La ASESINARON en su propio BABY SHOWER… y la MEJOR AMIGA CONFESÓ todo
En un pequeño pueblo del estado de Jalisco, donde las calles empedradas guardan secretos que nadie se atreve a contar, dos niñas corrían tomadas de la mano bajo el sol abrasador de agosto. Era el año 2012 y Gabriela Palacios apenas tenía 11 años cuando conoció a quien creía que sería su hermana para siempre.
Quésicas Rojas tenían la misma edad, la misma risa contagiosa y compartían el mismo sueño de escapar algún día de ese pueblo donde todos se conocían y los chismes volaban más rápido que el viento. Alguna vez has confiado tanto en alguien que le entregarías tu vida sin pensarlo. Gabriela lo hizo y ese fue su error más grande. La escuela primaria. Benito Juárez.
Era un edificio modesto de muros pintados de amarillo desteñido, con un patio de tierra donde los niños jugaban fútbol durante el recreo. Fue allí donde Gabriela y Jessica se convirtieron en inseparables. Compartían el mismo pupitre, el mismo lunch que preparaban sus mamás con frijoles refritos y tortillas calientitas, y se contaban secretos que juraban llevar a la tumba.
Nadie imaginaba que uno de esos secretos terminaría convirtiéndose en una pesadilla. Gabriela era una niña de ojos cafés brillantes y sonrisa amplia que iluminaba cualquier habitación. Su cabello negro y lacio caía sobre sus hombros y siempre llevaba una diadema de colores. Era la más aplicada de la clase, la que ayudaba a todos con las tareas de matemáticas, la que organizaba las quermes escolares.
Su familia, los palacios, eran conocidos en el pueblo por su negocería de abarrotes en la calle principal. Don Roberto y doña Martina, sus padres, trabajaban de sol a sol para darle una vida digna a su única hija. Jessica, por otro lado, venía de una familia más numerosa. Era la tercera de cinco hermanos y vivía en una casa de dos cuartos en las orillas del pueblo.
Su padre trabajaba como albañil y su madre hacía tortillas a mano para vender en el mercado. A pesar de las dificultades económicas, Jessica siempre tenía una sonrisa en el rostro. Era más callada que Gabriela, más reservada, pero cuando estaban juntas se transformaba, se volvía audaz, divertida, cómplice. Las dos niñas pasaban las tardes bajo el árbol de mango en el patio de la casa de Gabriela, platicando sobre sus sueños.
Gabriela quería ser maestra. ayudar a los niños del pueblo a aprender. Jessica decía que quería ser enfermera, salvar vidas. Se prometieron que siempre estarían juntas sin importar qué. Pero, ¿qué pasa cuando las promesas se quiebran como cristal? Al entrar a la secundaria, las cosas comenzaron a cambiar sutilmente.
Gabriela seguía siendo la estudiante ejemplar, pero ahora había algo más en su vida. Un chico de segundo grado había puesto sus ojos en ella. Se llamaba Iván Miranda y era el típico muchacho que todas las niñas volteaban a ver. Alto para su edad, con el cabello engominado hacia atrás, ojos verdes que había heredado de su abuela española y una sonrisa que derretía corazones.
Jugaba en el equipo de fútbol de la escuela y siempre llevaba su uniforme deportivo con orgullo. Gabriela se sonrojaba cada vez que Iván pasaba cerca de su salón. Jessica lo notaba y se burlaba de ella cariñosamente. “Ay, amiga, estás bien perdida”, le decía entre risas. Y tenía razón.
Gabriela había caído rendida ante Iván desde el primer momento en que él le prestó su pluma durante un examen de historia. Fue Jessica quien empujó a Gabriela a hablarle. No seas tímida, ándale. Si no lo haces tú, otra lo va a hacer”, le insistía. Y así fue como una tarde de octubre después de las clases, Gabriela reunió todo su valor y se acercó a Iván en la cancha de fútbol.
le preguntó algo sencillo sobre una tarea de matemáticas, aunque ella sabía la respuesta. Iván sonríó y le explicó pacientemente, aunque su explicación estaba completamente equivocada. Desde ese día comenzaron a platicar más seguido. Iván esperaba a Gabriela a la salida de clases y caminaban juntos hasta la tienda de los palacios.
Jessica los acompañaba siempre como una sombra fiel. Los tres se volvieron un trío inseparable. Iban a la feria del pueblo, compraban eles con chile y limón. Se tomaban fotos en las cabinas que aún funcionaban con monedas. Pero, ¿qué sentía realmente Jessica cuando veía a su mejor amiga enamorarse? Nadie se detuvo a preguntárselo.
Nadie notó como sus ojos se oscurecían un poco cada vez que Iván tomaba la mano de Gabriela. Nadie vio cómo apretaba los puños cuando Iván le robaba un beso a su amiga en las gradas de la cancha durante los partidos. Jessica sonreía, aplaudía, los animaba. Era la mejor amiga perfecta, la confidente ideal, la cómplice de sus aventuras románticas. Pero algo dentro de ella comenzaba a cambiar, algo pequeño, algo que crecería con los años, como una planta venenosa.
Cuando Gabriela cumplió 15 años, sus padres le organizaron una fiesta inolvidable. Rentaron el salón de fiestas del pueblo, contrataron a un grupo norteño y Gabriela lució un vestido rosa pastel que le había costado a don Roberto 3 meses de ahorros. La quinceañera bailó el bals con su padre mientras todos lloraban de emoción. Y ahí estaba Jessica, su mejor amiga, con un vestido azul que le había prestado una prima, sonriendo entre las lágrimas.
“Gracias por estar siempre conmigo”, le susurró Gabriela cuando se abrazaron después del baile. “Eres mi hermana, Jess, mi hermana del alma.” Jessica asintió y apretó el abrazo. Siempre voy a estar aquí para ti, Gabi, siempre. Y en ese momento lo creía de verdad, o al menos eso quería creer. Iván también estuvo en la fiesta, bailó con Gabriela toda la noche y le regaló una pulsera de plata con sus iniciales grabadas.
Los padres de Gabriela ya lo veían como parte de la familia. Don Roberto lo trataba como al hijo que nunca tuvo. Le enseñaba sobre el negocio de abarrotes y lo invitaba a los partidos de fútbol en la televisión. Doña Martina le preparaba sus platillos favoritos cada vez que iba a visitarlos. Iván venía de una buena familia también.
Su padre tenía un taller mecánico próspero y su madre era catequista en la iglesia del pueblo. Todo parecía perfecto, como sacado de un cuento de hadas. Pero, ¿acaso los cuentos de hadas existen en la vida real? Los años de preparatoria pasaron volando. Gabriela, Iván y Jessica seguían siendo inseparables. Estudiaban juntos para los exámenes. Organizaban carne asadas los fines de semana en casa de los padres de Iván.
