Hola, bienvenidos de nuevo a Crónicas del Corazón. Es un honor tenerlos aquí compartiendo este espacio donde el pasado cobra vida y los sentimientos más profundos encuentran su voz. Hoy les traigo una historia que nos recuerda que a veces los caminos más oscuros y desesperados son los que nos conducen a la luz más brillante.

Es un relato sobre la soledad, el deber impuesto y un amor que florece contra todo pronóstico entre los muros de piedra de una vieja hacienda. Si te gustan las historias de amor y redención, no olvides suscribirte a nuestro canal. publicamos nuevos relatos todos los días. Deja tu me gusta si esta historia toca tu corazón y cuéntanos en los comentarios desde dónde nos escuchas y a qué hora nos acompañas.

La lluvia no caía, golpeaba. Era una de esas tormentas de finales de octubre que transforman los caminos de tierra en trampas de lodo espeso y oscuro, capaces de tragarse la rueda de una carreta o la esperanza de un caminante. El cielo sobre el valle estaba tan cerrado que parecía que el sol había decidido no salir nunca más, dejando al mundo sumido en una penumbra grisácea y húmeda.

Por ese camino, luchando contra el viento que azotaba los árboles centenarios, caminaba Rosalía. A sus años la vida le había pesado más que los fardos que solía cargar en el mercado del pueblo vecino. Su vestido de una lana sencilla y remendada en los codos estaba empapado, pegándose a su cuerpo delgado y tembloroso.

Llevaba un chal raído sobre la cabeza, intentando protegerse inútilmente del agua helada, y en sus manos, apretadas contra el pecho, sostenía una pequeña bolsa de tela con sus únicas pertenencias, una muda de ropa, un peine de hueso que había pertenecido a su madre y una carta arrugada que certificaba su buena conducta en su último empleo. Rosalía no caminaba por gusto, sino por hambre.

Hacía dos meses que su padre había fallecido, dejando tras de sí deudas que los acreedores cobraron, llevándose hasta las gallinas del corral. Su madre, enferma y postrada en una cama en la casa de una tía lejana, dependía de que Rosalía encontrara trabajo, cualquier trabajo, lavandera, cocinera, costurera o limpiadora de establos.

No importaba la dureza de la labor, siempre y cuando hubiera unas monedas al final de la semana para enviar medicinas al sur. “Solo un poco más”, se susurró a sí misma, sintiendo como el barro frío se colaba por los agujeros de sus botas viejas. A lo lejos, entre la cortina de lluvia, se alzaba la imponente silueta de la hacienda a los Olivos.

Decían en el pueblo que era la propiedad más grande de la región. tierras fértiles que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, pero también decían que una sombra se cernía sobre ella. Se hablaba de un patrón uraño, de una maldición familiar y de una soledad que espantaba a los visitantes.

Pero el hambre no entiende de rumores y Rosalía solo veía en aquella casona la posibilidad de un plato de sopa caliente y un techo. Al llegar al portón, en principal una estructura de hierro forjado devorada por el óxido en las bisagras, un perro famélico ladró desde el interior. Rosalía se detuvo jadeando. Un hombre salió de la caseta del guardia. Era el capataz, un sujeto de rostro curtido y mirada desconfiada que masticaba tabaco con desgana.

Aquí no hay nada para limosneros”, gritó el hombre sin siquiera abrir la reja, su voz compitiendo con el trueno que retumbó en las montañas. “No pido limosna, señor”, respondió Rosalía alzando la voz para ser escuchada, aunque le temblaba la mandíbula por el frío. “Busco trabajo, sé cocinar, sé limpiar, puedo ayudar en la cosecha. La casa está completa. El patrón no quiere extraños merodeando largo. El rechazo fue como un golpe físico.

Rosalía sintió que las piernas le fallaban. Había caminado cuatro leguas bajo la tormenta para llegar allí. dio media vuelta derrotada, pero entonces vio algo que la detuvo. El perro que le había ladrado, un animal mestizo y flaco, había resbalado por el terraplén cercano al portón y estaba siendo arrastrado por la corriente de agua lodosa, que bajaba con fuerza hacia el arroyo crecido.

Sin pensarlo, olvidando su propio cansancio y el frío, Rosalía soltó su bolsa y corrió hacia el borde. “Eh, ni se te ocurra”, gritó el capataz, pero ella se había lanzado al barro. Se aferró a una raíz saliente con una mano y con la otra buscó el pellejo del animal. El agua helada le llegaba a la cintura, tirando de ella con fuerza bruta.

El perro ahullaba con los ojos desorbitados por el pánico. Rosalía clavó los pies en el lodo, sintiendo que las piedras le cortaban la piel, y con un esfuerzo sobrehumano, tiró del animal hacia arriba. Vamos, gruñó usando la poca fuerza que le quedaba. Logró empujar al perro a tierra firme, pero ella resbaló. Por un segundo pensó que el arroyo se la llevaría hasta que una mano fuerte, grande y áspera la sujetó por la muñeca. No era la mano del capataz.

Rosalía alzó la vista, cegada por la lluvia y el cabello pegado a su rostro. Ante ella estaba un hombre alto, vestido con un abrigo largo de cuero oscuro y botas de montar manchadas de tierra. No llevaba sombrero y su cabello negro revuelto por el viento le caía sobre la frente.

