Internado católico desapareció en 1979 — años después, un sótano sellado sorprendió investigadores

 

El Dr. Carballo entra vacilante en la habitación subterránea sellada. Su linterna LED tiembla incontrolablemente en su mano. El olor dulzón de descomposición es abrumador. Filas de pequeñas camas se extienden fantasmalmente ante él, cada una con un cuerpo momificado de un niño. Meudeus susurra conmocionado agarrando su radio. El sargento Ferreira grita horrorizado desde el otro lado.

 Doctor, aquí en la pared, mire estas fotografías. Carballo va a ver y se paraliza. Cientos de retratos muestran a las niñas con placas numeradas alrededor del cuello. Esto no es una masacre. Balbucea mientras descubre un libro abierto de cuero. Es un libro de ventas. Estos niños fueron sistemáticamente vendidos.

 De repente suena su teléfono. Manuel Silva se secó el sudor de la frente mientras blandía el pesado martillo neumático. El sol portugués de agosto ardía despiadadamente sobre las ruinas del internado nosora penitencia en la sierra de Cintra.

 Después de 25 años de abandono, el antiguo internado católico debía ser finalmente demolido para dar paso a un nuevo complejo residencial. Manuel, necesitamos revisar los cimientos”, gritó su colega Antonio desde el otro extremo del sótano. “El ingeniero civil quiere asegurarse de que no se dañen muros de carga.” Manuel asintió y se adentró más profundamente en la zona oscura del sótano.

 Su linterna iluminaba muros de piedra húmedos y telarañas que flotaban como fantasmas en el aire viciado. El edificio había estado abandonado desde la misteriosa desaparición de 68 personas en 1979, 65 estudiantes y tres monjas que simplemente habían desaparecido sin dejar rastro de la noche a la mañana.

 La policía había registrado entonces cada rincón, pero no había encontrado nada, ni cuerpos, ni pistas, ni explicación. Era como si todos se hubieran evaporado en el aire. Los medios hablaban de un milagro o una maldición, pero la verdad siguió siendo un misterio que había obsesionado a la nación durante 25 años. Manuel conocía bien la historia.

 De niño había leído los titulares que hablaban de una desaparición misteriosa. Su propia abuela le había contado como las familias de las niñas desaparecidas habían removido cada piedra de la sierra de Cintra durante años esperando encontrar a sus hijas. Golpeó la pared con su martillo para probar la estructura. Toc, toc, toc.

 De repente escuchó algo inusual, un eco hueco que no correspondía a un muro de piedra maciza. El sonido era claramente diferente al de las otras paredes que ya había probado. “Esto es extraño”, murmuró mientras iluminaba la pared más atentamente. Las piedras parecían diferentes al resto del sótano, como si hubieran sido añadidas posteriormente.

El mortero era de un color diferente, menos deteriorado por el tiempo. Golpeó nuevamente. Toc, toc. Definitivamente hueco. Manuel llamó a su capataz Joaquim. Mire esto. Esta pared no es original. Hay algo detrás. Joaquim, un obrero experimentado con 30 años de experiencia, examinó cuidadosamente el lugar sospechoso. Golpeó varias veces y escuchó el sonido. Tiene razón, Manuel.

Parece un muro construido posteriormente. Tal vez sellaron un pasaje antiguo. Dudó un momento, mirando nerviosamente alrededor. Deberíamos mirar. El promotor quiere que revisemos todo,” respondió Manuel tomando su martillo neumático eléctrico. “Así que miremos, pero con cuidado, en caso de que realmente haya algo detrás.

” Las primeras piedras se desmoronaron fácilmente, confirmando que el mortero era mucho más reciente que el resto del edificio. Manuel trabajó metódicamente retirando piedra tras piedra. Cuando había creado un agujero del tamaño de un puño, un olor repugnante se escapó. Mooso, dulzón y inquietantemente familiar. “Dios mío,”, susurró Joaquim tapándose la nariz.

 “¿Qué es ese edor? Huele como como carne podrida.” Manuel iluminó a través del agujero y se quedó paralizado. Su linterna iluminó otra habitación, pero lo que vio le eló la sangre en las venas. Docenas de pequeñas camas aún cubiertas con sábanas amarillentas y en las camas pequeñas figuras que yacían inmóviles. “Llama inmediatamente a la policía”, balbuceó Manuel con el rostro pálido.

