El 23 de agosto de 2009, dos hermanas salieron de su casa en el barrio de Belgrano, Buenos Aires, para visitar a su abuelo en el distrito de Santelmo. Lucía tenía 23 años y acababa de graduarse como contadora. Su hermana menor, Valentina, de 19 años, cursaba el segundo año de arquitectura en la Universidad de Buenos Aires. Ninguna de las dos llegó jamás a destino.

Durante 14 años, sus familias vivieron con el dolor de no saber qué había sucedido, hasta que en marzo de 2023 algo completamente inesperado sacudió la investigación. La cuenta de correo electrónico de Lucía se activó desde la dirección IP de la casa de su abuelo fallecido 3 años antes.

Alguien había ingresado a esa cuenta después de más de una década de inactividad, desde el mismo lugar donde las hermanas nunca llegaron. Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo.

Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Buenos Aires. Agosto de 2009. La ciudad atravesaba uno de sus inviernos más fríos en décadas, con temperaturas que descendían hasta los 2 gr durante las noches.

Las hermanas Cabrera habían crecido en un departamento de tres ambientes en la calle Bray del Pino, en pleno corazón de Belgrano, un barrio tradicionalmente residencial y tranquilo de la capital argentina. Lucía era meticulosa y ordenada, cualidades que la habían convertido en una estudiante destacada durante toda su carrera universitaria. Sus profesores en la Facultad de Ciencias Económicas la recordaban como alguien que nunca entregaba un trabajo tarde y que siempre verificaba sus cálculos dos veces antes de considerarlos definitivos. había conseguido una pasantía en un estudio contable de tamaño medio ubicado

en el microcentro y sus jefes ya le habían insinuado la posibilidad de una contratación permanente una vez que obtuviera su matrícula profesional. Valentina, por el contrario, era más espontánea y creativa. Pasaba horas dibujando edificios imaginarios en sus cuadernos, mezclando estilos arquitectónicos de diferentes épocas, con una libertad que sus profesores consideraban tanto prometedora como poco ortodoxa.

Le encantaba caminar por Santelmo los domingos, fotografiando las fachadas antiguas y los balcones de hierro forjado que caracterizaban al barrio más antiguo de Buenos Aires. Las hermanas compartían una relación cercana, pero no exenta de las típicas tensiones fraternales. Lucía se frustraba con la tendencia de Valentina a procrastinar sus trabajos universitarios hasta el último momento.

Valentina a su vez encontraba a veces excesiva la necesidad de control de su hermana mayor. Sin embargo, había entre ellas un vínculo profundo forjado por años de confidencias compartidas y un sentido de lealtad que las mantenía unidas frente al mundo exterior. Su madre, Claudia, trabajaba como administrativa en un hospital público de la zona norte de la ciudad.

Había criado a sus hijas prácticamente sola. Después de que su esposo Roberto Cabrera, las abandonara cuando Valentina tenía apenas 5 años. Durante años no supieron nada de él hasta que en 2007 descubrieron que había formado una nueva familia en la provincia de Córdoba y que nunca había intentado volver a contactarlas.

Esa herida nunca había sanado completamente en ninguna de las tres mujeres. El abuelo materno de las chicas, Esteban Rivas, vivía solo desde el fallecimiento de su esposa en 2004. Su casa, una propiedad antigua de dos plantas en la calle Defensa, a pocas cuadras de la plaza Dorrego, en Santelmo, se había convertido en un refugio para él tras la muerte de su compañera de 50 años. Esteban tenía 78 años en 2009.

y su salud comenzaba a deteriorarse notablemente. Una diabetes mal controlada y problemas cardíacos habían convertido las subidas de escaleras en pequeñas odiseas que lo dejaban sin aliento. Claudia había intentado convencer a su padre de mudarse a un departamento más pequeño y sin escaleras, pero Esteban se negaba rotundamente. Esa casa contenía demasiados recuerdos.

Las marcas en el marco de la puerta de la cocina, donde había medido la altura de Claudia cada cumpleaños, el jardín trasero donde su esposa cultivaba jazmines, el estudio en el segundo piso donde había trabajado como corredor de seguros durante 40 años antes de jubilarse.

Abandonar esa casa le repetía a su hija, sería como traicionar todos esos momentos. Las hermanas visitaban a su abuelo religiosamente cada dos o tres semanas. Generalmente iban los domingos por la tarde después del mercado de Santelmo y pasaban un par de horas con él tomando mate y escuchando sus historias sobre el Buenos Aires de su juventud. Esteban disfrutaba enormemente esas visitas.

La soledad pesaba sobre él como una manta húmeda, especialmente durante las noches largas del invierno porteño. Pero aquel domingo 23 de agosto de 2009 no era un día de visita programada. Esteban había llamado a Claudia esa mañana alrededor de las 9 con un tono de voz que ella reconoció inmediatamente como preocupado.

Le explicó que durante la noche había sentido un dolor opresivo en el pecho, que lo había despertado cerca de las 4 de la madrugada. El dolor había cedido después de unos 20 minutos, pero él sabía que eso no era normal. Le pidió que lo acompañara al hospital para hacerse revisar. Claudia tenía turno en el hospital ese domingo cubriendo a una compañera que estaba de licencia.

Le explicó a su padre que no podría salir hasta las 6 de la tarde como mínimo, pero que era importante que no esperara y fuera inmediatamente a la guardia. Esteban, terco, como siempre, insistió en que podía esperar hasta la tarde, que seguramente no era nada grave, que ya se sentía mejor. Fue entonces cuando Claudia tuvo una idea que parecía resolver el problema.

Lucía y Valentina estaban en casa sin planes específicos para ese domingo frío y gris. Ellas podrían acompañar a su abuelo al Hospital Argerich, que quedaba relativamente cerca de Santelmo, y quedarse con él hasta que Claudia pudiera llegar después de su turno. Lucía atendió el teléfono de su madre alrededor de las 10 de la mañana. Aún estaba en pijama.

Tomando mate mientras leía el diario en la mesa de la cocina. Valentina seguía durmiendo, como era habitual en ella los fines de semana. Después de escuchar la explicación de su madre, Lucía aceptó sin dudarlo. Le dijo que despertaría a su hermana, se prepararían y saldrían hacia Santelmo antes del mediodía para recoger al abuelo y llevarlo al hospital.

Claudia le advirtió a Lucía que probablemente tendrían que esperar varias horas en la guardia. especialmente un domingo, pero que lo importante era que Esteban fuera atendido cuanto antes. Le pidió que le avisara por mensaje de texto cuando llegaran al hospital y que la mantuviera informada de cualquier novedad. Lucía prometió hacerlo y colgó el teléfono.

Valentina no recibió con mucho entusiasmo la noticia de que debían cancelar su domingo tranquilo para pasar la tarde en una guardia de hospital, pero entendía que era necesario. Su abuelo vivía solo y claramente necesitaba compañía y apoyo. se duchó rápidamente, se puso unos jeans, una sudadera gruesa de color gris y sus zapatillas conversas gastadas por el uso. Lucía eligió ropa similar, jeans, una remera térmica negra y su campera de jein con un suéter debajo para protegerse del frío.

Alrededor de las 11:40 de la mañana, las hermanas salieron de su departamento. Lucía llevaba su cartera de cuero marrón que contenía su billetera, documentos, teléfono celular y las llaves de la casa. Valentina llevaba solo su celular en el bolsillo de la campera y algo de dinero en efectivo. Ninguna de las dos imaginaba que jamás volverían a cruzar esa puerta.

El recorrido desde Belgrano hasta Santelmo implicaba tomar el subtel línea D desde la estación Juramento hasta la estación catedral y desde allí caminar unas 10 cuadras hacia el sur. Era un trayecto que habían hecho docenas de veces y que no representaba ninguna dificultad. El domingo las frecuencias del subte eran más espaciadas, pero aún así era la forma más rápida de atravesar la ciudad.

Las cámaras de seguridad de la estación Juramento registraron a las hermanas Cabrera ingresando al SUPTE a las 11:52 de la mañana. Lucía iba adelante con su cartera colgada del hombro y Valentina la seguía de cerca mirando la pantalla de su teléfono celular. Ambas mostraban expresiones normales, relajadas, sin ningún signo de preocupación o tensión.

Este sería el último registro visual verificable de las hermanas con vida. El tren llegó a la estación 3 minutos después. Las cámaras del Andén mostraron a las hermanas subiendo al tercer vagón. A esa hora, un domingo al mediodía, el súbteno iba particularmente lleno. Había asientos disponibles y el ambiente era tranquilo.

El viaje desde Juramento hasta Catedral tomaba aproximadamente 15 minutos haciendo paradas en Olleros, José Hernández, Palermo, Plaza Italia, Escalabrini Ortiz, Bullnes, Aguero, Pueir Redón, Facultad de Medicina, Callao y Tribunales antes de llegar a destino. Ningún testigo reportó haber visto algo inusual durante ese trayecto.