Tenía una barba de varios días que ocultaba parte de sus facciones, pero sus ojos, de un color café profundo y melancólico, la miraban con una mezcla de sorpresa y preocupación. Era Fausto, el dueño de todo aquello. De un tirón firme, él la sacó del agua y la puso a salvo en el camino de Grava. Rosalía cayó de rodillas, tosiendo y temblando incontrolablemente.

Estás loca, mujer voz de Fausto era grave, potente, pero no tenía la crueldad del capataz. Sonaba más bien a incredulidad. Podrías haberte matado por un perro callejero. Él, él no tenía la culpa de la lluvia. Balbuceó Rosalía, abrazándose a sí misma, sus dientes castañeteando tan fuerte que apenas podía hablar. Fausto la observó un momento.

Vio sus manos rojas por el frío, la ropa que no era más que arapos mojados y la dignidad extraña con la que intentaba ponerse de pie a pesar de estar al límite de sus fuerzas. Luego miró al perro, que ahora se sacudía el agua a unos metros, y la miraba moviendo la cola tímidamente. El asendado se quitó su pesado abrigo de cuero y, sin decir palabra, lo colocó sobre los hombros de Rosalía.

El calor de la prenda, que aún conservaba la temperatura de su cuerpo, fue el primer consuelo que ella había sentido en semanas. Ramírez, llamó Fausto, al capataz que miraba la escena boquia abierto. Llévala a la cocina, que Gertrudis, la cocinera, le dé sopa y ropa seca y prepara la habitación del servicio que está junto a la despensa.

Pero, patrón, usted dijo que no quería más gente en la casa. Protestó el capataz. Fausto miró a Rosalía, quien sostenía el abrigo con fuerza, sus ojos grandes y expresivos fijos en él con gratitud. Nadie que arriesgue la vida por un animal indefenso es un extraño en mi casa. sentenció Fausto. Haz lo que te digo.

Los primeros días en la hacienda Los Olivos fueron para Rosalía como despertar de una pesadilla para entrar en un sueño extraño y silencioso. La casa principal era una construcción majestuosa de estilo colonial, con techos altos, vigas de madera oscura y pasillos interminables decorados con retratos de antepasados que parecían juzgar a los vivos con miradas severas.

Sin embargo, a pesar de su grandeza, la hacienda destilaba una tristeza palpable. Había polvo en las esquinas de los salones que no se usaban. Cortinas de terciopelo pesadas que siempre estaban cerradas y un silencio que solo rompía el tic tac de los relojes de péndulo. Rosalía no tardó en entender su lugar. Trabajaba desde antes del amanecer hasta bien entrada la noche.

Ayudaba en la cocina, fregaba los pisos de piedra de los corredores y remendaba la ropa de cama. Era eficiente, silenciosa y observadora. Y lo que más observaba era a él, a don Fausto. A diferencia de otros ascendados de la región que pasaban sus días en clubes sociales o viajando a la capital, Fausto trabajaba la Tierra, salía con los primeros rayos del sol y regresaba cuando la luna ya estaba alta. Rosalía lo veía desde la ventana de la cocina.

Lo veía discutir precios con los comerciantes de grano. Lo veía revisar las herraduras de los caballos. Lo veía cargar sacos junto a los peones cuando faltaban manos. Pero también veía su soledad. Cenaba solo en la cabecera de una mesa larguísima de cava, iluminado apenas por un candelabro de tres brazos.

A veces Rosalía, al servirle el vino o retirar los platos, notaba cómo se frotaba las cienes, como si un dolor invisible le presionara la cabeza constantemente. Nunca sonreía. Sus interacciones eran breves, órdenes precisas dichas con voz cansada, aunque nunca le faltó al respeto, ni alzó la voz innecesariamente. “Gracias, muchacha”, le dijo una noche cuando ella le sirvió un café bien cargado, tal como había aprendido que le gustaba.

“¿Puedes retirarte a descansar? Fue la primera vez que la miró a los ojos desde la noche de la tormenta. Rosalía notó que bajo esa apariencia de hombre duro y curtido había un cansancio infinito, el de alguien que lleva una carga demasiado pesada para un solo par de hombros. Buenas noches, patrón”, respondió ella y se marchó con la extraña sensación de querer quedarse a hacerle compañía, aunque fuera en silencio.

La calma de esa rutina se rompió dos semanas después, con la llegada de un carruaje negro y lustroso que contrastaba con la sencillez del entorno del vehículo descendieron dos figuras que parecían cuervos, un hombre bajo y regordete con monóculo y una mujer alta, delgada y de rostro afilado como un cuchillo. Eran Bernabé y Gertrudis, los tíos de Fausto.

Rosalía estaba limpiando los cristales del vestíbulo cuando entraron sin llamar. ¡Qué olor a humedad!”, exclamó la mujer arrugando la nariz con desprecio mientras se quitaba los guantes de encaje. Fausto ha dejado que este lugar se convierta en una pozilga. Es una vergüenza para el apellido. “No por mucho tiempo, hermana.

No por mucho tiempo”, rió el hombre con una risita aguda y desagradable. El reloj corre. Fausto apareció en lo alto de la escalera. Llevaba una camisa blanca arremangada y un chaleco desabotonado. Su expresión se endureció al verlos. ¿Qué hacen aquí? Preguntó bajando los escalones con pasos pesados. Venimos a recordarte la realidad, sobrino dijo Bernabé sacando un reloj de bolsillo. Faltan 9 meses para tu cumpleaños número 30 y Anis.

