
Todas las niñeras fueron mordidas por el bebé del príncipe. Solo la nueva empleada recibió un beso. Antes de comenzar esta hermosa historia de romance de época, respóndeme en los comentarios desde dónde estás escuchando esta bellísima historia. Me encanta saber desde dónde me acompañas. Ingrid Larsen llegó a Copenhague con los dedos entumidos y la falda húmeda por la llovisna.
Bajó del carruaje barato sin maleta, solo con una bolsa de tela apretada contra el pecho. La ciudad era más grande de lo que había imaginado. Más ruido, más gente, más prisa. Se sintió pequeña, pero al mismo tiempo no tenía opción. O encontraba trabajo ahí o no tenía nada. La pensión donde se alojó esa primera noche olía a sopa rala y a ropa secándose demasiado cerca del fogón.
La dueña, una mujer robusta de mejillas rojas, la miró de arriba a abajo antes de aceptar las pocas monedas que Ingrid puso sobre la mesa. “¿Buscas trabajo, muchacha?”, preguntó la mujer mientras anotaba algo en un cuaderno manchado. “Sí, señora, cualquier cosa honrada”, respondió Ingrid estrujando la bolsa. “En la ciudad sobran manos, pero pagan poco”, gruñó la mujer. “Aunque dicen que en el palacio andan desesperados.” Ingrid alzó la vista.
En el palacio en Christiansborg, aclaró la mujer bajando ligeramente la voz como si el nombre tuviera peso. Les hace falta quien cuide al bebé príncipe. Ninguna niñera dura. Una se fue llorando esta mañana. Ingrid sintió un pequeño vuelco en el estómago. ¿Y por qué se van? La mujer se inclinó un poco.
Dicen que el niño es difícil, llora, se agita, no quiere brazos de nadie y tiene la costumbre de morder a quien se le acerque demasiado. Pero es un bebé, no un monstruo. El problema es que las señoritas que contratan no están acostumbradas, se asustan. Ingrid pensó en sus pocas monedas, en la nada que la esperaba si no hacía algo. ¿Cree que podrían recibirme?, preguntó.
No tengo referencias importantes, pero sé cuidar niños. En el pueblo ayudaba a una vecina con sus pequeños. La mujer la miró con algo de compasión. Si te presentas temprano y hablas con la ama de llaves, tal vez te escuchen. Andan urgidos. Nadie quiere que en los pasillos se diga que el heredero al trono no tolera ni el cariño. Ingrid durmió poco esa noche.
Soñó con pasillos largos, con puertas cerradas y un llanto de bebé que rebotaba en las paredes. Al amanecer se lavó la cara con agua fría, acomodó su cabello en un moño sencillo y alisó su único vestido decente. Antes de salir, la dueña de la pensión le hizo un gesto. Ve derecha por esa calle hasta la plaza grande. De ahí verás las torres del palacio. Camina sin mirar al suelo.
Aunque seas pobre, la dignidad no cuesta nada. Ingrid sintió agradecida y salió. El palacio de Christiansborg se levantaba como algo casi irreal al final de la calle. Ingrid lo había visto de lejos alguna vez, pero nunca tan cerca. Las ventanas altas y el patio amplio le hicieron tragar saliva. Se detuvo un segundo frente a la reja.
Respiró hondo y se obligó a avanzar. Un guardia con uniforme impecable la detuvo. ¿A dónde va? Busco a la ama de llaves, dijo Ingrid intentando que la voz no le temblara. Me dijeron que aquí necesitan a alguien para cuidar al príncipe Eric. El guardia la examinó con curiosidad, como si no fuera la primera que decía algo parecido esa semana.
Finalmente asintió. Espere aquí. Ingrid se quedó junto a la reja, sintiéndose fuera de lugar. Vio entrar carruajes elegantes, sirvientes con bandejas cubiertas y escuchó pasos firmes sobre la piedra. Cuando el guardia regresó, le indicó que pasara. La señora Matsen la verá. Camine detrás de mí y no se separe.
Atravesaron el patio, subieron unas escaleras y llegaron a un corredor donde el aire olía. cera y a tela recién lavada. El guardia se hizo a un lado y apareció una mujer alta de cabello recogido con rigidez y expresión severa. ¿Es usted la joven que busca empleo?, preguntó la mujer sin muchas ceremonias. Sí, señora. Soy Ingrid Larsen. Soy la ama de llaves. La señora Matsen se presentó.
Venga conmigo. Entraron a una sala pequeña con una mesa y dos sillas. No había adornos, solo orden. Ingrid se sentó donde le indicaron, con las manos juntas sobre el regazo. No tenemos tiempo para adornos ni para historias largas, dijo la señora Matsen. Le voy a hablar con franqueza. El bebé príncipe no se ha llevado bien con ninguna de sus niñeras.
Se irrita, llora, se revuelve en brazos y sí, a veces muerde. Varias muchachas se sintieron ofendidas, otras se asustaron, todas renunciaron. Es solo un bebé. Se le escapó a Ingrid suave. La ama de llaves la miró con atención. Justamente, pero es un bebé que ha perdido a su madre hace poco y su padre se detuvo un instante.
El príncipe Frederick tiene otros asuntos que atender, además de su propio duelo. Por eso necesitamos a alguien firme, paciente, discreta. nos interesa menos su apellido y más su carácter. Lo tiene. Ingrid tragó saliva. Necesito el trabajo, señora. Y no me asustan los niños inquietos. En mi pueblo había uno que gritaba día y noche. Nadie quería cargarlo. Yo aprendí a calmarlo. No siempre, pero a veces.
Sabe cantar un poco canciones sencillas. No sé leer música. No es necesario. El príncipe Eric se calma a veces con ciertas melodías, aunque últimamente ni eso”, comentó la señora Matsen anotando algo en un papel. “¿Ha trabajado en alguna casa de gente importante?” “No, señora, solo con familias de campesinos y artesanos, pero siempre cumplí.
” La puerta se abrió con suavidad y entró una dama de compañía de mediana edad con vestido oscuro y manos finas. Señora Matsen, la princesa viuda, se corrigió de inmediato. Quise decir, la madre del príncipe Frederick pregunta si hay novedades. Estamos en ello, Fruken Jensen, respondió la ama de llaves.
Esta joven quiere el puesto. La dama se acercó a Ingrid con curiosidad. Así que no le asusta el pequeño Eric. Me preocupa no hacerlo bien, admitió Ingrid. Pero no me asusta. La dama Fruken Jensen la observó un momento más. Si la señora Matsen está de acuerdo, podríamos intentarlo. El niño no puede quedar cambiando de brazos cada día. La ama de llaves suspiró.
Muy bien, señorita Larsen. Estará a prueba. Si hoy el príncipe Eric la rechaza, se irá como las otras. Si no, hablaremos de condiciones. ¿Entendido? Sí, señora. Se levantaron. Mientras caminaban hacia la parte más interna del palacio. Ingrid sentía el corazón en la garganta. No había visto nunca a un miembro de la familia real, ni sabía cómo debía dirigirse a un bebé que algún día llevaría corona. Antes de entrar al corredor del ala infantil, una criada más joven se le acercó al oído.
“Si te muerde, no grites”, susurró. “Solo aléjate despacio. A la última niñera casi se le salen las lágrimas.” “¡No voy a gritar”, respondió Ingrid, aunque no estaba tan segura. La señora Matsen abrió la puerta del cuarto del príncipe sin tocar. El lugar era luminoso, con una cuna en el centro y algunos juguetes ordenados en un rincón.
Junto a la ventana, de pie estaba un hombre alto, vestido con sobriedad. Miraba hacia afuera, pero al escuchar la puerta se giró. Ingrid lo reconoció antes de que nadie lo presentara. Lo había visto en dibujos y en monedas. El príncipe Frederick. Alteza saludó la señora Matsen inclinando la cabeza. Esta es la joven de la que le hablé, Ingrid Larsen.
Frederick la miró con una expresión difícil de descifrar. Sus ojos parecían cansados, como si no durmiera bien desde hacía tiempo. ¿Ya le han explicado la situación? Preguntó con voz grave. Sí, alteza, respondió Ingrid intentando no torcer la lengua. Me han dicho que el príncipe Eric ha tenido dificultades para acostumbrarse a sus niñeras.
Dificultades es una palabra amable, murmuró él, pero es todo lo que necesita saber. Él está en su cuna. Haga lo que haría con cualquier otro niño. Si lo tolera, hablaremos después. Ingrid bajó la mirada hacia la cuna. El bebé estaba despierto, con los ojos muy abiertos y las manos cerradas en pequeños puños.
tenía el seño fruncido, como si el mundo le debiera una explicación. Se acercó despacio. Podía sentir a sus espaldas la tensión de todos. La ama de llaves, la dama de compañía, el príncipe. Era como si el aire se llenara de expectativas. Buenos días, alza, Eric, susurró sin saber si era correcto hablarle así.
Soy Ingrid. El bebé la miró fijamente, como si midiera cada paso que ella daba. Por un segundo, Ingrid casi retrocedió, pero recordó la voz de la dueña de la pensión. Aunque seas pobre, la dignidad no cuesta nada. Respiró hondo y se inclinó un poco más. No voy a hacerte daño, añadió con calma. Solo quiero cargar a su alteza, si él me lo permite.
Extendió la mano, no hacia el rostro del niño, sino hacia la manta que lo cubría. Tomó un borde, lo movió apenas, dejando que Eric viera el movimiento. El bebé no lloró, solo siguió mirando. “No va a ponerse los guantes”, preguntó la dama Frooken Jensen en voz baja. “Prefiero sentirlo,” respondió Ingrid sin apartar la vista del niño.
Con cuidado deslizó un brazo debajo del pequeño cuerpo y lo levantó. sintió el peso cálido del bebé contra su pecho. Esperó el empujón, el llanto, la pequeña mordida en la piel descubierta de su cuello o de su hombro. Nada. Eric la observó de cerca, curiosamente serio.
Su manita subió hasta el cuello del vestido de Ingrid y se aferró a la tela. Ella sostuvo la respiración. De pronto, el bebé se acercó más, apoyó su frente en la mejilla de Ingrid y con la torpeza dulce de un niño, rozó sus labios contra la piel de ella. Un pequeño beso, más intuición que gesto aprendido. Alrededor el silencio fue casi un ruido. La señora Matsen abrió mucho los ojos. La dama de compañía se llevó la mano al pecho.
El príncipe Frederick dio un paso hacia adelante como si dudara de lo que había visto. Lo vio susurró la criada joven desde la puerta. No mordió. Le dio un beso dijo Fruken Jensen en voz baja, como si nombrarlo lo hiciera más real. Ingrid no sabía qué hacer. mantuvo al bebé en brazos, temiendo que cualquier movimiento brusco rompiera el hechizo.
Eric, satisfecho, soltó un pequeño sonido que no era queja ni llanto. Parecía un suspiro. “Háblele”, ordenó casi en un murmullo el príncipe Frederick, “O haga lo que acostumbra con otros niños.” Ingrid tragó saliva. “No acostumbro estar frente a un príncipe, alteza”, respondió con un intento nervioso de sonrisa, “ero con otros niños. Les canto. Cántele, pidió él.
Ingrid buscó en su memoria y una melodía surgió sola como si hubiera estado esperando ese momento. Abrió la boca y comenzó a tararear una canción suave con notas sencillas, casi como una ronda. No reconocía el origen, pero la tonada le era extrañamente familiar, como un recuerdo de muy atrás. Tus overtrickt, Lileven”, susurró sin pensar en un danés que casi nunca usaba.
La señora Matsen la miró con sorpresa. La dama Fruken Jensen se tensó. Ingrid no reparó en eso porque estaba concentrada en el bebé. Sus manos lo mecían con ritmo constante mientras la melodía llenaba el cuarto. Eric parpadeó lentamente. Sus párpados comenzaron a bajar.
se relajó contra el hombro de Ingrid y finalmente se quedó dormido con la boca entreabierta y la mano aún aferrada al vestido de ella. Ingrid bajó la voz hasta quedar en silencio y miró al príncipe. Se quedó dormido al tesa. Frederick no respondió de inmediato. Se acercó unos pasos más mirando al bebé. Algo en su expresión, duro hasta entonces, se ablandó por un instante. ¿De dónde conoce esa canción? preguntó sin rodeos.
