
Jackson nunca olvidaría ese martes de verano. El día en que todo cambió, comenzó como cualquier otro en Red Creek, con el sol abrasador del mediodía convirtiendo las calles en ríos de polvo y desesperación. Había ido al pueblo para comprar provisiones, cuerda nueva para el establo, algunos clavos y si quedaba dinero, tabaco.
Su rancho estaba a 2 horas de distancia, tierra dentro, donde la civilización apenas llegaba y los problemas del pueblo rara vez lo alcanzaban. Estaba atando las bolsas de provisiones a su caballo cuando escuchó las voces. No gritos exactamente, pero ese tono áspero y despectivo que la gente usa cuando quiere que alguien desaparezca. Al girar la vio. Una mujer apache estaba de pie frente al almacén general con las manos juntas en un gesto que intentaba mantener la dignidad mientras pedía ayuda.
Su ropa tradicional colgaba suelta sobre un cuerpo demasiado delgado y sus pies descalzos mostraban cortes recientes del camino pedregoso. El Sr. Henderson salió de su tienda con el rostro rojo de furia. no dijo nada, simplemente hizo un gesto violento con la mano indicándole que se fuera. La mujer retrocedió un paso, pero no se marchó.
En lugar de eso, caminó hacia la siguiente puerta. Jackson observaba mientras ella repetía el mismo patrón una y otra vez. Tocar suavemente en una puerta, esperar, intentar explicar algo en un español roto, recibir un rechazo, moverse a la siguiente puerta. La panadería de los Martínez. Rechazada. La herrería de Tom Wilson.
Rechazada. La tienda de telas de la señora Murphy. Rechazada con insultos. Lo que más impresionó a Jackson no fue el rechazo. Eso era tristemente común en la frontera, fue la persistencia de ella. Cada vez que una puerta se cerraba, ella ajustaba su postura, respiraba profundo y caminaba hacia la siguiente, como si cada rechazo fuera solo un obstáculo menor en su camino, no el final de sus esperanzas. Pero los cuerpos no mienten.
Jackson podía ver cómo sus piernas temblaban con cada paso, cómo tenía que apoyarse contra las paredes entre una puerta y otra, como sus manos, que intentaban mantenerse firmes, comenzaban a temblar incontrolablemente. En la décima puerta tropezó, se recuperó rápidamente, pero Jackson había visto ese tipo de tropiezo antes. era el cuerpo rindiéndose cuando la mente todavía quería seguir.
Si les está gustando esta historia, no olviden suscribirse al canal y por favor déjenos en los comentarios desde dónde nos están viendo. Eso nos hace muy felices y nos ayuda a seguir trayéndoles historias como esta. La undécima puerta fue la del Dr. Miller. Él salió, la miró de arriba a abajo con expresión clínica y negó con la cabeza.
Ni siquiera le dejó hablar, simplemente cerró la puerta y corrió el pestillo desde adentro. Algo se rompió en la expresión de la mujer. No lloró, no gritó, pero su rostro mostró por primera vez la derrota absoluta. Se tambaleó hacia la pared del edificio más cercano y se dejó caer lentamente hasta quedar sentada en el suelo. Cerró los ojos, su cabeza cayó hacia delante.
Sus manos, que habían intentado mantener la compostura todo ese tiempo, finalmente se rindieron y cayeron sin vida a sus costados. Jackson había visto suficiente. Desató su caballo del poste y lo guió por la calle hacia donde ella estaba. Cada paso de las herraduras resonaba en el silencio tenso que había caído sobre el pueblo.
Las personas habían dejado de fingir que no estaban mirando. Ahora observaban abiertamente desde ventanas y puertas, curiosos por ver qué haría el solitario Jackson. Se detuvo frente a ella. Su sombra cayó sobre el rostro de la mujer, protegiéndola del sol brutal. Ella abrió los ojos lentamente, como si incluso ese simple acto requiriera más energía de la que le quedaba.
Sus miradas se encontraron ojos oscuros, profundos, cargados con historias que Jackson solo podía imaginar. No había súplica en esa mirada, no había lágrimas, solo un vacío resignado que le partió algo en el pecho. Jackson extendió su mano hacia ella sin decir palabra. La mujer miró la mano como si fuera algo de otro mundo. En Red Creek, las manos se extendían para empujar, para señalar la salida, para cerrar puertas, no para ayudar, no a alguien como ella.
Los segundos pasaban y ella no se movía. Jackson mantuvo su mano firme en el aire, esperando con una paciencia que sorprendió incluso a él mismo. Finalmente, con movimientos lentos y cautelosos, como un animal salvaje acercándose a una trampa que podría ser su salvación o su muerte, ella levantó su mano y la colocó sobre la de él. Era ligera como una pluma.
