
El calor de Veracruz en julio de 1789 era insoportable. Las moscas zumbaban sobre los cadáveres de animales en los caminos polvorientos que conectaban las haciendas azucareras con el puerto. En la hacienda santa Úrsula, a tres leguas de la costa, el aire olía a melaza quemada y sudor humano.
Era allí donde Shitl había aprendido que la belleza podía ser tanto una bendición como una maldición mortal. Tenía apenas 16 años cuando don Sebastián Villarreal y Orozco la vio por primera vez. Y Shitl acababa de llegar de la Habana en un barco de comercio, parte de un cargamento que incluía azúcar, tabaco y 50 esclavos.
Su piel era del color de la canela molida. Sus ojos negros brillaban con una inteligencia que asustaba a los negreros y su rostro tenía esa perfección simétrica que hacía que los hombres se detuvieran a mitad de una frase cuando la miraban. Don Sebastián no fue la excepción.
la compró por el triple de su valor, ignorando las protestas de su mayordomo sobre el gasto innecesario. La esposa de don Sebastián, doña Gertrudis de Solózano, era una mujer menuda y pálida que pasaba sus días en la capilla privada de la hacienda, rezando rosarios interminables y tomando láudano para sus nervios. Había parido tres hijos muertos en 5 años de matrimonio y los médicos le habían advertido que otro embarazo la mataría.
Don Sebastián había aceptado esta sentencia con resignación pública y furia privada. Necesitaba herederos. La hacienda Santa Úrsula llevaba cuatro generaciones en manos de los Villarreal y él no permitiría que la línea terminara con él. Si esta historia te está atrapando, suscríbete al canal y déjanos un comentario diciéndonos desde qué parte de México o del mundo nos estás viendo.
Tu apoyo hace posible que sigamos trayéndote estas historias. Schitle fue asignada a trabajar en la casa grande, no en los campos. Esto causó resentimiento inmediato entre los otros esclavos, especialmente entre las mujeres mayores que llevaban décadas sirviendo a la familia. Trinidad, la cocinera, una mujer robusta de 50 años con cicatrices de latigazos en los brazos, le advirtió la primera noche, “Ten cuidado, muchacha.
Cuando el amo mira a una de nosotras así, solo hay dos caminos. la tumba o algo peor que la tumba. Pero Shitl no tuvo opción. Don Sebastián la mandó llamar a su despacho tres noches después de su llegada. El cuarto olía a tabaco y brandy. Él tenía 42 años, barriga prominente bajo su chaleco de seda y manos que temblaban ligeramente por años de beber ron de caña.
No fue violento esa primera noche, no necesitaba serlo. Shitl sabía exactamente lo que significaba esa convocatoria. Había visto el mismo ritual en la habana. Había escuchado los gritos ahogados de otras muchachas en los barracones. Así que cuando él la tocó, ella cerró los ojos y pensó en su madre, muerta de fiebre amarilla cuando Shochitel tenía 12 años y se preguntó si esto era lo que su madre había soportado también.
Las noches se convirtieron en un ritual predecible y degradante. Don Sebastián la llamaba después de cenar, cuando doña Gertrudis ya se había retirado a sus aposentos con su dosis nocturna de láudano. A veces él estaba ebrio y torpe, otras veces sorprendentemente gentil, como si su amabilidad pudiera borrar la naturaleza fundamental de lo que estaba haciendo.
Chochitl aprendió a desconectarse durante estos encuentros, a dejar que su mente vagara hacia recuerdos de su infancia en Cuba antes de que la vendieran, cuando todavía tenía un nombre africano que ahora apenas recordaba. Los otros esclavos de la hacienda comenzaron a tratarla de manera diferente, algunos con envidia mal disimulada, otros con desprecio abierto.
En los barracones las mujeres dejaban de hablarle. Los hombres la miraban con una mezcla de deseo y resentimiento. Solo Trinidad, a pesar de su advertencia inicial, mantuvo algo de compasión por ella. No es culpa tuya”, le susurró una noche mientras preparaban la cena. “Pero tampoco importa de quién es la culpa. Así son las cosas aquí.
” Pasaron 6 meses antes de que Shitle confirmara lo que ya sospechaba. Sus menstruaciones se habían detenido y por las mañanas vomitaba en secreto detrás de la cocina. Trinidad fue la primera en notarlo. Ya empezó. murmuró mirando el vientre a un plano de shochitle con una mezcla de lástima y resignación. Ahora viene lo difícil.
Don Sebastián recibió la noticia con una satisfacción que no intentó ocultar. Esa noche bebió más de lo habitual y habló abiertamente frente a su mayordomo sobre sus planes. Si es varón, lo reconoceré. Le daré mi apellido. Que Gertrudis y el cura digan lo que quieran. Necesito un heredero y Dios me ha dado uno a través de esta muchacha.
Eh, su mayordomo, un mestizo llamado Prudencio, que llevaba 20 años en la hacienda, no dijo nada, pero sus ojos reflejaban algo oscuro, algo que Schitle no pudo interpretar. Doña Gertrudis se enteró, por supuesto, en una hacienda los secretos duraban menos que las flores cortadas bajo el sol.
Su reacción fue inesperadamente tranquila. Mandó llamar a Shochitel a sus aposentos una tarde de septiembre. El cuarto estaba oscuro, pesado con el olor a incienso y agua de rosas. Doña Gertrudis estaba sentada junto a la ventana, sus manos pálidas entrelazadas sobre el regazo. ¿Es cierto lo que dicen?, preguntó sin mirar a Shitle. Sí, señora.
Hubo un largo silencio. Cuando doña Gertrudis finalmente habló, su voz era apenas un susurro. Yo he rezado cada día durante 8 años por un hijo vivo. He hecho penitencias, he donado a la Iglesia, he suplicado a cada santo en el calendario y Dios me ha negado una y otra vez. Ahora tú, una esclava, llevas lo que debería ser mío.
