Sofía Mendoza no había sentido el sol en su rostro durante 5co días. El frío de la sierra le había robado hasta el recuerdo del calor, dejándola con nada más que el instinto de poner un pie delante del otro. Sus labios sangraban, sus manos temblaban sin control. Cada paso sobre la nieve le costaba más que el anterior, como si la montaña misma le pidiera que se rindiera. Pero rendirse significaba morir.

Y Sofía había prometido algo antes de huir. Había prometido que viviría, que encontraría un lugar donde nadie la mirara con ojos que juzgaran, donde nadie susurrara su nombre como si fuera una maldición. La frontera entre Sonora y Nuevo México era un lugar salvaje, un territorio donde las leyes de los hombres se doblaban bajo el peso de la nieve y el hambre.

Sofía había caminado desde un pueblito polvoriento llamado San Isidro, donde la sequía había matado más esperanzas que la violencia, donde su familia había caído uno por uno hasta que ella quedó sola con una deuda que no podía pagar, y hombres que no aceptaban un no por respuesta.

Entonces huyó sin caballo, sin dinero, sin nada más que el vestido que llevaba puesto y un rebozo raído que ya no la protegía del viento. Subió hacia las montañas porque sabía que nadie la seguiría tan alto, tan lejos, tan adentro del invierno. Pero no contó con que el frío fuera peor que los hombres. No contó con que la nieve la tragaría viva si no encontraba refugio pronto.

Ahora caminaba sin saber hacia dónde. Los pinos se alzaban como gigantes mudos a su alrededor. El cielo era una sábana gris que no prometía nada bueno. Sus pies descalzos, envueltos en trapos empapados, dejaban manchas rojas sobre la nieve. Sofía sabía que esas manchas eran su sangre, pero ya no sentía dolor, solo cansancio, solo el peso de un cuerpo que se negaba a morir, aunque ella ya no supiera por qué seguir luchando.

De pronto, algo cambió en el aire. Un olor, humo, leña quemándose. Sofía levantó la cabeza con esfuerzo. Sus ojos llorosos apenas podían enfocar. Pero ahí, entre los árboles, vio un hilo delgado de humo elevándose hacia el cielo. Alguien vivía aquí, alguien tenía fuego.

Sofía tropezó hacia adelante, cayó de rodillas, se arrastró unos metros más. El mundo se inclinó. Su visión se llenó de manchas negras. Escuchó pasos pesados, lentos, acercándose. Levantó la mirada y vio una sombra enorme recortada contra la nieve. Un hombre alto como un roble, ancho como una puerta, envuelto en pieles de oso y con una barba negra que le llegaba al pecho.

Llevaba un rifle en una mano y una hacha en la otra. Sus ojos eran oscuros, profundos, imposibles de leer. Sofía quiso hablar, quiso pedir ayuda, pero su voz no salió, solo un gemido roto, desesperado. El hombre se quedó quieto, observándola como si no pudiera creer lo que veía. Luego, con una rapidez sorprendente para alguien de su tamaño, dejó caer el hacha y se arrodilló junto a ella.

Dios mío”, murmuró. Su voz era grave, áspera, como si no la usara mucho. “¿Cuánto tiempo llevas caminando?” Sofía no pudo responder. Sus ojos se cerraban solos. El hombre maldijo en voz baja. Luego la levantó en brazos como si no pesara nada. Sofía sintió el calor de su pecho a través de las pieles. Olía a humo, a pino, a algo salvaje, pero no peligroso.

“No te vas a morir aquí”, dijo él caminando con pasos firmes hacia el humo que ella había visto. No después de llegar tan lejos, la cabaña apareció entre los árboles como un sueño, pequeña, hecha de troncos gruesos y con un techo cubierto de nieve. El hombre empujó la puerta con el hombro y entró, llevándola directo hacia una cama cubierta de pieles.

La dejó con cuidado, como si temiera romperla. Sofía sintió el calor del fuego en la chimenea. Sintió las lágrimas correr por sus mejillas sin poder detenerlas. El hombre se movió rápido, le quitó los trapos mojados de los pies, los envolvió en mantas secas, acercó la cama al fuego, luego desapareció por un momento y regresó con una taza humeante.

“Caldo”, dijo levantándole la cabeza con una mano mientras acercaba la taza a sus labios con la otra. Despacio, no te ahogues. El líquido era caliente, salado, y Sofía sintió cómo le devolvía un poco de vida con cada sorbo. Bebió hasta que la taza estuvo vacía. Luego se dejó caer contra la almohada, respirando con dificultad.

El hombre se sentó en una silla cerca de la cama, observándola con esos ojos oscuros que parecían ver demasiado. “¿Cómo te llamas?”, preguntó Sofía. tragó saliva, su garganta ardía. Sofía susurró. Él asintió. Yo soy Mateo. Mateo Ruiz. Vivo solo aquí hace 10 años. Sofía lo miró. 10 años. Solo en esta montaña helada. ¿Por qué? Apenas pudo preguntar.

