Niña de 2 años DESAPARECIÓ en la guardería — horas después fue hallada en un lugar ATERRADOR

Esta es una historia inspirada en hechos reales. Algunos sucesos fueron recreados y los nombres, lugares y fechas modificados para proteger la identidad de los involucrados y sobre todo para honrar la memoria de la pequeña niña. Era un día común en Puebla, 1999. Una madre dejó a su hija de apenas 2 años en la guardería y jamás la volvió a ver con vida. Horas después, la policía halló algo aterrador.

La pregunta que hasta hoy nadie puede responder es, ¿cómo llegó allí? En una mañana de abril de 1999, el sol apenas comenzaba a calentar las calles empedradas de Puebla, cuando María Bonilla tomó la mano de su pequeña hija Victoria. Era una niña de apenas dos años con cabello negro y rizado, que siempre se negaba a quedarse peinado, y ojos curiosos que parecían querer descubrir cada rincón del mundo.

 ¿Quién podría imaginar que esa sería la última vez que María vería a su hija con vida? Victoria caminaba con esos pasos inseguros típicos de los niños pequeños, aferrándose al dedo índice de su madre mientras se dirigían hacia la guardería infantil Los Angelitos, ubicada en la colonia Santiago, una zona tranquila donde las familias trabajadoras dejaban a sus hijos cada mañana.

 La guardería no era lujosa, pero tenía buena reputación. Un edificio de dos pisos con paredes pintadas de amarillo claro y ventanas pequeñas protegidas por rejas. En el patio había algunos juguetes descoloridos por el sol y una pequeña resbaladilla de plástico azul que fascinaba a Victoria. Mira, mi amor, ahí están tus amiguitos”, le dijo María mientras señalaba hacia el patio, donde otros niños ya jugaban bajo la supervisión de las cuidadoras.

 Victoria soltó la mano de su madre y corrió hacia la entrada con esa energía inagotable que solo tienen los niños. Era una niña sociable, alegre, que se adaptaba fácilmente a cualquier lugar. Por eso María nunca se preocupaba al dejarla ahí. La señora Teresa Gutiérrez, directora de la guardería, recibió a Victoria con una sonrisa.

 Era una mujer de 45 años, robusta, con el cabello siempre recogido en un chongo apretado. Llevaba 15 años dirigiendo ese lugar y conocía a todas las familias del barrio. “Buenos días, María. Victoria se ve muy contenta hoy”, comentó Teresa mientras la niña ya corría hacia los columpios. “Sí”, despertó de muy buen humor.

 “La vendré a recoger a las 3 como siempre”, respondió María, quien trabajaba medio tiempo en una fábrica textil cercana. Pero, ¿acaso María sabía lo que estaba a punto de suceder en esas instalaciones que consideraba seguras? Era martes, un día como cualquier otro en la guardería. Susana Hernández, una joven de 19 años que trabajaba como cuidadora, estaba a cargo del grupo de los más pequeños.

 Victoria era una de sus favoritas porque nunca daba problemas y siempre obedecía las instrucciones. La mañana transcurrió normal. Los niños desayunaron avena con leche, jugaron con bloques de madera y escucharon cuentos. Victoria participaba activamente levantando la mano para responder preguntas sencillas y riéndose con las canciones infantiles.

Pero algo cambiaría drásticamente después del almuerzo. Eran aproximadamente las 2 de la tarde cuando Susana notó que Victoria no estaba en el grupo. Había 11 niños en total y ahora solo contaba 10. Revisó el baño pequeño, miró debajo de las mesas, buscó en los rincones donde a veces los niños se escondían para jugar. Nada.

Teresa, ¿has visto a Victoria?, preguntó Susana con un tono que intentaba sonar casual, pero que ya llevaba una nota de preocupación. Teresa dejó de revisar los expedientes que tenía sobre su escritorio. ¿Cómo que si la he visto? No estaba contigo. Sí, pero ya no la encuentro. ¿Puede una niña de 2 años simplemente desaparecer sin dejar rastro? Las dos mujeres comenzaron una búsqueda más sistemática.

 Revisaron cada aula, cada baño, la cocina, la pequeña bodega donde guardaban material didáctico. Preguntaron a los otros niños, pero las respuestas eran confusas. Algunos decían haber visto a Victoria jugando con muñecas. Otros mencionaban que estaba en el patio. El pánico comenzó a apoderarse de ellas cuando revisaron los portones de entrada.

 Ambos estaban cerrados con llave, tal como debía ser según el reglamento. Las ventanas tenían rejas y estaban demasiado altas para que una niña pequeña pudiera alcanzarlas. “Esto no puede estar pasando”, murmuró Teresa, sintiendo como el sudor frío comenzaba a recorrer su espalda. Eran las 3 men cuando María Bonilla llegó puntual a recoger a su hija. Traía una bolsa con galletas que había comprado en el camino, un pequeño regalo que siempre le gustaba llevar a Victoria.

 Tocó el timbre y esperó junto al portón de hierro, como hacía todos los días. Pero esta vez, en lugar de ver a su hija corriendo hacia ella con los brazos abiertos, vio aparecer a Teresa con una expresión que jamás olvidaría. “María, necesitamos hablar”, dijo la directora con voz temblorosa. “¿Dónde está Victoria? ¿Por qué no sale? ¿Cómo le explicas a una madre que su hija ha desaparecido? No sabemos dónde está.

 La hemos buscado por toda la guardería, pero no la encontramos. El mundo de María se desplomó en ese instante. La bolsa de galletas cayó al suelo mientras ella se aferraba a los barrotes del portón. ¿Cómo que no saben dónde está? Ustedes son responsables de ella. Ábrame en este portón ahora mismo. Teresa abrió la puerta con manos temblorosas.

 María entró como una tromba, gritando el nombre de su hija mientras corría por los pasillos. Su voz desesperada resonaba en cada rincón del edificio. Victoria, Victoria, mi amor, ¿dónde estás? Pero solo el silencio le respondía. Antes de continuar, tómate un momento para suscribirte al canal y cuéntanos en los comentarios desde qué país nos estás escuchando. Tu apoyo nos ayuda a seguir contando estas historias que necesitan ser recordadas.

Los otros padres que llegaron a recoger a sus hijos se encontraron con una escena caótica. María lloraba desconsoladamente mientras registraba cada rincón. Teresa intentaba explicar lo inexplicable y Susana permanecía en shock, repitiendo una y otra vez, estaba aquí. Yo la vi aquí hace un rato.

 Don Carlos Medina, padre de uno de los niños, fue quien tomó la decisión más sensata. Hay que llamar a la policía ya. Mientras Teresa marcaba al número de emergencias con dedos temblorosos, María siguió buscando desesperadamente. Abrió armarios, movió muebles, revisó debajo de cada cama en el área de descanso.

 Su instinto maternal le decía que tenía que estar ahí en algún lugar que no habían buscado bien. Pero Victoria había desaparecido como si se la hubiera tragado la tierra. Cuando llegaron las primeras patrullas, ya se había corrido la voz en el barrio. Vecinos curiosos se agolpaban frente a la guardería, algunos ofreciendo ayuda, otros simplemente observando con esa mezcla de morbo y compasión que despiertan las tragedias ajenas.

 El capitán Armando Zamora, un hombre de 38 años con experiencia en casos complicados, fue quien tomó el control de la situación. Su primera pregunta fue directa y demoledora. ¿Cuándo fue la última vez que alguien vio con certeza a la niña? Susana tartamudeó su respuesta después del almuerzo. Creo que eran como las 2, tal vez 2:15, creo.

 ¿No está segura? La joven comenzó a llorar. Es que había muchos niños y estaba preparando la actividad de la tarde. No me di cuenta del momento exacto. Puede ser que una niña de 2 años haya encontrado una forma de salir que nadie más conocía, o había algo más siniestro detrás de su desaparición.

 El capitán Zamora revisó meticulosamente cada posible punto de salida. Los portones, efectivamente estaban cerrados con llave y las llaves se encontraban en poder de Teresa. Las ventanas eran inaccesibles para una niña pequeña. No había huecos en las paredes, ni forma aparente de que Victoria hubiera podido escapar por sí sola. “Señora Gutiérrez”, dijo el capitán con tono severo, “necesito que me explique exactamente qué rutina siguen aquí.

 ¿Quién tiene acceso a las instalaciones? ¿Quién más tiene llaves? Teresa respiró profundo, intentando controlar sus nervios. Solo yo tengo las llaves principales. Susana tiene una copia de la puerta trasera, pero esa da al patio cerrado. No hay forma de salir por ahí. Mientras hablaban, María no dejaba de buscar.

 Había revisado ya cada centímetro de la guardería dos veces, pero no podía quedarse quieta. El tiempo pasaba y cada minuto, sin noticias de victoria era una eternidad. “Mi hija no se puede haber esfumado”, repetía entre soyosos. Alguien la tiene que haber visto salir. Alguien tuvo que ver algo. Pero, ¿qué pasa cuando todas las explicaciones lógicas se agotan y solo quedan las preguntas sin respuesta? Era ya pasadas las 4 de la tarde cuando llegó Martín López, el padre de Victoria.

 trabajaba en una construcción al otro lado de la ciudad y había venido tan rápido como pudo después de recibir la llamada desesperada de María. Su reacción fue inmediata y explosiva. Sin mediar palabra, tomó a Teresa del brazo y la enfrentó. ¿Dónde está mi hija? ¿Qué hicieron con mi hija? El capitán Zamora tuvo que intervenir para calmar los ánimos, pero entendía perfectamente la desesperación de aquel padre.

