Historia real. La tragedia de Rosa Herrera, 1856, Michoacán. El día que su boda terminó en muerte. Hola a todos, ¿cómo están? Sean bienvenidos a un nuevo relato de nuestra historia. Si aún no lo han hecho, les invito a suscribirse al canal para no perderse ninguna de estas historias que rescatan del olvido.

Y díganme en los comentarios desde dónde nos están viendo y a qué hora están escuchando esta historia. Ahora sí, los dejo con esta tragedia que marcó a Michoacán para siempre, parte 1. El amanecer del 15 de junio de 1856 llegó a Patscuaro con una bruma espesa que se arrastraba desde el lago, envolviéndose entre los tejados de barro cocido y las torres de la basílica de Nuestra Señora de la Salud.

Era un sábado que prometía claridad hacia el mediodía, cuando el sol de junio rompería esa cortina gris. y bañaría las calles empedradas con su luz dorada. Las campanas de la iglesia comenzaron a repicar antes de las 6 de la mañana, anunciando no solo la misa matutina, sino también el evento que había mantenido en vilo a todo el pueblo durante semanas, la boda de Rosa Herrera Villalobos y Diego Montalbán Arismendi.

Rosa tenía 22 años y era considerada la mujer más hermosa de Patscuaro. Su belleza no era solo física, aunque su rostro ovalado, de piel morena clara y ojos oscuros como el obsidiana, provocaba suspiros entre los jóvenes del pueblo. Era su porte, la manera en que caminaba con la espalda recta y la cabeza en alto, lo que la hacía destacar.

Había sido educada por las monjas del convento de Santa Catalina hasta los 18 años, donde aprendió a leer, escribir, bordar y tocar el piano. Su padre, don Jerónimo Herrera, era dueño de una hacienda mediana dedicada al cultivo de maíz y trigo en las afueras del pueblo. Y aunque no pertenecía a las familias más acaudaladas de Michoacán, gozaba de respeto y cierta influencia.

Diego Montalbán, por otro lado, representaba todo lo que una familia como los Herrera podía aspirar. A sus 35 años, Diego era el único hijo varón de don Sebastián Montalbán, uno de los terratenientes más ricos de la región, cuyas propiedades se extendían desde Patscuaro hasta Santa Clara del Cobre. Los Montalbán habían amasado su fortuna durante generaciones, primero con la minería de cobre y luego con la agricultura y el comercio.

Diego había estudiado en la Ciudad de México y había regresado 5 años atrás para hacerse cargo de los negocios familiares tras la muerte de su padre. Era un hombre alto, de complexión robusta, con el cabello negro peinado hacia atrás y un bigote espeso que le daba un aire de autoridad. Su carácter era reservado, casi osco, pero su posición social lo convertía en el partido más codiciado de la región.

El compromiso entre Rosa y Diego se había anunciado 6 meses antes, en diciembre de 1855, durante las festividades navideñas. Don Jerónimo había visto en esa unión la oportunidad de asegurar el futuro de su hija y de elevar el estatus de su familia. Rosa, por su parte, había aceptado el compromiso sin objeciones aparentes.

Durante esos meses, los preparativos de la boda habían ocupado cada momento de su vida. La confección del vestido de novia, un elaborado diseño en seda blanca traída desde Puebla, la selección del banquete que incluiría mole michoacano, carnitas de cerdo, tamales y aguas frescas de diversos sabores, la decoración de la casa de los Herrera, donde se celebraría la fiesta tras la ceremonia religiosa.

Pero mientras el pueblo entero se preparaba para la celebración, pocos sabían que Rosa guardaba un secreto que la atormentaba, un secreto que había intentado enterrar en lo más profundo de su corazón, pero que resurgiría esa misma mañana con consecuencias devastadoras. La casa de los Herrera, ubicada en la calle real, a dos cuadras de la plaza principal, era una construcción colonial de dos pisos, con muros de adobe pintados de un ocre profundo y un portón de madera tallada.

El patio interior, con su fuente central rodeada de macetas con geranios y bugambilias, era el orgullo de doña Elvira, la madre de Rosa. Esa mañana, desde antes del alba, la casa hervía de actividad. Las criadas iban y venían con jarras de agua caliente, sábanas limpias y vestidos recién planchados. En la cocina, tres mujeres preparaban el desayuno, mientras otras dos comenzaban con los preparativos del banquete.

El aire olía a café recién molido, pan dulce horneándose y canela. Rosa se había levantado antes que nadie. No había dormido bien. Las últimas semanas había padecido insomnio, despertándose en mitad de la noche con el corazón acelerado y un nudo en el estómago que no podía explicar.

Esa madrugada, tras dar vueltas en la cama durante horas, había decidido levantarse cuando apenas comenzaba a clarear. Se había puesto una bata de algodón sobre el camisón y había salido al balcón de su habitación en el segundo piso, desde donde se veía parte del lago de Patcuaro y más allá, las siluetas oscuras de las montañas. La bruma lo cubría todo como un manto fantasmal.

Rosa se abrazó a sí misma, sintiendo el frío de la mañana penetrar a través de la tela fina. Pensó en Diego, en el hombre con quien se casaría en unas horas. Lo había visto apenas un puñado de veces desde el compromiso, siempre en presencia de otros, siempre con esa formalidad que impedía cualquier conversación íntima. Diego era cortés, incluso considerado, pero distante. Rosa no lo amaba. Eso lo sabía.

Pero tampoco lo detestaba, simplemente era un extraño con quien compartiría el resto de su vida. “Así es como debe ser el matrimonio”, se preguntó en voz baja, mirando hacia el lago invisible bajo la niebla. Su madre le había dicho que el amor vendría con el tiempo, que el respeto y el cariño se construían día a día.

Pero Rosa no estaba segura de poder construir nada con un hombre al que apenas conocía. Escuchó pasos apresurados en el pasillo y se giró hacia la puerta de su habitación. Era Lupita, la criada más joven de la casa, una muchacha de apenas 16 años que había crecido sirviendo a la familia Herrera. Lupita entró sin llamar, con los ojos muy abiertos y las mejillas sonrojadas.

Niña Rosa, su madre la está buscando. Dice que debe bañarse y desayunar pronto porque las señoras que van a ayudarla a vestirse llegarán en una hora. Rosa asintió y entró de nuevo a su habitación. Sobre la cama, extendido con cuidado, estaba su vestido de novia. Lo contempló durante un largo momento. Era hermoso, no podía negarlo.

El corpiño ajustado, bordado con flores de seda blanca, la falda amplia con capas de tulían hasta el suelo. Había costado una fortuna y representaba meses de trabajo de las costureras más hábiles de Patscuaro. Pero al mirarlo, Rosa no sintió emoción, solo un vacío profundo. Se bañó en la tina de porcelana que habían llenado las criadas con agua tibia perfumada con pétalos de rosa.

Después se puso un vestido sencillo de algodón azul y bajó al comedor, donde su madre la esperaba con un desayuno que Rosa apenas podía imaginar probar. El estómago se le había cerrado. “Debes comer algo, hija”, insistió doña Elvira, una mujer menuda de cabello gris recogido en un moño apretado. “Será un día largo y no puedes desmayarte en el altar.” Rosa intentó sonreír y tomó un trozo de pan dulce que masticó sin saborearlo.

Su padre entró en ese momento ya vestido con su traje de gala, el cabello cano peinado con esmero. Don Jerónimo era un hombre de unos 50 años de rostro curtido por el sol y las manos callosas de quien había trabajado la tierra toda su vida. miró a su hija con orgullo. Hoy es un gran día para nuestra familia, Rosa.

Los Montalbán son gente de honor. Diego te cuidará bien. Rosa bajó la mirada. Sí, padre. Don Jerónimo notó algo en su voz, una vacilación que le resultó inquietante. Pero antes de que pudiera preguntar, entró uno de los mozos para informarle que habían llegado los músicos para revisar el espacio donde tocarían durante la fiesta.

Don Jerónimo salió apresurado, dejando a Rosa a solas con su madre. ¿Estás bien, hija?, preguntó doña Elvira poniendo una mano sobre la de Rosa. Rosa quiso decir la verdad. Quiso confesar que no estaba segura, que tenía miedo, que su corazón estaba dividido, pero las palabras no salieron. En su lugar, asintió y murmuró, “Solo estoy nerviosa, madre.

Es normal, ¿verdad?” Doña Elvira sonríó con ternura. Es completamente normal. Yo también estaba aterrada el día de mi boda. Pero mira, tu padre y yo hemos tenido una vida buena juntos. Ya verás que todo estará bien, pero no todo estaría bien, porque en ese preciso momento alguien más en Páscuaro se preparaba para asegurarse de que esa boda nunca se llevara a cabo.

Alguien que conocía el secreto de Rosa mejor que nadie, alguien que no estaba dispuesto a dejarla partir. Las horas transcurrieron con rapidez. A las 9 de la mañana llegaron las señoras que ayudarían a Rosa a vestirse, doña Mercedes, la esposa del juez municipal y su hermana, doña Pilar, junto con dos amigas cercanas de la familia.

Subieron al cuarto de Rosa cargando cajas con flores frescas para adornar su cabello, un velo de encaje que había pertenecido a la abuela de Diego y diversos afeites para empolvar el rostro de la novia. Rosa se dejó hacer. Se sentó frente al espejo de su tocador mientras las mujeres revoloteaban a su alrededor, peinándola, maquillándola, colocándole el vestido con cuidado para no arrugar ni una sola capa de tul. Miraba su reflejo como si fuera el de una desconocida.

Esa mujer del espejo, con los labios pintados de rojo tenue y las mejillas sonrosadas, con el cabello recogido en un elaborado peinado adornado con azahares, no parecía ella misma. Estás preciosa”, suspiró doña Mercedes dando un paso atrás para admirar su trabajo. Diego es un hombre afortunado. Rosa forzó una sonrisa. Gracias, doña Mercedes.

Afuera, el sol ya había disipado la bruma y bañaba las calles de Patscuaro con una luz brillante. La ceremonia estaba programada para las 11 de la mañana en la basílica. Los invitados ya comenzaban a llegar. llenando las bancas de la iglesia. Diego había llegado temprano acompañado de su madre, doña Catalina, una mujer severa, vestida toda de negro, a pesar de que no guardaba luto.

Los Montalbán ocuparon la primera fila del lado derecho, mientras que los Herrera harían lo propio del lado izquierdo. Faltaban apenas 30 minutos para que Rosa bajara las escaleras y subiera al carruaje que la llevaría a la iglesia. Las señoras que la habían vestido salieron de la habitación para darle un momento de privacidad antes de la partida.

Rosa se quedó sola, de pie frente al espejo, mirándose fijamente. Fue entonces cuando escuchó un suave golpe en la puerta. Pensó que sería Lupita o su madre, pero la puerta se abrió lentamente y entró alguien a quien Rosa no esperaba ver allí. No en ese momento, no en ese día. Era Tomás Salazar.

El corazón de Rosa se detuvo por un instante. Tomás cerró la puerta trás de sí con cuidado, asegurándose de que nadie lo hubiera visto subir. Era un hombre de 28 años, de estatura media, delgado, pero musculoso, con el rostro anguloso y la piel bronceada por el trabajo al aire libre. Su cabello castaño oscuro caía desordenado sobre su frente y sus ojos, de un verde claro inusual, la miraban con una mezcla de dolor y determinación.

“Tomás, ¿qué haces aquí?”, susurró Rosa con la voz entrecortada. “No puedes estar aquí si alguien te ve.” “Tenía que verte”, dijo Tomás dando un paso hacia ella. Una última vez, antes de que cometas el error más grande de tu vida. Rosa retrocedió sintiendo que las piernas le temblaban. Tomás, por favor, ya hablamos de esto. ¿Sabes que no puede ser? No puede ser, repitió Tomás.

Y había amargura en su voz. O no quieres ser Rosa. ¿De verdad vas a hacer esto? ¿Vas a casarte con un hombre al que no amas solo porque tiene tierras y dinero? No es solo eso,”, replicó Rosa, aunque su voz carecía de convicción. “Es mi deber, mi familia, al tu familia”, estalló Tomás, pero enseguida bajó la voz al recordar dónde estaban.

“Perdóname, no quise decir eso, pero Rosa, lo que sentimos el uno por el otro, eso no se puede ignorar. No puedes fingir que no existe. Rosa cerró los ojos sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir. Tomás tenía razón. Lo que habían compartido no podía ignorarse. Su historia había comenzado dos años atrás, cuando Rosa aún vivía en el convento y Tomás trabajaba como capataz en la hacienda de su padre.

Se habían conocido durante la época de cosecha, cuando Rosa había regresado a casa para las festividades de Navidad. Tomás era inteligente, trabajador, con una capacidad natural para leer y escribir que había aprendido por su cuenta, pero sobre todo era gentil y sincero de una manera que Rosa nunca había experimentado. se habían enamorado en secreto.

