El Obrero Chileno que Desapareció tras Caer en un Pozo en 1964 y Fue Visto 60 Años en el Futuro

En 1964, durante la construcción de una carretera en el norte de Chile, un obrero cayó en un pozo abandonado y desapareció para siempre. 60 años después, en 2024, un hombre idéntico apareció en el mismo lugar, con la misma ropa, las mismas herramientas y sin haber envejecido un solo día. Los documentos en su bolsillo confirmaron lo imposible.
databan de 1964, pero cuando la policía llegó a interrogarlo, el hombre ya no estaba. había desaparecido otra vez, como si el tiempo mismo lo hubiera reclamado. Esta es la historia del obrero que cayó 60 años hacia el futuro. Día 21 de agosto de 1964, región de Coquimbo, Chile. El gobierno de Eduardo Frey Montalba había lanzado uno de los proyectos de infraestructura más ambiciosos de la historia chilena.
la construcción de la carretera Panamericana Norte que conectaría Santiago con la frontera peruana a través de 1500 km de territorio desértico. Era un proyecto que simbolizaba el Chile moderno, la promesa de progreso que llevaría desarrollo económico a las regiones más apartadas del país. En el kilómetro 847 de esta carretera, a 60 km al norte de La Serena, trabajaba una cuadrilla de obreros bajo la supervisión de la constructora Rodríguez y hermanos.
Era una zona árida, montañosa, donde el viento patagónico, mezclado con el clima desértico, creaba condiciones de trabajo extremas. Entre estos trabajadores estaba Manuel Espinoza Morales, de 34 años. Oriundo de Valparaíso. Manuel había llegado al norte buscando trabajo bien remunerado para mantener a su esposa Carmen y a sus tres hijos pequeños.
Era un hombre robusto, acostumbrado al trabajo pesado, conocido entre sus compañeros por su dedicación y por su costumbre de llevar siempre consigo una pequeña radio portátil que sintonizaba las estaciones de música folkórica chilena. Manuel era de esos hombres que no le tenían miedo al trabajo duro. Recordaba años después Segundo Ramírez, quien había sido su compañero de cuadrilla.
Se levantaba antes que todos, trabajaba más que todos y siempre estaba de buen humor cantando las canciones que escuchaba en su radio. El campamento donde vivían los obreros estaba instalado a 5 km del sitio de construcción. Eran barracas básicas con literas y servicios mínimos, pero para los estándares de la época era considerado un alojamiento decente para trabajadores de construcción.
Manuel compartía barraca con cinco compañeros, todos provenientes de diferentes regiones de Chile, unidos por la necesidad de trabajo y la esperanza de un futuro mejor para sus familias. La zona donde construían la carretera tenía una historia minera que se remontaba a principios del siglo XX. Entre 1905 y 1920, varias compañías habían establecido pequeñas operaciones de extracción de cobre en la región, pero la mayoría había cerrado cuando se agotaron los filones superficiales o cuando las fluctuaciones del precio internacional del cobre hicieron inviable la operación. Estas minas abandonadas habían dejado un legado
peligroso. Docenas de pozos de extracción y ventilación distribuidos por toda el área, muchos sin señalizar, algunos parcialmente tapados con maderas que se habían podrido con el tiempo. Los ingenieros de la constructora Rodríguez y hermanos conocían esta situación y habían incluido en sus planes la identificación y sellado de los pozos más peligrosos que pudieran interferir con la construcción de la carretera.
Pero en una zona tan vasta y con presupuestos ajustados, era inevitable que algunos pozos pasaran desapercibidos. Y fue precisamente uno de estos pozos olvidados el que cambiaría para siempre el destino de Manuel Espinoza. Día 21 de agosto de 1964, 2:30 de la tarde, la cuadrilla de Manuel había terminado de almorzar y se preparaba para la jornada vespertina.
El trabajo del día consistía en nivelar un tramo particularmente difícil de terreno, donde la carretera tendría que atravesar una formación rocosa. Manuel había sido asignado a explorar la zona más alejada del área de trabajo, donde se suponía que comenzarían las excavaciones para un paso elevado.