Y según mis informantes, sigues tan soltero y solo como un perro rabioso. “Lárguense de mi casa”, gruñó Fausto deteniéndose frente a ellos. Su altura los intimidaba, pero los tíos tenían la seguridad que dan los papeles firmados. “Es tu casa por ahora”, intervino Gertrudis con veneno en la voz. “Pero recuerda el testamento de tu padre.

Si al cumplir los 36 años mi hijo Fausto no ha contraído matrimonio y engendrado o está en espera de un heredero legítimo, todas las tierras, la hacienda y los títulos pasarán a manos de mis hermanos Bernabé y Gertrudis para asegurar la correcta administración del linaje. Rosalía, que intentaba hacerse invisible junto a una columna, sintió un escalofrío.

era la sombra que cubría la casa. Un testamento cruel diseñado por un padre que, según los rumores de la cocina, nunca perdonó a Fausto por ser un espíritu libre y no un aristócrata de salón. “Aún tengo tiempo”, dijo Fausto, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. “Tiempo, se burló Bernabé.

¿Quién se casará contigo, Fausto? Tienes fama de salvaje. Las damas de la sociedad te temen o te desprecian. Y aunque consiguieras una esposa hoy mismo, la biología tiene sus plazos. Necesitas un embarazo confirmado antes de la fecha límite. Tic tac, sobrino! Susurró Hertrudis pasando un dedo enguantado por la varanda de la escalera. Ve haciendo las maletas. Ya tenemos compradores para los caballos.

Y pensamos talar el olivar viejo para vender la madera. Fausto dio un paso adelante con una furia contenida que hizo retroceder a sus tíos. “Fuera!” Bramó. Su voz retumbó en las paredes de piedra. “Si vuelven a poner un pie aquí antes de la fecha, soltaré a los perros.” Los tíos se retiraron, indignados, pero satisfechos, por haber clavado el aguijón.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio volvió a caer sobre la casa, pero esta vez era un silencio denso, cargado de desesperación. Fausto se quedó quieto en el vestíbulo, respirando agitadamente. Luego, con un grito de frustración, tomó un jarrón de porcelana de una mesa cercana y lo estrelló contra la pared. Los pedazos volaron por todas partes.

Rosalía ahogó un grito. Fausto giró la cabeza bruscamente y la vio allí, paralizada, con el trapo de limpieza en las manos. ¿Lo oíste?, preguntó él. Su voz ya no era de furia, sino de una amarga derrota. Oíste lo que dijeron. Sí, señor. Yo lo siento mucho, susurró ella sin saber qué decir. Él se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos con fuerza.

Caminó hacia su despacho, abriendo la puerta de par en par. “Ven aquí”, ordenó, “no con autoridad, sino con urgencia.” Rosalía obedeció temerosa. Entró en el despacho, una habitación llena de libros antiguos y mapas de la región. Fausto se sirvió un vaso de licor ámbar y se lo bebió de un trago.

Se apoyó en el escritorio mirando por la ventana hacia sus tierras, esas tierras que amaba y que estaba a punto de perder. “Mi padre me odiaba”, dijo hablando más para sí mismo que para ella. Odiaba que yo prefiriera mancharme las manos de tierra antes que usar guantes de seda. Creía que yo arruinaría su legado.

Por eso escribió esa cláusula  Quería obligarme a ser como él, a casarme con alguna hija de banquero y criar hijos inútiles. Se giró hacia Rosalía. La luz de la tarde entraba por la ventana, iluminando el perfil de la joven. A pesar de su ropa humilde y su cabello recogido en una trenza sencilla, Fausto vio en ella algo que no había visto en las mujeres de los salones de baile de la capital. Vio verdad.

Vio la fuerza de quien se lanza a un río crecido para salvar a un perro. vio la lealtad de quien trabaja sin quejarse. Una idea loca, desesperada y peligrosa cruzó por su mente. Era una locura, pero era su única carta. ¿Cómo te llamas?, preguntó como si acabara de darse cuenta de que no sabía su nombre a pesar de verla a diario. Rosalía, señor.

Rosalía Méndez. Rosalía, repitió él saboreando el nombre. ¿Tienes familia? ¿Alguien que te espere? Mi madre, señor, está muy enferma en el sur. Trabajo para enviarle dinero para sus medicinas, pero lo que gano apenas alcanza para mantenerla con vida, no para curarla. Fausto la miró fijamente.

Dio dos pasos hacia ella, invadiendo su espacio personal, lo que hizo que Rosalía retrocediera hasta chocar con una estantería. Él se detuvo dándose cuenta de su brusquedad y suavizó el gesto. Rosalía, mírame, pidió. Ella alzó la vista. Los ojos oscuros de Fausto brillaban con una intensidad febril. Voy a perderlo todo.

Esas tierras, los olivares que plantó mi abuelo, las casas de las 50 familias que trabajan para mí, mis tíos venderán todo. Despedirán a la gente y destruirán este lugar. No puedo permitirlo. Hizo una pausa tomando aire como si lo que fuera a decir le costara el alma. No tengo tiempo para cortejar a una dama. No tengo paciencia para mentiras sociales.

Necesito una esposa y necesito un heredero. Ahora Rosalía lo miraba con los ojos muy abiertos, el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Intuía hacia dónde iba la conversación, pero su mente se negaba a creerlo. “Te propongo un trato, Rosalía”, dijo él, su voz bajando a un tono casi confidencial. Cásate conmigo.