 Él mismo tenía hijos y sabía que en una situación así la racionalidad es lo primero que se pierde. Señor López, entiendo su dolor, pero necesitamos mantener la calma para encontrar a Victoria. Gritarle a estas personas no nos va a ayudar. Pero Martín no estaba dispuesto a calmarse. Yo la dejé aquí sana y salva esta mañana.

 Estas personas tienen que saber qué pasó con ella. La tensión en el ambiente era palpable. Los otros padres recogían a sus hijos en silencio, algunos murmurando entre ellos, otros lanzando miradas acusadoras hacia las empleadas de la guardería. ¿Acaso había alguien más involucrado? alguien que había estado presente esa mañana y que ahora prefería mantenerse en silencio.

 El capitán decidió ampliar el perímetro de búsqueda. Si Victoria había logrado salir de alguna manera, no podía haber llegado muy lejos. organizó a los policías disponibles y pidió a los vecinos que revisaran sus patios, garajes y cualquier lugar donde una niña pequeña pudiera haberse escondido o refugiado.

Pero había algo que no cuadraba en toda esta situación, algo que inquietaba profundamente al experimentado investigador. Una niña de 2 años no desaparece sin dejar rastro. O alguien la ayudó a salir o nunca había salido de ahí. Mientras el sol comenzaba a descender sobre los techos de Puebla, la búsqueda de Victoria López Bonilla se intensificaba.

Pero nadie imaginaba aún el horror que estaba a punto de descubrirse a solo unos metros de distancia. La pregunta que atormentaría a todos esa noche era devastadoramente simple. Si los portones estaban cerrados y las ventanas eran inaccesibles, ¿cómo había desaparecido Victoria? Y lo que era aún más perturbador, ¿seguía viva? ¿Qué había pasado realmente con la pequeña victoria? lograrían encontrarla antes de que fuera demasiado tarde.

 La desesperación comenzó a extenderse como una mancha de aceite entre todos los presentes en la guardería Los Angelitos. El llanto desconsolado de María resonaba por todo el edificio mientras Martín caminaba de un lado a otro, incapaz de quedarse quieto, con las manos temblando de impotencia y rabia.

 No puede ser que mi hija se haya esfumado así como así”, gritaba Martín, dirigiéndose a cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlo. “Aquí hay algo que no están contando.” Los otros padres que habían llegado a recoger a sus hijos se encontraron con una escena que jamás esperaron presenciar. Doña Carmen Vázquez, madre de un niño de 3 años, se acercó tímidamente a María para ofrecerle consuelo, pero las palabras se le atoraron en la garganta.

¿Qué le podía decir a una madre que acababa de perder a su hija? ¿Acaso había algo que los empleados de la guardería estaban ocultando? El capitán Zamora observaba cada gesto, cada mirada, cada reacción. Su experiencia le decía que en situaciones así las primeras horas son cruciales y que las inconsistencias en los testimonios suelen revelar más de lo que las palabras pueden expresar.

Necesito hablar con cada uno de ustedes por separado, anunció el capitán dirigiéndose al personal de la guardería. Y quiero una lista detallada de todas las personas que tuvieron acceso a estas instalaciones hoy. Teresa Gutiérrez se limpió las manos sudorosas en su delantal antes de responder. Capitán, aquí solo trabajamos Susana y yo.

 Ocasionalmente viene mi hermana Guadalupe a ayudar con la limpieza, pero hoy no vino. Y el conserje, personal de mantenimiento, proveedores, no. Hoy no vino nadie más. Los martes normalmente no recibimos visitas, pero era eso completamente cierto. Susana Hernández permanecía sentada en una silla pequeña diseñada para niños con la cabeza entre las manos.

 Sus 19 años de edad parecían haberse reducido a la mitad bajo el peso de la responsabilidad y el miedo. Cada tanto levantaba la vista hacia los padres de Victoria y la culpa se reflejaba claramente en sus ojos hinchados de llorar. “Yo la cuidaba bien”, murmuró entre soyosos. Victoria era una niña muy obediente. Nunca se alejaba del grupo, nunca.

El capitán se acercó a ella con tono firme, pero no intimidante. Suzana, necesito que me cuentes exactamente qué pasó después del almuerzo. Cada detalle, por pequeño que parezca. La joven respiró profundo, intentando ordenar sus ideas. Terminamos de almorzar como a la 1:30.

 Los niños comieron frijoles refritos con tortillas y un poco de pollo dehebrado. Victoria se comió todo como siempre. Y después los llevé al baño de dos en dos para que se lavaran las manos y la cara. Victoria fue en el segundo grupo junto con Pedrito Morales. ¿Había algo extraño en esa rutina tan normal? Don Roberto Morales, padre de Pedrito, se acercó al escuchar el nombre de su hijo. Mi niño está muy asustado.

 Dice que Victoria se fue al baño y ya no regresó. ¿Cuándo fue eso exactamente?, preguntó el capitán. Pedrito dice que después de lavarse las manos, Victoria le dijo que quería ir otra vez al baño. Él la vio entrar, pero cuando salió del aula para buscarla, ya no estaba ahí. Esta información era nueva y contradecía parcialmente lo que Susana había declarado inicialmente.

 Un momento, intervino el capitán mirando fijamente a la joven cuidadora. ¿Usted no mencionó que Victoria había ido dos veces al baño? Susana palideció visiblemente, “Es que hay tantos niños, a veces se me olvidan los detalles. Los detalles son lo más importante en este momento,”, replicó Zamora con severidad creciente.

 ¿Qué más se le estaba olvidando a Susana? Mientras tanto, más patrullas habían llegado al lugar. Los agentes revisaban meticulosamente cada rincón de la guardería. movían muebles, abrían armarios que ya habían sido revisados múltiples veces. La búsqueda se había vuelto sistemática y desesperada a la vez. María no se despegaba de los policías.

 Cada vez que abrían una puerta o revisaban un espacio nuevo, ella contenía la respiración esperando encontrar a Victoria escondida, tal vez asustada, pero viva. Sin embargo, cada búsqueda fallida la asumía más profundamente en la desesperación. “Mi niña es muy curiosa”, le decía a cualquier policía que la escuchara. “Le gusta explorar, pero nunca se aleja mucho de mí. nunca haría algo peligroso.

Don Esteban Contreras, vecino de la guardería y padre de familia, se había acercado al escucharla conmoción. Conocía bien a la familia López Bonilla y había visto crecer a Victoria desde bebé. “Esa niña es un angelito”, comentó a otros vecinos que se habían congregado en la calle.

 Siempre saluda cuando pasa por mi casa. No puede haberse ido por su propia cuenta. Pero entonces, ¿quién la había llevado? El capitán Zamora decidió interrogar más a fondo a Teresa Gutiérrez. La llevó a un salón apartado donde pudieran hablar sin la presión de las miradas de los padres desesperados.

 Señora Gutiérrez, dirigir una guardería implica una enorme responsabilidad. Necesito saber si ha habido incidentes previos, quejas de padres o cualquier situación irregular. Teresa se retorcía las manos nerviosamente. Capitán, llevamos 15 años funcionando. Nunca habíamos tenido un problema así. Los padres confían en nosotros. Nunca se les ha perdido un niño antes, ni siquiera por unos minutos.

 Bueno, una vez hace como dos años. Un niñito se escondió en la bodega durante el recreo. Nos asustamos mucho, pero lo encontramos rápido. Pero esto, esto es diferente. ¿Qué tenía de diferente la desaparición de Victoria? Señora, usted está completamente segura de que todas las puertas estaban cerradas.

 No hay ninguna salida que pudiera haber pasado por alto. Teresa titubeó antes de responder y esa vacilación no pasó desapercibida para el experimentado investigador. Hay hay una puerta en la parte trasera que da al patio de servicio, pero esa siempre está cerrada con llave. Siempre, sin excepción. Bueno, a veces cuando viene el camión de la basura, Susana la abre para sacar las bolsas, pero eso es los viernes y hoy es martes.

Estaba Teresa siendo completamente honesta. El capitán regresó donde estaba Susana, quien ahora estaba siendo consolada por su madre, una señora mayor que había llegado al enterarse de lo sucedido. Susana, necesito que me diga la verdad absoluta.

 ¿Abrió usted la puerta trasera en algún momento del día? La joven levantó la cabeza bruscamente. La puerta trasera. No, yo no la abrí. está completamente segura. Sí. Bueno, no sé, tal vez cuando sacaba las obras del almuerzo para los perros de la calle. Otra contradicción, otra pieza del rompecabezas que no encajaba. Cuántas cosas más estaba olvidando el personal de la guardería.

