, o me ayudan por las buenas o las cosas se van a poner muy difíciles para ustedes y para cualquier niña que traigan aquí después. Verónica comenzó a llorar de nuevo, pero Daniela se secó la sangre que le salía del labio y lo miró directamente a los ojos. Puede hacer lo que quiera con nosotras, pero no vamos a ayudarle a secuestrar a más niñas.

 El secuestrador las observó por unos momentos en silencio, como si estuviera evaluando su determinación. Finalmente asintió. Está bien. Veo que van a necesitar más tiempo para entender la situación. Salió de la habitación y volvió a ponerle seguro a la puerta desde afuera. Mientras tanto, en Toluca, la búsqueda de Daniela y Verónica había escalado considerablemente.

El comandante Herrera había solicitado apoyo de la policía estatal y equipos de búsqueda y rescate habían llegado desde la Ciudad de México para unirse a los esfuerzos. La desaparición de las dos adolescentes era ahora noticia en los periódicos locales y las estaciones de radio de la ciudad.

 Elena Morales y Patricia Castillo habían establecido un punto de coordinación en la escuela secundaria, donde voluntarios recibían ASAI naciones específicas para peinar diferentes sectores de la ciudad. Las madres de las muchachas habían organizado brigadas de búsqueda que trabajaban en turnos de 6 horas, distribuyendo fotografías y hablando con cualquier persona que pudiera haber visto algo sospechoso el día anterior.

El detective Fernando Aguirre, especialista en casos de personas desaparecidas que había sido asignado específicamente a la investigación, había comenzado a armar un perfil del posible secuestrador. Los testimonios de varios testigos confirmaban la presencia de un automóvil azul marino dando vueltas por el área del parque Alameda durante varios días previos a la desaparición.

Estamos buscando a alguien que conoce bien la zona, le explicó Aguirre al comandante Herrera durante la reunión matutina. Alguien que ha estado observando los patrones de movimiento de los jóvenes, especialmente las rutas que toman para regresar a sus casas después de la escuela. El detective había establecido un comando temporal en la secundaria técnica 47, donde entrevistaba a compañeros de clase de las muchachas tratando de reconstruir sus últimas horas antes de la desaparición. Fue ahí donde se enteró de

la conversación que habían tenido con el grupo de muchachos en el parque. Roberto, el chico que le gustaba a Daniela, se presentó voluntariamente para dar su testimonio. Estaba visiblemente afectado por la desaparición de las muchachas, especialmente porque él había sido una de las últimas personas en hablar con ellas.

 Se fueron como a las 5 de la tarde, le dijo al detective con voz entrecortada. Daniela parecía muy contenta. Estuvimos platicando toda la tarde. Les dijimos que las podíamos acompañar a sus casas, pero dijeron que mejor se iban solas. ¿Notaste algo extraño ese día? ¿Alguna persona que las estuviera observando o siguiendo?, preguntó Aguirre.

 Roberto pensó por un momento. Ahora que lo menciona, sí había un carro que pasó varias veces por donde estábamos, un sedán azul. Pensé que era alguien buscando estacionamiento, pero pasó como tres o cuatro veces mientras estuvimos ahí. Esta información coincidía perfectamente con los otros testimonios que había recabado el detective. El patrón estaba comenzando a ser claro.

Alguien había estado acechando el área, observando a las muchachas, y había esperado el momento perfecto para abordarlas cuando estuvieran solas y vulnerables. En la casa donde las tenían cautivas, el secuestrador había regresado al mediodía con un plan diferente. Durante la mañana había reflexionado sobre la resistencia que habían mostrado las muchachas y había decidido cambiar de estrategia.

 “He estado pensando en lo que me dijeron esta mañana”, les dijo cuando entró a la habitación. “Y tienen razón, no puedo obligarlas a hacer algo en lo que no creen.” Daniela y Verónica lo miraron con desconfianza. El cambio súbito de actitud les parecía sospechoso. Así que he decidido dejarlas ir”, continuó. “Pero primero necesito que me ayuden con algo muy pequeño. Solo necesito que una de ustedes venga conmigo por un par de horas para ayudarme a arreglar un problema que tengo. Después las llevo de regreso a Toluca y las dejo ir.

