
El olor a tierra seca y ágabe fermentado era la respiración constante de la hacienda de la monte Agabes. Bajo el sol implacable de la Nueva España, este valle, a pesar de su belleza áspera, era un teatro de jerarquía y sudor.
La riqueza de don Tomás Osorio de la Pizarro se medía no solo en hectáreas de pencas azules, sino en el silencio disciplinado de sus trabajadores. Sin embargo, ese día la disciplina externa contrastaba con el caos contenido dentro de la cazona principal, una mole de piedra blanca con techo de tejas rojas que dominaba el paisaje. El silencio en los salones era tenso, interrumpido únicamente por el leve gemido que se escapaba de los cuartos de la señora.
Don Tomás, un hombre de 30 y pocos años, alto y deporte autoritario, caminaba de un lado a otro en el patio central. Sus botas pulidas golpeaban el pavimento de manera impaciente. Don Tomás Osorio estaba acostumbrado a mandar a que sus órdenes se cumplieran al instante. Pero frente a la enfermedad que consumía a su esposa, doña Prudencia del Pilar Villarreal de la Oñate, se sentía inútil y furioso.
Llevaba tres días con una fiebre que subía y bajaba como una marea traicionera. sea. ¿Dónde está ese médico? Espetó don Tomás a un mozo asustado que estaba cerca de la galería. Señor, el doctor Salazar viene desde la capital. Es un viaje largo. El capataz dijo que lo vio hace una hora cruzando el río seco. Estará aquí pronto. Don Tomás resopló. La desesperación no era un lujo que un ascendado podía permitirse, pero la estabilidad de su casa, de su linaje, dependía de doña Prudencia. Ella era su ancla social y administrativa.
En la penumbra fresca de la alcoba, doña Prudencia yacía débil. Junto a su cama, sentada en un taburete bajo, estaba Lidia. Lidia no era solo una sirvienta, era una mujer esclavizada de unos 20 años, nacida en la hacienda, cuyo conocimiento de la botánica local era vasto y silencioso.
Había aprendido de su abuela, curandera, antes de ser forzada a servir en la casa grande. Lidia se encargaba de refrescar el paño en la frente de la señora y de mantener las moscas a raya, pero su mente estaba ocupada en observar los síntomas. Los ojos de doña Prudencia estaban hundidos y su piel, normalmente pálida, adquiría un tono amarillento preocupante.
No eran los escalofríos típicos que Lidia había visto en otros trabajadores tras un día agotador en el sol. Había algo más profundo, un mal que venía del interior y se manifestaba en una sede insaciable y un dolor sordo en el costado. Lidia había mencionado tímidamente a una de las cocineras que quizás la señora había bebido agua estancada del canal norte, pero su sugerencia fue descartada con brusquedad.
¿Cómo iba el conocimiento sucio de una esclava a superar el prestigio de un médico llegado de la capital? El carruaje del Dr. Salazar, una pieza ostentosa que levantaba una nube de polvo rojizo, finalmente se detuvo frente a la mansión. Don Tomás se apresuró a recibirlo con una mezcla de respeto forzado y alivio urgente. El Dr.
Ezequiel Salazar, un hombre de mediana edad con gafas pequeñas y un aire de superioridad intelectual, entró en la alcoba con sus instrumentos y su maletín de cuero. Lidia se retiró discretamente a la esquina, obligada a estar presente por si la señora requería un pañuelo o agua, pero tratada como parte del mobiliario. El médico procedió con su examen, que fue más teatral que minucioso.
Tomó el pulso de doña Prudencia con solemnidad, examinó su lengua con disgusto y olfateó el aire alrededor de la cama. Don Tomás, de pie a una distancia respetuosa, exigió un diagnóstico. Doctor, ¿qué aflicción tiene mi esposa? Es fuerte. Nunca antes ha caído enferma de esta manera. El Dr.