Mateo se encogió de hombros. Porque la gente de abajo me cansó. Porque aquí nadie me dice qué hacer ni qué pensar. Porque la montaña no miente. Sofía cerró los ojos. entendía eso más de lo que él sabía. Mateo se levantó y caminó hacia la ventana. La tormenta va a empeorar. No vas a poder irte en varios días. Sofía no respondió.

No tenía a dónde ir de todos modos. Mateo volvió a sentarse. No tienes que contarme nada si no quieres, pero necesito saber una cosa. ¿Alguien te está buscando? Sofía abrió los ojos. El miedo le apretó el pecho. Sí, susurró. Mateo no se movió. No pareció sorprendido ni asustado, solo asintió lentamente.

Entonces, ¿te quedas aquí hasta que sea seguro salir o hasta que decidas qué hacer después? Sofía sintió algo quebrarse dentro de ella, algo que había estado sosteniendo con fuerza desde que huyó. ¿Por qué me ayudas?, preguntó la voz temblando. Mateo la miró directo a los ojos. Porque nadie merece morir congelado en una montaña y porque sé lo que es correr de algo que no puedes pelear. Sofía no supo qué decir.

Mateo se levantó y caminó hacia la puerta. Descansa, yo voy a traer más leña. Grita si necesitas algo. Salió cerrando la puerta suavemente tras él. Sofía se quedó sola en la cabaña. El fuego crepitaba, las sombras bailaban en las paredes. Por primera vez en días sintió algo parecido a la esperanza. No sabía si podía confiar en este hombre.

No sabía si estaba a salvo, pero por ahora estaba viva y eso tendría que ser suficiente. Sofía despertó con el olor de algo cocinándose, abrió los ojos despacio, confundida por un momento sobre dónde estaba. Luego lo recordó todo. La nieve, el frío, el hombre enorme que la había salvado. Mateo se incorporó con cuidado. Su cuerpo todavía dolía, pero era un dolor diferente ahora.

No el dolor del frío mordiéndole los huesos, sino el dolor de músculos que habían trabajado demasiado y ahora pedían descanso. Las mantas eran pesadas y cálidas. Sofía las apartó y puso los pies en el suelo de madera. Estaba descalza, pero alguien había envuelto sus pies en vendajes limpios. Mateo, seguramente la idea de que él la había cuidado mientras dormía hizo que algo cálido se moviera en su pecho, algo que no había sentido en mucho tiempo.

Mateo estaba frente al fogón moviendo algo en una olla de hierro. Llevaba una camisa de lana gruesa, remangada hasta los codos, mostrando antebrazos marcados con cicatrices viejas. Su cabello negro caía suelto sobre sus hombros. Era más joven de lo que Sofía había pensado al principio, tal vez 32, 33 años.

Pero su rostro tenía líneas que hablaban de una vida difícil, de decisiones que pesaban. Él se volteó cuando la escuchó moverse. No deberías estar de pie todavía dijo. Pero su voz no sonaba molesta, solo preocupada. Estoy bien, mintió Sofía. Mateo alzó una ceja. Eres mala mentirosa. Sofía sintió una sonrisa pequeña tirar de sus labios.

Hacía tanto tiempo que no sonreía que casi había olvidado cómo se sentía. Mateo señaló la mesa. Siéntate. La comida está casi lista. Sofía obedeció caminando despacio hasta la silla. La cabaña era pequeña, pero estaba ordenada. Todo tenía su lugar. Pieles colgadas en las paredes, herramientas afiladas y limpias, una hilera de frascos con carne seca y hierbas, un rifle descansaba cerca de la puerta, siempre al alcance.

Mateo puso un plato frente a ella, guiso de venado con papas y cebolla. El estómago de Sofía gruñó tan fuerte que ambos lo escucharon. Mateo no dijo nada, solo se sentó frente a ella con su propio plato. “Come despacio”, advirtió, “tuerpo no está acostumbrado a comida caliente.” Sofía tomó una cucharada. El sabor explotó en su boca. Sal, carne, algo de tomillo silvestre.

Era simple, pero delicioso. Comió lentamente, como él dijo, aunque quería devorar todo de un golpe. Mateo la observaba mientras comía, no de forma incómoda, sino como si quisiera asegurarse de que realmente estuviera bien. Cuando Sofía terminó la mitad del plato, dejó la cuchara. “¿Hace cuánto que no comías?”, preguntó Mateo. “Seis días”, admitió ella.

Llevaba un poco de pan, pero se acabó el tercer día. Mateo apretó la mandíbula. Y aún así seguiste caminando. No tenía opción. Él no preguntó más. No necesitaba hacerlo. Sofía vio en sus ojos que él entendía, que él también había caminado alguna vez sin opciones, sin más compañía que el miedo y la determinación.