Para entonces ya habían llegado más familiares de Victoria. Su abuela paterna, doña Esperanza Bonilla, una mujer de 60 años con el cabello completamente blanco, abrazaba a María mientras ambas lloraban sin consuelo. “Mi nieta es muy chiquita”, repetía la abuela entre soyosos. “No sabe cuidarse sola.

 Dios mío, ¿dónde puede estar mi niña?” También había llegado el hermano de Martín, un joven de 25 años llamado David, quien inmediatamente se puso a disposición de la búsqueda. Su primer instinto fue confrontar al personal de la guardería. ¿Cómo es posible que una niña desaparezca así? Ustedes tenían que estar cuidándola.

 El capitán Zamora tuvo que intervenir nuevamente para mantener el orden, pero entendía perfectamente la desesperación y la rabia de la familia. Sin embargo, necesitaba mantener la calma para poder investigar efectivamente. Señores, comprendo su desesperación, pero necesito que me permitan hacer mi trabajo. Cada minuto cuenta.

 Pero, ¿acaso los minutos no se estaban agotando ya sin resultados? Mientras continuaban los interrogatorios, uno de los policías que revisaba el patio hizo un descubrimiento que cambiaría el rumbo de la investigación. Capitán, venga a ver esto. En el patio trasero, junto a la puerta de servicio que Susana había mencionado, había huellas pequeñas en la tierra húmeda.

 Huellas que parecían ser de zapatos de niña. “¿Son de victoria?”, preguntó María, quien se había acercado corriendo al escuchar la conmoción. El capitán examinó cuidadosamente las marcas en el suelo. Eran definitivamente de un niño pequeño, y el patrón coincidía con el tipo de zapatos que Victoria llevaba ese día. Pequeñas zapatillas rojas con velcro que María le había comprado la semana anterior.

 “Hay que seguir estas huellas”, ordenó Zamora a sus subordinados. “¿Pero hacia dónde llevaban?” Las huellas se dirigían desde la puerta trasera hacia la barda que separaba la guardería del terreno valdío contiguo. Eran visibles por unos 3 met hasta que se perdían en una zona donde el suelo estaba más seco y compacto.

 “Mi niña salió por aquí”, exclamó María con una mezcla de alivio y terror. “Está viva. Salió caminando.” Pero el capitán no compartía su optimismo. Si Victoria había logrado salir por esa puerta, ¿quién la había abierto? ¿Y por qué las empleadas no habían mencionado que estaba abierta? Se dirigió nuevamente hacia Susana, quien al ver su expresión severa, comenzó a temblar visiblemente. Joven, la puerta trasera estaba abierta.

Las huellas de victoria van desde ahí hacia el terreno de al lado. Yo yo no sabía, no me di cuenta, no se dio cuenta de qué, de que había dejado abierta la puerta o de que la niña había salido por ahí. Susana comenzó a llorar de nuevo. Es que saqué las sobras del almuerzo para los perros, como siempre hago.

 Pero pensé que había cerrado bien la puerta. Lo juro por mi madre que pensé que la había cerrado, pero si la puerta estaba abierta, ¿por qué no lo había mencionado durante las primeras horas de búsqueda? Teresa Gutiérrez se acercó a defender a su empleada. Capitán, Susana es una buena muchacha. Ha trabajado aquí por dos años y nunca había tenido problemas.

Señora, el problema es que ahora tenemos una niña perdida y testimonios contradictorios. Eso me preocupa mucho. La tensión entre los presentes era cada vez más palpable. Los padres de Victoria miraban con desconfianza creciente a las empleadas, mientras estas se defendían con explicaciones que parecían cambiar cada vez que las interrogaban.

 ¿Había sido realmente un descuido o había algo más detrás de toda esta situación? Don Cecilio Tenorio, el vecino que vivía justo al lado de la guardería, se acercó al grupo de policías que examinaba las huellas. Era un hombre de 55 años, trabajador de la construcción, que conocía bien toda la zona. Capitán, dijo con voz grave, si la niña fue hacia ese terreno valdío, hay que tener mucho cuidado. Ahí hay un pozo viejo que está mal tapado.

 Un pozo El corazón de María se detuvo por un instante. La palabra pozo resonó en su mente como una campana fúnebre. ¿Qué tipo de pozo?, preguntó el capitán con urgencia creciente. Es un pozo de agua que se usaba hace muchos años. Está tapado con una plancha de hierro, pero es pesada y está oxidada. Si alguien se acerca mucho. No necesitó terminar la frase.

 Todos entendieron la implicación. Podría una niña de 2 años haber llegado hasta ese pozo y si había ocurrido lo impensable. El capitán Zamora organizó inmediatamente un grupo de búsqueda para dirigirse al terreno valdío. María y Martín quisieron acompañarlos, pero el policía fue tajante. Los padres se quedan aquí.

 Si encontramos algo, serán los primeros en saberlo. Pero María no estaba dispuesta a quedarse esperando. Es mi hija. Tengo derecho a buscarla. Señora, entienda que si si encontramos algo malo es mejor que no lo vea directamente. ¿Qué esperaba encontrar el capitán en ese terreno abandonado? ¿Y por qué su expresión se había vuelto tan sombría? Mientras el grupo de búsqueda se dirigía hacia el terreno valdío, siguiendo las huellas apenas visibles de Victoria, en la guardería quedaron los padres desesperados, las empleadas con testimonios contradictorios y una pregunta que comenzaba a atormentar a

todos. Si la puerta había estado abierta todo ese tiempo, ¿por qué nadie se había dado cuenta hasta ahora? La respuesta a esa pregunta podría ser la clave para entender qué le había pasado realmente a la pequeña Victoria López Bonilla. Y el tiempo se estaba agotando.

 El terreno valdío se extendía como una herida abierta en el corazón de la colonia Santiago. Era una extensión irregular de tierra polvorienta, llena de escombros y hierbas secas que crecían sin control entre pedazos de ladrillo y varillas oxidadas. el lugar perfecto para que una niña pequeña se perdiera para siempre.

 Don Cecilio Tenorio guiaba al capitán Zamora y a sus hombres por entre los obstáculos, señalando con su dedo calloso hacia la zona donde sabía que estaba ubicado el peligroso pozo. Por aquí, capitán, tenga cuidado donde pisa, porque hay vidrios rotos y clavos oxidados. ¿Cómo había podido una niña de apenas dos años caminar por este lugar tan peligroso? Mientras tanto, en la guardería, la noticia de la búsqueda se había extendido rápidamente por todo el barrio.

 Los vecinos comenzaron a llegar uno tras otro, algunos movidos por la curiosidad, otros por un genuino deseo de ayudar, pero todos compartían la misma expresión de inquietud al ver a María Bonilla llorando desconsoladamente en brazos de su suegra. Doña Carmen Vázquez, quien había venido a recoger a su hijo, no pudo simplemente marcharse.

Se acercó a María y le tomó las manos. No te preocupes, María. Los niños a veces se esconden en lugares donde nunca se nos ocurre buscar. Victoria va a aparecer. Pero sus palabras sonaban vacías, incluso para ella misma. Don Roberto Morales, padre de Pedrito, había decidido organizar a los vecinos para ayudar en la búsqueda.

 No podemos quedarnos aquí cruzados de brazos. Hay que revisar cada calle, cada casa abandonada, cada rincón donde una niña pueda haberse refugiado. Pero, ¿acaso Victoria se había refugiado por voluntad propia o alguien la había llevado? La señora Beatriz Herrera, quien vivía a dos cuadras de la guardería, llegó corriendo con información que hizo que todos prestaran atención.

Vi a una niña pequeña caminando sola por la calle Morelos como a las 2:30. Pensé que era raro, pero no le di importancia. María se incorporó inmediatamente. ¿Cómo era la niña? ¿Tenía el cabello rizado? Sí, cabello negro y rizado como de 2 años. Llevaba una blusa azul y zapatos rojos.

 Era exactamente la ropa que Victoria tenía puesta esa mañana. ¿Hacia dónde iba?, preguntó Martín con desesperación. hacia el mercado. Parecía como si conociera el camino, pero ¿cómo podía una niña de 2 años conocer el camino al mercado? Esta nueva información cambió completamente el panorama.

 Si Victoria había sido vista caminando hacia el mercado, significaba que había salido por su cuenta de la guardería, pero también planteaba nuevas preguntas inquietantes. Don Francisco Aguirre, el carnicero del mercado municipal, confirmó haber visto a una niña pequeña vagando entre los puestos. Sí, yo la vi. Me llamó la atención porque andaba solita.

 Le pregunté si estaba perdida, pero no me respondió bien, solo balbuceaba cosas. ¿Qué hizo usted?, le preguntó uno de los policías que había llegado para ampliar la búsqueda. Pues pensé en hablarle a alguien, pero en ese momento llegaron unos clientes y cuando volteé ya no estaba.