Piel y huesos, nada más. Jackson tiró con suavidad, ayudándola a ponerse de pie. Ella se tambaleó y él la sostuvo del brazo para evitar que cayera. Desde la oficina al otro lado de la calle, Morrison salió a la acera, se cruzó de brazos y observó la escena con ojos calculadores.
Su capataz Dutch estaba junto a él mascando tabaco. Jackson ignoró las miradas, ayudó a la mujer a subir a su caballo con cuidado, consciente de cada hueso que sobresalía bajo la tela de su ropa. Luego montó detrás de ella, tomó las riendas y dirigió al animal hacia la salida del pueblo. Nadie dijo nada, pero las miradas lo seguían como sombras.
La mujer se giró ligeramente en la montura. Sus labios se movieron, formando una sola palabra que Jackson apenas pudo escuchar sobre el sonido de los cascos del caballo. Ayasha, era su nombre. Se lo estaba dando como un regalo, como un acto de confianza que probablemente no debería sentir hacia un extraño. “Jackson”, respondió él.
Ella asintió débilmente y se reclinó contra su pecho, demasiado débil para mantenerse erguida. Jackson ajustó su agarre en las riendas y aceleró el paso del caballo. Detrás de ellos, el pueblo seguía observando y en su oficina Morrison escupió su tabaco en el suelo y sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
“Esto se va a poner interesante”, murmuró. El sol comenzaba su descenso mientras Jackson y Ayasha dejaban el pueblo atrás. El camino hacia el rancho era largo, pero por primera vez en años Jackson no se sentía completamente solo. El rancho de Jackson no era gran cosa. Una casa de madera de dos habitaciones, un establo para cuatro caballos, un pequeño gallinero y tierras que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Era suficiente para un hombre solo, pero apenas suficiente para sobrevivir en la frontera implacable de Texas. Ayasha no habló durante todo el viaje. Se mantuvo rígida sobre la montura, como si temer que cualquier movimiento pudiera romper el frágil acuerdo entre ellos. Jackson tampoco intentó conversar. Sabía que las palabras podían esperar. Primero venía la comida, luego todo lo demás.
Cuando llegaron al rancho, el sol ya se ocultaba detrás de las montañas distantes, pintando el cielo de tonos púrpuras y naranjas. Jackson desmontó primero y luego ayudó a Ayar. Sus piernas se dieron al tocar el suelo y él tuvo que sostenerla para evitar que cayera. “Espera aquí”, dijo Jackson, guiándola hacia el porche y ayudándola a sentarse en los escalones de madera.
“Voy a preparar algo de comer.” Ayasha asintió sin decir palabra. sus ojos siguiendo cada movimiento de Jackson con una mezcla de desconfianza y esperanza desesperada. Había aprendido que confiar en los hombres blancos era peligroso, pero el hambre era más fuerte que el miedo. Jackson trabajó rápido, encendió el fuego en la estufa de hierro, puso agua a hervir y comenzó a preparar un estofado simple con carne seca, papas y zanahorias. No era una comida elegante, pero era abundante y caliente.
Mientras cocinaba, observaba por la ventana. Ayasha no se había movido del escalón. Permanecía sentada con la espalda recta, mirando hacia el horizonte, como si estuviera esperando que algo o alguien apareciera desde las montañas. 20 minutos después, Jackson salió con dos platos humeantes, se sentó junto a ella en el escalón y le ofreció uno.
Ayasha lo tomó con manos temblorosas y durante un momento solo lo miró como si no pudiera creer que fuera real. “Come despacio”, advirtió Jackson. “Si comes muy rápido después de tanto tiempo sin comida, te enfermarás.” Ella asintió y comenzó a comer. Pequeños bocados al principio, luego más grandes a medida que su cuerpo reconocía la comida.
Jackson comió en silencio junto a ella, respetando su necesidad de concentrarse solo en saciar el hambre que la había consumido durante días. Cuando terminaron, Ayasha dejó el plato vacío a su lado y miró a Jackson directamente por primera vez. Había algo diferente en sus ojos.
Ahora seguía siendo cautelosa, pero había un destello de curiosidad, tal vez incluso de gratitud. ¿Por qué? Preguntó ella con su español entrecortado. ¿Por qué tú ayudar? Jackson se encogió de hombros, mirando hacia el horizonte donde las últimas luces del día se desvanecían. Todos necesitamos comer y yo necesito ayuda aquí. El rancho es demasiado trabajo para un hombre solo.
Otros no ayudar, otros odiar, otros son tontos, respondió Jackson simplemente. Una mano que trabaja es una mano que trabaja. No me importa de dónde venga. Ayasha procesó sus palabras en silencio. Había una lógica simple en lo que decía, pero ella sabía que en la frontera la lógica rara vez ganaba sobre el odio y el miedo. ¿Qué pasó con tu tribu?, preguntó Jackson después de un momento.