Ingrid se sorprendió. La canción, la letra, la melodía, ¿quién se la enseñó? Ella pensó confundida. No lo sé. Creo que la escuché cuando era niña, pero no recuerdo quién la cantaba. Solo aparece en mi cabeza cuando quiero calmar a alguien. La dama Fruken Jensen intervino con voz extrañamente tensa. Esa melodía, la princesa la cantaba durante el embarazo, Alteza.
No la conocíamos. Dijo que se la habían enseñado hacía muchos años. Nunca supimos quién. El silencio se hizo más pesado. Ingrid sintió que el piso se movía levemente bajo sus pies, aunque sabía que era solo cosa de sus nervios. “Señorita Larsen”, dijo la señora Matsen recuperando un poco el control. Lleve al príncipe Eric a su cuna con cuidado.
Ingrid obedeció, acunó al bebé con suavidad, lo acomodó en la cuna y se aseguró de que la manta le cubriera bien los pies. La mano chiquita se estiró un poco como buscando el contacto. Ingrid, por impulso, rozó dedos del niño con los suyos. “Descansa, alteza”, susurró. Ya no tiene que pelear con nadie hoy. La señora Matsen carraspeó. Alteza se dirigió al príncipe.
¿Desea que retiremos a la joven? Frederick no respondió de inmediato. Miraba la cuna con gesto pensativo. Finalmente asintió. Sí, por ahora. La ama de llaves tocó el brazo de Ingrid. Venga. Salieron del cuarto en fila silenciosa. La criada joven apenas pudo contenerse hasta llegar al pasillo. Nunca había visto algo así, dijo todavía en voz baja.
A todas las demás las recibía con gritos y patadas. A usted le dio un beso. Tal vez fue casualidad, respondió Ingrid, incómoda con la idea de ser tema de conversación. Aquí dentro casi nada es casualidad”, murmuró Fruken Jensen, que las había seguido. Y menos cuando se trata del heredero.
Caminaron hasta una salita cercana donde la señora Matsen le indicó a Ingrid que se sentara. “Hasta ahora ha logrado lo que ninguna otra”, dijo la ama de llaves. Sin embargo, esto es delicado. No debe hablar de lo que vio ni de lo que cantó. Aquí las paredes oyen. No voy a presumir nada, señora, aseguró Ingrid. Solo quiero trabajar. Eso espero. Por ahora considérese en servicio. Hoy dormirá en el ala de los sirvientes. Mañana discutiremos su salario y sus obligaciones con detalle.
¿Alguna pregunta? Solo por qué el príncipe Eric no quiere a las demás. Preguntó Ingrid con cuidado. Es por la muerte de su madre. La dama friken Jensen suspiró. El niño siente todo, el cambio de brazos, de voces, de olores. Y sí, la ausencia de la princesa pesa. A veces los adultos creemos que los bebés no perciben, pero lo sienten todo.
Usted tuvo suerte, señorita Larsen, o algo más que suerte. No lo sé”, murmuró Ingrid inquieta. “Yo solo hice lo que haría con cualquier niño. Justo por eso quizá funcionó”, dijo la señora Matsen. “Le avisaremos si el príncipe Frederick decide.” La puerta se abrió de nuevo. El mismo guardia que había traído a Ingrid se asomó.
“La presencia de la señorita Larsen se requiere otra vez en el cuarto del príncipe Eric”, anunció. De inmediato, Ingrid se puso de pie, sintiendo que su corazón volvía a correr. Siguió al guardia por el pasillo hasta la misma puerta que ahora estaba entreabierta. Entró. El cuarto estaba casi igual, aunque la luz era un poco más suave.
El príncipe Frederick estaba junto a la cuna de pie, con una mano apoyada en el borde. Volteó cuando la escuchó entrar. “Arques”, pidió él. Ingrid caminó despacio hasta quedar a su lado. Miró al bebé. Eric se movía inquieto como si luchara entre seguir dormido o despertar. Sus labios se abrían y cerraban en pequeños movimientos. “Desde que salió no se ha terminado de calmar”, dijo Frederick.
No lloró fuerte, pero hace estos sonidos como si buscara algo que le falta. Ingrid sintió una mezcla extraña de calidez y responsabilidad. Se inclinó un poco, “Alteza.” susurró hacia el bebé. Estoy aquí. El niño pareció reconocer la voz. Su expresión se suavizó apenas. Frederick observó cada detalle. “Cántele otra vez”, pidió él bajo. Ingrid obedeció sin discutir.
Tarareó la misma melodía con la misma suavidad. Esta vez, al hacerlo, tuvo una extraña sensación en el pecho, como si la canción no fuera solo suya ni del bebé, sino de alguien que ya no estaba. Cuando terminó, el silencio cayó de nuevo. El príncipe Eric, medio dormido, movió la cabeza hacia ellos.
Sus labios formaron un pequeño sonido, un balbuceo que al principio no tuvo forma. “Scott”, susurró el bebé, casi inaudible. El corazón de Frederick se detuvo un segundo. Tenía grabada esa palabra. Su esposa la había usado a solas apenas un par de veces para nombrar al bebé y a él mismo. Era una palabra privada, íntima, que nunca se decía frente a otros.
Ingrid la escuchó también. No entendió por qué, pero un eco en su memoria la obligó a repetirla en el mismo tono suave. Scott, repitió acariciando con la mirada al bebé. Frederick volvió la vista hacia ella, pálido, con los ojos muy abiertos, y mientras el silencio llenaba la habitación, solo pudo preguntarse cómo era posible que esa joven desconocida conociera una palabra que hasta ese momento pertenecía solo a su esposa, a su hijo y a él. El silencio duró demasiado.
Ingrid sintió que debía decir algo, pero no sabía qué. El príncipe Frederick la miraba fijo, como si buscara una mentira en su rostro. ¿Quién le enseñó esa palabra?, preguntó por fin en voz baja. Scat, repitió Ingrid insegura. No lo sé, Altea. Me salió sola. El bebé la dijo y yo solo la repetí. Frederick apretó la mandíbula. Esa palabra no es común, dijo.
No la usábamos frente a los sirvientes ni frente a nadie. Era privada. Ingrid se sintió de pronto muy fuera de lugar. “Le juro que no estoy inventando nada”, murmuró. “No vine aquí a causar problemas.” La puerta se abrió y asomó la cabeza a la señora Matsen. “Alteza, dijo, “¿Todo está bien?” Frederick se apartó de la cuna.
“Por ahora sí”, respondió sin quitarle del todo la vista a Ingrid. La señorita Larsen se quedará, por lo menos hasta nuevo aviso. La ama de llave se sorprendió. Entonces, quiero que se encargue del príncipe Eric, confirmó él, pero bajo supervisión. Cualquier cosa inusual que haga, cualquier palabra que diga, me lo informan. Entendido, alteza.
Dijo la señora Matsen. Frederick se volvió a Ingrid. Usted dormirá en el ala de los sirvientes, cerca del cuarto del príncipe, indicó. comerá con el resto de la servidumbre y cuando esté con mi hijo nunca estará completamente sola. ¿Queda claro? Sí, alteza, respondió ella. Bien, concluyó él. Ahora puede retirarse. El príncipe necesita descansar.
Ingrid se inclinó con torpeza y salió tras la señora Matsen. Cuando se cerró la puerta, se dio cuenta de que iba temblando. “No se asuste tanto”, dijo la ama de llaves mientras caminaban. Si el niño no la hubiera aceptado, ya estaríamos despidiéndola. Eso ya es una ventaja. Pero el príncipe cree que yo, Ingrid dudo. No sé qué piensa.
Él piensa en muchas cosas, respondió la señora Matsen. Ha perdido a su esposa hace muy poco y ahora ve a su hijo reaccionar de una forma que no entiende. No tome todo como algo personal. siguieron por pasillos más estrechos hasta llegar al ala de los sirvientes. Había puertas sencillas, olor a jabón y a comida. Una criada joven, la misma que antes la había advertido sobre las mordidas, las esperaba.
“Esta será su cama”, dijo la criada señalando una habitación compartida con otras dos camas. “Yo soy Ana.” Ingrid sonríó, un poco aliviada de ver un rostro menos rígido. Gracias, Ana. Todas ya saben tu nombre. comentó la muchacha bajito. Estas paredes son más rápidas que los caballos del palacio.
En la habitación, una de las otras criadas, pelirroja y pecosa, levantó la vista desde la ropa que estaba doblando. “¿Tú eres la que no fue mordida?”, preguntó directa. “Parece que sí”, respondió Ingrid sin saber cómo tomarlo. “Pues felicidades”, dijo la pelirroja dejando la tela sobre la cama. A mí me hubiera dado miedo acercarme. Soy Karen.
La tercera muchacha, de cabello oscuro y mirada fría, ni siquiera levantó la vista. Tal vez el niño solo estaba cansado de morder. Murmuró. No es para tanto. Ana la regañó con los ojos. No seas así, Marta. Marta encogió los hombros. Solo digo aquí todos se creen especiales cuando pisan por primera vez ese cuarto. Luego se dan cuenta de que somos reemplazables.
Ingrid sintió el golpe de esas palabras, aunque Marta las hubiera dicho con aparente indiferencia. Antes de que pudiera contestar, sonó una campanilla en el pasillo. “Llaman del ala del príncipe”, anunció Ana. deben estar acomodando al niño. Si escuchas esa campana dos veces, quieren agua caliente. Si suena tres, te llaman a ti.
Esa noche la campana sonó tres veces. Ingrid casi tiró la manta que estaba doblando. Corrió por el pasillo siguiendo el sonido hasta el cuarto de Eric. Adentro, la dama Fruken Jensen intentaba calmar al niño que se agitaba inquieto, sin llorar fuerte, pero a punto, “Entre, señorita Larsen”, dijo la dama.
Desde que usted salió, él no termina de dormir. Ingrid se acercó a la cuna. “Altezza Eric”, susurró. “Ya estoy aquí.” El bebé abrió los ojos, reconoció su voz y extendió la mano. Ingrid lo cargó con cuidado. En cuanto lo tuvo en brazos, el niño soltó un sonido de alivio. “Parece que sí la prefiere”, comentó Froken Jensen, medio sorprendida, medio preocupada.
Dele tiempo”, respondió Ingrid meciéndolo. Ha pasado por muchas manos. Sin pensarlo, comenzó a tararear la misma canción. La dama de compañía la observó un rato con una sombra de memoria en el rostro. “Es increíble”, murmuró. “Canta igual que la princesa en sus últimos meses. Tal vez todos los arrullos se parecen”, dijo Ingrid incómoda. “No”, negó la dama.
No, este, esta melodía era distinta. Eric se quedó dormido otra vez. Ingrid lo acomodó en la cuna, le acarició el pelo suave y se apartó. “Puede retirarse por ahora”, dijo Froken Jensen. “Pero no se aleje mucho del ala, es posible que lo vuelva a llamar.” Los días siguientes tomaron un ritmo diferente.
Cada mañana, Ingrid entraba al cuarto del príncipe antes de que saliera el sol. revisaba las mantas, cambiaba pañales, le ofrecía el biberón. El niño se acostumbró rápido a su voz. Bastaba que ella dijera su nombre para que dejara de patalear. A veces ni siquiera tenía que cargarlo. Con verlo a través de la cuna se calmaba. Pero mientras más tranquilo se volvía el bebé, más inquieto se volvía el palacio.
En la cocina las voces subían de tono cuando Ingrid no estaba. En cuanto ella entraba, los cuchicheos bajaban, pero no del todo. “Dicen que el príncipe la observa desde la puerta”, susurró una lavandera, como si quisiera descubrir qué truco usa.
“Dicen que el niño le dio un beso de bienvenida”, añadió otra con una risa que no era del todo amable. “A nosotras ni nos miraría a la cara. “Dicen que canta como la princesa,”, agregó alguien más. Eso no es normal. Ana intentaba cambiar de tema cuando oía esos comentarios, pero no siempre lo lograba. Un mediodía, mientras Ingrid probaba un poco de sopa parada en un rincón, escuchó claramente la voz de Marta al otro lado de la mesa.
“Yo digo que una campesina no aprende esas canciones así nada más”, comentó clavando la cuchara en el pan. Alguien se las enseñó. Alguien que viene de otra parte. “Tu envidia viene de otra parte también”, respondió Ana molesta. Marta la ignoró y eso de que el bebé solo se calma con ella siguió. No me gusta.