Las cámaras de las diferentes estaciones intermedias captaron el ingreso y salida de numerosos pasajeros, pero en ningún momento se identificó claramente a las hermanas bajando del tren antes de Catedral. La investigación posterior analizaría exhaustivamente esas grabaciones, ampliando imágenes, intentando reconocer rostros, pero la calidad de las cámaras de 2009 y la cantidad de gente moviéndose en cada estación hacían imposible estar absolutamente seguros de si las hermanas permanecieron en el tren durante todo el trayecto o si descendieron en alguna

estación intermedia. Lo que sí quedó documentado fue que las hermanas nunca llegaron a la casa de su abuelo. Esteban esperó hasta pasadas las 2 de la tarde antes de llamar al celular de Lucía. El teléfono sonó varias veces, pero nadie atendió. volvió a intentar 10 minutos después con el mismo resultado.

Preocupado, llamó a Claudia al hospital para preguntarle si había algún cambio de planes. Ella le explicó que no, que las chicas habían salido de casa hacía más de 2 horas y que deberían haber llegado hacía rato. Claudia intentó comunicarse con sus hijas. El celular de Lucía seguía dando tono, pero nadie respondía.

El de Valentina, en cambio, sonó solo dos veces antes de ir directo al buzón de voz, indicando que el teléfono estaba apagado o sin señal. Un nudo de angustia comenzó a formarse en el estómago de Claudia. Conocía a sus hijas. Lucía, especialmente era responsable hasta el punto de ser obsesiva con mantener informada a su madre sobre cualquier cambio de planes.

Que no respondiera el teléfono era extremadamente inusual. A las 3 de la tarde, cuando seguía sin tener noticias, Claudia habló con su supervisora en el hospital y le explicó la situación. le permitieron salir de su turno anticipadamente. Llegó primero a su departamento en Belgrano con la esperanza de encontrar alguna explicación, una nota, algo que indicara qué había sucedido.

El departamento estaba exactamente como las chicas lo habían dejado. Los platos del desayuno en la pileta de la cocina, la cama de Valentina sin hacer, el mate y el diario de Lucía sobre la mesa. todo normal, excepto que ellas no estaban. Desde allí, Claudia se dirigió a la casa de su padre en Santelmo.

Llegó cerca de las 4:30 de la tarde. Esteban genuinamente preocupado. Le mostró su teléfono con el registro de las llamadas sin respuesta. Puntos recorrieron las cuadras entre la casa y las posibles rutas que las chicas podrían haber tomado desde la estación catedral. Preguntaron en kioscos, en bares, en cualquier comercio que estuviera abierto un domingo. Nadie las había visto.

A las 7 de la noche, Claudia hizo la denuncia formal en la comisaría número 9 de Santelmo. El oficial de guardia tomó los datos con cierta rutina profesional que a Claudia le pareció insultante dada la urgencia de la situación. Le explicaron que en casos de personas adultas generalmente se esperaba al menos 24 horas antes de considerarlo una desaparición formal, ya que podían haber decidido ir a algún lado por su cuenta.

Claudia insistió en que eso era imposible, que sus hijas no eran de desaparecer sin avisar, que llevaba más de 7 horas sin poder comunicarse con ellas. Finalmente, el oficial accedió a tomar la denuncia y activó el protocolo de búsqueda. Los investigadores comenzaron a reconstruir los movimientos de las hermanas.

Las grabaciones del subte mostraban claramente su ingreso en juramento, pero no había imágenes definitivas de ellas saliendo en catedral o en cualquier otra estación. Los registros de las antenas de telefonía móvil indicaban que el último contacto del celular de Lucía con la red había ocurrido aproximadamente a las 12:20 del mediodía, con señal desde una antena que cubría el área entre las estaciones Callao y tribunales de la línea D.

El teléfono de Valentina había dejado de emitir señal incluso antes, cerca de las 12:15, en la misma zona general. Durante los días siguientes, la policía amplió la búsqueda. Revisaron hospitales, consultorios médicos, cualquier lugar donde pudieran haber sido atendidas en caso de un accidente. Difundieron las fotografías de las hermanas en medios locales.

Interrogaron a compañeros de estudio de Valentina en la facultad de arquitectura, a colegas de Lucía en el estudio contable donde trabajaba. Todos coincidían en que las hermanas eran personas responsables, sin problemas evidentes, sin enemigos conocidos. Se investigó exhaustivamente a las personas cercanas. El padre de las chicas, Roberto Cabrera, fue localizado en Córdoba.

Los investigadores verificaron que había estado en esa ciudad todo ese fin de semana, trabajando en el taller mecánico que había abierto años atrás. Su nueva pareja y sus vecinos corroboraron su presencia. Además, Roberto prácticamente no tenía contacto con sus hijas desde hacía años. No había razón aparente para que quisiera hacerles daño.

Se revisaron las cuentas bancarias de las hermanas. No había habido movimientos inusuales. Nadie había retirado dinero de los cajeros automáticos. Las tarjetas de crédito no mostraban ningún cargo posterior al 22 de agosto. Los historiales de navegación de sus computadoras fueron analizados minuciosamente.

No había búsquedas extrañas, no había conversaciones en redes sociales con desconocidos, no había ninguna indicación de que estuvieran planeando irse a algún lugar. la cuenta de correo electrónico de Lucía, creada en Yahoo años atrás y que ella usaba principalmente para comunicaciones relacionadas con la universidad y el trabajo. Mostró su última sesión activa el viernes 21 de agosto a las 9:30 de la noche.

Había enviado un correo a un profesor consultando sobre la fecha de entrega de un trabajo final. Después de eso, nada. La cuenta permaneció inactiva. Los meses pasaron sin ninguna pista sólida. La investigación se enfrió gradualmente, sin testigos, sin evidencia física, sin ningún indicio de hacia dónde habían ido las hermanas después de subir a ese tren.

Los investigadores llegaron a un punto muerto frustrante. Las teorías abundaban, pero ninguna podía ser comprobada. ¿Habían sido víctimas de un crimen al azar? ¿Se habían encontrado con alguien conocido que les hizo daño? ¿Habían sufrido algún tipo de accidente que dejó sus cuerpos en un lugar donde nunca fueron encontrados? Sin respuestas, el caso eventualmente fue archivado como desaparición de personas sin resolver.

Los primeros años después de la desaparición de Lucía y Valentina fueron devastadores para Claudia. La incertidumbre era una tortura psicológica constante. No podía llorar a sus hijas como muertas porque no tenía confirmación de que lo estuvieran. Pero tampoco podía vivir con normalidad esperando que volvieran. quedó atrapada en un limbo emocional donde cada llamada telefónica, cada golpe en la puerta, cada noticia sobre un cuerpo no identificado encontrado en algún lugar le provocaba una descarga de adrenalina y terror. Desarrolló insomnio crónico. Pasaba las noches despierta,

reproduciendo mentalmente cada conversación que había tenido con sus hijas en los días previos al desaparecimiento, buscando alguna señal que hubiera pasado por alto, algún indicio de problemas que no había percibido. Se culpaba constantemente por haberles pedido que fueran a Santelmo ese día. Si no les hubiera pedido ese favor, si hubiera esperado a salir de su turno para ella misma acompañar a su padre al hospital, sus hijas seguirían vivas.

Esa certeza irracional, pero persistente la carcomía desde dentro. Dejó de trabajar durante 6 meses. Su estado emocional la incapacitaba para realizar sus tareas en el hospital con la concentración necesaria. Cuando finalmente regresó, lo hizo con horarios reducidos en un área administrativa donde no tenía contacto directo con pacientes.

Sus compañeros la trataban con una compasión que ella interpretaba como lástima, lo cual la hacía sentir aún peor. El departamento en Belgrano se convirtió en un santuario inmóvil. No pudo tocar las habitaciones de sus hijas durante años. Los pósters en las paredes, la ropa en los armarios, los libros en los estantes, todo permaneció exactamente como estaba el 23 de agosto de 2009.

Claudia mantenía una rutina de limpieza obsesiva en esos espacios, quitando el polvo cuidadosamente de cada objeto, como si estuviera preservando un museo dedicado a la memoria de sus hijas. Esteban, el abuelo, desarrolló un complejo de culpa aún más profundo. Se convencía de que si no hubiera llamado esa mañana con sus problemas cardíacos, si hubiera esperado a ir al médico en otro momento, las chicas no habrían tenido razón para salir de su casa ese día.

El dolor en el pecho que había sentido aquella madrugada resultó ser, después de los estudios médicos posteriores, un episodio de reflujo gastroesofágico severo combinado con ansiedad, no un problema cardíaco grave. Esa ironía lo perseguía. Había convocado a sus nietas por una falsa alarma médica y ellas habían desaparecido en el camino. Su salud se deterioró rápidamente después de la desaparición.

La diabetes se descontroló, los problemas cardíacos que antes eran menores se agravaron y desarrolló un cuadro depresivo que ningún medicamento parecía aliviar. Se aisló cada vez más en su casa de Santelmo, rechazando las invitaciones de Claudia para ir a visitarla, incapaz de enfrentar el sufrimiento de su hija sin desmoronarse, él también.