No era su costumbre entrometerse, pero necesitaba saber con quién estaba tratando. La expresión de Ayasha se endureció. Ellos ir norte, tierras nuevas, yo enferma, fiebre, ellos no esperar. Dejaron mí. La historia era más común de lo que Jackson hubiera querido admitir.
Las tribus Apache estaban siendo empujadas cada vez más lejos, sus tierras tomadas, sus recursos agotados. Dejar atrás a los enfermos no era crueldad, era supervivencia, pero eso no hacía que doliera menos. Y no pudiste alcanzarlos después. Ayasha negó con la cabeza. Cuando mejor ellos muy lejos, yo sola.
caminar días, llegar pueblo, pensar, tal vez blancos dar comida, trabajo, se rió amargamente. Yo equivocada. Hasta hoy, corrigió Jackson. Ella lo miró con esos ojos oscuros que parecían contener siglos de dolor. Hasta hoy, repitió suavemente. Los días siguientes establecieron una rutina. Ayasha dormía en el pequeño cuarto trasero que Jackson había usado para almacenar herramientas. Él lo limpió lo mejor que pudo y le dio mantas limpias.
No era mucho, pero era mejor que dormir bajo las estrellas en territorio hostil. Durante el día, Ayasha trabajaba. Al principio, Jackson temía que estuviera demasiado débil, pero se sorprendió de su resistencia. Ella alimentaba a los caballos, recogía huevos del gallinero, ayudaba a reparar cercas. No hablaba mucho, pero sus manos estaban siempre ocupadas.
Lo que más impresionó a Jackson fue cómo manejaba a los animales. Los caballos, que solían ser nerviosos con extraños, se calmaban instantáneamente en su presencia. Ella le susurraba en su lengua Pach, palabras que Jackson no entendía, pero que claramente tenían un efecto mágico en los animales.
“¿Cómo haces eso?”, preguntó un día, observándola calmar a su semental más temperamental con solo tocar su cuello y murmurar suavemente. Ayasha sonrió levemente. La primera sonrisa real que Jackson había visto en su rostro. Apache, saber escuchar animales. Ellos hablar, si tú escuchar. Enséñame, dijo Jackson impulsivamente. Ella lo miró sorprendida.
tú querer aprender, ¿por qué no? Si funciona, sería útil. Ayasha consideró esto por un momento, luego asintió. Mañana yo enseñar. Esa noche, mientras cenaban en el porche bajo las estrellas, Jackson notó que Ayasha parecía más relajada. Todavía había tensión en sus hombros. Todavía miraba hacia las sombras como esperando problemas, pero algo había cambiado. Tal vez estaba empezando a creer que este lugar podría ser seguro, al menos por ahora.
“Jackson”, dijo ella de repente, rompiendo el silencio cómodo que había caído entre ellos. “Sí, gracias.” Eran solo dos palabras, pero viniendo de ella significaban todo. Jackson asintió sin necesidad de decir más. En la frontera, donde las palabras eran baratas y las acciones lo único que importaba. Ese simple agradecimiento valía más que cualquier discurso.
Pero ninguno de los dos sabía que su tranquilidad no duraría mucho. En Red Creek, a 2 horas de distancia, Morrison estaba en su oficina planificando. Y cuando Morrison planificaba, alguien siempre terminaba sufriendo. La tormenta se acercaba. Solo era cuestión de tiempo antes de que llegara al rancho de Jackson.
La tercera semana de Ayasha en el rancho trajo cambios que Jackson no había anticipado. El lugar se sentía diferente, ahora más vivo de alguna manera. Las plantas en el pequeño jardín que había descuidado comenzaron a florecer bajo el cuidado de Ayasha. Los caballos relucían más saludables. Incluso la casa parecía más acogedora.
Aunque ninguno de los dos había dicho mucho sobre ello, habían desarrollado un lenguaje propio, uno que iba más allá de las palabras. Una mirada significaba que el agua estaba lista, un gesto indicaba que las cercas necesitaban reparación. El silencio entre ellos ya no era incómodo, sino cómodo, natural, como el fluir de un río que conoce su cauce. Pero el mundo exterior no había olvidado. Jackson estaba reparando la puerta del establo cuando escuchó el sonido de caballos acercándose.
Tres jinetes aparecieron en el camino polvoriento que llevaba a su rancho. Reconoció al líder inmediatamente. Morrison con su sombrero negro de ala ancha y su rostro curtido por años de sol y codicia. Ayasha estaba cerca del pozo sacando agua. Al ver a los jinetes, su cuerpo se tensó como un arco listo para disparar. Jackson le hizo un gesto sutil con la mano, diciéndole sin palabras que se mantuviera tranquila.
Morrison detuvo su caballo a pocos metros de Jackson, flanqueado por su capataz Dutch, y otro hombre que Jackson no reconocía. Los tres miraron alrededor del rancho con expresiones de desprecio apenas disimulado. “Cole”, dijo Morrison escupiendo una corriente de jugo de tabaco al suelo.