Los niños sienten cosas y si no es algo bueno? Ingrid apretó el tazón entre las manos. Estoy aquí, ¿sabes?, dijo tratando de mantener la voz tranquila. Si te preocupa algo de mí, puedes decírmelo de frente. Marta alzó por fin la vista. Sonrió sin alegría. Claro, se lo diré al príncipe, contestó. Tal vez tú puedas decírselo al oído mientras lo arrullas.
El comentario cayó como piedra. Ana golpeó la mesa. Basta, Marta. La ama de llaves apareció en la puerta como si hubiera olido el conflicto. ¿Qué pasa aquí? Todas se enderezaron. Marta se encogió de hombros. Nada, señora, solo hablábamos de las nuevas tareas. La señora Matsen miró a Ingrid. Usted conmigo ordenó.
Subieron por un pasillo menos transitado hasta una puerta doble. La ama de llaves tocó una vez y abrió. Era un despacho amplio con libros, mapas y una mesa con papeles. El príncipe Frederick estaba ahí de pie junto a la ventana. No llevaba uniforme de gala, solo ropa sobria, pero aún así imponía. “Alteza”, dijo la señora Matsen. “Traigo a la señorita Larsen.” “Déjenos,”, indicó él.
La ama de llaves salió cerrando la puerta. Ingrid se quedó de pie sin saber si sentarse, si inclinarse, si hablar. “Tome asiento”, dijo Frederic señalando una silla frente a la mesa. Ella obedeció. “Me han informado,” empezó él, que el príncipe Eric come mejor, duerme más y grita menos desde que usted está con él. Me alegra, Alteza, respondió.
Él solo necesitaba un poco de No termine la frase, la interrumpió él. No se precipite a explicar algo que yo llevo meses intentando entender. Ingrid bajó la mirada. También me han informado, siguió Frederick, que algunos en el palacio han empezado a hablar de usted más de lo necesario y que su canción ha despertado curiosidad.
Ella respiró hondo. No controlo lo que otros dicen, alteza. Solo hago mi trabajo. Por eso la mandé llamar, dijo él. Quiero saber quién es exactamente Ingrid Larsen, más allá de una joven que necesita trabajo. Sus ojos se suavizaron un poco al decir su nombre, pero su tono siguió firme. Nací en un pueblo pequeño, alteza, empezó ella.
Mi padre murió cuando yo era niña. Mi madre se detuvo. Casi no la recuerdo. Me crió una familia que me dio techo y comida a cambio de trabajo. Ayudaba en la casa, en la cosecha y cuidaba a los niños de otros. ¿Sabe leer?, preguntó él. Un poco lo básico. Un pastor nos enseñaba algunas palabras. Y viajar.
¿Ha salido alguna vez de ese pueblo antes de venir a Copenhague? Solo al mercado de la ciudad más cercana, Alteza, nunca tan lejos. Frederick la miró midiendo la sinceridad de cada respuesta. Hábleme de esa canción, pidió. Quiero que me cuente lo que recuerde, así parezca sin importancia. Ingrid entrelazó los dedos sobre su falda. No sé mucho, admitió.
Solo sé que cuando era muy pequeña, más pequeña que el príncipe Eric, alguien me cantaba algo parecido. No sé si era mi madre. o alguna mujer que pasó por la casa. A veces siento que fue un sueño. La melodía se quedó, pero la voz no. La canción aparece sola cuando estoy muy preocupada por un niño. Nadie en su pueblo la conoce, insistió él.
Pregunté una vez hace años, recordó Ingrid. Me dijeron que tal vez la habría inventado yo, que nunca la habían escuchado. Frederick frunció el seño. Mi esposa empezó y tuvo que corregirse. La princesa cantaba esa melodía en este palacio. Dijo que la recordaba de su juventud, de una noche lejana. Nunca explicó más. Se hizo un silencio breve.
Ingrid sintió un peso extraño en el pecho, como si estuvieran hablando de algo que la tocaba sin permiso. Alteza dijo con cuidado. No sé por qué el príncipe Eric me acepta. No puedo prometer que no va a llorar nunca, pero sí puedo prometer que lo cuidaré con todo lo que pueda. No necesito entender la canción para hacerlo.
Frederick apoyó las manos sobre la mesa. Justo ahí está el problema, replicó. Hay cosas que yo sí necesito entender. Aquí no hay espacio para coincidencias que se repiten. La miró de nuevo, esta vez con algo menos duro en la mirada. Pero también sé reconocer cuando algo le hace bien a mi hijo añadió, “y usted por alguna razón se lo hace.
Así que seguirá en su puesto, no se irá, aunque a muchos no les guste. Gracias, Alteza! Dijo Ingrid, sorprendida por ese respaldo. No me lo agradezca todavía”, advirtió él. “Ganarse al príncipe Eric no es lo mismo que ganarse al palacio.” La frase se le quedó grabada. Al salir del despacho, la señora Matsen la estaba esperando. “¿Todo bien?”, preguntó.
“Creo que sí”, respondió Ingrid, aunque no estaba segura de nada. El príncipe dijo que me quedo. La ama de llaves asintió, pero su expresión era seria. Entonces, prepárese, dijo. A partir de ahora la estarán mirando con lupa, algunos con curiosidad, otros con recelo. No les dé motivos para hablar más de lo necesario, pero los motivos parecían aparecer solos.
Esa tarde otra niñera, una que hasta entonces se había encargado de bañar al príncipe, entró al cuarto con Ingrid para ayudar a cambiarlo. Mientras Ingrid lo sostenía envuelto en una toalla, el bebé empezó a moverse inquieto. “Déjame intentarlo yo”, dijo la otra algo mayor, con tono seguro. “Tengo experiencia.” Ingrid le pasó al niño sin problema.
quería evitar parecer posesiva. Sin embargo, apenas cambió de brazos, Eric se puso rígido. No lloró, pero hizo una mueca de desagrado y buscó a Ingrid con la mirada. “No exageres, pequeño”, dijo la niñera tratando de acomodarlo. El bebé hizo un sonido más fuerte. Sus manos empujaron hacia atrás. Ingrid dio un paso. Tal vez debería empezó. No, no.
La detuvo la otra. No es sano que solo te quiera a ti. Tiene que acostumbrarse a todos. Intentó acercar al niño a su hombro, pero Eric giró la cabeza y soltó un quejido que ya sonaba a llanto inminente. Ingrid sintió algo parecido a un tirón en el pecho. “Déjeme ayudarlo, por favor”, pidió. En ese momento, la puerta se abrió.
El príncipe Frederick asomó medio cuerpo, vio al niño incómodo, a la otra niñera esforzándose y a Ingrid dando un paso hacia adelante. “Ingrid”, dijo él, “Tómelo usted.” La otra niñera abrió la boca para protestar, pero se contuvo. Ingrid recibió al bebé. En cuanto lo tuvo de vuelta en brazos, Eric dejó de quejarse. Su respiración se calmó. La diferencia era evidente.
“¡Ya ve!”, se atrevió a decir el príncipe dirigiéndose a la niñera mayor. No es cuestión de capricho, es cuestión de quién lo entiende mejor. La mujer agachó la cabeza dolida en su orgullo, como usted diga alteza. Después de que el príncipe saliera, la niñera guardó los trapos en silencio. Cuando pasaba junto a Ingrid, murmuró lo suficiente para que ella escuchara.
Algunas personas nacen con suerte, otras nos tenemos que conformar con el trabajo pesado. Ingrid quiso decirle que no era suerte, que ella también venía de lo pesado, pero supo que cualquier palabra empeoraría las cosas. Esa noche los murmullos se hicieron más afilados. Mientras recogían los platos en el comedor de la servidumbre, Marta lanzó otro comentario.
“Parece que la favorita del príncipe no solo es el bebé”, dijo con sonrisa torcida. “¿No estás hablando de mí?”, cortó Ingrid firme. “¿Segura?”, replicó Marta. “Lo vi con mis propios ojos. Él te llama por tu nombre. A las demás nos llama usted.” Anna se metió en medio. “Deja de inventar historias, Marta. Nadie va a creerte.” En este lugar se creen muchas cosas, respondió Marta, y no necesitas que sean verdad para que te arruinen. Ingrid se fue a dormir con la garganta apretada.
Sabía que no había hecho nada para provocar esas sospechas. Había sido respetuosa, cuidadosa, distante con el príncipe, pero también sabía que las miradas no siempre siguen la lógica. Esa misma semana, la abuela del príncipe Eric, la madre de Frederick, pidió ver al niño. Ingrid lo llevó a una sala donde la reina madre lo esperaba en un sillón rodeada de pocos asistentes.
“¿Tú eres Ingrid?”, preguntó la señora mayor mirándola con interés. “Sí, alteza”, respondió Ingrid inclinándose lo mejor que pudo sin soltar al niño. “Me han dicho que mi nieto te aprecia”, dijo la reina madre. Eso no es poca cosa. Erik alargó la mano hacia su abuela, que sonrió con ternura. Se parece mucho a ella, murmuró la reina con un dejo de tristeza que Ingrid respetó.
¿Qué le cantas cuando llora? Una canción antigua, contestó Ingrid. No sé de dónde viene. Tal vez si lo sabes y solo lo has olvidado, dijo la reina mirándola con unos ojos que parecían ver más allá. El corazón tiene mejor memoria que la cabeza. Antes de que Ingrid pudiera responder, un consejero se acercó a la reina para hablarle de asuntos del día.
Ingrid se alejó con Eric todavía en brazos. Había tantas piezas sueltas que empezaban a darle vueltas en la cabeza. Esa noche, cuando por fin terminó sus tareas, salió un momento al corredor para respirar aire menos viciado. La luz de los candelabros era suave. El palacio estaba tranquilo por primera vez en horas. Se recargó en la pared cansada.
Cerró los ojos un momento. Escuchó pasos lentos. Señorita Larsen. Abrió los ojos. Frente a ella estaba un hombre mayor de cabello más blanco que gris, espalda encorbada pero mirada clara. Ingrid lo había visto varias veces, siempre moviéndose sin ruido, siempre con algo entre las manos.
Era Hans, el sirviente más antiguo del palacio. Buenas noches, señor Hans. Saludó Ingrid. ¿Necesita algo? Él negó con la cabeza. No, solo necesitaba ver con mis propios ojos a la joven de la que todos hablan, dijo con una media sonrisa cansada. Ojalá hablaran menos, respondió ella en voz baja. Hans se acercó un poco más con pasos cortos. A veces los murmuros dicen más sobre quién murmura.
que sobre quién es murmurado, comentó. Pero entiendo que no es fácil estar en el centro de tantas miradas. Yo solo quiero cuidar al príncipe Eric, dijo Ingrid. No busco nada más. Eso es precisamente lo que algunos no entienden, respondió el anciano. Aquí todos creen que cualquiera que se acerque a la familia real quiere algo. Hubo un rato de silencio.
Hans la miró con curiosidad tranquila. Te escuché cantar hoy por la mañana”, dijo al fin. Estaba pasando por el pasillo llevando sábanas. Esa canción tiene tiempo que no se oye aquí. ¿También usted la conocía? Preguntó Ingrid con sorpresa. “La conocí una vez”, respondió Hans.
Antes de que naciera el príncipe Eric, antes de que la princesa enfermara, Ingrid sintió que se le encogía el estómago. “¿Me dijeron algo de una noche?” Empezó. Hans asintió despacio. Una noche, hace años, la princesa recibió una visita. Contó una mujer que nadie de nosotros había visto antes. No era noble, pero tampoco parecía pobre. Entró tarde, salió antes de que amaneciera. Se encerraron a hablar. Nadie sabe qué se dijeron.
Solo sé que esa noche, por primera vez, escuché en estos pasillos la canción que tú cantas ahora. Hans se quedó viendo a Ingrid como esperando su reacción. Ella sintió un escalofrío leve. La misma canción, preguntó. ¿Estás seguro? Los viejos oídos no olvidan tan fácil, respondió él. Y menos algo que no encaja.
Ingrid se recargó un poco en la pared. ¿Quién era esa mujer?, preguntó. ¿Supieron su nombre? Hans negócio. No, solo la vi de lejos. Llevaba un abrigo oscuro, pero no parecía pobre. Caminaba con seguridad, como si ya conociera el palacio. Entró sin ruido y salió igual. Solo supe que venía por la princesa, porque la dama de compañía la acompañó hasta sus habitaciones.
