Luz y Manuel fueron vistos por última vez en Monterrey — tras 24 años de silencio los reconocieron…
Una fotografía tomada en una tarde cualquiera del año 2000 muestra a dos personas de pie en una banqueta de Monterrey, vestidas con ropa sencilla pero limpia, mirando directo a la cámara sin saber que esa sería la última imagen nítida de sus vidas. 24 años después, esa misma pareja aparece en otra fotografía, pero ya no en una calle tranquila.
Ahora están parados bajo un puente de concreto en Tijuana, rodeados de bolsas llenas de botellas vacías y cartones mojados, con sudaderas destrozadas y rostros que parecen haber envejecido el doble del tiempo transcurrido. Entre esas dos imágenes hay un silencio de más de dos décadas, un trayecto que nadie documentó y una caída tan lenta que ni siquiera ellos mismos pudieron detenerla.En el año 2000, Luz Ramírez tiene 24 años y trabaja en una tienda de abarrotes en la zona noreste de Monterrey, un barrio de calles anchas donde los comercios pequeños se alternan con talleres mecánicos y fondas que huelen a guisado desde temprano. Cada mañana Luz abre el negocio a las 7, acomoda las cajas de refresco en el aparador, limpia el mostrador y atiende a los mismos clientes de siempre.
Señoras que compran a crédito, niños que piden dulces sueltos, trabajadores que pasan por cigarros antes de subirse al camión. Es un empleo sin prestaciones, pero le alcanza para pagar la renta de un cuarto que comparte con Manuel y para mandar algo de dinero a su mamá cada 15 días. Los domingos por la tarde, Luz visita a su familia en una colonia cercana.
Lleva pan dulce, se sienta en el patio con su hermana menor y escucha las quejas de su madre sobre el calor y los vecinos ruidosos. No son visitas largas, pero Luz nunca las salta. Manuel Herrera, su pareja desde hace 3 años, tiene 26 y trabaja en un taller a unas cuadras de la tienda. Se especializa en cambios de aceite, frenos y trabajos rápidos que no requieren refacciones caras.
Los compañeros del taller lo conocen por una frase que repite cada vez que llega tarde o cuando una reparación tarda más de lo esperado. Lo importante es llegar aunque sea tarde. La dice con una sonrisa chueca, como si fuera un chiste privado, pero con el tiempo esa frase se vuelve parte de su identidad, algo que la gente recuerda cuando alguien menciona su nombre.
Manuel usa casi siempre la misma chamarra de mezclilla azul, incluso en días calurosos. En las fotos familiares, esa prenda aparece una y otra vez, desteñida por el sol y manchada de grasa en los puños. Luz y Manuel viven en un cuarto rentado en una vecindad de tres pisos con baño compartido al final del pasillo y una estufa de dos hornillas que funciona a medias.
No tienen planes grandes. Quieren ahorrar para la entrada de una casa en alguna colonia más alejada del centro, donde las rentas sean más baratas y haya espacio para un patio pequeño. Hablan de eso los sábados por la noche, sentados en la orilla de la cama, sumando mentalmente lo que podrían juntar, si Manuel consigue más chambas los fines de semana y si Luz convence al dueño de la tienda de pagarle un poco más por abrir los domingos. Son conversaciones tranquilas, sin urgencia, llenas de pausas largas y
cigarros compartidos. La vida en ese barrio de Monterrey transcurre sin sobresaltos visibles. Los mismos camiones a las mismas horas, las mismas caras en la tienda, los mismos turnos en el taller. Luz guarda en su cartera una foto familiar tomada años atrás, doblada por las esquinas. Manuel cuelga la chamarra de mezclilla en un clavo de la pared cada noche antes de acostarse.
Ninguno de los dos imagina que esa rutina tiene fecha de caducidad, que hay una noche específica marcada en el calendario, aunque ellos no lo sepan todavía, y que después de esa noche todo lo conocido va a desaparecer como si nunca hubiera existido.
Esa fotografía que un familiar les toma una tarde en la banqueta frente al poste de luz y el letrero de alto al fondo se convertirá en el último registro visual de quiénes fueron antes de que todo cambiara para siempre. Es un sábado cualquiera del año 2000 cuando Manuel recibe una llamada en el teléfono público de la vecindad, uno de esos aparatos grises que cuelgan en la pared del pasillo y que todos los vecinos usan para recibir recados urgentes.
Luz está en el cuarto doblando ropa sobre la cama cuando escucha que alguien grita desde abajo. Manuel Herrera, teléfono. Él baja en chanclas, toma la bocina y habla en voz baja durante varios minutos con la espalda hacia la pared y el cable enredado en los dedos. Cuando sube, su expresión ha cambiado.
Ya no tiene esa sonrisa chueca de siempre, sino una tensión en la mandíbula que Luz reconoce de otras veces cuando algo relacionado con dinero lo tiene preocupado. “Tengo que ir al centro”, le dice Manuel mientras se pone los tenis y busca la chamarra de mezclilla en el clavo de la pared. “¿A?” Pregunta Luz, porque ya es tarde y porque normalmente los sábados los pasan juntos viendo la tele o caminando por el barrio.
Manuel no responde de inmediato, se queda parado frente al espejo roto que cuelga junto a la puerta pasándose las manos por el pelo y luego dice algo que Luz no termina de entender. Es para arreglarlo del préstamo. Ella sabe que Manuel le debía dinero a un conocido del taller, alguien que, según rumores del barrio, estaba metido en cobros y narcomenudeo, pero nunca imaginó que la cosa fuera tan seria como para que lo llamaran un sábado por la noche.
¿Quieres que vaya contigo?, pregunta Luz más por instinto que por ganas reales de salir. Manuel duda, mira el reloj en la pared y finalmente asiente. Ándale, pero rápido. Luz se pone la misma camisa azul clara que usó en el trabajo esa mañana. Agarra su bolsa pequeña y sale detrás de él. En el pasillo de la vecindad se cruzan con una vecina que barre y que les pregunta si van a tardar.
Manuel contesta con su frase de siempre: “Lo importante es llegar. aunque sea tarde. Y la mujer se ríe sin saber que esas palabras van a quedar flotando en el aire durante los siguientes 24 años. Caminan juntos hacia la avenida principal, donde pasan los camiones que van rumbo al centro de Monterrey. La noche está tibia con ese calor seco que se pega a la piel y que no se quita ni con el viento.
