¿Has escuchado el corrido de las monjitas? Poca gente sabe las verdaderas razones por las que esas mujeres metieron droga dentro de sus propios cuerpos para no caer en manos de los federales. Y lo que escondían bajo esos hábitos sagrados iba mucho más allá de la coca.

Eran cosas que no caben en una cancioncita de 4 minutos, por más buena que esté la versión que canta el grupo exterminador. Hoy voy a abrirte las puertas del infierno, compadre. Te voy a contar cada detalle, cada pecado, cada decisión que convirtió a esas dos mujeres en un ángel diabólico o en un angelical. Eso tú lo vas a decidir cuando escuches la verdad completa detrás de este corrido.

Tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora sí, vamos a comenzar. Rosa Elena Durán se miraba en el espejo rajado de su cuarto en Durango y lo que veía la hacía sentir náuseas. El hábito negro de las hermanas de la caridad le quedaba perfecto, como si los 10 años desde que abandonó el convento de Santa María de Guadalupe nunca hubieran pasado.

Sus manos temblaban mientras ajustaba la toca blanca que le cubría el cabello. Fuera, en la sala de la casa modesta donde vivía con sus tres sobrinos, escuchaba la voz chillona de María, preguntando si su tía ya estaba lista para ir a misa. La niña de 8 años no sabía que su tía no iba a ninguna misa, que ese hábito sagrado era el disfraz profano que una mujer podía usar.

Era marzo de 1995 y hacía apenas dos meses que Rosa Elena había enterrado a su hermano Esteban en el panteón municipal. Dos balazos en la nuca ejecutado como perro en un callejón de la colonia Tierra Blanca. Los setas no perdonaban las deudas. Esteban había trabajado como chóer para el cartel transportando mercancía de Durango a Tijuana.

Pero en enero perdió una carga completa cuando unos cabrones de Sinaloa le cayeron en la carretera cerca de Mazatlán. 50 kg de coca pura, $50,000 que ahora Rosa Elena debía, porque las deudas de sangre se heredan como se hereda el apellido. Don Jacinto Elisondo, el patrón que controlaba las rutas desde Durango, le dio dos opciones, pagar o morir. Rosa Elena no tenía $50,000, no tenía ni 5,000.

Era viuda de un minero que murió en un derrumbe 6 años atrás. Trabajaba limpiando casas de familias ricas en el centro y ahora cuidaba de tres niños que quedaron huérfanos. María de ocho, Juanito de seis, Pablito de cuatro. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejarlos solos en el mundo? La idea vino una noche mientras rezaba el rosario con los niños.

María preguntó por qué su tía ya no usaba el hábito como antes cuando la visitaban en el convento. Rosa Elena le explicó que había dejado esa vida para cuidar de su mamá enferma que Dios entendía. Pero mientras decía esto, algo hizo click en su cabeza. El hábito. Nadie revisa a las monjas.

En México, por muy corrupto que esté todo, por muy podrido que esté el gobierno, todavía existe ese respeto casi supersticioso hacia las religiosas. Los federales hacen la señal de la cruz cuando las ven pasar. Los narcos se quitan el sombrero. Es como si el hábito creara una burbuja invisible de intocabilidad. Al día siguiente, Rosa Elena pidió audiencia con don Jacinto. El hombre la recibió en su oficina detrás de una carnicería en el mercado Gómez Palacio, un lugar donde olía a sangre fresca y carne colgada. Don Jacinto era un señor de cincuent y tantos años, pelo engominado hacia

atrás, traje de tres piezas, aunque hiciera calor. Hablaba bajito, pero todos le obedecían. Tenía ojos de víbora, fríos y calculadores. Rosa Elena le expuso su plan con voz firme, aunque por dentro sentía terror. Ella transportaría la mercancía, pero no como los demás. Se vestiría de monja. Nadie sospecha de una hermana de la caridad viajando en camioneta.

Podría decir que llevaba donaciones para orfanatos, artesanías religiosas, lo que fuera. Los retenes la dejarían pasar sin revisar. Era el disfraz perfecto. Don Jacinto la miró largo rato sin decir nada. Luego soltó una carcajada que le salió de las tripas. Eres más cabrona de lo que pensé, Rosa Elena, pero me gusta.

Tiene huevos tu plan. Se reclinó en su silla y encendió un puro. Hay un problema. No puedes ir sola. Necesitas compañía por si algo sale mal y necesitas a alguien que sepa defenderse. Así fue como conoció a Lupita Salazar. La muchacha llegó dos días después en un autobús de segunda clase desde el DF.

Era pequeña, no medía más de metro y medio, flaca como escoba, pero había algo en sus ojos que hacía que la gente volteara la mirada. Ojos negros, duros, sin una pisca de miedo ni de duda. Lupita vestía jeans rotos y una chamarra de cuero, aunque hiciera un calor del [ __ ] Traía una mochila pequeña que cargaba como si fuera lo único que poseía en el mundo y probablemente lo era.

Don Jacinto las presentó en su oficina. Rosa Elena, ella es Lupita. Lupita, ella es Rosa Elena. Ustedes dos van a trabajar juntas. Rosa Elena conoce el camino y el disfraz. Lupita conoce cómo defenderse si las cosas se ponen feas. Miro a Lupita con seriedad. Pero que quede claro, morra. Nada de broncas innecesarias. El plan de Rosa Elena funciona porque nadie sospecha.

Si empiezas a disparar, se acabó el negocio. Lupita asintió sin decir palabra. Rosa Elena la estudió tratando de entender quién era esta muchacha. Parecía apenas una chamaca, vein pocos años quizá, pero algo en ella era viejo, cansado, como si hubiera vivido tres vidas. Tenía una cicatriz pequeña en la mejilla izquierda, casi imperceptible.

Y cuando se quitó la chamarra por el calor, Rosa Elena notó otra cicatriz más grande en el antebrazo, marcas de una vida que no quería imaginar. Esa noche, en el cuarto de hotel barato, donde compartirían habitación para planear la primera travesía, Rosa Elena intentó romper el hielo. ¿De dónde eres, Lupita? De Tepito. La respuesta fue cortante, sin invitación a seguir preguntando.

¿Tienes familia? No. ¿Hace cuánto trabajas para don Jacinto? 3 años. Rosa Elena se dio cuenta de que Lupita no iba a abrirse fácilmente. Decidió hablar ella primero, contar su historia, explicar por qué estaba haciendo esto. Le habló de Esteban, de los niños, de la deuda. Lupita escuchó sin expresión en la cara, fumando un cigarro tras otro.

Cuando Rosa Elena terminó, Lupita simplemente dijo, “Todos tenemos nuestras razones. Las tuyas son tuyas, las mías son mías.” Esa fue toda la conversación esa noche. Pero Rosa Elena no pudo dormir. Se quedó mirando el techo manchado del cuartucho, escuchando los ronquidos de borrachos en el cuarto de al lado y el ruido de camiones en la carretera.

pensó en los niños, pensó en Esteban, pensó en el hábito que vestiría mañana y rezó. Rezó pidiendo perdón por lo que estaba a punto de hacer. Sabía que era pecado, sabía que estaba profanando algo sagrado. Pero, ¿qué otra opción tenía? Dios la perdonaría. Tenía que perdonarla porque lo hacía por amor, por sus sobrinos, por darles una vida.