” “¿Qué tipo de problema?”, preguntó Daniela cautelosamente. Tengo que recoger algo en la ciudad, pero necesito que alguien joven me acompañe para que no se vea sospechoso. Solo eso. Después de eso, las dejo libres a las dos. Era obviamente una trampa, pero después de horas de estar encerradas en esa habitación, cualquier oportunidad de salir de ahí parecía valiosa.

 Daniela miró a Verónica y vio en sus ojos la misma desesperación que sentía ella. “Yo voy”, dijo Daniela finalmente. “Pero Verónica se queda aquí y usted nos promete que después de hacer lo que necesita nos va a llevar de regreso a nuestras casas.” Por supuesto, respondió el hombre con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Solo va a tomar unas pocas horas. Verónica tomó la mano de su amiga. No vayas, Daniela, es muy peligroso. Tengo que hacerlo le respondió Daniela en un susurro. Es la única oportunidad que tenemos de salir de aquí. El secuestrador las condujo fuera de la habitación, pero en lugar de dirigirse hacia la puerta principal, las llevó hacia otra área de la casa que no habían visto antes.

 Ahí había otra habitación más grande que donde habían pasado la noche, pero igualmente tétrica. Tú te quedas aquí”, le dijo a Verónica señalando un catre similar al que habían compartido. “Y tú vienes conmigo”, le dijo a Daniela antes de que pudieran protestar o cambiar de opinión, las había separado, encerrando a Verónica en la nueva habitación y llevándose a Daniela hacia el exterior de la casa.

 El automóvil azul estaba estacionado en la misma posición que el día anterior. El hombre le abrió la puerta del asiento del copiloto a Daniela. un cambio significativo del día anterior cuando habían viajado en el asiento trasero con las puertas trabadas. “Vamos a ir a Toluca”, le explicó mientras encendía el motor.

 “Necesito que me ayudes a identificar a algunas de tus compañeras de la escuela. Solo eso.” Daniela sintió un escalofrío de horror. A pesar de sus promesas, era claro que el hombre no tenía intención de dejarlas ir. Las quería usar para identificar a más víctimas potenciales. Sin embargo, ahora que estaba fuera de la casa y en movimiento, tal vez tendría oportunidades de pedir ayuda o de escapar, que no había tenido mientras estaban encerradas.

 El viaje de regreso a Toluca tomó aproximadamente 40 minutos, lo que le dio a Daniela una idea más clara de dónde habían estado cautivas. Habían viajado hacia el sureste de la ciudad. probablemente hacia la zona de Metepec o más allá, a un área rural donde las casas estaban muy dispersas y había pocos testigos potenciales. Cuando llegaron a los límites de Toluca, Daniela reconoció inmediatamente el paisaje familiar.

 Su corazón comenzó a latir más rápido al darse cuenta de que estaba de regreso en su ciudad, cerca de su familia y de la ayuda potencial. Vamos a pasar por tu escuela”, le dijo el secuestrador. “Quiero que me señales a las niñas que salen solas, las que no tienen muchos amigos, las que serían fáciles de convencer de subirse a un carro.

” “No voy a hacer eso”, respondió Daniela con firmeza. “Sí vas a hacerlo”, le dijo él. Y por primera vez desde la mañana, su voz volvió a sonar amenazante. Porque si no lo haces, tu amiga Verónica va a pagar las consecuencias. Y cuando terminemos aquí vamos a regresar por ella y vamos a hacer exactamente lo mismo hasta que tengan suficientes amigas para mantenerlas ocupadas.

 Era una situación imposible. Si cooperaba, estaría condenando a otras niñas al mismo destino que habían sufrido ella y Verónica. Si se negaba, su mejor amiga pagaría el precio y de todas maneras, el hombre probablemente encontraría la manera de conseguir más víctimas.