En 2011, 2 años después de la desaparición, Esteban sufrió un accidente cerebrovascular que lo dejó parcialmente paralizado del lado izquierdo. Claudia no tuvo más opción que internarlo en una residencia geriátrica, ya que él ya no podía vivir solo y ella no estaba en condiciones emocionales ni prácticas de cuidarlo a tiempo completo en su propio departamento.

La casa de Santelmo quedó cerrada. con la promesa de Esteban de que algún día, cuando mejorara volvería a vivir allí. Pero ambos sabían que eso probablemente nunca sucedería. Esteban falleció en abril de 2020, a los 89 años, sin haber obtenido nunca respuestas sobre qué había sucedido con sus nietas. Las restricciones de la pandemia de COVID-19 hicieron que su funeral fuera una ceremonia pequeña y apresurada con pocos asistentes.

Claudia lloró tanto por su padre como por sus hijas ausentes, por todas las despedidas que nunca había podido dar apropiadamente. La casa de Santelmo pasó legalmente a Claudia como única heredera. Durante más de 2 años, ella no tuvo la fuerza emocional para enfrentar el proceso de vaciarla y venderla. La propiedad permaneció tal como Esteban la había dejado, acumulando polvo y humedad con las facturas de servicios, pagándose automáticamente desde la cuenta bancaria de Claudia.

Era otro lugar congelado en el tiempo, otro recordatorio de todo lo que había perdido. En el barrio de Santelmo, algunos vecinos recordaban la historia de las hermanas desaparecidas, especialmente los más antiguos que habían conocido a Esteban. Con el paso de los años, sin embargo, la historia se fue diluyendo, reemplazada por nuevas tragedias, nuevas preocupaciones.

La casa de la calle Defensa se convirtió simplemente en una propiedad abandonada más, con las ventanas cerradas y el jardín invadido por malezas. Claudia buscó ayuda en grupos de apoyo para familiares de personas desaparecidas. En esas reuniones semanales encontró a otras madres, otros padres, otros hermanos que vivían con el mismo dolor paralizante de no saber.

Compartían estrategias de supervivencia emocional, se apoyaban mutuamente en las fechas significativas, cumpleaños, aniversarios de la desaparición, días festivos que se volvían insoportablemente dolorosos. Una de las personas que conoció en esos grupos era Marta, una mujer de unos 50 años cuyo hijo había desaparecido en 2006.

Marta le habló a Claudia sobre la importancia de mantener viva la búsqueda, de no permitir que los casos fueran completamente olvidados. Le sugirió que contactara periódicamente con la policía para preguntar si había algún desarrollo nuevo que mantuviera la historia en redes sociales donde fuera posible.

que no dejara que el expediente simplemente acumulara polvo en algún archivo. Siguiendo ese consejo, Claudia desarrolló una relación con algunos periodistas que cubrían casos de desapariciones. Cada tanto, especialmente en los aniversarios, conseguía que publicaran recordatorios sobre el caso de Lucía y Valentina. Creó perfiles en redes sociales dedicados a mantener viva la memoria de sus hijas, publicando fotografías, compartiendo la cronología de los eventos, rogando a cualquiera que tuviera información que se pusiera en contacto con las autoridades. Pero con el paso de los

años, incluso ese esfuerzo se volvió agotador. Para 2020, después de 11 años sin ninguna pista nueva, Claudia había comenzado a aceptar gradualmente que probablemente nunca sabría qué les había sucedido a sus hijas. Esa aceptación no disminuía el dolor, pero al menos le permitía comenzar a imaginar un futuro donde pudiera continuar viviendo a pesar de esa herida permanente en su alma.

En febrero de 2023, 14 años después de la desaparición, Claudia finalmente tomó la decisión de poner en venta la casa de su padre en Santelmo. Ya tenía 62 años, se acercaba a su jubilación y necesitaba el dinero que esa propiedad podría generar para asegurar su futuro financiero.

Además, mantener una casa vacía durante tanto tiempo simplemente no tenía sentido práctico. contrató a una inmobiliaria de la zona para que se encargara de la venta, pero antes de poder mostrar la propiedad a potenciales compradores, era necesario hacer una limpieza profunda y algunas reparaciones menores. La humedad había dañado algunas paredes.

Había que revisar las instalaciones eléctricas y de plomería que habían estado sin uso durante tanto tiempo, y el jardín trasero parecía una selva en miniatura que necesitaba ser domado. La inmobiliaria le recomendó a Matías, un hombre de unos 35 años que se dedicaba a hacer refacciones y mantenimiento de propiedades antiguas. Matías llegó a la casa el 5 de marzo de 2023 para hacer una evaluación inicial del trabajo necesario.

Claudia lo acompañó, aunque entrar a esa casa después de tanto tiempo, la llenó de emociones contradictorias. Cada habitación estaba cargada de recuerdos, no solo de su padre, sino también de sus hijas, de todos los domingos que habían pasado allí cuando eran más jóvenes.

Mientras recorrían la planta baja evaluando el estado de las paredes y ventanas, Claudia mencionó casualmente que el estudio en el segundo piso probablemente necesitaba atención especial, ya que allí su padre tenía muchos documentos y objetos personales que requerían ser organizados antes de cualquier muestra de la propiedad. Matías subió las escaleras chirriantes, sintiendo el peso de los años en cada peldaño de madera.

El estudio era una habitación amplia con ventanas que daban a la calle defensa. Estaba amueblado con un escritorio antiguo de roble, varios estantes repletos de carpetas y libros, un sillón de cuero gastado y en un rincón una computadora de escritorio que parecía ser de mediados de los años 2000.

La capa de polvo sobre todos los objetos era uniforme y gruesa, evidenciando años de absoluto abandono. Matías comentó que sería necesario contratar a alguien especializado en limpieza profunda antes de hacer cualquier trabajo de pintura o reparación. También sugirió que probablemente fuera buena idea revisar qué documentos en esos estantes eran importantes y cuáles podían ser descartados.

Claudia asintió sintiendo el peso de esa tarea, pero sabiendo que era inevitable. Durante las siguientes dos semanas, Claudia comenzó a visitar la casa regularmente para ir organizando los documentos de su padre. Era un proceso emocionalmente extenuante. Cada carta vieja, cada fotografía, cada recuerdo físico de la vida de Esteban le recordaba todo lo que había perdido, pero persistió clasificando metódicamente, creando pilas de documentos para conservar, para desechar, para revisar con más cuidado.

El 19 de marzo de 2023, Matías había comenzado a trabajar en la planta baja de la casa. reparando algunas filtraciones de humedad en las paredes del comedor. Cerca del mediodía subió al estudio para tomar medidas de las ventanas, ya que varias necesitaban ser reparadas o reemplazadas. Mientras trabajaba, notó que la computadora vieja en el rincón todavía estaba enchufada a la pared.

Por curiosidad profesional, verificó si el equipo aún funcionaba, presionando el botón de encendido. Para su sorpresa, la computadora arrancó después de varios segundos de zumbidos y clics del disco duro. La pantalla se iluminó mostrando un fondo de escritorio de Windows XP y varios iconos.

Matías no tenía ninguna intención particular de revisar el contenido, simplemente estaba verificando si el equipo funcionaba o si debía ser descartado como basura electrónica, pero entonces notó algo extraño. En la esquina inferior derecha de la pantalla, donde Windows muestra las notificaciones, había una pequeña ventana emergente indicando que el navegador de internet había sido actualizado recientemente. Eso era extraño, muy extraño.

¿Cómo podía una computadora que había estado apagada durante años tener actualizaciones recientes? Matías sabía lo suficiente de tecnología para entender que eso no tenía sentido a menos que alguien hubiera estado usando esa computadora.

llamó a Claudia, que estaba en la planta baja, organizando cajas, y le explicó lo que había encontrado. Claudia subió las escaleras con cierta dificultad, su corazón acelerándose sin saber exactamente por qué. Cuando llegó al estudio y vio la pantalla encendida de la computadora, sintió una descarga de adrenalina recorrer su cuerpo. Matías le mostró la notificación de actualización del navegador.

La fecha indicaba que la actualización se había instalado el 14 de marzo de 2023, apenas 5 días antes. Eso es imposible, murmuró Claudia. Esta casa ha estado cerrada durante años. Nadie ha entrado aquí. Matías revisó las cerraduras de las ventanas del estudio. Todas estaban aseguradas desde el interior. No había señales de entrada forzada. La puerta de la habitación tampoco mostraba daños.

Si alguien había estado allí, había entrado con llaves y había cerrado todo cuidadosamente. Al salir, Claudia examinó el escritorio más de cerca. Todo parecía exactamente como lo recordaba de años atrás. los mismos papeles, la misma capa de polvo, excepto había un área frente al teclado de la computadora donde el polvo estaba ligeramente alterado, como si alguien hubiera apoyado las manos allí recientemente.

