Por Qué Estábamos Tan Delgados En Los 70s (La Verdad Te Sorprenderá)

Hubo una década donde la obesidad era rara, donde ver a alguien con sobrepeso era la excepción, no la regla, donde los niños corrían por las calles sin cansarse y los adultos subían escaleras sin perder el aliento. Los años 70 fueron la última década antes de que todo cambiara, antes de que la comida se volviera diferente, antes de que nuestros cuerpos comenzaran a transformarse sin que entendiéramos por qué. Las fotos de esa época no mienten.

Mira, cualquier fotografía escolar, cualquier reunión familiar, cualquier imagen de una playa en los 70, todos estaban delgados. No porque fueran más disciplinados, no porque hicieran más ejercicio, sino porque el mundo funcionaba diferente. Hoy vamos a descubrir por qué estábamos tan delgados en la década de 1970 y la verdad te va a sorprender más de lo que imaginas.

Número ocho. Caminábamos a todos lados porque no había alternativa, no había dos autos por familia. Muchas familias ni siquiera tenían uno. Si querías ir a la escuela, caminabas. Si querías ir a casa de tu amigo, caminabas. Si querías comprar algo en la tienda, caminabas. No era ejercicio.

 Era la única forma de moverte. Las distancias no importaban. 2 km, 3 km. Los recorrías sin pensarlo dos veces. Tus piernas eran tu transporte principal y lo usabas constantemente. Los niños caminaban en grupos. Desde los 6 años iban solos a la escuela. Los papás no los llevaban en auto. No había filas de autos frente a las escuelas, solo oleadas de niños llegando a pie.

 Y no era caminar lento, era caminar rápido, con propósito, sin distracciones de teléfonos, solo avanzar hacia tu destino, después de la escuela, más caminata, al parque, a la cancha, a la tienda. Nunca te quedabas quieto porque siempre había lugares a donde ir y la única forma de llegar era caminando, los adultos también.

 Ir al trabajo significaba caminar a la parada del camión, luego del camión a la oficina, de vuelta al camión, de vuelta a casa, kilómetros diarios sin considerarlo ejercicio. Sumando todo, una persona promedio en los 70 caminaba entre 8 y 12 km diarios sin gimnasio, sin plan de ejercicio, solo viviendo. Número siete. La comida era comida real.

Sin procesar, abres el refrigerador en los 70, encuentras vegetales, carne fresca, huevos, leche en botella de vidrio. Nada viene en empaques de plástico con listas interminables de ingredientes. La comida procesada casi no existía. No había pasillo de snacks en el supermercado, no había gndolas de galletas, papas fritas y dulces.

Comprabas ingredientes, no productos. Las mamás cocinaban desde cero todos los días. No había comida congelada lista para microondas. No había delivery de comida rápida. Si querías comer, alguien tenía que cocinar. Y cocinar tomaba tiempo. Pelar papas, picar vegetales, preparar salsas. Cada comida era proyecto que requería horas, pero el resultado era comida real con ingredientes que reconocías.

 El azúcar estaba en el azucarero, no escondida en 50 productos diferentes. No había jarabe de maíz de alta fructosa en todo. No había endulzantes artificiales, solo azúcar normal que usabas conscientemente. Los aceites eran simples, aceite de oliva, manteca de cerdo, mantequilla real, no aceites vegetales hidrogenados, no grasas trans, no químicos que tu cuerpo no sabía cómo procesar y las porciones eran normales.

Un plato de comida era suficiente, no había opciones de tamaño gigante, no había promociones de compra uno y llévate dos, comías lo que necesitabas y ya. La comida también costaba más en proporción al ingreso. Tenías que ser cuidadoso, no desperdiciar, no comer por aburrimiento. La comida tenía valor que la hacía respetable.

Número seis. No había refrigerios constantes. En los 70 comías tres veces al día. Desayuno, comida, cena y nada más. No había snacks, entre comidas. No había cajón de dulces en la oficina, no había máquinas expendedoras en cada esquina. Las comidas eran eventos programados y entre ellas simplemente esperabas.

 Los niños salían a jugar después de la escuela con hambre y aguantaban hasta la cena. Nadie les daba botana, nadie les ofrecía jugo constantemente. Esperaban hasta la hora de comer y llegabas a la mesa con hambre real. No habías picado nada durante horas. Tu cuerpo estaba listo para comer. Apreciabas la comida porque genuinamente la necesitabas.