Iban a las discotecas de Guadalajara cuando conseguían permiso. Jessica siempre era la tercera en discordia, pero nunca lo demostró. sonreía, bailaba, bebía cerveza con ellos bajo las estrellas del Jalisco nocturno. Durante esos años, Gabriela comenzó a notar algunos cambios en Jésica. Su amiga se había vuelto más silenciosa, más distante a veces.
Había días en que no contestaba los mensajes o cancelaba planes en el último minuto. Cuando Gabriela le preguntaba si todo estaba bien, Jessica siempre respondía lo mismo. Sí, amiga, solo estoy cansada, ya sabes, ayudando a mi mamá con mis hermanos. Era cierto que la vida de Jessica no era fácil. Su familia había pasado por momentos difíciles. Su padre se había lastimado la espalda en una obra y no podía trabajar como antes.
Su madre hacía lo que podía vendiendo tortillas, pero el dinero nunca alcanzaba. Jessica tuvo que conseguir un trabajo de medio tiempo en una papelería del centro para ayudar con los gastos. Gabriela siempre trataba de ayudarla. le regalaba ropa que ya no usaba, le compraba útiles escolares, la invitaba a comer a su casa.
“Para eso están las amigas”, le decía. Y Jessica aceptaba con una mezcla de gratitud y algo más, algo que no sabía nombrar, pero que le quemaba por dentro. ¿Era envidia? Era resentimiento o era algo mucho más oscuro. La noche de su graduación de preparatoria fue memorable. Los tres amigos se tomaron fotos con sus birretes y togas, abrazados y sonrientes.
Prometieron que nada cambiaría, que siempre serían los mismos. Iván tenía planes de estudiar ingeniería mecánica en Guadalajara. Gabriela había sido aceptada en la normal para estudiar para maestra y Jessica. Jessica había decidido no seguir estudiando. Necesitaba trabajar tiempo completo para ayudar a su familia. No te preocupes le dijo Gabriel.
Esa noche vas a encontrar tu camino y yo siempre voy a estar aquí para apoyarte. Iván asintió. Los tres somos un equipo. Eso nunca va a cambiar. Pero todo cambia. Siempre 2 años después de la graduación, en una tarde de primavera llena de jacarandas moradas, Iván se arrodilló frente a Gabriela en el mismo lugar donde le había robado su primer beso años atrás.
La cancha de fútbol de la escuela secundaria estaba vacía. El sol se ponía detrás de las montañas creando un cielo naranja y rosado. Sacó una cajita de terciopelo rojo de su bolsillo y le preguntó si quería casarse con él. Gabriela gritó que sí entre lágrimas de felicidad y lo primero que hizo después de ponerse el anillo fue llamar a Jessica para contarle la noticia. “Me voy a casar, Jess. Me voy a casar.
” Del otro lado de la línea hubo un silencio, luego una respiración profunda y finalmente las palabras que Gabriela esperaba escuchar. Qué felicidad, amiga, me da muchísimo gusto por ti. Pero realmente estaba feliz. La boda se planeó para 6 meses después. Gabriela soñaba con una ceremonia en la iglesia del pueblo, seguida de una fiesta en el mismo salón donde había celebrado sus 15 años. Y por supuesto, Jessica sería su madrina. No había otra opción.
Era su hermana del alma, su confidente, su mejor amiga desde niñas. ¿Quieres ser mi madrina?, le preguntó Gabriela una tarde mientras tomaban café en la cocina de su casa. Jessica la miró con ojos brillantes. ¿De verdad me lo preguntas? Claro que sí, sería un honor. Se abrazaron y Gabriela sintió que todo estaba en su lugar.
Su vida era perfecta. Se casaría con el amor de su vida, tendría a su mejor amiga a su lado y construiría la familia que siempre había soñado. Los meses de preparativos fueron intensos. Gabriela trabajaba medio tiempo como maestra en una escuela primaria y dedicaba sus tardes a organizar la boda. Jessica la ayudaba con todo.
Elegían flores, probaban pasteles, buscaban decoraciones, reían como cuando eran niñas, compartiendo secretos y sueños. Pero había momentos en que Gabriela sorprendía a Jessica mirándola de una forma extraña, una mirada que no podía descifrar. Cuando le preguntaba qué pasaba, Jessica simplemente sonreía y decía que todo estaba bien.
Solo estaba pensando en lo feliz que la hacía ver tan enamorada. Pero, ¿en qué pensaba realmente Jessica durante esas tardes de preparativos? La boda fue hermosa. La iglesia estaba llena de flores blancas y rosas. Gabriela caminó del brazo de su padre por el pasillo central mientras el órgano tocaba la marcha nupcial.
Llevaba un vestido blanco de encaje que la hacía verse como una princesa. Sus ojos brillaban de felicidad cuando vio a Iván esperándola en el altar, vestido con un traje negro impecable. Jessica estaba parada junto a ellos, sosteniendo el lazo y las arras. Vestía un vestido dorado que Gabriela había elegido especialmente para ella.
Sonreía, aplaudía, lloraba en los momentos apropiados. Era la madrina perfecta. Cuando el sacerdote preguntó si había algún impedimento para ese matrimonio, hubo un silencio. Jessica apretó el lazo entre sus manos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Pero no dijo nada. La fiesta duró hasta el amanecer. Bailaron, bebieron, celebraron.
Gabriela e Iván se veían radiantes, perdidos en su propia burbuja de felicidad. Y Jessica estuvo ahí. en cada foto, en cada brindis, en cada momento importante. “Gracias por todo, Jess”, le dijo Gabriela cuando la fiesta estaba terminando. No hubiera podido hacer esto sin ti.
“¿Ta eso están las amigas?”, respondió Jessica con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Los recién casados se mudaron a un departamento pequeño pero acogedor en Tlaquepaque. Iván había conseguido un buen trabajo en una empresa de maquinaria industrial y Gabriela continuaba dando clases. La vida era buena, simple, feliz. Jessica los visitaba seguido. Demasiado seguido, pensaba doña Martina, aunque nunca lo dijo en voz alta.
Llegaba los fines de semana con cervezas y botanas. se quedaba hasta tarde platicando con ellos. Se sentaba en el mismo sillón donde Iván solía descansar después del trabajo. “Es parte de la familia”, decía Gabriela cada vez que su mamá insinuaba algo. “Es mi hermana, pero ¿qué tipo de hermana era realmente Jessica?” Un año después de la boda, las cosas comenzaron a cambiar sutilmente.
Gabriela notó que Iván llegaba más tarde a casa algunos días. Decía que había tenido que quedarse trabajando tiempo extra, que había tráfico, que había ido a tomar una cerveza con los compañeros del trabajo. Ella le creía. ¿Por qué no habría de creerle? Era su esposo, el amor de su vida, el hombre con quien había soñado envejecer. Jessica también había cambiado.
