Cada 23 de abril, cuando comenzaba la famosa feria de abril de Sevilla, Carmen Romero repetía el mismo ritual. Entraba en la habitación de su hijo, tomaba su viejo teléfono móvil y lo conectaba al cargador, esperando a que la pantalla se iluminara. El teléfono había estado apagado desde 2008.

La batería se había agotado hacía años y Carmen nunca había tenido el valor de encenderlo de nuevo porque ese teléfono contenía los últimos mensajes de su hijo Daniel, las últimas fotos, la última voz grabada. En abril de 2023, en el 15º aniversario, la compañía telefónica llamó a Carmen. Señora Romero, hemos detectado actividad extraña en la línea de su hijo.

Este número está activo ahora mismo y está haciendo llamadas desde Faragofa. Las manos de Carmen comenzaron a temblar, pero eso es imposible. Ese teléfono lleva 15 años conmigo en mi casa, en mi cajón. Antes de continuar con esta inquietante historia, si valoras casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo.

Dinos en los comentarios de qué país y ciudad nos estás viendo. Tenemos curiosidad por saber dónde está distribuida nuestra comunidad por el mundo. Sevilla, abril de 2008. La ciudad andaluza se preparaba para su evento más importante del año, la feria de abril. Durante una semana completa, el real de la feria se transformaba en una ciudad dentro de la ciudad con más de 1000 casetas iluminadas, caballos engalanados, mujeres con trajes de flamenca de colores vibrantes y el sonido omnipresente de las sevillanas. La feria de abril no era simplemente una celebración, era el alma de Sevilla

concentrada en 7 días de primavera. Las familias pasaban generaciones enteras asistiendo a las mismas casetas, bailando las mismas canciones, compartiendo manzanilla y rebujito hasta el amanecer. Para los sevillanos, faltar a la feria era impensable. Daniel Romero García tenía 17 años en abril de 2008 y cursaba segundo de bachillerato en el Instituto San Isidoro, en el barrio de Nervión.

Era un chico de estatura media, aproximadamente 1,75 m, complexión delgada pero atlética gracias a que jugaba al fútbol los fines de semana con sus amigos del barrio. Tenía el cabello castaño oscuro con reflejos cobrifos que brillaban bajo el sol andaluz, que siempre llevaba con un poco de gel formando un pequeño tupé al frente, según la moda de 2008.

Sus ojos eran de un verde avellana característico, heredados de su abuela materna. y tenía una sonrisa amplia que mostraba un pequeño espacio entre los dos dientes frontales superiores. Ese año, Daniel llevaba puesta su camisa blanca nueva que su madre le había comprado específicamente para la feria, pantalones negros ajustados, zapatos de vestir negros y una chaqueta corta de color gris oscuro.

En su muñeca derecha llevaba un reloj Casio plateado barato, pero que a él le encantaba. Y en su bolsillo trasero, su teléfono móvil, un Nokia 6300, uno de los modelos más populares de ese año, de color negro con acabado metálico. La familia Romero vivía en un apartamento de cuatro habitaciones en el barrio de los Remedios, una zona residencial cercana al real de la feria.

El apartamento estaba en un edificio de los años 80 en un cuarto piso con balcón que durante la feria ofrecía vistas parciales de la iluminación colorida del refinto ferial. Carmen Romero Jiménez, de 45 años en 2008, trabajaba como administrativa en el Hospital Universitario Virgen del Rocío.

Era una mujer menuda, pero de presencia fuerte, con el cabello negro siempre perfectamente peinado y recogido en un moño bajo. Llevaba gafas de montura fina y vestía de forma conservadora, pero elegante. Era conocida en el barrio como una mujer extremadamente organizada y protectora con sus hijos. Rafael Romero Delgado, de 48 años, era mecánico y propietario de un pequeño taller en el barrio de Triana.

Era un hombre corpulento, de manos grandes y callosas de años, trabajando con herramientas, con bigote espeso y una voz profunda que resonaba. Era más relajado que Carmen en su estilo de crianfa, pero igual de devoto a sus hijos. Daniel tenía una hermana menor, Rofío Romero García, de 13 años en 2008. Era una chica bibfianchina con el mismo cabello castaño de Daniel, pero más largo, que llevaba siempre con una coleta alta.

Rofío idolatraba a su hermano mayor y lo cedía a todas partes cuando él se lo permitía. Los Romero eran una familia de clase media trabajadora, profundamente arraigada en las tradiciones sevillanas. Cada año asistían a la feria durante al menos tres o cuatro noches visitando la caseta de la Asociación de Vecinos de los Remedios, donde Rafael había sido socio durante 20 años.

El sábado 26 de abril de 2008 fue el tercer día de la feria de abril. Era una noche particularmente animada porque caía en fin de semana y el refinto estaba abarrotado con más de 2 millones de personas. Las temperaturas eran perfectas para la feria. unos 22 grados al caer la noche, con una brisa suave que traía el aroma a churros, pescadito frito y flores de afar.

Daniel había hecho planes con su grupo de amigos para encontrarse en la feria a las 9 de la noche. Su grupo consistía en cinco chicos de su instituto. Su mejor amigo Miguel Ángel Castro, conocido como Mide, un chico alto y delgado, obsesionado con el Real Betis. Antonio Márquez, Tonio, el grafioso del grupo que siempre tenía un chiste preparado, Pablo Ruiz, el más tranquilo y estudioso, y las dos únicas chicas del grupo, Laura Fernández y Cristina Sánchez, ambas compañeras de clase y amigas cercanas. A las 8 de la tarde, Daniel se estaba preparando en su

habitación. Se duchó. Se puso abundante gel en el cabello para formar su peinado característico y se roxé la colonia omnipresente entre los adolescentes de 2008. Se puso su camisa blanca, pantalones negros y la chaqueta gris. Carmen entró en su habitación mientras él se abrochaba los últimos botones de la camisa.