 ¿Había sido esa la oportunidad perdida de rescatar a Victoria? La búsqueda se intensificó por toda la zona. Grupos de vecinos dirigidos por policías comenzaron a peinar meticulosamente cada calle, cada callejón, cada casa abandonada. El señor Morales había organizado a los padres de familia en equipos de cuatro personas para cubrir más territorio. Doña Esperanza Bonilla, la abuela de Victoria, no podía caminar mucho debido a sus problemas de artritis, pero se había instalado en la puerta de la guardería como un punto de comunicación central. Cada vez que regresaba un grupo de búsqueda, ella era la primera en

preguntar. encontraron algo, alguna pista, pero la respuesta era siempre la misma. Nada. ¿Cómo podía una niña tan pequeña desaparecer tan completamente? Conforme pasaban las horas, entre los padres comenzaron a surgir teorías más siniestras. Don Gabriel Méndez, padre de una niña de la misma edad que Victoria, expresó en voz baja lo que muchos estaban pensando.

 Y si alguien se la llevó intencionalmente, una niña tan chiquita no puede andar tanto tiempo sola sin que alguien la haya visto. Esta posibilidad había estado rondando en la mente de todos, pero nadie se había atrevido a verbalizarla frente a los padres desesperados. ¿Quién querría hacerle daño a Victoria?”, murmuró doña Carmen, mirando hacia donde María seguía llorando.

 Es una niña inocente, alegre, no tiene sentido. “¿Pero acaso los crímenes contra los niños necesitan tener sentido?” El hermano de Martín, David López, había tomado una actitud más activa y confrontativa. Se dirigió directamente hacia Susana Hernández, quien permanecía sentada en el patio de la guardería. rodeada de su familia. A ver, muchacha, yo quiero que me digas la verdad.

 ¿Tuviste salir a mi sobrina o no? Susana levantó la cabeza con los ojos hinchados de tanto llorar. No, David, te juro que no la vi salir. Cuando me di cuenta de que faltaba, ya no estaba. Pero, ¿cómo es posible que no te dieras cuenta de que faltaba una niña? es que estaba preparando la actividad de la tarde y los niños estaban jugando.

 A veces no los tengo a todos en el mismo lugar al mismo tiempo. ¿Era esa una explicación válida o una excusa mal construida? Teresa Gutiérrez intervino para defender a su empleada. David entiende que manejar 11 niños pequeños no es fácil. A veces no me vengan con eso, explotó David. Mi sobrina estaba bajo su responsabilidad. Si ustedes no la cuidaron bien, son responsables de lo que le pase.

 La tensión se podía cortar con cuchillo. Los ánimos estaban tan caldeados que el agente que había quedado en la guardería tuvo que intervenir para evitar que la situación se saliera de control. Pero, ¿acaso la culpa de verdad recaía únicamente en el personal de la guardería? Mientras tanto, en el mercado, más personas confirmaron haber visto a la pequeña Victoria.

 Doña Lupita, quien vendía frutas, recordó haberla visto parada frente a su puesto. La niña se veía confundida. Estuvo ahí unos 5 minutos como esperando algo. ¿Esperando qué?, preguntó el policía que tomaba su declaración. No sé, tal vez esperando a que alguien viniera por ella o tal vez buscaba algo familiar.

Usted intentó ayudarla. Le ofrecí una naranja, pero no la quiso. Después se fue caminando hacia la salida del mercado, hacia dónde se había dirigido después de salir del mercado. La pista se enfriaba nuevamente. Varios comerciantes confirmaron haber visto a una niña pequeña que coincidía con la descripción de Victoria, pero nadie la había visto después de las 3 de la tarde.

 Don Aurelio Castillo, quien trabajaba como vigilante en una escuela cercana, aportó un dato inquietante. Yo vi a una niña pequeña hablando con un hombre junto a una camioneta blanca, pero no les puse mucha atención porque pensé que era su papá. El corazón de todos se detuvo por un instante. ¿Cómo era el hombre? Preguntó inmediatamente el policía.

 Moreno, como de unos 30 años con bigote, llevaba una gorra azul y la camioneta blanca como modelo de los 80. No alcancé a ver las placas. Había sido secuestrada victoria por un desconocido. Esta nueva información se reportó inmediatamente al capitán Zamora, quien seguía en el terreno valdío buscando el pozo que había mencionado don Cecilio.

 La posibilidad de un secuestro cambiaba completamente la naturaleza de la investigación. Hay que emitir una alerta inmediatamente, ordenó por radio. Camioneta blanca, modelo 80, conductor masculino con bigote y gorra azul. Pero habían pasado ya demasiadas horas. Estaría Victoria ya lejos de Puebla. Mientras las autoridades coordinaban la nueva línea de investigación, en la guardería los ánimos se exaltaban cada vez más.

 Algunos padres comenzaron a cuestionar abiertamente la competencia del personal. ¿Cómo es posible que tengan una puerta mal asegurada? Reclamó don Roberto Morales. ¿Qué otras medidas de seguridad no están cumpliendo? Teresa Gutiérrez intentaba defenderse. Señores, entiendan que llevamos 15 años trabajando sin problemas.

 Esto nunca había pasado. Pero pasó, gritó David López, y ahora mi sobrina está perdida por su negligencia. Era realmente negligencia o había algo más siniestro detrás de toda esta situación. Doña Esperanza Bonilla, desde su puesto de vigilancia en la puerta, veía cómo se acercaba la noche sin noticias de su nieta.

 Sus manos arrugadas sostenían un rosario que no había dejado de rezar desde que se había enterado de la desaparición. “Dios mío”, murmuró entre oraciones, “protege a mi nieta. No permitas que le pase algo malo.” Pero sus plegarias parecían perderse en el aire cada vez más frío de esa tarde de abril. ¿Dónde estaría Victoria en ese momento? ¿Estaría asustada? tendría hambre, estaría viva.

 El grupo de búsqueda dirigido por don Francisco había registrado ya tres casas abandonadas en un radio de seis cuadras alrededor de la guardería. En cada una esperaban encontrar algún rastro de la niña, pero solo hallaban escombros, basura y el olor a humedad de lugares cerrados durante mucho tiempo. “En esta casa vive don Ramón, el señor que recoge cartón”, comentó uno de los vecinos mientras se acercaban a una construcción de un solo piso con las ventanas tapadas con cartones.

A veces escuchamos ruidos raros. ¿Podría victoria haber terminado en manos de alguien peligroso? Tocaron la puerta insistentemente hasta que salió un hombre de unos 60 años, desaliñado y con evidentes signos de haber estado bebiendo. “¿Qué quieren?”, preguntó con voz pastosa. “Don Ramón, estamos buscando a una niña que desapareció.

Usted no ha visto nada extraño por aquí.” El hombre los miró con desconfianza. Yo no he visto nada y no me molesten. Intentó cerrar la puerta, pero don Francisco la detuvo con el pie. Don Ramón, es muy importante. Es una niña de 2 años. Ya les dije que no he visto nada. Déjenme en paz.

 Escondía algo don Ramón o simplemente no quería problemas. Los buscadores decidieron no insistir más por el momento, pero anotaron la dirección para reportarla a la policía. Había algo en la actitud del hombre que no les inspiraba confianza. Mientras tanto, en el terreno valdío, el capitán Zamora y don Cecilio finalmente habían localizado el pozo del que había hablado el vecino.

 Era exactamente como lo había descrito, un brocal de concreto cubierto por una plancha de hierro oxidada y pesada. “Aquí está, capitán”, señaló don Cecilio con voz grave. Esta plancha pesa por lo menos unos 50 kg. No hay forma de que una niña la haya movido sola. El capitán examinó cuidadosamente la cubierta del pozo.

 No había señales evidentes de que hubiera sido movida recientemente, pero tampoco se podía descartar completamente. ¿Hace cuánto tiempo que está tapado así? Unos 5 años desde que clausuraron este terreno. Pero la plancha no está bien asegurada.

 Si alguien la empujara, ¿habría caído Victoria accidentalmente en ese pozo o alguien la había puesto ahí? El capitán llamó por radio para solicitar equipo especializado que les permitiera abrir el pozo de manera segura. Pero en el fondo de su corazón temía lo que podrían encontrar ahí abajo. Mientras esperaban el equipo, continuaron revisando los alrededores. Las huellas que habían seguido desde la guardería se perdían completamente en esa zona donde el suelo era duro y pedregoso. Capitán, mire.

 Esto lo llamó uno de sus subordinados desde unos metros más adelante. En el suelo, entre la hierba seca, había algo pequeño y rojo que brillaba bajo los últimos rayos del sol de la tarde. Era uno de los zapatos de Victoria. ¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿Y dónde estaba el otro zapato, pero sobre todo, ¿dónde estaba la niña que lo había estado usando esa mañana? La búsqueda desesperada por Victoria López Bonilla estaba a punto de tomar un giro que nadie esperaba y que cambiaría para siempre la vida de todos los involucrados. El tiempo se agotaba y con cada minuto

que pasaba, las esperanzas de encontrarla con vida se desvanecían como las sombras de esa tarde que llegaba a su fin. El pequeño zapato rojo yacía sobre la tierra seca como un testimonio silencioso de la tragedia que estaba a punto de revelarse.

 El capitán Zamora lo levantó cuidadosamente con un pañuelo, evitando contaminar cualquier evidencia que pudiera contener. “Es de victoria”, confirmó don Cecilio con voz quebrada. “Reconozco esos zapatos. Los he visto cuando su mamá la trae por las mañanas, como había llegado hasta ahí ese pequeño zapato y por qué solo uno. El silencio en el terreno valdío era ensordecedor.