 Los refrigeradores no estaban llenos de opciones de snack. Había ingredientes para las próximas comidas. Si abrías el refrigerador entre comidas, no encontrabas nada que comer sin preparación. Las tiendas no estaban diseñadas para compras impulsivas de comida. No había dulces junto a la caja. No había promociones tentándote constantemente.

 Comprabas lo que necesitabas para las comidas de la semana. Tampoco había cultura de me dio hambre. El hambre llegaba a horas predecibles. Tu cuerpo se acostumbraba al horario. No había esa sensación constante de necesitar algo en la boca y tu metabolismo funcionaba diferente. Los periodos sin comer le daban a tu cuerpo tiempo de procesar, de quemar lo consumido, de regularse naturalmente.

¿Recuerdas cuando el hambre era sensación que llegaba solo tres veces al día? Número cinco. Las porciones eran la mitad de las actuales. Un vaso de refresco en los 70 era de 200 ml. Hoy el tamaño pequeño es de 500. Una hamburguesa era del tamaño de tu mano. Una, no dos, no tres. Y con eso quedabas satisfecho porque no estabas acostumbrado a más.

 Los platos en los restaurantes servían porciones normales, lo que cabía en un plato estándar. No había platos del tamaño de ruedas de auto, no había concepto de doggy bag porque terminabas tu comida. Las botanas venían en bolsitas pequeñas, las que se acababan en minutos. No existían bolsas familiares que una persona consumía sola frente al televisor y nadie ofrecía super size.

 No había culto, además es mejor. comprabas una porción, era suficiente. Si todavía tenías hambre, era señal de que tu cuerpo realmente necesitaba más. No que la porción era insuficiente. El pan era más pequeño, las tortillas eran más delgadas, los cortes de carne eran más moderados, todo estaba calibrado para alimentar, no para atiborrar.

 Y curiosamente la gente no se quejaba de hambre. No había sensación de estar siendo privado. Las porciones normales eran suficientes porque tu estómago no estaba estirado por años de porciones gigantes. Los restaurantes no competían por ofrecer más comida, competían por mejor sabor, por mejor servicio. La cantidad no era argumento de venta.

Número cuatro. Ver televisión era evento limitado, no actividad de todo el día. La televisión se encendía a cierta hora, veías tu programa y se apagaba. No había televisión todo el día. Las transmisiones comenzaban en la tarde, terminaban a medianoche. El resto del día la pantalla mostraba solo la carta de ajuste y solo había pocos canales.

 Si no te gustaba lo que transmitían, simplemente hacías otra cosa. No había opción de buscar contenido infinito hasta encontrar algo que te mantuviera pegado. Ver televisión era actividad específica. Te sentabas con propósito para un programa particular. Cuando terminaba te levantabas. No había siguiente episodio automático, no había maratones.

 Los niños tenían horarios limitados, una hora después de hacer tareas, tal vez dos los fines de semana. El resto del día estaban afuera jugando, moviéndose, quemando energía y nadie comía frente a la televisión. Las comidas eran en la mesa, todos juntos, la televisión apagada, sin distracciones que te hicieran comer sin pensar. Tampoco había anuncios constantes de comida.

 Los comerciales eran limitados y los pocos de comida no te bombardeaban contentaciones diseñadas por psicólogos para hacerte salivar. El tiempo frente a pantalla promedio en los 70 era 2 horas diarias. Hoy es 11 horas y cada hora sentado es hora sin movimiento, sin quemar calorías, con tu metabolismo en pausa. Número tres.

 El estrés era diferente y comíamos menos por ansiedad. La vida en los 70 era más simple, no por ser perfecta, sino por ser menos acelerada. No había correos electrónicos persiguiéndote. No había mensajes exigiendo respuesta inmediata, no había expectativa de estar disponible. Siempre cuando salías del trabajo, el trabajo se quedaba ahí.

 Las noticias llegaban una vez al día, en el periódico matutino o en el noticiero nocturno. No había ciclo de 24 horas de malas noticias, no había alertas constantes de crisis y el estrés diferente. Existía, claro, pero no era esta ansiedad constante de fondo. Era específico, relacionado a problemas concretos que se resolvían o no.

 y luego seguías adelante. La comida no era consuelo emocional primario, no había concepto de comfort food como lo conocemos. No corrías a comprar helado después de día malo. La comida era funcional, no emocional. Tampoco había disponibilidad infinita. Si querías comer emocionalmente a las 10 de la noche, mala suerte.