No era obvio a primera vista, pero una vez que lo notabas, la diferencia era clara. Con manos temblorosas, Claudia se sentó frente a la computadora, abrió el navegador de internet Mozila Firefox, según indicaba el icono, y revisó el historial de navegación. Lo que encontró la dejó helada. Había entradas recientes, todas del 14 de marzo entre las 3 y las 5 de la tarde de alguien había navegado por diferentes sitios web ese día, desde esa computadora, en esa casa que se suponía estaba completamente vacía. Pero lo más impactante de todo fue cuando Claudia abrió el historial

completo y vio que entre los sitios visitados estaba Yahoo Mail, el servicio de correo electrónico y la cuenta que había sido accedida era lucía.Cabrera 986 Yahoo com la dirección de correo de su hija Lucía. Por un momento, Claudia sintió que el mundo se detenía. Alguien había ingresado a la cuenta de correo de Lucía desde esta computadora, 14 años después de su desaparición en una casa que se suponía estaba abandonada.

¿Quién? ¿Por qué? ¿Cómo era posible? ¿Cómo? Matías, percibiendo la conmoción de Claudia, le sugirió inmediatamente que llamara a la policía. Esto claramente no era normal. Esto era evidencia de algo, no sabían de qué, pero definitivamente algo significativo había sucedido. La llamada al 9:11 se realizó a las 12:35 del mediodía. Claudia explicó la situación con una voz que temblaba entre la esperanza y el terror.

Una patrulla de la policía de la ciudad llegó 25 minutos después. Los oficiales escucharon la explicación de Claudia, examinaron la computadora y el historial de navegación y rápidamente determinaron que esto necesitaba ser escalado a detectives especializados en casos de personas desaparecidas.

Para las 3 de la tarde, dos investigadores de la división de búsqueda de personas de la policía federal argentina estaban en la casa de Santelmo. Uno de ellos era el inspector Diego Ferreira, un hombre de unos 45 años con 20 años de experiencia en casos de desapariciones. Ferreira recordaba vagamente el caso Cabrera de 2009, aunque en aquel momento él estaba asignado a otra división y no había participado directamente en la investigación.

Lo primero que hicieron los investigadores fue documentar exhaustivamente la escena. Fotografiaron la computadora, el escritorio, las ventanas, las puertas. Revisaron cada entrada y salida posible de la casa. Verificaron las cerraduras. Todas funcionaban correctamente y no mostraban señales de haber sido forzadas.

Eso significaba que quien había entrado tenía llaves o había encontrado alguna forma muy sofisticada de ingresar sin dejar rastros. Claudia explicó que solo existían tres juegos de llaves de la casa. Uno lo tenía ella misma, guardado en su departamento de Belgrano. Otro había sido de su padre, que lo mantenía consigo hasta su muerte en 2020.

Después de lo cual, Claudia había recuperado ese juego también. Y un tercer juego había existido alguna vez como copia de emergencia. Pero Claudia no recordaba con certeza dónde había quedado ese juego después de tantos años. Los investigadores solicitaron a un técnico forense que revisara la computadora en busca de huellas dactilares.

El teclado, el mouse y el gabinete fueron cuidadosamente tratados con polvo revelador. Se encontraron múltiples huellas, algunas viejas y borrosas, otras más recientes y claras. Todas fueron fotografiadas y enviadas para análisis y comparación con bases de datos. Mientras tanto, Ferreira contactó con Yahoo a través de los canales oficiales de investigación policial para solicitar los registros de acceso de la cuenta Lucía. Cabrera no es86ahoo.com.

Este tipo de solicitudes normalmente tomaban varios días o incluso semanas dependiendo de la cooperación de la empresa y los procedimientos legales necesarios. Pero Ferreira presentó el caso como una posible emergencia relacionada con personas desaparecidas, lo cual podía acelerar el proceso. Tres días después, el 22 de marzo, llegó la respuesta de Yahoo con los registros solicitados. La información confirmaba lo que ya sabían.

La cuenta había sido accedida el 14 de marzo de 2023 a las 3:24 de la tarde, hora de Argentina. La dirección IP desde la cual se realizó el acceso correspondía al proveedor de internet de la zona de Santelmo. Más específicamente, los técnicos de la empresa proveedora confirmaron que esa IP estaba asignada al servicio de internet de la casa de la calle Defensa, pero había algo más en los registros que resultó particularmente interesante.

La cuenta no solo había sido accedida ese día de marzo de 2023, también mostraba un acceso anterior el 8 de febrero de 2023 desde la misma dirección IP. Y antes de eso, otro acceso el 30 de noviembre de 2022 y otro el 15 de septiembre de 2022. Los registros completos revelaban un patrón. Durante los últimos seis meses alguien había estado ingresando periódicamente a la cuenta de correo de Lucía desde la casa de Santelmo.

No con mucha frecuencia, quizás una vez cada mes o mes y medio, pero consistentemente, y siempre desde esa misma ubicación. Esto descartaba completamente la posibilidad de que fuera un hackeo remoto o un acceso no autorizado desde algún lugar distante. Quien estaba revisando esa cuenta de correo electrónico tenía acceso físico a la casa, conocía la existencia de esa computadora y había estado haciéndolo durante meses sin que nadie lo supiera.

Ferreira ordenó una vigilancia discreta de la propiedad. Si quien había estado entrando volvía, querían estar listos para interceptarlo. Instalaron una cámara oculta en la calle enfocada hacia la puerta principal de la casa y asignaron a dos oficiales de civil para monitorear la zona en turnos rotativos. Mientras tanto, los resultados del análisis de huellas dactilares comenzaron a llegar.

Como era de esperarse, muchas de las huellas encontradas en la computadora correspondían a Esteban Rivas, el abuelo fallecido. Otras eran demasiado viejas o borrosas para ser identificadas con certeza, pero había un conjunto de huellas más recientes, particularmente en el mouse y en algunas teclas que no coincidían con ninguna persona en las bases de datos policiales. Se tomaron muestras de las huellas de Claudia para Descarte.

no coincidían con las huellas recientes no identificadas. Eso confirmaba que otra persona, alguien sin antecedentes penales previos, había estado usando esa computadora. Claudia estaba en un estado de agitación constante. Oscilaba entre la esperanza irracional de que de alguna manera sus hijas estuvieran vivas y fueran ellas quienes habían estado accediendo a esa cuenta.

Y el terror de imaginar quién más podría ser y qué significaba todo esto. Los investigadores le advirtieron que no se hiciera ilusiones prematuras. El hecho de que alguien estuviera accediendo a la cuenta de Lucía no significaba necesariamente que fuera ella. Podría ser cualquier persona que de alguna manera hubiera obtenido acceso a las credenciales de la cuenta.

El inspector Ferreira decidió revisar completamente el caso original de 2009. solicitó todos los archivos, todos los testimonios, todas las pistas que habían sido investigadas en aquel momento. Quería entender si había algo que se había pasado por alto, alguna conexión que no se había explorado adecuadamente.

Una de las cosas que llamó su atención al revisar los archivos fue un detalle menor que había sido anotado, pero nunca seguido exhaustivamente. Durante la investigación original, varios vecinos de la calle Defensa en Santelmo habían mencionado haber visto ocasionalmente a un joven de unos 20 años entrando o saliendo de la casa de Esteban. Las descripciones eran vagas, alto, delgado, pelo oscuro.

Algunos pensaban que podría ser un familiar o un empleado que ayudaba al anciano con tareas del hogar. nunca se había considerado particularmente relevante porque no había ninguna indicación de que ese joven tuviera alguna relación con la desaparición de las hermanas. Pero ahora, con esta nueva información sobre accesos no autorizados a la casa, Ferreira se preguntaba si ese detalle merecía ser reconsiderado.

¿Quién era ese joven? ¿Qué relación tenía con Esteban? ¿Por qué nunca había sido identificado formalmente? Ferreira decidió volver a entrevistar a los vecinos de la calle Defensa, específicamente a aquellos que llevaban viviendo allí desde antes de 2009. Encontró a la señora Beatriz Suárez, una mujer de 72 años que vivía tres casas más abajo y que conocía a Esteban desde hacía décadas. Beatriz recordaba al joven que ocasionalmente visitaba a Esteban.

Era el hijo de una amiga de la familia, creo, explicó Beatriz mientras tomaban mate en su living. Esteban me había comentado algo así. El muchacho le ayudaba con tareas que él ya no podía hacer por su edad, cambiar lamparitas, mover muebles pesados, ese tipo de cosas. Lo vi por acá algunas veces entre 2008 y 2009 más o menos. ¿Recuerdas su nombre?, preguntó Ferreira.

Beatriz negó con la cabeza. No, nunca nos presentaron formalmente. Era muy callado. Cuando lo veía en la calle, apenas saludaba con un movimiento de cabeza. Esteban sí me había dicho su nombre alguna vez, pero han pasado tantos años, no lo recuerdo. ¿Lo vio alguna vez después de 2009? Beatriz pensó durante un momento.

