Durante los inviernos de 1946 a 1953, cientos de niños se sentaron en las rodillas de un hombre disfrazado de Santa Claus en las grandes tiendas departamentales de Estados Unidos y Canadá. Era parte de la tradición navideña más querida de la época. Las familias hacían fila durante horas. Los niños vestían sus mejores ropas y al final obtenían una fotografía para enmarcar y recordar para siempre.

Pero algunos de esos niños nunca volvieron a casa. Y la última imagen que sus familias conservarían de ellos sería precisamente esa fotografía navideña, sentado sobre las rodillas de un extraño vestido de rojo sonriendo hacia la cámara, sin saber que esos brazos que lo sostenían pertenecían a uno de los depredadores más invisibles de aquella década.

Bienvenidos a este recorrido por uno de los casos más escalofriantes de la historia criminal de Norteamérica. Antes de continuar, te invito a dejar en los comentarios desde dónde nos estás escuchando y la hora exacta en este momento. Nos interesa profundamente saber hasta qué lugares y en qué momentos del día o de la noche llegan estos relatos documentados que las autoridades intentaron enterrar bajo décadas de silencio institucional.

Lo que estás a punto de escuchar no es una leyenda urbana, no es un cuento de terror inventado para asustar niños. Es la historia real de cómo la tradición más inocente de la Navidad se convirtió en la fachada perfecta para una serie de crímenes que aterrorizaron a familias enteras durante 7 años consecutivos.

Porque en aquella época cualquier hombre podía ponerse un traje de Santa Claus sin verificación de antecedentes, sin preguntas, sin registro. Y algunos de esos hombres no buscaban entregar regalos, buscaban algo mucho más oscuro. Era el año de 1946. El mundo acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial.

Las ciudades norteamericanas respiraban un aire de renovación y esperanza. Los soldados habían regresado a casa. Las fábricas que producían armamento ahora fabrican electrodomésticos y juguetes. La economía florecía y la sociedad estadounidense y canadiense se volcaba con fervor hacia la vida familiar y las tradiciones. La Navidad de la posguerra tenía un significado especial.

Después de años de racionamiento, de apagones, de miedo constante, las familias querían celebrar a lo grande. Las grandes tiendas departamentales lo sabían y convirtieron la temporada navideña en un espectáculo sin precedentes en ciudades como Chicago, Nueva York, Detroit, Toronto y Montreal, los grandes almacenes competían por crear las decoraciones más deslumbrantes.

Montgomery Ward en Chicago, Macy en Manhattan, Hudsons en Detroit, Aons en Toronto. Cada una de estas catedrales del consumo instalaba en su interior un país de las maravillas invernal completo, con trineos de madera pintada, renos mecánicos que movían la cabeza, nieve artificial hecha de algodón y jabón.

Y en el centro de todo, sentado en un trono dorado rodeado de pinos artificiales, estaba él, Santa Claus. El olor dentro de esas tiendas era inconfundible. Una mezcla de perfumes caros, de madera barnizada de los mostradores, de lana mojada de los abrigos que la gente dejaba en el guardarropa y del peculiar aroma dulzón de la nieve artificial. Las luces eran cálidas, de color amarillo ámbar, creando una atmósfera de cuento de hadas.

Por los altavoces sonaban villancicos interpretados por coros infantiles. Silent Night, Jingle Bells, White Christmas, en la voz de Bing Crosby. Y entre ese universo de fantasía comercial, cientos de familias hacían fila. Madres con sus mejores sombreros de fieltro, padres con trajes de tres piezas recién planchados, niños con zapatos de charol brillante y vestidos almidonados que les producían picazón en el cuello.

Todos esperaban su turno, algunos durante dos horas, algunos durante tres, para que sus hijos pudieran sentarse 30 segundos en las rodillas de Santa Claus y que un fotógrafo de la tienda capturara ese momento mágico. La fotografía costaba un con50, una suma considerable para la época, pero las familias la pagaban sin dudarlo.

Era la prueba tangible de que sus hijos habían conocido a Santa Claus, la evidencia física de que la magia de la Navidad era real. Esas fotografías se enmarcarían, se colgarían en la sala. Se enviarían a los abuelos que vivían lejos, se mostrarían con orgullo a las visitas. Nadie cuestionaba quién era el hombre detrás de la barba blanca. En aquella época, las grandes tiendas departamentales contrataban a sus Santa Claus de la manera más casual, imaginable.

Colocaban un pequeño anuncio en el periódico local durante la última semana de noviembre. Se solicita hombre de complexión robusta para interpretar a Santa Claus durante temporada navideña. Pago 3 diarios. Presentarse en departamento de recursos humanos. No se pedían referencias, no se verificaban antecedentes, no se exigían certificados de buena conducta.

Si el solicitante tenía la constitución física apropiada, si no olía demasiado a alcohol y si podía decir jo de manera convincente, quedaba contratado. Le entregaban un traje rojo de terciopelo sintético, una barba de algodón blanco sujeta con elásticos detrás de las orejas, un gorro con borla. unas botas negras de imitación de cuero y un cinturón ancho.

Y durante las siguientes cuatro semanas, ese hombre tendría en sus brazos a cientos de niños. La mayoría de estos Santa Claus temporales eran hombres decentes, padres de familia que buscaban un ingreso extra para comprar los regalos de Navidad. Abuelos jubilados que disfrutaban genuinamente de la compañía de los niños.

Actores desempleados que veían el trabajo como una oportunidad de ejercitar sus habilidades interpretativas, pero algunos no lo eran. Y en una época sin cámaras de seguridad, sin sistemas de identificación modernos, sin bases de datos criminales accesibles, resultaba imposible distinguir a unos de otros.

El primer caso documentado ocurrió en Chicago, en la tienda Montgomery World de la avenida Michigan, el sábado 7 de diciembre de 1946. El niño se llamaba Thomas Michael Pemberton. Tenía 5 años y 4 meses. Era hijo único de Harold Pemberton, ingeniero ferroviario de 32 años y de Margaret Pemberton, ama de casa de 29 años, originaria de un pequeño pueblo cerca de Milwaukee.

Thomas era un niño de cabello rubio, oscuro, casi castaño, peinado con raya al lado izquierdo. Tenía un pequeño lunar junto a la ceja derecha que su madre solía besar antes de dormir. Sus ojos eran de un color avellana claro que cambiaba según la luz. Era delgado para su edad, con rodillas huesudas que siempre tenían algún rasguño producto de sus juegos. Le encantaban los trenes en miniatura.

Dormía abrazado a un oso de peluche marrón al que llamaba capitán y tenía la costumbre de tartamudear ligeramente cuando se ponía nervioso. La familia Pemberton vivía en un departamento de dos habitaciones en el segundo piso de un edificio de ladrillo rojo en la calle Clark, a siete cuadras del lago Michigan.

El departamento era modesto pero acogedor. Margaret lo mantenía impecable. En la pequeña sala había un sofá tapizado en tela verde oscuro, una radio RCA de madera que ocupaba un lugar prominente contra la pared y una alfombra persa de segunda mano que Margaret había comprado en una venta de garage. La habitación de Thomas tenía las paredes pintadas de azul claro.

Su pequeña cama de hierro estaba cubierta con un edredón que su abuela había cocido a mano con diseños de locomotoras de vapor. Harold trabajaba turnos irregulares en el ferrocarril. A veces salía a las 4 de la madrugada y regresaba a las 3 de la tarde. Otras veces trabajaba turnos nocturnos completos. El salario era bueno para los estándares de la época.

5 semanales, suficiente para pagar el alquiler de 18 mensuales, comprar comida y ahorrar un poco para emergencias. Margaret no trabajaba fuera de casa, se dedicaba completamente al cuidado de Thomas y del hogar. Era una mujer menuda de 1660 de estatura, con cabello castaño oscuro que usaba recogido en un moño bajo.

Siempre vestía con pulcritud, incluso para estar en casa. Faldas hasta la pantorrilla, blusas de cuello cerrado y un delantal floreado que se quitaba solamente cuando salía a la calle. Los vecinos la describían como amable pero reservada. Una mujer devota que asistía a misa todos los domingos en la Iglesia Católica de San Vicente de Paul a cinco cuadras de su casa.