Solo se escuchaba el viento que movía las hierbas secas y a lo lejos las voces desesperadas de los grupos de búsqueda que seguían peinando las calles del barrio. El capitán observaba fijamente el pozo cubierto por la pesada plancha de hierro y una sensación helada comenzó a recorrerle la espalda.

 Don Cecilio, necesito que me diga exactamente cuándo fue la última vez que vio esta plancha. El hombre se rascó la cabeza intentando recordar. Pues la verdad, capitán, yo paso por aquí seguido porque vengo a tirar la basura a ese basurero improvisado que hay más allá. La plancha siempre ha estado así, medio chueca, pero bien puesta.

 Medio chueca, sí. Nunca ha estado perfectamente alineada con el brocal, pero hoy hoy se ve diferente. ¿Qué tenía de diferente? El capitán se acercó más al pozo y examinó cuidadosamente la posición de la plancha. Efectivamente, parecía haber sido movida recientemente. Uno de los extremos estaba ligeramente levantado, dejando una pequeña abertura de unos 10 cm. Esa abertura estaba ahí esta mañana, preguntó Zamora.

 No, capitán, estoy seguro de que no estaba. El corazón del investigador comenzó a latir más rápido. Esa abertura era lo suficientemente grande como para que cayera un objeto pequeño o para que alguien pudiera escuchar lo que pasaba dentro del pozo. Habría caído victoria por esa abertura. llamó inmediatamente por radio.

 “Necesito el equipo de rescate aquí urgentemente y traigan reflectores potentes.” Mientras esperaban, el capitán no podía quedarse quieto. Caminaba alrededor del pozo buscando más evidencias, más pistas que le ayudaran a entender qué había pasado exactamente. “Don Cecilio, este terreno tiene dueño.” Sí, es de la familia Morales, pero llevan años peleándose por la herencia.

Nadie le hace mantenimiento. La familia Morales, como Roberto Morales, el papá del niño de la guardería. Exactamente. Don Roberto es primo del que era dueño original. ¿Podría haber alguna conexión entre la familia Morales y la desaparición de Victoria? Esta nueva información agregaba otra capa de complejidad al caso.

 El capitán tomó nota mental de interrogar más a fondo a don Roberto cuando regresara a la guardería. Finalmente llegó el equipo de rescate con los reflectores y el equipo necesario para levantar la pesada plancha de hierro. Eran las 6 de la tarde y el sol comenzaba a ocultarse detrás de los cerros que rodeaban Puebla.

 Capitán, ¿quiere que avisemos a los padres?”, preguntó uno de los agentes. “Todavía no. Primero necesitamos saber qué hay ahí abajo.” “¿Pero acaso ya no sabía lo que iban a encontrar?” Colocaron los reflectores alrededor del pozo y prepararon el equipo de poleas para levantar la plancha.

 El capitán Zamora se acercó a la abertura que ya existía e intentó ver hacia el interior con una linterna. La luz se perdía en la profundidad del pozo, pero alcanzó a distinguir algo que hizo que se le helara la sangre. Un pequeño destello de color azul en el fondo. Era exactamente el mismo color de la blusa que llevaba Victoria esa mañana. Levanten esa plancha ahora. Los rescatistas posicionaron sus herramientas y comenzaron el laborioso proceso de levantar la cubierta metálica.

 La plancha se resistía, oxidada por años de estar expuesta a la intemperie, pero finalmente cedió con un gemido metálico que resonó como un lamento en el aire quieto del atardecer. ¿Qué iban a encontrar en las profundidades de ese pozo abandonado? Cuando finalmente lograron apartar completamente la plancha, el capitán se asomó con un reflector potente. Lo que vio confirmó sus peores temores.

En el fondo del pozo, a unos 6 metros de profundidad, yacía el pequeño cuerpo inmóvil de Victoria López Bonilla. La niña estaba acurrucada en una posición que parecía indicar que había intentado protegerse de la caída. Su blusa azul estaba sucia de tierra y lodo, y le faltaba uno de sus zapatos rojos, el que habían encontrado minutos antes en la superficie.

 “Dios mío”, murmuró don Cecilio persignándose. “La pobrecita.” El capitán Zamora cerró los ojos por un momento tratando de controlar sus emociones. En sus 20 años de carrera policial había visto muchas tragedias, pero la muerte de una niña tan pequeña siempre lo afectaba profundamente. ¿Cómo había llegado Victoria hasta ese lugar? Necesitamos bajar para examinar la escena, ordenó a los rescatistas.

 Y quiero que documenten todo con fotografías. Antes de mover nada, uno de los rescatistas más experimentados se equipó con arneses y cuerdas para descender al pozo. El silencio era absoluto mientras todos observaban la delicada operación. “¡Capitán!”, gritó el rescatista desde el fondo del pozo. “La niña lleva varias horas aquí. Está fría.

 Cuánto tiempo había estado Victoria ahí abajo, sola y asustada. La pregunta más dolorosa era si había muerto inmediatamente por la caída o si había permanecido viva durante algún tiempo esperando que alguien viniera a rescatarla. “¿Hay señales de lesiones evidentes?”, preguntó el capitán. “Parece que se golpeó la cabeza contra las paredes del pozo durante la caída.

 Hay sangre en una piedra que sobresale aquí abajo. ¿Algo más?” Sus ropas están desgarradas, probablemente por la fricción contra las paredes, pero no veo señales de violencia previa. Va, significaba eso que había sido un accidente. El rescatista continuó su examen preliminar. Capitán, aquí hay algo extraño.

 La niña tiene tierra bajo las uñas, como si hubiera estado escarvando. Escarvando qué, no sé. Tal vez intentando encontrar una forma de salir o tal vez no terminó la frase, pero todos entendieron la implicación. Victoria había estado consciente después de la caída y había luchado por sobrevivir.

 ¿Cuánto tiempo había pasado esa pobre niña ahí abajo esperando ayuda que nunca llegó? Mientras el rescatista preparaba el equipo para subir el cuerpo de Victoria, el capitán Zamora se dirigió hacia don Cecilio con preguntas que no podía postergar más. Don Cecilio, necesito que piense muy bien. ¿Usted escuchó algún ruido extraño durante el día? Gritos, llantos, algo que le hubiera llamado la atención. El hombre reflexionó cuidadosamente.

La verdad, capitán, yo trabajo en una construcción del otro lado de la colonia. Salgo de mi casa a las 6 de la mañana y no regreso hasta las 5. No estuve aquí durante el día. Su esposa, ¿alguien más de su familia? Mi esposa fue al mercado en la mañana, pero después se quedó en casa de mi hermana toda la tarde. No había nadie en mi casa durante el día.

 Había gritado victoria pidiendo ayuda y nadie la había escuchado. Esta posibilidad era quizás la más dolorosa de todas. imaginar a esa niña pequeña, asustada y herida, gritando por ayuda en el fondo de ese pozo, mientras la vida se escapaba lentamente de su pequeño cuerpo.

 Capitán, lo llamó el rescatista desde el fondo del pozo, estoy listo para subir a la niña. El momento más difícil había llegado. Zamora tomó su radio y con voz pesada se comunicó con sus subordinados en la guardería. Aquí el capitán Zamora. Encontramos a Victoria. Solicito que vengan el médico forense y preparen a los padres para recibir malas noticias. ¿Cómo se le dice a unos padres que han perdido para siempre a su pequeña hija? La operación para subir el cuerpo de Victoria fue lenta y cuidadosa. Cada movimiento se documentó, cada detalle se registró.

 El pequeño cuerpo, envuelto en una manta, finalmente llegó a la superficie mientras el sol se ocultaba completamente detrás de los cerros. Don Cecilio se había quitado su sombrero y permanecía en silencio, con lágrimas rodando por sus mejillas curtidas. Los rescatistas, hombres acostumbrados a situaciones difíciles, también mostraban signos de estar profundamente afectados.

 El médico forense, un hombre de mediana edad llamado Dr. Ruiz, llegó poco después y comenzó su examen preliminar del cuerpo de Victoria. Capitán, a primera vista parece que la muerte fue causada por traumatismo craneal severo, consistente con una caída desde altura, pero necesitaré hacer la autopsia para determinar la causa exacta. ¿Cuánto tiempo calcula que lleva muerta? por la rigidez y la temperatura del cuerpo, yo diría que entre 4 y 6 horas.

 Significaba eso que Victoria había caído al pozo poco después de desaparecer de la guardería. Doctor, ¿hay alguna señal de que haya sido de que alguien la haya lastimado antes de la caída? El forense examinó cuidadosamente las manos y brazos de la niña. No veo señales de defensa ni de lucha. No hay moretones que sugieran que alguien la sujetó con fuerza.

Entonces fue un accidente. Es muy pronto para determinarlo con certeza, capitán, pero basándome en lo que veo, es una posibilidad real. Pero, ¿cómo había llegado Victoria hasta ese pozo? Había caminado sola desde la guardería hasta el terreno valdío. Mientras el doctor continuaba su examen, el capitán recibió una llamada por radio que cambiaría completamente el curso de la investigación.