Terminaron de comer en silencio. Mateo recogió los platos y los lavó en un balde de agua. Sofía lo observó moverse por la cabaña con una eficiencia tranquila. Todo lo que hacía tenía propósito. Nada era desperdicio. ¿Por qué vives solo aquí? Preguntó Sofía de repente. Mateo se detuvo. Las manos todavía en el agua.

Ya te lo dije, la gente de abajo me cansó. Pero debe haber más que eso insistió ella suavemente. Mateo se secó las manos en un trapo y se volteó hacia ella. Su expresión era difícil de leer. “Hice cosas en la guerra”, dijo finalmente. “Cosas que los hombres buenos no hacen.” Cuando volví a casa, todos me veían diferente, como si fuera un animal.

Así que vine aquí, donde nadie me mira de ninguna forma. Sofía sintió el peso de esas palabras. “¿De qué lado peleaste? Del lado que perdió”, respondió Mateo con una sonrisa amarga. Siempre peleé del lado que perdió. Sofía bajó la mirada. Yo también perdí. Mi familia, mi hermano menor murió de fiebre.

Mi padre se fue un día a buscar trabajo y nunca volvió. Mi madre aguantó dos años más antes de que su corazón simplemente se rindiera. Me quedé sola con deudas que no eran mías y hombres que decían que yo tenía que pagarlas de una forma u otra. Su voz se quebró.

Así que corrí, subí a la montaña porque pensé que mejor morir congelada que vivir como ellos querían. Mateo cruzó la cabaña en tres pasos y se arrodilló frente a ella. No la tocó, pero su presencia era sólida, reconfortante. “Hiciste bien”, dijo con voz firme. “Corriste hacia la vida, no hacia la muerte, aunque no lo pareciera en ese momento. Elegiste pelear. Lágrimas quemaron los ojos de Sofía. No me siento fuerte.

La fuerza no se siente, dijo Mateo. Se hace y tú la hiciste. Sofía lo miró a través de las lágrimas. Este hombre enorme, este extraño que vivía solo en una montaña, le estaba dando algo que nadie le había dado en años, respeto, comprensión y algo más que ella no se atrevía a nombrar todavía. Mateo se levantó y caminó hacia la ventana.

La tormenta está empeorando. Va a durar días, tal vez una semana. Y después, preguntó Sofía. Mateo la miró por encima del hombro. Después decides, puedes bajar a otro pueblo, lejos de San Isidro, o puedes quedarte aquí un tiempo más hasta que sepas qué quieres hacer. ¿Me dejarías quedarm? La voz de Sofía era apenas un susurro. Mateo se volteó completamente hacia ella.

te dejaría quedarte todo el tiempo que necesites. Algo pasó entre ellos en ese momento. Una conexión silenciosa, profunda, como dos almas que reconocen en la otra el mismo tipo de soledad. Sofía sintió su corazón latir más rápido. Mateo dio un paso hacia ella, luego se detuvo como si no estuviera seguro de si debía acercarse más.

Sofía dijo suavemente, no soy bueno con las palabras. No sé cómo hacer que alguien se sienta bienvenido, pero si te quedas aquí, te prometo que nadie va a hacerte daño. Te lo juro por mi vida. Sofía se puso de pie, las piernas temblando solo un poco. Caminó hacia él, cerrando la distancia que lo separaba.

Mateo no se movió, pero ella vio como su respiración se aceleraba. Mateo dijo ella, levantando la mirada hacia su rostro. No le quedaba nadie en este mundo, nadie que me viera como algo más que una carga o una deuda. Pero tú, tú me salvaste sin pedirme nada a cambio. No tienes que agradecerme, empezó él. No es agradecimiento, interrumpió Sofía. Es algo más. Mateo tragó saliva.

Sus manos se cerraron en puños a sus costados, como si estuviera peleando contra el impulso de tocarla. No quiero que te sientas obligada”, dijo con voz ronca. “No me siento obligada”, respondió Sofía. “Me siento segura.” La palabra colgó en el aire entre ellos. Segura. Algo que Sofía no había sentido en años.

Algo que Mateo había olvidado que podía ofrecer. Afuera, el viento ahullaba contra las paredes de la cabaña, pero adentro, en ese pequeño espacio cálido, dos personas rotas comenzaban a sanar. juntas. Amigos, si esta historia está tocando su corazón como está tocando el mío, me haría muy feliz que se unieran a nuestra familia aquí en el canal.

Cada suscripción me ayuda a seguir trayéndoles estas historias de la frontera, de amor y supervivencia. Y déjenme saber en los comentarios, ¿alguna vez han conocido a alguien que les hizo sentir seguros cuando todo lo demás parecía perdido? Me encantaría leer sus historias. Los días siguientes transcurrieron con una lentitud extraña, como si el tiempo mismo se hubiera congelado junto con la montaña.

La tormenta no cedía, el viento golpeaba las paredes de la cabaña con furia. Pero adentro, Sofía y Mateo encontraron un ritmo que ninguno de los dos había conocido antes. Un ritmo hecho de silencios cómodos, de miradas que duraban un segundo más de lo necesario, de manos que casi se rozaban al pasar el pan o el agua. Sofía se sentía más fuerte cada día.