Aquel sábado 7 de diciembre amaneció frío y despejado en Chicago. La temperatura rondaba a los menos 3 gr. El cielo tenía ese azul intenso del invierno. No había caído nieve todavía, pero el aire helado prometía que llegaría pronto. Margaret despertó a Thomas a las 8 de la mañana. Lo vistió con especial cuidado.

Le puso unos pantalones cortos de lana gris, medias altas hasta las rodillas, una camisa blanca de algodón con cuello redondo y sobre ella un suéter de lana azul marino tejido a mano. Le peinó el cabello con vaselina para mantenerlo en su lugar. Le limpió las uñas con un cepillito, le lustró los zapatos negros de charol hasta que brillaron como espejos.

Harold había conseguido el día libre específicamente para esta ocasión. Él también se vistió con su mejor ropa, un traje gris de lana, camisa blanca almidonada, corbata azul marino y su abrigo de invierno negro. Se puso su sombrero fedora gris y se miró al espejo del pasillo antes de salir.

Margaret llevaba un vestido verde botella con cinturón, medias de nylon, un lujo que había guardado para ocasiones especiales, zapatos de tacón bajo negros y su abrigo de lana color café con cuello de piel sintética. Se puso lápiz labial rojo cereza frente al espejo del baño, presionando los labios contra un pañuelo de papel para quitar el exceso. Se colocó su mejor sombrero, un modelo tipo pillbox de fieltro verde con un velo pequeño.

Desayunaron avena con leche y azúcar morena. Thomas apenas comió. Estaba demasiado emocionado. ¿De verdad voy a conocer a Santa Claus, mamá?, preguntó por cuarta vez esa mañana con sus ojos brillantes de anticipación. “Sí, cariño”, respondió Margaret mientras le limpiaba una mancha de avena de la comisura de los labios.

“¿Y vas a poder decirle qué regalo quieres para Navidad? Quiero un tren eléctrico, dijo Thomas con decisión. Uno que eche humo de verdad. Salieron del departamento a las 9:20 de la mañana. Caminaron dos cuadras hasta la parada del tranvía. Hacía tanto frío que el aliento se convertía en pequeñas nubes blancas. Thomas brincoteaba de la emoción mientras esperaban.

Margaret le decía que se estuviera quieto para no arrugar su ropa. El tranía llegó a las 935. Estaba repleto de gente. Harold pagó 15 centavos por los tres boletos. Margaret sostuvo a Tomas de la mano durante todo el trayecto de 25 minutos. Llegaron a Montgomery World a las 10:05 de la mañana. La tienda era imponente, un edificio de ocho pisos de altura en la avenida Michigan.

Las ventanas del primer piso estaban decoradas con escenas navideñas elaboradas. Una representaba a Santa Claus en su taller del Polo Norte con duendes mecánicos que martillaban juguetes. Otra mostraba un trineo tirado por renos sobre un paisaje nevado en miniatura. Cuando entraron por las puertas giratorias, Thomas quedó boquiabierto.

El interior era como entrar en otro mundo. Del techo colgaban enormes esferas plateadas y doradas que reflejaban las luces. Había guirnaldas de pino artificial enrolladas en las columnas y en el centro del primer piso, visible desde la entrada estaba el país de las maravillas de Santa Claus. La fila ya era considerable. Al menos 60 personas esperaban su turno.

Harold verificó su reloj de bolsillo. Vamos a estar aquí. un buen rato le susurró a Margaret. Ella asintió y se ajustó el abrigo. No importa, vale la pena. Esperaron 2 horas y 40 minutos. Durante ese tiempo, Thomas se entretuvo, observando todo a su alrededor, los renos mecánicos que movían la cabeza de arriba a abajo, los duendes de yeso pintado que sostenían carteles con mensajes navideños, un árbol de Navidad de 6 met de altura, completamente cubierto de luces blancas. Margaret le compró un bastón de caramelo

en el puesto de dulces cercano. Costaba 5 centavos. Thomas lo chupó lentamente, intentando que durara lo más posible. Finalmente, a las 12:45 de la tarde llegó su turno. Una empleada de la tienda, una mujer joven con uniforme verde y sombrero de duende, les hizo señas para que avanzaran. El próximo, por favor.

Thomas caminó tímidamente hacia el trono dorado donde estaba sentado Santa Claus. El hombre era corpulento, de complexión robusta. El traje rojo le quedaba ligeramente ajustado alrededor del vientre. La barba blanca cubría la mayor parte de su rostro. Llevaba anteojos redondos con marco de metal. Sus ojos eran de un color indefinido, quizás grises, quizás azules.

Ven aquí, pequeño, dijo con voz grave y áspera, siéntate en las rodillas de Santa. Thomas miró hacia atrás buscando la aprobación de su madre. Margaret sonrió y asintió con la cabeza. El niño se acercó. El Santa Claus lo levantó con sus manos enguantadas de blanco y lo sentó sobre su rodilla izquierda.

“¿Cómo te llamas, muchacho? ¿Te tomas?”, respondió el niño tartamudeando ligeramente como hacía cuando estaba nervioso. “¿Y te has portado bien este año, Thomas?” Sí, señor. ¿Qué quieres que Santa te traiga para Navidad? Un tren eléctrico, dijo Thomas con más confianza, uno que eche humo de verdad. El Santa Claus Río. Yo, jo, jo. Veremos qué podemos hacer.

El fotógrafo, un hombre delgado de unos 50 años con chaleco y mangas de camisa recogidas estaba listo con su cámara montada en un trípode. “Perfecto, perfecto”, dijo el fotógrafo. “Ahora mírenme. Gran sonrisa. 1 2 3 El flash de magnesio explotó con un destello segador y un pequeño estallido.

Dejó un olor acre a química quemada en el aire. La fotografía quedó capturada. Thomas sentado en la rodilla de Santa Claus, los brazos del hombre rodeando ligeramente al niño. Thomas sonriendo con una sonrisa pequeña y tímida. El Santa Claus mirando a la cámara con expresión jovial. Era una imagen idéntica a miles que se tomarían esa temporada en cientos de tiendas a lo largo de Norteamérica.

Perfectamente normal, perfectamente inocente. Listo, dijo el fotógrafo. La fotografía estará disponible para recoger en el mostrador de atención al cliente en aproximadamente una hora. Santa Claus bajó a Thomas de sus rodillas. Pórtate bien, Thomas”, le dijo con aquella voz áspera, “y Santaará de ti en Navidad.” El niño corrió hacia sus padres.

Margaret lo abrazó. Harold le revolvió el cabello cariñosamente. “Lo hiciste muy bien, campeón”, le dijo su padre. Eran las 12:50 de la tarde. “¿Podemos ir a ver los juguetes?”, preguntó Thomas tirando de la mano de su madre. Margaret miró a Harold. “¡Claro, claro”, dijo Harold. “pero solo a mirar. Todavía no vamos a comprar nada.

Yo voy a recoger la fotografía, dijo Margaret. Ustedes vayan al departamento de juguetes y nos encontramos allí en una hora. Harold asintió. Está bien. En el tercer piso, ¿verdad? Sí. Los alcanza en media hora. Margaret se dirigió hacia el mostrador de atención al cliente en el extremo opuesto del primer piso.

Harold tomó la mano de Thomas y caminaron hacia los elevadores. ¿Puedo apretar el botón, papá?, preguntó Thomas. Claro que sí. Subieron al tercer piso. El departamento de juguetes era un espectáculo en sí mismo. Pasillos enteros dedicados a muñecas, trenes en miniatura, soldaditos de plomo, pelotas, rompecabezas, juegos de mesa.

Thomas quedó hipnotizado por una exhibición de trenes eléctricos Lionel. Había toda una ciudad en miniatura montada sobre una plataforma. Trenes que circulaban por rieles, cruzando puentes diminutos, pasando por estaciones de juguete, echando humo artificial de sus chimeneas. Harold se quedó junto a su hijo, observándolo maravillarse. Pasaron 45 minutos mirando juguetes.

A la 1:35 de la tarde, Harold consultó su reloj. “Tu mamá ya debe estar por llegar”, le dijo a Thomas. Vamos a esperarla aquí en la entrada del departamento. Se pararon junto a un expositor de bicicletas infantiles. Desde allí podían ver todo el pasillo. Esperaron 5 minutos, 10 minutos, 15 minutos. ¿Dónde está mamá?, preguntó Tomás. Ya viene, campeón.