Al otro lado del cuarto, Lupita no dormía tampoco, pero no rezaba. No pensaba en Dios ni en perdón. Pensaba en su madre muerta de sobredosis en un callejón de Tepito cuando Lupita tenía 12 años. Pensaba en los hombres que abusaron de ella cuando quedó sola en las calles. Pensaba en la primera vez que mató a alguien a los 14 años con un cuchillo oxidado clavado en el cuello de un cabrón que intentó violarla.

No sintió nada ese día, no sintió nada después y no sentiría nada ahora. El hábito de monja era solo un disfraz. Como todo en la vida, todos usamos disfraces. El de ella simplemente sería negro y con cruz. La primera travesía comenzó el 18 de marzo de 1995 a las 3 de la madrugada. Rosa Elena despertó con el estómago revuelto como si fuera a vomitar.

Se vistió despacio con el hábito negro, cada movimiento una oración silenciosa pidiendo protección. Lupita se vistió en 2 minutos sin ceremonias, como quien se pone un uniforme de trabajo. Don Jacinto les había conseguido una camioneta Ford Blanca con placas de durango, vieja pero confiable.

En la caja trasera iban 20 cajas de madera marcadas con artesanías religiosas, donación para orfanato Nuestra Señora de Guadalupe, Tijuana. Dentro de cada caja, envueltos en tela y escondidos entre rosarios de madera y estampitas de santos, iban 2 kg de cocaína pura, 40 kg en total. Si los agarraban era cadena perpetua o peor, una bala en la cabeza antes de llegar al juzgado. Rosa Elena manejaba.

Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Lupita iba en el asiento del copiloto, callada, mirando la oscuridad del desierto de Durango por la ventana. No había casi tráfico a esa hora, solo el rugido del motor y el sonido de las llantas en el pavimento caliente. Rosa Elena rezaba mentalmente el rosario completo.

Ave María purísima, sin pecado concebida. Dios te salve, María, llena eres de gracia. El primer retén apareció a los 40 minutos cerca de Vicente Guerrero. Luces rojas y azules cortando la oscuridad. tres federales con chalecos antibalas y fusiles AR15. Rosa Elena sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.

Redujo la velocidad, paró la camioneta donde le indicaban. Un federal se acercó con una linterna, alumbrando primero la placa, luego el interior de la cabina. Cuando vio los hábitos, el hombre bajó la linterna, hizo la señal de la cruz rápidamente. Buenas noches, hermanitas. ¿A dónde van a estas horas? Rosa Elena respiró hondo.

Su voz salió tranquila, serena, como cuando daba catecismo en el convento. Buenas noches, oficial. Vamos rumbo a Tijuana. Llevamos donaciones para un orfanato. El federal asintió. Traen documentos de la parroquia. Rosa Elena le extendió un sobre con papeles falsos que don Jacinto había conseguido.

Carta del supuesto padre Anselmo Gutiérrez de la parroquia de San Juan Bautista, autorizando el traslado de artesanías religiosas. El federal apenas los miró, los devolvió. Que Dios las bendiga en su camino, madrecitas. Tengan cuidado en la carretera. Y eso fue todo. El federal les hizo señas para que siguieran. Rosa Elena arrancó despacio, controlando el temblor de sus piernas.

Cuando el retén desapareció en el espejo retrovisor, dejó escapar un suspiro que traía atorado en el pecho. Lupita, a su lado, sonrió por primera vez, una sonrisa pequeña, pero genuina. Chingón tu plan, Rosa Elena, ni nos tocaron. Así pasaron otros cuatro retenes esa noche. Ramos Arispe, Saltillo, Monterrey, Nuevo Laredo. Siempre la misma rutina.

El federal veía los hábitos, hacía la señal de la cruz, preguntaba a dónde iban. Rosa Elena mostraba los papeles falsos, los dejaban pasar con bendiciones y buenos deseos. Era tan fácil que daba miedo como si Dios mismo estuviera protegiendo algo que era un pecado mortal.

Llegaron a Tijuana 30 horas después, agotadas, sucias, con los hábitos empapados de sudor. Don Jacinto les había dado la dirección de una casa en la colonia Libertad, donde un contacto del cartel recibiría la mercancía. Un tipo gordo y sudoroso llamado El Chino abrió la puerta. Contó las cajas, revisó la mercancía. Está completo. Buen trabajo, morras. Les dio un sobre con 20,000 pesos para cada una.

Rosa Elena tomó el dinero con manos temblorosas. Era más de lo que ganaba en seis meses limpiando casas. El viaje de regreso fue más relajado. Ya sabían que el plan funcionaba. Rosa Elena no rezaba tanto. Lupita incluso hablaba más contando historias de Tepito de su vida en las calles.

Rosa Elena aprendió que Lupita había sido reclutada por el cartel a los 17 años después de matar a dos tipos en una bronca de pandillas. Aprendió que Lupita no tenía nadie en el mundo, que el cartel era su única familia, que nunca había conocido el amor ni la ternura. ni nada que se le pareciera.

Rosa Elena sintió algo parecido a la compasión por esta muchacha dura como piedra. Cuando regresaron a Durango, Rosa Elena abrazó a sus sobrinos como si hubiera estado ausente un año. Los niños estaban felices de verla. Le preguntaron si había conocido a muchos angelitos en el orfanato. Rosa Elena mintió sonriendo. Sí, mi amor. Muchos angelitos. Esa noche, después de acostar a los niños, contó el dinero bajo la luz de una vela, 20,000 pesos. Con dos viajes más podría pagar la deuda completa de Esteban.

Con tres viajes más podría tener un colchón financiero para los niños. Con cuatro viajes, don Jacinto las llamó una semana después. Buen trabajo, morras. ¿Listas para la segunda vuelta? Rosa Elena dijo que sí antes de pensarlo dos veces. Lupita simplemente asintió con esa sonrisa pequeña que ya se estaba volviendo familiar.

La segunda travesía fue en abril, luego vino la tercera en mayo, la cuarta en junio. Se volvió rutina. Rosa Elena dejó de rezar tanto. Los hábitos dejaron de sentirse sagrados y empezaron a sentirse como uniformes de trabajo. Los retenes eran fáciles. Los federales siempre hacían la señal de la cruz. siempre las dejaban pasar.

Era como tener un pase VIP en las carreteras más peligrosas de México, pero no todos los federales eran iguales. En el retén de Torreón, en la carretera a Saltillo, había un teniente que siempre las miraba un poco más de lo normal. Se llamaba Sabino Flores.

Era un hombre de casi 50 años, bigote grisallo, cicatriz profunda en la mejilla derecha. Nunca las detenía, nunca les pedía abrir las cajas, pero las miraba, las estudiaba como si estuviera tratando de descifrar un acertijo. La primera vez que pasaron por su retén en la tercera travesía, Sabino se acercó a la ventanilla y habló con Rosa Elena. Siempre viajan a estas horas, hermanita.

Su voz era cortés, pero había algo debajo. Curiosidad, sospecha. Sí, oficial, es más seguro viajar de madrugada, menos tráfico y siempre a Tijuana. Sí, hay mucha necesidad en los orfanatos de la frontera. Sabino asintió lentamente. Miró a Lupita que mantenía la cabeza gacha como buena monja sumisa. Que Dios las acompañe. Pero sus ojos decían otra cosa. Decían, “Te estoy vigilando.