Luz nota que Manuel va callado con las manos metidas en los bolsillos de la chamarra de mezclilla mirando al suelo. En una esquina hay una tienda con cámara de seguridad que graba la banqueta. Años después, la policía va a revisar esa grabación y va a encontrar la imagen borrosa de una pareja caminando hacia la parada del camión.
Él con chamarra azul, ella con camisa clara, sin equipaje, sin prisa aparente. Suben a un camión repleto de gente que regresa del centro después de hacer compras. Manuel paga los dos boletos y se quedan parados cerca de la puerta trasera agarrados del tubo metálico que atraviesa el techo.
Luz le pregunta en voz baja qué es lo que tiene que arreglar exactamente, pero Manuel solo le dice, “Nada grave, voy a hablar con él y ya.” Esa respuesta no la tranquiliza, pero tampoco insiste. Se bajan en una calle del centro donde hay varios negocios cerrados y un cajero automático iluminado con luz blanca. Manuel saca dinero.
Luz lo ve contar los billetes dos veces antes de guardarlos en el bolsillo interior de la chamarra. Después caminan hacia una zona menos iluminada, donde los comercios ya no tienen letreros grandes y donde empieza a haber terrenos valdíos entre las construcciones. Desde ese punto en adelante no hay más registros visuales. Ninguna cámara los capta saliendo del centro.
Ningún testigo confiable los ve subirse a otro camión o entrando a algún lugar específico. Simplemente desaparecen en esa noche de Monterrey, como si el pavimento se los hubiera tragado, dejando atrás solo una foto tomada días antes en la banqueta del barrio con la chamarra de mezclilla azul bien visible y la mirada tranquila de quien no sabe lo que viene.
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deja recados con los vecinos que viven en el mismo pasillo, pero ninguno ha visto a Luz ni a Manuel desde la noche anterior. El lunes por la mañana, la mamá de Luz va personalmente al cuarto rentado y encuentra la puerta cerrada con candado desde afuera, señal de que no durmieron ahí.
Va a la tienda de abarrotes donde trabaja su hija y el dueño le dice que Luz no llegó a abrir ese lunes, algo que nunca había pasado en los dos años que llevaba ahí. Después camina hasta el taller mecánico y pregunta por Manuel. Los compañeros le cuentan que tampoco se presentó a trabajar y que el sábado se fue temprano después de recibir una llamada que lo puso nervioso.
Uno de ellos menciona que Manuel debía dinero a un tipo del barrio, alguien conocido por prestar a intereses altos y por tener vínculos con gente pesada. La señora Ramírez va directamente a la comandancia más cercana y pone la denuncia. El agente que la atiende toma nota de los nombres, las edades, la ropa que usaban la última vez que fueron vistos, pero su tono es rutinario, como si escuchara la misma historia todas las semanas.
Le dice que espere 48 horas, que muchas veces las parejas jóvenes se van sin avisar y regresan días después. Ella insiste en que Luz no es de esas personas, que siempre avisa, que nunca falta a las visitas dominicales, pero el agente solo anota todo en un formato y le entrega una copia amarilla con un número de folio. Durante los días siguientes, la familia empieza a buscar por su cuenta.
La hermana menor de luz imprime volantes con la foto de la pareja tomada en la banqueta. Es a donde Manuel usa la chamarra de mezclilla azul y Luz tiene la camisa clara. Pegan los papeles en postes de luz, en paradas de camión, en tiendas del barrio.Algunos vecinos dicen haber visto a la pareja subirse a un camión rumbo al centro la noche del sábado, pero nadie sabe qué pasó después. La policía revisa las grabaciones de las cámaras del centro y encuentra la imagen de Manuel sacando dinero en el cajero automático con luz parada a un lado. Es la última vez que alguien los registra de manera oficial. A partir de ahí, el rastro se corta.
No hay movimientos en cuentas bancarias, no hay llamadas desde teléfonos públicos, no hay reportes de hospitales ni de la Cruz Roja. Es como si se hubieran evaporado. Los investigadores manejan varias hipótesis. La primera es que Manuel fue presionado para saldar la deuda haciendo un trabajo para el grupo al que le debía. Algo rápido que pudo haberle parecido sencillo en ese momento.
Transportar algo, vigilar un punto, entregar un paquete. Luz habría ido con él sin saber exactamente en qué se estaba metiendo. La segunda hipótesis es que ambos fueron retenidos. esa misma noche como garantía de pago o como castigo por no cumplir con lo acordado.
Hay una tercera posibilidad que nadie quiere decir en voz alta, pero que todos piensan, que los mataron esa noche y que los cuerpos están enterrados en algún terreno valdío de las afueras de Monterrey, en alguno de esos lugares donde la tierra es suelta y donde nadie pregunta qué hacen los carros estacionados a medianoche. Pero sin cuerpos, sin testigos directos y sin pruebas físicas, el caso se va enfriando semana tras semana.
La mamá de luz clava la foto de la banqueta en la pared de su casa, justo arriba de la mesa del comedor. Cada vez que alguien llega de visita, lo primero que ve es esa imagen. Luz con 24 años, limpia, tranquila, parada junto a Manuel en una tarde cualquiera del año 2000. Con el tiempo, el papel se va poniendo amarillo por el sol que entra por la ventana, pero la señora Ramírez nunca la quita de ahí.
Los meses pasan y el caso de Luz Ramírez y Manuel Herrera se convierte en uno más de los expedientes sin resolver que se acumulan en los archivos de la policía de Monterrey. La familia sigue buscando, pero sin dinero para contratar investigadores privados y sin contactos dentro de las autoridades. Sus opciones son limitadas.
La hermana de Luz reparte volantes cada fin de semana en diferentes colonias, pregunta en terminales de autobuses, visita hospitales públicos por si acaso alguien ingresó sin identificación, pero siempre regresa con las manos vacías. Uno de los compañeros del taller donde trabajaba Manuel menciona que días antes de la desaparición, Manuel le había comentado que tenía la oportunidad de hacer un viaje rápido, que le dejaría suficiente dinero para pagar lo que debía y quedar limpio.
No dio más detalles, pero el comentario queda registrado en el expediente como una posible pista. Los investigadores asumen que ese viaje pudo haber sido un traslado de algo ilegal, probablemente hacia la frontera norte, y que las cosas salieron mal en el camino. La hipótesis de un traslado forzado cobra fuerza cuando un informante anónimo llama a la comandancia meses después y dice que vio a una pareja parecida subirse a una camioneta con vidrios polarizados en una gasolinera de la carretera a Nuevo Laredo.