No será un matrimonio de amor. No te engañaré con palabras dulces. Será un pacto. Me darás un hijo antes de que pasen 9 meses. A cambio, Fausto se giró, abrió un cajón de su escritorio y sacó una bolsa de cuero pesada. La dejó caer sobre la mesa. El sonido metálico de las monedas de oro resonó en la habitación. A cambio, te daré la seguridad que nunca has tenido.

Pagaré los mejores médicos para tu madre. La traeremos aquí si es necesario. Tendrás una vida de comodidad. Y si me das ese hijo, te garantizo una fortuna propia. Serás rica, Rosalía. Tú y tu madre nunca volverán a pasar hambre ni frío. Señor Rosalía estaba temblando. La propuesta era indecente, absurda, pero al mismo tiempo la imagen de su madre sufriendo en aquel camastro lejos de ella le taladraba la mente.

Me pide que venda mi cuerpo. Fausto cerró los ojos dolido por la crudeza de la pregunta, aunque sabía que ella tenía razón. Te pido que me ayudes a salvar mi hogar”, corrigió él suavemente. “y que me permitas salvar el tuyo. Serás mi esposa ante la ley y ante Dios. Serás la dueña de esta casa. Te trataré con respeto.

Te lo juro por la memoria de mi madre, pero necesito ese niño. El silencio se estiró denso y pesado. Rosalía miró las manos de Fausto, grandes y fuertes, apoyadas en el escritorio. No eran manos de un monstruo, eran manos de un hombre acorralado. Pensó en el capataz echándola a la calle. Pensó en el invierno que se acercaba. Pensó en su madre tosiendo sangre.

Si acepto, dijo ella con un hilo de voz. Promete traer a mi madre y cuidar de ella. Te doy mi palabra de honor. Mañana mismo enviaré un carruaje por ella y al mejor doctor de la capital. Rosalía cerró los ojos, respiró hondo y tomó la decisión que cambiaría su destino para siempre. Acepto.

La boda se celebró tres días después en la pequeña capilla de piedra que había en los límites de la hacienda. No hubo invitados, ni flores, ni música. Solo el viejo cura del pueblo que miraba con suspicacia a la pareja, y dos testigos, el capataz Ramírez, que no podía creer lo que veía, y la vieja Gertrudis de la cocina.

Rosalía llevaba un vestido sencillo de color crema que Fausto había mandado traer del pueblo. Le quedaba un poco grande, pero estaba limpio y era de una tela suave que ella nunca antes había tocado. Fausto vestía su mejor traje, un conjunto oscuro que lo hacía ver aún más serio y pálido. “Yo, Fausto, te tomo a ti, Rosalía.” Su voz sonó firme, pero carente de emoción.

Yo, Rosalía, te tomo a ti, Fausto, respondió ella, sintiendo el peso del anillo de oro que él deslizó en su dedo, un anillo que había pertenecido a la abuela de él. Al salir de la capilla, el viento soplaba fuerte, levantando hojas secas a su alrededor. No hubo beso al final de la ceremonia, solo un asentimiento mutuo. La primera noche fue la prueba más difícil.

La habitación principal era enorme, dominada por una cama con dosel y sábanas de lino blanco. Fausto entró primero quitándose la chaqueta con movimientos lentos. Rosalía se quedó junto a la puerta con las manos entrelazadas, sintiéndose pequeña y vulnerable.

No tienes que tener miedo”, dijo él dándole la espalda mientras servía dos copas de vino. “Sé que esto es extraño y forzado.” Se giró y le ofreció una copa. Rosalía la tomó. Sus dedos rozaron los de él y sintió una descarga eléctrica que la hizo estremecer. “¡Bébela”, sugirió él. “Ayudará a calmar los nervios.” Bebieron en silencio. La luz de las velas proyectaba sombras largas en las paredes. Fausto la miró y por primera vez Rosalía vio vergüenza en sus ojos.

Él se sentía culpable por ponerla en esa situación, por usar su necesidad para sus fines. Eso extrañamente la tranquilizó. No era un depredador disfrutando de su presa. Era un hombre cumpliendo una sentencia. Cuando apagaron las velas, la oscuridad fue absoluta.

Rosalia, susurró él en la oscuridad, si quieres que paremos, solo dilo. Tenemos un trato, Fausto respondió ella, reuniendo todo su valor. Se soltó el cabello y se acercó a él. Aquella primera vez no hubo pasión desmedida ni declaraciones de amor. Hubo torpeza, hubo silencios incómodos y una prisa nerviosa por consumar el acto que sellaba el contrato.

Sin embargo, Fausto fue delicado. Sus manos, ásperas por el trabajo, la tocaron con una suavidad reverente, como si temiera romperla. Y cuando todo terminó, él se giró hacia su lado de la cama, murmurando un gracias casi inaudible antes de que el sueño o la pretensión de sueño los venciera a ambos. Los meses siguientes transcurrieron con una rapidez vertiginosa.

El invierno llegó con fuerza, cubriendo los campos de escarcha blanca, pero dentro de la casona algo empezaba a cambiar. Rosalía. Ahora la señora de la casa no se comportaba como una dama de adorno. Asumió el mando con una energía que sorprendió a todos. Con el dinero que Fausto le daba para gastos personales, no se compró joyas. Compró, reparó las goteras del techo y llenó la despensa con comida de calidad.

Su madre había sido trasladada a la hacienda y gracias a los cuidados del médico pagado por Fausto, estaba recuperando la salud instalada en una habitación soleada del primer piso. Ver a su madre sonreír de nuevo, le dio a Rosalía una fuerza renovada, pero su relación con Fausto era el verdadero misterio.