“Estás muy guapo, hijo”, le dijo con una sonrisa. Vas a romper corazones esta noche. Daniel se sonrojó levemente. Mamá, por favor. ¿A qué hora piensas volver? No sé, mamá. Probablemente sobre las 2 o 3 de la mañana. La feria está buena hasta tarde. Carmen frunció el ceño. No le gustaba que Daniel llegara tan tarde, pero también sabía que durante la feria las reglas normales se relajaban.

Era tradición que los jóvenes se quedaran hasta el amanecer bailando y celebrando. Está bien, pero quiero que me llames cada dos horas para que sepa que estás bien y mantén tu teléfono encendido y con batería. Sí, mamá, lo prometo. Rafael apareció en la puerta. Dale un poco de aire al chaval. Carmen.

Tiene 17 años. No es un niño. Precisamente porque tiene 17 años. Me preocupo respondió Carmen. Se giró hacia Daniel y le dio 30 € para las copas y la comida. No gastes todo de golpe. Daniel le dio un beso en la mejilla a su madre y salió del apartamento a las 8:45 de la noche.

Rocío estaba viendo televisión en el salón y le gritó, “Tráeme un churro cuando vuelvas. Solo si te portas bien”, respondió Daniel antes de cerrar la puerta. Daniel caminó las 15 calles desde su apartamento hasta el real de la feria. El refinto ferial estaba ubicado en el barrio de los remedios, en un enorme espacio abierto que durante el resto del año permanecía vacío, pero que durante la feria se convertía en una ciudad temporal de luces, música y alegría.

La entrada principal, la portada, era una estructura monumental iluminada con miles de bombillas que cambiaba de diseño cada año. En 2008, la portada representaba una fachada neoclásica con columnas y arcos. Daniel pasó por debajo de ella a las 9:10 de la noche, uniéndose a las miles de personas que fluían hacia el interior del refinto.

Encontró a sus amigos en el punto de encuentro acordado frente a la caseta de Coca-Cola. una de las pocas casetas públicas donde cualquiera podía entrar sin invitación. Mig fue el primero en verlo y le dio un abrazo fuerte. Tío, pensaba que no venías. Claro que vengo. No me perdería esto por nada. Laura y Cristina llevaban trajes de flamenca.

Laura en rojo con lunares blancos y Cristina en azul turquesa. Estaban radiantes, claramente emocionadas por la noche que tenían por delante. Tonio y Pablo también vestían formales con camisas y pantalones oscuros. El grupo pasó la siguiente hora recorriendo las calles del Refinto, mirando las diferentes casetas, algunas privadas y exclusivas, otras abiertas al público. La música de sevillanas resonaba desde cada caseta.

mezclándose en una sinfonía caótica pero alegre. El olor a comida era omnipresente, pescado frito, jamón ibérico, tortilla de patatas, churros con chocolate. A las 10:30 de la noche, Daniel recibió un mensaje de texto de Carmen. Todo bien, hijo. Daniel respondió, “Todo perfecto, mamá. Estoy con los chicos. Te quiero.

” Carmen guardó el teléfono satisfecha. Rafael la miró desde el sofá donde estaba viendo un partido de fútbol. ¿Ves? Está bien. Deja de preocuparte. En el refinto ferial, el grupo de Daniel decidió entrar en la caseta de los remedios, donde la familia de Daniel era Sofia. mostraron sus credenciales de socio en la entrada y entraron en el espacio abarrotado.

La caseta era grande, con mesas y sillas dispuestas alrededor de una pista de baile central donde docenas de personas bailaban sevillanas. Pidieron rebujitos, la bebida tradicional de la feria hecha con manzanilla y es y se sentaron en una mesa libre cerca del fondo de la caseta. La noche transcurría perfectamente. Bailaron, rieron.

comieron tapas que compraban en los puestos cercanos. Daniel estaba de excelente humor, bromeando con sus amigos, intentando torpemente bailar sevillanas con Laura, quien lo guiaba pacientemente por los pasos. A las 11:45 de la noche, Daniel fue al baño. Los baños portátiles estaban ubicados en una zona específica del refinto a cierta distancia de las casetas.

Vuelvo en 5co minutos”, le dijo a Mive antes de salir. Mive asintió, ocupado hablando con Cristina sobre algo relacionado con la escuela. Laura estaba bailando con Toño. Pablo había salido momentos antes a comprar más bebidas. Daniel salió de la caseta de los remedios y se dirigió hacia la fona de baños. El refinto estaba increíblemente lleno.

Era difícil caminar sin chocar con alguien. Familias enteras paseaban. Grupos de adolescentes reían fuerte. Parejas bailaban en medio de las calles del refinto. Llegó a los baños portátiles a las 11:50. Había una cola de al menos 10 personas esperando. Daniel suspiró y se puso al final de la fila, sacando su Nokia para revisar si tenía mensajes.