 Pero mientras se debatía internamente con esta decisión terrible, Daniela también estaba observando cuidadosamente todo lo que la rodeaba. memorizaba las calles por las que pasaban, los negocios que reconocía, cualquier detalle que pudiera usar más tarde y más importante, estaba buscando oportunidades para pedir ayuda. Cuando llegaron a la zona cerca de la secundaria técnica 47, era aproximadamente la 1 de la tarde.

 Las clases aún no terminaban, pero había actividad en las calles, madres esperando a sus hijos menores, vendedores ambulantes preparándose para la hora de salida, algunos estudiantes que tenían permisos especiales para salir temprano. “Estacióñate aquí”, le ordenó el secuestrador señalando un lugar con vista directa a la entrada principal de la escuela.

 “Y cuando empiecen a salir las niñas, me vas diciendo cuáles conoces.” Daniela. asintió, pero su mente estaba trabajando desesperadamente en un plan. Tenía que encontrar la manera de alertar a alguien sobre su situación sin poner en peligro a Verónica o a sí misma. Tenía que ser inteligente. Tenía que esperar el momento exacto.

 Ese momento llegó 15 minutos después, cuando vio algo que hizo que su corazón se acelerara con esperanza por primera vez en más de 24 horas. Caminando por la banqueta hacia la escuela, reconoció la figura familiar de Roberto, probablemente viniendo de su casa para alguna actividad extracurricular. Si podía encontrar la manera de llamar su atención, tal vez podría enviarle algún tipo de señal o mensaje.

 Roberto sabía que ella y Verónica habían desaparecido. Seguramente estaría alerta a cualquier pista sobre su paradero. ¿Conoces a ese muchacho? le preguntó el secuestrador, notando que Daniela había estado observándolo intensamente. “Sí”, respondió ella tratando de sonar casual. “Es de mi clase. Perfecto, bájate del carro y ve a hablar con él.

Dile que estás bien, que te fuiste de la casa por unos días, pero que ya vas a regresar. Dile que no le diga nada a la policía ni a tu familia todavía.” Era exactamente la oportunidad que Daniela había estado esperando. ¿Qué va a hacer si no me obedece?, preguntó tratando de ganar tiempo para pensar en la mejor manera de aprovechar la situación.

Si haces exactamente lo que te digo, tu amiga va a estar bien. Si intentas algo inteligente, las dos van a sufrir mucho más de lo que han sufrido hasta ahora. Daniela abrió la puerta del automóvil y salió lentamente. Roberto estaba a unos 50 met de distancia caminando en su dirección.

 Cuando la vio, su expresión cambió inmediatamente de sorpresa, a alivio y después a confusión. “Daniela!” gritó corriendo hacia ella. “Todo mundo te está buscando. ¿Dónde has estado? ¿Dónde está Verónica?” Daniela miró rápidamente hacia el automóvil, donde el secuestrador la observaba intensamente.

 Tenía que ser muy cuidadosa con lo que decía, pero también tenía que encontrar la manera de enviar algún mensaje que Roberto pudiera entender. Estoy bien, le dijo cuando Roberto llegó hasta donde estaba ella. Verónica y yo nos fuimos por unos días. Ya vamos a regresar. Roberto frunció el ceño. Conocía lo suficiente a Daniela como para saber que algo estaba terriblemente mal. Su postura era tensa.

 Sus ojos se movían constantemente hacia el automóvil azul y había algo en su voz que sonaba forzado y poco natural. Se fueron. ¿A dónde? Tus papás están desesperados. Toda la escuela está ayudando a buscarlas. Daniela cerró los ojos por un momento tratando de pensar en la manera más sutil de pedirle ayuda sin alertar al secuestrador. Entonces se le ocurrió algo.

 Roberto, ¿te acuerdas de lo que hablamos ayer en el parque sobre el examen de historia? Le estaba hablando en código, esperando que él se diera cuenta de que algo estaba mal y que necesitaba ayuda urgentemente. Roberto la miró con más atención. No habían hablado de ningún examen de historia el día anterior.