Sus manos temblaban incontrolablemente. “Llámelos ahora y a los bomberos, a todos.” Joaquim agarró su teléfono móvil. Sus dedos temblaban tanto que marcó tres veces el número equivocado. Lo que Manuel había visto en esa habitación sellada lo perseguiría por el resto de su vida. Después de 25 años, el secreto del internado nosa señora penitencia había sido finalmente revelado y era peor que todo lo que cualquiera hubiera podido imaginar. Hermana Catarina Augusto, la madre superiora de 52 años del internado,

caminaba por los largos pasillos fríos del edificio gótico. Sus pasos pesados resonaban en los suelos de piedra medievales mientras realizaba su inspección nocturna. El edificio masivo del siglo XV crujía y gemía en el viento nocturno de la sierra de Cintra.

 Hermana María susurró a su asistente de 28 años que la seguía con una vela parpadeante. Ha verificado que todas las puertas estén cerradas con llave. Sí, madre superiora. Todas las salidas están cerradas, como cada noche. Las llaves están seguras. El internado nos da penitencia era dirigido de manera estricta.

 Las 65 niñas de edades, entre 8 y 16 años venían principalmente de familias acomodadas de todo Portugal, que confiaban sus hijas al cuidado de las monjas clarizas para darles disciplina, educación clásica y formación religiosa estricta. Las cuotas eran altas, pero la reputación de la institución era impecable.

 En la habitación 12, Fátima López, de 14 años, yacía despierta en su estrecha cama de hierro. No podía dormir. Algo flotaba en el aire, una tensión eléctrica que no podía explicar. Su compañera de cuarto, Teresa, ya dormía profundamente y roncaba ligeramente, pero Fátima escuchaba los ruidos inusuales que resonaban en el edificio antiguo. Pasos, muchos pasos más que la simple ronda nocturna habitual de las tres monjas.

Estos pasos sonaban más pesados, más masculinos. Eso era imposible. Los hombres nunca podían entrar al internado después de la puesta del sol. Era una regla de hierro. Fátima se deslizó descalza hacia la alta ventana gótica y espió a través de una rendija de la pesada cortina roja.

 En la pálida luz de la luna vio varias figuras oscuras que se acercaban a la entrada principal. hombres en largos abrigos negros que definitivamente no pertenecían al convento. Se movían silenciosamente, pero con determinación, como personas que sabían exactamente a dónde iban. Teresa susurró sacudiendo a su amiga. Teresa, hay hombres extraños afuera. Teresa se frotó los ojos somnolientos.

 ¿De qué hablas? Es pasada la medianoche. Probablemente estás soñando. De repente, su puerta se abrió con un chirrido suave pero siniestro. Hermana Catarina estaba en el umbral, su rostro habitualmente severo oculto en la sombra de la vela. Pero algo en su postura era diferente, tenso, nervioso. Niñas, deben venir conmigo inmediatamente en silencio.

 Pónganse sus pantuflas, pero no hablen. ¿A dónde, hermana?, preguntó Fátima confundida. ¿Qué pasó? ¿Hay un incendio? No hagan preguntas. Síganme simplemente. Es un ejercicio de emergencia. El obispo lo ha ordenado. Pero en la voz de hermana Catarina había algo que Fátima nunca había escuchado antes. Miedo. Miedo real, crudo, apenas reprimido.

 La madre superiora, que normalmente parecía inquebrantable como una roca, temblaba ligeramente. En todo el internado, las estudiantes fueron sacadas de sus camas. A las 65 niñas se les ordenó mantener sus camisones de algodón blanco y seguir descalzas en fila ordenada. Nadie debía hablar, nadie debía preguntar.

 Las niñas más pequeñas lloraban suavemente de confusión y miedo. No las llevaron afuera como en una evacuación normal o simulacro de incendio. En su lugar bajaron al sótano, más profundo de lo que Fátima había estado jamás. Los pasillos de piedra se volvieron más estrechos, más húmedos, más fríos.

 El aire olía siglos de humedad y algo más, algo metálico que le causaba malestar. Por aquí, ordenó hermana Catarina con voz temblorosa, abriendo una pesada puerta de roble reforzada con errajes. Fátima nunca había visto esta puerta, aunque había vivido en el internado durante 4 años. Detrás había una habitación grande y rectangular con techos abovedados bajos y filas de camas simples de madera que parecía un dormitorio subterráneo.