Estaba más arreglada, usaba más maquillaje, se compraba ropa nueva, aunque Gabriela sabía que su situación económica no había mejorado. Cuando le preguntaba de dónde sacaba dinero para esas cosas, Jessica respondía vagamente que había conseguido un mejor trabajo en una oficina del centro. Las llamadas entre las amigas se volvieron menos frecuentes.
Los mensajes de WhatsApp quedaban en visto. Las visitas de Jésica al departamento ocurrían curiosamente cuando Iván estaba solo, cuando Gabriela tenía guardia en la escuela o había ido a visitar a sus padres. ¿Cuándo comenzó todo? ¿Fue gradual o hubo un momento específico en que todo cambió? Una noche de marzo, Gabriela llegó temprano a casa porque habían cancelado una junta de maestros.
Abrió la puerta del departamento esperando encontrar a Iván viendo el fútbol en la televisión como todos los miércoles. Pero la sala estaba vacía, la televisión apagada. Escuchó voces que venían de la cocina, una risa femenina que conocía demasiado bien. Entró a la cocina y encontró a Iván y Jessica sentados en la mesa tomando café, riendo de algo que había dicho él.
Se separaron rápidamente cuando la vieron entrar, como si hubieran sido descubiertos haciendo algo malo. ¿Qué haces aquí?, preguntó Gabriela sorprendida. Jessica se puso de pie. Vine a visitarte, pero Iván me dijo que tenías junta. Me estaba yendo ya. Sí, pasó a dejarte unos tappers que tu mamá mandó, agregó Iván sin mirarla a los ojos.
Gabriela sintió algo extraño en el estómago, algo que no quería nombrar, pero sonrió y agradeció a Jessica por traer la comida. Su amiga se despidió rápido y se fue. Esa noche Gabriela no pudo dormir. Miraba el techo de su recámara mientras Iván roncaba a su lado. ¿Por qué Jessica había ido si sabía que ella no estaría? ¿Por qué Iván no le había mencionado esa visita cuando hablaron por teléfono más temprano? Eran solo detalles pequeños, tonterías, ¿verdad? Los siguientes meses fueron extraños.
Gabriela comenzó a notar más cosas, un perfume diferente en las camisas de Iván, mensajes que él borraba rápidamente de su teléfono, llamadas que no contestaba cuando ella estaba cerca y Jessica Jessica estaba diferente, más distante, pero también más presente. Había una dualidad en su comportamiento que Gabriela no lograba entender.
Cuando cumplieron dos años de casados, Gabriela y Iván decidieron que era tiempo de formar una familia. Habían estado usando protección todo ese tiempo. Querían establecerse primero, tener estabilidad económica, pero ahora se sentían listos. Vamos a ser papás, le dijo Gabriela a Jessica una tarde mientras comían tacos en el mercado. Estamos buscando un bebé.
Jessica dejó de masticar. Sus ojos se fijaron en los de Gabriela con una intensidad que la asustó. ¿Ya lo decidieron? Sí, los dos lo queremos. Ya es tiempo. Hubo un silencio incómodo. Luego Jessica sonró, pero fue una sonrisa forzada. Qué bien, amiga. Van a ser unos padres increíbles.
Pero sus palabras sonaron huecas, vacías. Y Gabriela, por primera vez en todos esos años de amistad, sintió que no conocía a la mujer que estaba sentada frente a ella. Tres meses después, Gabriela sostenía una prueba de embarazo en sus manos temblorosas. Dos líneas rosas. Positivo. Estaba embarazada. Iba a ser mamá.
gritó de felicidad y abrazó a Iván con tanta fuerza que casi lo tira al suelo. Los dos lloraron de alegría en medio del baño de su departamento. Lo primero que hizo después de contarle a sus padres fue llamar a Jessica. Estoy embarazada, Jess. Voy a ser mamá. Del otro lado de la línea escuchó un soyo. Pensó que era de felicidad, que su amiga estaba emocionada por ella.
Pero no era felicidad lo que hacía llorar a Jessica esa noche. Era algo mucho más oscuro, algo que había estado creciendo en su interior durante años, algo que estaba a punto de explotar de la manera más terrible. Y Gabriela, inocente y feliz, no tenía idea de la tormenta que se acercaba. El embarazo de Gabriela avanzaba sin problemas.
Las náuseas matutinas, los antojos de mangos con chamoy a las 3 de la mañana, las visitas constantes al doctor. Todo era normal, todo era perfecto. Su barriga crecía redonda y hermosa, y con ella crecían también sus sueños de convertirse en madre. Iván estaba emocionado. Le preparaba el desayuno antes de irse al trabajo.
Le compraba las frutas que se le antojaban. Le sobaba los pies hinchados cuando llegaba cansado por las noches. Parecía el esposo ideal, el futuro padre perfecto. Y Jessica seguía siendo su mejor amiga. La llamaba todos los días, la visitaba los fines de semana, la acompañaba a las citas médicas cuando Iván no podía ir.
Era la hermana que Gabriela nunca había tenido, o al menos eso creía ella. Pero, ¿qué secretos guardaba Jessica detrás de esa sonrisa? Cuando Gabriela cumplió 5 meses de embarazo, el doctor les dio la noticia. Era una niña, una niña. Ella y Iván lloraron de felicidad cuando vieron el ultrasonido. Ya habían elegido el nombre. Sofía. Sofía Miranda Palacios. Quiero hacer un baby shower hermoso”, le dijo Gabriela a su mamá esa tarde.
“Quiero celebrar a mi bebé con todos nuestros seres queridos.” Doña Martina sonrió con lágrimas en los ojos. “Va a ser la fiesta más linda del pueblo, mi hija. Ya verás.” Y así comenzaron los preparativos. Rentaron el jardín de la Casa de los Palacios para decorarlo con globos rosas y blancos.
Contrataron a una señora del pueblo para que hiciera tamales, pozole y tostadas. Compraron una mesa especial solo para los regalos. Todo tenía que ser perfecto. Jessica se ofreció a ayudar con la organización. Para eso están las amigas, dijo con esa sonrisa que Gabriela conocía desde niñas.
Quiero que este sea el día más feliz de tu vida. Y Gabriela le creyó como siempre le había creído. Las semanas previas al baby shower fueron un torbellino de actividad. Gabriela y Jessica pasaban las tardes eligiendo decoraciones, armando centros de mesa, haciendo listas de invitados. Reían como cuando eran niñas, compartiendo secretos y sueños.
Pero había algo diferente en Jessica, algo que Gabriela no lograba. identificar. A veces la sorprendía mirándola con una expresión extraña, una expresión que podría ser tristeza o quizás algo más oscuro. ¿Estás bien, Jess?, le preguntaba Gabriela cada vez que notaba esa mirada. Sí, amiga, solo pensaba en lo feliz que me hace verte así. Vas a ser una mamá increíble.
