Un MIG 23 soviético aparece en los radares europeos avanzando sin piloto, cruzando fronteras como si siguiera un plan invisible. La OTAN entra en alerta, casas despegan y nadie entiende cómo un avión vacío puede recorrer medio continente sin detenerse. El 4 de julio de 1989, en la base soviética de Bag, cerca de Colobrés en Polonia, comenzaba lo que debía ser una rutina familiar para el piloto Nicolaykurin.

El MIG 23M, asignado a su misión, llevaba cientos de horas de vuelo y formaba parte del núcleo de defensa aérea del Pacto de Varsovia. Nada indicaba que esa mañana el avión se convertiría en uno de los casos más desconcertantes de la Guerra Fría tardía. Durante la carrera de despegue, Scurridín sintió algo anómalo.

El motor Tumanski R29 parecía perder potencia justo al levantar el morro. Según los protocolos, cualquier sensación de empuje insuficiente en ese punto crítico significaba una sola cosa, eyectarse. Y eso hizo. En cuestión de segundos, el piloto se catapultó hacia arriba mientras el mic caía ligeramente y luego ocurrió lo inesperado.

El motor, lejos de apagarse, recuperó potencia. El MIG 23, sin nadie a bordo, volvió a ganar velocidad, estabilizó el ala de geometría variable y comenzó a ascender suavemente. Lo que en cabina habría sido una corrección automática pasó a convertirse en un vuelo completamente fuera de control humano. El avión se enderezó, ajustó la trayectoria y continuó trepando como si siguiera un entrenamiento programado.

En la base reinó una mezcla de alivio. Scurridín estaba salvo y perplejidad, porque según la teoría, aquel avión debía caer a los pocos segundos, sin piloto, sin control directo, sin una misión asignada. Pero los sistemas automáticos del MIC no estaban muertos. El regulador de potencia siguió funcionando. El piloto automático básico estabilizó la nave y el avión se encaminó hacia el oeste rumbo a Alemania Oriental.

En Moscú, al recibir los primeros informes, surgió una preocupación inmediata, un combate aéreo accidental. Un jet soviético cruzando el espacio aéreo de la UTAN podía desencadenar un incidente diplomático grave. Las reglas eran claras. Cualquier objeto militar no identificado que invadiera territorio aliado sería interceptado.

El problema era que este objeto tenía estrellas rojas en el fuselaje. Mientras tanto, el MIG avanzaba imperturbable. Pasó sobre el Báltico, bordeo zonas industriales y frías extensiones de nubes a una altura que hacía difícil estimar si el amión respondía a algo o simplemente flotaba con un rumbo fijo.

No emitía señales de comunicación ni maniobras propias de un piloto entrenado, algo que los radares detectaron de inmediato. Ese comportamiento alimentó la inquietud. Todos sabían que un avión vacío podía seguir rutas largas consumiendo combustible de forma estable. A medida que cruzaban nuevas áreas, los operadores europeos empezaron a preguntarse si aquello era una prueba soviética, un escape de control o algo peor.

El MIG no descendía, no giraba, no aceleraba más de la cuenta, mantenía un perfil casi fantasmal y aunque nadie lo sabía aún, su viaje estaba lejos de terminar. El MIG 23 continúa avanzando sobre el norte de Europa como si obedeciera un plan invisible. A diferencia de un piloto real, el avión no ejecutaba maniobras para esquivar radares, ni ajustaba su rumbo ante cambios meteorológicos.

Su comportamiento era tan lineal que algunos operadores de defensa aérea creyeron durante los primeros minutos que se trataba de un dron experimental. Sin embargo, el aparato era demasiado grande, demasiado rápido y demasiado característico como para confundirse con un prototipo remoto. En cuanto el jet cruzó la frontera hacia Alemania Oriental, los centros de seguimiento de la OTAN se activaron.

La Guerra Fría estaba en sus últimos meses, pero la maquinaria militar seguía alerta. La presencia de un casa soviético sin autorización sobre Europa occidental era un evento serio, porque cualquier malentendido podía escalar. Los radares alemanes captaron la firma del Migaron de inmediato a la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

El vector se dirigía hacia su zona de responsabilidad. El análisis inicial fue desconcertante. El MIG mantenía una altitud estable cercana a los 12,000 m sin variaciones bruscas, a un ritmo de consumo moderado. Eso indicaba que el motor trabajaba en un régimen sorprendentemente óptimo. Los especialistas conocían casos de aviones que volaban algunos kilómetros sin piloto tras una eyección, pero nunca durante cientos de kilómetros y mucho menos cruzando fronteras a gran velocidad.

