
Las manos del viejo ranchero temblaban mientras levantaba los brazos. Ocho sicarios del CJNG apuntaban directamente a su cabeza. El polvo de Michoacán flotaba en el aire caliente de la tarde. Lo que estos hombres armados no sabían era que estaban a punto de cometer el peor error de sus vidas.
En 30 segundos la sangre de varios de ellos mancharía el piso de terracota de esa hacienda, pero ninguno lo veía venir. El CJNG llegó a un rancho pidiendo dinero. Jamás imaginaron quién era el verdadero dueño. Todo comenzó a las 4 de la tarde de un martes sofocante en las afueras de Tepalcatepec, Michoacán. Don Aurelio Mendoza, de 73 años, estaba sentado en el portal de su rancho Los Tres Potrillos, cuando vio la polvareda acercándose por el camino de tierra.
Tres camionetas negras con vidrios polarizados. El viejo ranchero suspiró profundamente. “Sabía lo que venía. Ahí vienen estos cabrones”, murmuró para sí mismo mientras tomaba un trago de su tequila. Las camionetas se detuvieron frente a la entrada principal. Ocho hombres armados hasta los dientes bajaron rápidamente.
Uniformes tácticos negros. Chalecos antibalas con las siglas CJTNG bordadas en amarillo, pasamontañas cubriendo sus rostros, fusiles AR15 y AK47 colgando de sus hombros. El que parecía ser el líder, un hombre corpulento de unos 35 años, se acercó mientras los demás formaban un semicírculo alrededor de don Aurelio.
“Buenas tardes, viejito”, dijo el sicario con voz ronca. “Venimos de parte del señor Mencho. Ya sabe cómo está la cosa por acá. Todos los ranchos de la zona tienen que cooperar con la empresa. Don Aurelio no se movió de su mecedora. dio otro trago a su tequila y los miró con calma. “¿Y cuánto quiere su patrón?”, preguntó con voz tranquila. 50,000 pesos mensuales.
Es el derecho de piso por operar en territorio del CJNG. Con eso le garantizamos protección. ¿Protección de quién? Si se puede saber. El sicario soltó una carcajada. de nosotros mismos, viejo [ __ ] Si no pagas, te vamos a chingar el rancho, el ganado. Y si te pones muy bravo, hasta a tu familia. Los otros sicarios rieron.
Uno de ellos, más joven, no tendría más de 20 años, pateó una maceta con geranios que adornaba la entrada. [ __ ] rancho [ __ ] dijo. Seguro ni tienes los 50,000, ¿verdad, viejito? Don Aurelio se levantó lentamente de su mecedora. Media 175. Complexión robusta a pesar de su edad. Bigote blanco bien recortado, sombrero de charro ligeramente ladeado.
“Pasen”, dijo. Simplemente vamos a platicar esto como gente civilizada. Los sicarios se miraron entre ellos. El líder hizo una seña con la cabeza y siguieron al viejo hacia el interior de la hacienda. El comedor era amplio, con vigas de madera en el techo y paredes de adobe pintadas de blanco. Una mesa larga de mezquite dominaba el centro.
Don Aurelio se sentó en la cabecera y señaló las sillas. Siéntense. ¿Gustan algo de tomar? Agua, cerveza. No, venimos a socializar, viejo. Gruñó el líder. Pero aún así tomó asiento. Los demás sicarios se quedaron de pie, armas en mano, vigilando puertas y ventanas. María llamó don Aurelio, “Trae tequila para los muchachos.
” Una mujer de unos 50 años apareció con una charola, vasos y una botella de herradura añejo. Sirvió con manos temblorosas y se retiró rápidamente. A ver, joven, comenzó don Aurelio dirigiéndose al líder. Usted dice que trabaja para Nemesio o Ceguera. ¿Hace cuánto anda en esto? Eso no es de su [ __ ] incumbencia.
Tal vez sí lo sea, pero bueno, les voy a contar algo. Este rancho lo compré hace 45 años. Trabajé muy duro para tenerlo. Cada vaca, cada metro de cerca, cada ladrillo de esta casa lo pagué con sudor honrado. Me vale madre tu historia, viejo. Queremos los 50,000 o empezamos a tronar plomos.