Su tarea era marcar con estacas los puntos donde posteriormente se colocarían explosivos para fragmentar la roca. Era un trabajo que requería caminar solo por terreno irregular, llevando consigo estacas de madera, un martillo pesado, una cinta métrica y su inseparable radio portátil.
“Nos vemos en un par de horas”, le gritó a Segundo Ramírez antes de dirigirse hacia la zona asignada. Segundo lo vio alejarse caminando con paso firme hacia las formaciones rocosas del este, llevando su radio en una mano y su caja de herramientas en la otra. Era la última vez que alguien vería a Manuel Espinoza vivo.
A las 5:30 de la tarde, cuando los obreros comenzaron a recoger sus herramientas para el final de la jornada, Segundo notó que Manuel no había regresado. ¿Alguien ha visto a Manuel?, preguntó a la cuadrilla. Nadie lo había visto desde el almuerzo. A las 6 de la tarde, el capataz Hernán Soto organizó una búsqueda inicial. Cinco hombres caminaron hacia la zona donde Manuel había sido enviado, gritando su nombre y buscando señales de su presencia.
Encontraron sus estacas de madera, algunas ya clavadas en el suelo según las marcas que había recibido. Encontraron su cinta métrica enrollada y colocada cuidadosamente sobre una roca, como si hubiera hecho una pausa planificada en su trabajo. Pero no encontraron a Manuel. A las 7:15 de la tarde, cuando comenzó a oscurecer, Segundo Ramírez escuchó algo que lo hizo detener la búsqueda.
Era música, música folclórica chilena llegando débilmente desde algún lugar indefinido en la distancia. “Es la radio de Manuel”, gritó. siguieron el sonido caminando cuidadosamente por el terreno rocoso e irregular, hasta que la música los llevó hasta una depresión natural en el suelo que no habían notado antes.
Era un pozo, un pozo circular de aproximadamente 2 m de diámetro, parcialmente cubierto con maderas viejas que se habían podrido y quebrado. A través de las aberturas entre las maderas quebradas podían escuchar claramente la radio de Manuel, sintonizada en Radio Nacional de Chile, transmitiendo una cueca tradicional.
Manuel, gritó segundo hacia el pozo. ¿Estás ahí? ¿Estás bien? No hubo respuesta, pero la radio seguía sonando. Lo que encontraron en el fondo de ese pozo cambiaría todo lo que creían saber sobre la desaparición de Manuel. Los obreros regresaron inmediatamente al campamento para informar al capataz Soto sobre el hallazgo.
En menos de una hora habían organizado un operativo de rescate con cuerdas, linternas y equipo básico de emergencia. El pozo resultó ser mucho más profundo de lo que habían imaginado inicialmente. Segundo Ramírez fue bajado con cuerdas, llevando una linterna potente y gritando constantemente el nombre de Manuel. A los 15 m de profundidad encontró la radio de Manuel todavía funcionando, apoyada en una corniza rocosa, como si alguien la hubiera colocado ahí cuidadosamente.
A los 20 m encontró el martillo de Manuel. A los 25 met llegó al fondo del pozo. No había rastro de Manuel Espinoza. Esto es imposible, le gritó segundo a los compañeros que esperaban arriba. La radio está aquí, las herramientas están aquí, pero Manuel no está. Revisaron cada centímetro del fondo del pozo. Era una cavidad circular de aproximadamente 4 m de diámetro con paredes de roca sólida y ninguna salida lateral.
No había túneles, no había grietas lo suficientemente grandes para que pasara un ser humano. Manuel había desaparecido completamente. Al día siguiente llegaron las autoridades de La Serena. El comisario Luis Herrera condujo personalmente la investigación bajando él mismo al pozo con equipo especializado. La conclusión oficial fue que Manuel había caído al pozo, pero que su cuerpo había sido arrastrado por alguna corriente subterránea desconocida hacia algún sistema de cavernas conectado.
En esta región hay muchas cavernas y túneles naturales formados por la actividad minera y la erosión, explicó el comisario en su reporte. Es posible que el cuerpo haya sido transportado a través de un sistema subterráneo hacia algún lugar indeterminado. Era la única explicación lógica, aunque nadie pudo encontrar evidencia de corrientes de agua o túneles conectados.