No había nada nuevo. Lo que Daniel no sabía era que estaba siendo observado. Un hombre de unos 40 años, vestido con camisa oscura y pantalones vaqueros, había estado sibiéndolo desde que salió de la caseta. El hombre se mantuvo a distancia, mezclándose con la multitud, pero sus ojos nunca dejaron de observar a Daniel.

Después de usar el baño, Daniel comenzó a caminar de regreso hacia la caseta de los remedios. Pero en la confusión de la multitud y las miles de luces parpadeantes, tomó un giro equivocado. En lugar de dirigirse hacia la calle principal donde estaba su caseta, se encontró en una calle más estrecha, menos iluminada, entre casetas cerradas o privadas. Se detuvo confundido, sacó su teléfono y miró la hora. Medianoche.

Exacto. También notó que tenía solo dos barras de batería. Necesitaba volver pronto antes de que su madre intentara llamarlo y el teléfono estuviera muerto. Perdido, chaval. Daniel se giró. El hombre de la camisa oscura estaba parado a unos 3 m de distancia, sonriendo de manera amistosa. Eh, sí, un poco, admitió Daniel. Estoy buscando la caseta de los remedios.

Ah, vas en dirección equivocada. Está por allá”, dijo el hombre señalando vagamente hacia atrás. “Pero hay un atajo. Sígueme, te muestro.” Daniel dudó. Algo en el hombre le parecía extraño, pero también parecía genuinamente útil. Y Daniel realmente quería volver con sus amigos pronto. “Vale, gracias”, dijo Daniel sidiendo al hombre.

El hombre lo guió por calles cada vez menos transitadas del refinto. Las casetas aquí estaban cerradas y había menos gente. Daniel comenzó a sentirse incómodo. Oye, ¿estás seguro de que este es el camino? Sí, sí, confía en mí. Solo un poco más. Llegaron a una zona del refinto que estaba prácticamente desierta, cerca de la valla perimetral que separaba el refinto del resto de la ciudad. Había algunos camiones de suministros estacionados y contenedores de basura.

“Oye, esto no me parece bien”, dijo Daniel deteniéndose. “Me voy a volver por donde vine.” Cuando se giró para marcharse, sintió un golpe fuerte en la parte posterior de su cabeza. El dolor fue instantáneo y fegador. Daniel cayó de rodillas. Su visión se volvió borrosa. Sintió manos agarrándolo, arrastrándolo. Intentó gritar, pero una mano se cerró sobre su boca.

Lo último que vio antes de perder la consciencia fue su teléfono Nokia cayendo de su bolsillo trasero al suelo de tierra, la pantalla brillando brevemente antes de apagarse. De vuelta en la caseta de los remedios, Mib miró su reloj. Eran las 12:25 de la mañana. Daniel llevaba fuera 40 minutos. ¿Dónde está Daniel? Preguntó Laura. Dijo que volvería en 5 minutos.

Seguro se perdió o se encontró con alguien conocido, dijo Toño. Ya sabes cómo es esto durante la feria. Mig intentó llamar al móvil de Daniel. Sonó varias veces antes de ir directamente al bufón de BOF. Su teléfono está apagado o sin batería. Probablemente se le acabó la batería, dijo Cristina. Vamos a buscarlo.

No puede estar muy lejos. El grupo salió de la caseta y comenzó a buscar por las calles cercanas. Preguntaron a personas que habían visto a un chico con camisa blanca y chaqueta gris. Algunos dijeron que tal vez habían visto a alguien así, pero con 2 millones de personas en el refinto era imposible estar seguros. A la 1:30 de la mañana, Mid estaba genuinamente preocupado.

Esto no era normal. Daniel no desaparecería sin avisar. tomó una decisión difícil y llamó al teléfono de la casa de los Romero. Carmen respondió al tercer tono, su voz alerta a pesar de la hora. Diva, señora Romero, soy Miguel Ángel, amigo de Daniel. Hola, Miguasa algo es que no encuentro a Daniel. fue al baño hace más de una hora y no ha vuelto.

Su teléfono está apagado. Carmen sintió que su estómago se hundía. ¿Qué quieres decir con que no lo encuentras? Lo hemos buscado por todo el refinto, pero no está. Pensé que debía decírselo. Carmen despertó inmediatamente a Rafael. Daniel ha desaparecido en la feria. Tenemos que ir ahora.

Rafael se levantó de un salto, poniéndose los pantalones mientras todavía estaba medio dormido. ¿Qué? ¿Cómo que ha desaparecido? No sé. Mibe dice que fue al baño y no volvió. Su teléfono está apagado. Llegaron al real de la feria a las 2:15 de la mañana. El refinto todavía estaba lleno. La fiesta continuaba sin disminuir. Se encontraron con Mive y sus amigos en la entrada de la caseta de los remedios.

Los chicos estaban visiblemente asustados, especialmente M, que se sentía responsable. “Cuéntame exactamente qué pasó”, exigió Carmen. Su voz tensa. M explicó toda la secuencia de eventos. Daniel había ido al baño alrededor de las 11:45. No había vuelto. Su teléfono estaba apagado. Lo habían buscado durante más de 2 horas. Rafael tomó el control. Vamos a la policía de la feria ahora.

En el recinto ferial había varios puestos de la Policía Nacional para manejar incidentes durante el evento. El puesto más cercano estaba en la entrada principal. Rafael, Carmen y el grupo de amigos se dirigieron allí inmediatamente. El agente de turno, un hombre de unos 35 años llamado Javier Molina, escuchó su historia con expresión seria.