Encuentros furtivos en los campos, conversaciones susurradas bajo los árboles cuando nadie los veía, cartas escondidas entre los libros de rosa. Durante un año completo habían soñado con un futuro juntos. Tomás había ahorrado cada peso que ganaba, planeando comprar un pequeño terreno donde pudieran construir una vida.

Rosa se había atrevido a imaginar esa vida simple, modesta, pero llena de amor. Pero todo había cambiado cuando don Jerónimo se enteró, no de la relación en sí, sino del interés de los Montalbán por rosa. Para don Jerónimo, la oportunidad era demasiado valiosa para desperdiciarla.

había alejado a Rosa de la Hacienda, enviándola de vuelta al convento con el pretexto de que debía completar su educación. Y cuando finalmente la trajo de regreso, fue para presentarle a Diego como su futuro esposo. Rosa había intentado revelarse, había llorado, suplicado, argumentado, pero don Jerónimo había sido inflexible.

Esto es lo mejor para ti, para todos nosotros”, había dicho Tomás. Es un buen muchacho, pero no tiene nada que ofrecerte. Diego puede darte una vida de comodidad y seguridad. No seas tonta, hija. Y Rosa finalmente había cedido, no por cobardía, sino por agotamiento, por la presión de su madre, por las expectativas de la sociedad, por el peso de saber que su negativa arruinaría a su familia.

había roto con Tomás en una carta que le había desgarrado el corazón escribir. Le había pedido que la olvidara, que siguiera con su vida, que encontrara a alguien más. Pero Tomás no la había olvidado y ahora estaba allí en su habitación en el día de su boda. Parte dos. Rosa, mírame, dijo Tomás acercándose más. Todavía estamos a tiempo.

Podemos irnos ahora mismo. Tengo caballos esperando a las afueras del pueblo. Podemos llegar a Morelia en unas horas, casarnos allí, empezar de nuevo. Rosa lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Y luego, ¿qué, Tomás? Mi padre me desheredaría, me repudiaría, tú y yo viviríamos como fugitivos, siempre mirando atrás. No puedo hacerle eso a mi familia.

No puedo hacértelo a ti, pero puedes hacértelo a ti misma”, replicó Tomás con amargura. “Puedes condenarte a una vida sin amor, a compartir la cama con un hombre que ni siquiera conoces.” Rosa se llevó las manos al rostro soyozando. No es justo, Tomás. Nada de esto es justo. Tomás la abrazó entonces, estrechándola contra su pecho.

Rosa se dejó ir por un momento, permitiéndose sentir la calidez de sus brazos, el latido de su corazón. Durante esos breves segundos, el mundo exterior dejó de existir. No había boda, no había dieego, no había obligaciones, solo existían ellos dos. Pero el momento se rompió cuando escucharon pasos apresurados en el pasillo.

Tomás se separó de Rosa y miró hacia la puerta con tensión. Tengo que irme, murmuró. Pero Rosa, piénsalo. Estaré esperando junto al lago, en el viejo muelle hasta el mediodía. Si decides venir, si decides elegir tu propia felicidad, estaré allí. Te esperaré. Antes de que Rosa pudiera responder, Tomás se acercó a la ventana, la abrió con cuidado y salió al balcón.

Desde allí, usando las enredaderas que cubrían la pared, descendió al patio trasero y desapareció entre los arbustos. Rosa corrió a la ventana y lo vio alejarse. Su figura oscura perdiéndose entre las sombras de los árboles. Se quedó allí temblando con el corazón partido en dos. Unos segundos después, la puerta se abrió y entró doña Elvira.

Rosa, cariño, es hora de estás llorando. ¿Qué pasa? Rosa se secó rápidamente las lágrimas. Nada, madre, solo son los nervios. Ya estoy bien. Doña Elvira la miró con preocupación, pero no insistió. Está bien, ven. Debemos irnos ya. El carruaje está listo y la gente está esperando en la iglesia. Rosa asintió y permitió que su madre la guiara fuera de la habitación.

Mientras descendía las escaleras, sosteniendo el voluminoso vestido para no tropezar, su mente era un torbellino de pensamientos contradictorios. Las palabras de Tomás resonaban en sus oídos. Estaré esperando junto al lago. Podía hacerlo. Podía cambiar de opinión en el último momento, subir al carruaje y en lugar de ir a la iglesia pedirle al cochero que la llevara al lago. Podía elegir el amor por encima del deber.

Pero al llegar al vestíbulo y ver a su padre esperándola, impecable en su traje oscuro, con los ojos húmedos de emoción, supo que no podía hacerlo. Don Jerónimo se acercó y le ofreció el brazo. “Estás radiante, hija mía”, dijo con voz ronca. Tu madre y yo estamos muy orgullosos de ti. Rosa tragó saliva y tomó su brazo.

Salieron de la casa bajo una lluvia de pétalos de flores que las vecinas arrojaban desde sus ventanas. El carruaje adornado con listones blancos y ramos de asucenas esperaba frente al portón. Don Jerónimo ayudó a Rosa a subir, asegurándose de que el vestido no se ensuciara. Doña Elvira subió después acomodándose junto a su hija.

Don Jerónimo se sentó frente a ellas y dio la señal al cochero. El trayecto hasta la basílica era corto, apenas 5 minutos, pero a Rosa le pareció eterno. Las calles estaban llenas de gente que se había asomado para ver pasar a la novia. Los niños corrían junto al carruaje riendo y gritando.

Rosa los veía pasar como en un sueño, sin realmente verlos. Su mente estaba en otro lugar, en el lago, en Tomás, en la decisión que debía tomar y que ya había dejado de ser una opción. Cuando llegaron a la basílica, las campanas repicaron con fuerza. Rosa bajó del carruaje, ayudada por su padre, y se detuvo un momento frente a las grandes puertas de madera tallada.

Respiró profundamente, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón. Desde el interior de la iglesia llegaba el sonido del órgano tocando la marcha nupsial. “Lista”, preguntó don Jerónimo, apretando suavemente su brazo. Rosa asintió sin palabras. Las puertas se abrieron y ella entró del brazo de su padre. La basílica estaba repleta.

Todas las familias importantes de Páscuaro estaban allí junto con comerciantes, funcionarios del gobierno y campesinos que habían trabajado para los Herrera o los Montalbán. Los rostros se volvieron hacia ella con admiración. Algunos murmuraban lo hermosa que estaba, otros sonreían con emoción.

Al frente, junto al altar, esperaba Diego. Vestía un traje negro impecable con un chaleco de seda gris y una corbata negra. Su expresión era seria, casi solemne. Cuando sus ojos se encontraron con los de Rosa, él no sonríó, simplemente asintió levemente, como si cumpliera con un protocolo establecido.

Rosa avanzó por el pasillo central, paso a paso, con la mirada fija al frente. A cada lado, los invitados se ponían de pie en señal de respeto. La música del órgano llenaba el espacio reverberando en las paredes de piedra. Los vitrales dejaban pasar la luz del mediodía, proyectando manchas de colores sobre el suelo de mosaico.

Cuando finalmente llegó al altar, don Jerónimo le besó la mejilla y puso su mano en la de Diego. Rosa sintió los dedos fríos de su futuro esposo cerrarse sobre los suyos. Se colocaron frente al padre Anselmo, un anciano sacerdote de cabello blanco que había bautizado a Rosa cuando era bebé. El padre Anselmo comenzó la ceremonia con las palabras tradicionales. Hermanos en Cristo, nos reunimos hoy ante la presencia de Dios para unir en santo matrimonio a Diego y Rosa. Pero Rosa no escuchaba.

Su mente vagaba lejos de allí. pensaba en Tomás, solo junto al lago, esperándola con la esperanza de que ella apareciera. Imaginaba la desilusión en su rostro cuando pasaran los minutos y ella no llegara. Imaginaba su dolor y el suyo propio. Rosa Herrera Villalobos aceptas a Diego Montalván Arismendi como tu legítimo esposo para amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza.

y en la pobreza hasta que la muerte lo separe. El silencio se extendió en la iglesia. Todos esperaban su respuesta. Diego la miraba con impaciencia. Doña Elvira, sentada en la primera banca tenía las manos entrelazadas en oración. Don Jerónimo parecía contener la respiración. Rosa abrió la boca para decir sí, pero las palabras no salieron. Un nudo en la garganta se lo impedía. Tosió suavemente intentando despejarse.

El padre Anselmo la miró con preocupación. Rosa insistió con suavidad. Sí, susurró finalmente Rosa, tan bajo que algunos invitados no la escucharon. Sí, acepto. Un suspiro colectivo de alivio recorrió la iglesia. El padre Anselmo sonrió y se volvió hacia Diego. Diego Montalbán Arismendi, ¿aceptas a Rosa Herrera Villalobos como tu legítima esposa para amarla y respetarla en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe? Acepto, respondió Diego con voz firme y clara. Entonces, por el poder que me ha

sido otorgado por la Santa Iglesia Católica, los declaro marido y mujer. Diego, ¿puedes besar a tu esposa. Diego levantó el velo de rosa con movimientos precisos y se inclinó para besarla. Fue un beso breve, formal, sin pasión. Cuando se separaron, los invitados estallaron en aplausos. Las campanas de la basílica volvieron a repicar, anunciando la consumación del matrimonio.

Rosa y Diego caminaron de regreso por el pasillo, ahora como esposos, mientras los invitados los felicitaban desde las bancas. Afuera, frente a la iglesia, los músicos comenzaron a tocar sones tradicionales. Se arrojaron más pétalos de flores. La gente se aglomeró para ver a los recién casados subir al carruaje que los llevaría de regreso a casa de los Herrera para la celebración.

Pero mientras el carruaje avanzaba por las calles empedradas con rosa sentada junto a Diego en un silencio incómodo, algo terrible estaba a punto de suceder, algo que cambiaría todo lo que había ocurrido hasta ese momento. Cuando llegaron a la casa de los Herrera, el patio estaba repleto de mesas cubiertas con manteles blancos, adornadas con centros de flores frescas.

Los músicos ya habían tomado sus posiciones en un rincón, preparándose para tocar durante toda la tarde y la noche. El aroma del mole y las carnitas llenaba el aire. Los criados iban y venían con bandejas de comida y jarras de pulque y agua fresca. Rosa bajó del carruaje sintiéndose exhausta, aunque la fiesta apenas comenzaba. Diego fue rodeado de inmediato por sus amigos y conocidos que lo felicitaban y le daban palmadas en la espalda.

Rosa se vio arrastrada hacia un grupo de mujeres que querían admirar de cerca su vestido y su velo. Respondía a sus comentarios con sonrisas automáticas y palabras vacías. La comida se sirvió al cabo de una hora. Rosa y Diego ocuparon los lugares de honor en la mesa principal. elevada sobre una plataforma para que todos pudieran verlos. Rosa apenas tocó su plato.

El estómago se le había cerrado por completo. Diego, en cambio, comía con apetito, conversando ocasionalmente con los hombres sentados a su alrededor sobre asuntos de negocios y política. Los discursos comenzaron después del plato principal. Don Jerónimo se puso de pie y habló emocionado sobre la alegría de ver a su hija casada con un hombre de honor como Diego.

Doña Catalina, la madre de Diego, habló brevemente sobre la importancia de la familia y la tradición. Otros invitados se sucedieron, brindando por la felicidad de los novios. Rosa sonreía y asentía, pero por dentro se sentía vacía. miró el reloj de la sala. Eran las 3 de la tarde. Hacía 3 horas que Tomás debía haber dejado de esperarla junto al lago.

Probablemente ya se había ido, convencido de que ella había elegido la seguridad por encima del amor. Y tenía razón, eso era exactamente lo que había hecho. Cuando los discursos terminaron, comenzó la música. Diego la llevó al centro del patio para el primer baile como marido y mujer. Rosa dejó que él la guiara en un bals lento, sintiendo la mano de Diego en su cintura, firme, pero impersonal. Bailaban rodeados de invitados que los observaban y aplaudían.

Rosa mantenía la sonrisa fija en su rostro, aunque por dentro sentía que se estaba rompiendo en pedazos. Después del primer baile, otros invitados se unieron a la pista. Rosa aprovechó un momento de distracción para excusarse y subir a su habitación. Necesitaba un momento de soledad, lejos de las miradas, lejos del bullicio.

Subió las escaleras con prisa, levantando la falda del vestido para no tropezar. Entró en su habitación y cerró la puerta tras sí, apoyándose contra ella con los ojos cerrados. Por fin podía respirar. Se acercó a la ventana y la abrió, dejando que el aire fresco de la tarde entrara.

Desde allí podía escuchar la música y las risas que venían del patio, pero amortiguadas, lejanas. se quedó de pie frente a la ventana, mirando hacia el lago que se extendía a lo lejos. Pensó en Tomás, en su rostro, en su voz, en la manera en que la miraba como si fuera lo más valioso del mundo. Pensó en la vida que habían soñado juntos y que nunca tendría.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, silenciosas, pero abundantes. No supo cuánto tiempo estuvo allí, perdida en sus pensamientos. Podían haber sido minutos o una hora. Lo único que la sacó de su trance fue un golpe suave en la puerta. “Rosa, ¿estás ahí?”, era la voz de Lupita. Rosa se secó rápidamente las lágrimas y se aclaró la garganta. “Sí, Lupita, pasa.