Pero realmente pensaba eso o había algo más detrás de esas palabras. Durante esas semanas, Iván también actuaba extraño. Llegaba tarde a casa algunos días. Su teléfono sonaba a horas raras y él salía al balcón a contestar. Había mensajes que borraba rápidamente cuando Gabriela se acercaba. ¿Todo está bien en el trabajo? Le preguntó una noche mientras cenaban. Iván levantó la vista de su plato con ojos cansados.
Sí, amor. Solo están siendo semanas pesadas. Muchos proyectos, pero todo está bien. Gabriela quiso creerle, necesitaba creerle. Estaba embarazada, vulnerable, construyendo una familia. No podía permitirse dudar de su esposo en un momento así. Pero las dudas existen incluso cuando no queremos verlas, ¿verdad? Una tarde, dos semanas antes del baby shower, Gabriela llegó temprano a casa.
había cancelado una junta en la escuela y decidió sorprender a Iván preparándole su comida favorita. abrió la puerta del departamento con una sonrisa en el rostro, las bolsas del mercado colgando de sus brazos. La sala estaba vacía, la televisión apagada, pero escuchó voces que venían de la cocina, una risa femenina que conocía perfectamente. Entró y encontró a Iván y Jessica sentados en la mesa tomando café.
Se separaron rápidamente cuando la vieron, como si los hubiera sorprendido en algo prohibido. ¿Qué haces aquí?, preguntó Gabriela sorprendida. Jessica se puso de pie inmediatamente. Vine a traerte unos tappers de tu mamá, pero me dijeron que tenías junta, así que ya me iba. Sí, pasó hace un rato, agregó Iván, sin mirarla a los ojos.
Le ofrecí un café mientras te esperaba. Gabriela sintió algo extraño en el estómago, una sensación incómoda que no sabía nombrar, pero sonríó. Qué linda, Jess. Gracias por traer la comida. Jessica se despidió rápidamente y se fue. Esa noche, mientras Iván dormía a su lado, Gabriela miraba el techo.
¿Por qué se sentía tan intranquila? Solo habían estado tomando café. Eran amigos desde la secundaria. No había nada malo en eso. Entonces, ¿por qué su instinto le gritaba que algo no estaba bien? Los días pasaron y la incomodidad se desvaneció. Gabriela tenía muchas cosas en que pensar. El baby shower estaba a la vuelta de la esquina y todavía faltaban detalles por resolver.
Su vestido de maternidad había llegado, blanco con flores bordadas, hermoso y delicado. Se lo probó frente al espejo y se sintió como una princesa. Ebé preciosa le dijo doña Martina con lágrimas en los ojos. Mi bebé va a tener su propia bebé. Gabriel abrazó a su madre, sintiendo a Sofía moverse en su vientre. Todo estaba en su lugar.
tenía una familia que la amaba, un esposo que la cuidaba, una mejor amiga que siempre estaba ahí. ¿Qué más podía pedir? Pero la felicidad perfecta no existe y Gabriela estaba a punto de descubrirlo de la manera más cruel. Finalmente llegó el día del baby shower. El cielo amaneció despejado de un azul intenso sin una sola nube.
El jardín de la casa de los palacios lucía espectacular. Globos rosas y blancos flotaban atados a las sillas. Había guirnaldas de papel colgando de los árboles. Una mesa larga llena de comida deliciosa y un letrero gigante que decía: “Bienvenida, Sofía. con letras brillantes y purpurina. Gabriela se despertó emocionada, se duchó, se peinó con esmero, se maquilló con cuidado, se puso su vestido blanco de maternidad y una corona de flores frescas en el cabello.
Cuando se miró al espejo, vio a una mujer radiante, una mujer feliz, una mujer que no tenía idea de que ese sería su último día. ¿Cómo se siente vivir las últimas horas sin saberlo? Los invitados comenzaron a llegar desde temprano. Amigas de la escuela, maestras con las que trabajaba, vecinas del pueblo, tías, primas, todas traían regalos envueltos en papel rosa.
Ropa de bebé, pañales, juguetes, cobijas tejidas a mano. Abrazaban a Gabriela, tocaban su barriga con ternura, le deseaban lo mejor. Iván estaba a su lado vestido con una camisa blanca y pantalón de mezclilla. Se veía apuesto pero tenso. Sus ojos revisaban constantemente la entrada del jardín como esperando a alguien o como temiendo que alguien llegara.
Jessica apareció cuando la fiesta ya había comenzado. Llegó con un vestido rosa pastel y una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. cargaba un regalo grande envuelto en papel plateado. “Perdón la tardanza”, dijo abrazando a Gabriela. “Había mucho tráfico. No importa, ya estás aquí.” Jessica abrazó a su amiga por última vez.
Un abrazo largo, un abrazo que guardaba demasiados secretos. La fiesta transcurrió con alegría. Jugaron lotería. Adivinaron el tamaño de la barriga de Gabriela con listones. Hicieron juegos de palabras con nombres de bebé. Hubo risas, abrazos, lágrimas de felicidad. Don Roberto asaba carne mientras contaba chistes. Doña Martina no paraba de llorar de emoción viendo a su hija tan radiante.
Pero Jessica se mantenía al margen. Observaba desde lejos con un vaso de ponche en la mano que no se tomaba. Sus ojos seguían cada movimiento de Gabriela, cada caricia que Iván le daba a la barriga de su esposa, cada beso que le robaba cuando pensaban que nadie los veía y algo dentro de ella se iba rompiendo con cada segundo que pasaba.
“Vamos a abrir los regalos”, anunció doña Martina emocionada. Todas las mujeres se reunieron alrededor de la mesa donde estaban apilados los presentes. Gabriela se sentó en una silla especial decorada con listones rosas. Comenzó a abrir los regalos uno por uno, agradeciendo emocionada cada detalle.
Ropa diminuta con ositos bordados, zapatos de bebé del tamaño de su pulgar, una cuna portátil, un móvil musical con animalitos de peluche. Cada regalo la hacía llorar de felicidad. Cuando llegó al regalo de Jessica, lo levantó con esfuerzo. Este es de mi mejor amiga, mi hermana del alma. Pero, ¿qué tipo de hermana era realmente Jessica? rasgó el papel plateado con cuidado.
Dentro había una caja blanca, la abrió lentamente. Adentro había un álbum de fotos hermoso, forrado en tela rosa suave. En la portada decía los primeros años de Sofía con letras doradas. Gabriela lloró. Es hermoso, Jess. Muchas gracias. Voy a llenarlo con miles de fotos de mi bebé. Me alegra que te guste”, respondió Jessica con una voz que sonaba extrañamente distante.