¿Cuánto tiempo lleva desaparecido? Más de 2 horas, respondió Carmen, su voz quebrándose. Su teléfono está apagado. Esto no es normal en él. Señora, durante la feria esto pasa más de lo que cree. Hay 2 millones de personas aquí. La gente se pierde, se separa de sus grupos. Normalmente aparecen en las próximas horas.

“Mi hijo no es la gente”, dijo Carmen con firmeza. Él me llamaría. Siempre me llama. El agente Molina asintió. Entiendo su preocupación. Vamos a activar el protocolo. Dame una descripción detallada. Carmen proporcionó toda la información. Daniel Romero García, 17 años, 1,75 m, cabello castaño con gel, ojos verde avellana.

Llevaba camisa blanca, pantalones negros, chaqueta gris oscura, zapatos negros. Última vez visto alrededor de las 11:45 de la noche dirigiéndose a los baños portátiles. El agente Molina envió una alerta a todos los puestos de policía en el refinto. También contactó con el servicio médico de la feria por si Daniel había sufrido algún accidente y había sido llevado a la enfermería.

Durante las siguientes 4 horas, Carmen, Rafael y los amigos de Daniel peinaron cada centímetro del real de la feria. Gritaban su nombre, mostraban su foto a cualquiera que estuviera dispuesto a mirar. A medida que avanzaba la noche hacia el amanecer y la multitud comenzaba a dispersarse, la búsqueda se volvía más desesperada.

A las 6 de la mañana, con el sol comenzando a salir, Carmen y Rafael se sentaron en un banco cerca de la entrada principal, exhaustos y aterrorizados. Daniel había desaparecido completamente, sin rastro. El agente Molina se acercó a ellos. Señores Romero, hemos revisado todo el refinto. No está aquí.

Sugiero que vayan a presentar una denuncia formal en la comisaría. Vamos a tratarlo como una desaparición. El domingo 27 de abril de 2008, a las 8 de la mañana, Carmen y Rafael presentaron una denuncia oficial en la comisaría de la Policía Nacional en la Avenida de La Borbolla. El inspector Enrique Navarro, un veterano de 52 años con experiencia en casos de personas desaparecidas, fue asignado al caso.

Lo primero que hizo el inspector Navarro fue solicitar las grabaciones de las cámaras de seguridad del Real de la Feria. En 2008, la cobertura de FFTV no era tan extensa como lo sería en años posteriores, pero había cámaras en las entradas principales y en algunas zonas estratégicas del recinto.

Las imágenes mostraban a Daniel entrando al recinto a las 9:10 de la noche, como Rafael y Carmen confirmaron. También lo mostraban caminando con sus amigos hacia la caseta de los remedios alrededor de las 9:30. Después de eso, las cámaras lo perdían. La zona de los baños portátiles no tenía cobertura de cámaras y la zona trasera del refinto, cerca de la valla perimetral tampoco.

El inspector Navarro entrevistó extensamente a los amigos de Daniel. Todos confirmaron la misma historia. Daniel había ido al baño y nunca volvió. No había mencionado ningún problema. No parecía preocupado o asustado. Era una noche normal. hasta que desapareció. “Daniel tenía algún problema”, preguntó el inspector.

“Deudas, conflictos con alguien, ¿pas?” “No,”, insistió Carmen. Daniel era un buen chico, estudiaba bien, tenía buenos amigos, no había nada malo en su vida. El inspector también interrogó a Carmen y Rafael sobre la dinámica familiar. ¿Había alguna razón por la que Daniel pudiera querer fugarse? ¿Algún conflicto, alguna presión? Rafael se molestó con las preguntas.

Mi hijo no se fubó. Algo le pasó. Alguien se lo llevó. El inspector Navarro sabía que en casos de adolescentes desaparecidos, la mayoría eventualmente aparecían, habiendo huido por razones personales. Pero también sabía que en algunos casos, especialmente en eventos masivos como la feria de abril, los depredadores encontraban oportunidades. Se lanzó una búsqueda masiva.

Voluntarios de toda Sevilla se unieron a la policía para buscar en parques, edificios abandonados, orillas del río Guadalquivir. Se distribuyeron miles de carteles con la foto de Daniel por toda la ciudad. Los medios de comunicación locales cubrieron extensamente la historia.

Joven desaparece en feria de abril, fue el titular en todos los periódicos sevillanos. La imagen sonriente de Daniel en su camisa blanca apareció en televisión, en internet. en cada esquina de Sevilla. Pero pasaban los días sin ninguna pista. El teléfono de Daniel nunca se volvió a encender. No hubo transacciones en su cuenta bancaria.

Tenía una cuenta de ahorro con apenas 300 € No hubo avistamientos confirmados. El inspector Navarro exploró todas las teorías posibles. Podría Daniel haber sufrido un accidente dentro del refinto y su cuerpo simplemente no había sido encontrado? Se revisaron todos los contenedores de basura, todos los camiones de suministros, todas las estructuras temporales. Nada podría haber sido secuestrado para explotación sexual.

Esta era la teoría más oscura, pero también la más plausible. La policía sabía que las grandes concentraciones de personas atraían a criminales que buscaban víctimas vulnerables, pero sin demandas de rescate, sin evidencia de tráfico, era solo una teoría. Dos semanas después de la desaparición, el caso comenzó a enfriarse.