” La puerta se abrió y Lupita entró con cautela. Niña Rosa, su madre pregunta por usted. Dice que ya es hora del brindis final y que los invitados quieren verla. Rosa asintió. Enseguida bajo. Solo necesito un momento para arreglare, Lupita dudó mordiéndose el labio inferior, como si quisiera decir algo más. Rosa la conocía lo suficiente para notar su inquietud.

¿Qué pasa, Lupita? ¿Hay algo más? Lupita bajó la voz hasta convertirla en un susurro. Niña Rosa, vi a alguien rondando la casa esta mañana antes de que usted saliera para la iglesia. Un hombre estaba en el jardín trasero mirando hacia su ventana. El corazón de Rosa dio un vuelco. ¿Quién era? No pude verle bien el rostro, pero tenía el cabello oscuro y vestía ropas de trabajador.

Cuando me vio, se fue corriendo. Rosa sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Tomás había regresado después de su encuentro en la habitación esa mañana. Pero, ¿por qué? Ya le había dicho que estaría esperándola en el lago. ¿Por qué volvería a arriesgarse a ser descubierto? Se lo dijiste a alguien. preguntó Rosa con urgencia. Lupita negó con la cabeza.

No, niña. Pensé que tal vez era alguien de la fiesta que se había perdido, pero ahora que lo pienso, se veía extraño, como si estuviera buscando algo o a alguien. Rosa se acercó a Lupita y le puso las manos en los hombros. Lupita, es muy importante que no le digas esto a nadie, ¿me entiendes? a nadie.

Lupita asintió, aunque sus ojos reflejaban confusión. Sí, niña Rosa, no diré nada. Gracias. Ahora ve y dile a mi madre que bajo en un momento. Lupita salió de la habitación cerrando la puerta trás de sí. Rosa se quedó inmóvil intentando procesar lo que acababa de escuchar. Si realmente había sido Tomás, ¿qué estaba haciendo? ¿Acaso no había aceptado su decisión? Un mal presentimiento comenzó a formarse en su pecho, pero lo apartó de su mente. No podía pensar en eso ahora.

Tenía que bajar, sonreír, continuar con la farsa. Se retocó el maquillaje frente al espejo, se aseguró de que el velo estuviera en su lugar y salió de la habitación. Bajó las escaleras con cuidado y regresó al patio, donde la fiesta continuaba en pleno apogeo. Diego la buscó con la mirada y le hizo un gesto para que se acercara.

Los invitados aplaudieron cuando Rosa se unió a él nuevamente. Don Jerónimo levantó su copa para el brindis final. Por Rosa y Diego, que tengan una vida larga y próspera, llena de amor y descendencia. Salud. Salud. repitieron todos al unísono levantando sus copas. Rosa bebió el vino dulce que le habían servido, sintiendo el líquido bajar por su garganta como fuego.

Los músicos comenzaron a tocar de nuevo y la fiesta se extendió hasta bien entrada la noche. Pero mientras todos celebraban, nadie notó la figura oscura que observaba desde las sombras del jardín oculta entre los árboles. Una figura que llevaba horas esperando el momento adecuado. una figura que no estaba dispuesta a irse sin obtener lo que había venido a buscar. Parte tres.

La fiesta se extendió hasta pasada la medianoche. Los invitados bebían, bailaban y cantaban ajenos al cansancio. Rosa había perdido la cuenta de cuántas veces había bailado, cuántas manos había estrechado, cuántas felicitaciones había recibido. Todo se había convertido en un borrón de rostros sonrientes y palabras vacías.

Diego permanecía a su lado la mayor parte del tiempo, cumpliendo con su papel de esposo atento, aunque sus conversaciones se limitaban a formalidades y comentarios superficiales sobre los invitados. Cerca de la 1 de la madrugada, doña Elvira se acercó a Rosa con discreción. Hija, es hora de que tú y Diego se retiren.

Está preparada la habitación de huéspedes para ustedes. La costumbre dictaba que los recién casados pasarían su primera noche juntos en casa de la familia de la novia antes de mudarse a su nuevo hogar. Rosa sintió que el estómago se le contraía. Había estado evitando pensar en ese momento durante todo el día, pero ahora era inevitable.

asintió sin palabras y buscó a Diego con la mirada. Él estaba conversando con un grupo de hombres cerca de las mesas con una copa de vino en la mano y el rostro ligeramente enrojecido por el alcohol. Doña Elvira se acercó a él y le susurró algo al oído. Diego asintió y se despidió de sus compañeros. Los recién casados se dirigieron hacia la casa, seguidos por las miradas cómplices y los susurros de algunos invitados.

Rosa subió las escaleras con las piernas temblorosas, consciente de que Diego venía detrás de ella. La habitación de huéspedes estaba en el segundo piso, al final del pasillo. Cuando llegaron, Rosa abrió la puerta y entró primero. La habitación había sido preparada con esmero. La cama grande estaba cubierta con sábanas blancas recién planchadas y un cobertor de encaje.

Sobre la mesita de noche ardían dos velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes. Habían colocado flores frescas en un jarrón y dejado una jarra con agua y dos copas de cristal. Diego cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie junto a ella, mirando a Rosa con una expresión que ella no supo interpretar. No era deseo ni ternura. Era algo más cercano a la obligación, a la resignación.

Ha sido un día largo, dijo Diego finalmente, aflojándose la corbata. Sí. murmuró Rosa sin saber qué más decir. Diego se acercó a la mesita y se sirvió un vaso de agua que bebió de un trago. Rosa permaneció de pie junto a la ventana inmóvil. Sentía que debía hacer o decir algo, pero no sabía qué. No habían hablado de esto.

Nadie les había dicho cómo debían comportarse en este momento. “¿Necesitas ayuda con el vestido?”, preguntó Diego con una voz que intentaba sonar casual, pero que resultaba incómoda. “Yo sí, por favor”, respondió Rosa girándose de espaldas a él. Diego se acercó y comenzó a desabrochar los pequeños botones que recorrían la espalda del vestido.

Sus dedos eran torpes, no acostumbrados a esa tarea. Rosa contenía la respiración, sintiendo cada roce de sus manos como si fuera el de un extraño, porque eso era lo que Diego era, un extraño. Cuando finalmente logró desabrochar todos los botones, el corpiño se aflojó y Rosa lo sostuvo contra su pecho.

Se alejó unos pasos y dijo, “Necesito un momento, por favor.” Diego asintió y se sentó en el borde de la cama, quitándose los zapatos. Rosa tomó su camisón de dormir, que Lupita había dejado cuidadosamente doblado sobre una silla, y salió de la habitación hacia el baño, que estaba al otro lado del pasillo.

Se cambió allí quitándose el pesado vestido de novia y el corsé que había estado apretándola todo el día. Se puso el camisón blanco de algodón, largo hasta los tobillos y con mangas largas. Se miró en el espejo del baño. Su rostro estaba pálido, los ojos enrojecidos por el cansancio y las lágrimas contenidas. Se echó agua fría en la cara intentando despejarse.

“¿Puedes hacer esto?”, se dijo a sí misma en voz baja, “Es tu deber como esposa. Puedes hacerlo.” Pero las palabras sonaban huecas, porque en su corazón sabía que esto estaba mal, que entregarse a un hombre al que no amaba solo porque era lo que se esperaba de ella, era una traición a sí misma. Pero ya no había marcha atrás, ya había pronunciado los votos, ya era la esposa de Diego Montalván ante Dios y ante la ley.

Respiró profundamente y regresó a la habitación. Diego se había cambiado y vestía un pijama de algodón. Estaba sentado en el borde de la cama con las manos sobre las rodillas mirando al suelo. Levantó la vista cuando Rosa entró. Hubo un momento de silencio incómodo. Finalmente, Diego se puso de pie y se acercó a ella.

Rosa, yo quiero que sepas que seré un buen esposo para ti. Te daré una buena vida, una casa cómoda, todo lo que necesites. Rosa asintió. Lo sé, Diego, y yo intentaré ser una buena esposa. Diego extendió la mano y tomóla de rosa. Sus dedos eran ásperos, callosos, a pesar de su riqueza. La llevó hacia la cama. Rosa se dejó guiar, sintiendo como si estuviera fuera de su propio cuerpo, observando la escena desde algún lugar distante.

Se recostaron juntos. Diego apagó las velas sumiendo la habitación en la oscuridad. Solo la luz tenue de la luna que entraba por la ventana permitía distinguir las siluetas. Diego se acercó a Rosa buscando su rostro con las manos. La besó con más urgencia que en la iglesia, con menos ceremonia.

Sus manos exploraron el cuerpo de Rosa por encima del camisón. Rosa intentó responder. Intentó corresponder de alguna manera, pero su cuerpo estaba rígido, tenso. No podía relajarse. Cada caricia de Diego le recordaba que no eran las manos de Tomás, que nunca serían las manos de Tomás.

Diego debió notarlo porque se detuvo. ¿Estás bien?, preguntó en la oscuridad. Sí, mintió Rosa, solo estoy nerviosa. Es normal, ¿no? Diego suspiró. Sí, supongo que sí. Se recostó de espaldas mirando al techo. Podemos esperar si quieres. No hay prisa. Rosa sintió una mezcla de alivio y culpa. Gracias, susurró. Se quedaron así, lado a lado en la cama, sin tocarse, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Rosa escuchaba la respiración de Diego volverse más lenta, más profunda, hasta que finalmente se quedó dormido. Ella, en cambio, permaneció despierta con los ojos abiertos en la oscuridad. Las horas pasaron con una lentitud torturante. Rosa escuchaba los sonidos de la casa. Los últimos invitados despidiéndose, las criadas recogiendo platos y mesas, las puertas cerrándose. Poco a poco el silencio se instaló.

Debían ser cerca de las 4 de la madrugada cuando Rosa finalmente sintió que el sueño comenzaba a vencerla, pero justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, escuchó algo que la puso alerta. un sonido suave, como si alguien estuviera caminando en el pasillo. Se incorporó ligeramente, conteniendo la respiración. Miró hacia la puerta.

Por debajo de ella se veía la tenue luz de una vela moviéndose. Alguien estaba allí afuera. Pensó que sería una de las criadas, tal vez Lupita, haciendo una última ronda antes de irse a dormir. Pero los pasos se detuvieron frente a su puerta. Hubo un silencio largo. Rosa sentía su corazón latiendo con fuerza.

Entonces escuchó un susurro apenas audible: “Rosa, se le heló la sangre. Reconocía esa voz. Era Tomás. Se levantó de la cama con cuidado de no despertar a Diego y se acercó a la puerta. Tomás!” Susurró apenas pegando los labios a la rendija de la puerta. Abre la puerta”, dijo la voz desde el otro lado. “Necesito hablar contigo.

” “No puedo,”, respondió Rosa sintiendo el pánico apoderarse de ella. “Tomás, ¿qué haces aquí? Es peligroso. Si alguien te ve, me iré después de que hablemos. Solo abre la puerta, por favor.” Rosa miró hacia la cama donde Diego dormía profundamente.

Sabía que no debía abrir esa puerta, que era una locura, pero la urgencia en la voz de Tomás la aterraba. Giró el pestillo con cuidado, haciendo el menor ruido posible, y abrió la puerta apenas unos centímetros. Tomás estaba allí con el rostro demacrado y los ojos enrojecidos. Parecía no haber dormido en días. Llevaba la misma ropa con la que lo había visto esa mañana, ahora arrugada y sucia.

En su mano derecha sostenía algo que Rosa no logró distinguir en la penumbra. “Tomás, no puedes estar aquí”, susurró Rosa con desesperación. “Por favor, vete, te lo suplico.” “Te esperé”, dijo Tomás y su voz sonaba rota. Te esperé hasta que se puso el sol, pero no viniste. Me dejaste allí solo como un tonto.

Lo siento dijo Rosa sintiendo las lágrimas acumularse en sus ojos. Lo siento tanto, Tomás, pero no podía hacerlo. No podía destruir a mi familia. ¿Y qué hay de nosotros? Replicó Tomás elevando ligeramente la voz. ¿Qué hay de lo que sentíamos? Ya no significa nada, significa todo. Soy sorosa. Pero no es suficiente. Yo te casaste con él. Interrumpió Tomás con amargura.

Te acostaste con él. No dijo Rosa rápidamente. No lo hice. Él está dormido y yo. Pero se detuvo dándose cuenta de que eso no importaba. Estaba casada legalmente, moralmente, ante Dios. Nada de lo que dijera cambiaría eso. Tomás apretó los puños. No puedo aceptarlo, Rosa. No puedo vivir sabiendo que estás con él, que dormirás a su lado cada noche, que tendrás sus hijos. No puedo.

