Aquí comienza una historia que te atrapará desde el primer minuto. Una mujer enfrentando la vida con coraje, un hombre marcado por un destino oscuro y una niña que se convierte en el lazo entre ellos. ¿Qué sucede cuando mundos se cruzan en medio de la desesperación y la esperanza? No te pierdas esta historia que te hará cuestionar el significado del amor, la lucha y la vida misma.

Acompáñanos hasta el final para descubrir cómo se desenvuelven los giros del destino. Si te gusta este tipo de contenido, no olvides suscribirte a nuestro canal Cuentos para el alma. Publicamos tres videos todos los días. Dale like al video si te ha gustado esta historia y déjanos en los comentarios desde dónde nos escuchas y a qué hora nos ves. Vamos con la historia.

Carla equilibró el bolso en su hombro izquierdo, la bolsa con pañales en la otra mano y empujó el cochecito con el pie mientras intentaba abrir la puerta trasera de la mansión San Martín. Su hija pequeña, Abril, jimoteaba en voz baja. Detrás, sonido suave de su respiración congestionada cortaba el corazón de cualquier madre.

Tranquila, mi amor, ya estamos entrando”, susurró, logrando por fin abrir la puerta. El frío de Julio la envolvía como un cuchillo afilado. Carla miró a su hija de 8 meses, envuelta en tres mantas gruesas, y sintió una presión en el pecho cada vez que debía traerla al trabajo. La guardería había llamado para avisar que no podían aceptar niños con síntomas de resfriado y no había otra opción. Necesitaba ese empleo.

Atravesó la enorme cocina, sus pasos resonando en el silencio de la casa vacía. Llevaba apenas un mes trabajando allí y aún se sentía pequeña, perdida en medio de tanto lujo. Mármol blanco, candelabros de cristal, cuadros que probablemente valían más que toda su vida, todo cubierto por una fina capa de polvo que ella venía quitando poco a poco.

El dueño de la casa, Agustín San Martín, regresaría al día siguiente. Marta, la secretaria que la había contratado por teléfono, fue clara. La Pindo Mansión debía estar impecable para el regreso del patrón después de 6 meses fuera del país. Abril tosió y l yoriqueó un poco más fuerte.

“Lo sé, cariño, hace mucho frío”, murmuró Carla mientras subía las escaleras hacia el segundo piso. Probó los calefactores de la mansión uno por uno, pero ninguno funcionaba. Sala de estar, biblioteca, habitación de huéspedes, nada. Finalmente, en el despacho al final del pasillo, el aire caliente sopló cuando encendió el calefactor.

Listo, mi princesa, aquí estarás calentita. Colocó el cochecito cerca del calefactor, lo suficientemente cerca para que la temperatura la mantuviera a salvo, pero sin que le llegara la corriente de aire directo. Abril ya estaba más tranquila, con los ojitos pesados de sueño y medicamento. Carla acomodó las mantas y le besó la frente caliente.

Revisó el monitor de bebé en su bolsillo y dijo en voz baja, “Mamá, vuelve rapidito.” Sí, solo voy a limpiar la sala y vuelvo enseguida. Bajó las escaleras, repasando mentalmente la lista de tareas, aspirar las alfombras persas, lustrar la madera de la escalera, limpiar las ventanas del salón principal. Si se apuraba, terminaría todo antes de que Abril despertara para el siguiente biberón.

Dos horas después, Carla estaba de rodillas encerando el piso del comedor cuando escuchó un llanto ahogado. Soltó el trapo y corrió escaleras arriba, el corazón disparado. Abril debía haber despertado, pero el monitor no sonaba. Se detuvo en la puerta del despacho y se congeló.

Un hombre estaba de espaldas a ella, alto, de hombros anchos, con un suéter gris oscuro. Sostenía a Abril contra su pecho, meciéndola suavemente. La bebé lloriqueaba, pero ya estaba más calmada. Sh, pequeña, todo está bien. La voz del hombre era grave, baja, cuidadosa. Carla no pudo moverse, no pudo respirar. El hombre se giró y sus ojos se encontraron.

Era guapo, de una forma devastadora, cabello oscuro, ligeramente desordenado, barba de pocos días, ojos marrones profundos que llevaban consigo un cansancio antiguo. Pero lo que la paralizó fue la expresión en su rostro, una mezcla de sorpresa, confusión y algo que parecía dolor. ¿Quién es usted?, preguntó él, pero su voz no sonaba hostil, sino casi perdida.