No había nuevas pistas, no había testigos adicionales. Daniel Romero había desaparecido como si nunca hubiera existido. Para Carmen y Rafael comenzó el verdadero infierno. Carmen dejó de trabajar. Era incapaz de concentrarse en su puesto administrativo en el hospital. Pasaba sus días en casa mirando por la ventana, esperando que Daniel crufara la puerta diciendo que todo había sido un malentendido.

Rafael intentó mantener su taller funcionando, pero su corazón no estaba en ello. Comía errores, olvidaba fitas con clientes, perdía herramientas. Sus empleados comenzaron a preocuparse por él. Rofío, de solo 13 años, tuvo que crecer de golpe. Su hermano mayor, su héroe, había desaparecido. Desarrolló ansiedad severa y comenzó a tener pesadillas. Su rendimiento escolar cayó en picado.

Carmen desarrolló un ritual que mantendría durante los siguientes 15 años. Cada noche entraba en la habitación de Daniel, que habían mantenido exactamente como estaba el día que desapareció. Se sentaba en su cama, abrafaba su almohada y lloraba. Había preservado todo, sus pósteres en las paredes, su ropa en el armario, sus libros en el estante, su ordenador en el escritorio y, más importante, había preservado su teléfono móvil, el Nokia 6300 negro que habían encontrado dos días después de la desaparición en la zona trasera del refinto, cerca de donde estaban estacionados los camiones de suministros, un trabajador de limpieza

lo había encontrado en el suelo y lo había entregado a la policía. La pantalla estaba rota, pero el teléfono aún funcionaba. La policía había analizado el teléfono exhaustivamente. Los últimos mensajes eran de Carmen, preguntándole si estaba bien. Las últimas fotos eran de Daniel y sus amigos posando antes de entrar al recinto.

No había nada sospechoso, ninguna comunicación con personas desconocidas. Después de que la policía terminara con el análisis, devolvieron el teléfono a Carmen. Ella lo guardó en el cajón de la mesita de noche en la habitación de Daniel. A veces lo sacaba, miraba la pantalla rota y se preguntaba qué había visto Daniel en sus últimos momentos antes de que le arrebataran el teléfono.

Carmen mantuvo activa la línea telefónica de Daniel. Cada mes pagaba religiosamente la factura, aunque el teléfono nunca se encendía. Los empleados de la compañía telefónica la conocían por nombre. Algunos le sugerían cancelar el servicio para ahorrar dinero, pero Carmen se negaba firmemente.

“Mientras esa línea esté activa, mi hijo puede llamar a casa”, explicaba. No voy a quitarle esa posibilidad. Los años pasaron con una lentitud abónica. 2009, 2010, 2011. Cada año, cuando llegaba a abril y comenzaba la feria de abril, Carmen se sumía en una depresión profunda. Nunca volvió a pisar el real de la feria.

No podía soportar estar allí, donde había perdido a su hijo. Rofío se graduó del instituto en 2013 y comenzó a estudiar enfermería en la Universidad de Sevilla. Se había convertido en una joven seria y reservada. marcada por la pérdida de su hermano. Había desarrollado una necesidad casi obsesiva de ayudar a otros, como si pudiera compensar de alguna manera el no haber podido ayudar a Daniel.

Rafael finalmente tuvo que vender su taller en 2015. La depresión y el estrés habían pasado factura. tenía problemas cardíacos, presión arterial alta, diabetes. El doctor le dijo que si no reducía el estrés, no viviría para ver los 60. Vendió el negocio y se jubiló anticipadamente. El inspector Navarro se jubiló en 2016. Antes de irse, visitó a Carmen y Rafael en su apartamento.

“Nunca dejé de pensar en Daniel”, les dijo con lágrimas en los ojos. fue el caso que nunca pude resolver. Lo siento mucho. Carmen lo abrafó. Usted hizo todo lo que pudo. Lo sabemos. Para 2018, 10 años después de la desaparición, la mayoría de las personas habían olvidado a Daniel Romero.

Los carteles habían sido retirados hace años. Los artículos de periódico estaban enterrados en archivos digitales. Solo su familia seguía recordando. Carmen había desarrollado su ritual anual. Cada 23 de abril, cuando comenzaba la feria de abril, entraba en la habitación de Daniel, sacaba su Nokia 6300 del cajón y lo conectaba al cargador.

La batería había muerto hace años, así que el teléfono nunca se encendía, pero Carmen repetía el gesto de todos modos. Era su forma de decir, “Sivo aquí, sigo esperando.” En 2020, la feria de abril fue cancelada por primera vez en décadas debido a la pandemia de COVID-19. Carmen sintió una extraña sensación de alivio.

No tendría que soportar ver las noticias sobre la feria, los anuncios, las celebraciones. Todo estaba cancelado, congelado, como su vida desde 2008. Para 2023, Carmen tenía 60 años, pero parecía tener 75. Su cabello era completamente blanco. Su rostro estaba surcado de arrugas profundas. Caminaba encorbada, como si llevara un peso invisible sobre sus hombros.

Rafael estaba en condiciones similares, su salud deteriorándose año tras año. Rofío se había convertido en enfermera y trabajaba en el mismo hospital virgen del Rofío, donde su madre había trabajado años atrás. Se había casado en 2021 con un hombre llamado Alberto, pero nunca habían tenido hijos. Rofío no quería traer niños a un mundo donde podían desaparecer sin rastro.

La familia había aprendido a vivir con el dolor constante, con la pregunta sin respuesta que los persegía cada día. ¿Qué le pasó a Daniel? El 23 de abril de 2023 marcó el 15º aniversario de la desaparición de Daniel. Era domingo, el primer día de la feria de abril de ese año. Como siempre, Carmen entró en la habitación de su hijo.