Se volvió entonces y Sochitel vio que no había lágrimas en sus ojos, solo algo frío y muerto. No te mataré, sería un pecado, pero tampoco te protegeré. Que Dios decida tu destino. El embarazo de Sochitl fue sorprendentemente fácil, a diferencia de doña Gertrudis, que había sufrido náuseas constantes y debilidad durante sus gestaciones. Schitl se mantuvo fuerte.
Siguió trabajando en la Casa Grande hasta el séptimo mes cuando don Sebastián finalmente ordenó que descansara. le asignó un cuarto privado en los barracones de los esclavos domésticos, un lujo que nadie más tenía. Esto intensificó el resentimiento. Shotchit empezó a encontrar su comida saboteada, su agua turbia. Una mañana descubrió un muñeco de trapo con alfileres clavados en el vientre sobre su cama.
Trinidad lo quemó sin decir palabra, pero el mensaje era claro. Las semanas previas al parto fueron las más tensas. Don Sebastián había contratado no solo a la partera local, una india totonaca llamada Tlali, que servía a todas las familias de la región, sino también a un médico de la ciudad de Veracruz.
Esto era inaudito para el nacimiento de un bebé de una esclava y confirmó lo que todos ya sabían. Este niño, si sobrevivía, sería reconocido oficialmente como heredero de los Villarreal. En marzo de 1790, durante una tormenta que inundó los caminos y arrancó techos de paja en el pueblo cercano, Schoitl dio a luz. Fue un parto largo y difícil.
Tlali trabajó durante 18 horas aplicando sus conocimientos ancestrales mientras el médico español observaba con escepticismo. Pero finalmente, cuando la luna estaba alta y la tormenta había amainado, el bebé emergió. Era un varón fuerte y de piel clara con los ojos de su padre. Don Sebastián lloró cuando lo vio.
Baltazar, dijo sosteniendo al bebé como si fuera de cristal. Se llamará Baltazar Sebastián Villarreal. Shochitle, exhausta y sangrando, apenas registró el nombre, solo sabía que había sobrevivido y que el bebé estaba vivo. Eso era todo lo que importaba en ese momento. Tlali le dio a beber un té amargo hecho de hierbas para detener el sangrado y le aplicó unentos en las heridas del parto.
El médico español, satisfecho de que su presencia había sido casi necesaria, se retiró a dormir antes de emprender el viaje de regreso a Veracruz. Don Sebastián cumplió su promesa. Baltazar fue bautizado en la capilla de la hacienda con el apellido Villarreal. El sacerdote padre Anselmo, quien había servido a la familia durante 30 años, realizó la ceremonia con labios apretados, pero sin protestar abiertamente.
Doña Gertrudis no asistió. Se quedó en sus aposentos, las cortinas cerradas, bebiendo láudano hasta que cayó en un estupor que duró 3 días. El bautizo causó escándalo en toda la región. Las otras familias de hacendados murmuraban en las misas dominicales, las mujeres abanicándose vigorosamente mientras discutían la degeneración moral de don Sebastián.
Algunos hombres defendían secretamente su decisión, admitiendo en privado que ellos harían lo mismo si sus esposas resultaran estériles. Pero públicamente todos condenaban el acto como una afrenta a las buenas costumbres y al orden social establecido. Los siguientes dos años fueron los más extraños en la vida de Sochitl.
Don Sebastián la trataba casi como a una esposa, aunque por supuesto ella seguía siendo su propiedad. Le daba regalos, un chal de seda de manila, aretes de plata, zapatos de cuero suave. La visitaba cada noche no solo para satisfacer sus deseos, sino también para ver a Baltasar, quien crecía como un niño robusto, que aprendió a caminar a los 10 meses y que tenía el temperamento alegre de alguien que nunca había conocido el hambre o el miedo.
Shochitl veía las miradas, las de los otros esclavos, que ahora la trataban con una mezcla de envidia y desprecio tan intensa que a veces sentía sus ojos como puñales en su espalda, las de doña Gertrudis cuando ocasionalmente se cruzaban en los pasillos, miradas que prometían algo terrible, aunque nunca se materializara, y las del mayordomo Prudencio, quien había desarrollado un interés perturbador en Baltazar, observando al niño con una intensidad que hacía que Shitl mantuviera al pequeño cerca de ella en todo momento.
La vida en la hacienda azucarera seguía su ritmo brutal. Los esclavos trabajaban desde antes del amanecer hasta después del anochecer, cortando caña bajo el sol abrasador, alimentando los hornos que hervían la melaza, cargando los pesados sacos de azúcar refinada. Las condiciones eran infernales, especialmente durante la zafra, cuando todos trabajaban casi sin descanso.
Shitl, privilegiada por su posición como madre del heredero, solo veía este sufrimiento desde la distancia, pero lo sentía en su alma. Sabía que mientras ella dormía en un cuarto privado y alimentaba a su hijo con comida de la casa grande, otros niños esclavos morían de desnutrición en los barracones.
Cuando Baltasar tenía 2 años, Shitl quedó embarazada nuevamente. Esta vez no hubo celebración. Don Sebastián simplemente asintió cuando ella le dio la noticia como si esperara que esto sucediera. Su entusiasmo inicial se había convertido en algo más calculado, más frío. Él veía estos embarazos como un asunto práctico.
Necesitaba múltiples herederos en caso de que algo le sucediera a Baltasar. Doña Gertrudis, quien había adelgazado tanto que parecía un fantasma, ni siquiera reaccionó cuando se enteró. El segundo bebé, otro varón al que llamaron Ignacio, nació en enero de 1793. El parto fue más fácil esta vez, apenas 6 horas, pero algo había cambiado en la hacienda. Don Sebastián bebía más y su temperamento se había vuelto errático.
Golpeó a un esclavo hasta dejarlo inconsciente por romper una copa. Gritó a doña Gertrudis durante una cena hasta que ella huyó a sus aposentos llorando y empezó a hablar sobre sus herederos públicamente en el pueblo, escandalizando aún más a las otras familias de terratenientes, que ya lo veían como un paria social.