 El aire era sofocante y olía humedad y algo más, algo dulzón que causaba náuseas a Fátima y una extraña somnolencia. “Acuéstense y duerman”, ordenó la madre superiora con voz quebrada. “Mañana todo será diferente, todo será mejor.” Pero Fátima no obedeció inmediatamente. Mientras las otras niñas asustadas se dirigían a las camas, se escondió instintivamente detrás de un pilar de piedra masivo y observó desde las sombras.

 Lo que vio la marcaría para siempre y cambiaría toda su vida. El inspector José Ribeiro de la Policía Judicial aparcó su Ford Escort Blanco frente al abandonado internado nosa señora da penitencia. La llamada urgente había llegado a las 6:30 de la mañana. José Cardoso, el panadero local, había notado que nadie había recogido la entrega habitual de pan para 68 personas. En 15 años, el internado nunca había perdido una entrega.

“Extraño”, murmuró Ribeiro, un veterano de 42 años con cienes grises mientras contemplaba el imponente edificio gótico. Ningún movimiento detrás de las altas ventanas, ningún ruido a pesar de la hora matutina en que normalmente comenzaba la misa y se despertaba la vida bulliciosa de las internas. Su compañero, el sargento Miguel Coelo, un joven policía con solo tres años de experiencia, probó la pesada puerta de roble de la entrada principal, cerrada con llave, pero mire aquí, ningún signo de violencia. Las cerraduras están intactas, sin rayones, nada. Encontraron

una entrada lateral abierta que llevaba a la cocina y entraron cautelosamente al edificio. El silencio era abrumador, casi sobrenatural. En la gran cocina del convento, los preparativos del desayuno aún estaban allí.

 Pan fresco estaba cortado, leche estaba en jarra sobre la larga mesa de madera, pero todo estaba frío y abandonado. El café en la cafetera estaba congelado duro. “¡Hola!”, gritó Ribeiro por los interminables pasillos de piedra. “Policía! ¿Hay alguien?” “Hermana Catarina, sin respuesta. Solo el eco fantasmal de su propia voz, que rebotaba en las bóvedas medievales, registraron metódicamente cada habitación del vasto edificio. Los dormitorios estaban extrañamente ordenados.

 Todas las 65 camas estrechas perfectamente hechas, ropa cuidadosamente doblada en los armarios de madera. Pero ningún objeto personal faltaba, ninguna maleta estaba empacada, ningún zapato había desaparecido. Parecía como si los habitantes simplemente se hubieran desvanecido en el aire. “Parece como si simplemente hubieran desaparecido”, dijo Coelo, incrédulo, sacudiendo la cabeza sin sus cosas, sin zapatos, sin nada.

 En la oficina de la madre superiora, una habitación sombría con muebles pesados y pinturas religiosas, Ribeiro encontró la lista de asistencia manuscrita de la noche anterior. 65 estudiantes estaban presentes, más tres monjas. Hermana Catarina Augusto, 52 años.

 Hermana María Dos Santos, 28 años y hermana Isabel Pereira, 34 años. En su pesado escritorio de roble había extrañamente una carta con el membrete oficial de la diócesis de Lisboa, aunque el correo normalmente solo se entregaba a las 10. Inspector Ribeiro, la desaparición en el internado es un asunto extremadamente delicado que requiere tratamiento discreto y sensible. Su excelencia monseñor Dom Antonio lo contactará personalmente.

 Ningún reporte mediático hasta nuevo aviso. Dr. Silva, alcalde. Ribeiro frunció el seño confundido. ¿Cómo sabía ya el alcalde? Habían descubierto el caso solo dos horas antes y nadie más que el panadero y ellos lo sabían. Su radio crepitó fuerte en el silencio. Inspector Ribeiro, venga inmediatamente a la central. Muy urgente. El director Méndez quiere hablar con usted.

 Dos horas después, Ribeiro estaba sentado frente a su superior. El director Carlos Méndez, un hombre de cabello gris y ojos cansados pero vigilantes. La oficina olía café fuerte y humo de cigarrillo. José, este caso debe ser tratado con extrema precaución, comenzó Méndez sin rodeos.