La habitación olía aferrado, a tiempo detenido. Tomó el Nokia 6300 del cajón, lo conectó al cargador antiguo y esperó. Como siempre, nada pasó. El teléfono estaba muerto, incapaz de encenderse después de tantos años. Carmen se sentó en la cama de Daniel abrafando el teléfono contra su pecho y lloró. Lloró por los 15 años perdidos. Lloró por el hijo que nunca volvió. Lloró por la vida que nunca vivió.

A las 11:30 de la mañana, su propio teléfono móvil sonó. Era un número desconocido con prefijo de Sevilla. “Diva”, respondió Carmen secándose las lágrimas. Señora Carmen Romero. Sí, soy yo. ¿Quién es? Soy Juan Carlos Mendoza del Departamento de Fraude y Seguridad de Vodafón. Necesito hablar con usted sobre la línea telefónica registrada a nombre de Daniel Romero García.

Carmen sintió que su corazón se detenía. ¿Qué pasa con esa línea? Hemos detectado actividad inusual. Esta línea ha estado inactiva desde 2008, pero nuestros sistemas muestran que se ha utilizado en las últimas 48 horas. Eso es imposible, dijo Carmen, su gof temblando. El teléfono de mi hijo lleva 15 años apagado. Lo tengo aquí mismo en mi mano.

Entiendo que esto es confuso, señora Romero, pero nuestros registros son claros. El número + 3466 234891 registrado a Daniel Romero García, ha realizado varias llamadas y ha enviado mensajes de WhatsApp desde Faragofa en los últimos dos días. Las manos de Carmen comenzaron a temblar tan violentamente que casi dejó caer el teléfono.

Faragofa, ¿estás seguro? Completamente seguro. La última señal de la torre felular fue hace 3 horas en el distrito de Delicias en Faragofa. Señora Romero, ¿tiene idea de quién podría estar usando ese número? No, no tengo idea. Mi hijo, mi hijo desapareció hace 15 años. Este número ha estado inactivo desde entonces. Hubo una pausa al otro lado de la línea. Entiendo.

Esto podría ser un caso de clonación de SIM o fraude de identidad. Voy a escalar esto a nuestro departamento de seguridad y también voy a contactar con la policía. Puede venir a una de nuestras oficinas para verificar su identidad y discutir los próximos pasos. Carmen aceptó reunirse con ellos esa misma tarde.

Después de colgar, permaneció sentada en silencio durante varios minutos tratando de profesar lo que acababa de escuchar. El número de Daniel activo en Zaragoza. Llamó a Rafael, quien estaba en el salón. Rafa, necesitas escuchar esto. Le explicó toda la conversación. Rafael la miró con una mezcla de confusión y esperanza creciente.

Podría ser él después de 15 años. No sé, pero vamos a averiguarlo. A las 3 de la tarde, Carmen y Rafael se reunieron en la oficina principal de Vodafone en Sevilla con Juan Carlos Mendofa y dos especialistas en seguridad. Les mostraron los registros de llamadas. El número de Daniel había realizado cinco llamadas en los últimos dos días, todas a números de Faragofa.

También había enviado varios mensajes de WhatsApp, aunque no podían ver el contenido por privacidad. Todas las actividades se habían originado desde Torres Felulares en Faragofa. ¿Cómo es esto posible? Preguntó Rafael. Alguien copió su tarjeta SIM. Es posible, dijo uno de los especialistas.

La clonación de Sim era más común hace años. Alguien podría haber duplicado la identidad del número, pero también es posible que alguien simplemente esté usando el mismo número con una nueva SIM, lo cual requeriría acceso a los datos de la cuenta original. Necesitamos ir a la policía”, dijo Carmen.

Ahora, esa misma tarde, Carmen y Rafael se presentaron en la comisaría de Policía Nacional con toda la información de Vodafone. El caso fue asignado al inspector Miguel Ángel Ruiz, un hombre de 45 años que se especializaba en casos de fraude y personas desaparecidas. El inspector Ruiz revisó el expediente original de Daniel de 2008.

Esto es extraordinario, dijo, un número inactivo durante 15 años que de repente se activa y no solo activo, sino usándose activamente. ¿Qué significa esto?, preguntó Carmen. Mi hijo podría estar vivo. Vamos a investigarlo, prometió el inspector Ruif. Pero necesito que entiendan que hay varias posibilidades. Podría ser fraude de identidad.

Podría ser que alguien encontró información de Daniel y está usando su identidad. Oh, o qué, insistió Rafael. O su hijo realmente está vivo y por alguna razón ha activado su número después de 15 años. El inspector Ruif inició inmediatamente una investigación. Lo primero que hizo fue solicitar una orden judicial para rastrear la ubicación exacta del teléfono y obtener información detallada de las llamadas y mensajes.

Dos días después, el 26 de abril, la orden fue aprobada. Vodafone proporcionó toda la información. El teléfono había estado activo principalmente en una dirección específica, calle la Gasca 47, en el barrio de Delicias, Faragofa. El inspector Ruiz contactó a la policía nacional en Farabofa y coordinó una operación conjunta.

El 28 de abril de 2023, un equipo de cuatro agentes se dirigió a la dirección en Faragofa. El edificio en calle Lagasca 47 era un bloque de apartamentos de cuatro plantas construido en los años 80. Los agentes verificaron los bufones. El apartamento 2B estaba registrado a nombre de un tal David Molina Sanf. Subieron al segundo piso y llamaron a la puerta.