Tomás, por favor, suplicó Rosa, tienes que dejarlo ir. Tienes que seguir con tu vida. encontrarás a alguien más, alguien que pueda darte lo que yo no puedo. No quiero nadie más, dijo Tomás. Y había algo oscuro en su voz, algo que Rosa no había escuchado antes. Te quiero a ti y si no puedo tenerte.

En ese momento, Rosa vio lo que Tomás sostenía en la mano. Era un cuchillo, un cuchillo de monte con una hoja larga y afilada que brillaba débilmente a la luz de la vela. El terror se apoderó de ella. Tomás, ¿qué vas a hacer? Por favor, guarda eso. Tomás miró el cuchillo como si acabara de darse cuenta de que lo tenía en la mano.

No voy a lastimarte a ti, dijo con voz extrañamente calmada. Nunca te lastimaría, Rosa. Pero él É él te quitó de mí. Él destruyó nuestro futuro. No, susurró Rosa con horror. Tomás, no. No puedes. Pero Tomás ya había apartado a Rosa y empujado la puerta. Entró a la habitación con pasos decididos hacia la cama donde Diego dormía.

Rosa intentó detenerlo agarrándolo del brazo, pero Tomás era más fuerte. La empujó suavemente a un lado y se plantó junto a la cama. Diego, despertado por el ruido, abrió los ojos. Tardó un momento en comprender lo que estaba viendo. Un hombre extraño en su habitación sosteniendo un cuchillo. Se incorporó de un salto con los ojos muy abiertos.

¿Quién diablos eres? ¿Qué haces aquí? Soy el hombre que ama a tu esposa, dijo Tomás con voz firme. El hombre al que le arrebataste todo. Diego miró a Rosa buscando una explicación. En su rostro había confusión, pero también comprensión. Así que es verdad, dijo lentamente, los rumores sobre ti y un trabajador de tu padre pensé que eran solo habladurías.

No son habladurías, dijo Tomás, y no voy a permitir que la mantengas atrapada en un matrimonio que no quiere. Diego se puso de pie enfrentando a Tomás a pesar del cuchillo. Rosa pronunció sus votos. Es mi esposa ante la ley y ante Dios. No tienes ningún derecho sobre ella. Derecho escupió Tomás.

¿Crees que el matrimonio te da derecho sobre ella? La compraste como si fuera ganado tú y tu maldito dinero. Diego apretó la mandíbula. Vete ahora y no diré nada de esto a las autoridades, pero si te quedas un minuto más, haré que te encierren. Tomás soltó una risa amarga.

encerrarme, prefiero mil veces la cárcel que vivir, sabiendo que ella está contigo. Y entonces, antes de que nadie pudiera reaccionar, Tomás se abalanzó sobre Diego con el cuchillo en alto. Diego levantó los brazos para defenderse y los dos hombres comenzaron a forcejear. Rosa gritó, un grito agudo que cortó el silencio de la noche. Se escucharon pasos apresurados en el pasillo. Alguien golpeó la puerta.

¿Qué pasa allí dentro? Era la voz de don Jerónimo. Pero dentro de la habitación la lucha continuaba. Diego era más corpulento que Tomás, pero Tomás tenía la ventaja del arma y la desesperación. Rodaron por el suelo golpeándose contra los muebles. El jarrón de flores cayó y se hizo añicos.

Las velas se apagaron con el movimiento del aire, sumiendo la habitación en una oscuridad. Casi total. Rosa corría de un lado a otro sin saber qué hacer, gritando para que se detuvieran. La puerta se abrió de golpe y entraron don Jerónimo y dos de los mozos que se habían quedado a dormir en la casa después de ayudar con la fiesta.

Traían lámparas de aceite que iluminaron la escena caótica. Sepárenlos”, gritó don Jerónimo. Los mozos se abalanzaron sobre los dos hombres, intentando separarlos. Finalmente lograron apartar a Tomás de Diego. Pero cuando la luz iluminó a Diego, todos se quedaron helados. Tenía sangre en la camisa del pijama, mucha sangre.

Se llevó la mano al costado y cuando la retiró estaba completamente roja. Dios mío”, susurró doña Elvira, que había llegado detrás de don Jerónimo. “Está herido.” Diego se tambaleó y cayó de rodillas. Uno de los mozos corrió a sostenerlo. “Hay que llamar al médico!”, gritó. “Rápido.” Tomás, aún sostenido por los mozos, dejó caer el cuchillo al suelo.

Su rostro había perdido todo el color. Miraba a Diego con horror, como si recién comprendiera lo que había hecho. Yo no no quería, solo quería. Balbuceó. Don Jerónimo se arrodilló junto a Diego, rasgando la camisa del pijama para ver la herida. Era profunda. En el costado izquierdo, justo debajo de las costillas. La sangre manaba sin parar.

Presiona aquí con fuerza”, le ordenó a doña Elvira, que temblaba, pero obedeció. Se volvió hacia uno de los mozos. “Tú ve corriendo a buscar al doctor Hidalgo. Dile que es urgente. Corre.” El mozo salió disparado de la habitación. Rosa estaba paralizada junto a la pared, con las manos cubriéndose la boca, mirando toda la escena con ojos desorbitados. Diego respiraba con dificultad. su rostro cada vez más pálido.

“Rosa”, murmuró extendiendo una mano hacia ella. Rosa se acercó y tomó su mano. Estaba fría y temblorosa. “Aguanta, Diego, el doctor viene en camino”, dijo con voz quebrada. Don Jerónimo se volvió hacia los mozos que sujetaban a Tomás. “Llévenselo al cobertizo y enciérrenlo allí. Mañana lo entregaremos a las autoridades.

Los mozos arrastraron a Tomás fuera de la habitación. Él no puso resistencia. Iba con la cabeza gacha, derrotado. Los siguientes minutos fueron eternos. Doña Elvira presionaba la herida con un paño que se empapaba de sangre una y otra vez. Don Jerónimo había traído más paños limpios. Diego entraba y salía de la conciencia.

A veces abría los ojos y miraba a Rosa. Otras veces los cerraba y su respiración se volvía tan débil que todos temían que fuera el último aliento. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, pero fueron apenas 20 minutos, llegó el doctor Hidalgo. Era un hombre mayor de unos 60 años con el cabello completamente blanco y unas gafas redondas que constantemente se resbalaban por su nariz.

Llevaba su maletín negro de cuero gastado. Se arrodilló junto a Diego sin perder tiempo en preguntas. Examinó la herida con manos expertas mientras todos los demás contenían la respiración. La herida es profunda, dijo finalmente, tenemos que detener la hemorragia y coser esto de inmediato.

Necesito agua hirviendo, agujas esterilizadas, hilo quirúrgico y más paños limpios. Y todos ustedes, salgan de aquí. Solo necesito a una persona para que me ayude. Yo me quedo dijo Rosa con voz firme. El doctor la miró con sorpresa. Señora, esto no será agradable de ver. Tal vez sería mejor. Soy su esposa. Interrumpió Rosa. Me quedo. El doctor asintió.

Todos los demás salieron de la habitación. Las criadas trajeron lo que el doctor había pedido. Durante la siguiente hora, Rosa asistió al doctor mientras él trabajaba para salvar la vida de Diego. Limpió la herida, la cauterizó para detener el sangrado y finalmente la cosió con puntadas precisas.

Diego había perdido la conciencia por completo, lo cual era una bendición considerando el dolor que debía estar sintiendo. Cuando el doctor finalmente terminó y vendó la herida, se limpió las manos con agua y miró a Rosa. Ha perdido mucha sangre. Las próximas horas serán críticas. Si sobrevive hasta el amanecer, tiene posibilidades, pero no puedo prometerte nada. Rosa asintió, incapaz de hablar.

se sentó en una silla junto a la cama, tomando la mano de Diego entre las suyas. El doctor se quedó un rato más monitoreando los signos vitales de Diego. Finalmente, cerca del amanecer, se puso de pie. Vendré a revisarlo en unas horas. Por ahora, lo único que podemos hacer es esperar. Si su respiración cambia o la fiebre sube, manden a buscarme de inmediato.

El doctor salió dejando a Rosa sola con Diego. Ella se quedó allí velando su sueño, escuchando su respiración irregular. Las primeras luces del alba comenzaron a filtrarse por la ventana. Rosa pensó en Tomás, encerrado en el cobertizo. Pensó en cómo un solo día había transformado todo. Ayer por la mañana era una mujer soltera, llena de dudas y sueños imposibles.

Ahora era una esposa velando a un marido moribundo mientras el hombre que amaba esperaba ser juzgado por intento de asesinato. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente salieron silenciosas pero abundantes. Lloró por Diego, que no merecía esto. Lloró por Tomás, cuyo amor lo había llevado a la desesperación.

Y lloró por sí misma, por la vida que había elegido y que ahora estaba manchada de sangre. Diego sobrevivió al amanecer y al día siguiente y al siguiente la fiebre que el doctor había temido nunca llegó. La herida sanaba lentamente, pero con firmeza. Al quinto día, Diego recuperó la conciencia por completo y pudo hablar, aunque con debilidad. Al décimo día pudo sentarse en la cama.

Al mes caminaba con ayuda de un bastón. Durante todo ese tiempo, Rosa lo cuidó con dedicación. le daba de comer, le cambiaba las vendas, le leía libros para distraerlo. Diego, por su parte, nunca mencionó lo que había pasado esa noche. No preguntó por Tomás, no cuestionó a Rosa sobre su relación con él.

Era como si hubiera decidido enterrar todo eso en lo más profundo y nunca más sacarlo a la luz. Tomás fue juzgado tres semanas después del incidente. El juicio fue breve. Los hechos eran claros. Había entrado sin autorización a una propiedad privada con un arma y había atacado a un hombre. Don Jerónimo testificó en su contra.

Los mozos que habían presenciado la pelea también. Rosa no fue llamada a testificar algo por lo que estuvo agradecida porque no sabía que habría dicho. Tomás fue condenado a 20 años de prisión en la cárcel de Morelia. No intentó defenderse, no contrató abogado, simplemente aceptó la sentencia con la misma resignación con la que había aceptado todo lo demás.

Cuando lo llevaban esposado fuera de la sala del tribunal, sus ojos buscaron a Rosa entre la multitud. Ella estaba allí escondida detrás de un pilar, observando. Sus miradas se encontraron por un instante. En los ojos de Tomás había perdón. en los de Rosa, un dolor que sabía que la acompañaría el resto de su vida.

Pero la historia no terminó allí, porque dos meses después del juicio, cuando Diego ya se había recuperado casi por completo y habían regresado a su rutina normal de vida matrimonial, sucedió algo inesperado. Rosa descubrió que estaba embarazada. Parte cuatro. La noticia del embarazo llegó a principios de septiembre de 1856. Rosa había notado los síntomas durante semanas, las náuseas matutinas, el cansancio extremo, la sensibilidad en los pechos, pero había intentado ignorarlos, atribuyéndolos al estrés de todo lo que había vivido.

Fue doña Elvira quien finalmente la confrontó. “Hija, ¿cuándo fue tu última menstruación?”, le preguntó una mañana mientras desayunaban juntas en casa de los Herrera. Rosa había ido a visitar a sus padres, algo que hacía con frecuencia desde que se había mudado a la hacienda de los Montalbán. Rosa lo pensó.

Con todo lo que había pasado, no había prestado atención a esos detalles. No lo sé, madre. Hace dos meses tal vez. Doña Elvira sonrió con conocimiento. Creo que deberías ver al doctor Rosa. Puede que estés esperando un bebé. La posibilidad golpeó a Rosa como un puñetazo en el estómago. Un bebé, el hijo de Diego. El pensamiento la llenó de emociones contradictorias que no pudo procesar.

Esa misma tarde visitó al Dr. Hidalgo, quien confirmó las sospechas de su madre. Estaba embarazada de aproximadamente 8 semanas. Cuando Rosa le dio la noticia a Diego esa noche, la reacción de él fue de alegría genuina. Fue la primera vez que Rosa lo vio sonreír de verdad desde el día de la boda.

Un hijo, dijo con voz llena de emoción. Voy a ser padre. la abrazó con cuidado, todavía consciente de su herida en proceso de sanación. Rosa intentó compartir su entusiasmo, pero no podía. No cuando sabía que ese bebé era el resultado de una noche que habían compartido por obligación, no por amor. No cuando cada vez que miraba a Diego veía las cicatrices que Tomás le había dejado, no cuando su corazón todavía le dolía cada vez que pensaba en Tomás pudriéndose en una celda en Morelia.

Los meses siguientes transcurrieron con una calma engañosa. Rosa se mudó permanentemente a la hacienda de los Montalbán, una propiedad inmensa con una casa señorial de dos pisos, establos, graneros y campos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Doña Catalina, la madre de Diego, vivía con ellos en un ala separada de la casa.