Gabriela ojeó el álbum. Las páginas estaban vacías esperando ser llenadas con recuerdos. Era perfecto, simple y perfecto. Lo que Gabriela no sabía era que ese álbum representaba algo muy diferente para Jessica. Representaba todo lo que ella nunca tendría. La familia, el amor, el futuro, todo lo que Gabriela tenía y ella no. Y eso era insoportable.
Vamos a partir el pastel, anunció doña Martina. Trajeron un pastel de tres pisos decorado con flores de azúcar rosa. Era una obra de arte. Gabriela Iván se pararon juntos frente al pastel sosteniendo el cuchillo. Todos sacaron sus teléfonos para tomar fotos. Era el momento perfecto para capturar la felicidad, pero la felicidad es frágil y puede romperse en un instante.
Mientras todos estaban distraídos con el pastel, Jessica se escabulló hacia la cocina de la casa. Sabía perfectamente dónde guardaba doña Martina los cuchillos. Había estado en esa casa miles de veces desde niña. Conocía cada rincón, cada escondite. Abrió el cajón y tomó uno, el más grande, el más afilado, el que don Roberto usaba para cortar la carne. Lo escondió entre los pliegues de su vestido.
Su corazón latía acelerado, pero su mente estaba clara, fría, decidida. Había llegado el momento. Regresó al jardín donde todos cantaban las mañanitas para Gabriela. Hermosas voces llenaban el aire de la tarde. Gabriela estaba radiante, con las manos sobre su vientre abultado, los ojos cerrados, una sonrisa de pura felicidad en el rostro. Jessica se acercó por detrás. Nadie la notó.
Todos estaban concentrados en el momento mágico, en la celebración de una nueva vida que estaba por llegar. Nadie vio cuando sacó el cuchillo, nadie vio cuando levantó el brazo y nadie pudo detenerla cuando hundió la hoja en la espalda de Gabriela. El canto se detuvo abruptamente.
Gabriela abrió los ojos con sorpresa, miró hacia abajo y vio la punta del cuchillo sobresaliendo de su pecho. Sangre. Había sangre manchando su hermoso vestido blanco. Intentó decir algo, pero no salió ninguna palabra. Sus piernas se dieron y cayó al suelo. El jardín explotó en gritos. Doña Martina chilló como nunca antes había chillado. Don Roberto corrió hacia su hija.
Iván se arrodilló junto a Gabriela, presionandoa herida con sus manos, gritando su nombre una y otra vez. “Llamen una ambulancia!”, gritaba alguien, que alguien detenga la sangre. Dios mío, Dios mío. Gabriela yacía en el suelo del jardín donde había jugado de niña. La sangre formaba un charco debajo de su cuerpo. Sus ojos miraban el cielo azul.
El mismo cielo que había admirado esa mañana, pensando que sería un día perfecto. Sofía tenía que proteger a Sofía. llevó sus manos a su vientre tratando de cubrir a su bebé, tratando de mantenerla a salvo, pero la sangre no paraba de fluir. Iván lloraba sosteniendo su rostro. No te vayas, por favor, no te vayas. Te amo, te amo tanto.
¿Te amo, realmente me amas?, quería preguntar Gabriela, pero no tenía fuerzas. Su visión se nublaba, los sonidos se volvían lejanos. Las caras de las personas que amaba se difuminaban, su madre, su padre, su esposo. Y entonces vio a Jessica de pie, quieta, con el cuchillo todavía en la mano, sangre goteando de la hoja. Su rostro era una máscara de algo que Gabriela no reconocía. ¿Por qué? Quiso preguntar.
¿Por qué me haces esto? Pero Jessica solo la miraba sin hablar, sin explicar. Sin dar respuestas, las luces de la ambulancia iluminaban el jardín con destellos rojos y azules. Los paramédicos corrían hacia Gabriela. Pero era demasiado tarde. Todos lo sabían. Había perdido demasiada sangre. Está embarazada, gritaba doña Martina.
Por favor, salven a mi nieta. intentaron reanimarla, presionaron su pecho, le dieron respiración artificial, conectaron cables y tubos, pero el monitor solo mostraba una línea plana. Gabriela Palacios había muerto en su propio baby shower a los 23 años con su bebé todavía en el vientre, rodeada de decoraciones rosas y globos que celebraban una vida que nunca llegaría.
Y lo peor de todo es que murió sin saber por qué, sin entender qué había hecho mal, sin conocer la traición. ¿No es eso lo más cruel de todo? Mientras los paramédicos cubrían el cuerpo de Gabriela con una sábana blanca, la policía llegó al jardín. Encontraron a Jessica sentada en una silla todavía sosteniendo el cuchillo ensangrentado.
No había tratado de oír, no había tratado de esconderse, simplemente estaba ahí esperando. “¿Tú hiciste esto?”, preguntó uno de los oficiales. Jessica asintió lentamente, sin emoción, como si estuviera en trance. ¿Por qué? Y entonces, por primera vez desde que había cometido el acto, Jessica habló. Su voz era fría, calculada, llena de veneno, porque ella tenía todo y yo no tenía nada.
Los oficiales la esposaron, la llevaron hacia la patrulla, mientras los invitados del baby shower la miraban con horror. Doña Martina intentó lanzarse sobre ella, pero don Roberto la detuvo. Las amigas de Gabriela gritaban insultos. Algunas lloraban histéricas, pero Jessica caminaba tranquila, como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida.
Antes de entrar a la patrulla, se detuvo. Miró hacia Iván, que seguía arrodillado junto al cuerpo cubierto de Gabriela, destrozado. “Debió haber sido mío”, le dijo. “Todo debió haber sido mío.” Ivá la miró con ojos llenos de lágrimas y rabia. ¿De qué hablas? Estás loca. No vas a decir nada. No vas a confesar.
Confesar que mataste a mi esposa. Mataste a mi hija. Jessica sonrió. Una sonrisa amarga y retorcida. Qué buen actor eres, Iván. Casi me convences. Y entonces soltó la bomba que destruiría todo lo que quedaba. Llevamos un año acostándonos a sus espaldas. Le dijiste que me amabas, que ibas a dejarla.
Pero cuando supo que estaba embarazada, me abandonaste como si yo no significara nada. El jardín se quedó en silencio absoluto. Todas las miradas se volvieron hacia Iván. Él negaba con la cabeza frenéticamente. Está mintiendo. Está loca. Nunca pasó nada entre nosotros. ¿Seguro? Preguntó Jessica con calma. ¿Quieres que les cuente sobre el motel en la carretera a Guadalajara o sobre las veces que nos vimos en tu trabajo cuando Gabriela tenía guardia en la escuela o sobre los mensajes que me mandabas cada noche? Don Roberto soltó a su esposa y caminó lentamente hacia Iván. Sus puños estaban cerrados, su
rostro rojo de ira. “Es verdad”, preguntó con voz temblorosa. “¿Engañaste a mi hija?” No, yo, don Roberto, tiene que creerme. El golpe llegó tan rápido que Iván no tuvo tiempo de esquivarlo. El puño de don Roberto lo tumbó al suelo. Luego otro golpe y otro. Tuvieron que intervenir varios hombres para separarlos.