Trinidad volvió a advertirle a Shochitl, esto no puede terminar bien. ¿Has visto cómo la miran, cómo nos miran a todos? Los blancos del pueblo están horrorizados. Y doña Gertrudis, esa mujer está muerta por dentro, pero los muertos a veces caminan y hacen cosas terribles. Schitle lo sabía, pero ¿qué podía hacer? Era esclava.
Sus hijos eran técnicamente libres por el reconocimiento de don Sebastián, pero mientras él controlara la hacienda, ella no tenía ningún poder real. Así que siguió adelante, cuidando a Baltazar e Ignacio, tratando de mantenerlos seguros en un mundo que los veía como abominaciones vivientes. Les enseñaba palabras en español, les cantaba canciones que su propia madre le había enseñado en un idioma africano que apenas recordaba.
Les decía que eran especiales, que tenían un futuro, aunque en su corazón sabía que mentía. La tensión en la hacienda alcanzó un punto crítico cuando el obispo de Veracruz envió una carta oficial a don Sebastián, condenando su situación escandalosa y exigiendo que rectificara su conducta inmoral.
La carta fue leída por padre Anselmo durante la misa dominical para horror de don Sebastián y deleite mal disimulado de las otras familias presentes. Don Sebastián, ebrio y furioso, abandonó la iglesia a mitad del servicio, gritando blasfemias que harían que padre Anselmo se negara a darle la comunión durante los siguientes 6 meses. Un año después, Schitle quedó embarazada por tercera vez.
Don Sebastián estaba eufórico, pero su euforia tenía un tono desesperado. Tres hijos alardeaba en las pocas reuniones a las que todavía era invitado. Tres varones fuertes. La línea Villarreal continuará durante generaciones. Pero Shitle notó algo nuevo en sus ojos, un miedo, una conciencia de su propia mortalidad.
Él tenía casi 46 años ahora y su salud se deterioraba. Toscía sangre por las mañanas y sus manos temblaban constantemente. Necesitaba estos herederos porque sabía que se estaba muriendo. El tercer bebé, Lisandro, nació en septiembre de 1794, pero esta vez algo salió mal. El bebé era pequeño y débil, lloraba constantemente y no podía retener la leche.
Tlali, la partera, sacudió la cabeza gravemente. Este niño está enfermo. Algo dentro de él no está bien. Don Sebastián se negó a creerlo. Contrató nuevamente al médico de Veracruz, quien viajó durante dos días para examinar al bebé. El diagnóstico fue sombrío. El niño tenía una malformación del corazón. probablemente no viviría más de un año.
Shochitl pasó noches enteras sosteniendo a Lisandro, sintiendo el latido irregular de su pequeño corazón contra su pecho. Baltasar, ahora de 4 años, a veces se sentaba junto a ella mirando a su hermano menor con una preocupación que parecía demasiado adulta para su edad. ¿Se va a morir?, preguntó una noche con esa honestidad brutal que solo tienen los niños.
Shochitel no pudo mentirle. No lo sé, hijo. Solo Dios lo sabe. Dios es el que decide quién muere. Baltazar la miraba con esos ojos inteligentes que tanto se parecían a los de su padre. Eso dicen, respondió Schitl, aunque ella había dejado de creer en cualquier Dios benevolente hacía mucho tiempo. Lisandro murió tres semanas antes de su primer cumpleaños.
Fue una noche tranquila de agosto, sin drama. Simplemente dejó de respirar mientras dormía en brazos de Shochitlle. Ella lo supo de inmediato, ese peso particular de un cuerpo sin vida, pero se quedó allí sosteniendo durante horas, meciendo al bebé muerto como si todavía pudiera consolarlo.
Don Sebastián, ebrio, lloró de manera inconsolable cuando finalmente le informaron. ordenó un funeral elaborado, algo que nadie en la región había visto para un bebé mulato. El ataúd pequeño fue cubierto con flores tropicales. Padre Anselmo realizó una misa completa, aunque con evidente disgusto, y Shochitl se paró allí seca de lágrimas, sosteniendo a Baltasar e Ignacio, preguntándose si Dios existía.
Y si existía, ¿por qué odiaba tanto a sus hijos? Después del funeral, algo cambió en don Sebastián. Su bebida empeoró y con ella su temperamento. Comenzó a golpear a Shitle cuando estaba frustrado. Bofetadas que la dejaban con moretones en las mejillas, empujones que la hacían caer, pero lo peor era su paranoia.
empezó a acusar a Schochitel de envenenar a Lisandro, de usar brujería africana contra sus hijos. Una noche, borracho y furioso, la arrastró al patio y amenazó con ahorcarla frente a todos. Solo la intervención de Prudencio, quien le recordó que sin Sochitl, Baltazar e Ignacio no tendrían madre, lo detuvo. Sochitel sabía que necesitaba proteger a sus hijos, pero cómo cada día traía un nuevo horror.
Don Sebastián se enfermaba más, tosiendo sangre en pañuelos que escondía, pero que todos sabían existían. Doña Gertrudis había dejado de salir de sus habitaciones por completo, existiendo en un estado permanente de estupor inducido por Laáudano. Y los rumores en el pueblo decían que las autoridades eclesiásticas en la Ciudad de México estaban considerando investigar la situación escandalosa en la hacienda Santa Úrsula, posiblemente con miras a remover a los niños del cuidado de su madre esclava.
En diciembre de 1795, Shchitle descubrió que estaba embarazada por cuarta vez. Cuando le dio la noticia a don Sebastián, él no mostró alegría, solo la miró con ojos vidriosos y murmuró, “Otro hijo que enterrar. Esa noche Shochit no pudo dormir. Se quedó despierta escuchando la respiración de Baltazar e Ignacio ahora de cinco y 3 años, preguntándose qué tipo de futuro les esperaba.
La realidad era ineludible. Estos niños nunca serían aceptados por la sociedad colonial, nunca heredarían realmente la hacienda, nunca vivirían sin el estigma de su nacimiento. El cuarto bebé, una niña a la que llamaron Jimena, nació en junio de 1796. A diferencia de sus hermanos, era pequeña y delicada, con piel aún más clara que la de Baltazar.