Y usted escuchó la canción. ¿Cómo? Insistió Ingrid. Yo llevaba leña para la chimenea del pasillo contestó Hans. No podía entrar al cuarto, pero la puerta estaba entreabierta. Escuché su voz y luego otra, la de la princesa, repitiendo la misma melodía, equivocándose en algunas notas, riéndose bajito.
El eco de esa risa no se me olvida. Después de eso, la princesa empezó a cantar esa canción más seguido, sobre todo cuando estaba sola. Ingrid tragó saliva. ¿Sabe de qué hablaron?, preguntó. Escuchó algo más. Hans frunció un poco el ceño, como si rebuscara entre recuerdos muy viejos. Palabras sueltas, admitió. No me acerqué demasiado, no era mi lugar, pero oí un promesa y varias veces la palabra niña, también el nombre de la ciudad donde tú naciste.
Lo recuerdo porque pensé, “Qué raro la princesa hablando de un pueblo tan pequeño.” Ingrid sintió que el corazón le dio un salto. “Mi pueblo”, murmuró. “¿Estás seguro?” “En este trabajo uno aprende a grabarse nombres.” dijo Hans, por si algún día alguien los vuelve a mencionar. Y ahora, mírate, vienes justo de ahí y cantas la misma canción.
Tienes la edad que tendría una niña que vi alguna vez en ese patio trasero con trenzas y un vestido prestado Ingrid lo miró con sorpresa. ¿Me vio? Susurró. ¿Cuándo? Hans sonrió apenas. Hace muchos años fui a entregar unos documentos a una casa cercana a tu pueblo explicó. No era tu hogar, era de los que te acogieron.
Había una niña fuera cantando bajito mientras cuidaba a un niño más chico. La melodía era parecida, no era igual, pero casi. Recuerdo que pensé, esa niña canta como si el mundo se le fuera a romper, pero no se rinde. Ingrid sintió que el pasillo se le quedaba chico. No puede ser casualidad, dijo apenas audible. A este lugar le encantan las coincidencias raras”, respondió Hans.
“Pero yo creo que algunas son más bien caminos que se van cruzando. Es todo lo que sé. Lo demás solo lo saben la princesa, esa mujer. Y quizá ahora tú.” Ella lo miró confundida. “Yo no sé nada.” Hans inclinó un poco la cabeza. “Tal vez no con la cabeza, dijo. Pero algo en ti sí sabe. Por eso el niño te acepta.
Por eso esa canción volvió. El palacio tiene memoria larga y los bebés también. Se hizo un silencio corto. Desde lejos se escuchó un llanto ahogado que no era de Eric, sino de algún niño de la servidumbre. La vida seguía. ¿Por qué me dice todo esto?, preguntó Ingrid al fin. Podría habérselo guardado. Porque te van a exigir explicaciones, respondió Hans.
Y es peor enfrentar preguntas sin siquiera saber lo que otros sospechan. Tú decides qué haces con esto. Ingridtió despacio. Gracias, dijo, aunque ahora no sé si respirar más tranquila o preocuparme más. Han soltó una risa leve. En este palacio, si respiras tranquila por más de un día, ya es un lujo, comentó. Y ahora, vete a dormir.
Mañana el príncipe Eric volverá a pedirte la canción y no querrás cantarla con la voz quebrada. Esa noche, Ingrid tardó en conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, veía a una mujer desconocida cruzando un pasillo, acercándose a una cuna que no existía aún, y palabras flotando. Promesa, niña, canción, pueblo. Los días siguientes, las piezas empezaron a moverse sin que ella hiciera nada especial.
Eric siguió buscándola con avidez. Cuando la veía entrar, sonreía de esa forma pequeña de los bebés. medio torpe pero luminosa. Empezó a balbucear sonidos nuevos. Algunas veces parecía intentar decir su nombre, aunque terminaba en algo incomprensible. La servidumbre poco a poco dejó de reírse tanto de la historia de las niñeras mordidas.
Ahora el chisme principal era Ingrid. Había quienes la miraban con curiosidad franca, otros con recelo y unos cuantos con abierta antipatía, pero nadie podía negar lo obvio. El niño estaba mejor. Hoy casi no lloró”, comentó Ana una tarde mientras doblaban sábanas. La dama de compañía dijo que hasta comió más rápido.
“Eso es bueno”, respondió Ingrid guardando una funda de almohada. Significa que se está acostumbrando. Significa que si te llegaran a correr, va a ser un escándalo, añadió Ana. Ya no pueden decir que ninguna niñera resiste. Ahora sí tendrían que dar una razón. Ingrid no quería ni pensar en eso.
Prefería enfocarse en las tareas del día, limpiar, revisar pañales, cantar, repetir la misma ronda una y otra vez. Una tarde, mientras Ingrid jugaba con Eric en una manta extendida en el piso del cuarto, el príncipe Frederick apareció en la puerta. No llamó, solo se quedó recargado en el marco mirándolos. Ingrid lo vio de reojo y se enderezó un poco. Alteza saludó acomodando al bebé.
Siga dijo él. No se detenga por mí. Ella volvió la atención al niño, pero sintió sus ojos encima. Eric, entretenido con una tela doblada, dio pataditas en el aire. Está más fuerte, comentó Frederick, acercándose despacio. Antes se cansaba más rápido. Se mueve mucho, dijo Ingrid. Creo que va a querer correr antes de aprender a caminar.
El príncipe sonrió apenas se sentó en una silla cercana a medio camino entre la puerta y la manta. ¿Qué están haciendo?, preguntó. Solo juego, respondió Ingrid. Le enseño a agarrar cosas, a soltar otras, a no jalarme el cabello. Frederick bajó la vista hacia su hijo. A mí también me jalaba el cabello. Dijo con un tono de nostalgia que Ingrid no le había escuchado, aunque casi no lo cargaba.
Quise, pero siempre había alguien diciendo que no era momento. Ingrid lo miró con cuidado. Ahora es momento se atrevió a decir, si quiere. Él dudó. ¿Cree que no lo voy a inquietar? preguntó bajando la voz. Si lo carga con calma, no respondió Ingrid. Yo se lo paso. Tomó al bebé y se acercó. Por un segundo, los dedos de ambos se rozaron cuando ella acomodó a Eric en los brazos de su padre.
La piel de él estaba fría, la de ella cálida. Fue solo un instante, pero Ingrid sintió un pequeño chispazo en el pecho que ignoró con rapidez. Eric miró a Frederick con curiosidad. Estaba serio al principio, como evaluando. Después tocó la barba corta del príncipe con sus dedos, tirando un poco. No lloró. No mordió. Solo soltó un sonido inseguro que casi parecía una risa.
Frederick miró a Ingrid como si buscara su aprobación. Lo está haciendo bien”, dijo ella, “solo sosténgalo firme. Nunca pensé necesitar instrucciones para cargar a mi propio hijo”, murmuró él medio en broma, medio en seria confesión. “No se trata de instrucciones”, contestó Ingrid. Solo de práctica. Él también está aprendiendo a conocerlo. Esa escena se repitió varias veces en los días siguientes.
El príncipe ya no entraba solo para observar desde la puerta. empezó a participar, a tomar al niño, a preguntar cosas pequeñas, cuánto había comido, si había dormido bien, si la tos que había tenido había desaparecido del todo. Entre pregunta y pregunta, algo en la forma de hablarle a Ingrid cambió. Seguía tratándola de usted, pero el tono era menos frío.
¿Le pesan mucho los brazos?, le preguntó una tarde al verla con el bebé dormido contra el pecho. Me acostumbré desde antes de llegar aquí, respondió. En mi pueblo cargaba niños todo el día. Nunca pensó en otra vida”, insistió él. “Algo más que cuidar hijos ajenos.” Ingrid dudó. “Pensar, sí”, admitió, “pero uno no come de pensamientos.” Frederick bajó la mirada. “Entiendo.
” A veces, en esas conversaciones cortas, Ingrid veía en sus ojos a un hombre menos príncipe y más solo, pero no se atrevía a profundizar. Sabía cuál era su lugar. El rumor sobre la misteriosa noche volvió a alcanzarla. Un mediodía, mientras ajustaba los listones de la cuna, la dama Frooken Jensen se quedó parada junto a la ventana mirándola.
“Hans, ¿habló contigo, verdad?”, preguntó sin rodeos. Ingrid sintió que se le apretaba el estómago. “¿Me contó algo?”, respondió. “No sé si debía hacerlo.” “Lo conozco”, dijo la dama. “Él no suelta historias porque sí. Si te dijo algo es porque cree que necesitas saberlo. Me habló de una mujer que visitó a la princesa continuó Ingrid.
De una canción, de una promesa. No entiendo qué tiene que ver conmigo. Fruken Jensen la miró con ojos cansados. Yo estuve esa noche detrás de la puerta, confesó. No escuché todo, pero escuché suficiente. La princesa lloraba. Tenía miedo de morir antes de que el niño naciera.
Esa mujer le hablaba de una niña con corazón de madre que había conocido en un pueblo. Le prometió que si algún día era necesario alguien buscaría a esa niña. Ingrid se quedó inmóvil. ¿Y lo hicieron?, preguntó. ¿Buscó alguien a esa niña? No lo sé, dijo la dama. Poco después, la princesa empeoró. Hubo médicos, visitas, idas y venidas. No pude seguir ese hilo, pero ahora te veo a ti cantando la misma canción con la edad justa, con esa forma de mirar al príncipe Eric.
Y me pregunto, yo no recuerdo que nadie me buscara, murmuró Ingrid. Solo recuerdo una señora que me miró mucho cuando yo era chica. Me preguntó si me gustaban los bebés, luego desapareció. Nunca supe quién era. “Tal vez no debemos forzar las piezas”, dijo Fren Jensen. “Lo importante ahora es que el niño está bien. El resto vendrá solo, ¿o no? Esa noche hubo tormenta.
” La lluvia golpeaba los cristales con fuerza. El viento se colaba por las esquinas haciendo gemir algunas ventanas. Ingrid se quedó un rato más en el cuarto de Eric, esperando que los truenos no lo despertaran. El bebé al principio se movía inquieto cada vez que se escuchaba un estruendo lejano. Ingrid se acercaba, le ponía la mano en el pecho y murmuraba la canción.
Poco a poco se calmaba. Cerca de la medianoche, el príncipe Frederick entró sin anunciarse. Su cabello estaba un poco despeinado, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces. Tenía ojeras. ¿Sigue dormido?, preguntó en voz baja. Casi, respondió Ingrid. Los truenos lo inquietan, pero se vuelve a quedar dormido pronto.
Frederick se acercó a la cuna, miró al bebé y luego a Ingrid. No puedo dormir, admitió. Cuando hay tormentas, recuerdo la noche en que no terminó la frase. En fin, solo quería ver a mi hijo. Ingrid lo dejó en silencio un momento. Si quiere, puedo quedarme hasta que mejore el clima, ofreció. No me pesa, ya ha hecho demasiado hoy, dijo Frederick. No es su obligación pasar la noche en vela.
No sería la primera vez, sonríó ella leve, ni la última. Un trueno más cercano hizo vibrar los cristales. Eric se sobresaltó, soltó un gemido, movió los brazos, abrió los ojos. Tranquilo, alteza! Susurró Ingrid acercándose. Solo es ruido. El niño la buscó con la mirada. Ingrid extendió la mano, pero algo llamó su atención.
En lugar de aferrarse a sus dedos, Eric estiró el brazo hacia el lado opuesto, hacia el lugar donde el colchón de la cuna se hundía ligeramente contra la madera. Frederick frunció el ceño. ¿Qué hace?, preguntó. Eric, parecía insistir, empujando su mano hacia abajo contra la tela. Soltó un pequeño quejido frustrado.
“Creo que quiere algo”, dijo Ingrid sin estar segura. algo que está ahí. Con cuidado metió la mano entre el colchón y el borde de la cuna. Notó algo duro, pequeño, escondido entre las telas. Lo tomó y lo sacó. Era un medallón dorado, simple, con marcas del tiempo. Ingrid lo sostuvo en la palma. ¿Es suyo, Alteza?, preguntó sorprendida.
Frederick se quedó inmóvil. Ese Medallón, murmuró. Pensé que se había perdido. Lo tomó con cuidado, como si fuera algo frágil. Lo abrió con los dedos, sin darse cuenta de que Eric seguía con la mano extendida hacia él. Dentro había una miniatura diminuta, el rostro de la princesa sonriendo con una suavidad que Ingrid nunca había visto en los cuadros oficiales.