Era una mujer difícil, crítica y exigente que supervisaba cada movimiento de rosa con ojo vigilante. “Una esposa debe saber llevar una casa correctamente”, le decía constantemente. “Debes supervisar a las criadas, revisar las cuentas, asegurarte de que todo esté en orden y ahora que estás esperando, debes cuidarte el doble.

El heredero de los Montalbán debe nacer fuerte y saludable. Rosa cumplía con todas sus obligaciones sin protestar. Se levantaba temprano, supervisaba la preparación de las comidas, revisaba las listas de provisiones, se aseguraba de que la casa estuviera impecable. Por las tardes bordaba ropa de bebé o leía en la biblioteca. Por las noches cenaba con Diego y su suegra.

conversaciones formales sobre los precios del maíz, el clima y los chismes del pueblo. Diego era atento con ella, especialmente ahora que estaba embarazada. Se aseguraba de que comiera bien, de que descansara lo suficiente, pero entre ellos seguía existiendo una distancia emocional que ninguno de los dos sabía cómo cruzar.

Dormían en la misma cama, pero separados por un abismo invisible. Diego nunca volvió a intentar intimar con ella después de aquella noche y Rosa se lo agradecía en silencio. Mientras tanto, las noticias sobre Tomás llegaban ocasionalmente a través de Lupita, quien se había mudado con Rosa a la hacienda como su doncella personal.

Lupita tenía un primo que trabajaba como guardia en la cárcel de Morelia y le contaba cómo estaba Tomás. Dice mi primo que don Tomás está muy delgado. Le susurró Lupita una tarde mientras la ayudaba a vestirse, que casi no come y que se pasa los días mirando por la ventana de su celda sin hablar con nadie. Rosa sentía el pecho apretarse cada vez que escuchaba esas descripciones.

Quería ir a visitarlo, pero sabía que era imposible. Diego nunca lo permitiría. Y aunque lo hiciera, ¿qué le diría? ¿Cómo podría mirarlo a los ojos sabiendo que estaba embarazada del hombre que él había intentado matar? El embarazo avanzó sin complicaciones. Para diciembre la barriga de rosa era prominente.

El bebé se movía constantemente dándole patadas que a veces la despertaban por las noches. Doña Elvira venía a visitarla semanalmente trayendo consejos y ropa de bebé que ella misma había tejido. Don Jerónimo también visitaba, aunque con menos frecuencia. La relación entre padre e hija se había enfriado desde la noche del ataque. Don Jerónimo nunca la culpó directamente, pero Rosa sentía su decepción cada vez que la miraba. En enero de 1857, en pleno invierno, Rosa dio a luz.

El parto fue largo y difícil, durando casi 20 horas. Doña Elvira y la partera del pueblo la asistieron mientras Diego esperaba ansioso en la sala de abajo. Finalmente, al amanecer del 15 de enero, exactamente 7 meses después de su boda, Rosa dio a luz a una niña.

Era pequeña, pero saludable, con una mata de cabello negro y los ojos cerrados con fuerza. La partera la envolvió en una manta limpia y se la entregó a Rosa. Es hermosa dijo doña Elvira con lágrimas en los ojos. Perfecta. Rosá miró a su hija y sintió una oleada de amor tan intensa que la sorprendió. Todo lo demás, el dolor, el agotamiento, la confusión de los últimos meses, se desvaneció.

Solo existía esa pequeña criatura en sus brazos que dependía completamente de ella. Diego subió poco después para conocer a su hija. Su rostro reflejaba decepción apenas disimulada. “Una niña”, murmuró, “Bueno, habrá más oportunidades para un varón.” Pero Rosa no le prestó atención. Estaba completamente absorta en su bebé. La llamaron María Elena en honor a las abuelas de ambas familias.

El bautizo se celebró dos semanas después en la basílica de Patscuaro, con menos pompa que la boda, pero con igual número de invitados. Los meses siguientes estuvieron completamente dedicados al cuidado de María Elena. Rosa amamantaba a su hija. La Mesía, cuando lloraba, le cantaba canciones de cuna que su propia madre le había cantado.

Encontró en la maternidad un propósito que había estado buscando. Por primera vez desde su boda se sentía útil, necesitada, amada de manera incondicional. Diego, por su parte, mostraba poco interés en la niña, más allá de las apariencias sociales. Preguntaba cómo estaba.

La visitaba brevemente en el cuarto de los niños, pero nunca la cargaba ni jugaba con ella. Las niñas son asunto de mujeres, le dijo una vez a Rosa cuando ella le sugirió que pasara más tiempo con su hija. Cuando tengamos un hijo varón, entonces me involucraré más. Pero no hubo hijo varón. No en el segundo año de matrimonio ni en el tercero. Rosa no volvió a quedar embarazada.

El doctor no encontraba ninguna razón médica para ello. Simplemente no sucedía. Y con cada mes que pasaba, con cada menstruación que llegaba, la frustración de Diego crecía. ¿De qué sirve una esposa que solo puede dar hijas? le dijo una noche en un arranque de ira después de haber bebido más de la cuenta.

Necesito un heredero varón, Rosa. Alguien que continúe el apellido Montalván. Rosa no respondió. ¿Qué podía decir? ¿Que no estaba en sus manos decidir el sexo de sus hijos? Que tal vez el problema no era ella, sino él, pero sabía que tales argumentos solo empeorarían las cosas. La relación entre ellos se deterioró gradualmente.

Diego pasaba cada vez más tiempo fuera de casa, supervisando las propiedades, visitando Morelia por negocios, bebiendo con sus amigos en el pueblo. Rosa se quedaba en la hacienda, cuidando de María Elena y cumpliendo con sus deberes domésticos. Fue en esa época, tres años después de su boda, cuando Rosa comenzó a escuchar rumores, rumores de que Diego tenía una amante en Patscuaro, la viuda de un comerciante que vivía discretamente en una casa cerca del mercado.

Rosa no estaba segura de si creer los rumores. Lupita se los había contado con cautela, temiendo su reacción. Y qué importa si es verdad, había respondido Rosa con una calma que la sorprendió a sí misma. Si Diego encuentra consuelo en otra parte, que así sea. Yo tengo a María Elena, es todo lo que necesito. Pero en el fondo los rumores le dolían.

No porque amara a Diego, nunca lo había amado, sino porque confirmaban lo que ya sabía. Su matrimonio era un fracaso, una fachada que mantenían para la sociedad, pero que por dentro estaba hueca. Mientras tanto, Tomás seguía en la cárcel de Morelia. Rosa se había atrevido finalmente a escribirle una carta dos años después de su encarcelamiento. No esperaba respuesta, pero la necesitaba escribir.

Necesitaba decirle que lo perdonaba, que entendía por qué había hecho lo que hizo, que no pasaba un día sin que pensara en él. La respuesta llegó tres semanas después. Era breve, escrita con letra temblorosa en un papel barato. Rosa, no hay nada que perdonar. Fui yo quien actuó como un loco. Destruí mi vida y casi destruyo la tuya.

Solo espero que hayas encontrado algo de paz en la tuya. Yo he encontrado la mía en la resignación. Pienso en ti cada día. Siempre lo haré. T. Rosa guardó esa carta en el fondo de un cajón debajo de sus camisones. La releía en las noches cuando no podía dormir. Era su secreto, su conexión con un pasado que nunca podría recuperar. Pasaron 4 años.

María Elena creció hasta convertirse en una niña vivaz de cabello negro rizado y ojos brillantes llenos de curiosidad. Rosa le enseñó a leer y escribir, a tocar el piano, a bordar. Pasaban horas juntas en el jardín, María Elena persiguiendo mariposas mientras Rosa la observaba con una sonrisa. Diego seguía siendo distante.

Los rumores sobre su amante nunca se confirmaron, pero tampoco se disiparon. Doña Catalina enfermó gravemente en el invierno de 1860 y murió en febrero de 1861. dejando a Rosa como única señora de la casa. Fue un alivio en cierto sentido. Sin la mirada crítica de su suegra, Rosa podía manejar la casa como quisiera. Pero entonces, en el verano de 1861, 5 años después de aquella noche fatídica, algo sucedió que lo cambiaría todo de nuevo. Rosa recibió una carta. No venía de Morelia, sino de Patcuaro.

Era de Don Jerónimo. Su padre estaba enfermo, gravemente enfermo. Los doctores decían que le quedaban semanas, tal vez días. Quería ver a Rosa y a su nieta antes de morir. Rosa partió de inmediato hacia la casa de sus padres, llevando a María Elena con ella. Diego no fue. Dijo que tenía asuntos urgentes que atender en la hacienda.

Rosa sospechaba que la verdadera razón era que no quería enfrentar a don Jerónimo, con quien nunca había tenido una relación cálida. Cuando llegaron, encontraron a don Jerónimo en cama, demacrado y débil. Tenía 60 años, pero parecía de 80. La enfermedad lo había consumido.

Doña Elvira, que lo había cuidado sin descanso, también se veía agotada. Rosa”, susurró don Jerónimo cuando ella entró en su habitación. “¿Viniste?” “Por supuesto, padre”, dijo Rosa sentándose junto a su cama y tomando su mano. “Traje a María Elena. ¿Quieres verla?” Don Jerónimo asintió débilmente. Rosa hizo pasar a la niña que se acercó tímidamente a la cama. Don Jerónimo la miró con ojos húmedos.

“Qué hermosa eres, niña, igual que tu madre, María. Elena sonrió. Abuelito, te vas a mejorar. Don Jerónimo tosió un sonido áspero y doloroso. No, pequeña, pero está bien. He vivido una buena vida. Rosa se quedó en casa de sus padres durante las siguientes dos semanas cuidando a su padre junto con su madre. Don Jerónimo entraba y salía de la lucidez.

A veces hablaba con claridad, otras veces deliraba hablando de personas que habían muerto hacía años. Una noche, cuando estaban solos, don Jerónimo agarró la mano de Rosa con sorprendente fuerza. “Tengo que decirte algo”, murmuró. “Algo que he guardado durante años. ¿Qué es, padre?” “Tomás Salazar”, dijo don Jerónimo, “y nombre hizo que el corazón de Rosa se detuviera. Sé que lo amabas.

Sé que te obligué a casarte con Diego en contra de tus deseos.” Y lo lamento, hija, lo lamento profundamente. Rosa sintió las lágrimas acumularse en sus ojos. Padre, pensé que estaba haciendo lo correcto continuó don Jerónimo con voz quebrada. Pensé que el dinero y la posición social te harían feliz, pero me equivoqué. Debía haberte dejado elegir.

Ya pasó, padre, dijo Rosa apretando su mano. No importa, ahora sí importa, insistió don Jerónimo. Porque Tomás Tomás salió de la cárcel hace dos meses. Rosa se quedó helada. ¿Qué? Hubo una amnistía, explicó don Jerónimo. El gobierno liberó a muchos prisioneros para hacer espacio para los presos políticos de la guerra. Tomás fue uno de ellos.

Está aquí en Patscuaro. El mundo de Rosa se tambaleó. Tomás libre aquí después de 5 años. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Preguntó con voz temblorosa. Porque temía lo que pudiera pasar, admitió don Jerónimo. Temía que ustedes, que tú tosió violentamente agotando sus últimas fuerzas. Pero ahora que me muero, ya no puedo guardarlo. Mereces saberlo. Mereces elegir.

Don Jerónimo cerró los ojos exhausto. Rosa se quedó sentada junto a él con la mente girando. Tomás estaba libre. Estaba aquí después de todo este tiempo. Don Jerónimo murió tres días después en paz, rodeado de su familia. El funeral se celebró en la basílica con todo el pueblo asistiendo. Diego finalmente llegó para las exequias, cumpliendo con su deber social.

Durante toda la ceremonia, Rosa escaneaba la multitud buscando un rostro que no había visto en 5 años y lo encontró al fondo de la iglesia, casi escondido detrás de una columna. Tomás, más delgado, con el cabello más largo, con líneas en el rostro que no estaban antes, pero sus ojos verdes eran los mismos.

Y cuando se encontraron con los de Rosa, el tiempo pareció detenerse. Después del funeral, mientras todos se reunían en casa de los Herrera para el velorio, Rosa se escabulló. le dijo a doña Elvira que necesitaba aire fresco y salió al jardín trasero. Sabía que Tomás la seguiría y lo hizo.

Se encontraron bajo el mismo árbol donde se habían besado por primera vez tantos años atrás. Durante un largo momento, ninguno de los dos habló. Solo se miraban intentando procesar todo lo que había cambiado y todo lo que seguía igual. Viniste al funeral”, dijo finalmente Rosa. “Tu padre fue bueno conmigo a pesar de todo,” respondió Tomás. Merecía mis respetos. Hubo otro silencio.

Luego Tomás preguntó, “¿Eres feliz, Rosa?” Rosa podría haber mentido. Podría haber dicho que sí, que tenía una buena vida, una hija hermosa, todo lo que podía desear, pero estaba cansada de mentir. No susurró. No soy feliz. Tomás cerró los ojos como si esas palabras le causaran dolor físico. Lo siento. Siento haber arruinado todo aquella noche. No arruinaste nada que no estuviera ya roto, dijo Rosa.