“Tenemos que hablar, Morrison”, respondió Jackson sin moverse de su posición. “No recuerdo haberte invitado a mi propiedad. No necesito invitación para hablar con un vecino. Morrison sonrió, pero no había calidez en esa sonrisa, especialmente cuando ese vecino está haciendo algo que afecta a toda la comunidad. No sé de qué hablas. No.
Morrison señaló con la barbilla hacia Ay, quien seguía junto al pozo. Inmóvil pero alerta. Esa apache la gente en el pueblo está hablando. Dicen que la trajiste aquí, que la tienes trabajando para ti. Es mi rancho. Contrato a quien quiera. No es tan simple, Cole. Morrison desmontó, seguido por sus dos hombres. Se acercó a Jackson con pasos lentos y deliberados.
Red Creek tiene reglas. Reglas no escritas, pero reglas al fin. Y una de ellas es que no traemos problemas apache a nuestras puertas. Ella no es un problema, es una trabajadora. DCH se rió con desdén. Una trabajadora. Qué bonito. ¿Y qué más es para ti, Cole? ¿Una mascota, una diversión? La mandíbula de Jackson se apretó, pero mantuvo su voz controlada.
Cuida tu lengua, Dutch. Estás en mi propiedad y no toleraré ese tipo de comentarios. Morrison levantó una mano silenciando a su capataz. Calma todos. Cole, seamos razonables. Entiendo que necesitas ayuda aquí. El rancho es mucho trabajo para un hombre solo, pero hay maneras correctas de hacer las cosas.
Puedo enviarte a uno de mis hombres, alguien confiable, alguien que no haga que los vecinos se pongan nerviosos. No necesito tu ayuda, Morrison. Tengo toda la que necesito. Así. Morrison caminó hacia el establo, inspeccionando casualmente las reparaciones que Jackson había estado haciendo. Porque escuché que últimamente tus caballos están mejor cuidados que nunca. Escuché que tienes un toque especial con ellos ahora.
se volvió bruscamente hacia Ay, quien no había dejado de observar cada movimiento. Es verdad lo que dicen, “¿Que tienes magia apache con los animales?” Ayasha no respondió, solo lo miró con ojos que no mostraban miedo, solo una cautela ancestral. “Habla cuando te hablen salvaje”, gruñó Dutch dando un paso hacia ella.
Jackson se interpuso en su camino tan rápido que Dutch tuvo que detenerse abruptamente. Da un paso más hacia ella y te rompo la mandíbula, DCH. No me importa para quién trabajes. La tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo. Los tres hombres de Morrison pusieron sus manos cerca de sus cinturones. Jackson mantuvo su postura relajada, pero lista.
Conocía la violencia cuando la veía acercarse y esto estaba peligrosamente cerca de convertirse en algo feo. Morrison rompió el silencio con una risa forzada. Vamos, muchachos. No vinimos a pelear, vinimos a razonar. Se volvió hacia Jackson. Cole, escucha. Sé que eres un hombre terco. Siempre lo has sido, pero piensa en tu futuro.
Aquí tienes un buen rancho, buena tierra. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por una apache? No estoy arriesgando nada. Estoy haciendo lo que es correcto. ¿Correcto? Morrison sacudió la cabeza. En la frontera, Cole. Correcto es lo que te mantiene vivo. Y proteger a Apaches no es una manera de vivir mucho tiempo. Es una amenaza, Morrison. Es un consejo de vecino a vecino.
Morrison volvió a montar su caballo. Pero si no quieres escuchar el consejo, tal vez escuches esto. La gente del pueblo está inquieta. Algunos hablan de venir aquí, de hacer que esa apache se vaya y cuando eso pase no voy a poder detenerlos. Nunca te pedí que me protegieras. No, pero la vas a necesitar.
Morrison miró directamente a Ay, sus ojos fríos como el acero. Mantente fuera de problemas, Apache. Este pueblo no es amable con tu clase. Y si algo malo sucede, si hay cualquier problema, todos van a mirar hacia este rancho primero. Jackson dio un paso adelante, su voz baja pero firme. Si alguien viene a mi propiedad a causar problemas, los recibiré como se merecen.
Y eso incluye a tus hombres, Morrison. Morrison sonrió, pero era una sonrisa sin humor. Valientes palabras, Cole. Espero que no tengas que demostrarlas. Espoleó su caballo. Vamos, muchachos, ya dijimos lo que veníamos a decir. Los tres jinetes se alejaron, dejando una nube de polvo y amenazas implícitas en su estela.
Jackson se quedó inmóvil hasta que desaparecieron completamente de vista. Luego se volvió hacia Yasha. Ella había dejado el cubo de agua y estaba de pie con los brazos cruzados. Su rostro inexpresivo, pero sus ojos brillando con una emoción que Jackson no podía descifrar del todo. ¿Estás bien? Preguntó él. Ayasha asintió lentamente.