La familia de Manuel llegó desde Valparaíso una semana después. Carmen Espinoza, su esposa, insistió en bajar personalmente al pozo para buscar a su marido. Manuel no se habría rendido. Les dijo a las autoridades, si está ahí abajo, está esperando que lo encontremos. Pero después de tres días de búsquedas adicionales, incluyendo la exploración de cavernas naturales en un radio de 10 km, las autoridades declararon a Manuel Espinoza como desaparecido, presumiblemente fallecido.
El pozo fue sellado oficialmente con concreto el 25 de agosto de 1964. En la placa conmemorativa que instalaron se leía En memoria de Manuel Espinoza Morales, obrero de la construcción, desaparecido en este lugar el 21 de agosto de 1964 durante la construcción de la carretera Panamericana Norte.
La construcción de la carretera continuó. El proyecto se completó en 1967, convirtiendo esa región en una de las principales arterias de comunicación del país. Durante 60 años, el caso de Manuel Espinoza fue simplemente una más de las tragedias laborales que marcaron los grandes proyectos de infraestructura chilena de los años 60 hasta el 21 de agosto de 2024, exactamente 60 años después.
Porque ese día, en el mismo lugar donde Manuel había desaparecido, algo imposible estaba a punto de ocurrir. Día 21 de agosto de 2024, 2:30 de la tarde, km 847, ruta 5 Norte, Chile. Claudia Mendoza y su esposo Roberto estaban de vacaciones conduciendo desde Santiago hacia Antofagasta en su camioneta Toyota, cuando decidieron detenerse a almorzar en el área de descanso del kilómetro 847.
Era un lugar que había sido habilitado años después como zona de picnic para viajeros, con mesas, baños públicos y una vista espectacular de las formaciones rocosas que caracterizaban la región. Mientras Roberto preparaba el almuerzo, Claudia caminaba por el área tomando fotografías del paisaje desértico, cuando notó algo extraño acerca de las formaciones rocosas al este.
Había un hombre caminando por el terreno irregular, pero algo en su apariencia le llamó la atención inmediatamente. Estaba vestido de manera completamente anacrónica para 2024. Overol de trabajo azul, camisa a cuadros, botas de cuero gastadas del estilo que se usaba décadas atrás. Llevaba una radio portátil antigua en una mano y una caja de herramientas de metal que parecía ser de los años 60.
Roberto le gritó a su esposo, mira a ese hombre. Roberto se acercó y siguió la dirección que señalaba Claudia. ¿Qué tiene de raro? Preguntó. su ropa, su radio, todo parece ser de otra época. Conforme observaban, pudieron ver que el hombre parecía estar completamente desorientado.
Caminaba en círculos mirando a su alrededor como si no reconociera el lugar donde estaba. “Tal vez sea un actor”, especuló Roberto o alguien haciendo un video retro. Pero cuando el hombre se acercó lo suficiente para que pudieran verlo claramente, se dieron cuenta de que su confusión era genuina. “Disculpe”, le gritó Claudia. “Está bien, necesita ayuda.
” El hombre se giró hacia ellos con una expresión de alivio mezclada con pánico. “¿Dónde están los otros obreros?”, preguntó mientras se acercaba. “¿Dónde está el campamento? ¿Qué pasó con la construcción?” Roberto y Claudia intercambiaron miradas confundidas. ¿Qué construcción?, preguntó Roberto. La carretera, respondió el hombre como si fuera obvio. La Panamericana Norte.
Estoy trabajando en la cuadrilla de Rodríguez y hermanos. Claudia sintió un escalofrío. La carretera Panamericana Norte había sido terminada hacía más de 50 años. “Señor”, dijo cuidadosamente. “¿Cómo se llama? Manuel Espinoza Morales”, respondió el hombre sin dudar. “Trabajo para la constructora.
¿Pueden decirme dónde está mi cuadrilla?” Estaba marcando puntos para la explosión y y luego su voz se quebró como si tratara de recordar algo que no podía procesar completamente. “¿Qué año cree que es?”, preguntó Roberto con una sospecha creciente de que algo muy extraño estaba ocurriendo. 1964, respondió Manuel inmediatamente. 21 de agosto de 1964.