Minutos después, dos F15 estadounidenses despegaron desde la base de Bittburg. Su misión era interceptar, identificar y si era necesario derribar al intruso. Los pilotos de los F15 se acercaron con cautela, conscientes de que cualquier movimiento arriesgado podía desencadenar una crisis diplomática. Cuando avistaron al MIG, comprobaron de inmediato algo que confirmaba las peores sospechas. La cabina estaba vacía.

Lo que siguió fue una escena surrealista. Los F15 volaban en formación junto al jet soviético, observando como el MIG avanzaba rígido como un cuerpo sin alma. No había movimientos humanos, no había correcciones de rumbo, solo la constancia mecánica de un avión que se negaba a caer. Los estadounidenses se comunicaron con el mando, explicando que el aparato parecía volar impulsado únicamente por la inercia combinada con el motor todavía activo.

La pregunta entonces fue inevitable, ¿qué hacer con él? Derribarlo no era una decisión ligera. El Mig, si caía sobre una ciudad europea, podía causar un desastre humano y político. Pero permitir que siguiera volando sin rumbo también era peligroso. Nadie sabía cuándo se quedaría sin combustible ni dónde terminaría su descenso.

Los operadores siguieron calculando trayectorias posibles y el pronóstico era inquietante. De mantenerse la línea actual, el avión entraría en espacio aéreo belga. luego francés y finalmente podría dirigirse hacia la península ibérica. Lo único claro era que Europa estaba viendo algo que pocas veces ocurre, un casa supersónico convertido en una especie de fantasma moderno, atravesando estados sin que nadie pudiera comunicarse con él ni influir en su comportamiento.

Un fallo mecánico había transformado una mañana rutinaria en un episodio que estaba a punto de involucrar a varias naciones y cuyo final sería aún más inverosímil. La OTAN continuó siguiendo el rastro del MIG 23 como quien observa un proyectil que nadie lanzó conscientemente. Cada centro de control europeo informaba del mismo patrón.

El avión seguía un trayecto constante, como si hubiese sido programado de antemano. Lo desconcertante era que la ruta no coincidía con ningún corredor aéreo militar soviético y tampoco mostraba variaciones que delataran maniobras automáticas. simplemente avanzaba impulsado por el motor y por un destino que ni sus propios diseñadores habrían podido imaginar.

Cuando el casa cruzó el cielo de Francia, la situación alcanzó un punto delicado. París temía que un aparato de combate soviético sobrevolara a regiones densamente pobladas sin control. Mientras tanto, los equipos técnicos trataban de calcular la autonomía restante. El MIG 23, con su motor R35, consumía combustible de forma relativamente estable, pero ya había recorrido una distancia irreal para un vuelo sin piloto.

Aún así, el momento crítico estaba cerca. En algún punto la mezcla aire combustible dejaría de sostener el impulso. En los centros de mando, los analistas trataban de anticipar el lugar donde podría terminar el descenso. Francia, preocupada por un posible impacto en su territorio, presionó para que los F15 estadounidenses tomaran medidas.

Sin embargo, Washington y la OTAN dudaban. Derribarlo podría provocar tensiones con Moscú. Justo cuando las relaciones empezaban a descongelarse, el dilema se volvió político, técnico y estratégico. Al mismo tiempo, el MIG siguió su avance hacia el suroeste, acercándose a la frontera con España. Aquí surgió un nuevo problema.

La trayectoria aproximada sugería que el avión podía entrar en territorio español en apenas minutos y las autoridades madrileñas no habían recibido previamente un aviso completo de la situación. Aunque España pertenecía a la UTAN, la complejidad de la cadena de comunicación en tiempo real generó retrasos.

Cuando la información finalmente llegó, el case estaba ya sobre los Pirineos. El Ministerio de Defensa Español se encontró con un escenario inquietante. Un avión de combate soviético avanzaba sin control y nadie sabía cuántos minutos de vuelo le quedaban. Para los controladores en Madrid, aquello era casi una escena de ficción, un jet militar extranjero cruzando sin piloto, sin transpondor, sin contacto y sin la mínima posibilidad de intervención diplomática preventiva.