Ahora que lo menciona, creo que sí. No frecuentemente, pero de vez en cuando lo veía pasar por la calle. Incluso después de que Esteban se mudó a la residencia, asumí que quizás seguía viniendo a mantener la casa o algo así. La última vez que lo vi debe haber sido hace unos meses, antes del verano. Pasó caminando por la vereda, pero no entró a la casa de Esteban. Al menos no que yo viera. Esta información era significativa.

Significaba que había alguien, un hombre joven cuya identidad aún no estaba clara, que tenía alguna conexión con la casa y que había sido visto en la zona incluso recientemente. Era él quien había estado accediendo a la computadora. ¿Qué relación tenía con las hermanas desaparecidas? Ferreira contactó a Claudia para preguntarle si sabía algo sobre este misterioso joven que ayudaba a su padre.

Claudia se quedó pensativa. Mi padre mencionó alguna vez que un vecino le había recomendado a alguien para hacer pequeñas reparaciones en la casa. Esto fue por 2008, creo. Yo nunca lo conocí personalmente. Papá me dijo que era muy responsable y que le cobraba poco, así que lo siguió llamando cuando necesitaba ayuda con algo.

Pero nunca me dijo su nombre. o si lo hizo, yo no lo recuerdo. Después de que las chicas desaparecieron, nunca más hablamos de esas cosas mundanas. Todo quedó congelado en ese momento. La vigilancia de la casa continuó durante dos semanas sin resultados. Nadie intentó entrar. Las cámaras no captaron ningún movimiento sospechoso.

Ferreira comenzó a considerar que quien había estado accediendo a la propiedad podría haberse dado cuenta de que algo había cambiado. Quizás había notado señales de que la casa estaba siendo preparada para la venta o simplemente había decidido dejar de venir por razones que solo él conocía. Decidieron cambiar de estrategia.

En lugar de esperar pasivamente, necesitaban encontrar activamente a esta persona misteriosa. Ferreira ordenó una búsqueda más profunda en los registros de Esteban. revisaron sus cuentas bancarias de los años 2008 y 2009, buscando pagos recurrentes a alguna persona que pudiera ser ese joven ayudante. Encontraron varios retiros de efectivo, pero nada específico que pudiera rastrearse.

Entonces uno de los oficiales que estaba revisando los documentos en el estudio de Esteban encontró algo interesante, una pequeña libreta de direcciones y teléfonos que estaba guardada en uno de los cajones del escritorio. Era de esas libretas viejas con tapa de cuero, donde las entradas estaban escritas a mano en la caligrafía temblorosa de una persona mayor.

Entre las anotaciones encontraron una entrada bajo la letra M que decía simplemente Marcos ayuda casa 43 62 889 y1. No había apellido, no había dirección, solo un nombre de pila y un número de teléfono de línea fija con el característico formato de Buenos Aires de principios de los años 2000. Ferreira verificó el número.

La línea había sido dada de baja en 2011, pero los registros históricos de la compañía telefónica indicaban que había estado registrada a nombre de Patricia Guzmán con una dirección en el barrio de Constitución, a unos 15 minutos en transporte público desde Santelmo. Una búsqueda adicional reveló que Patricia Guzmán, de 58 años, seguía viviendo en esa misma dirección en Constitución.

Ferreira y otro investigador fueron a visitarla el 3 de abril de 2023. Patricia los recibió con visible nerviosismo cuando los detectives se identificaron. Les explicó que vivía sola, trabajaba como empleada administrativa en una empresa de importaciones y que tenía un hijo, Marcos, de 34 años.

Cuando Ferreira preguntó por él, Patricia se puso visiblemente tensa. ¿Qué ha hecho Marcos? preguntó con una mezcla de temor y resignación que sugería que no era la primera vez que la policía preguntaba por su hijo. “No sabemos que haya hecho nada”, respondió Ferreira con tono calmado. “Solo necesitamos hacerle algunas preguntas sobre una investigación en curso. ¿Él vive aquí con usted?” Patricia negó con la cabeza.

“No.” Marcos se fue de casa hace años. Viene a visitarme de vez en cuando, pero no vive aquí. tiene tiene problemas. Siempre los ha tenido. Desde que era adolescente nunca pudo mantener un trabajo estable, nunca terminó la secundaria. Ha estado entrando y saliendo de mi vida durante años.

A veces desaparece durante meses sin dar señales de vida. ¿Sabe dónde podemos encontrarlo? La última vez que vino fue hace como tres semanas. No me dijo dónde estaba viviendo. A veces se queda en pensiones baratas, a veces con amigos. Es difícil mantener el rastro de él. Ferreira le mostró una foto vieja de Esteban Rivas. Este hombre le resulta familiar.

Patricia miró la fotografía y asintió lentamente. Sí, don Esteban. Marcos trabajó para él hace muchos años, ayudándole con cosas en su casa. Era uno de los pocos trabajos que Marcos mantuvo durante un tiempo. Don Esteban fue muy amable con él, muy paciente, más de lo que mi hijo merecía, probablemente.

¿Recuerda cuándo fue eso? Por ahí del 2008 o 2009, algo así. Después, don Esteban dejó de llamar. Asumí que ya no necesitaba ayuda o que había encontrado a alguien más confiable. Ferreira decidió ser más directo. Patricia, necesito que me cuente todo lo que sepa sobre la relación de Marcos con Esteban Rivas y su familia. Es muy importante. Patricia suspiró profundamente, como si estuviera a punto de liberar un peso que había estado cargando durante mucho tiempo. No sé mucho, honestamente.

Marcos nunca fue de hablar mucho sobre su vida, pero hubo algo extraño. Después de que don Esteban tuvo su problema de salud y se mudó a esa residencia, Marcos me mencionó que tenía las llaves de la casa de Santelmo. dijo que don Esteban se las había dado para que revisara la propiedad cada tanto, para asegurarse de que todo estuviera bien.

Yo no le di mucha importancia en ese momento. Pensé que era algo normal cuidar una propiedad para alguien. Marcos sigue teniendo esas llaves. No lo sé. Nunca me las mostró. Solo me lo comentó esa vez. Alguna vez mencionó algo sobre dos chicas que desaparecieron en 2009. Las nietas de Esteban. El rostro de Patricia palideció ligeramente.

Vi las noticias en su momento, era terrible, pero Marcos nunca, él nunca dijo nada sobre eso. ¿Por qué ustedes piensan que él Su quebró incapaz de completar la pregunta que claramente la aterrorizaba formular? La búsqueda de Marcos Guzmán se convirtió en la prioridad principal de la investigación.

Se distribuyó su descripción y la fotografía más reciente que Patricia pudo proporcionar, una imagen del documento nacional de identidad renovado en 2019. Marcos tenía 34 años, 1,75 de altura, complexión delgada, cabello castaño oscuro y ojos marrones. No tenía antecedentes penales formales, solo algunas contravenciones menores por disturbios en la vía pública relacionados con consumo de alcohol.

Patricia colaboró completamente con la investigación, visiblemente angustiada por las implicaciones de lo que estaba emergiendo. Les proporcionó números de teléfono que Marcos había usado en el pasado, aunque admitió que él cambiaba de número frecuentemente y que la mayoría probablemente ya no estaban activos.

También les dio nombres de algunos conocidos de Marcos que ella recordaba de años atrás. Los investigadores comenzaron a rastrear esas conexiones. Uno de los contactos, un hombre llamado Daniel, que había trabajado con Marcos en una construcción brevemente en 2015, les informó que la última vez que había visto a Marcos fue aproximadamente un mes atrás en un bar en el barrio de la Boca. Marcos había estado bebiendo solo.

Parecía más delgado y descuidado de lo usual, pero no habían hablado mucho más allá de un saludo superficial. El 8 de abril, 17 días después del descubrimiento inicial en la computadora, un oficial que patrullaba la zona de Santelmo reportó haber visto a alguien que coincidía con la descripción de Marcos caminando por la calle defensa a dos cuadras de la casa de Esteban.

Cuando el oficial intentó acercarse para verificar su identidad, el hombre notó la presencia policial y comenzó a caminar rápidamente en dirección opuesta, perdiéndose entre las calles del barrio antes de que pudiera ser interceptado. Esto confirmaba que Marcos seguía frecuentando el área. Ferreira intensificó la vigilancia y organizó operativos de búsqueda en las pensiones y lugares de alojamiento económico de Santelmo y barrios adyacentes.

Finalmente, el 11 de abril por la tarde, dos oficiales encontraron a Marcos saliendo de una pensión en la calle México, en el límite entre Santelmo y Monserrat. Cuando los oficiales se identificaron y le pidieron que los acompañara para responder algunas preguntas, Marcos no puso resistencia, pero tampoco dijo una palabra.

Lo trasladaron a una comisaría donde Ferreira estaba esperando para interrogarlo. Marcos Guzmán era un hombre de apariencia demacrada, con ojeras profundas y una barba descuidada. Vestía ropa limpia pero gastada, jeans desteñidos y una campera de algodón azul con manchas en las mangas. Durante la primera hora de interrogatorio se negó completamente a hablar.