Salazar cerró su maletín con un chasquido resonante, ajustando sus gafas. Don Tomás, esto es grave, por supuesto. Percibo una notable melancolía viliosa, un desequilibrio humoral provocado, sin duda, por los aires pestilentes del campo que se filtran incluso en estas nobles moradas. Necesita sangrías regulares para liberar las toxinas y la prescripción de una tintura de quinina y mercurio para equilibrar el frío excesivo en el hígado. Don Tomás frunció el ceño.
El tratamiento sonaba caro y doloroso. Y esto la curará pronto, doctor, el manejo de la hacienda requiere de su atención. La curará mi estimado don Tomás, pero la recuperación es lenta, los humores tardan en asentarse. Le dejaré un unüento para frotar el abdomen y volveré en una semana para la segunda sangría.
Asegúrese de que coma caldos ligeros y nada de productos frescos del campo. Son portadores de la bilis negra. Mientras don Tomás acompañaba al doctor a la salida para discutir el pago exorbitante, Lidia se acercó lentamente a doña Prudencia, cuya frente, mojada por el sudor frío, reflejaba una angustia renovada. Lidia, Mercurio, otra vez sangrías.
Me siento tan débil, murmuró doña Prudencia. Su voz apenas un susurro. Lidia miró el ungüento y la receta que el doctor había dejado sobre la mesita de noche. El pulso de doña prudencia era acelerado, no por la bilis, sino por el veneno lento que Lidia reconoció.
Ella había visto esos síntomas en varios trabajadores que accidentalmente habían bebido agua del arroyo que pasaba por el depósito de la antigua mina abandonada oculta en las colinas. No era melancolía viliosa ni aires pestilentes. Era una intoxicación lenta y persistente que el doctor, con su erudición libres jamás podría identificar.
El mercurio y la sangría del doctor solo la matarían más rápido. Lidia se enderezó. Sus manos agarraron el borde de su falda. Había un riesgo inmenso en contradecir a un hombre de ciencia, un riesgo que en ese ambiente podía significar el látigo o algo peor. Pero si no hacía nada, doña Prudencia moriría y Lidia sabía que la vida en la hacienda se volvería 10 veces más dura bajo la tristeza y el desorden de don Tomás.
Decidida, Lidia tomó una decisión que rompía las cadenas de su sumisión. miró fijamente a los ojos turbios de la señora y habló con una claridad y una convicción que no le eran permitidas. Señora, el doctor se equivoca. Esto no es Bilis. He visto esto antes. Usted tiene el mal del agua sucia. Necesita una purga diferente a la que el doctor mandó. Y el remedio no está aquí en esta casa, está allá afuera, en el monte.
Debo buscar la planta del huachichil antes de que el sol se ponga dos veces o el veneno la habrá consumido. Doña Prudencia la miró la sorpresa reemplazando temporalmente el dolor. Lidia, ¿de qué hablas? Es demasiado peligroso. Don Tomás. Don Tomás cree en el médico, pero si se queda con el médico, usted morirá.
Yo sé cómo salvarla, pero necesito actuar ahora en secreto. El miedo era palpable, pero la alternativa era la muerte lenta bajo los cuidados de un ignorante. Lidia sabía que si quería salvar a su señora, debía escapar de la hacienda por unas horas, arriesgando su propia vida para encontrar el verdadero diagnóstico y la cura en el peligroso monte.
El primer obstáculo no era la enfermedad, sino la vigilancia de la casa y la incredulidad de don Tomás. Su aventura comenzaba al caer la noche. El aire de la noche en la hacienda de la Monte Agabes era denso y pesado, cargado con el perfume dulce y fermentado de las pencas cortadas y la humedad pegajosa que se levantaba de la tierra.
Para Lidia, este era el aliento de su prisión, pero esta noche también era el manto que la cubriría. El pánico era un animal frío en su estómago, pero la imagen de doña Prudencia, flaca y consumida por la fiebre, le daba la fuerza para seguir adelante. Se movía con la destreza silenciosa que solo se aprende viviendo en constante vigilancia.