Mi matrimonio con Diego nunca fue real. Nunca lo ha sido. ¿Y ahora qué? Preguntó Tomás dando un paso hacia ella. Ahora que estoy libre, ahora que sabemos que ninguno de los dos es feliz. ¿Qué hacemos? Rosa quería correr hacia sus brazos. Quería decirle que huyeran juntos, que dejaran todo atrás y empezaran de nuevo.

Pero entonces pensó en María Elena, en su hija de 5 años, que dormía arriba en la casa. no podía abandonarla y no podía llevarla consigo en una fuga que destruiría su nombre y su futuro. “No podemos hacer nada”, dijo Rosa, sintiendo que su corazón se rompía de nuevo. “Tengo una hija, Tomás, no puedo.

Lo sé”, interrumpió Tomás suavemente. Lo sé. Solo necesitaba verte una vez más, decirte que todavía, que siempre. Yo también, susurró Rosa. Se miraron por última vez. Luego Tomás se dio la vuelta y se alejó, desapareciendo entre las sombras del jardín. Rosa se quedó allí bajo el árbol llorando en silencio por todo lo que podría haber sido y nunca sería.

Pero esta no sería su última despedida. Porque el destino, cruel e implacable tenía otros planes para ellos. Parte cinco. Rosa regresó a la hacienda de los Montalbán una semana después del funeral de su padre. Diego apenas notó su ausencia prolongada. Estaba demasiado ocupado con sus propios asuntos que Rosa había dejado de cuestionar hacía tiempo.

María Elena, en cambio, notó el cambio en su madre. La niña de 5 años tenía una intuición que superaba su edad. “Mamá, ¿por qué estás triste?”, le preguntó una noche mientras Rosa la arropaba en la cama. “No estoy triste mi amor”, mintió Rosa acariciando el cabello de su hija. “Solo extraño al abuelito.

” María Elena la miró con sus grandes ojos oscuros. “Yo también lo extraño, pero él está en el cielo ahora, ¿verdad? con los ángeles. Sí, dijo Rosa besando su frente. Con los ángeles. Pero mientras María Elena se quedaba dormida, Rosa permaneció sentada junto a su cama, observándola en la penumbra. Esta niña era su ancla, la única razón por la que seguía adelante.

Sin María Elena, Rosa habría huido hace mucho tiempo. Habría dejado a Diego, habría buscado a Tomás, habría intentado construir la vida que siempre había deseado, pero no podía hacer eso ahora. No podía arrebatarle a su hija la seguridad, el nombre, el futuro que solo el matrimonio con Diego podía proporcionarle. Los meses siguientes transcurrieron en una rutina familiar.

Rosa se ocupaba de la casa y de María Elena. Diego iba y venía cada vez más distante. Doña Elvira visitaba ocasionalmente, pero la muerte de don Jerónimo la había dejado quebrantada. Envejeció 10 años en cuestión de meses. Fue en octubre de 1861 cuando llegaron las noticias sobre Tomás.

Lupita se las trajo una tarde con el rostro pálido y las manos temblorosas. “Niña Rosa”, susurró, asegurándose de que nadie más pudiera escuchar. Mi primo me mandó decir que don Tomás está muy enfermo. Dicen que contrajo tis en la cárcel y que ahora está muy grave. El doctor dice que no le queda mucho tiempo.

Rosa sintió como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. ¿Dónde está? En Patscuaro. Vive en un cuarto pequeño cerca del mercado. Mi primo dice que está solo, que nadie lo cuida. Rosa no lo pensó dos veces. Le dijo a Diego que tenía que ir a Patscuaro para ayudar a su madre con unos asuntos de la herencia de su padre.

Diego apenas prestó atención, ocupado, como estaba revisando unos documentos, dejó a María Elena al cuidado de una de las criadas más confiables y partió esa misma tarde. Encontró la dirección que Lupita le había dado, una casa vieja de adobe en una calle estrecha y polvorienta. Subió las escaleras desvencijadas hasta el segundo piso y tocó la puerta del cuarto al final del pasillo.

No hubo respuesta. Tocó de nuevo, más fuerte. Está abierto. Llegó una voz débil desde el interior. Rosa empujó la puerta y entró. El cuarto era pequeño y escaso. Una cama estrecha, una mesa con una silla, una ventana con los postigos medio rotos y en la cama, cubierto con una manta raída, estaba Tomás. Rosa apenas lo reconoció.

Estaba demacrado, con las mejillas hundidas y la piel de un tono grisáceo. Tenía los ojos cerrados, pero los abrió cuando escuchó pasos. Cuando vio a Rosa, una sonrisa débil apareció en sus labios. Rosa susurró, viniste. Rosa corrió a su lado y se arrodilló junto a la cama. Tomás, ¿por qué no mandaste a buscarme antes? ¿Por qué estás aquí solo? No quería molestarte, dijo Tomás tosio.

Era una tos terrible que sacudía todo su cuerpo y le dejaba rastros de sangre en los labios. Tienes tu propia vida ahora, tu hija, tu esposo. Al con todo eso, dijo Rosa con una fiereza que la sorprendió. No voy a dejarte morir solo aquí. Pasó los siguientes días cuidando de Tomás. le preparaba caldos nutritivos que él apenas podía tragar, le limpiaba el sudor de la frente cuando la fiebre lo consumía.

Le leía pasajes de los pocos libros que él tenía para distraerlo del dolor. Y por las noches, cuando él dormía inquieto, Rosa se sentaba en la silla junto a la cama, velando su sueño como había velado el de su padre. Nadie en Patscuaro sabía que estaba allí. se había hospedado en casa de su madre con el pretexto de ayudarla con asuntos del testamento, pero pasaba la mayor parte del día en el cuarto de Tomás.

Doña Elvira, sumida en su propio dolor, no cuestionaba las ausencias de su hija. Una noche, mientras Rosa le daba de beber agua a Tomás, él tomó su mano con una fuerza sorprendente, considerando su condición. Rosa, tengo que decirte algo, algo que he guardado durante años. ¿Puedes decirme lo que sea?”, respondió Rosa.

“Aquella noche”, comenzó Tomás con voz ronca, “la noche de tu boda. No fui a tu habitación solo a hablar contigo. Tenía un plan. Si no aceptabas huir conmigo, iba a iba a llevarte por la fuerza, a sacarte de allí, aunque tuviera que noquearte. Tenía los caballos listos, una casa alquilada en Morelia, lo tenía todo planeado. Rosa lo miró con sorpresa.

¿Por qué no lo hiciste? Porque cuando te vi, continuó Tomás, cuando vi el terror en tus ojos al ver el cuchillo, me di cuenta de que no podía hacerlo. No podía obligarte a nada. Así que cambié de plan. Pensé que si eliminaba a Diego, tú serías libre, que podrías elegir estar conmigo sin la carga de un matrimonio forzado. Tomás, susurró Rosa.

Pero me equivoqué, dijo Tomás cerrando los ojos. Solo logré empeorar las cosas. Te até más a él y me condené a mí mismo a años de prisión que arruinaron mi salud. No fue tu culpa”, dijo Rosa apretando su mano. “Fue mía por no tener el valor de elegirte cuando tuve la oportunidad.” “No, Rosa, nunca fue tu culpa. Eras joven, tenías miedo. Estabas atrapada entre tu deber y tu corazón.

Lo entiendo ahora, aunque me llevó años de soledad en una celda para comprenderlo. Rosa se inclinó y besó su frente. Lo siento, Tomás. Siento tanto todo lo que has sufrido por mi culpa. No te disculpes murmuró Tomás. Estos últimos días contigo han valido todos esos años de dolor. Morir sabiendo que me amaste, que todavía me amas es más de lo que merezco.

No hables de morir, dijo Rosa, aunque sabía que era inútil. Podía ver la muerte en los ojos de Tomás, acechando, esperando el momento adecuado. Ese momento llegó tr días después. Rosa estaba sentada junto a la cama leyéndole un libro de poesía que había encontrado entre sus pertenencias. Tomás escuchaba con los ojos cerrados, respirando trabajosamente, de repente extendió la mano buscándola de Rosa. “Rosa”, murmuró. Estoy aquí”, dijo ella tomando su mano.

“Gracias”, susurró Tomás. “Por volver a mí al final, por no dejarme morir solo. Siempre volvería a ti”, dijo Rosa con lágrimas rodando por sus mejillas. “En esta vida y en la siguiente, Tomás sonríó débilmente. Entonces esperaré por ti.” En la siguiente. Sus ojos se cerraron. Su respiración se volvió más superficial.

Y luego, con un último suspiro suave se detuvo. Rosa se quedó allí sosteniendo su mano inmóvil mientras las lágrimas caían sin control. El hombre que había amado, el hombre por quien había sacrificado su felicidad, el hombre que había sacrificado su libertad por ella, había muerto y con él moría la última posibilidad de que Rosa conociera el amor verdadero.

Organizó su funeral con la poca plata que le quedaba de la herencia de su padre. Fue una ceremonia simple en el cementerio de Patscuaro. Apenas asistieron unas pocas personas, algunos antiguos compañeros de trabajo de la hacienda de los Herrera, el primo de Lupita, que había sido guardia en la cárcel, y doña Elvira, que había acompañado a su hija en silencio.

Cuando bajaron el ataúd simple a la tierra, Rosa dejó caer sobre él una rosa blanca hasta la siguiente vida. susurró. Regresó a la hacienda de los Montalbán cambiada. Algo dentro de ella se había roto definitivamente. María Elena notó de inmediato que su madre ya no sonreía. Diego no notó nada. Seguía con su rutina, ajeno al dolor de su esposa.

Rosa cumplió con sus deberes mecánicamente durante los siguientes meses, pero por dentro estaba vacía. vivía solo por María Elena, esa niña que la miraba con preocupación creciente. “Mamá, ¿ya no me quieres?”, le preguntó María Elena una noche. Rosa la abrazó con fuerza. “Te quiero más que a nada en el mundo, mi amor. Nunca lo dudes.

Entonces, ¿por qué estás tan triste todo el tiempo?” Porque a veces los adultos tienen tristezas que no se pueden explicar, dijo Rosa, pero eso no significa que no te ame. Pasó el tiempo. 1862 se convirtió en 1863. México estaba en guerra con Francia. Las noticias de batallas y ocupación llegaban constantemente, pero en la hacienda de los Montalbán, la vida continuaba aislada de esos eventos. Diego comenzó a beber más.

Sus visitas a Patscuaro se volvieron más frecuentes y prolongadas. Los rumores sobre su amante se confirmaron cuando una vecina le contó a Rosa que Diego había comprado una casa para esa mujer. Rosa no sintió ni celos ni dolor, solo un entumecimiento que se había vuelto su estado normal. Fue en junio de 1863 cuando sucedió el evento que cambiaría todo de nuevo.

Diego regresó una noche borracho, más de lo que Rosa lo había visto nunca. Subió las escaleras tambaleándose y entró en el cuarto de Rosa sin llamar. ¿Dónde está?, exigió con las palabras arrastrándose. ¿Dónde está? ¿Qué? Preguntó Rosa que estaba preparándose para dormir. La carta. La carta de ese maldito. Sé que la guardas, sé que la lees. Rosa sintió que el corazón le daba un vuelco.

¿Cómo sabía Diego sobre la carta de Tomás? No sé de qué hablas. No me mientas, gritó Diego acercándose peligrosamente. Una de las criadas la encontró mientras limpiaba tu cuarto. Me la mostró. Vi lo que decía. Pienso en ti cada día. Siempre lo haré. Palabras de amor de ese criminal. Tomás está muerto, dijo Rosa con voz firme. Murió hace dos años.

Esa carta es solo un recuerdo. Un recuerdo de tu amante, escupió Diego. Todos estos años he sido paciente contigo. Te di un nombre, una casa, respetabilidad. ¿Y cómo me lo pagas? Guardando cartas de amor de otro hombre. Nunca te he faltado el respeto”, replicó Rosa. “He cumplido con todos mis deberes como esposa.

Lo que guardo en mi corazón es asunto mío.” Diego la abofeteó. Fue un golpe fuerte que le giró la cabeza y le dejó el sabor de sangre en la boca. Rosa se llevó la mano a la mejilla mirándolo con shock. En 5 años de matrimonio, Diego nunca la había golpeado. “Todo lo que tienes me pertenece”, dijo Diego con voz peligrosa.

“Tu cuerpo, tu mente, tu corazón, eres mi esposa, mía.” “No, dijo Rosa, enderezándose a pesar del dolor. Soy una persona, no tu propiedad.” Diego levantó la mano de nuevo, pero antes de que pudiera golpearla, María Elena entró corriendo en la habitación. “¡Deja a mi mamá!”, gritó la niña de 7 años lanzándose contra Diego y golpeándolo con sus pequeños puños.