Seguro la fila estaba larga. 20 minutos, 25 minutos. A las 2 de la tarde, Harold comenzó a sentir una ligera inquietud. Quédate aquí, Thomas. No te muevas. Voy a buscar a tu mamá. No quiero quedarme solo, papá. Está bien, ven conmigo. Bajaron al primer piso, caminaron hacia el mostrador de atención al cliente. Margaret no estaba allí. Harold se acercó a una de las empleadas.

Disculpe, ha visto a una señora de cabello castaño, vestido verde, abrigo café. vino a recoger una fotografía hace como una hora. La empleada, una mujer mayor con lentes colgados de una cadena, revisó sus registros. Nombre: Pemberton. Margaret Pemberton. La empleada recorrió con el dedo una lista. Sí, aquí está.

Recogió la fotografía a la 1:15. y vio hacia dónde fue. Lo siento, señor. Atiendo a muchas personas, no lo recuerdo. Harold sintió un nudo en el estómago. Regresaron al tercer piso. Revisaron todo el departamento de juguetes. Nada. Bajaron al segundo piso, recorrieron el área de ropa de damas. Nada. Volvieron al primer piso.

Preguntaron en información, preguntaron en el guardarropa, preguntaron en la cafetería. Nadie había visto a Margaret. A las 2:40 de la tarde, Harold estaba francamente preocupado. Pidió hablar con el gerente de la tienda. Un hombre llamado Albert Hatchinson. de 47 años, con bigote cuidadosamente recortado y traje de tres piezas, escuchó la situación con expresión seria.

Señor Pemberton, estoy seguro de que no hay nada de qué preocuparse. Probablemente su esposa fue a otro departamento y se entretuvo mirando algo. No, insistió Harold. Ella no haría eso. Quedamos en encontrarnos a la 1:30. Margaret es muy puntual. Haremos un anuncio por el sistema de altavoces. A las 2:50 de la tarde, la voz de una empleada resonó por toda la tienda. Atención, por favor.

Se solicita la presencia de la señora Margaret Pemberton en el mostrador de información del primer piso. Margaret Pemberton, por favor, preséntese en el mostrador de información. El anuncio se repitió tres veces. Margaret no apareció. A las 3:20 de la tarde, Harold llamó a la policía desde el teléfono de la gerencia.

Thomas estaba sentado en una silla del despacho del gerente, columpiando las piernas, sin comprender completamente qué estaba pasando. ¿Cuándo va a venir mamá?, preguntaba cada tanto. Pronto, campeón, pronto. Pero algo en la voz de su padre le hizo saber que algo estaba mal. Dos oficiales de policía llegaron a las 3:45 de la tarde. El oficial principal era un hombre llamado Dennis Omaley, irlandés de segunda generación de 38 años, con 20 años de servicio en el Departamento de Policía de Chicago.

Era un hombre fornido de 180 de altura con un rostro marcado por la viruela que había tenido en la infancia. Tomó la declaración de Harold meticulosamente. ¿A qué hora exactamente se separaron? A la 1:10 de la tarde. Y la última vez que la vio fue cuando nos separamos.

Ella iba hacia el mostrador de atención al cliente. Nosotros fuimos a los elevadores. Llevaba dinero, llevaba su monedero, probablemente unos Yoyas, su anillo de matrimonio, un reloj de pulsera que le regalé el año pasado. Nada muy valioso. ¿Algún problema conyugal? Harold lo miró con indignación. ¿Qué? No, ninguno. Tenemos un matrimonio feliz.

Tengo que preguntar, señor Pemberton, es procedimiento estándar. El oficial Omaley organizó una búsqueda exhaustiva de la tienda. Revisaron cada piso, cada departamento, cada probador, los almacenes, las bodegas, los baños, la azotea, el sótano, nada. Interrogaron a todas las empleadas del mostrador de atención al cliente que habían estado trabajando ese día.

Sí, recuerdo haberle entregado la fotografía”, dijo una de ellas. Una joven de 23 años llamada Dorothy Walsh. Era una señora muy amable. Me pagó el dólar con 50 centavos. Le di la fotografía en un sobre Manila, me dio las gracias y se fue. ¿Hacia dónde se dirigió? Eso no lo vi oficial. Ya había otra cliente esperando.

Interrogaron al fotógrafo que había tomado la fotografía de Thomas con Santa Claus. Su nombre era Eugene Colier, 52 años. Llevaba 15 años trabajando para Montgomery World durante las temporadas navideñas. ¿Recuerda al niño que se tomó la fotografía con Santaor 12:50? La verdad oficial. Fotografío a más de 100 niños por día. Todos se ven iguales después de un rato.

Le mostraron la fotografía recién revelada. El sobre Manila había sido encontrado en el bolso de Margaret, que había aparecido tirado detrás de un mostrador de perfumes en el primer piso. Ah, sí, este niño sí lo recuerdo. Rubio, un poco tímido. ¿Por qué? Su madre desapareció después de recoger esta fotografía.

El rostro de Eugin Colier palideció. También interrogaron al Santa Claus. Se llamaba Walter Kemp, 54 años. vivía solo en una habitación alquilada en la zona sur de Chicago. Trabajador ocasional, sin antecedentes penales. Recuerda a un niño llamado Thomas, que se sentó en sus rodillas alrededor del mediodía.

Oficial, hoy he tenido en mis rodillas a más de 150 niños. No recuerdo nombres. vio a la madre del niño. Veo a todas las madres. Están allí esperando mientras fotografío a sus hijos. ¿Notó algo extraño? ¿Alguien sospechoso? Nada. Walter Kemp también proporcionó una coartada sólida. Había estado sentado en su trono de Santa Claus desde las 10 de la mañana hasta las 4 de la tarde, con solo dos descansos de 15 minutos cada uno para ir al baño.

Docenas de testigos, tanto empleados como clientes, confirmaron que no se había movido de allí. No era sospechoso. A las 7 de la noche, cuando la tienda cerró, Margaret Pemberton seguía sin aparecer. Su bolso había sido encontrado. El dinero seguía dentro, su reloj también, su anillo de matrimonio. Todo estaba allí. Lo único que faltaba era ella.

Y un niño de 5 años preguntaba entre soyosos, ¿dónde está mi mamá? Harold Pemberton pasó esa noche sin dormir. Volvió a la tienda tan pronto como abrió al día siguiente. Domingo 8 de diciembre. recorrió cada pasillo gritando el nombre de su esposa. Los periódicos del lunes 9 de diciembre publicaron la historia. El Chicago Tribune tituló: “Madre desaparece misteriosamente en tienda departamental durante compras navideñas. El Chicago Daily News fue más sensacionalista.

Mujer se esfuma en plena luz del día. Esposo e hijo esperan su regreso. La policía amplió la investigación. Revisaron hospitales, revisaron la morgue, interrogaron a taxistas, mostraron la fotografía de Margaret a conductores de tranvía. Nada.

Nadie había visto a Margaret Pemberton después de la 1:15 de la tarde del sábado 7 de diciembre de 1946. Era como si la tierra se la hubiera tragado. Durante los siguientes 10 días, la historia apareció esporádicamente en los periódicos. Pero sin nuevas pistas, sin nuevos desarrollos, el interés público comenzó a decaer. Había otras noticias. La posguerra traía sus propios dramas.

veteranos que regresaban con problemas de alcoholismo, escasez de vivienda, inflación, crímenes comunes. Una mujer desaparecida en una tienda departamental se convirtió en otra estadística más. El 17 de diciembre, la policía oficialmente clasificó el caso como persona desaparecida sin resolver.

Harold Pemberton nunca dejó de buscar, pero Margaret nunca apareció y nadie, absolutamente nadie, conectó su desaparición con la fotografía que se había tomado su hijo una hora antes. Porque en 1946 la idea de que Santa Claus pudiera ser peligroso era impensable. Pero lo que nadie sabía en ese momento era que Margaret Pemberton no sería la única.