Don Sebastián apenas la miró. Una niña no sirve para heredar, gruñó y abandonó el cuarto. Shitel sintió un extraño alivio. Tal vez Jimena estaría más segura precisamente porque su padre no la valoraba, porque no tenía expectativas puestas en ella, pero la vida en la hacienda se había vuelto insoportable.
Don Sebastián ahora pasaba días enteros en su despacho bebiendo y gritándole a las paredes. Doña Gertrudis había intentado suicidarse dos veces, cortándose las muñecas con tijeras de bordado. Ambas veces la salvaron, pero ahora la mantenían encerrada con llave y vigilada constantemente. Y prudencio el mayordomo había comenzado a tomar decisiones administrativas porque don Sebastián ya no era capaz de administrar la hacienda.
Una noche de julio, mientras amamantaba a Jimena, Shchitl escuchó voces furiosas desde la casa grande. Reconoció la voz de don Sebastián, pero había otra voz, una que no había escuchado antes. Curiosa y preocupada, dejó a Jimena con Trinidad. y se acercó silenciosamente a la ventana del despacho.
Dentro, don Sebastián estaba discutiendo con un hombre vestido de negro, evidentemente un funcionario de la iglesia. No puede simplemente aparecer aquí y exigir que renuncie a mis hijos gritaba don Sebastián, su voz quebrada por años de alcohol y enfermedad. No son sus hijos ante los ojos de Dios”, respondió el hombre, su voz fría y precisa como un escalpelo.
Son bastardos producto del pecado mortal con una esclava africana. La Iglesia ha decidido que esta situación debe terminar. Usted puede entregar a estos niños a una institución donde serán criados apropiadamente, lejos de la influencia corruptora de su madre, o enfrentará la excomunión y posible confiscación de sus propiedades.
Shochitl sintió que su sangre se congelaba. Llevarse a sus hijos, ¿a dónde? ¿A un orfanato, a un convento? Conocía las historias sobre esos lugares. Los niños mulatos eran tratados peor que los perros. Muchos no sobrevivían más de un año muriendo de enfermedades, hambre o simplemente de corazones rotos. Don Sebastián, para su crédito, se negó con vehemencia.
Váyase al infierno. Estos son mis hijos y nadie me los quitará. El hombre de negro se fue, pero su advertencia resonó en el aire como una campana de funeral. Tiene tres meses para rectificar esta situación. Después vendremos con autoridades civiles y escoltas armados. Buenos días, don Sebastián.
Esa noche, don Sebastián bebió hasta perder el conocimiento. Schitl lo encontró desplomado sobre su escritorio al amanecer, un hilo de baba cayendo de su boca rodeado de botellas vacías. Por primera vez sintió algo parecido a la lástima por él. Era un hombre roto, destruido por su propia arrogancia y sus deseos incontrolables.
Había querido herederos, había desafiado las convenciones sociales para tenerlos, pero ahora descubría que el poder de la Iglesia y de la sociedad colonial era más fuerte que su voluntad individual. Los siguientes días, don Sebastián intentó desesperadamente encontrar una solución.
habló con abogados en Veracruz sobre la posibilidad de liberar formalmente a Shaw Chitle y casarse con ella después de que doña Gertrudis muriera, algo que todos esperaban que sucediera pronto, dado su estado deteriorado. Pero los abogados fueron claros. Incluso si eso sucediera, el matrimonio interracial era visto con horror absoluto por la sociedad colonial y sus hijos seguirían siendo considerados bastardos, sin derechos reales de herencia.
Las leyes españolas eran inflexibles en este punto. Consultó con otros ascendados que tenían hijos ilegítimos buscando consejo o precedentes, pero ninguno había llegado tan lejos como él en reconocer públicamente a sus bastardos. La mayoría simplemente los ignoraba o, en el mejor de los casos, les proporcionaba un pequeño estipendio una vez que eran adultos.
La idea de nombrar los herederos legítimos era impensable. Schitl observaba todo esto con una sensación creciente de desesperación. No había salida. Sus hijos nunca estarían seguros, nunca serían aceptados. Y ella, atrapada entre dos mundos sin pertenecer a ninguno, no podía protegerlos. La amenaza de la iglesia era real y aterradora.
Conocía historias de otros niños mulatos que habían sido arrebatados de sus madres esclavas y puestos en instituciones donde eran maltratados sistemáticamente, forzados a trabajos brutales desde edades tempranas y frecuentemente abusados físicamente por aquellos que se suponía debían cuidarlos. Entonces, una noche de agosto algo quebró dentro de Sochitl.
Estaba sentada en su cuarto sosteniendo a Jimena, observando a Baltazar e Ignacio dormir en sus pequeñas camas. Baltazar tenía 6 años ahora. Ignacio I. Eran niños hermosos, inteligentes, llenos de vida y curiosidad. Baltazar ya sabía leer un poco, enseñado secretamente por padre Anselmo, quien a pesar de su disgusto por la situación, no podía resistirse a educar a un niño brillante.
Ignacio era más travieso, siempre explorando, siempre preguntando por qué las cosas eran como eran, pero qué futuro tenían realmente. ser arrebatados por la iglesia en tres meses. Crecer como parias, despreciados tanto por blancos como por los esclavos que los veían como símbolos de su propia opresión. Vivir siempre con el estigma de ser hijos del pecado.
Shochitl pensó en Lisandro, quien había muerto en sus brazos, y por primera vez se preguntó si él había tenido suerte. Al menos su sufrimiento había sido breve. En ese momento, en la oscuridad sofocante de esa noche de Veracruz, mientras escuchaba el canto de los grillos y el distante rugido del mar, Shitle tomó una decisión, una decisión que la perseguiría el resto de su corta vida, que la condenaría ante Dios y ante los hombres, pero que en ese momento le parecía la única opción misericordiosa disponible para una madre que amaba demasiado a sus hijos. como para verlos
destruidos lentamente por un mundo cruel. Durante las siguientes semanas, Shitle actuó con una calma que asustaba a quienes la conocían. Trinidad notó el cambio. ¿Qué estás planeando?, le preguntó una mañana mientras preparaban el desayuno, sus manos expertas amasando la masa para las tortillas.