Don Aurelio tomó su vaso de tequila y lo bebió de un trago. Se sirvió otro. ¿Saben qué es lo curioso? Continuó como si no hubiera escuchado la amenaza. Antes de ser ranchero, yo también anduve en el negocio allá por los 80. Trabajé con gente muy pesada de Sinaloa. Los Arellano Félix me conocían bien.
Miguel Ángel Félix Gallardo era mi compadre. El líder sicario se rió. ¿Y qué chingados me importa? Esos güeyes ya están muertos o encerrados. Ahora manda el CJNG. Tienes razón, los tiempos cambian, pero hay cosas que no cambian, como el respeto a la gente que ya pagó su derecho de piso con sangre. En ese momento, don Aurelio hizo algo que ninguno esperaba.
Se quitó lentamente el sombrero y lo puso sobre la mesa. En su frente, claramente visible, había una cicatriz en forma de media luna. Si quieres saber qué significa esa cicatriz y por qué los sicarios palidecieron al verla, no te pierdas lo que viene. Esta historia apenas comienza. ¿Conoces esta marca? Preguntó don Aurelio con voz fría.
El ambiente en la habitación cambió instantáneamente. El líder sicario se inclinó hacia delante estudiando la cicatriz. Sus ojos se abrieron con reconocimiento y algo más. Miedo, la media luna de Culiacán”, susurró el líder sicario retrocediendo instintivamente en su silla. “No [ __ ] ¿eres uno de los viejos lobos?” Los otros sicarios se miraron confundidos.
El más joven apretó su rifle nerviosamente. “¿Qué chingados es eso, comandante?” El líder no respondió. Sus ojos no se apartaban de la cicatriz de don Aurelio. El viejo ranchero se reclinó en su silla, una sonrisa fría dibujándose en su rostro. Veo que tu jefe no les enseña historia, dijo don Aurelio.
Los viejos lobos éramos los ejecutores personales de don Neto y el Padrino en los 80. Solo éramos 12, todos marcados con la media luna después de nuestra primera misión. Una tradición que empezó cuando liquidamos a los hermanos Herrera en el 83. Eso es pura [ __ ] intervino otro sicario. [ __ ] viejo mitotero. Don Aurelio se levantó lentamente y caminó hacia un viejo ropero en la esquina del comedor.
Los sicarios tensaron sus armas. Tranquilos dijo mientras abría el mueble. Solo quiero mostrarles algo. Sacó una caja de madera polvorienta, la puso sobre la mesa y la abrió. Dentro había fotografías amarillentas, recortes de periódico y algo envuelto en terciopelo rojo. “Mira esto, muchacho”, le dijo al líder mientras sacaba una foto.
En la imagen se veía a un grupo de hombres jóvenes frente a una casa de seguridad en Guadalajara. Don Aurelio señaló a uno de ellos, ese soy yo, 28 años. A mi lado está Héctor Luis Palma. Atrás el gerero es el cochiloco. La foto es del 84, dos días antes de lo de Camarena. El comandante sicario estudió la fotografía. Era auténtica, no había duda.
La calidad, el papel, todo correspondía a esa época. ¿Y qué [ __ ] haces aquí? Los viejos lobos supuestamente están muertos o presos. Algunos sí, otros nos retiramos a tiempo. El padrino nos dio permiso en el 89 antes de que todo se fuera a la chingada. Compré este rancho con mi parte y desaparecí. Llevo 34 años sin meterme en pedos.
Hasta hoy, don Aurelio desenvolvió el objeto de tercio pelo. Era una Colt 45 dorada con incrustaciones de diamantes. En la cacha tenía grabado lobo siete. Esta me la dio personalmente Rafael Caro Quintero. Cada lobo tenía la suya con su número. El ambiente estaba tenso como cuerda de guitarra. Los sicarios más jóvenes miraban a su comandante esperando órdenes.
Este se había puesto pálido bajo el pasamontañas. Si de verdad eres quien dices, comenzó el comandante, si de verdad soy quien digo, sabes que puedo hacer una llamada y en dos horas este lugar va a estar lleno de gente que tu jefe Mencho no quiere ver. Veteranos que respetan los códigos viejos. gente de Sinaloa, de Guadalajara hasta de Colombia, porque aunque me retiré, nunca me olvidaron.