 Capitán, habla el agente Morales desde la guardería. Los padres de Victoria están aquí y están preguntando por qué tardamos tanto. Además, tengo nueva información sobre la camioneta blanca. ¿Qué información? El señor que la vio dice que recuerda mejor la placa. Empieza con las letras pue. ¿Podría ser esa la pista que explicara cómo había llegado Victoria al pozo? El capitán miró el pequeño cuerpo de Victoria, ahora cubierto completamente por la manta del forense, y sintió una mezcla de tristeza y determinación. Habían encontrado a la niña, pero ahora

comenzaba la parte más difícil, descubrir exactamente qué le había pasado y quién, si es que alguien era responsable. Don Cecilio, necesito que me acompañe a la guardería. Van a querer escuchar su testimonio sobre este pozo. Por supuesto, capitán, lo que sea para ayudar. Pero sería suficiente su testimonio para resolver el misterio de cómo una niña de 2 años había terminado en el fondo de un pozo con una cubierta que pesaba 50 kg.

Mientras se dirigían de vuelta hacia la guardería, el capitán no podía dejar de pensar en la expresión que vería en los rostros de María y Martín cuando les diera la terrible noticia. Victoria López Bonilla había sido encontrada, pero la pesadilla para su familia apenas estaba comenzando, porque ahora tendrían que enfrentar no solo el dolor de la pérdida, sino también las preguntas sin respuesta sobre cómo había muerto su pequeña hija.

 Y algo le decía al capitán Zamora que las respuestas no iban a ser sencillas. El camino de regreso a la guardería se sintió eterno. El capitán Zamora caminaba en silencio junto a don Cecilio mientras en su mente se agolpaban las preguntas que aún no tenían respuesta.

 El cuerpo de Victoria había sido trasladado al anfiteatro para la autopsia, pero las imágenes de esa pequeña niña en el fondo del pozo seguían grabadas en su retina. ¿Cómo iba a explicarles a María y Martín? que su hija estaba muerta. Cuando llegaron a la guardería, la escena que los recibió era desgarradora. María Bonilla seguía llorando en brazos de su suegra mientras Martín caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.

Los vecinos que habían participado en la búsqueda comenzaban a regresar con las manos vacías y expresiones sombrías. “¿La encontraron?”, preguntó María. Inmediatamente al ver la expresión grave del capitán, Zamora respiró profundo. No había una forma fácil de dar esa noticia. Sí, la encontramos.

 ¿Dónde está? ¿Cómo está? Le Martín se acercó corriendo con esperanza aún brillando en sus ojos. Señores, siéntense, por favor. Lo que tengo que decirles es muy difícil. ¿Cómo se prepara una persona para escuchar que ha perdido para siempre a su hijo? Victoria. Victoria está muerta.

 La encontramos en un pozo en el terreno de al lado. El grito de María resonó por toda la guardería y se extendió hasta la calle. Era un sonido que traspasaba el alma, el lamento primitivo de una madre que acaba de perder a su cría. Martín se quedó paralizado por un momento, como si no pudiera procesar las palabras que acababa de escuchar. No, no puede ser, mi niña.

 No, no gritó mientras se dirigía hacia el capitán con los puños cerrados. Los agentes tuvieron que sujetarlo para evitar que agrediera al investigador. La desesperación había convertido al padre doliente en una fuerza ciega y destructiva. ¿Cómo procesa la mente humana una pérdida tan devastadora? Doña Esperanza Bonilla se desplomó en su silla con el rosario cayendo de sus manos temblorosas. “Mi nieta.

 Mi pequeña nieta”, murmuró entre sollozos que parecían salir desde lo más profundo de su ser. Teresa Gutiérrez y Suzana Hernández también comenzaron a llorar. El peso de la tragedia cayó sobre ellas como una losa de concreto. Independientemente de lo que hubiera pasado, una niña había muerto bajo su responsabilidad. “¿Cómo? ¿Cómo murió?”, preguntó Martín con voz quebrada, ya sin fuerzas, para seguir luchando contra los agentes que lo sujetaban.

Aparentemente cayó en un pozo profundo. Estamos esperando los resultados de la autopsia para conocer los detalles exactos, pero había sido realmente una caída accidental. Al día siguiente, el doctor Ruiz llamó al capitán Zamora con los resultados preliminares de la autopsia.

 Su voz sonaba grave y preocupada a través del teléfono. Capitán, los resultados son complicados. ¿En qué sentido, doctor? La niña efectivamente murió por traumatismo craneal severo, pero también encontré signos de asfixia. Tenía tierra en los pulmones y en las vías respiratorias. ¿Significaba eso que Victoria había sobrevivido a la caída inicial? ¿Cuánto tiempo calcula que sobrevivió después de caer? Por los signos que observé, posiblemente entre una y dos horas.

 La asfixia fue lo que finalmente causó su muerte. La información era devastadora. Victoria no había muerto inmediatamente. Había pasado horas en el fondo de ese pozo herida, asustada, luchando por respirar mientras nadie sabía dónde estaba. Doctor, ¿hay algo que indique cómo llegó hasta el pozo. Aquí es donde se pone interesante, capitán.

 No encontré signos de que hubiera caminado una distancia larga. Sus zapatos estaban relativamente limpios, excepto por la tierra del pozo mismo. ¿Qué significaba eso? Además, encontré fibras bajo sus uñas que no coinciden con su ropa. ¿Qué tipo de fibras? parecen ser de algodón azul marino, posiblemente de un uniforme o ropa de trabajo.

 ¿Había alguien más presente cuando Victoria cayó al pozo? Esta nueva evidencia cambió completamente la perspectiva del caso. Si Victoria no había caminado hasta el terreno valdío, ¿cómo había llegado hasta ahí? Y de quién eran las fibras que tenía bajo las uñas. El capitán regresó inmediatamente a la guardería para confrontar nuevamente al personal. Esta vez sus preguntas serían mucho más directas y específicas.

Susana, necesito que me diga exactamente qué ropa llevaba puesta ayer. La joven lo miró confundida. Mi ropa, pues llevaba mi uniforme normal, pantalón azul marino y blusa blanca. Azul marino como las fibras encontradas bajo las uñas de Victoria. Interactuó físicamente con Victoria en algún momento del día.

 La cargó, la tomó de las manos. Pues sí, capitán. Durante el recreo la ayudé a subirse al columpio y después del almuerzo la cargué para lavarle la cara en el lavabo. Recuerda si Victoria se resistió o si arañó durante alguna de esas interacciones. Susana comenzó a ponerse nerviosa. No, no, que yo recuerde.

 ¿Por qué me pregunta eso? ¿Era Susana una testigo más o algo más? El capitán también interrogó más a fondo a Teresa Gutiérrez sobre los procedimientos de seguridad de la guardería y sobre el acceso al terreno valdío. Señora Teresa, ¿alguna vez han tenido problemas con niños que se escapen de la guardería? No, capitán, en 15 años nunca habíamos tenido algo así.

Los niños conocían la existencia del pozo en el terreno de al lado. No debían conocerla. Ese terreno está prohibido para ellos. Pero sabían que existía. Teresa titubeó. Bueno, tal vez algunos de los más grandes habían escuchado a los adultos mencionar que ahí había un pozo peligroso.

 ¿Podría Victoria haber ido al pozo por curiosidad infantil? Victoria era particularmente curiosa o aventurera. Sí, era muy curiosa. Siempre preguntaba por todo, pero también era obediente. Si le decíamos que no fuera a algún lugar, normalmente obedecía. Pero había un detalle que seguía sin cuadrar en toda esta historia. El peso de la plancha que cubría el pozo.

 ¿Cómo había podido una niña de 2 años mover una cubierta de 50 kg? Don Cecilio había sido muy claro al respecto. Esa plancha era imposible de mover para una persona adulta sin herramientas, mucho menos para una niña pequeña. El capitán regresó al terreno valdío con un equipo de peritos para examinar más detalladamente la escena.

 Quería entender exactamente cómo había terminado Victoria en el fondo de ese pozo. Quiero que revisen cada centímetro alrededor del pozo”, ordenó. “Busquen huellas, fibras, cualquier cosa que nos diga qué pasó aquí.” Los peritos trabajaron meticulosamente durante horas. Encontraron las huellas de victoria que efectivamente llegaban desde la dirección de la guardería. Pero también encontraron algo más, huellas de zapatos de adulto que se superponían con las de la niña.

 Capitán, estas huellas son de botas de trabajo, talla aproximada del ocho al nueve. ¿Quién más había estado en ese lugar? ¿Pueden determinar si las huellas son del mismo día? Por la profundidad y la humedad del suelo, parecen ser contemporáneas con las de la niña. Había estado Victoria acompañada cuando llegó al pozo.

 Esta evidencia sugería fuertemente que alguien más había estado presente cuando Victoria cayó al pozo. Pero, ¿quién y por qué no había reportado el accidente inmediatamente? El capitán comenzó a investigar quién tenía acceso regular al terreno valdío. Don Roberto Morales, al ser familia del propietario original era una persona de interés, pero cuando lo interrogaron, su coartada era sólida.