Se deslizó por la parte trasera de la cocina, donde el fuego ya se había apagado y el olor a grasa rancia y maíz cocido era fuerte. Cada crujido de la madera vieja, cada grasnido de un avecturna le parecía un tamborazo que anunciaba su fuga. Su primer obstáculo no era físico, sino humano, la vigilancia. Sabía que don Tomás había puesto a su mayordomo, el cruel y vigilante Silvano en guardia especial, temiendo que la enfermedad de la señora fuera contagiosa, o peor aún, que alguien intentara robar los pocos lujos que quedaban. Lidia se arrastró hasta la línea de las viejas bodegas de
herramientas. Necesitaba un punto ciego para llegar a la cerca trasera. Pero más importante aún, necesitaba confirmar que no estaba sola en esta locura. Al pasar junto a los corrales, encontró el apoyo necesario oculto en las sombras más profundas de la noche. Mateo, el mozo de cuadra, que pasaba sus días atendiendo a los caballos de don Tomás, la esperaba inmóvil como una sombra. Sus ojos reflejaban la luz lunar con una mezcla de miedo y una resignación silenciosa.
“Estás loca, Lidia”, susurró Mateo su voz áspera y baja. “Si te atrapan cruzando la cerca, don Tomás te desollará.” Lidia no perdió tiempo en súplicas. Morirá a Mateo. El médico solo la está secando. Es el agua de la cisterna y yo sé que solo el guachichil la salvará.
¿Vienes o te quedas a ver el entierro? Mateo respiró profundamente, el aire helado de la madrugada cortándole la garganta. Él y Lidia compartían un vínculo silencioso, forjado en la miseria compartida y en la ayuda mutua en los trabajos más pesados. No era un romance de flores y poemas, sino de supervivencia, un lazo que ahora exigía el mayor sacrificio.
“No puedo ir”, dijo él mirando hacia las luces de la casa principal. Pero conozco el monte mejor que nadie. El huachichil no crece en cualquier parte. Crece donde la tierra es roja y húmeda, cerca de las piedras grandes que cayeron en el viejo cause. Es un lugar de difícil acceso más allá del sendero de los coyotes.
Mateo extendió su mano y le entregó un pequeño trozo de tela gruesa, un mendrugo de pan duro y un cuchillo pequeño y afilado que había escondido bajo la paja del establo. Toma. Y Lidia, por favor, si te cruzas con los patrulleros del camino real, abandona la planta y corre. Ellos no tienen piedad. Lidia tomó los objetos sintiendo el peso del riesgo compartido.
El simple acto de tomar ese cuchillo era un acto de rebelión. Gracias, Mateo. Cubre mi ausencia. Di que me quedé junto a las señoras y preguntan por la mañana. Haré lo que pueda. Que el monte te proteja, Lidia. Sin más palabras, se separaron. Mateo regresó a la sombra de los establos con el corazón latiéndole como un tambor de guerra mientras Lidia se dirigía a la cerca de troncos.
La cerca era baja, pero al cruzarla sentía que estaba cruzando un umbral hacia una vida que no le pertenecía. El mundo de la hacienda, con sus reglas claras y su dolor constante quedaba atrás. Delante de ella se abría el monte, un territorio salvaje e impredecible, la única tierra donde irónicamente se sentía libre. Mientras se adentraba entre los campos de ages espinos que rasgaban sus brazos y tobillos, la oscuridad se hizo casi total.
El terreno era traicionero, lleno de rocas sueltas y la amenaza constante de serpientes que buscaban el calor residual de la Tierra. Lidia no se guiaba por la vista, sino por el tacto y el sonido, el crujido de las hojas secas, el olor del mezquite silvestre y la intuición que le había inculcado su abuela. El camino hacia el sendero de los coyotes era largo y ascendente. Media hora después de haber dejado a Mateo, el primer y más grande obstáculo la paralizó.
Escuchó el sordo repique de cascos de caballo sobre la tierra compactada. No era el sonido rápido y desorganizado de un bandido, sino el ritmo lento y metódico de un pequeño grupo de hombres armados. La patrulla de la hacienda que vigilaba las fronteras del territorio de don Tomás. El pánico la inundó.