Diego la apartó bruscamente, tirándola al suelo. María Elena gritó y algo dentro de Rosa se rompió definitivamente. “Sal de aquí”, dijo Rosa con voz gélida. Ahora esta es mi casa, replicó Diego. Sal ahora o juro por Dios que gritaré tan fuerte que todos los criados vendrán corriendo y verán qué clase de hombre eres. Amenazó Rosa.

Diego la miró con odio, pero finalmente se dio la vuelta y salió azotando la puerta atrás de sí. Rosa corrió hacia María Elena, que lloraba en el suelo. La revisó cuidadosamente. Tenía un moretón en el brazo donde Diego la había agarrado, pero nada más. Mamá, tengo miedo. Soylozó María Elena. Lo sé, mi amor. Yo también, dijo Rosa abrazándola.

Pero te prometo que no dejaré que te lastime nunca. Esa noche Rosa tomó una decisión. No podía seguir viviendo así. No podía exponer a su hija a la violencia creciente de Diego. Tenía que hacer algo. A la mañana siguiente le escribió una carta a su madre pidiéndole que la recibiera a ella y a María Elena en su casa.

Doña Elvira respondió inmediatamente, “Por supuesto que podían venir.” Rosa comenzó a planear su escape. Guardaría algo de dinero, las joyas que le había regalado su padre, algunas pertenencias personales. Esperaría a que Diego se fuera a uno de sus viajes a Morelia y entonces ella y María Elena huirían a Patcuaro.

Pero Diego, en su paranoia creciente pareció sospechar algo. comenzó a vigilarla más de cerca. Revisaba sus cajones, interrogaba a las criadas sobre sus movimientos. Le prohibió salir de la hacienda sin su permiso. “Estás actuando como una prisionera”, le dijo Rosa una tarde. “Estás actuando como si planearas ir”, replicó Diego. “Y eso no lo voy a permitir.

Eres mi esposa y te quedarás aquí.” Las tensiones crecieron, las discusiones se volvieron más frecuentes y violentas. Diego bebía más. Rosa se encerraba en su habitación con María Elena, poniendo una silla contra la puerta para que Diego no pudiera entrar borracho en medio de la noche. Así pasaron semanas, luego meses.

Rosa se sentía atrapada sin saber cómo escapar. Diego la había cortado de todos los recursos. Le había quitado el dinero que tenía ahorrado. Había despedido a Lupita después de descubrir que ella había sido quien llevaba mensajes entre Rosa y su madre. Rosa comenzó a sentirse desesperada.

pensaba constantemente en Tomás, en cómo había estado dispuesto a hacer cualquier cosa por amor. Comenzó a entender por qué había actuado como lo hizo aquella noche. Cuando estás desesperado, cuando sientes que no hay salida, eres capaz de cosas inimaginables. Y fue en esa desesperación, en ese momento de oscuridad, cuando Rosa tomó una decisión que cambiaría el curso de su vida para siempre.

Parte 6. Era febrero de 1864, 8 años después de aquella boda que había terminado en sangre. Rosa tenía 30 años y se sentía como si tuviera 100. Los últimos meses habían sido un infierno. Diego se había vuelto cada vez más controlador y violento. Los moretones en los brazos de Rosa eran constantes.

María Elena, ahora de 8 años, vivía aterrorizada, escondiéndose en su cuarto cada vez que escuchaba las botas pesadas de Diego subir las escaleras. Rosa había intentado todo. Había suplicado a Diego que la dejara ir. le había ofrecido renunciar a cualquier reclamación sobre su dinero o propiedades.

Solo quería llevarse a María Elena y vivir en paz con su madre en Páscuaro. Pero Diego se negaba. Antes muerta que divorciada de mí, le había dicho, “Nunca te dejaré ir. Eres mía hasta que uno de los dos muera.” Fue esa frase la que sembró la semilla en la mente de Rosa hasta que uno de los dos muera. Había otras formas de terminar un matrimonio además del divorcio.

Formas oscuras, formas de las que Rosa nunca antes se había atrevido a pensar. Pero la desesperación hace que la gente considere lo impensable. Comenzó de manera inocente. Rosa empezó a leer sobre plantas y hierbas en la biblioteca de la hacienda. Había varios libros viejos sobre botánica que habían pertenecido a la difunta doña Catalina.

Rosa los estudiaba por las tardes buscando información sobre propiedades medicinales y tóxicas. Descubrió que había muchas plantas en México que podían matar a una persona, la Adelfa, cuyas flores hermosas escondían un veneno mortal. La sicuta, que crecía silvestre en muchos lugares. El risino, cuyas semillas contenían risina, uno de los venenos más letales conocidos.

Rosa se horrorizó de sus propios pensamientos, en qué se había convertido, en una mujer que consideraba envenenar a su esposo. Pero cada vez que Diego la golpeaba, cada vez que veía el terror en los ojos de María Elena, esos pensamientos volvían. más fuertes, más insistentes. Él te quitó todo. Susurraba una voz oscura en su mente. Tu juventud, tu amor, tu libertad.

Te ha convertido en una prisionera a ti y a tu hija. ¿Vas a permitir que siga haciéndolo durante décadas? ¿Vas a dejar que María Elena crezca en esta casa de terror? En marzo, Rosa tomó la decisión. No la tomó de golpe, sino gradualmente, como quien se desliza poco a poco hacia aguas más profundas.

Comenzó a recolectar semillas de risino de las plantas que crecían en los márgenes de la propiedad, las secó cuidadosamente y las molió hasta convertirlas en polvo fino. El proceso le tomó semanas. Guardaba el polvo en un pequeño frasco que escondía en el dobladillo de uno de sus vestidos. esperaba el momento adecuado.

Necesitaba que pareciera natural, un accidente, una enfermedad repentina. Si Diego moría sospechosamente, las autoridades investigarían. Y Rosa no podía arriesgarse a eso, no por ella misma, sino por María Elena. La oportunidad llegó en abril. Diego enfermó con lo que parecía ser un resfriado común. tosía, tenía fiebre leve, dolor de garganta. Rosa lo cuidó como lo haría cualquier esposa solícita.

Le preparaba caldos, le daba infusiones de hierbas para la tos, le ponía paños fríos en la frente y en una de esas infusiones mezcló una pequeña cantidad del polvo de risino. No fue suficiente para matarlo, solo lo suficiente para empeorar sus síntomas.

Diego comenzó a tener dolores estomacales, náuseas, vómitos. “Debe ser una gripe estomacal, además del resfriado”, dijo el doctor cuando vino a examinarlo. Es común en esta época del año. Manténgalo hidratado y en reposo. Rosa aumentó la dosis gradualmente durante la siguiente semana. Diego empeoraba día a día. Los vómitos se volvieron más frecuentes. Comenzó a tener diarrea con sangre.

Su piel adquirió un tono amarillento. El doctor regresó cada vez más preocupado. No entiendo qué tiene, admitió el doctor. Los síntomas son consistentes con un envenenamiento. Pero, ¿qué podría haberlo envenenado? Ha comido algo inusual, solo lo que comemos todos en la casa. Respondió Rosa con perfecta calma.

La misma comida que María Elena y yo comemos. El doctor se rascó la cabeza perplejo. Debe ser alguna enfermedad tropical rara. He visto casos similares en la costa, pero nunca aquí en Michoacán. Diego murió dos semanas después de que Rosa comenzara a envenenarlo. Fue una muerte lenta y dolorosa.

Rosa tuvo que presenciar cada momento, manteniéndose al lado de su cama, interpretando el papel de esposa devota. Parte de ella sentía remordimiento, parte de ella sentía horror por lo que estaba haciendo. Pero había otra parte, una parte oscura que había crecido durante años de maltrato, que sentía solo alivio.

“Pronto acabará”, se decía a sí misma mientras le daba a Diego otra infusión envenenada. “Pronto seremos libres.” En sus últimos días, Diego deliraba por la fiebre y el dolor. A veces gritaba acusando a fantasmas de intentar matarlo. Otras veces lloraba como un niño llamando a su madre muerta. Una vez, en un momento de lucidez, miró a Rosa y susurró, “Tú fuiste tú.” Rosa sintió que el corazón se le detenía.

“¿Qué dices, Diego? ¿Estás delirando por la fiebre? No, insistió Diego agarrándola de la muñeca con una fuerza sorprendente para alguien tan débil. Sé lo que hiciste. Estás envenenándome. Rosa intentó mantener la calma. Diego, estás muy enfermo. No sabes lo que dices. Descansa. Diego la miró con ojos inyectados de sangre. Lo merezco! Murmuró finalmente. Por todo lo que te hice. Lo merezco. Cerró los ojos.

y su mano cayó inerte de la muñeca de Rosa. Murió esa misma noche a las 3 de la madrugada. Rosa estaba sentada junto a su cama cuando su respiración se detuvo. Se quedó allí durante varios minutos observando el cuerpo inmóvil, esperando sentir algo. Tristeza, culpa, remordimiento.

Pero solo sentía entumecimiento y debajo de ese entumecimiento un alivio tan profundo que casi la abrumaba. se puso de pie lentamente y salió de la habitación. Despertó a uno de los criados y le ordenó que fuera a buscar al doctor y al padre Anselmo. Luego fue al cuarto de María Elena, donde la niña dormía profundamente. Rosa se sentó en el borde de su cama y la observó. Esta niña nunca más tendría que vivir con miedo.

Nunca más tendría que esconderse cuando escuchara pasos pesados en el pasillo. Estaría a salvo. “Lo hice por ti”, susurró Rosa, acariciando el cabello de su hija dormida. “Por las dos, para que pudiéramos ser libres. El funeral de Diego fue grandioso, como correspondía a un hombre de su posición.

Toda la gente importante de Páscuaro y los pueblos cercanos asistió. Rosa vestía de negro riguroso con un velo que le cubría el rostro. Interpretó su papel de viuda afligida a la perfección. Nadie sospechó nada. ¿Por qué lo harían? El doctor había certificado que Diego había muerto de una enfermedad tropical. Era una tragedia, pero estas cosas pasaban.

Después del funeral, Rosa se mudó de regreso a la casa de su madre en Patscuaro, llevándose a María Elena con ella. La hacienda de los Montalbán pasó a manos de un primo lejano de Diego, quien estaba más que feliz de darle a Rosa una generosa pensión de viudez. Tenía suficiente dinero para vivir cómodamente el resto de su vida.

Doña Elvira recibió a su hija y nieta con los brazos abiertos. Por fin estás en casa”, le dijo a Rosa. “Por fin estás a salvo.” Rosa asintió, pero no dijo nada porque sabía que nunca estaría verdaderamente a salvo. No del castigo de las autoridades, sino del castigo de su propia conciencia. Los primeros meses después de la muerte de Diego fueron extraños.

Rosa se despertaba en medio de la noche con el corazón acelerado, convencida de que alguien había descubierto lo que había hecho. Pero los días pasaban y nadie venía a arrestarla. La vida continuaba. María Elena floreció sin la presencia opresiva de Diego. Se volvió más alegre, más segura de sí misma.

Rosa la inscribió en el convento de Santa Catalina, donde ella misma había estudiado, para que recibiera una educación apropiada. La niña resultó ser brillante, especialmente en matemáticas y literatura. Rosa, por su parte, comenzó a involucrarse en obras de caridad. Ayudaba a viudas pobres, visitaba el orfanato, contribuía con la iglesia.

Era como si intentara compensar su pecado con buenas acciones. El padre Anselmo la felicitaba constantemente por su generosidad. “Eres un ejemplo de virtud cristiana, Rosa,” le decía. Tu difunto esposo estaría orgulloso. Cada vez que escuchaba esas palabras, Rosa sentía un nudo en el estómago.

Si supieran la verdad, si supieran que no era virtuosa, sino asesina, que había matado a su esposo lentamente, día tras día, mezclando veneno en sus infusiones con manos firmes. Pasaron los años 1865, 1866, 1867. México seguía en guerra, pero en Patscuaro la vida era relativamente tranquila. María Elena creció hasta convertirse en una jovencita hermosa e inteligente.

A los 12 años ya hablaba francés con fluidez y tocaba el piano mejor que su madre. Rosa envejeció prematuramente. A los 35 años tenía el rostro de alguien de 50. El cabello se le llenó de canas. Arrugas profundas surcaban su frente y alrededor de sus ojos. Doña Elvira se preocupaba por ella. “¿No duermes bien, verdad?”, le preguntó una mañana notando las ojeras oscuras bajo los ojos de Rosa. “No, admitió Rosa.

Tengo pesadillas.” ¿Sobre qué? Rosa no respondió. ¿Cómo podía decirle a su madre que soñaba con Diego cada noche? que lo veía en su lecho de muerte, mirándola con ojos acusadores, que lo escuchaba susurrar, “Fuiste tú, tú me mataste.” En 1868, cuando María Elena tenía 13 años, sucedió algo que Rosa no esperaba.

