La noche de Navidad había caído sobre la ciudad como un manto brillante y frío. Las calles estaban llenas de familias caminando, niños riendo con bufandas rojas y el aroma a ponche y buñuelos flotaba en el aire helado. En contraste, dentro del departamento del quinto piso, todo era tensión, respiraciones agitadas y un silencio que amenazaba con romperse en cualquier momento.

Elena, con 6 meses de embarazo, se encontraba junto al árbol de Navidad que ella misma había decorado días antes. Las luces verdes y doradas parpadeaban suavemente, reflejándose en sus ojos llenos de miedo. Llevaba un vestido sencillo de maternidad, su cabello recogido, intentando mantener cualquier rastro de calma, aunque por dentro estaba temblando por completo.

Frente a ella estaba Mario, su actual esposo. Él no siempre había sido así. Hubo un tiempo en que era amable. trabajador cariñoso, pero la pérdida de su empleo lo había convertido en otra persona. Desconfiado, impulsivo, consumido por los celos. Había revisado su teléfono sin permiso, buscando pruebas de infidelidad que solo existían en su cabeza.

Esa noche, esos celos se transformaron en una tormenta que amenazaba con destruirlo todo. No tienes derecho a revisar mi teléfono, Mario. Te lo he dicho mil veces. La voz de Elena se quebró mientras retrocedía. Mario apretó el teléfono en su mano como si fuera una prueba irrefutable de su paranoia.

“No me mientas, Elena, no mientas”, gritó dando un paso hacia ella. Elena dio un paso atrás sintiendo el corazón en la garganta. No quería gritar, no quería alterarse, no quería que su bebé sintiera esa tensión. Sin embargo, Mario no se detuvo. ¿Quién es ese número? ¿Por qué te escribe? Dime la verdad. Es una amiga, una amiga de la oficina.

Por favor, cálmate. Pero él ya no escuchaba. La respiración de Mario era pesada, su mirada perdida en un punto donde la lógica ya no existía. Elena sintió como el aire cambiaba, como aquel hombre que amó se transformaba frente a ella. “Mario, por favor, no te acerques”, dijo en un susurro a notar que estaba siendo arrinconada sin darse cuenta.

Sus piescaron con la alfombra, luego con la maceta junto a la ventana y entonces sintió. El frío de varandal del balcón tocando su espalda. Mario dio otro paso con el teléfono temblando entre sus dedos. Si no eres mía, no serás de nadie. Elena apenas tuvo tiempo de abrir los ojos de Paren Par. Un empujón, un grito ahogado, las luces del árbol reflejándose en su mirada de terror.

Su cuerpo cayó hacia atrás atravesando el aire helado de la noche navideña. El viento golpeó su rostro. Sintió como su corazón se detenía, como su cuerpo se tensaba protegiendo a su bebé instintivamente. Cinco pisos de caída, cinco pisos en los que su vida pasó frente a sus ojos, pero el destino o algo más interfirió.

Elena cayó sobre el techo de un auto estacionado justo debajo. El golpe hundió en metal, pero amortiguó lo suficiente como para mantenerla con vida. El auto pertenecía a Daniel Arcos, su exesposo millonario, y nada de lo que ocurriría después sería casualidad. El eco del impacto aún resonaba en la tranquila calle cuando Daniel Arcos, sentado dentro de su auto de lujo, levantó la cabeza sobresaltado.

Hasta ese instante había permanecido en silencio, atrapado en sus propios pensamientos. Había regresado a la ciudad por primera vez en dos años y no lo hacía por negocios ni por fiestas. Su regreso tenía más que ver con un sentimiento que nunca supo enterrar. La nostalgia por la vida que compartió con Elena.

La radio del coche reproducía una canción navideña suave, pero él apenas la escuchaba. Sus dedos jugaban con un pequeño llavero desgastado, un colibrí plateado que Elena le regaló en su primer aniversario. Lo sostenía entre las manos como quien sujeta un recuerdo que duele. “Tal vez debí llamarla”, murmuró, aunque sabía que ya era tarde para lamentos.

Pero entonces un golpe seco, brutal, como si un árbol hubiera caído sobre el techo, sacudió todo el auto. En metal se hundió varios centímetros. Daniel soltó el llavero y su corazón se aceleró como si quisiera salir de su pecho. ¿Qué diablos fue eso? abrió la puerta de inmediato y salió al frío de la noche.

Las luces navideñas de la calle parpadeaban con calma, sin reflejar el caos que acababa de ocurrir. Cuando se inclinó para ver el techo hundido del coche, sintió que el suelo le desaparecía bajo los pies. Ahí estaba ella, Elena, tirada sobre metal retorcido, inmóvil, con el cabello desordenado y la ropa rasgada por la caída. No, no, no.

Balbuceó Daniel con la voz rota mientras se acercaba. Sus manos temblaban violentamente, su mente no podía procesarlo. La mujer que amó, la que creyó perdida para siempre, estaba ahí ensangrentada y al borde de la muerte. Elena, dime que me escuchas. Al tocarla con cuidado, notó que todavía respiraba.

débil, casi imperceptible, pero viva. El alivio fue tan fuerte que lo sintió como un golpe en el pecho. Los ojos de Elena se abrieron apenas, nublados, luchando por mantenerse enfocados. “Da, Daniel”, susurró con dificultad. “Mi bebé, la palabra bebé lo atravesó. Jamás imaginó verla embarazada, mucho menos así, herida, vulnerable, dependiendo de él para vivir.