No había árboles grandes para escalar, solo la densidad baja y espinosa de los ages. Se arrojó de bruces en el surco de tierra entre dos hileras de plantas, sintiendo como las espinas gruesas le pinchaban la piel. La respiración se le ahogó. Si la encontraban fuera de los límites de la hacienda, no podrían alegar un trabajo. Sería inmediatamente catalogada como fugitiva. La pena era indiscutible.
El olor a cuero y sudor de los caballos se hizo intenso. Los jinetes hablaban en voz baja. Sus linternas de aceite arrojaban sombras movedizas que bailaban peligrosamente cerca de donde Lidia se había ocultado. ¿Viste algo, Pedro? dijo una voz grave. Solo coyotes y el viento. Silvano está paranoico con la enfermedad de doña Prudencia.
Dice que si un esclavo está cerca de ella, podría estar robando sus medicinas caras. No me extrañaría. Son como ratas. Sigamos hasta el arroyo seco y volvamos. Lidia sintió las vibraciones del suelo mientras los caballos pasaban a solo unos metros de su cabeza. El miedo era físico, quemándole los ojos, pero ella se obligó a permanecer inmóvil, recordando el rostro de doña Prudencia, la única persona aparte de Mateo, que alguna vez le había mostrado una mínima bondad. Ese recuerdo actuó como un ancla en su terror. Cuando el
sonido de los cascos se desvaneció finalmente en la distancia, Lidia se levantó lentamente, sintiendo el dolor de las heridas superficiales y la liberación de haber superado el primer gran riesgo. No podía permitirse el lujo de ser atrapada. La travesía apenas comenzaba y el monte le recordaba a cada paso que la libertad era solo un espejismo envuelto en peligro.
La ubicación que Mateo le había dado ahora era su única luz en esa inmensa oscuridad. Debía acelerar antes de que el sol de la mañana revelara su ausencia fatal. La vida de doña Prudencia y la suya propia dependían de alcanzar la zona roja y húmeda más allá del sendero de los coyotes.
El silencio del desierto de Agabes, roto solo por el crepitar seco de las hojas bajo sus pies, se había convertido en el único testigo de la desesperación de Lidia. El terror inicial había sido reemplazado por una fatiga corrosiva. Cada músculo gritaba y el aire frío de la madrugada quemaba sus pulmones con cada respiración apresurada. El peligro de los guardias se había desvanecido temporalmente, pero ahora era el terreno mismo el que se había levantado como un enemigo silencioso. Lidia se movía con cautela.
Las plantas de Maguei, majestuosas y temibles, formaban un laberinto espinoso. Se obligó a concentrarse en las estrellas menguantes, buscando la posición de la Sierra Madre, la referencia que Mateo le había grabado en la mente. “Busca el ojo del coyote”, había susurrado Mateo semanas atrás, refiriéndose a un promontorio rocoso con una distintiva hendidura oscura.
Cuando lo veas a tu derecha, el sendero de los coyotes te llevará hacia abajo, donde el terreno cambia. La zona roja y húmeda estará allí. El sol estaba a punto de romper el horizonte, tiñiendo el este de un ocre pálido. Y Lidia sabía que si la luz la alcanzaba en terreno abierto, su misión terminaría en la crueldad de los cepos.
Apretó los dientes, ignorando la punzada constante de una ampolla recién reventada en su talón. La vida de doña prudencia era la vara que medía su propia existencia en ese momento. Finalmente, el relieve se hizo menos hostil. La empinada pendiente descendía hacia una vega cubierta de arbustos bajos que contrastaban con la dureza del campo de ages.
Siguió el sendero estrecho, rezando en silencio que no hubiera otros viajeros en esas horas muertas. y entonces lo vio. No era una zona extensa, sino un pequeño nicho donde la tierra inusualmente retenía la humedad. La arcilla expuesta tenía un tono rojizo, casi férreo. Había un pequeño brote de juncos y pasto más verde que el resto del páramo, la zona roja y húmeda.