Hombres como él, yo conocer muchos. Ellos peligrosos. Lo sé. Tal vez mejor yo ir. No querer problemas para ti. No. La palabra salió más fuerte de lo que Jackson había pretendido. No vas a ir a ninguna parte. Este es tu hogar ahora si lo quieres. Ayasha lo miró durante un largo momento buscando algo en su rostro. Finalmente asintió. Gracias, Jackson.
Esa noche, mientras las estrellas brillaban sobre el rancho, Jackson no pudo dormir. Sabía que Morrison no era el tipo de hombre que hacía amenazas vacías. Algo estaba viniendo, algo malo. Y cuando llegara, Jackson tendría que decidir qué tan lejos estaba dispuesto a llegar para proteger a una mujer que en apenas tres semanas se había vuelto mucho más importante para él de lo que jamás había imaginado. Las siguientes dos semanas pasaron con una tranquilidad engañosa.
Jackson y Ayasha trabajaban lado a lado durante el día y por las noches se sentaban en el porche compartiendo comidas simples bajo el cielo estrellado. Poco a poco el español de Ayasha mejoraba y con él sus conversaciones se volvían más profundas. Ella le contaba sobre su infancia en las montañas, sobre las tradiciones de su pueblo, sobre cómo leer las señales de la naturaleza.
Él le hablaba de su vida antes del rancho, de la soledad que había conocido desde que sus padres murieron, de los sueños que tenía para este pedazo de tierra. Había momentos fugaces, pero innegables, en los que sus miradas se encontraban y algo pasaba entre ellos, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía. Pero Jackson no había olvidado la visita de Morrison.
Dormía ligero con su rifle cerca de la cama y tenía razón en estar alerta. La noche llegó sin avisar. Jackson se despertó por el sonido de cascos, acercándose rápidamente. No eran los pasos cautelosos de visitantes normales, era el galope urgente de hombres con malas intenciones. Se levantó de un salto, agarró su rifle y corrió hacia la ventana.
Cuatro siluetas se movían en la oscuridad, rodeando el establo. Llevaban herramientas pesadas y cuerdas. Jackson reconoció la intención inmediatamente y su sangre se heló. corrió descalzo hacia la habitación de Ayasha y golpeó su puerta. “Ayasha, despierta, tenemos problemas.” Ella apareció en segundos completamente vestida.
Sus instintos de supervivencia estaban tan afilados que probablemente había escuchado los caballos antes que él. “Hombres afuera”, dijo Jackson rápidamente. “Van a destruir el establo. Quédate aquí. Voy a No.” interrumpió Ayasha con firmeza. Yo ayudar. No había tiempo para discutir.
Los dos salieron por la puerta trasera, moviéndose en silencio a través de las sombras. La luna estaba oculta detrás de nubes espesas, lo que les daba ventaja. Jackson conocía cada rincón de su propiedad y Ayasha se movía como un fantasma. Llegaron al lateral del establo justo cuando escucharon voces. El jefe dijo que le diéramos una lección, murmuraba uno de los hombres. Jackson reconoció la voz de Dutch. Soltemos los caballos primero, respondió otro.
Luego empezamos a romper las cercas. Para mañana este lugar estará en ruinas. Y si Cole sale, somos cuatro contra uno. Que salga si quiere. Jackson apretó su rifle calculando sus opciones. Eran demasiados para enfrentarlos directamente sin arriesgar un tiroteo que no quería. Necesitaba otra manera. Ayasha le tocó el brazo y señaló hacia el corral donde estaban los caballos de los intrusos.
Luego hizo un gesto que Jackson entendió perfectamente. Ella tenía un plan. Se separaron en silencio. Jackson se quedó vigilando mientras Ayasha se deslizaba como una sombra hacia los caballos atados. Los hombres estaban tan concentrados en abrir las puertas del establo que no la vieron acercarse. Ayasha se movió entre los caballos con una gracia sobrenatural.
No hizo sonido, pero Jackson pudo ver como los animales respondían a su presencia. Comenzaron a moverse, inquietos, nerviosos. Ella les susurró algo en apache y los caballos empezaron a agitarse más. De repente, uno de los caballos relinchó fuertemente y se encabritó, rompiendo su atadura. Los otros tres lo siguieron inmediatamente, entrando en pánico.
En segundos, los cuatro caballos salieron galopando hacia la oscuridad, alejándose del rancho. “Maldición, los caballos!”, gritó uno de los hombres. “Atrápenlos”, ordenó DCH. Los cuatro hombres salieron corriendo detrás de sus monturas. Sus planes de sabotaje olvidados. En la urgencia del momento, Jackson salió de las sombras con su rifle en alto. Quietos todos. Su voz cortó la noche como un látigo.