 La Iglesia Católica tiene considerable influencia política y social en Portugal y no podemos permitirnos conclusiones precipitadas o pasos imprudentes. Pero, señor, 68 personas han desaparecido sin dejar rastro. Esto es, esto se ha convertido en un asunto de seguridad nacional, interrumpió Méndez bruscamente, levantando una carta oficial. Su excelencia Antonio ha llamado personalmente al ministro del Interior.

 Aparentemente hubo amenazas concretas contra el internado, posiblemente grupos terroristas o células comunistas. Ribeiro fue inmediatamente escéptico. ¿Qué grupos terroristas, señor? Portugal no tiene amenaza terrorista activa. ¿Y por qué no hay demanda de rescate? ¿No hay reivindicaciones? Aún no lo sabemos, pero la instrucción directa del Ministerio del Interior es cristalina. Reporte público mínimo, máxima discreción sin especulaciones.

Las familias serán informadas individual y confidencialmente. En las semanas siguientes, la investigación de Ribeiro fue sistemática y metódicamente obstaculizada. Los testigos se negaron de repente a hablar o retiraron sus declaraciones. Los documentos y archivos eclesiásticos fueron de repente clasificados o en proceso.

 Los pocos reportes mediáticos solo hablaban vagamente de una desaparición misteriosa, sin detalles concretos ni investigaciones. Ribeiro continuó obstinadamente trabajando solo en el caso por las noches, manteniendo un expediente secreto y privado con sus propios descubrimientos y sospechas crecientes.

 Después de 6 meses de obstáculos frustrantes, Ribeiro fue de repente promovido a un trabajo de escritorio tranquilo en Oorto a 300 km de Cintra. El Dr. Antonio Carballo de la Policía Judicial miraba con estupefacción el agujero en la pared del sótano que Manuel Silva había creado.

 El olor penetrante se había vuelto tan insoportable que habían evacuado todo el edificio y establecido un perímetro de seguridad. Peritos forenses en trajes blancos, máscaras respiratorias y guantes se preparaban metódicamente para entrar en la habitación sellada. ¿Está absolutamente seguro de querer ver esto personalmente, doctor?, preguntó el sargento Paulo Ferreira con preocupación.

 Por lo que el obrero Manuel ha descrito, podría ser muy perturbador. Carballo, un veterano de 38 años de criminalística, asintió con determinación sombría. Había investigado durante 15 años los crímenes más graves de Portugal. asesinatos en serie, secuestros de niños, crimen organizado, pero algo en este caso particular lo hacía estremecerse internamente.

 Durante 25 años esta habitación había estado completamente sellada. Lo que fuera que hubiera dentro había permanecido totalmente intacto y sin descubrir desde mayo de 1979. Amplíen el agujero cuidadosamente”, ordenó a los técnicos, pero muy delicadamente. Esto es ahora oficialmente una escena del crimen y lugar potencial de un crimen masivo. Mientras los especialistas trabajaban con herramientas de precisión, Carballo estudió intensamente los archivos amarillentos de los archivos. El inspector José Ribeiro había dejado notas sorprendentemente meticulosas y

detalladas, aunque la investigación oficial había sido brutalmente interrumpida. Las descripciones contradictorias de los pocos testigos, los registros eclesiásticos extrañamente launares y las misteriosas intervenciones políticas formaban un patrón inquietante.

 El agujero era ahora lo suficientemente grande para una persona adulta. El primer perito forense, Dr. Silva, un especialista experimentado en análisis de escena del crimen, iluminó con una lámpara LED profesional hacia adentro y entró cautelosamente, seguido por su fotógrafo. Meudeus Dooseu. Escucharon al doctor Silva susurrar conmocionado. Llamen inmediatamente al fiscal y al médico forense y y al obispo.

 Esto es más grande que todo lo que habíamos previsto. Carballo lo siguió a través del agujero hacia la habitación oculta. Lo que vio superó con creces sus peores temores profesionales y pesadillas. La habitación subterránea era mucho más grande de lo visible desde afuera, aproximadamente 15 por 20 m, con techos abovedados bajos de estilo medieval.

Filas de pequeñas camas de hierro estaban alineadas en líneas perfectamente rectas, aún cubiertas con sábanas amarillentas, pero reconociblemente blancas. Pero eso no era ni de lejos lo más perturbador de esta vista macabra.