“Mataste a mi hija!”, gritaba don Roberto mientras lo arrastraban. “Tú y esa víbora la mataron.” La policía metió a Jessica en la patrulla. Antes de cerrar la puerta, ella miró el cuerpo cubierto de Gabriela por última vez. Perdóname, amiga susurró, pero si no podías ser feliz conmigo, entonces no ibas a ser feliz con nadie.
La patrulla se alejó llevándose a la asesina, llevándose a la mujer que había destruido una familia entera con un solo acto de locura y celos. El jardín que había sido decorado para celebrar la vida ahora era la escena de una muerte horrible. Los globos rosas seguían flotando en el aire, inconscientes de la tragedia. El pastel esperaba ser cortado.
Los regalos para Sofía permanecían apilados en la mesa. Pero Gabriela nunca abriría esos regalos. Sofía nunca usaría esa ropa de bebé y la familia Palacios nunca sería la misma. Doña Martina se acercó al cuerpo de su hija, se arrodilló junto a ella y levantó la sábana blanca con manos temblorosas. Acarició el rostro pálido de Gabriela.
Besó su frente fría. “Perdóname, mi hija”, soylozó. “Debí protegerte. Debí ver que algo andaba mal. Perdóname. Pero Gabriela no podía perdonar. Gabriela no podía hacer nada. Gabriela se había ido y se había ido sin saber la verdad, sin saber que su mejor amiga y su esposo la habían traicionado, sin saber que la razón de su muerte era un amor enfermo y unos celos destructivos.
Tal vez era mejor así. Tal vez era una misericordia que hubiera muerto sin conocer la traición. O acaso no saberlo hacía todo aún más trágico. En los días que siguieron al baby shower, la tragedia de la muerte de Gabriela Palacios se volvió el tema central en toda la comunidad. La casa de los palacios jamás volvió a ser la misma.
En la sala, los arreglos de flores se marchitaron sin ser tocados, y la mesa de regalos para Sofía seguía intacta, cubierta por el polvo y el silencio. Afuera las calles resonaban con susurros y rumores. ¿Cómo pudo pasar algo así en un festejo tan bonito? Dicen que la amiga venía muy rara. ¿Será que Gabriela sospechaba algo? La familia de Gabriela estaba devastada.
Doña Martina apenas podía levantarse de la cama. Don Roberto no dejaba de caminar por la casa en silencio, con el rostro endurecido por el dolor y la rabia. Nadie sabía qué decir, qué hacer, cómo consolarse. Cómo se sobrevive a la pérdida de una hija de 23 años, asesinada por quien llamaba hermana.
Al día siguiente, la policía llevó a Jessica a la comisaría. A pesar de su gesto frío y distante al momento del arresto, bastaron unos minutos de interrogatorio para que comenzara a quebrarse. Temblaba, sudaba y sus respuestas empezaban a confundirse entre culpa y resentimiento. Sin embargo, ni el propio Iván, ni la familia, ni los agentes, ni las vecinas que hablaban afuera de la comandancia sabían al 100% el verdadero motivo del crimen.
Los medios locales llegaron hasta el pueblo. Algunos reporteros buscaban detalles. Muchos otros solo querían la imagen de una familia destrozada para el noticiero de la noche. Asesinada por su mejor amiga durante el baby shower, decían los encabezados. Las redes sociales se llenaron de comentarios entre mensajes de dolor, indignación y teorías.
¿Puede un pueblo tan pequeño guardar secretos mucho más oscuros de lo que aparenta? Mientras tanto, Iván Miranda desapareció de la vida pública. Nunca regresó al departamento que compartía con Gabriela. Pasó las noches recluido en casa de sus padres, ignorando llamadas y mensajes.
Ni siquiera se presentó al funeral, que en medio de una ráfaga de rumores se celebró en la iglesia. donde apenas dos años antes Gabriela e Iván habían jurado amor eterno frente a todos. La capilla ese día estaba a reventar. Nadie quería perderse la ceremonia fúnebre de la joven que todos consideraban alegre y bondadosa.
El pequeño ataúd blanco, apenas decorado, contrastaba con los rostros desencajados de la familia. Algunos asistentes no dejaban de mirar sobre el hombro, esperando que Jessica apareciera encadenada, pero los policías no permitieron a la imputada asistir. La tierra se cerró sobre la tumba de Gabriela bajo el lamento de sus padres.
Los globos rosas ascendieron al cielo en silencio. Un viento helado recorrió el panteón justo cuando doña Martina susurró, “No te dejaremos sola, hija. Pero, ¿cómo puede una madre dejar descansar a su hija sabiendo que todo ocurrió frente a sus ojos en una fiesta preparada con amor?” Pasaron los días y la investigación oficial avanzó lentamente.
Los policías interrogaron a casi todos los asistentes del baby shower. Nadie supo explicar qué pasó exactamente por la mente de Jessica. Algunos la recordaban de niña, siempre tímida, callada, leal a Gabriela. Nadie podría imaginar la furia que vivía oculta dentro de ella.
Pero lo que pocos sabían era que la verdad completa aún estaba por revelarse. Una noche, varios días después del asesinato, el comisario visitó la casa de los palacios, tocó la puerta con respeto y pidió hablar a solas con don Roberto y doña Martina. Estaba serio, nervioso, como si llevara una carga que le pesara en el alma.
Llegó el momento de que conozcan el contenido de la declaración de Jessica”, dijo el comisario. “Don Roberto apretó los puños. Va a decirnos por fin por qué lo hizo.” El comisario asintió, pero advirtió que lo que iban a oír podía doler aún más. Dentro de la comandancia, Jessica había cambiado de actitud.
durante horas se mantuvo en silencio, perdiendo la mirada en la mesa fría de acero. Los agentes le ofrecieron agua. Trataron de convencerla de que contara lo sucedido, hasta que inesperadamente y sin aviso empezó a hablar, y sus palabras helaron la sangre de todos los presentes. Lo hice porque no lo soporté más.
Mi vida se hizo pedazos viéndola vivir el sueño que creí que era para las dos. Ella ella no lo supo, pero Iván y yo. En ese momento la grabación de la declaración se detuvo por el llanto ahogado de Jessica. No fue hasta mucho después que terminó de confesar todo. Años de celos, resentimiento reprimido y sí, una relación secreta con Iván que había terminado abruptamente cuando supo del embarazo de Gabriela.