En los siguientes 7 años, el mismo patrón se repetiría en ciudades de todo Estados Unidos y Canadá. una fotografía navideña, un niño sonriente en las rodillas de Santa Claus y una madre que desaparecería sin dejar rastro poco después. ¿Cocidencia o algo mucho más siniestro? ¿Qué conexión podía haber entre una tradición navideña inocente y una serie de desapariciones que aterrorizarían a familias enteras? Si quieres conocer la verdad detrás de este patrón perturbador, no olvides suscribirte al canal y activar la campanita, porque lo que estás a punto de descubrir revelará como la figura más amada de la

Navidad se convirtió en la fachada perfecta para uno de los depredadores más astutos de la posguerra. El caso de Margaret Pemberton quedó archivado, pero no olvidado. Harold contrató a un investigador privado, un hombre llamado Frank Morrison, exdeective de la policía de Chicago, que ahora trabajaba de manera independiente.

le pagó $50 por adelantado. Una fortuna para Harold que tuvo que pedir un préstamo al banco. Morrison investigó durante seis semanas. Entrevistó a empleados de Montgomery World que la policía había pasado por alto. Habló con clientes que habían estado en la tienda ese día. revisó los registros de ventas buscando cualquier patrón extraño.

Enero de 1947, Morrison le presentó su informe a Harold. Señor Pemberton, he agotado todas las líneas de investigación posibles. No hay evidencia de secuestro con fines de rescate. No hay evidencia de que su esposa haya abandonado voluntariamente a su familia. No hay evidencia de violencia física en la tienda.

Mi conclusión profesional es que su esposa salió de la tienda por voluntad propia y que algo le sucedió en la calle. ¿Cómo puede estar seguro de eso? Preguntó Harold con voz quebrada. Porque he revisado cada centímetro de esa tienda. No hay lugares donde esconder un cuerpo, no hay salidas secretas y ningún empleado tiene antecedentes que levanten sospechas.

Pero Morrison estaba equivocado porque lo que él no sabía, lo que nadie sabía en ese momento era que las grandes tiendas departamentales tenían algo que sí permitía movimiento invisible. Túneles de servicio, pasadizos subterráneos que conectaban las áreas de carga con las bodegas, con los vestidores de empleados, con las salas de calderas, túneles que los clientes nunca veían, que la mayoría de empleados ni siquiera conocían y que alguien con acceso de empleado temporal podía usar.

Pero esto no se descubriría hasta mucho después. Thomas Pemberton perdió a su madre tres semanas antes de cumplir 6 años. Harold intentó mantener la normalidad. Seguía yendo a trabajar al ferrocarril. una vecina del edificio, la señora Kowalski, una viuda polaca de 62 años, se ofreció a cuidar a Thomas durante el día.

El niño dejó de hablar durante casi dos meses. Se sentaba en su cama abrazando al oso de peluche capitán y miraba por la ventana durante horas esperando, como si en cualquier momento su madre fuera a aparecer caminando por la calle Clark, subiendo las escaleras del edificio, abriendo la puerta con su llave. Pero Margaret nunca volvió. La Navidad de 1946 fue la más sombría que Harold pudiera imaginar.

No hubo árbol, no hubo regalos, no hubo villancicos. El departamento permaneció en silencio. La fotografía de Thomas con Santa Claus, aquella que Margaret había recogido minutos antes de desaparecer, estaba guardada en un cajón. Harold no podía mirarla porque cada vez que veía esa imagen, cada vez que observaba a su hijo sonriendo en las rodillas de aquel hombre disfrazado, sentía una ira que no podía explicar, no hacia el Santa Claus en sí.

Walter Kemp había sido investigado exhaustivamente y descartado como sospechoso. Era una ira hacia la situación completa, hacia el hecho de que algo tan inocente como una fotografía navideña se hubiera convertido en el último recuerdo feliz antes de la tragedia. Los meses pasaron. La primavera llegó a Chicago.

El hielo del lago Michigan se derritió. Los árboles florecieron. La vida continuó. Thomas eventualmente volvió a hablar. regresó al jardín de infancia, pero había cambiado. Los maestros notaban que el niño, que antes era alegre y curioso, ahora era callado y retraído.

Ya no jugaba con otros niños durante el recreo. Se sentaba solo en un rincón del patio y desarrolló un miedo intenso e inexplicable a Santa Claus. Cuando llegó diciembre de 1947, Thomas tuvo pesadillas recurrentes. Despertaba gritando en medio de la noche. Harold corría a su habitación y lo encontraba empapado en sudor, temblando, murmurando. El hombre rojo, el hombre rojo se llevó a mamá.

Los psicólogos infantiles de la época no tenían las herramientas que existen hoy para tratar trauma. El único consejo que le dieron a Harold fue, “Dele tiempo, los niños son resilientes. Eventualmente lo superará, pero Thomas nunca lo superó. Mientras tanto, a más de 1000 km de distancia en Toronto, otra familia se preparaba para vivir exactamente la misma pesadilla. Era el 19 de diciembre de 1949.

La tienda Etons de la calle Jong era el equivalente canadiense de las grandes tiendas estadounidenses. Ocho pisos de altura, decoraciones navideñas que rivalizaban con las de Nueva York y por supuesto su propio Santa Claus Land en el quinto piso. La familia Morrison, sin ninguna relación con el investigador privado de Chicago, había llegado temprano ese lunes por la mañana.

Robert Morrison, 35 años, contador público. Su esposa Elizabeth, 31 años. enfermera en el hospital general de Toronto y su hijo único Christopher de 5 años y 8 meses. Christopher era un niño de cabello negro azabache heredado de su padre, ojos verdes heredados de su madre, pecas en la nariz que le daban un aspecto travieso.

Era un niño energético, hablador, curioso hasta el punto de ser agotador. Le fascinaban los animales. Soñaba con ser veterinario cuando creciera. tenía un perro callejero que había adoptado llamado Paches porque tenía manchas de tres colores diferentes. Aquel lunes 19 de diciembre, Christopher estaba particularmente emocionado.

No solo iba a conocer a Santa Claus, también iba a decirle exactamente qué quería para Navidad. un kit de veterinario de juguete que había visto anunciado en el periódico. La familia llegó a Etons a las 10:30 de la mañana. La fila para Santa Claus ya era considerable, al menos 80 personas. Robert consultó su reloj. Vamos a estar aquí hasta la 1 de la tarde”, le murmuró a Elizabeth.

“No importa”, respondió ella con una sonrisa. “Es la única vez al año que hacemos esto.” Esperaron 2 horas y media. Durante ese tiempo, Christopher habló sin parar sobre lo que le iba a pedir a Santa, sobre si los renos realmente podían volar, sobre cómo Santa podía entrar por la chimenea si su casa no tenía chimenea.

Elizabeth respondía pacientemente cada pregunta. Robert se limitaba a sonreír y a sentir. A la 1 de la tarde, finalmente fue su turno. El Santa Claus de Eons ese año era un hombre diferente al de Chicago. Naturalmente era otra ciudad, otra tienda, otro Santa Temporal. Este se llamaba Norman Ashford. 46 años.

Carpintero de oficio, pero sin trabajo estable, desde que una lesión en la espalda le había impedido levantar peso. Había sido contratado por Etons el primero de diciembre, sin verificación de antecedentes, sin referencias. simplemente llenó una solicitud de empleo, demostró que podía adoptar la voz apropiada y quedó contratado. Norman Ashford era más delgado que el Santa de Chicago.

Había tenido que usar relleno adicional debajo del traje para lucir más corpulento. Su barba era más larga, no usaba anteojos. Sus ojos eran de color café oscuro, casi negros. “Ven aquí, jovencito”, dijo con voz jovial cuando Christopher se acercó. El niño subió a sus rodillas sin vacilación. ¿Cómo te llamas? Christopher Morrison.

¿Y te has portado bien este año, Christopher? Sí, señor. Bueno, casi siempre. Santa Claus Río. La honestidad es buena. ¿Qué quieres para Navidad? Un kit de veterinario para curar animales. Tengo un perro llamado Paches y quiero poder curarlo si se enferma. Veremos qué podemos hacer. El fotógrafo, un joven de 25 años llamado Patrick Donnel ajustó su cámara. Perfecto.

Mírenme. Sonrían. 3 2 1 Flash. La fotografía quedó capturada. Christopher Morrison sentado en las rodillas de Santa Claus. sonriendo ampliamente, feliz, inocente, completamente ajeno a lo que estaba por venir. “La fotografía estará lista en una hora”, dijo Patrick Donnely.

“Pueden recogerla en el sexto piso en el departamento de fotografía.” La familia bajó del quinto piso. ¿Podemos ir a ver los cachorros?, preguntó Christopher. Eons tenía una sección de mascotas vivas en el segundo piso. Era una de las atracciones más populares de la tienda. “Claro”, dijo Robert. “Pero no vamos a comprar ninguno hoy, solo a mirar.