 En cada cama individual yacían los restos momificados, pero aterradoramente bien preservados de pequeños cuerpos humanos. 65 camas, 65 cadáveres. Niñas de aproximadamente 8 a 16 años aún vestidas con sus camisones de algodón blanco. El aire fresco y seco de la habitación herméticamente sellada las había conservado de manera macabra como en un museo de la muerte atroz. “Miren aquí!”, gritó el doctor Silva con voz ahogada desde el otro lado de la habitación.

Tres cuerpos más en hábito de monja negro. Deben ser las tres hermanas desaparecidas, Catarina, María e Isabel, pero había algo mucho más perturbador y enigmático. En la pared trasera de piedra colgaban en filas ordenadas docenas de fotografías enmarcadas, retratos de las niñas, pero definitivamente no fotos escolares normales y alegres.

 Estas imágenes iluminadas profesionalmente las mostraban en varias poses, algunas sonrientes, algunas llorando, algunas con mirada vacía y desesperada, todas con placas numeradas blancas claramente visibles alrededor del cuello. “Esto parece como como un catálogo sistemático”, balbuceó el sargento Ferreira, horrorizado fotografiando cada detalle. Carballo examinó un pequeño escritorio antiguo en la esquina de la habitación.

 Sobre él estaba abierto un grueso libro encuadernado en cuero con entradas manuscritas precisas. Las primeras páginas mostraban nombres cuidadosamente documentados, edades y sumas de dinero. María Santos, 12 años, 15,000 escudos. Ana Ferreira, 10 años, 20,000 escudos. Teresa Oliveira, 14 años, 12. Ceros eo escudos. La lista macabra continuaba metódicamente, página tras página.

 Junto a cada nombre de niña había una fecha precisa y un comentario comercial breve. vendida, enviada, recogida, pagada. “Esto es un libro de ventas”, susurró Carvallo horrorizado, sintiendo náuseas. Estos niños inocentes fueron sistemáticamente vendidos como como ganado. Al final del libro macabro descubrió algo aún peor, una lista detallada de compradores con nombres completos y direcciones en toda Europa.

Fátima López estaba sentada nerviosamente en la sala de interrogatorios estéril y sin ventanas, sorbiendo con temblores su café ahora frío. A los 41 años se había convertido en una empresaria respetada y próspera y madre de dos hijos.

 Pero sus manos aún temblaban incontrolablemente cuando pensaba en esa terrible noche de hace 25 años. Los recuerdos que había tratado de reprimir durante décadas ahora regresaban con fuerza total. “Tómese todo el tiempo que necesite, señora López”, dijo el doctor Carballo suavemente empujándole una taza fresca de café caliente. Simplemente cuéntenos a su ritmo lo que pasó esa noche del 12 de mayo de 1979.

Fátima respiró profundamente y trató de mantener la calma. Tenía 14 años y ya llevaba 4 años en el internado. Hermana Catarina nos sacó a todas de nuestras camas en medio de la noche y nos llevó a una habitación del sótano que nunca había visto en 4 años allí.

 dijo que era un ejercicio de emergencia, pero su voz tenía miedo real, miedo, pánico. Describió en detalle cómo se había escondido detrás de un pilar de piedra masivo y había observado a los hombres misteriosos en largos abrigos negros que hablaban con las monjas en tonos ahogados pero intensos.

 No entendía todo lo que decían, pero escuchaba distintamente números grandes, sumas de dinero muy grandes y hablaban de transporte, de clientes en diferentes países europeos, de fechas de entrega y control de calidad. ¿Qué pasó exactamente después?, preguntó Carballo delicadamente. Hermana Catarina comenzó sistemáticamente a administrar inyecciones médicas.

 explicaba a las niñas asustadas que eran vitaminas importantes para un viaje largo, pero vi como mi mejor amiga Teresa se desplomó inmediatamente después de la inyección y se durmió, no naturalmente, como inconsciente. La voz de Fátima se volvió más débil y quebrada. Reconocí instintivamente que algo terrible, mortal, estaba pasando, así que me arrastré hacia un conducto de ventilación en la esquina de la habitación que había descubierto.

Y escapó por la ventilación. Sí. El conducto era estrecho, pero yo era delgada. Llevaba afuera a una rejilla metálica oxidada detrás del edificio. Corrí toda la noche descalsa por el bosque oscuro hasta una granja aislada, aproximadamente 5 km. La familia Correya me acogió, pero al principio nadie creía mi historia increíble.