Del otro lado, una hebra fina de cabello claro, cuidadosamente colocada. Frederick tragó saliva. Era de ella. dijo casi para sí. Lo llevaba siempre. Un día ya no lo encontramos. Pensé que se había caído en algún pasillo. El príncipe Eric sabía que estaba aquí, susurró Ingrid viendo al bebé. O al menos lo sentía, Eric volvió a quejarse.
Estiró su manita hacia el medallón insistente. Frederick se lo acercó. El niño lo tocó con los dedos, apretándolo como si reconociera la textura. Entonces, algo raro sucedió. El bebé, con el medallón entre sus dedos, miró primero a Ingrid y luego a su padre. Sus labios se movieron. No fue un balbuceo cualquiera. No fue una sin forma. Sonó a palabra. Lfte, susurró.
Frederick se quedó helado. Ingrid no entendió el significado, pero reconoció el tono. Ese modo de voz que no parecía propio de un bebé. ¿Qué dijo?, preguntó ella confundida. Frederick levantó la mirada más pálido que de costumbre. Dijo, “Promesa,” respondió en un murmullo. Es la misma palabra que mi esposa usó la última noche que hablamos a solas.
La dijo así igual, con esa calma extraña, Eric volvió a apretar el medallón. Luego, como si eso no bastara, soltó el objeto y estiró el brazo hacia Ingrid, abriendo y cerrando la mano. Insistía, queriendo que ella lo tomara. Cuando Ingrid lo hizo, el bebé sonrió y apoyó la mano en su pecho, justo donde latía su corazón.
Frederick los miró a los dos, a su hijo señalando ese punto preciso en Ingrid, a la canción que flotaba todavía en la memoria del cuarto, al medallón abierto con el rostro de la princesa y sintió que todo lo que había intentado ignorar se juntaba de golpe en la misma escena, mientras una sola pregunta tan grande que dolía le cruzaba por los ojos cuando levantó la vista hacia Ingrid, completamente pálido. Frederick no habló de inmediato.
tenía el medallón abierto en la mano, el rostro de su esposa mirándolo desde el interior y al hijo tocando el pecho de Ingrid con toda la seguridad de un niño que sabe lo que quiere. Ingrid tragó saliva. Alteza intentó decir. Él levantó la mano libre. No diga nada, murmuró. No, ahora se quedó viendo al bebé un momento más, luego cerró despacio el medallón y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. como si necesitara esconderlo para pensar.
“Mañana hablaremos”, dijo sin mirarla directamente. “Vaya a descansar, señorita Larsen, yo me quedo con él.” Ingrid dudó. ¿Seguro que estoy seguro?”, cortó él con un tono firme. Aunque su mirada seguía perdida, ha hecho más que suficiente por hoy. Ella asintió lo más respetuosa que pudo. Se inclinó ligeramente, le dirigió una última mirada a Eric, que bostezaba otra vez, y salió del cuarto con el corazón revuelto. No durmió bien.
Cada vez que cerraba los ojos, regresaba a la escena del medallón. la palabra rara en boca del bebé, la forma en que la mano de Eric había golpeado justo sobre su corazón, como señalando algo que ella no terminaba de entender. A la mañana siguiente, antes de que Ingrid alcanzara siquiera el comedor de los sirvientes, la señora Matsen ya la estaba esperando en el pasillo.
El príncipe quiere verla, anunció. Ahora mismo, ¿está el príncipe Eric bien?, preguntó Ingrid alarmada. Está bien”, respondió la ama de llaves. “Esto no es por el niño, es por usted.” El camino hasta el despacho de Frederick se le hizo más largo que nunca. La señora Matsen tocó y abrió la puerta. El príncipe estaba de pie otra vez junto a la ventana con varios papeles sobre la mesa y el medallón en la mano.
También estaba Hans, el sirviente viejo, y Fruken Jensen, la dama de compañía. Ingrid sintió que se le secaba la boca. Pase”, dijo Frederick. Ella entró. La ama de llaves cerró la puerta trás de sí y se retiró dejándolos a los cuatro. “¡Siéntese”, indicó el príncipe a Ingrid, pero él mismo siguió de pie.
Ella obedeció con las manos quietas sobre la falda. “He pasado la noche pensando”, comenzó Frederick sin rodeos. “Y lo confieso, no he llegado a todas las respuestas que quisiera, pero sí he decidido que ya no podemos ignorar ciertas cosas.” le mostró el medallón. Este objeto desapareció hace meses, explicó. Era de mi esposa. Lo buscó todo el mundo. Nadie lo encontró.
Y anoche mi hijo, que apenas sabe sostener una cuchara, señaló el lugar exacto donde estaba escondido. Lo sacó con tu ayuda. Lo tocó y dijo una palabra que solo escuché de la boca de su madre cuando me habló de una promesa. Ingrid sintió que la mirada de los otros dos también caía sobre ella.
No sé qué hacer con eso, admitió. No sé qué significa. Yo tampoco lo sé del todo, dijo Frederick. Pero puedo buscar y ya empecé. Se volvió hacia Hans. Cuénteselo usted, le pidió. Hans se aclaró la garganta. Alteza, señorita, saludó. Esta mañana revisé algunos registros viejos. Los guardo en mi cuarto desde hace años.
Hay notas de visitas, nombres, fechas, cosas que nadie considera importantes, pero que yo nunca tiré porque, bueno, no sé estar sin papeles. Fruken Jensen asintió. Han sido más útiles de lo que imaginamos. Hans desenrolló un pequeño cuaderno. Encontré la noche de la que hablamos, continuó. La visita de la mujer que vino a ver a la princesa.
Venía de Copenhague, pero no era de la nobleza. Era una benefactora, una señora que se ocupaba de orfanatos y familias pobres. Su nombre, señora Holm. Ingrid escuchaba cada palabra como si fuera un golpe suave. En la nota siguió Hans, está claro. La princesa pidió hablar con ella en privado. No había médicos esa noche.
No había otros invitados, solo ellas dos. Después de eso, la señora Holmes salió casi al amanecer y en otra hoja encontré algo más. Abrió otro papel. Un par de meses después, la misma señora Holm recibió dinero del palacio para apoyo a una familia del pueblo de Mencionó el nombre del pueblo de Ingrid con una pronunciación que le sonó demasiado precisa y anotó una frase: “Niña con corazón valiente, buenas manos”, podría serla indicada.
Ingrid se quedó sin respiración. La indicada, ¿para qué? Preguntó apenas. Frederick tomó la palabra. Mi esposa tenía miedo. Dijo con una honestidad que no había mostrado antes. Miedo de morir y de dejar a nuestro hijo en manos de gente que lo viera solo como un heredero. Ella quería que alguien además de mí lo amara sin pensar en títulos.
Me habló una vez de buscar a una persona así. No alguien de la familia, no alguien atado a la política, solo un corazón capaz de contenerlo. Se acercó un poco a Ingrid. Ahora entiendo que aquella noche, cuando habló de una promesa se refería a esto, continuó. La señora Holm debía buscar a una niña con ese perfil, una niña que pudiera algún día, si era necesario, estar cerca del heredero, no como madre, no como sangre, como guardiana de su corazón. Ingrid bajó la mirada hacia sus manos. En mi pueblo”, dijo lentamente.
Hubo una señora que llegó de repente, bien vestida, pero sencilla. No era de ahí. Habló con la familia que me acogió, me miró mucho, me hizo preguntas raras, si me gustaban los niños, si los calmaba, si me desesperaba fácil. Nunca supe qué buscaba. Al poco tiempo se fue y la vida siguió igual.
Frederick respiró hondo. No siguió igual. replicó. Se desvió para llevarte hasta aquí, aunque haya tardado años. Se hizo un silencio corto. Se escuchaba el golpeteo lejano de unas cubetas en el patio. Apenas quiero que quede algo claro, añadió Frederick con firmeza. No eres hija de la princesa. No eres pariente nuestra. No hay secretos de sangre. Lo que hay es una elección.
Alguien vio algo en ti cuando eras niña y mi esposa, sabiéndolo, confió en que si algún día la vida se volvía cruel, esa niña podría ayudar a nuestro hijo de una manera que nadie más podría. Ingrid levantó la vista. Tenía los ojos brillantes, pero sostuvo la mirada. ¿Y usted cree que yo soy esa niña?, preguntó Frederick. No dudó. Lo creo dijo.
No por romanticismo ni por magia. Lo creo porque mi hijo, que no se deja tocar por nadie, se aferró a ti desde el primer día, porque cantas una canción que solo escuché en boca de mi esposa y que ni yo mismo puedo repetir igual, porque cada vez que intentamos separarlo de ti se inquieta.
Y porque anoche, con ese medallón en la mano, dijo, “Promesa.” Y te señaló el corazón. Hans bajó la cabeza como si la escena lo superara. Fruken Jensen se limpió discretamente una lágrima. “Yo solo soy una empleada, alteza”, susurró Ingrid. “No sé si estoy a la altura de algo tan grande. Nadie está a la altura de un bebé”, dijo Hans con una sonrisa cansada.
“Solo se está o no se está y tú estás.” Frederik asintió ligeramente. El problema es que el palacio ya empezó a darse cuenta de que no eres cualquier niñera, continuó. y eso trae complicaciones. Ingrid sintió una sombra fría. Complicaciones. ¿De qué tipo? Preguntó. Consejeros preocupados, nobles inquietos, criadas con demasiada lengua, enumeró Frederick. Gente que teme que tengas poder, donde según ellos no deberías tenerlo.
Y algunos que ya están insinuando que tu influencia puede ser un peligro. Peligro para quién, dijo Ingrid ofendida. Yo no mando en nadie. No importa lo que tú hagas”, explicó Fruken Jensen, “Importa lo que la imaginación de los demás invente.” Frederick se recargó en la mesa. “Hoy tendré una reunión con los consejeros”, informó.
“Van a pedirme con palabras finas que te saque del palacio o por lo menos que te aleje de Eric. Van a hablar de prudencia, de distancia necesaria, de decoro.” Ingrid sintió que el estómago se le hacía nudo. “¿Y qué piensa hacer, Alteza?” se atrevió a preguntar. Él la miró directo. Defender lo que sé que es bueno para mi hijo respondió. Eso incluye a su niñera.
La reunión fue esa misma tarde. Ingrid no entró, por supuesto, pero el rumor del encuentro se esparció como fuego sobre paja seca. Ana, que se encargaba de llevar bandejas a veces, llegaba al ala de los sirvientes con noticias a medias. Los consejeros están enojados”, dijo apenas cruzando la puerta sin contenerse.
“Dicen que el príncipe se está dejando llevar por la emoción.” “¿Emoción de qué?”, preguntó Karen la pelirroja. “¿Porque el niño al fin dejó de morder?” “Porque, bajó la voz Ana. Están convencidos de que Ingrid se está volviendo demasiado importante en el cuarto del heredero.” Marta, desde la mesa, soltó una carcajada corta.
Se los dije”, comentó. “Al final siempre hay un precio por ser especial.” Ingrid intentó no reaccionar. “¿Y qué hace el príncipe?”, preguntó enfocándose en Ana. “Lo escuché levantando la voz”, confesó ella, “no gritando, pero firme”, dijo que nadie más que tú ha logrado que Eric duerma tranquilo, que sería un acto de crueldad innecesaria separarlos.
Ingrid sintió un calor extraño en el pecho. “¿Dijo eso?”, murmuró. Y más”, añadió Ana, cuando un consejero insinuó que no era adecuado que una joven de origen humilde tuviera tanto acceso al heredero. El príncipe contestó que su madre también venía de una familia sin título y que el palacio no se cayó. Por eso, Karen soltó un silvido bajito.
Eso debió doler. Marta chasqueó la lengua. O lo empeoró. Apuntó. A esa gente no le gusta que les recuerden que también son humanos. Horas después, la puerta del despacho se abrió. Ingrid no lo vio, pero lo sintió. El ambiente cambió. Al poco tiempo, la señora Matsen apareció buscándola. El príncipe quiere hablar con usted otra vez, anunció.
Ingrid dejó lo que estaba haciendo y la siguió. Por el pasillo aún se escuchaban murmullos lejanos, pasos apresurados, la forma en que el palacio digería cualquier discusión importante. Cuando entró al despacho, Frederick estaba sentado. Esta vez la reina madre ocupaba una butaca en la esquina con expresión seria, pero no hostil. Hans y Fruken Jensen no estaban.