Después de unos momentos, un hombre abrió. Tenía aproximadamente 32 años, cabello castaño oscuro, barba de varios días, complexión delgada. Llevaba vaqueros y una camiseta gastada. “David Molina”, preguntó uno de los agentes. “Sí, soy yo. ¿Qué pasa? Somos de la Policía Nacional. Necesitamos hacerle algunas preguntas sobre su teléfono móvil.

El hombre pareció confundido. Mi teléfono. ¿Qué pasa con mi teléfono? ¿Cuál es su número de móvil? David refitó un número. Era el número de Daniel Romero. Los agentes se miraron entre sí. Señor, ese número está registrado a nombre de otra persona. Daniel Romero Barfía, un joven que desapareció en Sevilla hace 15 años. David frunció el feño.

No sé quién es esa persona. Este ha sido mi número desde hace años. ¿Puede mostrarnos alguna identificación? David les mostró su DNI. David Molina Sanf, nacido el 15 de agosto de 1991 en Faragofa. Según el documento, tenía 31 años, pero algo no encajaba. Los agentes notaron que David tenía ojos verde avellana inusuales y cuando sonrió nerviosamente revelaron un pequeño espacio entre sus dos dientes frontales superiores.

Señor Molina, ¿estaría dispuesto a acompañarnos a la comisaría para aclarar esta situación? David pareció asustado. ¿Por qué? No he hecho nada malo. No está bajo arresto. Solo necesitamos verificar algunos detalles. Hay una familia en Sevilla que lleva 15 años buscando a su hijo y su número de teléfono está conectado con ese caso.

David aceptó, aunque claramente nervioso. En la comisaría de Zaragoa, los agentes lo fotografiaron y tomaron sus huellas dactilares. Mientras tanto, en Sevilla, el inspector Ruiz recibió las fotos de David Molina. Las envió inmediatamente a Carmen y Rafael.

Cuando Carmen abrió el archivo de imagen en su teléfono, sus manos comenzaron a temblar. El hombre en la foto tenía 31 años, barba, el cabello más oscuro y más corto, pero los ojos, esos ojos verde avellana. Y cuando amplió la imagen de su sonrisa, vio el espacio entre los dientes. Es él, susurró Carmen. Dios mío, es mi Daniel. Rafael tomó el teléfono y estudió la imagen. Su rostro se descompuso.

Se parece a él, pero ¿cómo? ¿Dónde ha estado durante 15 años? El inspector Ruif organizó inmediatamente una prueba de ADN. Necesitaban confirmar científicamente si David Molina era realmente Daniel Romero. Carmen proporcionó una muestra de su propio ADN y se solicitó una muestra de David. Inicialmente, David se negó.

No soy esa persona, no sé de qué están hablando. Pero cuando le mostraron fotos de Daniel Romero de 2008, al lado de fotos actuales del mismo, David se quedó en silencio durante largo tiempo. Esto es una locura, dijo finalmente. Yo no soy Daniel Romero, soy David Molina. He vivido en Zaragofa toda mi vida.

Entonces, ¿por qué su número de teléfono está registrado a Daniel Romero desde 2008? Preguntó el agente que lo interrogaba. David no tenía respuesta. Los resultados del ADN llegaron 3 días después, el 2 de mayo de 2023. La coincidencia era del 99,98%. David Molina era, sin lugar a dudas, Daniel Romero García.

Cuando le presentaron los resultados, David se derrumbó. Comenzó a llorar, su cuerpo temblando. No entiendo, no recuerdo nada de esto. Los psicólogos forenses fueron llamados. Durante las siguientes semanas sometieron a David/onal Daniel a evaluaciones exhaustivas. La conclusión fue impactante. David sufría de amnesia disociativa severa.

No tenía recuerdos conscientes de su vida. antes de 2008. Lo que había pasado comenzó a reconstruirse lentamente a través de investigaciones adicionales. Daniel había sido secuestrado esa noche en la feria por un hombre llamado Julián Ortega, quien tenía antecedentes por tráfico de menores. Ortega lo había drogado, lo había mantenido cautivo durante dos semanas y luego lo había vendido a una pareja en Zaragoza, los Molina, que desesperadamente querían un hijo, pero no podían adoptar legalmente debido a problemas con sus antecedentes.

Los Molina le habían dado una nueva identidad, David Molina. Le dijeron que había sufrido un accidente que le causó amnesia, que ellos eran sus padres biológicos. Con el tiempo, Daniel, traumatizado y manipulado, había aceptado esta nueva realidad. Sus memorias de su vida anterior se habían suprimido y el número de teléfono.

Ortega había clonado la SIM de Daniel y se la había dado a los Molina cuando entregaron al chico. Los Molina la habían mantenido activa todos estos años sin darse cuenta de que estaba registrada a otra persona. El 10 de mayo de 2023, Carmen y Rafael viajaron a Zaragoza para reunirse con su hijo. fue en una sala controlada con psicólogos presentes.

Cuando Daniel entró en la habitación y vio a Carmen, sus ojos se llenaron de lágrimas sin saber por qué. Algo en esa mujer lo hacía sentir seguro. Familiar. Carmen se acercó lentamente, sus propias lágrimas cayendo. Daniel, mi niño. Yo no sé si soy esa persona, dijo Daniel. Carmen sacó el Nokia 6300 de su bolso. ¿Reconoces esto? Daniel tomó el teléfono. La pantalla estaba rota.