La niña comenzó a hacer preguntas sobre su padre. “Mamá, ¿cómo era papá en realidad?”, preguntó una tarde mientras bordaban juntas en el patio. Rosa se tensó. ¿Por qué preguntas eso? “Porque apenas lo recuerdo”, dijo María Elena. Y cuando pregunto a otras personas, todos dicen que era un hombre importante, respetado, pero yo recuerdo recuerdo que me daba miedo, que te hacía llorar.

Rosa dejó su bordado a un lado y miró a su hija. María Elena había crecido tanto. Ya no era la niña asustada que se escondía en su cuarto. Era casi una mujer con ojos inteligentes que veían demasiado. “Tu padre era complicado”, dijo Rosa cuidadosamente. Tenía virtudes y defectos como todos. Pero sí, a veces podía ser difícil.

¿Te pegaba? Preguntó María Elena. directamente Rosa quedó paralizada. ¿Por qué preguntas eso? Porque recuerdo esa noche, justo antes de que se enfermara, recuerdo que entró en tu cuarto gritando, que te golpeó, que me empujó cuando intenté protegerte. “Eras muy pequeña”, dijo Rosa con voz temblorosa. “Probablemente confundes los recuerdos.

” “No, mamá”, insistió María Elena. “lo recuerdo claramente y recuerdo que después de eso papá se enfermó. y murió. Y tú cambiaste. Te volviste triste todo el tiempo. Rosa sintió que las paredes se cerraban a su alrededor. María Elena, tu padre murió de una enfermedad. Fue una tragedia, pero estas cosas pasan. María Elena la miró durante un largo momento, luego asintió lentamente.

Está bien, mamá. Solo me preguntaba. regresó a su bordado como si nada hubiera pasado. Pero Rosa sabía que su hija sospechaba. Tal vez no sabía exactamente qué había pasado, pero sospechaba que había algo más en la historia y eso aterrorizaba a Rosa más que cualquier otra cosa. Los años siguientes fueron torturantes.

Rosa vivía con el miedo constante de que María Elena descubriera la verdad. Cada vez que su hija la miraba, Rosa se preguntaba qué estaba pensando. ¿La juzgaba? ¿La despreciaba en secreto? En 1870, cuando María Elena tenía 15 años, conoció a un joven llamado Rafael Ortega, hijo de un comerciante próspero de Morelia.

Era un muchacho educado, amable, nada parecido a Diego. Rosa vio con alivio como su hija se enamoraba. Era un amor suave, gradual, saludable, nada como la pasión desesperada que ella había sentido por Tomás o el matrimonio forzado con Diego. “¿Puedo casarme con Rafael, mamá?”, le preguntó María Elena en la primavera de 1871, cuando acababa de cumplir 16 años.

Rosa miró a su hija. Ya era una mujer hermosa, inteligente, llena de vida. Todo lo que Rosa había deseado ser a esa edad, pero que las circunstancias le habían negado. ¿Lo amas?, preguntó Rosa. Sí, respondió María Elena sin dudar. Y él me ama a mí. ¿Estás segura? Completamente segura. Porque el matrimonio es para siempre, María Elena.

Una vez que pronuncies esos votos, no hay vuelta atrás. María Elena tomó las manos de su madre. Estoy segura, mamá. Rafael es bueno, es gentil, me hace feliz y si algún día deja de hacerme feliz, sabré qué hacer. Había algo en la forma en que María Elena dijo esas últimas palabras que hizo que Rosa se quedara helada. ¿Qué quería decir con eso? Sabía. realmente sabía lo que Rosa había hecho.

Pero antes de que pudiera preguntar, María Elena sonríó y la abrazó. Gracias, mamá, por todo lo que has hecho por mí, por salvarme de una vida de miedo, por ser lo suficientemente fuerte cuando yo era demasiado pequeña para protegerme a mí misma. Rosa se quedó rígida en el abrazo. Su hija sabía.

Tal vez no todos los detalles, tal vez no había evidencia concreta, pero sabía y en lugar de horrorizarse estaba agradecida. María Elena susurró Rosa. Yo, sh. Mamá, interrumpió María Elena suavemente. Algunos secretos es mejor dejarlos enterrados. Papá está muerto. Nosotras estamos vivas y a salvo. Eso es lo único que importa.

La boda de María Elena con Rafael se celebró en junio de 1871. Fue una ceremonia hermosa, llena de alegría genuina. Rosa vio a su hija pronunciar sus votos y supo que esta vez era diferente. Esta vez era amor verdadero. Esta vez su hija sería feliz. Después de la boda, Rosa se quedó sola en la casa con doña Elvira, quien ahora tenía más de 60 años y se movía con dificultad.

Rosa la cuidaba con devoción, agradecida por tener algo en que ocupar sus días. Pero las noches seguían siendo difíciles. Las pesadillas continuaban. Diego, Tomás, todos los fantasmas de su pasado, la visitaban en sueños. A veces se despertaba gritando, otras veces se despertaba llorando. Una noche en 1872, doña Elvira entró en su habitación después de escucharla gritar, “Rosa, mi niña, ¿qué te atormenta tanto?” Rosa, exhausta por años de guardar el secreto, finalmente se derrumbó. Maté a Diego, madre. Lo envenené. Día tras día,

durante semanas, vi como sufría y no detuve. Soy una asesina. Esperaba horror, rechazo, quizás que su madre la denunciara, pero doña Elvira simplemente se sentó en el borde de la cama y tomó las manos de Rosa entre las suyas. “Lo sé”, dijo suavemente. Rosa la miró con shock. “¿Qué? Lo supe desde el principio, continuó doña Elvira. Conozco las plantas venenosas.

Tu abuela me enseñó sobre ellas cuando era niña. Reconocí los síntomas de Diego y vi el cambio en ti, la determinación en tus ojos. Y no dijiste nada, susurró Rosa incrédula. ¿Qué iba a decir? Preguntó doña Elvira. que mi hija, después de años de maltrato, después de ver como ese hombre la golpeaba a ella y a mi nieta, finalmente hizo lo que tenía que hacer para protegerse.

No, Rosa, no dije nada porque entendí, porque tal vez en tu lugar yo habría hecho lo mismo. Rosa soyzó años de culpa y miedo saliendo finalmente. Pero es pecado, madre. Maté a un hombre, iré al infierno. Tal vez, dijo doña Elvira abrazándola. Pero salvaste a tu hija y te salvaste a ti misma. Si Dios es tan misericordioso como dicen, entenderá por qué lo hiciste. Y si no, entonces enfrentarás ese castigo cuando llegue el momento.

Pero por ahora, por favor, deja de atormentarte. Ya has sufrido suficiente. Esa conversación no eliminó la culpa de Rosa, pero la hizo más llevadera. Saber que no estaba completamente sola con su secreto, que su madre la entendía y no la juzgaba, le dio cierto consuelo. Doña Elvira murió en su sueño en 1875 a los 64 años.

Rosa la encontró una mañana pacífica en su cama con una pequeña sonrisa en los labios. Rosa lloró su pérdida, pero también sintió envidia. Su madre había partido en paz. Rosa sabía que ella nunca tendría esa suerte. María Elena vino para el funeral, ahora con dos hijos pequeños que llenaban la casa con sus risas. Insistió en que Rosa se mudara con ella y Rafael a Morelia, pero Rosa se negó. Esta es mi casa, le dijo.

Aquí están todos mis recuerdos, buenos y malos. Aquí es donde debo quedarme. Así que Rosa vivió sola en la casa de sus padres durante los siguientes años. María Elena la visitaba regularmente con sus hijos. Rosa encontraba alegría en sus nietos, en esos niños que representaban un futuro no manchado por el pasado.

En 1880, cuando Rosa tenía 46 años, recibió una visita inesperada. Era una mujer mayor, vestida sencillamente, con el rostro curtido por el sol y las manos callosas. “¿Doña Rosa?”, preguntó la mujer en el umbral de la puerta. Sí, respondió Rosa. ¿Puedo ayudarla? Me llamo Carmen Salazar. Soy Era la hermana de Tomás Salazar.

Rosa sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Tomás susurró. Sé que no debería estar aquí”, continuó Carmen. “Sé que mi hermano le causó mucho dolor a usted y a su familia, pero antes de morir me hizo prometer algo y he tardado años en tener el valor de cumplirlo.” “¿Qué prometió?”, preguntó Rosa con voz temblorosa. Carmen sacó un sobre amarillento de su bolso.

Me dijo que si alguna vez moría, le entregara esto a usted. Dijo que eran palabras que nunca tuvo el valor de decirle en vida. Rosa tomó el sobre con manos temblorosas. Gracias. Carmen asintió y se dio la vuelta para irse, pero Rosa la detuvo. ¿Cómo murió Tomás? Quiero decir, sé que fue de tisis, pero sufrió mucho. Carmen la miró con ojos tristes.

Los últimos días cuando usted estuvo con él, fueron los únicos en que lo vi en paz. Me dijo que morir en sus brazos había valido todos los años de sufrimiento, así que no, al final no creo que sufriera. Cuando Carmen se fue, Rosa entró en la casa y se sentó en su silla favorita junto a la ventana. Con manos temblorosas abrió el sobre.

Dentro había una carta escrita con la letra irregular de Tomás. Rosa, si estás leyendo esto, significa que he muerto. Probablemente debía haber muerto hace años en aquella celda en Morelia, pero algo me mantuvo vivo, la esperanza de verte una vez más. Y esa esperanza se cumplió. Morí en tus brazos sabiendo que me amabas.

Eso es más de lo que la mayoría de los hombres pueden decir. No te culpes por nada de lo que pasó. Las decisiones que tomé fueron mías. La vida que viví fue la mía. Tú no eres responsable de mi destino, así como yo no soy responsable del tuyo. Espero que encuentres la felicidad, Rosa.

Espero que la vida te dé todo lo que mereces y cuando finalmente nos volvamos a encontrar, sea en este mundo o en el siguiente, espero que podamos empezar de nuevo sin el peso del pasado. Te amaré siempre en esta vida y en todas las que vengan. Tomás. Rosa dobló la carta cuidadosamente y la guardó junto con la otra que había conservado todos estos años.

Lloró, pero eran lágrimas diferentes, no de dolor o culpa, sino de liberación. Tomás la había perdonado, su madre la había perdonado, incluso su hija la había perdonado, o al menos la había entendido. Solo quedaba una persona que necesitaba perdonarla. ella misma. Y así Rosa Herrera vivió el resto de sus días en aquella casa de Patscuaro. Vio a sus nietos crecer y tener sus propios hijos.

Vio a México transformarse, pasar por guerras y revoluciones. Vio el mundo cambiar a su alrededor mientras ella permanecía quieta, una reliquia de otro tiempo. Murió en 1895, a los 61 años de causas naturales. María Elena estaba a su lado sosteniendo su mano. Sus últimas palabras fueron: “Díganle a Tomás que voy en camino.

” En su funeral, que fue sencillo según sus deseos, el padre que ofició el servicio habló de Rosa como una mujer de gran virtud y caridad, una viuda devota que había dedicado su vida a su familia y a ayudar a los necesitados. Nadie mencionó los secretos oscuros que había guardado. Nadie habló de Diego o Tomás.

Nadie cuestionó la historia oficial, porque algunos secretos, como María Elena había dicho años atrás, es mejor dejarlos enterrados. La casa de los Herrera en Patscuaro se mantuvo en pie hasta principios del siglo XX, cuando fue demolida para construir edificios más modernos. La hacienda de los Montalbán fue expropiada durante la revolución y dividida entre campesinos.

La tumba de Diego en el cementerio de Patscuaro cayó en el abandono con los años, su nombre borrado por el tiempo y el clima. Pero la tumba de Tomás, curiosamente siempre tenía flores frescas. Nadie sabía quién las ponía. Algunos decían que era María Elena, otros decían que era el fantasma de Rosa que vagaba por el cementerio en las noches sin luna.

La verdad, como sucede a menudo con las historias del pasado, se perdió en algún lugar entre la realidad y la leyenda. Lo que quedó fue solo un susurro en Patscuaro, una historia que las abuelas contaban a sus nietas en voz baja, la historia de Rosa Herrera, cuya boda terminó en muerte y cuya vida fue una larga expiación por decisiones tomadas en momentos de desesperación. Algunos la juzgan.

Otros la compadecen, pero todos están de acuerdo en una cosa. La de Rosa fue una tragedia que marcó a Michoacán, un recordatorio de que detrás de cada matrimonio hay historias que nunca se cuentan, secretos que se llevan a la tumba y decisiones imposibles que cambian vidas para siempre.

Y quizás, solo quizás en algún lugar más allá de este mundo, Rosa y Tomás finalmente encontraron la paz que nunca pudieron tener en vida. Libres del peso del pasado, libres de las restricciones de la sociedad, libres para amarse como siempre debieron haberlo hecho. Pero eso, como todo lo demás en esta historia, quedará para siempre en el reino de lo desconocido.