” Rosa Elena se lo comentó a Lupita después de pasar el retén. Ese federal no me gusta, nos mira demasiado. Lupita se encogió de hombros. Si se pone muy curioso, lo matamos. Problema resuelto. No, Rosa Elena casi gritó. Si matamos a un federal, van a venir todos. Se acabó el negocio. Don Jacinto nos mata a nosotras.

Entonces, déjalo que mire nomás. Mientras no nos detenga, no hay pedo. Pero Rosa Elena no podía quitarse la sensación de peligro. Sabino Flores era diferente a los demás federales. No hacía la señal de la cruz con devoción. La hacía por costumbre y sus ojos sus ojos veían demasiado. Lo que Rosa Elena no sabía es que Sabino Flores había perdido a su sobrino 3 años atrás en un enfrentamiento con narcos en Culiacán.

El muchacho tenía 19 años, toda la vida por delante. Los setas lo ejecutaron por estar en el lugar equivocado. Desde ese día, Sabino odiaba a los narcos ser. Rechazaba mordidas, rechazaba sobornos. Era uno de los pocos federales incorruptibles que quedaban. Y algo en esas monjitas no le cuadraba.

Viajaban siempre a la misma hora, siempre la misma ruta, siempre solas, siempre con cajas. Sabino empezó a llevar un registro, fechas, horas, placas de la camioneta. En su libreta personal anotaba todo. Su compañero, el cabo Eliazar Montoya, le decía que estaba loco. Son monjas, jefe. ¿Qué van a hacer? Contrabandear hostias. Pero Sabino no se dejaba convencer. Su instinto le decía que algo estaba mal.

Para Julio, Rosa, Elena y Lupita ya habían hecho nueve travesías, casi 400 kg de cocaína transportados sin un solo problema. Rosa Elena había pagado la deuda de Esteban completa y tenía dinero guardado en una caja de zapatos bajo su cama, dinero que usaba para darles una vida mejor a los niños.

María ahora iba a una escuela privada. Juanito tenía zapatos nuevos. Pablito comía tres veces al día. Rosa Elena se decía a sí misma que todo valía la pena, que Dios entendería, que estaba haciendo algo malo por razones buenas, pero las pesadillas habían empezado. Soñaba que los federales abrían las cajas y la arrestaban frente a los niños.

Soñaba que Sabino Flores la miraba y le decía, “Yo sabía que eras una mentirosa. Soñaba que el hábito se le prendía fuego mientras manejaba. Se despertaba empapada en sudor, el corazón desbocado y entonces rezaba, rezaba pidiendo perdón, rezaba pidiendo fuerza para una travesía más, solo una más.

” Lupita, por el contrario, estaba en su elemento. La adrenalina la mantenía viva. Había empezado a disfrutar el juego, el peligro, la sensación de engañar a todos con ese disfraz negro. A veces, cuando pasaban un retén sin problemas, se reía bajito. Rosa Elena le preguntaba de qué se reía. De lo [ __ ] que son, Rosa Elena. De lo fácil que es. Rosa Elena no encontraba nada gracioso en eso.

La tensión entre ellas crecía. Rosa Elena quería parar. Lupita quería seguir. Empezaron a discutir en los viajes. Rosa Elena decía, “Ya tengo suficiente dinero. Los niños están bien. ¿Podemos retirarnos?” Lupita respondía, “¿Y luego qué? ¿Vas a volver a limpiar casas por 300 pesos a la semana? No seas pendeja.

Esto es lo mejor que te ha pasado en la vida. Rosa Elena guardaba silencio porque sabía que Lupita tenía razón, pero odiaba admitirlo. Fue en agosto cuando las cosas empezaron a complicarse. Un contrabandista llamado Armando Silva, apodado El Guacho, descubrió el esquema de las monjitas.

El guacho trabajaba para un cartel rival y manejaba su propia ruta de Durango a Tijuana, pero sus envíos eran revisados constantemente. Perdía mercancía, perdía dinero y ahora descubría que dos viejas disfrazadas de monjas estaban pasando kilos sin problemas mientras él se jodía. El guacho era un cabrón violento de esos que disfrutan matar. Tenía un odio especial hacia las mujeres.

Le ardía que unas pinches viejas fueran mejores que él en su propio negocio. Decidió que tenía que eliminarlas, pero no podía hacerlo directamente porque don Jacinto las protegía. Entonces pensó en otra cosa. Si denunciaba a las monjitas con los federales, el negocio de don Jacinto se iba a la [ __ ] y en el caos el guacho podría tomar control de la ruta.

Una noche, el guacho llamó anónimamente al cuartel de los federales en Torreón. Ando dándoles un dato, compa. Hay dos morras disfrazadas de monjas que están moviendo coca de Durango a Tijuana. Camioneta Ford Blanca, placas de Durango pasan por su retén cada 15 días a las 3 de la mañana. La llamada cayó justo en el escritorio del teniente Sabino Flores. Cuando colgó el teléfono, Sabino sonrió por primera vez en meses.

Su instinto había estado correcto. Esas monjitas eran narcos. Llamó a su equipo. Les dijo que prepararan un operativo especial. La próxima vez que esas morras pasaran por su retén, las iban a revisar hasta debajo de las uñas. Lo que Sabino no sabía es que uno de sus hombres, el cabo Eliazar Montoya, estaba en la nómina del cartel.

Eliazar recibía 5000 pesos al mes por informar sobre operativos y cerrar los ojos cuando pasaban ciertas camionetas. En cuanto escuchó los planes de Sabino, Eliazar hizo una llamada. Jefe, tenemos problemas. El teniente está planeando un operativo contra las monjitas. Don Jacinto recibió la noticia con calma. Llamó a Rosa, Elena y Lupita a su oficina. Les explicó la situación.

Alguien las delató. No sé quién, pero los federales de Torreón las están esperando. Van a tener que cambiar de ruta. Rosa Elena sintió alivio. Perfecto. Cambiamos de ruta y asunto arreglado. Pero don Jacinto negó con la cabeza. No es tan fácil. Si cambiamos de ruta, los otros carteles se van a dar cuenta. Van a saber que estamos débiles.

Y además se reclinó en su silla. Tengo un encargo especial, grande, muy grande, 120 kg. El cliente paga el triple, pero necesito que salga esta semana. Lupita se inclinó hacia delante, interesada. ¿Cuánto nos toca? 50,000 pesos para cada una. Rosa Elena sintió vértigo.

50,000 pesos era más de lo que había ganado en todas las travesías anteriores juntas. Con ese dinero podría comprar una casa para los niños, podría sacarlos de Durango, podría darles una vida real. Pero, don Jacinto, si los federales nos están esperando, por eso les voy a dar ayuda. Eliazar, mi contacto en el retén va a estar de turno.

Él se va a asegurar de que pasen sin problemas. Lupita asintió inmediatamente. Estoy dentro. Rosa Elena vaciló. Algo no se sentía bien, pero 50,000 pesos. ¿Y si algo sale mal? Don Jacinto sonrió. Nada va a salir mal, Rosa Elena. Confía en mí. Esa noche Rosa Elena no durmió. Se quedó mirando a sus sobrinos dormir.

María abrazaba un osito de peluche. Juanito roncaba suavemente. Pablito chupaba su dedo pulgar. Eran tan inocentes, tan puros. Rosa Elena pensó en su hermano Esteban, pensó en cómo murió por deberle al cartel y ahora ella estaba haciendo exactamente lo mismo que él hizo, transportando mercancía, arriesgando la vida.