 Las tiendas estaban cerradas. Tu refrigerador tenía ingredientes, no snacks listos. El esfuerzo requerido era suficiente disuasión. Y había otras formas de manejar estrés, caminar, hablar con vecinos, trabajar con las manos, actividades que además te hacían moverte, no quedarte paralizado comiendo en el sofá.

 El sueño también era diferente. La gente dormía más, mejor, sin pantallas brillantes engañando a tu cerebro. El sueño adecuado regula hormonas del hambre. Cuando duermes mal, comes más sin darte cuenta. Número dos. Los trabajos requerían movimiento físico. En los 70, pocos trabajos eran completamente sedentarios. La mayoría requería estar de pie, caminar, usar tu cuerpo.

 Las secretarias se levantaban constantemente a archivar documentos físicos, a llevar papeles a otras oficinas, a usar máquinas copiadoras en otros pisos. No había email que enviara todo sin moverte. Los ejecutivos también caminaban más. reuniones en otras oficinas, visitas a clientes, inspecciones de instalaciones. No había videoconferencias que te mantuvieran sentado todo el día y los trabajos manuales eran más comunes.

Construcción, manufactura, agricultura, servicios que requerían movimiento constante. Tu trabajo mismo era tu ejercicio diario. Las oficinas no tenían las comodidades modernas, no había cafetería en el edificio. Salías a comprar tu almuerzo. Subías escaleras porque los elevadores eran lentos. Caminabas cuadras al banco porque no había cajeros.

 Incluso el trabajo de oficina requería más movimiento. Los archivos estaban lejos. Las impresoras en cuartos separados. Hablar con colegas significaba ir a sus escritorios, no mandar mensaje instantáneo y no había cultura de estar sentado 8 horas seguidas. Los descansos eran más frecuentes físicos. Salías a fumar. Sí, pero también caminabas, estiraban las piernas, dabas vueltas.

 El simple acto de trabajar quemaba calorías. Sin intentarlo, sin considerarlo ejercicio, solo cumpliendo con tu trabajo quemabas lo que hoy requiere gimnasio después de 8 horas sentado inmóvil. Número uno. No había pantallas personales que te mantuvieran inmóvil. Esta es la verdad más impactante. En los 70 no había nada que te mantuviera sentado durante horas sin moverte.

 No había computadoras personales, no había internet, no había teléfonos inteligentes, no había videojuegos caseros elaborados, no había forma de estar inmóvil y entretenido simultáneamente durante horas. Los niños llegaban de la escuela y salían a jugar porque no había alternativa atractiva dentro de casa.

 Corrían, trepaban, competían. Se movían sin parar hasta que oscurecía. Los adultos terminaban el trabajo y hacían cosas. reparaban la casa, trabajaban en el jardín, visitaban vecinos, caminaban por el barrio. El entretenimiento requería participación activa. Los fines de semana no eran para quedarse en cama con pantalla, eran para hacer cosas, lavar el auto, ir al parque, visitar familiares, actividades que todas requerían movimiento y las reuniones sociales no eran virtuales.

 Si querías ver a amigos, ibas físicamente. Si querías saber de familia, los visitabas. Cada interacción social requería moverte de tu casa. El aburrimiento era fuerza motivadora. Sin pantallas que te mantuvieran zombie, el aburrimiento te empujaba a hacer cosas y hacer cosas significaba moverte. Esta es la diferencia fundamental.

 No es que la gente de los 70 fuera más disciplinada, es que su entorno los obligaba a moverse. Nuestro entorno nos permite estar inmóviles y pagamos las consecuencias con nuestros cuerpos. La delgadez de los 70 no era resultado de dietas, no era fuerza de voluntad, no era genes diferentes, era la vida misma. Caminar kilómetros diarios sin pensarlo, comer comida real en porciones normales, moverte porque todo requería movimiento, vivir en mundo que no estaba diseñado para mantenerte inmóvil.

 La verdad es simple, pero difícil. Para estar como en los 70, necesitaríamos vivir como en los 70. Y eso es casi imposible en el mundo moderno. Si este video te hizo reflexionar sobre cómo hemos cambiado, compártelo con alguien que recuerde aquellos tiempos. ¿Cuál de estas cosas crees que podríamos recuperar en nuestra vida actual sin retroceder completamente en el tiempo? Esto fue mundo retro, donde el pasado sigue vivo.