Durante el día trabajaban casi como socios. Una tarde, Rosalía entró en el despacho mientras Fausto revisaba los libros de cuentas con gesto de frustración. No cuadran los números, mascullaba él. Según esto, hemos gastado el doble en grano que el año pasado, pero los hilos están a la mitad. Rosalía se acercó y miró por encima de su hombro.

A pesar de su origen humilde, su padre le había enseñado a leer y a hacer cuentas básicas antes de morir. “Permítame ver”, dijo ella. Fausto se apartó sorprendido. Rosalía revisó las facturas con el dedo. Aquí señaló el proveedor de San Juan le está cobrando el transporte por separado en cada saco cuando el acuerdo general incluye el flete en compras mayores a 10 unidades. Le están robando, Fausto.

El hacendado tomó la hoja, la revisó y luego miró a su esposa con una mezcla de asombro y admiración. Tienes razón”, murmuró. Una leve sonrisa, la primera que ella le veía en meses, curvó sus labios bajo la barba. “Tienes toda la razón. Eres más lista que todos mis contadores juntos.” Esa noche, durante la cena, la conversación fluyó por primera vez.

hablaron de la cosecha, de los animales, de la infancia de Rosalía en las montañas y de los sueños de Fausto de modernizar el sistema de riego. Poco a poco la obligación nocturna dejó de ser un trámite frío. Empezaron a conocerse los cuerpos, pero también las almas. Fausto empezó a dejarle pequeños regalos, un libro de poesía sobre la mesilla de noche, un chal de lana azul que hacía juego con sus ojos, flores silvestres recogidas por él mismo al volver del campo.

Rosalía, por su parte, empezó a esperarlo despierta, le preparaba baños calientes para sus músculos doloridos y le leía en voz alta mientras él descansaba en el sillón frente a la chimenea. Sin embargo, había una sombra que crecía con cada luna llena. El vientre de Rosalía seguía plano. Primer mes, nada. Segundo mes, nada. Tercer mes, la sangre llegaba puntual, como una sentencia de muerte para la hacienda.

Cada vez que Rosalía tenía que decirle a Fausto que no había embarazo, veía como la luz se apagaba un poco más en los ojos de él. No se enfadaba con ella, nunca le reprochaba nada, pero se volvía más silencioso. Pasaba más horas a caballo recorriendo los límites de sus tierras como despidiéndose de ellas.

Llegamos al cuarto mes. La primavera estaba estallando en el valle, llenando los olivos de brotes verdes, pero dentro de la casa la tensión aumentaba. Los tíos enviaban cartas recordatorias, burlonas y crueles. Una tarde, Fausto regresó del pueblo con el rostro desencajado. Había tenido una discusión pública con Bernabé en la plaza.

Entró en la casa buscando a Rosalía y la encontró en el jardín podando unos rosales. “Fausto, ¿qué sucede?”, preguntó ella al ver su estado. Tenía el labio partido y la ropa desordenada. Nada”, dijo él intentando ocultar su temblor. “Solo solo necesito saber si este me hay noticias.” Rosalía bajó la mirada.

Sentía un nudo en la garganta. Quería darle esa noticia más que nada en el mundo. No solo por el dinero, no solo por la casa, sino porque para su propia sorpresa había empezado a sentir algo profundo y doloroso por ese hombre triste y noble. Lo siento, Fausto”, susurró. “Aún no.

” Él cerró los ojos y soltó un suspiro que pareció desgarrarle el pecho. Se acercó a ella y, en lugar de alejarse enfadado, la abrazó. Fue un abrazo desesperado, fuerte, hundiendo su rostro en el cuello de ella. “No importa”, mintió él con la voz ronca. No es culpa tuya. Quizás, quizás el destino ya está escrito. Rosalía lo abrazó de vuelta, sintiendo el latido acelerado del corazón de su esposo contra el suyo.

En ese momento, bajo la luz dorada del atardecer, se dio cuenta de que el trato había cambiado. Ya no se trataba de una herencia, se trataba de ellos. Pero el tiempo se acababa. El reloj de arena se estaba vaciando y los buitres ya volaban en círculos sobre la hacienda los Olivos. Muchas gracias por escuchar hasta aquí.

Si sigues con nosotros, comenta la palabra corazón para saber que llegaste a este punto del relato. El quinto mes trajo consigo el calor del verano y con él un fuego diferente se encendió entre las paredes de la habitación principal. Lo que había comenzado como una transacción fría, un deber marcado por el calendario y la desesperación, se transformó en algo que ninguno de los dos había anticipado, un refugio.

Ya no eran dos, extraños compartiendo una cama por obligación. Las noches dejaron de ser silenciosas y tensas para llenarse de susurros. Fausto, aquel hombre que el pueblo consideraba un ermitaño uraño, resultó ser un conversador ávido en la intimidad de la penumbra. Le contaba a Rosalía sobre las estrellas, señalando las constelaciones a través de la ventana abierta.

Le hablaba de la tierra, de cómo el suelo respiraba y de cómo los olivos parecían tener memoria. Rosalía, por su parte, descubrió en la rudeza de sus manos una ternura que la desarmaba. Empezó a buscarlo no porque el contrato lo exigiera, sino porque su cuerpo y su alma lo pedían. Una tarde de domingo, Fausto la invitó a cabalgar.