María, el ama de llaves, entró con más tequila. Al pasar junto a don Aurelio, este le susurró algo al oído. La mujer asintió y salió rápidamente. Compa dijo el comandante sicario, nosotros solo seguimos órdenes. No sabíamos que este rancho era suyo. No [ __ ] comandante, protestó el sicario joven. Le vas a creer a este viejo [ __ ] el mencho nos mandó a cobrar y eso vamos a hacer.
Cállate, locico, hero”, le espetó el comandante. “No sabes con quién estamos tratando.” Don Aurelio sirvió otra ronda de tequila. “Miren, muchachos, yo ya pagué mi cuota de sangre en este negocio. Vi morir a muchos compas. Maté a más de los que quisiera recordar. Por eso me salí.
Ahora solo quiero vivir mis últimos años en paz, cuidando mis vacas y tomando tequila al atardecer. Pero el CJNG controla este territorio”, insistió el comandante, aunque con menos convicción. “No podemos simplemente irnos sin el pago.” ¿Sabes qué? Tienes razón. Los tiempos han cambiado. Ustedes tienen sus órdenes. Yo entiendo eso.
Por eso les voy a hacer una propuesta. Se levantó y fue hacia la ventana. Afuera. El sol comenzaba a ponerse tiñiendo el cielo de Michoacán de rojos y naranjas. Denme 24 horas. Voy a hacer unas llamadas. Hablaré con gente que conoce a su patrón. Veremos si podemos llegar a un acuerdo de caballeros como en los viejos tiempos, cuando había respeto entre las plazas.
No sé, don Aurelio, el mencho no es muy dado a negociar. Todos negocian cuando la propuesta viene de las personas correctas. ¿O crees que tu jefe quiere una guerra con los pocos viejos lobos que quedamos? Somos pocos, pero tenemos conexiones que ni te imaginas. Jueces, políticos, militares que nos deben favores desde hace décadas.
En ese momento se escuchó el rugido de motores acercándose. Los sicarios corrieron a las ventanas. Armas listas. Tranquilos”, dijo don Aurelio. “Es mi gente.” Dos camionetas pickup llegaron al rancho. De ellas bajaron seis hombres. No vestían como sicarios. Pantalones de mezclilla, camisas de trabajo, botas vaqueras. Pero la forma en que se movían, la manera en que sus ojos escaneaban el terreno delataba su verdadera naturaleza.
Estos son mis trabajadores, explicó don Aurelio. También son veteranos. El Cholo allá trabajó con el azul. Nacho estuvo con los Beltrán Leiva antes de que se dividieran. Son hombres retirados como yo, que solo quieren paz. El mensaje era claro. Don Aurelio no estaba solo ni indefenso. El comandante del CJNG tomó una decisión.
Está bien, don Aurelio”, dijo finalmente el comandante. “Vamos a darle las 24 horas, pero que quede claro, esto no es debilidad, es respeto a lo que usted fue. Mañana a esta hora regresamos por una respuesta.” “Es justo,”, respondió el viejo ranchero. Los sicarios comenzaron a retirarse hacia la puerta. El joven llamado Herero no podía contener su frustración.
Esto es una pendejada, comandante. El mencho nos va a chingar por no cumplir. El mencho es inteligente, respondió el comandante. Por algo llegó donde está, sabe cuándo presionar y cuándo esperar. Ya en la puerta, el comandante se volvió hacia don Aurelio. Una cosa más, don. Si esto es un engaño, si mañana no está aquí, estaré aquí. Interrumpió don Aurelio.
Un viejo lobo nunca huye. Morimos donde plantamos bandera. Los sicarios subieron a sus camionetas y se alejaron levantando polvo. Los trabajadores de don Aurelio permanecieron vigilantes hasta que las luces traseras desaparecieron en la distancia. ¿Crees que regresen, patrón?, preguntó el cholo.
Claro que van a regresar. La pregunta es, ¿con qué intenciones? Esa noche don Aurelio hizo llamadas que no había hecho en décadas. Marcó números de memoria, códigos que solo los viejos conocían. Habló en clave, mencionó nombres que ya eran leyenda. A las 3 de la madrugada recibió la llamada que esperaba. Aurelio Mendoza.
La voz al otro lado era grave con acento de Sinaloa. El mismo. El mayo quiere saber si es verdad lo que dicen. Los jalisquillos te andan chingando. Vinieron a cobrar piso. Les mostré la marca. No [ __ ] ¿todavía la tienes? Los viejos lobos morimos con ella, compa. Tú lo sabes. El mayo dice que él se encarga, pero quiere saber si estás dispuesto a volver al ruedo.