Pero Gabriela murió sin jamás enterarse. Cuando los palacios escucharon el relato, doña Martina sintió que el piso desaparecía bajo ella. Aquella amiga, aquella hermana del alma, había sido la sombra más oscura en la vida de su hija. Y Gabriela ni siquiera llegó a sospecharlo.
¿Puede amarse a alguien tanto y odiarla al mismo tiempo? El caso de Gabriela conmovió al pueblo y más allá. En escuelas, mujeres jóvenes organizaron veladas, exigieron justicia bajo la promesa de que algo así nunca volviera a suceder. Ni una menos gritaban en la plaza. Las autoridades aseguraron que Jessica pasaría el resto de su vida en prisión. El nombre de Gabriela Palacios apareció en páginas de memoria como símbolo de una inocencia rota por la envidia y el silencio.
Mientras tanto, Iván, acorralado por la culpa y la presión social, terminó por confesar lo poco que aún le quedaba de dignidad. Entre lágrimas admitió que su relación con Jessica tuvo lugar, pero juró que jamás dejó de amar a Gabriela. A nadie importó. El daño era irreparable. En la última audiencia, mientras Jessica recibía la sentencia máxima permitida por la ley, los padres de Gabriela solo pidieron, no queremos venganza, queremos que nadie olvide su nombre.
La historia de Gabriela Palacios nunca volvió a ser la misma en el pueblo. El jardín donde fue asesinada se convirtió en un altar de flores lleno de cartas y lágrimas. Todos recordaban su alegría, su generosidad, el brillo en sus ojos, pero también la advertencia. Nadie merece morir por confiar en un amigo equivocado.
Y el silencio que quedó tras la tragedia pesa aún más que el grito del crimen. ¿Quién podrá llenar ese vacío? Pero si el pueblo podía buscar justicia y memoria, los padres de Gabriela solo buscaban fuerza para despertar cada mañana, porque hay dolores que nunca se apagan. Habían pasado 6 meses desde la tragedia. El pueblo seguía hablando del caso, aunque con menos intensidad.
Los días se hacían más cortos. El otoño pintaba de dorado las calles empedradas de Jalisco y la vida parecía continuar para todos, excepto para aquellos que habían perdido algo que nunca podrían recuperar. Doña Martina seguía visitando la tumba de Gabriela todos los días sin falta.
Llevaba flores frescas, limpiaba la lápida con un trapo húmedo y le platicaba a su hija como si aún estuviera ahí escuchándola. le contaba sobre el clima, sobre las vecinas, sobre pequeños detalles insignificantes que llenaban el vacío de no poder hablar con ella nunca más. “Hoy hicimos tus enchiladas favoritas, mi hija”, susurraba doña Martina con lágrimas rodando por sus mejillas.
Su papá probó una y tuvo que salirse de la cocina para que no lo viera llorar. Don Roberto había envejecido 10 años en 6 meses. Su cabello se había vuelto completamente gris. Sus hombros se encorvaron bajo el peso de la tristeza. Ya no abría la tienda de abarrotes con la misma energía. Muchos días ni siquiera la abría. ¿Para qué? El dinero ya no tenía sentido.
Nada tenía sentido sin Gabriela. ¿Cómo se reconstruye una vida después de perder a quien más amabas? El juicio de Jésica Rojas había sido rápido pero demoledor. Los medios de comunicación cubrieron cada detalle. Las cámaras capturaban su rostro impasible mientras escuchaba los testimonios de los testigos.
Algunos dijeron que lucía arrepentida, otros aseguraban que solo estaba vacía por dentro. Durante su declaración final, Jessica rompió en llanto por primera vez desde el arresto. Habló entre soyosos con la voz quebrada, mientras los padres de Gabriela la miraban desde las bancas del tribunal con una mezcla de odio y dolor imposible de describir. Yo amaba a Gabriela más que a nada en el mundo, confesó Jessica.
era mi única amiga verdadera, la única persona que me veía como algo más que la niña pobre del pueblo. Pero ese amor se fue envenenando con el tiempo. Cada vez que veía su vida perfecta, su familia perfecta, su felicidad perfecta, algo dentro de mí se rompía un poco más. La fiscal le preguntó sobre Iván, sobre la supuesta relación que había confesado días después del asesinato. Jessica bajó la cabeza. Mentí.
Un murmullo recorrió la sala del tribunal. Las cámaras enfocaron su rostro. Los periodistas escribían frenéticamente en sus libretas. “¿Cómo que mentiste?”, preguntó la fiscal incrédula. Nunca hubo nada entre Iván y yo. Nunca nos acostamos, nunca tuvimos un romance. Yo lo inventé todo porque quería destruir hasta el último recuerdo bonito que tuvieran de Gabriela.
Quería que su muerte no solo fuera física, sino que también destruyera la imagen perfecta que todos tenían de su matrimonio. El silencio en la sala era ensordecedor. Doña Martina comenzó a sollozar. Don Roberto apretaba los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Puede existir una crueldad más grande que esta. Jessica continuó.
La maté porque no soporté verla tan feliz, porque mientras ella celebraba su baby shower, yo estaba ahí parada, sin futuro, sin esperanza, sin nada. Y pensé que si yo no podía ser feliz, ella tampoco merecía hacerlo. Así que tomé el cuchillo y lo hice sin pensarlo, sin dudar, y ahora vivo con eso todos los días.
La jueza la condenó a 40 años de prisión sin posibilidad de reducción de sentencia. Jessica escuchó el veredicto sin mostrar ninguna emoción. Se puso de pie cuando los oficiales se acercaron a esposarla. Antes de salir de la sala, miró una última vez hacia los palacios. Lo siento, sé que no sirve de nada, pero lo siento. Don Roberto se levantó de su asiento.
Nos quitaste a nuestra hija, a nuestra nieta, nos quitaste el futuro y todo por envidia, por celos. Ojalá que esos 40 años te alcancen para entender el dolor que nos causaste. Ojalá cada noche en prisión sueñes con el rostro de Gabriela preguntándote por qué. Jessica fue escoltada fuera del tribunal entre gritos e insultos de la gente que se había congregado afuera.
Algunos lanzaron objetos, otros solo lloraban. El caso había tocado fibras muy profundas en la comunidad. Mientras tanto, Iván Miranda intentaba reconstruir su vida lejos del pueblo. Se había mudado a Guadalajara, cambió de trabajo, cortó contacto con todos los que conocían su historia, pero la culpa lo perseguía.
Aunque Jessica había confesado que mintió sobre su supuesta relación, el daño estaba hecho. La gente seguía murmurando, seguían señalándolo. “Y si sí hubo algo”, decían las vecinas. “¿Y si solo lo negó para protegerlo?” Iván pasaba las noches despierto, mirando fotos de Gabriela en su teléfono. Lloraba hasta quedarse dormido. Visitaba la tumba de su esposa cuando sabía que los palacios no estarían ahí.