Los F15 estadounidenses, que llevaban tiempo escoltándolo a distancia, redujeron su presencia al pasar la frontera, siguiendo los protocolos de espacio aéreo. España, sin capacidad inmediata para colocar interceptores en la zona, solo podía observar el desarrollo desde tierra. Los radares detectaron como el MIG continuaba descendiendo lentamente, signo claro de que el combustible estaba a punto de agotarse.

En ese momento, el vuelo fantasma pasó de ser una anomalía militar a convertirse en un riesgo directo para zonas rurales. La transición final estaba cerca, lo que empezó en un aeródromo pola como un fallo inesperado, había cruzado media Europa y estaba a segundos de delivar en un desenlace que marcaría uno de los incidentes más extraños de la Guerra Fría.

El MIG 23 entró profundamente en territorio español con un comportamiento cada vez más errático. Los radares observaron como la altitud descendía de manera progresiva, una señal inequívoca de que los depósitos de combustible estaban prácticamente vacíos. El avión ya no era un caza supersónico, sino un enorme proyectil metálico que avanzaba por pura inercia.

En los centros de control españoles, los técnicos hacían cálculos rápidos, cruzando velocidad, altitud y trayectoria. Todo indicaba que el final estaba cerca, pero nadie podía precisar el punto exacto. Cuando el motor se apagó definitivamente, el MIG inició un planeo silencioso, sorprendentemente estable para un aparato sin piloto.

Durante varios minutos se desplazó como un planeador descomunal, siguiendo una línea que lo condujo hacia una zona rural de Castilla y León. En tierra, ningún vecino comprendía qué hacía un avión militar soviético surcando un cielo frío y claro, sin ruidos de motores, como si fuese una aeronave fantasma.

Ese planeo concluyó abruptamente cerca de la localidad de Mansilla de las mulas. El impacto fue lo suficientemente fuerte como para destruir gran parte del fuselace. El accidente, sin embargo, tuvo una consecuencia trágica. En una vivienda cercana, un joven español perdió la vida debido a los daños provocados por el choque.

La noticia conmocionó a la región y despertó cuestionamientos inmediatos. ¿Cómo era posible que un caza soviético hubiese recorrido tantos kilómetros sin control? ¿Por qué nadie había advertido a tiempo a las autoridades locales? Pocas horas después, el lugar fue rodeado por unidades de las fuerzas españolas y por especialistas que llegaron desde bases de la OTAN.

El interés era enorme. Aquel MIG23, aunque dañado, era una oportunidad única para analizar uno de los cazas soviéticos más recientes de la época. Incluso restos de avión siniestrado podían contener información valiosa. Componentes electrónicos, sistemas hidráulicos, partes del motor, tecnología de radar. Cada pieza tenía potencial importancia.

Mientras los investigadores españoles y de la OTAN trabajaban en la zona, los diplomáticos se movían con rapidez. Moscú exigió explicaciones inmediatas y reclamó los restos del avión, insistiendo en que se trataba de un accidente fortuito, pero al mismo tiempo querían asegurarse de que ninguna tecnología sensible cayera en manos occidentales.

España se encontró en el centro de un pulso político que no había buscado, pero del que no podía desentenderse. El análisis técnico reveló que el piloto soviético había eectado debido a un fallo en el motor durante el despegue, convencido de que la aeronave no podría seguir en vuelo. Sin embargo, el sistema automático del MIG mantuvo el motor encendido el tiempo suficiente para estabilizar el aparato y emprender ese recorrido imposible, lo que debió ser un accidente local en Polonia terminó convirtiéndose en uno de los incidentes más extraños de la Guerra Fría en

territorio español. A medida que los restos eran catalogados y retirados, surgieron preguntas que durarían años. ¿Con qué precisión conoció la OTAN los movimientos del MIG? ¿Por qué España tuvo tan poco margen de reacción? ¿Qué fragmentos del avión se compartieron con Estados Unidos y cuáles fueron devueltos a la URS? La caída de aquel Migó cráter en un campo de Castilla, dejó también un eco en los archivos diplomáticos y militares de tres países.

El incidente del MIG23 obligó a revisar protocolos de emergencia y coordinación aérea en Europa. Este vuelo fantasma dejó una lección clara. Aunque un error técnico puede transformarse en un evento internacional, recordando la fragilidad del control durante la Guerra Fría.