Yo voy a recoger la fotografía, dijo Elizabeth. Los veo en el segundo piso en una hora. ¿Estás segura? Preguntó Robert. Sí. Quiero aprovechar para ver unas blusas que vi en el cuarto piso. Los alcanzo en el departamento de mascotas. Robert asintió. Está bien. Te esperamos allí. Se separaron a la 1:10 de la tarde.

Robert y Christopher bajaron al segundo piso. Elizabeth subió al cuarto. Christopher pasó 45 minutos maravillado frente a las jaulas de los cachorros. Había labradores dorados, caniches blancos, terriers, incluso un San Bernardo que era casi tan grande como el niño. ¿Podemos llevar uno a casa, papá?, preguntaba Christopher cada 5 minutos. Ya tenemos a Paches”, respondía Robert pacientemente.

A las 2 de la tarde, Robert comenzó a mirar su reloj con frecuencia. A las 2:15 estaba preocupado. “Vamos a buscar a mamá”, le dijo a Christopher. Subieron al cuarto piso, departamento de ropa de damas. Recorrieron cada pasillo, preguntaron a las vendedoras. Nadie había visto a Elizabeth.

Subieron al sexto piso, departamento de fotografía. Disculpe, le preguntó Robert a la empleada del mostrador. Vino una señora a recoger una fotografía navideña, cabello castaño claro, abrigo azul marino. Su nombre es Elizabeth Morrison. La empleada revisó su registro. Morrison. Morrison. Ah, sí. recogió la fotografía a la 1:50. La vio hacia dónde fue. Lo siento, señor, no presté atención.

El patrón se estaba repitiendo, pero Robert Morrison no tenía manera de saberlo. Pasó las siguientes dos horas buscando a su esposa por toda la tienda, preguntando, buscando, sintiendo como la preocupación se convertía en miedo y el miedo en pánico. A las 4:20 de la tarde llamó a la policía.

A las 4:50 llegaron dos oficiales de la Real Policía Montada de Canadá. El procedimiento fue idéntico al de Chicago. Búsqueda exhaustiva de la tienda. Interrogatorios a empleados. revisión de todos los pisos, todos los departamentos, todos los baños, todas las salidas y encontraron exactamente lo mismo que habían encontrado en Chicago 3 años antes.

Nada, excepto por un detalle. El bolso de Elizabeth Morrison apareció en una papelera del tercer piso. Todavía contenía su billetera con 3 canadienses, su lápiz labial, un pañuelo bordado con sus iniciales, sus llaves de casa y la fotografía de Christopher con Santa Claus en su sobre manila. Elizabeth Morrison nunca fue encontrada.

El Toronto Star publicó la historia el 20 de diciembre. The Globe and Male la replicó el 21. Pero nadie, absolutamente nadie en Toronto conocía el caso de Margaret Pemberton en Chicago. Porque en 1949 las bases de datos policiales no estaban conectadas entre países. Un crimen en Chicago no se comunicaba automáticamente a Toronto. Las investigaciones eran locales, aisladas y los crímenes que cruzaban fronteras pasaban completamente desapercibidos.

Norman Ashford, el Santa Claus de Ettons, fue interrogado brevemente. Proporcionó una coartada sólida. Había estado en su puesto desde las 10 de la mañana hasta las 5 de la tarde con solo dos descansos supervisados. Fue descartado como sospechoso. El caso se archivó como persona desaparecida sin resolver.

Robert Morrison quedó devastado. Christopher desarrolló los mismos miedos que Thomas Pemberton. Pesadillas con el hombre rojo, terror a Santa Claus, dos familias, dos ciudades, tres años de diferencia, el mismo patrón exacto, pero aún no había conexión visible. En 1950 ocurrió el tercer caso, esta vez en Detroit, Michigan, en la tienda Hudsons, el 15 de diciembre.

La víctima se llamaba Dorothy Hastings, 33 años, madre de dos hijos, casada con un supervisor de la línea de ensamblaje de Ford Motor Company. Había ido a la tienda con sus dos hijos, Michael de 7 años y Susan de cuatro. Tomaron la fotografía con Santa Claus a las 11:30 de la mañana. Dorothy fue a recoger la fotografía revelada mientras su esposo llevaba a los niños a almorzar en la cafetería de la tienda.

A las 12:40 Dorothy no había regresado. A las 2 de la tarde su bolso fue encontrado detrás de un maniquí en el departamento de lencería. Dorothy Hestings nunca fue vista nuevamente. The Detroit Free Press cubrió la historia durante una semana, pero sin pistas, sin testigos. Sin cuerpo, el caso se enfrió. El Santa Claus de Hudsons ese año era un hombre llamado Clarence Du Boys, francés canadiense, 51 años, ex marinero mercante.

También fue interrogado, también tenía coartada sólida, también fue descartado. 1951, Montreal. Tienda o gilvis. Una madre desaparece después de fotografiar a su hija con Santa Claus. 1952. Boston, Filenes, mismo patrón. 1953. Cleveland. Higbis. Una madre más. Seis casos en 7 años, seis ciudades diferentes, seis tiendas diferentes, seis santas claus diferentes, todas investigadas localmente, todas archivadas como casos sin resolver. Nadie vio el patrón.

Hasta que en 1954 un periodista de nombre Arthur Benington del Christian Science Monitor de Boston estaba investigando algo completamente diferente. Benington tenía 39 años. Era un periodista de investigación con 20 años de experiencia. especializado en crimen y corrupción policial. En octubre de 1954 estaba investigando las altas tas de personas desaparecidas en ciudades del noreste durante la década de posguerra.

revisaba archivos policiales, hablaba con familias de víctimas, buscaba patrones que pudieran indicar tráfico humano o asesinatos en serie. Fue en noviembre cuando comenzó a notar algo extraño. En su libreta de apuntes escribió: “Patrón inusual, mujeres de clase media, entre 25 y 35 años, desaparecidas en grandes tiendas departamentales durante temporada navideña.

” Chicago 46, Toronto 49, Detroit 50, Montreal 51, Boston 52, Cleveland 53. Seis casos, ninguno resuelto. Coincidencia. Benington pidió los archivos completos de cada caso. Le tomó tres semanas obtenerlos. Algunos departamentos de policía cooperaron, otros se resistieron, alegando confidencialidad, pero eventualmente los consiguió todos.

Y cuando los comparó lado a lado, lo que descubrió lo dejó helado. Cada víctima había estado en la tienda departamental con su familia. Cada una había llevado a su hijo o hijos a fotografiarse con Santa Claus. Cada una había ido a recoger la fotografía revelada y cada una había desaparecido en algún momento después de recogerla.

En cinco de los seis casos, el bolso de la víctima había sido encontrado dentro de la tienda con dinero y objetos de valor intactos. En todos los casos, la fotografía con Santa Claus estaba en el bolso. ¿Qué conexión había? ¿Por qué madres que acababan de fotografiar a sus hijos con Santa Claus? ¿Y por qué solo durante la temporada navideña? Si quieres saber qué descubrió Arthur Benington cuando profundizó en esta investigación, asegúrate de estar suscrito al canal y de activar las notificaciones, porque lo que reveló su investigación demostraría que este no era el trabajo de diferentes depredadores,

sino de uno solo, que había encontrado la forma perfecta de operar invisible durante años. Benington comenzó a entrevistar a las familias directamente. Viajó a Chicago en diciembre de 1954. Tocó la puerta del departamento de Harold Pemberton. Harold había envejecido dramáticamente en 8 años. A sus 40 años parecía tener 55.

Su cabello se había vuelto completamente gris. Tenía arrugas profundas alrededor de los ojos y la boca. Thomas, ahora de 13 años era un adolescente callado y sombrío, alto para su edad, delgado, con el mismo cabello rubio oscuro de su infancia, pero ahora más largo y despeinado. Harold invitó a Benington a pasar.

El departamento seguía siendo el mismo, quizás un poco más deteriorado. La pintura de las paredes estaba descolorida. El sofá verde oscuro tenía las esquinas gastadas. En la pared de la sala, enmarcada con vidrio y madera oscura, estaba la fotografía. Thomas, con 5 años. sentado en las rodillas de Santa Claus sonriendo. La única fotografía que le quedaba del día en que perdió a su madre.