Les había escrito cartas que nunca envió. Llamó a su puerta varias veces, pero don Roberto nunca lo dejó entrar. Una tarde lluviosa, se meses después del asesinato, Iván finalmente logró hablar con doña Martina. la encontró en el mercado comprando verduras.
Ella intentó ignorarlo, pero él se arrodilló frente a ella en medio del pasillo, sin importarle que la gente los viera. Por favor, doña Martina, solo necesito que sepa que yo amé a su hija con todo mi corazón. Nunca le fui infiel, nunca la traicioné y daría mi vida por poder cambiar lo que pasó. Doña Martina lo miró con ojos cansados. Ya no importa, Iván.
Gabriela se fue y nada de lo que digas o hagas la va a traer de vuelta. Lo sé, pero necesito que usted lo sepa. Necesito que no me odie pensando que fui parte de esto. No te odio, hijo. Estoy demasiado cansada para odiar. Solo quiero que me dejen en paz con mi dolor. Esa fue la última vez que Iván habló con la familia Palacios.
Con el paso del tiempo, la historia de Gabriela se convirtió en una leyenda triste en el pueblo. Las mamás les contaban a sus hijas sobre la importancia de reconocer los celos y la envidia, incluso cuando vienen disfrazados de amistad. En la escuela donde Gabriela había dado clases, pusieron una placa en su honor.
Maestra Gabriela Palacios, su luz sigue iluminando corazones. El jardín donde fue asesinada nunca volvió a usarse para fiestas. Los palacios lo dejaron crecer salvaje, lleno de flores silvestres y hierbas altas. se convirtió en un santuario improvisado donde la gente del pueblo dejaba veladoras, flores y cartas. Una noche, un año después de la tragedia, doña Martina soñó con Gabriela.
En el sueño, su hija estaba vestida de blanco, sosteniendo a una bebé en sus brazos. Sofía, la niña que nunca llegó a nacer. No llores más, mamá”, le decía Gabriela sonriendo. Estamos bien, estamos juntas y algún día nos volveremos a ver. Doña Martina despertó con lágrimas en los ojos, pero por primera vez en meses sintió algo parecido a la paz.
No era felicidad, nunca volvería a ser completamente feliz. Pero era algo, una pequeña luz en medio de la oscuridad interminable. Es posible sanar de una herida tan profunda. Tal vez no completamente, pero se puede aprender a vivir con ella. Los años pasaron lentamente. Jessica cumplía su condena en una prisión en las afueras de Guadalajara.
Los guardias decían que pasaba la mayor parte del tiempo en silencio, leyendo libros, escribiendo en un diario. Algunos internos intentaron acercarse a ella, pero los rechazaba a todos. vivía encerrada en su propia culpa, en sus propios demonios. Una tarde, 5 años después del crimen, Jessica recibió una visita inesperada. Era doña Martina.
La madre de Gabriela había viajado sola, sin decirle a nadie, para enfrentarse cara a cara con la asesina de su hija. Se sentaron frente a frente en la sala de visitas, separadas por una mesa de metal. Jessica no podía mirarla a los ojos. ¿Por qué viniste?, preguntó Jessica con voz ronca. Porque necesito entender. Después de todos estos años, todavía no entiendo cómo alguien que decía amar a mi hija pudo hacerle lo que le hiciste.
Jessica finalmente levantó la vista. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras profundas. Había perdido peso, se veía 10 años mayor. Yo tampoco lo entiendo, señora. He pasado cinco años tratando de encontrarle sentido y no lo hay.
Fui egoísta, fui cruel, fui un monstruo y no hay un solo día en que no me arrepienta. ¿De verdad te arrepientes o solo dices eso para sentirte mejor? Me arrepiento con cada célula de mi cuerpo, pero sé que mi arrepentimiento no significa nada. No trae a Gabriela de vuelta, no deshace el daño, no te devuelve a tu hija. Doña Martina asintió lentamente. No vine aquí buscando disculpas. Vine porque necesitaba verte como eres ahora.
Necesitaba ver que estás pagando por lo que hiciste y lo estoy pagando cada día, cada noche, para siempre. Las dos mujeres se quedaron en silencio por un largo rato. Luego, doña Martina se puso de pie. Que Dios tenga misericordia de tu alma, Jessica, porque yo no puedo. Esas fueron las últimas palabras que se dijeron.
Doña Martina salió de la prisión sintiendo un peso menos en el pecho. No era perdón, nunca sería perdón, pero era cierre. Era la oportunidad de dejar ir un poco del veneno que había estado cargando durante años. La historia de Gabriela Palacios no tiene un final feliz. No hay justicia que devuelva una vida. No hay condena que repare un corazón roto.
Pero su recuerdo vive en cada persona que la conoció y la amó. En el pueblo, las niñas que ahora tienen la edad que tenía Gabriela cuando murió escuchan su historia y aprenden. Aprenden sobre la importancia de reconocer las señales, sobre la diferencia entre amistad verdadera y envidia disfrazada, sobre el valor de la vida y lo frágil que puede ser.
Don Roberto y doña Martina siguen viviendo en la misma casa. La habitación de Gabriela permanece intacta. como si en cualquier momento ella fuera a entrar por la puerta riendo con historias sobre sus alumnos en la escuela. Los regalos del baby shower siguen en cajas guardadas en el ático. Nunca tuvieron valor para abrirlos ni para regalarlos.
Cada año, en el aniversario del asesinato, el pueblo organiza una vigilia en memoria de Gabriela. Cientos de personas se reúnen con veladoras. Cantan, rezan, lloran juntos. Es un recordatorio de que aunque la vida puede ser arrebatada en un instante, el amor y el recuerdo permanecen para siempre.
Y en medio de todo el dolor hay una lección que todos aprendieron, que la felicidad ajena no debe ser motivo de envidia, sino de celebración. que la amistad verdadera se construye en el apoyo mutuo, no en la competencia silenciosa, y que cada vida es preciosa, frágil y debe ser protegida con todo lo que tenemos. Gabriela Palacios murió a los 23 años, asesinada por quien llamaba hermana en el día que debió ser una celebración de vida y amor.
Murió sin saber de la traición que no existió, pero que Jessica inventó para destruir hasta su memoria. Murió inocente, feliz, llena de sueños. Y aunque su cuerpo descansa bajo la tierra del cementerio del pueblo, su espíritu vive en cada historia que se cuenta sobre ella, en cada flor que crece en el jardín donde murió, en cada niña que aprende su historia y promete ser mejor persona, porque al final eso es lo único que queda, el recuerdo.
Y Gabriela Palacios será recordada no por cómo murió, sino por cómo vivió, con amor, con generosidad, con una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Y eso nadie se lo puede quitar, ni siquiera la muerte. Yeah.
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