
Bienvenidos a este recorrido por uno de los casos más desgarradores de la historia de Durango. Antes de comenzar, te invito a dejar en los comentarios desde dónde nos estás escuchando y la hora exacta en este momento. Nos interesa profundamente saber hasta qué lugares y en qué momentos del día o de la noche llegan estos relatos documentados que el tiempo intentó borrar.
Lo que estás a punto de escuchar ocurrió en la madrugada del 15 de marzo de 1907. En el corazón del desierto duranguense, cuando una joven de apenas 17 años caminó descalsa hacia una muerte que creía más misericordiosa que la vida. Llevaba en brazos a un bebé recién nacido y frente a ella se extendía un paisaje que los lugareños conocían con terror reverencial, el nido de los alacranes.
Porque la hacienda de San Jerónimo no era lo que parecía desde fuera. Sus muros blanqueados y sus jardines de bugambilias ocultaban algo mucho más oscuro que la explotación común del porfiriato. Ocultaban un sistema de horror donde los cuerpos de las sirvientas no les pertenecían, donde el silencio se compraba con amenazas y donde una joven india Jacki llamada Eloía Carranza aprendió que hay destinos peores que la muerte.
Esta es la historia de cómo el veneno de 100 alacranes salvó dos vidas en lugar de acabar con ellas, de cómo el dolor más agudo puede convertirse en redención y de cómo una madre descubrió que el amor verdadero no nace en un instante, sino que se forja en el fuego de las decisiones imposibles. El año de 1907 llegó a Durango con sequía.
Los campos de algodón de la hacienda de San Jerónimo se extendían secos y agrietados bajo un sol que parecía tener intención de quemar hasta las piedras. La hacienda se ubicaba a 20 km al norte de la ciudad de Durango, en una zona donde el desierto chihuahüense mostraba su rostro más severo. Cactus. Mezquites retorcidos, lechuguilla con sus púas como agujas y tierra del color de los huesos viejos.
El calor durante el día alcanzaba los 45 gr. Las noches traían un frío que hacía tiritar hasta los más curtidos. Y entre las rocas de basalto negro que marcaban el límite norte de la hacienda, vivían colonias de alacranes de cola negra. Centruroides sufusus, los más venenosos de todo México. La hacienda de San Jerónimo pertenecía a la familia Dávalos desde hacía tres generaciones.
Don Hermenildo Dávalos y Santoscoy era el patriarca, un hombre de 62 años, cuya fortuna se medía en miles de hectáreas de algodón y ganado. Su esposa, doña Camila Ruiz de Dávalos, provenía de familia noble, venida a menos en C, Zacatecas. tenían un solo hijo, Ignacio Dávalos Ruiz, de 23 años, educado brevemente en la Ciudad de México antes de regresar a administrar parte de las tierras familiares.
La casa grande de la hacienda era una construcción de adobe y cantera rosa de dos plantas con corredores amplios sostenidos por columnas de madera de mezquite. tenía 16 habitaciones, patio central con fuente de azulejos de talavera, capilla privada donde un sacerdote venía dos veces al mes, y caballerizas para 20 animales de pura sangre.
Los peones vivían en Jacales de Adobe, a medio kilómetro de la Casa Grande, construcciones de un solo cuarto donde familias enteras se asinaban. La servidumbre doméstica, en cambio, dormía en un anexo detrás de la cocina, cuartos estrechos sin ventanas, donde el calor se acumulaba como dentro de un horno. Eloisa Carranza había llegado a la hacienda en 1904 cuando tenía apenas 14 años.
Era Jacki por parte de madre, hija de una india de Sonora. que había huído de las deportaciones a Yucatán durante las guerras contra su pueblo. Su padre era mestizo, arriero, que había muerto de tifoidea cuando Eloisa tenía 11 años. Su madre murió dos años después, también de tifoidea, en la misma epidemia que se llevó a cientos en Durango.
Huérfana y sin familia que la reclamara, Eloisa fue enviada por las hermanas de la caridad a trabajar como sirvienta en San Jerónimo. a menuda. No llegaba al metro y medio de estatura. Tenía piel del color del barro cocido, ojos negros enormes que parecían demasiado grandes para su cara y manos pequeñas, pero fuertes de tanto trabajar.
Su cabello era negro aabache, largo hasta la cintura, que usaba trenzado en una sola trenza gruesa. En la hacienda trabajaban otras ocho sirvientas, todas mujeres sin familia o con familias demasiado pobres para mantenerlas. Eloisa fue asignada a trabajar en la cocina bajo las órdenes de Petra Domínguez, la cocinera principal, una mujer de 50 años que llevaba 30 trabajando para los dávalos.
Sus días comenzaban a las 4 de la madrugada. Encender el fogón de leña, preparar café de olla para la familia, hacer tortillas a mano, docenas de ellas. Preparar el desayuno que se servía a las 7 en punto, limpiar la cocina, ayudar con la comida del mediodía, lavar platos en agua que debía traerse del pozo, preparar la cena, limpiar de nuevo, barrer los pasillos de la casa grande, sacudir los muebles.
El día terminaba pasadas las 9 de la noche, 17 horas de trabajo por comida, un catre en el cuarto compartido y tres pesos al mes que nunca alcanzaban para nada porque la tienda de raya de la hacienda cobraba precios inflados por todo. Pero Eloisa no se quejaba. Había conocido el hambre después de la muerte de su madre.
Aquí al menos comía todos los días, aunque fueran solo las obras que las sirvientas podían guardar. Tenía techo, tenía propósito y durante los primeros dos años tuvo algo parecido a la paz. Ignacio Dávalos regresó a la hacienda en mayo de 1906. Había estado en la ciudad de México, supuestamente estudiando administración de negocios. en el colegio de Sanil de Fonso.