Pero el dato es tan vago y tan tardío que no lleva a ninguna parte. No hay placas, no hay descripción de los ocupantes del vehículo, no hay manera de confirmar si realmente eran Luz y Manuel. Durante el primer año, la señora Ramírez mantiene la esperanza de que su hija esté viva en algún lugar, retenida contra su voluntad, pero respirando.
Se aferra a la idea de que si los hubieran matado, alguien ya habría encontrado los cuerpos o algún rastro de lo ocurrido. Pero conforme pasa el tiempo y no llega ninguna noticia, esa esperanza empieza a deshacerse como papel mojado. En el barrio donde vivían, la gente deja de hablar del tema.
Los nuevos inquilinos del cuarto que rentaban Luz y Manuel no saben nada de la historia. Para ellos es solo un espacio más en una vecindad vieja. La tienda de abarrotes contrata a otra empleada y el taller mecánico cubre el turno de Manuel con alguien que llega de otra colonia. La vida sigue indiferente, como si esas dos personas nunca hubieran existido.
La foto de la banqueta clavada en la pared de la casa de la señora Ramírez se convierte en el único recordatorio constante. Cada vez que pasa frente a ella, la madre se detiene unos segundos y mira los rostros de su hija y de Manuel, tratando de encontrar en esas expresiones alguna pista de lo que iba a suceder, algún indicio de miedo o de despedida.
Pero no hay nada, solo dos personas jóvenes paradas en una calle cualquiera con ropa limpia y mirada tranquila, sin saber que esa tarde sería la última vez que alguien los vería así. Los años 2, 1001, 2002 y 2003 pasan sin novedades. El expediente sigue abierto técnicamente, pero ya nadie lo revisa. Los agentes que llevaban el caso son transferidos a otras áreas o se jubilan.
Los volantes pegados en los postes se despegan con la lluvia o quedan cubiertos por anuncios de conciertos y promociones de tiendas. La hermana menor de luz se casa, tiene hijos, se muda a otra colonia, sigue preguntando por su hermana cada vez que puede, pero con menos frecuencia y con menos convicción.
En algún momento de esos primeros años, Luz y Manuel dejan de ser personas y se convierten en una historia que la gente del barrio cuenta a medias con detalles borrosos y finales inventados. Algunos dicen que huyeron a Estados Unidos y que están viviendo en Texas con identidades falsas.
Otros aseguran que los mataron la misma noche que desaparecieron y que los enterraron en un rancho de las afueras. Nadie sabe realmente qué pasó y con el tiempo a casi nadie le importa. Pero en algún lugar entre Monterrey y Tijuana, en algún punto de esos miles de kilómetros de carretera, desierto y ciudades conectadas por rutas invisibles del crimen organizado, Luz y Manuel siguen vivos, aunque ya no como las personas que eran en esa fotografía del año 2000.
Entre los años 2,4 y 2010, la familia de luz entra en una etapa de duelo sin cuerpo. Esa suspensión dolorosa en la que no hay certeza de muerte, pero tampoco esperanza real de reencuentro. La señora Ramírez envejece rápido durante esos años. Su cabello se vuelve completamente gris y su salud empieza a fallar.
Cada aniversario del día en que Luz desapareció, enciende una veladora frente a la foto de la banqueta y reza en silencio. Pero ya no va a la comandancia a preguntar por avances en la investigación. Sabe que no los hay. La hermana menor de luz, que ahora tiene su propia familia, guarda en una caja de zapatos todos los documentos relacionados con la búsqueda. Copias de la denuncia, volantes viejos, recortes de periódico de casos similares que nunca se resolvieron.
A veces saca esa caja y revisa los papeles tratando de encontrar algo que se les haya escapado, alguna conexión que nadie vio, pero siempre termina volviendo a guardar todo con la misma sensación de impotencia. En Monterrey, la violencia relacionada con el narcotráfico aumenta drásticamente durante esos años.
Los enfrentamientos entre grupos criminales se vuelven cotidianos, las desapariciones se multiplican y los expedientes sin resolver se acumulan en las comandancias hasta que ya no caben en los archiveros. El caso de Luz y Manuel queda sepultado bajo cientos de casos nuevos, cada uno con su propia tragedia, cada uno con familias que preguntan y que no reciben respuestas.
Nadie en la familia sabe que durante todos esos años Luz y Manuel han estado desplazándose de forma forzada por diferentes puntos del norte del país. Después de aquella noche del año 2000 en que salieron del centro de Monterrey, fueron retenidos por el grupo al que Manuel le debía dinero y obligados a trabajar en tareas menores.
Vigilancia en puntos de venta, traslado de paquetes pequeños, limpieza de casas de seguridad. Al principio les prometieron que después de unas semanas quedarían libres, pero esas semanas se convirtieron en meses y los meses en años. Les quitaron sus identificaciones oficiales para evitar que pudieran moverse con libertad o pedir ayuda en alguna institución.
Los cambiaban de ciudad cada pocos meses, siempre manteniéndolos en condiciones precarias, siempre bajo amenaza de que si intentaban escapar o hablar con alguien, los matarían o irían por sus familias en Monterrey. Luz perdió contacto con cualquier referencia de su vida anterior.
Los nombres de las calles, los rostros de la gente, todo empezó a mezclarse en su memoria hasta que ya no podía distinguir en qué ciudad estaba ni cuánto tiempo llevaba ahí. En algún momento de esos años, alguien del grupo los introdujo a las drogas como forma de mantenerlos funcionales y dependientes.
Primero fue para aguantar turnos largos de vigilancia sin dormir, después para calmar la ansiedad de vivir siempre con miedo y finalmente porque ya no podían pasar un día sin consumir. Manuel, que en Monterrey apenas tomaba cerveza los fines de semana, se volvió adicto a la metanfetamina. Luz, que nunca había probado nada más fuerte que un analgésico, cayó en el mismo ciclo.
La chamarra de mezclilla azul que Manuel usaba en la foto del año 2000 se perdió en alguna de esas mudanzas forzadas. La cartera de luz con la foto familiar que siempre cargaba desapareció. También poco a poco fueron perdiendo no solo sus pertenencias, sino también pedazos de su identidad, hasta que ya no recordaban con claridad quiénes habían sido antes.