 Habían conversado sobre el fútbol, sobre sus planes para el fin de semana, sobre películas. Nunca habían mencionado exámenes o estudios. No me acuerdo de eso respondió cautelosamente, comenzando a entender que Daniela le estaba tratando de enviar algún tipo de mensaje. “Sí, claro que te acuerdas”, insistió Daniela, mirándolo directamente a los ojos.

 con una intensidad que confirmó sus sospechas. Me dijiste que fuera muy cuidadosa con las fechas, que recordara bien el año 1847, que es muy importante. 1847 era el número de la patrulla de policía que siempre estaba estacionada cerca de la escuela durante las horas de entrada y salida. Roberto entendió inmediatamente el mensaje.

 Ah, sí, ya me acordé, dijo jugando el juego. El 1847 es muy importante. ¿Ya estudiaste para ese examen? Todavía no, pero voy a hacerlo muy pronto, probablemente hoy en la tarde cuando regrese a mi casa. Era una conversación completamente surrealista, pero Roberto había captado el mensaje esencial. Daniela necesitaba ayuda de la policía y necesitaba que él actuara rápidamente, pero sin alertar a quién fuera que la estuviera vigilando.

 “Bueno, espero que te vaya bien en el examen”, le dijo Roberto. “Voy a ir a decirle a todos que te vi, que estás bien.” “No, respondió Daniela rápidamente. Todavía no le digas a nadie. Espérate hasta mañana. Es muy importante que esperes hasta mañana. Roberto asintió, entendiendo que necesitaba tiempo para alertar a la policía antes de que el secuestrador sospechara que algo había pasado. Está bien, te veo mañana.

 Entonces Daniela regresó al automóvil con el corazón latiéndole tan fuerte que temía que el secuestrador pudiera escucharlo. Había logrado enviar el mensaje, pero ahora tenía que comportarse con normalidad y esperar que Roberto entendiera la urgencia de la situación. “¿Qué le dijiste?”, preguntó el hombre cuando ella cerró la puerta del carro.

 exactamente lo que usted me dijo, que estaba bien, que iba a regresar pronto, que no le dijera nada a nadie todavía. Y él, ¿qué te dijo? Que toda la escuela me estaba buscando, que mis papás estaban preocupados. Lo normal. El secuestrador observó a Roberto alejarse hacia la escuela. El muchacho caminaba con normalidad, sin prisa aparente, sin voltear hacia atrás.

 Parecía que había aceptado la explicación sin sospechar nada. Muy bien, dijo finalmente. Ahora vamos a regresar. Tu amiga te está esperando. Mientras el automóvil se alejaba de la zona de la escuela, Roberto caminó directamente hacia la patrulla 1847, que estaba estacionada exactamente donde Daniela esperaba que estuviera. Los dos oficiales que la tripulaban, el sargento Mendoza y el agente López, conocían bien a Roberto porque frecuentemente había interactuado con ellos durante los operativos de seguridad escolar.

Oficial Mendoza”, le dijo Roberto acercándose a la ventanilla del piloto. “Necesito reportar algo muy urgente sobre Daniela Morales, la muchacha que desapareció ayer.” El sargento Mendoza se enderezó inmediatamente en su asiento. “¿Qué pasó, Roberto? ¿La viste?” “Sí, acabo de hablar con ella.

 está en un carro azul marino, sedán con un hombre mayor. Ella me estaba pidiendo ayuda de una manera muy extraña, como si no pudiera hablar libremente. El oficial López ya estaba tomando notas. ¿Hacia dónde se fueron? Salieron por la calle Hidalgo, hacia el sur de la ciudad.

 El carro tiene vidrios polarizados y el hombre que maneja parece tener como 40 años. Los dos policías intercambiaron una mirada significativa. La descripción coincidía exactamente con el perfil que habían estado buscando desde la noche anterior. “Roberto, esto es muy importante”, le dijo el sargento Mendoza.