“Pase, Ingrid”, dijo la reina madre usando su nombre como si fuera algo natural. Eso la descolocó. Alteza saludó inclinándose. Frederick habló primero. Ya pasó la tormenta dijo. Por ahora la quieren fuera. Preguntó Ingrid directa. No tenía fuerzas para rodeos. La reina madre intercambió una mirada con su hijo.
¿Quieren muchas cosas, respondió ella. Algunos pidieron que te sacáramos del palacio, otros que por lo menos te mandáramos a otra área lejos del niño. Y usted, Ingrid miró a Frederick. Les dije que no, contestó él simple. Les dije que era yo quien decidía quién estaba cerca de mi hijo.
Les recordé que mientras sigamos en duelo por mi esposa, la última voluntad que yo conozco de ella cuenta más que sus miedos. Ellos hablan de apariencias. Yo hablo de un bebé que al fin duerme sin llorar. La reina madre sonrió apenas. No aplaudieron comentó, pero tampoco insistieron tanto como esperaban. ¿Por qué no?, preguntó Ingrid.
Porque ya no es solo una niñera cualquiera, explicó la reina. Mi hijo les mostró los registros que Hans encontró. les habló de la señora Holm, de la promesa, de la intención de la princesa. Y aunque ninguno de ellos entienda del todo, entendieron esto. Tú no apareciste aquí por accidente. Y si la princesa confió en la idea de ti, al menos deben respetarlo. Ingrid se quedó muy quieta.
Entonces, ¿puedo seguir cuidando a Eric? Preguntó sin confiarse. Fredericó. No solo puedes, dijo. A partir de hoy es oficial. Te nombraré formalmente como encargada principal del cuidado del príncipe Eric. No serás una criada más que puede ser despedida sin explicación. Tendrás un lugar en esta casa, un sueldo fijo, protección.
Eso va a hacer que hablen más, advirtió Ingrid en voz baja. Que hablen lo que quieran respondió la reina madre. La corte siempre busca algo de qué hablar. Es mejor que lo hagan sobre algo que al menos tiene sentido. Frederick se inclinó hacia ella. Sé que todo esto puede asustarte”, dijo. Una cosa es venir aquí solo a buscar trabajo. Otra descubrir que una parte de tu vida fue pensada desde antes.
Ingrid respiró hondo. “No sé si fue pensada”, contestó. “Pero sí sé que mire por dónde lo mire, siempre termina en el príncipe Eric. Y eso no me asusta, solo me pesa un poco. Para bien. La reina madre se levantó despacio. Te voy a pedir algo. Dijo acercándose. No de reina a servidora, de abuela a mujer joven.
No dejes que los rumores te arranquen la dulzura con la que miras a mi nieto. Esa es tu fuerza y es justamente lo que a muchos les incomoda. Que alguien pueda querer sin pedir nada. Primero le puso una mano suave en el brazo, luego se retiró con dignidad, dejando a Ingrid solas con Frederick.
Hubo unos segundos de silencio que no fueron incómodos, solo llenos. “Gracias”, dijo Ingrid al fin por defenderme. “No tenía por qué hacerlo.” “Sí tenía,”, replicó él. Defenderte a ti es defender a mi hijo. Y defender a mi hijo es lo único en lo que estoy completamente seguro ahora mismo. Ella lo miró dudando un momento.
Y usted se atrevió. ¿Quién lo defiende a usted? Él se quedó callado un segundo más de lo normal. Eso aún lo estoy averiguando, contestó con una sonrisa triste que se deshizo rápido. Pero no hablemos de mí. Los días siguientes fueron distintos. Oficializar a Ingrid cambió cosas. Ya no dormía en una cama cualquiera, entre muchas.
Le asignaron una habitación pequeña, pero propia, más cercana al cuarto del príncipe, con una mesita, una silla y un baúl donde podía guardar sus pocas cosas. La primera noche que durmió ahí, se sentó en la cama y tardó en creer que nadie la echaría de un día para otro. “Ahora sí eres importante”, bromeó Ana, ayudándola a mover una manta. Tienes cuarto propio y todo.
Solo tengo más responsabilidades, respondió Ingrid y más ojos encima. También tienes más personas que no se atreverán a hablarte tan feo como antes, apuntó Karen. Eso se agradece. Marta, al fondo doblando ropa, lanzó una mirada rápida. No todos nos callamos tan fácil, murmuró. Pero supongo que ahora habrá que tener más cuidado con las palabras.
Aún así, la actitud de la mayoría cambió. La ama de llaves la trataba con más respeto, aunque seguía siendo estricta. Algunos sirvientes la miraban con una especie de orgullo ajeno, como si el hecho de que una de los suyos tuviera un lugar especial cerca del heredero también los levantara un poco a ellos.
Con el príncipe Eric poco cambió en apariencia. Él seguía buscándola con la misma necesidad. Seguía calmándose con su canción. seguía apoyando la frente en la mejilla de Ingrid cuando estaba muy cansado. Lo que sí cambió fue la frecuencia con la que Frederik aparecía. Ya no solo venía por las noches o en momentos de alarma.
Empezó a llegar en horarios más tranquilos. A veces entraba sin decir nada. Se sentaba en la silla junto a la ventana y se quedaba viendo como Ingrid jugaba con Eric. Otras veces se agachaba en la manta y dejaba que el niño tirara de sus dedos mientras ella le contaba, sin pensarlo demasiado, pequeñas cosas de su vida anterior.
“En mi pueblo los inviernos eran largos”, le dijo un día mientras Eric intentaba ponerse de pie agarrado a la cuna. Teníamos que cubrir las ventanas con telas para que no entrara tanto frío. Los niños se enfermaban seguido. Yo aprendí a dormir con un oído despierto. Eso la cansa, preguntó Frederick. A veces, sonríó ella, pero aquí no es tan diferente, solo que ahora el techo es más alto. Él soltó una risa corta, genuina, que sorprendió a ambos.
Hace mucho que no me hacía gracia una comparación tan sencilla, admitió. Había momentos en que se quedaban callados, pero no eran silencios duros, eran pausas en las que se escuchaba a Eric balbucear, a los pájaros afuera, al palacio respirando. Poco a poco las subtramas invisibles se fueron acomodando.
La ama de llaves empezó a dejar de lado algunos recelos. Una tarde, mientras revisaban la lista de cosas que faltaban en el cuarto del príncipe, se detuvo un instante. “Tengo que decirle algo, señorita Larsen”, dijo. “Al principio dudé mucho de usted. Pensé que sería una problema como las otras, pero veo al niño y me alegra haberme equivocado.
No es obligación cambiar su opinión”, respondió Ingrid, un poco incómoda. “No lo hago por obligación”, negó la mujer. Lo hago porque trabajo mejor cuando reconozco lo que es cierto. Y lo cierto es que el príncipe Eric es más feliz desde que está con usted. Si necesita algo, hable primero conmigo. Haré lo posible por ayudar. Ese pequeño apoyo valía más que muchas palabras bonitas.
Hans, por su parte, seguía moviéndose por los pasillos con su paso tranquilo, pero ahora, cada vez que cruzaba a Ingrid, le hacía un gesto leve, como de conspirador. “Las promesas son caprichosas”, le dijo un día, “pero cuando se cumplen es mejor abrazarlas que huirles.” Marta, aunque no se transformó de pronto en amiga, bajó un poco la guardia.
Una noche, mientras lavaban trapos juntas, dejó caer una confesión. No me caías mal, ¿sabes? Dijo, “solo que me molestaba que las cosas se acomodaran alrededor de ti. Yo llevo años aquí sin que nadie me vea.” Yo tampoco pedí que me vieran así, respondió Ingrid. A veces preferiría que no lo hicieran. Marta la miró midiendo sus palabras.
Pues ya que te ven, haz que valga la pena”, dijo. Si tú logras que el heredero crezca, sabiendo que los sirvientes también son personas, ya será ganancia para todos. La sospecha más pesada, la que venía de los consejeros, también empezó a desinflarse, no porque mágicamente la aceptaran, sino porque se dieron cuenta de que el problema no daba más motivos.
Ingrid nunca se metió en asuntos de política. No dio opiniones sobre decisiones de estado. No se acercó al príncipe Frederick cuando había reuniones oficiales. Se mantuvo en su lugar firme, claro, cuidando al bebé y nada más. Eso curiosamente empezó a tranquilizar a algunos. Al final, solo quiere al niño murmuraban. No quiere el poder.
Pero aunque todo alrededor se acomodaba, había algo importante que seguía en el aire, lo que significaba para Ingrid y para Frederick este nuevo lugar que compartían. La conversación que necesitaban tener se dio una tarde tranquila, sin tormentas ni reuniones tensas. El cielo estaba despejado.
Eric dormía después de haber jugado hasta el cansancio. Ingrid acomodaba unos juguetes cuando escuchó la puerta abrirse. ¿Puedo? preguntó Frederic asomando la cabeza. Siempre alteza, respondió ella. Él entró, cerró la puerta con suavidad y se acercó a la cuna. Miró a su hijo dormir y sonrió con algo parecido a paz. Se ve ligero dijo, como si no tuviera el peso del mundo sobre la frente.
Es un bebé, respondió Ingrid. Aún no sabe lo que carga. Mejor que tarde en saberlo. Frederick se volvió hacia ella. Justo de eso quiero hablar, dijo. De lo que carga él y de lo que cargas tú sin haberlo pedido. Se sentó en la silla junto a la ventana y le hizo un gesto para que se sentara en la otra frente a él. Ingrid obedeció.
Desde que descubrimos lo de la señora Holm, la promesa, tu pueblo. Empezó. He estado dándole vueltas a algo. No solo como príncipe, como hombre que ha perdido, que ha tenido miedo y que ahora intenta no volver a equivocarse. Ingrid lo escuchó en silencio. Podría haberte ofrecido solo est habilidad, continuó.
Un contrato, un sueldo, una habitación y nada más. Sería lo más sencillo. Aquí está tu lugar, aquí están tus límites. Cuida al niño y ya. Pero sería injusto porque tú no llegaste aquí por un favor. Llegaste porque sin saberlo te metieron en una historia que empezó mucho antes. Yo acepté el trabajo, Alteza, dijo Ingrid. Nadie me obligó.
Aceptaste un trabajo, corrigió él. No, una vida. Y eso es lo que se está armando aquí. Se inclinó un poco hacia adelante. Quiero que sepas todo lo que planeo para que no parezca que solo te muevo de un lado a otro. Explico. Quiero que sigas siendo la persona más cercana a Eric.
Quiero que cuando él crezca sepa que hubo alguien que lo amó desde antes de entender quién era. Y quiero que eso quede claro para todos. Por eso voy a hacer público tu nombramiento de forma más formal, no solo entre consejeros ante la corte. Ingrid abrió un poco los ojos. ¿No se enojarán más?, preguntó algunos. Sí, admitió él, pero a estas alturas ya no vivo para evitar el enojo de todos.
He pasado demasiados meses tratando de quedar bien con fantasmas. Necesito empezar a pensar en el futuro de mi hijo. Y en el mío hubo un silencio breve. No quiero que te quedes aquí solo por obligación, añadió, ni porque una princesa muerta lo imaginó así. Quiero que tengas una decisión. Si eliges irte, te daré una compensación que te permita empezar una vida tranquila, lejos de cuchicheos.
Si eliges quedarte, no serás una sombra en un rincón. Serás alguien reconocido. Habrás aceptado no solo la tarea de cuidar a Eric, sino un lugar en esta casa que no podrá borrarse con un chisme. Ingrid lo miró sin poder ocultar la mezcla de miedo y esperanza. ¿Y usted? Preguntó en voz más baja. ¿Qué lugar quiere tener en todo eso? Frederick sostuvo su mirada un segundo más de lo conveniente.
Estoy aprendiendo a querer de nuevo dijo sin adornos. No sé todavía qué nombre ponerle a todo lo que siento. Por mi hijo, por este palacio que a veces odio y a veces agradezco, por la mujer que llegó cantando una canción antigua y calmó a mi hijo cuando nadie más pudo. Pero sí sé esto. Ya no puedo imaginar el futuro de Eric sin verte ahí cerca.
Las palabras quedaron flotando entre ellos. No te estoy pidiendo una respuesta ahora, añadió. Solo quería que supieras lo que he decidido y lo que siento que se está formando. Aunque aún no sepamos llamarlo, tú mereces entender el camino que se abre frente a ti. Antes de dar un paso, Ingrid bajó la vista hacia sus manos, luego hacia la cuna, donde Eric dormía con la boca entreabierta.