Roberto y Claudia se dieron cuenta de que estaban frente a algo completamente imposible y lo que Manuel estaba a punto de mostrarles confirmaría sus peores sospechas. Manuel notó la expresión de shock en los rostros de Roberto y Claudia. ¿Por qué me miran así? Preguntó con creciente ansiedad. ¿Dónde está todo el mundo? Roberto decidió ser directo.
Señor, estamos en 2024. 60 años han pasado desde 1964. Manuel se rió nerviosamente. Eso es imposible. Yo estaba trabajando hace un momento. Caí en un pozo. Vi una luz extraña y cuando desperté estaba aquí. No puede haber pasado más que unas horas. ¿Tiene alguna identificación? Preguntó Claudia. Manuel se llevó la mano al bolsillo trasero de su overall y sacó una billetera de cuero gastada.
Cuando la abrió, Roberto y Claudia pudieron ver inmediatamente que no era una billetera moderna. Era del estilo de los años 60 con compartimentos simples y costuras que mostraban el desgaste de décadas de uso. Manuel extrajo una cédula de identidad chilena. Roberto la examinó cuidadosamente.
El documento tenía el formato que se usaba en Chile durante los años 60 con sellos y timbres que habían sido descontinuados hacía décadas. La fotografía mostraba a un hombre que era inequívocamente la misma persona que tenía frente a él. Pero según el documento, Manuel había nacido en 1930, lo que significaría que debería tener 94 años en 2024. El hombre frente a ellos aparentaba exactamente 34 años.
¿Puedo ver su radio?, preguntó Claudia señalando el aparato que Manuel llevaba en la mano. Manuel le entregó la radio, una Cenit portátil modelo 1963, en perfectas condiciones de funcionamiento, pero claramente antigua. Cuando Claudia la encendió, inmediatamente captó una estación, pero no era una estación de radio moderna, era música folclórica chilena, exactamente del estilo que se transmitía en los años 60. ¿Cómo es posible que capte estaciones de esa época?”, murmuró Roberto.
Manuel comenzó a ponerse cada vez más nervioso. “No entiendo qué está pasando”, dijo con voz temblorosa. “Quiero ir a casa. Quiero ver a Carmen y a mis hijos.” “¿Dónde vive?”, preguntó Claudia. “En Valparaíso, calle Esmeralda 847, con mi esposa Carmen y mis tres hijos.
” Roberto utilizó su teléfono celular para buscar esa dirección en Google. Lo que encontró lo dejó helado. Calle Esmeralda 847, Valparaíso, había sido demolida en 1985 para construir un centro comercial. ¿Qué es eso?, preguntó Manuel viendo el teléfono de Roberto con fascination y miedo.
¿Qué tipo de radio es esa? Roberto se dio cuenta de que Manuel nunca había visto un teléfono celular. Señor Manuel”, dijo Claudia suavemente. “creo que necesitamos llamar a las autoridades. Algo muy extraño está pasando aquí.” Manuel comenzó a retroceder con pánico creciente en sus ojos. “No quiero problemas con las autoridades. Solo quiero ir a casa.” “No se preocupe”, le aseguró Roberto. “Solo queremos ayudarlo.
” Roberto marcó el número de carabineros mientras Claudia trataba de calmar a Manuel. Habla Roberto Serrano. Estoy en el kilómetro 847 de la ruta 5 Norte y tengo una situación muy extraña. Hay un hombre aquí que dice ser de 1964. Pero mientras Roberto hablaba con la policía, algo iba a ocurrir que convertiría este misterio en algo aún más perturbador.
Mientras Roberto terminaba su llamada con carabineros, Claudia notó que Manuel se estaba comportando de manera cada vez más extraña. Había dejado de responder a sus preguntas y estaba mirando fijamente hacia las formaciones rocosas del este, como si viera algo que ella no podía percibir. Manuel”, dijo tocando suavemente su brazo. “Está bien.” Manuel se giró hacia ella, pero sus ojos tenían una expresión distante, como si estuviera viendo a través de ella hacia algún punto lejano. “Tengo que regresar”, murmuró.