Para el año 2010, el grupo que los controlaba se desintegró después de una serie de detenciones y enfrentamientos con autoridades. Sin estructura que los mantuviera vigilados, pero también sin recursos ni documentos, Luz y Manuel quedaron flotando en Tijuana. una ciudad a la que habían llegado meses atrás y de la que ya no tenían fuerzas para salir.
La adicción ya estaba completamente instalada. El miedo a regresar a Monterrey era más fuerte que el deseo de volver. Y la vergüenza de que sus familias los vieran en ese estado les parecía insoportable. Empezaron a vivir en las calles, durmiendo en albergues cuando había espacio o bajo puentes cuando no.
La ropa que usaban se fue rompiendo y ensuciando hasta quedar irreconocible. La vida se redujo a conseguir lo necesario para pasar el día. Algo de comida, un lugar donde dormir y la siguiente dosis para no enfermarse por la falta de droga. Entre los años 2010 y 2018, Luz y Manuel se convierten en parte del paisaje invisible de Tijuana. esa población flotante de personas que viven en las calles y que la mayoría de la gente mira de reojo sin detenerse a preguntarles su nombre o su historia.
Se instalan bajo un puente vehicular en una zona periférica de la ciudad, un espacio de concreto sucio donde se acumulan lonas azules, cartones mojados, bolsas de plástico llenas de botellas vacías y latas que recogen para vender en los centros de reciclaje. El puente se convierte en su domicilio permanente. Ahí duermen, ahí guardan sus cosas.
Ahí pasan las tardes sentados sobre pedazos de cartón, viendo como los carros cruzan por arriba sin que nadie voltee hacia abajo. Con el tiempo aprenden a moverse por la ciudad siguiendo rutas específicas. ¿Saben en qué colonias sacan la basura los martes y los viernes? Conocen los horarios de los camiones recolectores.
Identifican qué tipo de desechos pagan mejor en cada centro de reciclaje. Consiguen un carrito de supermercado abandonado que se convierte en su herramienta de trabajo. Cada mañana temprano salen a recorrer las calles cercanas, revisan los contenedores de basura, separan las botellas de plástico, las latas de aluminio, el cartón limpio, cargan el carrito hasta que ya no cabe nada más y regresan al puente a descansar. antes de llevarlo a vender.
Con lo que juntan compran tortillas, frijoles de lata, algún refresco y lo que sobra se va en la droga, que ya no es un hábito, sino una necesidad física. La ropa que usan es la que encuentran en donaciones de iglesias o en bolsas de basura que la gente deja fuera de sus casas. Manuel consigue una sudadera clara con capucha que está llena de agujeros y manchas, pero que al menos abriga un poco en las noches frías.
Luz usa una sudadera gris oscura que le queda grande y que huele a humedad permanente. Los tenis que calzan rotos con las suelas despegadas y los cordones reemplazados por pedazos de mecate. Físicamente el cambio es brutal. Manuel, que en el año 2000 pesaba unos 75 kg y tenía el cuerpo fuerte de alguien que trabaja con las manos, ahora pesa menos de 50. Su piel está curtida por el sol.
Sus manos temblorosas, sus dientes manchados y rotos. Luz, que era una mujer de complexión mediana con rostro joven, se ha vuelto extremadamente delgada. Su cabello está enredado y sucio. Su piel marcada por el clima y por las condiciones de vida en la calle. Ninguno de los dos habla mucho durante esos años.
Pasan días enteros en silencio, moviéndose por inercia, cumpliendo con la rutina de buscar latas y botellas sin pensar realmente en lo que están haciendo. A veces, cuando están sentados bajo el puente al final del día, Manuel repite en voz baja la frase que solía decir en Monterrey. Lo importante es llegar, aunque sea tarde.
Luz lo escucha y no dice nada porque ya perdió el significado de esas palabras, si es que alguna vez lo tuvieron. La gente que pasa cerca del puente los ve como parte del entorno, como las lonas azules o los grafitis en los pilares de concreto. Nadie les pregunta sus nombres, nadie les ofrece ayuda más allá de una moneda ocasional o un taco que sobró de alguna comida.
Son invisibles y en cierta forma esa invisibilidad es cómoda porque significa que nadie les pide explicaciones, nadie les pregunta de dónde vienen o por qué están ahí. Durante esos años, Luz no piensa en su mamá, en su hermana, en los domingos de pan dulce en el patio de la casa.
Manuel no piensa en el taller mecánico, en la chamarra de mezclilla azul que usaba todos los días, en las bromas con los compañeros de trabajo. Esos recuerdos quedaron sepultados bajo capas de supervivencia diaria, bajo el peso de las sustancias que consumen para no sentir, bajo la vergüenza de haber caído tan bajo que ya no hay manera de imaginar una salida.
En Monterrey, la foto de la banqueta sigue clavada en la pared de la casa de la señora Ramírez, cada vez más amarilla, cada vez más borrosa. En Tijuana, bajo un puente de concreto manchado de grafitis, Luz y Manuel siguen vivos, pero tan lejos de esas personas de la foto, que bien podrían ser fantasmas de sí mismos.
En el año 2018, Karina Soto, prima de luz por parte de madre, se muda a Tijuana por trabajo. Tiene 35 años, es supervisora de una maquiladora y consigue un puesto en una planta de ensamblaje de componentes electrónicos en la zona industrial de la ciudad. Renta un cuarto en una colonia alejada del centro y todos los días toma el mismo camión para ir y volver de la fábrica.
Una ruta que cruza por debajo de un puente vehicular en el que nunca se había fijado hasta que un día sin razón específica, voltea hacia la base de los pilares de concreto. Ve lonas azules amarradas entre las columnas, cartones apilados, bolsas de basura, un carrito de supermercado cargado de botellas de plástico. Ve gente sentada o acostada en el suelo. Figuras oscuras que se mueven despacio o que permanecen inmóviles durante horas.
Karina siente una mezzla de lástima y de incomodidad, pero no hace nada más que voltear hacia otro lado cuando el camión arranca de nuevo. Durante los siguientes meses pasa por ese mismo lugar dos veces al día. Empieza a reconocer algunas caras, algunas formas de moverse, algunos patrones. Hay una pareja que siempre está junta, sentada sobre cartones cerca del pilar más alejado de la calle. Él es muy delgado.