 Había estado trabajando en su taller mecánico toda la tarde con varios testigos que lo confirmaron. Entonces, ¿quién más podría haber estado ahí? Don Cecilio mencionó que ocasionalmente veía a personas entrando al terreno para tirar basura o buscar material reciclable. También había mencionado a don Ramón, el pepenador, que vivía cerca y que había actuado de manera extraña cuando los buscadores tocaron su puerta.

 “Necesitamos investigar más a fondo a don Ramón”, decidió el capitán. Cuando fueron a buscar al pepenador a su casa, se encontraron con que había desaparecido. Los vecinos dijeron que lo habían visto salir muy temprano esa mañana con una maleta y que había mencionado algo sobre visitar a familiares en otro estado.

 Era solo una coincidencia o había algo más siniestro detrás de su súbita partida. Los investigadores registraron la casa abandonada de don Ramón y encontraron varias cosas inquietantes. Ropa de trabajo azul marina, similar a la que habían encontrado fibras bajo las uñas de Victoria y botas del número ocho, que coincidían con las huellas encontradas en el terreno valdío.

 Había sido don Ramón quien estuvo presente cuando Victoria cayó al pozo. Pero había algo más que no cuadraba. Si don Ramón había estado ahí cuando Victoria se cayó, ¿por qué no había pedido ayuda? ¿Por qué había dejado que la niña muriera en el fondo del pozo? Las preguntas se multiplicaban en lugar de resolverse.

 El capitán Zamora sentía que cada nueva pista lo llevaba a más interrogantes en lugar de respuestas claras. ¿Había sido realmente un accidente o había algo más oscuro detrás de la muerte de Victoria? Mientras tanto, en la guardería, las sospechas de los padres de familia comenzaron a concentrarse en el personal. Algunos exigían que Teresa y Susana fueran arrestadas por negligencia criminal.

 Esas mujeres son responsables de la muerte de Victoria”, gritaba don Gabriel Méndez en una reunión improvisada de padres de familia. “No pueden quedarse sin castigo.” Teresa Gutiérrez intentaba defenderse. “Señores, yo también soy madre. Jamás le haría daño intencionalmente a un niño. Pero por su negligencia murió una niña”, replicó doña Carmen Vázquez.

 ¿Era realmente negligencia o había algo más que aún no habían descubierto? Suzana Hernández había entrado en un estado de shock profundo. Apenas hablaba, no comía y se pasaba los días llorando. Su familia estaba considerando buscar ayuda psicológica profesional. La muchacha está destrozada”, comentó su madre a los investigadores.

 “Se culpa por todo lo que pasó, pero era culpa lo que sentía o era algo más.” El capitán decidió someter a Susana a un interrogatorio más intensivo, esta vez en la comandancia. Quería presionarla para ver si había detalles que no había revelado sobre los últimos momentos que Victoria pasó en la guardería. Susana, necesito que piense muy cuidadosamente en todo lo que pasó después del almuerzo.

Está completamente segura de que Victoria se fue sola de la guardería. La joven levantó la cabeza con los ojos hinchados de llorar. Capitán, yo no vi salir a Victoria. Le juro por mi madre que no la vi salir, pero sí recuerda haber abierto la puerta trasera. Sí, saqué las obras para los perros de la calle.

 ¿Cuánto tiempo estuvo abierta la puerta? No sé, tal vez 5 minutos. ¿Había sido suficiente tiempo para que Victoria saliera sin ser vista? Susana, cuando salió a dar las obras a los perros, vio a alguien más en el área. La joven citó antes de responder. Había había un señor recogiendo cartón cerca del terreno valdío.

 ¿Cómo era ese señor? Mayor, desaliñado, creo que es el que vive en la casa de los cartones. Don Ramón había visto Susana a don Ramón cerca del terreno valdío el día que murió Victoria. ¿inactuó usted con ese señor? No, capitán, solo lo vi de lejos. Victoria podría haber visto también a ese señor. Es posible. Los niños a veces se acercan a la puerta cuando salgo.

Había salido victoria de la guardería siguiendo a Don Ramón. Esta nueva información proporcionaba una posible explicación de cómo Victoria había llegado al terreno valdío, pero aún no explicaba cómo había terminado en el pozo, qué había pasado realmente entre Victoria y Don Ramón en ese terreno abandonado.

 Y más importante aún, ¿por qué Don Ramón había desaparecido justo después de que encontraran el cuerpo de la niña? El misterio de la muerte de Victoria López Bonilla se volvía más complejo con cada nueva pista y el capitán Zamora comenzaba a temer que tal vez nunca conocerían toda la verdad sobre lo que había pasado en esa tarde trágica de abril.

 Pero había una certeza que lo atormentaba. Una niña inocente había muerto y alguien tenía que ser responsable de esa muerte. La pregunta era, ¿quién? El funeral de Victoria López Bonilla se convirtió en uno de los eventos más dolorosos en la memoria reciente de Puebla. La pequeña iglesia de San Miguel en la colonia Santiago no pudo contener a todas las personas que llegaron para despedir a la niña de apenas 2 años que había conmovido a toda la ciudad con su trágica muerte. María Bonilla, vestida completamente de negro, permanecía junto

al pequeño ataúd blanco como una estatua de dolor. Sus ojos, hinchados de tanto llorar, parecían haberse quedado sin lágrimas. Martín la sostenía por los hombros, pero él mismo parecía a punto de desplomarse bajo el peso de la tragedia.

 ¿Cómo encuentra fuerzas una familia para seguir viviendo después de perder a un hijo de manera tan inexplicable? El padre Miguel Hernández, quien había conocido a Victoria desde su bautizo, luchaba por encontrar las palabras adecuadas en su homilía. ¿Qué se puede decir sobre la muerte de una criatura tan inocente? ¿Cómo se explica lo inexplicable? Victoria era una niña llena de luz. decía con voz quebrada.

 Su risa llenaba cualquier lugar donde estuviera. Hoy nos preguntamos por qué Dios se la llevó tan pronto, pero debemos confiar en que ella está en un lugar mejor, libre del dolor y el sufrimiento de este mundo. Pero las palabras del sacerdote son huecas ante la magnitud del dolor que se respiraba en esa iglesia.

 ¿Acaso existe algún consuelo real para el corazón de unos padres que han perdido a su hija? Entre los asistentes se encontraban no solo familiares y amigos, sino también desconocidos que habían seguido el caso a través de los medios de comunicación. La historia de la pequeña victoria había tocado fibras sensibles en toda la comunidad poblana.

 Don Cecilio Tenorio estaba sentado en una de las bancas del fondo con su sombrero en las manos y la cabeza gacha. Se culpaba a sí mismo por no haber estado en casa el día de la tragedia. Si hubiera estado ahí, murmuraba, tal vez habría escuchado algo. Tal vez podría haberla salvado. Pero, ¿acaso alguien más podría haber evitado esta tragedia? Teresa Gutiérrez y Susana Hernández también estaban presentes, aunque mantenían un perfil bajo en la parte trasera de la iglesia.

 Su presencia generaba miradas incómodas y murmullos entre los asistentes. Muchos las culpaban directamente por la muerte de Victoria. “No deberían estar aquí”, susurró doña Carmen Vázquez a su esposo. “Por su culpa esa niña está muerta. Susana mantenía la cabeza gacha, consciente de las miradas acusadoras.

 Los últimos días habían sido un infierno para ella. No podía dormir, no podía comer y la imagen de Victoria jugando en la guardería la perseguía y noche. Había algo más que Susana no había contado sobre ese día fatídico. Después del funeral, el cortejo se dirigió hacia el panteón municipal.

 El pequeño ataúd blanco, cargado por familiares de Victoria, parecía demasiado pequeño, incluso para contener el cuerpo de una niña de 2 años. María caminaba detrás, sostenida por su suegra y su hermana, mientras Martín intentaba mantener la compostura, aunque su mundo se había desmoronado completamente. En el cementerio, cuando bajaron el ataúd a la fosa, María finalmente se quebró.

 Su llanto desgarrador resonó entre las tumbas, un sonido que ninguno de los presentes olvidaría jamás. “Mi niña, mi pequeña niña”, gritaba mientras intentaba acercarse a la tumba. “No se la lleven, todavía es muy pequeña. ¿Cómo acepta una madre que nunca volverá a abrazar a su hija?” Los días siguientes al funeral fueron igualmente devastadores para la comunidad.

 La guardería infantil Los Angelitos cerró sus puertas definitivamente. Las autoridades educativas determinaron que había serias deficiencias en los protocolos de seguridad y los padres de familia ya no tenían confianza en el lugar donde había muerto Victoria. Teresa Gutiérrez perdió todo lo que había construido durante 15 años de trabajo.

 Su reputación quedó arruinada y aunque nunca fue formalmente acusada de negligencia criminal, el peso social del juicio público la obligó a abandonar Puebla y mudarse con familiares a otro estado. “Yo también perdí todo”, le dijo a un periodista local antes de partir. Esa niña era como una hija para mí. Su muerte me duele tanto como a sus propios padres.