Rosalía nunca había subido a un caballo, pero confiaba ciegamente en él. la llevó a la colina más alta de la propiedad, un lugar donde el viento soplaba fresco y se podía ver todo el valle teñido de verde y oro. “Todo esto,” dijo Fausto señalando el horizonte con un gesto amplio. “ha pertenecido a mi familia por cuatro generaciones.

Mi bisabuelo plantó aquel roble de allá. Mi abuelo construyó el sistema de asequias, bajó la mano y su mirada se tornó sombría. y es muy probable que yo sea el último en cuidarlo. Rosalía, sentada frente a él en la montura, apoyó la espalda contra el pecho firme de su esposo. Sintió la vibración de su voz y el peso de su tristeza. No digas eso, Fausto.

Aún tenemos tiempo. Quedan 4 meses, Rosalía, respondió él, rodeando su cintura con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro. Y no quiero que esto se convierta en una tortura para ti. Veo cómo te miras al espejo cada mañana buscando señales. Veo tu decepción cada vez que cada vez que la naturaleza sigue su curso.

Fausto giró suavemente el rostro de ella para que lo mirara. El sol de la tarde iluminaba sus ojos color café, revelando una honestidad brutal. Escúchame bien. Si perdemos la hacienda, si mis tíos nos echan, quiero que sepas que no me arrepiento de haberte encontrado. Aunque pierda cada acre de tierra, haberte conocido ha valido más que toda esta fortuna.

Rosalía sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. En ese momento, bajo el cielo inmenso, comprendió que ya no le importaba el dinero prometido, ni la seguridad, ni el contrato. Amaba a ese hombre. Lo amaba con una intensidad que dolía. No nos rendiremos, prometió ella besando su mano callosa.

Dios no nos ha unido para separarnos ahora. Pero la fe de Rosalía fue puesta a prueba cuando llegó el sexto mes y luego el séptimo. El otoño comenzó a teñir las hojas de marrón y con cada hoja que caía, la esperanza de Fausto parecía marchitarse un poco más. La dinámica en la casa cambió. Los sirvientes, que adoraban a Rosalía por su trato justo y amable, caminaban de puntillas, sintiendo la tensión que flotaba en el aire como una tormenta eléctrica a punto de estallar.

Se escuchaban rumores en el pueblo. Bernabé y Gertrudis ya estaban organizando fiestas anticipadas para celebrar su futura toma de posesión. Se decía que ya habían contratado a un tazador para vender los muebles antiguos de la casona. Fausto dejó de hablar del futuro. Dejó de planear las cosechas del próximo año.

Empezó a pasar mucho tiempo en su despacho escribiendo cartas y revisando documentos legales con un abogado que venía de la ciudad, un hombre discreto llamado licenciado Arreola. Una noche, faltando apenas tres semanas para el cumpleaños decisivo, Rosalía se despertó y notó el lado vacío en la cama. Las sábanas estaban frías.

Se puso una bata y bajó las escaleras, guiada por la luz tenue que escapaba por debajo de la puerta del estudio. Al entrar, encontró a Fausto sentado frente al fuego moribundo con una botella de brandy a medio terminar. No estaba borracho, pero su mirada estaba perdida en las brasas. Sobre el escritorio había un documento sellado con la rojo.

Fausto llamó ella suavemente. Él levantó la vista. Parecía haber envejecido 10 años en las últimas semanas. “Deberías estar durmiendo”, dijo él con voz ronca. Rosalía se acercó y vio el documento. Pudo leer el encabezado, fideicomiso y transferencia de bienes personales. ¿Qué es esto?, preguntó rozando el papel.

Fausto suspiró y se frotó la cara con cansancio. Es tu seguridad, Rosalía, y la de tu madre. Se levantó y caminó hacia ella, tomándole las manos. He vendido los caballos de pura sangre. He vendido las acciones que tenía en la compañía de trenes. He reunido todo el capital líquido que he podido sin que mis tíos se den cuenta.

¿Por qué? La voz de Rosalía tembló. Porque en tres semanas, cuando cumpla los 36, ellos vendrán con la orden del juez. Me quitarán las tierras y la casa, me dejarán en la calle y lo acepto, pero no permitiré que te arrastren conmigo a la miseria. Fausto apretó sus manos con fuerza, sus ojos brillando con una determinación feroz y amorosa.

Este dinero está a tu nombre. Es suficiente para que compres una casa pequeña en la ciudad, para que cuides a tu madre y vivas tranquila el resto de tus días. Quiero que te vayas mañana, Rosalía, antes de que empiece el espectáculo humillante del desalojo. No quiero que veas cómo me quitan todo.

Rosalía se soltó de su agarre retrocediendo un paso. La indignación le subió por el pecho. ¿Me estás echando?, preguntó con la voz quebrada, pero firme. ¿Crees que me casé contigo solo por el dinero? ¿Crees que soy una empleada a la que puedes liquidar y despedir? No, Rosalía yo, intentó explicar él. Soy tu esposa gritó ella, y fue la primera vez que alzó la voz en esa casa.

Hice un juramento ante Dios en la riqueza y en la pobreza. Si tus tíos te quitan la casa, viviremos en una choosa. Si te quitan las tierras, trabajaremos como jornaleros. Pero no me voy a ir y no voy a aceptar ese dinero si significa dejarte solo. Fausto la miró atónito. Nunca nadie había luchado por él. Toda su vida había sido una pieza de ajedrez en los juegos de poder de su familia, un decepción para su padre, un obstáculo para sus tíos.