El siguiente paso que den será el último. Los hombres se congelaron. DCH volteó lentamente. Su rostro una máscara de rabia y frustración. Cole, debí imaginar que no estabas dormido. No soy tonto, Dutch. Sabía que Morrison enviaría a alguien eventualmente. Jackson mantuvo el rifle firme. Ahora tienen dos opciones.
Pueden irse caminando y llegar a Red Creek al amanecer o pueden intentar algo estúpido y no llegar nunca. Vas a tener que dormir alguna vez, Cole. Amenazó Dutch. Y cuando lo hagas, cuando lo haga, estaré listo como lo estuve esta noche. Jackson dio un paso adelante. Dile a Morrison que si vuelve a enviar a alguien a mi propiedad, no voy a ser tan amable.
La próxima vez llamo al sherifff. El sherifff no va a hacer nada por un hombre que protege a Paches. Escupió Dutch. Tal vez, pero estoy dispuesto a intentarlo. ¿Y tú estás dispuesto a arriesgar tu pellejo por los caprichos de Morrison? Los cuatro hombres se miraron entre sí, calculando sus opciones.
Finalmente, Dutch escupió al suelo y comenzó a caminar hacia el camino. “Vámonos. Recogeremos los caballos en el camino. Buena decisión, dijo Jackson sin bajar el rifle hasta que los cuatro hombres desaparecieron en la oscuridad. Cuando finalmente se fueron, Ayasha emergió de las sombras junto al establo. En la tenue luz que venía de la casa, Jackson pudo ver que estaba temblando, pero no de miedo. Era adrenalina pura.
Eso fue increíble, dijo Jackson bajando finalmente su rifle. ¿Cómo hiciste para que los caballos reaccionaran así? Ayasha sonrió levemente. Caballos, sentir miedo. Yo mostrar ellos peligro. Ellos correr. Les mostraste peligro, repitió Jackson impresionado. ¿Puedes enseñarme eso? Es difícil explicar. Apache saber desde niños, pero se acercó a él y por primera vez puso su mano sobre el brazo de Jackson con confianza. Tú, valiente esta noche, proteger yo, proteger casa.
Jackson miró su mano sobre su brazo, sintiendo el calor de su contacto, incluso a través de la tela de su camisa. Por supuesto, este es tu hogar también ahora. Sus ojos se encontraron en la oscuridad y algo cambió entre ellos. La distancia respetuosa que habían mantenido durante semanas se sintió de repente demasiado grande, demasiado artificial.
Jackson susurró a Yasha y había algo diferente en su voz, algo suave y vulnerable que él nunca había escuchado antes. Él dio un paso más cerca, su corazón latiendo más rápido de lo que había latido durante toda la confrontación con los hombres de Morrison. Sí, Ella buscó las palabras en español, frustrada por las limitaciones del idioma.
finalmente simplemente dijo, “Gracias por todo.” No era lo que había querido decir. Jackson lo supo instintivamente, pero tampoco era el momento para palabras más profundas. Habían sobrevivido esta noche y eso era suficiente por ahora. “Vamos adentro”, dijo suavemente. “Necesitamos descansar. Algo me dice que Morrison no va a rendirse tan fácilmente.
Mientras caminaban de regreso a la casa, lado a lado en la oscuridad, Jackson sintió que algo fundamental había cambiado entre ellos. Ya no eran simplemente un ranchero y su trabajadora, eran algo más, algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar todavía, pero que ambos sentían profundamente.
La tormenta no había pasado, pero al menos ya no la enfrentaban solos. Los días que siguieron a aquella noche fueron extraños. Jackson y Ayasha se movían alrededor del otro con una nueva conciencia, como si algo invisible pero poderoso hubiera cambiado entre ellos. Las miradas duraban un segundo más de lo necesario. Las manos se rozaban accidentalmente con más frecuencia.
El silencio entre ellos ya no era solo cómodo, era cargado de algo no dicho. Pero el mundo exterior no les dio mucho tiempo para explorar esos sentimientos. Una semana después del incidente nocturno, la sequía llegó a Red Creek con una venganza. El río que alimentaba al pueblo comenzó a secarse, reduciéndose a un hilo de agua fangosa.
Los pozos de los rancheros se agotaban uno tras otro. El pánico comenzó a extenderse por la región como fuego en pasto seco. Jackson notó que su propio pozo estaba bajo. Cada mañana el nivel del agua descendía un poco más. Si esto continuaba en dos semanas, no tendría agua ni para sus caballos, mucho menos para las cosechas.
Ayasha observaba todo con expresión pensativa. Una tarde, mientras Jackson intentaba acabar más profundo en el pozo sin mucho éxito, ella se acercó. Jackson dijo con voz suave. Yo saber algo, tal vez ayudar. Él se limpió el sudor de la frente y se volvió hacia ella. ¿Qué cosa? Apache, conocer tierra, saber dónde agua esconder. Señaló hacia las colinas al este de su propiedad.