Usa sudadera clara con capucha que está destruida, pantalón largo y sucio, zapatos desgastados. Ella viste una sudadera gris oscura, pantalón rasgado, lleva el cabello enredado y las manos siempre ocupadas separando latas o botellas. Una tarde de semana, el camión se detiene más tiempo de lo normal en el semáforo justo frente al puente.
Karina tiene la ventana abierta y escucha que el hombre de la sudadera Clara está hablando con alguien que pasa caminando. No entiende todo lo que dice, pero alcanza a escuchar una frase que se repite dos veces. Lo importante es llegar, aunque sea tarde. Algo en esa frase le suena familiar. No logra ubicar de inmediato de dónde la conoce, pero la sensación es tan fuerte que saca su celular y toma una foto rápida desde la ventana del camión.
Una imagen borrosa donde apenas se distinguen las figuras de la pareja rodeada de bolsas y cartones. Esa noche, en su cuarto, revisa la foto con Zoom y trata de recordar dónde escuchó esa frase antes. Le toma dos días hacer la conexión. Recuerda que cuando era niña, su tía, la mamá de luz, hablaba de Manuel, el novio de su prima, y siempre contaba la misma anécdota, que Manuel era muy relajado con los horarios y que cada vez que llegaba tarde decía, “Lo importante es llegar, aunque sea tarde.” Y todos se reían porque lo decía con una sonrisa
como si fuera un lema de vida. Karina siente un golpe en el estómago, busca entre sus cosas viejas y encuentra una copia de uno de los volantes que la familia repartió años atrás con la foto de Luz y Manuel en la banqueta de Monterrey. Compara los rostros de la foto con la imagen borrosa que tomó desde el camión.
20 años de diferencia hacen que sea casi imposible estar segura. Pero hay algo en la forma de la cara de la mujer, en la postura del hombre, en el hecho de que siempre están juntos, que le hace pensar que podría ser ellos. Durante varios días, Karina va y viene en el camión intentando ver mejor a la pareja sin llamar la atención.
confirma que el hombre repite esa frase con cierta frecuencia, como si fuera un tic verbal o un recuerdo automático que sale sin que él se dé cuenta. También nota que ambos tienen un acento que no es del todo local, algo en la forma de pronunciar ciertas palabras que le suena más del noreste que de Baja California. Finalmente decide bajar del camión en esa parada y acercarse con una excusa cualquiera. Lleva una bolsa con pan y se la ofrece a la pareja.
La mujer la toma sin decir nada, con la mirada baja. El hombre murmura a un gracias apenas audible. Karina intenta ver rostros de cerca, buscar algún rasgo específico que confirme su sospecha, pero están tan cambiados, tan marcados por el tiempo y por las condiciones de vida, que no puede estar completamente segura. regresa a su cuarto y le envía un mensaje a su tía en Monterrey.
Le cuenta lo que vio, le manda la foto borrosa desde el camión, le explica lo de la frase. La señora Ramírez, que ahora tiene más de 70 años y que hace tiempo dejó de buscar activamente, mira la imagen en la pantalla del celular y se queda en silencio durante varios minutos.
Le pide a Karina que vuelva a verlos, que intente tomar una foto más clara, que confirme si realmente podrían ser Luz y Manuel. Karina regresa al puente varios días seguidos, siempre con alguna excusa. Llevar comida, preguntar por direcciones, ofrecer ayuda con el carrito de reciclaje. La pareja la recibe con desconfianza al principio, pero después de unas visitas empiezan a relajarse un poco. No hablan mucho.
Cuando Karina intenta hacer conversación, ellos responden con monosílabos o con silencios largos. Pero Karina es paciente. Una tarde, mientras les ayuda a separar unas botellas, le pregunta al hombre de dónde es. Él duda, mira hacia el suelo y finalmente dice, “Del norte.” Karina insiste, “¿De qué parte del norte?” Él no responde.
La mujer, que hasta ese momento no había dicho nada murmura algo que suena como Monterrey, pero tan bajo que Karina no está segura de haberlo escuchado bien. Esa noche Karina le llama a su tía por teléfono y le cuenta lo que pasó. La señora Ramírez le pide que intente conseguir una foto más nítida de los rostros.
Karina lo intenta durante varios días, pero la pareja siempre está en movimiento o con la cabeza agachada. Y cuando levanta el celular para tomar una foto, ellos se ponen nerviosos y se alejan. Finalmente, Karina decide ser directa. Un sábado por la mañana, baja del camión con una bolsa de comida y se sienta junto a ellos en el cartón. Les ofrece tacos y refresco. Espera a que terminen de comer y luego saca su celular.
les muestra la foto vieja de Monterrey, la del año 2000, donde Luz y Manuel están parados en la banqueta con ropa limpia y mirada tranquila. ¿Los conocen? Pregunta Karina observando sus reacciones. La mujer mira la imagen durante varios segundos sin decir nada. Sus manos empiezan a temblar.
El hombre también mira la foto, entrecierra los ojos como si intentara enfocar y luego voltea hacia otro lado. Karina insiste. Ella se llama Luz Ramírez. Él es Manuel Herrera. Desaparecieron en Monterrey hace como 20 años. Mi familia los estuvo buscando mucho tiempo. El silencio que sigue es tan largo que Karina piensa que se equivocó, que no son ellos, que todo fue producto de su imaginación y de las ganas de darle una buena noticia a su tía.
Pero entonces el hombre susurra casi sin voz, “Esa chamarra ya no la tengo.” Karina siente que se le eriza la piel. “¿Cuál chamarra?”, pregunta. Él señala la foto. La azul. La perdí. La mujer sigue mirando la imagen en silencio, con los ojos llenándose de lágrimas que no llegan a caer. Karina pregunta directamente, “¿Tú eres Luz?” La mujer no responde, pero su cuerpo se encoge como si el solo hecho de escuchar ese nombre le doliera físicamente. Karina intenta tocarle el hombro, pero ella se aparta.
No quiero que nadie sepa”, dice finalmente con una voz ronca que suena como si no la hubiera usado en años. No quiero que mi mamá me vea así. Karina entiende en ese momento que sí son ellos, que la búsqueda de 24 años terminó bajo un puente de concreto en Tijuana, rodeados de bolsas de reciclaje y lonas sucias. Siente una mezcla de alivio y de horror.