“¿Me están esperando?” “¿Quién lo está esperando?”, preguntó Claudia. “Los compañeros. Segundo estará preocupado si no regreso a tiempo.” Manuel comenzó a caminar hacia las rocas. llevando su radio y su caja de herramientas. “Espere”, le gritó Claudia. “La policía viene en camino. ¿Pueden ayudarlo?” Pero Manuel siguió caminando como si no la hubiera escuchado.
Roberto terminó su llamada y corrió para alcanzar a Manuel. “Señor, por favor, quédese aquí hasta que lleguen los carabineros.” Manuel se detuvo y los miró con una expresión de profunda tristeza. No puedo quedarme”, dijo. “Ya he estado aquí demasiado tiempo.” “¿Qué quiere decir con eso?”, preguntó Roberto.
El tiempo no funciona bien para mí, respondió Manuel con una voz que sonaba cada vez más distante. No pertenezco a este momento. Continuó caminando hacia las formaciones rocosas, dirigiéndose exactamente hacia el área donde 60 años atrás había estado ubicado el pozo sellado. Roberto y Claudia lo siguieron a distancia documentando todo con la cámara del teléfono celular.
Cuando Manuel llegó al área donde había estado el pozo, se detuvo completamente. Miró hacia el suelo como si pudiera ver a través del concreto que había sellado el pozo décadas atrás. “Aquí es donde todo cambió”, dijo hablando más para sí mismo que para Roberto y Claudia. colocó su caja de herramientas en el suelo y encendió su radio.
Inmediatamente comenzó a sonar la misma música folclórica chilena que habían escuchado antes. “¿Puede ver el pozo?”, preguntó Claudia acercándose cuidadosamente. “Nunca se fue”, respondió Manuel. solo está esperando. En ese momento, Roberto notó algo extraordinario. Su teléfono celular, que había estado funcionando perfectamente, comenzó a mostrar interferencia.
La pantalla parpadeaba, la señal se perdía como si estuviera siendo afectado por algún tipo de campo electromagnético. Claudia, murmuró, algo raro está pasando con mi teléfono. Claudia revisó su propio teléfono y experimentó el mismo fenómeno. Manuel se giró hacia ellos una última vez.
Gracias por su amabilidad”, les dijo con una sonrisa triste. “Díganle a Carmen que traté de regresar a casa.” “Espere”, gritó Roberto. “No sabemos quién es Carmen.” Pero cuando levantó la vista del teléfono para mirar a Manuel, ya no estaba ahí. La radio seguía sonando, colocada cuidadosamente en el suelo junto a la caja de herramientas, pero Manuel había desaparecido completamente.
Roberto y Claudia se quedaron solos, mirando los objetos que Manuel había dejado atrás, sin poder creer lo que acababan de presenciar. 15 minutos después llegó la patrulla de Carabineros. Los oficiales Marco Contreras y Patricia Soto encontraron a Roberto y Claudia en estado de shock. parados junto a una radio antigua y una caja de herramientas, insistiendo en que un hombre había desaparecido frente a sus ojos.
“Entiendo que reportaron a un hombre perdido”, dijo el oficial Contreras. Roberto explicó toda la situación. El hombre vestido de 1964, sus documentos de época, su conocimiento de eventos de 60 años atrás y su desaparición súbita. Los oficiales escucharon con escepticismo profesional.
¿Tienen alguna evidencia de que este hombre existía?, preguntó la oficial Soto. Roberto mostró el video que había grabado con su teléfono, pero descubrió que el archivo estaba completamente corrupto. Solo había estática y ruido electromagnético. Mi teléfono funcionaba perfectamente hasta que el hombre desapareció, explicó Roberto. Los carabineros examinaron la radio y la caja de herramientas.
La radio era efectivamente un modelo Senit de 1963. en condiciones imposiblemente perfectas para su edad. Cuando la encendieron, captaba estaciones que transmitían música de los años 60, algo que técnicamente no debería ser posible con las frecuencias de radio modernas. La caja de herramientas contenía implementos de construcción claramente antiguos, martillos con mangos de madera gastada, destornilladores con diseños descontinuados en los años 70, una cinta métrica con marcas en sistema métrico antiguo. Todo parecía auténticamente de los años
60, pero en perfectas condiciones. Esto es muy extraño, admitió el oficial Contreras. Pero no tenemos evidencia de que haya ocurrido un crimen. ¿Van a investigar?, preguntó Claudia. Haremos un reporte, pero sin una persona desaparecida, identificable o evidencia de actividad criminal, no hay mucho que podamos hacer oficialmente.