¿En qué momento se había convertido en esto? Se levantó despacio para no despertar a los niños. fue al baño, se miró en el espejo. Tenía 34 años, pero se veía de 40. Arrugas prematuras alrededor de los ojos, canas en el cabello. El peso del pecado envejece más rápido que el tiempo.

Se arrodilló frente al pequeño altar que tenía en el baño con una Virgen de Guadalupe de yeso y una veladora. Rezó. Rezó como no había rezado en meses. Virgencita, ayúdame. Dame una señal. Dime si debo hacer esto o no, por favor. No hubo respuesta. Solo el silencio de la madrugada y el zumbido del refrigerador viejo en la cocina. Rosa Elena se levantó. Ya había tomado la decisión.

Haría una travesía más, solo una más. Con ese dinero podría retirarse, podría volver a ser una persona decente una última vez y nunca más. Lo que Rosa Elena no sabía es que don Jacinto le estaba mintiendo. Esa carga no era solo cocaína. Dentro de tres de las cajas, escondidos entre los kilos de coca iban fajos de dólares, dinero sucio que el cartel estaba lavando a través de la frontera.

Don Jacinto no les había dicho porque sabía que Rosa Elena se negaría. El castigo por contrabandear dinero era peor que el de contrabandear drogas. Pero don Jacinto necesitaba que ese dinero llegara a Tijuana y las monjitas eran su mejor opción. Mientras tanto, en Torreón, Sabino Flores preparaba su operativo. Tenía autorización para revisar cualquier vehículo sospechoso.

Tenía seis hombres bajo su mando y tenía el presentimiento de que esta vez finalmente iba a atrapar a esas narcos disfrazadas. Pensó en su sobrino muerto. Pensó en todos los jóvenes que morían por las drogas, que personas como esas monjitas transportaban. Y juró que esta vez no fallaría. El cabo Eliazar Montoya sudaba frío.

Sabía que tenía que elegir un bando. O traicionaba a Sabino y ayudaba a las monjitas a pasar. O traicionaba al cartel y dejaba que Sabino las atrapara. Cualquier decisión podía costarle la vida, pero Eliazar ya había tomado demasiado dinero del cartel. Ya estaba adentro. No había vuelta atrás.

Decidió que ayudaría a las monjitas, pero tendría que ser discreto, muy discreto. Los días previos al 15 de octubre fueron tensos. Rosa Elena preparó todo meticulosamente. Revisó la camioneta tres veces, cambió el aceite, revisó las llantas, se aseguró de que los papeles falsos estuvieran en orden. Guardó el rosario de su madre en el bolsillo del hábito como amuleto de protección.

Le dijo a los niños que estaría fuera tres días visitando orfanatos. María la abrazó fuerte. Ten cuidado, tía. Te quiero mucho. Rosa Elena casi se quebró en ese momento. Lupita, por el contrario, estaba tranquila, demasiado tranquila. Rosa Elena empezó a sospechar. ¿Por qué estás tan relajada? ¿Sabes algo que yo no sé? Solo sé que va a salir bien. Siempre sale bien, Lupita.

Los federales nos están esperando y el cabo Montoya está de nuestro lado. Va a estar ahí, va a ayudarnos. Rosa Elena no se sentía tranquila. Había algo en el aire, una tensión que no podía explicar, como antes de una tormenta. La noche anterior a la travesía fue a visitar el convento de Santa María de Guadalupe.

No había estado ahí en años. La madre superior al refugio la recibió con sorpresa y alegría. Rosa Elena, cuánto tiempo sin verte, hija. Se sentaron en el patio del convento bajo un mezquite viejo. Rosa Elena no sabía qué decir. No podía confesar lo que estaba haciendo, pero necesitaba algo, consuelo, absolución, cualquier cosa. La madre refugio la miraba con esos ojos sabios que todo lo ven. Te ves preocupada, hija.

¿Qué te aqueja? Madre, yo he hecho cosas, cosas malas por buenas razones, pero malas de todos modos. La madre refugio asintió lentamente. La vida nos pone en situaciones difíciles, Rosa Elena. Pero Dios siempre ofrece perdón a quienes se arrepienten de corazón. Y si no puedo arrepentirme todavía.

¿Y si tengo que hacer una cosa más antes de poder arrepentirme? La anciana monja guardó silencio largo rato. Luego dijo, “Entonces reza para que esa cosa no te cueste el alma, hija.” Rosa Elena salió del convento con más dudas que respuestas. Esa noche soñó que el hábito la estrangulaba, que las mangas se apretaban alrededor de su cuello como serpientes negras.

Se despertó gritando. Lupita encendió la luz. ¿Qué te pasa? Nada, solo una pesadilla. Y cálmate. Mañana a estas horas ya vamos a estar ricas y libres. Pero Rosa Elena no se sentía libre. Se sentía atrapada en una telaraña de su propia creación. El 15 de octubre amaneció caliente. Durango hervía bajo un sol implacable. Rosa Elena vistió el hábito por última vez.

Se lo prometió a sí misma. Esta era la última vez. Después de esto, nunca más quemaría ese hábito maldito. Se confesaría con un sacerdote. Haría penitencia el resto de su vida si era necesario, pero nunca más volvería a profanar lo sagrado. Don Jacinto las esperaba en su oficina con las cajas ya preparadas. 20 cajas de madera selladas con clavos, 120 kg.

El cliente ya pagó por adelantado. Ustedes entregan y recogen su dinero en Tijuana. El chino las está esperando. Le dio a Rosa Elena un sobre grueso. Aquí están los papeles y esto sacó una pequeña medalla de la Virgen de Guadalupe para que las proteja en el camino. Rosa Elena tomó la medalla con manos temblorosas.

La ironía no se le escapó. Un narco dándole una medalla religiosa antes de enviarla a cometer un delito. Guardó la medalla en el bolsillo junto al rosario de su madre. Cargaron las cajas en la camioneta, eran más pesadas de lo normal. Rosa Elena lo notó, pero no dijo nada. Lupita tampoco parecía notarlo o no le importaba.

Salieron de Durango a las 2 de la madrugada, una hora antes de lo usual. Don Jacinto les había dicho que cambiaran un poco el horario para despistar. La carretera estaba vacía, solo el rugido del motor y la oscuridad infinita del desierto. Rosa Elena manejaba en silencio. Lupita miraba por la ventana.

Después de una hora, Lupita habló. Rosa Elena, ¿qué vas a hacer con tu parte del dinero? Comprar una casa, sacar a los niños de Durango, empezar de nuevo en otro lugar. Y yo, Rosa Elena la miró sorprendida. Era la primera vez que Lupita preguntaba algo personal. ¿Tú qué vas a hacer? Lupita se encogió de hombros. No sé.

Nunca he pensado en el futuro. Siempre he vivido un día a la vez. ¿Podrías empezar una vida nueva también? Con 50,000 pesos puedes hacer muchas cosas. No sé hacer nada más que esto, Rosa Elena. Esto es lo único para lo que soy buena. Rosa Elena sintió una tristeza profunda. No es cierto, Lupita. Eres inteligente, eres fuerte, podrías hacer lo que quisieras.