Proteger a mis hijos, respondió Shochitl simplemente, su voz tan vacía de emoción que Trinidad sintió un escalofrío recorrer su espalda. Hay formas de proteger que no implican trinidad, no terminó la frase, pero ambas sabían lo que quería decir. No las hay, dijo Shchitle. No para nosotras, no en este mundo. Septiembre trajo las primeras lluvias de otoño y con ellas un cambio en la atmósfera de la hacienda.
Don Sebastián había recibido una segunda carta de la iglesia, esta vez más amenazante. Le quedaba menos de un mes antes de que vinieran por los niños. Él había comenzado a hablar de huir, de llevar a Schitl y a los niños a otro lugar, tal vez al norte, a Texas, donde las leyes españolas se aplicaban con menos rigor, pero todos sabían que esto era fantasía.
Él estaba demasiado enfermo para viajar, demasiado pobre después de años de mala administración y demasiado ebrio para planear algo coherentemente. La vida en la hacienda azucarera continuaba su ritmo inexorable. Los esclavos trabajaban, la caña se cortaba, el azúcar se procesaba, pero había una tensión en el aire, una sensación de que algo terrible estaba a punto de suceder.
Los esclavos más viejos murmuraban sobre mal de ojo y maldiciones. Algunos decían que la hacienda estaba condenada, que había demasiada sangre y sufrimiento empapando la tierra. Una noche, Shitle le preparó a Baltasar su cena favorita, pollo con mole poblano y tortillas frescas hechas por Trinidad. El niño comió con apetito, charlando animadamente sobre un libro que padre Anselmo le había mostrado con imágenes de barcos navegando por océanos infinitos.
“Algún día voy a viajar en un barco”, declaró Baltasar con la confianza absoluta de un niño que aún no conoce los límites que el mundo le impondrá. Estoy segura de que lo harás”, mintió Shochitl acariciando su cabello rizado. “Eres especial, hijo. Nunca lo olvides.” Después de cenar, lo metió en la cama. Le contó una historia sobre una princesa africana que vivía en un castillo hecho de nubes y luz de luna y lo besó en la frente con una ternura que rompía el corazón.
Baltazar se durmió sonriendo, soñando con barcos y aventuras que nunca viviría. Dos horas después, cuando Shitl verificó cómo hacía cada noche antes de dormir, Baltasar estaba muerto. Lo encontró rígido en su pequeña cama, los labios teñidos de un azul antinatural, los ojos abiertos mirando al techo como si hubiera visto algo sorprendente en sus últimos momentos.
Shotchitl gritó, no lloró, simplemente cerró suavemente los párpados de su hijo y se sentó junto a él hasta el amanecer. Lali, la partera que también servía como curandera, examinó el cuerpo cuando llegó por la mañana y declaró que el niño había muerto de muerte súbita, algo que a veces sucedía sin razón aparente.
Pero Trinidad, quien ayudó a lavar el cuerpo para el funeral, notó algo. Un leve olor a almendras amargas en la boca del niño. un olor que conocía bien porque lo había detectado en raticidas que usaban en la despensa. El funeral de Baltasar fue sombrío y tenso. Don Sebastián, tambaleándose ebrio y apenas capaz de mantenerse en pie, gritó al cielo, preguntándole a Dios por qué lo castigaba tan cruelmente.
Doña Gertrudis, en uno de sus raros momentos de lucidez, asistió y observó el pequeño ataúdón extraña, casi satisfecha, como si finalmente la justicia divina estuviera corrigiendo los pecados de su esposo. Y Shochitle se paró allí completamente inmóvil, sin lágrimas, como una estatua de piedra oscura, sosteniendo la mano de Ignacio, que lloraba sin entender realmente qué había pasado.
Tres semanas después, Ignacio murió de la misma manera. Cena especial, historia antes de dormir sobre guerreros valientes y tierras lejanas, y por la mañana su pequeño cuerpo frío en la cama. Los mismos labios azules, la misma rigidez. Esta vez, Tlali se negó rotundamente a declarar muerte súbita.
Esto no es natural”, le dijo a Prudencio con voz temblorosa, “Dos niños sanos no mueren así con las mismas señales. Necesitamos investigar esto. Necesitamos llamar a las autoridades.” Pero Prudencio, quien tenía sus propias razones para mantener las cosas tranquilas y evitar que autoridades civiles empezaran a usmear en los libros contables de la hacienda, la silenció con una bolsa de monedas de plata.
El niño murió. Eso es todo lo que necesitamos saber. Prepáralo para el entierro. Don Sebastián, al enterarse de la muerte de Ignacio, tuvo un colapso completo. Comenzó a gritar que la hacienda estaba [ __ ] que Dios los estaba castigando por sus pecados, que Shitl era una bruja que había matado a sus hijos con magia negra africana.
intentó golpearla abalanzándose sobre ella con manos temblorosas, pero estaba tan débil y ebrio que Prudencio pudo sujetarlo fácilmente. Lo encerraron en su despacho por su propia seguridad y la de los demás. Esa noche, don Sebastián bebió dos botellas completas de aguardiente de caña y no despertó. El médico de Veracruz, llamado urgentemente, examinó el cuerpo y declaró que su hígado finalmente había cedido después de años de abuso alcohólico. Tenía 48 años.
Con la muerte repentina de don Sebastián, el control de la hacienda Santa Úrsula pasó automáticamente a un sobrino que vivía en la Ciudad de México, un joven llamado Edmundo Villarreal, que nunca había visitado la propiedad. Mientras llegaba para tomar posesión de su herencia inesperada, Prudencio mantuvo las cosas funcionando, administrando los trabajadores y asegurándose de que la producción de azúcar continuara.