Pero los rumores entre los peones decían que lo habían expulsado por escándalo con una prostituta menor de edad. Su padre lo trajo de regreso con la intención de que aprendiera el negocio familiar directamente en los campos. Ignacio era alto, 185, complexión atlética por la equitación constante. Tenía ojos verdes heredados de su madre, cabello castaño claro peinado con gomina, bigote delgado al estilo francés.
Usaba ropa traída de la capital, trajes de lino blanco, botas de piel importada, sombrero Panamá. Hablaba con acento afectado que imitaba a los españoles peninsulares y tenía costumbre de mirar a las sirvientas de forma que hacía que todas bajaran los ojos cuando él pasaba. La primera vez que Ignacio se fijó en Eloisa fue un martes de junio de 1906.
Ella estaba en el corredor trapeando el piso de baldosas de barro cuando él pasó rumbo a las caballerizas. Se detuvo. La miró de arriba a abajo con descaro que no intentó ocultar. ¿Cómo te llamas? preguntó Eloisa Carranza para servirle, joven amo”, respondió ella sin levantar la vista del piso. Mírame cuando te hablo. Eloisa levantó los ojos.
Ignacio sonreía, pero no era sonrisa amable, era la sonrisa de quien ha descubierto algo que le pertenece. y planea usarlo. Eres bonita dijo para ser india. Luego siguió caminando, silvando una tonada de moda en la capital. Petra, que había presenciado el intercambio desde la puerta de la cocina, llamó a Eloisa con urgencia.
Escúchame bien, niña”, le dijo en voz baja. Mantente lejos del joven Ignacio. Si te llama, dile que estás ocupada con órdenes de su madre. Si insiste, ven a buscarme inmediatamente. ¿Me entiendes? ¿Por qué, doña Petra? La cocinera miró alrededor, asegurándose de que nadie más escuchara. Porque ese muchacho tiene gustos que las mujeres decentes no deben satisfacer y las que no son decentes o no tienen opción terminan mal. Muy mal.
Eloisa intentó seguir el consejo. Durante semanas logró evitar estar sola con Ignacio, pero la hacienda no era tan grande y un hombre con poder siempre encuentra la manera de estar donde quiere estar. Fue una noche de agosto. Eloisa había terminado sus labores y caminaba hacia los cuartos de la servidumbre cuando Ignacio apareció en el corredor oscuro.
Había estado bebiendo. Ella podía olerlo. Brandy francés que don Hermenellildo guardaba en su estudio. Eloisa, qué coincidencia encontrarte aquí. Buenas noches, joven amo. Con permiso. Intentó pasar, pero él bloqueó el camino con su cuerpo. Tanta prisa. No puedes dedicar unos minutos a conversar. Estoy muy cansada, joven amo. Si me disculpa.
Ignacio dio un paso más cerca. Eloisa retrocedió. hasta que su espalda tocó la pared de adobe. “¿Sabes que eres muy bonita, verdad? Incluso con esa ropa horrible. Me pregunto cómo te verías con algo mejor o sin nada.” “Por favor”, susurró Eloisa. “por favor, déjeme ir.” ¿O qué? ¿Vas a gritar? Adelante, grita. Mi madre está en la ciudad visitando a su hermana.
Mi padre está en sus habitaciones con su brandy y no sale hasta mañana. Y si gritas y alguien viene, ¿a quién crees que van a creer? ¿A mí o a una india sin familia? Lo que sucedió en ese corredor oscuro duró menos de 10 minutos. Pero para Eloisa fue el final de la niña que había sido y el nacimiento de algo roto que nunca sanaría completamente.
Cuando Ignacio terminó, se acomodó la ropa como si nada hubiera pasado. Esto no vuelve a suceder, le dijo con tono casual. Si hablas de esto con alguien, te iré peor. Y si te resistes la próxima vez, también entiendes. Eloisa no podía hablar. Estaba sentada en el piso de baldosas, su vestido desgarrado, sangrando, temblando.
Asintió porque era lo único que podía hacer. Buena chica. dijo Ignacio. Nos vamos a llevar muy bien. Esa fue la primera vez. Hubo muchas más durante los siguientes 9 meses. Dos o tres veces por semana, Ignacio encontraba momentos cuando nadie miraba. En el almacén de granos, en la caballeriza, en el cuarto de los aparejos, una vez, incluso en la capilla después de misa.
Eloisa intentó hablar con Petra, pero la cocinera mayor simplemente cerró los ojos con dolor. Lo sé, niña, lo sé, pero no hay nada que yo pueda hacer, nada que nadie pueda hacer. Solo reza para que se aburra pronto y te deje en paz. Pero Ignacio no se aburrió y en febrero de 1907 Eloía notó que su sangre mensual no llegaba. Esperó un mes más para estar segura.
Luego dos. Para marzo no había duda. Su cuerpo estaba cambiando. Sus pechos dolían. Las náuseas llegaban cada mañana y su vientre, aunque todavía plano, estaba comenzando a mostrar la curva reveladora. Petra fue la primera en notarlo. Dios mío, niña, ¿cuántos meses? Tres, creo. Es del joven Ignacio. Eloisa asintió. Las lágrimas finalmente cayendo.
Petra la abrazó con fuerza. Voy a hablar con doña Camila, dijo. Ella es dura, pero es mujer. Entenderá. Tal vez podamos encontrar una solución. Pero doña Camila Ruiz de Dávalos no entendió. O sí entendió. No le importó de la manera que Petra esperaba. Cuando Petra le informó de la situación esa misma tarde, doña Camila estaba en su salón privado bordando un mantel para la capilla. No levantó la vista de su labor.