Lo miró durante largo tiempo y entonces algo en su mente se movió. Una imagen, un recuerdo, luces, música, miedo. Había luces, murmuró. Muchas luces y música. Y entonces nada. Carmen lo abrazó y Daniel, sin entender completamente por qué, le devolvió el abrazo. Los meses siguientes fueron de recuperación lenta.

Daniel nunca recuperó completamente sus memorias de antes de 2008, pero con terapia comenzó a recordar fragmentos. La feria, sus amigos, su familia. Julián Ortega y Los Molina fueron arrestados. Ortega recibió 28 años de prisión. Los Molinas recibieron sentencias reducidas debido a su cooperación.

Para 2024, Daniel dividía su tiempo entre Farabofa y Sevilla. Había conocido a Rofío, quien ahora era su hermana de 29 años. Era extraño, pero también reconfortante. Y cada año, el 23 de abril, cuando comenzaba la feria de abril, Daniel se sentaba con Carmen en su antigua habitación, sosteniendo el Nokia 6300 roto, recordando las luces, la música y la noche que cambió su vida.

Había vuelto después de 15 años, había vuelto a casa. Si esta historia te ha impactado, suscríbete al canal y activa las notificaciones para más casos reales. Comparte este vídeo y recuerda, nunca pierdas la esperanza. Cada 23 de abril, cuando comenzaba la famosa feria de abril de Sevilla, Carmen Romero repetía el mismo ritual.

Entraba en la habitación de su hijo, tomaba su viejo teléfono móvil y lo conectaba al cargador, esperando a que la pantalla se iluminara. El teléfono había estado apagado desde 2008. La batería se había agotado hacía años y Carmen nunca había tenido el valor de encenderlo de nuevo porque ese teléfono contenía los últimos mensajes de su hijo Daniel, las últimas fotos, la última voz grabada.

En abril de 2023, en el 15º aniversario, la compañía telefónica llamó a Carmen. Señora Romero, hemos detectado actividad extraña en la línea de su hijo. Este número está activo ahora mismo y está haciendo llamadas desde Faragofa. Las manos de Carmen comenzaron a temblar, pero eso es imposible. Ese teléfono lleva 15 años conmigo en mi casa, en mi cajón.

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Tenemos curiosidad por saber dónde está distribuida nuestra comunidad por el mundo. Sevilla, abril de 2008. La ciudad andaluza se preparaba para su evento más importante del año, la feria de abril. Durante una semana completa, el real de la feria se transformaba en una ciudad dentro de la ciudad con más de 1000 casetas iluminadas, caballos engalanados, mujeres con trajes de flamenca de colores vibrantes y el sonido omnipresente de las sevillanas.

La feria de abril no era simplemente una celebración, era el alma de Sevilla concentrada en 7 días de primavera. Las familias pasaban generaciones enteras asistiendo a las mismas casetas, bailando las mismas canciones, compartiendo manzanilla y rebujito hasta el amanecer. Para los sevillanos, faltar a la feria era impensable. Daniel Romero García tenía 17 años en abril de 2008 y cursaba segundo de bachillerato en el Instituto San Isidoro, en el barrio de Nervión.

Era un chico de estatura media, aproximadamente 1,75 m, complexión delgada pero atlética gracias a que jugaba al fútbol los fines de semana con sus amigos del barrio. Tenía el cabello castaño oscuro con reflejos cobrizos que brillaban bajo el sol andaluz, que siempre llevaba con un poco de gel formando un pequeño tupé al frente, según la moda de 2008.

Sus ojos eran de un verde avellana característico, heredados de su abuela materna. y tenía una sonrisa amplia que mostraba un pequeño espacio entre los dos dientes frontales superiores. Ese año, Daniel llevaba puesta su camisa blanca nueva que su madre le había comprado específicamente para la feria, pantalones negros ajustados, zapatos de vestir negros y una chaqueta corta de color gris oscuro.

En su muñeca derecha llevaba un reloj Casio plateado barato, pero que a él le encantaba. Y en su bolsillo trasero, su teléfono móvil, un Nokia 6300, uno de los modelos más populares de ese año, de color negro con acabado metálico. La familia Romero vivía en un apartamento de cuatro habitaciones en el barrio de los Remedios, una zona residencial cercana al real de la feria.

El apartamento estaba en un edificio de los años 80 en un cuarto piso con balcón que durante la feria ofrecía vistas parciales de la iluminación colorida del refinto ferial. Carmen Romero Jiménez, de 45 años en 2008, trabajaba como administrativa en el Hospital Universitario Virgen del Rofío.

Era una mujer menuda, pero de presencia fuerte, con el cabello negro siempre perfectamente peinado y recogido en un moño bajo. Llevaba gafas de montura fina y vestía de forma conservadora, pero elegante. Era conocida en el barrio como una mujer extremadamente organizada y protectora con sus hijos. Rafael Romero Delgado, de 48 años, era mecánico y propietario de un pequeño taller en el barrio de Triana.

Era un hombre corpulento, de manos grandes y callosas de años, trabajando con herramientas, con bigote espeso y una voz profunda que resonaba. Era más relajado que Carmen en su estilo de crianfa, pero igual de devoto a sus hijos. Daniel tenía una hermana menor, Rofío Romero García, de 13 años en 2008. Era una chica bibafi parlanchina con el mismo cabello castaño de Daniel pero más largo.