Y ahí estaba esa mujer, pequeña y furiosa, dispuesta a enfrentar la ruina, con tal de no soltarle la mano. Sin decir palabra, Fausto cruzó la distancia que lo separaba y la besó. No fue un beso fue un beso lleno de hambre, de gratitud y de una pasión desesperada. la levantó en brazos y la llevó al sofá de cuero frente al fuego.

Esa noche no hubo intentos calculados de concebir un heredero. Hubo solo amor, un amor crudo y verdadero. El tipo de amor que surge cuando dos personas deciden que mientras se tengan el uno al otro, el resto del mundo puede arder. El tiempo se agotó. La mañana del cumpleaños número 36 de Fausto amaneció con un cielo despejado de un azul insultante para la tragedia que se avecinaba.

El sol brillaba sobre los olivos, indiferente al destino de sus dueños. Desde temprano, el ambiente en la hacienda era fúnebre. Los sirvientes lloraban en silencio en la cocina. El capataz Ramírez afilaba su machete con una mirada oscura, murmurando que nadie sacaría al patrón de allí sin pelear. Pero Fausto le había ordenado terminantemente que no hubiera violencia.

“La ley está de su lado, Ramírez. No quiero que nadie vaya a la cárcel por mí”, había dicho Fausto, vestido con su mejor traje negro, esperando en el vestíbulo como un capitán que espera hundirse con su barco. Rosalía no bajó a desayunar. Fausto subió a buscarla. preocupado, la encontró sentada al borde de la cama, pálida como la cera, con una mano sobre el estómago y la frente perlada de sudor. Rosalía Fausto corrió hacia ella.

¿Qué tienes? ¿Estás enferma? ¿Llamaré al médico? No, no es necesario, murmuró ella intentando ponerse de pie, pero un mareo la obligó a sentarse de nuevo. Solo solo necesito un momento. Estás ardiendo dijo él tocándole la frente. El miedo lo invadió. No podía perder la hacienda y a ella el mismo día.

Olvida a mis tíos. Voy a llevarte al hospital ahora mismo. Pero antes de que pudiera cargarla, el sonido de cascos de In, caballos y ruedas de carruajes resonó en el patio de entrada. Eran muchos, demasiados, para hacer una visita de cortesía. “Ya están aquí”, dijo Fausto, su rostro endureciéndose como la piedra. Quédate aquí, mi amor. Descansa.

Yo bajaré a terminar con esto. Besó su frente sudorosa y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad, como si quisiera protegerla del veneno que estaba a punto de entrar en su hogar. Abajo, el vestíbulo fue invadido. Bernabé entró primero, seguido de Gertrudis, un abogado notarial de aspecto severo y dos oficiales de la guardia rural armados.

Feliz cumpleaños, querido sobrino”, exclamó Bernabé abriendo los brazos con una sonrisa triunfal que mostraba sus dientes amarillentos. O debería decir expropietario. Fausto bajó las escaleras con dignidad, sin apresurarse. Se detuvo en el último escalón, dominando la escena con su altura. “Acabemos con esto rápido, Bernabé.

No tengo paciencia para tu teatro. Siempre tan arrogante, si se enoja Trudis, paseándose por el salón y tocando los muebles como si ya fueran suyos. Abogado, lea el acta. El notario se aclaró la garganta y desplegó un pergamino, siendo las 10 de la mañana del día en que el señor Fausto cumple 36 años y no habiéndose presentado prueba alguna de descendencia legítima o estado de gestación en curso de su esposa legal, se procede a la ejecución de la cláusula cuarta del testamento del finado don Augusto.

La propiedad y todos sus bienes pasan a manos de espere. gritó Ramírez, el capataz, dando un paso adelante. Esto es una injusticia. El patrón ha levantado esta tierra con su sudor. Silencio, peón, ordenó Bernabé con desdén. O serás el primero en ser despedido. Fausto, sé un buen perdedor y firma la sesión.

Los oficiales están aquí para asegurarse de que salgas pacíficamente. Fausto miró a su alrededor, miró los retratos de sus abuelos. miró a sus sirvientes fieles y finalmente miró hacia la escalera pensando en Rosalía. Sabía que había perdido. Tomó la pluma que le ofrecía el notario. Su mano no tembló.

Que les aproveche, dijo en voz baja. Espero que el dinero les compre la conciencia que no tienen. Acercó la pluma al papel. La tinta negra estaba a punto de tocar la línea de firmas. No firmes. El grito resonó desde lo alto de la escalera, desgarrador y potente. Todos alzaron la vista. Rosalía estaba allí apoyada en la varanda.

Estaba pálida, despeinada y vestía solo su bata blanca de dormir. Pero en ese momento, parecía una reina guerrera. Bajó los escalones lentamente, con una mano aferrada a su vientre y la otra sosteniendo un pequeño frasco de sales. Detrás de ella venía la vieja Hertrudis, la cocinera, que compartía nombre con la tía malvada, pero tenía el corazón de un ángel quien la ayudaba a bajar.

“Rosalía, vuelve a la cama”, suplicó Fausto soltando la pluma y yendo hacia ella. “No tienes que ver esto. No voy a volver a la cama”, dijo ella. Respirando con dificultad al llegar al vestíbulo. Sé paró frente a los tíos, interponiéndose entre Fausto y el documento. Y tú no vas a firmar nada, niña estúpida. Se burló la tía Gertrudis.