 Daniela mencionó algo sobre dónde ha estado o dónde está su amiga Verónica. No directamente, pero me dijo cosas muy raras, como si estuviera hablando en código, y se veía muy asustada, aunque trataba de ocultarlo. El sargento Mendoza encendió inmediatamente la radio de la patrulla. Central, aquí la unidad 1847. Tenemos un avistamiento confirmado de Daniela Morales, una de las menores desaparecidas.

 se reporta en un sedán azul marino dirigiéndose hacia el sur por la calle Hidalgo. Solicito apoyo inmediato para búsqueda y seguimiento. La respuesta fue inmediata. 1847. Recibido enviando unidades de apoyo a su ubicación. Manténganse en frecuencia abierta. En cuestión de minutos, tres patrullas adicionales habían llegado a la zona de la escuela.

 El comandante Herrera, que había estado coordinando la búsqueda desde la comandancia, se dirigió personalmente al lugar para tomar control de la operación. “¿Cuánto tiempo hace que se fueron?”, le preguntó a Roberto cuando llegó. Como 10 minutos, comandante. “Si van hacia el sur, hay varias rutas que pueden tomar”, analizó Herrera en voz alta. pueden ir hacia Metepec, hacia la autopista de México o hacia las zonas rurales.

 El detective Aguirre, que también había llegado al lugar, estaba estudiando un mapa de la región. Si el secuestrador tiene un lugar donde mantener a las muchachas, probablemente está en una zona aislada, lejos de la ciudad, pero no demasiado lejos como para hacer el viaje impráctico. Vamos a establecer retenes en todas las salidas principales, decidió el comandante, y vamos a enviar patrullas a recorrer las zonas rurales sistemáticamente.

 Mientras tanto, en el automóvil azul, el secuestrador conducía de regreso hacia la casa donde tenía cautiva a Verónica, sin saber que su mundo estaba a punto de colapsarse. Daniela iba en silencio, concentrada en memorizar cada detalle del camino que pudiera ser útil más tarde. Cuando llegaron de regreso a la casa aislada, el hombre la condujo nuevamente hacia el interior.

 Verónica estaba sentada en el catre de la segunda habitación, donde la habían dejado con los ojos rojos de haber llorado durante las horas que había estado sola. ¿Estás bien?, le preguntó inmediatamente a Daniela cuando las reunió en la habitación original. Estoy bien”, respondió Daniela y entonces, bajando la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible, agregó, “Hablé con Roberto. Él sabe dónde estamos.

” Los ojos de Verónica se iluminaron con esperanza por primera vez desde que habían sido secuestradas. Si Roberto sabía algo, eso significaba que la policía también lo sabía y que tal vez pronto estarían libres. El secuestrador las observó hablando en voz baja, pero no pudo escuchar lo que se decían.

 ¿De qué están hablando? Les preguntó con desconfianza. Le estoy contando lo que pasó en la escuela, respondió Daniela. Nada importante. El hombre las estudió por un momento más, pero finalmente asintió y salió de la habitación, volviéndoles a poner el seguro a la puerta. Afuera, las fuerzas de seguridad de Toluca habían comenzado la búsqueda más intensiva en la historia reciente de la ciudad.

 Decenas de patrullas recorrían sistemáticamente todas las carreteras que salían hacia el sur, preguntando a los residentes de las zonas rurales si habían visto el automóvil azul o algo sospechoso en los últimos días. La búsqueda se intensificó cuando llegó la noche.

 Helicópteros con reflectores sobrevolaron la zona, iluminando campos, granjas abandonadas y construcciones aisladas. La operación había captado la atención de los medios de comunicación regionales y la historia de las dos adolescentes desaparecidas se había convertido en noticia principal en toda la zona central de México.

 Elena Morales y Patricia Castillo habían llegado al comando temporal que la policía había establecido en la escuela, donde recibían actualizaciones constantes sobre el progreso de la búsqueda. Por primera vez, desde que sus hijas habían desaparecido, tenían esperanza real de que las encontrarían vivas. Roberto fue muy inteligente al entender lo que Daniela le estaba tratando de decir”, le comentó el detective Aguirre a Elena.

 Su hija es una muchacha muy valiente e inteligente. Encontró la manera de pedir ayuda en una situación imposible, pero conforme pasaban las horas, sin ningún avistamiento del automóvil azul, la ansiedad comenzaba a crecer de nuevo. El secuestrador había tenido varias horas de ventaja y la zona al sur de Toluca incluía cientos de kilómetros cuadrados de terreno rural donde sería fácil esconder un vehículo.