El corazón de Lidia latió con una esperanza feroz. se arrodilló revisando cuidadosamente la base de un conjunto de piedras que parecían haber sido dispuestas por la mano del hombre, no por la naturaleza. “Mateo, por favor”, murmuró la voz apenas un suspiro. Bajo la piedra más grande encontró algo envuelto cuidadosamente en una hoja seca de plátano y atado con un hilo de enekén. Era pequeño, pero palpable.
la prueba de que no había corrido por un fantasma. Mateo no la había abandonado. Sus manos temblaron al desenvolver el paquete. En su interior había dos cosas. La primera era una pequeña bolsa de tela que contenía un polvo amarillento, fuertemente aromático, de una raíz que Lidia reconoció vagamente, pero que no podría nombrar.
La segunda era un fragmento de carbón envuelto en una tira de cuero que servía para evitar que manchara la tela. Lidia desdobló la tira de cuero. Mateo no escribía de manera formal, sino con los símbolos que ambos habían creado para comunicarse sin que don Tomás o los capataces sospecharan. Reconoció la silueta de un pájaro, que significaba volar regresar y el dibujo de una estrella sobre una copa que significaba medicina. veneno.
Pero debajo de eso había una línea de texto que Mateo había copiado de un viejo libro de herbolaria que había rescatado de un desván, un conocimiento peligroso que guardaba en secreto. El falso sopor no es por aire corrupto, sino por la raíz amarga. Neutralizar con. Lidia entendió de inmediato. El médico de la capital, tan orgulloso con su diagnóstico de aire corrompido que afecta los humores, se había equivocado.
Doña Prudencia no estaba enferma de fiebres comunes, sino que estaba siendo envenenada lentamente, probablemente con la misma raíz amarga que Mateo identificó. El polvo amarillento era el antídoto o al menos el neutralizante. El miedo, que había sido una fuerza paralizante, ahora se transformó en una energía impulsora.
No solo tenía la verdad, tenía la herramienta para detener la muerte. El apoyo de Mateo no fue solo moral, fue la diferencia entre la vida y la ejecución lenta. Él, desde su posición de servidumbre forzada en el pueblo cercano, había investigado y preparado el camino, confiando completamente en que Lidia llegaría. Se guardó el polvo y la tira de cuero cerca del cuerpo.
La decisión era clara, volver. Pero regresar a la hacienda, donde ahora su ausencia sería un grito mudo en las listas de esclavos, era mil veces más peligroso que huir. Mientras comenzaba el ascenso de vuelta al sendero de los coyotes, sintió el calor del sol finalmente sobre su nuca. El peligro era inminente.
El aire vibró con un sonido que no era el viento, caballería, pero no venían de la dirección de la hacienda, venían del norte, quizás viajando entre ciudades, mercaderes o soldados. Lidia se hundió en un matorral espinoso, observando la polvareda que se levantaba en el horizonte. Eran tres hombres a juzgar por el ruido.
Uno de ellos, el que iba a la cabeza, vestía con ropa de civil, pero llevaba la inconfundible actitud arrogante de un funcionario o un hombre de negocios importante. Para su horror, el grupo no pasó de largo. Se detuvieron justo donde el sendero de los coyotes se unía a la vereda principal. Lidia escuchó fragmentos de su conversación tensa y urgente.
“El gobernador insiste en que el envío llegue a tiempo”, dijo el funcionario con una voz rasposa. “Y llegará, señor. Solo necesitamos asegurarnos de que el capitán Silvano esté al tanto de que nadie debe interferir con la mercancía”, respondió otro. Lidia sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Silvano, el capataz brutal que dirigía la búsqueda y que había sugerido el robo de medicinas.
La conexión entre Silvano, don Tomás, la enfermedad de doña Prudencia y ahora este envío importante que no debía ser interferido, comenzó a dibujarse en su mente. Si don Tomás Osorio estaba involucrado en algo turbio, algo que requería la colaboración de Silvano y un funcionario importante, la enfermedad de doña Prudencia podría no ser un accidente, sino una maniobra calculada.