 Carballo le mostró cuidadosamente el libro de ventas que habían encontrado en la habitación sellada. Reconoce esta escritura. Fátima se puso visiblemente pálida y se agarró el pecho. Esa es definitivamente la escritura característica de hermana Catarina. Siempre llevaba cuentas meticulosas de todo. Cada comida, cada visita, cada pequeño gasto. Ojeó las páginas macabras con dedos temblorosos.

 Dios mío, todas mis amigas están sistemáticamente listadas aquí. Teresa, María, Ana, todas con precios. mencionó antes otra posible sobreviviente llamada Beatriz. Beatriz Correya. Solo tenía 8 años, pero excepcionalmente inteligente y atenta para su edad. Cuando hermana Catarina comenzó con las inyecciones, Beatriz se escondió rápidamente bajo su cama. La vi allí cuando me arrastré hacia el conducto de ventilación.

Fátima agarró resueltamente su bolso de cuero negro. Hace exactamente tres años recibí esta carta sin dirección de remitente, pero la escritura estoy absolutamente segura de que viene de Beatriz. Carballo tomó la carta amarillenta y la leyó cuidadosamente. Querida Fátima, si alguna vez les esto, significa que la verdad finalmente está saliendo a la luz. Estoy viva, pero no puedo mostrarme públicamente.

 Tienen gente influyente en todas partes. La madre superiora era solo un chivo expiatorio. Los verdaderos organizadores son gente poderosa que aún viven y trabajan en altas posiciones. He estado recopilando pruebas en secreto durante 25 años. Busca en el convento Santa Clara en Coimbra a hermana Magdalena Ramos.

 Ella sabe todo, ha documentado todo. B. ¿Quién es esta hermana Magdalena? preguntó Carballo con interés. No lo sé, respondió Fátima, pero la carta llegó poco después de que recibiera una donación anónima de 50,000 € para mi organización benéfica de protección infantil. No puede ser coincidencia. El teléfono de Carballo sonó estridente.

El sargento Ferreira reportó con emoción desde la escena del crimen. Doctor, hemos descubierto otras habitaciones ocultas detrás de paredes falsas, oficinas completas con computadoras modernas, documentos financieros detallados y equipo de grabación profesional, equipo de grabación, videocámaras, iluminación, micrófonos y cientos de cassetes de video con números que coinciden exactamente con el libro de ventas. Era una instalación de producción completa. Carballo sintió náuseas.

 Esto no era simple tráfico de niños, era explotación sistemática industrial. ¿Hay alguna pista hacia esta hermana Magdalena? Sí, señor. Hermana Magdalena Ramos, 67 años, en el convento Santa Clara en Coimbra, pero afirma estar gravemente enferma y supuestamente no puede hablar. Vayan allí inmediatamente de todos modos, ordenó Carvallo, y lleven una orden de allanamiento.

 Cuando Fátima se fue, le entregó a Carvalo otro sobresellado. Esto llegó hace dos semanas. Creo que alguien sabía que la verdad pronto saldría a la luz. Adentro había un recorte de periódico sobre la demolición planeada del internado y una nota manuscrita. El tiempo del ajuste de cuentas ha llegado.

 Los nombres completos de todos los compradores están en la caja fuerte 247 del Banco de Portugal, sucursal Sintra. La llave está enterrada en el antiguo jardín de rosas, tres pasos al este de la estatua de María. Una amiga de la justicia. El doctor Carvallo sostenía firmemente en su mano la llave pesada y oxidada que habían encontrado después de dos horas de búsqueda en el jardín de rosas invadido del internado destruido.

 El director del banco nervioso, Antonio Méndez, los conducía con malestar visible a la sala de cajas fuertes de alta seguridad en el sótano del banco. La caja fuerte 247 fue alquilada en junio de 1979″, explicó con voz temblorosa. El inquilino pagó 25 años por adelantado, una suma astronómica, una tal Hermana Magdalena Ramos.

 La caja fuerte masiva se abrió con un click metálico. Adentro estaban meticulosamente arreglados. Cientos de fotografías, cintas de video, documentos financieros detallados y un expediente grueso con el título amenazante, operación inocentia, estrictamente confidencial. Carballo abrió el expediente con manos temblorosas. Lo que leyó lo conmocionó hasta la médula.