Sus pies sanaban, su cuerpo recuperaba el calor, pero más que eso, algo dentro de ella que había estado roto comenzaba a componerse. Mateo no era un hombre de muchas palabras, pero cada palabra que decía pesaba. Cada gesto pequeño, prepararle té cuando veía que temblaba, añadir más leña al fuego antes de que ella sintiera frío, contaba una historia que él no sabía cómo decir con la boca.

Una mañana, Sofía se despertó y encontró a Mateo tallando algo junto al fuego. Ella se sentó en la cama, observándolo en silencio. Sus manos grandes movían el cuchillo con una delicadeza sorprendente, revelando poco a poco la forma de un pequeño pájaro en la madera. “¿Qué haces?”, preguntó Sofía. Mateo levantó la vista, casi sorprendido de verla despierta.

“Nada importante, solo me mantiene las manos ocupadas. Es bonito”, dijo ella, levantándose y caminando hacia él. Mateo le mostró el pájaro a medio terminar. Era algo que hacía mi abuelo. Me enseñó cuando era niño. Decía que si tus manos podían crear, entonces no eran solo para destruir. Sofía tomó la figura con cuidado.

Tu abuelo era de aquí, de Chihuahua. Vino al norte buscando tierra. encontró nieve y decidió que era lo mismo. Mateo sonrió apenas. Era un hombre terco como su nieto. Dijo Sofía suavemente. Mateo la miró y algo pasó entre ellos otra vez. Esa corriente silenciosa que había estado creciendo desde el primer día.

Sofía empezó Mateo, pero se detuvo. Ella esperó. Su corazón latía más fuerte. Dime, lo animó. Mateo dejó el cuchillo a un lado. No sé cómo hacer esto. No sé cómo estar cerca de alguien sin romperlo. Hace tanto tiempo que vivo solo que olvidé cómo cómo cuidar de algo más que la leña y el rifle.

Sofía se sentó junto a él tan cerca que sus hombros casi se tocaban. No me vas a romper, Mateo. Ya estaba rota cuando llegué aquí. Si acaso me estás ayudando a pegar los pedazos. Mateo cerró los ojos por un momento, como si esas palabras le dolieran y lo sanaran al mismo tiempo. No quiero que te quedes por gratitud, dijo en voz baja. No quiero que pienses que me debes algo.

No es gratitud, respondió Sofía repitiendo lo que ya le había dicho antes. Es elección. Mateo abrió los ojos y la miró directamente. ¿Y qué eliges? Sofía respiró hondo. Elijo quedarme, no solo hasta que pase la tormenta. Elijo quedarme contigo. El silencio que siguió fue pesado, cargado de algo grande. Mateo levantó una mano despacio y tocó su mejilla con los nudillos, apenas un rose. Entonces, quédate, susurró. Quédate todo el tiempo que quieras.

Sofía cerró los ojos y se inclinó hacia su toque. Sintió la calidez de su piel, la fuerza contenida en esos dedos, que podían romper madera, pero que la tocaban como si fuera algo precioso. Cuando abrió los ojos, Mateo estaba más cerca. Su respiración era profunda, controlada, pero ella veía la lucha en su mirada.

Él quería acercarse más, quería cerrar la distancia, pero tenía miedo. Miedo de asustarla, miedo de querer demasiado. Sofía tomó la decisión por ambos, se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra los de él. Suave, tentativo, una pregunta más que una afirmación. Mateo se quedó inmóvil por medio segundo, luego respondió.

Sus labios eran cálidos, su barba rasposa contra su piel. Una de sus manos se deslizó hacia su espalda, sosteniéndola con una ternura que contradecía su tamaño. El beso fue lento, profundo, lleno de todas las palabras que ninguno de los dos sabía cómo decir. Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad.

Mateo apoyó su frente contra la de ella. Sofía murmuró, “No soy un hombre fácil. Tengo demonios, tengo días malos, a veces no hablo durante horas porque no sé qué decir. Yo también tengo demonios respondió ella, y también tengo días malos, pero tal vez podemos pelear contra ellos juntos.

Mateo la abrazó entonces, envolviéndola completamente en sus brazos. Sofía hundió su rostro en su pecho y escuchó el latido firme de su corazón. Por primera vez desde que podía recordar, se sintió en casa, no en un lugar, sino en una persona. Pasaron el resto del día cerca uno del otro. Mateo le enseñó a tallar, guiando sus manos con las suyas, mostrándole cómo seguir la beta de la madera.

Sofía le contó historias de su infancia, de su hermano que soñaba con ser vaquero, de su madre que cantaba canciones tristes mientras cocinaba. Mateo escuchaba cada palabra como si fuera lo más importante que hubiera oído en su vida. Cuando cayó la noche, comieron juntos otra vez. Esta vez Mateo se sentó más cerca. Sus piernas se tocaban bajo la mesa. Sus manos se buscaban sin razón aparente, solo por el simple placer de estar conectados. Después de cenar, Sofía ayudó a lavar los platos.

