En septiembre de 1944, el tren de deportación número 17 salía de Teresienstad rumbo a Ausbitz. El vagón 12 estaba abarrotado de mujeres y niños, entre ellas, una madre de 29 años llamada Miriam Rosen tenía el cabello negro recogido en un moño apretado, los ojos verdes llenos de lágrimas que no caían y un bebé de 6 meses en brazos.

La niña se llamaba Sosana. Su llanto era débil, ahogado por el traqueteo del tren y los gemidos de los demás. Miriam había sido maestra de piano en Praga. Su marido, David, había sido arrestado en 1942. Desaparecido, Miriam y Sosana fueron enviadas al gueto en 1943. Allí Miriam cocía estrellas amarillas para los nazis.

Cada puntada era una plegaria. Sosana dormía en un cajón de madera. Miriam le cantaba en susurros. Chopen Luabi es checas. El tren avanzó tres días sin agua, sin aire. Sosana se debilitó. Miriam le dio su propia saliva. El cuarto día, el tren frenó en un bosque cerca de la frontera polaca. Los guardias abrieron las puertas para ventilar. Miriam vio árboles.

Vio esperanza. Vio una ventana rota en el vagón. Una mujer mayor, la señora Con, susurró, “Lánzala, alguien la encontrará.” Miriam tembló. Sosana dormía. Miriam besó su frente, la envolvió en su chal de lana. El chal olía a leche materna y miedo. Miriam abrió la ventana. El tren arrancó. Miriam lanzó a Sosana al aire.

El bebé cayó en la nieve. Miriam gritó. El tren se alejó. Sosana desapareció entre los árboles. Miriam cayó de rodillas. La señora con la abrazó. El tren siguió. Ausbit esperaba. Miriam llegó al campo. Pesaba 35 kg. Sus ojos verdes eran pozos. La enviaron al bloque 25. Trabajo. Cor. Sobrevivir. Cada noche soñaba con Sosana. En la nieve. Viva.

El chal de lana era su talismán. Lo guardaba bajo la litera. Sosana cayó en un montón de hojas. Su llanto alertó a una pareja de campesinos polacos. Han y María Novac. Eran católicos. Sin hijos. Encontraron al bebé. El chal tenía una estrella amarilla cocida. Sabían. Lo quitaron. Llevaron a Sosana a su granja.

La llamaron Ana. La criaron como hija. Miriam sobrevivió a Auswitz. En enero de 1945, la marcha de la muerte. Cayó en la nieve. Un guardia la levantó. Sobrevivió Vergen Belsen, liberada en abril. Pesaba 28 kg. Sus ojos verdes eran fantasmas. Fue a un campo de desplazados en Baviera. Buscó a Sosana en listas. Nada.

En 1946 emigró a Palestina. Subió a un barco en Marsella. El mar olía a sal y esperanza. En Aifa la recibió una prima. Vivió en un kibut cerca de Netan. Trabajaba en la cocina. Cocía para los niños. Cada noche tocaba el chal vacío. Soñaba con Sosana en la nieve. Viva. El chal era su ancla. Ana creció en la granja polaca.

Han y María la bautizaron. Le enseñaron polaco, la vestían con delantales. Ana tenía el cabello negro, ojos verdes. Era curiosa. Preguntaba por su madre. María decía, “Dios te trajo.” Ana encontraba el chal en un cajón. Olía a leche, lo guardaba. En 1950, Ana empezó la escuela. Era buena en piano. María compró un teclado viejo. Anna tocaba chopín. Han lloraba.

El chal estaba en su habitación. Ana lo usaba como manta. En 1960, Anna, ahora 16 encontró una foto en el cajón. Un bebé envuelto en el chal. Al reverso, Sosana Rosen. 1944. Anna preguntó. María lloró. Contó la verdad. El tren, la ventana, la estrella amarilla. Anna tembló. Su nombre era Sosana, judía. Anna decidió buscar.

En 1965 emigró a Israel con el chal. Enifa trabajaba en un hospital, tocaba piano para los pacientes. Buscaba en listas Miriam Rosen. Nada. Miriam. Ahora en el kibuts enseñaba piano. Tenía una hija. La llamó Sosana. Pequeña Sosana creció. Miriam le contó la historia. El tren, la ventana, el chal.