Con el antídoto en su bolsillo y la certeza del diagnóstico falso, Lidia ahora no solo estaba luchando por la vida de su ama, estaba regresando al corazón de un peligroso complot. La única forma de salvar a prudencia y por extensión salvarse a sí misma era enfrentar a don Tomás y al médico con la verdad antes de que el sol de mediodía sellara el destino de todos.
Pero primero tenía que evadir a esos hombres que vigilaban su única ruta de vuelta a la hacienda de la monte Agabes. El camino de regreso era, si cabe, más traicionero que la huida. El sol de mediodía ya se cernía sobre la hacienda de la monte Agabes, haciendo que el calor se sintiera como una capa pesada y sofocante.
Pero el cuerpo de Lidia estaba frío, impulsado únicamente por la adrenalina. había logrado deslizarse por el sendero de los coyotes, un paso silencioso entre la maleza seca, evitando a los hombres de Sylvano, que patrullaban perezosamente la vereda principal. Lidia se arrastró por el muro trasero de la bodega, el mismo punto ciego que siempre usaba para evadir la vista del capataz.
El aroma dulce y embriagador del gabe cocido se mezclaba con el edor de la traición que sentía latente en el aire. Sabía que cada segundo contaba. Si la medicina falsa que el médico había administrado terminaba su trabajo, no habría vuelta atrás. Llegó a la casa principal. La hacienda estaba extrañamente silenciosa. Subió las escaleras de servicio, sus pies descalzos apenas rozando la madera desgastada.
Al llegar al pasillo principal, escuchó voces bajas y tensas provenientes de la alcoba de doña Prudencia. se pegó a la pared. Don Tomás estaba hablando. Su voz era falsamente melancólica. Es una lástima, doctor, tan joven. El destino es cruel. Asegúrese de dejar constancia de que se hizo todo lo posible. Por supuesto, don Tomás.
La fiebre del pantano es implacable, respondió el médico con un tono que sugería más impaciencia que pesar. Lidia sintió un pinchazo de rabia helada. No era fiebre del pantano, era el envenenamiento lento de la raíz de Belladona. Empujó la puerta con una fuerza inesperada. Don Tomás y el médico se giraron sobresaltados.
Doña Prudencia yacía en la cama, su piel serúlea, su respiración superficial. Estaba al borde del abismo. “Lidia, ¿cómo te atreves? Vuelve a tus labores”, rugió don Tomás, recuperando la compostura y señalando la puerta. Lidia ignoró la orden. Avanzó rápidamente hacia la cama, sacando la pequeña calabaza con el antídoto concentrado. No se preocupe, doña Prudencia. El destino es solo cruel si le permitimos a los hombres crueles que lo dicten.
El médico intentó interceptarla. Alto. ¿Qué es eso? Aleja esa basura de la señora. Lidia fue más rápida. Con una mano firme levantó la cabeza de prudencia y vertió lentamente el líquido espeso en sus labios resecos. El antídoto, una fuerte infusión de hierbas silvestres y extracto concentrado de la verdadera planta curativa era amargo y potente.
“Detngala, es sin subordinación”, gritó don Tomás, acercándose con la intención de golpearla. Es vida, don Tomás, algo que usted y su cómplice han intentado robarle”, dijo Lidia, girándose para enfrentar al terrateniente con una mirada que no mostraba miedo, sino una convicción absoluta. La confrontación resonó en la habitación, atrayendo a algunos sirvientes curiosos y a un par de guardias que se quedaron inmovilizados en el umbral. “Estás loca, esclava.
El doctor aquí presente ha dado su diagnóstico profesional”, espetó don Tomás apuntando al médico cuyas facciones sudaban de nerviosismo. “Su diagnóstico es falso”, declaró Lidia. Doña Prudencia no tiene fiebre del pantano. Fue envenenada lentamente con la raíz de Bella Dona. Un diagnóstico que el doctor confirmó para asegurar que ella muriera lentamente y sin levantar sospechas.