Trabajaban en silencio, pero era un silencio lleno, no vacío. Cuando terminaron, Mateo agregó más leña al fuego y se sentó en su silla. Sofía no volvió a la cama. En cambio, se sentó en el suelo junto a sus pies, apoyando su cabeza contra su rodilla. Mateo bajó la mano y acarició su cabello despacio con dedos que temblaban apenas.

Nunca pensé que alguien volvería a sentarse así conmigo”, dijo en voz baja. “¿Así como?”, preguntó Sofía, “como si yo fuera alguien con quien vale la pena quedarse.” Sofía volteó a mirarlo. “Vales la pena, Mateo, más de lo que crees.” Él cerró los ojos y Sofía vio una lágrima deslizarse por su mejilla y perderse en su barba.

No dijo nada más, pero su mano siguió acariciando su cabello, un gesto de gratitud y asombro. Esa noche, cuando Sofía se acostó en la cama, Mateo no se fue a su lugar junto al fuego como siempre. Se quedó sentado cerca, vigilando la puerta, vigilando la ventana, vigilándola a ella. “¿No vas a dormir?”, preguntó Sofía.

“Dormiré cuando esté seguro de que nadie viene.” Respondió Sofía. se incorporó. Mateo, ven aquí. Él dudó. No es apropiado. No me importa lo apropiado, dijo Sofía. Solo quiero que duermas. Te necesito descansado, no exhausto. Mateo finalmente se dio, se quitó las botas y se acostó las mantas, sin meterse debajo de ellas, manteniendo una distancia respetuosa.

Pero Sofía no aceptó la distancia. se acurrucó contra su costado, poniendo su cabeza en su hombro. Mateo se tensó, luego se relajó. Su brazo rodeó sus hombros sosteniéndola cerca. “Gracias”, susurró ella, “¿Por qué? Por no dejarme morir, por darme un lugar, por abrazarme cuando más lo necesitaba.” Mateo besó su frente. “Quédate aquí”, murmuró contra su piel.

Quédate aquí conmigo. Me quedo”, prometió Sofía. Y se durmieron así dos almas perdidas que se habían encontrado en la montaña más fría del mundo, pero que juntas ardían con un calor que ninguna tormenta podría apagar. El amanecer llegó con un silencio diferente. Sofía despertó primero, todavía acurrucada contra Mateo, sintiendo el ritmo lento de su respiración.

Él dormía profundamente, algo que probablemente no hacía a menudo. Su rostro se veía más joven así, sin la tensión que normalmente cargaba. Sofía observó las líneas de su mandíbula, la forma en que su barba enmarcaba sus labios, las pequeñas cicatrices que marcaban su piel como un mapa de batallas pasadas.

Se preguntó qué historias guardaban esas cicatrices, qué dolor había tallado esas líneas en su frente. Pero más que eso, se preguntó cómo un hombre tan marcado por la violencia podía ser tan gentil. Mateo se movió ligeramente, su brazo apretándola más cerca, incluso en sueños. Sofía sonríó. Por primera vez en su vida, se sentía protegida sin sentirse atrapada.

Era una sensación extraña, nueva, y decidió que le gustaba. Mateo abrió los ojos de repente, completamente alerta, como si algún instinto lo hubiera despertado. Sus ojos encontraron los de Sofía y se relajó al instante. “Buenos días”, murmuró ella. Buenos días”, respondió él. Su voz ronca por el sueño. No se movieron durante unos momentos, simplemente quedándose así, disfrutando de la calidez del otro.

Luego Mateo se incorporó lentamente, frotándose la cara con una mano. “Tengo que revisar afuera”, dijo. “Ver si la tormenta ha cedido.” Sofía se sentó también. Iré contigo. Hace frío. Ya sé lo que es el frío, respondió ella con una pequeña sonrisa. Mateo la miró, luego asintió. Está bien, pero te abrigas bien. Le dio uno de sus abrigos de piel, enorme en ella, pero increíblemente cálido. Salieron juntos a la mañana blanca.

La nieve había dejado de caer, pero el mundo estaba enterrado bajo un manto blanco que brillaba bajo el sol débil. El aire era tan frío que dolía respirarlo, pero también era limpio, puro, como si la tormenta hubiera lavado todo el veneno del mundo. Mateo caminó hacia el borde del claro, estudiando el bosque con ojos entrenados.

Sofía lo siguió, sus pasos hundiéndose profundamente en la nieve. “¿Qué buscas?”, preguntó. “Huellas”, dijo Mateo. “Señales de que alguien ha estado cerca.” Sofía sintió que su estómago se apretaba. ¿Crees que me encontraron? No lo sé, admitió Mateo. Pero es mejor estar preparado. Caminaron el perímetro de la cabaña lentamente.