Pequeña Sosana buscaba también. En 1967, la guerra de los seas, Anna, ahora Sosana, luchó como enfermera. Miriam enseñó a los niños a refugiarse. El chal estaba en la maleta de Sosana, lo usaba como almohada. Miriam tenía un chal nuevo, cocido por ella. El olor era el mismo, leche y miedo. En 1970, Sosana se casó, un médico del hospital.

Tuvieron una hija, la llamaron Miriam. Pequeña Miriam creció tocando piano. Sosana le contó la historia. El tren, la ventana, el chal. Pequeña Miriam buscaba también. Miriam en el kibuts tuvo un nieto. Lo llamó David. Pequeña Sosana creció. Enseñó piano. Miriam le dio el chal nuevo. El olor era eterno. En 1972, Hosana vio un anuncio en un periódico judío.

Busco bebé lanzada de tren. 1944. Miriam Rosen, Kibuts Netanja. Sosana tembló, elhal vibró. Llamó. Miriam respondió, “Ven.” Sosana voló a Netanja. El kibut solía amar y naranjas. Miriam la esperaba en la puerta. Cabello negro gris, ojos verdes. Sosana bajó. El chal en la mano. Miriam lo vio. Yo. Sosana corrió. Madre e hija se abrazaron.

28 años después. El chal las unió. Miriam y Sosana vivieron en la misma casa del Kibuts. Dos habitaciones, cocina grande, piano en la sala. Miriam cocinaba, Sosana tocaba. Pequeña Miriam y David jugaban. El chal colgaba en la pared cocido con hilos de oro. El olor a leche y nieve era historia. En 1975, Sosana dio a luz un hijo.

Lo llamó Han por el campesino. Miriam abuela. Cosió mantas. El chal era el centro, los niños lo tocaban, preguntaban, Sosana contaba el tren, la ventana, la nieve. En 1980, Miriam publicó un libro El bebé de la ventana. Contó todo. El vagón, el lanzamiento, el chal, el kibuts lo imprimió, se vendió en escuelas. Niños dibujaron trenes, ventanas, chales.

El chal era símbolo. En 1982, la guerra de Líbano. Han luchó. Sosana enfermera. Miriam cosió vendas. El chal viajó en la mochila de Han. Regresó. El olor era victoria. En 1990, Miriam cumplió 75 años. El kibuts plantó un árbol de olivo junto a la casa. Grabaron. Del tren a la vida.

Sosana colocó el chal en las ramas, el viento lo movió, el olor llenó el patio. En 1995, pequeña Miriam se casó. El chal fue el velo cocido con perlas. Han tocó piano. Miriam lloró. Sosann sonrió. El chal era amor. En 2000, Miriam comenzó a debilitarse. Sus manos temblaban al coser. Sus ojos verdes se nublaban. El chal era su manta.

Cada noche Sosana lo colocaba sobre ella. Miriam soñaba el tren, la ventana. Sosana cayendo viva. El olor a leche era real. En 2005, Miriam murió a los 90 años. El funeral fue bajo el olivo. Cientos vinieron. Sobrevivientes, nietos, alumnos. Sosana leyó el libro. Han dejó una rosa. Pequeña Miriam colocó el chal sobre la tumba.

El viento lo movió. El olor llenó el aire. Sosana siguió. Enseñando piano, criando nietos. El chal estaba en una vitrina del museo del kibuts. Junto al libro La foto del tren. Miles visitaban, tocaban el cristal, rezaban. En 2010, Osana cumplió 66 años. El Kibuts fundó una escuela de música Baitosana. El chal era la bandera.

Los niños tocaban chopín. El olor a leche y nieve era música. En 2020, la pandemia cerró el mundo. La escuela siguió online. Pequeña Miriam grabó lecciones. Han contó la historia. Niños de todo el mundo cosieron chales. Enviaron fotos. El olor cruzó océanos. En 2023, Han tuvo una hija. La llamó Miriam. Pequeña Miriam creció tocando piano.

Sosana abuela cosió un chal nuevo. El olor era eterno. En 2025, 81 años después del tren, un niño en Polonia encuentra un chal en un ático. Lo huele leche y nieve. Su abuela le cuenta el libro Planta un olivo. El chal vive. La casa del kibut sigue allí. Piano en la sala. Olivo afuera. Miriam y Sosana caminan juntas. El chalonde dea.

El olor nunca se desgarró. El amor nunca murió.