El médico tartamudió limpiándose el sudor de la frente. Mentiras. una esclava tratando de difamarme. Lidia no les dio tiempo a recuperarse. Ustedes no querían que doña Prudencia viviera para que pudiera supervisar la contabilidad de la hacienda. Usted, don Tomás, planeaba usar la hacienda de la Monteages como punto de tránsito para el envío ilícito que el gobernador espera.
Lidia alzó la voz, asegurándose de que la escucharan los guardias de la casa, que aunque no eran sus aliados, eran leales a la propiedad y al apellido de prudencia. Ese envío es mercancía robada que usted, con ayuda de Silvano, planeaba desviar. La muerte de doña prudencia era la clave para asegurar que nadie interfiriera con la mercancía.
El silencio fue ensordecedor. Don Tomás palideció, su arrogancia desmoronándose ante la precisión de las palabras de Lidia. No tienes pruebas, solo suposición es de una. En ese instante, doña Prudencia tosió fuertemente. El sonido, aunque débil, rompió la tensión. abrió los ojos que ya no tenían ese velo lechoso de la fiebre.
Miró a Lidia, luego a don Tomás, sus facciones arrugadas por la confusión. Tomás, ¿de qué estás hablando, Lidia? La recuperación de prudencia tan rápida e inexplicable para los presentes fue la única prueba que Lidia necesitaba. El médico supo que había perdido. Don Tomás maldijo en voz baja, entendiendo que su plan, meticulosamente calculado, había sido desbaratado por una esclava que conocía las hierbas.
Los guardias que permanecían en el umbral, viendo que doña Prudencia estaba viva y escuchando la acusación de traición relacionada con la hacienda, tomaron una decisión rápida. Eran hombres del Pilar Villarreal, no de los Osorio. Dos de ellos avanzaron y sujetaron a don Tomás. “Suéltenme, soy un pizarro”, gritó don Tomás luchando inútilmente.
El médico intentó huir, pero uno de los sirvientes, enfurecido por la traición, lo interceptó en la puerta. Doña Prudencia se incorporó un poco, sintiendo el gusto amargo del antídoto en la boca, pero también la vida regresando a sus venas. miró a Lidia, la esclava que había arriesgado todo por ella. Lidia, ¿es cierto lo que dices? Es la verdad, dama. Usted está a salvo ahora.
La mañana siguiente, con don Tomás y el médico asegurados en las bodegas hasta la llegada del magistrado de la villa, la hacienda de la monte Agabes recuperó un silencio diferente, uno de paz tensa. Prudencia, sentada en su cama, ya mucho más fuerte, llamó a Lidia a su lado. El sol entraba por la ventana, iluminando el polvo que flotaba.
Salvaste mi vida, Lidia, y salvaste esta hacienda de caer en manos de la codicia y la corrupción, dijo prudencia, su voz teñida de profunda gratitud. Tu sabiduría va más allá de cualquier estudio que haya conocido. Lo que has hecho merece mucho más que mi agradecimiento. Lidia se mantuvo en silencio, sabiendo que su vida, incluso después de este heroísmo, aún pendía de un hilo llamado esclavitud.
Prudencia tomó un documento de su mesilla ya firmado y sellado. Desde hoy, Lidia, ya no eres una esclava de la monte Agabes, eres libre. Lidia sintió un nudo en la garganta. La libertad no era solo un concepto, era el peso que se levantaba de sus hombros. Además de eso, continuó prudencia con una pequeña sonrisa. Sé que tu lugar no está en el campo.
Quiero que supervises y dirijas el jardín de hierbas medicinales. Quiero que sigas estudiando y usando tu conocimiento para la gente de la hacienda. Tu valor es incalculable. Lidia asintió, las lágrimas velando sus ojos por primera vez en todo el Calvario. No solo había encontrado su libertad, sino que había encontrado un propósito legítimo.
El camino había sido de peligro, dolor y aventura. Pero había culminado en la liberación no solo de prudencia, sino de sí misma. La nueva vida de Lidia, una vida de conocimiento y respeto, acababa de comenzar bajo el sol de la Nueva España.
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