Mateo se detenía cada pocos pasos, agachándose para examinar la nieve, tocando ramas rotas, leyendo el paisaje, como otros leen libros. Finalmente se detuvo cerca de un grupo de pinos. “Aquí”, dijo en voz baja. Sofía se acercó. vio lo que él había encontrado. Huellas, no de animal, de botas. Varias huellas, como si alguien hubiera estado de pie ahí observando la cabaña.

Sofía sintió que el frío se hacía más profundo, penetrando hasta sus huesos. Cuando susurró, hace dos días, tal vez tres, dijo Mateo. La nieve las cubrió parcialmente, pero todavía se pueden ver. Me encontraron. La voz de Sofía tembló. Mateo se volvió hacia ella tomándola por los hombros. Escúchame, no sabemos quién dejó estas huellas.

Podría ser un cazador, un viajero perdido, cualquiera, pero podría ser alguien de San Isidro. Mateo no mintió. Sí, podría ser. Sofía sintió pánico subir por su garganta. Tengo que irme. No puedo quedarse aquí y ponerte en peligro. No vas a ningún lado, dijo Mateo firmemente. No con esta nieve, no sola. y no voy a dejarte ir, Mateo. Si son los hombres de Vargas, si vinieron a buscarme. Su voz se quebró. Mateo la acercó abrazándola fuerte.

Entonces tendrán que pasar sobre mí primero. Y te prometo, Sofía, eso no va a ser fácil. Sofía se aferró a él hundiendo su rostro en su pecho. No quiero que te lastimen por mi culpa. Nadie me va a lastimar, dijo Mateo con una confianza tranquila. He sobrevivido cosas peores que unos matones de pueblo regresaron a la cabaña.

Mateo cerró la puerta con llave y colocó una barra de madera a través de ella. Luego revisó su rifle cargándolo con movimientos precisos y practicados. Sofía lo observaba sintiéndose inútil. “¿Qué puedo hacer?”, preguntó Mateo. La miró, “Mantener la calma y confiar en mí. Confío en ti”, dijo ella sin dudar. Mateo dejó el rifle apoyado contra la pared, cerca, pero no amenazante.

Se acercó a Sofía y tomó sus manos entre las suyas. “Necesito que sepas algo”, dijo en voz baja. “Si vienen, si hay problemas, quiero que te escondas. Hay un espacio bajo el piso allá”, señaló una tabla suelta cerca de la cama. “Te metes ahí y no sales hasta que yo te diga que es seguro.

No voy a esconderme mientras tú peleas.” protestó Sofía. “Sí, vas a hacerlo”, dijo Mateo, “su voz más dura ahora. Porque si algo me pasa a mí, necesito saber que tú estarás viva. Necesito saber que vas a sobrevivir.” ¿Me entiendes? Sofía quería discutir, pero vio algo en los ojos de Mateo, que la detuvo. Miedo.

No miedo por él mismo, sino miedo por ella. “Miedo de perderla.” Está bien”, susurró finalmente. “Me esconderé si es necesario!” Mateo asintió aliviado, la besó suavemente, un beso que sabía a promesa y despedida al mismo tiempo. Pasaron el resto del día en alerta. Mateo se mantuvo cerca de la ventana observando.

Sofía intentó mantenerse ocupada preparando comida, organizando cosas, cualquier cosa para no pensar en lo que podría venir. Cuando cayó la noche, Mateo no encendió la lámpara. Dejó que la cabaña quedara en penumbras, iluminada solo por el resplandor bajo del fuego. “Si vienen, vendrán de noche”, explicó Sofía. Se sentó junto a él, sus manos entrelazadas. esperaron en silencio.

Las horas pasaron lentamente, el viento soplaba suavemente ahora, llevando con él sonidos que podían ser cualquier cosa o nada. Entonces lo escucharon, un crujido cercano. Mateo se puso de pie de inmediato, tomando el rifle. Hizo una seña a Sofía. Ella se movió rápidamente hacia la tabla suelta, levantándola y deslizándose dentro del pequeño espacio debajo.

Mateo colocó la tabla de nuevo sobre ella, pero no antes de susurrar. No hagas ruido, pase lo que pase. Sofía se quedó en la oscuridad, su corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que quien estuviera afuera podría escucharlo. Escuchó pasos, más de uno, dos, tal vez tres hombres. Una voz habló en español. Sabemos que hay alguien aquí. Vimos el humo. Silencio.

Luego otra voz. Sal, Sofía. No vamos a hacerte daño. Solo queremos que vuelvas y pagues lo que debes. Sofía mordió su mano para no gritar. Era la voz de Ramón, uno de los hombres de Vargas. Habían venido por ella. Luego escuchó la voz de Mateo, tranquila, pero con un filo de acero. Esta tierra es mía.

Y la mujer que está adentro está bajo mi protección. Den la vuelta y bajen la montaña antes de que esto termine mal. Ramón se rió. Un hombre contra tres. No seas tonto, viejo. Danos a la mujer y te dejaremos en paz. No, dijo Mateo. Simplemente hubo un momento de silencio tenso. Luego, Sofía escuchó el sonido inconfundible de un martillo de pistola siendo jalado hacia atrás.