Lupita se rió amargamente. Tengo tres dedos de frente y un récord de asesinatos desde los 14 años. No exageres, no hablaron más después de eso. El primer retén fue en Vicente Guerrero. Dos federales somnolientos que apenas miraron los papeles pasaron sin problemas. El segundo retén en Ramos Arispe, tres federales que hicieron la señal de la cruz y las bendijeron.

Pasaron sin problemas. Rosa Elena empezó a relajarse un poco. Tal vez don Jacinto tenía razón. Tal vez todo saldría bien. Pero entonces llegaron a Torreón. Eran las 4:30 de la madrugada. El retén estaba iluminado con reflectores potentes. Rosa Elena vio inmediatamente que algo era diferente.

Había más federales de lo normal. Seis, todos armados con fusiles y en el centro supervisando, estaba el teniente Sabino Flores. Rosa Elena sintió que el estómago se le caía. Lupita, esto no se ve bien. Lupita se puso tensa. Su mano fue instintivamente al rosario que colgaba de su cuello.

Pero Rosa Elena sabía que debajo del hábito, Lupita traía una pistola vereta 9 mm. Tranquila, nada más sonríe y actúa normal. Rosa Elena redujo la velocidad, paró donde le indicaban. Sabino Flores se acercó personalmente. Sus ojos se clavaron en Rosa Elena con una intensidad que la hizo temblar. Buenas noches, hermanita. Papeles, por favor. Rosa Elena le extendió el sobre con manos que no podía controlar.

Sabino revisó los papeles lentamente, demasiado lento. Los miró por adelante y por atrás. Luego miró a Rosa Elena, luego a Lupita. ¿Cuántas veces han pasado por este retén, hermanitas? Rosa Elena tragó saliva. No lo sé. Con exactitud oficial. Venimos seguido. Yo diría que unas 10 veces en los últimos seis meses.

¿Les parece correcto? Puede ser. Sabino asintió. Y siempre llevan donaciones para orfanatos. Siempre a Tijuana, siempre a la misma hora. Sí, oficial, es nuestro trabajo. Su trabajo. Sabino sonrió sin humor. Dígame, hermanita, ¿a qué orden religiosa pertenecen? Rosa Elena sintió pánico. Había memorizado la respuesta, pero la mente se le quedó en blanco.

A las a las hermanas de la caridad de de Santa María de Guadalupe en Durango. Sabino terminó la frase por ella. Curiosamente yo llamé a ese convento ayer. Hablé con la madre superiora, una tal refugio Campos. La conoce. Rosa Elena palideció. Sí. Yo, la madre refugio, me dijo que no tienen ninguna monja haciendo viajes a Tijuana, que sus hermanas no salen del convento, excepto para misiones específicas autorizadas y que desde hace 6 meses no han enviado donaciones a ningún orfanato.

Sabino se inclinó hacia la ventanilla, así que le preguntó de nuevo, ¿a qué orden pertenecen? El silencio que siguió fue brutal. Rosa Elena no podía hablar, no podía pensar, todo se estaba derrumbando. Lupita miraba hacia delante, rígida como estatua. Sabino golpeó el techo de la camioneta con la mano. Bajen del vehículo ahora. Rosa Elena miró desesperadamente buscando al cabo Montoya entre los federales.

Lo vio del otro lado del retén como si no quisiera estar ahí. No iba a ayudarlas, las había vendido o tal vez nunca tuvo intención de ayudar. Sabino abrió la puerta del conductor. Dije que bajen, no voy a repetirlo. Rosa Elena bajó lentamente, las piernas temblándole. Lupita bajó del otro lado. Los otros federales las rodearon con armas en mano. Sabino caminó hacia la parte trasera de la camioneta.

Vamos a revisar esas cajas de artesanías religiosas. Sacó un martillo de su cinturón, se acercó a la primera caja. En ese momento, Lupita actuó. Su mano fue bajo el hábito y sacó la vereta. Todo pasó en segundos. El primer disparo le dio a un federal en el pecho, el segundo a otro en el cuello.

Los federales gritaron, buscaron cobertura, devolvieron fuego. Rosa Elena se tiró al suelo gritando. Lupita seguía disparando, moviéndose rápido, usando la camioneta como escudo. Sabino Flores desenfundó su pistola y disparó. La bala alcanzó a Lupita en el hombro izquierdo. Lupita gritó de dolor, pero no soltó el arma. Disparó de nuevo.

La bala pasó rozando la cabeza de Sabino, dejándole otra cicatriz en el rostro. Sabino cayó al suelo sangrando. Tres federales estaban muertos. Uno herido, Sabino herido, Lupita herida. Y Rosa Elena en el suelo, cubierta de sangre que no era suya, rezando el Padre Nuestro una y otra vez mientras las balas silvaban sobre su cabeza.

El tiroteo duró menos de 3 minutos, pero se sintió como una eternidad. Lupita, con el hombro sangrando, logró llegar hasta Rosa Elena y la jaló hacia la camioneta. Arranca, arranca, pendeja. Rosa Elena se arrastró hasta el asiento del conductor, las manos resbalosas de sangre. Metió la llave con dedos torpes. El motor rugió.

Lupita subió al lado del copiloto y disparó por la ventana hacia los federales que quedaban. Rosa Elena pisó el acelerador a fondo, las llantas chirriaron. La camioneta salió disparada del retén, dejando atrás cuerpos, sangre y caos. Los dos federales que quedaban vivos dispararon hacia la camioneta en retirada.

Una bala rompió el vidrio trasero, otra perforó la llanta de refacción. Pero la camioneta siguió avanzando, adentrándose en la oscuridad de la carretera. Rosa Elena manejaba sin ver casi nada, las lágrimas cegándola, el corazón desbocado. Dios mío, Dios mío, Dios mío. Era todo lo que podía decir. Lupita recargó su pistola con mano temblorosa.

La sangre le empapaba todo el lado izquierdo del hábito. Cálmate, Rosa Elena. Tenemos que seguir. Mataste a tres hombres, tres federales. Lupita nos iban a agarrar. No tuve opción. Siempre hay opción. Podríamos habernos entregado. Y luego que 20 años en prisión, tus sobrinos creciendo sin ti.

No [ __ ] Rosa Elena, hice lo que tenía que hacer. Rosa Elena quería gritar, quería golpearla, quería devolverse en el tiempo y nunca haber aceptado este trabajo maldito. Pero no podía hacer nada de eso. Solo podía manejar, alejarse del retén, internarse en el desierto, desaparecer. Lupita revisó su herida. La bala había atravesado limpio el hombro sin tocar hueso. Sangraba mucho, pero no era mortal.

Se quitó la toca del hábito y la usó para hacer un torniquete improvisado. Apretó los dientes del dolor, pero no hizo ningún sonido. Rosa Elena la miraba de reojo, asombrada de la frialdad de esta muchacha. “Tenemos que salir de la carretera principal”, dijo Lupita. “Van a bloquear todas las salidas.

¿Conoces algún camino de terracería?” Rosa Elena pensó rápido. Conocía estas tierras. había crecido aquí. Hay un camino viejo que usaban los mineros. Sale cerca de Vermejillo. Nos puede llevar hacia Chihuahua. Tómalo. Rosa Elena giró en un camino de tierra casi invisible, escondido detrás de unos wizaches. La camioneta rebotaba violentamente en los baches.