Doña Gertrudis, liberada de su encierro después de la muerte de su esposo, deambuló por la casa grande como un espectro, murmurando oraciones incoherentes y bendiciendo las paredes con agua bendita. Shochitle quedó en un limbo extraño. Ya no era la favorita del amo porque el amo estaba muerto, pero tampoco era una esclava común que pudiera ser asignada a trabajar en los campos de caña.
tenía todavía a Jimena, ahora de 6 meses, una bebé gordita que gorgoteaba y reía sin saber nada de la tragedia que la rodeaba, sin entender que sus hermanos mayores habían desaparecido. Pero una noche de noviembre, mientras Shitl amamantaba a Jimena en su cuarto, Trinidad entró con expresión grave y asustada.
Necesitas irte”, susurró urgentemente, mirando por encima del hombro como si temiera ser escuchada. “Necesitas tomar a la niña y huir esta misma noche.” “¿Por qué?”, preguntó Shchitle, aunque en su corazón ya sabía la respuesta. Prudencio sabe lo que hiciste. No lo ha dicho a nadie todavía, pero cuando llegue el nuevo amo, en unos días lo dirá. Te ahorcarán, Shochitle.
te ahorcarán en la plaza pública como advertencia. Shitl sintió una extraña calma. ¿Cómo lo sabe? Encontró la botella, la de veneno de ratas que tomaste de la despensa hace dos meses. Todavía tiene la cera con la marca de tus dedos. Trinidad se sentó pesadamente en el suelo, su rostro surcado de lágrimas. ¿Por qué lo hiciste, muchacha? ¿Por qué matar a tus propios hijos? Eran niños inocentes.
Shochit finalmente habló su voz completamente vacía de emoción, monótona como el zumbido de las moscas para salvarlos de una vida de sufrimiento, de rechazo constante, de ser arrancados de mí y puestos en manos de personas que los odiarían por la sangre que corría en sus venas. La Iglesia venía por ellos. en dos semanas los hubieran llevado.
Preferí darles paz a someterlos a años de tortura. Trinidad la miró con una mezcla de horror y algo que podría haber sido comprensión. Eso no era tu decisión, Shitle. Eran vidas, almas que Dios te confió. Dios nunca me dio nada, excepto dolor y cadenas”, respondió Shochitl amargamente. “Tomé lo único que podía darles, un final sin sufrimiento, rodeados de amor, con sus estómagos llenos y historias dulces en sus oídos.
Eso es más de lo que la mayoría de nosotros tendremos.” Trinidad se persignó repetidamente y salió sin decir más, dejando la puerta abierta como invitación tácita para que Shitl huyera. Pero Shitle se quedó allí sola con Jimena, meciendo a la bebé suavemente. Por primera vez en meses comenzó a llorar. No por Baltazaro Ignacio, cuyas muertes había planeado meticulosamente con la misma atención que una madre planea el bautizo de sus hijos, sino por Jimena, quien ahora estaba sola en el mundo con una madre que era asesina, que estaba condenada, que no podía protegerla de lo que
vendría. Durante las siguientes semanas, Schitle esperó con una paciencia que desconcertaba a todos. Prudencio no la había denunciado todavía, pero ella sentía sus ojos siguiéndola constantemente, evaluándola, decidiendo cuándo y cómo revelar lo que sabía. Edmundo Villarreal llegó a mediados de diciembre.
Un hombre de 30 años, elegante y bien educado en las mejores escuelas de la Ciudad de México, totalmente desconcertado por el estado caótico y decadente de la hacienda que acababa de heredar. Cuando Prudencio le explicó discretamente la situación con los hijos bastardos de su tío, Edmundo mostró más disgusto moral que sorpresa.
“Limpien este desastre”, ordenó con un gesto despectivo de su mano bien cuidada. “Vendan a los esclavos problemáticos. Necesito esta propiedad funcionando rentablemente para la próxima safra. Una noche de enero de 1797, mientras el resto de la hacienda dormía y solo los guardias nocturnos patrullaban los perímetros, Schitle tomó una decisión final. Preparó la misma cena que le había dado a Baltazar meses atrás, aunque Jimena era demasiado pequeña para comer sólidos.
Le dio a la bebé su última alimentación, la meció hasta que se durmió profundamente en sus brazos y luego, con manos que no temblaban, mezcló el veneno en leche que forzó suavemente entre los labios de la niña dormida. Jimena se agitó un momento, tragó por reflejo y luego se relajó de nuevo. Dentro de una hora, su respiración se hizo más y más superficial hasta que simplemente se detuvo.
Shochitl esperó hasta el amanecer para gritar. Cuando los demás llegaron corriendo, encontraron a Xochitl sosteniendo el cuerpo de Jimena, soyolozando de una manera que sonaba más animal que humana, un aullido primitivo de dolor que heló la sangre de todos los que lo escucharon. Tlali examinó a la bebé y de inmediato supo.
El olor a almendras amargas era inconfundible esta vez más fuerte porque el cuerpecito era tan pequeño. Ha estado matándolos dijo Tlali en voz alta, su voz temblando de furia y miedo. A todos sus hijos los ha estado envenenando uno por uno. Es una asesina. El caos que siguió fue rápido y brutal. Prudencio ordenó que encadenaran a Shochitl inmediatamente.
Edmundo, despertado bruscamente por el alboroto, exigió una explicación completa. Cuando Prudencio le mostró la botella de veneno que había encontrado escondida entre las pertenencias de Sochitl, con residuos que coincidían con lo que Tlali había detectado, Edmundo dudó ni un segundo. Llamen a las autoridades civiles de Veracruz. Esto es asesinato múltiple.
Esta mujer debe ser juzgada y ejecutada conforme a la ley. Pero antes de que pudieran enviar un mensajero oficial, doña Gertrudis apareció. Había bajado de sus aposentos por primera vez en semanas, todavía en su camisón blanco de dormir, el cabello gris suelto alrededor de su rostro demacrado y fantasmal.
Se acercó lentamente a Shochitl, quien estaba arrodillada en el suelo del patio, las pesadas cadenas de hierro haciendo ruido metálico con cada movimiento. “Mataste a tus hijos”, dijo doña Gertrudis suavemente, casi con ternura, arrodillándose en el polvo frente a Shochitl. Los mataste para que no sufrieran, para que no vivieran la vida que tú viviste, la vida que este mundo les tenía reservada.