“Última oportunidad”, dijo Ramón. Mateo no respondió con palabras, respondió con el sonido de su rifle amartillándose. El mensaje era claro, no habría negociación. El mundo se quedó quieto. Sofía contenía la respiración en la oscuridad, rezando a un dios en el que ya no estaba segura de creer, rezando porque el hombre que había llegado a amar sobreviviera la noche.

El silencio se estiró como una cuerda a punto de romperse. Sofía podía escuchar su propia respiración en el espacio estrecho bajo el piso, cada inhalación sonando demasiado fuerte en sus oídos. Arriba. Los pasos se movían lentamente, rodeando la cabaña. Mateo no se movía. Ella lo sabía.

Podía sentir su quietud, su control. Él esperaba paciente como la montaña misma. Luego todo explotó. Un disparo rompió la noche, madera astillándose. Gritos. Sofía se cubrió los oídos, pero no pudo bloquear los sonidos. Otro disparo. El rugido profundo del rifle de Mateo. Un grito de dolor. Pasos corriendo. Alguien maldijo en voz alta. Está en la ventana. Ródenlo.

La voz de Ramón sonaba furiosa, asustada. Más disparos, el sonido de vidrio rompiéndose. Sofía apretó los ojos cerrados, lágrimas corriendo por sus mejillas. No podía soportar esto. No podía quedarse escondida. mientras Mateo peleaba por ella. Pero había prometido, había prometido quedarse aquí, quedarse segura.

Escuchó pasos pesados dentro de la cabaña. Ahora Mateo moviéndose, reposicionándose. Su voz resonó fuerte y clara. El próximo que cruce esa puerta no sale vivo. Hubo un momento de vacilación afuera. Luego la voz de otro hombre. No, Ramón, no vale la pena, hermano. Ese tipo sabe pelear. Vámonos. No, gritó Ramón. Esa perra nos debe dinero. Vargas nos va a matar si volvemos sin ella.

Prefiero enfrentar a Vargas que a este loco respondió el otro hombre. Sonidos de discusión. Luego, finalmente, pasos alejándose, retirándose. Sofía esperó sin atreverse a moverse. Pasaron minutos que parecían horas. Luego escuchó la voz de Mateo suave, controlada. Sofía, ya se fueron. Puedes salir.

Ella empujó la tabla hacia arriba y salió del escondite temblando. La cabaña estaba en caos. La ventana rota dejaba entrar aire helado. Había agujeros de bala en las paredes, sangre en el umbral de la puerta. Pero Mateo estaba de pie y leseso. El rifle todavía en sus manos. Sofía corrió hacia él.

Él dejó caer el rifle y la atrapó en sus brazos, sosteniéndola con fuerza mientras ella sollyozaba contra su pecho. Pensé que te iban a matar. Lloró. No es tan fácil matarme, dijo Mateo. Pero su voz temblaba ligeramente. Había estado asustado también, no por él, sino por lo que le pasaría a ella si él caía. La sostuvo largo rato, su mano acariciando su espalda, susurrando palabras suaves en español que ella apenas entendía, pero que la calmaban de todos modos.

Cuando finalmente se separaron, Mateo revisó toda la cabaña, asegurándose de que realmente estuvieran solos. Luego tapó la ventana rota con pieles y madera, limpió la sangre, recargó el rifle, hizo todo lo necesario para que ella volviera a sentirse segura. Cuando terminó, se sentó junto al fuego y Sofía se sentó a su lado tomando su mano. ¿A quién le disparaste?, preguntó en voz baja.

Al que intentó entrar por la ventana, dijo Mateo. Le di en el hombro. vivirá, pero no va a querer volver pronto. Ramón dijo que Vargas los envió. Dijo Sofía, que no van a parar hasta que vuelva. Mateo apretó su mano. Entonces no vas a volver. Te quedas aquí conmigo y si vienen otra vez, los recibo de la misma forma.

No puedes pelear contra todo un pueblo por mí, protestó Sofía. No voy a pelear contra un pueblo”, dijo Mateo. “vo voy a pelear contra cualquier hombre que intente hacerte daño. Esa es mi decisión, Sofía, no la tuya.” Ella lo miró viendo la determinación en sus ojos. Este hombre, que apenas la conocía estaba dispuesto a arriesgar todo por ella.

Era algo que no podía comprender completamente, pero que aceptaba con todo su corazón. “¿Por qué?”, susurró. ¿Por qué harías esto por mí? Mateo tocó su rostro con ternura. Porque cuando te encontré en la nieve medio muerta y todavía peleando por vivir, vi algo en ti que reconocí. Vi a alguien que se negaba a rendirse, alguien que merecía una oportunidad.