¿Estás segura de que es de Ignacio? Sí, señora. La niña dice que no ha estado con ningún otro hombre. Todas dicen eso, señora, con todo respeto, Eloisa es buena muchacha, no es de las que me estás diciendo que mi hijo la forzó. Doña Camila finalmente levantó la vista, sus ojos azules fríos como el hielo. Petra bajó la mirada. No puedo hablar de eso, señora.
Solo sé que la muchacha está embarazada y que su hijo es el padre. Doña Camila dejó su bordado a un lado y se puso de pie. Era mujer alta, deporte aristocrático, que usaba corset tan apretado que apenas podía respirar profundamente. Su vestido era de seda negra con encajes en el cuello y puños. Su cabello gris estaba recogido en moño perfecto.
Esto es lo que vamos a hacer, dijo con voz que no admitía discusión. La muchacha va a quedarse en la hacienda hasta que dé a luz. La vamos a mantener escondida para evitar el escándalo. Cuando nazca el bebé, nos encargaremos de él apropiadamente y la muchacha firmará un documento diciendo que el padre es un peón que ya no trabaja aquí.
¿Entendido? ¿Y si la muchacha quiere quedarse con su bebé? Doña Camila sonrió, pero era sonrisa sin calor. Entonces será echada sin referencias y me aseguraré personalmente de que ninguna familia decente en todo Durango la contrate jamás. Una india sin trabajo y sin familia no dura mucho en el desierto. Petra, tú lo sabes tan bien como yo.
Esa misma noche, Eloisa fue trasladada a un cuarto en el ala abandonada de la casa grande. Era habitación que había pertenecido a la abuela paterna de Ignacio, muerta hacía 15 años. Nadie había usado el espacio desde entonces. El cuarto medía aproximadamente 4 m por 5. Tenía una ventana pequeña con barrotes de hierro que daba al patio trasero. Los muebles eran de época anterior.
una cama de latón con colchón de lana que olía a humedad, un tocador con espejo rajado, una silla de madera con el respaldo roto, un vasinico de porcelana blanca con flores azules pintadas. La puerta se cerró con llave desde afuera. Petra le traía comida tres veces al día, tortillas, frijoles, a veces un poco de carne seca o queso, agua del pozo en jarra de barro.
Cada tres días le permitían salir para bañarse en la tina de la servidumbre, siempre con Petra vigilando para asegurarse de que no intentara escapar. Los días se convertían en semanas, las semanas en meses. El vientre de Eloía crecía. Para mayo era imposible ocultar el embarazo.
Para junio se movía con dificultad, su cuerpo pequeño agobiado por el peso. La única ventana al mundo exterior era literal, esa ventana con barrotes desde donde podía ver un pedazo de cielo, un árbol de mezquite donde anidaban gorriones. Y en las noches las estrellas del desierto tan brillantes que parecían estar al alcance de la mano. Hablaba con su bebé. Era lo único que la mantenía cuerda.
No sé qué va a pasar con nosotras, susurraba con las manos sobre su vientre. No sé si me van a dejar quedarte, pero te prometo que voy a intentar protegerte de alguna manera. Doña Camila la visitaba una vez por semana, siempre acompañada de Petra. Nunca hablaba directamente con Eloisa, hablaba sobre ella como si no estuviera presente.
¿Cómo está la muchacha? Bien, señora. Comiendo bien. El bebé se mueve mucho. ¿Cuánto falta? El médico dice que para mediados de julio, bien, ya he hecho arreglos con las hermanas de la caridad en la ciudad. Recibirán al bebé en su orfanato. Sin preguntas. Era la primera vez que Eloisa escuchaba el plan completo.
Sintió como si algo se rompiera dentro de su pecho. Por favor, señora. dijo con voz apenas audible. Por favor, déjeme quedarme con mi bebé. Trabajaré doble, haré lo que sea, pero por favor no me la quite. Doña Camila la miró por primera vez directamente. Ese bebé no es tuyo para quedártelo. Es producto de tu deshonra y de la debilidad de mi hijo.
No tiene lugar en esta familia ni en esta hacienda. Recibirá mejor vida con las hermanas que la que tú podrías darle jamás. Deberías estar agradecida de que no te he echado a la calle. Pero no hay peros. La decisión está tomada. Las últimas semanas de embarazo fueron las más difíciles. El calor de julio convertía el cuarto en horno. Eloisa apenas podía dormir.
Su espalda dolía constantemente. Sus pies estaban hinchados y el terror de lo que vendría crecía tanto como su vientre. Petra intentaba consolarla. Tal vez sea mejor así. Niña, un orfanato es lugar difícil, pero al menos tendrá comida, techo y si tiene suerte, una familia buena la adoptará. Pero es mi bebé. Soyosaba Eloisa.
Es mío. Lo sé, mi niña, lo sé. Las contracciones comenzaron en la madrugada del 14 de marzo de 1907. Eloisa despertó con dolor agudo que le atravesaba la espalda baja y el vientre. Al principio pensó que había comido algo malo, pero los dolores venían en oleadas cada vez más frecuentes. Golpeó la puerta con los puños.
Doña Petra, doña Petra, por favor. Creo que ya viene el bebé. Pasaron 10 minutos eternos antes de que escuchara pasos. La llave girando en la cerradura. Petra entró con una vela, sus ojos llenos de preocupación. ¿Cada cuánto son los dolores? No sé. Cada poco duelen mucho. Petra la ayudó a acostarse en la cama. Voy a buscar a doña Camila.