Informe de organización Operación Innocenta, periodo 1975-1979, director supremo. Su excelencia Monseñor Dom Antonio Silva. Coordinadora hermana Catarina Augusto. Objetivo: adquisición y distribución sistemáticas de menores para clientes élite europeos. Ganancia estimada 15 millones de escudos.

 La operación había sido espantosamente mucho más grande de lo que jamás habían imaginado. El internado nosa señora da penitencia era solo uno de siete establecimientos coordinados en Portugal, España e Italia. En total, más de 400 niños habían sido procesados. La lista de clientes celó a Carballo de horror, nombres que veía diariamente en los periódicos, políticos de alto rango, empresarios influyentes, jueces, diplomáticos internacionales, incluso otros eclesiásticos.

 Todos cuidadosamente catalogados con sus preferencias específicas e historiales de pagos detallados. “Dios mío”, susurró el sargento Ferreira horrorizado. “Esto explica perfectamente por qué la investigación de 1979 fue tan brutalmente interrumpida. Esta gente tenía el poder político para encubrir todo.” Una cinta de video les llamó particularmente la atención.

 La etiqueta manuscrita decía: “Prueba Monseñor Dom Antonio, mayo 1979, solo para emergencia. Regresaron inmediatamente a la comisaría y reprodujeron la cinta explosiva conteniendo la respiración. La grabación secreta mostraba a monseñor Dom Antonio en su oficina lujosa del Palacio Arzobispal en conversación confidencial con un hombre desconocido, elegantemente vestido.

 Las 65 niñas están cuidadosamente preparadas y listas para el transporte final”, dijo el obispo completamente sin emoción. “Pero hermana Catarina se está volviendo cada vez más nerviosa y poco confiable. ¿Quiere salir del negocio?” Eso no es problema en absoluto, respondió el otro hombre fríamente. Después de esta última gran entrega, la eliminamos de todos modos.

 Demasiados cómplices se vuelven peligrosos a largo plazo para todas las partes involucradas. Y las otras dos monjas, ellas también, parecerá perfecto como un intento de fuga colectiva, un final trágico, pero explicable para todo el internado. Carballo detuvo abruptamente la cinta. Habían planeado desde el principio matarlas a todas.

 Nunca fue una venta, era un plan de eliminación sistemática. En ese momento dramático sonó su teléfono. La voz era de una mujer mayor pero determinada. Dr. Carballo, aquí hermana Magdalena. He estado esperando su llegada durante años. Finalmente estoy lista para decir toda la verdad. ¿Dónde está? En el convento Santa Clara en Coimbra. Pero por favor, venga solo y discretamente.

 Aún hay gente poderosa que me mataría si supieran que estoy hablando. Una hora después, Carballo estaba sentado frente a una monja frágil, pero determinada de 67 años. Sus ojos eran claros y llenos de determinación inquebrantable. Era la confidente más cercana y secretaria de hermana Catarina. Comenzó con voz firme. Llevaba todos los libros, organizaba los transportes, documentaba todo, pero no conocía al principio la verdad.

 Pensaba honestamente que eran adopciones internacionales, familias adineradas, sin hijos, que querían desesperadamente niños. ¿Cuándo reconoció la horrible verdad? Cuando vi por casualidad las grabaciones de video, las cosas indecibles que hacían con los niños inocentes, comenzó a llorar. Robé secretamente copias de todo.

 Todos los documentos, todos los videos, la lista completa de clientes, todo. Hermana Magdalena le dio otro expediente aún más grueso. Estos son los nombres y direcciones actuales de los sobrevivientes de la red. Muchos aún hoy están en posiciones de poder influyentes en toda Europa.

 Cuando Carballo abrió el expediente, vio fotos actuales e información detallada sobre 23 hombres. Algunos los reconoció inmediatamente de la política actual, otros de los negocios e incluso de la justicia. Al día siguiente, las primeras detenciones explotaron internacionalmente en todos los medios. La historia sacudió a toda Europa.

 Horror portugués, 68 niños asesinados por conspiración católica tituló dramáticamente la BBC. La verdad sobre el internado, nosa señora penitencia finalmente había sido completamente revelada, pero la justicia aún tomaría años.