 Fue hasta las 2 de la madrugada del 17 de octubre cuando llegó el avance que cambiaría todo. Una patrulla que recorría la zona rural cerca del pueblo de Calimaya reportó haber encontrado un sedán azul marino estacionado detrás de una casa aislada a aproximadamente 30 km al sureste de Toluca. Central aquí la unidad 2156, reportó el oficial por radio.

 Hemos localizado un vehículo que coincide con la descripción. Sedán azul marino, vidrios polarizados. Estacionado en una propiedad rural. No se observa movimiento en la casa, pero hay luces encendidas. El comandante Herrera, que había permanecido despierto coordinando la búsqueda durante toda la noche, respondió inmediatamente. 2156.

 Manténgase en observación a distancia segura. No se acerquen hasta que lleguen los refuerzos. En menos de 20 minutos, un operativo completo había rodeado la casa. Agentes del grupo táctico se posicionaron estratégicamente alrededor de la propiedad, mientras que negociadores se prepararon para establecer contacto con el secuestrador.

 Dentro de la casa, el hombre había escuchado el sonido de los vehículos acercándose y se había dado cuenta inmediatamente de que había sido descubierto. Su primera reacción fue de pánico, pero rápidamente se recompuso y comenzó a planear su siguiente movimiento. Se dirigió hacia la habitación donde tenía a las muchachas y abrió la puerta bruscamente.

 Daniela y Verónica, que habían estado durmiendo ligeramente, se despertaron sobresaltadas al verlo entrar con una expresión de furia en el rostro. Sus amiguitos de la policía las encontraron, les dijo con voz amenazante, “Pero si creen que van a salir de aquí fácilmente, están muy equivocadas.

” Afuera, el comandante Herrera había tomado un megáfono y comenzado a establecer comunicación con el secuestrador. Esta es la policía de Toluca. La casa está completamente rodeada. Sabemos que tiene a las muchachas ahí adentro. Salga con las manos arriba y nadie va a salir lastimado. La respuesta llegó desde una ventana de la casa. Si se acercan, las muchachas van a pagar las consecuencias. Manténganse alejados.

 Se había establecido oficialmente una situación de rehenes. El comandante Herrera sabía que el siguiente paso requeriría mucha delicadeza y paciencia. Un movimiento en falso podría poner en peligro las vidas de Daniela y Verónica. Durante las siguientes horas, negociadores especializados trabajaron para establecer un diálogo con el secuestrador.

 Poco a poco, a través de conversaciones telefónicas que se establecieron con una línea que lograron conectar a la casa, comenzaron a entender mejor la psicología del hombre y sus motivaciones. No era, como habían pensado inicialmente, parte de una red de tráfico de personas. Era un individuo actuando solo, con serios problemas mentales, que había desarrollado una obsesión con coleccionar muchachas jóvenes.

 Las autoridades descubrieron que había estado planeando los secuestros durante meses, observando diferentes escuelas y identificando víctimas potenciales. El amanecer del 17 de octubre trajo consigo una resolución inesperada. El secuestrador, agotado después de horas de tensión y dándose cuenta de que no tenía manera de escapar, finalmente accedió a liberar a las muchachas a cambio de garantías de que no sería lastimado durante su arresto.

 Daniela y Verónica salieron de la casa caminando lentamente, abrazadas una a la otra, parpadeando bajo la luz del sol matutino. Estaban pálidas, asustadas y, obviamente traumatizadas, pero estaban vivas y relativamente ilesas. Las ambulancias que habían estado esperando las trasladaron inmediatamente al Hospital General de Toluca, donde fueron examinadas por médicos y psicólogos especializados en trauma.

 Sus familias, que habían permanecido en vela durante las últimas 36 horas, finalmente pudieron abrazarlas. y confirmar que la pesadilla había terminado. El secuestrador, identificado como Ernesto Villagrán, un contador de 42 años que había perdido su empleo meses antes y había comenzado a mostrar signos de deterioro mental, fue arrestado sin incidentes.