Las cajas en la parte trasera se sacudían. Una se rompió. Rosa Elena escuchó el sonido de madera astillándose. Lupita volteó a ver. ¿Qué fue eso? Una caja se rompió. Y si se riega la mercancía que se riegue. Ya valió madre todo. De todos modos. Manejaron por el camino de terracería durante dos horas, levantando una nube de polvo que la seguía como fantasma.

El sol empezó a salir tiñiendo el desierto de naranja y rojo. Rosa Elena detuvo la camioneta detrás de unas rocas grandes escondidas de la carretera principal. Apagó el motor. El silencio del desierto las envolvió. Lupita respiraba con dificultad. Estaba pálida por la pérdida de sangre.

Rosa Elena salió de la camioneta con piernas temblorosas y fue a revisar la caja rota. La abrió completamente. Dentro, entre los paquetes de cocaína, vio algo que no esperaba. Fajos de billetes, dólares, cientos de miles de dólares. Lupita, hay dinero en las cajas. ¿Qué dinero? un chingo de dinero. Don Jacinto no nos dijo que estábamos cargando dinero. Lupita salió de la camioneta tambaleándose.

Se acercó y vio los fajos de billetes. Su rostro se oscureció. Ese hijo de [ __ ] nos usó. Sabía que cargar dinero es peor que cargar droga. Si nos agarraban con esto. Por eso montó el operativo Sabino Flores. Alguien le dijo sobre el dinero. Las dos mujeres se miraron.

Entendiendo al mismo tiempo, don Jacinto las había usado como ceñuelo, o peor, las había vendido. El cabo Montoya no había traicionado al cartel, había traicionado a ellas específicamente. Todo había sido una trampa. La pregunta era, ¿por qué? Rosa Elena abrió otra caja, más dinero. Abrió una tercera más dinero.

En total calculó que había al menos 2 millones de dólares escondidos entre la cocaína. ¿Qué hacemos? Lupita se recargó en la camioneta, el rostro retorcido de dolor. Dos opciones. Regresamos a Durango. Confrontamos a don Jacinto y probablemente nos mata. O seguimos a Tijuana, entregamos esto al chino, cobramos nuestro dinero y desaparecemos para siempre.

Hay una tercera opción, ¿cuál? Nos quedamos con el dinero, quemamos la droga, nos largamos a Estados Unidos o al sur, a Chiapas, donde nadie nos encuentre. Lupita la miró con sorpresa y algo parecido a respeto. Robarle 2 millones de dólares a don Jacinto nos va a buscar hasta debajo de las piedras. Ya nos está buscando. Ya matamos a tres federales. Ya no hay vuelta atrás, Lupita. Estamos muertas de todos modos.

Al menos que sea con dinero en los bolsillos. Lupita sonrió a pesar del dolor. Me caes bien, Rosaelena. Sabía que tenías huevos. Pero antes de que pudieran decidir, escucharon el sonido de motores acercándose. Muchos motores. Rosa Elena se asomó desde detrás de las rocas. vio una caravana de camionetas levantando polvo en la carretera principal.

Al menos seis vehículos no eran federales, eran del cartel. “Nos encontraron”, susurró Rosa Elena. “¿Cómo carajos nos encontraron tan rápido?” Rosa Elena pensó rápido. La camioneta. Don Jacinto tenía que haberle puesto un GPS. Las había estado rastreando todo el tiempo. Nunca tuvieron opción de huir, nunca tuvieron opción de nada. Las camionetas se detuvieron en la carretera.

Hombres armados bajaron. Rosa Elena contó al menos 20 sicarios. Entre ellos reconoció a don Jacinto, vestido con su traje caro, incluso en medio del desierto, y junto a él, sonriendo con satisfacción, estaba el guacho. Todo cobró sentido. El guacho había hecho un trato con don Jacinto. El guacho había sido quien llamó a los federales.

Don Jacinto lo sabía. había usado esa información para atender una trampa. Si las monjitas eran capturadas o muertas por los federales, don Jacinto se quitaba un problema de encima. Si las monjitas mataban a los federales y escapaban, don Jacinto podía rastrearlas y recuperar su dinero. De cualquier manera, él ganaba.

Lupita cargó su pistola. Tenemos nueve balas, 20 cabrones. Las matemáticas no cuadran, Rosa Elena, lo sé. ¿Quieres que nos entreguemos? Rosa Elena pensó en sus sobrinos, en María, Juanito, Pablito. Pensó en nunca volverlos a ver. Pensó en cómo la recordarían.

Tía Rosa Elena, la narco, la que se vistió de monja para traficar drogas, la que mató federales. ¿Qué clase de ejemplo era ese? Entonces pensó en Esteban, en cómo murió. de rodillas en un callejón, suplicando por su vida y no le sirvió de nada. Los narcos mataron igual. Rosa Elena no iba a morir de rodillas, no iba a suplicar. Si iba a morir, sería de pie.

No nos vamos a entregar, dijo Rosa Elena. Y por primera vez en meses sintió paz. Don Jacinto caminó hacia las rocas con las manos en los bolsillos, tranquilo como si estuviera dando un paseo. Rosa, Elena, Lupita, salgan. No hagan esto más difícil. Sé que están heridas, sé que están cansadas. Entréguenme mi mercancía y mi dinero y las dejo ir.

Tienen mi palabra. Rosa Elena se rió. Una risa amarga, rota. Tu palabra, como la palabra que nos diste de que el cabo Montoya nos ayudaría. como la palabra de que esta era una operación segura. Don Jacinto suspiró. Negocios, Rosa Elena, nada personal. Ustedes sirvieron bien, pero llegó el momento de terminar esta sociedad.

Terminarla o terminarnos, eso depende de ustedes. El guacho se acercó, el rifle en las manos. Ya estuvo bueno de hablar, patrón. Déjame ir por ellas. Don Jacinto asintió. El guacho hizo señas a cuatro sicarios. Se dispersaron rodeando las rocas. Rosa Elena y Lupita se pusieron de espaldas una contra la otra, las armas listas.

El hábito de Rosa Elena ondeaba con el viento del desierto. El rosario de su madre colgaba de su cuello, brillando bajo el sol de Durango. “Perdóname, mamá”, susurró Rosa Elena. “Perdóname, Esteban. Perdóname, niños.” Lupita recargó su cabeza contra la de Rosa Elena por un segundo. Fue divertido mientras duró comadre.

Sí, sí lo fue. Los sicarios abrieron fuego. Las balas rebotaban en las rocas, levantando esquirlas de piedra que cortaban como cuchillos. Rosa Elena y Lupita respondieron al fuego, disparando con precisión que venía de la desesperación pura. Un sicario cayó con un balazo en la frente, otro en el estómago, pero seguían viniendo más.

Lupita vació su cargador. Se me acabaron las balas. Rosa Elena le aventó su pistola. Toma la mía. Ella misma solo tenía tres balas más. Tres balas contra 18 hombres. Era el fin. Y ambas lo sabían. Pero entonces ocurrió algo inesperado. El sonido de sirenas rompió el aire del desierto. Patrullas, muchas patrullas. Los federales habían seguido el rastro de la camioneta y ahora llegaban con refuerzos.

Al menos 10 vehículos oficiales rodearon el área. Los sicarios de don Jacinto se voltearon confundidos, atrapados entre las monjitas y los federales. Don Jacinto gritó, “¡Replie! Repliegue ahora! Los sicarios corrieron hacia sus camionetas. Algunos lograron subir y escapar. Otros fueron cortados por el fuego de los federales.