Ella mandará traer a la partera. Respira profundo. Niña. Vas a estar bien. Pero Petra no regresó durante horas y cuando lo hizo, venía sola. La señora dice que la partera no puede venir hasta mañana. Está atendiendo otro parto en San Pedro. Voy a tener que ayudarte yo. Y el doctor, el doctor Villarreal no viene a la hacienda para esto.
Lo siento, niña, pero yo he ayudado en partos antes. Vas a estar bien. El trabajo de parto duró 14 horas. 14 horas de dolor que Eloisa no sabía que era posible sentir. Petra le dio trapos para morder, le puso paños fríos en la frente, la animaba con palabras que Eloisa apenas escuchaba a través del dolor.
Cuando finalmente el bebé emergió al mundo en la tarde del 15 de marzo, el cuarto estaba bañado en luz dorada del sol poniente que entraba por la ventana con barrotes. El llanto del bebé llenó el espacio fuerte y lleno de vida. Es niña, anunció Petra con sonrisa genuina. Tienes una niña hermosa, Eloía. Petra cortó el cordón umbilical con tijeras que había hervido previamente. Limpió al bebé con agua tibia, la envolvió en sábana limpia y entonces, con ternura que contradecía la dureza de su vida, colocó al bebé en los brazos de Eloía.
Era perfecta, pequeña, apenas 2, y medio, pero completamente formada. Tenía cabello negro abundante, ojos cerrados que cuando se abrieron brevemente mostraron color oscuro, manitas perfectas con uñas diminutas, pies pequeños que cabían en la palma de Eloisa. “Hola”, susurró Eloisa. “Hola, mi vida.” El bebé buscó instintivamente el pecho.
Eloisa la ayudó a prenderse. El dolor de la primera succión fue agudo, pero también había algo más, algo que Eloisa no esperaba sentir. Conexión. Esta no era la bebé del hombre que la había violado. No era el recordatorio de meses de horror. Era simplemente su hija. Suya. Petra dejó a madre e hija solas durante una hora.
Cuando regresó, traía mala noticia escrita en su rostro. Doña Camila dice que mañana temprano viene el carruaje. Van a llevar al bebé al orfanato. No, dijo Eloía abrazando a su hija más fuerte. No, no pueden llevársela. Lo siento, niña, lo siento mucho, pero no hay nada que podamos hacer. Entonces, me voy. Me voy esta noche con ella.
¿A dónde? No tienes dinero, no tienes familia. El desierto de noche es mortal. No me importa. Prefiero morir en el desierto que dejar que me la quiten. Petra miró a la joven madre con su bebé recién nacida. Vio la determinación en esos ojos que habían visto demasiado sufrimiento para 17 años. y tomó una decisión. Está bien, susurró.
Escúchame, a medianoche todos están dormidos. Voy a dejarte la puerta sin llave. En la cocina hay tortillas y queso que puedes llevar. Hay un cantimplora con agua. Toma el camino hacia el sur, hacia Durango. Son 20 km. Pero si caminas toda la noche, puedes llegar antes del amanecer. Y usted, van a saber que me ayudó. Soy vieja, ya no me pueden hacer mucho.
Tú todavía tienes vida por delante y esa niña merece una madre que la ame. Eloía tomó la mano de Petra con la suya que tenía libre. Gracias, doña Petra. Gracias. Vete con Dios, niña, y cuida mucho a esa bebé. A las 11 de la noche, Petra regresó. Traía un reboso grueso de lana, provisiones envueltas en trapo y la cantimplora llena.
También traía algo más, tres pesos en monedas que había ahorrado durante años. No es mucho, pero es todo lo que tengo. Eloisa lloraba mientras guardaba las cosas. Su cuerpo todavía sangraba del parto. Cada movimiento dolía, pero el miedo a perder a su hija era más fuerte que el dolor.
Envolvió al bebé en el reboso de lana, creando especie de nido contra su pecho. Se puso su vestido más grueso, aunque estaba remendado y manchado. No tenía zapatos adecuados, solo guaraches de suela delgada. A medianoche, exacta, Petra abrió la puerta. Vete ya y no mires atrás. Eloisa caminó por los corredores oscuros de la casa grande.
Sus pasos descalzos no hacían ruido en las baldosas de barro. El bebé dormía contra su pecho ajena al peligro. Llegó a la cocina, todo estaba como Petra había prometido. Tomó las provisiones, la cantimplora y salió por la puerta trasera hacia la noche del desierto. La luna estaba en cuarto menguante. Daba luz suficiente para ver el camino, pero no tanta como para ser vista fácilmente desde la casa.
El aire nocturno era frío, quizás 10 grados. Eloisa apretó el reboso alrededor del bebé, protegiéndola. Comenzó a caminar hacia el sur, 20 km. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo. Pero su cuerpo había dado a luz hacía apenas 8 horas. Estaba débil, sangraba y el dolor en su abdomen y espalda era constante. Después de 2 km tuvo que detenerse a descansar.
Se sentó en una roca, bebió agua de la cantimplora, verificó que el bebé estuviera bien. Su hija dormía profundamente, su respiración suave y regular. Eloisa se levantó y continuó caminando, pero después de otro kilómetro comenzó a sentirse mareada. La pérdida de sangre del parto la estaba debilitando más de lo que había anticipado. Siguió adelante de todos modos.
Un paso, luego otro y otro. Fue entonces cuando se dio cuenta de que se había desviado del camino en la oscuridad y el mareo había tomado dirección equivocada. No estaba yendo hacia el sur, estaba yendo hacia el norte, hacia la zona más desolada del desierto, hacia el lugar que los peones llamaban el nido de los alacranes.