Le dice a Luz que su mamá nunca dejó de buscarla, que la foto de Monterrey sigue clavada en la pared de la casa, que la familia quiere saber que está viva, aunque sea para tener paz. Luz niega con la cabeza. No puedo volver. No así. Manuel tampoco dice nada, solo mira hacia los carros que pasan por el puente y repite en voz baja.Lo importante es llegar aunque sea tarde. Karena no sabe si esa frase es una forma de consuelo, de resignación o de locura, pero la escucha y siente que resume todo lo que pasó en esos 24 años. Llegaron a Tijuana, sí, pero llegaron destruidos, irreconocibles, convertidos en sombras de las personas que eran en esa foto.
Karina les dice que necesitan ayuda, que hay instituciones que pueden apoyarlos, que pueden recibir atención médica y psicológica. Luz solo repite, “No quiero que mi mamá más me vea así.” Karina promete que va a manejar todo con cuidado, que no va a forzar nada, pero que al menos tiene que avisar a las autoridades para que puedan confirmar su identidad y empezar algún tipo de proceso. Durante los siguientes días, Karina coordina con trabajadores sociales y con la policía local.
Les explica la situación, les muestra las fotos, les cuenta la historia. Todos coinciden en que hay que actuar rápido, porque si Luz y Manuel desaparecen de nuevo del puente, va a ser casi imposible encontrarlos otra vez. Un martes por la mañana, un equipo de trabajadores sociales y dos agentes de la policía municipal de Tijuana llegan al puente vehicular donde viven Luz y Manuel.
Karina los acompaña para que la pareja no se asuste tanto al ver gente desconocida. Encuentran a Luz sentada sobre un cartón separando latas de aluminio con las manos sucias. Manuel está un poco más lejos empujando el carrito de supermercado cargado de botellas de plástico. Cuando ven a Karina acompañada de varias personas, ambos se ponen tensos.
Manuel suelta el carrito y da un paso hacia atrás como si estuviera pensando en salir corriendo. Luz se queda inmóvil con la mirada fija en el suelo. Karina se adelanta y les explica con voz calmada que nadie viene a hacerles daño, que solo quieren ayudarlos, que van a llevarlos a un lugar donde puedan estar limpios, comer bien y recibir atención médica.
Los trabajadores sociales les hablan con paciencia, sin presionarlos. Les ofrecen agua. Les explican el proceso, les dicen que no están en problemas con la ley y que nadie va a obligarlos a hacer nada que no quieran. Después de casi una hora de conversación, Luz acepta subirse a la camioneta.
Manuel duda más, pero finalmente la sigue. Los llevan al Hospital General de Tijuana, donde los reciben en el área de trabajo social. Les toman fotografías de identificación, les registran las huellas digitales, les hacen preguntas básicas sobre sus nombres, fechas de nacimiento, lugares de origen.
Luz responde con voz baja, casi inaudible. Manuel parece confundido, como si no estuviera seguro de las respuestas. Los trabajadores no insisten demasiado. Saben que después de tantos años viviendo en las condiciones en que vivían, la memoria y la capacidad de comunicación se deterioran. Les asignan una habitación compartida donde pueden bañarse, les dan ropa limpia, les ofrecen comida caliente.
Luz se sienta en la orilla de la cama y no se mueve durante horas. Manuel camina en círculos por el cuarto, nervioso, preguntando cada rato si pueden irse. Los médicos los evalúan y encuentran desnutrición severa, infecciones en la piel, problemas dentales graves, signos de consumo prolongado de drogas. También detectan síntomas de abstinencia que empiezan a manifestarse horas después de que llegaron al hospital.
Mientras tanto, la policía cruza las huellas digitales con las bases de datos nacionales. Tardan dos días, pero finalmente confirman la identidad. Luz Ramírez Soto, reportada como desaparecida en Monterrey, Nuevo León, en el año 2000. Manuel Herrera Cruz, también reportado como desaparecido en la misma fecha y lugar.
El caso que llevaba 24 años archivado se reactiva de inmediato. Las autoridades de Nuevo León son notificadas. Un agente de la Fiscalía de Personas Desaparecidas llama a la familia de Luz y les informa que su hija fue localizada con vida en Tijuana. La señora Ramírez, que está sola en su casa cuando recibe la llamada, se sienta en el piso y llora durante varios minutos sin poder articular palabra.
Le piden que no viaje todavía, que primero necesitan estabilizar a Luz médicamente y que después van a coordinar todo para un reencuentro. La hermana de Luz también recibe la noticia. Siente un alivio inmenso mezclado con una angustia que no sabe cómo manejar. Durante 24 años imaginó este momento de formas muy distintas. A veces pensaba que encontrarían a su hermana muerta.
otras veces que simplemente nunca sabrían qué pasó, pero nunca imaginó que la encontrarían viva, en situación de calle, adicta, enferma, envejecida más allá de lo que los años justifican. En el hospital, los médicos empiezan un proceso de desintoxicación controlada. Es doloroso, difícil, lleno de crisis y de retrocesos.
Luz pasa días enteros sin querer hablar con nadie, negándose a comer, pidiendo que la dejen irse. Manuel tiene episodios de confusión donde no reconoce dónde está ni por qué lo tienen ahí. Los psicólogos que los atienden saben que la recuperación va a ser lenta, que no hay garantía de que logren salir completamente de la adicción y que el daño psicológico acumulado durante tantos años puede ser irreversible.
Karina visita el hospital cada dos días. A veces Luz la recibe, otras veces le pide que se vaya. En una de esas visitas, Luz le pregunta por su mamá. Karina le cuenta que está bien, que quiere verla, que nunca dejó de esperarla. Luz llora en silencio y dice que no sabe cómo va a mirarla a los ojos después de todo lo que pasó.
Ella no te va a juzgar, le dice Karina. Luz no responde, pero su expresión deja claro que ella sí se juzga a sí misma y que ese juicio es más duro que cualquier cosa que su familia pudiera decirle. Durante las semanas siguientes, el caso de Luz y Manuel empieza a circular en medios locales de Tijuana y de Monterrey.
Los reporteros intentan conseguir entrevistas, piden acceso al hospital, buscan fotografías recientes. Las autoridades bloquean todo contacto con la prensa para proteger la privacidad de ambos y para evitar que el proceso de recuperación se vea afectado por la exposición mediática. Algunos medios publican la historia de todas formas basándose en los datos oficiales del caso.