El guacho recibió un balazo en la pierna y cayó gritando. Don Jacinto subió a su camioneta y desapareció en una nube de polvo, abandonando a sus hombres. Los federales gritaban órdenes. Tiren sus armas. Salgan con las manos arriba. Entre ellos, Rosa Elena reconoció a Sabino Flores.

Tenía un vendaje en la cabeza donde la bala de Lupita lo había rozado. Caminaba cojeando, pero seguía de pie. Seguía vivo. Rosa Elena miró a Lupita. Lupita la miró a ella. No tenían salida. Estaban rodeadas por federales por un lado y por sicarios heridos por el otro. La camioneta con los millones de dólares y 120 kg de coca estaba a la vista de todos.

No había manera de negar nada. Tenemos que rendirnos dijo Rosa Elena. Si nos rendimos nos matan en la cárcel. Don Jacinto tiene gente adentro. Si no nos rendimos, nos matan aquí mismo. Lupita sopesó sus opciones. Estaba pálida por la pérdida de sangre. Temblaba de dolor y agotamiento. Finalmente asintió. Está bien, pero con una condición.

¿Cuál? Tú dices que yo te obligué, que te amenacé, que tu hermano debía dinero y yo te forcé a ayudarme a pagar la deuda. Tú eres la víctima, Rosa Elena. Yo soy la mala. ¿Qué? No, no voy a hacer eso. Tienes tres sobrinos, pendeja. Necesitan a alguien. Yo no tengo a nadie. Mi vida no vale nada. La tuya sí. Lupita sonrió con tristeza. Además, no es mentira del todo.

Yo maté a los federales. Tú solo manejabas. Puedes salir de esto con menos años. Rosa Elena sintió lágrimas corriendo por sus mejillas. Lupita, hazlo por los niños, por María, Juanito, Pablito. Ellos te necesitan. Lupita se quitó el rosario falso que llevaba y se lo dio a Rosa Elena. Cuando salgas, visítalos de vez en cuando. Diles que existí, que fui real, aunque sea por un momento.

Antes de que Rosa Elena pudiera responder, Lupita se levantó de detrás de las rocas con las manos arriba. No disparen, me rindo. Los federales la rodearon inmediatamente, tirándola al suelo, esposándola con fuerza brutal. Lupita gritó de dolor cuando le jalaron el brazo herido. Sabino Flores se acercó cojeando. ¿Dónde está la otra? Lupita escupió sangre. Se fue.

Escapó hace una hora. Los dejó a todos. A mí me obligó a quedarme para cargar todo. Mentira. Es la verdad. Rosa Elena Durán vive en la colonia Tierra Blanca. Es la que planeó todo. Yo solo seguía órdenes. Sabino no le creyó, pero anotó el nombre. Los federales registraron el área, encontraron la camioneta con la mercancía, abrieron las cajas, el dinero, la droga, todo estaba ahí.

Era el decomiso más grande en la historia de Torreón. Rosa Elena se mantuvo escondida de otras rocas más lejanas. Había gateado cuando empezó el tiroteo entre los sicarios y los federales. Ahora observaba todo desde lejos. Vio cómo se llevaban a Lupita esposada sangrando, pero con la cabeza en alto. Vio como Sabino Flores supervisaba el decomiso. Vio como los federales arrestaban a los sicarios heridos, incluyendo a el guacho.

Cuando las patrullas se fueron, llevándose todo, Rosa Elena salió de su escondite. Estaba sola en el desierto, sola con el hábito manchado de sangre, sola con el peso de tres hombres muertos en su conciencia, sola con la culpa de dejar que Lupita cargara con todo. Caminó por el desierto durante horas. El sol de Durango la quemaba sin piedad.

Se quitó el hábito y lo dejó tirado en el suelo entre lospales. Que el desierto se lo tragara. que nunca nadie lo encontrara. Llegó a un pueblo pequeño llamado Bermejillo al atardecer. Compró ropa nueva en una tienda con el poco dinero que traía en los bolsillos. Se lavó en el baño de una gasolinera quitándose la sangre y el polvo.

En el espejo vio a una mujer que ya no reconocía, una mujer que había perdido su alma en las carreteras de México. Tomó un autobús de regreso a Durango esa noche. Llegó a su casa a las 3 de la madrugada. Los niños dormían, María abrazaba su osito, Juanito roncaba, Pablito chupaba su dedo. Todo estaba igual, como si el mundo no hubiera cambiado. Pero Rosa Elena sabía que nada volvería a ser igual.

Se arrodilló frente al altar de la Virgen de Guadalupe y lloró. Lloró por Lupita, por los federales muertos, por su hermano Esteban, por la mujer que había sido y nunca volvería a ser. Rezó pidiendo perdón, pero las palabras se sentían vacías. No merecía perdón, no merecía nada. Al día siguiente, los periódicos hablaban del tiroteo en Torreón.

Tres federales muertos, una mujer arrestada. La monja asesina, la llamaban sicaria del cartel de Durango. Se buscaba a su cómplice, una tal Rosa Elena Durán, pero no había fotografías, solo una descripción vaga. Los federales tocaron su puerta dos veces en las siguientes semanas. Rosa Elena les mostró su identificación. Sí, se llamaba Rosa Elena Durán.

Sí, había sido novicia hace años. No, no conocía a ninguna Lupita Salazar. No, no sabía nada de contrabando. Era solo una viuda pobre que limpiaba casas. Sabino Flores la interrogó personalmente. Sus ojos la perforaron tratando de ver a través de las mentiras. Usted es la mujer que manejaba esa camioneta.

Lo sé, la reconozco. Rosa Elena sostuvo su mirada. No, oficial, yo nunca he salido de Durango. ¿Puede preguntarle a mis vecinos? Los vecinos mintieron por ella. La conocían desde niña. Era buena mujer, buena tía. Imposible que estuviera metida en esas cosas. Sabino no tenía pruebas. Sin pruebas no había caso.

Rosa Elena quedó libre, pero libre no significaba inocente. Los meses siguientes fueron una agonía silenciosa. Rosa Elena siguió limpiando casas, cuidando a los niños, viviendo una vida normal, pero las pesadillas no paraban. Veía a los federales cayendo, veía a Lupita sangrando, veía el hábito negro flotando en sus sueños como un fantasma. Se despertaba gritando.

Los niños empezaron a preocuparse. ¿Estás bien, tía?, preguntaba María. Rosa Elena mentía. Sí, mi amor, solo malos sueños. Sabino Flores nunca dejó de investigar. Sabía que Rosa Elena era culpable, pero no podía probarlo. Se obsesionó con el caso. Su esposa le decía que lo dejara ir. Ya atrapaste a la asesina. Ya decomizaste la droga.

Ya hiciste tu trabajo. Pero Sabino no podía dejarlo ir. Tres de sus hombres habían muerto. Merecían justicia. Merecían que atrapara a todos los culpables. Un día, Sabino recibió una llamada anónima. Era una voz de mujer distorsionada. Si quiere saber la verdad sobre las monjitas, vaya al convento de Santa María, hable con la madre refugio. Ella conoce a Rosa Elena. La llamada se cortó.