Y cuando te quedaste, cuando elegiste estar aquí conmigo, me diste algo que pensé que había perdido para siempre. ¿Qué te di?, preguntó Sofía. Esperanza. dijo Mateo, simplemente me diste esperanza de que tal vez no tengo que estar solo, de que tal vez puedo ser algo más que un hombre que se esconde en una montaña. Lágrimas llenaron los ojos de Sofía otra vez, pero estas eran diferentes.

No eran lágrimas de miedo o dolor, sino de algo más profundo, más puro. Yo también encontré esperanza aquí, dijo. Encontré un hogar. Te encontré a ti. Mateo la besó entonces suave al principio, luego más profundo, vertiendo en ese beso todo lo que no sabía cómo decir con palabras.

Sofía respondió con la misma intensidad, sus manos enredándose en su cabello, acercándolo más. Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad. Mateo apoyó su frente contra la de ella. “Quédate aquí”, murmuró. Construyamos algo juntos, algo que sea solo nuestro. Me quedo prometió Sofía otra vez. Me quedo por siempre si me dejas. Los días que siguieron fueron de reconstrucción.

Mateo reparó la ventana, fortaleció la puerta, preparó la cabaña para el resto del invierno. Sofía aprendió a cocinar en el fogón de hierro, a curtir pieles, a leer el clima como Mateo le enseñaba. Aprendió a disparar el rifle, aunque esperaba nunca tener que usarlo. Trabajaban lado a lado y con cada día que pasaba, la cabaña se sentía más como un hogar y menos como un refugio temporal. Hablaban más.

Ahora Mateo le contaba historias de la guerra, de los hombres que había conocido, de las batallas que había peleado. Sofía le hablaba de su familia, de su hermano que soñaba con ser valiente, de su madre que cantaba incluso cuando no había razón para cantar. Se conocían en capas, revelando poco a poco las partes escondidas, las cicatrices invisibles, los sueños medio olvidados y con cada revelación se acercaban más.

Una noche, mientras la nieve caía suavemente afuera, Mateo talló algo nuevo, lo terminó junto al fuego y se lo entregó a Sofía. Era un pequeño corazón de madera pulido hasta brillar con sus iniciales talladas en el centro. Para que recuerdes, dijo Mateo en voz baja, que siempre hay un lugar para ti aquí, en esta cabaña, en esta montaña, en mi vida.

Sofía tomó el corazón, sosteniéndolo como si fuera lo más precioso que hubiera tocado. No necesito un recordatorio dijo suavemente, pero lo voy a guardar de todos modos por siempre. Mateo la abrazó y se quedaron así largo tiempo dos almas que habían encontrado refugio una en la otra. Afuera la montaña seguía siendo fría y salvaje, pero adentro, donde importaba, había calor, había amor, había hogar.

Sofía había huído del mundo pensando que moriría sola en la nieve. En cambio, encontró a un hombre que le enseñó que vivir no era solo sobrevivir, era elegir cada día estar con alguien que te veía completa y te abrazaba de todos modos. Y Mateo, que había vivido 10 años solo, aprendió que la soledad no era paz, era solo ausencia.

Y ahora que Sofía llenaba esa ausencia, finalmente entendía lo que significaba estar completo. No necesitaban el mundo de abajo, no necesitaban aprobación ni perdón de nadie. Tenían la montaña, tenían el fuego, se tenían el uno al otro y eso era más que suficiente. Cuando llegó la primavera, meses después, la nieve comenzó a derretirse. Los caminos se abrieron.

Sofía podría haber bajado, entonces podría haber buscado un nuevo pueblo, una nueva vida, pero no lo hizo. Se quedó porque había encontrado algo raro y precioso en esa montaña helada. Había encontrado amor verdadero y eso decidió. Valía más que cualquier cosa que el mundo pudiera ofrecerle.

Mateo y Sofía vivieron el resto de sus días en esa cabaña. Tuvieron hijos que corrían por la nieve. construyeron una vida de trabajo duro y ternura constante. Y cuando la gente del valle preguntaba sobre ellos, sobre el hombre salvaje y la mujer que había aparecido de la nada, solo decían una cosa, que en lo alto de la montaña, donde el mundo no podía alcanzarlos, dos personas habían encontrado algo que muchos buscan toda la vida y nunca encuentran.

paz, propósito y un amor que ninguna tormenta podría apagar. Amigos míos, si esta historia tocó algo profundo en su corazón, si les recordó que el amor verdadero existe incluso en los lugares más fríos, los invito con todo cariño a que se suscriban a este canal. Cada uno de ustedes es parte de esta familia de la frontera y me encantaría que se quedaran para más historias como esta.

Y quiero saber de ustedes, ¿qué aprendieron de Sofía y Mateo? ¿Han encontrado alguna vez a alguien que los hizo sentir en casa cuando todo lo demás era frío? Compartan sus historias aquí en los comentarios. Leemos cada una y sus palabras nos inspiran a seguir contando estas historias de esperanza y amor.

Nos vemos en el próximo viaje, mis queridos amigos. Que encuentren su propio refugio donde sea que estén.