Yo necesito tiempo para poner en orden lo que siento, admitió. Pero cuando pienso en irme, el pecho me duele y cuando pienso en quedarme, me da miedo. Supongo que eso significa que aquí es donde está lo que importa. Frederick sonrió leve. El miedo no siempre es mala señal, dijo. A veces solo quiere decir que lo que tienes enfrente vale la pena.
Ella levantó la vista y lo encontró mirándola con una mezcla de respeto, gratitud y algo más profundo que no se apresuraba en nombrar. Sea cual sea tu decisión, concluyó él, “te apoyaré. Pero sí quisiera que cuando llegue el momento de anunciar ante todos lo que eres para Eric, tú estés segura de que eso también es lo que quieres para ti.
Ingrid asintió sintiendo que por dentro algo se acomodaba, aunque todavía no tuviera forma definitiva. “Lo pensaré”, dijo. No como quien huye, como quien elige. Y por primera vez desde que llegó al palacio, Ingrid sintió que no estaba simplemente sobreviviendo, sino decidiendo. Los días después de aquella conversación se llenaron de silencios que pesaban menos y de miradas que pesaban más.
Ingrid cumplía sus tareas como siempre. Se levantaba temprano, revisaba la cuna, arreglaba la ropa de Eric, cantaba cuando él lo pedía con sus balbuceos insistentes. Por fuera nada había cambiado. Por dentro, cada paso que daba por el palacio estaba acompañado de la misma pregunta. ¿Me quedo o me voy? Una tarde, mientras peinaba suavemente el pelo del bebé, Ana entró cargando una canasta de ropa limpia.
“Te ves muy seria”, comentó dejando la canasta en una silla. “Parece que te estás peleando con tu propia cabeza.” Ingrid sonríó de lado, más bien con mi propio miedo. “¿De qué?”, preguntó Ana. “Ya estás aquí. Ya todos saben tu nombre. Ya el príncipe te defendió frente a los consejeros. ¿Qué más puede asustarte? Que esto no sea solo un trabajo”, respondió Ingrid mirando a Eric.
“Que sea una vida entera y que si me equivoco, no solo me hundo yo, también arrastro a este niño.” Ana la miró con paciencia. “Ya lo arrastras desde que lo cargas.” Bromeó suave. “Y no se ha caído. A veces el miedo no más sirve para recordarte que lo que tienes importa, no para huir.” Ingrid suspiró. “Lo sé, por eso sigo aquí.
” Her, como si entendiera, soltó una risita y le tomó un mechón de cabello a Ingrid. Ella se lo soltó con cuidado. Además, siguió Ana, dudo mucho que el príncipe Frederick te deje ir así como así. Cuando bajas al comedor, sus ojos te siguen hasta la puerta. No digas tonterías, se sonrojó Ingrid. Tonterías no, insistió Ana.
Lo que pasa es que a veces los de arriba no saben decir lo que sienten. Necesitan que alguien se los diga de frente o que los obliguen a declararlo en voz alta. Esa frase se le quedó dando vueltas sin que quisiera. Al día siguiente, la noticia llegó en forma de orden. La señora Matsen entró al cuarto de Eric con paso decidido. Señorita Larsen, anunció.
El príncipe ha fijado una fecha. Fecha. Ingrid se giró con el niño en brazos. Fecha para qué? Para presentarla oficialmente ante la corte, explicó la ama de llaves. Y para definir delante de todos su lugar junto al príncipe Eric. Ingrid sintió que se le cortaba un poco la respiración. ¿Cuándo? En tres días, respondió la señora Matsen.
A mediodía habrá una audiencia en el salón menor. No será una multitud, pero sí las personas que importan. consejeros, parte de la nobleza, algunos representantes de las familias cercanas, la reina madre. Y yo, ¿qué tengo que hacer?, preguntó Ingrid. Presentarse, dijo la ama de llaves. Estar donde le indiquen, mantener la cabeza en alto y recordar que no está ahí por caridad.
Está ahí porque se lo ha ganado y porque, para bien o para mal, la princesa pensó en alguien como usted antes de irse. Cuando la mujer salió, Ingrid se sentó en la mecedora con Eric en brazos. El bebé la miró con curiosidad, como si sintiera la tensión en su pecho. “Parece que el mundo quiere que decida rápido, alteza”, murmuró rozándole la nariz con la suya.
“Tú no tienes prisa, ¿verdad?” Eric soltó un sonido contento y le dio un pequeño beso húmedo en la mejilla. Ingrid se rió, aunque los ojos le brillaban. Esa noche buscó a Hans en el pasillo. Lo encontró doblando manteles grandes con la paciencia de siempre. Señor Hans, lo llamó. Él levantó la vista.
¿Te van a presentar? preguntó como si ya lo supiera en tres días, confirmó ella, y siento que si doy ese paso, ya no hay marcha atrás. Hans dejó el mantel sobre una silla. A veces eso es justo lo que se necesita. Dijo, “Que ya no haya marcha atrás. Los caminos que valen la pena suelen ser los que no tienen una puerta de escape fácil. ¿Y si me equivoco?”, preguntó Ingrid.
“Entonces te equivocas”, respondió él sin dramatizar. Pero te equivocas habiendo elegido, no arrastrada. Eso hace la diferencia. Además, sonrió apenas. Si de veras crees que tu lugar no está donde el niño se calma nada más con escucharte, entonces no has estado viendo lo mismo que yo. Ingrid bajó la mirada, pero no discutió.
Las horas previas al día señalado se volvieron extrañas. El palacio entero se movía un poco más rápido. Había gente ordenando el salón menor, puliendo candelabros, ajustando cortinas. No era una fiesta, pero sí algo importante. Karen se acercó a Ingrid mientras ella doblaba ropa diminuta de Eric. “¿Ya sabes que te vas a poner?”, preguntó. “Tengo dos vestidos,”, contestó Ingrid. “El azul sencillo o el marrón que ya conoces.
No creo que dejen que me vista como princesa.” Karen rodó los ojos. No dije eso, pero la señora Matsen mandó arreglar un vestido para ti. Lo escuché en la costurería. No es de gala, pero es mejor que esos dos. Ingrid se quedó helada. Un vestido para mí. Ajá. Sonrió Karen. Y no creo que lo haga por cariño.
Si la ama de llaves mueve hilos, es porque alguien de más arriba lo pidió. Cuando la tarde cayó, la confirmación llegó. La señora Matsen apareció cargando un vestido cuidadosamente doblado. “Pruébeselo”, ordenó. “Tiene que quedarle bien.” Era de un tono crema suave, con detalles discretos en las mangas y la cintura. Nada escandaloso, pero claramente mejor que cualquier cosa que Ingrid hubiera usado antes.
Cuando se lo midió, se sintió extraña. Se miró al espejo pequeño sin reconocerse del todo. Ana entró detrás, se tapó la boca con las manos. Pareces de cuadro, susurró emocionada. De esos que cuelgan en los pasillos donde las señoras se ven serias, pero se les nota que están felices. Ingrid soltó una risita nerviosa. No estoy segura de estar feliz, confesó. Solo despierta.
La mañana del día señalado llegó más rápido de lo que quería. El palacio se levantó más temprano de lo normal. Se escuchaban pasos apurados. Se olían perfumes que pocas veces salían del gabinete. Ingrid vistió a Eric con un trajecito claro, con pequeños botones y calcetines bien ajustados.
El niño, ajeno a todo jugaba con sus dedos. “Hoy te van a ver muchas personas, alteza”, le murmuró Ingrid. “Pero tú no más mira donde siempre a tu papá y si te asustas a mí.” Eric le agarró la nariz con su manita y se rió como si estuviera de acuerdo. La ama de llaves entró de golpe. Es hora anunció el príncipe los espera en el corredor antes del salón. Ingrid, recuerde lo que hablamos. Cabeza en alto, pasos firmes.
No pida perdón con los ojos. Ingrid lo intentó. Salió del cuarto con Eric en brazos, seguida de Fruken Jensen, que ajustaba cualquier arruga que veía. En el corredor, Frederick estaba de pie, vestido con una casaca formal, sin ser totalmente de gala, la reina madre a su lado, apoyada en un bastón elegante.
Cuando vio a Eric, el príncipe sonrió sin poder evitarlo. “Ahí está mi guerrero”, dijo acercándose para acomodarle un listón en el pecho. Luego miró a Ingrid, se quedó un segundo callado. “¿Se ve?” Empezó. Ella sintió que se ruborizaba. Distinta, terminó él con media sonrisa. Pero sigue siendo usted, eso espero, alteza, respondió ella.
La reina madre se acercó a Ingrid. No deje que la deslumbre el salón, dijo. Es solo un cuarto. Las personas que importan ya la conocen. Los demás tendrán que acostumbrarse. Las puertas del salón menor se abrieron. Había gente de la que Ingrid temía, pero más de la que hubiera querido.
Consejeros, nobles con ropa bien cortada, esposas con abanicos que se movían despacio. Algunos oficiales militares sin armas, solo con medallas. Todos se giraron cuando entraron el príncipe, la reina madre, Ingrid y el pequeño Eric. Los invitados hicieron una reverencia. El murmullo cesó. Frederick se colocó en un punto al frente donde había un espacio preparado.
Ingrid se quedó a un paso detrás de él con Eric en brazos. Podía sentir los ojos encima, unos curiosos, otros juzgones, unos cuantos francamente hostiles. El príncipe levantó la mano. Les agradezco que hayan venido, empezó. Hoy no es día de guerra ni de firma de tratados. Es día de hablar del futuro de esta casa.
Y el futuro de esta casa tiene un nombre, Eric. Hubo un murmullo pequeño de aprobación. Todos saben, continuó, que estos meses han sido difíciles para mí, para mi madre, para el palacio entero. Perdimos a alguien que era el corazón de este lugar y en medio de ese duelo también perdimos algo de paz. Mi hijo no dormía, no comía bien, no aceptaba brazos, no encontraba descanso.
Se hizo un silencio respetuoso hasta que llegó quien lo calmó. dijo, “No por sangre, no por título, no por mandato, por algo más sencillo. Por la forma en que lo mira, un par de abanicos dejaron de moverse. Esta joven que ven aquí”, señaló hacia Ingrid, sin apartar la vista de los presentes, llegó al palacio buscando solo un trabajo.
Lo que encontró fue una historia que había empezado antes de que ella naciera, una promesa hecha en la penumbra por mi esposa, la princesa, a una mujer de confianza. una promesa de buscar a alguien capaz de cuidar no solo del cuerpo de Eric, sino de su corazón. Una niña con manos firmes, con corazón valiente. Ingrid sintió un nudo dulce en la garganta. Esa niña creció, siguió Frederick.
se convirtió en Ingrid Larsen y sin saberlo llegó hasta aquí cantando la misma canción que mi esposa me cantó una vez, calmando a mi hijo como nadie más pudo. Por eso, hoy frente a ustedes, quiero que quede claro. Ella no es un accidente. Es parte del plan que mi esposa imaginó para nuestro hijo y parte del futuro que elijo para él ahora. Se giró un poco hacia Ingrid.
A partir de hoy, anunció Ingrid Larsen, será reconocida oficialmente como protectora y cuidadora principal del príncipe Eric. Tendrá un lugar estable en esta casa, respeto en estos pasillos y voz. Cuando se trate de lo que atañe al niño, cualquier decisión que la afecte se hablará conmigo, no a mis espaldas.
Algunos consejeros intercambiaron miradas tensas, pero la reina madre asintió firme, marcando que respaldaba cada palabra. Frederick respiró hondo. Podría haberse detenido ahí. Era suficiente para cambiar la vida de Ingrid, pero no se detuvo. Eso es lo que debo decirles como príncipe, continuó. Ahora quiero decir algo como hombre. El murmullo subió un poco. Ingrid sintió que el corazón le golpeaba.
He visto a esta mujer llegar con miedo y quedarse con valentía, dijo él. La he visto recibir chismes, miradas duras, sospechas y aún así levantarse cada día a cantar la misma canción. La he visto cargar a mi hijo no como a un heredero, sino como a un niño asustado. La he visto reírse sin sentirse dueña de nada y llorar sin mostrárselo a nadie. Y sin darme cuenta, me he descubierto buscándola con la mirada en cada cuarto.