Allí sentir agua bajo tierra, pero está. Jackson siguió su mirada hacia las colinas rocosas. Nunca había pensado en buscar agua allí. Parecía demasiado árido, demasiado pedregoso, pero había aprendido a confiar en los instintos de Ayasha. ¿Qué tan segura estás? Muy segura. Abuela, enseñar yo tierra, hablar si escuchar.
Al día siguiente comenzaron a acabar. Ayasha los guió a un punto específico entre las rocas, donde la tierra era más oscura y las plantas silvestres crecían más verdes. Jackson trabajó con pico y pala mientras ella observaba, ocasionalmente ajustando la dirección, basándose en señales que solo ella podía leer.
Era trabajo duro y agotador. El sol caía implacable sobre sus espaldas. Jackson acabó durante horas confiando en la palabra de Ayasha, incluso cuando sus músculos gritaban protesta y la lógica le decía que estaba perdiendo el tiempo. Y entonces, cuando el sol comenzaba a descender, su pala golpeó algo diferente. El suelo se volvió húmedo bajo sus pies.
Un minuto después, un pequeño hilo de agua comenzó a brotar del fondo del hoyo. Ayasha, ¿lo encontraste? Jackson no pudo contener su sonrisa. Había agua aquí todo el tiempo. Ella sonrió también con esa expresión serena que ahora Jackson había aprendido a leer. Tierra siempre proveer. Solo necesitar saber dónde mirar.
trabajaron juntos para ampliar el pozo y construir un sistema simple de conducción que llevara el agua hasta el rancho. En dos días tenían agua fresca fluyendo nuevamente, no solo suficiente para sus necesidades, sino abundante. La noticia se extendió rápido. En un pueblo sediento, un rancho con agua abundante no podía mantenerse en secreto.
Los vecinos comenzaron a aparecer primero tímidamente, luego con más frecuencia. Algunos venían con baldes vacíos y expresiones desesperadas. Otros venían con orgullo herido, pero necesidad real. Jackson nunca rechazó a nadie. Compartió el agua libremente, sin importar quién pedía.
Incluso cuando la señora Henderson, que había sido tan cruel con Ayasha aquel día en el pueblo, llegó con sus hijos sedientos. Jackson llenó sus recipientes sin comentarios. Ayasha observaba todo desde la distancia, manteniéndose apartada cuando los visitantes llegaban. Todavía recordaba las miradas de odio, las puertas cerradas, pero ahora algunas de esas mismas personas que la habían rechazado la miraban con una curiosidad diferente.
Algunos incluso as sentían con respeto cuando pasaban cerca de ella. Y entonces, en una tarde calurosa de agosto, Morrison llegó. Venía solo esta vez, sin DCH ni ninguno de sus hombres. Desmontó lentamente y se quedó de pie junto a su caballo, mirando el agua que fluía hacia el rancho de Jackson. “Cole”, dijo simplemente. “Morrison”, respondió Jackson sin acercarse demasiado.
Ayasha estaba junto al pozo, tensándose inmediatamente al ver al hombre. Escuché que encontraste agua. Ayasha la encontró. Yo solo cabé. Morrison miró hacia Ay, por primera vez no había desprecio en sus ojos, solo cansancio y tal vez un atisbo de respeto reacio. Mi ganado se está muriendo, Cole. Mis pozos están secos. Necesito agua.
Era difícil para un hombre como Morrison pedir algo. Jackson podía ver el esfuerzo que le costaba cada palabra. Parte de él quería rechazarlo, devolverle algo del dolor que había causado. Pero otra parte, la parte que Ayasha había ayudado a despertar, sabía que eso no resolvería nada. Puedes tomar agua, Morrison. Trae las carretas que necesites. Morrison asintió lentamente.
Se volvió para montar su caballo, pero se detuvo. Sin mirar a ninguno de los dos directamente, dijo, “Me equivoqué contigo, Cole, y con ella.” hizo una pausa como si las siguientes palabras le costaran aún más. Las amenazas que hice fueron por miedo. Miedo a lo diferente, a lo que no entendía.
Eso no es excusa, pero es la verdad. No era una disculpa completa, pero viniendo de Morrison era lo más cercano que conseguirían. Se alejó sin esperar respuesta. Esa noche, mientras las estrellas brillaban sobre el rancho, Jackson y Ayasha se sentaron en el porche como siempre. Pero esta vez Ayasha se sentó más cerca. Sus hombros se tocaban. “Pueblo cambiar”, dijo ella suavemente.
Porque tú no cambiar, tú bueno cuando ellos malos, compartir cuando ellos egoístas. “Tú me enseñaste eso”, respondió Jackson honestamente. “Antes de que llegaras, este rancho era solo un lugar para trabajar. Ahora es algo más.” Ayasha lo miró. Y en sus ojos había una pregunta que había estado esperando hacer durante semanas. ¿Qué es para ti? Yo, ¿qué soy? Jackson tomó su mano.