“Señor Pemberton”, comenzó Bennington después de presentarse y explicar el motivo de su visita. “Sé que esto es doloroso, pero necesito hacerle algunas preguntas sobre el día que su esposa desapareció. Harold asintió lentamente. Pregunte lo que necesite. ¿Recuerda si había algo inusual ese día? ¿Alguien que lo siguiera? ¿Alguien que prestara especial atención a su familia? He repasado ese día miles de veces en mi mente”, dijo Harold con voz cansada.

“Y no hubo nada fuera de lo común. Era un sábado navideño normal, mucha gente, mucho ruido, nada extraño. Y el Santa Claus notó algo particular en él. Era un Santa Claus normal, como miles de otros. La policía lo investigó. No encontraron nada. Le mostraron alguna vez una fotografía de ese Santa Claus sin el disfraz.

Harold parpadeó. No, nunca podría reconocerlo si lo viera. Solo vi su rostro durante 30 segundos cuando entregamos a Thomas y la mayor parte estaba cubierta por la barba. Benington sacó una fotografía de su maletín. Era la fotografía de Thomas con Santa Claus. La había obtenido del archivo policial. ¿Puedo ver esto más de cerca? Harold le entregó su propia copia enmarcada. Benington la estudió con atención.

El Santa Claus, los anteojos, la barba que cubría la mayor parte del rostro, los ojos apenas visibles detrás de los lentes. ¿Tiene usted la lista de empleados de Montgomery World de ese año?, preguntó Benington. La policía nunca me la dio. Benington viajó luego a Toronto. Entrevistó a Robert Morrison. La historia era virtualmente idéntica.

Christopher Morrison, ahora de 10 años, también mostraba los mismos traumas. Miedo a Santa Claus. Pesadillas recurrentes. Detroit, Montreal, Boston, Cleveland. mismas entrevistas, mismas respuestas, mismo dolor. Y en cada casa enmarcada en la pared o guardada en un cajón, estaba la fotografía. El niño sonriendo, Santa Claus sonriendo.

El último momento feliz antes de la tragedia. Benington recopiló todas las fotografías, las comparó. Los Santas Claus eran diferentes. Eso era obvio. Uno era más corpulento, otro más delgado. Uno usaba anteojos, otro no. Pero había algo. Benington no podía identificarlo exactamente.

Era una sensación, una intuición periodística desarrollada durante dos décadas de investigación. Había algo en los ojos. llevó las fotografías a un experto en análisis fotográfico en Nueva York, un hombre llamado Dr. Edmund Rickster, que trabajaba para el FBI en casos especiales. “¿Podría comparar estos rostros?”, preguntó Benington. “Necesito saber si podrían ser la misma persona.

” Richter estudió las fotografías durante tres días. Finalmente, en su informe escribió, “Las diferencias en peso corporal, uso de anteojos y longitud de barba hacen imposible una comparación facial definitiva. Sin embargo, hay similitudes estructurales notables en la forma de la cuenca ocular, la distancia entre los ojos y la inclinación de las cejas.

que sugieren que al menos tres de estos individuos podrían ser la misma persona con diferentes disfraces. Recomiendo investigación más profunda. Benington sintió que el corazón se le aceleraba. Si era cierto, significaba que no eran seis depredadores diferentes, era uno solo, un hombre que se desplazaba entre ciudades, que se hacía contratar como Santa Claus temporal en diferentes tiendas cada año, que esperaba el momento perfecto.

Pero, ¿cómo seleccionaba a sus víctimas? ¿Y qué hacía con ellas? Bennington consiguió acceso a los registros de empleo de cada tienda. Montgomery World en Chicago había contratado a Walter Camp. Et en Toronto había contratado a Norman Ashford. Hudsons en Detroit había contratado a Clarence Dubis, tres nombres diferentes.

Pero cuando Benington investigó más profundamente, descubrió algo aterrador. Las direcciones en las solicitudes de empleo eran falsas. Los números de seguro social eran inventados. Las referencias laborales eran inexistentes. En la década de 1940 era sorprendentemente fácil falsificar identidad. No había sistemas computarizados, no había verificación cruzada automática.

Si llenabas una solicitud de empleo con un nombre y una dirección y lucías apropiado para el trabajo, quedabas contratado, especialmente para trabajos temporales de baja categoría, como interpretar a Santa Claus. El hombre que estaba buscando Benington era un fantasma. aparecía cada diciembre, se hacía contratar en una tienda diferente, trabajaba tres o cuatro semanas, desaparecía con al menos una víctima y se esfumaba hasta el siguiente diciembre, pero ¿cómo las hacía desaparecer de tiendas llenas de gente. Benington tuvo una idea.

pidió acceso a los planos arquitectónicos de Montgomery World en Chicago. Los planos mostraban algo que los clientes nunca veían. Debajo de cada piso principal había un subnivel, pasillos de servicio, áreas de carga, salas de calderas, vestidores de empleados y túneles. Túneles que conectaban diferentes partes del edificio.

túneles que permitían a los empleados de mantenimiento moverse sin ser vistos por los clientes. Benington solicitó permiso para inspeccionar esos túneles. La tienda se resistió. Alegaron que los túneles no habían sido usados en años, que estaban cerrados, que eran peligrosos. Benington insistió. amenazó con publicar un artículo sugiriendo que Montgomery W estaba obstruyendo una investigación criminal.

Finalmente se dieron. En febrero de 1955, Arthur Benington descendió a los túneles debajo de Montgomery World, acompañado de dos oficiales de policía de Chicago y un ingeniero de la tienda. Los túneles eran estrechos, de paredes de concreto, con tuberías expuestas corriendo por el techo, iluminados por bombillas desnudas espaciadas cada 20 met.

olían a humedad y a polvo acumulado. El ingeniero les explicó que los túneles se habían construido en los años 20 cuando el edificio fue erigido. Servían para que los trabajadores de mantenimiento pudieran acceder a las calderas y sistemas de plomería sin interrumpir las operaciones de la tienda.

“¿Cuántas personas tienen acceso a estos túneles?”, preguntó Benington. Oficialmente solo el personal de mantenimiento, quizás 15 personas en total y extraoficialmente el ingeniero vaciló. Bueno, cualquier empleado con una llave maestra podría entrar y las llaves maestras a veces se pierden, a veces no se recuperan cuando un empleado temporal termina su contrato.

caminaron por los túneles durante más de una hora. Y entonces, en un ramal lateral del túnel principal, en una sección que supuestamente estaba cerrada con llave, encontraron algo, una puerta de metal oxidado medio abierta. Benington sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Esa puerta debería estar cerrada con candado, murmuró el ingeniero con voz temblorosa.

Uno de los oficiales sacó su linterna y empujó la puerta completamente. El as de luz reveló un cuarto pequeño, quizás de 3 met por 3 met. No era una sala de mantenimiento, era una habitación que había sido habitada. Había un catre viejo contra una pared, un colchón manchado, una manta raída doblada. Había latas de comida vacías apiladas en un rincón judías. Sopa, carne en conserva.

Había periódicos viejos de diciembre de 1946 y en el suelo parcialmente oculto debajo del catre había un zapato, un zapato de tacón bajo de mujer, color negro, talla seis. Uno de los oficiales lo recogió con cuidado, usando un pañuelo para no contaminar posibles huellas. Cristo santo murmuró.

Benington sintió que las piernas le temblaban. Habían encontrado el lugar, el lugar donde el depredador había mantenido a sus víctimas. Pero, ¿dote cuánto tiempo? ¿Y qué había pasado después? Continuaron explorando. En un túnel más alejado encontraron manchas en el concreto que parecían ser sangre vieja. llamaron a un equipo completo de investigación forense.

Durante las siguientes dos semanas, los túneles debajo de Montgomery World fueron peinados meticulosamente. Encontraron más evidencia. trozos de tela, botones, un peine de care, un broche de pelo y en una sección del túnel que estaba parcialmente inundada encontraron huesos, huesos humanos. El análisis forense determinaría eventualmente que pertenecían a al menos dos mujeres adultas.

La determinación de identidad sería imposible con la tecnología de la época. No existía ADN. Los huesos habían estado sumergidos en agua durante años. Pero basándose en las fechas de los periódicos encontrados, en los objetos personales y en las declaraciones de los familiares sobre qué llevaban puestas las víctimas.