Tranquila, aquí estoy. Te voy a ayudar. ¿Me oyes? No te voy a perder otra vez, dijo con una fuerza desesperada, con un cuidado extremo. Tomó su chaqueta de diseñador, esa misma que muchos admiraban por su valor, y la colocó sobre Elena, ignorando la sangre que la empapaba. Para él, protegerla era lo único que importaba.

sacó su teléfono y marcó emergencias con manos que temblaban tanto que casi se le caía el aparato. Necesito una ambulancia ahora. Una mujer cayó desde un edificio. Está embarazada. Respira, pero está muy mal. Por favor, rápido. Mientras esperaba, Daniel se arrodilló junto a ella, tomando su mano con una suavidad que no había mostrado en años.

El frío de la noche mordía su piel, pero él ni siquiera lo sentía. No cierres los ojos, Elena. Por favor, quédate conmigo. La sirena de la ambulancia se escuchó a lo lejos, rompiendo la calma navideña. Las luces rojas comenzaron a reflejarse en el pavimento mojado y mientras los paramédicos corrían hacia ellos, Daniel entendió algo.

Ese momento no era una coincidencia. Había regresado a la ciudad por una razón. El destino lo había traído justo a tiempo para salvarla. El hospital estaba envuelto en un ambiente tenso y silencioso. A pesar de ser Navidad, las luces frías de los pasillos iluminaban rostros preocupados, médicos corriendo y familiares esperando noticias que podían cambiarlo todo.

En medio de ese caos controlado, Daniel Arcos permanecía sentado en una silla de metal frente a la sala de urgencias, con las manos entrelazadas, respirando con dificultad. Todavía tenía manchas de sangre en la ropa. La sangre de Elena no se había movido ni un segundo desde que los paramédicos lo empujaron hacia atrás para trabajar en ella.

Su corazón latía con una mezcla extraña de miedo, rabia y una frágil esperanza. Cada minuto que pasaba parecía eterno. De pronto, un médico salió empujando la puerta con gesto serio. Daniel se levantó de golpe. Doctor, por favor, dígame que está viva. El médico respiró hondo antes de responder. La señora Elena está estable y el bebé también.

Las palabras cayeron como un golpe directo al alma de Daniel, pero un golpe que liberaba en lugar de herir. Sus rodillas casi se dieron por la mezcla de alivio y Soc. había pasado por el borde del abismo y milagrosamente no había caído. “Gracias, gracias a Dios”, susurró pasando una mano por su rostro empapado de lágrimas que ya no podía contener. El médico continuó.

Sin embargo, fue una caída enorme. “Es un milagro que ambos sigan con vida. Necesitará varios días de observación.” Daniel asintió temblando. Aún procesaba la palabra milagro cuando dos policías se acercaron a él. Llevaban las luces de Navidad reflejadas en sus chalecos. ¿Ustedes Daniel Arcos? Sí, el auto donde cayó es mío. Necesitamos su declaración.

La mujer mencionó antes de perder la conciencia que alguien la empujó. Daniel apretó los puños. No quería explotar, pero el recuerdo de Elena cayendo como una sombra en la noche lo consumía. “Sé quién fue”, respondió con la voz firme, pero cargada de rabia contenida. su esposo Mario. Él intentó matarla.

Los policías intercambiaron miradas tomando notas. Uno de ellos habló. Ya está detenido. Los vecinos escucharon gritos antes de la caída y llamaron a 911. Todo apunta a intento de homicidio. La noticia no lo sorprendió, pero sí lo hirió. ¿Cómo alguien había podido lastimar así a Elena y a su bebé? Horas más tarde, cuando finalmente le permitieron entrar a verla, Daniel respiró hondo antes de abrir la puerta.

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la lusteno del monitor cardíaco. Elena estaba acostada, conectada a sondas y suero, pero respirando viva. Él se acercó despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper ese momento tan frágil. Los ojos de Elena se abrieron lentamente.

Necesitó unos segundos para enfocar, pero cuando lo logró, una lágrima silenciosa cayó por su mejilla. Daniel, tú tú apareciste cuando más se necesitaba. Susurró con voz débil, pero cargada de emoción. Él tomó su mano con extremo cuidado, como si fuera cristal. No fui yo, fue el destino. La vida quiso darte otra oportunidad. Elena miró su mano sobre su vientre acariciándolo con delicadeza.

Mi bebé está bien, ¿verdad? Sí, ambos lo están. Ella cerró los ojos por un instante, dejando escapar un suspiro de alivio. Esa Navidad, entre cicatrices visibles e invisibles, un milagro había ocurrido. Elena había sobrevivido, su bebé había sobrevivido y un viejo amor que muchos creían muerto volvió a encenderse lentamente como una vela que resiste incluso en la noche más oscura. M.