Intentó corregir el rumbo, pero el mareo se intensificaba. Sus piernas temblaban. tropezó con una roca y cayó de rodillas, protegiendo al bebé con su cuerpo. El impacto hizo que sintiera un do líquido cálido correr por sus piernas. Estaba sangrando más profusamente. Algo no estaba bien. Algo estaba muy mal en su interior. Tengo que descansar, pensó.
Solo un momento, solo hasta que recupere fuerzas. Se arrastró hasta unas rocas grandes de basalto negro que formaban especie de semicírculo. Se recostó contra una de ellas. El bebé comenzó a llorar despertada por el movimiento. “Sh, sh! Mi vida”, susurró Eloisa. Sh, todo va a estar bien. Pero no estaba bien. Eloisa podía sentir su conciencia deslizándose, la pérdida de sangre, el esfuerzo del parto, la caminata, todo la estaba llevando hacia el colapso. Miró a su hija en la tenue luz de la luna. El bebé tenía los ojos abiertos.
Ahora, mirándola con esa intensidad desconcertante que tienen los recién nacidos. Y en ese momento, en su mente fracturada por el agotamiento y la pérdida de sangre, Eloisa tuvo un pensamiento terrible. Vamos a morir aquí las dos. Yo voy a morir de sangrada y ella va a morir de frío o de hambre o de sed.
Va a sufrir. Va a sufrir mucho antes del final. Pero había otra opción, una opción terrible, pero que en su mente delirante comenzaba a parecer misericordiosa. Los alacranes. El nido de los alacranes estaba justo ahí. A pocos metros, Eloisa podía ver las rocas donde se escondían durante el día. Sabía que de noche salían a cazar. Conocía su veneno.
Una lacre de cola negra podía matar a un niño pequeño en horas, a un bebé recién nacido en minutos. Sería rápido, pensó Eloisa, más rápido que morir de hambre, más misericordioso que morir de sed. Ik, definitivamente más misericordioso que ser encontrada por doña Camila y arrancada de mis brazos para ser encerrada en un orfanato donde nadie la va a amar como yo la amo.
Las lágrimas corrían por su rostro mientras desenvolvía el reboso. El bebé protestó al sentir el aire frío. Eloisa la besó en la frente, en las mejillas, en las manitas perfectas. Perdóname, susurró. Perdóname, mi amor, pero esto es lo mejor. Es mejor que todo lo demás que podría pasarte. Se levantó con dificultad, caminó los pocos metros hasta las rocas del nido de los alacranes y con manos temblorosas colocó al bebé entre las piedras de basalto negro.
El bebé lloró inmediatamente, sintiendo la frialdad de la roca. Sus bracitos se movían buscando el calor de su madre. Eloisa dio un paso atrás. Luego otro y otro. No mires se dijo a sí misma. No mires, solo aléjate. Pero no podía moverse más. Sus piernas no le respondían. Se quedó ahí parada a 3 metros de distancia escuchando el llanto de su hija. Y entonces vio el primer alacrán.
emergió de entre las rocas. Su cuerpo segmentado, brillando ligeramente en la luz de la luna. Era grande, de al menos 8 cm de largo. Su cola curvada sobre su espalda con el aguijón venenoso en la punta, se acercó al bebé con movimientos laterales característicos de su especie. El bebé se movió. su llanto haciéndose más agudo.
El alacrán se detuvo, luego continuó acercándose. Un segundo alacrán apareció, luego un tercero, luego más. Eloía los contó. 5 10 15 alacranes moviéndose hacia su hija. El primero llegó hasta el bebé. Trepó sobre la sábana que la envolvía. Otro lo siguió. El llanto del bebé cambió de tono. Ya no era solo frío o hambre, era alarma.
Era miedo primitivo de criatura indefensa, sintiendo peligro. Un alacrán trepó sobre su brazo desnudo. El bebé agitó el brazo instintivamente. El alacrán cayó, pero regresó. Eloía observaba paralizada. Su mente le gritaba que se alejara, que terminara esto, que dejara que la naturaleza siguiera su curso. Pero entonces escuchó el grito.
No era llanto, era grito agudo de dolor puro. Uno de los alacranes había picado al bebé. El sonido atravesó a Eloisa como cuchillo y en ese segundo toda la racionalización que había construido en su mente delirante se derrumbó completamente. No corrió hacia las rocas tropezando, cayendo, levantándose de nuevo se lanzó sobre su hija con las manos extendidas. Los alacranes estaban por todas partes.
Eloisa lo sacudía frenéticamente del cuerpo del bebé. Sintió el primer aguijonazo en su mano. Dolor agudo como fuego líquido. Luego otro en su brazo, otro en su pierna. No le importó. Siguió sacudiendo los alacranes, aplastándolos con sus manos. pisándolos con sus pies descalzos. Finalmente logró levantar al bebé.
La apretó contra su pecho mientras retrocedía tambaleándose lejos de las rocas. El bebé gritaba, su cuerpecito se retorcía. Eloisa podía ver las marcas rojas en su piel, donde los alacranes habían picado. Una en el brazo, otra en el vientre. Una tercera en la pierna diminuta. Dios mío, soy Eloisa.
Dios mío, ¿qué he hecho? ¿Qué he hecho? Ella misma había recibido al menos cinco picaduras. Podía sentir el veneno comenzando a trabajar. entumecimiento, hormigueo, luego dolor ardiente que se expandía desde cada sitio de picadura, pero no podía pensar en eso ahora. Tenía que ayudar a su hija.
Envolvió al bebé de nuevo en el reboso, apretándola contra su pecho. Comenzó a caminar. No sabía hacia dónde, solo sabía que tenía que alejarse de ese lugar maldito. El bebé seguía llorando, pero los gritos se estaban volviendo más débiles, más roncos. Su cuerpecito comenzaba a tener espasmos. [Música] No, no, no susurraba Eloía mientras tropezaba en la oscuridad. Por favor, no.