Los investigadores concluyeron que al menos una de esas mujeres era Margaret Pemberton. La noticia sacudió a la nación. The Chicago Tribune publicó en portada el 3 de marzo de 1955. Descubierta cámara de horrores bajo tienda departamental. Restos de víctimas hallados en túneles secretos. Sospechoso sigue prófugo. Otras tiendas fueron investigadas.

Et en Toronto, Hudsons en Detroit o Gilbis en Montreal. Todas tenían túneles similares. Todas tenían espacios donde alguien podría esconderse, esconder a alguien. En los túneles de Etons encontraron un abrigo azul marino. Robert Morrison lo identificó como perteneciente a su esposa Elizabeth. En Hudsons encontraron más huesos.

El patrón estaba claro. Ahora el depredador se hacía contratar como Santa Claus temporal. Durante sus primeras semanas exploraba los túneles de la tienda. encontraba o creaba espacios escondidos. Después seleccionaba a una víctima. Pero, ¿cómo? ¿Cómo decidía a quién? Un psicólogo forense llamado Dr.

Samuel Hoffman fue contratado para crear un perfil del sospechoso. Su análisis fue perturbador. El sospechoso selecciona madres que vienen con sus hijos pequeños, escribió Hoffman en su informe. Esto le permite dos cosas. Primero, el trauma del niño al perder a su madre crea un dolor que el perpetrador probablemente disfruta. Segundo, las madres con niños pequeños son más previsibles.

Seguirán rutinas específicas dentro de la tienda. Se separarán de sus familias para realizar tareas específicas como recoger fotografías. El sospechoso las observa durante la sesión fotográfica, memoriza sus rostros y luego las sigue. Pero, ¿cómo las llevaba a los túneles sin que nadie lo viera? La teoría más aceptada fue que el sospechoso se cambiaba el disfraz de Santa Claus por ropa de empleado regular. Llevaba un uniforme de mantenimiento debajo del traje rojo.

Cuando terminaba su turno, simplemente se quitaba el traje en el vestidor de empleados y de repente era invisible. Solo trabajador de mantenimiento caminando por la tienda abordaba a la víctima. le decía que había un problema, que su hijo había tenido un accidente, que necesitaban venir rápidamente. Las madres desesperadas lo seguían, las guiaba hacia una puerta marcada como solo personal.

Bajaban una escalera, entraban en los túneles y ya nunca volvían a ver la luz del día. La investigación se intensificó. El FBI se involucró oficialmente. Era un caso que cruzaba líneas estatales, posiblemente líneas internacionales si se contaban los casos canadienses. Crearon un grupo de trabajo especial. Revisaron registros de empleo de cada tienda departamental importante en Estados Unidos y Canadá.

Buscaban hombres que hubieran trabajado como Santa Claus temporal en múltiples tiendas durante la década. Era una tarea monumentalmente difícil. Los registros de empleo temporal eran notoriamente incompletos. Muchos ni siquiera se habían conservado. Entrevistaron a cientos de hombres que habían trabajado como Santa Claus. La mayoría eran exactamente lo que aparentaban, hombres ordinarios que necesitaban dinero extra durante las fiestas, pero algunos no podían ser localizados.

Walter Kemp de Chicago, Norman Ashford de Toronto, Clarence Dubois de Detroit. Las direcciones en sus solicitudes de empleo eran falsas. Los nombres probablemente también. En junio de 1955, el FBI publicó un boletín nacional. Se busca para interrogatorio en relación con múltiples desapariciones y posibles homicidios. Varón caucásico. Edad estimada entre 45 y 60 años.

Peso variable. Posiblemente usa relleno o alteraciones corporales. Conocido por trabajar como Santa Claus temporal en tiendas departamentales. Es altamente peligroso. No debe ser abordado por civiles, pero no tenían fotografía, no tenían huellas dactilares claras, no tenían un nombre real.

Y entonces la temporada navideña de 1955 se aproximaba. ¿Intentaría el sospechoso volver a actuar? ¿Qué pasaría cuando miles de madres llevaran a sus hijos a fotografiarse con Santa Claus en diciembre? ¿Estarían seguras? ¿O el depredador estaba todavía allá afuera preparándose para su siguiente víctima? Si quieres conocer cómo continuó esta investigación y si lograron detener al Santa Claus asesino antes de que cobrara más víctimas, no olvides suscribirte al canal y activar la campanita, porque lo que descubrirás a continuación revelará el verdadero alcance del horror y como una generación completa de niños

perdió su inocencia navideña. Las tiendas departamentales de todo el país entraron en pánico. En septiembre de 1955, las asociaciones de comercio minorista celebraron reuniones de emergencia. El tema, ¿cómo proteger a los clientes durante la temporada navideña sin causar alarma pública masiva? Algunas tiendas consideraron cancelar completamente la tradición de Santa Claus, pero eso significaría admitir públicamente que existía un peligro y eso podría arruinar las ventas navideñas. En aquella época, las ventas de

noviembre y diciembre representaban hasta el 40% de los ingresos anuales de las tiendas departamentales. Cancelar las atracciones navideñas podría significar la ruina financiera. Entonces llegaron a un compromiso. A partir de 1955, todas las tiendas departamentales importantes implementaron nuevas medidas de seguridad.

Verificación completa de antecedentes para todos los empleados temporales, sin excepciones. Huellas dactilares obligatorias para cualquiera que trabajara con niños. Supervisión constante. Nunca permitir que un Santa Claus estuviera solo. Sellado de todos los túneles de servicio con puertas que requerían llaves especiales.

Guardias de seguridad adicionales durante la temporada navideña. Además, el FBI colocó agentes encubiertos en las principales tiendas departamentales de ciudades grandes, agentes vestidos de civil mezclados entre los compradores navideños, observando, vigilando cada Santa Claus. Diciembre de 1955 llegó Arthur Benington, el periodista que había destapado el caso, publicó una serie de artículos en el Christian Science Monitor titulada El depredador de Santa Claus.

Cómo un hombre convirtió la Navidad en una temporada de terror. La historia se volvió nacional. Otros periódicos la replicaron. Revistas como Life y Luke publicaron reportajes extensos con fotografías de los túneles y por primera vez en la historia moderna los padres comenzaron a tener miedo de Santa Claus.

Las filas para las fotografías navideñas disminuyeron notablemente ese año. Muchas familias simplemente decidieron que no valía la pena el riesgo. Las que sí fueron se aseguraban de nunca separarse de sus hijos. Las madres ya no iban solas a recoger las fotografías. Toda la familia permanecía junta en todo momento y no hubo nuevas desapariciones.

Diciembre de 1956, nada. 1957. Nada. El depredador había desaparecido, pero había muerto, estaba en prisión por algún otro crimen o simplemente había dejado de actuar porque sabía que ahora lo estaban buscando. En 1958, la policía de Cleveland recibió una carta anónima. Estaba escrita a máquina sin firma. Matasellos de Cincinati.

La carta decía, “Sé quién fue el Santa Claus que tomó a esas mujeres. Trabajé con él en 1952. Se llamaba a sí mismo George, no sé su apellido verdadero. Era un hombre alto de casi90. Usaba relleno para parecer más gordo cuando era santa. Tenía ojos grises. Hablaba con un ligero acento que no puedo identificar.

Quizás alemán, quizás del este de Europa. Decía que había sido marinero durante la guerra. Trabajaba en mantenimiento durante el día y como santa en diciembre. Sabía cómo moverse por los túneles mejor que nadie. Un día me dijo algo extraño. Dijo, “La gente cree que santa solo viene en Navidad, pero yo he aprendido que puedes ser santa todo el año si sabes dónde esconderte.” No entendí qué quiso decir en ese momento. Ahora sí.

No doy mi nombre porque tengo miedo. Este hombre sabe dónde vive mi familia, pero necesitaban saber esto. La carta fue analizada. Las huellas dactilares en el papel no coincidían con ninguna en los archivos. El análisis de la máquina de escribir determinó que era una Royal portátil, modelo común vendido por decenas de miles.

La información era útil pero insuficiente. George, nombre probablemente falso. Metro 90 de altura. Ojos grises, posible acento europeo, antecedentes navales. El FBI amplió su búsqueda. Revisaron registros de la marina, buscaron marineros dados de baja que coincidieran con la descripción. Había miles. La Segunda Guerra Mundial había movilizado a millones de hombres.