El salón entero se quedó inmóvil. No sé en qué momento exacto empezó, admitió. No tengo esa precisión que a ustedes tanto les gusta en los documentos. Solo sé que cuando imagino el día en que mi hijo diga su primera palabra clara, imagino también quién estará a su lado. Y cuando pienso en cómo quiero enfrentar los próximos inviernos, ya no me veo solo. Se acercó un paso a Ingrid.
Estaba frente a ella, tan cerca que podía ver el brillo en sus ojos. Eric, entre sus brazos los miraba alternando como si siguiera una obra interesante. “Ingrid”, dijo ya no tan alto, pero suficiente para que lo oyeran. “Tú llegaste aquí buscando solo sobrevivir y sin quererlo nos devolviste la vida a mi hijo y a mí. No puedo ofrecerte una existencia tranquila, lejos de miradas.
No puedo prometerte que la corte te va a querer. Lo que sí puedo prometerte es que si te quedas conmigo, nunca más tendrás que caminar sola con tu miedo. Ingrid sintió que todo el palacio desaparecía por un momento. Solo quedaban él, ella y el niño entre sus brazos.
No quiero que sigas siendo solo la niñera de mi hijo, continuó Frederick, la voz un poco más baja. Quiero que seas parte de nuestra familia, que te sientes a la mesa con nosotros, no detrás de la puerta, que tu nombre no se pronuncie solo en susurros en los pasillos, sino en voz alta a mi lado. Ingrid Larsen, ¿aceptarías ser mi esposa? El aire se cortó.
Hubo un murmullo ahogado, un abanico que cayó al piso, un consejero que carraspeó demasiado fuerte. La reina madre se llevó la mano al corazón, pero no por susto, sino por emoción evidente. Ingrid sintió que las piernas le temblaban, no porque la idea la escandalizara, sino porque era demasiado grande. Vio a Frederick con el rostro abierto sin máscaras.
Vio a Eric que sin entender le alargaba la mano como si también le hiciera la misma pregunta. vio en un rincón de su memoria a la niña que había sido parada en un patio de tierra cuidando a hijos ajenos, soñando en silencio con un lugar propio. Respiró hondo. Alteza. Empezó. Se detuvo. Corrigió Frederick. El murmullo volvió a subir.
Cuando llegué a este palacio, pensé que me dejarían entrar por un día y me sacarían al siguiente, dijo alzando la voz más de lo que estaba acostumbrada. Pensé que nadie recordaría mi nombre, que sería una cara más entre muchas. Lo único que me importaba era no pasar hambre y tener un techo. Miró a Eric y le acomodó un mechón de pelo.
Luego conocí a este pequeño, siguió y sin darme cuenta empecé a quererlo como si corazón hubiera estado esperando justo el peso de su cabeza en mi hombro. Después empecé a ver al hombre que sufría detrás del príncipe y el trabajo dejó de ser solo trabajo. Se volvió vida. Elevó la vista hacia Frederick. Tengo miedo confesó.
Me da miedo no saber comportarme en un salón lleno de gente tan importante. Me da miedo equivocarme frente a ustedes. Me da miedo ser siempre la campesina que se volvió princesa para los chismes de todos. Se escucharon algunas risas nerviosas, sin malicia, pero cuando pienso en marcharme, añadió, el miedo es peor.
Me duele, me cuesta respirar, porque significa dejar a este niño y a este dudó apenas, luego decidió. A este hombre que me enseñó que el dolor no se cura encerrándose, sino abriendo un poco la ventana. La reina madre sonrió con los ojos brillosos. Frederick apenas podía respirar. Así que sí. dijo Ingrid con la voz firme.
Acepto quedarme no solo como niñera, no solo como parte de una promesa vieja. Acepto ser su esposa, Frederick, no por la corona, no por los pasillos, por usted y por Eric, porque junto a ustedes no siento que me estén haciendo un favor. Siento que estoy donde debo estar. Un suspiro colectivo recorrió el salón.
La reina madre fue la primera en aplaudir, suave pero decidida. Luego otros se unieron. Los abanicos se cerraron. Algunos consejeros con cara resignada siguieron el gesto. Había quien lo hacía por obligación, pero también quienes lo hacían con genuino alivio al ver una historia que, contra todo pronóstico, parecía encajar, Frederick dio un paso más. No se arrodilló.
No era momento de gestos teatrales, pero sí tomó con cuidado la mano libre de Ingrid, esa que no sostenía al bebé. “Gracias”, susurró, lo bastante cerca para que solo ella lo oyera. “¿No sabes qué haces por mí con ese sí?” “Tal vez sí lo sé”, respondió ella con una sonrisa leve. Porque es lo mismo que ustedes hicieron por mí sin darse cuenta. En ese momento, como si hubiera estado esperando con paciencia, el protagonista más pequeño de la historia se hizo notar.
Eric se inclinó hacia Ingrid, levantó su carita y con toda la intención del mundo le plantó un beso torpe en la mejilla. Luego, entre risas, apoyó su manita en la de Frederick, juntándolos a los tres en un pequeño círculo improvisado. El salón entero se derritió un poco. Ahí está la bendición del heredero, bromeó la reina madre, dejando escapar una carcajada suave.
Los días siguientes fueron un torbellino. Hubo reuniones, ajustes, anuncios oficiales. Se redactaron documentos, se prepararon anillos, se habló de fechas. Algunos nobles se mostraron ofendidos en privado, otros curiosos, unos cuantos sinceramente contentos. Pero a Ingrid por primera vez no le importaron tanto las murmuraciones.
Tenía demasiado en qué ocuparse. Una tarde, cuando el sol ya se inclinaba, Ingrid se encontraba en el jardín interior con Eric en el pasto, intentando atrapar hojas secas. Frederick se sentó a su lado sin protocolo. ¿Te arrepentiste ya?, preguntó en tono ligero. Aún estás a tiempo de decir que fue emoción del momento.
Si fuera emoción del momento, respondió ella, ya se me habría bajado y sigo sintiendo lo mismo. ¿Qué es lo mismo? Insistió él. Ella lo miró sin huir. Que quiero esta vida. Dijo contigo, con él con todo y sustos. que prefiero equivocarme aquí a acertar en cualquier otro lado. Frederick la miró con un cariño sin defensa. Yo tampoco imaginé volver a sentir esto, admitió.
Pensé que después de perder a mi esposa, todo lo que me quedaba era cumplir con deberes. Verte entrar con esa mirada de solo quiero sobrevivir me dolió porque me vi a mí. Y ahora, negó con la cabeza sonriendo. Ahora me veo planeando cómo enseñarle juntos a Eric a montar a caballo o cómo discutir contigo sobre a qué hora debe irse a dormir.
Va a querer dormir tarde. Se rió Ingrid. Tiene cara de testarudo. Como su padre, agregó él. Como su padre, aceptó ella. Hubo un silencio cómodo. Eric, entre ellos descubrió un insecto y se concentró en perseguirlo con los dedos. ¿Sabes qué es lo que más me sorprende de todo esto?, preguntó Frederick.
¿Qué? ¿Que no fue un gran acto lo que cambió nuestra vida? Respondió. No fue una batalla ni un decreto. Fue una canción de Kuna, una melodía suave que alguien decidió no olvidar. Ingrid volteó al cielo un segundo. A veces las promesas más importantes no se hacen con palabras, dijo, “se hacen con cosas pequeñas que uno repite sin saber por qué. Pasaron unos meses.
La boda no fue un espectáculo gigantesco, pero sí un momento que quedó guardado en todos los rincones del palacio. Hubo flores sencillas, música discreta, pocas invitaciones fuera de las necesarias. Ingrid caminó por el pasillo preparada para tropezar. Pero no lo hizo. Tenía la mano firme, la frente en alto. A su lado, la reina madre la miraba como si entregara a su hijo otra vez, pero sin lágrimas de despedida.
Esta vez, cuando el sacerdote terminó las palabras de rigor, cuando los anillos estuvieron en sus dedos, cuando la bendición fue pronunciada, hubo un instante en el que todo pareció detenerse. Frederick tomó el rostro de Ingrid con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus manos. se inclinó y la besó. No fue un beso escandaloso ni largo.
Fue firme, claro, lleno de todo lo que no habían dicho frente a otros. Ingrid sintió que el mundo se acomodaba en ese punto exacto. Eric, vestido con ropa ceremonial en brazos de la reina madre, aplaudió con sus palmas regordetas arrancando risas. Luego, en cuanto lo bajaron al piso, corrió como podía hacia ellos, tambaleándose, se aferró a la falda de Ingrid y levantó los brazos.
Arriba pidió con una palabra todavía imperfecta. Frederick y ella se miraron, se rieron y lo tomaron juntos, cada uno de un lado. El niño quedó en medio feliz, con las manos extendidas hacia el cuello de ambos. Fue así como empezó su vida de tres. Les esperaban días difíciles, sí, rabietas de niño, decisiones políticas, inviernos largos, nuevos chismes, nuevas envidias.
Pero también los esperaban noches en las que los tres se acurrucarían frente a la chimenea, tardes en las que Eric correría por el jardín con los zapatos llenos de barro, mientras Ingrid lo regañaba sin poder ocultar la sonrisa. Mañanas en las que el palacio despertaría con una canción antigua sonando en algún rincón. Con el tiempo, esa melodía dejó de ser la canción misteriosa de la princesa para convertirse en la canción de mamá Ingrid, como Eric empezó a llamarla cuando las palabras se le acomodaron bien en la boca.
La primera vez que la llamó así lo hizo medio dormido con la cabeza apoyada en su regazo. “Mamá, canta”, murmuró. Ingrid sintió que el corazón se le derretía. Alzó la vista hacia Frederick, que los miraba desde la puerta, apoyado en el marco. En sus ojos no había celos hacia el recuerdo de su primera esposa.
Había gratitud por la segunda oportunidad que la vida le había dado. ¿Está bien?, preguntó Ingrid insegura. No quiero que sienta que Frederick negó con suavidad. Está perfecto, dijo. Él tiene derecho a llamarte como lo que eres. Yo también voy a hacerlo. Eres la madre de su risa. Ingrid soltó una pequeña carcajada entre lágrimas y comenzó a cantar de nuevo. La canción ya no sonaba llena de misterio, sonaba a hogar.
Años después, cuando Eric corría más rápido de lo que cualquiera podía alcanzarlo, cuando el palacio ya lo veía como un niño vivaz y no como el bebé que mordía a todas las niñeras, Ingrid y Frederick se tomaban momentos para recordar cómo había empezado todo.
Sentados en un banco del jardín, viendo a su hijo intentar trepar a un árbol, se miraban de reojo. Si me hubieras dicho aquel primer día cuando me miraste como si fuera un problema más, que acabaríamos aquí”, dijo Ingrid. “Te habría llamado loco si alguien me hubiera dicho,” respondió Frederick, que mi salvación vendría en forma de campesina nerviosa con una canción pegada en la mente. También lo habría dudado. “Qué bueno que nadie nos preguntó”, rió ella, “Solo pasó.
” Él le tomó la mano sin preocuparse por si alguien los veía. Ya no importaba. Supongo que de eso se trata, dijo él, de aprender a dejar que las cosas buenas pasen. Aunque den miedo, aunque no las entendamos al principio. Ingrid apoyó la cabeza en su hombro un instante, breve, suficiente. Eric, desde el árbol gritó su nombre pidiendo que lo viera.
Ya te vi, alteza, respondió ella riendo. Frederick la miró de perfil con cariño infinito. Ingrid, murmuró. Gracias por no haberte ido. Tú gracias por abrir la puerta”, contestó ella. Si no, seguiría cantándole a niños prestados. Del otro lado del jardín, el viento empezó a moverse entre las hojas.
trajo consigo ligera la melodía de la vieja canción de Kuna, tarareada ahora por la voz segura de una mujer que ya no se sentía poca cosa, sino parte fundamental de una historia grande. Y cada vez que el viento traía de lejos la melodía de kuna, Ingrid sabía que aquella promesa antigua se había convertido por fin en un hogar.
Muchas gracias por haber escuchado esta historia hasta el final. Esperamos que te haya emocionado tanto como a nosotros al contarla. Nos encantaría conocer tu opinión. Déjanos un comentario contándonos desde dónde nos escuchas y qué fue lo que más te gustó. Califica esta historia del cer al 10. ¿Qué nota le pones? Si disfrutaste esta historia, no olvides suscribirte al canal y dejar un like como muestra de apoyo.
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