Por favor, aguanta, por favor. Sus propias piernas comenzaban a fallar. El veneno de alacrán, combinado con la pérdida de sangre del parto, estaba llevándola al colapso. Su prisión se nublaba, el mundo daba vueltas. cayó de rodillas, luego de costado, protegiendo al bebé con su cuerpo hasta el último segundo. Lo último que pensó antes de perder la conciencia fue, “La he matado.
He matado a mi hija.” El sol comenzaba a teñir el horizonte de rosa y naranja cuando Ezequiel Ramos guió su mula por el camino del desierto. era arriero de 68 años que transportaba mercancías entre Durango y las haciendas del norte. Había hecho esa ruta 1 veces en sus 40 años de trabajo.
Conocía cada roca, cada arbusto, cada curva del camino. Por eso notó inmediatamente que algo estaba fuera de lugar. Había bulto oscuro junto a las rocas donde no debería haber nada. Ezequiel se acercó con cautela. Podría ser animal muerto o peor, algún pobre que no había sobrevivido la noche del desierto.
Era una mujer joven tendida de costado, abrazando algo contra su pecho. Ezequiel desmontó rápidamente, se arrodilló junto a ella, tocó su cuello buscando pulso. Estaba viva apenas, pero viva. Entonces escuchó el sonido más débil, un gemido. No venía de la mujer, venía de lo que sostenía en sus brazos. Con cuidado, Ezequiel separó los brazos de la mujer.
Dentro del reboso había bebé, recién nacido por el aspecto. Todavía tenía restos de cordón umbilical. El bebé respiraba, pero su piel tenía tono grisáceo. Sus labios estaban azulados. Y cuando Ezequiel desenvolvió la sábana para examinarla mejor, vio las marcas. picaduras de alacrán múltiples. Miró a la mujer. Ella también tenía picaduras en manos, brazos, piernas y estaba cubierta de sangre entre las piernas. Acababa de dar a luz recientemente.
Ezequiel había vivido en el desierto toda su vida. sabía que las picaduras de alacrán de cola negra podían matar a un adulto en horas, a un bebé recién nacido en minutos. El hecho de que este bebé todavía respirara era milagro. No había tiempo para preguntas. Ezequiel cargó a la mujer sobre su mula, sosteniendo al bebé contra su propio pecho, y espoleó al animal hacia el pueblo más cercano. San Pedro de las colonias estaba a 5 km.
Ezequiel lo recorrió en 20 minutos, haciendo que la mula corriera más rápido de lo que había corrido en años. Don Cando gritaba mientras galopaba por la calle principal. Don Cando. Cervando Medina era curandero del pueblo. 75 años de edad, manos nudosas por la artritis, pero conocimiento de plantas medicinales que había heredado de su abuela Jacki.
Salió de su casa al escuchar los gritos. ¿Qué pasó? Picaduras de alacrán, mujer y bebé, múltiples picaduras. Don Cervando no perdió tiempo en preguntas. Tráelos adentro rápido. La casa de Don Servando era construcción de adobe de dos cuartos. Uno funcionaba como sala y cocina, el otro como dormitorio y consultorio.
Las paredes estaban cubiertas de manojos de hierbas secas colgando del techo, frascos de vidrio con tinturas, morteros de piedra, todo impregnado con olor a plantas medicinales. Ezequiel depositó a Eloía en el catre. Don Cando examinó al bebé primero. Tres picaduras, murmuró. Y tan pequeña, no debería estar viva.
¿Puede hacer algo? Puedo intentar. Don Cando tenía preparado específico para picaduras de alacrán. Era tintura hecha con hojas de guásima, raíz de chicalote y corteza de mezquite, fermentadas durante meses en alcohol de caña. No era cura garantizada, pero era lo mejor que la medicina tradicional podía ofrecer.
Abrió la boca diminuta del bebé y dejó caer tres gotas de la tintura. El bebé hizo mueca por el sabor amargo, gimió débilmente. Luego aplicó pasta hecha con hojas de sábila machacadas directamente sobre las picaduras. Ahora la madre dijo, Eloía tenía cinco picaduras, mas el sangrado del parto, que no había sido atendido apropiadamente estaba en shock. Su piel estaba fría y húmeda.
Su pulso era débil y errático. Don Cvando le dio dosis más fuerte de la tintura. Aplicó las pastas. Luego trabajó en detener el sangrado usando compresas de hierbas astringentes. “Ahora solo podemos esperar”, dijo finalmente, “Las siguientes horas dirán si sobreviven.” Ezequiel se sentó en una silla destartalada junto a la puerta.
“¿Quiénes creen que son?” No lo sé”, respondió don Cervando, pero por su ropa y apariencia diría que la muchacha es sirvienta de alguna hacienda y por el estado del parto acababa de dar a luz cuando decidió huir. ¿Por qué huir con bebé recién nacido hacia el desierto? Don Cvando miró al bebé que yacía en canasta improvisada de mantas.
Porque cualquier cosa que estuviera huyendo era peor que el desierto. Las primeras horas fueron críticas. El bebé desarrolló fiebre alta. Su cuerpecito se sacudía con convulsiones. Don Cando aplicaba paños fríos constantemente, más tintura cada hora, oraciones murmuradas en lengua Jacki que había aprendido de su abuela.
Eloisa también convulsionó. Su temperatura subió peligrosamente. Deliraba gritando nombres que Ezequiel no reconocía. Ignacio, doña Camila, Petra y una y otra vez. Lo siento, lo siento, perdóname. Al atardecer del primer día, la fiebre del bebé comenzó a ceder. Las convulsiones se espaciaron. Su respiración se volvió más regular.