Pareja desaparecida en Monterrey en el año 2000, localizada 24 años después en Tijuana, viviendo bajo un puente. Las notas se enfocan en el aspecto dramático, en el contraste entre la foto vieja y la situación actual, en las especulaciones sobre qué pudo haberles pasado durante todo ese tiempo. La mayoría de los artículos son sensacionalistas. Llenos de imprecisiones y de suposiciones.
En Monterrey, la familia rechaza todas las solicitudes de entrevistas. La señora Ramírez solo quiere ver a su hija, abrazarla, confirmar con sus propios ojos que está viva, pero los médicos le piden que espere un poco más, que Luz todavía no está en condiciones emocionales para un reencuentro de esa magnitud.
Le explican que después de tantos años de trauma, adicción y vida en la calle, el proceso de reconexión con la familia tiene que ser gradual, controlado, acompañado de terapia. Mientras tanto, los investigadores intentan reconstruir lo que pasó durante esos 24 años. Entrevistan a Luz y a Manuel por separado, con presencia de psicólogos, en sesiones cortas para no abrumarlos. Los relatos que obtienen son fragmentados. contradictorios, llenos de vacíos.
Luz recuerda haber sido retenida después de aquella noche en Monterrey, haber sido movida de ciudad en ciudad, haber trabajado en tareas que no entendía bien y que le daban miedo. Manuel menciona deudas, amenazas, viajes forzados en camionetas con vidrios polarizados, casas de seguridad donde los encerraban días enteros.
Ninguno de los dos puede dar nombres completos de las personas que los controlaban, ni ubicaciones exactas, ni fechas precisas. Todo está mezclado en su memoria, borroso, como si los años se hubieran comprimido en una sola masa de miedo y supervivencia.
Los investigadores entienden que después de tanto tiempo y con el nivel de adicción que desarrollaron, es casi imposible obtener testimonios útiles para procesos legales. Aún así, abren una línea de investigación sobre posible trata de personas y desaparición forzada, aunque sin muchas esperanzas de llegar a alguna parte.
Lo que sí queda claro es que en algún momento entre los años 2010 y 2015, el grupo que los controlaba se disolvió o los abandonó en Tijuana. Sin documentos, sin dinero, sin red de apoyo y con una adicción ya instalada, Luz y Manuel cayeron directamente a la calle. Empezaron a vivir de la recolección de reciclables, se instalaron bajo el puente y ahí se quedaron durante casi una década.
Invisibles para todos, excepto para la gente que también vive en las calles. Después de seis semanas en el hospital, los médicos consideran que luz está lo suficientemente estable para ver a su mamá. Coordinan el encuentro en una sala privada con presencia de trabajadores sociales y psicólogos.
La señora Ramírez viaja desde Monterrey en autobús acompañada de la hermana de luz. Durante todo el trayecto lleva agarrada en las manos la foto de la banqueta, la del año 2000, esa que estuvo clavada en la pared de su casa durante 24 años. Cuando entran a la sala Luz está sentada en una silla con la mirada baja.
Lleva ropa limpia que le queda grande, el cabello recién cortado, las manos entrelazadas sobre las rodillas. La señora Ramírez se detiene en la puerta, la mira durante varios segundos sin poder moverse y luego camina despacio hacia ella. Luz levanta la vista y cuando ve a su mamá, su rostro se descompone. Perdón, es lo único que alcanza a decir antes de empezar a llorar. La señora Ramírez la abraza sin decir nada.
No le pregunta qué pasó, no le reclama por qué no volvió, no le pide explicaciones, solo la sostiene mientras Luz llora con un sonido quebrado que parece salir de un lugar muy profundo. La hermana también se acerca y las tres se quedan ahí abrazadas, llorando juntas en esa sala del hospital en Tijuana, a 2,000 km de la casa donde empezó todo.
El reencuentro dura menos de una hora porque los médicos consideran que es suficiente por ahora. Antes de irse, la señora Ramírez le muestra a Luz la foto de la banqueta. Nunca la quité de la pared”, le dice. Luz mira la imagen. Mira a esa versión de sí misma con 24 años, limpia, tranquila, parada junto a Manuel en una tarde cualquiera y no puede reconocerse en esa persona. “Ya no soy esa”, murmura.
“No importa”, responde su mamá. sigue siendo mi hija. Después del reencuentro, Luz acepta entrar a un programa de rehabilitación de largo plazo en un centro especializado de Tijuana. Manuel también es aceptado en el mismo lugar, en un área separada. El tratamiento incluye desintoxicación, terapia individual, terapia grupal, evaluaciones médicas constantes y capacitación básica para reinsertarse en actividades productivas.
No hay garantía de éxito. Los médicos advierten a la familia que después de tantos años de adicción, las recaídas son probables y que el proceso puede tomar años. La señora Ramírez regresa a Monterrey, pero mantiene contacto semanal por teléfono con los trabajadores sociales del centro. Le mandan reportes sobre el progreso de luz, sobre sus días buenos y sus días malos, sobre las crisis de ansiedad y los momentos de avance. La hermana de Luz también se mantiene en comunicación constante con Karina, quien sigue
viviendo en Tijuana y visita a Luz cada dos semanas. Durante los primeros meses en el centro, Luz tiene varios episodios de crisis donde pide salir, donde dice que no puede estar ahí, donde siente que es mejor volver a las calles porque al menos ahí no tenía que enfrentarse con lo que es su vida.
Los terapeutas trabajan con ella esos impulsos, intentan reconstruir su sentido de identidad, ayudarla a procesar el trauma acumulado durante más de dos décadas. Manuel avanza más lento, tiene problemas de memoria. Más severos que Luz, confunde fechas, repite las mismas historias varias veces sin recordar que ya las contó.
Los médicos sospechan que además de la adicción puede haber daño neurológico irreversible causado por el consumo prolongado de metanfetaminas. Aún así tiene días de lucidez donde logra participar en terapia y donde incluso muestra interés en aprender algún oficio que le permita trabajar eventualmente. A los 6 meses de tratamiento, Luz empieza a responder mejor.
Participa en los talleres del centro, ayuda en la cocina. Se ofrece para limpiar áreas comunes. Los terapeutas notan que necesita mantenerse ocupada para no caer en pensamientos destructivos. y que el trabajo físico le ayuda a canalizar la ansiedad.