Muchos habían servido en la marina. Muchos habían sido dados de baja entre 1945 y 1946. Era como buscar una aguja en un pajar. En 1960 el caso oficialmente se enfrió, no porque dejaran de buscar, sino porque no había nuevas pistas. El FBI mantuvo el caso abierto, pero los recursos se reasignaron a investigaciones más activas.

Las familias de las víctimas nunca obtuvieron justicia. Harold Pemberton murió en 1968 de un ataque al corazón. Tenía solo 56 años. Su certificado de defunción listaba como causa contribuyente, estrés crónico. Thomas Pemberton, ahora un hombre adulto de 27 años, nunca se casó, nunca tuvo hijos, trabajaba como bibliotecario en una escuela secundaria de Chicago. Vivía solo.

Los pocos que lo conocían lo describían como un hombre amable, pero profundamente triste. Cada diciembre, Thomas desarrollaba episodios de depresión severa. No decoraba para Navidad, no asistía a fiestas, simplemente esperaba a que enero llegara. En 1973, Thomas escribió una carta al Chicago Tribune. La carta fue publicada el 23 de diciembre.

Mi nombre es Thomas Pemberton. Tengo 32 años. Cuando tenía 5 años, mi madre desapareció después de que yo me fotografiara con Santa Claus en Montgomery World. Nunca fue encontrada. El hombre que la tomó nunca fue capturado. Escribo esto porque cada Navidad veo a familias llevando a sus niños a fotografiarse con Santa Claus y cada vez siento terror, no por mí, sino por esos niños.

Porque aunque implementaron medidas de seguridad, aunque ahora verifican antecedentes, sé que el mal puede esconderse detrás de cualquier disfraz. Sé que la inocencia puede ser arrebatada en un segundo. Por favor, padres, nunca dejen a sus hijos solos, ni siquiera por un momento, porque yo sé lo que se siente perder a alguien en un segundo de descuido.

Y es un dolor que no desaparece nunca, ni en 27 años. La carta conmovió a miles de lectores, pero no trajo nuevas pistas sobre el paradero del depredador. En 1984, casi 30 años después de que el caso se hiciera público, un detective jubilado de Toronto llamado William McKeny publicó un libro sobre el caso.

libro se tituló The Department Store Santa Predator, North America’s most elusive serial killer. Mckeny había trabajado en el caso de Elizabeth Morrison en Toronto. Había dedicado años de su jubilación a recopilar información. En su libro presentó una teoría inquietante basándome en la evidencia recopilada. escribió McKenzie.

Creo que las seis víctimas conocidas son solo una fracción del verdadero número de víctimas. Estos fueron los casos que se reportaron, los casos que las familias persiguieron, los casos que la prensa cubrió. Pero, ¿cuántas otras mujeres desaparecieron durante la década de 1940 sin que nadie conectara su desaparición con una fotografía navideña, revisé registros de personas desaparecidas en ciudades con grandes tiendas departamentales durante los meses de diciembre entre 1940 y 1955.

Encontré al menos 23 casos adicionales de mujeres entre 25 y 40 años que desaparecieron en áreas urbanas durante temporadas navideñas. No todas pueden ser atribuidas al mismo perpetrador, pero las estadísticas sugieren que al menos algunas lo fueron. Propongo que el verdadero número de víctimas podría estar entre 15 y 30.

Si Mckeny tenía razón, significaba que uno de los asesinos en serie más prolíficos de Norteamérica nunca fue capturado. En 1992, cuando los análisis de ADN se volvieron más sofisticados, el FBI reabrió el caso. sumaron los restos encontrados en los túneles de Montgomery World. Extrajeron ADN.

Lo compararon con muestras de sangre de los familiares sobrevivientes. Confirmaron que uno de los esqueletos pertenecía a Margaret Pemberton, el otro a Dorothy Hastings de Detroit. Los restos de Elizabeth Morrison de Toronto nunca fueron encontrados. ni los de las víctimas de Montreal, Boston o Cleveland. En 2003, Thomas Pemberton murió de cáncer de pulmón a los 62 años.

Nunca se había casado, no dejó descendientes. En su testamento donó todos sus ahorros, casi $,000, a una organización sin fines de lucro, dedicada a buscar personas desaparecidas. También dejó una carta final. En ella escribió, “Pasé toda mi vida buscando a mi madre. Pasé toda mi vida con miedo a la Navidad.

Nunca pude tener una familia propia porque tenía terror de que lo que me pasó a mí le pasara a mis propios hijos. Muero sin saber quién se llevó a mi madre, sin saber por qué, sin saber si sufrió. Pero espero que mi historia sirva de advertencia. El mal existe y puede esconderse detrás de las máscaras más inocentes. Protejan a sus seres queridos. Nunca bajen la guardia, porque yo sé que un segundo de descuido puede convertirse en una vida entera de dolor.

El depredador de Santa Claus nunca fue capturado. Probablemente murió hace décadas. Quizás en prisión por algún otro crimen, quizás en libertad, llevando una vida aparentemente normal. Nunca lo sabremos, pero su legado permanece. Las medidas de seguridad que se implementaron en 1955 todavía están vigentes hoy en día. Verificación de antecedentes para todos los empleados que trabajan con niños.

Supervisión constante, protocolos de seguridad estrictos. Y aunque la mayoría de las personas que llevan a sus hijos a fotografiarse con Santa Claus hoy en día no conocen esta historia, están protegidos por las medidas que surgieron de ella. En 2015, el FBI finalmente cerró oficialmente el caso.

Después de 70 años admitieron que la probabilidad de identificar al perpetrador era prácticamente nula. Los archivos fueron sellados, pero no destruidos, porque siempre existe la posibilidad, por remota que sea, de que algún día aparezca nueva evidencia, un documento olvidado, una confesión en el lecho de muerte, un nieto que encuentra fotografías perturbadoras en el ático de su abuelo.

Hoy en día, si visitas Chicago y caminas por la avenida Michigan, verás que el edificio de Montgomery World ya no existe. Fue demolido en 1988. Cuando excavaron para la demolición, encontraron los túneles. Fueron sellados permanentemente con concreto. Ahora hay un complejo de oficinas moderno en ese lugar. La mayoría de las personas que trabajan allí no saben que están sobre el lugar donde Margaret Pemberton pasó sus últimas horas.

En Toronto, el edificio de Etons sigue en pie, pero ya no es una tienda departamental. Se convirtió en oficinas gubernamentales. Los túneles debajo también fueron sellados. Hay una pequeña placa en el vestíbulo principal. Pocas personas se detienen a leerla. dice, “En memoria de Elizabeth Morrison y todas las víctimas de violencia, cuyas historias permanecen sin resolver, que nunca olvidemos, que nunca dejemos de buscar justicia.

” Esta historia nos deja preguntas inquietantes. ¿Cuántas víctimas realmente hubo? 15, 30, más? ¿Cuántos casos de personas desaparecidas en aquella década fueron atribuidos a otras causas cuando en realidad fueron obra del mismo depredador? ¿Y qué pasó con el hombre? ¿Murió sin ser capturado, llevándose sus secretos a la tumba? ¿O simplemente dejó de actuar cuando la vigilancia se intensificó? viviendo el resto de su vida como un ciudadano aparentemente normal, cargando con el peso de sus crímenes en silencio.

Nunca lo sabremos, pero sí sabemos esto. Durante 7 años, el símbolo más amado de la Navidad se convirtió en la fachada perfecta para uno de los depredadores más astutos que Norteamérica haya conocido. un hombre que entendió que las personas bajan su guardia durante la Navidad, que confían más, que quieren creer en la magia y la bondad, y que explotó esa confianza de la manera más horrible e imaginable.

Thomas Pemberton tenía razón en su carta final. El mal puede esconderse detrás de las máscaras más inocentes y la inocencia, una vez perdida, nunca regresa completamente. Gracias por acompañarnos en este recorrido por uno de los casos más escalofriantes de la historia criminal de Norteamérica. Si esta historia te ha impactado, compártela, porque recordar es la primera forma de prevenir.

No olvides suscribirte al canal, activar las notificaciones y dejarnos en los comentarios tu reflexión sobre este caso. ¿Cómo crees que pudo operar este depredador durante tanto tiempo sin ser capturado? ¿Piensas que las medidas de seguridad actuales son suficientes? Nos leemos en el próximo relato. Hasta pronto.