Sus ojos encontraron los de Shochitl por primera vez con verdadera comprensión mutua. Yo maté a los míos también, ¿sabes? dentro de mi vientre, con las pociones que tomaba, con las oraciones fervientes de que murieran antes de nacer, porque sabía en lo profundo de mi alma que cualquier hijo que trajera a este mundo estaría atado a este infierno, a esta familia [ __ ] a este hombre que llamaba mi esposo.
La confesión de doña Gertrudis dejó a todos los presentes en shock silencioso, pero ella no había terminado. Se volvió hacia Edmundo con una dignidad que no había mostrado en años. Esta hacienda está construida sobre sangre, pecado y sufrimiento. Tu tío violó a esta mujer una y otra vez. La usó como ganado reproductor para satisfacer su ego y luego la culpó cuando sus hijos nacieron en un mundo que los odiaba por existir.
Si vas a juzgar a alguien, júzgalo a él. Júzganos a todos nosotros que permitimos que esto sucediera. Edmundo, profundamente incómodo con esta revelación emocional y no queriendo involucrarse en los pecados de su tío muerto, simplemente ordenó que llevaran a Shochitl a un cuarto cerrado con llave hasta que las autoridades legaran de Veracruz para hacerse cargo del caso.
Doña Gertrudis fue escoltada de regreso a sus habitaciones, donde se encerró y no volvió a salir ni a hablar con nadie. Shochitel pasó tres días en ese cuarto oscuro y húmedo que olía a Moeron comida, solo agua una vez al día. Podía escuchar las voces fuera, discutiendo interminablemente sobre qué hacer con ella.
Algunos argumentaban que debía ser ahorcada inmediatamente como ejemplo. Otros insistían en que debía ser juzgada apropiadamente por un tribunal y otros, principalmente los esclavos más viejos que habían visto demasiado sufrimiento en sus vidas, murmuraban que ella había sido llevada a la locura por años de abuso, que no era completamente responsable de sus acciones, que el verdadero culpable era don Sebastián.
La mañana del cuarto día, Trinidad llegó con el desayuno y encontró a Shochitl muerta. Se había ahorcado durante la noche con una tira larga de tela rasgada de su vestido, colgando de un gancho oxidado en la pared, que alguna vez había sostenido lámparas de aceite. Tenía 27 años. Su rostro, incluso en la muerte, seguía siendo extraordinariamente hermoso.
El día de su entierro, que fue apresurado y realizado sin ninguna ceremonia en la parte no consagrada del cementerio de la hacienda, donde se enterraba a los esclavos y a los suicidas, solo tres personas asistieron: Trinidad, Tlali y sorprendentemente doña Gertrudis. Padre Anselmo se negó categóricamente a realizar ningún servicio religioso para una infanticida y suicida que ahora arde en el infierno.
Así que las tres mujeres simplemente observaron en silencio mientras dos esclavos llenaban la tumba poco profunda con tierra roja. Doña Gertrudis se quedó después de que las otras se fueron. Se arrodilló junto a la tumba recién cubierta, manchando su vestido blanco con tierra, y susurró con una voz quebrada, “Ruega por nosotras, Shochitl.
Ruega por todas las mujeres que hemos sido usadas y destruidas por hombres que nunca entenderán el peso insoportable de lo que nos hicieron cargar. ruega por los hijos que no pudimos salvar y por los que salvamos de la única manera que conocíamos, la única manera que este mundo cruel nos dejó.
Dos semanas después, doña Gertrudis murió en su sueño. Algunos dijeron que fue su corazón debilitado por años de enfermedad y sufrimiento emocional. Otros, especialmente los sirvientes que la habían cuidado, susurraban que finalmente había tomado suficiente láudano como para no despertar nunca más, un suicidio lento y deliberado.
Fue enterrada en la capilla familiar con todos los honores que su posición social exigía. su nombre grabado en una hermosa lápida de mármol importado, rodeada de oraciones y bendiciones que nunca la habían ayudado en vida. Edmundo Villarreal vendió la hacienda Santa Úrsula apenas 6 meses después de heredarla. La propiedad había perdido dinero constantemente.
Los esclavos eran improductivos y resentidos. Y había algo en ese lugar que le perturbaba profundamente cada vez que caminaba por sus terrenos. Decía que podía sentir ojos observándolo desde las sombras, escuchar llantos de niños en las noches sin luna. La nueva familia que compró la propiedad atraída por el precio bajo, duró apenas 3 años antes de venderla también, citando presencias inquietantes, mala suerte constante y una serie de accidentes inexplicables que habían herido a varios trabajadores.
Para 1810, cuando comenzó la sangrienta guerra de independencia mexicana que transformaría todo el país, la hacienda Santa Úrsula estaba completamente abandonada. Los campos se habían vuelto salvajes, invadidos por la selva que reclamaba su territorio. La casa grande se derrumbaba lentamente, las vigas del techo cediendo, las paredes cubiertas de enredaderas.
La capilla estaba cubierta de musgo y habitada por murciélagos. Los lugareños del pueblo cercano evitaban cuidadosamente el lugar, diciendo que por las noches se podían escuchar los llantos de niños pequeños y que a veces se veía a una mujer hermosa de piel oscura caminando por los campos de caña abandonados, buscando desesperadamente algo que nunca podría encontrar.
Trinidad vivió hasta los 70 años, liberada finalmente después de la abolición de la esclavitud en México, en la década de 1820. En sus últimos días, cuando la gente le preguntaba sobre su tiempo en Santa Úrsula, ella sacudía la cabeza con tristeza y decía, “No juzguen a Shochitl demasiado duramente. Hizo cosas terribles, imperdonables incluso, pero vivió en tiempos terribles, en circunstancias que ninguno de ustedes que ha nacido libre puede realmente comprender.