Le enseñan tareas básicas de costura y ella muestra habilidad para reparar ropa. Es un avance pequeño pero significativo. Durante ese tiempo, las autoridades siguen intentando armar el caso de desaparición forzada, pero sin testimonios claros ni pruebas físicas. La investigación no avanza.
La mayoría de las personas que pudieron estar involucradas en el año 2000 ya no están localizables, están muertas o están presas por otros delitos. El expediente queda abierto técnicamente, pero sin expectativas reales de que se resuelva. La familia de Manuel también es notificada de que fue encontrado. Su madre murió años atrás, pero tiene dos hermanos que viven en Monterrey y que no sabían nada de él desde el año 2000.
Uno de ellos viaja a Tijuana para verlo. El encuentro es incómodo, distante. Manuel apenas recuerda a su hermano, no logra conectar emocionalmente con él. El hermano se va después de una hora prometiendo que va a mantenerse en contacto, pero nunca vuelve a llamar. Al cumplirse un año en el centro de rehabilitación, los médicos evalúan la posibilidad de que Luz y Manuel pasen a una fase de reinserción social.
Esto implicaría salir del centro, vivir en un espacio supervisado, empezar a trabajar en empleos sencillos, manejar dinero, tomar transporte público. Es un paso enorme y aterrador para ambos, porque significa volver a enfrentarse con el mundo exterior después de tantos años de vivir al margen de todo. Luz le dice a su mamá por teléfono que tiene miedo de salir, que no sabe si va a poder mantenerse sin consumir, que no confía en sí misma.
La señora Ramírez le responde que no está sola, que la familia Bolly va a estar ahí, que no importa cuántas veces caiga, siempre vaya a ver alguien dispuesto a levantarla. Son palabras que Luz escucha, pero que todavía no puede creer del todo. Manuel, por su parte, sigue repitiendo su frase de siempre: “Lo importante es llegar aunque sea tarde.
Los terapeutas no saben si es un signo de esperanza o si es solo un eco automático de algo que perdió su significado hace mucho tiempo. Lo que si saben es que después de 24 años perdidos, cada día que Luz y Manuel se mantienen limpios, cada día que participan en terapia, cada día que intentan reconstruirse a sí mismos, es una pequeña victoria contra todo lo que vivieron.
A principios del año 2024, Luz sale del centro de rehabilitación y se muda a una casa de medio camino en Tijuana, un espacio supervisado donde viven otras personas en proceso de recuperación. Tiene su propia habitación, comparte la cocina y el baño. Sigue asistiendo a terapia tres veces por semana. consigue un empleo de medio tiempo en una lavandería, un trabajo sencillo que le permite mantenerse ocupada y ganar un poco de dinero. Los primeros meses fuera del centro son difíciles.
Hay días en que Luz siente la tentación de consumir, días en que camina por las calles y ve los lugares donde solía moverse cuando vivía bajo el puente. Días en que piensa que sería más fácil volver a esa vida que seguir luchando contra sí misma. Pero también hay días buenos, días en que logra terminar su turno en lavandería sin sentir ansiedad.
Días en que habla por teléfono con su mamá y logra reírse de algo. Días en que se mira al espejo y reconoce pequeños pedazos de la persona que era antes. Manuel también sale del centro, pero su proceso es más complicado. Los daños neurológicos son evidentes. Tiene problemas para retener información.
nueva, se confunde fácilmente, necesita supervisión constante para tareas básicas. Lo colocan en un albergue especializado donde recibe atención permanente. No puede trabajar, pero participa en talleres ocupacionales donde hace tareas manuales sencillas. Su familia de Monterrey no vuelve a buscarlo. Es Luz quien lo visita cada dos semanas, quien le lleva cosas, quien se sienta con él en el patio del albergue y escucha cuando repite las mismas historias una y otra vez.
La señora Ramírez viaja a Tijuana cada dos meses para ver a su hija. Los encuentros son más relajados ahora, menos cargados de llanto y de dolor. Se sientan en una fonda cerca de la casa de medio camino, comen tacos, hablan de cosas cotidianas. La mamá le cuenta de la familia en Monterrey, de los sobrinos que Luz no conoce, de la vecina que sigue preguntando por ella.
Luz escucha y a veces sonríe, pero todavía no se siente lista para volver a Monterrey, para enfrentarse con la ciudad donde empezó todo. Un día, Karina le lleva a luz la foto de la banqueta, la del año 2000, esa que estuvo clavada en la pared de la casa de su mamá durante tantos años.
Luz la mira en silencio durante varios minutos. No puedo creer que esa era yo,” dice. Finalmente Karina le responde que sigue siendo ella, solo que con 24 años más de historia, de dolor, de supervivencia. Luz no está convencida, pero guarda la foto en su cuarto, en el cajón de la mesa de noche y a veces la saca para mirarla antes de dormir.
La familia no habla mucho de lo que pasó durante esos años perdidos, no porque no quieran saber, sino porque entienden que forzar esas conversaciones solo le hace daño a Lux. Los terapeutas les han explicado que el trauma de ese nivel no se procesa en meses ni en años, que es algo con lo que Luz va a tener que vivir el resto de su vida y que lo mejor que pueden hacer es estar presentes sin presionar.
Manuel sigue en el albergue repitiendo su frase. Lo importante es llegar aunque sea tarde. Luz le dice que sí, que tienen razón, que llegaron tarde, pero llegaron, que siguen vivos cuando pudieron haber muerto mil veces en esos 24 años. No es un final feliz. No es la versión de la historia donde todo se arregla con un abrazo y una promesa.
Es solo la realidad de dos personas que sobrevivieron a algo que no debería haberles pasado, que cargaron con un peso que ninguna persona debería cargar y que ahora intentan día a día construir algo parecido a una vida. La foto de la banqueta sigue existiendo. Luz y Manuel con 24 y 26 años limpios, tranquilos, parados frente a un poste de luz en Monterrey, sin saber que esa tarde de año 2000 sería la última vez que serían esas personas.
Y también existe la otra imagen, la que Karina tomó desde el camión. Dos figuras envejecidas bajo un puente de Tijuana rodeadas de bolsas de reciclaje y lonas sucias. Después de 24 años de silencio, entre esas dos fotos está toda la historia que nadie documentó, todo el dolor que nadie vio, toda la caída que nadie detuvo.
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