 Durante los interrogatorios posteriores confesó haber estado planeando secuestrar varias muchachas más y mantenerlas en diferentes casas que había estado preparando en zonas rurales. La historia de Daniela y Verónica se convirtió en un caso de estudio sobre la importancia de la comunicación efectiva durante situaciones de crisis.

 La manera inteligente en que Daniela había logrado enviar un mensaje codificado a Roberto había sido crucial para su rescate y probablemente había salvado no solo sus vidas, sino también las vidas de las muchachas que Villagrán había planeado secuestrar después. En los meses siguientes, ambas muchachas recibieron terapia psicológica para procesar el trauma de su experiencia.

 Daniela desarrolló un interés por la criminología y la psicología, inspirada por su propia experiencia como víctima y testigo. Verónica, por su parte, se involucró en programas de prevención para educar a otros jóvenes sobre los peligros de los secuestros y la importancia de mantenerse alerta ante situaciones sospechosas.

 La amistad entre las dos se fortaleció enormemente después de la experiencia compartida. Habían pasado por la prueba más difícil que cualquier persona puede enfrentar y habían logrado sobrevivir apoyándose mutuamente y manteniendo la esperanza incluso en los momentos más oscuros. Roberto, el muchacho que había recibido y entendido el mensaje codificado de Daniela, se convirtió en un héroe menor en la comunidad escolar.

 Su capacidad para reconocer que algo estaba mal y actuar rápidamente había sido fundamental para el rescate exitoso. La experiencia también lo marcó profundamente y eventualmente decidió estudiar para convertirse en policía. El caso también llevó a cambios importantes en los protocolos de seguridad de las escuelas de Toluca. Se implementaron nuevos programas de educación sobre seguridad personal.

 Se establecieron sistemas de comunicación más efectivos entre las escuelas y la policía y se crearon protocolos más rápidos para responder a desapariciones de menores. Elena Morales y Patricia Castillo se convirtieron en activistas comunitarias trabajando con otras madres para crear redes de apoyo y prevención.

 Organizaron talleres sobre seguridad personal para adolescentes y presionaron a las autoridades para que destinaran más recursos a la prevención del crimen contra menores. La casa donde habían estado cautivas las muchachas fue demolida meses después del arresto de Villagrán. La comunidad decidió que el lugar tenía demasiadas connotaciones negativas como para ser habitado nuevamente.

 En su lugar se plantó un pequeño jardín con una placa conmemorativa que recordaba la importancia de mantenerse alerta y cuidar unos de otros. Ernesto Villagrán fue sentenciado a 25 años de prisión por secuestro agravado e intento de tráfico de personas. Durante el juicio, los peritajes psicológicos revelaron que sufría de múltiples trastornos mentales que habían sido exacerbados por el estrés de perder su empleo y su aislamiento social progresivo.

El caso se convirtió en un ejemplo de cómo los problemas de salud mental no tratados pueden escalar hasta convertirse en crímenes graves. Para las familias involucradas, la experiencia cambió para siempre su perspectiva sobre la seguridad y la importancia de la comunicación familiar.

 Los padres de ambas muchachas establecieron nuevas reglas sobre dónde podían ir sus hijas y con quién, pero también se aseguraron de mantener líneas de comunicación abiertas para que ellas se sintieran cómodas compartiendo sus planes y preocupaciones. El detective Aguirre, quien había coordinado gran parte de la investigación, utilizó el caso como ejemplo en entrenamientos posteriores para otros oficiales.

 La importancia de actuar rápidamente en casos de desaparición de menores, la necesidad de tomar en serio todos los reportes de avistamientos y la efectividad de involucrar a la comunidad en los esfuerzos de búsqueda se convirtieron en elementos centrales de su metodología. de trabajo. La recuperación de Daniela y Verónica estuvo marcada por noches de insomnio y visitas frecuentes a un psicólogo especializado en trauma infantil, con quien aprendieron poco a poco a nombrar sus miedos y a confiar otra vez en la rutina diaria de Toluca.