A veces el amor se ve como matar lo que más amas para salvarlo de un mundo que lo destruirá de formas mucho peores. No estoy diciendo que estuvo bien, solo estoy diciendo que lo entiendo. Tlali, la partera totonaca, continuó su trabajo sagrado hasta que se volvió demasiado vieja para viajar entre las haciendas.
Ayudó a traer al mundo a cientos de bebés durante su larga vida, pero nunca olvidó los cuatro que ayudó a nacer solo para verlos morir antes de tiempo por manos de su propia madre. Sh. Chitle me enseñó algo importante. Le dijo una vez a su propia hija, quien había comenzado a entrenar como partera.
Me enseñó que el instinto maternal no siempre significa mantener a tus hijos vivos a cualquier costo. A veces, en circunstancias extremas e imposibles, significa protegerlos del sufrimiento de la única manera que puedes, incluso si esa manera te condena. No estoy diciendo que estuvo bien, pero lo entiendo mejor de lo que quisiera.
La historia de Shitle, la esclava hermosa que dio a luz a los hijos de su amo y luego los mató sistemáticamente antes de cumplir 30 años, se convirtió en una leyenda oscura en toda la región de Veracruz. Se contaba en voz baja como advertencia, como tragedia, como recordatorio inquietante de lo que el sistema de esclavitud y la opresión colonial podían hacer a las almas humanas, retorciéndolas hasta convertirlas en algo irreconocible.
Algunos la recordaban como un monstruo puro, una infanticida despiadada que merecía su destino de ahorcamiento y condenación eterna. Otros la veían como una víctima trágica, una mujer llevada a la locura absoluta por circunstancias imposibles y abuso sistemático.
Y unos pocos, principalmente mujeres que habían conocido su propio infierno personal en haciendas y plantaciones, la entendían como algo más complejo y matizado. una madre que, en su manera retorcida y desesperada había intentado salvar a sus hijos de un futuro que sabía con certeza sería peor que cualquier muerte rápida.
La verdad, como siempre en estas historias de horror humano, era más complicada que cualquier narrativa simple o moraleja fácil. Schitel no fue completamente una víctima inocente, ni completamente una villana monstruosa. Fue un ser humano atrapado en un sistema diseñado específicamente para deshumanizarla, forzada a tomar decisiones imposibles que ninguna persona debería tener que contemplar.
Y al final pagó el precio más alto posible por esas decisiones, no solo con su vida, sino con su alma inmortal. La tumba de Shochitl, sin nombre y sin ningún marcador que indicara quién yacía allí, eventualmente se perdió completamente. El cementerio de esclavos de la hacienda fue reclamado por la selva tropical, las tumbas cubiertas por gruesas raíces y enredaderas que lo reclamaban todo.
Pero su historia sobrevivió pasada de generación en generación, transformándose con cada narración, pero manteniendo su esencia oscura. una advertencia sobre el costo humano de la crueldad institucionalizada de la esclavitud y un recordatorio de que a veces el amor puede manifestarse de las maneras más oscuras e incomprensibles.
Si hoy visitas el sitio donde una vez estuvo la hacienda Santa Úrsula cerca de Veracruz, encontrarás solo ruinas medio devoradas por la vegetación tropical, paredes de piedra cubiertas de musgo y líquenes, cimientos, de lo que una vez fueron barracones de esclavos donde hombres, mujeres y niños vivieron y murieron sin libertad. y un viejo campanario que se inclina peligrosamente hacia un lado, amenazando con colapsar en cualquier momento. Los lugareños te dirán que no vayas allí al anochecer.
Dicen que puedes escuchar voces llevadas por el viento, llantos de niños que nunca crecieron y el susurro de una mujer cantando nanas en un idioma que nadie reconoce. No pueden estar seguros si es solo el viento silvando entre las ruinas, el canto de las aves nocturnas o algo más, pero todos conocen la historia.
Todos recuerdan el nombre que nadie debería olvidar. Shochitle, la esclava que amó tanto a sus hijos que los mató para salvarlos de un mundo que los habría destruido de formas mucho más crueles. en Veracruz, donde la herencia africana es parte fundamental de la identidad cultural de la región, donde los descendientes de aquellos esclavos ahora celebran sus raíces con orgullo, la historia de Sochitl sigue siendo contada como un cuento de advertencia sobre las atrocidades del periodo colonial. Es un recordatorio de que detrás de cada
estadística sobre la esclavitud, detrás de cada registro de compra y venta de seres humanos, había historias individuales de sufrimiento inimaginable, de decisiones imposibles, de humanidad aplastada bajo el peso de un sistema diseñado para deshumanizar. La hacienda Santa Úrsula nunca fue reconstruida.
El sitio permanece abandonado hasta hoy. Un testimonio silencioso de los horrores que ocurrieron allí. Algunos historiadores locales han propuesto convertirlo en un sitio de memoria similar a otros lugares en México que conmemoran la historia de la esclavitud y las poblaciones afrodescendientes. Pero hasta ahora nada ha sucedido.
Las ruinas continúan deteriorándose y la historia de Schochitle permanece en el reino de las leyendas oscuras. contada en voz baja, pero nunca olvidada completamente. Porque en el fondo todos entendemos que la historia de Shitle no es solo una mujer que cometió actos terribles, es sobre un sistema que creó las condiciones para que esos actos parecieran la única opción.
es sobre la esclavitud, sobre el racismo, sobre el patriarcado, sobre todas las estructuras de poder que convierten a los seres humanos en propiedad y luego se sorprenden cuando esa deshumanización produce monstruos. Shochitl fue tanto víctima como victimaria, atrapada en una tragedia que ella no creó, pero que tuvo que vivir hasta sus últimas y terribles consecuencias.
Y así termina la historia de la hermosa esclava que dio a luz a los hijos de su amo y los enterró a todos antes de cumplir los 30. Una historia sin héroes, sin redención, sin feliz. Solo la brutal realidad de lo que los seres humanos son capaces de hacerse unos a otros y de lo que a veces se ven obligados a hacer para proteger lo que más aman, incluso si esa protección toma la forma más oscura imaginable.
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