Era la primera vez que lo hacía deliberadamente, sin excusa de ayudarla o guiarla, solo porque quería. “Eres todo”, dijo simplemente, “Eres mi socia, mi amiga y si me lo permites, me gustaría que fueras más.” Las lágrimas brillaron en los ojos de Ayasha, pero eran lágrimas de felicidad. En mi pueblo dijo lentamente, cuando hombre querer mujer, él traer regalo, mostrar él puede proveer.
¿Cómo encontrar agua? Preguntó Jackson con una sonrisa. Ayasha se rió suavemente. Yo encontrar agua, tú solo cavar. Entonces estamos empatados. Tú encontraste el agua. Yo la comparto. Somos un buen equipo. Sí, susurró ella. Buen equipo. Jackson se inclinó hacia ella, dándole tiempo para apartarse si quería, pero Ayasha no se movió.
Sus labios se encontraron bajo las estrellas. Un beso que selló algo que había estado creciendo desde aquel día en Red Creek, cuando él extendió su mano y ella decidió confiar. Los meses siguientes trajeron cambios a Red Creek. La sequía finalmente terminó con lluvias torrenciales en septiembre.
Los pozos se llenaron nuevamente y la vida volvió a la normalidad, pero algo fundamental había cambiado en el pueblo. Ayasha ya no era la apache rechazada, era la mujer que había salvado sus cultivos, sus animales, tal vez sus vidas. Las puertas que una vez se cerraron comenzaron a abrirse lentamente. No fue un cambio inmediato.
Algunos todavía desviaban la mirada cuando la veían, otros murmuraban entre dientes. Pero día a día, semana a semana, más personas comenzaron a saludarla con un gesto de cabeza, luego con palabras y finalmente con respeto genuino. El cambio más significativo vino de lugares inesperados.
La señora Henderson, cuya puerta había sido la primera en cerrarse aquel terrible día, se acercó a Ay, con voz temblorosa, le agradeció por el agua que había salvado a sus hijos durante la sequía. No pidió perdón con palabras, pero sus ojos lo dijeron todo. Y en una tarde de octubre, con las hojas cayendo en tonos dorados alrededor del rancho, Jackson se arrodilló frente a Aytenecido a su madre. “Sé que nuestros mundos son diferentes”, dijo.
Sé que esto no será fácil, pero quiero intentarlo. Quiero construir algo contigo. ¿Te casarías conmigo, Ayasha? Ella no dijo nada por un momento, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas. Luego asintió, sonriendo esa sonrisa que Jackson había llegado a amar. Sí, sí, yo casar contigo.
Se casaron una semana después con el predicador del pueblo oficiando en el rancho bajo el cielo abierto. No fue una gran ceremonia, solo algunos vecinos que habían aprendido a ver más allá de las diferencias. Pero fue real y fue suyo. Mientras el sol se ponía sobre su tierra, Jackson y Ayasha se quedaron de pie tomados de la mano, mirando hacia el horizonte.
Dos mundos que se habían encontrado en el lugar menos esperado. Dos almas solitarias que habían descubierto que el hogar no era un lugar, sino una persona. Y en la frontera implacable de Texas, donde el agua era escasa y la bondad aún más, habían encontrado ambas cosas. El final era realmente solo el principio.
News
La Pesadilla de 96 Horas que Destruyó la División Panzer de Élite de Alemania
23 de diciembre de 1944, 347 de la madrugada. La segundo división Páncer de las SSS alemana, considerada una de…
Lo que MacArthur dijo cuando Truman lo destituyó
11 de abril de 1951, Tokio, Japón, 100 AMM. El general Douglas Marcarthur duerme en la embajada de Estados Unidos….
Desapareció En El Sendero De Los Apalaches — Un Mes Después Lo Hallaron En Una Guarida De Coyotes
En mayo de 2014, Drake Robinson, de 18 años, emprendió una excursión en solitario por el sendero de los apalaches…
Joven desaparece en las Smoky — 8 años después, hallado atrapado en túnel angosto de cueva.
Tom Blackwood ajustó su casco linterna mientras descendía por la estrecha abertura de la caverna. El aire húmedo y frío…
Mujer desaparece en los Montes Apalaches — 6 años después, es hallada atada a una cama en un búnker.
La niebla matutina envolvía las montañas a Palaches cuando Sara Michel despertó en su cabaña de madera en Ashville, Carolina…
Una azafata desapareció antes del vuelo en 1993 — 13 años después, el hangar sellado se reabrió.
El sol de la mañana de septiembre de 2006 bañaba el aeropuerto internacional de Guarulios cuando Rafael Méndez, supervisor de…
End of content
No more pages to load