Se sentó en la silla con los brazos cruzados, mirando fijamente la mesa, respondiendo con monosílabos o directamente con silencio a cada pregunta que se le hacía. Ferreira cambió de táctica. En lugar de presionarlo con preguntas directas sobre las hermanas desaparecidas, comenzó a hablar sobre Esteban Rivas. Le contó cómo el anciano había vivido sus últimos años, cómo había muerto sin respuestas sobre sus nietas, como eso lo había consumido emocionalmente.

Algo en esa narrativa tocó una fibra en Marcos. Sus ojos se humedecieron ligeramente, aunque seguía sin decir nada. Esteban te tenía confianza. Continuó Ferreira. Te dio las llaves de su casa, te consideraba alguien de fiar. Y tú has estado entrando a esa casa durante años, incluso después de su muerte.

¿Por qué, Marcos? ¿Qué has estado buscando allí? Finalmente, Marcos habló. Su voz era ronca, como si no la hubiera usado mucho recientemente. No estaba buscando nada, solo necesitaba un lugar. ¿Un lugar para qué? para pensar, para estar tranquilo. La casa siempre estuvo vacía después de que don Esteban se fue. Yo tenía las llaves.

A veces, cuando no tenía dónde quedarme o cuando todo se ponía muy pesado, iba allí solo a sentarme, a dormir algunas noches. Nunca rompí nada, nunca robé nada, solo estaba ahí. Y la computadora, ¿por qué accedías a la cuenta de correo de Lucía Cabrera? Marcos cerró los ojos. Y por un momento pareció que iba a volver a encerrarse en el silencio, pero luego casi en un susurro dijo, “Porque ella me pidió que lo hiciera.” La sala quedó en completo silencio.

Ferreira sintió que su pulso se aceleraba. “¿Qué quieres decir con que ella te pidió que lo hicieras? ¿Cuándo? ¿Dónde está Lucía Marcos?” Marcos abrió los ojos y miró directamente a Ferreira por primera vez. Había lágrimas corriendo por sus mejillas. Ella está muerta. Ambas están muertas. Murieron hace mucho tiempo.

Las siguientes dos horas fueron un proceso doloroso de extraer la historia completa de Marcos, una historia que había mantenido enterrada durante 14 años, viviendo con el peso de un secreto que lo había destrozado lentamente desde dentro. Marcos explicó que en 2009, además de trabajar ocasionalmente para Esteban, también hacía trabajos esporádicos en diferentes partes de la ciudad.

El 22 de agosto de ese año, un sábado, había estado en la zona de Palermo instalando rejas en una casa. Terminó el trabajo tarde en la noche y decidió volver a su departamento compartido en Constitución tomando el subte. subió en la estación Palermo de la línea D alrededor de las 11:30 de la noche.

El vagón estaba relativamente vacío a esa hora. Marcos se sentó cerca de la puerta, cansado después de un día de trabajo físico pesado. En la estación Plaza Italia subió un hombre de unos 45 años, bien vestido, con un maletín de cuero. El hombre se sentó cerca de Marcos, pero ambos se ignoraron mutuamente, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

En la estación Escalabrini Ortiz, el hombre se bajó del tren. Marcos lo vio salir y notó que dejaba su maletín olvidado en el asiento. Instintivamente, Marcos agarró el maletín y corrió hacia la puerta, intentando alcanzar al hombre antes de que el tren partiera, pero las puertas se cerraron antes de que pudiera salir.

Marcos se quedó parado allí sosteniendo el maletín de un desconocido sin saber qué hacer. Miró a su alrededor esperando que alguien le indicara algún protocolo, pero los pocos pasajeros que quedaban en el vagón lo ignoraron. Decidió que lo llevaría a la oficina de objetos perdidos de la estación terminal.

Pero entonces, movido por una curiosidad que después lamentaría toda su vida, abrió el maletín. Dentro había documentos de una empresa, una computadora portátil y algo completamente inesperado. Dos paquetes rectangulares envueltos en plástico transparente, conteniendo lo que claramente era una cantidad sustancial de cocaína.

Marcos cerró el maletín inmediatamente, sintiendo una oleada de pánico. Entendió instantáneamente que acababa de meterse en un problema serio. Ese hombre, quien quiera que fuera, probablemente era un distribuidor de drogas o estaba involucrado en algo peligroso. Y ahora Marcos tenía su mercancía. Su primer instinto fue abandonar el maletín en el tren, bajarse en la siguiente estación y olvidar que esto había sucedido.

Pero una parte de él, una parte oscura nacida de años de frustraciones y dificultades económicas, pensó en otra opción. Esa droga valía dinero, mucho dinero. Él conocía gente que podría estar interesada, podría venderla y finalmente tener algo de capital para cambiar su vida. Marcos se bajó en la estación catedral, la terminal de esa rama de la línea D con el maletín bajo el brazo. Eran cerca de las 12 de la noche.

Caminó rápidamente hacia su departamento, el corazón latiéndole con fuerza, constantemente mirando sobre su hombro, esperando que nadie lo siguiera. Lo que Marcos no sabía era que el dueño del maletín, un hombre llamado Germán Palacios, que trabajaba como contador para una organización dedicada al tráfico de drogas en la zona norte de Buenos Aires, se había dado cuenta de su error apenas salió a la calle en Escalabrini Ortiz.

Cuando volvió corriendo a la estación, el tren ya había partido. Palacios entró en pánico. Esa droga no era suya. era de sus superiores. Estaba transportándola desde un punto de acopio hacia otro. Su pérdida significaba no solo la pérdida de una cantidad considerable de dinero, sino también la sospecha de robo interno, algo que en esa organización se castigaba severamente.

Palacios tenía contactos en la policía que estaban en la nómina de la organización. A través de ellos pudo acceder a las grabaciones de las cámaras de seguridad del subte esa noche. Las imágenes mostraban a Marcos tomando el maletín. Las grabaciones no eran de gran calidad, pero eran suficientes para identificarlos y se sabía qué buscar.

Ahora viene la parte de la historia que conecta todo con las hermanas Cabrera y es la más dolorosa de todas. Al día siguiente, ese domingo 23 de agosto, Marcos estaba en su habitación del departamento compartido, todavía con el maletín, sin haberse decidido qué hacer con él. Alrededor del mediodía recibió una llamada en su celular desde un número desconocido.

La voz al otro lado era calmada, pero con un tono de amenaza implícita imposible de ignorar. “Tenés algo que nos pertenece”, dijo la voz. Queremos recuperarlo y queremos asegurarnos de que no hables con nadie sobre esto. Marcos intentó negar, intentó inventar alguna excusa, pero la voz lo interrumpió. Te vimos en las cámaras, sabemos quién sos y podemos saber dónde vivís. No compliques las cosas.

Encontrate con nosotros, devolvé lo que tomaste y esto termina ahí. Le dieron una dirección en Santelmo, cerca del parque Lesama, y le dijeron que estuviera allí a las 3 de la tarde. Marcos estaba aterrorizado. Consideró ir a la policía, pero ¿cómo explicaría que había tomado el maletín? ¿Cómo probaría que no había sido un robo intencional? Y si esta gente tenía contactos en la policía, como suelen tener las organizaciones criminales, denunciarlos podría ser incluso más peligroso.

Decidió ir al encuentro, devolver el maletín y esperar que lo dejaran en paz. Salió de su departamento cerca de las 2 de la tarde con el maletín, pero estaba tan nervioso que tomó un camino diferente al que normalmente usaba, dando vueltas por calles secundarias, verificando constantemente que no lo siguieran.

Fue durante ese recorrido errático que sucedió lo impensable. Mientras caminaba por una calle cerca de la estación Independencia, literalmente se cruzó con Lucía y Valentina Cabrera. Las hermanas estaban caminando juntas por la vereda, claramente viniendo desde la dirección de la estación de subte de catedral, dirigiéndose hacia Santelmo.

Marcos las conocía, las había visto varias veces cuando trabajaba en la casa de su abuelo Esteban. Habían intercambiado saludos cordiales en esas ocasiones, aunque nunca habían tenido conversaciones profundas. Lucía al verlo levantó la mano en un gesto amistoso de saludo. Marcos, ¿cómo estás? Vamos a visitar al abuelo.

¿Tú también vas para allá? Marcos, consumido por su pánico y por el peso del maletín que cargaba, apenas pudo responder coherentemente. Murmuró algo sobre tener que hacer un mandado rápido y siguió caminando apresuradamente. Las chicas probablemente lo encontraron extraño, pero no le dieron mayor importancia. Marcos llegó al punto de encuentro especificado, un edificio abandonado cerca del parque Lesama, que estaba en proceso de remodelación, pero temporalmente vacío.

Allí lo esperaban tres hombres. Ninguno de ellos era el que había olvidado el maletín en el subte. eran claramente miembros de más bajo rango de la organización, enviados para recuperar la mercancía y probablemente para darle una lección a Marcos sobre lo que sucedía cuando uno tomaba cosas que no le pertenecían. Marcos les entregó el maletín inmediatamente con manos temblorosas.