 El reencuentro con sus familiares fue profundamente conmovedor. Ambas madres se fundieron en un abrazo interminable. llorando de alivio. Y los padres soltaron las lágrimas contenidas durante los días interminables de incertidumbre. Los medios locales inundaron la colonia con preguntas y cámaras, pero las familias protegieron la intimidad de las muchachas ante todo.

Las primeras semanas las dedicaron a intentar reconstruir los días perdidos. Daniela tenía pesadillas recurrentes con la casa solitaria y la mirada vacía de su captor, mientras que Verónica rehuía los automóviles y sentía el corazón acelerarse cada vez que escuchaba el golpeteo de una puerta cerrándose.

 Sin embargo, juntas empezaron a superar la pesadilla, apoyándose en la compañía incondicional que la experiencia terrible les había forjado. Pronto recibieron sesiones grupales con otras víctimas sobrevivientes y en la escuela les permitieron reincorporarse a su ritmo con el apoyo de profesores y compañeros sensibilizados.

Toluca también cambió. El caso impulsó la creación de grupos vecinales de vigilancia y alianzas entre padres de familia para compartir información y rutas seguras. El detective Aguirre se convirtió en figura de confianza para muchos habitantes, impartiendo charlas en escuelas y centros comunitarios, recordando la importancia de actuar rápido y de nunca subestimar una denuncia.

El nombre de Daniela y Verónica se convirtió en un símbolo de resiliencia y muchas jóvenes de la ciudad aprendieron a identificar señales de alarma y a cuidarse entre sí. El día del juicio llegó meses más tarde. En la sala del tribunal, Ernesto Villagrán no alzó nunca la mirada ni pidió perdón, mientras los testimonios de las muchachas y de sus familias se entrelazaban con pruebas recogidas por la policía. La sentencia fue ejemplar.

 Y aunque la justicia trajo cierto alivio, todos sabían que lo más importante sería continuar acompañando a quienes habían sobrevivido y a quienes aún buscaban a seres queridos desaparecidos. La última noche antes de volver definitivamente a la secundaria, Daniela y Verónica caminaron por el parque Alameda bajo la luz de los faroles restaurados por el ayuntamiento.

Caminaban más juntas que nunca, deteniéndose cada tanto para mirar los árboles, los rostros familiares, los vendedores de elotes que ahora las saludaban con una sonrisa solidaria. Sentían miedo, sí, pero también la certeza de que la vida continuaría y que habían encontrado un propósito inesperado, compartir su historia, ayudar a otras jóvenes a reconocer el peligro y, sobre todo, recuperar su propio futuro. Ese regreso a clases fue diferente.

 Ninguno de los profesores les preguntó por detalles. Los compañeros se acercaron en silencio a abrazarlas y Roberto, el muchacho que había entendido el mensaje secreto, permaneció atento a cualquier señal. Aquel examen de historia jamás se aplicó, pero las lecciones que ambas aprendieron se quedaron para siempre con ellas. Con el tiempo, Daniela y Verónica transformaron su experiencia en algo más grande.

Formaron un colectivo con otras sobrevivientes y madres buscadoras para acompañar a familias en situaciones similares. visitaron otras ciudades de México, compartieron su historia en foros y talleres escolares y trabajaron incansablemente para exigir mecanismos de protección y prevención que pudieran salvar otras vidas.

 Nunca olvidaron los fragmentos oscuros de su secuestro, pero aprendieron a cargar con ellos sin temor, como testimonio de que incluso ante el horror, la dignidad y la esperanza pueden prevalecer. Al mirar atrás, ambas sabían que su amistad había sido la salvación mutua en los momentos más interminables, y que aunque la herida no desapareciera, el futuro les pertenecía de nuevo.

 Entre las luces de Toluca y las risas de quienes las rodeaban, volvieron a caminar seguras, decididas a no permitir nunca más que el silencio ocultara una ausencia injusta. Así terminó la historia de la desaparición de Daniela y Verónica, una historia de dolor, valentía y renacimiento en el corazón de México, donde cada reencuentro convierte en una forma de resistencia y cada memoria compartida en una promesa de cuidado colectivo y justicia. M.