Yo yo soy Carla. logró decir ella, temblorosa, la empleada. Marta me contrató hace un mes. Marta. Él miró a Abril en sus brazos y luego volvió la vista hacia Carla. Algo pasó por su rostro, algo roto. Disculpe, no sabía que el señor regresaría hoy. Carla dio un paso al frente, extendiendo los brazos hacia su hija.

Está con gripe, explicó rápidamente. La guardería no la aceptó. No tenía con quién dejarla. ¿Cuántos meses? Él interrumpió. ¿Qué? La bebé. ¿Cuántos meses tiene? Ocho. Respondió Carla. Él cerró los ojos por un segundo, demasiado largo. Y cuando los abrió, había algo diferente en su mirada, algo peligroso, pero también frágil. Estaba llorando. Dijo.

Solo llegué, oí el llanto, entré y la mecí. La tomé en brazos sin pensarlo. Carla dio un paso más cerca, pero él no le devolvía a abril. Seguía meciéndola como si no se diera cuenta de lo que hacía. El Señor es el señor San Martín, preguntó ella. Agustín San Martín. Soy yo, respondió él, como si el hecho de ser él hubiera hecho comprender mejor la situación. Abril lloró. No la conocía.

Lo siento. Abril empezó a llorar nuevamente, enterrando la carita en el pecho de él. Agustín la miró con esa expresión rota y finalmente extendió los brazos hacia Carla. Lo siento, no debía hacerlo. No pregunté si podía. No, está todo bien, dijo Carla tomando a su hija en brazos. Gracias por calmarla. El silencio invadió la habitación.

Agustín pasó la mano por su cabello y se giró hacia la ventana con la espalda tensa, como si estuviera cargando el mundo sobre sus hombros. “La casa está bien cuidada”, dijo finalmente aún de espaldas. “Hiciste un buen trabajo.” “Gracias, señor”, murmuró Carla. Solo Agustín”, corrigió él sin volverse. “Lo siento, Agustín, no sabía qué responder.

Puedes quedarte con ella”, dijo él de repente. “Si necesitas traerla nuevamente, puedes hacerlo. El despacho es lo suficientemente grande.” “Señor Agustín, no quiero incomodarlo. Normalmente la guardería la acepta. Fue solo hoy que no es molestia”, insistió él interrumpiéndola. No me molesta, de verdad.

Si necesita quedarse, está bien. No quiero que te preocupes por eso. Carla se quedó en silencio, observando como él se giraba y seguía mirando por la ventana. La intensidad de su mirada hizo que le temblaran las manos. ¿Necesitas algo más?, preguntó él después de un rato. Café fuerte, dijo Carla, sintiendo la urgencia de no decir nada más.

Perfecto, respondió Agustín sin perder la calma. Entonces preparé una jarra. Marta comenzó a preparar el café mientras Agustín se dirigía a la ducha. La casa seguía en silencio, pero de alguna manera el aire había cambiado. Carla preparó el café lo más rápido que pudo, pero su mente no dejaba de dar vueltas sobre lo sucedido.

Agustín había sido amable. Quizás más de lo que ella esperaba, pero algo en su mirada no dejaba de inquietarla. ¿De verdad le importaba que trajera a Abril? ¿O simplemente era una forma de no complicarse más la vida? Tomó la bandeja y subió las escaleras lentamente con abril dormida en sus brazos. Al llegar al despacho, tocó la puerta.

Agustín estaba sentado detrás de su gran escritorio, todavía con la camisa húmeda de la ducha. y la mirada distante. La casa estaba en completo silencio. Él levantó la vista cuando Carla entró y se levantó para tomar el café que ella había preparado. Gracias, dijo Agustín tomando un sorbo. Está perfecto. Carla apenas pudo esbozar una sonrisa.

No sabía qué hacer ni qué decir. Había algo en él que le hacía sentir incómoda, algo que no lograba descifrar. Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, Agustín rompió el silencio. “Mi esposa murió hace 8 meses”, dijo de repente mirando la taza de café. Carla se quedó helada. Él la miró como si no le importara que estuviera escuchando.