Uno de los hombres lo abrió para verificar que el contenido estuviera intacto. Contaron los paquetes de droga, verificaron que no faltara nada. Parecía que todo estaba en orden. Marcos sintió un destello de esperanza de que quizás lo dejarían ir.

Pero entonces uno de los hombres preguntó, “¿Se lo mostraste a alguien? ¿Alguien más sabe de esto?” “No a nadie, lo juro. Solo lo agarré por accidente. No sabía qué contenía hasta que lo abrí.” y luego solo quería devolverlo. No le dije a nadie. Los hombres se miraron entre sí. Uno de ellos sacó un teléfono y se alejó unos pasos para hacer una llamada, presumiblemente reportando a un superior que habían recuperado la mercancía.

La conversación fue breve. Cuando volvió, su expresión era más oscura. “Hay un problema”, dijo. Te vieron con dos chicas hace rato. ¿Quiénes son? ¿Les contaste algo? Marcos sintió que se le helaba la sangre. Lo habían estado siguiendo todo este tiempo. Habían visto su breve encuentro con Lucía y Valentina.

Son solo conocidas. Nos cruzamos por casualidad. No les dije nada. Ni siquiera hablamos. No saben nada sobre nada. ¿Dónde están ahora? No sé. Dijeron que iban a visitar a su abuelo en Santelmo. No tiene nada que ver con esto. Por favor, déjenlas tranquilas. Pero el daño ya estaba hecho.

Para esa organización, incluso la posibilidad de que alguien más supiera algo sobre el incidente del maletín era un riesgo inaceptable. No importaba que Lucía y Valentina realmente no supieran nada. Lo importante era eliminar cualquier cabo suelto potencial. Uno de los hombres agarró a Marcos violentamente por el brazo.

Vas a venir con nosotros y vas a ayudarnos a asegurarnos de que esas chicas no representen un problema. Marcos intentó resistirse. Intentó argumentar que era innecesario, pero le pusieron una pistola en las costillas y lo forzaron a subir a un auto que estaba estacionado cerca.

Le vendaron los ojos y condujeron durante lo que parecieron horas, pero probablemente fueron solo 30 minutos, dando vueltas por diferentes calles para desorientarlo. Cuando finalmente le quitaron la venda, Marcos se encontró en lo que parecía ser una casa abandonada en algún lugar que él no podía identificar. Los hombres lo obligaron a darles toda la información que tenía sobre las hermanas, sus nombres, dónde vivían.

¿A dónde habían dicho que iban? Marcos, aterrorizado, les dio la dirección de la casa de Esteban en Santelmo. Lo que sucedió después es algo que Marcos solo conoce parcialmente, basándose en lo que los mismos hombres le dijeron más tarde y en lo que pudo reconstruir. Dos de los hombres fueron a la casa de Esteban.

Sabían que el anciano estaría allí esperando a sus nietas. Era el blanco perfecto para un secuestro que no generaría atención inmediata de las autoridades. Tocaron el timbre de la casa alrededor de las 5 de la tarde. Esteban, esperando a sus nietas, abrió la puerta. Los hombres se identificaron como policías mostrando credenciales falsas y le dijeron que necesitaban hablar con él sobre un incidente que involucraba a sus nietas. Esteban, preocupado, los dejó entrar.

Una vez dentro, la situación cambió rápidamente. Le explicaron que sus nietas estaban involucradas en algo peligroso y que él debía cooperar si quería volver a verlas. Le ordenaron que llamara a Claudia y le dijera que las chicas no vendrían, que habían cambiado de planes, inventando cualquier excusa que sonara natural.

Esteban, aterrorizado, pero intentando proteger a sus nietas, hizo la llamada. logró sonar razonablemente calmado, diciéndole a Claudia que las chicas habían pasado por su casa brevemente, pero que luego habían decidido ir a otra parte, que estaban bien, que no se preocupara. Claudia, aunque encontró extraño que no la hubieran llamado ellas directamente, no sospechó nada inmediatamente catastrófico.

Los hombres se quedaron con Esteban en la casa esperando. Su plan era atraer a las hermanas cuando llegaran, pero pasaron las horas y las chicas nunca aparecieron. Lo que no sabían era que Lucía y Valentina nunca habían llegado a Santelmo esa tarde.

En algún punto de su trayecto, entre su encuentro con Marcos y la casa de su abuelo, otro grupo de la misma organización las había interceptado. Las hermanas fueron secuestradas en plena calle, en una zona relativamente transitada cerca del parque Lesama, alrededor de las 2:30 de la tarde. Fue rápido y profesional. Un auto se detuvo junto a ellas.

Dos hombres las forzaron a subir, amenazándolas con armas ocultas bajo sus chaquetas y partieron antes de que nadie pudiera reaccionar. Los pocos testigos que vieron algo asumieron que era algún tipo de arresto policial o un asunto familiar violento. El tipo de cosas en las que uno no se mete en Buenos Aires si valora su seguridad.

Las llevaron a la misma casa abandonada donde tenían a Marcos. Allí los hombres las interrogaron durante horas. ¿Qué sabían sobre el maletín? Marcos les había contado algo. ¿Habían visto algo? Las hermanas estaban completamente desconcertadas. No tenían idea de qué les estaban preguntando. Solo habían saludado brevemente a Marcos en la calle. No sabían nada sobre ningún maletín, ninguna droga, nada.

Pero cuanto más insistían las chicas en su ignorancia, más desconfiados se volvían sus captores. Pensaban que estaban mintiendo, que estaban protegiendo a Marcos. La situación escaló. Hubo gritos, amenazas, violencia física. Valentina, la menor, estaba histérica llorando incontrolablemente.

Lucía intentaba mantener la calma, intentaba razonar con sus captores, pero era inútil. Marcos estaba en otra habitación de la casa, también prisionero, escuchando lo que estaba sucediendo. El peso de la culpa era insoportable. Él había provocado esto. Su estúpida decisión de tomar ese maletín, su pánico, su encuentro casual con las hermanas, todo había culminado en esta pesadilla. Entonces sucedió lo peor.

Uno de los hombres, frustrado por lo que percibía como la falta de cooperación de las hermanas, se volvió excesivamente violento. Lo que comenzó como interrogatorio y intimidación se convirtió en algo mucho más oscuro. Hubo un forcejeo. Valentina intentó defender a su hermana. Se escuchó un disparo. El silencio que siguió fue aterrador.

Después vinieron gritos, confusión, otro disparo y luego silencio completo. Cuando llevaron a Marcos a la habitación donde habían tenido a las hermanas, vio los cuerpos. Lucía y Valentina estaban muertas. La escena era caótica, sangrienta, horrible. Marcos vomitó en el piso. Sus piernas se dieron. Esto no era lo que se suponía que sucedería.

Nada de esto debía haber sucedido. Los hombres estaban sorprendentemente calmados dada la situación. Evidentemente esto no era la primera vez que manejaban consecuencias violentas de sus operaciones. Le dijeron a Marcos que él también estaba muerto si hablaba con alguien sobre esto. Conocían su nombre, su dirección, su madre.

Si él decía una palabra a las autoridades, no solo moriría él, sino todos los que le importaban. Durante las horas siguientes, Marcos fue obligado a ayudar a disponer de los cuerpos. Era una forma de atarlo al crimen, de asegurarse de que nunca pudiera hablar sin incriminarse a sí mismo. Lo llevaron a un lugar en la periferia de Buenos Aires, un terreno industrial abandonado donde había varios pozos profundos que habían sido excavados años atrás para algún proyecto de construcción que nunca se completó. Allí, en la oscuridad de esa noche,

enterraron los cuerpos de Lucía y Valentina Cabrera. Después, los hombres le dieron a Marcos una última advertencia. Desaparecé, mantené la boca cerrada y viví con lo que hiciste. Si alguien pregunta, “No sabés nada. Si alguna vez pensas en ir a la policía, recordá que estás tan involucrado como nosotros en esto. Tenés tanta culpa como cualquiera.

Y así Marcos Guzmán comenzó a vivir con el secreto más pesado imaginable. Sabía dónde estaban las hermanas, sabía cómo habían muerto, sabía que era responsable, pero no podía decir nada. En los días y semanas que siguieron a la desaparición, cuando la noticia se difundió por los medios y la policía comenzó a investigar, Marcos vivió en un estado constante de terror.

Cada vez que veía una patrulla, cada vez que sonaba su teléfono, pensaba que este era el momento en que todo se descubriría, pero nadie lo relacionó con el caso. Él era solo un joven que ocasionalmente hacía trabajos para el abuelo de las chicas. No había razón para que fuera considerado sospechoso. Los años pasaron.

Marcos desarrolló un problema grave con el alcohol, un intento de ahogar los recuerdos que lo perseguían cada noche. No podía mantener trabajos estables, no podía formar relaciones significativas. Todo en su vida se desmoronó lentamente, corroído por dentro por el secreto que cargaba. Cuando Esteban murió en 2020, Marcos sintió una combinación de alivio y tristeza aún más profunda.