 Pero, ¿era Teresa realmente una víctima más o había culpa real en su negligencia? Susana Hernández nunca volvió a trabajar con niños. La tragedia la marcó de tal manera que desarrolló una aversión casi patológica hacia los espacios cerrados y los lugares donde había niños pequeños. Su familia la envió a terapia psicológica, pero los fantasmas de ese día la perseguirían por el resto de su vida. Veo a Victoria en todas partes”, le confesó a su terapeuta meses después.

“Siento que me está culpando por no haberla cuidado mejor”. Qué secreto guardaba Susana que la atormentaba tanto mientras tanto, la investigación policial se estancó. Don Ramón, el pepenador que había desaparecido misteriosamente después del hallazgo del cuerpo, nunca fue localizado. Las autoridades estatales emitieron una orden de búsqueda, pero era como si se hubiera esfumado del mapa.

 El capitán Zamora siguió todas las pistas posibles, revisó registros de autobuses, interrogó a familiares de Don Ramón en otros estados. Incluso consultó con autoridades federales por si había cruzado alguna frontera, pero no encontró ni rastro del hombre. Es como si la tierra se lo hubiera tragado”, comentó frustrado a sus subordinados.

 y con él posiblemente las respuestas que necesitamos. ¿Había sido don Ramón realmente responsable de la muerte de Victoria o solo un testigo asustado que había huido por miedo? En la casa abandonada donde vivía don Ramón, los investigadores encontraron más evidencias inquietantes. Además de la ropa azul marino y las botas que coincidían con las pistas del terreno valdío hallaron dibujos infantiles pegados en una pared.

 Los dibujos eran claramente hechos por niños pequeños, figuras humanas básicas, casas con chimeneas, soles con caras sonrientes. Pero lo más perturbador era que parecían ser recientes y entre ellos había uno firmado con garabatos que podrían leerse como Victoria. Había estado Victoria en esa casa antes del día de su muerte. Esta nueva evidencia generó más preguntas que respuestas.

 Si Victoria había estado en casa de don Ramón antes, significaba eso que lo conocía. Había ido voluntariamente con él el día de su muerte, pero los padres de Victoria negaron rotundamente que su hija conociera a don Ramón. Victoria nunca salía sola de la casa, insistía María. No había forma de que conociera a ese señor.

 Entonces, ¿cómo explicar los dibujos? El caso se volvió aún más complejo cuando otros padres del barrio comenzaron a reportar que sus hijos mencionaban haber visto a un señor mayor que les daba dulces cerca de la guardería en varias ocasiones anteriores a la muerte de Victoria. Mi hijo me dijo que el Señor le había regalado un chicle la semana pasada”, declaró doña Beatriz Herrera.

 Pero yo pensé que solo estaba inventando. Había estado don Ramón observando a los niños de la guardería durante algún tiempo. La posibilidad de que hubiera habido un patrón de comportamiento previo hizo que las autoridades reclasificaran el caso. Ya no se trataba solo de un posible accidente o negligencia. Ahora había indicios de que podría haber sido algo premeditado.

Pero sin don Ramón, sin testigos directos y con evidencias circunstanciales, el caso se estancó en un limbo legal que frustraba tanto a los investigadores como a la familia de Victoria. ¿Cómo se puede hacer justicia cuando el principal sospechoso ha desaparecido sin dejar rastro? Un año después de la muerte de Victoria, María y Martín seguían luchando por obtener respuestas.

 Habían contratado a un abogado privado para que presionara a las autoridades a continuar la investigación, pero los resultados eran desalentadores. El caso sigue abierto, les aseguraba el capitán Zamora en cada reunión. No hemos dejado de buscar a don Ramón y cualquier pista nueva será investigada inmediatamente. Pero las palabras ya no consolaban a unos padres que habían perdido no solo a su hija, sino también la fe en la justicia.

 ¿Algún día conocerían la verdad completa sobre lo que le pasó a Victoria? El terreno valdío, donde estaba el pozo, fue finalmente clausurado por las autoridades municipales. Colocaron una cerca de malla ciclónica alrededor de todo el perímetro y sellaron definitivamente el pozo con concreto. Pero para los habitantes del barrio, ese lugar se había convertido en un recordatorio permanente de la tragedia.

Los niños del barrio ya no jugaban cerca de esa área. Sus madres les habían contado la historia de Victoria como una advertencia sobre los peligros de alejarse de casa o de hablar con extraños. Ahí murió una niñita que se portó mal, les decían. Por eso nunca deben ir a lugares peligrosos.

 Pero, ¿había sido realmente Victoria quien se portó mal? o había sido víctima de circunstancias que escapaban completamente a su control. Los años pasaron y la historia de Victoria López Bonilla se convirtió en una leyenda urbana del barrio. Los nuevos residentes escuchaban versiones distorsionadas de los eventos.

 Algunos decían que la niña había sido secuestrada, otros que había sido víctima de un ritual satánico. E incluso hubo quien afirmó que su fantasma se aparecía cerca del pozo sellado. Pero para quienes habían vivido la tragedia de primera mano, Victoria no era una leyenda ni un fantasma. Era una niña real que había muerto en circunstancias que nunca fueron completamente esclarecidas.

 ¿Qué había pasado realmente en esa tarde de abril de 1999? María Bonilla nunca se recuperó completamente de la pérdida de su hija. Se mudó con su esposo a otro barrio de Puebla, pero los recuerdos la seguían a todas partes. Cada niña pequeña que veía en la calle recordaba a Victoria. Cada risa infantil le partía el corazón.

 A veces sueño que Victoria regresa a casa”, confesaba a su hermana en los momentos más difíciles. “Sueño que todo esto fue una pesadilla horrible y que mi niña sigue viva. Pero, ¿cómo se despierta alguien de una pesadilla que se ha vuelto realidad permanente?” Martín desarrolló problemas con el alcohol, incapaz de lidiar con el dolor y la frustración de no conocer la verdad completa sobre la muerte de su hija.

 Su matrimonio se deterioró, aunque nunca se divorciaron formalmente. Simplemente se convirtieron en dos personas rotas compartiendo una casa llena de recuerdos dolorosos. El capitán Samora se jubiló años después, pero el caso de Victoria siguió siendo una espina clavada en su conciencia profesional.

 Era el único caso importante que no había logrado resolver completamente durante su carrera. Hay noches en que aún pienso en esa niñita”, confesó a un colega poco antes de jubilarse, “En cómo murió sola y asustada en ese pozzo mientras nosotros la buscábamos en todas partes menos donde estaba. Habría sido posible salvar a Victoria si hubieran encontrado el pozo más temprano.

” Pero la pregunta que más atormentaba a todos los involucrados era más fundamental y perturbadora. ¿Había sido don Ramón realmente responsable de la muerte de Victoria? ¿O había otra explicación que nunca consideraron? Porque aunque las evidencias apuntaban hacia él, nunca hubo una confesión, nunca hubo testigos directos, nunca hubo certeza absoluta.

¿Y qué pasa cuando un caso se cierra sin justicia real para la víctima? Hasta el día de hoy, más de 25 años después, el paradero de Don Ramón sigue siendo un misterio. Algunos creen que murió en algún lugar remoto, llevándose sus secretos a la tumba.

 Otros especulan que cambió de identidad y rehzo su vida en otro país. Pero hay quienes sostienen una teoría más perturbadora, que don Ramón nunca tuvo nada que ver con la muerte de Victoria y que el verdadero responsable siguió libre, escondido entre la comunidad que lloraba la pérdida de la niña. Es posible que la persona responsable de la muerte de Victoria López Bonilla haya estado todo el tiempo frente a los ojos de todos fingiendo dolor por una tragedia que él mismo había causado.

Porque hay una verdad que nadie quiere enfrentar sobre este caso. Una niña de 2 años no puede mover sola una plancha de hierro de 50 kg. Alguien tuvo que haberla puesto en ese pozo. Alguien que conocía su ubicación exacta, alguien que tenía acceso a Victoria, alguien en quien ella confiaba lo suficiente como para seguirlo hasta ese terreno abandonado.

 Y esa persona, quien quiera que fuera, logró el crimen perfecto, hacer que pareciera un accidente cuando en realidad había sido algo mucho más siniestro. La pregunta que permanece hasta hoy, resonando en los pasillos de la comandancia de Puebla y en los corazones rotos de quienes conocieron a Victoria, es devastadoramente simple.

 ¿Quién fue realmente responsable de la muerte de la pequeña Victoria López Bonilla? Y por qué después de tantos años seguimos sin conocer la verdad completa sobre lo que pasó en esa tarde terrible de abril de 1999. Una niña de 2 años no pudo abrir aquel pozo por sí sola. ¿Quién la puso allí? ¿Y por qué nunca se supo la verdad? La respuesta a esa pregunta se llevó don Ramón cuando desapareció sin dejar rastro.

 O tal vez solo tal vez esa respuesta sigue caminando libremente por las calles de Puebla, cargando el peso de un secreto que nunca ha confesado. Y Victoria López Bonilla descansa en el panteón municipal esperando una justicia que tal vez nunca llegará. Yeah.