Sabino fue al convento. La madre refugio lo recibió con desconfianza. Ya hablé con ustedes. Les dije todo lo que sabía. Hábleme de Rosa Elena Durán. La anciana monja guardó silencio largo rato. ¿Qué quiere saber? ¿Es capaz de lo que sospecho que hizo? La madre refugio miró por la ventana del convento hacia el patio donde Rosa Elena solía rezar de novicia.

Rosa Elena fue una de las novicias más devotas que tuvimos. Amaba a Dios, amaba servir, pero la vida la golpeó duro. Perdió a su esposo, perdió a su madre, perdió a su hermano. A veces el dolor transforma a las personas en cosas que nunca imaginaron ser. Cree que sea culpable.

Creo que todos somos culpables de algo oficial. Algunos de nosotros simplemente tenemos mejor suerte escondiendo nuestros pecados. Sabino entendió que no sacaría nada más. Se fue del convento sintiendo frustración y algo parecido a compasión. Rosa Elena Durán no era una criminal común, era una mujer desesperada que tomó decisiones terribles, pero tres hombres seguían muertos y eso no tenía justificación.

Mientras tanto, en el penal de alta seguridad de Puente Grande en Jalisco, Lupita Salazar cumplía su condena. 40 años sin posibilidad de libertad anticipada. Los otros presos la respetaban y le temían. La monja la llamaban. Dicen que mató a tres federales ella sola. Dicen que nunca mostró remordimiento. Dicen que cuando le preguntaron en el juicio si se arrepentía, simplemente respondió, “De nada.

” Lupita no recibía visitas, no tenía a nadie afuera, pero un día, 5 años después de su arresto, recibió una carta, letra femenina cuidadosa. Era de Rosa Elena. Lupita, no sé si esta carta llegue a ti o si la leas. Solo quiero que sepas que pienso en ti todos los días, que no pasa una noche sin que rece por tu alma. Sé que lo que hiciste fue para salvarme. Sé que sacrificaste tu libertad por mí y por los niños.

María tiene 13 años ahora. Juanito 11. Pablito 9. Van a la escuela, comen bien, tienen una vida y es gracias a ti. Nunca podré pagarte lo que hiciste. Nunca podré decirte en persona lo que significas para mí. Pero quiero que sepas que no te olvidé.

que nunca te olvidaré, que eres de una manera extraña y jodida la mejor amiga que tuve en la vida. Perdóname por no haber tenido el valor que tú tuviste. Perdóname por ser cobarde. Te quiere, Rosa Elena. Lupita leyó la carta tres veces, luego la guardó debajo de su almohada. Esa noche durmió tranquila por primera vez en 5 años. Alguien se acordaba de ella.

Alguien sabía que existió. Eso era más de lo que esperaba. Don Jacinto Elisondo nunca fue arrestado. Siguió manejando su cartel desde Durango, haciéndose más rico, más poderoso. Pero perdió 2 millones de dólares ese día en el desierto y eso le ardió más que cualquier cosa. Puso precio a la cabeza de Rosa Elena, 50,000 pesos para quien la encontrara.

Pero ningún sicario la tocó. La historia de las monjitas se había vuelto leyenda en el bajo mundo. Tocar a Rosa Elena era maldición, era profanar algo que, aunque sucio, seguía siendo sagrado de una manera retorcida. El guacho sobrevivió al balazo en la pierna, pero quedó cojo. Nunca volvió a contrabandear.

Se retiró a un rancho en Sinaloa, donde bebía mezcal y contaba historias sobre las monjitas que burlaron a todos hasta que no pudieron más. Los tres niños crecieron sin saber nunca la verdad completa. Rosa Elena les dijo que su papá Esteban había muerto en un accidente de trabajo, que ella trabajaba duro para darles lo mejor y los niños la creyeron porque los niños siempre quieren creer lo mejor de las personas que aman.

María se hizo enfermera, Juanito mecánico, Pablito maestro de escuela. Los tres fueron buenas personas, decentes, trabajadoras. Rosa Elena los vio graduarse, casarse, tener hijos y cada logro de ellos era como un clavo menos en su cruz de culpa. Sabino Flores se jubiló en el 2005, nunca atrapó a Rosa Elena. El caso de las monjitas quedó oficialmente cerrado con Lupita en prisión, pero Sabino sabía la verdad y esa verdad lo persiguió hasta su muerte en 2012 de un infarto mientras dormía. Su última palabra, según su esposa, fue un nombre, rosa. En el 2015,

20 años después de aquella madrugada fatal, Rosa Elena volvió al convento de Santa María. La madre refugio había muerto años atrás, pero las nuevas monjas la recibieron con amabilidad. Rosa Elena se arrodilló en la capilla donde había rezado de novicia. miró la imagen de la Virgen de Guadalupe y finalmente, después de dos décadas, dijo las palabras que necesitaba decir.

Perdóname, no por lo que hice, sino por haber dejado que alguien más pagara el precio completo. Perdóname por ser cobarde. Perdóname por seguir viva mientras Lupita se pudre en una celda. Perdóname por usar tu imagen, tu hábito sagrado, para hacer algo tan profano. No espero absolución. Solo necesitaba decirlo en voz alta, ante ti, ante Dios, ante quien quiera escuchar.

Las lágrimas corrían por su rostro arrugado. Tenía 54 años, pero se veía de 70. El peso de la culpa envejece más rápido que el tiempo. Cuando salió del convento, el sol de Durango brillaba como siempre. El desierto seguía ahí, indiferente a las tragedias humanas.

Rosa Elena caminó hacia su casa, donde la esperaban sus nietos para comer. La vida seguía, siempre seguía, pero algunas cosas nunca se olvidan. Algunas deudas nunca se pagan completamente. En Durango todavía se buscan dos monjas que nunca regresaron al convento. La historia se cuenta en cantinas y mercados. Se canta en corridos, se exagera y se distorsiona con cada repetición.

Algunos dicen que las monjitas siguen vivas, contrabandeando en otras rutas. Otros dicen que murieron en el desierto. Otros dicen que se fueron a Estados Unidos con millones de dólares. La verdad, como siempre, es más complicada y más triste. Una de las monjitas está en prisión, envejeciendo en una celda. La otra vive libre, pero encadenada por culpa.

Ambas pagan de maneras diferentes por aquellas 15 travesías en que el hábito sagrado se volvió disfraz profano. Y si alguna vez pasas por la carretera de Durango a Tijuana en las madrugadas silenciosas cuando solo el viento sopla entre losaches, algunos dicen que todavía puedes ver una camioneta Ford Blanca con dos figuras vestidas de negro. Dicen que si las sigues desaparecen como humo.

Dicen que son las almas de las monjitas condenadas a repetir eternamente ese viaje que las llevó a la perdición. Pero esas son solo historias, leyendas del desierto. Lo que es real, lo que quedó grabado en la memoria de Durango, es que dos mujeres transformaron el símbolo más respetado de México en su arma más efectiva.

Y cuando esa arma finalmente falló, dejó detrás cuerpos, sangre y un corrido que todavía se canta en las cantinas, porque al final todos usamos disfraces. Algunos de nosotros simplemente elegimos los más peligrosos. Acabas de escuchar el canal Legendarios del Norte y ahora en tu pantalla tienes la próxima historia detrás del corrido.

Haz clic en ella y nos veremos del otro lado. Pero si quieres puedes dejar tus comentarios sobre este increíble relato y luego volver al final del video para seguir escuchando la próxima jornada. Gracias por tu audiencia en el canal Legendarios del Norte.