El anciano había muerto sin saber qué les había pasado a sus nietas, sin la posibilidad de llorarlas apropiadamente. Y Marcos había contribuido a eso. Pero fue después de la muerte de Esteban que Marcos comenzó a entrar regularmente a la casa de Santelmo. Seguía teniendo las llaves que Esteban le había dado años atrás. cuando hacía trabajos de mantenimiento.

La casa vacía se convirtió en un refugio extraño para él, un lugar donde podía estar solo con su culpa sin el ruido constante del mundo exterior. Fue durante una de esas visitas en el invierno de 2022 cuando Marcos estaba sentado en el estudio de Esteban, que decidió encender la vieja computadora. no tenía un propósito particular, solo quería distraerse.

Navegó sin rumbo por internet durante un rato y entonces, por una razón que él mismo no podía explicar completamente, decidió intentar acceder a la cuenta de correo de Lucía. Conocía su dirección de correo porque la había visto escrita en papeles en la casa de Esteban años atrás y logró adivinar la contraseña después de varios intentos. Era algo simple.

Valentina 2006, el nombre de su hermana y el año en que había empezado la universidad. Dentro del correo, Marcos encontró la vida digital congelada de Lucía, mensajes de profesores, conversaciones con amigos, planes que nunca se cumplirían. Fue devastador y de alguna manera reconfortante.

Era como poder hablar con ella, aunque ella nunca pudiera responderle. Marcos comenzó a visitar la cuenta regularmente. No enviaba mensajes, no hacía nada con ella, solo leía los correos viejos, recordaba a las chicas que había ayudado indirectamente a matar y lloraba en silencio en ese estudio polvoriento.

Después de que Marcos terminó de contar su historia, hubo un largo silencio en la sala de interrogatorio. El inspector Ferreira procesaba todo lo que acababa de escuchar. Era una confesión completa de un crimen atroz. Aunque técnicamente Marcos no había matado a las hermanas directamente, pero había sido el catalizador, el primer eslabón en la cadena de eventos que llevó a sus muertes.

¿Dónde están los cuerpos?, preguntó Ferreira finalmente, su voz cuidadosamente controlada. Dinos exactamente dónde las enterraron. Marcos describió la ubicación lo mejor que pudo recordar. Era un terreno industrial en el partido de la Matanza, en la zona oeste del gran Buenos Aires, cerca de la ruta 3. Explicó las características del lugar, los pozos, la forma del terreno.

Ferreira inmediatamente ordenó que equipos forenses se prepararan para ir a buscar en esa área. Dos días después, el 13 de abril de 2023, después de usar radar de penetración terrestre y excavadoras, los equipos forenses encontraron restos humanos enterrados en el lugar que Marcos había indicado.

El análisis preliminar de ADN, comparado con muestras de Claudia confirmó lo que todos ya sabían. Eran los restos de Lucía y Valentina Cabrera. Claudia recibió la noticia en su departamento de Belgrano, acompañada por un psicólogo de la policía y por algunos amigos del grupo de apoyo. Después de 14 años de incertidumbre tortuosa, finalmente tenía una respuesta.

Sus hijas estaban muertas. Habían estado muertas todo este tiempo. No había esperanza de reencuentro, no había milagro posible, solo la cruda realidad de que las había perdido para siempre. Paradójicamente, junto con el dolor devastador de la confirmación, también había una especie de liberación.

La incertidumbre había sido una tortura psicológica que en cierto modo era peor que la muerte confirmada. Ahora podía llorarlas apropiadamente. Ahora podía comenzar un proceso de duelo real. El funeral se realizó una semana después. Cientos de personas asistieron, amigos de las chicas de la universidad y el trabajo, vecinos del barrio, miembros de grupos de familiares de personas desaparecidas, periodistas que habían seguido el caso durante años.

Claudia leyó una carta que había escrito para sus hijas, donde les hablaba de todo lo que había sentido durante estos 14 años, de cuánto las había extrañado, de cómo nunca las había olvidado ni por un segundo. Marcos Guzmán fue acusado de ser cómplice de secuestro y de encubrimiento de homicidio. Los fiscales argumentaron que aunque no había matado directamente a las hermanas, su robo del maletín y su subsecuente comportamiento habían sido la causa directa de la cadena de eventos que llevó a sus muertes. Además, su silencio durante 14

años constituía encubrimiento de un crimen grave. El juicio se llevó a cabo durante el invierno de 2024. Marcos se declaró culpable de todos los cargos. No intentó defenderse ni minimizar su responsabilidad. En su declaración final ante el tribunal, habló directamente a Claudia, que estaba presente en la sala.

Sé que no hay palabras que puedan hacer esto mejor. No hay disculpa que sea suficiente. He vivido durante 14 años con el peso de lo que hice, con las caras de Lucía y Valentina en mis pesadillas cada noche, pero sé que mi sufrimiento no es nada comparado con el suyo. Usted perdió a sus hijas por mi culpa, por mi estupidez, mi debilidad, mi cobardía.

Si pudiera cambiar lo que sucedió, si pudiera volver atrás y tomar decisiones diferentes, lo haría sin dudar, pero no puedo. Lo único que puedo hacer es aceptar el castigo que me corresponde y esperar que de alguna manera esto le traiga algo de paz. Marcos fue sentenciado a 20 años de prisión. La sentencia consideró que aunque no había cometido el asesinato directamente, su participación en el encubrimiento y su silencio prolongado habían causado un daño inmenso a la familia Cabrera. En cuanto a los hombres que realmente mataron a las hermanas, la

investigación continuó. Basándose en la información proporcionada por Marcos, la policía pudo identificar a algunos miembros de la organización criminal involucrada. Varios fueron arrestados en operativos realizados durante los meses siguientes.

Algunos fueron eventualmente condenados por los asesinatos, aunque otros nunca fueron encontrados, probablemente habían huído del país o simplemente se habían disuelto en el submundo criminal de Buenos Aires. Claudia vendió finalmente la casa de Santelmo en 2025. No podía mantenerla después de todo lo que había sucedido allí.

Con el dinero de la venta y su jubilación, se mudó a un departamento más pequeño en un barrio tranquilo, lejos de los lugares que le recordaban constantemente su tragedia. Comenzó a trabajar como voluntaria en una organización que ayudaba a familias de personas desaparecidas, compartiendo su experiencia, ofreciendo el tipo de apoyo que ella había necesitado desesperadamente durante todos esos años.

encontró un sentido de propósito en ayudar a otros que estaban atravesando el mismo infierno que ella había vivido. Los cumpleaños de Lucía y Valentina, el 23 de agosto, Navidad, todos los días que antes habían sido celebraciones, ahora eran días de recordatorio. Pero Claudia aprendió a vivir con ese dolor, no superándolo, sino incorporándolo a su vida de una manera que le permitía continuar funcionando.

A veces, en las noches tranquilas, Claudia se sentaba con el álbum de fotos de sus hijas y recordaba los momentos felices, sus primeros pasos, sus graduaciones, las tardes de domingo tomando mate juntas. Trataba de enfocarse en esos recuerdos, en las vidas que Lucía y Valentina habían vivido, no solo en la forma horrible en que habían muerto.

La historia de las hermanas Cabrera se convirtió en un caso ampliamente conocido en Argentina, no solo por el misterio de su desaparición, sino por la revelación de cómo el crimen organizado puede destruir vidas inocentes por pura coincidencia. Estudiantes de criminología analizaban el caso en sus clases. Periodistas escribían artículos sobre las lecciones que podían aprenderse.

Para Claudia, sin embargo, no era un caso de estudio. Era la vida y muerte de sus dos hijas, dos personas completas y complejas reducidas a nombres en titulares. Ella luchaba constantemente contra esa reducción, recordándole a quien quisiera escuchar que Lucía y Valentina no eran solo víctimas, sino personas con sueños, con personalidades, con toda una vida por delante que les fue arrebatada violentamente.

El último correo en la cuenta de Lucía, ese que ella había enviado el 21 de agosto de 2009 consultando sobre un trabajo final, permanecía allí sin respuesta. Era un recordatorio congelado en el tiempo de todo lo que nunca pudo ser, esa carrera que nunca terminó, esa matrícula profesional que nunca obtuvo, esa vida que nunca pudo vivir completamente.

Este caso nos muestra como una decisión impulsiva en un momento de debilidad puede desencadenar una cascada de consecuencias devastadoras que afectan a personas completamente inocentes. También revela la capacidad destructiva del silencio y la cobardía frente a la culpa. Marcos Guzmán vivió 14 años con el peso de su secreto, pero su sufrimiento nunca se comparó con el de Claudia, quien pasó esos mismos años en un limbo de incertidumbre insoportable.

¿Qué opinan ustedes de este caso? Marcos merece compasión por su remordimiento o su silencio prolongado es imperdonable. ¿Notaron las señales a lo largo de la narrativa que apuntaban hacia la resolución?