Perdí a ella y a nuestro hijo durante el parto. Estuve en Alemania intentando encontrar respuestas, pero no conseguí nada. Volví antes porque no podía más allá. Y cuando escuché el llanto de abril, pensé que me estaba volviendo loco. Pensé que era una alucinación, pero no. Ella estaba ahí. Carla sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Agustín estaba compartiendo algo profundo, algo doloroso que ella no esperaba. No sabía en cómo reaccionar. Sabía lo que era perder a alguien, pero no en esa magnitud. Después de todo, había perdido a su madre cuando era niña. “Lo siento mucho”, murmuró Carla sin poder evitarlo. “Lo sé”, dijo Agustín con una ligera sonrisa rota.

“No te lo conté para incomodarte, pero tienes que saber que si vas a trabajar aquí, vas a tener que entender que la casa está llena de recuerdos, de cosas que ya no están. Yo también estoy lleno de esas cosas, fantasmas, si se quiere decir. Carla lo miró intentando comprender, pero sintió una pena inmensa por él.

Agustín no era el hombre arrogante y distante que había conocido. Había algo vulnerable en él, algo que nadie podía ver. Era como si él mismo estuviera luchando por encontrar un lugar donde encajar. “Lo entiendo”, respondió Carla buscando las palabras adecuadas. Más de lo que crees. El silencio que siguió fue pesado.

Abril se movió en sus brazos despertando un poco. Carla la acunó suavemente, intentando no romper la atmósfera que se había creado entre ellos. Agustín parecía más relajado, aunque la tristeza en su rostro no se borraba. “Gracias por quedarte aquí”, dijo Agustín después de un rato. “No sé qué haría sin ti, Carla. sintió, pero no dijo nada más.

No tenía palabras para todo lo que acababa de escuchar. Tampoco sabía qué pensar. La casa estaba vacía de una forma que no había sentido antes. Había algo en ella, algo en los pasillos y las habitaciones que resonaba con el pasado de Agustín, algo que aún lo atormentaba. Carla no lo sabía aún, pero ella sería parte de eso, de lo que estaba por venir.

Agustín se levantó de la silla dándole la espalda a Carla y acercándose a la ventana. El aire en la habitación se sintió más denso. Agustín no parecía querer hablar más. Carla observó la figura de él rodeada de la quietud de la mansión. Descansa, Carla”, dijo, “casi una orden, pero con una suavidad que no había mostrado antes. Nos vemos mañana.

” Carla salió del despacho dejando atrás a Agustín con sus pensamientos. Cuando cerró la puerta, algo en su pecho se apretó. Era como si todo lo que había vivido hasta ahora, la vida que había dejado atrás, comenzara a desmoronarse. ¿Qué significaba todo eso? ¿Cómo encajaba ella en esa historia? Se sentó en las escaleras con abril en brazos y trató de calmarse. No lo lograba.

Los días que siguieron fueron extraños. La casa, que antes parecía vacía, comenzó a llenarse de una nueva energía. Carla y Agustín, aunque todavía distantes en muchos aspectos, empezaron a encontrar un equilibrio. Él seguía trabajando desde su oficina. en silencio, pero a veces los miraba a ella y a abril con una mezcla de tristeza y algo más.

Carla se ocupaba de su hija, de la casa, de todo lo que Agustín ya no podía hacer. Poco a poco él comenzó a abrirse más, sin las paredes que solían separarlo de todos los demás. Una tarde, mientras Carla preparaba la cena, Agustín entró en la cocina con una expresión diferente, más ligera. como si un peso se hubiera levantado de sus hombros.

Carla lo miró y pudo ver en su rostro algo que no había visto antes, una pequeña chispa de esperanza. “Carla”, dijo Agustín con un tono suave pero firme. He estado pensando. Sé que esto no es lo ideal. Sé que mi vida está hecha de ruinas y recuerdos, pero tú y Abril habéis traído algo a esta casa que no había tenido en mucho tiempo. Vida.

Amor. Carla se detuvo en su tarea, sorprendida por sus palabras. No esperaba que él hablara de esa forma, pero algo en su corazón latió más rápido. Sería posible que Agustín empezara a sanar, que realmente pudiera ver más allá de su dolor. Yo yo no sé lo que va a pasar, continuó Agustín mirando a Abril, que jugaba tranquilamente en el suelo.

Pero si tú lo deseas, me gustaría que que esta casa fuera un hogar para los tres. No te estoy pidiendo nada, solo quiero que lo sepas. Quiero ver a Abril crecer. Quiero ser parte de su vida, aunque no sea suficiente. Quiero estar aquí para ustedes. Las palabras de En Agustín tocaron el corazón de Carla de una manera profunda.