“Va a sobrevivir”, anunció don Cando con alivio en su voz. Es fuerte, más fuerte de lo que debería ser alguien tan pequeño. Y la madre, don Cervando negó con la cabeza. No lo sé todavía. Perdió mucha sangre y las picaduras, aunque no tan peligrosas en adultos, combinadas con su estado debilitado. Pero Eloisa también era fuerte.
O quizás simplemente tenía razones para vivir más fuertes que las razones para morir. Al tercer día abrió los ojos. Su primera palabra fue bebé. Don Cando sonrió. Está bien, tu bebé está bien. Eloisa comenzó a llorar. soyosos profundos que sacudían su cuerpo debilitado. “Pensé que la había matado,” susurraba. Pensé que había matado a mi hija. “Casi”, dijo don Cervando con honestidad.
“Pero regresaste y ese regreso salvó dos vidas.” Durante la siguiente semana, Eloisa y su bebé se recuperaron lentamente en la casa de don Cervando. El curandero no hizo preguntas, Ezequiel tampoco. En el desierto se respetaba la privacidad de quien claramente huía de algo. Pero eventualmente Eloía les contó su historia.
todo, las violaciones, el encierro, la huida y lo que había intentado hacer en el nido de los alacranes. Cuando terminó, don Cervando tomó su mano con ternura. Lo que importa no es el momento de oscuridad, niña. Lo que importa es que regresaste de esa oscuridad. Esa a elección, esa es quien eres realmente.
Pero, ¿qué voy a hacer ahora? No puedo regresar a la hacienda. No tengo dinero. No tengo nada. Tienes a tu hija, dijo Ezequiel. y tienes vida, eso es más de lo que muchos tienen. Puedes quedarte aquí, ofreció don Cervando, ayudarme con mi trabajo. No puedo pagarte mucho, pero tienes techo y comida y tu bebé estará segura. ¿Por qué? Preguntó Eloisa.
¿Por qué me ayudan? Soy nadie. No tienen ninguna obligación. Don Cervando sonrió con tristeza porque hace muchos años alguien ayudó a mi madre cuando estaba en situación similar y me enseñó que la bondad se paga hacia delante, no hacia atrás. Así comenzó la nueva vida de Eloisa Carranza en San Pedro de las Colonias. Era vida dura.
Ayudaba a don Cervando recolectando plantas medicinales en el desierto, preparando tinturas y pomadas, atendiendo a los pacientes que llegaban. Dormía en un catre en el cuarto trasero con su hija. Comía lo que don Cervando compartía, pero era vida libre y su hija estaba con ella. Le puso nombre al bebé, Esperanza, porque después de toda la oscuridad, eso era lo que su hija representaba.
Las cicatrices de las picaduras de Alacrán permanecieron en esperanza. Eran tres marcas pequeñas, una en el brazo, una en el vientre, una en la pierna. En Eloisa eran cinco marcas más grandes esparcidas por sus extremidades, pero no eran solo cicatrices físicas. Durante el primer año, Eloisa luchaba con pesadillas.
Despertaba gritando, soñando que los alacranes trepaban sobre esperanza y ella no podía alcanzarla. Soñaba que caminaba y caminaba alejándose mientras su hija lloraba. Soñaba que había esperado demasiado para regresar. Don Cervando le preparaba tes valeriana y pasiflora para calmar su mente, pero también le hablaba con sabiduría acumulada de 75 años. “El arrepentimiento puede consumirte si lo dejas”, le decía.
Pero también puede transformarte. Tú decides cuál va a ser. Eloisa comenzó a elegir la transformación. Poco a poco, día a día, Esperanza creció. Era bebé saludable a pesar del comienzo traumático. Comenzó a sonreír a los tr meses. A los 6 meses se sentaba sola. Al año caminaba tambaleándose por la casa de don Cando, explorando cada rincón.
Pero había algo, algo que don Cervando notó, pero no mencionó durante meses. Esperanza tenía episodios, momentos donde su cuerpo se ponía rígido, sus ojos se perdían, duraban solo segundos, pero estaban ahí. Finalmente, cuando Esperanza tenía año y medio, don Cervando habló con Eloisa. El veneno de Alacrán afectó su cerebro, dijo suavemente. No mucho, pero lo suficiente.
Va a tener estos episodios probablemente toda su vida. ¿Se van a poner peor? No lo creo, pero tampoco creo que desaparezcan. Eloisa abrazó a su hija que jugaba con muñeca de trapo. Es mi culpa, susurró. Todo es mi culpa. No, dijo don Cervando firmemente. Es culpa del hombre que te violó. Es culpa de la mujer que te encerró.
Es culpa de un sistema que no te dio opciones, pero tú, niña, tú la salvaste. Sí, hubo momento terrible, pero regresaste. Y ella está viva porque regresaste. Cuando Esperanza tenía 3 años, llegó noticia que hizo que el pasado regresara con fuerza. Ezequiel había estado en Durango y escuchó rumores. La hacienda de San Jerónimo había sufrido escándalo.
Ignacio Dávalos había violado a otra sirvienta. Pero esta vez la familia de la muchacha tenía conexiones. Habían ido a las autoridades. El caso había llegado a los periódicos. Don Hermenildo había pagado suma enorme para silenciar el asunto. Ignacio había sido enviado a España supuestamente para estudios adicionales, en realidad para evitar más escándalos.
Y la sirvienta anterior, preguntó Eloía con voz tensa. Preguntaron por mí. Ezequiel negó con la cabeza. Según los rumores, la señora Camila dijo que te habías ido meses antes con un novio, que nunca hubo bebé. Nadie te está buscando. Era cierre de un capítulo. Eloisa nunca tendría justicia formal.