Dice que hombres como tú hacen falta ahora que todo está lleno de mocosos sin códigos. Ya estoy viejo para esas chingaderas. Solo quiero que respeten mi retiro. Va, el mayo va a hablar con quien tiene que hablar, pero nos debes una. Siempre hay deudas en este negocio”, suspiró don Aurelio.
La mañana siguiente llegó con un sol abrasador. Don Aurelio desayunó chilaquiles con huevo, como cualquier día. Sus trabajadores estaban apostados estratégicamente por el rancho, vigilantes, pero sin parecer amenazantes. A las 4 en punto, las mismas tres camionetas negras aparecieron en el horizonte. Esta vez venían acompañadas de una cuarta más lujosa con placas de Jalisco.
Los vehículos se detuvieron. El comandante de ayer bajó primero, pero esta vez sin pasamontañas. Era un hombre de rostro curtido, cicatrices en las mejillas. Los otros sicarios también mostraban sus caras. De la camioneta lujosa bajó un hombre de unos 50 años, traje negro, lentes oscuros.
Movimientos pausados, pero alerta. Don Aurelio lo reconoció inmediatamente como alguien importante en la jerarquía del sexto NG. “Don Aurelio,” dijo el hombre del traje. “Soy el sapo. Vengo directamente de parte del señor Mencho.” “Adelante”, respondió don Aurelio. “El café está listo. Comenta qué piensas que va a pasar.
¿Será guerra o habrá respet? No te pierdas el desenlace. En el comedor, el sapo fue directo al grano. Recibimos una llamada muy interesante anoche de Culiacán. Parece que usted tiene amigos pesados, viejos conocidos. Uno nunca sabe cuándo van a ser útiles. El señor Mencho respeta la vieja escuela.
Su generación construyó los cimientos de lo que hoy manejamos nosotros. Pero los tiempos han cambiado. Todo cambia, menos el respeto entre hombres de palabra. El sapo sacó un sobre y lo puso sobre la mesa. Esto es lo que propone el señor Mencho. Usted no paga derecho de piso. Su rancho queda fuera de nuestras operaciones. A cambio, si algún día necesitamos un favor, un contacto, una presentación con su gente de Sinaloa, no soy mensajero de nadie.
No le pedimos que lo sea, solo que si surge la oportunidad, recuerde que le mostramos respeto. Don Aurelio tomó el sobre sin abrirlo. Y sus muchachos van a respetar el acuerdo. Mis hombres siguen órdenes y ahora las órdenes son claras. El rancho Los Tres Potrillos es territorio neutral. Nadie del CJNG lo va a molestar. El sapo se levantó.
Los demás lo imitaron. Una cosa más, don Aurelio, el señor Mencho quiere que sepa que esto es excepcional. No lo hacemos con nadie más. Pero los viejos lobos se ganaron su lugar en la historia. Y en este negocio, sin respeto a la historia, no hay futuro. Se estrecharon las manos. Un apretón firme de hombres que habían visto demasiada muerte para temerle.
Cuando las camionetas se alejaron, don Aurelio se sirvió su tequila de la tarde. El cholo se acercó. Todo bien, patrón. Todo bien, compadre. A veces el pasado sirve para algo más que para atormentarnos. Esa tarde, mientras el sol se ponía sobre Michoacán, don Aurelio Mendoza se sentó en su mecedora del portal, el mismo lugar donde 24 horas antes había enfrentado a sicarios del cártel más poderoso de México.
Tomó su celular y borró los números que había marcado la noche anterior. Algunos secretos debían morir con los viejos. En el rancho, los tres potrillos nunca más volvieron a molestar. La historia corrió en voz baja por Tierra Caliente. El rancho del viejo que resultó ser un lobo. Los jóvenes sicarios no entendían del todo, pero los veteranos sí.
En un mundo donde el respeto se gana con sangre, don Aurelio había pagado su cuota hacía décadas. Y en el violento mundo del narco mexicano, a veces es eso es suficiente para comprar la paz. Si esta historia te atrapó, síguenos para más relatos del México que pocos conocen. La realidad siempre supera a la ficción.
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