Ella nunca había esperado encontrar algo tan genuino en un hombre tan marcado por el dolor. Pero ahí estaba frente a ella con la mirada llena de vulnerabilidad. No sé si soy suficiente para ti, ni si es el lugar adecuado para nosotros, pero quiero intentarlo. Quiero que estemos bien. Aunque el tiempo sea corto, quiero que lo vivamos lo mejor posible, dijo Carla, sin poder evitar que una lágrima se deslizara por su mejilla.

Si me dejas, quiero quedarme aquí. Quiero estar contigo y con Abril, si tú también lo deseas. Agustín la miró, su rostro ablandado por las emociones, pero en sus ojos brillaba una luz de esperanza, algo que no había visto en mucho tiempo. No era la solución perfecta, no era el final ideal, pero al menos era un comienzo, un comienzo que ellos dos juntos podían construir.

Esta noche, después de que Abril se quedó dormida en su cuna, Carla y Agustín se sentaron juntos en el salón bajo la luz suave de las lámparas. Había algo reconfortante en esa tranquilidad, algo que les daba la sensación de que a pesar de todo lo que habían perdido, aún había algo por lo que luchar. Quiero que sepas algo.

Dijo Agustín rompiendo el silencio mientras Carla lo miraba. Te agradezco por no haberme dejado solo. Te agradezco por quedarte. Yo también te agradezco respondió ella con una sonrisa tímida. Por darme la oportunidad de ver algo diferente en ti, por darme la oportunidad de quedarme. Agustín asintió y por primera vez en mucho tiempo sonrió de verdad.

Nos queda mucho por hacer, pero con ustedes dos sé que puedo seguir. Estoy dispuesto a intentarlo, a vivir. Los días pasaron lentamente, pero con cada uno de ellos, Carla y Agustín empezaron a encontrar su lugar en ese hogar juntos. A veces la tristeza seguía presente, como una sombra detrás de todo lo demás, pero aprendieron a vivir con ella.

Se dieron cuenta de que el dolor nunca desaparecería por completo, pero el amor y la compañía podían hacer que fuera más llevadero. Abril comenzó a caminar. Sus primeros pasos fueron un regalo inesperado para Agustín. Esa tarde, cuando la pequeña dio su primer paso, Agustín la miró con ojos brillantes y se agachó para tomarla en sus brazos. Lo vi, Abril.

Vi tus primeros pasos”, dijo casi con incredulidad. Carla los miraba sintiendo una mezcla de emoción y alivio. Algo había cambiado en su vida, algo que no esperaba, pero que estaba agradecida de haber encontrado. Y aunque no, sabían qué les depararía el futuro, sabían que lo enfrentarían juntos. Pasaron varios meses y aunque el tiempo seguía siendo un enemigo constante de Agustín, su vida junto a Carla y Abril comenzó a tener más significado.

Agustín se fue recuperando poco a poco, no solo de la pérdida de su esposa e hijo, sino también del vacío que había sentido durante tanto tiempo. Carla y Abril le daban una razón para seguir, para mirar hacia adelante. Un día, mientras paseaban por el parque, Agustín se detuvo y miró a Carla con una expresión seria, pero tranquila.

Quiero que sepas que aunque el futuro es incierto, ahora sé que no quiero perder más tiempo. Tú y Abril son mi familia. Quiero estar a su lado sin importar lo que venga. Sé que no podemos controlarlo todo, pero al menos podemos elegir lo que realmente importa. Carla lo miró sin decir nada, pero en su corazón supo que esa era la verdad.

Lo que realmente importaba era el presente, lo que ellos tenían en ese momento y lo que podían construir juntos. Al final la vida siguió su curso. No fue fácil y hubo momentos de incertidumbre y dolor. Pero lo que Carla y Agustín aprendieron fue que a veces el amor y el coraje son suficientes para seguir adelante. La mansión San Martín, que había sido solo un lugar vacío lleno de recuerdos tristes, se transformó en un hogar lleno de risas, amor y esperanza.

Y aunque el futuro seguía siendo incierto, Carla, Agustín y Abril sabían que mientras estuvieran juntos todo estaría bien. Muchas gracias por escuchar hasta aquí. Si te está gustando esta historia llena de emociones, no olvides suscribirte a nuestro canal Cuentos para el alma. Publicamos nuevos vídeos todos los días.