Ignacio nunca sería castigado por lo que le hizo. Doña Camila nunca respondería por el encierro. Pero Eloisa tenía algo más valioso que justicia legal. Tenía a su hija, tenía su libertad y tenía paz creciente que venía de saber que había elegido el amor sobre el miedo. Don Cervando murió cuando Esperanza tenía 5 años. Había sido figura de abuelo para la niña. En su testamento dejó su pequeña casa a Eloisa.
Para la muchacha que aprendió que el regreso es más importante que la caída, había escrito: “Eloisa continuó el trabajo de curandera. Esperanza la ayudaba recolectando plantas, aprendiendo los nombres y usos de cada una. A pesar de sus episodios, era niña brillante y curiosa. Cuando Esperanza cumplió 7 años, Eloisa la llevó a un lugar que no habían visitado nunca, el nido de los alacranes.
Caminaron en la mañana temprano cuando el calor todavía era soportable. Esperanza preguntaba constantemente a dónde iban. a un lugar importante, respondía Eloisa. Cuando llegaron a las rocas negras de Basalto, Eloisa se arrodilló frente a su hija. “Este es el lugar donde casi te perdí”, dijo. “Y el lugar donde decidí no perderte.
” le contó la historia toda adaptada para que una niña de 7 años pudiera entender, pero sin endulzarla. Cuando terminó, Esperanza tocó las cicatrices en su brazo. Por eso tengo estas marcas. Sí. ¿Y tú también? Eloisa mostró sus propias cicatrices. Sí. Esperanza pensó durante largo rato.
Luego dijo algo que hizo que Eloisa llorara. Me alegra que regresaras. Mami. Yo también, mi amor. Yo también. Colocaron piedra pequeña al pie de las rocas, una marca del lugar donde dos vidas habían sido salvadas, no por la ausencia de oscuridad, sino por la decisión de regresar de ella. Los años pasaron, Esperanza creció, sus episodios continuaron, pero aprendió a vivir con ellos.
Se volvió experta en plantas medicinales bajo la tutela de su madre. A los 18 años conoció a un carpintero del pueblo llamado Tomás. Era hombre amable que no le importaban las cicatrices o los episodios. Se casaron cuando Esperanza tenía 20 años. Tuvieron tres hijos, todos saludables, ninguno con los problemas de su madre. Eloisa se convirtió en abuela.
vivió hasta los 68 años, mucho más de lo que había esperado aquella noche en el desierto cuando tenía 17. En sus últimos días, Esperanza se sentaba junto a su cama. ¿Te arrepientes de algo, mamá? Eloía tomó la mano de su hija tocando las cicatrices que ambas compartían. Me arrepiento de ese momento en las rocas”, dijo, “siempre me arrepentiré, pero no me arrepiento de haber regresado.
Ese regreso me dio todo lo que importó en mi vida. Te dio a ti.” Cuando Eloisa murió en 1958, fue enterrada en el pequeño cementerio de San Pedro de las colonias. Su lápida, pagada por sus nietos, decía simplemente Eloisa Carranza, 1890, 1958, madre que regresó, curandera que sanó, mujer, que eligió el amor sobre el miedo.
Hoy, más de 100 años después de aquella noche en el desierto, el nido de los alacranes sigue ahí, las rocas negras de basalto, los alacranes de cola negra. Y si sabes dónde buscar, todavía puedes encontrar una piedra pequeña colocada al pie de las rocas, una marca de un momento cuando el veneno se convirtió en salvación, cuando el horror se transformó en redención y cuando una madre de 17 años descubrió que el amor verdadero no es la ausencia de oscuridad, sino la voluntad de regresar de ella.
La historia de Eloisa y Esperanza nos recuerda algo fundamental sobre la naturaleza humana, que todos tenemos momentos de oscuridad, momentos donde el miedo y la desesperación nos llevan a lugares que nunca imaginamos. Pero también nos recuerda que no somos definidos por nuestros peores momentos. Somos definidos por lo que elegimos hacer después, por si regresamos o si seguimos caminando.
Eloisa regresó y ese regreso salvó dos vidas, no solo físicamente, sino espiritualmente. Porque en ese acto de regresar por su hija, Eloisa también regresó por sí misma, por la niña que había sido antes de las violaciones, por la mujer que podía ser después del trauma. Las cicatrices permanecieron tanto físicas como emocionales.
Pero como don Cervando le dijo una vez, las cosas rotas pueden sanar, no vuelven a ser lo que eran antes. Las cicatrices permanecen, pero pueden funcionar. Pueden ser incluso más fuertes en los lugares donde se rompieron. ¿Cuántas historias como esta existen en los archivos olvidados de México? Cuántas mujeres jóvenes fueron violadas, encerradas, obligadas a decisiones imposibles en una época donde no tenían voz, no tenían derechos, no tenían opciones.
¿Y cuántas de esas historias nunca tuvieron el regreso? ¿Cuántas terminaron en el desierto? sin que nadie las encontrara. ¿Cuántos bebés no sobrevivieron? ¿Cuántas madres murieron solas y olvidadas? La historia de Eloisa es excepcional, no porque sea única, sino porque sobrevivió para ser contada. Pero por cada historia que conocemos, hay cientos, miles que se perdieron en el silencio.
Gracias por acompañarnos en este recorrido por uno de los casos más conmovedores de la historia de Durango. Si esta historia te ha impactado, compártela, porque recordar es la primera forma de honrar a quienes sufrieron y reconocer el pasado es el primer paso para no repetirlo.
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