Esto es asunto de hombres y leyes. Quítate de en medio. Tu tiempo se acabó. No hay niño. No hay herencia. Rosalía alzó la barbilla. Sus ojos, brillantes por la fiebre y la emoción, se clavaron en los de la mujer. Se equivoca, señora. Se giró hacia la vieja cocinera.

Nana, diles, diles lo que viste esta mañana, lo que llevas viendo toda la semana. Y yo me negaba a creer por miedo a ilusionarme. La cocinera, una mujer que había asistido más partos en la región que el propio médico, dio un paso al frente y se cruzó de brazos. “La señora Rosalía tiene todos los signos”, declaró con voz firme. “Los desmayos, el rechazo a los olores fuertes, el cambio en su color.

Y esta mañana ha sangrado apenas unas gotas, lo que llaman el sangrado de implantación tardía. He revisado su vientre. Está duro en el bajo vientre, no hay duda alguna. Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Bernabé se puso rojo de ira. Mentiras, gritó. Es una treta, una invención de última hora para ganar tiempo. Exijo una prueba médica y la tendrá.

dijo Rosalía sacando fuerzas de donde no las tenía. El doctor llegará en una hora, pero hasta entonces esta casa sigue siendo de mi esposo y ustedes señaló la puerta con un dedo tembloroso. Ustedes esperarán afuera. Fausto miraba a Rosalía como si estuviera viendo una aparición divina. Es verdad, susurró con la voz estrangulada. Rosalía, es verdad.

Ella se giró hacia él y su expresión de ferocidad se transformó en una sonrisa dulce y acuosa. “Llevo días sintiéndome extraña, Fausto, pero hoy hoy lo supe. Lo siento aquí dentro.” Tomó la mano de Fausto y la puso sobre su vientre plano. “Nuestro hijo está ahí. Llegó justo a tiempo.

Bernabé intentó protestar de nuevo, pero el notario, un hombre de leyes al fin y al cabo, levantó la mano. Si existe la posibilidad de un embarazo, la cláusula se suspende inmediatamente hasta la confirmación médica, sentenció el abogado guardando sus documentos. La ley es clara, en espera de un heredero. Si ella está embarazada, la hacienda sigue siendo de don Fausto.

Esto es un robo. Chilló la tía Gertrudis, mientras los oficiales de la guardia que respetaban a Fausto más que a nadie empezaron a empujar suavemente a los intrusos hacia la salida. “Fuera de mi casa”, dijo Fausto. Esta vez no gritó. Lo dijo con una calma aterradora, abrazando a su esposa contra su pecho. Y no vuelvan nunca más.

Si veo sus carruajes cerca de mis tierras, no seré tan amable. Los tíos fueron expulsados, vociferando amenazas que se perdieron en el viento. Cuando la puerta se cerró, el sonido del cerrojo fue el sonido de la libertad. Fausto no esperó ni un segundo más.

levantó a Rosalía en brazos y giró sobre sus talones, riendo y llorando al mismo tiempo. Los sirvientes estallaron en aplausos y vítores. “¡Vamos padres!”, gritó Fausto, girando con ella en el centro del vestíbulo, olvidando todo protocolo, olvidando su dolor pasado. Rosalía hundió la cara en el cuello de su marido, llorando de alivio.

Habían ganado, no por el dinero, no por la tierra, sino porque la vida se había abierto paso a través del amor. Epílogo. 8 meses después. La tarde era cálida y el sonido de las cigarras llenaba el aire en la galería de la hacienda a Los Olivos. Fausto estaba sentado en una mecedora de madera con un bulto pequeño envuelto en mantas blancas en sus brazos.

El bebé tenía mucho cabello negro y los ojos grandes y curiosos de su madre. ¿Se ha dormido?, preguntó Rosalía saliendo de la casa con dos vasos de limonada fría. ya estaba recuperada del parto y su rostro resplandecía con una salud y una felicidad que borraban cualquier rastro de la muchacha hambrienta que había llegado bajo la lluvia un año atrás.

“Creo que sí”, susurró Fausto sin dejar de mirar a su hijo con fascinación. Aunque tiene un agarre fuerte, mira cómo me sujeta el dedo. ¿Será un buen agricultor o un buen abogado para defenderse de gente como tus tíos? Bromeó ella sentándose a su lado. Los tíos Bernabé y Gertrudis habían desaparecido de la región, consumidos por sus propias deudas y la vergüenza pública tras confirmarse el embarazo legítimo. La hacienda prosperaba como nunca.

La nueva cosecha de aceitunas había sido récord y Fausto había repartido las ganancias entre los trabajadores, tal como Rosalía le había sugerido. “Te amo, Rosalía”, dijo Fausto de 19 repente, levantando la vista del bebé para mirarla a ella. Y yo a ti me has sendado gruñón”, respondió ella con una sonrisa inclinándose para besarlo.

Fausto miró sus tierras bañadas por la luz dorada del atardecer. Ya no eran una carga, ya no eran una maldición, eran el hogar de su hijo, el legado de su amor. “Gracias”, le dijo él, “no por el niño, no por la herencia. Gracias por salvarme de mí mismo.” Rosalía apoyó la cabeza en su hombro.

Mientras el bebé suspiraba en sueños, seguro y amado, en el corazón de una familia que había nacido de un contrato imposible y había florecido en la verdad más pura. Y así, bajo la sombra de los olivos centenarios, la soledad de Fausto y la tristeza de Rosalía quedaron enterradas para siempre en el pasado, dando paso a una vida donde cada día era una promesa cumplida.