Esa noche, el oficial Contreras no pudo dormir. Algo sobre la historia de Roberto y Claudia lo inquietaba profundamente. Al día siguiente, investigó por su cuenta en los archivos históricos de Carabineros de La Serena. Lo que encontró lo dejó sin palabras. En los archivos de 1964 había efectivamente un reporte de una persona desaparecida.
Manuel Espinoza Morales, obrero de construcción, desaparecido el 21 de agosto de 1964 en el kilómetro 847 de la construcción de la carretera Panamericana Norte. La descripción física coincidía exactamente con la que Roberto y Claudia habían dado. Más inquietante aún, el reporte original incluía una lista de los objetos personales que habían sido encontrados en el sitio de la desaparición.
Una radio portátil Senit modelo 1963 y una caja de herramientas de metal con implementos de construcción. Los mismos objetos que ahora estaban en evidencia en su oficina. Pero la investigación del oficial Contreras estaba a punto de descubrir algo aún más perturbador sobre la desaparición de Manuel Espinoza. Dos semanas después del incidente, el oficial Contreras tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre.
Decidió visitar personalmente el sitio donde había estado ubicado el pozo original. Usando mapas de construcción de 1964 que había encontrado en los archivos municipales, localizó el punto exacto donde el pozo había sido sellado. Para su sorpresa, el área mostraba señales de actividad reciente.
El concreto que sellaba el pozo tenía grietas pequeñas pero visibles, como si algo hubiera estado ejerciendo presión desde abajo. Contreras solicitó autorización para excavar parcialmente el sitio. que encontraron a 3 m de profundidad, los dejó sin explicaciones. Había un espacio vacío. El pozo original había desarrollado una cavidad que no aparecía en los planos de sellado de 1964 y en el fondo de esa cavidad encontraron algo que desafiaría toda lógica.
Herramientas de construcción de los años 60 en perfecto estado de conservación. Un casco de seguridad con el logo de Rodríguez y hermanos y grabado en la pared rocosa del pozo, con lo que parecía ser un clavo de construcción, un mensaje. Carmen, traté de regresar. Manuel 1964-2024.
El análisis geológico del sitio reveló anomalías que los científicos no pudieron explicar. fluctuaciones electromagnéticas, variaciones en la densidad temporal de las rocas y lecturas de radiación que no correspondían con ningún fenómeno natural conocido. Es como si este lugar existiera en múltiples momentos al mismo tiempo”, explicó el Dr.
Ricardo Vargas, geólogo de la Universidad de Chile que participó en el análisis. El caso fue eventualmente clasificado como fenómeno anómalo sin explicación científica y archivado en una categoría especial que rara vez se utiliza. El pozo fue sellado nuevamente, esta vez con concreto reforzado y monitoreo sísmico permanente. Pero los residentes locales informan que ocasionalmente, especialmente en las tardes del 21 de agosto, se puede escuchar música folclórica chilena proveniente del área y algunos viajeros que se detienen en el área de descanso del kilómetro 847
han reportado avistamientos de un hombre vestido con ropa de trabajo de los años 60, caminando por las formaciones rocosas, como si estuviera buscando algo que perdió Hace mucho tiempo, Manuel Espinoza Morales cayó en un pozo en 1964. 60 años después logró salir, pero el tiempo que perdió en el fondo de ese pozo no era tiempo ordinario, era algo que existe fuera de nuestra comprensión de la realidad.
Y tal vez Manuel sigue allí abajo, cayendo a través de décadas, tratando de encontrar el camino de regreso a 1964, a Carmen, a sus hijos, a la vida que dejó atrás cuando el tiempo se rompió. Porque algunos pozos no solo atraviesan la tierra, atraviesan el tiempo mismo. Y una vez que caes en ellos, puede que nunca realmente salgas.
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